II. VACÍO
SAMVARTASIDDHA
INVIERNO — PRIMAVERA ACTUALES
Nueva York / Hong Kong / Washington Moscú / Beijing / Tokio
Cuando oyó el fuego de metralleta y vio que Neón Chov volvía corriendo del lugar en que Jake había embarcado en la walla-walla, Tres Votos había corrido por el muelle para llamar a la Policía. Estaba convencido de que el tiroteo se había producido en su junco, y se apercibió para lo peor.
Su tercer primo trabajaba en el turno de noche como sargento de guardia en Aberdeen, y por eso la llamada de Tres Votos fue atendida rápidamente. Éste acompañó a los cuatro agentes en la lancha de la Policía por los canales de la ciudad flotante.
Tres Votos estaba en pie, muy agitado, cerca de la proa de la lancha, mientras, detrás de él, los agentes comprobaban minuciosamente sus armas, como buenos profesionales, de manera parecida a como lo habían hecho algún tiempo antes los tres miembros japoneses del dantai.
La lluvia punteaba el agua oscura y tamborileaba contra los cascos de los juncos y las lanchas. Tres Votos la enjugó de sus ojos. Al subir al junco, vio a Jake acurrucado sobre una forma larga envuelta en sombras.
—Quédese aquí —murmuró uno de los agentes al identificar Tres Votos a Jake.
Aquél les había dado ya la descripción de los tres miembros de la familia que sabía que estaban a bordo: Jake, Bliss y Zilin.
—¡Bliss! —Tres Votos cayó de rodillas al reconocer la sombra tendida a la que se aferraba Jake—. ¡Oh! Mi bou-sehk.
Alargó las manos temblorosas para apartar los pegajosos cabellos de su cara. Al retirar los dedos, éstos estaban manchados de sangre.
—Jake —murmuró—. ¡Jake!
—Tiene que ir a un hospital, Anciano Tío.
La cara de Jake estaba pálida. Sus ojos cobrizos, normalmente tan llenos de fuego interior, parecían incoloros.
—¿Estás bien, Joven Sobrino?
—Sí —susurró Jake.
—¿Y el Jian?
—Mi padre... —empezó a decir. Miró fijamente a Tres Votos—. La vida de mi padre ha terminado.
—¡Ah, malditos sean los dioses que previeron en este día! —Tres Votos alargó de nuevo las manos para tocar a su hija adoptiva. Fue ademán instintivo, pero no menos importante por ello. La familia se había reducido; ahora, cada uno de sus miembros era tanto más precioso para él—. ¿Les viste, Jake? A los asesinos.
Jake asintió con la cabeza.
—Los encontré bajo cubierta. Eran tres. Hicieron un estropicio con metralletas «Gion 30-09». —Meneó la cabeza—. Eran muy buenos. Muy profesionales. Creo que un dantai.
¿Cómo podía contarle a su tío su pérdida de ba-mahk? ¿Cómo podía explicar lo inexplicable? ¿Cómo podía expresar la carga de culpabilidad que le abrumaba? Creía que ba-mahk le habría puesto sobre aviso del proyectado asesinato. Al menos le habría permitido liquidar a los tres asesinos antes de que tuviesen posibilidad de dañar a Bliss. Estrechó a ésta con más fuerza.
—Un hospital, Anciano Tío —dijo—. Debemos llevarla a un hospital.
—La lancha de la Policía está aquí. La llevarán lo más rápidamente posible.
Levantó la cabeza al reaparecer los agentes en las escotillas de proa y de popa.
—Tres hombres muertos —dijo uno de los agentes, mientras otro tomaba notas en una libreta—. Mucha sangre. El lugar está hecho añicos. Parece que las metralletas no se dieron punto de reposo debajo de la cubierta. Como si hubiese soplado un huracán.
—¿Tres hombres? —repitió Tres Votos—. ¿Quiénes? —Los agentes le miraron sin comprender y él miró a Jake—. ¿Quiénes eran?
—Tendremos que esperar para saberlo —dijo el agente—. No hemos encontrado nada en sus cuerpos que permita identiñcarlos.
¡Por todos los dioses grandes y pequeños!, pensó Tres Votos. ¿Qué estoy haciendo aquí, hablando con esos corrompidos hijos de idiotas babosas de mar? No saben nada de nada y, si lo supiesen, no me lo dirían. Se puso en pie, tratando desesperadamente de controlar sus emociones.
—Mi hija necesita urgentemente cuidados médicos, oficial —dijo en tono vivo y práctico—. Tengan la bondad de llevarla a un hospital.
—¿Qué sabe usted de este incidente, señor? —preguntó el agente de la libreta.
—Nada —dijo Tres Votos—. ¿Qué puedo saber? Nada en absoluto. ¿Por qué me hace una pregunta tan estúpida?
—Puro formulismo, señor —dijo otro agente—. Tendremos que hablar con su sobrino. Y con su hija.
—Por favor —dijo Tres Votos—. Todo esto podrá hacerse por la mañana. Ahora mi hija está inconsciente. Ignoro lo graves que puedan ser sus lesiones. Mi sobrino está muy impresionado. Les doy mi palabra de que todos los implicados harán una declaración veraz y completa. Pero ahora...
El policía que llevaba el mando miró de Jake a Bliss y asintió con la cabeza.
—Muy bien. —Hizo un ademán—. Levantadla, muchachos. Así. Con cuidado, con cuidado. Proteged su cabeza. —Observó cómo bajaban a Bliss a la lancha. Se acercó más a Tres Votos—. Debo advertirle que no toque nada a bordo hasta que lleguen los hombres de la Brigada Especial. También está en camino la gente del forense. Deles a todos libre acceso.
—Sí, naturalmente.
El policía desvió la mirada. El faro de la lancha dio un tono plateado a su ancha cara cantonesa.
—Mis condolencias. Un mal asunto. Muy malo, ciertamente. —Suspiró. El humo de los motores de la lancha se elevó y flotó en el denso aire de la noche—. ¿Necesita también su sobrino atenciones médicas?
—Yo cuidaré de él —dijo Tres Votos—. Por favor, encargúense de mi hija.
El policía se tocó la gorra; esperaba que Tres Votos y Jake se moviesen. Entonces bajó a la lancha, el motor de ésta arrancó y pronto se perdieron en la noche.
—Esto me hace recordar. Hubo un tiempo en que no podía permitirme estas cosas.
Tony Simbal observó las pinturas, exhibidas en adornados marcos dorados. —Es éste.
Era un Cézanne particularmente agresivo, en el que la espátula del artista había extendido raudales de pigmento que adquirían un aspecto demencial, casi físico. Simbal no lo entendía en absoluto, ni le gustaba.
—Lo que más me atrae en Cézanne —dijo Max Threnody— es que camina al borde de la anarquía. Crear todo un universo tan caótico, pero al mismo tiempo tan bien ordenado, es extraordinario, ¿no crees?
Threnody tomó unas notas en el librito que le habían dado al entrar en la casa de subastas de Wisconsin Avenue. —No te vi mucho la otra noche en la fiesta. —Monica y yo estuvimos recordando viejos tiempos. Threnody cerró el librito e hizo un guiño. —¿Por eso mi cuarto de los abrigos estuvo ocupado durante una hora? —Supongo que sí —Vayamos a sentarnos, ¿quieres?
Pasaron al salón de subastas, donde se habían instalado hileras de sillas plegables de metal. Una cuarta parte de ellas estaban ocupadas.
—Me parece que la cosa no terminó bien. —No terminó en absoluto.
El lugar se estaba llenando rápidamente. Threnody había hecho bien en querer sentarse.
—Supongo que Monica te dijo que le pregunté acerca de Peter Curren —dijo Simbal.
Threnody abrió su librito y tomó unas cuantas notas más. —¿Por qué crees que Monica tenía que decirme algo? —preguntó—. Pero ahora que has suscitado el tema, a tu torpe manera, creo que tenemos un problema.
Más tarde, después de renunciar a la compra del Cézanne al elevarse inesperadamente las apuestas, salieron y echaron a andar hacia el Oeste, en dirección al río. La tarde estaba nublada, y la atmósfera pesada, por ser un día de finales de invierno. El viento del Potomac era tan cortante como cuando la nieve había alfombrado la ciudad y la gente patinaba sobre el hielo.
Threnody, que llevaba un viejo abrigo de lana, más propio de un estudiante de la cercana Universidad de George Washington, encogió la cabeza como una tortuga.
—¿A qué viene ese súbito interés por Peter Curran? —preguntó.
—Antes dijiste que creía que teníamos un problema. ¿Qué clase de problema? ¿Es con Curran?
—Quisiera —dijo Max Threnody— que nos dejásemos de evasivas.
—Ya no trabajo para ti, Max. La DEA ya no me controla.
—Sin embargo, volvemos a estar juntos. ¿Cómo explicas esto?
Simbal cedió.
—Necesito información.
Habían llegado a Virgina Avenue. Siguieron por ella hacia el Noroeste.
—Si no eres franco conmigo —dijo Threnody—, no sé cómo podré ayudarte. Sabes que no puedes sacarme información. Y sin tener acceso al ordenador de la DEA, no podrías... —Se interrumpió bruscamente—. Monica. La fiesta. —Asintió con su estrecha cabeza—. Te di una entrada perfecta, ¿verdad? Debo de estar haciéndome viejo.
—Se me ocurrió pensar —dijo Simbal— que Monica podía conducirme al ordenador de la DEA. Pero no dio resultado.
—Tengo que reconocer el mérito de esa chica. No tiene nada de tonta. Pero su corazón sufre por ti, Tony. Sabe Dios por qué, con lo bastardo que eres. Con el tiempo, acabaría cediendo. Pero supongo que no te conoce tan bien como yo.
—Tú no tienes que dormir conmigo.
Threnody abrió los ojos de par en par.
—Dios mío, ¿significa esto que ella está más en armonía con el verdadero Tony Simbal?
Su voz era sarcástica.
Habían llegado al borde sur de Rock Creek Park. Desde allí podían ver el estanque al fondo. Detrás de ellos, el «Watergate Hotel» alzaba su lujosa y ahora desacreditada mole.
Simbal guardó silencio durante un rato. Observaba el agua dormida, gris como el dorso de una ballena, y se preguntó por qué no podía encontrar una réplica.
—¿Quieres o no quieres ayudarme, Max?
—Como dijiste, ya no trabajas para mí.
Había algo que Simbal tenía que descubrir, algo que estaba pasando y que no acababa de interpretar. Había estado flotando en la periferia de su conciencia desde que se habían sentado en la subasta. ¿Qué era?
—Tal vez —dijo Simbal— es hora de que tratemos de ser amigos.
—Yo confiaba en ti, y entonces, cuando volviste de Birmania, abandonaste la DEA porque tu compañero de colegio te llamó. ¿Quién dijo que los ingleses tenían el monopolio sobre las redes de antiguos alumnos?
Se detuvieron y guardaron silencio, mirándose, absorbiendo cada uno de ellos lo que había dicho el otro.
Una barcaza, invisible detrás de la curva del río, tocó la sirena, y Simbal se estremeció.
—Jesús —dijo—, esto suena como un matrimonio fracasado.
—Tal vez lo sea.
Simbal respiró hondo.
—¿No podemos poner fin a esta animosidad, Max? Realmente, me gustaría.
Threnody miró a lo largo del río, como si esperase ver la barcaza. Al fin asintió con la cabeza.
—Me parece bien. —Juntó las manos. Sus dorsos eran ásperos y estaban enrojecidos—. Siempre te admiré. Tony. Tú eres mi mejor agente. Me dolió perderte.
—Estaba inquieto, Max. —Simbal volvió a respirar profundamente—. Eso es todo.
—Claro. —Threnody asintió con energía—. Todos tenemos que seguir nuestro camino. Es parte de la vida.
Caminaron en silencio durante un rato. Un par de tipos con aire de hombres de negocios, abrigados con suéteres, pasaron haciendo jogging.
—¡Jesús! Hacen que me sienta viejo —dijo Threnody.
—Peter Curran es tu experto diqui residente, ¿no es verdad? —dijo Simbal—. Alan Thune fue asesinado en Nueva York la semana pasada cuando se dirigía a una cita de rutina con su contacto regular. Me imagino que Curran sabe más que yo de las actividades actuales del diqui.
—No comprendo tu interés. —Sus ojos saltones estaban siempre llorosos cuando hacía viento. Los enjugó con su pañuelo—. Corrígeme si me equivoco, pero ¿no deberías dejar el diqui para nosotros y los SNIT?
Se refería al Strategic Narcotics Team de la CÍA.
—El diqui es parte del trabajo que me asignó Donovan. El sudeste de Asia. Quiere saberlo todo acerca de él y, si se me mueve, la razón, la manera y el destino. Por consiguiente, ¿qué te parecería concertar una entrevista entre Curran y yo?
—Esto es ahora imposible —dijo Threnody, mirando fijamente a Simbal—. Peter Curran ha sido eliminado.
Bajo la cálida luz, su piel era leonada como la de un gato. Con su espesa mata de pelo rubio y sus fríos ojos grises, podría haber sido una hechicera. Loreley, o, tal vez más exactamente, Circe, pues según Mikhail Cerelin, la belleza de Daniella tenía una calidad que parecía provenir de las antiguas leyendas griegas.
Carelin, fervente estudiante de Historia, veía en ella aspectos que relacionaba con los pueblos del Asia Menor: mesopotámicos, asirios y babilónicos. En todo caso, no poseía una cara moderna. Sus facciones cinceladas eran propias de la Antigüedad; él le decía muchas veces, bromeando, que era la reencarnación de alguna reina antigua.
—Yo soy rusa —le decía ella—. No sé nada de Babilonia ni de Asiría.
Una vez que le dijo esto, él puso un libro en sus manos.
—¿Qué es esto? —preguntó ella—. No tengo tiempo para leer.
—Es un relato de la carrera militar de Alejandro Magno —dijo él—. Creo que deberías encontrar tiempo para leerlo.
—¿Por qué?
—Porque Alejandro trató de conquistar todo el mundo civilizado —dijo él—. Y a punto estuvo de conseguirlo.
Carelin creía que Daniella quería conquistar todo el mundo civilizado.
—En nuestros días —dijo—, se necesita más ayuda de la que tuvo Alejandro en su tiempo. —Creía que ella era demasiado ambiciosa, porque pensaba que esto la hacía más fuerte y resistente en un mundo dominado por los hombres, y que además era su hubris—. Del griego hybris —le dijo Carelin— que significa arrogancia. El diccionario define hubris como orgullo o confianza exagerados en uno mismo...
—¿Qué hay de malo en ello? —había replicado ella.
—... que a menudo trae consigo su castigo.
Entonces, ella se había callado, pensando en Oleg Maluta. Había conocido socialmente a Oleg Maluta gracias al tío Va dim. A éste le gustaba que ella fuese a Leningrado a finales de diciembre. Los otros miembros de la familia presumían que eso se debía a que era la mejor época del año para Daniella.
Solamente ella y el tío Vadim conocían la verdadera razón. La madre de Daniella había sido miembro de la Iglesia ortodoxa rusa. Lo había mantenido en secreto a su marido. El tío Vadim era también miembro de aquella Iglesia y le gustaba que Daniella le acompañase en Navidad.
Daniella conoció a Oleg Maluta en Leningrado. Acababa de ser nombrada para formar parte del Politburó, del que Maluta era ya miembro antiguo. El tío Vadim había organizado la cena en el «Del'Fin», uno de los restaurantes flotantes frente al Almirantazgo. Desde luego, en aquella época del año el río Neva estaba helado. Aunque, con sus ochenta kilómetros, el Neva era uno de los ríos más cortos del mundo, su corriente era tan fuerte que había poco contenido de sal en el golfo próximo a la ciudad. Por consiguiente, solía estar helado durante todo el invierno, desde principios de diciembre hasta últimos de mayo.
—Este hombre puede ayudarte, Danushka —recordaba que le había dicho el tío Vadim cuando se encaminaban al «Del'Fin»—. Si le eres simpática, te abrirá muchas puertas, y tu período más difícil, los próximos seis meses, te resultará infinitamente más fácil. Oleg Sergeevich sabe en qué armario está cada escoba.
No escobas, pensó ahora Daniella. Huesos. Tu Oleg Sergeevich Maluta sabe dónde están todos ellos enterrados, tío, y a quiénes pertenecieron.
Era irónico que hubiese sido elevada a uno de los cargos de más poder en toda Rusia y que, sin embargo, debido a la maligna astucia de un solo hombre, se viese atrapada como un zorro en su madriguera. No se atrevía a actuar abiertamente contra Maluta, porque todavía no había empezado a consolidarse en el poder. Era nueva en el Politburó, y tardaría en aprender a abrirse paso en el que había sido un territorio exclusivamente masculino.
Ni siquiera podía emplear sus propias redes para vencerle desde una posición clandestina, ya que él le había dado claramente a entender que estaba bajo vigilancia constante. Esto no era fácil, tratándose del iefe del Primer Directorio del sluzhba; a fin de cuentas, ella no era una ciudadana corriente.
