Capítulo cuatro
Desde luego, ser rico tenía sus ventajas. Una de ellas era que, si uno bebía, no tenía que preocuparse de conducir. La limusina que había alquilado en el aeropuerto lo estaba esperando en el aparcamiento del Paradiso. En contra de todo pronóstico se había quedado en el casino, y en todo ese tiempo había estado haciendo algo más que tomarse unas copas en la barra del bar. También se había pasado por la mesa de los apostadores de alto nivel para echar unas partidas de póker y, dado el estado de embriaguez en el que se encontraba, perdió unas cuantas manos. En fin, si solo le quedaban seis meses de herencia, qué menos que disfrutarlos.
Sin embargo, ahora iba arrastrándose hasta su limusina después de haberse pasado siete horas bebiendo y jugando desastrosamente a las cartas. La última persona que esperaba encontrarse antes de meterse en el coche era a Kelly Kentworth llorando desconsolada. Asam sintió una puñalada en el corazón cuando vio cómo las lágrimas le caían rodando por las mejillas. Lo último que quería era verla triste. Se había estado sintiendo fatal desde que vio en la boda de Alana y Dharr lo dolida que estaba por lo que había pasado en la despedida de soltero. Le daba rabia haberle hecho daño y no haber sido capaz de hacer las paces con ella después de tanto tiempo, así que al verla en ese estado sintió un dolor que le atravesó las entrañas, como si unos colmillos le desgarrasen la piel.
Aunque sabía que era la última persona a la que querría ver, no pudo evitar acercarse para ver qué le pasaba e intentar hacer algo para que se sintiera mejor, por muy remota que fuese esa posibilidad.
—¿Qué te pasa, mon amie?
Kelly soltó un resoplido al tiempo que se retiraba un mechón de pelo dorado de la cara.
—¿Qué más te da?
—Me importa, y mucho —le dijo acariciándole la mejilla. Asam se alegró al comprobar que le dejaba hacerlo, aunque reconocía que antes también había disfrutado robándole un beso. Después de todo, ere un jeque; nada más y nada menos que un Hassem. Tenía derecho a hacer lo que le apeteciese, aunque en el fondo le encantaba que Kelly se lo pusiera difícil. En parte, lo que más le excitaba de ella era el constante tira y afloja y su fuerte temperamento.
—¿Por qué estás tan triste? ¿Es por mi culpa?
—No asumas nada, Asam. Nos hace quedar como idiotas.
—¿Entonces no es por lo que pasó esta mañana?
Kelly exhaló un suspiro tembloroso.
—No, tú no tienes la culpa. Básicamente, mi jefa, que dejaría en pañales a la bruja de El diablo viste de Prada, ha decidido que quiere «veganizar» el menú del restaurante y me ha dado dos semanas para hacerlo. Si no le ofrezco algo que le convenza, me despide. Después de haberme pasado cinco años dejándome la piel para convertir al restaurante en el mejor italiano de Nevada… Encima tiene una forma de hablarme… A veces es muy duro aguantar que te miren y te traten como una mierda solo porque tienes unos kilos de más.
A Asam se le escapó la risa por la nariz y continuó acariciándole la mejilla, sintiendo la suavidad de su piel bajo los dedos.
—Sabes que eres preciosa, Kelly.
Ella dio un paso atrás y él hizo el intento de volver a acercarse.
—Al parecer no lo suficiente. No sé por qué te he dicho nada.
—Porque confías en mí.
—No, de eso nada. Bueno, quizás tengas algo de razón. Aparte de Jasper, eres al único que conozco en toda la ciudad.
Cuando escuchó el nombre de ese tal Jasper apretó los puños. ¿Había otro que ocupaba su lugar? ¿Al final había conocido a otra persona?
—¿Quién es Jasper? —preguntó, intentando sin éxito sonar relajado.
Ella esbozó una sonrisa pícara, borrando por primera vez el gesto de consternación de su rostro.
—Es el pilar de mi vida. Un compañero dulce y fiel que me espera todas las noches al llegar a casa después de un duro día de trabajo.
—¿Vivís juntos? —Una oleada de frustración le recorrió por dentro.
