I. DESTRUCCIÓN..
SAMVARTA
INVIERNO — PRIMAVERA ACTUALES
Hong Kong / Beijing1 / Washington / Moscú
Jake y Bliss bajaron al «Hole»2 . En la noche, los ruidos de Hong Kong llegaban hasta ellos como a través de una niebla. Estaban tan cerca del puerto que podían oír el chapoteo del agua contra los pilotes. También oían de vez en cuando los estridentes chillidos de las ratas a través de las paredes de tierra compacta y madera medio podrida.
Pero el ruido de los jugadores predominaba sobre todos los demás. El juego era la esencia del «Hole», un laberinto de cámaras subterráneas enlazadas por bajos túneles. El único juego legalmente permitido en Hong Kong eran las carreras de caballos de Happy Valley. Pero los chinos eran jugadores insaciables.
Habla mucha oscuridad en el «Hole». Esto no le gustaba a Jake, pero se había insistido en que fuese éste el lugar de la cita.
—¿Conoces bien a ese hombre? —preguntó Bliss.
Jake la miró fijamente.
—Es uno de la media docena que he tenido a mis órdenes durante los últimos seis meses. Confío en él —añadió, porque había advertido el tono de ella.
Bliss se estremeció un poco.
—No me gusta este lugar —dijo, haciéndose eco de lo que pensaba Jake.
—Debe de tener una razón para reunirse aquí con nosotros —repuso Jake.
Bliss miró a su alrededor.
—Es fácil quedar atrapado aquí abajo, —Tan fácil como perderse —dijo Jake—. No te preocupes.
Ella le dirigió una débil sonrisa.
—Son los nervios. —Él pudo ver la larga curva de su hermoso cuello—. No me gusta estar bajo tierra.
—Podías haberte quedado en casa. Ya te lo dije.
—No, después de lo que insinuó tu contacto. —Cambió de posición y el hoyuelo de su cuello se llenó de sombras—. Jake, ¿crees realmente que está tan cerca del espía que se ha infiltrado en nuestro círculo interior?
Jake estaba observando el pasillo de techo bajo. Se había producido un poco de movimiento en él.
—Ya te lo he dicho. —Chasquidos de fichas de marfil de mah-jong—. Le sometí a investigación. —Humo de cigarrillos, azul a la luz de la bombilla desnuda, espeso como la niebla—. Lo mismo que a todos mis agentes. —Algarabía en cantones, cada vez más fuerte al acalorarse los jugadores—. Confío en él. —Sombra y luz, moviéndose—. De no ser así, no estaríamos ahora aquí.
Bliss volvió la cabeza. Jake pudo sentir la tensión de su cuerpo.
—¿Es él?
Jake miró al delgado chino de lisos cabellos negros. Era joven para estar aquí abajo. El «Hole» era generalmente frecuentado por hombres más viejos, que recordaban los tiempos en que los contrabandistas usaban aquellos túneles.
—No —contestó Jake, observando al chino delgado que se había quedado plantado mirando la partida de mah-jong.
Cuando empezó a bromear con los jugadores, Jake volvió su atención a otra parte.
—Tu contacto se retrasa —dijo Bliss.
—Vendrá.
—Has tenido pistas otras veces —comentó Bliss.
—Que no han llevado a ninguna parte —dijo Jake. Estaba mirando más allá de los jugadores—. Mis agentes las siguieron, pero fue como si les cerrasen de pronto una puerta en las narices.
—Es hora de cambiar de táctica.
Jake reflexionó sobre esto. Sabía lo inteligente que era Bliss; esto era parte de su atractivo. Tal vez tenía razón. Tal vez debería...
Inició un movimiento hacia delante.
—Aquí está.
Ahora le daba la luz, y el robusto y bigotudo chino le vio. Éste hizo un movimiento para indicar a Jake que se quedase donde estaba. La agitación se agudizó en la mesa de mah-jong al depositarse las últimas fichas.
El contacto pasó junto a los gesticulantes jugadores. Sus movimientos eran rápidos. Entonces pareció tropezar y, lanzando un grito, cayó hacia delante, en medio de los jugadores. La vieja mesa de madera se hundió bajo su peso, las fichas rodaron por el suelo y los viejos gritaron, levantándose de sus sillas.
Entonces, Jake vio al joven chino de lisos y negros cabellos; se alejaba corriendo por el túnel por el que acababa de entrar el contacto.
Jake saltó hacia los confusos jugadores y su desbaratado juego. Bliss pasó corriendo al inclinarse él sobre el robusto chino, su contacto, y darle la vuelta. Estaba ensangrentado. Jake vio el cuchillo y pensó: Le ha dado en el corazón; es un profesional, y de los buenos.
No había nada en los ojos del hombrón: ni reconocimiento, ni inteligencia; su brillo se había extinguido en un segundo. Había pasado de la vida a la muerte sin previo aviso.
Prescindiendo de los gritos de los jugadores, Jake echó a correr detrás de Bliss y del asesino. No hubiese debido perderle de vista, pensó. Tenía que haberlo sospechado. ¿Por qué no me avisó ba-mahk?
Y había puesto a Bliss en gran peligro.
Bliss dobló una esquina y, viendo al chino de negros y alisados cabellos, corrió tras él. El olor empalagoso del opio era muy fuerte y casi impedía recibir otros olores más acres. El sudor provocado por el juego febril hacía que el ambiente fuese denso como la niebla en el Metro.
Pasó entre un grupo de viejos flacos que jugaban al fantan. Éstos se volvieron, lanzándole maldiciones. ¿Qué estaba haciendo una mujer en el «Hole»? Vuelve a la cocina, que es donde debes estar, le gritaron. No interrumpas los asuntos importantes de los hombres.
Prescindió de ellos, como había prescindido de insultos parecidos durante toda su vida. Había visto que el hombre de negros cabellos giraba hacia la izquierda, y empujando a varios jugadores embebidos en la embriaguez del opio, corrió a toda velocidad entre las sombras.
Él la estaba esperando; un brazo doblado y duro como el acero la golpeó, y Bliss jadeó al sentir el dolor en la clavícula y el cuello. Se le doblaron las piernas y cayó sobre el suelo de tierra del pasillo.
Medio aturdida, sintió que era arrastrada a una pequeña y maloliente habitación. Los suaves rumores de los fumadores de opio llegaban hasta ella desde todos los lados. Apenas si podía distinguir sus cuerpos tumbados en la oscuridad. Aquí y allá, brillaban hogueras diminutas; las lágrimas de adormidera ardían en las pequeñas cazoletas de las pipas de larga boquilla.
Sintió la presencia de aquel hombre como un calor encima de ella. Sabía que la mataría con la misma presteza con que había matado al contacto.
Y supo lo que tenía que hacer. Recordó los gritos de los viejos jugadores: ¿Qué está haciendo una mujer en el «Hole»? Este hombre no era diferente de los demás. Emplearía esta circunstancia contra él.
Podía oír su jadeo; contrastaba con las lentas y profundas exhalaciones de los adictos entre los que yacía.
Levantó una mano y la dobló detrás del cuello de él, atrayéndole sobre su cara. Pudo ver destellos de luz amarilla reflejándose en sus ojos. Sintió que él se excitaba. Había oído decir que la acción de matar producía a veces este efecto.
Necesitaba tiempo: para recobrarse, para decidir una estrategia. Separó las piernas e irguió los senos. Mientras tanto, la mano que había colocado sobre la nuca del hombre se movió lentamente. Él le estrujó los pechos. Ahora, el dedo pulgar de Bliss estaba sobre un lado del cuello. No debía apretar, para no ponerle sobre aviso.
Sabía que sólo tenía una oportunidad. Si fallaba, él la mataría. No le cabía la menor duda.
Se concentró en lo que tenía que hacer. La carótida.
Conocía bien el meridiano nervioso. Sin embargo, vacilaba. Todo dependería de una fracción de segundo. Y la muerte la estaba esperando.
Sintió el cuerpo de él sobre su carne blanda y no pudo aguantar más. Hizo acopio de fuerza; concentró su qi en aquel punto exacto de la anatomía de él. El meridiano de la carótida.
Abrió la boca y gritó como Jake le había enseñado a hacerlo; simultáneamente, apretó sobre la coyuntura del meridiano.
Esto produjo un efecto asombroso en el asesino. Saltó como un pez fuera del agua. Abrió mucho los ojos; Bliss pudo ver el blanco alrededor de las pupilas. Empezaron a desorbitarse a medida que palidecían las mejillas.
Al darse cuenta de lo que ella estaba haciendo, el hombre respondió instintivamente. Sus puños eran como mazas de hierro. Golpeó a Bliss, y los ojos de ésta se llenaron de lágrimas.
Aturdido y haciendo muecas, el hombre golpeó de nuevo. Y se echó a reír. Por lo visto, le gustaba aquello. Tal vez estaba tan excitado como antes.
Bliss abandonó el meridiano de la carótida y golpeó el borde inferior de la caja torácica con el canto de la mano. Oyó el siniestro chasquido de dos costillas al romperse.
Jake, que había oído el grito de Bliss, dobló una esquina hacia la izquierda y corrió por el oscuro pasillo casi desierto. Su visión periférica le hizo percibir el movimiento de la lucha, y entró de un salto en el cubil del opio.
Agarró al hombre de los negros y lisos cabellos y tiró de él hacia atrás. Bliss, tan concentrada en su empeño que no había advertido la entrada de Jake, vio su ocasión y hundió la mano en el abdomen de su atacante. Como Jake le había enseñado, empleó los dedos rígidos para perforar piel, músculos y órganos, todo en un impulso tan poderoso que es imposible detenerlo.
—¡No! —gritó Jake, al ver que ella iniciaba el golpe mortal.
Pero era demasiado tarde. Había estado luchando por su vida, y su instinto de supervivencia la había inmunizado contra los estímulos exteriores.
El asesino escupió sangre y bilis al morir. Jake se agachó, levantó a Bliss del suelo y apoyó un lado de su cara en la de ella. La besó en los labios.
—Bliss. ¿Estás bien?
—Jake.
Apoyó la cabeza en el pecho de él.
—Valiente —dijo suavemente Jake, y la sacó de allí.
Bliss estaba sentada en el apartamento, con un vaso de whisky escocés en la mano. Miraba a Jake Maroc, que estaba repantigado a su lado, con las largas piernas cruzadas a la altura de los tobillos.
—Lo estropeé todo —dijo ella, a media voz.
—E1 iba a matarte —dijo Jake—. Hiciste lo que debías. No tenías alternativa. Pocas personas habrían sido capaces de sobrevivir, y menos de triunfar, en semejante situación. Piensa solamente en esto.
—Pero si sólo le hubiese aturdido, habríamos podido interrogarle. —Tenía el vaso de whisky delante de los labios abiertos—. Tal vez habríamos podido averiguar quién es el espía.
—Aquel hombre era un profesional, Bliss. Lo más probable es que no le hubiésemos sacado nada. Me alegro de que los dos estemos bien.
La media luna de Repulse Bay no estaba lejos, pero ellos estaban a demasiada altura para oír los graznidos de las gaviotas. Un gran milano negro se había posado en la rama de un árbol delante de su ventana, y el sol de la mañana temprana hacía que sus plumas pareciesen irisadas.
—Otro callejón sin salida —dijo ella, y engulló la mitad de su whisky.
Había tomado un largo baño caliente y, después, ella y Jake habían hecho el amor. Era lo que más había deseado.
—Mi padre —dijo Jake, observando el milano— debe de llevar horas levantado.
Bliss le miró con sus ojos almendrados. Después de un largo rato, rebulló y se decidió a decir:
—Tú no lo comprendes, Jake. Yo formo parte del yuhn-hyun, el círculo interior. Soy parte de vosotros. Si no puedo ayudaros...
Jake volvió la cabeza y sonrió. Alargó un brazo y tomó una mano de ella en la suya.
—¿Qué haría yo sin ti, Bliss? Fue joss lo que mató a mi contacto, y también joss lo que mató a su asesino. Si yo no hubiese querido que estuvieses conmigo, te habría obligado a quedarte en casa. —Frunció el entrecejo—. Te necesito conmigo. No sé lo que haría sin ti, en medio de la noche.
Se refería a la larga ordalía que había tenido que sufrir recientemente. Durante los nueve meses transcurridos desde que había regresado a Hong Kong de Washington, donde había matado a Henry Wunderman, sólo había podido dormir un par de horas cada noche. Antes de las doce, se dormía como si estuviese drogado, y Bliss interrumpía su lectura, apagaba la luz y se deslizaba junto a él.
Entre la una y las dos, le despertaba un grito bestial de terror. Él nunca podía recordar la pesadilla que le había atenazado, pero Bliss estaba segura de que era provocada por un sentimiento de culpabilidad por haber matado al que le había hecho de padre.
Bliss alargó ahora una mano, y sus largos dedos morenos ciñeron la delgada cintura de Jake. Resiguieron la red de músculos largos y planos. Y ella, por el rabillo del ojo, observó las arrugas de preocupación que se formaban en la cara del hombre.
—El hospital —dijo.
Jake sonrió distraídamente.
—Lo recuerdo. Me impresionó mucho verte después de tanto tiempo.
—Habíamos sido novios de pequeños, en las calles de Hong Kong.
—¿Era eso lo que éramos? —dijo él, acercándose más a ella.
—Yo siempre lo había creído.
—Porque eras una niñaz precoz. —Le acarició la mejilla con una mano—. Para mí, eras como mi mejor amigo.
Bliss se echó a reír.
—¿Comprendes lo que quiero decir? ¿Qué otro muchacho habría pensado en una chica como su mejor amigo?
—Creo que tienes razón —dijo Jake—. Debí de estar enamorado. —Vio que ella cerraba los ojos. ¿Por su caricia o por sus palabras? Pensó que esto importaba poco—. ¡O chiflado! —añadió.
Ella abrió mucho los ojos, y ahora fue él quien se echó a reír.
—Me alegro de que no estés enfadado conmigo —dijo Bliss.
—¿Por qué habría de estarlo? —dijo él, saliendo de la cama.
—Porque cuando volví a tu vida hace un año, lo hice como agente de tu padre... Porque no podía hablarte de ciertas cosas, entre ellas el círculo interior, antes de un tiempo determinado.
Jake tenía los párpados entornados sobre los extraordinarios ojos cobrizos, ahora de pupilas oscuras como el plomo.
—Mi padre te eligió para hacer que me reintegrase a mi familia. Gracias a ti encontré a mi medio hermano, Nichiren, y a mi verdadero padre, Shi Zilin. Gracias a ti, formo parte del yuhn-hyun, el círculo íntimo de las personas que un día dominarán toda Asia.
—Eres mucho más que esto, querido —dijo Bliss—. Eres Zhuan. Tu padre te está preparando para ser el nuevo líder. ¿No lo ves? Te estás convirtiendo en el hombre más poderoso e influyente de todo el Hemisferio Oriental.
Jake desvió la mirada y Bliss pensó: ¿Qué le pasa? Él se dirigió descalzo al cuarto de baño. No se preocupó de cerrar la puerta. Bliss oyó que orinaba y, después, soltaba el agua. Encogió las rodillas debajo del mentón y observó la sombra de él, que tapaba la luz del cuarto de baño. Se proyectaba en ángulos agudos sobre las baldosas.
Cuando hubo salido de la ducha, Jake miró la bella cara de Bliss y pareció penetrar hasta lo más íntimo de su ser.
—Nadie más en el mundo podría haber hecho lo que has hecho tú —le dijo—. Luchaste a mi lado contra espías y asesinos. Como esta noche. Nunca has tenido miedo, por grande que haya sido el peligro.
—Mi padre me educó bien —dijo Bliss.
Pero su mente estaba muy lejos. Estaba pensando en lo mucho que había cambiado Jake desde que Zilin había llegado a Hong Kong. Se había vuelto más autoritario y más reservado. Se preguntó si aquello había sido la causa de esto. Y deseó fervientemente que no fuese verdad.
Jake estaba muy cerca de ella. Sentía su fuerza. Era como si la bañase el sol del mediodía.
—La lucha sólo está empezando —dijo él, con voz pausada—. Es mucho más encarnizada que lo que cualquiera de nosotros habría podido imaginar. Antes de que termine, Bliss, tendremos que emplear todas nuestras fuerzas.
Sus palabras cayeron como martillazos, Bliss sintió que su corazón latía más de prisa.
—¿Qué sucede, Jake? ¿Por qué no me lo dices?
Él sonrió de pronto y la besó con fuerza en los labios.
—Nada —dijo, y la besó de nueyo—. Hablando de tu padre, necesito ver a Tres Votos Tsun esta tarde.
—¿Quieres ver a otros tai pan del círculo interior, o solamente a mi padre?
¿Qué era lo que oscurecía los pensamientos de Jake?, se preguntó. Podía sentirlo. ¿Eran los espectros de los muertos a quienes había recientemente enterrado? Por un instante, tuvo una premonición: un extraordinario rayo de luz penetró en su conciencia. Había algo más. Algo que tal vez ni él mismo sospechaba. Sintió un escalofrío de miedo. Si Jake estaba desfasado con su medio ambiente o consigo mismo, las consecuencias podían ser desastrosas. Necesitaba toda su concentración para formular su propia estrategia dentro del círculo interior, y para tratar de discernir las estrategias de sus enemigos. Si su qi no estaba en armonía, su habilidad para tomar decisiones podía estar en grave peligro.
—No. Sólo quiero ver a Tres Votos Tsun —dijo Jake—. ¿Quieres concertar una entrevista para las tres?
Bliss asintió con la cabeza.
—Desde luego.
Consideraba a Tres Votos Tsun como su padre, porque él la había criado. Bliss no había conocido a su padre verdadero, y sólo recordaba vagamente a su madre, como una fotografía muy desenfocada.
—Y no te olvides de la reunión urgente que ha convocado Andrew Sawyer para el mediodía —dijo Bliss—. Era lo más pronto que podía hacerse, si había que reunir a todos los tai pan. —Jake asintió con la cabeza—. ¿Sabes a qué viene todo esto? —preguntó ansiosamente ella—. Andrew parecía muy inquieto cuando llamó.
—Andrew siempre está inquieto por algo —dijo Jake.
Bliss abrió la boca para decirle que quería ayudarle más, pero él se había vuelto ya de espaldas, y ella tuvo la impresión de que se había ido, como si hubiese salido por la puerta. Sin duda estaba ya pensando en la reunión de esa mañana con su padre, el gran Jian, Shi Zilin.
Antes de Henry Wunderman, que le había hecho de padre, Jake había tenido unos padres adoptivos. Solomón y Ruth Maroc, refugiados judíos en Shanghai, les habían acogido a él y a su madre. Ella estaba enferma, moribun da. Los Maroc cuidaron de Athena y de su asustado hijo.
En aquel tiempo, el verdadero padre de Jake, Shi Zi-lin, se había ido ya con Mao, renunciando a su familia y a todo lo que le era querido, con el fin de dirigir los destinos de la nueva China.
Zilin trabajó con Mao en el anonimato, consolidando su fuerza, atrincherándose durante los sangrientos años de revolución y de lucha por el poder. Pasó por la caída de Mao, la Banda de los Cuatro y la brusca terminación de la Revolución Cultural, Hasta que dejó atrás la lucha, la guerra intestina que condujo inevitablemente a las purgas. Las filosofías cambiaban alrededor de la sede del poder en China. Pero, como se mantenía siempre al margen, Zilin no sufrió las consecuencias.
Y no es que no hubiese hombres que tratasen de destruirle. El último de la larga lista había sido Wu Aiping, que se había erigido en jefe del grupo conocido como el quo, ministros reaccionarios que se oponían a las previsoras opiniones de Zilin sobre el progreso económico e industrial.
Pero el padre de Jake había burlado a Wu Aiping, de la misma manera que a todos sus otros enemigos. Ahora, el pensamiento de los que gobernaban en China había seguido la tendencia de él, y, aunque viejo y enfermo, Zilin había viajado al Sur para reunirse con sus hijos, Jake y Nichireri, éste hijo de su amante.
Uno de ellos había sobrevivido y el otro había muerto en una encarnizada lucha en la galería de la villa emplazada sobre el acantilado que dominaba Repulse Bay. Nichiren, al descubrir que su padre había sido también su control, había atacado a Zilin, Jake sólo había querido defender al viejo. A su padre. Pero había matado a su hermano. Podríamos decir mejor su medio hermano, pero, a fin de cuentas, ¿cuál era la diferencia? La misma sangre, la sangre de Zilin, circulaba por sus venas. Ninguno de los dos lo había sabido antes del final. Habían pasado buena parte de su vida adulta persiguiéndose el uno al otro, dañándose, como encarnizados enemigos. Nichiren había sido responsable de la muerte de la hija de Jake en el río Sumchun, tres años y medio antes. Como miembro de la organización americana llamada la Cantera, Jake había hecho todo lo posible por seguir la pista de Nichiren. Al descubrir sus mentiras, había averiguado que Nichiren no era un asesino por cuenta propia, sino que es taba bajo el control de los rusos, de la general Daniella Vorkuta. Hasta hacía poco, Vorkuta había sido jefe de la temible sección extraterritorial de la KGB, la KVR. Y entonces, Jake había descubierto que, fuera de Beijing, Nichiren era en realidad controlado por Zilin.
Todo era parte del plan maestro de Zilin, lo que el viejo llamaba su ren, su cosecha. Shi había creado un círculo interior, un yuhn-hyun de gente poderosa. Dentro del círculo interior estaban los más importantes tai pan, jefes de las más poderosas empresas comerciales de Hong Kong, y también los dragones, jefes supremos de las tres Tríadas (sociedades secretas) más numerosas.
¿Y quién los dirigía a todos? Jake Maroc o Jake Shi, llamarle como queráis. El tai pan de todos los tai pan, el más destacado, Jake era Zhuan.
Desde que se había reunido con Zilin, la obsesión de Jake había sido el viejo, su padre. Pasaba los días junto a Zilin, sumidos los dos en profundas conversaciones. Su celo ponía a prueba la fenomenal resistencia del viejo.
Se sentaban en el borde de la playa, arremangados los pantalones y con los pies descalzos en la rompiente. Ni siquiera el hambre interrumpía su diálogo; comían mientras hablaban, sin paladear la comida que habían traído. Hacían caso omiso de los miembros de las Tríadas designados para protegerles y que paseaban por la playa, mirando con cariño a los niños que se tambaleaban sobre sus todavía inseguras piernas, y observando cuidadosamente las caras de quienes pasaban cerca de padre e hijo. Tanto Jake como Zilin parecían no hacer caso del peligro.
Hoy persistía la niebla en el aire, como si la noche no hubiese querido retirarse del todo.
—Es hora de que empieces tu trabajo como Zhuan.
Zilin estaba sentado a la manera de un niño, con las piernas estiradas. No llevaba el aparato ortopédico en la pierna derecha, pero su mano nudosa frotaba los músculos atrofiados del muslo.
—Hablar es constructivo hasta cierto punto —dijo Zilin—. Después, sólo importa la acción.
Aunque la temperatura superaba los 15° C, llevaba una chaqueta de invierno sobre los huesudos hombros. Sus holgados pantalones de algodón estaban arremangados hasta debajo de las rodillas. Sin embargo, la tela mostraba manchas oscuras, por las salpicaduras del agua del Mar del Sur de China.
—El Zhuan es el tai pan de todos los tai pan de Hong Kong. Es el primer dragón del círculo interior. El Zuhan controlará en definitiva todos los negocios de Asia. Será el canal a través del cual Beijing hará sus tratos, a través del cual los hombres de negocios chinos indonesianizados obtendrán sus beneficios. A través de él, desarrollarán los británicos su comercio. Y también los americanos, los japoneses, los tailandeses y los malayos.
Zilin miró hacia el lugar donde la luz del sol trazaba una franja de cobre fundido sobre las olas.
—Ésta es la última fase de mi ren, de mi cosecha. Durante cincuenta años, éste ha sido mi sueño: una China unida. Ya te he contado cómo tropecé con los comienzos del comunismo en China. Mi primera esposa, Mai, era ayudante de Sun Zhongshan. —Hablaba del doctor Sun Yat-sen, fundador del Kuomintang—. Nos conocimos en Shanghai, en la fundación del Partido Comunista Chino.
