3
Zarah despertó en un lugar desconocido. Estaba oscuro, no podía ver nada, tampoco moverse. Algo le ataba las manos y las piernas, manteniéndolas extendidas en forma de cruz, dejándola inmovilizada.
—¡Despierta!—Escuchó que alguien le gritaba, levantando su cabeza bruscamente por el cabello.
Zarah se dio cuenta hasta entonces que había permanecido en una especie de sopor que le impedía abrir los ojos. Le pusieron algo en los labios, un brebaje denso y humeante que le quemó la garganta al tragarlo, pero de inmediato se sintió mejor. Pudo abrir los ojos y moverse, al menos para levantar el cuello, pues tal como había percibido, tenía las manos y piernas inmovilizadas por una especie de atadura de energía pura.
Delante de ella encontró a Flérida, era ella quien le había dado el brebaje. Ahora la observaba fijamente, rodeada de un par de esos Raya, que parecían escoltarla en cada movimiento.
—Bien, me alegra que por fin despiertes—le dijo la mujer en tono dulce—. Comenzaba a temer que a Flagpaom se le hubiese pasado la mano y no volvieras a hacerlo.
Zarah frunció el ceño y miró en derredor.
—¿Dónde estamos?
—Un lugar secreto, en el fondo del mar—contestó la mujer, con naturalidad, entregando la copa humeante a uno de los Raya, que se marchó con ella de manera servil, acompañado por el otro, dejándolas a solas en esa habitación.
—¿Qué está sucediendo, Flérida?—Le preguntó Zarah—. ¿Por qué nos has traído aquí…? ¿Y dónde están los otros? ¡¿Dónde está Aidan?!—Se alteró cuando su mente se aclaró y recordó que su hermano estaba presente durante el ataque.
—No te preocupes, están vivos, si es lo que te interesa saber. Aunque no por mucho tiempo—le dirigió una mirada directa, sonriendo mordazmente—, al igual que tú.
El horror se dibujó en el rostro de Zarah.
—¿Por qué haces esto? ¡Creía que eras una Capadocia!
—Lo soy… o lo era—ella se encogió de hombros—, eso no importa ya. Desde el primer momento en que decidí atentar contra ti, perdí mis poderes. Al menos la parte de mi don que realmente valía la pena; el conocimiento del universo concebido de mis anteriores reencarnaciones. Es lo malo de ser un Antiguo, si no eres digno de la sabiduría que te regalan los astros y los espíritus, la pierdes—musitó de manera molesta—, pero valió la pena si con ello logré deshacerme de ti definitivamente.
—¿De mí?—Zarah la miró sin comprender—. ¿Pero qué es lo que yo te he hecho?
—¡Arruinar la vida de mi hija, eso es lo que has hecho!
Zarah arqueó las cejas, mirándola sorprendida.
—Por más de mil años, mi Raquel ha aguardado pacientemente ganarse el corazón de Allan, ¡y ahora, por tu culpa, todas sus esperanzas se han desvanecido!—Bramó, desfigurando su hermoso rostro por la ira—. Al principio supuse que con la muerte de su tonta prima Madeleine tardaría poco tiempo en volver a ganarse su corazón, pero no, él jamás le dio una oportunidad, siempre esperando a que ella volviera. Y cuando tú llegaste…—le dedicó una mirada llena de odio—, supe que nunca tendría oportunidad. Él te reconoció con una sola mirada, ¡nada de lo que hice para confundirlo y mantenerlo alejado de ti funcionó! ¡Su terquedad para dar contigo, Madeleine, ganó a todos los obstáculos que por años puse en su camino!
—¿Qué estás diciendo…?—Zarah comenzó a exasperarse, sin comprender por qué sacaba el tema de la esposa de Allan—. ¿Qué tengo que ver yo con la difunta mujer de Allan?
La sonrisa en el rostro de Flérida se ensanchó.
—¿Es que no te lo ha dicho tu querido Allan?—Le preguntó, aproximándose más a ella hasta que sus rostros prácticamente se tocaron por la nariz—. ¡Tú eres Madeleine reencarnada!
Zarah abrió la boca sin darse cuenta, demasiado alterada para saber lo que hacía…
—¿Que yo qué…?