El Primer Directorio era una oficina inmensa, y ella es taba muy lejos de conocer personalmente a todos los jefes de sus departamentos. Muchos de ellos procedían del régimen de Anatoly Karpov. Daniella estaba segura de que Maluta había sobornado a uno de ellos. Era la única manera de no perderla de vista sin despertar sospechas: emplear a la propia gente de Daniella.
Ahora, yaciendo juntos en aquella cama grande, bajo el grueso edredón, se preguntó si debía hablarle a Carelin de la traición de Maluta. ¿Qué haría si se enteraba de que Maluta había conseguido fotografías de ellos dos entregados a un amor apasionado?
Un furor asesino acometió a Daniella, que se incorporó de un salto y se quedó sentada en la cama.
—¿Qué te pasa, hoshka?
A Carelin le gustaba llamarla así: gata.
—Sólo ha sido un escalofrío —dijo ella. Lágrimas en la noche de nieve; Maluta bebiendo su tristeza y su remordimiento como un negro vampiro, mientras alguien tomaba fotografías en la noche, obscenos primeros planos de flaqueza, con lágrimas brotando de los ojos de ella—. Nada en absoluto.
Carelin se incorporó a su vez y la abrazó.
Su cara era indefinible en todos los aspectos. No podía decirse que fuese ni bella ni fea. Era una cara que habría pasado inadvertida entre una multitud. Los que observaban el Kremlin, en Inglaterra y en América y reflexionaban después sobre el fruto de su vigilancia, lo pasaban una y otra vez por alto, centrando su atención en los Gernachev y los Reztsov y los Kulagin, hombres con carisma, afanosos de poder. ¿Qué podía ofrecerles un hombre como Mikhail Carelin?
Sin embargo, para Daniella, que se había educado en el catecismo del poder, Carelin tenía muchísimo más atractivo que los más famosos gerifaltes del Kremlin. Poseía algo mucho más valioso, porque no buscaba estar en el candelero internacional: una excepcional fuerza interior.
Por eso le había buscado a Gernachev como consejero. Carelin no pretendía aumentar constantemente su base de poder. Tenía una confianza en sí mismo que Daniella admiraba en gran manera. Se movía en la sombra, en los pasillos del poder, murmurando a los oídos adecuados y haciendo política, pero eludiendo al mismo tiempo las purgas letales que eran parte de todo sistema político idealizado. Maluta había dicho que no tenía personalidad; lo cierto era que Maluta había subordinado la personalidad a la estrategia, algo ciertamente raro en este mundo.
Daniella tenía la impresión de que Mikhail Carelin gozaba de una paz maravillosa, inefable. Y compartir esta paz la llenaba de alegría.
Alegría, en contraste con el placer. Daniella había buscado y obtenido placer de muchos hombres. Había descubierto que el varón de la especie podía dar un enorme placer. Pero no alegría. La alegría era una característica innata. No podía ser enseñada. Al contrario, era una cualidad tan elemental que simplemente era. Pero su existencia era ciertamente muy escasa, según la experiencia de Daniella. Mikhail le daba alegría y, así, era para ella más precioso que todos los hombre que le habían precedido.
Esto era, desde luego, una continua fuente de sorpresas para Daniella. Estaba acostumbrada..., mejor dicho, las circunstancias la habían acostumbrado a manejar a los hombres en contraataques defensivos frente a sus manipulaciones. Fue al pasar de su estrategia defensiva a la ofensiva (como Karpov y Lantin, en cuyo lecho se hallan sentados ahora) cuando su carrera había avanzado con la rapidez de un cohete.
Carelin era diferente. Tal vez la cosa había empezado de la misma manera. ¿Le había seducido ella? El recuerdo, y desde luego la emoción, tendían a oscurecer ciertos hechos, y ahora sus orígenes románticos aparecían confusos, como si fuesen fruto de las leyendas de Carelin, en vez de serlo, simplemente, de su vida. El mito de Daniella y Mikhail. A veces, esta idea la hacía reír. Otras, hacía que estrechase con más fuerza su cuerpo esbelto y vigoroso.
Eran estas veces cuando Daniella comprendía que tenía miedo de que la dejase. Desde luego, era un miedo irracional. No dudaba de Carelin. Él la amaba ardientemente, pero sin la devoción servil que le había repugnado en muchos de sus amantes.
Sabía la diferencia. Con aquéllos ella había fabricado su amor y, en definitiva, se había vuelto rancio porque era artificial. En el caso de Carelin, no había tenido que hacer nada. Él la amaba. Punto.
—Ven, koshka —murmuró él—. Tiéndete otra vez.
Y Daniella le escuchó, como le escuchaba Genachev durante el día. Relajado el cuerpo, envuelta en su calor. Cerró los ojos. Suspiró profundamente.
Durante su sueño, pronunció el nombre de Oleg Maluta, y Carelin, abrazado a ella, contemplando el juego de pálidas luces en el techo del dormitorio, lo oyó.
Maluta, pensó.
Y cuando ella se despertó, antes del amanecer, le dijo:
—Habíame de Oleg Maluta.
Daniella, puesta en guardia, respondió:
—No comprendo.
—Dime, koshka —dijo él—, ¿por qué te da miedo?
—¿Por qué dices eso?
—Porque él turba tu sueño. —Carelin se volvió a ella—. Incluso en sueños, pronuncias su nombre con rencor y miedo.
Ella alargó un brazo y le acarició la mejilla con la palma de la mano.
—¿Por qué no dormías, lyubimi?
Carelin sonrió.
—Estaba escuchando la noche. Estaba pensando. Y oí que decías su nombre. «Maluta», dijiste.
—¿Y qué más?
—Solamente «Maluta».
Había llegado a un punto crucial. Hacía una eternidad que no había confiado nada a ningún hombre. Quería hacerlo con Carelin, y precisamente por eso vacilaba. Había peligro. En cuestiones del corazón, una era siempre traicionada. Así se lo había enseñado la dura experiencia. Sin embargo, el corazón enamorado desea compartir lo que siente, porque eso trae consigo otra clase de intimidad. La intimidad que transforma el placer en alegría.
—Quiero hablarte de...
Pero se mordió la lengua en mitad de la frase. Recordó: En esta guerra, o se está conmigo o contra mí, le había dicho Maluta. La nieve, la quietud de la noche, la voz áspera de Oleg Maluta resonando en su corazón. El sabor de ceniza en la boca, cuando vio que se apagaba la luz en los ojos de Alexei; su dedo temblando sobre el gatillo; el eco del disparo en sus oídos; el humo sofocante de la cordita.
Y Maluta tomando la pistola de su mano, de manera que sólo quedasen en ella sus huellas digitales. Un arma que se escondía, que nunca volvería a ser disparada, pero que podía ser empleada contra ella. Quiero que comprendas que puedo acusarte de asesinato en cualquier momento.
—Koshka... —dijo Carelin.
—Hazme el amor.
—Koshka, el dolor que veo en el fondo de tus ojos...
—Haz lo que te pido, lyubimi. —Deslizó las manos por su torso—. Por favor.
Carelin la envolvió, ahuecando las palmas de las manos sobre sus firmes senos. Las yemas de los pulgares frotaron los pezones y ella jadeó, hundiendo la cabeza en el hombro de él. Un grueso mechón de cabellos cayó sobre la cara del hombre; olía a espliego y a limón.
Él trazó dibujos con la mano sobre el vientre de ella y más abajo. Descubrió que estaba presta. Se volvió y la levantó encima de él, y los muslos de ella se abrieron como los pétalos de una flor.
La penetró, y al mismo tiempo, mordió su carne de color canela. Daniella creyó que iba a desmayarse. Descansando sobre el musculoso pecho, podía sentir los latidos de su corazón, la aceleración del pulso al aumentar él su penetración. Echó la cabeza atrás y parpadeó.
Le sentía dentro de ella como una segunda palpitación. Era como si un cilindro sólido le subiese hasta la cabeza. Estaba ardiendo.
Él le acarició los pechos suavemente, tirando de los pezones haciéndola temblar y jadear de deseo.
—Lyubimi —dijo ella—. Lyubimi.
Empezó a mover las caderas, acelerando el movimiento cuando él la hubo penetrado de manera que ella podía acariciarle con sus músculos internos. Podía oír sus gemidos ahogados, su cálido aliento en su oreja. Parecía que le hablaba, pero era un lenguaje que sólo se grababa en el alma. Era como si estuviesen unidos desde dentro y no al revés.
Le atrajo más con las puntas de los dedos y, al mismo tiempo, se apretó más sobre él.
—¡Koshka!
Ella sintió que la parte de él que no la había penetrado se endurecía como la piedra. Él se extendió dentro de ella. En lo más hondo.
Los ojos de Daniella, vidriosos y ciegos, se abrieron de par en par. No podía recobrar el aliento. Sus muslos temblaban y se cerraron hacia dentro, atrapándole, empujándole aún más al empezar él a revolverse debajo de ella.
De este modo, él profundizó hasta el máximo, y ella lanzó un grito. Apretando las caderas sobre él, sintió un intenso calor. Parecieron fundirse sus entrañas, y le agarró las manos, obligándole a estrujar sus senos sensibles.
No dejó de moverse hasta que él se separó. Entonces se volvió y le dijo:
—Abrázame, querido. Abrázame muy fuerte —sintiendo por primera vez lo importante que era esto.
Cuando se hizo la luz azul y fresca de la aurora, dijo:
—Quiero hablarte de Maluta. —En esta guerra, estás conmigo o contra mí. El miedo que le inspiraba él sopló como viento frío sobre su corazón—. Quiero contártelo todo.
Porque Maluta la había hecho llorar, verter lágrimas amargas que surcaron sus mejillas y salpicaron la nieve a su alrededor. Una nieve aislante, y unas lágrimas que él la había obligado a derramar y que habían desnudado el corazón a su ávida mirada. Había conseguido lo que ningún hombre, salvo el padre de Daniella, había logrado jamás. Había hecho que se sintiese como una niña pequeña. La había obligado a esconder su cara adulta. La había desnudado delante de él, y de una manera terrible que quedaría indeleblemente grabada en su mente, la había violado. Porque la desnudez del cuerpo no era nada en comparación con la desnudez del alma.
—Como una buena católica, quiero confesarme.
Carelin, que yacía con una pierna cruzada sobre los muslos de ella, no dijo nada. Sentía sus tupidos cabellos contra la mejilla, la dulzura de su aliento. Contempló los fríos ojos grises y pensó en el mar Negro agitado por la tormenta.
Fuera, había arreciado el viento. Puñados de nieve seca chocaron contra los cristales de la ventana y, de vez en cuando, podía oírse el ruido de un vehículo que pasaba, chirriando sus cadenas.
—¿Cómo te ha dañado, koshka?
—Ahora trabajo para él.
Lo dijo en voz muy baja. Tanto que Carelin creyó que no la habría oído si no hubiese estado tan cerca.
—Bastardo —dijo él con voz pausada.
Y el tono en que había pronunciado esta única palabra tranquilizó a Daniella. Con él estoy segura, pensó.
—Me obligó a asesinar a Alexei —dijo, con voz entrecortada—. Me dijo que se valía de Alexei para espiarme. Después, cuando hube disparado la pistola, su pistola, el arma de Maluta, contra la cabeza de Alexei, me dijo la verdad. Que un hombre estaba allí, en la noche, fotografiándome. Ahora está allí, no tengo dudas.
—¿Le has visto alguna vez? ¿Sabes qué aspecto tiene?
—No.
Carelin reflexionó un momento.
—¿Qué fue del arma homicida?
Daniella estaba inmóvil. Tenía los ojos secos; parecía haber dejado de respirar.
—Maluta la cogió. Dejé mis huellas dactilares. Nadie podrá acusar a Maluta. Éste tiene también fotografías.
—¿Del asesinato?
Ahora venía lo peor.
—De otras cosas —murmuró ella.
Un movimiento anormal sustituyó a su anormal inmovilidad. Había empezado a temblar de nuevo. ¿Qué pasaría si, a causa de esto, Mikhail la abandonara? Le aterrorizaba pensarlo. Creía que no podría enfrentarse de nuevo con Maluta sabiéndose absolutamente sola.
—¿Qué otras cosas? —Daniella, sofocada, permaneció muda. Su lengua había quedado pegada al seco paladar. Sentía una fuerte presión en las cuerdas vocales—. Koshka —dijo él delicadamente—, tienes que terminar lo que has empezado. —Tomó una mano de ella en la suya, como si fuesen dos novios adolescentes iniciando el intimidatorio rito de la intimidad física, entrelazando los dedos con los de ella, estrechándolos para infundirle valor—. ¿Qué puede ser tan terrible?
Daniella cerró los ojos. Era como si fuese a lanzarse desde una barca a unas aguas profundas.
—¿Qué diría tu esposa, Mikhail, si se enterase de lo nuestro?
Él se echó a reír.
—¿Por qué ha de preocuparte esto, koshka? Solamente podrías decírselo tú, y tú no se lo dirás, ¿verdad?
Entonces vio la expresión angustiada de su cara.
—¿Maluta? —Su voz resonó como una campana tocando a muerte en la habitación—. ¿Tiene Maluta fotografías nuestras?
Daniella asintió con la cabeza. No se atrevía a hablar.
Carelin apoyó la cabeza en la pared.
—¡Oh, koshka —dijo al cabo de un largo rato—, creo que nos has puesto en un aprieto!
—Como ves —dijo Threnody—, es muy improbable que tú o yo tengamos oportunidad de volver a hablar con Peter Curran.
Simbal comprendió ahora la reacción de Monica cuando había pronunciado el nombre de Curran. Él y Max reanudaron la marcha, empujados por muda señal.
—¿Qué ocurrió?
—Su coche se convirtió en una bola de fuego por una libra de plástico.
—¡Uf! —Simbal se detuvo. Llevaban un buen rato andando y empezaba a sentir frío—. ¿Fue identificado?
—Sólo disponíamos del esqueleto para nuestro trabajo —dijo Threnody—. Todo un desafío. La identificación por la dentadura era imposible, ya que Curran nunca había tenido que ir al dentista. Pero siempre llevaba un anillo de sello peculiar. —Threnody lo sacó de su bolsillo—. Correspondía a un llamado Club del Infierno de la Universidad De Yale, según creo. En todo caso, encontramos el anillo dentro del coche. Tuvimos que limpiarlo de mucha piel quemada para identificarlo.
—Entonces, el caso está resuelto.
Threnody se sopló las manos.
—No necesariamente.
Ahora Simbal comprendió. Aquel algo que había estado flotando en la periferia de las respuestas de Max desde que se habían encontrado esa tarde se puso de manifiesto.
—Quieres que ocupe el lugar de Peter Curran para infiltrarme en el diqui —dijo Simbal con voz un tanto temerosa—. Esto es lo que has pretendido desde el principio.
—Sí y no. —Threnody levantó las manos—. Antes de que decidas, otórgame el beneficio de la duda. Escúchame. Después, si quieres decir que no, lárgate y daré el asunto por terminado.
»La verdad es que necesito a alguien fuera del Departamento para continuar esta investigación. Pero no, no quiero que ocupes el lugar de Peter. Estaba haciendo algo muy fuera de lo normal. Y precisamente por eso te necesito.
«Cuando Peter salió para su última misión, se descubrió que ciertos..., hum..., documentos muy delicados habían desaparecido de nuestros archivos.
—¿Hurtaba Curran cosas de la Compañía?
Se había levantado viento, soplando desde el agua. Threnody se levantó el cuello del abrigo, tapándose las orejas.
—Eso es lo que parece, sí.
—¿Puedes decirme lo que se llevó?
—Nombres, fechas, lugares, redes de operaciones.
—¡Jesús!
—Sí, Tony. A nuestros amigos de Capítol Hill les encantaría destrozarnos por algo como esto. Los subcomités del Congreso viven de esta clase de errores.
Simbal se volvió a él.
—¿Llamas error a esto?
—Llámalo como quieras —dijo Threnody—, pero tiene que arreglarse. Y arreglarse con la máxima discreción. Sería muy engorroso que se difundiese, incluso entre departamentos.
Simbal comprendió que se refería a Donovan.
Sonó una sirena detrás de ellos. Cuando la ambulancia hubo pasado y se hubo restablecido el tráfico normal en la calle, Simbal dijo:
—Necesitaré pleno acceso al ordenador de la DEA.
Threnody asintió con la cabeza.
—Tendrás todo lo que necesitas. Tony.
Tendió una mano y estrechó con fuerza la de Simbal.
Las últimas gotas de lluvia resbalaron por el cristal. Dentro de la habitación reinaba un silencio tal que el rítmico sonido de la mascarilla parecía áspero y extraño.
Tres Votos jugaba con el cordón de los visillos, produciendo ligerísimas variaciones en la intensidad de la luz gris. Miraba a través entre los listones de la persiana, que le daban la impresión de estar en una cárcel.
—¡Que todos los dioses destruyan a nuestros enemigos! —dijo.
El sonido de la profunda respiración de Bliss, señal tangible de que estaba bajo los efectos de los sedantes, era como un cuchillo hurgando en su corazón. Cada suspiro le producía una nueva oleada de angustia.
—Los malditos médicos no saben nada —dijo, con desesperación—. Son unos inútiles. No dicen nada. Ni siquiera son capaces de confesar su ignorancia. Bliss podría morir en este instante y no serían capaces de impedirlo, ni siquiera de decirnos lo que ha pasado.
