Once puntos
Leslie paseaba por Oxford Street con varias bolsas llenas con las compras del día. Su pelo estaba liso tras un tratamiento especial de queratina y no había ni una nube en el cielo que presagiara lluvia; había tomado su té de hierbas preferido con una nube de leche de soja en su salón favorito acompañado de un par de pequeños sándwiches integrales de pepino, y se dirigía al establecimiento de Orson a que le repasara su manicura francesa. En resumen: el día no podía ir mejor.
De pronto oyó un golpe tras ella. Giró la cabeza extrañada, pero no vio nada fuera de lo común, tan solo gente paseando con bolsas.
Continuó su camino, hasta que escuchó otro ruido. Se detuvo, y al darse la vuelta de nuevo se encontró sola en la calle. Giró sobre sí misma, extrañada, y entonces se dio cuenta de que no tenía sus bolsas en las manos. Miró al suelo, y gritó asustada: sus zapatos de tacón de Louboutin habían desaparecido, reemplazados por una botas de monte.
Y entonces despertó.
Se sentó en la cama con una mano en el pecho, y el corazón latiendo a toda velocidad. Pero antes de que pudiera calmarse, un golpe la sobresaltó una vez más. Miró hacia la ventana, ya que el ruido provenía de allí, y gritó al ver una sombra.
De repente, los cristales se abrieron, y una figura oscura entró en la habitación. Leslie se apresuró a encender la luz de su mesilla, retrocediendo todo lo que pudo hasta aplastar la espalda contra el cabecero de la cama.
—¡Bliadhna Mhath Ur! —exclamó la figura, vestida por completo de negro—. ¡Feliz año nuevo!
Leslie se quedó con la boca abierta, mientras la persona que había hablado se quitaba una capucha que cubría su cabeza para mostrar unos cabellos rojizos y una sonrisa sarcástica que le resultaba demasiado familiar.
«Ay, mi madre», pensó. «El chalado inmortal…»
Evan estaba a todas luces disfrutando de su expresión de desconcierto. Avanzó hacia la cama y extendió las manos, entre las que llevaba un paquete.
Leslie seguía sin moverse, temiendo cualquier cosa: que sacara una espada, que cogiera una silla y la tirara pensando que era un tronco… Bueno, al menos no llevaba falda, con aquellos pantalones negros parecía más normal. Y cómo le marcaban los muslos, por no hablar de la sudadera que llevaba abierta, dejando ver una camiseta ajustada que…
Pestañeó recuperando la cordura. ¿En qué demonios estaba pensando? Eso no era normal en ella, a ver si le habían echado algo en aquella comida infernal.
—Es para ti —dijo Evan, al ver que la chica no se movía.
Leslie se pellizcó. Quizá todo era una pesadilla… pero no, hizo una mueca de dolor. Vale, entonces quizá se estuviera volviendo loca… Carraspeó, intentando aclarar sus ideas.
—Esto… —empezó, mientras él levantaba una ceja, inquisitivo—. ¿No sabes lo que son las puertas?
Él miró hacia la ventana, y echó una carcajada.
—A las lassies les suele gustar más así, es más impactante.
—¿Eh?
—Bueno, no quiero parecer pagado de mí mismo, pero es la cuarta vez que salgo elegido y…
De pronto la puerta se abrió, dando paso a Moira, sus tres hijos y Shane detrás, que parecía divertido por todo aquello.
—¡Qué-suerte-tienes! —exclamó la mujer.
Leslie miró al irlandés en busca de ayuda. El chico entró en la habitación, a punto de echarse a reír, pero la expresión de su jefa le indicó que no estaba para muchas bromas.
—Es una costumbre —explicó—. Me lo han explicado en el pueblo. Se elige a un hombre, por lo que he entendido, cuanto más guapetón mejor, para que dé buena suerte.
—¿Buena suerte?
—Sí. Para que una chica escocesa tenga buena suerte, la primera persona que entre en su casa después de las campanadas debe ser un hombre oscuro. —Miró a Evan—. Algo así, ¿no?
—Sí, por eso voy vestido de negro. —Le acercó más el paquete—. Y tienes que comerte todo lo que hay aquí dentro.
Leslie estuvo a punto de mandarles a todos a un lugar poco agradable. Pero por una vez, su sentido común prevaleció; la familia la miraba con una sonrisa expectante, Evan parecía divertido, pero esperaba con paciencia. Y si era una costumbre escocesa, tampoco quería parecer más descortés de lo que ya había sido. O que le echaran el mal de ojo, llegado el caso.
Así que forzó una sonrisa, que aunque falsa, al menos era algo, y cogió el paquete. Lo abrió y se quedó mirando el interior sin entender.
—Carbón-pastel-escocés-sal-black bun-y-whisky —explicó Moira, solícita.
Evan se sentó junto a Leslie en la cama, procurando no partirse de risa ante la cara de la chica, que a todas luces no había entendido nada.
—Carbón —explicó, señalando el trozo negro—. Para calentar tu hogar. Pastel escocés de mantequilla, sal, black bun, que es pastel de frutas, y una botellita de whisky. Si lo tomas todo, te traerá suerte.
—Pero… ¿ahora?
Él se echó a reír.
—No, lassie —Cogió el trozo de pastel de mantequilla—. Tienes hasta que acabe el día.
Y le acercó el dulce a la boca. Leslie dio un mordisco, rozando sus dedos con los labios, y se llevó la mano a la boca para evitar que cayeran algunas migajas.
Los ojos de Evan se oscurecieron, y se incorporó para evitar que se diera cuenta de que aquel gesto le había ocasionado una punzada de deseo en el estómago.
—Debo irme —dijo, guiñando un ojo—. Tengo una lista un poco larga de lassies a las que dar buena suerte.
—¡Espera! —Moira avanzó hacia él—. El-beso, el-beso.
Por una vez, Leslie entendió lo que la mujer estaba diciendo. Le miró negando con la cabeza, pero Evan no se dio por aludido. En un par de pasos se acercó a ella, le plantó un beso en los labios y un segundo después, estaba saliendo por la ventana.
Leslie quedó estupefacta; no tanto Shane, que ya había visualizado antes a hombres besando a su jefa y también los había visto huir despavoridos días después, en cuanto conocían más de su forma de ser. Miró el resto de cosas que había sobre su cama, meneando la cabeza.
—Vas a estar ocupada comiendo eso —dijo, burlón.
Salió del cuarto, con Moira detrás.
—Es-muy-mala-comedora, ¿verdad? —preguntó.
—Quién sabe —Shane se encogió de hombros—. De momento, punto para el lanzatroncos escocés, ese trozo de pastel es el primer bocado de hidratos que come en… no sé, desde los noventa, creo.
Moira empezó a reírse, agarrándose el estómago.
—¡Entonces-es-ella! ¡Ya-empezaba-a-pensar-que-mi-comida-no-estaba-buena!
—Oh… ejem… —Shane decidió que era un momento estupendo para regresar a su cuarto.
Cerró la puerta y regresó a la cama, pensando en cuántos días más tendría que permanecer allí aguantando a Leslie. Al menos en Londres lo dejaba en paz en cuanto salía del trabajo… bueno, la verdad era que no, no siempre. Muchas veces lo llamaba fuera de horario, o lo despertaba para alguna tontería. Había aceptado aquel trabajo como algo eventual, pensando que en el futuro buscaría algo mejor, pero se había acomodado, y la única vez que había hecho el amago de dejar su puesto, Leslie había puesto el grito en el cielo. Le había subido el sueldo, y con aquello cerró su boca durante una temporada; pero esto estaba ahí. De cuando en cuando pensaba en el tema, y se preguntaba si llegaría el día en que su jefa le hiciera perder los nervios hasta el punto de largarse. Por el momento, mientras tuviera hipoteca tendría que seguir, y no podía obviar que ganaba bastante más de lo habitual en su puesto. Tocaba aguantar frío, nieve, niebla y lluvia, al fin y al cabo, pronto regresarían a Londres.
* * *
El día dos, y puntual como un reloj, Leslie se levantó guerrera y se vistió como tal: su mejor traje entallado con el que apenas podía respirar, y un moño apretado. En realidad, el moño solo era por controlar su pelo, y aunque tampoco conseguía un resultado impoluto (¿de dónde demonios salían tantos pelillos que le daban ese aspecto desarreglado?), era mucho mejor que llevarlo al natural, que parecía que había dormido con los dedos metidos en el enchufe.
Se puso unos tacones para completar el conjunto, y cogió su maletín; cuando entró en el comedor, Shane ya estaba allí hablando con los hijos de Moira.