—¡Tú eres Madeleine!
Zarah trató de decir algo, pero ninguna palabra salió de su garganta. Estaba claro que esa mujer había perdido el juicio, y tratar con una demente no iba a ayudarle en nada…
—¡No me mires como si me hubiera vuelto loca!—Bramó la mujer, sin dejar de sonreír—. Tú eres Madeleine, la antigua esposa de Allan. Tú moriste y reencarnaste en esta forma, mil años después de tu trágico deceso.
—Eso es imposible…—siseó Zarah, demasiado ofuscada para discutir con esa mujer. Tenía que encontrar la forma de hallar a Aidan y a los otros y escapar de allí. Al menos Flérida parecía lo suficientemente enfrascada en el tema como para mantenerla distraída un buen rato mientras observaba en derredor, buscando alguna manera de salir de su prisión.
—¿Imposible?—Repitió ella sin dejar de sonreír—. ¿Es que nunca antes escuchaste hablar acerca de la teoría de la reencarnación?
—Sí, claro… Pero todo el mundo sabe que eso no es real—Zarah la miró a los ojos, comenzando a cansarse de su insistencia, sintiéndose algo abatida por haber considerado esa habitación completamente segura, no tendría forma de escapar de allí… O al menos, fácilmente.
—Es real, muy real, más real de lo que tú te imaginas—Flérida la tomó por las barbilla, obligándola a verla a los ojos—. ¡Ponme atención cuando te hablo!
Ese gesto que provocó en Zarah una punzada en el estómago cuando un leve recuerdo de algo que había sucedido mucho, mucho tiempo atrás, pero que ella jamás había vivido, vino a su mente…
—Oh, comienzas a recordar, ¿no es así?—La sonrisa de Flérida se intensificó, provocando que el corazón de Zarah se helara.
—No… ¡Es mentira! Eso es imposible…—gimió, intentando convencerse más a sí misma que a ella. Las imágenes, imágenes completamente desconocidas para ella, pero veraces a la vez, recorrían su mente, trayendo a su memoria recuerdos de un pasado que no le pertenecía.
No… ¡No podía ser cierto!, ella debía estar mintiendo…
—Ríndete a la verdad—insistió Flérida—, ¡tú eres un alma reencarnada!
—¡Eso es imposible!
—En realidad, no. No tienes ni idea de la cantidad de almas reencarnadas que deambulan por la tierra, y sí, tú eres una de ellas.
—Pero… pero… Yo nunca sería ella… Yo… Allan…—la mente de Zarah era un mar de confusión, le costaba respirar y concentrarse…
—Eres Madeleine. ¿Por qué crees si no, que un hombre como Allan pudo fijarse en ti? ¿Cómo pudiste ser tan vanidosa para asumir que tú, una humana común y corriente, sin gran belleza, ni inteligencia ni carisma, pudo ganarse su corazón por encima de una mujer de la talla de Raquel?—su voz retumbó en los oídos de Zarah, clavándose en su mente—. ¡Porque eres la única a la que una vez él le entregó su corazón, y a la que juró esperar eternamente a que volviera!
—No…
—¿No qué? ¿Te duele o te molesta saber la verdad?—Flérida le dedicó una falsa mirada compasiva—. El saber que él nunca te quiso por ser realmente quien eras, sino por quien fuiste alguna vez en el pasado. Que él piense en el nombre de otra cuando te ve, que cada vez que tú lo ves, sepas que no es a ti a quien reconoce en cada mirada de amor, en cada caricia, en cada beso, sino a la mujer que vive dentro de ti y de la que tú nada conoces. Esa otra mujer que forma parte de ti, pero que no eres tú…
—¡Ya basta!—Los ojos de Zarah se humedecieron a pesar de lo intentos que hacía por mantenerse tranquila—. Allan me ama…
—Sí, es cierto—la respuesta franca de la mujer la sorprendió—. Pero eso no quiere decir que sea correcto. No te ama a ti. Ama lo que fuiste, la otra mujer que fuiste, la mujer de la que ya no queda nada en ti. ¡Y eso no es justo, no es justo para mi Raquel, que ha vivido mil años a su lado, haciendo todo cuanto estuvo en sus manos para ganarse su corazón, para que ahora llegues tú y se lo quites sin haber hecho nada para merecerlo!