—Tranquilízate, Anciano Tío —dijo Jake—. El médico nos dijo que las radiografías eran negativas. El EEG no mostró ningún traumatismo interno.
—Entonces, ¿por qué quieren hacer más pruebas, sondear a mi hija con sus máquinas gwai loh?
—El doctor habló de «ciertas anomalías en sus ondas cerebrales».
—No lo entiendo —dijo Tres Votos.
—Creo que tampoco lo entienden los médicos.
—¿Lo ves? Es lo que yo decía.
—Rutina, Anciano Tío. Las anomalías no son fatales, solamente enigmáticas.
—¡Ah, Buda! —Tres Votos se derrumbó en una silla junto a la alta cama—. ¿Qué mal joss nos ha alcanzado, Jake? ¿Qué onerosas acciones realizamos en una vida anterior para habernos creado unos enemigos tan violentos y poderosos?
—Primero —dijo Jake—, debemos descubrir quiénes son nuestros enemigos.
Tres Votos miró a su sobrino.
—Dijiste que Bliss había visto sus tatuajes.
—Irezumi —dijo Jake—. Dijo que eran yakuzas.
—No lo comprendo —dijo Tres Votos—. Nosotros no tenemos enemigos en el Japón.
—Si ella está en lo cierto, los tenemos. —Jake se levantó y se acercó a la ventana. Un reflejo de neón trazó dibujos en el techo, parecidos a los tatuajes especiales de los guerreros yakuza—. Se está librando una guerra en el Japón —dijo en el vacío de la noche iluminada por el neón—. Una guerra yakuza. Mi amigo Mikio Komoto está siendo asediado.
—¿Y crees —dijo Tres Votos— que esto tiene algo que ver con vuestra amistad?
Jake encogió los hombros.
—¿Por qué no? Tal vez me estaban buscando a mí. Tal vez mataron a mi padre al fracasar en su intento de encontrarme.
Tres Votos no quedó convencido.
—Eran profesionales. Buenos profesionales. Estoy empleando ahora tus propias palabras, Joven Sobrino. Dijiste que eran un dantai. Tú mismo creaste dos de esos dantai cuando trabajabas para la Cantera. No me equivoco al pensar que un dantai requiere un valor y una disciplina extraordinarios. Te haré dos preguntas. Primera: ¿Sería un dantai incapaz de determinar con precisión tu paradero? Segunda: ¿Recurriría un dantai a una destrucción y un desenfreno, completamente inútiles, para vengar su frustración?
Jake no dijo nada, pero continuó mirando la vibrante oscuridad. Estaba pensando en la agente que le había seguido, que le había entretenido lejos del junco el tiempo suficiente para...
Si hubiese podido usar ba-mahk, habría percibido casi con toda seguridad aquella estrategia que iba más lejos de lo que parecía. Habría podido cambiar en su favor el curso de los sucesos. Ba.-ma.hk podía haber salvado la vida de su padre...
¡Imbécil!, pensó furiosamente. Es que piensas en parte como un occidental. Emplea tu mente china. Lo que ha pasado, ha pasado. Joss. Piensa en lo que tienes que hacer ahora.
—En todo caso, iré a Japón —dijo después de un largo silencio.
—¿Y dejarás a Bliss y este maldito lío de Southasia Bancorp?
—Bliss —dijo Jake— no se recobrará más de prisa estando yo aquí. En cuanto a Southasia Bancorp, tengo todo el yuhn-hyun para ocuparse de ello.
—También está la cuestión del entierro de tu padre. —El tono de Tres Votos se había vuelto duro. Recordó lo que le había dicho Neón Chow en «Gaddi's» sobre los méritos que tenía su Hijo Numero Uno para haberse convertido en Zhuan—. El deber de un hijo es...
—No pretendas decirme cuál es mi deber —dijo Jake, volviéndose para enfrentarse con su tío—. Yo soy Zhuan. Conozco mis obligaciones. El cuerpo será incinerado esta noche. Tú y yo y T. Y. Chung celebraremos un servicio mañana al amanecer. Las cenizas de mi padre serán esparcidas en el Mar de Sur de China, tal como era su deseo.
«Pero, en lo tocante a los negocios, algo habrá que hacer aquí mientras yo esté ausente. —Tendió un pequeño paquete a su tío—. Elige a uno de tus hijos; dejo la decisión en tus manos. Dile que averigüe todo lo que pueda acerca de esto.
Tres Votos desenvolvió el paquete. Debajo de unos manchados recortes de periódico, encontró un ópalo sin montar, que lanzó destellos predominantemente rojizos al darle vueltas en la mano.
—¿De dónde sacaste esto?
—Del bolsillo de alguien que fue lo bastante imbécil como para seguirme —dijo Jake. —¿Cuándo fue?
—Cuida solamente de que se haga lo que te he dicho —dijo secamente Jake. La mención de su perseguidora le recordaba lo que había perdido. Ba-mahk..., el Camino de la estrategia. Jake se concentró, trató de sentir el pulso. Nada. Y no podía decírselo a Tres Votos—. Cuando regrese, quiero saber dónde y cuándo fue comprado y, sobre todo, por quién.
Tres Votos envolvió el paquete y se lo metió en el bolsillo.
—Se hará —dijo. Miró la cara pálida de su hija—. Es parte de Shi Zilin. Mi bou-sehk.
Su tono era completamente diferente cuando levantó la cabeza.
—Ahora quiero que vayas abajo y hagas que un médico te eche una mirada. Si insistes en tu curso de acción, quiero estar seguro de tu perfecto estado físico. Por mor del yuhn-hyun, ¿comprendes?
—Sí, desde luego. —La tensión entre los dos no se disipaba. Sin duda mi padre no lo había planeado así, pensó Jake. Oh, Buda, no puedo creer que se haya ido. Dame fuerza para llevar adelante mi estrategia—. Cuento contigo para que no trascienda la situación del Southasia.
—Ciertamente, eres un tipo duro, Joven Sobrino. —Tres Votos siguió sentado, inmóvil. Aunque hizo una breve pausa, el tono que había empleado excluía todo comentario por parte de Jake—. Tal vez mi Hermano Mayor acertó al creer que tenías condiciones de Zhuan. Hay que ser frío e implacable para llevar sobre la espalda el peso de una superestructura como el yuhn-hyun. Sé que la mía se rompería.
Las palabras de su tío se clavaron en su corazón e hicieron que tomase una decisión. Sacó un sobre.
—Anciano Tío —con voz un poco confusa—, no sé dónde estaré en los próximos días. Ni lo que pasará. Joss, ¿eh? Pero he tomado algunas medidas. —Mostró el sobre—. Dentro encontrarás el nombre de Apolo, nuestro topo en Rusia. Mientras yo esté fuera debes mantener contacto por radio con él. Tenemos que hacer que sienta que su enlace con el exterior de Rusia es absolutamente seguro. No puedo arriesgarme a que abandone su misión. ¿Comprendes?
Tres Votos miró a su sobrino. Su corazón se hinchó de orgullo.
—Perfectamente, Zhuan.
A fin de cuentas, Neón Chow estaba equivocada, pensó. En el fondo, siempre lo había creído así. Sin embargo, era satisfactorio recibir esta prueba tangible de la estima que le tenía Jake.
—Cuarenta y ocho horas después de que me haya marchado —dijo Jake—, abrirás el sobre y seguirás las instrucciones que hallarás en él para ponerte en contacto con Apolo. Después, mantendrás la comunicación cada cuarenta y ocho horas hasta mi regreso.
—¿Cuándo será, Joven Sobrino? —Cuando Buda quiera. Jake le entregó el sobre.
McKenna volvió al laberinto lleno de humo de «White Teacup» a la hora convenida. El atestado sobre el suceso de Aberdeen, que había sido enviado a la Brigada Especial, había pasado por su mesa, y había leído con interés el relato de los agentes. Tres Votos Tsun poseía parte del capital de Southasia Bancorp, y se preguntó si aquel ataque contra su junco tendría algo que ver con el rumor que le había comunicado Ojo Blanco Kao.
Se abrió paso entre los grupos de marineros y de muchachas, y vio a Ostrones Pok en su mesa acostumbrada. Pronto tendré la respuesta, pensó.
Ostrones Pok estaba sentado solo e hizo una seña con la mano a McKenna para que se acercase.
—Siéntese —dijo— y tome una copa. —Se echó a reír—. ¿O acaso está de servicio, teniente?
McKenna hizo caso omiso de la chanza y se sirvió tres dedos de «Johnnie Walker» etiqueta negra. Lo bebió de un solo trago, como si pensara que este gesto le daría prestigio ante el chino, algo de lo que andaba un tanto escaso en aquel momento. No le importaba la actitud de Ostrones Pok, pero no estaba en condiciones de reprenderle. Al menos hasta que obtuviese lo que quería de aquel bastardo. McKenna mostró los dientes. Pronto, pensó, le daré una lección. Le enseñaré a respetar a un agente de la ley. —¿Qué tiene para mí? —preguntó.
—Teniente —dijo Ostrones Pok—, me recuerda usted a la liebre que no pudo esperar para cruzar la carretera. —Alargó lánguidamente un brazo y se sirvió whisky. Levantó el vaso y, haciendo girar el líquido ambarino, lo contempló fijamente—. La cruzó precipitadamente, justo a tiempo de ser alcanzada por un camión. Los neumáticos de un lado la aplastaron contra el recalentado asfalto. —Tomó un sorbo de whisky—. Hay que aprender el arte de la paciencia. —¡Al diablo con la paciencia! —dijo McKenna. Se sentía como atornillado; en realidad, doblemente atornillado. Entre Formidable Sung y Ojo Blanco Kao, tenía la impresión de que le estrujaban hasta dejarlo seco, de que había perdido toda iniciativa. Estaba de nuevo en el interior de Australia, con las fogatas centelleando y proyectándose como una escritura espectral en un cielo negro como la tinta. Y oyó de nuevo el canturreo, como si viniese de muy cerca, resonando en el desierto salpicado de maleza.
—¡Quiero respuestas! —Ahora gritaba, descargando el enorme puño sobre la mesa, haciendo tintinear las botellas y los vasos, como los dientes de hueso que llevaban los aborígenes. McKenna estaba temblando—. ¡Respuestas! —repitió, enjugándose el sudor de la cara.
Ostrones Pok se retrepó en su silla, mirando al gran gwai loh como se observa a una criatura extraña y no del todo agradable en un zoo. Este hombre no es digno de confianza, pensó. Debo tener cuidado.
—Tengo su respuesta —dijo.
—Bien —dijo McKenna—. Muy bien. —Se sirvió otro whisky y lo engulló con la misma rapidez que el primero—. Oigámosla. No puedo estar aquí toda la noche.
Sintiendo como si estuviese acurrucado en una cueva maloliente con un oso peligroso, Ostrones Pok dijo:
—Hay un problema con Southasia Bancorp.
—¿Qué clase de problema?
—Su interventor ya no está con ellos.
—¿Despedido?
—Según me han dicho, ha huido.
Los ojos de McKenna se animaron.
—Entonces, debe ser cuestión de dinero.
Ostrones Pok asintió con la cabeza.
—Indudablemente. El único misterio es la cantidad.
McKenna daba vueltas y más vueltas a su vaso.
—Importa mucho saber qué cantidad defraudó el interventor, ¿no cree?
—Está pidiendo que le dé mi opinión? —preguntó Ostrones Pok.
McKenna le miró.
—¿Qué? ¡Oh, sí, claro!
—Solamente importaría si ese hombre consiguiese, de algún modo sacar de la compañía fondos suficientes como para que no pudiese aguantar una retirada masiva de dinero por parte de los cuentacorrentistas.
—Cierto —asintió McKenna—. Cualquier indicio de malversación de fondos crearía el pánico en los depositantes de Southasia.
—Solamente en el caso que acabo de expresar.
—Lo encubren muy bien —murmuró McKenna—. Eso puede ser significativo. Si andan realmente escasos de dinero efectivo, no pueden exponerse a una corriente de pánico.
—¿Por qué le importa tanto el estado financiero de Southasia Bancorp? —dijo Ostrones Pok.
Y pensó: Sé la cantidad que ha sido defraudada, pero ¿por qué tendría que decírselo?
—Esto no es de su incumbencia, amigo —replicó McKenna—. Pero le diré lo que puede hacer. Entérese de cuánto ha sido defraudado. Y de prisa.
—¿Acaso soy su mozo de recados? —dijo Ostrones Pok, sin perder la afabilidad de su semblante.
McKenna se inclinó sobre la mesa. Tenía el rostro colorado y brillaba en sus ojos el fuego centelleante de Australia.
—Escuche bien, amigo. En el momento en que concertamos nuestro pequeño trato, se puso usted en mi bolsillo. Puedo arruinarle y meterle en chirona cuando quiera, acusándole de media docena de delitos, incluido la tentativa de sobornar a un oficial de la fuerza pacificadora de Su Majestad.
—No haría más que comprometerse usted mismo —observó Ostrones Pok.
McKenna lanzó una risotada.
—¿Se imagina que alguien le creería más que a mí? Ningún juez de Hong Kong, esto es seguro. Emplee su cabeza, amigo. Pórtese como un perrito bueno y obedezca. De este modo, todo terminará bien. ¿De acuerdo?
—He hecho lo que me pidió —dijo pausadamente Ostrones Pok—. Hicimos un trato. No puedo ir más lejos. Estoy ya en peligro.
—Está en peligro conmigo, pequeño bastardo, ¿no lo ve? Yo soy el único a quien tiene que temer, no lo olvide. —La mosca zumbando sobre la película que empañaba aquel ojo abierto. Subiendo y bajando, subiendo y bajando—. Yo soy blanco, amigo. Yo tengo el poder.
De momento, Ostrones Pok no dijo nada. Después, saludó brevemente con la cabeza y se levantó.
—Buenas noches, teniente. —Arrojó unas monedas sobre la mesa—. Y adiós.
Daniella y Oleg Maluta en el ballet. Observando La bella durmiente, el esplendor de los crescendos musicales, de los pos á deux, de las evoluciones de los primeros bailarines, movimientos elegiacos.
Daniella captaba con todos sus sentidos los vivos colores de los trajes, los recargados decorados rococó, la música melodramática. Se sentía como una juerguista al final de una larga noche de festín.
Se preguntó por qué habría insistido Maluta en que le acompañase al ballet. Durante años, él y su esposa se habían exhibido casi de modo permanente en el palco dorado del «Bolshoi». Después, la muerte repentina y enigmática de la mujer había puesto fin a la asidua asistencia de él a su adorado ballet.
De esto hacía mucho tiempo. En la actualidad. Maluta llevaba a muchas personas al «Bolshoi», con fines políticos. Sentada a su lado Daniella pensó en su estado de ánimo actual.
A veces, Maluta parecía un perro en las primeras fases de la rabia: gritaba, chillaba desaforadamente, era físicamente agresivo. Otras veces, estaba perfectamente tranquilo. Sin embargo cuando estaba tranquilo era cuando resultaba más peligroso.
Desde luego, Daniella no deseaba acompañar a Maluta a parte alguna. Habría preferido mucho más estar con Mikhail Carelin. Su tardía reunión con Genachev habría sin duda terminado a estas horas.
Pero no podía negarle nada a Maluta. Pensó en la habitación donde guardaba bajo llave las fotos de Carelin y ella haciendo el amor y la pistola con la que había matado a Alexei. Las fotografías, sin duda borrosas porque se había empleado una película de gran velocidad, de ella misma llorando junto al coche donde estaba el cuerpo todavía caliente de Alexei tumbado sobre el volante. Más que a nada, quería estas fotos. Hasta que las destruyese, así como sus negativos y al hombre que las había tomado, se sentiría totalmente desarmada. Maluta tenía, no solamente el instrumento para su destrucción política, sino también el medio de atisbar lo más secreto de su corazón. Y el hecho de que pudiese hacerla llorar hacía crecer su odio contra él con una intensidad casi palpable.
Y lo peor era su impotencia absoluta contra él. Aunque su mesa de trabajo estaba llena de informes y de estudios de viabilidad de diversos departamentos clave, había pasado la mayor parte del día ahondando más y más en el corazón del ordenador del Directorio, en un intento de descubrir la más ligera grieta en la armadura de Maluta. Pero había sido en vano. Su historial escolar indicaba que había sido casi un genio a la edad de quince años. Era acérrimo marxista, lo mismo que sus padres. El padre de Maluta era ingeniero y había trabajado toda la vida al servicio de la Madre Rusia.
El ascenso del propio Maluta en la jerarquía soviética había sido rápido y seguro. Si se había creado enemigos, éstos ya no estaban en el poder. El único episodio trágico de su vida había sido la muerte de su esposa, doce años atrás, en un furioso incendio que había consumido su dacha de Zvenigorod, en la región boscosa y escarpada predilecta de tantos artistas.
Según su expediente, Maluta había pedido y conseguido un permiso, y reconstruido la dacha casi con sus manos, sobre los calcinados cimientos de la primera. Una forma de manifestar su aflicción. Debió de quererla mucho, puesto que no había vuelto a casarse. En realidad, no constaba ninguna aventura amorosa en su historial.