—¿Café? —ofreció Aiden, mirándola con cara de impacto.
Seguro que solo había visto mujeres vestidas de esa forma en los culebrones americanos que emitían por televisión.
—Yo solo tomo café ecológico con aceite de coco, gracias.
—¿Qué?
—Como mucho, con un poquito de jarabe de agave. Pero no debes saber lo que es, ¿verdad? —Le miró con una sonrisa dulce que de sincera no tenía nada—. Vamos, Shane. Tenemos que ir al ayuntamiento.
Él se incorporó con un poco de pena ante la cara del chico, pero no añadió nada, limitándose a seguir a su jefa. Observó con paciencia el ritual de abrir el paraguas para los siete segundos que tardaba en ir desde la puerta hasta el coche, y se puso al volante.
Durante el trayecto notó que Leslie estaba tensa, suponía que ante el desconocimiento de lo que iban a decirle. Aparcó en un hueco libre delante del edificio, y la vio corretear, de nuevo con el paraguas abierto.
«Qué manía», pensó, yendo detrás.
Cualquiera se lo decía, y eso que la estancia en casa de Moira le estaba haciendo mella. Era posible que estuviera un pelín menos antipática, o tal vez fueran los continuos encuentros que sufría con el pelirrojo escocés. Sacudió la cabeza, desechando aquel pensamiento… no la veía interesándose por nadie tan rural.
Una vez dentro, Leslie recorrió la primera planta con la mirada, y se acercó a un mostrador con paso resuelto. Una chica pelirroja de pelo rizado corto estaba leyendo lo que parecía una revista, y los miró sorprendida.
—Hola —saludó Leslie, sin amedrentarse—. Quiero hablar con quien esté al mando aquí. Soy Leslie Ferguson.
—¿Ferguson? —repitió la joven.
—Sí. Sí, soy la hija de Finn, y sí, sé que me parezco —acabó por ella para evitar cualquier otra muestra de dramatismo—. Recibí una llamada y tengo que hablar del tema, así que…
—Por supuesto —asintió la chica veloz, descolgando el teléfono—. Será un momento —indicó, aprovechando de paso para echar un vistazo a Shane, que permanecía mudo—. Karen, ¿puedes salir un segundo? Hay aquí una mujer que dice no sé qué de una llamada, que se apellida Ferguson y que quiere hablar con quien esté al mando. Sí. Sí, sí, claro —cortó y les dedicó una sonrisa—. Un momento, por favor.
Leslie se cruzó de brazos, haciendo un ruidito escéptico. Se dedicó a estudiar de nuevo el interior del ayuntamiento, constatando que allí nadie parecía trabajar demasiado, y buena prueba de ello era la recepcionista.
—Soy Davina —dijo esta, como si hubiera adivinado sus pensamientos—. Es un placer conoceros, no se ven muchas caras nuevas por aquí.
—No es difícil adivinar el motivo —masculló ella.
No le prestó más atención, lo único que le gustaba de la joven era que parecía tan despeinada como ella. Además, ¿es que en ese lugar todos eran pelirrojos? Porque entre el salvaje lanzatroncos, y la impertinente que le había cerrado la puerta en las narices antes de las navidades, parecía que era el único color de cabello disponible.
Empezó a resoplar, impaciente, hasta que de pronto Davina carraspeó para llamar su atención.
—Dice que suba —explicó, señalando el teléfono—. Es la puerta uno, la más grande.
Como Leslie no dijera nada, Shane contestó con un gracias y fue tras ella en dirección al primer piso. Había más escaleras de las que parecía, y la morena acabó cogiendo aire al llegar arriba, pero se recompuso antes de acercarse a la puerta uno, que estaba abierta.
Se asomó con prudencia; no sabía bien qué esperaba encontrar, cuando había oído a la recepcionista llamar a Karen no había relacionado ese nombre con la pelirroja desafiante, pero en el momento en que miró dentro se encontró con que era la misma persona.
—¡Hola! —saludó ella, haciendo un gesto para que entraran—. Pasad, pasad. ¿Qué tal las navidades? ¿Os apetece un café?
Con ella había otra chica, de edad similar. También con pecas, y pelo ondulado, por supuesto pelirrojo… seguro que rondaban mil bromas sobre ese ayuntamiento y el trío de pelirrojas.
—Esta es Vika, que se encarga del correo —presentó—. Ellos dos son… la hija de Finn y su secretario.
—Ayudante personal —corrigió Shane.
—Lo que sea. Bueno, ¿queréis café? —Les señaló la máquina—. Tenemos máquina nueva de cápsulas, amor a primera vista, os lo aseguro. Hace un café moca buenísimo.
—Perfecto —Shane dejó de lado sus recelos por haber sido bautizado como secretario y se acercó a toda prisa.
Leslie iba a rechazarlo, pero notó como su estómago rugía. Vale, no era ecológico, ni tenía aceite de coco, ni leche de soja, pero después de probar el café de Moira, tomarse uno normal no le parecía tan horrible.
—Yo con stevia, gracias.
—¿Perdón?
—Sacarina —aclaró Shane.
—En realidad… —Leslie quiso explicar la diferencia, pero no le dio tiempo.
—Sin problema —dijo Vika—. Tenemos sacarina. De alguna manera hay que contrarrestar esos excesos mañaneros. —Y señaló la mesa, donde había una caja abierta llena de donuts.
—Sentaos —invitó Karen, señalando con la cabeza unas sillas—. Y comed si queréis, estos los trae nuestro repartidor de correos todas las mañanas desde Inverness.
—No, gracias —dijo Leslie, poniéndose muy derecha.
—Ah, claro, si te comes uno a lo mejor esa chaqueta explota —comentó Karen, y Vika y ella empezaron a reírse sin preocupación alguna.
—No come hidratos —comentó Shane—. Pero yo sí. Hablad de todo lo que queráis, me quedaré escuchando.
—No me lo digas. —Vika apareció con los cafés y depositó uno junto al chico—. Os alojáis donde Moira, ¿a que sí? Tenéis que estar muertos de hambre…y que esa buena mujer se piense que cocina bien… —Le acercó el otro café a Leslie—. Aquí tienes. Así que, ¿eres hija de Finn?
Ella dio un sorbo al café con una mueca, y de repente suspiró; aquello era otra cosa, aunque no fuera ecológico estaba buenísimo. Recuperó la compostura al ver cómo la miraban todos, y carraspeó.
—En fin, gracias por el café y por alimentar a mi ayudante, pero yo necesito hablar con alguien que esté al mando.
—Esa soy yo —contestó Karen.
—¿Tú? Pero tú solo eres una ayudante, ¿no?
—Exacto. Pero tu padre no está, por lo que por el momento solo estoy yo para lo que surja. Así que puedes hablar conmigo de cualquier duda que tengas.
Leslie no lo tenía muy claro, aquella joven no le daba la menor confianza. No la imaginaba llevando asuntos de despacho, sino más bien… bailando en un after.
—De acuerdo —se sentó, adoptando su tono más profesional—. Respecto a la llamada que recibí, lo que se me dijo fue que…
—Yo te llamé —la interrumpió Karen—. Las cosas están así: tu padre es el alcalde y no puede hacerse cargo de sus responsabilidades, de manera que tiene que sustituirle un hijo. Si tuviera dos sería el mayor, pero como no es el caso y solo estás tú, te ha tocado.
—¿Qué?
—Lo que has oído. En Kiltarlity es lo que se hace, ha funcionado así toda la vida. Es una costumbre milenaria, y los Ferguson siempre han ocupado ese cargo en el pueblo.
Leslie miró a Shane, que se encogió de hombros.
—¿Y qué se supone que debo hacer? —preguntó, en tono dramático.
—Llevar el ayuntamiento.
—No me refería a eso. —La fulminó con la mirada—. Quiero decir, ¿debo dejar mi vida, mi trabajo en Londres? ¿Y si tuviera marido allí?
—¿Lo tienes?
—No, pero podría tenerlo. Creo que es mucho suponer por vuestra parte pensar que voy a trasladarme aquí a vivir para encargarme del ayuntamiento, que debe dar mucho trabajo.
Karen intercambió una mirada con Vika y ambas sonrieron.
—Qué va, hay poco —informó la primera—. Es por temporadas, pero casi todo se resume en papeleo, aunque a veces te tocará resolver disputas vecinales. Pero en general esto es tranquilo. Y solo tendrías que quedarte hasta que tu padre despierte.
—¡Pero podría tardar años! —se quejó Leslie—. ¿Y si me niego?