»Ya te he hablado de mi infancia en Suzhou, del mucho tiempo que pasé en el jardín de mi mentor el Jian. Allí aprendí la suprema importancia del artificio en la vida. El jardín del Jian parecía tan absolutamente natural que, durante algún tiempo, creí que cada árbol y arbusto, mata y piedra que había en él estaba desde hacía siglos, tal vez, incluso, desde el principio de los tiempos.
«Imagínate pues mi consternación cuando el Jian me reveló su secreto..., el secreto del jardín. El altozano lo había construido él mismo para crear cierto efecto calmante. Las piedras las había traído de la orilla de un arroyo; los árboles y los arbustos los había plantado con cariño hacía tres semanas. Sin embargo, todo era armonioso, natural. Seguramente, había pensado yo, la mano de Buda, no la mente de un hombre, había dado forma a aquel lugar.
«Pero era verdad. Vi que era verdad; yo me había convertido en parte del plan del Jian para su jardín.
»A1 hacerme mayor, nada de todo aquello se apartó realmente de mi mente. Y cuando mi familia se trasladó a Shanghai y yo ingresé en el colegio, comprendí que debía emplear de algún modo la estrategia del Jian en el juego de la vida. Yo era ya gran maestro de wei qi, y también en el tablero era capaz de valerme de artificios para ganar las partidas.
»En aquellos días Jake, mis amigos sólo hablaban de librar a nuestras costas de los diablos extranjeros que las habían invadido. Los diablos extranjeros sacaban sistemáticamente los recursos naturales de China en su propio beneficio y a expensas nuestras.»Pero China estaba dividida, en guerra consigo misma. ¿Cómo podía luchar al mismo tiempo contra el diablo extranjero? Éste era el tema de muchos debates. Yo escuchaba, pero raras veces hacía comentarios, pues veía lo astuto que era el diablo extranjero. Y pensaba que, si pudiésemos emplear el artificio, dar a los diablos extranjeros lo que creían que necesitaban, podríamos empezar a utilizarlos como ellos nos habían utilizado a nosotros. Podríamos empezar a poner su talento al servicio de China.
»Pero primero, China tenía que unirse, y no veía claramente la manera de domeñar un país tan vasto y tan atormentado por la pobreza y la inquietud.
«Entonces asistí a aquella decisiva reunión en Shanghai. Me enfrenté con el concepto del comunismo. Y supe instintivamente que había encontrado el medio de traer la paz a China.
»Ésta, Jake, fue la primera fase de mi ren, de mi cosecha de cincuenta años. Pero requería que me marchase de Shanghai, que me alejase de Athena, mi segunda esposa y madre tuya..., y me alejase de ti. No tenía otra alternativa. China era lo primero, China ha sido siempre lo primero.
»Ahora estamos en las fases finales. Tú serás el conducto a través del cual fluirá el poder de toda Asia. China volverá al fin a ser una. No destruyendo Hong Kong, como todavía desean fervientemente algunos en Beijing, sino utilizando todas las ventajas que el diablo extranjero ha dado a esta Colonia: libre comercio, mercados abiertos, un canal sin trabas e ilimitado hacia Occidente. Sin perder prestigio, podremos pedir al diablo extranjero la ayuda industrial y electrónica que tanto necesitamos.
«Dentro de los brazos cada vez más largos del círculo interior, toda China crecerá y prosperará.
»Es tu joss recoger los frutos de mi ren, mi cosecha. Con los años, el comunismo se extinguirá. Fue un poderoso instrumento para nosotros en el pasado. Sacó al coloso que es China de su modorra y lo impulsó hasta cierto punto. Pero ahora nos está estancando. Nos hemos esta do ahogando en doctrina, mientras el mundo que nos rodea ha pasado a otra era. Si no podemos entrar en este grande y nuevo reino, China estará condenada al retraso y en verdadero peligro de quedar sometida a Moscú. Hace muchas décadas que los soviets tratan de controlar la dirección de nuestro futuro.
Zilin se movió incómodamente y, por un brevísimo instante, el dolor nubló su cara.
—Sabía desde el principio, Jake, que no podría pasar de la condición de Jian. He realizado bastantes cosas en mi vida, y ahora he encontrado a mi hijo. Yo soy el creador. A ti corresponde ser el Zhuan, el conducto internacional por el que habrán de fluir todos los negocios de Asia o que tengan relación con ésta. Confieso que yo no podría controlar todas las fuerzas que entrarán ahora en juego, no solamente de China y Hong Kong, sino también de Bangkok, Singapur, Manila, Kuala Lumpur, Nueva Delhi, Tokio y Osaka. Algunos de estos contactos han sido realizados y te los he transmitido. Otros deberás establecerlos tú mismo. Esto corresponde al Zhuan, así como continuar la lucha para someter a nuestros enemigos.
Un junco con una vela de color calabaza dobló la punta, virando hacia el mar abierto, inclinado el casco al recibir el viento invernal.
Zilin extendió una mano y Jake sacó una pieza ovalada de jade tallado, representando dos criaturas enzarzadas en mortal combate. En cierta época, había sido partida en cuatro pedazos que estaban ahora unidos con sólidos cierres de oro.
—Ahora no basta con soñar y tejer redes de poder. —Hizo girar la pieza de jade sobre la palma de la mano—. Los planes podrían fracasar en definitiva, si se rompiese el yuhn-hyun, el círculo interior. El lazo entre los que forman el anillo puede ser más frágil de lo que te imaginas. Sí, los dragones de las Tríadas y los tai pan por mí elegidos están ligados por este fu, el sello imperial de jade tallado, de color de espliego, que tú y Nichiren y Bliss y Andrew Sawyer habéis juntado.
Levantó el óvalo contra la luz del sol. Su traslucidez tenía un brillo que parecía dar vida a los dos animales tallados.
—Pero considera lo que representa el fu: el combate legendario entre el dragón y el tigre por la supremacía del mundo. Tal vez esto es también lo que nosotros pensamos realmente cuando nos imaginamos la enorme tarea que espera al yuhn-hyun. Primero, proteger a la nueva China de sus enemigos, los soviets, los británicos, los americanos y aquellos de Beijing que están resueltos a que no muera el comunismo. Segundo, unir Hong Kong al Continente, y añadir gradualmente a Japón, Malasia, Indonesia, Tailandia, las Filipinas:. Llevar rápidamente una China fuerte y homogénea al siglo xxi.
»No debemos permitir divisiones entre nosotros. Pues ahora las fuerzas están acopladas: mis hermanos, Tres Votos Tsun y T. Y. Chung; Andrew Sawyer, que ha permanecido fiel a mí y a mi familia después del inmenso favor que le hice hace muchos años; los dragones de las tres Triadas más importantes.
»Pero, particularmente estos dragones, estarán alerta, buscando siempre adquirir ventaja sobre sus rivales dentro del círculo interior. Tampoco se puede contar con ellos para sumas importantes de capital. Su apoyo se manifiesta de otras maneras. No podemos negar estos hechos, ni malgastar energía para cambiarlos. No pueden cambiarse, Joss.
»Debemos tener siempre en cuenta que nuestros enemigos, enemigos poderosos en muchos países, tratarán de destruir el yuhn-hyun. Si lo lograsen, Hong Kong se convertiría en un campo de batalla mercantil. Cada país, cada facción, trataría de explotar en su provecho la riqueza que pasa por Hong Kong. Dejaría de haber beneficios. Sería la guerra. Y China volvería a hundirse en la apatía medieval de la que está ahora empezando a salir. Divididos, seríamos vulnerables y podríamos ser destruidos. Tienes que evitar esto a toda cosa. Tú eres Zhuan. Sin tu fuerza y tu pericia, China no se convertirá nunca en una potencia mundial moderna. Sin ti y el círculo interior, no tendremos esperanza como pueblo.
Zilin volvió la cabeza al disco del sol. En la sombra, sus ojos negros brillaron con energía etérea. Cualquier hombre más débil habría sucumbido ya al lacerante dolor de su enfermedad degenerativa. Pero, aunque su cuerpo le había traicionado, su mente era tan disciplinada que podía aislarse efectivamente de la red de nervios que le producía aquel dolor constante.
—Conocemos a nuestros enemigos, padre —dijo Jake—. En Rusia, la general Daniella Vorkuta trata de controlar el círculo interior y todo Hong Kong. Pero su agente de aquí, Sir John Bluestone, tai pan de «Five Star Pacific», nos es bien conocido, aunque él no sospecha que ha sido descubierto su disfraz.
Pero había sonado ya la alarma. Los espías que trabajaban para Jake en Hong Kong habían informado de un extraño acontecimiento: una fiesta de fin de semana a bordo del yate de 40 metros de Sir John Bluestone, el Trirreme. En la lista de invitados figuraban al menos cuatro poderosos tai pan. Jake no había podido averiguar los nombres de todos los que estuvieron allí, pero el saber que cuatro poderosos tai pan habían estado con Bluestone durante un significativo lapso de tiempo era suficiente para inquietarle.
Tal vez aquel fin de semana no había sido más que una diversión de un par de días en el Mar del Sur de China. A fin de cuentas, las fiestas de Bluestone eran legendarias en la Colonia de la Corona. Pero existía aquel toque de alerta, aquel interrogante que Jake no podía borrar de su memoria por mucho que lo intentase. ¡Cuánto le habría gustado tener un espía entre la tripulación del Trirreme! Tomó nota mental de pensar en esto cuando volviese a su oficina.
—Te olvidas del agente, todavía desconocido para nosotros, que informó a Quimera de que poseían un pedazo del fu —dijo Zilin—. Tienes que encontrar este espía y destruirlo. Hemos sufrido mucho a causa de su traición: la muerte de Mariana; la muerte de tu hermano Nichiren. Hay que hacérselo pagar.
—El espía está muy escondido, padre. —Jake no podía quitarse de la cabeza la fiesta en el Trirreme—. Temo que tendremos que desenterrar muchas raíces antes de que descubramos su identidad.
—Andamos escasos de tiempo, Jake.
—¿Quieres que haga trizas todo el círculo interior?
El Jian sacudió la cabeza.
—No, en absoluto. El círculo interior es lo más importante. Si fuese destruido, toda mi vida, todos mis sacrificios, todos mis dolores, habrían sido en vano. Sólo el yuhn-hyun puede mantener la nueva China unida contra sus enemigos de fuera y, lo que es igualmente importante, contra los de dentro. Pero este espía ha demostrado, una y otra vez, su capacidad de herirnos profundamente.
Alargó una mano, con ademán extraño en él, para asir el brazo de su hijo.
—Tú eres el Zhuan. Haz lo que creas más adecuado. Sé que, ocurra lo que ocurra, no me defraudarás. Debes mantener unido el yuhn-hyun a toda costa. Debo recalcar estas palabras: a toda costa. Si no puedes ser tan implacable con nuestros aliados como con tus enemigos, no triunfarás como Zhuan. Y mi ren, mi cosecha de cincuenta años, no habrá servido para nada.
«Considera la historia reciente de China. Nuestras mezquinas rivalidades permitieron la invasión por el diablo extranjero. Nuestra ignorancia de la cultura mundial permitió que el diablo extranjero nos explotase a todos. Pero gracias a que China se había convertido en una enorme nación de coolies abrumados por la pobreza, comprendí que un concepto como el del comunismo podía galvanizar incluso a una nación tan grande como la nuestra.
«Pero el comunismo era solamente un medio para alcanzar un fin. Los ministros de Beijing que siguen aferrados a sus rígidos preceptos lo hacen solamente por el poder que ello les da. El comunismo ya no es útil para China. Antes al contrario, impide nuestro progreso. Mi objetivo ha sido siempre emplear Hong Kong como una espada con la que desprendernos poco a poco de nuestras anticuadas doctrinas sin perder nuestro prestigio. Para mí, era un método evidente. Beijing no podía desdecirse de repente de lo que había predicado durante tantos decenios.
»Mi ren ha sido una lucha constante para salvar a China de sí misma.
El viejo sacudió la cabeza.
—Hong Kong es la llave de nuestra seguridad y prosperidad futura, de la seguridad y prosperidad de toda Asia. Desgraciadamente, nuestros enemigos lo saben muy bien.
Agachó la cabeza, y Jake dijo:
—¿Qué tienes, padre?
De pronto, el Jian parecía viejo, frágil, desesperadamente cansado. Como un cielo de la tarde al que se priva bruscamente de la luz del sol, el semblante de Zilin aparecía triste, desapacible.
Jake sintió que su estómago se contraía en un espasmo de angustia.
—Padre, ¿sientes dolores?
El viejo sacudió la cabeza. Se mantuvo cuidadosamente tieso, como temeroso de descomponerse.
—El dolor que siento no tiene nada que ver con mi dolencia.
Cerró los ojos. Durante largo rato, no se cruzó una palabra entre los dos. Las gaviotas graznaban sobre ellos, trazando círculos bajo la desvaída luz del sol. La niebla se extendía sobre el agua como el aliento de un dragón. Jake sintió la inminencia del terror acechando entre la niebla.
—Jake, ni siquiera a ti me atrevía a contar esto —dijo al fin Zilin—. Pero ya no tengo alternativa. —Apretó la pieza de jade con un puño que se volvió blanco por la tensión—. El único tema del que hemos hablado poco es Kam Sang.
—Nuestro as de triunfo —dijo Jake—. Tú me has dicho que Kam Sang puede ser, en definitiva, la salvación de China.
Ahora el Jian se estremeció visiblemente.
—Kam Sang fue siempre una espada de dos filos. Todos lo sabíamos. En todo proyecto de esta clase existe un potencial de destrucción. Sin embargo, creíamos que valía la pena correr el riesgo. Creíamos que habíamos implantado las medidas adecuadas de control y de seguridad. —Respiró hondo—. Pero, ahora, todo ha cambiado.
En el mortal silencio que siguió, Jake pudo oír el chapoteo de las olas como un ruido de cristales al romperse.
—¿Qué ha pasado en Kam Sang, padre?
No pudo reconocer su propia voz; sus rápidas pulsaciones resonaban en sus oídos.
Zilin miró hacia el mar, más allá de la rompiente y de los pequeños juncos que se alzaban en las crestas al dirigirse a la costa.
—Los científicos que trabajan allí hicieron un descubrimiento —dijo a media voz—. Un descubrimiento espantoso, terrible. Fue accidental. Lo hicieron por casualidad, en el curso de sus experimentos. —Volvió la cabeza y atravesó a Jake con su oscura mirada—. Amenaza..., amenaza, Jake, con romper todo equilibrio de poder aquí; aquí y en todo el mundo. La capacidad de destrucción de Kam Sang es ahora virtualmente ilimitada. La potencia destructora es tan espantosa que tienes que asegurarte de que jamás se ponga a prueba. Los hombres sensatos, de cualquier nacionalidad, lo evitarían. Pero hay otros que... —Se interrumpió de pronto, tembló un poco, y volvió la cara hacia el sol poniente—. Los rusos matarían de buen grado para descubrir el secreto de Kam Sang. Y también los americanos y los ingleses. Pero tú, Jake..., eres ahora su único guardián. —Puso el fu en la mano de Jake, y dijo—: Aunque este jade ha estado cerca de ti y cerca de mí, sigue estando frío. El jade siempre está frío, a diferencia de los hombres, que se calientan con las pasiones y los afanes. Tienes que aprender esta lección.
Zilin apoyó la mano sobre la de Jake, de manera que el jade les unió. Después siguió diciendo:
—Hay un dicho, Jake, más viejo que el Tao: «En la montaña hay oscuridad y frío; pero, sin estas incomodidades, no habría nada.» Movió las piernas en la rompiente.
—Allí es donde estás ahora: en la montaña. Debes empezar a sentir la oscuridad y el frío. Si no les dieses importancia, estarías perdido; sólo sentirías miedo durante el resto de tu vida.
Jake sintió la arena debajo de él, sintió el viento salobre en sus mejillas. Oyó, viniendo de alguna parte, el sonido de la risa de un niño, el ladrido alegre de un perro. Sobre todo, sintió el peso del /u de jade, fresco y curvo. Tuvo ganas de decir: Padre, cuando aprenda tu lección, ¿seré todopoderoso o simplemente inhumano?
Pero, sentado en la playa de Repulse Bay, junto al Jian, el creador, no hizo comentario alguno. Esperó simplemente a que su padre le explicase lo que había ocurrido en Kam Sang y por qué el mundo era ahora un lugar diferente e infinitamente más peligroso. Jin Kanzhe estaba en Qianmen, al sur de la plaza de Tienanmen de Beijing, en un laberinto de callejuelas llenas de tiendas de comestibles y de tenderetes. Llevaba una trinchera color masilla, con cinturón y charreteras, larga hasta el suelo. Hacía que pareciese todavía más alto y delgado de lo que era.
Detrás de Jin Kanzhe, un torrente de bicicletas circulaba velozmente por las calles principales, pero su paso era fantásticamente silencioso, porque el húmedo y frío ambiente amortiguaba casi todos los ruidos. El olor a polvo de carbón convertía el aire en melaza.
Jin vio a un hombre robusto delante de la tienda de alfombras y se acercó a él.
—Buenos días, camarada, ¿cómo está nuestra lizi, nuestra perita en dulce?
El coronel Hu se chupó los dientes.
—Nuestra lizi está todo lo bien que cabía esperar —dijo.
Como siempre, el coronel Hu se sentía incómodo en presencia de Jin. Sus toscas y vulgares facciones contrastaban con la elegancia de las de Jin Kanzhe.
—¿Tuvo éxito la misión concerniente a la niña? —preguntó éste.
Caminaron lentamente entre la multitud de los que iban de compras; a Jin Kanzhe le gustaba estar en movimiento.
—No hubo grandes dificultades dijo el coronel Hu, y Jin advirtió un tono extraño en su voz—. La estrategia que propusiste fue la correcta. Ellos están acostumbrados a que vayan a buscarles cerca de los ríos. Así lo han hecho durante años. Nosotros encontramos a Cheng y a la niña en la falda de la montaña; les pillamos dormidos. —El coronel Hu se encogió de hombros—. Sin embargo, perdimos dos hombres, y hay otro en coma. Aquella gente tiene muchos recursos.
Jin Kanzhe se preguntó si no había un matiz de respeto en la voz del coronel Hu.
—Tomamos todas las precauciones, pero todavía pudieron contraatacar.
—Fue una lástima lo de su acompañante —dijo Jin Kanzhe—. Habría preferido someterle a un buen interrogatorio.
—¿A Cheng? —El coronel Hu se encogió nuevamente de hombros—. Murió como un soldado. Una bala le atravesó el corazón.
Jin Kanzhe bufó:
—«Murió como un soldado.» Le das un tono romántico. No hay nada romántico en la muerte.
El coronel Hu guardó silencio. Torciendo a la derecha al llegar al final de la manzana. Estaban en una zona adyacente a la estación de ferrocarril. Pasaron por delante de una serie de farmacias tradicionales; eran muy pequeñas y estaban llenas de polvorientas cajas de cristal que contenían astas de venado, dientes de tigre, raíces de ginseng y toda clase de hongos.
Jin Kanzhe asintió con la cabeza y cambió de tema.
—A fin de cuentas, es la chica quien nos interesa. Tenemos que agradecer a Wu Aiping el haber detectado su presencia en la Tríada del Tigre de Acero. Su interés casi patológico en los Shi le llevó a descubrir su identidad y su paradero antes de morir. Fue la herencia que dejó a su amigo Huaishan Han.
—¿Y él nos condujo a la chica?
—Sí —dijo pensativamente Jin Kanzhe—. Ella será pronto el motor de tu fortuna.
—Es probable —dijo lentamente el coronel Hu— que lo que me pides que haga la cambie de una manera muy fundamental.
Sí, dijo Jin Kanzhe para sus adentro; sí. Ella parece una criatura mítica. Todos los hombres que miran su cara se sienten cautivados por ella. Se detuvo y se volvió al coronel Hu.
—Debo dejar bien clara una cosa. Esto es tan crítico que no puede haber ninguna mala interpretación entre nosotros.
Calló y fijó su intensa mirada en el otro hombre.
Al cabo de un rato, el coronel Hu asintió con la cabeza.
—Sí, señor.
Por primera vez, comprendió la verdadera naturaleza de su incomodidad cuando estaba con aquel hombre. Le tengo miedo, pensó el coronel Hu, con cierta sorpresa. Jin Kanzhe sabe lo deseable que es la lizi. ¿Tan profundamente me ha afectado, a mí, su capturador? ¿Lo adivina astutamente Jin Kanzhe? Lo que más preocupaba a Hu era que ni él mismo sabía la respuesta.
—Bien, camarada coronel. Zheige izi hai mei shu ne. Esta ciruela todavía no está madura. Pero esto no significa que no sea peligrosa. Al contrario, es excepcionalmente letal.
Jin Kanzhe reanudó bruscamente su marcha, y el coronel Hu, que no lo había previsto, se vio obligado a correr para alcanzarle.
—Tienes razón —dijo el coronel Hu—. Sin embargo, debo confesar que no estoy seguro de que sepas hasta qué punto la he hecho peligrosa.
Jin Kanzhe volvió la cabeza. Brotó un destello oblicuo de sus ojos, como si estuviese vertiendo energía.
—Dime, camarada coronel, ¿has estado alguna vez en el mar?
El coronel Hu se sintió desconcertado.
—No. La verdad es que en el agua me mareo.
Jin Kanzhe se echó a reír.
—Sí. Esto parece ocurrirles a muchos de nuestros paisanos. Sin embargo, hay un término náutico que debería aplicarse en lo tocante a nuestra lizi, nuestra fruta todavía verde. Es como un hermoso balandro. Con ella, uno puede llegar a sentir que todo es posible. Sin embargo, ten cuidado en no dejarte sorprender por el viento, camarada coronel. Si no lo haces así, puedes ahogarte. —Miró su reloj—. Se me está haciendo tarde.
El coronel Hu comprendió que era una despedida. Observó cómo Jin Kanzhe se alejaba. Al cabo de un momento, el hombre alto se perdió en el torbellino de peatones y bicicletas que discurrían como un río sin ñn a través de Qianmen.
lan McKenna estaba con su unidad de Policía sofocando un disturbio en Stanley cuando le entregaron la cartera. Con tres de sus hombres, rechazaba a un grupo de vocingleros chinos tan empeñados en cruzar las puertas del cerrado «Hongkong & Bangkok Trust Bank» que habían apartado las barreras levantadas por los hombres de McKenna, y, un momento después, un chino que en nada se distinguía de los otros había puesto algo en su mano. Con su estatura de uno ochenta y siete, McKenna era fácil de localizar.
De momento, McKenna no advirtió siquiera lo que había ocurrido. Tenía puesta toda su atención en repeler a un chino, blandiendo su bastón de teca sobre su cabeza y descargándolo con un chasquido que le pareció ser uno de los sonidos más satisfactorios del mundo.
Entonces, al empezar a manar la sangre y disponerse él a pasar por encima del chino caído, se dio cuenta de que llevaba un peso suplementario. Volvió la cabeza y vio, al mismo tiempo, la cartera y el insignificante chino.
—Esto es para usted, inspector lan McKenna.
—¡Eh! —gritó—. ¡Eh, tú!
Pero era demasiado tarde; el chino se había perdido en la vorágine de color y movimiento que había surgido a su alrededor.
McKenna era conocido como Gran Charco de Orines por todos los chinos que establecían contacto con él, incluso los que servían a sus órdenes; pero sólo le daban este nombre cuando hablaban entre ellos y en su lengua nativa. McKenna era un australiano pelirrojo que hablaba cantones y chapurreaba el dialecto hakka con un acento atroz. Había hecho su aprendizaje en la Australia central antes de emigrar a Hong Kong, hacía diez años. Había sido nombrado cabo de la fuerza de Policía de la Colonia de la Corona, y combinando la astucia con una fuerza de voluntad a menudo violenta, había ascendido al grado de capitán.
Poseía la capacidad innata de las fieras para morder en la yugular cuando se enfrentaba con sus enemigos. Esta característica hacía que fuese casi tan temido por sus superiores como por los que trabajaban bajo su mando.
Pero había otros que no temían a lan McKenna. Uno de ellos era Formidable Sung, el 489 de la Tríada cantonesa más numerosa de Hong Kong, la 14K. Formidable Sung, al fracasar en su intento de hacer un trato con McKenna, había descubierto el punto flaco del australiano. Se habían tomado fotografías de McKenna y un chinito de once años en actitudes de tal intimidad que su publicación supondría, no solamente la destitución inmediata de McKenna, sino también, casi con seguridad, una causa criminal contra él.