¿Había permanecido célibe durante todo aquel tiempo?, se había preguntado Daniella. ¿O era demasiado listo para los vigilantes que observaban a todas las personas que tenían autoridad dentro de Rusia?
Ahora, al iniciar la música de Tchaikovsky otro crescendo, Daniella se esforzó en relajarse. Esto era lo más difícil para ella, cuando se hallaba en compañía de Maluta. Parecía incapaz de conseguirlo. Recordó lo que le había dicho una vez el tío Vadim: «El varón es superior a la mujer porque cree que lo es.» Daniella pensó que esto definía muy bien a Oleg Maluta.
La plaza de Sverdlov estaba iluminada cuando salieron del esplendor del «Bolshoi». Parecía haber un mar de trajes de luto, girando como grandes y negros tatúes. Todavía nevaba, y el ruido de las cadenas en los neumáticos de los coches y los camiones era como un pulso claro y rítmico que resonaba en las paredes de los edificios de la plaza.
El «Chaika» de Maluta arrancó, y rodaron en la noche, blanqueada por la nieve y por las nubes bajas en las que se reflejaban las luces de Moscú.
Estaba corrido el cristal entre la parte de atrás del coche y el conductor. Maluta se inclinó hacia delante y golpeó con los nudillos aquel cristal reforzado con acero. El conductor no oyó nada.
—Estamos solos los dos —dijo Maluta, retrepándose en su asiento.
Se volvió en parte hacia ella. Daniella miró por la ventanilla. Parecía que se dirigían al Moscova. No iban directamente a su apartamento. Sintió un ligero temblor en la boca del estómago. Ahora sabría por qué le había ordenado él que le acompañase esta noche.
—¿Cómo marcha tu gran aventura amorosa, pichoncito?
A Daniella no le gustó el tono de su voz.
—Si me hubieses dejado en paz esta noche, habría descubierto el motivo de la reunión urgente de Carelin con Genachev.
—Oh, ya tendrás tiempo de sonsacarle cuando lo tengas preso entre tus muslos. —Lanzó una risa breve—. Además, me gustan las miradas de envidia y de preocupación que recibo cuando salgo contigo. Mis colegas no van solamente al «Bolshoi» para disfrutar del arte, sino también para ver quién acompaña a quién.
Aunque los dos eran miembros del Politburó, Maluta había empleado la expresión «mis colegas».
—Tienes un corazón pesimista, camarada general. —Maluta chupó su cigarrillo—. Posiblemente, esto se debe a que eres hembra. Me pregunto si te desmayarías al saltar un ratón sobre tus tobillos. —Rió de nuevo y cerró un puño—. Creo que no. Te he visto empuñar una pistola. Eres una excelente tiradora. Pero ¿qué te ocurrirá cuando seas templada en el fuego final? ¿Te endurecerás como el cristal? ¿O te romperás en diez mil pedazos? Esto es lo que quiero saber.
El «Chaika» salió de la carretera y se detuvo. Maluta agachó la cabeza y se apeó. Mantuvo la portezuela abierta para que lo hiciese ella.
Bajaron juntos por un sendero empedrado. Terminaba en un sitio sembrado de pizarras rotas. La ribera era allí muy empinada y, con la nieve, era difícil saber dónde se ponían los pies.
Las luces de los altos edificios modernos reflejaban en el hielo que, antes de que cayese la última nevada, había empezado a romperse. El Moscova parecía triste e inerte como el plomo. Nada se movía en él ni en sus orillas.
—Éste es uno de mis lugares predilectos —dijo Maluta. Y para que ella no lo tomase como una confidencia, añadió—: Es donde vengo para mis conversaciones privadas. Aquí puedo estar seguro de que nadie me oirá ni grabará mis palabras. —Extendió los brazos—. No hay donde ocultarse. Veríamos a cualquier persona, aunque se agachase.
La nieve parecía rosada bajo el halo luminoso de la ciudad. No había un soplo de viento.
Maluta se detuvo a un paso escaso del agua.
—Aquí estuve a punto de morir. —La punta de su cigarrillo brillaba como un tercer ojo maligno—. Tenía quince años y era todavía un poco temerario, indiferente a las normas. —Sacudió la ceniza en la oscuridad—. Era primavera. Aproximadamente esta época del año, según creo. La capa de hielo era delgada, traidora, y mi madre me lo advirtió. Pero no le hice caso.
Maluta absorbió una gran bocanada de humo y la expelió lentamente. Tenía la cabeza ligeramente inclinada, como para escuchar los débiles chasquidos del hielo al romperse. Su actitud era arrogante, y el tono de su voz enfureció aún más a Daniella.
Pero así era Oleg Maluta: sombrío, obstinado, cortante, sumamente orgulloso y extaordinariamente inteligente.
Una vez más, la máxima del tío Vadim resonó en el oído interno de ella: El varón es superior a la mujer, porque cree que lo es.
Daniella ansiaba desesperadamente no dejarse intimidar por este varón particular. Pero sospechaba que su incapacidad de librarse del miedo se debía en parte a la intensidad de aquel deseo.
—Aquel día fui a patinar —dijo Maluta—. Creo que había hecho una apuesta, y era demasiado valiente o demasiado terco para echarme atrás. Me deslicé sobre el hielo. Tenía la suficiente experiencia como para saber que era un problema. Parecía estar en malas condiciones. En algunos lugares tenía manchas oscuras, lo cual es mala señal. El hielo bueno, grueso, es claro. Muy claro. Fui allí. —Levantó el brazo y la punta del cigarrillo describió un breve arco—. Precisamente allí. Oí un chasquido y pensé que alguien había disparado una pistola. Entonces me sumergí en el río. El agua era muy fría y muy negra. —Terminó el cigarrillo y tiró la colilla—. Ahora traigo aquí a los que dejan de ser útiles. Otra forma de eliminación.
Como era típico en él, no había concluido el relato, y Daniella supo que nunca lo haría. Para él bastaba con que el oyente supiese que había sacado partido de la lección.
Era evidente que no se había ahogado en aquella ocasión en el Moscova.
Ahora, Maluta se echó a reír.
—Pero anímate, mi querida Daniella Alexandrova, pues no te he marcado para la eliminación. Eres una criatura demasiado especial. Hay que conservarte.
—Y exhibirme en público. Le miró fijamente—. Eso es lo que has hecho conmigo esta noche.
—¿En el «Bolshoi»? Desde luego. Es parte del juego.
—¿De qué juego?
Se proyectaron sombras sobre el rostro delgado de Maluta, como si sus facciones angulosas tuviesen el poder de rasgar la luz.
—Fuiste lo bastante inteligente como para abrirte paso en el Politburó. Hasta entonces, lo hiciste todo a tu manera. Atrapaste a hombres, hombres inteligentes, incluso brillantes, porque pudiste explotar una flaqueza común en todos ellos.
»Como querían poseerte y tú eras lo bastante lista como para fomentar aquel deseo, te dieron todo lo que necesitabas para elevarte en la estructura del sluzhba. ¡Imagínate! Habrían llegado hasta el fin del mundo por ti. Te vendieron sus almas, doblaron la cabeza delante de ti, te otorgaron todo lo que les hacía poderosos. Por esto... —Le apretó rudamente los senos—. Y por esto —añadió, llevando una mano al abultado monte en el vértice de sus muslos.
Daniella sintió asco al escuchar esta efusión del ego colectivo masculino, esta letanía de distorsión. Era como si él creyese que le había bastado abrirse de piernas ante Karpov y Lantin para que éstos se convirtiesen en chiquillos.
Empezó a invadirla una rabia feroz y pudo sentir que su mente racional se cerraba, de la misma manera que se siente frío en las extremidades cuando se está gravemente deprimido.
Entonces se sobrepuso y empezó a pensar. No seas, se dijo, lo que él te ha acusado ser: una criautra puramente emocional, carente de inteligencia o incapaz de planificar racionalmente. Ha dicho que piensas y decides con tu vagina. ¿Demostrarás ahora que tiene razón?
Brillándole los ojos, con las luces de la ciudad reflejándose en el Moscova detrás de él, Maluta era como un animal nocturno. El río parecía respirar con ellos, suspirar o gemir con su corriente, como punteando el silencio.
—Aquéllos no eran hombres —siguió diciendo implacablemente él—, al menos a mi modo de ver. Tú sientes que has triunfado, que te mereces ser tratada con respeto, incluso como una igual. Nada puede estar más lejos de la verdad. Alguien tiene que mostrarte el lugar que te corresponde. Debes, efectivamente, comprender la humildad de tu posición... y de tu sexo.
«Fuiste muy atrevida cuando te insinuaste como centro de atracción. Tal vez algunos comentan por ahí tu audacia y te admiran tontamente por ello.
»La audacia sólo es digna de admiración en los grandes hombres y en los más nobles animales.
»Y las mujeres no pertenecen a ninguna de estas categorías.
Ella sabía que la estaba hostigando, pero parecía incapaz de hacer caso omiso de sus palabras.
—Claro que no. —Encendió otro cigarrillo. A la luz del encendedor, Daniella pudo ver el odio en sus ojos y se preguntó por qué la aborrecería tanto—. Según mi criterio, nunca habrían tenido que elevarte hasta el Politburó. Me opuse a tu nombramiento. Pero habías aprovechado ya demasiado los conocimientos adquiridos en el sluzhba. Mi opinión minoritaria resultó justificada. Me enorgullezco de mi pragmatismo. Ahora que estás aquí, trataré de aprovechar eficazmente tu talento.
—Me alegro de que pienses que lo tengo. —Cuando abres las piernas, los hombres te escuchan. —Escupió una brizna de tabaco y tal vez algo más, algo intangible—. Está comprobado que eres una zorra. Y precisamente por esto puedo utilizarte.
Daniella tuvo que hacer un esfuerzo para no agarrarle del cuello. Su cólera era tan intensa que sintió que empezaba a sudar por todo el cuerpo.
Maluta le dirigió una ligera sonrisa. —Te gustaría matarme, ¿verdad, Daniella Alexandrova? También eres buena en esto, lo reconozco. El sexo y la muerte son tu oficio, ¿eh? —Rió de nuevo—. Pero te tendré a mi lado, incluso cuando sea presidente del partido. Eres para mí un elemento demasiado precioso para que lo desperdicie. En todo caso, te necesito y, como ya te he dicho, soy un hombre sumamente pragmático. Por eso estoy ligeramente disgustado contigo esta noche. Cierto que encontraste una manera astuta de destruir a Shi Zilin. Pero tu tentativa contra la vida de Maroc fue un desastre. Esto no me gusta. Y, ¿hemos avanzado algo en la penetración de Kam Sang? Tal vez debería castigarte. He estado pensando en esto durante toda la representación de La bella durmiente. La música de Tchaikovsky conduce a esta clase de pensamientos.
Daniella no dijo nada y Maluta se le acercó un paso. Ella olió su colonia, el tabaco, el sudor acumulado durante el día, una miasma que amenazaba con asfixiarla.
—Me sorprendes, Daniella Alexandrova. Esperaba que levantarías la voz para defenderte. —Inclinó la cabeza a un lado—. ¿No? Bueno, no importa. En realidad, ninguna defensa sería suficiente. —Se encogió de hombros—. ¿Quién sabe? Tal vez ya has imaginado algo a este respecto.
Ella, recobrándose un poco, dijo:
—¿Y qué me dices de Carelin y Reztsov? ¿Te figuras que se mantendrán quietos, esperando que tú conquistes el poder? Cualquiera de ellos estaría en primer lugar, si muriese Genachev.
—¿De veras? —dijo Maluta. Era precisamente lo que había querido que dijese ella. Es muy previsible, pensó—. La eliminación no es la única manera de remover los obstáculos que se interponen en el camino.
—¿Qué quieres decir?
Esperando que apareciese el miedo en su semblante y viendo que así era, Maluta la agarró del abrigo y la hizo dar la vuelta con sorprendente fuerza. La puso de espaldas contra el tronco de un árbol.
—Mírate. Te he paralizado, camarada general. A ti, a la jefe del Primer Directorio del sluzhba. Sabes que puedo hacer lo mismo con Mikhail Carelin. ¿Te imaginas que Reztsov está más allá de mi poder? —Su semblante se nubló bruscamente—. Ahora tú estás conmigo, recuérdalo. Si eres lo bastante estúpida como para desobedecerme, serás detenida inmediatamente y acusada de homicidio con premeditación. Y sería la Lubianka para ti, o un Gulag para el resto de tu vida.
Lanzó un gruñido de disgusto y la soltó.
—Todavía tienes que entregarme la cabeza de Jake Maroc. En cuanto a los secretos de Kam Sang, si no me los entregas dentro de diez días, me veré obligado a tomar otras medidas.
—Pides demasiado —dijo desesperadamente Daniella—. Estas cosas...
—Tiene que hacerse, camarada general. De no ser así, me veré obligado a ordenar la inmediata destrucción de Kam Sang.
—¿Qué?
Su corazón latió más de prisa. ¿La destrucción de una instalación militar allende la frontera de China? ¿Estaba loco?
—Oh, vamos —dijo Maluta—, estos asuntos se arreglan fácilmente. El error de un piloto, una equivocación desgraciada, etcétera, etcétera. Otras veces hemos empleado con éxito estas excusas. —Sonrió—. Y se hará, camarada general, puedes creerme. De una o de otra manera, Kam Sang será inutilizada para los chinos.
Al cabo de un momento, ella pudo oír el ruido de sus botas pisando la dura capa de nieve al subir por la margen del Moscova, que yacía denso y refulgente, con sus fuertes corrientes profundas reflejando la luz hasta el fangoso lecho.
Desde la mesa del restaurante a la que se hallaba sentado, Huaishan Han podía ver el Monte de la Longevidad elevándose a un lado. Ocupaba la mejor mesa del «Ting Le Guan» en la orilla norte del lago a uno de cuyos bordes había sido construido el Palacio de Verano.
El restaurante, especializado en pescado fresco traído diariamente del lago, estaba en realidad dentro del recinto del Palacio de Verano, a unos cuarenta y cinco minutos del centro de Beijing.
Los viejos ojos de Huaishan Han resiguieron los contornos del Monte de la Longevidad a cuya sombra se sentaba ahora. Era en un tiempo irónico y adecuado, pensó, que aquel monte hubiese sido contraído por el hombre. Nada se perpetúa eternamente, pero el hombre, a su ególatra manera, tiene que luchar para dar a su vida la posibilidad de que al menos parte de su esencia sobreviva a la descomposición de su cuerpo material. ¿Tendrían esta intención los ingenieros que proyectaron el Monte de la Longevidad?, pensó Huaishan Han.
Los pabellones en que se hallaba instalado el «Ting Le Guan» habían sido recientemente restaurados; sus tejas vidriadas y las columnas y paredes interiores lujosamente decoradas evocaban el antiguo esplendor de la capital, o al menos así le parecía a Huaishan Han. Por eso cenaba con frecuencia aquí, en el Pabellón de Escucha de los Pájaros Cantores. Por eso y porque aquí podía estar cerca del Monte de la Longevidad y reflexionar sobre lo que significaba para él. Aunque su villa no estaba lejos, no tenía vistas al Monte.
A pesar de que «Ting Le Guan» tenía fama por su comida, Huaishan Han no lo frecuentaba en absoluto por esta razón. Había estado tantos años sin poder degustar nada, que comía por el color. Pedía lo que atraía su mirada, y disfrutaba con ello, de una manera que sus amigos no podían comprender.
Todavía era pronto para que los pájaros revoloteasen entre los árboles de la orilla del lago, pero esto no importaba en absoluto a Huaishan Han. La quietud del lago, la seguridad de estar rodeado por la compleja estructura del Palacio de Verano y todos los recuerdos que evocaba para él, hacían que pasase aquí unos ratos excepcionalmente deliciosos. Y siempre estaba allí el Monte.
Tenía la impresión de que Shi Zilin, cuando vivía, había apreciado los montes artificiales. Pero Shi Zilin había sido parcial en favor de yuan, los jardines cuidadosamente esculpidos de Suzhou. Huaishan Han suponía que esto se debía a que Shi Zilin había nacido en Suzhou y, por consiguiente, sentía un afecto particular por los jardines. En cuanto a él, los encontraba limitativos, demasiado refinados.
De pronto, comprendió que eso ya no importaba. Este debate interior sobre yuan estaba tan muerto como Shi Zilin. Esto complacía mucho a Han.
—¿Huaishan tong zhe?
—Sí.
—¿Pedimos la comida?
Huaishan Han desvió la mirada de la fuerza magnética del Monte. Contempló la larga y delgada cara de Jin Kanzhe.
—Tu estómago gruñe, ¿eh? —Suspiró—. Yo ya no siento el hambre de la misma manera que no requiero el sueño. Dejé muy atrás la edad en que tres comidas y ocho horas de sueño son necesidades diarias. Ahora, cuando cierro los ojos, no duermo. Sueño en campos de batalla y sangre, en la política del cambio, en los requisitos del comunismo. Oigo al pueblo de China llamándome desde la orilla del sueño. Ahora descanso con sólo cerrar y abrir un ojo, sea por la edad o por costumbre, no lo sé. Aunque creo que esto importa poco. —Agitó una mano delgada, flaca como una espina de pescado—. Pero, adelante. No permitas que mis palabras entorpezcan el goce de tu estómago. —Gruñó de nuevo—. Nada de gambas para mí esta noche. Sólo un par de jiao zi, eso es todo.