—Pagas una multa —dijo Karen.
—Ah. ¿Eso es todo? ¿A cuánto asciende esa multa?
—Si no recuerdo mal, son cien ovejas, cien vacas lanudas y veinte sacos de paja.
—¿Qué?
—Creo que también pueden ser de trigo, no estoy segura. Vika, busca toda la información que tengamos para que se la lean… debe estar en el archivo del año ochocientos antes de Cristo.
Vika soltó una risita y fue directa al archivo mientras Leslie fruncía el ceño.
—Será una broma —espetó.
—¿Lo del año ochocientos antes de Cristo? Sí, es broma.
—No, me refiero a lo de las ovejas lanudas.
—Las lanudas son las vacas, las ovejas son normales, y no, eso es broma. Y para que lo sepas, no solo son caras, sino muy complicadas de encontrar. —Karen sonrió—. Por de pronto, aquí nadie te venderá ni una, ni siquiera la familia McKinley, que son quienes más tienen.
Shane dejó de comer al escuchar el apellido.
—¿No es así como se apellida el lanzatroncos? —comentó.
—Veo que ya habéis conocido a Evan —Karen parecía divertida—. ¿Pasó por tu casa en año nuevo? Le encanta esa tontería de entrar por las ventanas vestido de negro, y lo que más, salir elegido por guapo.
—Hemos tenido varios encuentros con él —dijo Shane.
—No lo tomes muy en serio, le gusta burlarse de la gente pero es majo… todos los McKinley somos un poco así. —Se levantó al ver regresar a Vika con una carpeta—. Gracias.
—¿Es familia tuya? —preguntó Leslie, con aprensión.
—Primo segundo. —Karen dejó caer la carpeta sobre la mesa, junto a Shane—. Me parece que esto te va a tocar estudiártelo a ti.
—Pensaba que nos contarías un poco… —empezó Leslie.
—Ah, no, no. Yo no puedo perder el tiempo con estas cosas —negó Karen—. Tengo algunos mails que responder, y Vika y yo estábamos en el momento del duelo diario de canción favorita.
Jefa y ayudante se miraron de nuevo, sin creer lo que oían.
—¿Cómo? —preguntó Leslie, segura de que debía tener cara de tonta.
—Es muy fácil, todos los días tienes que defender una de tus canciones favoritas. Dices cuál y el porqué crees que debe ser la ganadora… sirve para matar el tiempo, y como es un juego de dos, decide la tercera. Davina, la chica que está en información.
—De manera que en eso pasáis el rato —Leslie estaba indignada.
Si ella fuera alcaldesa, las pondría a trabajar a las tres y no a comer donuts y jugar a chorradas musicales. Estaba claro que tenían poco trabajo, pero seguro que se podían hacer más cosas productivas que pasar las horas perdiendo el tiempo.
—Hoy tocan DJ’s con famosas —empezó a decir Vika—. Yo apuesto por Calvin Harris y su canción con Ellie Goulding, ¿sabes cuál digo? Pero Karen dice que es mucho mejor David Guetta, que cuando canta con Rihanna es…
—¡Basta! —Leslie se incorporó, haciendo un gesto a Shane—. Nos llevaremos eso para estudiarlo y ver si es cierto ese rollo de las cabras lanudas y demás.
—Vacas —corrigió Vika, solícita.
—¡Como si son murciélagos! —se estremeció al recordar el que había entrado en su habitación durante la noche—. Estoy segura que encontraré algo. ¡Vamos, Shane!
Salió del despacho muy digna mientras las dos pelirrojas la miraban, sin parecer inquietas en absoluto por su berrinche. Shane hubiera preferido seguir comiendo donuts, pero terminó por coger la carpeta y levantarse.
—Gracias por el café —dijo.
—De nada. —Vika se apresuró a acompañarlo hasta la puerta—. Si te aburres y quieres salir ya sabes dónde estamos, ¿vale?
La voz de Leslie llamándolo resonó por todo el edificio, así que el chico se limitó a salir tras su jefa, que ya estaba fuera con el paraguas abierto y preparado.
—¡Qué poca vergüenza! —protestaba entre dientes—. ¡Multas a mí! Qué poca seriedad, no me lo puedo creer. Más te vale encontrar algo que nos libre de esto ahí —señaló la carpeta.
—¿Nos?
—Tenemos que escaquearnos de alguna manera, ¡estoy harta de este sitio! ¡No para de llover, no hay nada que hacer y echo de menos mi tempe macerado, y mis semillas de chía en el desayuno! ¡Y todo el mundo es impertinente!
—Calma —dijo él—. Le echaré un ojo a los papeles, a ver si hay alguna posibilidad de que te libres… eso espero, porque lo de conseguir vacas lanudas lo veo más complicado.
—No tiene gracia— masculló ella, resentida, entrando al coche con un portazo.
Shane ocupó el asiento del conductor y dejó los papeles en el trasero.
—Vamos a la tienda —dijo Leslie—. No me queda apio.
Shane señaló al frente.
—Pero si está ahí mismo, ¿para qué hemos subido al…?
—¡Conduce y calla, no quiero mojarme el pelo!
Shane arrancó, avanzó diez metros y aparcó. Leslie corrió con su paraguas hasta la tienda, mientras su ayudante se lo tomaba con más calma. Cuando entró, Leslie ya le había recitado al tendero su lista de verduras y esperaba que se las sacara.
—¿Dónde estabas? —preguntó impaciente.
—Ni que hubiera tardado una hora…
La campanilla de la puerta se abrió, dando paso a Evan, que se acercó con una sonrisa.
—Buenos días, ¿qué tal habéis comenzado el año? —preguntó.
—Lloviendo, igual que el anterior —refunfuñó Leslie.
—Mejor no comentarlo —replicó Shane—. ¿Y tú? ¿Tuviste la noche ocupada?
—Muchas lassies que besar, sí. —Miró a Leslie intencionadamente, pero ella tenía la vista fija al frente—. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo.
El tendero salió con las bolsas de Leslie, y Evan levantó una ceja.
—¿Y eso? ¿Vais a hacer alguna sopa de verduras?
—Tú sí que estás hasta en la sopa —exclamó Leslie—, ¡apareces por todas partes! ¿Es que no hay más gente en este pueblo?
Cogió las bolsas y salió, pero al llegar a la puerta se dio cuenta de que no podía abrir el paraguas con las manos ocupadas, y llamó a Shane. El irlandés se encogió de hombros como si se disculpara y fue con ella. Cogió las bolsas solícito mientras la chica luchaba por abrir el paraguas, que parecía atascado. Tiró con fuerza, y las varillas giraron hasta darse la vuelta, de forma que el paraguas se quedó al revés.
—Creo que habrá que comprar uno nuevo —comentó Shane—. Seguro que en la tienda tienen. Debe ser el producto estrella.
—No pienso volver a entrar ahí.
Se tapó como pudo para correr hasta el coche. Shane no aceleró el paso; se tomó su tiempo para ir, dejar las bolsas en el maletero y subirse para conducir de vuelta al hostal.
Una vez allí, Shane cogió la documentación para ir a su habitación y estudiarla. Mientras, Leslie cogió un tallo de apio y se puso a masticarlo con fastidio, buscando páginas en internet de leyes escocesas.
Dos días después, durante los que no paró de nevar, ambos estaban mareados de tanta información. Pero para desgracia de Leslie, no había nada que pudiera salvarla de la situación.
Shane le llevó los documentos y se sentó junto a ella en su habitación.
—Jefa, los he leído tantas veces que me los sé de memoria —dijo—. Y no hay nada que hacer.
—Pero, ¿y si no despierta? ¡No puedo quedarme aquí toda la vida!
—Yo tampoco. Aunque he encontrado un resquicio legal. Puedes delegar en alguien si pasado un año no despierta, lo pone aquí. —Buscó la hoja y se la mostró—. Aunque supongo que podríamos intentar ir a juicio… pero la jurisdicción por la que se rige este asunto es la escocesa, no los tribunales ingleses.
—Tengo que llamar a Alan. A ver qué hacemos, quizá podamos llegar a un acuerdo con esa pelirroja y trabajar desde Londres…
—Seguiré buscando, y cuando sepas algo me dices para mirar vuelos. Es el cumpleaños de una de mis hermanas dentro de una semana, tengo que ver cómo ir a Dublín.
Leslie le hizo un gesto vago, sin comprometerse a nada, y Shane regresó a su habitación.