Ahora, dos veces a la semana, McKenna informaba directamente a Formidable Sung de los detalles del trabajo que tenía que realizar; rompiendo la tradición, había sido el propio 489 quien había dado a McKenna el fajo de fotografías en un sobre carmesí cerrado.
Este gesto simbólico (el sobre rojo era dado tradicionalmente al rival vencido en un negocio, junto con una simbólica cantidad de dinero para que pudiese conservar cierta apariencia de prestigio) no había pasado inadvertido al australiano. Nunca olvidaría el momento en que Formidable Sung había puesto aquella cosa en su mano. Cada sonido, cada olor y, sobre todo, el brillo burlón de los ojos del 489, estaban indeleblemente grabados en el cerebro de McKenna. No olvidaría semejante insulto, pues Formidable Sung, al acudir personalmente a la cita y mirarle fijamente a la cara mientras él abría el sobre, había desprestigiado absolutamente a McKenna.
Ahora, cuando los hombres a sus órdenes hubieron rechazado a los últimos presuntos alborotadores, McKenna se preguntó qué nuevo ultraje estaba preparando el dragón de la 14K contra él. Tenía el rostro colorado, y no por el esfuerzo de rechazar a un puñado de histéricos paganos.
McKenna tocó su silbato, llamando a sus hombres a la furgoneta que les había traído de la comisaría de Policía. Miró al chino inconsciente y le escupió al malparado rostro. Lo que en realidad habría querido era escupir a la cara de Formidable Sung.
Se volvió y se dirigió a la furgoneta, pensando: Un día lo haré. Entonces veré cómo su cara se pone roja. Maldito sea él y su dichosa Tríada.
McKenna no abrió la cartera hasta que estuvo de nuevo en la comisaría. Pero ni siquiera entonces se atrevió a abrir la cartera en su despacho. En vez de esto, se dirigió por el húmedo pasillo al maloliente lavabo de caballeros. La única ventana de cristal mate estaba cerrada. Cuerpos negros y disecados de moscas yacían en el carcomido alféizar. Una de sus hermanas, todavía viva, revoloteaba débilmente contra el cristal. La poca luz que se filtraba era suficiente para darle una falsa sensación de esperanza. McKenna se detuvo. El tamborileo de la mosca parecía resonar en el espacio cerrado, adquiriendo proporciones anormales.
De pronto, McKenna se vio de nuevo en los Territorios del Norte de Australia, en las afueras de Bundooma. Él y su compañero habían seguido a un trío de aborígenes, acusados de robar seis novillos, hasta los bordes del desierto de Simpson. McKenna recordaba cómo su compañero, Deak Jones, se había echado atrás al ver el Simpson.
—No nos metamos ahí, amigo mío —había dicho, levantando la cara tostada por el sol y frunciendo los párpados—. Dejemos que se vayan esos cabrones. De todos modos, se asarán.
En el mes de enero, el Simpson era un lugar donde no se podía sobrevivir sin sombra y una buena provisión de agua.
—Ésta es su tierra —había respondido McKenna—. Matarán a los animales y beberán su sangre y comerán su carne. Conseguirán la libertad si nos volvemos atrás.
—Estaban muertos de hambre. Robaron para vivir.
—Yo les mostraré esto —dijo McKenna, desenfundando su «Magnum 357»— y entonces sabrán que han hecho mal. —Se lamió los labios, amartillando el arma—. Es nuestro oficio, Deak. Si no tenemos esto, no tenemos nada.
—Tenemos que llevarles presos, lan —dijo Deak, mi rando el cañón de la enorme pistola—. No lo olvidemos.
McKenna hizo una mueca salvaje.
—Sigamos adelante, amigo. Sigamos adelante.
Tardaron dos días en encontrar y alcanzar a los aborígenes. Cerca del crepúsculo, subieron a una elevación y encontraron al trío y lo que quedaba de las reses. Entonces llevaban casi cincuenta horas en el desierto y lo estaban pagando. Estaban deshidratados y sin haber dormido, y lo bastante nerviosos como para que les asustase cualquier sonido de origen desconocido.
—Detengámosles —dijo Deak a través de sus resecos labios.
McKenna le precedió cuesta abajo, sin hacer ruido.
Los aborígenes miraron hacia arriba al acercarse los policías. Como había predicho McKenna habían matado una res. Su sangre formaba un charco en la panza abierta.
No se dijo nada. Los aborígenes no se movieron; no había animosidad en su semblante ni remordimiento, ni siquiera sorpresa, según pensó más tarde McKenna.
—Está bien —había dicho Deak, iniciando un discurso que McKenna se sabía de memoria.
Pero éste sacó su «Magnum» y le pegó un tiro a cada uno en mitad de la frente. Los tres cayeron hacia delante, cubriendo al animal que habían rajado recientemente.
—¡Jesús! —Deak se volvió a su compañero—. ¿Te has vuelto loco? Teníamos que llevarles detenidos. Vivos, camarada. ¡Vivos!
McKenna enfundó el arma.
—Ahora escúchame. Llevamos más de dos días en este apestoso infierno. Ellos eran tres y nosotros solamente dos. ¿Cuánto tiempo habríamos durado? ¿Crees que habrías podido pasar otra noche sin dormir? ¿O seguir tirando con cuatro horas de sueño? ¿Qué crees que te habría ocurrido si hubieses cerrado un momento los ojos? Habrían caído sobre ti y después sobre mí. Era la manera más segura; la única manera.
Acamparon allí para pasar la noche, dándose un banquete con la carne de la res. Pero habían llegado las moscas, al percibir el hedor de la muerte. Era extraño verlas en el desierto, pero no había manera de echarlas, y se arrastraban sobre el novillo muerto y los aborígenes sin discriminación.
Tap-tap-tap. A la menguante luz, McKenna había vuelto la cabeza. Tap-tap-tap. Buscó con la mirada el origen de aquel sonido. Una mosca repicaba contra el empanado ojo abierto de uno de los indígenas, como si fuese un cristal, como si estuviese atrapada en él.
Tap-tap-tap. Tap-tap-tap, una y otra vez, sin ningún objeto, hasta que el ruido empezó a irritar a McKenna. Se levantó y se acercó al cadáver. Tap-tap-tap. Miró hacia bajo, a la órbita opaca. Tap-tap-tap.
—¡Maldita sea! —Su bota golpeó violentamente la cara lívida del muerto—. ¡Cállate de una vez!
Sacudió de la suela de la bota lo que había quedado de la mosca. El aborigen muerto no se había enterado de esto o le habría tenido sin cuidado.
Pero aquella noche, McKenna había vuelto a oír aquel sonido insistente, y esta vez no había podido hacer nada para detenerlo. Estaba tendido en el suelo del desierto, medio cegado por la luz del sol, y sentía que todas las moscas se arrastraban sobre su carne desnuda.
Despertó de aquel sueño empapado de sudor y palpitándole dolorosamente el corazón. Deak Jones estaba sentado cerca de él, con las rodillas encogidas. Miraba fijamente la cara de McKenna. Cuando vio que éste se había despertado, dijo:
—Me estaba preguntando si podrías decirme cómo eres capaz de dormir.
Cuando volvieron a la civilización, Jones pidió el traslado y McKenna no volvió a verle. Pero aquel tap-tap-tap era harina de otro costal.
Ahora, a miles de kilómetros de allí y trece años más tarde, aquel momento volvió a la memoria de McKenna con la fuerza de un martinete. Cruzó en dos rápidos pasos el pequeño cuarto y, alargando el índice y el pulgar, aplastó a la hinchada y negra mosca contra el mugriento cristal.
—Como se aprieta un grano —dijo, y entró en uno de los compartimientos contiguos, cerró la puerta, corrió el cerrojo y se sentó, con la cartera sobre las rodillas.
Durante un rato, no hizo nada. Tomó un cigarrillo y lo encendió, aspirando el humo del tabaco. El aire silbó al exhalarlo. Como un suspiro. ¿Acaso de resignación?
Con un súbito movimiento, McKenna abrió los cierres de metal. Levantó la tapa. Inconscientemente, contuvo el aliento. El cigarrillo pendió flojamente de sus labios fruncidos, mientras el humo trazaba volutas ante sus ojos.
—¡Dios mío! —murmuró roncamente.
Sus manos empezaron a hojear, como automáticamente, los fajos de billetes. Tres mil dólares USA. Todavía medio aturdido, los contó de nuevo y obtuvo el mismo resultado.
Sólo entonces vio la nota. Estaba pegada en la cara interna de la tapa. La desplegó. «Por los servicios prestados —leyó—. Si le interesa este estipendio semanal, sírvase acudir a Hair Pin Beach a las dos y media de esta madrugada. Al llegar a la segunda farola, a tres kilómetros al nordeste de Stanley, baje directamente a la playa hasta la orilla del mar.» La nota, escrita a máquina y sin nada que pudiese indicar su procedencia, no estaba firmada.
Los ojos de McKenna volvieron a observar, como atraídos por un imán, el contenido de la cartera. Se estremeció ligeramente, previendo lo que vendría después.
Rodger Donovan había traído un pequeño cuadro de Georges Seurat cuando se había trasladado al despacho que había sido de Anthony Beridien hasta que el entonces director de la Cantera había sido asesinado.
Donovan creía que era una pintura extraordinaria. Había sido un regalo. Dos veces al día, en los crepúsculos matutino y vespertino, cuando entraba la luz adecuada, los puntos de colores al parecer dispares se arremolinaban en los ojos y en el cerebro para crear una unidad de tono e incluso, milagrosamente, de forma.
Donovan suponía que era esto lo que tanto le atraía en la obra de Seurat. El milagro que podía realizar el artista. Pues estaba seguro de que los verdaderos milagros no existían en la vida cotidiana. Seurat tenía la facultad de hacer que Donovan cambiase de opinión.
Ahora, con la fuerte lluvia gris repicando en los cristales, interrumpió su contemplación de aquel milagro. Sonó de nuevo el timbre, y dijo:
—Adelante.
Se abrió la gruesa puerta. Entre dos paneles de caoba de ocho centímetros, una plancha de aleación de acero de dos y medio le protegía de cualquier improbable ataque. Improbable, dado el sistema de seguridad a seis niveles que había instalado después de la muerte de Henry Wunderman.
Una figura alta y desgarbada estaba plantada en el um bral. Llevaba un suéter «Donegal» de punto, pantalones de lana color caramelo y zapatos de cuero con borlas. Los cabellos largos y crespos y la despejada frente hacían que no pareciese tener más de diecinueve o veinte años, aunque en realidad tenía treinta y uno. Tenía claros los ojos y blanca la piel, y las mejillas enrojecidas por el esquí en invierno y el windsurfing en verano.
Donovan le indicó un sillón de patas curvadas.
—Siéntate, Tony.
Tony Simbal cruzó a largas zancadas el espacio que les separaba. Unas zancadas ágiles, como las de Cary Grant, que llamaban la atención a la mayoría de las hembras de su vecindario. Se acurrucó en el sillón y enlazó limpiamente las manos de largos dedos sobre las rodillas cruzadas.
—¿Cómo estaba Nueva York? —preguntó Donovan.
Simbal gruñó:
—Fatal. Y el tráfico es hoy en día tan intenso que uno tiene que meterse bajo tierra para ir a cualquier parte con cierta rapidez. —Hizo una mueca—. Pero allá abajo necesitas una «Magnum 357» para sobrevivir.
—Deduzco que no ocurrió nada malo.
—En realidad, no. Me limité a mostrar los dientes a los indígenas. Pareció que era suficiente para tener a raya a los zulúes.
Los zulúes. Donovan soltó una risita que hizo perder su aire sombrío al blanco y bello semblante. Aquella palabra le hizo volver a tiempos pasados. Tony Simbal era relativamente nuevo en la Cantera. Sin embargo, era uno de los colaboradores más íntimos de Donovan. Por eso el nuevo director había extendido su largo brazo y había arrancado a Simbal de la DEA.
Donovan y Simbal habían pasado juntos por Stanford. Habían sido competitivos compañeros de habitación, miembros de la misma hermandad e íntimos amigos. Habían crecido juntos, mientras sus padres rivalizaban en los campeonatos regionales de ajedrez a lo largo de la costa del Pacífico.
Al reconstruir la Cantera después de la doble tragedia de las muertes de Beridien y Wunderman, el objetivo de Donovan había sido lograr una confianza absoluta. Su reclutamiento de Tony Simbal era la esencia de esta confianza. En la Universidad, ambos habían ido detrás de la misma muchacha. Ésta, que era de mentalidad abierta y se sentía halagada, se había citado alternativamente con los dos las noches de los sábados, hasta que ellos le habían pedido que eligiese. Entonces, ella les había dicho que no podía hacerlo, pues los dos tenían cualidades que le gustaban y a las que no quería renunciar, y este comentario había sellado para siempre su amistad. Después de aquello, siguieron compitiendo entre ellos, principalmente en el mundo académico, pero, en realidad, ninguno llevaba la cuenta de sus victorias y de sus derrotas. Parecían compartir a partes iguales las satisfacciones y los contratiempos, recordando lo que les había dicho aquella chica en la Universidad. Ahora, cuando hacía tiempo que habían olvidado el nombre de ella, recordaban aquel momento como el instane mágico en que el rey Arturo había arrancado de la piedra la espada Excalibur.
—No hay zulúes en Chinatown —dijo ahora DonOvan.
Zulúes era el nombre que daban a los negros que estaban fuera de la ley.
—No —convino Simbal—. Solamente un hombre blanco muerto.
—¿Fue grave la cosa?
El hombre alto hizo una mueca. Se levantó, porque se sentía incómodo en asientos demasiado altos. Cruzó la estancia hasta donde pendía el Seurat.
—Parecía que se hubiese quemado en una barbacoa. Casi no quedaba carne en su cara. Puedes creerme si te digo que Alan Thune fue asado por un dragón.
—¿Cómo?
Simbal seguía estudiando el Seurat.
—Era el Año Nuevo chino. Thune fue enviado a cobrar el precio de tres cuartos de tonelada de opio Número Cuatro. Lágrimas de adormidera. En vez de aquello, se encontró con un dragón. Éste abrió la boca y asó a Alan Thune.
Donovan le miró y Simbal sonrió.
—El dragón es tradicional en Año Nuevo. Una cabeza de cartón piedra. Y alguien dentro de ella. Salvo que esta vez había también un lanzallamas.
—No pudo quedar gran cosa de él —dijo Donovan.
Simbal gruñó:
—Desde luego. Pero nuestros muchachos le hicieron un reconocimiento. Todas las muelas estaban en su sitio. Seguro que era Alan Thune.
—Bastardo. —Donovan se retrepó en su sillón bascu lante de cuero—. Sólo lamento no haber sido yo el que lo hizo.
Detrás de él, a través del enrejado de la celosía Bali, Simbal podía ver la Casa Blanca y parte de la minuciosamente cuidada rosaleda. Ambas estaban parcialmente oscurecidas por la lluvia. Se preguntó qué habría en Thune que irritaba tanto a Donovan. Recordaba que, en Stanford, nada era capaz de turbar su bello y plácido semblante: ni el examen más difícil, ni la ruptura con una amiguita. Y no era que Donovan no tuviese emociones, sino que no le gustaba manifestarlas. Como ahora.
—Tú pasaste dos años en el sudeste de Asia —dijo Donovan al cabo de un rato—. Durante todo aquel tiempo, controlaste el diqui. —Diqui, que en mandarín significa el planeta Tierra, parecía un nombre muy adecuado para una organización tan poderosa e influyente—. ¿Tienes alguna idea de lo que pasa?
Simbal seguía mirando el Seurat.
—¿Es auténtico?
—No —dijo Donovan—. Es una copia. Ojalá tuviese el original. Pero tendría que volver a París para buscarlo.
Simbal gruñó y se volvió en redondo. La luz se estaba extinguiendo.
—No es fácil explicar por qué un hombre ha sido asado por un dragón. Pero una cosa es segura: fue un procedimiento espectacular, y esto nos dice algo.
—¿Un aviso?
Simbal asintió con la cabeza.
—Sin duda alguna. Pero, ¿de qué? Thune era el principal correo americano del diqui. ¿Se estaba aprovechando de éste? ¿Está alguien maniobrando contra ellos? ¿Ha sido una venganza personal? ¿Tenía el propio diqui alguna queja contra Thune? —Se encogió de hombros—. En este momento, es imposible saberlo.
Los ojos grises de Donovan miraron a su amigo durante un rato. Un antiguo reloj francés desgranaba los segundos sobre un aparador de palisandro al otro lado de la habitación. Más allá de la ventana, se volvían los paraguas al arreciar el viento. Hubiérase dicho que unos manifestantes irritados arrojaban chinas contra los cristales irrompibles.
—No me gusta la palabra imposible. ¿Cuál es tu parecer?
Simbal volvió a su sillón y se dobló de nuevo en él. No dijo nada durante un rato. El reloj marcaba el intervalo de silencio.
—He buscado en el ordenador todo lo que he podido. —La voz de Simbal tenía un tono de absoluta autoridad—. Pero ya sabes lo que opino de los ordenadores, Rodger. Solamente escupen lo que otros han programado para ellos. La mayoría de los agentes federales son unos imbéciles. Les han enseñado a pensar en términos de presupuestos y de lo que ha ocurrido con anterioridad. Carecen de imaginación y, por consiguiente, sus bancos de datos tienen el mismo defecto.
Donovan juntó los dedos y empezó a tamborilear con las yemas.
—No me digas que tu cerebro no ha analizado las posibilidades.
Simbal sonrió ligeramente.
—Mi olfato me dice que no fue obra del diqui. He andado mucho tiempo detrás de Thune. A menos que hiciese algo muy grave mientras yo pestañeaba, creo que su posición dentro del diqui era muy sólida. En realidad, sospecho que le estaban preparando para un ascenso. Alguien le adiestraba para cosas más importantes que dirigir la Ciudad Encantada.
—¿Quién?
Simbal sacudió la cabeza.
—Lo siento. Todavía no he podido llegar tan lejos.
—Entonces, sigue otro camino. —Simbal observó la cabeza de Donovan. Parecía que le costaba un gran esfuerzo mantenerla erguida, y de nuevo se preguntó qué le pasaba a Rodger—. Cueste lo que cueste.
Simbal abrió los ojos de par en par.
—A Schiffer no le gustará. —Se refería a su superior de la sección seca. Los agentes activos pertenecían a la sección mojada—. Incluso se molestó porque me fui a Nueva York sin hacérselo saber. Lo primero que ha hecho esta mañana ha sido echármelo en cara.
—Todo esto es agua pasada —dijo Donovan.
—¿Qué quieres decir?
—De ahora en adelante, me informarás a mí y solamente a mí. ¿Está claro?
Los ojos de Simbal parecieron tan pálidos como un rayo de sol invernal reflejándose en el hielo.
—Cuando estuve en Birmania, conocí a una mujer. Mejor dicho, a una muchacha. Era shan. Tenía esa belleza casi polinesia de las birmanas.
»Era inculta desde el punto de vista occidental, pero podía superar a las tres cuartas partes de los tiradores de la DEA, incluido yo mismo, y su padre poseía una riqueza incalculable, principalmente en piedras preciosas sin tallar, aunque creo recordar que traficaba también con lágrimas de adormidera.
»En los Estados Shan, Rodger, no existe eso que llamamos civilización. Solamente vida y muerte. Solamente amor y odio. Eso fue lo que me trastornó. Me di cuenta de que por eso había ido allí, por eso había renunciado a aquel magnífico empleo en «Cray Computers» por el que se habrían matado el diez por ciento de los más distinguidos de nuestra clase.
«Supongo que no soy un hombre civilizado. —Simbal se inclinó ahora hacia delante y Donovan pudo ver la fuerza de sus manos—. No me gustan los dictados y las normas de la civilización. Cray no se había hecho para mí. Ni DEA, que regula hasta el yin-yang. Allí no se podía mear sin redactar una instancia. Y no me gusta redactar instancias.
—Y no te gusta informar a Schiffer —dijo Donovan—. Lo sé. —Miró a Simbal—. En tiempos de mi predecesor, la Cantera se preocupaba principalmente de las maquinaciones que tenían su origen en Moscú. Tal vez era inevitable. Antony Beridien fundó su organización durante el reinado de John Fitzgerald Kennedy.
Simbal bufó.
—¿«Reinado»? ¿No es un término un poco grandioso para describir el período en que ejerce su función un presidente americano?
—No cuando hablamos de J. F. K. Beridien pasó muchas horas hablando de aquellos tiempos. Camelot. Recuerda que así llamaba la Prensa al reino de Kennedy. Los brillantes mil días. —Donovan gruñó—. En América todo se reduce a los parámetros de un slogan publicitario. La publicidad es lo que capta la atención del público americano, Tony. Por lo demás, están demasiado ocupados en comprar nuevos «Toyota» y «Subaru» para darse cuenta de nada. Pero nosotros dos tomamos la publicidad por lo que es: mierda.
Simbal contempló al prodigio rubio y americanísimo en que se había convertido su viejo amigo. ¿Quién lo habría pensado?, se dijo con admiración. En los días de Stan ford éramos dos genios adolescentes dominados por el sexo. Mira en qué bichos raros nos hemos convertido.
—Por eso necesitamos los dos salir de ello.
—¿Salir?
—De esta civilización, Rodger. Apesta. Yo lo decía. Y ahora lo has dicho tú también. A tu manera.
Donovan reflexionó un momento sobre eso.
—Estaba hablando de Antony Beridien.
—Y de Kennedy.
—Kennedy dio a la Cantera sus estatutos originales. La idea fue de Beridien, pero J. F. K. le dio vida. La Cantera, Tony nació de la paranoia. El mundo se estaba hundiendo a una velocidad espantosa en los años sesenta. Parecía que los rusos se hallaban en el piso de al lado. La crisis de los misiles cubanos lo demostró de un modo espectacular.
»De todos modos, Beridien y Kennedy se completaban. El presidente vio la fuerza de Beridien y le dio su inteligencia. Pero había una posibilidad de revocación. Cada nuevo presidente podía optar por anular los estatutos de la Cantera dentro del primer mes de desempeño de su cargo. Había una razón específica para ello.
»La Cantera es responsabilidad del presidente. Punto. No tenemos senadores entrometidos que vengan a husmear; no dependemos de Capítol Hill para los fondos. Nadie nos conoce ni sabe lo que hacemos en realidad. Somos como un lobo solitario..., indudablemente el último de la historia gubernamental americana. Quiero que recuerdes esto.
Donovan puso las manos planas sobre la mesa.
—La obsesión por los soviets era de Beridien, no mía. Actualmente hay otras cuestiones más apremiantes que requieren nuestra atención. Por eso te saqué de la DEA. El diqui era allí tu terreno especial, y nosotros necesitábamos aquella experiencia en la Cantera.
—El contrabando internacional de drogas no es exactamente competencia de la Cantera —dijo Simbal—. La DEA tiene esto bien atado y no hace falta que te diga cómo guarda su territorio mi antiguo jefe Max Threnody. Pierde los estribos si alguien de fuera de la agencia pide siquiera datos a la DEA.
—Me parece muy bien —dijo Donovan—. Threnody puede quedarse con toda la cocaína y todo el opio a los que puedan echar mano sus agentes. Tienes razón, la droga no es de nuestra incumbencia. Pero Kam Sang sí que lo es. Hace año y medio que trato de averiguar algo sobre ese proyecto chino ultrasecreto. Ésta es la principal razón de que tratase de reclutar de nuevo a Jake Maroc hace unos meses. Tengo la impresión de que está enterado de todo lo de Karn Sang. Poseo informes que indican que su padre tiene alguna relación con Kam Sang. Y supongo que lo que sabe el viejo lo sabe Jake también.
—Entonces, ¿por qué no se lo preguntas?
—Muy gracioso. Jake fue fiel al viejo régimen de la Cantera. Entonces le expulsaron de ella. Si no le conviniese, no me diría siquiera la hora que es.
Simbal se acercó a la mesa.
—¿Qué tiene que ver Kam Sang con la incineración de Alan Thune?