Jin Kanzhe hizo lo que el otro le decía, pidiendo picadillo bien frito para el viejo, un pescado entero para él mismo y moa tai, un licor blanco, para ambos. Éste les fue servido casi inmediatamente. Después, se quedaron solos. Jin Kanzhe habría preferido más platos, pero se abstuvo de hacerlo en presencia del viejo. Habida cuenta de la falta de apetito de Han, habría sido una descortesía.
—Dime, Jin tong zhi —dijo Huaishan Han—, ¿soñaste la noche pasada?
Jin Kanzhe, que estaba ya acostumbrado a las aparentemente extrañas preguntas del viejo, dijo:
—Sí. Soñé en carpas que nadaban en un claro riachuelo. Eran doradas y, cuando la luz se reflejaba en sus escamas, brillaban como soles en miniatura.
—¡Hum! —dijo reflexivamente Huaishan Han—. Es un buen presagio.
La piel de su cara parecía haber sido doblada varias veces sobre sí misma, de manera que las finas capas de tejido que formaban arrugas translúcidas que parecían no tener principio ni fin. Sus manos y sus mejillas estaban fuertemente marcadas con manchas amarillas, como dibujos oscuros sobre su piel semejante al papel de arroz.
—La carpa representa China —dijo Hauishan Han—. O, más exactamente, el pueblo de China. El pueblo dorado. —Asintió con la cabeza, que osciló sobre su cuello que parecía un tallo. Un ademán muy sencillo pero que resultaba extraño por la manera como el viejo tenía que sentarse, levantando su hombro lisiado más que el otro. Jin Kanzhe había oído decir que Huaishan Han se había roto la espalda hacía muchos años—. Es buena cosa. —Huaishan Han meditó un poco, y sus ojos perdieron su brillo, como solía ocurrirles cuando se sumía en profundos pensamientos—. Dime —prosiguió con aquella extraña voz que parecía flotar—, ¿tienes hijos?
Jin Kanzhe suspiró interiormente. El viejo no sabía solamente que tenía hijos, sino también su número, su nombre y sus edades. Han los había visto muchas veces. Sin embargo, Jin Kanzhe repitió como una sutra la lista de sus seis hijos, con sus nombres y edades.
Huaishan Han asintió con la cabeza, como si oyese por primera vez esta información. Después dijo, como siempre:
—Tener hijos es una bendición, Jin Kanzhe. —Era ésta la única ocasión en que el viejo pronunciaba el nombre entero de Jin Kanzhe—. Los hijos son el aspecto más importante de la vida. Yo mismo traté de procrear durante mu chos años, después de la muerte de mi primera esposa. Tomé otras tres y, una vez, una amante de piel translúcida. Sobreviví a todas ellas, pero no tuve descendencia. Ninguna de ellas era capaz de concebir.
»¡Y los médicos! ¡Al diablo con todos los médicos! —exclamó con más energía de la que había mostrado en toda la tarde—. Ninguno de ellos supo darme una explicación. Mis mujeres eran fértiles. Yo era potente. Potente, me dijeron, hasta casi los ochenta años. Sin embargo, no tengo hijos.
»No sabes lo que es esto, Jin Kanzhe. No puedes saberlo. Tú no has sufrido esta maldición.
¿Eran lágrimas incipientes lo que brillaba en sus ojos?, se preguntó Jin Kanbhe. Posiblemente, sí. Huaishan Han estaba obsesionado con el tema de los hijos. Cualquier otro hombre habría descansado ahora tranquilo, sabiendo que su su enemigo había muerto.
Pero no Huaishan Han. Éste quería más. Querría destruir también al hijo de Shi Zilin. Al hijo de su enemigo.
—Yo no pienso en los hijos —dijo cautelosamente Jin Kanzhe—. Me preocupo de otras cosas. Como Hong Kong.
Huaishan Han gruñó.
—Hong Kong. ¡Otra maldición! Ese asqueroso cubil de la codicia capitalista será la ruina de China. ¡Condenado sea Shi Zilin a diez mil purgatorios en llamas por su incursión en aquel lugar! ¿Qué dioses malignos le poseyeron para que creyese que allí estaba la salvación de nuestro país? —Sacudió tristemente la cabeza—. ¡Cuan descaminada anda la gente..., la gente importante! Las personas a quienes otros escuchan y confían en que su información es exacta.
»Shi Zilin se creía un guardián celestial de China. —Rió sarcásticamente—. ¡Qué idea tan idiota! ¡Qué asquerosa es toda esta charlatanería mística! ¡Un guardián celestial! Envió a su familia a Hong Kong y quiso darle poder, transferirle su enorme poder. En una zona fuera de China. Hagamos lo que hagamos o digamos lo que digamos en el futuro, una cosa está muy clara. Hong Kong será siempre Hong Kong. Ahora y siempre, es y será lo que el diablo extranjero hizo de ella. La corrupción está demasiado arraigada. Perderemos el tiempo si tratamos de cambiar las cosas. Es mejor desentenderse, olvidar su existencia.
Hacía unos minutos que les habían servido la comida, pero Huaishan Han parecía no haberse dado cuenta. Jin Kanzhe ansiaba hincarle el diente, pero no podía empezar antes que el viejo y habría sido imperdonable que le recordase algo tan evidente. Por consiguiente, Jin Kanzhe se limitó a escuchar. Era lo que debía hacer. Estaba en presencia de un poder tan grande que era tangible. Por eso, como otras veces, Jin aguantaría el hambre y lo que hiciera falta en atención a aquél.
—¿Por qué esta vivo todavía Jake Shi? —preguntó Huaishan Han—. ¿Por qué no se consuma mi venganza?
—El coronel Hu necesita más tiempo —dijo Jin Kanzhe—. Dice que es difícil madurar nuestra ciruela. —Observó cautelosamente a Han—. En todo caso, ya te dijo claramente que, cuando se trata de la mente humana, es imposible medir el tiempo con exactitud. Y tú dijiste...
—¡Ya he esperado bastante! —gritó Huaishan Han—. ¡Díselo al coronel Hu!
Huaishan Han estaba perdiendo la noción del tiempo y del lugar. Parecía, pensó Jin Kanhze, que vivía en otro mundo. La mente del viejo se encerraba una vez más en su mundo interior. Pero, si era así, ¿de dónde procedía su incalculable poder? Poseía riquezas que ningún chino habría podido imaginar. ¿De dónde venían? Éste era el mayor enigma de aquel hombre, y Jin Kanzhe quería resolverlo.
—Nuestra lizi es preciosa. Confío en que estemos de acuerdo en esto.
Huaishan Han sonrió.
—Nuestra peligrosa y pequeña ciruela, sí. Nuestra preciosa ciruela. —Lanzó una mirada penetrante a Jin Kanzhe—. ¿Por qué habríamos de dudar de sus condiciones en una fecha tan avanzada? Todo está arreglado.
Jin Kanzhe disimuló su exasperación. Algo andaba muy mal en Huaishan Han. Tal vez no era más que la vejez. La enfermedad de Alzheimer no era rara, lo mismo que otras lesiones cerebrales parecidas. ¿Qué sería de los planes del viejo, se preguntó, si él no estaba aquí para cuidar de su ejecución? ¿Y cuál era su recompensa por hacer que todo marchase sobre ruedas? Huaishan le trataba como si fuese una amanuense. Él quería, se merecía, una participación en la riqueza del viejo.
—Sí, todo está arreglado. Huaishan tong zhi —dijo con naturalidad—. Pero se da el caso de que Shi Zilin ha muerto. ¿Tenemos, realmente, que seguir adelante?
—¿Qué quieres decir? —replicó Huaishan Han—. ¿No sigue viviendo Shi Zilin? —Y Jin Kanzhe pensó: Por fin ha ocurrido; ha perdido completamente el juicio—. ¿No vive Shi Zilin a través de su hijo, Shi Jake?
La vieja cabeza de Huaishan Han estaba temblando. Agarró el tablero de la mesa, buscando tal vez algo tangible que aplastar.
Jin Kanzhe no hizo comentarios; no habría sido oportuno.
Huaishan Han miró a su acompañante, echando chispas por los ojos.
—He esperado mucho en la sombra, Jin tong zhi. Mucho tiempo. El poder de Shi Zilin era tan grande que no pude volver a Beijing en mucho tiempo. Pero no pudo impedir que entablase relaciones secretas con los ministros en el poder que más me convenían. A veces empleé mi propio nombre; otras, usé nombre falso. Lo único que importaba era que Shi Zilin no me descubriese.
«Ahora, aunque tú y otros me llaméis ministro, no soy nada de eso. Más bien parezco un recurso natural de China. Mi poder está todavía fuera del Gobierno. Por culpa de Shi Zilin. Su maldita longevidad me robó un tiempo precioso en el que trabajar.
«Pero ahora ha llegado mi hora, Jin tong zhi. Ahora mi estrella está en auge. Todos mis preparativos tendían a un fin, y este fin está al alcance de mi mano. Cuando Shi Zilin se marchó de Beijing hace diez meses, fui recibido con los brazos abiertos por los amigos que había cultivado durante innumerables años. Mi ejército particular está dispuesto; sólo espera mis órdenes finales.
»Y ahora que poseo los medios para aniquilar toda la estirpe de Shi Zilin, una vez que él esté realmente muerto, podré dar esas órdenes.
Poco a poco, como despertando de un sueño, Huaishan Han se dio cuenta de que había comida delante de ellos. Pareció sorprendido, como si se hubiese olvidado de que estaban en un restaurante y para qué servían esos establecimientos.
—Tengo hambre —dijo.
Y dicho esto, empezó a devorar su picadillo, después de rociarlo generosamente con salsas de soja y de chile.
Nada más se dijo hasta que hubieron consumido la comida. Huaishan Han tardó poco en despachar la suya. Cuando hubo terminado, dejó a un lado los palillos y miró más allá de su acompañante, como si éste hubiese dejado de existir o como si no hubiese estado nunca allí.
Sin embargo, en el momento en que Jin Janzhe hubo terminado de comer y les hubieron servido el té, Huaishan Han dijo:
—¿Dónde serviste cuando estabas en el Ejército, Jin tong zhi?
—Principalmente en Camboya —dijo Jin Kanzhe—. Como el coronel Hu.
—¡Ah, Hu! —dijo Huaishan Han—. Aprendió algunos trucos sucios con los khmer rojos, ¿verdad? —Rió lúgubremente—. Hay algo negro en su espíritu, como si hubiese sido tiznado por dentro.
—Supongo que sí —dijo reflexivamente Jin—. El coronel Hu fue herido dos veces. La primera herida no fue grave. Pero la segunda vez tuvo menos suerte. Una bala trazadora le perforó el vientre. La operación fue complicada. Le extirparon un metro de intestino. En realidad, siempre tendrá dolores. —Jin encogió los hombros—. Supongo que por esto habla tan mal de nuestra ofensiva en Camboya. Su dolor le hace olvidar los imperativos políticos de China.
«Los rusos apoyaban a los norvietnamitas. Los americanos habían sustituido a los franceses en la actitud de camelar al príncipe Sihanuk con sus cantos de sirena.
»Desde mi punto de vista, la decisión de China era elemental: respaldar a los insurgentes, a los khmer rojos. Su barbarie estaba plenamente justificada, dadas las circunstancias, ¿no crees? Tenían la misión de borrar todo el pasado, política y moralmente corrompido, de una nación. Y crear en su lugar un nuevo régimen, una nueva política, una nueva sociedad.
Huaishan Han miró fijamente a su acompañante.
—Dime, Jin tong zhi, ¿cómo era Camboya?
Jin Kanzhe apartó el plato. No quedaba del pescado, ni siquiera la espina.
—¿Has estado alguna vez en el infierno?— dijo.
Por primera vez desde que Jin le conocía, la expresión de Huaishan Han reveló algo diferente de su dolor interno y de la insaciable sed de venganza que, a pesar de sus alegaciones en contrario, cuando decía que todo lo supeditaba al futuro de China, parecía ser su única razón de vivir.
—El infierno —dijo el viejo— es donde he estado residiendo durante los últimos treinta y ocho años.
—¿Se ha ido? ¿A dónde? —preguntó Bliss. —A Japón.
—¿Dónde? ¿A qué lugar de Japón?
—Esto es cosa suya, bou-sehk —dijo Tres Votos—. Nosotros no debemos controlar las idas y venidas del gran Zhuan.
Bliss percibió algo en su voz, pero estaba demasiado preocupada para reparar demasiado en ello. «¿Por qué no está él aquí?» Acababa de regresar del hospital, donde habían hecho todas las pruebas imaginables a su cerebro. Los médicos, al no encontrar nada concluyente, habían querido que se quedase unos días más para continuar los tests. Pero ella se había negado.
—¿Qué es lo que anda mal? —les había preguntado.
—No lo sabemos —le habían dicho—. Nada. —Y recogiendo los gráficos donde estaban marcadas las ondas de su cerebro—: Sugerimos que se quede un poco más.
—¿Para qué?
—Para que podamos averiguarlo.
—Averiguar, ¿qué?
—La razón por la que todas nuestras pruebas no nos dicen nada.
—Entonces hay algo —había dicho ella.
—Nada que podamos encontrar. Hasta ahora —habían replicado.
—¿El electroencefalograma?
Todo volvía siempre al EEG, el centro de su preocupación.
—Ciertos rasgos puntiagudos —le dijeron—. Hay uno o dos que dan al gráfico un sesgo fuera de lo normal.
—Entonces, en su opinión hay un problema.
—No, que sepamos. Hasta ahora. Si quisiera someterse a alguna prueba más...
Había salido de allí, harta de sus enigmáticas respuestas. Eran como los antiguos oráculos griegos: opinaban y no decían nada; dejaban que cada cual cultivase su propio miedo en privado.
Tres brigadas distintas trabajaban de firme en la reparación del junco de su padre. Tres Votos había tomado prestado otro junco de su numerosa flota, lo había amarrado cerca del primero en Aberdeen Harbor y se había instalado con su familia en la embarcación que no le era familiar. Allí había llevado a Bliss cuando la había sacado del hospital.
No le había dicho nada acerca de Jake y de su paradero hasta que estuvieron a bordo. Aunque ella le había preguntado varias veces en el hospital, Tres Votos había conseguido eludir una respuesta. Ya tenía ella bastantes preocupaciones para que le añadiese otra.
—¿A qué lugar de Japón? —repitió Bliss.
—No lo sé, bou-sehk. —Encogió los hombros—. Probablemente a Tokio. Es donde está su amigo yakuza, ¿neh?
—¿Mikio Komoto? Sí.
—Los yakuza asesinaron al Jian. Ha ido a averiguar por qué.
Por primera vez Bliss advirtió la extraordinaria tensión que emanaba de su padre. Es normal, pensó. Shi Zilin lo era todo para él.
Se había esforzado en no pensar en el Jian durante sus momentos de lucidez en el hospital. La mayor parte del tiempo había estado durmiendo, drogada e inconsciente. Otras veces le parecía que se deslizaba entre nubes soñadas, pero tangibles que tenía ganas de alargar un brazo para tocarlas. Soñaba con luces y con sensaciones; soñaba que fio taba, que volaba. Y con esferas más enormes de lo que podía imaginar. Esferas que giraban con majestuosa regularidad en el seno de una negrura ancha y profunda, salpicada de estrellas.
Con frecuencia, al despertar, estaba segura de que una de aquellas esferas, la más próxima a ella, tenía en su superficie algo turbadoramente familiar. Y entonces, con un sobresalto que la hacía estremecerse, enfocaba aquello que le había parecido conocido: la cara de Shi Zilin, antes de que aplicase la almohada sobre ella.
Entonces, impulsivamente, trataba de borrar aquella imagen, conversando con los médicos o, si estaba presente, con su padre, hablando de cualquier cosa y durante todo el tiempo que tardaba en librarse de la imagen.
Pero una vez soñó con la imagen. Y en aquel momento se dio cuenta de la expresión de la cara del Jian al ser cubierta por la nube blanca de la almohada. Tenía los ojos cerrados, estaba segura de ello. Pero también sabía de cierto que la estaba observando. ¿Cómo era posible?
Pensó en da-hei, la gran oscuridad donde residía todo lo que era incorpóreo en el hombre.
Se preguntó si Buda le perdonaría lo que había hecho. Pero Shi Zilin se lo había pedido como un favor. Le había salvado de las balas de los asesinos.
Ahora, por primera vez desde el suceso, Bliss se preguntó cómo había sabido el Jian que se acercaban, incluso antes de que la walla-walla chocase con el casco del junco. Y si lo sabía, pensó ahora, ¿por qué no había hecho nada para salvarse? Seguramente, habría tenido tiempo de abandonar el junco con ella.
—¡Bou-sehk!
Oyó la voz de Tres Votos como viniendo de muy lejos.
—No contestaste a mi pregunta.