—Sí. Es tan fuerte y leal…
—¿Y crees que le molestaría que te invitase a cenar?
—Bueno, le molestaría que no le llevase un poco de atún para llevar. Jasper es mi gato. Me temo que soy un cliché con patas.
Asam dejó escapar un suspiro de alivio y esperó que ella no se hubiese dado cuenta. Kelly arrugó los labios de forma adorable, como un conejito, y él tuvo que admitir que pocas cosas le ponían más que verla hacer ese gesto.
—Vaya, así que te estabas quedando conmigo. Entonces podríamos tomarnos algo, mon amie. Eres un poco traviesa, ¿no te parece?
—Soy muchas cosas —dijo con un pequeño suspiro lloroso. Asam se alegró de que ya no estuviese llorando a lágrima viva.
—Verás, da la casualidad de que tengo una limusina esperándome. ¿Te apetece que vayamos a cenar? Tú eliges el sitio. Dime dónde quieres ir y yo te llevo.
—Eres mi príncipe azul a domicilio.
—Lo has dicho tú, no yo —dijo con satisfacción.
—Tienes las expectativas muy altas, mi querido jeque —dijo ella antes de romper a reír—. Voy a llevarte a un sitio al que seguro que no has ido nunca, y después nos relajaremos un poco.
—Vaya… Me gusta cómo suena eso.
—Estoy segura de que no es lo que te imaginas —dijo negando con la cabeza —. Necesito poner a parir a esa harpía para la que trabajo, pero no va a pasar nada más. No te creas que me he ablandado.
—Bueno, eso déjamelo a mí.
***
Asam miró su plato con el ceño fruncido. Las bebidas estaban bien y estaba disfrutando de los (abundantes) julepes de menta de La Choza de la Señorita Carol. Había probado la cocina del sur de los Estados Unidos una vez que visitó Nueva Orleans, pero a raíz de aquella experiencia había asumido que se trataba de comida picante a menudo acompañada de salchichas (salchichas que por su bien, tenía que asegurarse de que eran de pavo). No esperaba que le pusieran un plato de pollo frito con gofres. Eso sí que no lo había probado nunca.
—¿En serio?
Ella sonrió y dio un pequeño sorbo a su segundo julepe de menta de la noche antes de pedirle a la camarera una copa de bourbon.
—Es un plato típico. No has vivido si no has mezclado el dulce de los gofres con sirope de arce con la intensidad del pollo frito. No me digas que has viajado por todo el mundo y nunca te has comido un plato de auténtica comida casera.
—He probado la sopa de quingombó.
—Eso es una pijada. Ay, estoy tan dolida, Asam. Creía que eras un hombre de mundo.
—Lo soy, pero no le veo la gracia a mezclar algo que te tomarías en el desayuno con un pájaro frito.
Ella volvió a sonreír y empezó a pinchar en su plato.
—Carol y yo fuimos a la misma escuela de cocina de Nueva York, aunque ella estaba un curso por encima. No es que seamos amigas, pero siempre te alegras cuando a alguien que conoces le va bien en Las Vegas. Joder, esta ciudad puede ser tan dura y tan solitaria… Así que es de agradecer que haya una cara conocida dispuesta a ofrecerte una sonrisa amable cada vez que os encontráis. De todas formas, esto no es más que el principio. Ya verás cuando pruebes la tarta de nuez pacana con nata. Yo seré buena, pero lo que Carol es capaz de hacer solo con un pedazo de manteca es una locura.
—Si tú lo dices —añadió él clavando el tenedor en el gofre. Si se los comía por separado, a lo mejor la combinación no le parecería tan rara.
—Es verdad. Es uno de los mejores sitios en los que he comido en toda mi vida, y he estado en unos cuantos para ver cómo trabajan los demás. En serio, jeque mío, coge un trozo de gofre y de carne. Ya verás como no has probado nada igual.
Él alzó una ceja.
—A lo mejor tienes razón, pero la mezcla no acaba de convencerme.