—¡Estás loca!—Rugió Zarah, sintiendo que algo en su interior se encendía.
Flérida la escrutó con la mirada, retrocediendo un par de pasos. Zarah leyó el temor en sus ojos. Algo en su interior se lo hizo saber, esa parte en su interior que comenzaba a nacer en ella cada vez con mayor fuerza cada vez que se enfurecía, y se lo hizo saber con claridad.
Como sabía que era precisamente esa parte de ella la que Flérida intentaba amedrentar…
—Se supone que nunca regresarías—le dijo ella, con voz desdeñosa—. Allan no descansó después de tu muerte, pasó años rastreando a Ernesto y a cada uno de tus atacantes, y uno a uno los liquidó.
Zarah abrió grande los ojos, sorprendida por esa confesión.
—Y cuando terminó con su venganza, ya no tuvo más motivos para continuar vivo. Desesperado, regresó a nuestra aldea, a pedir mi ayuda. Yo me alegré de verlo, por supuesto, ahora que Allan era un miembro notable en nuestra comunidad. Gracias a tu querido padre, Gold, el patriarca de los Ruffian, quien lo recibió con los brazos abiertos en su familia, dispuesto a convertirlo en uno de los suyos, después de enterarse de la hazaña cometida en tu nombre, para restaurar tu honor. Su hijo Tanek lo había puesto al tanto de su venganza y lo que él había hecho, dando justicia al nombre de su querida hija Madeleine. La favorita… Porque sí, eras su favorita—le dedicó una mirada despectiva—, siempre has tenido más suerte de la que te mereces.
—¿Tanek…?—Zarah intentó recapitular esa información.
—Tanek era tu hermano mayor—le reveló, sin darle mayor importancia a ese dato.
—¡Mi…!
—Él ayudó a Allan en su venganza—continuó hablando, sin permitirle interrumpirla—. Había prometido matarlo si algo te llegaba a suceder a ti. Allan no opuso resistencia, por el contrario, le dijo que adelante, morir era lo que él estaba buscando. Si él mismo no se quitaba la vida era porque lo consideraba un injurio al sacrificio hecho por ti al sanarlo y así otorgarle la vida con la poca energía que te quedaba en tu lecho de muerte. Pero Tanek decidió no hacerlo, verlo sufrir a causa de su falta era mucho mayor castigo que liberarlo con la muerte. Al enterarse de lo que Allan estaba haciendo, logrando la venganza que había jurado darte en tu tumba, decidió ayudarlo a conseguirlo. Allan sólo le permitió hacerlo si le prometía que al terminar de liquidar a los culpables, terminaría con su vida. Pero con el paso del tiempo se hicieron amigos y Tanek rehusó cumplir con su palabra llegado el momento. Fue cuando Allan vino a mí en busca de ayuda, preguntando alguna manera de traerte de vuelta a la vida, hacerte reencarnar…—su voz se tornó agria y su mirada distante—. Le dije que era imposible. Todo cuanto anhelaba era que se olvidara de una vez de ti. Ahora él tenía el reconocimiento de los Ruffian, con su respaldo sería uno de los miembros de más alto rango de la aldea, y un esposo perfecto para mi hija. Sin embargo, él sólo seguía interesado en ti…—sus ojos se enfocaron en ella, llenos de furia—. Estaba al borde de la locura a causa del dolor, buscaba contrincantes por doquier, cualquier pelea que pudiera terminar con su vida. Supe no pararía hasta encontrar la manera de que alguien lo matara al fin, y con su muerte, se llevaría el espíritu de mi Raquel. Por lo que no me quedó más remedio que prometerle que encontraría la manera de hacerte regresar. Cosa que jamás hice, por supuesto. No se puede tener control sobre las almas, eso todo el mundo lo sabe, pero él estaba tan desesperado que me creyó. Necesitaba darle tiempo a Raquel, que él se olvidara de ti y decidiera estar con mi hija, ¡pero ni siquiera mil años pudieron desprender tu recuerdo de su corazón!—golpeó furiosa una pared cercana, dejando un hueco con la huella de su mano—. Y como si fuera poco, se fue por el mundo en busca de ayuda, decidido a dar contigo o morir en el intento de manera “accidental”. Raquel intentó convencerlo de detenerse, la culpa lo carcomía en vida y no pararía hasta morir, pero todo intento de razonar con él era en vano. Fue cuando encontró a esa Antigua, una de las más poderosas de las que he tenido conocimiento, y ella le dio esa luz de esperanza que tanto tiempo llevaba buscando…
«Le dijo que tú regresarías a él. No pudo decirle cuándo, pero le aseguró que así sería.