No oí tu pregunta, padre, pensó.
—¿Estás bien?
Abrió la boca para contestarle, aunque, ciertamente, no sabía la respuesta. Estaba abrumada. La extraña emoción que se había agitado en su interior como una serpiente en primavera, al salir de la perezosa hibernación, ascendía como un remolino. Y la transportaba en su ascensión.
De nuevo estaba tensa sobre la piel del agitado Mar del Sur de China, como lo había estado sobre la forma moribunda de Shi Zilin.
Vio las negras moles de los petroleros recién llegados del estrecho de Malaca, llenos de oscuro y llameante petróleo. Oyó las llamadas de las águilas marinas, cuyos grandes cuerpos moteados ascendían y se deslizaban en las corrientes de aire encima de ella. Y debajo, oyó la profunda sinfonía que resonaba en la corriente del océano. Los grupos de ballenas, nadando millas y más millas, se comunicaban por medio de un canto antiguo y misterioso. Su lenguaje, elemental y poderoso, llenaba a Bliss como si fuese una vasija vacía, esperando sobre el pecho del mar.
Y en sus gritos había reconocimiento, un destello, un instante cadente de revelación que la hizo estremecerse en lo más íntimo de su ser. Congelaba su conciencia, al mismo tiempo que galvanizaba el fondo de su mente. Inmediatamente vio y sintió el origen de esta extraña emoción. Sintió su qi encadenado y pensó: Que los dioses sean testigos de que esto no puede ser. ¡Debo estar perdiendo la cabeza!
—¿... como qué?
¡A mi tuo fo!
—... visto un fantasma.
Sintió que la sacudían, y al fin pudo enfocar la mirada en la cara preocupada de su padre.
—¡Por el Dragón Azul Celestial! —dijo Tres Votos—. Te has puesto blanca como la leche. ¿Estás enferma?
Buda, pensó ella, protégeme de esta locura.
—No... —Se llevó una mano a la frente—. En realidad, no me encuentro bien. —Se tambaleó sobre las piernas—. Discúlpame.
Se agarró a la barandilla y dobló el cuerpo. Trató de vomitar, pero no pudo.
—¡Bou-sehk!
Quería borrar esta impresión de estar en dos lugares al mismo tiempo. El Mar del Sur de China la llamaban con el tamborileo de sus sonidos animales.
¿Qué me sucede?, pensó furiosamente. Se agarró la cabeza, mientras es qi se sumergía en las profundas aguas, escuchando aquella sinfonía atonal. Escuchando...
—El arte es la verdad —había dicho Fo Saan a Jake—. El arte toma cualquier cosa, una página en blanco, una tela blanca, y hace de ella algo que impresiona. El arte sólo puede definirse por la emoción que engendra en el que lo contempla. No presupone; no discute. Como los grandes mares y ríos del mundo, el arte es uno de los Señores de los Barrancos. Su poder proviene de su modestia.
Era Fo Saan quien había adiestrado a Jake en los ejercicios de la mente y del cuerpo. Era Fo Saan quien, ignorándolo Jake, había sido enviado por Shi Zilin para que hiciese aquello, cuando Jake tenía sólo siete años. Fo Saan había sido, a su manera, parte del yuhn-hyun, del círculo interior. También había sido encargado de instruir a la compañera de juegos de Jake en su infancia: Bliss.
Había sido Fo Saan quien había enseñado a Jake cham hai, sumersión, su última fase, ba-mahk.
—Llegará un tiempo —había dicho Fo Saan a su joven discípulo en que te encontrarás luchando contra sombras. Tal vez matarás a tu enemigo, o tal vez no. En todo caso, su intención permanecerá oculta para ti. Golpearás. ¡Allí! Pero no golpearás nada. Sólo sombras.
«Entonces deberás recordar mis palabras e identificarte con el Señor de los Barrancos. Tú debes mostrarte modesto.
Era esto lo que pensaba Jake cuando dijo a Tres Votos Tsun que se iba al Japón. Desde luego, su ansiedad por la seguridad de Mikio Komoto era un factor importante. Pero Jake se daba perfecta cuenta de que el yuhn-hyun estaba siendo atacado. No sabía quiénes eran sus enemigos ni cuál era su último objetivo. El tiempo que Fo Saan había previsto para él había llegado al fin, y al apartarse de Hong Kong, del centro de la contienda, se estaba manteniendo modesto. Con esto esperaba adquirir el poder del Señor de los Barrancos.
Los ojillos brillantes de Fo Saan representaban un papel dominante en el sueño de Jake, mientras dormía en el vuelo desde el aeropuerto de Kai Tak. Había dormido mal durante semanas, y no había dormido en absoluto desde la muerte de su padre. Y su lucha contra el dantai aunque no le había causado lesiones permanentes, le había debilitado mucho, tanto física como emocionalmente. La idea de que un clan yakuza estuviese complicado en el asesinato de su padre no tenía sentido. Le estremecía en lo más hondo, pues su relación con los bajos fondos japoneses era directamente a través de Mikio. ¿Había marcado aquella incursión un cambio siniestro en la guerra yakuza? ¿Había muerto ya Mikio, víctima de la katana de un rival?
Fo Saan:
—Ya no eres un niño; ya estás seguro.
Toma a Jake de la mano y le conduce en la noche. El cielo está claro, de manera que las estrellas parecen una lluvia de chispas. La bóveda celeste está encendida y alerta.
—¿Dónde estamos? —pregunta Jake.
—En la montaña.
—¿A dónde vamos?
—Arriba.
Caminan durante largo tiempo. Sobre sus cabezas, las brillantes estrellas ruedan en su arco predeterminado. Un buho ulula y, agitando las poderosas alas, levanta el vuelo. Su cabeza rapaz, de enormes ojos anaranjados, escruta la oscuridad antes de descender en picado.
El hombre y el muchacho oyen el fuerte crujido de huesos pequeños al romperse, con una claridad más que real.
—Shan —dice Fo Saan—, los tieh loong, los dragones de la tierra, la más grande de todas las especies, obtienen su poder de shan.
—¿De esta montaña? —pregunta Jake—. ¿De cualquier montaña?
—Pregúntaselo a los vientos y al agua —dice Fo Saan.
—Feng shui.
—Feng shui, sí. El arte de la geomancia, de leer los mágicos presagios en la tierra, el aire, el fuego, el agua y el metal: los cinco elementos cardinales. —Fo Saan, doblada la espalda para vencer la pendiente parece incansable, aunque el camino es largo y a veces arduo—. Hay qi en la tierra —dice—, como lo hay en todos nosotros. Oí es una gran espiral. A veces es inhalado hacia el centro de la tierra; otras veces es exhalado hacia los valles, los ríos, los torren tes... y shan, las montañas. Es en estos lugares donde el hombre trata de vivir.
Está a punto de amanecer cuando llegan a la cumbre. Las estrellas están visiblemente más cerca, pero empiezan a palidecer en Oriente. En lo alto, la cúpula de la noche permanece dominante.
—Tiéndete en el suelo —dice Fo Saan. Jake obedece—. Cierra los ojos.
—Para librarte de la muerte —sigue diciendo Fo Saan—, debes generar poder suficiente para realizar las maniobras que has aprendido. La práctica es una cosa; el campo de batalla es otra muy distinta. La rapidez, la destreza, la flexibilidad del cuerpo y de las ideas son vitales si tienes que sobrevivir en tu primer encuentro real en el campo de batalla.
»Fuerza, energía, poder. Qí. —Jake siente más que oye el movimiento, pero no abre los ojos—. Ya no eres un niño; ya no eres un niño pequeño. —¿Tienen las palabras repetidas de Fo Saan algún significado oculto? Jake no lo sabe—. Tienes que empezar de nuevo. Tienes que aprender los principios esenciales de la vida si tienes que vivir de esta manera en adelante.
Ahora Jake jadeaba, pero no grita. Siente un peso tal sobre el pecho que está seguro de que le aplastará. Parpadea y Fo Saan le dice:
—No abras los ojos.
Jake obedece.
—No puedo respirar —dice, con voz ahogada—. Voy a morir.
—Hay una piedra sobre tu pecho —dice Fo Saan—. Una piedra grande y pesada. Tal vez es una escama de dieh loong desprendida al terminar el invierno.
—No puedo respirar.
—Entonces debes aprender de nuevo a respirar —dice Fo Saan, y Jake comprende el significado de las palabras reiterativas de su mentor.
Ya no eres un niño, ya no eres un niño pequeño. No queda oxígeno en sus pulmones. El peso gravita sobre él como si tuviese la shan sobre su pecho. Tienes que empezar de nuevo.
—Preguntarás —dice Fo Saan— por qué no te enseño de nuevo a respirar en un lugar tranquilo, con una brisa agradable acariciando tus mejillas y con mucho tiempo por delante para perfeccionar tu aprendizaje.
La voz sonaba muy cerca del oído de Jake, como un insecto zumbando junto al curvo pabellón de la oreja.
—Mi respuesta es que ésta es otra forma de aprendizaje. Aquí hablamos de instinto. Cuando eres atacado, el instinto te induce a contener el aliento, contraer los músculos. Entonces el qi deja de fluir. Y mueres.
»En vez de esto, tienes que aprender a respirar cuando eres atacado, a mantener ágiles los músculos, a hacer que el qi siga fluyendo. Ahora eres atacado. Tienes que respirar.
La voz se extingue en la noche. Hay un fulgor rojo alrededor de los párpados de Jake. Ve esta aurora y se pregunta cuál será su causa. El pulso retumba en sus oídos. Voy a morir, piensa.
Entonces, su cuerpo o su mente, no sabe cuál de los dos, se mueve. Llega a un espacio claro, a un espacio de otro mundo. Aquí no siente dolor, sino más bien las ondas de una corriente brillante y constante. ¿Será el qi, como ha sugerido Fo Saan?
Jake concentra su atención en una sola cosa, una mancha de plateada luz de luna en el centro de un bosque denso y sofocante. Entra en aquel claro. Se mueve hacia arriba.
Y al hacerlo así, adquiere fuerza. Sus músculos se estremecen y se contraen al unísono, como galvanizados por una enorme energía interior.
Sigue empujando. Ya no siente el peso. Oye el ruido de la piedra al caer. Respira.
Fo Saan le murmura al oído:
—Jeuih-jah lihk-leung. Has reunido el poder. Has aprendido a respirar de nuevo.
Jake abre los ojos. La luz de la aurora brilla en el horizonte, iluminando al fin la montaña sobre cuya cumbre ha subido.
Tony Simbal está en el ordenador de la DEA obteniendo informes sobre Encarnación, una ciudad del sudeste de Paraguay. Según Threnody, era allí donde habían liquidado a Peter Curran. No era la información acostumbrada: población, topografía, agricultura, clima y otras cosas parecidas. Para esto le habría bastado consultar la Enciclopedia Británica.
Los archivos de la DEA estaban rebosantes de datos sobre aquel rincón del mundo, desde 1947 en adelante. Por buenas razones. Era entonces cuando había empezado a cambiar el futuro de ciertos países sudamericanos, incluido el Paraguay. Algunos líderes se hicieron de pronto más poderosos, con ejércitos particulares más numerosos y mejor equipados. En un período de tiempo extraordinariamente corto, se habían vertido enormes sumas de dinero en aquellos países. Más aún, en el lapso de cinco años, habían surgido nuevas industrias y otros habían prosperado. Todas esas industrias eran clandestinas y, al menos en la mayor parte del mundo, ilegales.
Los nazis más listos y poderosos que habían podido huir de Alemania y de Europa, eludiendo el incendio de Berlín y los subsiguientes juicios de Nuremberg por crímenes de guerra, se habían instalado en el interior de las verdes junglas de América del Sur.
Paraguay ocupaba un lugar destacado en la lista de países cuyos regímenes hablan ayudado y acogido a los criminales fugitivos. Por un precio, desde luego. Un precio que garantizaría su seguridad entre un populacho afectado por la pobreza, las enfermedades y la ignorancia.
Encarnación, según aprendió Simbal, había sido una ciudad muy atrasada hasta que llegaron los nazis. Éstos habían transformado casi todo un continente. Ahora, el diqui había empezado a asumir allí el control. ¿Por qué? Nadie lo sabía. Era lo que, por lo visto, había estado investigando Curran.
—¿Quién estaba en Encarnación cuando Peter Curran estuvo allí? —dijo Simbal en voz alta.
—No lo sé —dijo Monica a media voz detrás de él.
Estaba mirando por encima del hombro de Simbal. La pantalla terminal estaba brillantemente iluminada, dando información.
—¿Alguien de la DEA?
—No, que yo sepa.
—Comprobemos eso. ¿Cuál es el nombre de la ficha?
—Carpeta de Viaje.
Simbal lo encontró, coordinando los datos correspondientes al tiempo en que había estado Curran en el Paraguay. No sacó nada en claro.
—Está bien —dijo ella—. ¿Qué viene ahora?
Él olió el limón del jabón que utilizaba ella, mezclado con el del perfume que usaba. Un mechón de cabellos le rozó la mejilla. Sintió el calor de la mujer.
—Vacaciones —dijo Simbal.
Y ella le dio el nombre de la ficha.
Él pulsó las teclas adecuadas y resiguió la lista. Había seis nombres. Ninguno de sus itinerarios coincidía exactamente con las fechas y, en todo caso, todos habían tenido que comunicar su destino y su número de teléfono a la oficina de Threnody.
Monica comprobó esto último. Se había telefoneado a tres de aquellos hombres durante sus vacaciones y todos estaban en los lugares previstos. Los otros tres estaban todavía fuera y no se había establecido contacto con ellos. Ninguno estaba cerca de América del Sur, y menos de Paraguay; pero Simbal no esperaba que hubiesen dado publicidad a este hecho.
—¿Sabes lo que estás buscando? —preguntó Monica.
—Sólo estoy siguiendo mi olfato —dijo Simbal, marcando el primer número de teléfono.
Hizo que Monica se pusiese al aparato, y ésta inventó un pretexto para justificar su llamada. Era tarde. Todos estaban en la cama, en los lugares donde habían dicho que estarían.
—Bien por los que están de vacaciones —dijo Monica—. ¿Satisfecho?
—¿Sabe mucho este pequeño? —dijo Simbal, dando unas palmadas al monitor.
—Mucho. ¿Por qué?
—¿Conoces las redes?
—Claro. Pero depende de la agencia y, dentro de la agencia, de cómo está clasificado el material.
—¿Qué te parece FBI, CÍA, SNIT?
Monica puso la palma de la mano sobre el teclado.
—¡Huy! —dijo—. Antes de que pueda comprometerme yo misma y comprometer a esta agencia, creo que será mejor que me digas lo que llevas entre ceja y ceja.
—No puedo.
—Entonces no seguiremos adelante.
Alargó un brazo para cerrar el terminal, pero Simbal le asió la mano.
—Monica.
—Nada de carantoñas, Tony. La situación se está haciendo delicada. Te dejé entrar aquí contra todas las normas de la casa.
—Max está enterado de todo.
—¿De veras? Bueno, a mí no me ha dicho nada.
—¿Quieres descubrir quién hizo matar a Peter Curran?
Monica se estremeció ligeramente.
—Eso ya lo sé. El diqtd.
—Posiblemente. —¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que tengo que saber qué diablos está haciendo el diqui en Encarnación..., un lugar donde no tienen derecho a estar.
—¿A causa de los nazis? —A causa de los nazis.
Callaron los dos. Las oficinas a media luz estaban en silencio a su alrededor. El acondicionador de aire estaba apagado y el ambiente era sofocante.
—¿Qué crees que le ocurrió a Peter? —dijo Monica al cabo de un rato.
—Chocó con alguien —dijo Simbal—. Pero no estoy convencido de que fuese el diqui. —Entonces, ¿quién?
—¿Quieres permitirme que lo descubra? Monica vaciló un momento. Después dijo: —¿Qué agencia?
No sacaron nada del FBI ni de la CÍA. Pero el Equipo Estratégico de Narcóticos de la CÍA, el que Simbal llamaba SNIT, tenía su propia red.
—Creo que será mejor que lo haga yo —dijo Monica, sustituyendo a Simbal en la silla de la consola—. Los archivos de SNIT son como campos de minas. Son tan paranoicos a este respecto que, si se piden ciertas informaciones, suena una señal de alarma. —¿Hay manera de evitarlo? —¿Qué estamos buscando? —Algo —dijo Simbal—. Misiones, vacaciones. Los dedos de Monica saltaron sobre el teclado, pidiendo datos y rechazándolos.
—Nada que concuerde —dijo— en ninguna de las dos categorías.
—Ya lo veo —dijo, malhumorado, Simbal. Ella estaba a punto de dar por terminada la búsqueda en SNIT cuando vio un asterisco electrónico. —¿Qué es eso?
—No lo sé —dijo ella—. Sigámoslo. Un momento más tarde, apareció la respuesta en la pantalla.
—Un permiso para ausentarse —dijo Simbal—. ¡Jesús! —Las fechas coinciden —dijo Monica—. El permiso empezó dos días después de que Peter saliese con destino a Paraguay.
—Y todavía no ha vuelto. ¿Conoces a ese Edward Martin Bennett?
—No.