—Ya verás como te gusta —dijo ella preparándole un tenedor con la cantidad exacta de la ecléctica mezcla —. Vamos, hazlo por mí. Dame el gusto, que he tenido un día de mierda.
—No sé si seré cap… ¡Oye! —exclamó cuando ella le metió el tenedor en la boca en mitad de la frase. Enfadado, se puso a masticar y, por raro que pareciese, tuvo que admitir que el dulce del gofre y el sabor sabroso del pollo casaban a la perfección. Bueno, por lo menos tenía que reconocer que estaba equivocado—. ¿Tan sola te sientes aquí?
—A veces trabajo catorce horas al día. Al menos cuando estaba Alana era diferente. Éramos inseparables cuando íbamos al instituto, así que me dio mucha alegría retomar la relación con ella cuando terminé la escuela de cocina. Pero una cosa es salir por ahí con tu amiga de toda la vida y otra muy diferente intentar hacer amigos cuando eres adulto. Incluso aunque dispusiese del tiempo, dudo que fuese capaz de hacer amigos en clases de yoga o de pintar cerámica.
—¿Vas a clases de alfarería?
—En realidad lo que hacemos es pintar las piezas ya hechas y luego meterlas en el horno para que se fijen los colores. No es lo mismo—dijo guiñándole un ojo.
Ya llevaba su bourbon por la mitad, pero desde luego él era el menos adecuado para juzgarla teniendo en cuenta la cantidad de alcohol que llevaba metido en el cuerpo. Además, estaban a gusto. Ella se había soltado y, por primera vez desde que se conocieron, estaban teniendo una conversación de verdad. Estaba cansado de fingir; de comentarios cortantes llenos de desdén y resentimiento. Era agradable estar así, así que si tenía que ponerse de rodillas sobre una alfombra de rezo y darle las gracias al lúpulo y a la malta fermentada por hacerlo posible, no se lo pensaría dos veces.
El cambio era de agradecer.
—Nunca he entendido esas aficiones tan sosas que tenéis los americanos. Yo me conformo con una mesa de apuestas o con un poco de alcohol. O con ir a una discoteca y descargar un poco de adrenalina en la pista de baile.
A ella se le escapó la risa por la nariz.
—¿Así le dicen ahora?
—No me refiero a «bailar el mambo horizontal». No soy ningún puritano, mon amie, pero desde luego lo último que se me ocurriría hacer para pasar el tiempo sería sentarme a pintar cerámica. Ya que te pones, qué menos que hacer algo que merezca la pena.
Kelly puso lo ojos en blanco.
—Ya. Sé perfectamente lo que te va, Asam. Yo y casi toda la prensa amarilla de Occidente y de Oriente Medio. Para ti, «hacer algo que merezca la pena» significa acostarse con la mitad de las modelos de un desfile.
—No te creas, ya no me va tanto como antes —dijo satisfecho al comprobar que, por un momento, ella se quedaba inmóvil y lo miraba con los ojos abiertos de asombro y con un atisbo de esperanza. Eran los mismos ojos que le perseguían hasta en sueños. Unos ojos que brillaban como esmeraldas y despertaban algo primitivo y salvaje en su interior.
—Ah, es verdad, ahora tienes una nueva faceta emprendedora. Estoy segura de que eso no significa que de repente seas un santo. Vamos, Asam, no puedes estar más alejado del estereotipo.
—Puede que tengas razón, pero si yo tengo una nueva pasión y a ti tu jefa te está volviendo loca… Me da la impresión de que eres profundamente infeliz y de que no es solo por lo del menú vegano o porque Alana ya no viva aquí. ¿Por qué no me cuentas lo que te pasa? —preguntó metiéndose otra porción de pollo con gofre en la boca. Tenía que admitir que, ahora que ella lo había convencido, la combinación estaba bastante bien. A lo mejor podía darle la receta al chef de palacio o, siendo más realistas, a Omar.
—¿Ves? Sabía que te gustaría —dijo ella, e hinchó el pecho con orgullo.