La chica llamó a su jefe, a ver si al hombre se le ocurría alguna solución, o les sugería algún abogado. Al fin y al cabo, la empresa tenía unos cuantos que conocían al dedillo las leyes de todos los parlamentos para saber a qué atenerse cuando compraban terrenos o edificios en ruinas.
Pero cuando le explicó la situación, lejos de comprenderla, Alan se entusiasmó.
—¡Es una oportunidad única! —exclamó.
—¿En qué sentido, Alan? Porque yo no veo…
—Terrenos, Leslie, terrenos.
—He estado mirando pero no he encontrado nada decente.
—En el ayuntamiento tendrás acceso a los planos de todo el territorio. A datos sobre sus dueños, herencias… ¡todo! Piénsalo. Incluso podrás hacer tú los permisos de obra si es necesario, ¿te das cuenta del papeleo que eso supone, el tiempo que ahorraremos?
Leslie sopesó sus palabras. En eso tenía razón. Y un resort exclusivo de golf con hotel era un proyecto de millones de libras, si conseguía realizarlo ella sola el porcentaje que se llevaría sería más que considerable.
—Está bien —dijo—. Te iré informando de lo que encuentre.
—Llámame.
Leslie colgó y se quedó mirando la pantalla. El ayuntamiento suponía un reto… pero le encantaban los retos, pondría a esas tres pelirrojas de marras a trabajar como nunca en su vida.
Ahora tenía un problema más inmediato: convencer a Shane para que se quedara con ella.
Con actitud resuelta un poco fingida fue hasta su habitación, y golpeó la puerta un par de veces; Shane le abrió minutos después.
—¿Qué pasa ahora? ¿Otro bicho, más sopa…?
—Tengo que hablar contigo —entró sin esperar a que la invitara, por lo que el chico cerró tras ella con expresión hastiada—. Llamé a Alan por teléfono para explicarle la situación. Lejos de molestarse, le parece todo genial.
—Y por todo entendemos…
—Quiere que me quede aquí. Sabe que hay terrenos con posibilidades infinitas, y piensa que al estar yo al mando podré acelerar los permisos… casi ve su resort ya terminado y dando dinero.
—¿Te lo estás planteando? Madre mía, Leslie, sabía que eras ambiciosa, pero esto supera cualquier idea que pudiera tener.
Leslie se sentó en un borde de la cama.
—Bueno, al parecer es mi obligación. Y ya que tengo que cumplirla bajo pena de tener que pagar con vacas y ovejas, es justo sacar beneficio de esto.
—Estás loca, pero bueno, es tu decisión.
—Sí, oye, sobre eso… en fin, he pensado que podrías quedarte aquí conmigo. —Al ver su cara, se apresuró a añadir—: ¡No digas que no antes de escuchar las condiciones!
Shane se incorporó, negando con la cabeza.
—¡Claro que digo que no! ¿En serio crees que voy a quedarme a vivir en este lugar perdido de la mano de Dios?
—¿Y por qué no? ¿Qué más te da? Harías el mismo trabajo.
—Ya tienes ayudante.
—No, esa era la ayudante de mi padre, y no me gusta un pelo. Es demasiado contestona —se dio cuenta de sus palabras y trató de rectificar—. Quería decir muy impertinente… mira, quizás deba mantenerla ahí, es personal del ayuntamiento, pero te aseguro que tú seguirás siendo mi ayudante principal.
—Que no, Leslie, que no me quedo aquí. Tengo mi vida en Londres.
—Tu familia está en Irlanda, lo mismo te da coger el avión desde aquí que desde allí. Tu última novia fue hace un par de años, así que por ahí tampoco hay problema… ¿tus amigos? Sí, vale, eso sí, pero aquí también puedes tener amigos.
—No me digas.
—Shane, ya sabes que soy una persona muy especial y exigente, necesito que estés en tu puesto para que todo funcione. Bastante duro va a ser también para mí vivir aquí, alguien tiene que mantenerme cuerda.
El chico empezó a pasear por la habitación, nervioso, mientras Leslie le miraba esperanzada: si lo estaba pensando, algo era algo. Shane se detuvo de pronto.
—¿Cuánto tiempo? Y no me respondas algo vago como una temporada. Quiero fechas.
—Lo máximo sería un año, porque pasado ese tiempo puedo delegar —respondió ella al momento—. Y si nos ponemos en lo mejor, en cuanto despierte mi padre nos largamos. Y entre tanto, buscamos los terrenos que nos harán millonarios. ¿Qué te parece?
Él la miró fijamente.
—Si me quedo…
—¿Sí?
—Tengo condiciones. —Ella le hizo un gesto para que hablara—. Tendrás que subirme el sueldo.
—¿Otra vez? —se quejó Leslie, y al ver su cara se apresuró a añadir—. Claro, claro.
—Voy a necesitar alquilar un piso y quiero un coche, así que más vale que seas generosa.
La morena miró al techo, controlando un suspiro de frustración, pero acabó por asentir.
—De acuerdo.
—Quiero los fines de semana libres, y con libres me refiero a nada de llamadas. Y eso incluye el resto de los días cuando acabemos la jornada laboral —especificó él—. No me llames por la noche, ni demasiado pronto, ni para que vaya a matar una araña. ¿Entendido?
Leslie asimiló sus palabras, reteniendo un primer impulso de protestar. Tras sopesarlo unos segundos, tuvo que reconocer que Shane tenía razón: era su ayudante laboral, no su esclavo personal. Nunca se había parado a pensar que pudiera molestarlo, ella solo se preocupaba de sus cosas, y en ese momento fue consciente de que abusaba un poco de su poder. Pero solo un poco, no pensaba que Shane tuviera muchos motivos más para quejarse.
—¿Trato hecho? —preguntó el joven.
—Debería llevarte conmigo a negociar precios —refunfuñó ella—. Pero sí, trato hecho.
—Muy bien. Pues voy a empezar a mandar mails como un loco, la gente va a alucinar… y ya que esto va para largo, tenemos que marcharnos de casa de Moira. Voy a empezar a buscar algún piso de alquiler, ¿te miro a ti también?
—Oh. —Ella parecía perdida—. Sí, claro. Yo también necesito donde vivir.
—Mañana iré a Inverness a ver si consigo un coche, no sé si tú también quieres. Esto no es Londres, donde tienes paradas de taxi cada tres metros.
—Pero yo pensaba que seguiríamos como hasta ahora…
—¿Te refieres a conmigo en plan chófer llevándote a todos lados? Ni hablar. Vidas separadas, jefa, tendrás que buscarte la vida. Si quieres puedes quedarte con el coche de alquiler, es mono y te pega —le hizo un gesto burlón.
—¿Esa caja de cerillas? —Negó con la cabeza—. No, no, imposible. Iré contigo a Inverness, a ver qué me consigues. ¿Crees que tendrán eléctricos?
—Aunque tuvieran, Leslie, ¿dónde ibas a recargarlo? Dudo que haya algún lugar donde hacerlo en cien kilómetros a la redonda.
—Vale, vale. En fin, supongo que habrá que apañarse… aunque hace como diez años que no conduzco, no sé yo si me acordaré.
—Eso es como andar en bicicleta, no se olvida. Voy a buscar compañías de alquiler, tú deberías llamar a Alan e informarle de mis nuevas condiciones, ¿no te parece?
—Mira que eres desconfiado… —Él carraspeó, y Leslie se levantó con un gesto de exasperación—. Está bien, te lo pondré todo por escrito, ¿de acuerdo?
—Gracias.
La acompañó hasta la puerta, y una vez solo, se puso manos a la obra.
* * *
Al día siguiente era viernes y Leslie decidió que el lunes se presentaría a trabajar; de esa forma podía mentalizarse y pensar si realmente estaba dispuesta a quedarse allí, con todo lo que implicaba. Recordó a su padre, que continuaba en coma. Sabía que la gente estaría pensado en lo arpía que era por no ir a visitarlo, pero ellos no conocían la historia, y no estaba por la labor de ir dando explicaciones a un puñado de paletos.
Miró el móvil con el ceño fruncido. Después de ducharse había llamado a Shane, pero él contestó diciendo que estaba de camino a Inverness a buscar un coche, así que no tuvo otro remedio que colgar. Estaba pensando qué hacer cuando tocaron en su puerta y, sin aguardar ni dos segundos, esta se abrió dando paso a Abernethy, Abboid y Aiden.
—Buenos días. Venimos-a-arreglar-el-techo, que-está-desconchado —dijo el primero.
—¿No-le-molesta? —preguntó Aiden, que arrastraba consigo una escalera.
Abertnethy llevaba un bote de pintura y unos periódicos enrollados.