—Busca en personal.
Monica obedeció, manejando el teclado.
—¡Huy! —dijo—. Esta ficha está minada. Tendré que encontrar la manera de dar un rodeo. —Lo hizo en doce minutos—. Bien —anunció—, aquí hay algo sobre Bennett.
La pantalla empezó a mostrar los datos.
BENNETT, EDWARD MARTIN, NACIDO 3/12/36, DULUTH, MINNESOTA. PADRES...
—Salta eso —dijo Simbal.
EDUCADO EN ESCUELA PRIMARIA SINDON, INSTITUTO FITZSIM MONS. TRASLADADO A PREP. VARLEY EN VALLEY FORGE, PENNSYLVANIA 1/4/50. V.A., M.S., DE UNIVERSIDAD DE YALE, CURSO DE 1956. MIEMBRO EQUIPOS DE NATACIÓN, LACROSSE Y FÜTBOL. PHI BETA KAPPA. CAPITÁN FÜTBOL UNIVERSIDAD, 1956. MIEMBRO CLUB INFIERNO...
—Para aquí —dijo Simbal, sintiendo crecer su excitación—. Este tipo y Peter estuvieron juntos en Yale. —¿Coincidencia 7 —También en el Club del Infierno.
—¿Es importante esto?
—Sí —dijo Simbal, recordando el anillo de sello que Threnody había dicho que habían encontrado—. Puede serlo.
Monica abandonó las fichas de SNIT y pasó a los horarios de líneas aéreas.
—Busca dos días después de la marcha de Peter.
Monica revisó los aviones de pasajeros.
—Esto requerirá algún tiempo.
—Cascaras... —dijo Simbal, golpeando la pantalla con el dedo índice—. ¡Aquí está!
PAN AM VUELO 107, SALIDA 11 MAÑANA, JFK, LLEGADA 7 TARDE. BENNETT, EDWARD MARTIN.
—Ciudad de México —dijo Simbal.
Los dedos de Monica continuaron trabajando en el teclado.
—No hay ningún vuelo que enlace con Paraguay, pero aquí hay uno que enlaza con Buenos Aires —canturreó—. Su nombre no figura en la lista de pasajeros.
—No me sorprende. Tampoco yo lo anunciaría si fuese en aquella dirección.
—He encontrado de nuevo su nombre —dijo Monica. La excitación de Simbal se le estaba contagiando—. Aquí está el plan de vuelo: Ciudad de México... Salió de allí una semana después de que nos fuese notificada la muerte de Peter. Voló a San Francismo. Después de una escala de un día, voló a Miami.
—¿Está todavía allí?
Monica tecleó.
—Bueno —dijo—, al menos no ha salido en avión.
Cuando hubieron cerrado y salido de la oficina, ella dijo:
—Quisiera que pudieses venir conmigo esta noche.
Él la ayudó a ponerse el abrigo.
—Tu familia es lo primero —dijo. En realidad, estaba pensando en otras cosas: como Edward Martin Bennett en Miami—. No has visto a tu prima desde, ¿cuándo? ¿Desde hace un año?
—Aproximadamente. —Monica vaciló en el umbral de la puerta. Sus ojos brillaron al fijarlos en la cara de él envuelta en sombras—. Vas a ir a Miami, ¿verdad?
Él no respondió y ella le siguió, cerrando la puerta a su espalda. La noche era tibia, algo impropio de la estación. Desde donde se hallaban podían ver el monumento a Washington, iluminado, frío, blanco, majestuoso.
—No me mientas, Tony. No vuelvas a mentirme.
Él asintió con la cabeza.
—Voy a Miami.
—¿Es Bennett el hombre?
—No lo sabré hasta que esté allí.
—¿Por qué no dejas que lo haga otro esta vez?
Simbal guardó silencio y Monica movió la cabeza. Después se volvió rápidamente, bajó la escalinata de mármol y subió a su «Mazda». Arrancó.
Simbal la vio alejarse, con cierta tristeza; le habría gustado pasar su última noche en Washington envuelto en su calor. Entonces recordó que ella había olvidado darle la nueva clave para el ordenador de la DEA. La necesitaría para profundizar por su cuenta en los antecedente de Edward Martin Bennett.
Bajó corriendo los escalones, llamando a gritos a Monica; pero ésta estaba ya demasiado lejos. Corrió a su «Saab», puso el motor en marcha y salió disparado tras ella.
Rodaron por el Washington nocturno, un mundo resplandeciente de monumentos, parques, estanques y fuentes públicas.
Entraron en Georgetown y, de pronto, Simbal sintió un escalofrío. Monica vivía en Alexandria, que estaba en la dirección opuesta. Le había dicho que su prima, Jill, llegaba de San Diego en avión esa tarde y que pasaría dos noches en su casa. Sin embargo, giró hacia R. Street. Simbal, que la seguía con los faros apagados, pensó: ¿Qué diablos significa esto?
Detuvo el «Saab» a cierta distancia y al otro lado de la calle. Observó, con creciente aprensión, cómo subía ella la escalera de la entrada y tocaba el timbre. Vio que su viejo amigo Max Threnody abría la puerta y la hacía entrar.
Tony Simbal, sentado en la oscuridad, escuchando cómo enfriaba el ventilador del «Saab» el potente motor, sintió una extraña inquietud al pensar que estaba siendo traicionado. La impresión de que ya no estaba seguro en su propia casa.
Bluestone era un hombre alto y anguloso, de mejillas coloradas, nariz romana y frente ancha, debajo de la cual sus ojos azules observaban el mundo con gran curiosidad. Vestía trajes de Savile Row, desdeñando los esfuerzos de los mejores sastres de Hong Kong. Sus camisas eran confeccionadas a mano por «Turnbull y Asser»; sus zapatos, hechos a medida por «Church of England». Sir John opinaba que no había que escatimar para vestir elegantemente y, sobre todo, con corrección.
—Y, ¿cómo está mi floréenla? —dijo Bluestone.
—Tengo algo para ti.
—Lo sé —dijo él, y sonrió—. Por eso me complace tanto almorzar contigo.
—Lo del almuerzo fue idea mía —le corrigió ella.
Él frunció el ceño.
—Y muy extraña, podría añadir. —Extendió las manos—. Éste es un lugar muy concurrido.
Estaban sentados en la parte de Central District de Princess Carden, desde donde se dominaba el paso de peatones sobre Chater Road.
—Oh, sí —convino ella—, muy, muy concurrido.
—Supongo que habrá una buena razón para esto.
Estaba estupenda, como una modelo o una estrella de televisión. Cuando entró en el restaurante, todas las cabezas, masculinas y femeninas, se volvieron a mirarla. Llevaba una falda negra de shantung y una chaqueta sobre una blusa gris perla con ribetes delicadamente bordados. Su única joya era un grueso anillo con una esmeralda. Él sabía de dónde procedía. Tenía la habilidad de emplear maquillaje occidental para hacer resaltar el exotismo de su cara oriental. ¡Cuántas mujeres serían capaces de matar para poseer ese talento!
—Prosit —dijo él, levantando su vaso.
—Das vidanya —dijo ella, con grotesco acento ruso.
Él bufó.
—No seas idiota.
—¿Idiota? —dijo Neón Chow—. Yo no soy idiota. Tres Votos Tsun sabe quién eres. Todos lo saben: Jake, Sawyer, todos.
Bluestone dejó cuidadosamente su vaso sobre la mesa.
—¿Qué quieres decir, exactamente, con eso de que saben quién soy?
—Saben que eres el principal agente de la KGB en Asia —dijo Neón Chow, que gozaba visiblemente con la consternación del hombre—. No pongas esa cara —dijo, sorbiendo su bebida—. Quieren que te espíe por su cuenta. Por eso te pedí que me invitases a almorzar cuando fuiste ayer a la oficina del gobernador.
Bluestone observó su cara, pensando furiosamente. Tal vez el desastre no era tan grave como había parecido al principio, decidió al cabo de un momento.
—¡Jesús! —dijo—. ¿Tres Votos Tsun quiere que me espíes?
—Así es —dijo Neón Chow.
Se acercó el camarero y encargaron la comida. Cuando se hubo marchado, Bluestone dijo:
—Esto puede incluso mejorar las cosas. Evidentemente, quieren que continúe en mi sitio. Más vale enemigo conocido que otro por conocer. Y ya les he engañado en lo concerniente al plan de Southasia.
—¡Oh, sí! —convino Neón Chow—. Como ya te dije, sospechan que estás detrás del desfalco de Teck Yau.
—Esto está muy bien —dijo él, pensando todavía en la manera de perfeccionar su plan. Gracias a aquella sospecha, se dijo, entusiasmado, creen también que la maniobra para distraer fondos de Southasia representa todo mi plan para derrotarles. Reflexionó un momento más—. Escúchame. Tengo una manera de contrarrestar su descubrimiento de mi identidad. Si puedo engañarles enviándote de nuevo a ellos, puedo tener todo lo que necesito para destruir «ínterAsia Trading» y a todos los que están detrás de ella.
—Pero hay más —dijo Neón Chow.
—¿Has descubierto quién está detrás del asesinato de Shi Zilin?
—Olvida eso —dijo rápidamente ella—. El viejo fue asesinado por unos yakuza. Yakuza rivales del amigo de Jake, no recuerdo su nombre. —Dejó su vaso vacío a un lado—. Lo que tengo que decirte es mucho más importante. Cuando Tres Votos me llevó a cenar para celebrar mi cumpleaños, hice que me hablase del yuhn-hyun. Se proponen relacionar a ciertos tai pan de aquí con intereses en la China continental.
Bluestone pareció asombrado.
—¿Qué estás diciendo? ¿Que podría haber alguna confabulación entre Hong Kong y Beijing?
—Sí.
—¡Imposible! Aunque China se apodere totalmente de Hong Kong en el 2047, los hombres de negocios de aquí lucharán hasta el último aliento contra el cambio a favor del comunismo.
—Según mi información —dijo Neón Chow—, no habrá ningún cambio a favor del comunismo. Habrá, en vez de esto, una sola China. Un sistema político. Un sistema económico. Y ese sistema no será comunista.
Bluestone sabía ya eso. Pero siempre era más seguro confirmar una fuente de información con otra independiente. Era una lección que le había enseñado Daniella Vorkuta y que le había resultado sumamente valiosa en más de una ocasión.
El espionaje, pensó Bluestone, mirando duramente a Neón Chow, no era un juego para aficionados. Sólo los profesionales curtidos sobrevivían.
Qi-lin flotó fuera del tiempo. El coronel Hu había aprendido bien su oficio.
Jin Kanzhe le había avisado de lo dura que sería la mente del sujeto. Su mente y su voluntad. Era indudable que ella tenía un qi excepcional. Para triunfar en este peculiar y torcido trabajo de esculpir la mente, era necesario conocer a la perfección el qi del sujeto antes de emplear cualquier técnica. El qi podía cambiarlo todo.
El coronel Hu había observado esto durante el tiempo que había pasado en Camboya. Los khmer rojos, a los que había ayudado, eran bastante toscos en sus técnicas de esculpir la mente. Era difícil tratar con ellos, y el coronel Hu había dejado muy pronto de darles consejos. No se podía dialogar con fanáticos; solamente se les podía hablar. Ellos escuchaban, o no escuchaban.
Durante su estancia en Camboya, el coronel Hu había aprendido a despreciar a los khmer rojos. Cierto que también había aprendido otras cosas de ellos, pues sus técnicas eran sumamente eficaces. Pero odiaba todos los minutos que había pasado en aquella tierra sanguinaria.
En honor a la verdad (el coronel Hu sólo reconocía este hecho cuando bebía a solas por la noche), los khmer rojos le habían aterrorizado. Eran tan irreflexivos como robots. Habían sido programados tan eficazmente como sus desdichados subditos. Desde luego, el coronel Hu se había encontrado con muchos fanáticos en la vida; la propia China era famosa por su fanatismo ideológico. Pero ninguno podía compararse con los que había conocido en Camboya.
Cuando pensaba en ellos, su barbarie bestial estaba siempre ligada al hedor de carne quemada y cabellos chamuscados. No había pasado una hora en Camboya sin que aquel olor llenase sus fosas nasales. Al cabo de un tiempo aprendió a soportarlo, como había aprendido a soportar a los crueles indígenas.
También era verdad que el coronel Hu bebía para ahogar las emociones que aquel pueblo espantoso había engendrado en él. Cuando al fin había regresado de su servicio en Camboya, se había arrodillado cuando nadie le observaba y besado amorosamente el suelo de su China natal.
Bebía para olvidar, pero no podía conseguirlo. El terror le asaltaba incluso cuando estaba más borracho. Sólo cuando se dormía, cerca del amanecer, su mente quedaba limpia para unas pocas horas. Pero cuando se despertaba, los recuerdos volvían a su mente como demonios vociferantes, hasta que le acometía el deseo de saltarse la tapa de los sesos.
Pero, en vez de esto, hacía acopio de valor y seguía con su trabajo. Y ahora, su trabajo era lavarle el cerebro a Qi-lin.
No era tarea fácil. En realidad, ella le presentaba varios problemas singulares y, al principio, desconcertantes. Pero esto le convenía al coronel Hu. Cuanto más difícil era el sujeto, más ocupada había de tener la mente. El trabajo, al menos, mantenía a raya a los demonios que le atosigaban.
Lo que más temía eran las noches.
Ahora, sus hombres estaban durmiendo y Huaishan Han se había marchado, después de pasar todo el día con Hu y su sujeto especial; Hu se había quedado solo, enfrentado cara a cara con la noche fría y solitaria, percibiendo como siempre el correteo de las criaturas nocturnas, el viento que rumoreaba entre los árboles como voces lejanas..., voces de moribundos, de condenados. Era entonces cuando el coronel Hu agarraba la botella.
A veces, ni siquiera se preocupaba de coger un vaso; éste hacía que el río fluyese con demasiada lentitud.
Esta noche, en que fuertes ráfagas de viento arrojaban arena del Gobi contra la ventana, el coronel Hu yacía medio amodorrado. No se había atrevido a probar el licor en presencia del viejo y encorvado Huaishan Han. Pero Huaishan Han se había marchado hacía horas, y la noche se alargaba. El coronel Hu bebió. Ahora agarró con una mano el cuello de la botella casi vacía, con la desesperación del náufrago que se está ahogando.
Pequeñas gotas de sudor brillaban como tristes diamantes entre sus cabellos cortados a cepillo. Sus ojos estaban empeñados por los fantasmas que entraban, en un desfile interminable, por los intersticios de su cráneo. Tenía desabrochada la camisa del uniforme, y grandes manchas de sudor habían aparecido debajo de los brazos y en la pechera, donde el tejido almidonado se pegaba al agitado pecho, deformándose.
Estaba descalzo; le parecía sentir el chapoteo de aquella mezcla de barro, sangre y basura de la arrasada Camboya. Había tenido la impresión de que no quedaba suelo utilizable en el país. Aquella mezcla se deslizaba por los valles, los campos y las orillas de los lagos, como lava de algún volcán monstruoso.
El coronel Hu se estremeció, hipó. Dijo algo, incomprensible incluso para él mismo.
Entonces levantó la cabeza. Qi-lin estaba en el umbral de la puerta.
Sólo había negrura detrás de ella, y este color tenebroso parecía empequeñecerla, dándole el aspecto de un rapazuelo abandonado, delgado y desnutrido, de esos que rondan las calles para malvivir.
—¿Se ha ido Huaishan Han? ¿Tan pronto?
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó el coronel Hu con voz ligeramente estropajosa.
—Mi sueño estaba lleno de...
Su voz temblorosa se extinguió. Qi-lin parecía tan joven, tan...
—¿De qué?
—De vida. Rebosante de vida.
El coronel Hu pensó en su propio sueño y en lo que era sin el olvido que le brindaba el alcohol. Se estremeció de nuevo y tragó saliva.
Levantó la mano, descubrió que aún tenía asida la botella y le hizo con ella una señal.
—Entra. —Había guardias en todo el perímetro del campamento, pero ninguno en la puerta de la joven. Se habría considerado inadecuado desde el punto de vista psicológico—. Siéntate.
Qi-lin obedeció, sentándose en el diván de lona y bambú. Parecía un pájaro, delgado y frágil, mirándole con aquellos grandes ojos negros y enigmáticos. Eran unos ojos muy extraños, que habían llamado la atención al coronel Hu desde el momento en que la había visto por primera vez. Eran inteligentes, pero tenían un brillo más elemental que él no podía definir. Eran ojos chinos, desde luego. Pero también eran algo más. Tenían un aspecto occidental, como si el pliegue de los párpados no se hubiese completado o hubiese sido sutilmente alterado en su amorfo estado genético. El coronel Hu sabía de dónde les venía esto.
Ella le sostuvo ahora la mirada, y la intensidad de sus ojos perforó los vapores del alcohol como perfora un rayo de sol la niebla de la mañana.
—Cuéntame tus sueños —dijo el coronel Hu.
—Estaba en una ciudad —dijo sumisamente Qi-lin—. Era grande, grande como una colmena. Estaba construida sobre una colina..., sobre muchas colinas, de manera que las calles no eran nunca llanas. Nunca. Subían y bajaban como las olas del océano. Era extraño.