Él apreció el gesto. Kelly tenía unos atributos espectaculares. Si alguna vez pudiera, no le importaría pasarse un día entero con la cara enterrada entre sus pechos voluptuosos y redondeados. Ojalá no se le hubieran ido los ojos detrás de otra el día que se conocieron. Pero tenía que centrarse. Todavía tenía posibilidades de llevar a casa a una esposa a las alturas de las exigencias de su padre. Todo lo que Asam tenía que hacer era centrarse, ofrecerle un hombro en el que llorar. Con edicto matrimonial o sin él, es algo que haría gustosamente. Nunca había visto a nadie tan destrozado como a Kelly cuando se la encontró en el aparcamiento una hora antes.
Asam esperó a que ella se pidiese otro bourbon antes de seguir insistiendo.
—No, ahora hablando en serio: ¿qué es lo que de verdad te gustaría hacer? No te imagino quedándote aquí sola cocinando un estilo al que seguro que te adaptas sin problemas, pero por el que no sientes ninguna pasión.
—Bueno, preferiría dedicarme a mirar muestras de solerías y escoger un patrón de azulejos que atraiga a Gucci y a Prada a tu pequeño centro comercial.
—Primero: se trata de un lugar que hará de las compras una experiencia única y exclusiva.
—Ajá…
—Segundo: es mucho más interesante que revisar tropas o encargarse del funcionamiento de los pozos de petróleo. Creo que va a ser divertido. En fin, no me has contestado. ¿Cuál es tu sueño?
Ella suspiró y encorvó los hombros. A veces era fácil olvidar que, a pesar de su temperamento fuerte y orgulloso, Kelly era bastante pequeñita. Se trataba de una mujer vulnerable a la que últimamente habían pisoteado con demasiada frecuencia, y Asam era solo uno de los culpables.
—Siempre he querido tener mi propio negocio. Me encanta trabajar con mis compañeros, y estoy orgullosa de la reputación que con tanto esfuerzo había labrado para el Paradiso antes de que la mini Fuhrer que tengo por jefa se obsesionara por que sirviéramos comida para conejos; pero no tiene nada que ver con ser tu propio jefe y que tu nombre aparezca en la marquesina del restaurante. Ya no tendría que volver a pasar por el aro ni preocuparme por tener que cambiar todo el menú de buenas a primeras. Podría ser yo misma.
—Me parece una buena ambición.
—¡A que sí! —dijo entusiasmada, tal vez levantando la voz demasiado, aunque los dos ya estaban bastante borrachos como para que les importara—. Pero para hacer eso hace falta dinero. Si te soy sincera, mi plan de ir a Nueva York tiene menos que ver con investigar las nuevas tendencias en cocina vegetariana y más con tantear el terreno para ver si alguno de mis antiguos compañeros necesita una sous chef.
—¿Una qué? —dijo frunciendo el ceño y retorciéndose un poco el bigote.
—Una segunda al mando. No me importaría bajar de escala con tal de estar lejos del carácter volátil y el mal genio de Monique, y de su lista interminable de gilipolleces.
Él se acercó y le cogió las manos.
—No te conformes con ser la segunda mejor opción. ¿Por qué no abres tu propio negocio?
—Porque me ha ido bien, pero no lo suficiente como para sacar el dinero que necesitaría para la Gran Manzana. Ni siquiera vendiendo el apartamento que compartía con Alana tendría suficiente… No, es imposible. Nunca conseguiría salir adelante. Lo único que puedo hacer es ver si hay algún puesto libre y empezar a ver el tofu con otros ojos.
—Tiene que haber otra solución.
—Qué va, nada. Estoy sola y jodida, pero jodida en el mal sentido de la palabra. A menos que… —Se le escapó un hipo y estalló en una risa nerviosa— … esta noche acabe jodida en el mejor sentido de la palabra.
—¿Qué? —preguntó él, y notó que su miembro se endurecía contra la tela tirante de sus pantalones. Después de haberse pasado dos años odiándole, Kelly no podía estar hablando en serio.
—Llévame contigo a cualquiera que sea el ático fabuloso en el que te vayas a quedar esta noche, Asam. Estoy harta de estar sola, y es la primera vez que un hombre atraviesa medio mundo por mí. Sé que esto es culpa del bourbon.