—No lo sé —confesó Donovan—. Tal vez nada en absoluto. Pero, de pronto, nuestra escucha de señales del Lejano Oriente ha detectado que el diqui se interesa por Kam Sang. ¿Por qué? Ése tampoco es su terreno.
—¿Quién ha intervenido en esto? —quiso saber Simbal.
—Powers y Choi.
—¿No debería de hablar personalmente con ellos?
—Para eso tendrías que acudir a un buen médium —dijo Donovan—. Están dos metros bajo tierra.
—¿Muertos?
—Los dos de sendos tiros en los ojos.
—La marca del diqui.
Simbal se preguntó si era por eso por lo que estaba Donovan tan furioso.
Donovan se levantó.
—Tengo la impresión. Tony, de que ha empezado algo que está ahora fuera de todo control. La muerte de Alan Thune puede ser el principal de un baño de sangre internacional.
Simbal observó la cara de Donovan.
—Hablando de Thernody, ¿qué le digo?
—Dios mío, emplea tu imaginación —replicó Donovan—. Pero, le digas lo que le digas, asegúrate de que no sea la verdad.
Precisamente al este de una sección de Connaught Road Central estaba Sawyer Place, la única calle de Hong Kong que llevaba el nombre de un americano. La casa más im portante en las dos manzanas de la estrecha calle era el Sawyer Building, un edificio de piedra blanca y granito azul que había sido construido a mediados de los años treinta, cuando todavía era posible emplear aquella lujosa artesanía. Ahora, incluso el Banco de China había tenido que hacer cortar sus piedras en Canadá para ahorrarse el costo inverosímil de la mano de obra.
Muchas compañías tenían su sede en esta estructura, que se levantaba entre Connaught Tower y el igualmente adornado edificio que, hasta hacía unos meses, había sido domicilio de Mattias, «King & Company», antaño la más antigua y renombrada empresa comercial de Asia.
El nuevo tai pan, nacido en Londres, de Mattias, «King & Company», había creído conveniente, tal vez a instancias de la propia reina, trasladar la sede de la venerable sociedad a las Bermudas. Aparentemente, esto se había realizado para que la compañía residiese en un territorio libre de impuestos, pero, reservadamente, los otros tai pan de la Colonia se decían que se había debido al pánico de lo que consideraban los británicos una probable intervención de la China comunista en el mercado libre de Hong Kong.
Mientras esperaba que se construyese su enorme y nuevo edificio diseñado por I. M. Peí, el Banco de China se había trasladado provisionalmente al que había sido de Mattias, «King». Era, según decía Andrew Sawyer, una señal de cómo cambiaban los tiempos.
El viejo tai pan, rodeada de cabellos blancos la cada vez mayor calva pecosa, se volvió de la ventana de tres metros de altura que dominaba toda Kowloon, Victoria Harbor y los nebulosos y ocultos rincones del continente asiático, en su despacho en lo más alto del Sawyer Building.
«Sawyer & Sons» era, desde hacía muchos años, una de las empresas mercantiles occidentales más prósperas de Hong Kong. En Shanghai, donde el padre de Andrew Sawyer había fundado aquella sociedad, Zilin había iniciado una asociación clandestina con Barton Sawyer. Y no solamente poseían los Shi en secreto parte de «Sawyer & Sons», sino que Andrew Sawyer tenía una deuda personal con Zilin, que nunca podría pagarle del todo. Sin la intervención de Zilin, cuandro Andrew era un joven alocado, éste nunca se habría convertido en tai pan de la empresa comercial. Aquella encumbrada posición habría sido para Chen Ju, el comprador de confianza de Barton Sawyer.
—El descubrimiento de que Peter Ng era espía soviético —dijo ahora Andrew Sawyer, refiriéndose a su antiguo comprador—, fue el principio de nuestros infortunios. Sembró la confusión en nuestra seguridad, y lo primero que quisiera hacer sería colgar a Sir John Bluestone de los pulgares.
—Creo que no sería muy prudente —dijo pausada y serenamente Jake—, sentado en un sofá de cuero a un lado del enorme despacho. Reinaba una gran tensión en la estancia; había empezado incluso antes de celebrarse esta reunión extraordinaria de los principales del yuhn-hyun: Jake, Sawyer, Tres Votos Tsun y T. Y. Chung. Había sido Sawyer quien, a la sazón de guardia en el anillo, había convocado la sesión urgente. Como la rivalidad comercial entre Tres Votos Tsun y T. Y. Chung (ardid inventado por Zilin para que sus hermanos pudieran amasar fortunas y conseguir aliados que nunca se habrían unido a los dos juntos) era todavía del dominio público, era muy peligroso que fuesen vistos juntos los dos.
Sólo un asunto de máxima urgencia podía haber inducido a Andrew Sawyer a reunir a aquellos hombres en plena luz del día. Pero había creído que no tenía alternativa.
—Fue el maldito Bluestone quien corrompió a mi comprador, y Bluestone es el agente supremo de los soviets en toda Asia —dijo Sawyer, sumamente irritado. Golpeó un sobre de papel manila—. Tenemos pruebas más que suficientes para que sea condenado. Ya había dicho antes de ahora que teníamos que encerrarle. Dadme una buena razón para no denunciarle a la Brigada Especial y hacer que se lo lleven.
—La primera es que ahora sabemos quién es nuestro enemigo —dijo razonablemente Jake—. Me pides que renuncie a una enorme ventaja y esto no puedo hacerlo. Estamos en condiciones de controlar a Sir John Bluestone, el agente soviético más importante en este continente. Si se lo llevan de aquí, ¿por quién lo sustituirá Daniella Vorkuta? No lo sabremos hasta que sea, tal vez, demasiado tarde. Además, las redes de Bluestone, en las que estamos empezando a infiltrarnos, serían destruidas con él. Seguro que su control en la Central de Moscú, Daniella Vorkuta, cuidaría de ello. Lo liquidaría todo y empezaría de nuevo. Volveríamos a estar a oscuras. ¿Es esto lo que quieres?
Sawyer se acercó y se sentó en un sillón a la izquierda de Jake. Se pasó una mano delgada por los mechones de finos cabellos de los lados de su moteado cráneo.
—Claro que no. —Sus fríos ojos azules centellearon—. Pero quiero que se haga justicia con Bluestone.
—Y se hará —dijo pausadamente Jake—. A su debido tiempo. La mies todavía no está madura para la siega, Andrew.
—Mientras tanto, nuestro imperio se está derrumbando a nuestro alrededor. Bluestone nos está disputando por poderes el control de nuestra compañía, que incluye Park, la subsidiaria que ha invertido en el proyecto Kam Sang. Es vital que conservemos un interés mayoritario en aquella red de compañías, ¿no es verdad, honorable Tsun?
—Yo fundé las compañías —dijo Tres Votos—, y mi respuesta sería: sí. Sin aquella subsidiaria, perderíamos cerca de doscientos millones de dólares americanos.
—Y el control del yuhn-hyun sobre Kam Sang es absolutamente vital —dijo Jake—. Eso es indiscutible.
—Pero nuestra lucha por el control de Pak, combinada con nuestra importante inversión en Kam Sang, ha reducido gravemente nuestra liquidez —dijo Sawyer.
—¿Saben lo que significa eso? —saltó T. Y. Chung—. Jamás en mi vida había visto gastar tanto capital, y tan rápidamente como el que hemos invertido en InterAsia Trading. Somos tres de los tai pan más ricos de Asia. Sin embargo, debido a las extraordinarias directrices que nos trazó Shi Zilin, hemos confiado todos nuestros activos al Zhuan. Ni siquiera sé a dónde ha ido a parar mi capital.
—Una expansión exagerada —dijo Tres Votos—. Me disgusta decirlo, pero tal vez el Jian se equivocó. —Se volvió a Jake—. Todavía no comprendo por qué necesitábamos fundar esta nueva entidad, InterAsia Trading. En un momento en que, como ha observado el honorable Chung, estamos gastando nuestro dinero líquido para que Kam Sang siga funcionando, me parece un grave error de cálculo haber creado una corporación completamente nueva. Sobre todo, una corporación que ha absorbido toda nuestra riqueza acumulada. Todo nuestro dinero está en InterAsia Trading. Esto ya no puede ser un secreto para nuestros enemigos. El Zhuan lo sabe muy bien. Temo que InterAsia se convierta en una piedra imán que atraiga a los tiburones de los negocios. ¡Qué no pagaría ese cerdo de Bluestone por hacerse con el control de InterAsia Trading!
—Hay que considerar otro aspecto de la cuestión —dijo tranquilamente Jake—. Debido a las maniobras de mi padre, tenemos ahpra una nueva entidad comercial sin historia ni modus operandi. Podemos, dicho en pocas palabras, utilizar InterAsia Trading para cualquier fin que deseemos, sin llamar la atención a los sectores comerciales y oficiales. Esta libertad es imposible en nuestras compañías ya existentes, incluida Southasia Bancorp, nuestra subsidiaria bancaria. Es imposible en cualquiera de nuestras compañías sectoriales dedicadas al transporte marítimo, a almacenes, bienes inmuebles, etcétera. InterAsia Trading es una entidad para el futuro; una compañía a moldear como creamos conveniente. En definitiva se convertirá en pantalla de nuevas compañías de sector.
—Pero, exactamente, ¿qué negocios realizará InterAsia, Zhuan? —preguntó T. Y. Chung—. Todavía no sabemos por qué hemos comprometido en esto todos nuestros imperios financieros.
—InterAsia no es el objeto de esta sesión —terció Andrew Sawyer—. Discúlpame, Zhuan, pero ya he demorado demasiado la noticia que tengo que dar. —Se enjugó la sudorosa cabeza con un pañuelo de lino y prosiguió—: Es mi triste deber informarles de que esta mañana nuestros interventores han descubierto que el administrador de nuestro Southasia Bancorp ha malversado sistemáticamente más de veinticinco millones de dólares, sacándolos de la Colonia.
Jake no dijo nada y pensó: «Cuando esto llegue a conocimiento de la Prensa, estaremos arruinados.”
—¡Que todos los dioses maldigan a los agusanados banqueros! —estalló Tres Votos—. Nada bueno puede salir de esas instituciones. Yo guardo mis lingotes de oro debajo de la cama y no tengo que preocuparme por esos bandidos.
Jake esperó pacientemente a que acabase la diatriba. Después dijo:
—¿Seguro que fue Teck Yau?
—Absolutamente seguro —dijo Sawyer—. Sabemos que tomó un avión de «Air India» para Nueva Delhi. Sin duda está ya en Suiza o en Licchtenstein, desternillándose de risa por lo mucho que nos ha robado.
—Y dejando que resolvamos nosotros el embrollo en que nos ha metido. —Jake tamborileó con un dedo sobre el brazo del sillón—. Lo primero que hemos de hacer es asegurarnos de que no haya escándalo. Si la Prensa local se huele esto, el Southasia Bancorp sufrirá una pérdida irremediable de confianza por parte de los depositantes.
No necesitó añadir que la mayoría de ellos eran chinos que, como Tres Votos, no tenían mucha confianza en conceptos occidentales tales como el de la Banca. Un escándalo de esta magnitud produciría retiradas de fondos que obligarían al Southasia Bancorp a cerrar antes de que que transcurriese una semana. Como la mayor parte del dinero empleado en el mercado libre por el yuhn-hyun pasaba por aquel Banco, aquello supondría un desastre financiero total. Un desastre, sospechó Jake, del que no podrían recobrarse.
«Sin duda —pensó—, mi padre no podía prever esto. Tal vez mi tío tiene razón. Tal vez he sobrestimado nuestra posición.» Pensó de nuevo en la fiesta del fin de semana de Bluestone. ¿Qué había presagiado?
Sería inconcebible que acudiese a su padre en esta situación. Con ello debilitaría su autoridad para siempre. No. Él era Zhuan. Debía tomar el mando. Inmediatamente.
—Andrew, necesito saber el importe exacto de los daños. —Se volvió a Tres Votos—. Tío, quiero que te pongas en contacto con los dragones de la Tríada que forman parte del yuhn-hyun. Tienen que hacer todo lo posible para que no trascienda el incidente. Si llega a conocimiento de la Prensa, estamos perdidos.
—Ni siquiera ellos serán capaces de mantener cerrado el pico, Zhuan —dijo Tres Votos—. Ya sabes cómo se difunden los rumores en esta ciudad.
—Cierto —dijo Jake, levantándose—. Pero sólo necesitamos una semana, más o menos. En este tiempo, encontraré la manera de reponer el dinero al Southasia.
Tres Votos asintió con la cabeza.
—Haré lo que me pides. Y también lo harán ellos. Respondo personalmente de esto.
—Bien —dijo Jake.
Y pensó: «Estamos en el borde del abismo. Una ligera ráfaga de viento nos precipitaría en él.» Recordó lo que había aprendido muchos años atrás. Uno debe tratar de herir los flancos cuando se enfrenta con un enemigo poderoso —le había aconsejado Fa Saan, su maestro, su guía, el hombre extraordinario que había enviado Zilin para adiestrarle—. Sz atacas directamente a un adversario visiblemente más fuerte que tú, su espirito tu te superará y te derribará. Trata de golpearle rápidamente en los flancos de su fuerza. De esta manera, el ánimo del grueso de su fuerza se debilitará, y podrás encontrar la manera de herirle en el corazón.
Instantáneamente, Jake había tomado su decisión. Le parecía evidente que la persona que se beneficiaría más de la disolución de Southasia sería Bluestone..., y Daniella Vorkuta. ¿Podía Bluestone haber infiltrado una vez más a alguien en el círculo interior? Lo había hecho una vez, según había señalado rápidamente Andrew. ¿Por qué no podía repetirlo?
Se levantó y miró a los otros.
—Entonces, poned manos a la obra.
Apenas recordaba cómo había bajado en el ascensor y subido a su coche. En cuanto hubo salido del despacho de Sawyer> había relegado el fiasco de Southasia al rincón más recóndito de su mente. Nada podía hacer acerca de eso hasta que Sawyer le diese información más detallada.
Jake pensó en los nuevos informes que habían llegado de Tokio y de Osaka. Bliss le había llamado cuando estaba en la ducha, y Jake, chorreando, había observado en la televisión las espantosas consecuencias de lo que el locutor llamó «el choque más sangriento en las últimas guerras entre los clanes yakuza rivales, Kisan y Komoto». Mi-kio Komoto, íntimo amigo de Jake, era oyabun, jefe, del clan Komoto. Jake se inquietó mucho por Mikio.
«Estas escenas de muerte y destrucción (tres cadáveres retorcidos e hinchados; un edificio incendiado en Osaka; otro incendio destruyendo una casa del centro de Tokio después de una tremenda explosión que había parecido un terremoto) son las trágicas consecuencias de una lucha táctica que, hasta principios de este mes, se había desarrollado en la sombra como una serie de continuas escaramuzas.» Más disparos, vistas panorámicas, más sangre, imágenes negras y borrosas por las imperfecciones del medio de difusión. «Ahora se ha producido al fin la matanza que habían pronosticado algunos oficiales de la fuerza especial anti-yakuza de Tokio. Lo único que cabe preguntar es: ¿Cuándo terminará?» Jake había agarrado el teléfono y llamado a su amigo. Pero le dijeron que Mikio Komoto no estaba en casa. Sí, le darían el recado. Si Jake podía ayudarle en algo, estaba a su disposición.
Esta mañana, después de leer las noticias en los periódicos, había tratado nuevamente de hablar por teléfono con su amigo. No le había contestado. Cuando se dirigía al despacho de Sawyer, había pedido a la secretaria de éste, Sei An, que llamase una vez más a casa de Mikio Komoto, pero el resultado había sido igualmente negativo.
¿Dónde estará Mikio?, se preguntaba Jake. ¿Qué le habrá ocurrido?
Cuando Tony Simbal llegó a casa de Max Threnody en Georgetown, la fiesta estaba ya en su apogeo. Threnody, alto y esbelto bostoniano, tenía un aire bastante pedante, como si acabase de llegar directamente de Oxford y se estuviese sacudiendo las hojas de hiedra de su atuendo académico.
Debido a esta imagen, nadie que estuviese en sus cabales habría creído que era uno de los miembros de mayor categoría de la Drug Enforcement Agency. También había sido el superior inmediato de Simbal en la DEA; y había sido idea de su tortuosa mente poner a Simbal en los Estados Shan para empezar. Los Estados Shan, en medio del Triángulo de Oro, era donde se cosechaba y refinaba en heroína la mayor parte del opio del mundo. Naturalmente, era un objeto importante de la DEA.
Los Estados Shan, región montañosa del norte de Birmania, junto a la frontera China, eran gobernados por numerosos señores tribales de la guerra cuyos ejércitos estaban en lucha constante contra los Gobiernos birmano y chino. Ambos Gobiernos querían acabar con el comercio del opio.
La casa de color crema de Threnody estaba en R Street, en el interior de Georgetown. Desde las ventanas de la cocina podía verse buena parte de la esquina de Dumbarton Oaks, y desde el dormitorio de arriba se veían tramos de Lover's Lañe entre las copas de los árboles, que eran como brochazos de color.
La mayoría de los asistentes pertenecían a la DEA, pero, al pasar Simbal por la planta baja, vio unos cuantos representantes del Estado, del Congreso e incluso de la CÍA. No era una fiesta oficial; por consiguiente, todos los que participaban en ella estaban sin duda en «amorosas» relaciones con la DEA. Dicho en otras palabras, era una reunión amistosa.
El lugar era acogedor, lleno de muebles rústicos franceses, más cómodos de lo que cabía esperar. Los tonos de color eran terrosos y parecían haber sido elegidos para que concordasen con los cuadros exhibidos con amoroso cuidado. Todas las inversiones que había hecho Threnody habían sido en arte, el cual, aparte de su trabajo, era su única pasión. Adoraba a los impresionistas, como Degas, Monet y Manet, y a los afines, pero menos sutiles Pissarro y Cézanne, cuyas obras casi alucinantes podía contemplar durante horas interminables. Como ellos, compartía aquella resonancia tangencial con ulteriores lumbreras, por lo que no era sorprendente encontrar aquí un dibujito de Picasso y allí un pequeño Braque, entre las obras de sus predecesores artísticos. Aquella casa producía siempre un efecto calmante en Simbal.
Tomó una cerveza y fue a saludar a su anfitrión. Threnody estaba en la cocina, preparando una mezcla que acababa de sacar de Cuisinart.
Simbal tuvo que apartarse para dejar paso a un par de jóvenes y elegantes tipos de la DEA que llegaron riendo en busca del hielo. Threnody les indicó, con campechanía, el sitio donde podían encontrarlo.
Simbal sintió una presión en la espalda, se volvió en redondo y se encontró delante de unos ojos de color violeta.
—Hola, Monica —dijo.
Oyó que Threnody decía detrás de él:
—Te veré más tarde, Tony. —Lanzó una risita y añadió—: Tal vez.
—Ha pasado mucho tiempo.
La voz de Monica Starr era ligeramente ronca. Sus negros cabellos eran largos y caían en cascada sobre los hombros. El efecto era asombroso. Cuando Simbal la había conocido, llevaba los cabellos cortos y tenía un aire de pilluelo que ahora había desaparecido. Pero entonces era más joven, se dijo él. El suéter verde, sobre la falda sesgada de tweed color siena, mostraba hasta qué punto se había desarrollado.
Al cabo de un rato, Simbal se dio cuenta de que ella había empezado a sacarle de la atestada cocina, abriéndose paso entre la bulliciosa multitud.
Las luces estaban apagadas en una de las habitaciones de la planta baja. Amontonados sobre la cama, había abrigos, sombreros, pañuelos y bolsos. La luz de una farola, filtrándose por la ventana, producía una iluminación fantástica.
Monica estaba envuelta en sombras. Llevaba poco maquillaje, botones de diamantes en las orejas (como una primera bailarina, pensó él) y un reloj ito de oro ceñido a la muñeca por una correa verde lagarto; ninguna otra joya.
—Monica —dijo él.
Ella sonrió y le dio un bofetón.
—Esto por haberme dejado plantada.
Simbal se quedó muy quieto.
—Me habían confiado una misión, Monica. ¡Jesús! ¿Qué esperabas que hiciese?
—Que me lo hubieses hecho saber cuando volviste. Tuve que ir a preguntarle a Max si habías regresado. —Se estremeció ligeramente y su voz se hizo más espesa a causa de una emoción que amenazaba con quebrantar su férrea resolución—. ¿Tienes idea de lo que me costó aquello? Max Threnody opina amablemente que el trabajo activo es demasiado peligroso para las mujeres. Somos demasiado imprevisibles..., creo que usó esa palabra; demasiado emotivas.
«Hasta el momento en que entré llorando en su despacho, llorando por ti, hijo de perra, creo que me desenvolvía bastante bien con él, acosándole hasta el punto de que me habría dado luz verde para hacer algo por mi cuenta.
«Pero entonces vio lo que me habías hecho, y esto fue el fin para mí. ¿Comprendes lo que significa? Yo había puesto todo mi empeño en este oficio; si tengo otro sitio a donde ir, te aseguro que no sé cuál es.
Simbal creyó ver un brillo en sus ojos, el anuncio de unas lágrimas que tal vez se había jurado que él no vería nunca.
—Me trataste peor que a un perro.
—Lo siento, Monica.
Alargó un brazo, pero ella le apartó.
—Esto no arreglaría la cosa. Lo sabes muy bien. —Ahora, él pudo ver el esfuerzo que hacía ella para mantener su aplomo—. Max me dijo que estaba loca por sentir algo por ti. Tenía razón, ¿verdad?
Se hizo un silencio que fue roto por la breve carcajada de un intruso irónico. Alguien entró (ninguno de los dos vio quién era), dijo «¡Huy!» y se marchó a toda prisa.
—Contéstame.
Monica no había levantado la voz; había bajado un poco el tono. El efecto fue parecido al gruñido de aviso de un animal.
Simbal recordó su conversación con Rodger Donovan. ¿Cómo podía explicar a esta mujer lo que pensaba de la civilización? Ella había nacido en Filadelfia y se había educado en los mejores colegios particulares del Este antes de ingresar en Smith. ¿Qué clase de experiencia podía haber tenido del lado primitivo de la vida? ¿Cómo podía comprender el atractivo de los conceptos absolutos que la civilización se empeñaba en destruir: vida y muerte, amor y odio? Sin trampas, sin engorros psicológicos, sin palabrería moderna. Allá arriba, en las montañas de los Estados Shan, si alguien se interponía en tu camino, no le decías «¡Vete al carajo!»; le matabas. Finís. Porque aquello era salvaje. Los campos de adormideras representaban peligro, secreto, traición. En los Estados Shan, sobrevivían los fuertes, a expensas de los débiles.
Ansiaba mentir a Monica, pero, cuando iba a hacerlo, se detuvo y se mordió la lengua. ¿Por qué había de mentir? Era lo que hacían los civilizados y él estaba harto de la civilización.
—Vi algo en ti —dijo— que pensé que nunca volvería a ver.
—¿Cómo? —Sacudió la cabeza—. ¿Qué quieres decir?
—La última vez que hicimos el amor; la noche antes de marcharme. Tenías los ojos abiertos. Vi la expresión de tu semblante. Quería que durase. Pero sabía que eras una buena chica de Smith y que, probablemente, volvería a buscar en ti aquella emoción y no la encontraría nunca.
Monica se movió y la luz de la farola la alcanzó, oblicua y opaca. Tenía rayas de sombra, y Simbal recordó a otra mujer, rayada de manera parecida por el follaje de la jungla, en la vertiente de una montaña. Volvió a percibir aquel peculiar olor a almizcle, el olor animal de la propia jungla y, detrás de ellos, en la casa del padre, el perfume embriagador de las cestas de gemas sin tallar.
—Eres demasiado civilizada para mí, Monica —dijo, antes de tener tiempo de volver a morderse la lengua.
Ya he metido la pata, pensó.
Monica echó la cabeza atrás y se puso a reír; una risa dura, amarga. Él observó su largo cuello; la luz de argón de la calle hacía palidecer su piel morena. El arco de la garganta le hacía sentir una opresión en el pecho.
—¿Es eso? —Lloraba virtualmente, con aquella risa quebradiza—. Qué tonto eres. Tony. De veras. Fui a Smith, desde luego. Durante dos años y medio. Después lo dejé. No fue por presión. Nunca la sentí. Fue por algo completamente distinto. Algo que no pude definir durante mucho tiempo, ni a mi consejero, ni a mis padres, ni siquiera a mí misma.