—¿En qué sentido era extraño?
—Allí me sentía como en casa —dijo Qi-lin, como un poco extrañada—. No sé cómo era posible. Yo conozco la jungla. Sé que es donde he vivido, donde me siento en casa. Usted me lo ha dicho muchas veces.
—Es verdad.
—Entonces, la ciudad...
—La ciudad es un sueño.
—Pero me parecía real. La soñé con todo detalle... Las calles, las casas, las tiendas. Incluso la gente.
—¿Qué gente?
El coronel Hu se había erguido un poco. Se pasó una mano por los cabellos y se enjugó el sudor en la pernera.
—No lo sé.
—Pero has dicho que lo soñaste con todo detalle.
—Sí.
—Entonces, describe a la gente.
—No puedo.
—Mientes.
Qi-lin se quedó boquiabierta y sus ojos se llenaron de miedo. Una lástima, pensó el coronel Hu, porque habían perdido todo su brillo. Ahora eran opacos, unos ojos como los de otra persona cualquiera, sin nada especial en ellos.
—¡No!
—Entonces, ¡dímelo!
—¡No puedo!
—¡Dímelo! ¡Dímelo!
El coronel Hu se dio cuenta de que estaba gritando. Había asido a Qi-lin y la sacudía violentamente. Sentía un nudo en la garganta, una cólera que le invadía mientras el coro de los condenados entonaba un canto fúnebre en su oído interno.
Qi-lin estaba sollozando, como un tierno retoño bajo la furia de un vendaval.
—¡Oh, Buda! —jadeó—. ¡Protégeme, Buda!
La ira del coronel Hu se multiplicó. La sacudió como un loco.
—¿Por qué invocas aquí el nombre de Buda? ¡Está prohibido! ¡Rigurosamente prohibido!
Descargaba su rabia sobre ella como una granizada cruel, cegándola, haciéndola jadear desalentada. Y ella se sentía presa de unas fuerzas que no podía dominar, unas fuerzas que amenazaban con rasgar el tejido de una vida a la que se había aclimatado. Esto significaría volver al dolor..., al horrible, estruendoso, retumbante y ardiente dolor, detrás del cual acechaba una nada que le helaba la médula de los huesos.
Y luchó, arrojándose contra él de manera que las lágrimas le salpicaron las mejillas, se le metieron en sus ojos, temblaron en gotitas salobres en sus labios antes de que se las tragase.
El coronel Hu sintió su cuerpo contra el de él y se enardeció. Los temblores de ella se le contagiaron. Fue como si sintiese que el alma de Qi-lin se sacudía y se partía. Y, sin pensarlo, la abrazó con fuerza.
Como dos animales, incluso enemigos, se buscan en la selva y comparten el calor de sus cuerpos para sobrevivir en el frío de los meses más crueles de la Naturaleza, así se dejó llevar el coronel Hu por el instinto. Se trataba tanto de su propia supervivencia como de la de ella, aunque él tal vez no lo comprendía aún.
De lo único que se daba cuenta era de su sufrimiento.
—Pequeña —murmuró—. Pequeña.
Mientras oía sus débiles gemidos y, en ellos, los gritos de angustia de las multitudes que habían sido mutiladas en nombre de una ideología maldita, nihilista, sin alma ni corazón. Las mismas multitudes entre las que él había pasado, con el barro introduciéndose en sus botas y entre los dedos de sus pies.
Sintió que ella se acurrucaba contra él, que sus sollozos menguaban, que sus lágrimas se secaban y que, con ellas, desaparecía el terror de su alma.
El calor se hizo más intenso, y se preguntó si sería debido a que procedía de fuera de él. El coronel Hu no era célibe. Se divertía con muchas mujeres. Pero todas tenían los muslos como de alabastro, fríos e indiferentes. Sus puertas de jade eran como el mármol, suave, extrayendo su cálida semilla durante las nubes y la lluvia, pero nada más.
Ahora le parecía como si tuviese el sol en su regazo en vez de esta pequeña y frágil mujer que se le había aparecido esta noche como una niña. Y, gradualmente, se dio cuenta de que aquel calor había creado algo específico en él. El bajo vientre le ardía. Estaba rígido como una piedra.
Qi-lin se movió sobre él, y él gimió.
Algo no proyectado ni querido. Peor aún, inconcebible. Sin embargo, el miembro sagrado del coronel Hu se torció hacia arriba y, cuando encontró el calor entre los muslos de Qi-lin, la sensación fue exquisita.
El coronel Hu no deseaba excitarse, pero tampoco quería poner fin a este calor que le daba vida. Y aquí estrechó a Qi-lin como ella le estrechaba a él, rodeándola con sus brazos y siendo rodeado él mismo.
Se dijo que no la deseaba, que no podía desearla. Su puerta de jade le estaba tan prohibida como lo estaba para ella la invocación del nombre de Buda. Le habían avisado en términos bien claros. En Quianmen, Jin Kanzhe le había dicho: «Zheige lizi hai mei shu ne.» La ciruela todavía no está madura. Pero esto no quiere decir que no sea peligrosa. Al contrario. Es excepcionalmente letal.
Este calor no podía emanar de la muerte, decidió el coronel Hu. En su mente, donde sonaba el coro de los muertos, lo único que deseaba era abrazarla. Otras partes de él sentían de un modo diferente. Estaba luchando consigo mismo y, si la propia Qi-lin no hubiese sido un factor activo, no habría podido prever el resultado. Pero todo esto quedó reducido a una cuestión académica, porque ella agarró delicadamente la cabeza del miembro sagrado. El contacto fue tan electrizante que, durante un momento, el coronel Hu se quedó sin aliento. También se quedó sin voluntad, y se rindió a aquel contacto.
En aquel instante, oyó que la lluvia empezaba a repicar en los cristales de la ventana como la cola de un dragón irritado.
El coronel Hu sintió que los botones de su pantalón eran desabrochados uno tras otro. Cada movimiento aumentaba su sensación de calor. Levantó los brazos y empezó a su vez a desabrochar los botones de la blusa de Qi-lin. Era de tosco algodón, lo mismo que sus pantalones. Ninguna prenda carcelaria; esto habría sido también psicológicamente contraproducente.
Descubrió los firmes senos maduros, al mismo tiempo que ella ceñía con la mano el miembro desnudo. Hu se estremeció y aplicó la boca a los senos. Abrió los labios para acariciar una tras otra sus puntas.
Qi-lin se lamió la palma de la mano para que la humedad facilitase sus operaciones. Una tormenta interior sacudió al coronel Hu, como sacudía la tormenta exterior los altos árboles y los edificios del campamento.
El coronel Hu deseaba tan desesperadamente tocar los muslos desnudos que le temblaron los dedos al tratar de deshacer la cinta del pantalón. Finalmente, Qi-lin tuvo que ayudarle.
Se quitó el pantalón sin poner los pies en el suelo. Quedó medio desnuda, ya que, aunque desabrochada, seguía llevando la blusa, y esto enardecía todavía más al coronel Hu. Su miembro sagrado temblaba tanto como sus manos.
Acarició los muslos de Qi-lin y los encontró calientes, no fríos como el alabastro. La carne era suave y blanda bajo los callosos dedos de él. Los dorsos de sus manos rozaron la espesa mata de vello, y Hu respiró hondo.
Qi-lin, imprimiendo a la palma de su mano un movimiento circular, acercó la punta del miembro sagrado a su puerta de jade. Lo dejó así, palpitando contra ella.
El coronel Hu gimió esperanzado. Sintió la indecible suavidad del roce de ella contra su carne sensible y la casi dolorosa contracción de su bolsa sagrada.
Sintió los delicados brazos posándose sobre sus hombros, acariciando su piel sin vello. Ella adelantó los húmedos labios, hundiéndolos en el cuello y haciéndole sentir una especie de pequeñas descargas eléctricas en todo su cuerpo. Todas las sensaciones se acumularon en las ingles. Sintió un peso agradable al fluir la sangre a su hinchado pene.
Al tocarle ella las orejas con los dedos, no pudo contenerse más. Con un gemido profundo y gutural, levantó las caderas y penetró en la temblorosa puerta.
En aquel instante, el agarrón de Qi-lin se hizo cruelmente doloroso. Sujetaba con ambas manos la cabeza de Hu y tenía el codo izquierdo apoyado contra su cara. Empleando la base de la mano derecha para ejercer presión y el codo izquierdo como punto de apoyo, Qi-lin le torció violentamente la cabeza hacia la izquierda.
Este movimiento hubiese debido bastar para romperle el cuello. Ella realizó correctamente la maniobra, tal como le habían enseñado en el Gong lou-iu. Fue el impulso amoroso del coronel Hu lo que cambió todos los vectores.
Ella oyó un fuerte chasquido, pero éste fue seguido de una explosiva serie de maldiciones que la dejaron sin aliento.
El coronel Hu sintió que le zumbaban los oídos. Su vi sión era confusa y un dolor intenso hizo presa en alguna parte de su sistema nervioso. Se hallaba en un estado próximo al shock y sus reacciones físicas eran al menos lentas debido a la acumulación de la sangre en el bajo vientre y los muslos.
Sin embargo, comprendió inmediatamente lo que había ocurrido y recordó las palabras de Jin Kanzhe: Es excepcionalmente letal.
Sus manos estaban sujetas por los flexibles muslos de ella y trató de liberarlas. Le atenazaba el dolor, manteniendo doblada su cabeza hacia un lado. El coro de los condenados sonaba estridente en su cerebro, como balidos de ovejas llevadas al matadero. Su mente estaba llena del cielo amarillo de Camboya, manchado por el napalm, desgarrado por las bombas y el fuego de artillería.
Ella le había lesionado gravemente. Hu había estado dos veces a punto de morir durante su tiempo de servicio en Camboya, pero se había salvado. Su joss era bueno. No iba a morir ahora. Contrayendo los músculos, liberó una mano y descargó un golpe en el pecho de Qi-lin. Ella gritó, pero el brazo de él era pesado e inerte como un saco de cemento. Su visión se había aclarado un tanto, pero todavía aparecían en ella manchas borrosas e inconstantes que le mareaban y le daban vértigo.
Extrañamente, locamente, estaba todavía dentro de ella, sin dejar de copular mientras luchaba. El dolor no había puesto fin a su erección, y él no podía comprenderlo. La golpeó en el estómago, pero sin poder tomar impulso, dado que estaban tan cerca el uno del otro.
Soltó la otra mano y la golpeó cruelmente en el pecho. Entonces sintió que ella le rodeaba la cabeza con los brazos y comprendió que iba a intentarlo de nuevo. Luchó con todo el vigor que le quedaba. Lo malo era que estaba sentado y esto contrarrestaba su fuerza superior. Además, ella le había lesionado varios nervios en su primer ataque.
El coronel Hu empleó el aplanado dedo pulgar, hundiéndolo en la carne blanda de encima de la clavícula. Había buscado la carótida, pero ella se había escabullido. Ahora le había agarrado la cabeza y estaba ejerciendo presión.
Él jadeó y tragó saliva, y se mordió la lengua y casi la partió. Se atragantó y tosió, gustando el sabor agridulce de su propia sangre.
Hundió más el pulgar y sintió que un hueso se rompía. Ella gritó y le golpeó un ojo con el codo. A pesar de su aturdimiento, el coronel Hu levantó la mano y encontró el punto débil que ella había dejado al descubierto al atacar. Tocó su cuello y, de pronto, sintió un júbilo enorme. ¡La carótida! Apretó con el pulgar y sintió que, de momento, se aflojaba la presión en su cabeza.
Entonces sintió un dolor cegador entre los muslos, un dolor que se transmitió hacia arriba, revolviéndole el estómago y atenazándole el corazón entre dos puños de hierro.
Apartó el dedo pulgar y Qi-lin, viendo su oportunidad, descargó el canto de la mano derecha contra el lado de su cabeza.
Un chasquido como un trueno, y el coronel Hu arqueó el cuerpo como alcanzado por un rayo. Qi-lin le soltó y se apartó de él. No dejó de mirarle mientras cogía sus pantalones y retrocedía en la habitación. Se los puso, se abrochó la blusa e hizo una mueca de dolor a causa del huesecillo que él había roto.
Fuera seguía lloviendo, una lluvia plateada y centelleante al reflejar las luces. Qi-lin sabía dónde guardaba él su pistola; la tomó y comprobó las municiones. Estaba cargada. La introdujo debajo de la pretina del pantalón y, agarrando su chaqueta militar, se la echó sobre los hombros. Después salió a la tormentosa noche.
El coronel Hu, de nuevo solo, cayó de su inestable posición en la silla. La caída le reanimó un poco. Tenía la cabeza doblada en un ángulo anormal. Oyó un sonido parecido al de un grifo abierto y se preguntó qué sería.
No podía ponerse en pie ni sentarse. Por consiguiente, anduvo a gatas. Tardó mucho tiempo en llegar a la puerta abierta. Solamente veía de un modo intermitente. En los intervalos, y como un paisaje que se revelase a la luz de los relámpagos, vio el campamento de los khmer rojos que había sido su hogar durante casi dos años. Oyó voces que gritaban, voces duras, guturales, como aullidos de lobos hambrientos. Oyó el estallido de las bombas, arrancando pedazos de carne sonrosada y de órganos viscosos que se pegaban como brea a la cara y a la ropa.
Vio también las espaldas encorvadas y las nucas descubiertas y obscenamente vulnerables de los desertores de Angkha, la misteriosa organización jerárquica de los khmers rojos que parecía eternamente envuelta en un ru mor sombrío. Los disparos de pistola, rítmicos y rápidos, al ser fríamente ejecutados los considerados como enemigos de Angkha. Una muerte piadosa, le había informado un teniente sonriente que parecía un mono. «En los viejos tiempos —le había dicho riendo—, cuando todavía luchábamos por el poder y no teníamos vuestra benévola ayuda, no podíamos desperdiciar las balas. Empleábamos garrotes para matarlos a palos. —Había escupido—. Creo que era la mejor manera. Aumentaba la fortaleza de nuestros propios soldados.”
Fuera, bajo la tormenta, el coronel Hu se estaba muriendo. Sólo percibía vagamente su entorno. Su conciencia se encendía y se apagaba en breves y dolorosos estallidos. En uno de sus fugaces momentos de lucidez, se dio cuenta de que el sonido del grifo abierto que le seguía brotaba de su propio interior. Sentía sus pulmones llenos y pesados. Le costaba mucho respirar.
Se acurrucó en el suelo. La lluvia repicó sobre su cuerpo y el barro se introdujo entre los dedos de sus pies. Fue su último recuerdo, el chapoteo del barro, la pasta molida de la humanidad alimentándose de sí misma, combinándose con la tierra.
Al cabo de un rato, se extinguieron del todo los alaridos de los condenados, se nubló su recuerdo, fue el fin de su odiosa fuerza.
Jake tardó casi tres horas en llegar al corazón de Tokio desde el aeropuerto de Narita. No era nada especial; solamente propio del Japón moderno. Las autopistas estaban atestadas de vehículos desde el principio hasta el fin y, cuando llegó por último al Okura, estaba tan agotado como si hubiese tomado otro avión para ir a una zona de horario diferente.
Mientras el mozo abría sus maletas, Jake arrojó sobre la mesa todos los periódicos que había comprado en Narita. No había ninguno cuya primera página no diese noticias de las guerras yakuza. La Policía no se daba punto de reposo, pero como solía ocurrir en un país donde el crimen no era en general una manera de ganarse la vida, sus éxitos eran mínimos.
La fuerza especial antiyafcwza había sido movilizada por orden directa del Primer Ministro Nakasone. Se habían practicado algunas detenciones, la última de ellas a primeras horas de aquella misma mañana, pero la redada sólo había alcanzado a elementos secundarios. Los oyabun permanecían en libertad y, al menos en Asahi Shimbun, figuraba un mordaz editorial contra la incompetencia de la Policía.
En ninguna parte se mencionaba a Mikio Komoto, aunque su clan era citado a menudo en el relato de la guerra. ¿Era esto bueno o malo? Jake no podía interpretar los presagios.
A solas en su habitación, pensó en Bliss. Le habría bastado una llamada por teléfono para oír su voz, pero no hizo el menor movimiento para levantar el aparato. Ahora no quería hablar con ella, no quería que ningún sentimiento blando se filtrase en su interior. La blandura o cualquier falta de concentración podían significar aquí su muerte.
Miraba al vacío. La voz de su padre resonaba en su cabeza. La presencia de su padre. Un olor a senectud peculiar en él cuando estaba cerca de Jake: cálido, rico, consolador. Recordaba a Jake la playa de Shek-O, donde habían estado sentados durante horas bajo el sol, con las olitas del Mar del Sur de China lamiendo sus tobillos. Hablando de muchas cosas..., y a veces de nada en absoluto. Simplemente estando juntos. Gozando de una intimidad que los decenios intermedios habían hecho nueva, única, más poderosa.
Pero todo esto correspondía al pasado. Tenemos muchos enemigos en muchos países. Tratarán de aplastar el yuhn-hyun.
¿Un enemigo en Japón, entre los yakuza? ¿Qué relación podía haber con el yuhn-hyun?