—Y de los julepes de menta. Los julepes también han influido un poco.
Ella asintió, con sus preciosos ojos verdes abiertos de par en par.
—Sí, sí, lo sé. No pido coros celestiales ni algo para toda la vida, Asam. Por una noche no quiero sentirme como una mierda. Además, ni estás sobrio ni eres ningún santo.
Pero yo te quiero para algo más que una noche y no quiero ser un error del que te arrepientas mañana por la mañana.
Eso no lo dijo en voz alta. Había aprendido de su padre que los jeques no expresaban sus sentimientos. Sus deseos eran órdenes, y así había sido durante miles de años en sus tribus. No era necesario expresarse cuando tus súbditos tenían que cumplir todas tus órdenes. Asam no quería llevarlo hasta ese extremo, pero siempre había ocultado cualquier duda que pudiera albergar detrás del sarcasmo y de su llamativa presencia.
Si esta era su única oportunidad con Kelly, tenía que aprovecharla. Además, si la llevaba a su hotel podría convencerla, explicarle sus planes. A tomar por culo. Si se resistía demasiado, siempre podría hacer como su hermano y llevarla por la fuerza. No es lo que le gustaría, pero su padre no le había dado mucho tiempo y él solo quería a la temperamental rubia a su lado.
Pero el primer paso era pasar más tiempo con ella.
Asam se levantó y la cogió de la mano, mucho más pequeña que la suya.
—Ven conmigo, mon amie, voy a enseñarte todo lo que puedo ofrecerte.
***
—¿Sabes qué? —dijo ella cogiendo una de las sencillas sillas de madera de la cocina.
La suite tenía un comedor enorme y estaba amueblada al estilo Chippendale, con gigantescas piezas coloniales y asientos cubiertos de seda. La cocina era más sencilla y solo tenía una mesa con sillas pequeñas. Kelly se había sentado en una de ellas. Bueno, «sentado» no era exactamente la palabra. Le había dado la vuelta y estaba echada sobre su respaldo, sentada a horcajadas de manera provocativa. Asam detestaba que llevase puestos unos pantalones de cocina anchos con un estampado de pimientos rojos. Si en su lugar llevase una falda, las vistas habrían sido envidiables.
Como si le hubiese leído la mente o, tal vez, su lenguaje corporal, arqueó la espalda y dejó que su cabello cayese en cascada.
—En realidad sí he intentado hacer algo para ponerme más en forma.
—Estás perfecta así —dijo él pasándose la lengua por los labios y cambiando el peso de una pierna a otra. Con un poco de suerte ella no notaría la enorme erección bajo la tela tirante de sus pantalones; aunque, por otro lado, también esperaba que lo hiciese. Nunca había ocultado lo mucho que la deseaba, y ahora que parecía que estaba jugando con él al juego del gato y del ratón, la deseaba todavía más —. No tienes que cambiar nada.
—Mi jefa no deja de insinuarme que estoy gorda.
—Tu jefa es imbécil —dijo él rodeando la silla y alargando las manos para agarrar su sensual y redondeado trasero —Eres una diosa. Créeme.
—¡Sales con modelos!
— Siempre me han gustado las mujeres con curvas —le susurró al oído antes de acercarse para darle pequeños mordiscos en el cuello. Ella sintió un escalofrío de placer, y su cuerpo se estremeció bajo sus caricias. Él decidió ir a por más frotando suavemente la barba contra la fina y delicada piel de su cuello.
Ella volvió a estremecerse y comenzó a mover las caderas lentamente contra el respaldo de la silla. Él sintió una oleada de sangre tan fuerte en su erección que empezó a tener dificultad para pensar. A lo mejor esa era la intención de esta chica suya tan traviesa.
Si era así, sus planes eran más que bienvenidos.
De hecho, los apoyaba al cien por cien.
—Tiene gracia.
—¿El qué? —dijo él con voz ronca mientras seguía acariciando sus nalgas aún sabiendo que ella estaba retorciéndose de placer.
—Resulta que Alana ha empezado a recibir clases de danza del vientre y que incluso (no se lo digas a Dharr porque va a ser una sorpresa por su aniversario) está aprendiendo la Danza de los Siete Velos.