Leslie se levantó de un salto de la cama.
—¿Sabéis lo que es llamar?
—Hemos-llamado —Abboid no pareció molesto.
—Ya, pero me refería…
—Tranquila —Aiden quitó importancia al asunto—. ¡Le-dejaremos-el-cuarto-como-nuevo!
De repente, a Leslie le pareció que era un momento perfecto para ir a mirar algún piso de alquiler. Con suerte, a lo mejor encontraba un lugar donde tomarse un café. Ya no pedía ni que fuera ecológico, conque no supiera a agua de lavar platos le bastaba.
Agarró su abrigo y salió, veloz como el rayo. Intercambió un saludo rápido con Moira, que para variar le dijo un par de frases que no comprendió, y de nuevo se encontró con que llovía.
No tenía paraguas, pero si gorros, así que regresó a por uno y volvió de nuevo a la calle, dispuesta a dar una vuelta. Entonces recordó que Shane se había marchado, llevándose el coche con él, y empezó a patalear, impaciente.
Vale, no tenía otra opción que ir caminando, aunque hiciera frío, lloviznara, hubiera nieve en las cunetas y llevara tacones… al final no era tan descabellado conseguirse unas deportivas, aunque, ¿con qué demonios iba a combinarlas? No tenía nada que pegara, ni siquiera unos vaqueros.
A pesar de todos los impedimentos que encontraba, echó a andar. A medio camino cesó la lluvia y las nubes se despejaron de forma leve, y eso la relajó. Iba mirando por todas las casas, por si veía algún cartel de renta, pero no encontró nada; no había bloques de edificios. Solo casas desperdigadas sin ningún orden ni concierto.
Si no encontraba algo, ¿qué iba a hacer? Todo un año con Moira y sus hijos le resultaba impensable. Moriría de hambre, o aniquilada por algún destrozo.
Pasó delante de una casa, y al mirar el buzón se encontró con el nombre que tanto se esforzaba en esquivar.
Finn Ferguson.
Echó un vistazo con curiosidad. Su madre nunca la había llevado allí, y cuando hablaba del lugar lo describía como cuatro piedras mal puestas. Pero no era así. La casa era pequeña, sí, pero no parecía abandonada y el jardín estaba bien cuidado, quizás alguien se encargaba de ello. Una señora de la limpieza, o algo así… le pegaba. Según las historias de su madre, era un mujeriego, un vividor, con lo cual no veía descabellado aquello.
La rodeó, lanzando miradas furtivas por si veía a alguien, pero no tuvo suerte y decidió emprender el camino de regreso. Tras mirar el reloj, constató que todo estaba más lejos de lo que parecía, y que unos pasos andando significaban muchos pasos andando.
Se recluyó en su cuarto para comer apio y tomates crudos. Se sentía deprimida. El mal tiempo, no tener al alcance las comodidades a las que estaba acostumbrada, y sobre todo, recordar su niñez sin padre, la habían dejado melancólica. No quiso salir a cenar cuando Shane le preguntó, y se pasó todo el fin de semana encerrada, lamentándose. Solo saltó de la cama cuando, el domingo por la noche, se desprendieron dos trozos de yeso del techo que cayeron justo al lado de su cabeza. Los retiró, mirando hacia arriba desconfiada, y el resto de esa noche estuvo vigilando que no cayeran más partes del techo sobre ella.
* * *
Llegó el lunes, primer día de trabajo, y con él su absoluta determinación a imponerse como la nueva jefa del lugar. Se arregló con esmero, pensando a ponerse el traje negro, pero entonces recordó cómo Karen se había burlado de lo ceñida que iba, y buscó otro; de todas formas, no le gustaba repetir ropa tan seguido, y para algo tenía tantos modelitos.
Aunque el trayecto era corto, tuvo tiempo de sobra para ponerse un poquito nerviosa; Shane la observó de reojo.
—¿Te impone el triunvirato pelirrojo?
—No. Pronto las pondré en su sitio, ya verás.
—No me cabe duda —dijo Shane, aunque no estaba tan seguro de aquello.
Sí, Leslie era dura, pero lo cierto es que ninguna de las tres parecía tenerle demasiado respeto. Davina ya estaba sentada en su puesto, leyendo un libro que cerró de golpe al verlos llegar.
—¡Hola! —saludó, con una sonrisa—. Nos visitáis de nuevo, genial, ¿aviso a…?
—No es necesario —la interrumpió Leslie con un gesto tajante—. Ya te llamaré si te necesito.
Shane le lanzó una mirada de disculpa ante la grosería de su jefa, y después la siguió. Leslie subió al primer piso y no se molestó en llamar, entrando en la sala. Karen estaba sobre el teclado de su ordenador, apoyada en los antebrazos y con los ojos cerrados.
—Increíble —masculló Leslie, y buscó con la mirada a la pelirroja que faltaba, que no estaba por ningún lado. Carraspeó con fuerza—. Buenos días.
Karen abrió un ojo, y al verla se incorporó, frotándose los dos.
—Hola —murmuró—. Perdonad, los lunes son terribles… mira que me repito que no es bueno salir los domingos, pero al final nunca lo cumplo. Necesito un café, ¿os apetece?
—Pues… —Leslie la siguió con la mirada, boquiabierta—. A ver, ¿quieres hacerme caso un momento?
—Claro. Te escucho mientras pongo las cápsulas —replicó Karen, acercándose a la cafetera y empezando a pulsar botones.
—Está bien. —Leslie se aproximó—. He decidido aceptar el puesto de alcaldesa.
Eso terminó por despejar a la pelirroja, que se giró a mirarla.
—¿De verdad? —preguntó, perpleja—. ¿Por qué?
—Pues porque… bueno, porque alguien tiene que poner orden aquí. —Vio sus ojos escépticos, y se encogió de hombros—. Vosotros necesitáis un alcalde y yo no tengo ovejas lanudas para pagar.
—Vacas —corrigió Karen, divertida, y después señaló a Shane con la cabeza—. ¿Y él?
—Shane es mi ayudante.
—Ya, ya, eso ya me quedó claro el otro día, pero me refiero a qué va a hacer exactamente aquí.
Leslie entendió que a la joven le preocupaba su trabajo. No le hubiera importado despedirla, pero no creía que fuera empezar con buen pie, no quería volverse impopular el primer día.
Iba a tener que aprender a trabajar con el triunvirato pelirrojo, quisiera o no.
—De momento os tendré a los dos —replicó.
Ambos la miraron, con las mismas expresiones sorprendidas. No hacía faltar ser Sherlock para notar que allí había poco trabajo.
—¿De momento? —preguntó Karen.
—Sí. ¿Hasta cuando tienes contrato?
—No sé. Creo que de año en año, tu padre ni se planteaba cambiarme por otra persona.
—Pues yo no soy mi padre, ni soy tu prima, y si quieres conservar tu trabajo me temo que vas a tener que demostrarme que sirves para ello.
Shane sintió cierta satisfacción al escucharla, aunque no se le escapaba la advertencia implícita: si Karen se lo curraba, quien podía perder el puesto era él. Lo dudaba mucho, la pelirroja parecía tener mucha cara y no ser demasiado eficiente, además de que él contaba con la paciencia infinita que se veía a todas luces que Karen no tenía. Seis años trabajando con Leslie prácticamente le aseguraban el puesto, además del cielo… supuso que su jefa se inventaría cualquier excusa para deshacerse de la pelirroja al cumplir el año.
—Muy bien —dijo Karen, sin parecer impresionada.
—Además, como tengo que seguir con mi trabajo de Londres, tendré cosas para ambos. Sigo buscando tierras, y para eso necesito a Shane, que ya lo controla todo.
Karen se encogió de hombros.
—¿Tienes alguna mesa libre? —preguntó el chico.
—Sin problema —le señaló una a su derecha—. La de allí es de Vika.
—Por cierto —interrumpió Leslie con curiosidad—, ¿dónde está?
—Ha ido al lavabo —Karen no pareció sentir necesidad de dar más detalles.
Leslie se quedó estupefacta, pero meneó la cabeza y miró hacia la puerta que había al final de la sala. Estaba cerrada y se leía el cartel desde donde estaba: Finn Ferguson.
—Ese es mi despacho, deduzco —dijo, y empezó a andar sin esperar respuesta.
Los dos observaron a la joven entrar, cerrando la puerta tras ella.
—Tu jefa tiene mucha determinación —comentó Karen con una mueca, regresando a su escritorio.
—Nuestra jefa —corrigió Shane, encaminándose al suyo.