«Trabajé un año en un supermercado de los barrios pobres de Manhattan. Mientras estuve allí, fuimos atracados tal vez una docena de veces y una muchacha que estaba a mi lado recibió un tiro mortal. Entraban vagabundos que vomitaban sobre el brillante mostrador; también entraban tipos que nos metían mano de mala manera. No querían contentarse con pellizcar nuestros traseros.
»Pero no me compadezcas. Aproveché el tiempo. Gané dinero, porque no quería tocar el de mi viejo; también estaba harta de eso. Era parte de aquel sentimiento que no podía acabar de definir.
«Después de mi año en el infierno, me largué. De Nueva York, de los Estados Unidos de América, del mundo que conocía. Fui a Tahití y vi un anuncio de «McDonald's». Casi vomité allí mismo. Seguí adelante, más allá de Bora Bora, hasta que llegué a una playa en la que no había nadie, donde la población más próxima estaba hecha de bambú y hojas secas de llantén, donde nadie me molestaría.
«Durante dieciocho meses, estuve sola con el mar verdeazul y el cielo dorado. Observaba los pájaros y supongo que ellos me observaban. No les importaba mi aspecto ni lo que yo sentía, y esto me gustaba.
—¿Por qué volviste? —preguntó Simbal a media voz.
Pudo ver un destello amatista en sus ojos. Pensó que su cara nunca había parecido más felina o llena de energía.
—Porque descubrí que no se puede, o al menos yo no puedo vivir sin un contacto humano, un contacto humano inteligente. Con personas cultas.
—Pero después de estar lejos de todo... —empezó a decir Simbal.
—Es lo que hace que el regreso sea más fascinador.
—Lo siento —dijo de nuevo él.
Los ojos de Monica se volvieron opacos, como siempre que se sentía confusa.
—Ahora creo que lo dices en serio.
—Supongo que antes no —confesó él—. No realmente.
—Eres presuntuoso, Tony. —Su tono era suave, pero directo—. Estabas seguro de que me conocías hasta lo más hondo.
—La niña rica perfecta. Educación y cultura, ¿qué más podía pedir una familia a su hija? Debiste de romper el corazón de tu madre.
—Y también el de mi padre. —Los labios gordezuelos se dilataron. Habían perdido aquella tirantez que era una de las señales externas de su irritación—. Nunca acabé mis estudios; ellos no saben siquiera lo que hago en realidad. «Trabaja para el Gobierno», dice mi padre a sus colegas, como si fuese el peor de los oficios. Para él, soy algo incomprensible: una burócrata.
Tony se echó a reír.
—Tal vez un día deberías de llevar a Max a casa. Esto sellaría tu destino.
—Al contrario —dijo ella—, en realidad debería de llevarte a ti para que conocieses a mis padres.
£1 pensó que estaba bromeando, hasta que vio en sus ojos que hablaba completamente en serio.
—Pondrías a papá en un aprieto —dijo ella.
Simbal se dio cuenta de pronto de lo cerca que estaba Monica de él. Olía a junquillo y a jazmín. Alargó una mano, y esta vez ella no le rechazó. No se movió en absoluto. Simbal sintió que su corazón latía con fuerza. No había venido a la fiesta para esto. Necesitaba descubrir algunas cosas, y éste era el mejor lugar para empezar: el único lugar.
Había estado huroneando durante varios días, dejándose caer en lugares frecuentados por los de la DEA en Georgetown y el sector noroeste de Washington a la hora del almuerzo. No para atracarse, sino solamente para tomar una cerveza y un bollo, y decir «Hola, cuánto tiempo sin verte» y cosas por el estilo.
Así era como se había enterado de la fiesta. Sabía que Peter Curran estaría allí si se hallaba en la ciudad. En todo caso, alguien podría darle una pista sobre el paradero de Curran. Éste era el hombre a quien Simbal tenía que ver; Curran le había sustituido en su papel de primer cazador diqui de la DEA. Eso quería decir que había estado en el sudeste de Asia o al menos corriendo (así llamaban en la DEA al trabajo en el campo) mientras Simbal pasaba el necesario, pero decepcionante período de transición en Washington, aprendiendo el sistema de la Cantera y adiestrándose en el «Cine», la extensa finca de la Cantera en la Virginia rural.
solo por esta razón, se había dicho, había venido a la fiesta. Ahora se daba cuenta de que se había engañado al menos en parte. Hasta este electrizante momento no comprendió lo importante que aquello había sido.
—En Smith no perdí del todo el tiempo —dijo ella ahora, con un destello burlón en los ojos—. Ésta es una de las cosas interesantes que aprendí allí.
Simbal sintió que se aflojaba su cinturón y, después, sus pantalones. Al cabo de un instante, sintió el contacto de la mano de ella.
Monica emitió un sonido ronco.
—Cuando te conocí no llevabas estos calzoncillos tan cortos. ¿Quién te los compra ahora?
—¿Te has vuelto loca? —Simbal estaba recobrando su aplomo—. ¿Y si entra alguien?
Pero estaba ya excitado y Monica le había bajado los calzoncillos. Ahora ella cambió de lugar y apoyó la espalda en la puerta. Bailaron sombras en la habitación, como fantasmas llegados de la fiesta. Era como si se hallasen en otro universo.
—Si alguien entra —dijo Monica en voz baja— le daré motivos para marcharse.
Apoyó un pie en el bajo antepecho de la ventana y, con su mano libre, se levantó la falda. Atrajo a Simbal contra ella. Él jadeó y ella sonrió. Llevaba solamente un liguero debajo de la falda, y él sintió el cosquilleo del tupido vello.
—A ver si te humedeces —dijo ella, apretándole contra sus labios.
—Monica...
—¿Qué? ¡Dime qué!
Pero él había cerrado ya los ojos. Ella se regocijó furiosamente al observar las emociones que reflejaba su semblante. Su deseo le había hecho olvidar todo lo demás. Ya no le reconocía; era como si hubiese echado por la borda la carga de la civilización.
La fuerte luz de la farola iluminaba el pecho de Monica, que ahora subía y bajaba con más energía. La zona del plano estómago. Y, más abajo, la arrugada falda ocultaba el cálido y líquido contacto.
Él la había penetrado ligeramente. Monica hizo oscilar sus caderas. Sus labios gordezuelos estaban entreabiertos y se iba quedando sin aliento.
Simbal estaba como embriagado. Experimentaba la exquisita sensación que ella le producía, como un breve remolino sedoso en su parte más sensible. La había asido de los hombros, apremiándola para que continuase. La calefacción de la casa de Max era excesiva y la ventana estaba abierta en su parte baja. Por lo visto había un par de invitados en el jardín de Max. Hablaban bajo, como murmurando, y el sonido de sus voces era como un vaho en la noche.
En la mente de Simbal, aquellas palabras oídas a medias se mezclaban con las caricias de Monica para crear una especie de intoxicación erótica, una red de sonido y sentimiento. Se estremeció fuertemente. Quería penetrarla más, pero cuando lo intentó, la mano de ella le impidió todo movimiento hacia delante.
—Monica —murmuró.
—Bésame —jadeó ella.
Los labios de él se posaron en los de ella y, cuando sus lenguas se tocaron, ella retiró la mano y él la penetró profundamente. Simbal lanzó un fuerte gemido, que llenó de vibraciones la boca de Monica. Ésta movió las caderas y se apretó contra él para retirarse y avanzar de nuevo.
Simbal deslizó las manos sobre la lana suave del suéter, lo levantó y acarició los senos desnudos. Eran cálidos, endurecidos los pezones y tan sensibles que ella lanzó un débil grito y movió con más fuerza las caderas cuando él los tocó con los pulgares.
—Hazme sentir, Tony —le dijo ella al oído—. Me estoy muriendo por ti.
Me estoy muriendo por ti. Estas palabras resonaron en la cabeza de él. ¿Eran las mismas que había oído filtrarse por la ventana desde el marchito jardín? Me estoy muriendo por ti.
Sintió que el calor de ella le envolvía. Tenía un gran peso en el bajo vientre, de manera que se mantenía en pie con gran dificultad. Sintió que le temblaban los músculos de las pantorrillas, sintió como si todo el peso de ella gravitase sobre él. Sintió, sintió, sintió...
Entonces se dio cuenta de que ella deslizaba las puntas de los dedos entre sus muslos, levantando los testículos, apretándolos con un ritmo suave.
Me estoy muriendo por ti.
—¡Oh! —gimió—. ¡Oh, Monica!
—¡Sí!
¿Era ella quien había murmurado? ¿O era la pareja del jardín?
Simbal empujó hacia arriba lo más que pudo. Sintió los latidos del corazón en la garganta y no pudo respirar. Boquiabierto, empujó con más fuerza.
—¡Ohh!
Monica abrió los ojos y gimió junto al cuello de él. Su calor líquido inició su propio espasmo. Su semblante enrojeció y sintió como unas ondas que se extendían hacia fuera desde la juntura de sus muslos. Se apretó más contra él, sintiendo el áspero roce del vello del pubis contra su carne íntima. Extrañamente, esto hizo que el orgasmo la privara de todo control.
Se encaramó sobre él y ambos perdieron el precario equilibrio y cayeron de espaldas sobre el montón de abrigos que había en la cama. Uno de los dos se echó a reír.
Simbal, cubierto por los pliegues de la falda de ella, miró hacia arriba y vio los ojos amatista de Monica.
—¿Cómo pude haber estado tan equivocado acerca de ti?
—Ya te lo he dicho, eres un tonto. —Exploró debajo de la arrugada falda y notó que él estaba todavía excitado—. ¡Y qué tonto!
En el jardín de abajo, la pareja había cesado en sus murmullos.
El resplandeciente «Chaika» negro esperaba a un lado de la pista del aeropuerto de Domodedovo. La nieve brillaba pálidamente a la luz de la luna, amontonada en los espacios intermedios de las pistas. El frío invernal, todavía fuerte en esta época del año, hacía que los gases de escape fuesen espesos y blancos como nubes.
A quince kilómetros al Noroeste, las luces de Moscú avergonzaban a la luna, surgiendo en la noche, desterrando la oscuridad.
Dentro del automóvil, la general Daniella Vorkuta estaba retrepada en el asiento de cuero. Su grueso abrigo de marta cebellina estaba abierto a su alrededor como una colcha. Su opulencia contrastaba con la línea y el color severos de su uniforme militar. Era el uniforme de gala que había llevado en el entierro de Yuri Lantin, con los pliegues planchados casi como filos de cuchillos. La triple hilera de medallas sobre su pecho izquierdo brillaban débilmente bajo las frías luces azules del aeropuerto.
De momento, su pensamiento estaba muy lejos de Moscú y del hombre a quien iba a recibir. Como de costumbre, su inteligente cerebro estaba revisando la última información que le había transmitido Mitre, su principal agente en Hong Kong. ¡Hong Kong! Aquel grande y bullicioso puerto era lo que ocupaba últimamente el pensamiento de Daniella. El dinero que fluía a través de la Colonia la atraía tan infaliblemente como un imán.
Y no era que Daniella Vorkuta fuese venal. Todo lo contrario. Era una de las pocas personas selectas que podían ver más allá del resplandeciente valor inmediato del capital. Para ella, el dinero era poder. Especialmente en Hong Kong. Y sabía que Hong Kong era la llave de China, posiblemente incluso de toda Asia.
Sabía que ésta era también la creencia de Shi Zilin. ¡Shi Zilin! El gran estratega cuyo plan para China ella había intentado descubrir en los últimos tres años. Aunque su mejor fuente de información sobre Shi Zilin, su ayudante Zhang Hua, había muerto de un ataque al corazón, tenía algo aún mejor: líneas de información que conducían a su organización más secreta, el yuhn-hyun.
Y, pensó ahora Daniella, aunque hubiesen fracasado todos sus esfuerzos por descubrir el otro secreto de Shi Zilin, el proyecto Kam Sang, sospechaba que Mitre le había proporcionado otro sistema de acceso.
Controlar Hong Kong era el deseo más ardiente de Daniella Vorkuta. Pues sabía que, si controlaba Hong Kong, controlaría toda China. Hong Kong era, y sería siempre, la puerta de Occidente para China. Sin Hong Kong como terrtiorio intermedio en el que tratar con Occidente, sabía que China estaría condenada a volver a su oscuro pasado. Sin Hong Kong, China no tenía futuro; nunca podría competir en el mundo moderno. Por consiguiente, Hong Kong era un instrumento inestimable e insustituible para China.
Y ahora sabía cuál era la mejor manera de conseguir el control de Hong Kong: arrebatar el poder que residía en el yuhn-hyun y hacerlo suyo.
Ésta había sido esencialmente la causa de que hubiese tenido que destruir a Anatoly Karpov, su predecesor como jefe del Primer Directorio, y a su todavía más poderoso aliado, Yuri Lantin. Los dos habían fraguado un plan, llamado en clave Piedra de Luna que incluía el cerco militar de China y una guerra encubierta empleando los regimien Su tono era duro como el pedernal. Él se limitó a asentir con la cabeza y mirar al frente.
—Jahwohl, Herr camarada general —dijo, en su mejor alemán.
Daniella se echó a reír y le desgreñó los espesos y negros cabellos. Desde su posición, no podía ver el pico que éstos formaban sobre la frente, ni las facciones típicamente serbias de su cara. Pero podía recordar fácilmente su cuerpo delgado y nervudo de atleta, los largos planos del estómago y el vientre que tan a menudo había untado de sudor.
Miró a través del cristal ahumado de la ventanilla. Había más de una docena de hombres con toscos abrigos azules y gorros de pieles. Policías, pensó. Del sluzhba. Era el nombre familiar de la Komitet Gosudarstvennoi Bezo pasnosti, la KGB. Daniella era jefe de su Primer Directorio, la más importante y poderosa subdivisión del más temido apparat de Rusia.
—El avión acaba de aterrizar, camarada general —dijo Alexei.
Daniella endureció su actitud. Los policías empezaban ya a moverse. Ahora pudo ver a otros, así como luces azules intermitentes y el brillo de metralletas «Kulspruta», y pensó: ¿Quién es el loco que ordenó sacar las armas?
El hombre surgió de la oscuridad, confuso el rostro por las luces de la pista y del avión. Daniella no podía aún verle la cara, pero reconoció su manera de andar. El andar de un hombre peligroso, rápido y ágil, lleno de energía, intimidatorio. No tenía nada de la pesada lentitud que solía atribuirse a la mayoría de los altos funcionarios del Kremlin.
Le rodearon seis agentes de paisano de la KGB. Hombres de Daniella. A pesar del frío, ésta había insistido en que no llevasen sus capotes. «Con tanta ropa, vuestras armas ocultas os servirían de muy poco en un caso de emergencia», les había dicho por la tarde, al darles instrucciones.
Al acercarse aquel hombre, los policías de chaqueta azul se separaron como las aguas del mar Rojo.
—Tienes la ruta despejada —dijo Daniella, y Alexei, con las manos sobre el volante, advirtió la tensión de su voz.
—Sí, camarada general —dijo formalmente él.
El grupo se había detenido. Uno de los hombres de Daniella se adelantó para abrir la portezuela del otro lado.
Y Oleg Maluta subió al automóvil, que tenía puesta la calefacción.
—Te saludo, camarada general.
Su voz sonó como papel de lija sobre cemento.
—Camarada.
Daniella percibió un fuerte olor a tabaco y a sudor. Sudor de trabajo, el olor de un agitador después de un largo día de complicadas negociaciones.
Alexei puso el «Chaika» en marcha.
—Dame algo de beber —dijo Maluta.
Ni siquiera es cortés, pensó Daniella, sacando una botella de aguardiente de Azerbaiján. Mientras llenaba el vaso, recordó que el licor predilecto de Yuri Lantin había sido «Starka», el vodka añejo. Era el medio del que se había valido para matarle: disolviendo una sobredosis de püdoras somníferas en la copa que tomaba al acostarse y metiéndole después la cabeza en el horno de la cocina de gas para que pareciese un suicidio. Gracias a esto, había ocupado el sitio del no llorado Karpov al frente del Primer Directorio y, al consolidarse su poder, la plaza de Yuri Lantin en el Politburó. Era la primera mujer que llegaba tan alto en la jerarquía soviética.
Oleg Maluta podía destruir todo esto con sólo levantar la mano.
Tenía un rostro ovalado. No era la cara de un moscovita. Más bien tenía los ojos extraños, casi almendrados, y las mejillas planas de un mongol. Sus cabellos grises aparecían rapados sobre las sienes. La coronilla calva le daba un aspecto benigno para quienes no le conociesen de cerca. Para los ojos de un desconocido, podía ser un insigne maestro de ajedrez, dedicado a proyectar jugadas totalmente inofensivas.
Nada podía estar más lejos de la verdad.
Maluta aceptó el vaso que le tendía Daniella y engulló de golpe tres dedos del fuerte licor. Al levantar la cabeza, descubrió su saliente nuez de Adán, que subía y bajaba al tragar la bebida. Después devolvió el vaso vacío y se enjugó los labios con el canto de un dedo amarillento. Volvió la cabeza para observar el espectáculo nocturno, como si hubiese sido montado exclusivamente para él.
Siguiendo instrucciones de Daniella, Alexei salió de la carretera de Kashira para seguir por las calles que flanqueaban el río Moscova. Daniella presumía que el río le gustaba a Maluta casi tanto como el ballet. Su apartamen to tenía vistas al río, y sus oficinas estaban en una de las mal ventiladas y sucias torres del Kremlin, desde cuyas ventanas podía ver el Moscova.
—La luz de la luna produce un magnífico efecto sobre el agua —dijo ahora, sacando un «Camel» de la cajetilla.
No invitó a Daniella, e hizo bien. Lantin la había obligado a fumar, y había aborrecido el tabaco. Ahora, el olor la mareaba, confundiéndose en su mente con el hedor asfixiante del gas de la cocina.
—Es debido al hielo —dijo.
Estaban rodando a lo largo del dique. Las sombras retorcidas y nudosas de las ramas desnudas de los árboles eran como los dedos de un viejo estirándose sobre la cinta de plata del Moscova.
El interior del «Chaika» estaba lleno de humo. Daniella abrió un poco la ventanilla de su lado.
—¿Cómo estaba Leningrado? —preguntó ahora, tragando saliva para librar a su garganta del irritante humo.
—Desalentador —dijo Maluta.
Siguió mirando a su amado Moscova. Mientras rodaban a toda velocidad, permaneció medio vuelto de espaldas a Daniella, observando fijamente a través del cristal ahumado de la ventanilla.
—Camarada, ¿puedo preguntarte...?
Pero un movimiento de la mano manchada de nicotina interrumpió la frase.
—Tengo hambre —dijo el hombre. Era una negativa pura y simple. Porque soy una mujer, pensó Daniella. ¿O hay algo más, algo que yo ignoro?— Mientras digiera la cena —prosiguió él—, tú podrás digerir mis palabras.
Estar sentada al lado de Oleg Maluta, decidió Daniella, era como establecer contacto con un agujero negro. La sensación de energía negativa era enorme. Después de diez minutos en su compañía, se sentía helada y agotada. Empezó a luchar contra este sentimiento, pues sabía que esa noche necesitaría toda su agudeza mental.
Daniella había ordenado a Alexei que reservase habitaciones en «Rosia», cerca del dique de Mostvoretskaya. El hotel tenía nueve restaurantes. Daniella iba a menudo a uno que estaba en el sótano, pues decían que tenía la mejor orquesta de baile. El restaurante al que fueron ahora se hallaba instalado en la vigésima primera planta. Tenía una vista espectacular sobre el Kremlin y las verdes, rojizas y amarillas cúpulas de San Basilio. Había pensado que esta vista complacería a Maluta, y así fue.
—¡Qué espléndido es Moscú! —dijo él, cuando se hubieron sentado en la mejor mesa, junto a una ventana—. Limpio y resplandeciente.
Pidió vodka y zakuski: dos clases de caviar del Caspio, esturión frío con espliego, y paté. No se molestó en preguntar qué quería Daniella.
Ésta cerró los ojos; pensó en su tablero de wei qi. Siempre que podía, jugaba a aquel antiguo juego chino al que los japoneses llamaban go. Se decía que la estrategia del jugador de wei qi era un espejo de su filosofía personal.
Se preguntó por qué se molestaba Maluta en jugar a estos juegos con ella. Estaba claro que la detestaba, como parecía aborrecer a todas las mujeres. Desde luego, le dolía que la hubiesen elevado al sanctasanctórum del poder masculino: el Politburó.
Maluta esperó a que dejasen ante ellos la bandeja de los aperitivos. No empezó a comer, aunque había dicho que tenía hambre.
—Debemos saber todo lo referente a Kam Sang.
Lo dijo sin preámbulos, y esto la impresionó. Kam Sang era un proyecto que se estaba desarrollando en la provincia china de Guangdong y que ella se había esforzado inútilmente en descubrir durante casi un año. Dos hombres conocían el secreto: Shi Zilin y su hijo, Jake Maroc. ¿Por qué se interesaba súbitamente Oleg Maluta en Kam Sang? Daniella no se fiaba de él. Si necesitaba el secreto de Kam Sang, quería decir que la apartaría del asunto cuando llegase el momento de ponerse las medallas. El secreto de Kam Sang podía dar un poder incalculable a Daniella o a Maluta. Pero no a los dos.
—Será algo muy difícil —dijo precavidamente ella.
—Pero tiene que hacerse, camarada general. —Los ojos de Maluta echaban chispas—. Quiero ser el sucesor de Fyodor Leninin. —Se refería a Fyodor Leninin Genachev, líder soviético y jefe del Partido Comunista—. Sin el poder que me dará el secreto de Kam Sang, esto sería casi imposible. Con amigos como Reztsov y Carelin dentro del Politburó, uno no puede echarse un pedo en la cama sin que Genachev se entere.
Carelin. ¿Tenía Maluta otra razón para sacar a relucir este nombre?
Daniella procuró respirar más despacio. No se había equivocado. ¿Qué loca intriga estaba tramando aquel hombre? Fuese lo que fuese, quería embrollarla en sus planes. Le dio vueltas la cabeza. Se esforzó por permanecer tranquila.
—Tendrías que haber estado allí, camarada general. En Leningrado. Habrías visto a Genachev. Paseando entre la multitud, sonriendo y gritándoles: «Estoy con vosotros. Estoy aquí para ayudaros, para escuchar vuestros problemas y para resolverlos. ¡Estoy aquí para empezar una nueva Rusia!» Maluta respiró hondo. Puso cara de acabar de oler pescado podrido.
—Cuando era joven, vi a Nikita Kruschev. Se presentaba en público en toda Rusia. Disfrutaba con la adulación de las multitudes, que le afectaban visiblemente como una droga. Incluso fue a América, a Disneylandia. Yo le consideraba una especie de héroe. ¿Comprendes? Un hombre con una gran visión, que había puesto la mirada en asuntos de fuera de la Unión Soviética.
»Hasta que un día oí hablar a mi padre. Estaba criticando a Kruschev. Este culto a la personalidad que quiere crear Kruschev a su alrededor es un peligro claro y real, decía. Kruschev pierde demasiado tiempo pensando en Kruschev. Envidia el poder y el prestigio de Kennedy, el presidente americano. Su guerra no es ideológica, ni entre naciones. Es una guerra de amor propio.
Maluta empezó a llevarse comida a la boca, porque en Rusia no se bebía vodka sin comer; esto se consideraba una señal de alcoholismo.
—Después, me encerré dos días en mi habitación. Sin comer y sin querer ver a nadie. Sólo pensaba en Kruschev y en lo que mi padre había dicho de él. Con el tiempo, comprendí que tenía razón. Kruschev se dejaba llevar por su egolatría, una actitud peligrosa para el líder de todas las Rusias.
Daniella respiró profundamente.
—¿Crees realmente que lo que dices es prudente, camarada?
Maluta volvió de pronto la cabeza. Parecía un halcón que hubiese visto su presa volando tranquilamente a medio kilómetro por debajo de él. Daniella se sintió paralizada por su terrible mirada de medusa. Un hilo de sudor se deslizó sobre su espina dorsal, y pensó: Este hombre me da miedo. Pero luchó contra esta idea, sabiendo con absoluta certeza que aquel miedo podía matarla.
