Capítulo 40

YA ha terminado cuando Erich la insta a bajar desde la puerta con un «vámonos rápido». Los dos bajan las escaleras acompañados del chucho intercambiando frases cortas:

—¿Sabes conducir un Audi?

—Sé conducir.

—Conducirás tú por si hay que abrir fuego.

—Puede que sea mejor viajar en mi coche.

—También conocen tu coche.

—Pero ahora tiene otro color y supongo que para escapar necesitaremos el que más corra.

Erich no quiere parar a discutir sobre coches pero no descarta ninguna opción para salir de París.

—¿Dónde está?

—En casa de Deray.

—Eso significaría salirnos del plan, aunque ya nos estamos saliendo con la peluda compañía.

—Mejor, por si alguien más lo conoce. La improvisación y la metodología se llevan bien cuando las rige la intuición y la lógica.

Se han metido en el coche, incluido Pancho, y han salido de la finca cuando Marina da un volantazo y hocica el coche en el patio de una casa que tiene dos grandes árboles a la entrada y una preciosa verja negra con arbustos. Se baja del coche y Erich le grita:

—¿Se puede saber qué demonios haces?

—Baja del coche —y le abre la puerta—. Ven, rápido.

—¿Me quieres explicar qué ocurre?

—Shhh. Baja la voz —le susurra mientras se agacha y le indica que haga lo mismo.

El propietario de esta casa es un amigo. Tiene gente apostada en varios sitios estratégicos y coloca un lazo rojo en el árbol de la entrada para avisar de que hay militares alemanes merodeando por la zona.

—Eso significa que ya están aquí.

—Y que no podemos continuar con tu coche.

—Si me hubieras alertado antes de esta señal podría haber evitado que el mariscal Keitel…

—Claro, a un militar alemán se lo iba a decir —le interrumpe.

 

 

 

Ambos cargan con sus respectivos equipajes intentando pasar desapercibidos y dejan las puertas del coche abiertas de par en par, con la intención de que parezca lo que es, que lo han abandonado a la carrera. Pancho se baja y se marcha al ver a otro perro.

—Apenas lo hemos tenido unos minutos en marcha. El calor del motor bajará pronto y cuando se den cuenta de que tu coche está aquí estará tan frío que no sabrán el tiempo que hace que lo has dejado ni quién iba dentro.

A Erich le parece una observación bastante práctica digna de un militar experimentado y le produce respeto que Marina repare en el detalle. Existen dos motivos para que una persona agudice el ingenio de tal forma: el hambre y la guerra, y Marina tiene las curvas bien formadas para haber pasado hambre. Está convencido de que si fuera hombre sería de los que combaten en primera línea de fuego y salen ilesos. La sigue, pensando en ella, pero no pierde puntada de lo que ocurre alrededor. Están en zona peligrosa para los alemanes. Las casas parecen apacibles desde fuera, sin ninguna indicación de que ocurra nada anormal en sus interiores. Nadie se mueve detrás de las cortinas de las ventanas, pero quiere adivinar que todo el mundo está alerta y espían sus movimientos. Varias casas después de donde han dejado abandonado el vehículo se detienen y rodean el perímetro de un inmueble para entrar por la parte trasera. Ella coge una llave que hay escondida en algún sitio estratégico y penetran en el interior de la casa. De repente, oyen unos ruidos y se agachan al llegar al salón. Pancho, que ha regresado, se tumba y emite un corto gemido de desilusión.

 

 

 

Allí escondidos, sentados en el suelo con las piernas estiradas y la espalda y apoyada en la pared, en la oscuridad de la noche y sin tener que mantener la mirada, la curiosidad se le envalentona a Marina y le pregunta al alemán:

—¿Kennen Rommel?

—Sólo Kennen, Erich Kennen…

Erich saca un cigarrillo y lo enciende. Se hace un silencio en el que un remolino de preguntas impide a Marina pensar en otra cosa que saciar esa curiosidad tan molesta, así que acaba volviendo a preguntar casi susurrando:

—Entonces… ¿Rommel? —y recuerda cómo está utilizando la misma técnica que su madre había usado con ella toda la vida cuando la sometía a los interrogatorios de turno.

—Combatimos en la 7ª División Panzer juntos bajo las órdenes directas de Hoth en la entrada a Francia.

—¿Entrada?

—Sí, entrada. Llámalo como quieras. ¿Invasión te parece más afín a tu ideología? —exhala el humo dejándolo escapar por entre los laterales de la lengua, que sitúa con la punta tocando en el cielo de la boca.