«Yo decidí prepararme para su regreso. Cuando lo hiciera, no tendría más que sentarse a esperar tu vuelta a la vida, y durante ese tiempo indefinido cualquier cosa podía suceder. Y yo estaba dispuesta a usar todos mis trucos para darle un empujoncito a mi hija en su corazón. ¡Pero él nunca regresó! No le bastó con romperle el corazón a mi hija, sino que decidió romper lazos con toda La Capadocia, para marchar a vivir con los Kinam.
«El único lazo que mantuvo durante esos siglos con La Capadocia fue a través de Raquel, su única y mejor amiga. Sin embargo, nunca le dio la menor oportunidad de llegar a creer que podrían llegar a ser más que amigos.
«Con el paso de los años, ella logró irlo suavizando, convenciendo de a poco para regresar a La Capadocia. Entonces, siglos después de su partida, Raquel fue asignada a una misión, proteger a una pequeña niña Homo con autismo, un Alma Pura…
—Dany—musitó Zarah, comenzando a unir cabos en esa historia a la que se había sentido ajena hasta entonces.
—Sí, Dany—repitió Flérida con voz triste—. Raquel vio en esa pequeña la oportunidad perfecta para convencer a Allan de regresar. Sabía que él siempre había mostrado debilidad por las Almas Puras. Y para su sorpresa y la de todos, él aceptó ayudarla.
«Regresó a La Capadocia y se convirtió en un guardián ejemplar para la recién nacida. Hasta que se encontró de frente contigo…—su voz destilaba odio cuando volvió a enfocar la mirada en sus ojos—¡y todos los avances de Raquel se fueron por el drenaje! ¡Todos esos siglos de espera, de entrega, de amor…! ¡Toda la vida de mi hija fue despreciada en un simple segundo!
Zarah tragó saliva, sintiéndose miserable por Raquel. Si ella realmente amaba tanto a Allan para haberse sacrificado por él todos esos años, si todo eso era cierto… ¿Debería ella hacerse a un lado…?
—Y todo por culpa tuya…—musitó Flérida, volviendo a tomarla por la barbilla para mirarla a los ojos, con tanta fuerza que Zarah lanzó un gemido de dolor que ella ignoró—. Mírate, tan simplona, sin chiste…—musitó la mujer, estudiando sus ojos—. ¡Y sin embargo, sólo le bastó un vistazo a tus ojos para que él te reconociera! ¡Un solo y ridículo vistazo para que viera en ti a su Madeleine, muerta hacía mil años!
—No es cierto…—Zarah tragó saliva, comenzando a creer que Flérida realmente no desvariaba—. Eso no es cierto…
—¡Lo es! ¡Qué más quisiera yo que no lo fuera, pero lo es!—se acercó más a ella, traspasándola con esa mirada furiosa—. ¿De qué sirvió arrancarte del seno de los Blancos, si de todas maneras ibas a terminar encontrándote con él?
—¿Qué…?—los ojos de Zarah se abrieron al máximo por la sorpresa y el enojo—. ¡¿Fuiste tú quién nos atacó a mi madre y a mí?! ¿Tú fuiste quien la mató?
—No, no fui yo—ella frunció el ceño y sus ojos brillaron maquiavélicamente—. Yo sólo las entregué a los Raya, ¡de haber estado yo allí, te habría matado con mis propias manos!
Zarah frunció el ceño, negando con la cabeza.
—No puede ser… ¿Tú nos entregaste?