—¿Pones en duda mi buen criterio, cantarada general?
El énfasis que puso en el tratamiento dejó bien claro que no le inspiraba el menor respeto. Y de nuevo pensó ella: ¿Es porque soy una mujer?
—No, camarada. —Le costaba mantener la voz firme y segura—. Sólo pongo en duda las circunstancias. Aquí...
—Aquí hay tanto ruido que ningún micrófono podría captar nuestra conversación. —Siguió mirándola de arriba abajo—. ¿De veras es ésta la razón de que estés inquieta?
Ella mantuvo serena la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Maluta comió otro bocado y se encogió de hombros.
La gente le quiere. Genachev tiene cincuenta y cinco años; es joven, en relación con la edad que suelen tener los del Kremlin. Se muestra enérgico y el pueblo responde. Anuncia que introducirá cambios radicales en el sistema agrícola. La economía..., la economía. No sabe hablar de otra cosa. Un índice de crecimiento del cuatro por ciento, sin reducciones militares: he aquí lo que promete al pueblo. Al pueblo, camarada general. Entonces lleva a su esposa y a su hija a desfiles, a funciones oficiales. Llegan los tres al «Teatro de Arte» de Moscú y se sientan en el patio de butacas como todos los demás, no en el palco, que era el lugar tradicional.
Buscó en un bolsillo interior y sacó unas hojas de papel brillante.
—¿Has visto esto?
Daniella tomó la cubierta y el artículo del última número del Time. Vio en ella a los Genachev; una bonita foto en color de los tres, sonriendo satisfechos en un acto oficial, con una muchedumbre extática en segundo término. «La Primera Familia, estilo Soviético», rezaba el titular. Devolvió las hojas a Maluta, sin desdoblarlas.
—Hay muy poco espacio en el que maniobrar —dijo él, dejando a un lado la revista. Parecía temer que estuviese contaminada—. Nuestro líder de nuevo estilo usurpa cada día más poder. Su culto a la personalidad aumenta diariamente. Genachev aborda la política interior soviética sin tener idea de lo que costará poner de nuevo en marcha este país. Las palabras que dice a la gente no harán que la economía crezca ese cuatro por ciento neto.
»Pero con ello se ha apartado del campo internacional. Genachev no se preocupa de la amenaza china ni de la guerra afgana. Después de un decenio de sólidas y continuas ganancias, hemos sufrido una grave y temo que casi irreparable pérdida de prestigio en África. Hemos perdido todo control de América del Sur y han fracasado todos los esfuerzos para tener a raya el sudeste asiático.
»Sin embargo, ¿en qué invierte su tiempo Genachev? En acercarse al pueblo, en hablar a los campesinos, asegurándoles que su tiempo de prueba está tocando a su fin. —Bufó—. Pronto tendremos subsidios agrarios, como en América.
Cerró un puño, blancos los nudillos por la tensión.
—¡Ya basta! Cuando me entregues los secretos de Kam Sang, demostraré a todo el Politburó la verdad de lo que he estado diciendo. Ya es hora de que recuperemos el control de África, de América Central y de América del Sur. Ya es hora de que la Unión Soviética avance en el mundo. Ya es hora de que seamos más agresivos en el extranjero, en vez de intentar que nuestras anticuadas colectividades agrícolas rindan más.
«Pero mientras Genachev conserve el poder, ninguna otra voz podrá dejarse oír en el Politburó.» Queriendo calmarle, al menos temporalmente, Daniella dijo:
—¿Comemos, camarada? Me estoy muriendo de hambre.
Comieron en silencio durante un buen rato, pero Daniella pudo advertir que Maluta prestaba poca atención a la comida.
—Claro que —dijo Daniella cuando se hubieron llevado las sobras del zakuski— siempre tienes otra alternativa. Podrías concertar una alianza con Genachev, valerte de un pequeño toma y daca. Tal vez podrías incluso persuadirle de que te aceptase como consejero en asuntos internacionales.
Maluta no dijo nada, pero Daniella pudo ver, por su expresión, que estaba dando vueltas a lo que le había dicho. Al cabo de un rato, Maluta extendió las manos y se encogió de hombros.
—No creo que el camarada Genachev aceptase ningún consejo mío. Mikhail Carelin es su gurú. Carelin: el hombre sin cara. ¿No es así como le llaman?
—En algunos círculos.
Estaba pensando en la estrategia del wei qi. Para atrapar a Oleg Maluta. Se preguntó si sería capaz de implicarle en un complot para asesinar a Genachev y acumular pruebas contra él; pruebas irrefutables que significarían su ejecución inmediata.
—Carelin. Dicen que no es ególatra. Que se contenta con permanecer en segundo plano, murmurándole al oído a Genachev. Tal vez las idioteces de Genachev son en realidad de Carelin. ¿Lo ves? Es difícil saber lo que corresponde a cada uno de ellos.
Maluta golpeó con el dedo índice el centro de sus amoratados labios. Tomó un «Camel» y lo encendió. Daniella disimuló su disgusto.
—Lo que has dicho es interesante, camarada general. —Tenía una expresión extraña en el semblante, y, al darse cuenta, Daniella se espantó. Era una sonrisa, pero de ésas que son más bien un rictus, como si él no tuviese el pleno dominio de sus músculos faciales—. Pero, desde luego, es una broma. ¿Por qué habría de cederme Carelin parte de su poder?
—Porque yo se lo pediría.
—¡Ah! Y supongo que él accedería sin más ni más.
Daniella dejó su taza de té sobre la mesa.
—Hace unas seis semanas, Mikhail Carelin me telefoneó. Me invitó a cenar. Presumí que aquello tenía algo que ver con los cabildeos del Politburó. Como miembro más reciente del mismo, tal vez se me consideraba vulnerable en ciertos asuntos.
»Me llevó a «Russkaya Izba», lo cual me sorprendió, pues es un lugar algo apartado, a cuarenta minutos del centro de la ciudad. Muy romántico. También para sorpresa mía, no hablamos de negocios. En vez de esto, tratamos de cosas sin importancia: nuestro pasado, recuerdos de la infancia, etcétera. Teníamos que conocernos.
—¿Te pidió Carelin una cita?
—Una cita —asintió Daniella—. Exactamente eso. Quiere que nos veamos de nuevo.
Maluta pensó en la esposa de Carelin, achaparrada y regordeta, y en sus dos hijas, hechas a imagen de su madre. Gruñó:
—¿Cómo lo dicen los americanos? «No te fíes de las aguas mansas», ¿eh?
—Algo así. —¿Y qué le respondiste a nuestro gospodin Carelin?
—No le dije ni sí ni no.
—Mujeres —dijo Maluta, como si esta única palabra lo explicase todo. Guardó silencio mientras les servían. No miró su plato ni su cigarrillo aún sin encender. Cuando se hubo marchado el camarero, dijo—: Bueno, tal vez en este caso tu... indecisión femenina nos haya sido muy útil.
No aclaró inmediatamente sus palabras, sino que atacó su pelmeni con satisfacción. En el decurso de la reciente conversación, había recobrado el apetito. No volvió a hablar hasta haber terminado y estar depositando los restos del picadillo sobre una gruesa rebanada de pan integral.
—Quiero que seas mi agente cerca de Carelin —dijo, con la boca llena.
—Y que consiga que influya en Genachev.
Ahora te tengo, pensó.
Maluta asintió con la cabeza y se enjuagó la boca con un buen trago de aromática vodka antes de engullirlo.
—Eso me convendría mucho.
Y sonrió, con una de sus extrañas y heladas sonrisas. Daniella reprimió un estremecimiento.
Su impresión de triunfo era como una paloma que aletease sobre su corazón. No desdeñaba el peligro de su doble juego, pero el riesgo era aceptable, dadas las circunstancias. También había descubierto algo muy importante acerca de Maluta: no la tenía sometida a vigilancia. De ser así, habría sabido que ya se había acostado con Mikhail Carelin.
Sintiéndose más relajada de lo que se había sentido en toda la tarde, dijo:
—Está bien. Creo que podré arreglarlo.
—Una línea directa con la mente de Genachev —dijo reflexivamente él.
Ella asintió con la cabeza.
—Es posible, sí.
—Bien. Pues manos a la obra.
Mientras se ponían los abrigos, Daniella pensó: Seré su agente. Espiaré para él, sí. Si esto significa que puedo derribarle, valdrá la pena. Aunque sea para un monstruo como él.
Después de la fiesta, Simbal y Monica comieron unos bocadillos bien rellenos de cosillas que había encontrado él en el frigorífico de Max Threnody. Codo con codo, hincaron vorazmente el diente en ellos, como pequeños animales, inclinados sobre el desmesurado fregadero doble de la cocina. Desde el cuarto de estar, llegó la voz de Max, que despedía a los últimos invitados. Los tipos de la DEA estaban muy unidos. Solían desfogarse en un ambiente relajado. Era de esperar; en realidad, era una de las razones principales de las odiosas fiestas de Max. La gente se desfogaba más en una casa particular que en público.
En el calor de sus emociones, Simbal no había olvidado el porqué de su ida allí. Después de un trago de «Dos Equis Amber», dijo:
—Esta noche no he visto a Peter Curran. ¿O estaba y me ha pasado inadvertido?
De pronto, Monica palideció. Dejó el bocadillo que estaba comiendo y dijo débilmente:
—¿Por qué has dicho eso?
—¿Qué?
—¿Por qué has mencionado a Peter?
Él se encogió de hombros, ahora en guardia. La observó con atención. Quería que ella le mirase para poder estudiar a fondo su emoción.
—Peter y yo nos conocimos bastante cuando estuve allí; esto es todo. —Hizo una breve pausa—. ¿Qué te pasa, Monica?
Sólo quería saber algo de un amigo. Por encima de todo, debía convencerla de que no tenía un interés especial en Peter Curran.
—No sabía que Peter y tú fueseis amigos —dijo ella, todavía sin mirarle.
—En realidad, no lo éramos. Por lo que recuerdo, no era fácil intimar con Peter. Pero estuvimos unas seis semanas juntos en Birmania antes de que lo sacasen de allí.
«¡Ten cuidado!» —Sí. Recuerdo eso. —Monica tomó de nuevo el bocadillo y lamió la salsa rusa de sus dedos. De pronto, parecía cansada, como si lo poco que habían hablado de él la hubiese agotado—. Pero no sabía que tú estabas entonces allí.
—Creo que aún no nos conocíamos —dijo, con naturalidad—. Me parece que te conocí después de mi regreso. Fue aquí, según creo.
Ella le dirigió una triste sonrisa.
—Entonces, te acuerdas.
Saltaba a la vista que estaba pensando en otra cosa. En Peter Curran.
—Él no estaba hoy aquí, según parece.
Monica dio un respingo, como si la hubiese pinchado con la punta de un cuchillo, y él pensó: ¿Qué diablos pasa?
—No —dijo ella, en voz tan baja que él tuvo que acercarse para oírla—, no estaba.
Simbal bajó la mirada y vio que había hundido los pulgares en el grueso bocadillo, tan fuerte era la presión que ejercía sobre éste. Pero era mejor no darse por enterado.
—Entonces, estará desempeñando alguna misión.
—¿No podemos hablar de otra cosa?
Volvió la cabeza hacia él, y Simbal se sorprendió de su extremada palidez.
—Desde luego. Lo siento. —La tocó—. Monica, quisiera que me dijeses...
—Llévame a casa, Tony. —Su semblante era ahora inexpresivo. Se limpió las manos con una servilleta de papel—. Llévame a casa. Y no digas una palabra más. ¿De acuerdo?
Él no estaba de acuerdo, pero sí resuelto a que ella no lo advirtiese.
El «Chaika» todavía apestaba a humo, aunque Alexei, a mudo requerimiento de Daniella, había hecho todo lo posible por airear el interior mientras ella y Maluta estaban cenando.
—Aquí hace frío —dijo Maluta—. Pon la calefacción.
Se retrepó en el asiento al apartarse el coche de la acera. El traje pasado de moda olía a ceniza.
—El tío Vadim me dio recuerdos para ti.
Se refería a Vadim Dubas, actual líder del Partido Comunista en Leningrado y hermano del padre de Daniella.
—¿Cómo está?
—Viejo y terco, como siempre —dijo brevemente Maluta—. Parece que nunca cambiará. —Sacó otro «Camel». Bruscamente, se inclinó hacia delante y dio un golpecito en el hombro de Alexei—. Quiero ir al monumento. ¿Sabes a cuál me refiero, teniente?
—Sí, camarada ministro.
Estaba en las afueras de Moscú, y sus formas angulosas de acero entrecruzado parecían casi una escultura moderna sobre la peana de piedra tallada. Salvo que el acero era real, parte de los seiscientos y pico de kilómetros de trampas antitanque y trincheras construidas por los ciudadanos que quedaban en la que llamó Stalin «Ciudad Heroica» después de su victoria sobre las setenta y cinco divisiones nazis agrupadas en los montes próximos a Moscú.
Alexei redujo la marcha del «Chaika» y lo detuvo a un lado de la carretera. Era tarde, más de las once, y las carreteras estaban desiertas. Aquí, como en toda Rusia, había poco o ningún tráfico nocturno.
Maluta no se movió hasta que Alexi abrió la portezuela de atrás. Alexei le entregó una linterna, pero Maluta no le dio las gracias, sino que se limitó a encenderla. La nieve helada crujió bajo sus zapatos al cruzar el arcén y plantarse delante del monumento.
Daniella, que estaba a su lado, se asombró al ver que tenía lágrimas en los ojos.
—¡Cuánta sangre se derramó aquí! —dijo Maluta, con voz temblorosa por la emoción—. ¡Cuánto heroísmo! El espíritu revolucionario brilló como un faro en aquellos negros días.
Guardó silencio durante un rato. El rayo de luz arrancaba destellos como de fuegos artificiales al chocar contra los bordes de las barras de acero.
—La nieve —dijo Maluta en la oscuridad—. Me encanta la nieve, camarada general. La nieve es pura y blanca como el espíritu de Lenin, que es nuestro eterno guía. —Estiró un pie y rascó la nieve con la punta del zapato hasta que apareció la negra tierra—. Pero la nieve cubre también muchos pecados. —El rayo de luz seguía fijo en el bélico monumento, pero la mirada de Maluta no se apartaba de Daniella, haciendo que ésta sintiese un hormigueo en la piel—. Todavía vivimos días oscuros, camarada general, no menos terribles que los de cuarenta y pico de años atrás. Todavía seguimos luchando por nuestra existencia. Es una guerra, pura y simple.
Daniella permaneció callada. Sentía los latidos de la sangre en las sienes. Sabía que estaba en presencia de un hombre muy peligroso, no solamente para ella, sino también para todo el país.
—Permite que te diga una cosa, camarada general —prosiguió y su voz era cortante—. En esta guerra, se está conmigo o contra mí. ¿Lo comprendes?
Daniella asintió con la cabeza, sin atreverse a hablar.
—Palabras —dijo Maluta—. Tengo que escuchar palabras durante las veinticuatro horas del día. Y cuanto más las escucho, más me convenzo de que la mentira es el pan de cada día y que nadie dice la verdad.
Encendió un «Camel» y apartó la mirada de Daniella. Contempló reflexivamente el monumento. Las barras de acero parecieron oscilar a la luz de la linterna.
La luna se había ocultado y el frío era ahora más intenso. El aire era denso, anunciador de más nieve. La tormenta que había retrasado el vuelo de Maluta estaba llegando. Daniella se arrebujó en el abrigo de marta cebellina. Una súbita ráfaga de viento hizo presa en sus espesos cabellos y los lanzó contra su cara. Ella no hizo nada para echárselos atrás.
—Lo malo, camarada general, es que eres hermosa —dijo Maltua después de una larga pausa. Exhaló humo y se quitó una brizna de tabaco del labio inferior—. Crees que, gracias a esto, puedes obtenerlo todo de los hombres que te rodean. Abres las piernas para Anatoly Karpov y te conviertes en jefe de la KVR. —Maluta se refería a la sección clandestina del Primer Directorio, más conocida como Departamento K cuando era mencionada. La KVR era responsable de los asesinatos extraterritoriales y del contraespionaje en el campo—. Hiciste lo mismo con mi malogrado colega Yuri Lantin. Y después de su prematura muerte, le sucediste.
Seguía sin mirarla. Fumaba tranquilamente, como si fuesen dos buenos amigos discutiendo cosas tan nimias como los planes para las vacaciones.
—De una parte, admiro tu astucia. Creo que eres una mujer muy ingeniosa. —Tiró la colilla. Ésta centelleó en la noche, poniendo una fugaz nota de color en el paisaje antes de extinguirse sobre la nieve—. De otra parte, conozco tu ambición. La conozco perfectamente. Quiero que sepas que no puedes hacer conmigo lo que hiciste con Karpov y con Lantin y, estoy seguro, con otros varios antes de ellos. Yo soy inmune a tu belleza. No sueño por las noches con tu cono.
El empleo de esta palabra soez fue deliberado. La molestó, tal como él había pretendido.
—Ahora —prosiguió Maluta— quiero que elijas. O estás conmigo o estás contra mí. No tienes más alternativas. ¿Pensaste por un instante que creí lo que inventaste hace un momento? ¿Mikhail Carelin murmurando al oído de Genachev que debería elevarme a la condición de consejero junto a Reztsov y al propio Carelin? —De nuevo aquel rictus inquietante en forma de sonrisa—. ¡Oh, no, no, no, camarada general! Aunque con tus artes me hubieses inducido a creer semejante tontería, sé que nunca habrías propuesto tal cosa a Carelin. Él se habría reído en tus narices, camarada general, y tu historial indica que no te gusta que te traten así.
Daniella estaba temblando. Sospechaba que había subestimado a Maluta y que, en realidad, había sido una imprudencia ocupar tan pronto el lugar de Yuri Lantin. Se preguntó si estaba preparada para la enrarecida atmósfera de las altas esferas del Kremlin o si se había hundido ya demasiado en ella.
Sabía que tenía que contestar inmediatamente, y presumió que sólo podía hacerlo en un sentido.
—Estoy contigo.
Había tenido que abrir la boca dos veces para poder decir esto; tenía tan seca la garganta que comprendió que la primera vez sólo habría podido emitir un sonido inarticulado.
Maluta asintió con la cabeza.
—Horosho. Bien. Ahora no tendrá Alexei que pegarte un tiro en la nuca.
—¿Qué?
De nuevo había querido él desconcertarla, y lo había conseguido.
El hombre volvió hacia ella la malévola cabeza, y Daniella vio aquel rictus horrible que quería ser una sonrisa.
—Sí. ¿No sabías que tu Alexei me informaba? De todos tus movimientos, camarada general. Estoy enterado de todos ellos.
Ahora, Daniella estuvo segura de que mentía. Si aquello hubiese sido verdad, Maluta sabría que había empezado ya su relación amorosa con Mikhail Carelin. Se dispuso a seguirle la corriente.
Maluta estaba observando cuidadosamente su semblante. Los negros ojos almendrados echaron chispas.
—Veo que dudas de mi palabra. Es comprensible.
Metió una mano debajo del gabán y sacó un pequeño envoltorio. Se lo tendió con sus dedos amarillentos.
Daniella miró fijamente el paquete, como si fuese algo venenoso. Su pulso se aceleró y sintió de nuevo latidos en las sienes.
Poco a poco, desenvolvió la cosa. ¡Virgen santa!, pensó, mirando el contenido.
Era extraño, se dijo Daniella, con una especie de frialdad histérica lo desgarbadas y casi cómicas que parecían dos personas cuando hacían el amor; sobre todo cuando una de aquellas personas era una misma.
Eran varias instantáneas de Daniella y Carelin desnudos y abrazados retorciéndose con visible entusiasmo en el orgasmo.
Maluta tomó las fotos de sus ateridos dedos. Las barajó como un paquete de naipes antes de extraer una de ellas.
—Creo que ésta es la mejor. —Buscó entre el montón—. O tal vez ésta.
—¡No sigas!
El esperaba esta reacción y, habiéndola obtenido, guardó sumisamente las comprometedoras fotos.
—Ahora —dijo—, quiero que hagas algo para mí. Es un símbolo que nos ligará a los dos mucho más fuertemente de lo que lo estáis el camarada Carelin y tú en este pequeño tete-á-téte. —Su voz era ahora suave, casi tierna—. Te pido esto, camarada general, porque me has mentido. Presumo que lo que has hecho solamente una vez, a instancias de Mikhail Carelin, aunque —y se encogió de hombros—, quién sabe, pueden haberse dado otros casos en el pasado.
»Pero ya ves que el pasado no me importa. Solamente el futuro. —Había sacado algo, sin que ella viese de dónde—. Quiero que esto sea una lección para ti, camarada general. Quítate los guantes, por favor.
Daniella hizo lo que él le pedía, su mente parcialmente entumecida. ¿Cómo he podido estar tan equivocada al juzgarle?, pensó. Estaba segura de que lo tenía en mi poder.
Él puso aquella cosa en la mano helada de ella: una pistola. Llevaba un silenciador adaptado a la boca del cañón. Daniella advirtió que era de fabricación alemana, no una pistola de reglamente del Ejército ruso. Un arma corta personal, severamente prohibida.
—Ahora quiero que mates a Alexei. —Daniella oyó la voz de Maluta como en sueños—. Hazlo según te adiestraron para las ejecuciones, de un tiro en la nuca. De la misma manera que te habría matado él.
Esto es una pesadilla, pensó Daniella. El miedo y el pánico crecieron dentro de ella con la fuerza de un incendio. No podía pensar. Era como si se hubiese dormido la parte razonadora de su cerebro. ¡Despierta!, pensó desesperadamente. ¿Qué tengo que hacer?
—No debería de resultarte muy difícil —dijo Maluta. Estaba fumando de nuevo y el viento arrojaba el apestoso humo contra la cara de ella—. A fin de cuentas, tienes un motivo para vengarte. Él logró tu confianza y, en pago de ella, te espiaba. ¿No crees que es justo castigar un delito tan odioso?
Estoy con un verdadero monstruo, pensó Daniella. Sentía un nudo frío en el estómago. Después sintió vértigo. Estaba como petrificada. No puedo hacer lo que me pide, pensó. No puedo.
—¿Por qué vacilas, camarada general? —La voz de Maluta volvía a ser dura y ronca—. Esta indecisión es impropia de un miembro del Politburó. Tendré que informar sobre esto. Una falta grave. Un hombre no habría mostrado tanta flaqueza. —Chupó su cigarrillo—. Tal vez, a fin de cuentas, debería llamar a Alexei y hacer que te matase.
Con los ojos chispeantes, Oleg Maluta avanzó sobre la crujiente nieve. Acercó los labios al oído de ella. El olor del tabaco era como un miasma nauseabundo, ni siquiera afectado por el frío y el viento.
—Hazlo, camarada general. Hazlo ahora, o tu vida terminará aquí, en este momento.
Daniella no podía creerlo, pero su cuerpo se movió en dirección al automóvil. No tenía idea de quién lo dirigía; desde luego, no ella misma.
Dentro, Daniella vio que Alexei la miraba por el espejo retrovisor.
—¿Qué ha pasado? —murmuró él—. Estás blanca como un fantasma.
Daniella se inclinó hacia delante, con el brazo levantado. Abrió la boca para contestar a Alexei. Antes de que el cañón tocase la nuca, apretó el gatillo.
Sintió náuseas cuando salió de la parte de atrás del «Chaika». El hedor de la muerte persistía en sus fosas nasales.
Maluta se acercó rápidamente a ella. Sacó un pañuelo blanco y limpio y lo empleó para tomar la pistola de la mano de Daniella.
—Tus huellas dactilares —dijo, envolviendo el arma cuidadosamente y deslizándola en el bolsillo de su gabán—. Quiero que comprendas que puedo acusarte de asesinato en cualquier momento. Aborrezco a los mentirosos. De buena gana te habría hecho matar, pero necesito tu astucia.
Daniella se volvió y vomitó. Maluta no se movió, pero resiguió con el rayo de luz de su linterna la ondulada superficie del abrigo de marta. La exquisita piel brilló como platino. Durante un rato, tarareó algo en voz baja.
—¿Para qué me necesitas?
Sentía un amargor en la boca que estaba segura de que ningún enjuague podría eliminar.