—Ah, no, sí, bien —intenta remarcar su falsa falta de susceptibilidad. «Entrada, invasión ¿qué más da?, qué a la ligera se usa la lengua en la guerra…», piensa Marina.

—Hitler —continúa Erich— le concedió a Rommel dirigir la 7ª división Panzer por sus logros anteriores pero no tenía experiencia previa en comando de tanques y yo sí. Aunque él tiene mucha más experiencia en general que yo al haber participado en la guerra anterior; yo, por edad, no… —intenta disculpar algo que a Marina le parece absurdo.

—Que con biberón no dejaban ir a la guerra… Estos alemanes… ¡Qué crueles! —inquiere con la ironía típica que demuestra un cierto grado de seguridad y tranquilidad. Pacto de lobos.

El alemán tuerce muy levemente el gesto en una mueca de protesta invisible en la oscuridad, mientras vuelve al hilo de su explicación sujetando el cigarrillo con los labios.

—Rommel es diez años mayor que yo pero dicen que nos parecemos físicamente. Sólo compartimos algunos rasgos —sujeta con los dedos el pitillo—, como los hoyuelos; pero mi nariz es menos redonda y más pequeña.

—¿Quieres decir que dos personas distintas habéis estado desempeñando el mismo papel?

—No. Él ha desempeñado siempre el suyo propio. A mí me ha tocado desempeñar eventualmente uno ajeno.

—¿Por qué?

—Buena pregunta —se toma unos segundos mientras traga humo—. Se supone que para evitar justamente sucesos como el del que se me acusa. Rommel tiene contacto directo a menudo con el Fürher porque fue ascendido a Mayor General y como Comandante del Cuerpo de Guardia de nuestro líder no podía estar en dos sitios a la vez. Así que nos han ido alternando en ocasiones concretas.

—¿Entonces es cierto?

—¿El qué?

—Dicen que Hitler también tiene un doble ¿no? ¿Todo es por dos en los mandos alemanes? —pregunta inocentemente.

El comentario casi pueril de la mujer le produce una sonrisa sorda que le hace volver la cara para que Marina no la perciba. Denota que su curiosidad carece de maldad por muy irónicos que puedan ser sus comentarios en ocasiones.

—Bueno, algo así.

—¿Por qué te acusan?

—¿Crees que he conspirado contra Hitler? —pregunta con ligera indignación mientras sigue fumando.

—Si fuese así hubiera preguntado por qué lo hiciste. Y no se responde a una pregunta con otra pregunta.

Le sorprende la respuesta pero no dice nada. No sabe si es un halago o verbigracia de intelectualismo constreñido. La conversación carece de expresión temporal, no cuentan ni los segundos ni los minutos.

—Intereses políticos.

—Comprendo. Posiblemente te estás volviendo peligroso para que alguien ascienda al poder a los ojos de esa ambición oculta, o para que alguien caiga… —elucubra en voz alta.

—Algo así. Contigo sobran las palabras —y arquea las cejas a pesar de su semblante aparentemente inexpresivo.

Erich es una de esas personas que no necesita gesticular o adoptar posturas, sus ojos lo dicen todo y hablan por sí solos. No son demasiado grandes pero sí de una viveza y profundidad expresiva contundente.

—Desde que hablas te estás volviendo un poco resabida.

—Me ofendes —apuntilla con tono jocoso contenido.

—¿Por pensar que eres resabida? —se admira por la obviedad de que un hecho tan objetivo pueda ofender.

—Por pensar que sólo es desde que «hablo» como dices.

En esa ocasión no puede evitar que su sonrisa sea algo más sonora y evidente.

—Ah, pero ¿sabes sonreír? Yo que pensaba que no eras más que otro hijo de puta alemán con mala leche…

A Erich le choca la descortesía pero reacciona siguiéndole el juego.

—Pues no, soy un hijo de puta alemán con sentido del humor —expresa con toda la intención recordando la primera vez que la vio y contestó a uno de sus soldados que no era ninguna zorra francesa, sino española.

—Veo que a ti tampoco te ofende el que quiere si no el que puede —remata la prueba a la que ha sometido al alemán.

Erich, con el simple hecho de imitarla, ha descubierto el por qué de su contestación aquel día: simple y pura soberbia, aprendida quizás, o genética. Y también de la frialdad con la que atendía las ofensas del subordinado militar: realmente no le importaba lo que ese hombre pudiera decirle.

«Lo dará la tierra como ella dice».