—¡Por supuesto! ¿Cómo iba a imaginar que realmente renacerías? ¡Y como una princesa!—Le dedicó una mirada de profundo desprecio—. Tú, una Ruffian, un Alma de Fuego, un Alma Amarilla que nunca fue digna de nada, renacer como una princesa… ¡Y un Alma Azul!—Su voz se volvió ronca por el resentimiento—. No es justo, ¡no es justo! Tú no te mereces nada de lo que te han dado, ¡y ahora, además de todo, ibas a arruinarle la vida a mi hija arrebatándole a su único amor!
—¡Yo no le robé nada!
—¡Tú no te mereces el corazón de Allan!—Bramó la mujer, plantándole una cachetada que le dejó marcado el rostro a Zarah.
Los ojos de Zarah se encendieron por la furia, y Flérida volvió a retroceder. Le dedicó una mirada desdeñosa, y comenzó a hablar otra vez, en esta ocasión utilizando un tono despectivo y bajo.
Entonces fue cuando Zarah lo comprendió.
Ella intentaba apaciguar esa parte que se encendía en su interior cuando se enojaba, quebrantar su espíritu y así derrotarla.
Y no se lo permitiría…
—Si tan sólo hubieras permanecido aparte—continuó hablando ella—. Al menos dentro del Círculo de la Estrella estarías alejada de Allan, pero tenías que ser tan presumida, tan llamativa…
El rostro de Zarah se giró hacia la mujer cuando la conversación adoptó un rumbo que ella no se había esperado.
Ahora estaba hablando de su otra vida, su vida como Zyanya, princesa de los Blancos.
Esa vida de la que no tenía recuerdos…
—Eras talentosa, poderosa, arrogante… Participabas en cada torneo que se organizaba entre la alta élite de La Capadocia, y tu nombre comenzaba a ser conocido por todos… ¡Y sólo eras una maldita niña!—Siseó, furiosa—. Era cuestión de tiempo de que Allan escuchara hablar de ti y te encontrara. Tenía que desaparecerte… Y qué mejor oportunidad que el Torneo de los Cinco Reinos al que tu madre y tú se dirigían.
El rostro de Zarah se puso lívido.
Si lo que esa mujer buscaba era apocarla bajándole el espíritu, lo estaba consiguiendo revelándole aquello que nadie más había hecho: la muerte de su madre.
El terrible suceso que la había atormentado noche tras noche en sueños durante toda su vida… O lo que podía recordar de ella.
—Tu padre y tu madre eran inteligente y precavidos, guerreros excepcionales. Sabía que no podría llegar y arrebatarte simplemente de sus brazos. Si quería conseguir desaparecerte con éxito, tenía que hacerlo bien. Lo planeé durante años, sólo tenía una oportunidad, sabía que tus padres no me darían un segundo intento y no pensaba fallar.
«El Torneo de los Cinco Reinos se acercaba, y tú, el pequeño gran orgullo de los Blancos, como solía llamarte tu abuelo, participarías sin ninguna duda.
«Elizabeth y Matthew eran precavidos, al salir en familia a sitios donde era de conocimiento público que asistirían, solían dividirse para llegar al lugar por diferentes caminos, y así evitar ser rastreados hasta Tierra de Libertad. Tú ibas con tu madre, y Aidan con tu padre.
«Yo hubiera preferido que fueras con tu padre, Elizabeth era conocida por ser una de las guerreras más grandes de entre La Capadocia. Pero no por ello me rendí. Trabé una alianza con los Raya, que hacía años andaban buscando la manera de llegar a la familia real de los Blancos y ellos aceptaron gustosos ayudarme.
«Acordamos que el ataque tendría lugar en el pequeño pueblo abandonado en Guatemala, donde tu madre y tú harían una parada de camino a la Isla Sagrada, el punto de unión de los cinco reinos donde se celebra el torneo, el sitio más vulnerable en el recorrido que tu madre había trazado, donde ella no podría obtener ayuda…
Zarah no necesitó que Flérida hablara más. Los eventos comenzaron a sucederse en su mente, mientras escuchaba sus palabras. Recuerdos del pasado que habían permanecido flotando en su memoria como fantasmas inexistentes de su vida anterior, que ahora se materializaban ante ella…
De hecho, había sido tan similar al último ataque ocurrido en su vida, que no comprendía cómo no había notado la conexión en un principio…