—Te explicaré dónde está todo hasta que llegue Vika y pueda pasarle el marrón a ella.
Shane la siguió, arqueando la ceja. No, definitivamente su puesto no corría el menor peligro. Karen no parecía tener muchas ganas de trabajar, aunque una vez hecho el recorrido Shane advirtió que todo estaba muy bien organizado, con el trabajo al día. Una media hora después, Vika entró con una sonrisa amplia y una caja en las manos.
—¡Aquí llegan los donuts! —exclamó, depositándolos sobre la mesa central, que era la de Karen, y sonrió al ver a Shane—. ¡Vaya, habéis decidido quedaros, bien! —Se volvió a Karen—. Akhber me ha preguntado por ti. Dice que prefiere que flirtees tú antes que yo, aunque le he dicho que qué más le daba, si ambas éramos pelirrojas de ojos claros. —Miró a Shane otra vez—. ¿Qué tal, novato?
—Bien —respondió él, mirando su ordenador de forma fija—. ¿Este ordenador del jurásico es lo que tengo que utilizar?
—No hay presupuesto para casi nada, es un pueblo pequeño —respondió Karen.
—¿Le llevamos un donut a la jefa? —preguntó Vika.
—Ella no come hidratos. —Las dos jóvenes le miraron al mismo tiempo, pasmadas—. Demasiadas calorías industriales. Solo come comida orgánica, macrobiótica, ecológica y vegetariana.
—¿Macroqué? —Vika parpadeó varias veces—. Aquí ni siquiera se vende eso.
—No hace falta que lo jures, desde que llegó solo se alimenta de apio y tomates crudos. Necesitaría planos de Kiltarlity —añadió, al ver que nadie decía nada al respecto de la alimentación de su jefa.
Karen se quedó pensativa. Shane supuso que estaba intentando hacer memoria sobre dónde podría tenerlos, pero de pronto miró a Vika y dijo:
—¡Promises!
—¿The Cranberries? —Vika arrugó la nariz y se frotó la frente—. Mmmm… espera, espera… —Shane las observaba como en un partido de tenis—. Mierda, no me viene ninguna… ¡ya está! Sugar, Maroon 5.
—Buah, estás chiflada. Reconozco que Maroon 5 tiene alguna cancioncilla, pero decirme que Sugar es mejor que Promises… debes estar loca. ¿Tú qué opinas?
Shane reaccionó al notar que la pregunta iba dirigida hacia él.
—¿Qué?
—Qué canción es mejor, si Sugar o Promises —repitió Vika, hablándole como si todo aquello fuera algo elemental mientras abría la caja de donuts y sacaba uno.
«Y en esto pasan el tiempo», se dijo con un suspiro.
—¿Y los planos? —insistió, ignorando su duda existencial sobre las canciones.
—Ahora te los traigo —Karen se levantó de un salto para acercarse hasta un armarito, que abrió con una llave que tenía en un manojo. Rebuscó hasta dar con un sobre grueso y se acercó hasta Shane, dejándolo sobre su mesa—. Aquí tienes. Suficiente para empezar. —Y le dio unas palmaditas en la espalda.
El chico le dio las gracias de manera distraída, sin notar las miradas burlonas que intercambiaban ambas pelirrojas. Un par de horas después había decidido ignorar sus conversaciones y risitas, y pulsó el teléfono para hablar con Leslie.
—Estoy con los planos del pueblo —informó—. ¿Piensas salir a comer?
—Uffff, estoy poniéndome al día con todos estos papeles —repuso ella—. ¿Me traes algo cuando vuelvas?
—Se hará lo que se pueda. —Colgó y miró a las dos chicas, que continuaban charlando entre ellas animadamente—. Dos cosas, ¿hay algún sitio por aquí cerca para ir a comer?
—Tienes el pub —replicó Vika—. No está lejos, se puede ir andando si no llueve. Vale la pena el paseo si tu otra opción es la casa de Moira.
—Estoy de acuerdo. La otra cosa es si sabéis de alguna casa que se alquile. He estado buscando, pero no encuentro nada.
Vika miró a Karen, pero esta se limitó a negar con la cabeza, poniendo cara de pena aunque Shane dudaba que lo sintiera. Se incorporó, cogiendo su cazadora y pensando en lo largo que se le iba a hacer ese año soportando a aquellas dos; dos que se quedaron sentadas y riéndose al verlo salir. Las ignoró de nuevo, pero cuando bajó a la recepción vio que Davina también sonreía con su presencia, y eso le mosqueó.
—¿Qué os parece tan divertido? —protestó.
Ella salió al trote de su mostrador para aproximarse y arrancarle algo de la espalda.
—¿En serio? ¿El truco más viejo del mundo…?
—Sólo están bromeando. —Davina no dejaba de sonreír—. Se aburren mucho, y ahora mismo tú eres su mayor distracción.
El papelito decía Glaikit, palabra que Shane no tenía la menor idea de que significaba. Miró a Davina, interrogante.
—Quiere decir… poco avispado.
—¿Cómo dices?
—Idiota —aclaró ella, solícita.
—Genial. —Él hizo una bola con el papel refunfuñando, mientras se encaminaba derecho hacia la salida. Su único consuelo era que al menos no se había dedicado a pasearse por el pueblo con aquello puesto gracias a la compasión de la pelirroja número tres, menos cabrona que la pelirroja número dos, y muchísimo menos que la número uno.
—¡No te enfades! —dijo Davina, sin quitar su sonrisa mientras le veía marcharse.
Las indicaciones de Vika no habían sido demasiado claras; Shane no consiguió encontrar ese pub que no estaba lejos, y como no tenía ganas de pasar su tiempo para comer dando vueltas, acabó por entrar en la tienda de Fergus para conseguir algo de emergencia. De paso compró alguna cosa para Leslie, no fuera que se desmayara de hambre en ese despacho donde se había encerrado.
Aún tenía que decidir qué actitud pensaba tomar con el triunvirato pelirrojo, y al final decidió que lo mejor era pasar de ellas. Cuanto menos se relacionara, mejor; de cualquier forma solo hablaban de tonterías. Cuando regresó a su mesa no estaba ninguna de las tres, así que supuso que habrían salido a comer.
La suposición era correcta, aunque tardaron mucho en volver. En Londres, aquel descontrol hubiera sido impensable. Le sorprendía que Leslie no dijera nada, aunque claro, no podía saberlo ya que continuaba repasando papeles, tan concentrada que apenas si había prestado atención al coger la bolsa con fruta que le había llevado.
Cuando las pelirrojas regresaron se limitó a mirarlas con el ceño fruncido.
—Huy, ya te lo has quitado. —Karen soltó una risita—. Seguro que ha sido Davina, es la más sentida de las tres. No te enfades, que solo era una broma de bienvenida.
—Muy divertida. No había escuchado esa palabra en mi vida, ¿tenéis más bromas de bienvenida o puedo darme por saludado oficialmente?
—Será más sencillo para ti unirte a nosotras que estar en contra —dijo Vika, yendo hasta la cafetera para sacarse un café—. Créeme, te divertirás más. Somos mejores a favor.
—Gracias por la recomendación —murmuró Shane entre dientes.
—A ver. —Karen se sentó en una esquina de su mesa—. No te cabrees, que vamos a pensar que no tienes sentido del humor, y aunque podríamos comprenderlo con esa jefa-bicho-palo que tienes, eres joven para estar amargado.
—Yo…
—Tengo una buena noticia —le interrumpió la chica—. Buscas una casa para vivir, ¿no?
—Sí, pero…
—Pues yo tengo una. Te la alquilo, si quieres.
Shane continuaba sorprendido ante aquel cambio, ¿de llamarle idiota pasaba a ofrecerle un sitio de alquiler?
—¿Tienes una casa de sobra?
—Ajá. Nunca se me había ocurrido alquilarla porque en fin, aquí vivimos los que vivimos y nadie en su sano juicio se viene a pasar temporadas, pero la verdad, me da un poco de pena que vivas en casa de Moira.
—¿Va en serio…?
—Estarás en frente de mi casa, así que más vale que la cuides. Por lo demás, no tengo ninguna exigencia extraña, paga todos los meses puntual y listo. ¿Te interesa?
Shane asintió, un poco confundido.
—Al salir del trabajo te la enseño —añadió ella, regresando a su mesa.