—Para penetrar en la mente de Shi Zilin, desde luego. Como puedes ver, soy muy minucioso en mis investigaciones. Sé que el secretro de Kam Sang está en la cabeza de aquel viejo. Vas a descubrirlo para mí.
Daniella sintió como si de pronto le hubiesen dado un martillazo.
—Eso es imposible —balbuceó.
Maluta arqueó las gruesas cejas.
—¿Sí? En tal caso, camarada general, te ordeno que liquides a Shi Zilin.
Daniella dijo, con la boca seca:
—Shi Zilin y Jake Maroc están inextrincablemente unidos.
—Está bien —dijo Maluta—. Soy un hombre razonable. —La nieve crujió bajo sus pies como una cosa viva—. Mátales a los dos.
Daniella sintió como si una bola helada de miedo se fundiese en sus entrañas.
—Creo que no comprendes lo que estás pidiendo.
Él apretó los dientes con un chasquido.
—Kam Sang, Shi Zilin, Jake Maroc. Uno, dos, tres. ¿Puede haber algo más sencillo?
Daniella no dijo nada. Podía oír circular la sangre en su oído interno, con la fuerza del deshielo en primavera. Ahora sabía lo que él se proponía, sabía que ni en las húmedas cavernas de la Lubyanka habrían podido someterla a una investigación más completa.
—Yo dirijo la sección de China —dijo—. Hay operaciones de largo alcance en marcha. No puedes pedirme que...
—Sí que puedo, camarada general. —Maluta dio una larga chupada a su cigarrillo. Estaba muy seguro de sí mismo—. El problema es que, cuando uno puede emplear, libremente una palanca poderosa, su mente concibe ideas para sus fines personales. —Se inclinó hacia ella, echándole humo a la cara—. Fines personales, camarada general, como opuestos a los que más convienen al Estado.
De nuevo aquel horrible chasquido de los dientes.
—Quimera es tu poder, camarada general —continuó Maluta—, pero sé que China es tu obsesión. No te pido mucho, ¿verdad? —Su voz se había vuelto melosa—. A fin de cuentas, podría exigirte que me revelases la identidad de Quimera. Incluso podría quitarte este triunfo. —Hizo una mueca—. Entonces, ¿qué sería de ti? ¿No lo comprendes? Visto bajo esta luz, no es mucho lo que te pido. Que descubras lo de Kam Sang, y que te libres de Shi Zilin y de Jake Maroc.
Daniella estaba temblando. Su control total de Quimera durante años había sido la clave de su rápido progreso. Sin la fantástica cantidad de información secreta que le proporcionaba Quimera, nunca habría llegado tan lejos ni tan de prisa en lo que era, literalmente, un mundo masculino.
En esto, Maluta había dado en el blanco. Quimera estaba en el mismísimo centro de la Cantera. Aunque Jake Maroc creía que había matado a Quimera hacía nueve meses, durante un enfrentamiento en Greystoke, en realidad el topo no era Henry Wunderman, el antiguo mentor de Maroc. Daniella, con sus maniobras, había camuflado perfectamente a Quimera y engañado a todo el mundo, incluso a Shi Zilin.
Ahora, su situación era desesperada. No se dejaba engañar por las padabras de Maluta. A menos que pudiese encontrar alguna manera de burlar o anticiparse a Maluta, éste controlaría totalmente sus operaciones en China. Era esto lo que pretendía con sus órdenes. Eliminados Shi Zilin y Jake Maroc, y con los secretos de Kam Sang en el bolsillo, Maluta sería invencible. Ni siquiera con la ayuda de Carelin y Reztsov impediría Genachev que él le derribase. Y este loco gobernando Rusia era algo inconcebible. Maluta tenía ya tanto poder que, si podía aumentarlo con lo de Kam Sang, sería capaz de persuadir a los otros miembros del Politburó de que la destrucción de Genachev era conveniente para los intereses de la Unión Soviética. ¿Y dónde estaré yo?, pensó Daniella. Siempre bajo su poder. Porque si Maluta llegase a creer que no puede dominarme, me destruiría también.
Daniella sabía que al decir «el Estado», Maluta se había referido a sí mismo.
—¿Me estás diciendo que no sirvo para dirigir las operaciones en Chica?
—Posiblemente.
Maluta asintió con la cabeza y arrojó la brillante colilla del cigarrillo, lejos, en la oscuridad.
La ira que sentía Daniella tenía que buscar una salida; estaba como loca, y habló impremeditadamente:
—Hablas del Estado. Pero el Estado te es indiferente, camarada. Esto es algo pura y simplemente personal. Estás buscando la manera de hacerte con el poder y yo tengo que eliminarte los obstáculos. —Sintió que le quemaban las lágrimas debajo de los párpados y los cerró para que él no lo viese. Hizo acopio de fuerzas—. Tenfjo que proporcionarte la bala de plata para tumbar a Genachev. Y si, por alguna razón, se descubre el secreto, seré yo la que vaya al paredón.
—¡Oh, camarada general! —Maluta le sonrió con benevolencia—. Esta noche me has complacido de muchas maneras. Sí, tienes toda la razón en lo que has dicho. —Se encogió de hombros—. Pero, de todos modos, harás lo que yo te pido, ¿verdad?
Daniella asintió con la cabeza, sin decir palabra. ¿Qué otra cosa podía hacer? Al menos, él ya no la espiaría.
Maluta la asió del brazo, con campechanía, y volvieron al «Chaika».
—Además —dijo él, ahora más tranquilamente—, librarnos de los Shi, será, a la larga, lo mejor. No me interesa el poder que están acumulando en Hong Kong.
Había empezado a nevar. Entre los dos, metieron el cadáver de Alexei en el portaequipajes.
Maluta miró aquella cara blanca y rígida, y dijo:
—Parece sorprendido. —Cerró el portaequipajes—. Bueno, no me extraña. Te era absolutamente fiel, camarada general.
Daniella tuvo la impresión de que la tierra se abría bajo sus pies. Fue a agarrarse al parachoques, pero no lo consiguió y cayó de rodillas.
Maluta no la ayudó a levantarse. Permaneció plantado junto a ella, observándola con la curiosidad con que un científico estudiaría una muestra de laboratorio.
—¿Crees que habría sido tan estúpido para dejar que matases a quien te vigilaba por mi cuenta? Si Alexei hubiese estado haciendo lo que te dije, habría sido demasiado valioso para prescindir de él de esta manera.
»No, mi querida Daniella. Te mentí acerca de Alexei. A este respecto, era tan puro como la nieve recién caída. Ahora sabrás lo que se siente cuando le mienten a uno.
Observó con temblorosa intensidad cómo caían las lágrimas de los ojos de Daniella. Éstas producían unos puntos oscuros al chocar con la nieve.
—Pronto —dijo— tendré fotos de tu llanto. Mi vigilante cuidará de ello.
Pareció jadear, al condensarse su aliento en la fría noche.
—Pasado mañana es tu cumpleaños —dijo Tres Votos Tsun—. ¿Dónde te gustaría que fuésemos a cenar?
—A «Gaddi's», en la Península —respondió inmediatamente Neón Chow.
Tres Votos Tsun, de pie en la cubierta recién baldeada de su junco anclado en la ciudad flotante de Hakka, en Aberdeen Harbor, miró a su amante. Oh ko, pensó: a «Gaddi's», desde luego. ¿Por qué no había podido llevarla, para celebrar sus veinticuatro años, al restaurante más caro y lujoso de Hong Kong?
—¡«Gaddi's»! —exclamó—. Por el Dragón Azul Celestial que, si no te conociese, ¡diría que quieres arruinarme!
Uno tenía que hacerse de rogar, pensó Tres Votos Tsun. A sus setenta y un años, había aprendido, o al menos se lo imaginaba, todos los trucos de la mente femenina.
—No lo haré —dijo Neón Chow, con un delicioso mohín. Se acercó a él sobre la cubierta—. Sólo una vez se cumplen veinticuatro años. ¿No quieres que me sienta feliz? —Acarició el collar de esmeraldas que él le había regalado hacía poco—. ¿No merezco ir a «Gaddi's»? —Su mohín se acentuó—. Ya lo sé, crees que te pondré en ridículo en un lugar tan distinguido.
En realidad, pensó Tres Votos Tsun, nada podía estar más lejos de la verdad. Dondequiera que llevase a esta exquisita mujer, todas las cabezas, tanto femeninas como masculinas, se volvían a mirarles. Neón Chow, que trabajaba media jornada para el gobernador, habría pasado fácilmente por una estrella de cine o de la canción. Lo único que había impedido que lo fuese, pensaba él, era que era una criatura terriblemente perezosa. Neón Chow no había hecho una hora de trabajo duro en su vida, y esto era, según creía él, lo que más le gustaba.
—Es verdad que un tai pan de tu categoría no puede consentir que le pongan en ridículo en público —prosiguió ella, poniendo cara larga—; por consigiuente, olvida lo que te he pedido. Llévame a esa vieja y sucia pescadería de Causeway Bay que tanto te gusta. Supongo que no merezco nada mejor.
Tres Votos Tsun reprimió una sonrisa. En realidad, ella podría pedirle lo que quisiera, y él se lo concedería si estaba en su poder. Pero, por el bien de ambos, no debía manifestárselo. Creía que era mejor no revelar la poderosa influencia que ella ejercía sobre él. No había conocido a ninguna mujer, y en su larga vida había conocido a muchas, que le conociese tanto como Neón Chow. Cuando hacían el amor se sentía como si tuviese treinta años, y las nubes y la lluvia eran más intensas de lo que habían sido en su fogosa juventud. Con sólo mirarla, temblaba de excitación su miembro sagrado.
—La verdad es que estás de suerte —dijo ahora—. Telefoneé al restaurante de Causeway Bay, pero estaban todas las mesas reservadas, porque va a celebrarse allí un banquete particular. —Esto era una mentira descarada, pues siempre había pensado llevarla al restaurante que ella prefiriese—. Por cosiguiente, tendremos que ir a «Gaddi's».
—¡Eeeeeh! —gritó Neón Chow, echándole los brazos al cuello. Movió las ondulantes caderas y apretó los senos contra el pecho de él—. ¡Es maravilloso!
Sí, pensó Tres Votos; ciertamente, lo es.
—Honorable padre, ¡están ahí!
Tres Votos se desprendió del abrazo al oír la voz de su Hijo Número Uno. Cruzó cojeando la cubierta, mientras Jake y Bliss subían a bordo. Mi hija parece más guapa que nunca, pensó. La piel de Bliss es brillante y translúcida como el alabastro. Se diría que ha estado esperando toda su vida que Jake Maroc Shi volviese a ella, para corresponder a su amor.
—Sé bien venido, Zuhan —dijo, y volviéndose a Bliss, añadió—: Hija.
Tenía sereno el semblante; nada en él indicaba su profunda emoción.
—¿Puede ir abajo Bliss? —preguntó Jake—. Mi padre ha pedido los servicios de sus manos sanadoras.
—Desde luego —dijo Tres Votos, mostrándoles el camino.
Desde que había venido de Beijing para reunirse con su familia, Shi Zilin había decidido vivir en el junco de su hermano, pues, como decía, «me recuerda los viejos tiempos en que transportábamos lágrimas de adormidera para el tai pan diablo extranjero de Shanghai».
Jake y Tres Votos observaron a Bliss al bajar ésta la escalera. Jake advirtió que Neón Chow le estaba mirando. Él no la miró ni hizo caso de su presencia. Prefería tratarla como a un objeto, como a una bala o una cesta más de las que llenaban la recién lavada cubierta.
No le preocupaba Neón Chow. Pensaba que era responsabilidad de su tío. Ciertamente, no la consideraba como de la familia. Sospechaba, en su fuero interno, que le interesaba más el dinero de Tres Votos que la persona de éste. Había conocido a muchas bellezas como Neón Chow que solamente podían traficar con sus cuerpos. Era parte de la vida de Asia. Joss.
Abajo, Bliss sonrió a Shi Zilin y le asió la mano. La estre chó y acarició su dorso, mirando con afecto al viejo. Le besó en ambas mejillas.
—¿Dónde te duele más hoy, a-yeh? —preguntó suavemente y, cuando Zilin se lo dijo, asintió con la cabeza—. Entonces empezaremos con el Meridiano Hígado. —Se agachó y le quitó los zapatos—. El punto sedante está aquí —dijo, levantándole un pie descalzo—, en la planta, precisamente debajo de la base del dedo medio. Ahora, al apretar aquí, piensa que la corriente de energía brota del extremo opuesto del meridiano, la cara interna de la clavícula, y baja a través de las costillas hacia la región del pubis, y después sigue bajando por la cara interna de la pierna hasta la rodilla y hasta que alcanza el hueso del tobillo, y allí gira hasta que llega al punto que estoy apretando. Ahora, cierra los ojos, a-yeh.
En la cubierta, Tres Votos Tsun observó la esbelta espalda de Neón Chow mientras ésta se alejaba. Cuando hubo desaparecido, trasladó la mirada al cielo plateado y escupió por encima de la borda.
—No hay sol; no hay lluvia. Y llaman tiempo a esto. Malo para pescar, malo para todo, ¿heya?
Los ojos entornados y cobrizos de Jake observaban el mar en la lejanía. Petroleros negros y bajos, cargados de crudo de los ricos emiratos, navegaban como siluetas bidimensionales. Sin duda habían pasado por el estrecho de Malaca, uno de los territorios más, pequeños y estratégicos en el mundo moderno movido por el petróleo.
Zilin había informado a su hijo de que era el estrecho de Malaca, así como el Continente, lo que los soviets se proponían atacar.
Plantado allí, Jake dejó de pensar en su tío y en Neón Chow, recordando la conversación que había sostenido con Zilin aquel mismo día, más temprano. El viejo parecía obsesionado en su viejo enemigo, la KGB. Y sobre todo en dos de sus principales oficiales.
—En los últimos tres años y medio —había dicho el Jian— el Ejército ruso, con el respaldo político de Anatoly Karpov y de Yuri Lantin, ha reforzado las cincuenta y ocho divisiones que tiene en la frontera. Nueve de ellas están fuertemente armadas. Y todas están apostadas a lo largo de la frontera septentrional de China.
»En Siberia Oriental, donde somos históricamente más vulnerables, las últimas informaciones nos dicen que han sido desplegados aproximadamente cien bombarderos «TU-2» y ciento cincuenta misiles transportables «SS-20», provistos de cabezas nucleares.
—¿Son «Backfire» los bombarderos? —había preguntado Jake.
Y al contestarle su padre afirmativamente, pensó: Son los más modernos que tiene Rusia: ocho mil kilómetros de alcance, capacidad nuclear, con bombas o misiles aire-tierra.
—Nos rodean por todas partes, Jake —había dicho Zilin—. Pero no son más que máquinas. Las máquinas necesitan algo que las guíe. La mente humana. Aquí está el quid de la cuestión. Tenemos una nueva amenaza en el Kremlin: Oleg Maluta. Es mucho peor de lo que fueron nunca Karpov y Lantin, porque la base de su poder es virtualmente inconmovible. Y si llega un día en que se eleve todavía más, que Buda nos proteja. Su belicosidad está demostrada. Afganistán y Pakistán fueron dos de sus proyectos predilectos.
»Lo que ahora debemos preguntarnos es en qué dirección vuelve Maluta su cabeza de víbora. ¿Hará que surquen el cielo esos bombarderos «Backfire»?
Los brillantes ojos negros de Zilin eran insondables, no tenían edad. La enfermedad degenerativa que continuaba afligiéndole no había conseguido debilitar su energía interior ni la agudeza de su mente extraordinaria.
—¿Qué te hizo reparar en Maluta, padre? —había preguntado Jake.
—Daniella Vorkuta—dijo el viejo—. Siempre tiene que ser Daniella Vorkuta. No pierde de vista a China, Jake. No olvides nunca esto. Entre los rusos que están hoy en el poder, ella es la que comprende la importancia de controlar Hong Kong. Si los rusos pueden adquirir un dominio suficiente sobre las compañías mercantiles que operan aquí, cortarán todas las fuentes de ingresos del Continente; pondrán en graves apuros a las empresas que quieran establecerse en Hong Kong. El dominio de Daniella Vorkuta sobre Hong Kong tiene que ser destruido para siempre, o China no verá nunca cumplido su destino como futura potencia mundial.
»Aunque Maluta es peligroso, por su manifiesta agresividad contra nosotros, es Daniella Vorkuta quien puede realmente destruirnos: financiera y económicamente, y para siempre.
»La general Vorkuta juega al wei qi; conoce la estrategia. A través de Sir John Bluestone, tiene aquí una importante cabeza de puente y, aunque a él no le perdemos de vista, no podemos menospreciar la inteligencia de ella. Solamente ella, entre todos los rusos, comprende nuestro potencial aquí.
—¿Qué sabe Daniella Vorkuta de Kam Sang? —había preguntado Jake.
Zilin había lanzado un largo suspiro.
—Ya ha tratado dos veces de infiltrarse en el proyecto. Hasta ahora hemos podido..., bueno..., anular sus agentes antes de que le transmitiesen demasiada información. Pero seguirá intentándolo.
—Esto me parece que crea un problema por sí solo —había dicho Jake—. El mero hecho de las fuertes medidas de seguridad alrededor de Kam Sang, tendría que alarmarla. Es lo bastante lista como para ver implicaciones militares en una seguridad tan extremada. Zilin había mirado a su hijo.
—Cierto. Y si ella se alarma, también se alarmará Oleg Maluta. Y ordenará que se eleven los «Backfire».
—¿Te has relajado lo bastante, Jian? —preguntó Bliss.
Zilin abrió los ojos. Su mente, libre de la red de dolores en que había estado presa, estaba flotando. Zilin se hallaba en el centro de daihei, la gran oscuridad donde reside la esencia incorpórea, cuando la voz de Bliss le había sacado de su ensimismamiento.
—Sí —dijo con voz firme—. Has hecho maravillas conmigo, bou-sehk. Gema preciosa, es como te llama mi Hermano Menor. —Se movió ligeramente—. Te doy diez mil veces las gracias.
—Sólo te he quitado el dolor —dijo ella, pasmada de que le diese el mismo nombre cariñoso que solía darle su padre—. No te he dado nada en absoluto.
—Al contrario —dijo él fijando en ella sus ojos luminosos—, me has dado una parte de ti misma. Escúchame, bou-sehk. Tu cuerpo es solamente parte de lo que tienes para ofrecer a los otros; es tal vez la parte más insignificante. Sí, tu cuerpo puede dar y recibir un placer enorme. Pero este placer es, en el mejor de los casos, fugaz. En cambio, la mente está alimentada por tu aura, tu esencia, tu qi, y esto es lo aue te hace única. Esto es en definitiva lo que la mente recuerda. Lo que el alma aprecia.
Bliss se arrodilló junto al jergón de caña e inclinó la cabeza. Tenía las manos cruzadas sobre la falda.
—Dime —prosiguió él—, ¿entiendes de da-hei?
—No, abuelo.
—Toca las puntas de mis dedos con las de los tuyos. —Su voz era un murmullo y llegaba hasta ella como las ondas que lamían suavemente el casco del junco—. Ahora mírame a los ojos. Mírame a los ojos.
—¿Qué tengo que ver?
—Nada —dijo él. Pero a ella le pareció que no había abierto la boca—. Nada.
Había en el cuarto una oscuridad que no era penumbra ni sombra. Para Bliss era una fuente de iluminación, aunque no sabía cómo la oscuridad podía ser fuente de luz.
En lo profundo de los ojos de Zilin había un destello de color que le era desconocido. Lo contempló largamente, intentando descifrar su misterio. Y la oscuridad siguió aumentando a su alrededor, robando la luz. Entonces, el camarote desapareció.
Y Bliss oyó la llamada del mundo.
Sobre la cubierta, Jake decía:
—Tengo diez mil hijos, los cuales debo tejer en una pieza compacta.
—Ésta es la tarea del Zhuan —dijo Tres Votos, observando atentamente la famosa intensidad de la mirada de Jake.
Aunque el tono de su tío era estudiadamente neutro, Jake percibió una sutil intención oculta, y una sirena de aviso sonó en su cabeza.
—No apruebas la elección de sucesor que ha hecho mi padre, ¿verdad, Anciano Tío?
—¡Oh, no, no! Nada podría estar más lejos de la verdad. Sólo que no veo cómo podrá sobrevivir el yuhn-hyun sin el Jian. No quiero menospreciarte, Joven Sobrino; no te querría más si fueses mi propio hijo. Pero el Jian tiene más de ochenta años de experiencia. El yuhn-hyun es obra suya, se ha estado desarrollando en su mente durante cincuenta años. La idea de perderle ahora, en este crítico momento, me atemoriza.
Declinaba el día, pero el aire estaba completamente inmóvil. Jake observó que Neón Chow estaba charlando con la Hija Número Dos de Tres Votos en la proa.
—¿Te quedarás a cenar, Zhuan?
—Desgraciadamente, no puedo —dijo Jake—. Tengo demasiado que hacer.
Trató de sonreír, pero su cara se resistió a hacerlo. Ocurrían demasiadas cosas, con excesiva rapidez. Deseaba desesperadamente poder hablar a alguien de su estrategia, a Tres Votos o a Bliss. Pero sabía que en esto estaba solo. Tenía que estarlo. Era lo que correspondía al Zhuan. No podía confiar en nadie. Pero esto le dolía en lo más íntimo; se asombró al ver cuánto le costaba apartar a Bliss. Una parte de él quería hacerla su confidente, ya que la amaba tanto. Por otra parte, la del Zhuan, sabía que la información que poseía era demasiado explosiva para que la compartiese con otra persona. El enemigo estaba demasiado cerca, muy bien escondido dentro del círculo interior para correr el riesgo. Sin embargo, le aterrorizaba lo que se veía obligado a hacer. Bliss era parte integrante de su vida. No podía imaginarse lo que sería vivir sin ella.
Un junco, con su alta vela triangular brillando roja en el crepúsculo, se acercaba gradualmente a la boca del puerto desde el Este.
Jake apoyó los codos en la barandilla. Tenía las mangas arremangadas; Tres Votos pudo ver el vigor nervudo de sus muñecas y sus dedos. Los bordes callosos de las manos de Jake eran tan amarillos como el marfil antiguo.
—Tío —dijo—, ¿crees que Bluestone está detrás del desfalco en Southasia Bancorp?
—Sin duda alguna —dijo rotundamente Tres Votos—. Está claro que el perro infame que se llevó el dinero no tiene la inteligencia necesaria para urdir aquella maniobra. Se habría ensuciado en los calzones. No, el plan requería un cerebro como el de Bluestone.
Mientras el junco de vela carmesí buscaba el refugio del puerto, Jake vio que se había ensanchado una mancha negra a lo largo del horizonte. Empezó a soplar el viento.
—Pero tal vez —dijo tristemente Tres Votos—, Bluestone está más metido en el yuhn-hyun de lo que cualquiera de nosotros imaginamos.
Jake no dijo nada; siguió observando el horizonte con ojos inexpresivos.
—Quimera, el topo soviético en la Cantera, tu antiguo mentor, Henry Wunderman, sabía todo lo referente al sello de jade del emperador, el fu, cuyos pedazos os dio mi hermano, a ti, a tu medio hermano Nichiren, a Bliss y a Andrew Sawyer. ¿Cómo podía saberlo?
Jake respiró hondo.
—Bluestone no es nada, Anciano Tío. Solamente es un canal. Daniella Vorkuta está detrás de la intriga para hacer quebrar Southasia. Daniella Vorkuta está dentro del yuhn-hyun; es su cerebro el que trabaja aquí. Daniella Vorkuta dirige a Bluestone. Como dirige a Quimera.
—¿Dirige a Quimera? —preguntó Tres Votos con incredulidad—. ¿Qué quieres decir? Quimera está muerto. Tú le mataste con tus propias manos.
—Yo maté a Wunderman —dijo Jake, y su voz reveló el dolor que sentía—. En realidad..., él no era Quimera.
Jake permaneció inmóvil. Tres Votos se dio cuenta de que estaba como petrificado, como muerto.