Shane trató de volver al trabajo, ignorando las charlas triviales que mantenían ellas; al parecer, Vika andaba intentando ligar con un camarero de ese famoso pub que no conseguía encontrar, y se lamentaba de que a veces le guiñaba el ojo mientras que otras la ignoraba. Puff, se sentía como cuando vivía en casa con sus hermanas y tenía que escuchar sus rollos amorosos todo el día… Karen sugirió que lo mandara a la mierda en tono poco amable, a lo cual Vika respondió algo como ¿y por qué tú no haces lo mismo con Graham?, y Karen puso los ojos en blanco. Ese pobre Graham ya le daba pena, sin conocerlo de nada. Solo por aguantarla se merecía un trofeo. Trató de concentrarse en el trabajo, pero entre tests de revistas, problemas de chicos, concursos de canciones y demás temas, para cuando fue la hora de salir tenía un dolor de cabeza incipiente.
Karen y Vika había empezado a recoger sus cosas bastante antes, y cuando él al fin se levantó, la primera señaló el despacho de Leslie con la cabeza.
—¿No deberías ir a ver si aún sigue viva?
—Tranquila, ella trabaja así. Lo hace a menudo. Hay días que interactúa mucho, y otras que ni la escuchas —contestó Shane, apagando el ordenador y cogiendo su cazadora.
En la entrada se despidieron de Vika y Davina, que se fueron caminando en la misma dirección, y Karen le dio en el brazo.
—¿Tienes coche?
—¿Está lejos?
—No, pero no me gusta ir andando a ninguna parte… vamos.
Shane aceptó. Qué remedio le quedaba, al menos solo tendría que lidiar con una pelirroja, aunque fuera la peor. Iba a tener que mostrarse amable hasta que firmara el contrato de alquiler, después ya vería.
Unos diez minutos después, estaban en una calle bien iluminada: había varias casas seguidas, todas de igual construcción de piedra antigua y con buen aspecto. Llovía otra vez, pero Shane ya comenzaba a acostumbrarse, y al menos Karen no hacía un drama de aquello ni se ponía a dar la tabarra abriendo y cerrando el paraguas.
Bajó del coche, observando la calle y constatando que le gustaba la zona.
—Es esa —ella le señaló la marcada con el número ocho mientras sacaba unas llaves de su bolso.
—¿Y heredaste esto? —preguntó Shane mientras la seguía por las escaleras.
La vio asentir al mismo tiempo que abría la puerta. Karen se deslizó dentro para dar las luces y cederle el paso, así que entró; sacudió la cabeza para eliminar el agua y miró a su alrededor.
La casa estaba fría y obviamente resultaba impersonal por la falta de detalles que evidenciaran que existía vida en su interior, pero aun así le gustó. Tenía una cocina pequeña y un salón amplio, lo que le parecía perfecto; olía a madera y a hierba.
—Suelo venir a ventilar —aclaró Karen, como si hubiera adivinado sus pensamientos, mientras le veía estudiar el salón.
—Es muy grande.
—Mis padres eran dueños de las dos casas, pero ya no están. Me da pena tenerla cerrada, pero nunca se me ocurriría venderla, así que supongo que alquilar es una buena idea. —Se acercó hasta donde se encontraba él—. Creo que serás el inquilino perfecto.
—¿Tanta pinta de aburrido tengo? —protestó Shane.
—Yo no he dicho eso. Pero si pareces tranquilo… no te imagino arrojando colchones por la ventana o echando la casa abajo en una fiesta, la verdad.
—No, tienes razón. ¿Puedo ver la parte de arriba?
La chica asintió, así que Shane subió para ver que había. Tres habitaciones, nada menos, una algo más grande que las demás con unos ventanales perfectos. A través de ellos se veía verde, verde y más verde, y aguanieve. Perfecto, era completamente diferente de Londres. Supo de inmediato que aquella sería su habitación.
—Me gusta —confirmó, cuando Karen llegó a su altura.
—Aquí arriba hay otro baño, y hasta ático. —Señaló el techo—. Solo tienes que tirar de esa cuerda y bajar la escalera, si es que te interesa subir, claro. Yo entre que no llego y que temo las arañas que pueda haber ahí arriba… —Meneó sus rizos pelirrojos.
Shane ocultó una risita.
—En la habitación principal tienes mantas, sábanas y almohadas. —Ella le señaló el dormitorio al cual se había asomado—. Y si necesitas cualquier cosa puedes hacerme señales, mi cuarto está justo enfrente.
—Qué bonito. Podríamos mandarnos mensajes en código morse —replicó el chico con sarcasmo.
Karen alzó una ceja.
—Trescientos al mes. ¿Te va bien? —inquirió, decidiendo ignorar aquel atisbo de ironía.
Shane permaneció callado, pensando si le estaría gastando una broma. ¿Trescientos, por aquella pedazo de casa? En Londres, por ese dinero no encontrabas ni una habitación apestosa en la calle menos recomendable del mundo.
Karen aguardaba una respuesta, cruzada de brazos, y él tuvo claro que el precio era simbólico; a su pesar, la joven le estaba haciendo un favor.
—Hecho —accedió.
—Agua, luz, y todo eso corre de tu cuenta.
—Lo suponía. ¿Quieres la señal y la primera mensualidad?
—No hace falta. La verdad es que nos vamos a ver en el trabajo todos los días, así que dudo mucho que vayas a desaparecer sin pagar.
Empezó a bajar las escaleras, y Shane la siguió. Si ya le decía que podía mudarse cuando quisiera, su felicidad sería completa… por él se hubiera quedado esa misma noche, aunque tuviera que dormir con la ropa que llevaba puesta.
—Pues gracias por todo —dijo, cuando ya estaban en la entrada.
—De nada. —Karen le tendió las llaves—. Puedes mudarte cuando quieras. Espero que te encuentres cómodo.
—Y oye… —La siguió mientras salían hacia fuera, al tiempo que se guardaba las llaves como un tesoro—. Ya sé que me consideras una especie de peligro para tu puesto, pero ya que vamos a tener que trabajar juntos una temporada larga, ¿crees que podríamos llevarnos bien?
Karen le dedicó una sonrisa dulce y amistosa.
—Por supuesto —dijo.
Cinco minutos después, Shane conducía de vuelta a casa de Moira. No se podía creer la suerte que había tenido… se sentía un poco culpable por haber estado pensando mal de Karen durante todo el día. Bueno, lo de ponerle un cartelito llamándolo idiota le tocaba las narices, pero después había sido muy amable. Y le había dado todas las facilidades del mundo respecto al alquiler de la casa… también era muy guapa, pero eso no venía al caso. Tenerla de vecina tenía su cosilla, aunque en realidad no sabía por qué estaba pensando aquello, si él no era de esos.
En fin, al menos parecía que podrían llevarse bien.
* * *
Un par de semanas después, Shane ya había conseguido mudarse, a pesar de los esfuerzos de Moira por que se quedara con ella. Solo tras un buen montón de disculpas y de promesas de visitarla a menudo, la mujer le dejó marchar con tanta congoja como si fuera a la guerra. Estaba claro que Moira le echaría de menos mucho más que él a ella, pero fue lo bastante educado para no decirlo. Su nueva casa le encantaba y se le hacía novedosa, acostumbrado a vivir en un piso.
Leslie había saltado como un resorte al enterarse, y hasta había ido a preguntar a Karen si no tenía otra vivienda disponible.
—No soy dueña de toda la calle, no —contestó esta con un resoplido. Al escuchar cómo Leslie maldecía, la miró—. ¿Cuál es tu problema? Tienes la de tu padre disponible. No tienes que continuar en casa de Moira si no te apetece.
—¿La casa de mi padre? No, no lo creo.
Dicho aquello, había regresado a su despacho echando humo. Llevaba días trabajando sin descanso, Shane sabía que en los planos del pueblo, decidiendo qué zona era la más óptima para los campos de golf. Cuando Leslie tenía algo en mente funcionaba de aquella manera; por eso había ascendido tan deprisa y ganaba dinerales siendo aún joven.
—Yo digo House of rising sun —oyó comentar a Vika desde su mesa.
—Vale. Pues para mí, Whiskey in the jar. Y me refiero a la auténtica, la de los Kinks, no la versión de Metallica —contestó Karen.
Después de diez minutos sin que ninguna diera su brazo a torcer, Vika miró a Shane.
—Decide tú —pidió.
El segundo día, Shane había aprendido que era mejor responder y lo antes posible. Si no, le marearían hasta que dijese algo.
—Whiskey in the jar —contestó sin alzar la mirada del ordenador.
Vika se quedó enfurruñada. Aunque no había prestado excesiva atención a sus charlas esa mañana, Shane creía que aún no había conseguido atraer la atención del camarero, pero no podría asegurarlo porque se había perdido unos minutos mientras se concentraba en el trabajo.