—Hace una semana, un agente de la Cantera se puso en contacto conmigo. Su identidad no importa; es un agente perfectamente camuflado, que lleva el nombre en clave de Apolo. Beridien y Donovan, y tal vez otros pocos de la central de la Cantera, conocían la existencia de Apolo. Pero nadie, salvo Henry Wunderman, conocía su identidad. Cuando Apolo se enteró, a través de altos círculos diplomáticos, de la muerte de Wunderman y de lo que la había causado, empezó a reflexionar. Él sabía, sabía, Anciano Tío, que Wunderman no podía ser un doble agente. Y lo confirmó. También confirmó que Quimera seguía operando. En los meses transcurridos, Apolo ha seguido pensando en ello. Ha deducido la identidad del topo de la general Vorkuta dentro de la Cantera: Rodger Donovan.
Jake observó una walla-walla que transportaba a tres comerciantes mandarines, sombríos como reptiles, por los estrechos pasos entre las barcas, en dirección a uno de los restaurantes flotantes anclados en el puerto. El agua manchada de petróleo golpeó el costado del junco.
Al Jake se volvió de cara a su tío.
—El nombre de Donovan es el único que concuerda. El plan que tramó Vorkuta para persuadirnos de que Wunderan era Quimera fue tan audaz como meticuloso. Empleó falsa información para convencerme de que Henry era Quimera, y empleó otra información, igualmente falsa, para convencer a Henry de que yo estaba detrás del asesinato de Beridien. «Toda aquella intriga era peligrosa para Quimera. En cualquier momento, Henry o yo podíamos descubrir la verdad en lo tocante a él. Por consiguiente, su recompensa tenía que ser muy elevada.
—Yo diría que el control de la Cantera por el topo de Vorkuta es, de por sí, una elevada recompensa —dijo Tres Votos.
—Oh, sí —dijo Jake, malhumorado.
Tres votos observó las manchas de petróleo que chocaban contra el junco. En el puerto, «Jumbo», el gigantesco restaurante flotante, se iluminó pronto, proyectando rayos de luz rojos, verdes y azules, que bailaron sobre las olas.
—¿Estás seguro de esto? Tal vez es otro de los malditos planes diabólicos de Vorkuta.
Jake sacudió la cabeza.
—No, no lo creo, por dos razones. Primera: no tendría el menor motivo para despertar ahora mis sospechas, pues lo que pretendió fue que yo creyese que Quimera estaba muerto. Segunda: Apolo me dijo que la última orden de Wunderman había sido eliminar a Daniella Vorkuta. He comprobado esta orden.
—¡Ojalá pudiese morir cien veces por lo que te ha hecho, Joven Sobrino! —dijo Tres Votos, escupiendo por encima de la borda del junco.
—Bastará con una, Anciano Tío —dijo fríamente Jake—. La general Vorkuta hizo que matase a uno de mis más viejos amigos. —Estaba observando algo en la lejanía. Tal vez no era nada del mundo real—. Nos enfrentó a los dos, y ni Henry ni yo sabíamos lo que pasaba. Destruyó todo lo que había entre nosotros: amistad, afecto, confianza. Como un mago, hizo que nos imaginásemos engaños y traiciones. Nos separó y, con ello, nos venció. Peor aún, hizo que nos derrotásemos el uno al otro. Presumió, acertadamente, que nuestra mutua estimación podía convertirse en odio y que este odio nos cegaría, sujetándonos a la ilusión creada por ella.
»Por Buda que debió de refocilarse cuando yo maté a Henry y me convertí en asesino por su cuenta.
—¡Ahhhh! —suspiró largamente Tres Votos—. La general Vorkuta es un diablo, Zhuan. Se ha empeñado en destruirnos. ¿Cómo es posible creer que una mentalidad tan diabólica se aloje en la cabeza de una hembra?
El viento cantó una fantástica tonada entre los obenques; una golondrina de mar chilló, girando sobre ellos. La luz que los rodeaba pareció de pronto plomiza, mortalmente pesada. Pasó un largo rato antes de que Jake desviase la mirada; cuando lo hizo Tres Votos sabía ya lo bastante para no añadir palabra.
—Mira, Anciano Tío. —Jake señaló la espesa mancha negra sobre el mar—. Ahí viene tu lluvia.
lan McKenna tiró del cuello de su camisa. El tiempo estaba en calma y bochornoso después de la breve lluvia de la tarde. La oscura playa estaba como punteada por el pincel de un pintor. La marea arrojaba detritos sobre ella. McKenna movía de un lado a otro su linterna. Era plena noche y el silencio era tal que podía oír la sirena de un barco que navegaba muy lejos de la costa.
—Apague eso, si no le importa.
McKenna se quedó inmóvil. Era una voz china. Instintivamente, se llevó la mano al revólver de reglamento. Tranquilízate, se dijo. Te dará un ataque al corazón si continúas así. Apagó su linterna y quedó envuelto en la oscuridad. Una ligera fosforescencia (conglomerado de luces del próximo «Stanley») reflejaba dibujos abstractos sobre el agua.
Sintió que alguien se acercaba a su derecha y se detenía a su lado.
—Buenas noches, Mr. McKenna.
Éste volvió la cabeza y vio un ojo blanco y muy abierto fijo en él. Una cara redonda de luna, una nariz ancha y aplastada. La cara típica del chino meridional, desfigurada por una lívida cicatriz que tiraba hacia abajo del párpado izquierdo, creando la impresión de una mirada feroz y continua. McKenna se estremeció interiormente ante el malí joss de aquel hombre.
—Soy Ojo Blanco Kao.McKenna gruñó:
—Para mí, todos sois iguales. Shanghaineses, cantoneses,... etcétera. Todos sois unos malditos bandidos.Durante un momento, Ojo Blanco Kao no dijo nada; despues sus labios se torcieron hacia arriba en una sonrisa.
—Esto no le impide aceptar mi dinero —dijo tranquilamente, —El dinero no tiene color —dijo McKenna—. No me importa de dónde venga.
—¿Le parece cantidad suficiente? —preguntó Ojo Blanco Kao.
Pensando que tal vez había encontrado la gallina de los huevos de oro, McKenna dijo dándose importancia:
—De momento, creo que es adecuada. Pero la decisión final dependerá de lo que quiera a cambio.
—¡Oh, Mr. McKenna! En realidad no es nada.
Ojo Blanco Kao cruzó las manos a su espalda. Aunque miraba al mar, su ojo maltrecho seguía fijo en McKenna. La pálida fosforescencia del agua le daba un matiz fantasmal, como si fuese el ojo vidrioso de un muerto, de un muerto con una mosca correteando por su pegajosa superficie. ¡Basta!, gritó McKenna para sus adentros. Se esforzó en calmar su estómago, pero no pudo borrar la imagen de las grandes fogatas en el centro de Australia, con las chispas elevándose y deslizándose en el cielo muerto y negro. El canturreo...
—... bien?
—¿Qué? —dijo, recobrándose del terrible recuerdo—. No le he oído.
—Le preguntaba si se sentía usted bien, Mr. McKenna. Su cara está muy pálida.
McKenna se enjugó el rostro con mano temblorosa; estaba frío y húmedo.
—Yo..., no, no estoy muy bien. Me estoy reponiendo de una ligera gripe, eso es todo.
—Debe usted cuidarse, Mr. McKenna. —Ojo Blanco Kao había sacado un cigarrillo. Lo encendió e inhaló profundamente—. Ahora, mucho depende de usted.
De nuevo los negocios.
—¿Qué quiere que haga?
Ojo Blanco Kao empezaba a estar harto de los modales del diablo extranjero.
—Me pregunto lo que dirían sus superiores si se enterasen de que vive con un joven.
McKenna enrojeció.
—¿Qué diablos significa esto?
Ojo Blanco Kao chascó la lengua.
—Formidable Sung, jefe de la Tríada más importante de Hong Kong, conoce este secreto, ¿no es verdad, Mr. McKenna? Lo emplea contra usted de vez en cuando, para que le dé información anticipada sobre las batidas de la Policía.
—¡Esto es una estupidez!
—¿Lo es, Mr. McKenna? —Ojo Blanco Kao sonrió—. ¿Qué edad tiene su compañero, McKenna? ¿Dieciocho años? No, son demasiados. ¿Tal vez dieciséis? ¿O sería más exacto decir quince?
El chino se echó a reír.
Lo sabe, pensó McKenna. ¡Este pequeño bastardo lo sabe todo! De pronto sintió una rabia enorme. La idea de bailar mi al son que tocaban aquellos pequeños hijos de perra de ojos sesgados era demasiado para él. Lanzando un gruñido, fue a sacar su arma.
Pero Ojo Blanco Kao lo había previsto y estaba tan cerca que su cuerpo tocaba el del hombrón. La reluciente hoja de de un cuchillo se apoyó en el cuello de McKenna.
—Esto no ha sido muy inteligente de su parte, Mr. Mc Kenna. —Las dos últimas palabras brotaron forzadamente de la boca de Ojo Blanco Kao. Solamente el hecho de que estaba sujeto a una disciplina estricta le impidió degollar al diablo extranjero—. Puede tener mucho poder dentro de su comisaría, pero aquí, en plena noche, no es más que un trozo de carne apestosa que podría colgar a secarse para que la encontrasen las ratas. Sería un buen banquete para ellas, Mr. McKenna. No quiero que lo olvide. La ira de McKenna salió a la superficie. Su cabeza tembló debido a la intensidad de aquélla. Pero podía sentir la hoja: de acero sobre su nuez de Adán. Tú eres el que puede darse por muerto, pensó; ésta es la pura verdad, amigo. Sus labios se torcieron en una mueca bestial. Nadie me trata así. Nadie.
Al cabo de un momento, la hoja de acero había desaparecido. Todo volvía a parecer normal. —El primer servicio que puede prestarme —dijo Ojo Blanco Kao, como si no le hubiese amenazado— es confirmar un rumor. He oído decir que ha habido algún contratiempo, algún contratiempo muy reciente, en el Southasia Bancorp.
»Yo soy cliente de ese establecimiento y, naturalmente, me preocupa la suerte que pueda correr mi dinero. Supongo que lo comprende. McKenna se echó a reír. —Eso es asunto suyo. Pero sí, lo comprendo.
Este cerdo, pensó, puede haberme dado un arma contra el Formidable Sung. El muy bastardo me ha estado chantajeando durante demasiado tiempo. Sung tiene participación en el Southasia Bancorp. Si hay un problema en el Banco, me gustará mucho ver la cara que pone cuando le informe de ello.—Está bien —dijo, esforzándose en dominar su ardiente furor. La visión de la cara aterrorizada de Formidable Sung le ayudó a conseguirlo—. Veré lo que puedo averiguar.
—Y pronto —dijo Ojo Blanco Kao—. Hágalo pronto, Mr. McKenna. Ahora vayase a casa. Abrace a su jovencito y duerma tranquilo. Tal vez a su tiempo, si cumple bien y lealmente mis encargos, le daré lo que necesita para destruir el dominio que Formidable Sung ejerce sobre usted.
Oscuridad. Y dentro de ella, dando vueltas, estaba la luz. ¿Cómo era posible? Pues lo era. Porque la luz no era iluminación.
Era dolor.
Un dolor tan delicado, tan exquisito, tan palpable que tenía una presencia real. Pendía (era la mejor manera de expresarlo usando un verbo convencional) en el centro de su universo, oscilando confusamente como una guadaña. Cortando las puntas de sus nervios, dejándolos desnudos, abiertos y sangrantes; un dolor que estaba segura de que no tendría fin.
Sin embargo, lo tuvo.
Y fue porque el coronel Hu Xujing lo ordenó.
Qi-lin oyó claramente su voz entre el discordante estrépito que era uno de los componentes de su dolor. En el curso de su internamiento, había perdido todo sentido de orientación. No podía expresar con palabras el tiempo que había estado envuelta en este dolor, en esta luz: un día, una semana, un mes, un siglo, ¿qué más da? Antes, es decir, antes del dolor, recordaba que su sentido del tiempo había sido muy agudo. Nunca había necesitado despertador, nunca había necesitado mirar el reloj para acudir a una cita; siempre llegaba puntualmente.
El tiempo. El dolor se comía el tiempo, lo consumía ávidamente en su buche de luz, y regurgitaba lo que quedaba: ni tiempo, ni vacío, pues esto habría significado ausencia de dolor. El dolor estaba siempre allí, una luz en la negrura estigia. Su única luz. Y porque se había hecho así para ella, se convirtió, con el tiempo, en su oasis, en su único amigo.
Hasta que llegó el coronel Hu.
El coronel Hu hizo que cesara el dolor. Al principio, Qi-lin le odió por esto, por quitarle su única luz. Ahora sólo había oscuridad. La rodeaba un puro vacío, una furia de silencio, de soledad. Antes, recordaba vagamente, podía abrazar su dolor. Le recordaba que todavía respiraba, que su corazón seguía latiendo, que aún estaba viva.
Cuando el dolor hubo desaparecido, ya no estuvo segura. Durante un tiempo, sospechó que estaba muerta. No podía sentir, ni ver, ni oler, ni oír, ni gustar nada. ¿Qué karma la había traído a este lugar desconocido y horrible? ¿Era esto el principio de la Rueda de la Vida? ¿Qué pecados misteriosos había cometido para encontrarse aquí? Entonces, el coronel Hu la sacó de la nada. Qi-lin pensé;
más tarde que había sido como nacer de nuevo. Literalmente. No tenía palabras para expresar la inmensidad de su gratitud. Él le mostró la luz, la verdadera luz, con color y grada?;
ciones, y ella se entusiasmó tanto que alargó los brazos para acercarla más. Él le hizo oír el murmullo del viento entre los árboles, el aleteo y la breve llamada de los pájaros; cuando lo ordeno, empezó a llover y aquel suave y consolador sonido hizo que llorase de alegría. El coronel Hu le dijo que eran las lágrimas de un corazón puro y de una mente pura. Éstas eran las primeras palabras que recordaba que le había dicho. Le asió la mano temblando al tocar la callosa palma con las puntas de dedos.
El primer agua que él le dio se derramó por la barbilla. Se avergonzó, hasta que sintió que él la secaba con un pañuelo suave. Él la besó amablemente en la mejilla, y ella!
sintió un calor en su interior. Y se durmió. Cuando se despertó, estaba hambrienta. El coronel Hu estaba allí para alimentarla. Trató de comer sola, pero fue; como si hubiese olvidado para qué servían los palillos. Empezó a comer con las manos, pero él la interrumpió. :
Le dio de comer con los palillos, despacio y cuidadosa mente, de forma tan instructiva que pronto pudo hacerlo!
ella bajo su mirada vigilante. En todo este tiempo, no había dicho una palabra. Pero! descubrió que no le costaba comprender las cosas sencillas que le decía el coronel Hu. Como le había ocurrido con! los palillos, parecía haber perdido la facultad de hablar.
El coronel Hu también le enseñó esto, poniendo en ello;
toda su paciencia. Qi-lin no comprendía que alguien pudiese ser tan paciente como lo era él con ella, y le quiso más por esto. Desde luego, tenía destellos. Momentos en que podía recordar con sorprendente claridad su «otra vida», antes de que hubiese renacido gracias a la luz brillante del dolor. Y entonces levantaba la voz, decía al coronel Hu que estaba equivocado, y que ella sabía el significado de esto o de aquello, el verdadero significado, y que por qué la engañaba.
Después volvía a la oscuridad, como una manta sofocante, y ni siquiera tenía ya el dolor, su oasis personal, para estrecharlo contra su pecho. En vez de eso, tenía que volver a la nada de la que había nacido.
La primera vez que le ocurrió, Qi-lin dijo: «Esto no puede ser. Ya he renacido.» Pero no emitió ningún sonido y casi se ahogó con el fluido que llenó su boca abierta.
Hacía tiempo que el dolor había dejado de espantarla. Sabía instintivamente que podía soportar cualquier tormento, porque conocía el secreto de darle la vuelta. Como un alquimista, podía transmutar la angustia en luz, una luz que la mantendría a salvo, sana, entera.
Durante los episodios subsiguientes, mantuvo la boca fuertemente cerrada. Esto la salvó, quizá, de ahogarse, pero sirvió de poco para mitigar su terror. No había nada más horrible, concluyó, que ser arrojada de nuevo a un vacío infinito. Era como morir por toda la eternidad. O peor aún, no morir..., pero tampoco vivir.
En definitiva, aprendió a ocultar esos accesos de lo que llamaba «recuerdos en color» a los que la rodeaban, en especial al coronel Hu, que parecía estar observándola en espera de los llamados «episodios regresivos». En todo caso, éstos fueron cada vez menos frecuentes.
Cuando el coronel Hu le presentó su objetivo, Qi-lin apenas si recordaba otra vida, una vida diferente de la que había llevado aquí, en las afueras de Beijing.
Flotó en un océano de laca. Librado del dolor, podía desarrollar su qi, su energía intrínseca, hasta abarcar todo el Mar del Sur de China. La luz del sol, cálida y vivificante, irradiaba desde lo alto y se infundía en él. Y él observaba el juego de los delfines, haciendo cabriolas en la espumosa estela de los petroleros. En otro cuadrante, vio un grupo de ballenas azules que se sumergían. Agitaban las aletas para hundirse más, a través de capas de agua de un azul cada vez más intenso hasta ser casi negro como la noche. En la oscuridad, nadaban de prisa, guiando las madres a sus pequeños con suaves empujones, mientras chorros de burbujas plateadas se arrastraban detrás de ellas y subían perezosamente a la superficie.
—¿Estás relajado, a-yhe? —preguntó Bliss, cuando faltaba poco para la puesta del sol y había estado trabajando más de dos horas en el cuerpo del viejo.
—Muy relajado. El dolor de ayer ha desaparecido, y hoy tengo muy poco. Tus manos hacen maravillas en este viejo cuerpo.
Sentía un calor que, de momento, mantenía a raya su dolencia. Ella es la única que me llama abuelo, pensó Zilin. Para los otros, soy lian. Incluso para mi hijo. Aunque Bliss era una ahijada para él, le gustaba que le llamase a-yeh. Era como le habría llamado Lan, la hija de Jake. Lan. Y ahora centró su pensamiento en ella.
Ya no sentía las manos de Bliss dando mensaje a su vieja carne. Su qi se había dilatado: veía y sentía otras cosas más enjundiosas; las mezquinas preocupaciones de la carne habían sido desterradas por un tiempo.
Pero, en definitiva, volvió a intereses más humanos. Soy Jian, pensó medio soñando. He dedicado toda mi vida a alcanzar esa exaltación. Y no puedo quejarme del resultado.
Pero, sí, ¡sí que me quejo! Me ha privado de vivir como un ser humano normal. No tengo una esposa que me espere en casa, ni una familia reunida delante del fuego del hogar. He sacrificado las tradiciones ancestrales, tradiciones que han hecho de nosotros el pueblo más civilizado de la tierra, buscando un camino seguro para el futuro.
Si hemos de sobrevivir y prosperar tenemos que aprender nuevas tradiciones; pero no sé lo que son. No tengo nada de esto para transmitirlo a Jake. Estoy realmente suspendido entre dos mundos. Soy del viejo Reino Medio, anticuado en sus supersticiones, y por eso me aparté deliberadamente de aquel estilo de pensamiento. El primer Jian, el maestro del fantástico jardín de Suzhou, donde nací, me enseñó la importancia del artificio para construir un nuevo mundo. En el colegio, en Shanghai, mis compañeros me consideraban extraño, un rebelde cuyas opiniones no podían comprender. Nunca podré olvidar lo que le debo al Jian. Y diariamente doy gracias a Buda de que la herencia viviente que me dio aquél, su bisnieta Bliss, esté ahora conmigo en Hong Kong.
Zilin aún podía recordar el día en que la madre de Bliss había acudido a él. Él era todavía una rebelde, estaba con Mao, ocultándose en los montes de Hunan, mientras Chiang Kai-Shek buscaba la manera de destruir el ejército comunista. Había hecho por ella todo lo que había podido en aquellos negros días: le había dado de comer y, cuando ella hubo descansado lo bastante, había empleado su influencia cerca de las tribus Shan de Birmania para que pudiese trasladarse a Hong Kong y llegar hasta su hermano Tres Votos Tsun.
Con sólo unas mieras de grueso, su qi podía extenderse sobre la vastedad del laqueado océano. Y Zilin se sorprendía de lo mucho que duraba su energía. La dolencia que le había afligido durante años, ahora sólo podía afectar a su cuerpo. Pero, debido al intenso dolor que de otra manera le habría incapacitado, había tenido que confiar cada vez más en la fuerza de su qi para mantenerse cuerdo y activo. Era bueno saber que no podía vaciar aquel embalse místico. En este sentido, era tan vigoroso ahora como cuando tenía veinte años. No, pensó; incluso más vigoroso, porque había aprendido a emplear su qi de manera que en su juventud no habría podido ni siquiera imaginar.
Pero también se daba cuenta de que su cuerpo flaccido necesitaba ahora un disparador para liberar tan completamente a su qi. Con los puntos nerviosos bloqueados por la dolencia y el dolor, era difícil conservar la corriente de energía a través de su sistema, que le permitía la liberación del qi. Bliss trabajaba en su cuerpo como un mago, empleando una serie de puntos no bloqueados para que la ayudasen a liberar la serie siguiente, y así sucesivamente, a lo largo de las sendas nerviosas sitiadas por la inclemencia de los años.
—Bliss —dijo ahora.
—Estoy aquí, abuelo.
—Eres buena para un viejo. Haces que vuelva a sentirme joven.
—Gracias, abuelo —dijo ella, bajando la cabeza—. Pero la verdad es que eres de granito. No morirás nunca.
—Ay, mi preciosa gema, todo el que vive tiene que morir. Es la voluntad de Buda. Desafiarla es prueba de codicia. —Suspiró por algo que ella no podía discernir, tal vez por alguna visión interior—. ¿Sabes 16 que le ocurrió al hombre codicioso?
—No, no lo sé.”
—Pues que llegó al fin a la cumbre de un monte, el último de los muchos que había cruzado en sus viajes, y vio ante él un valle tan vasto que no podía calcular sus dimensiones. Y este valle estaba lleno de todo lo que había deseado poseer en su vida. Todo. Pasó varios días corriendo de un lugar a otro, examinando y valorando, más feliz de lo que se pueda imaginar.
»A1 principio, su gran entusiasmo y su alegría hicieron que no pensara en la comida ni en la bebida. Pero, al cabo de un tiempo, la visión de sus inagotables bienes empezó a palidecer ante el apremio del hambre y de la sed.
«Recorrió tambaleándose el rico valle, pero lo que había en él ya no le importaba. El hambre le consumía y la sed le causaba vértigos.
Zilin calló, y Bliss tuvo que incitarle a continuar.
—¿Qué ocurrió entonces?
—El hombre comprendió que no podía soportar más tiempo el hambre y la sed. Pero nada podía hacer. Pues el valle era ciertamente inmenso, y en ninguna parte había comida ni bebida. Toda su vida había codiciado la riqueza, y por fin la tenía. Pero precisamente porque su deseo de ella era tan omnívoro, no había sitio en el inmenso valle para que creciesen las plantas que podían proporcionarle comida o para que aflorase el agua, y ni siquiera para que otra persona habitase en su universo.
Bliss se estremeció.
—Parece un destino muy cruel.
—La crueldad engrendra crueldad —dijo suavemente él.
A la deriva en aquel océano laqueado, sintió de pronto una inquietud. Era como si se estuviese fraguando una tormenta en el lejano horizonte. Extendiendo su qi hasta sus límites, buscó el origen.
—Por hoy hemos terminado —dijo Bliss—. ¿Cómo te sientes?
—Magníficamente —dijo Zilin, sintiendo que su qi retornaba a su interior, como acompañando a la noche que empezaba—. Gracias a ti perfectamente. —Sin embargo, pensó en aquella lejana tormenta y dijo—: ¿Estás dispuesta a viajar a da-hei?
Se refería a la gran oscuridad en la que reside toda la energía espiritual humana.
Bliss asintió con la cabeza.
—Pero no comprendo.
—El gato no comprende por qué cae de pie desde una gran altura. El pájaro no comprende por qué puede volar. Sólo busca el aire y se identifica con él. —Zilin extendió una mano—. Lo mismo te ocurre a ti. ¿Te imaginas que cualquiera puede entrar en la esfera de da-hei? —Gruñó—. Ahora dame la mano y mírame. Aquí. Y aquí. ¿Tienes miedo?
—No.
—No de da-hei. Esto puedo sentirlo. Me refiero a si temes lo que no tiene explicación.