Trabajar con el triunvirato pelirrojo no era complicado, una vez había averiguado sus pautas. Llegaban tarde, todos los días sin excepción. Los lunes, Karen por lo general se pasaba media mañana dormitando para recuperarse de los excesos del fin de semana; las demás algo similar, porque no perdonaban una noche sin juerga en el pub a partir del jueves. Un rato después de llegar, bajaban a recoger o entregar el correo al repartidor árabe que venía desde Inverness, y que además les traía la caja de donuts diaria, algo que hacía en palabras de Vika porque era muy buena persona y también porque esperaba poder tirarse a alguna de las tres a base de bollería.
A media mañana, hacían una pausa para el café, o iban al lavabo, o a hacer una llamada importante de trabajo, y se escaqueaban otro rato largo. La hora de la comida se convertía en dos, y ya por la tarde, más que trabajar se dedicaban a hablar, coger citas con las peluqueras del pueblo, buscar en Google descuentos para ropa o zapatos, pintarse las uñas o cualquier cosa de igual trascendencia. A menudo lo desquiciaban, pero otras le hacían gracia. Generalmente no se metía en sus conversaciones, pero si le preguntaban respondía sin implicarse, y con eso lo dejaban tranquilo (el segundo día había tratado de eludir una pregunta y le habían dado tanto la lata para que respondiera que, por una vez, casi deseó que Leslie abandonara el despacho).
Karen se estaba comportando, de manera que todo parecía estar bajo control.
—Oye —dijo, dejando unos segundos el trabajo para que le prestara atención—. ¿Dónde crees que podría conseguir comida que le guste a mi jefa? Cosas como trigo sarraceno, quinoa hinchada, crackers de espelta, crema de avena o brotes de alfalfa.
—¿Alfalfa? —repitió Karen, con una sonrisa angelical—. Sí, sé dónde puedes conseguirlos. Te haré un croquis, espera.
La joven cogió un papel, dibujó la carretera principal, y trazó una ruta a bolígrafo con pulso firme. Después le entregó la hoja.
—¿Seguro que es aquí?
—Más o menos.
—Perfecto, pues después en la hora de la comida me acercaré —Shane se guardó el papel—. Gracias.
Cuando el momento de comer llegó, y Shane se fue a por su coche, Vika apoyó las piernas sobre su mesa y miró a Karen divertida.
—Mira que eres cabrona.
—Ha pedido alfalfa, ¿no? —Se encogió de hombros, con una sonrisa—. Anda, déjame tu coche. Voy a hacer una visita rápida a Inverness.
Vika le entregó las llaves sin protestar, echándose a reír.
Shane siguió las indicaciones del mapa que le había dibujado Karen, pero no estaba muy claro y un par de veces se equivocó con carreteras que después no tenían salida. Lo comprobó unas cuantas veces, porque cada vez se metía por parajes más y más rústicos, algunos cubiertos de nieve y con las carreteras con restos de la misma, y dudaba horrores que hubiera por allí una tienda de alimentación ecológica oculta. Como no fuera un invernadero o algo así no encontraba la lógica.
Finalmente, llegó a lo alto de un campo de plantación y se dio por vencido. Allí se extinguía todo rastro de civilización, pero el mapa era correcto. Lo miró, miró el campo de hierba… y al hombre que andaba por allí, azada en mano, y al que saludó.
—¿Se-ha-perdido? —le preguntó a gritos.
«Primo de Moira, seguro», se dijo Shane, aproximándose.
—No, es que me han enviado aquí a buscar comida ecológica.
—¿Cómo? Yo-solo-cultivo-alfalfa. Ahora, si-quiere-alfalfa, tengo-toda-la-del-mundo —el hombre se esforzó por vocalizar bien.
Shane tardó dos segundos en comprender que Karen le había tomado el pelo… le había hecho perder la hora de la comida, meterse por aquellos sitios con el coche, y además en el barrizal de las zonas propias de la campiña. Todo para terminar charlando con un agricultor de alfalfa al que apenas entendía, y encima tendría que volver con las manos vacías. Qué cabrona, y él pensando que se llevaban bien.
Regresó al coche, empapado y cabreado, mientras su lado irlandés le pedía que pegara cuatro gritos y el lado tranquilo le recomendaba no perder los papeles. Pero no estaba para muchas fiestas: se había dejado engañar como un tonto por una sonrisa y una caída de ojos, estaba claro que aquella pelirroja no pensaba ponerle el camino fácil.
Para cuando llegó, el cabreo se había evaporado un poco, pero no del todo. Entró con cara asesina, pero no surtió mucho efecto porque tanto Karen como Vika empezaron a desternillarse al ver su estado.
—Dios mío —dijo la primera.
—Ay, por favor. —Vika se frotó los ojos—. Pero, ¿dónde te has metido?
—Gracias por el mapa —gruñó Shane, y le arrojó la bola de papel que había hecho con él—, pero olvidaste decirme que tendría que recoger la alfalfa con las manos.
—No pediste detalles.
—Hace un frío infernal, ¡podría haberme caído una tormenta de nieve!
—Está haciendo un invierno de lo más caluroso, no seas exagerado.
—Tú…
En ese momento oyeron la puerta del despacho de Leslie abrirse, y el taconeo previo a que apareciera ante ellos. Llevaba una sonrisa radiante en el rostro, de esas raras de ver, y por extraño que pareciera… iba dirigida a Karen.
—¡Me has salvado la vida! —dijo, agradecida—. Ya estaba harta de apio, en serio. Hay de todo, bebida de arroz, avena, jarabe de agave, pan de trigo sarraceno, quinoa, sal rosa cristalina del Himalaya, fideos de kamut, hummus y hasta kefir. ¿Cómo has podido saber tan bien qué cosas quería? Es increíble.
Shane miró a una y a otra, estupefacto, sin poder creer que Leslie se dejara engañar por aquella representación. ¿Cómo podía pensar que Karen había adivinado por generación espontánea los alimentos que ella consumía?
—No pasa nada —escuchó decir a la pelirroja—. Shane me dijo más o menos lo que necesitabas, y yo sé dónde conseguirlo.
—Eso es eficiencia —Leslie sonrió, satisfecha, y luego se giró a su ayudante—. Ya no tendré que seguir alimentándome de tomates y ensaladas crudas, ¿no es genial? —Entonces se fijó mejor en su estado—. Por Dios, si estás empapado, ¿eso es barro? Shane, deberías ir a cambiarte. Esa imagen no es la más adecuada.
Obvió la cara que estaba poniendo él, dándose la vuelta para regresar a su despacho mientras el chico tuvo que escuchar de nuevo las risitas de sus dos compañeras. Karen se levantó y dio un par de pasos hacia él.
—Creí que querías que nos lleváramos bien —dijo Shane, fulminándola con la mirada.
—Bueno, mientras tengas claro que pelearé por mi trabajo con uñas y dientes… —Karen le echó una mirada—. Deberías hacer caso a tu jefa e ir a cambiarte. Ya me ocupo yo si necesita algo.
—Si te crees que me vas a robar mi puesto…
—No es tu puesto, es el mío —corrigió Karen con firmeza.
—¡Yo he sido su ayudante seis años! —exclamó Shane, molesto.
—Pero ahora estás aquí, este es mi trabajo y tú estás invadiendo mi territorio. Me da igual que me mires con esos ojitos.
—Vale, vale —Shane la cortó con un gesto tajante—. No hace falta que sigas, ahora ya tengo claro de qué rollo vas. Voy a cambiarme.
Abandonó el despacho antes de que su lado irlandés se impusiera por encima de su sentido común. Con la hora que era no tenía intención alguna de regresar, de modo que se fue a su casa directo para deshacerse de la ropa mojada.
Vale, había pecado de ingenuo, o más bien se la habían dado con queso, pero eso no significaba que no pudiera jugar igual de sucio que ella. Ya se le ocurriría algo, aunque todo el rato que estuvo bajo el agua lo dedicó a pensar y no le vino a la cabeza ninguna maldad… ¡pues ya se le ocurriría alguna! Si era necesario se metería en Google y pondría algo como Maneras de putear a tu compañera en la oficina. Fijo que en el Cosmopolitan tenían un artículo de ese estilo. Y si no, siempre podía llamar a alguna de sus hermanas y que le aconsejaran, seguro que ellas sabían mucho de fastidiarse entre chicas.
Fuera como fuera, Karen le había declarado la guerra y no pensaba agachar la cabeza.