Su miembro se estremeció bajo la tela de seda italiana de sus pantalones, y al instante sintió celos de su hermano mayor. Pero qué mujer tan considerada tenía Dharr, qué amable por su parte pensar en algo que haría tan feliz a su marido por su aniversario. A lo mejor resultaba que las dos amigas eran en el fondo sorprendentemente atrevidas y por eso Kelly y Alana se habían llevado tan bien desde el principio.
Soñar era gratis.
—¿Y?
—Y yo he estado tomando clases de baile con silla. Si pones algo de música puedo enseñarte mis pasos de bailes patéticos y pasados de moda.
Él dio un paso atrás y se plantó delante de ella. Si Kelly estaba ofreciéndose para seducirle, ¿quién era él para quejarse? Sacó el teléfono móvil y se puso a buscar rápidamente en Pandora hasta dar con una de las canciones antiguas de Britney Spears. Distaba mucho de su estilo, pero había pocas cantantes que pegasen más para el baile en silla (o, por qué no, para el baile en barra de striptease) que la antigua chica Disney.
El bajo de la canción resonó en la suite, atenuado solamente por la capacidad limitada de los altavoces del teléfono. Entonces la cantante comenzó a emitir su típico gemido con voz profunda. Cuando el ritmo comenzó a subir, Kelly se puso de pie. Él emitió un gruñido de placer y sintió el deseo recorriendo sus venas aún temiendo que aquello no fuese más que un avance. Aún así, notó el corazón latiéndole con fuerza en el pecho y enviando una oleada imposible de sangre a su entrepierna cuando ella empezó a rodear la silla a paso lento y sensual.
Cada vez que daba un paso, Kelly movía las caderas como seductora tarjeta de presentación. Él fijo sus ojos en su trasero, en la combinación perfecta de músculos tonificados y deliciosas curvas que ella movía a propósito. Entonces levantó un pie rápidamente al ritmo de la música y lo puso sobre la silla. Britney exhaló un grito y Kelly arqueó la espalda, esta vez sacando el pecho hacia fuera, con el montículo suave de sus pechos estirado contra la tela ajustada de su camiseta de algodón. Él se alegró de que fuese de color blanco. Pudo entrever a través de sus movimientos que llevaba puesto un sujetador de color negro.
Ella volvió a bajar la pierna y se alejó un paso de la silla. Cuando la música retomó el ritmo, se inclinó y deslizó sus pantalones por sus piernas con un gesto ensayado, revelando la piel pálida y cremosa de sus piernas y las braguitas negras a juego.
Kelly se deslizó detrás de la silla con movimientos sensuales, permitiendo que él atisbase su trasero a través de los listones de la silla. Ella le sorprendió al agarrar el alto respaldo de la silla y empujarlo contra sus caderas, emitiendo un gemido al hacerlo. Si era posible sentir celos de un objeto inanimado, Asam los estaba sintiendo en esos momentos. Ella volvió a impulsarse, esta vez presionando los suaves y tentadores montículos de su pecho bajo el encaje negro de su sujetador contra el respaldo de la silla. Kelly continuó moviéndose a horcajadas sobre la silla, arqueando la espalda y exponiendo la piel pálida y suave de su cuello.
Asam lo interpretó como una señal y se acercó, inclinándose para besar su cuello. Ella tembló y emitió un gemido suplicante. Era criminal lo dura que la tenía. Continuó acariciándola, provocándola con el roce de la barba en su piel suave y anhelante. Entonces buscó sus labios y la besó firmemente, entrelazando su lengua con la de ella, seduciéndola y martirizándola de placer. Deslizó las manos más abajo y acunó las redondas curvas de sus pechos.
Ella volvió a gemir y él la agarró con suavidad por los hombros.
—Ven, te quiero hacer tantas cosas.
A ella se le escapó la risa por la nariz.
—Estoy borracha, pero no estoy… no estoy lista del todo. Me arrepentiré de todo mañana cuando se me pase el efecto de los julepes de menta.
—No, solo estaba pensando en darte placer, en darte todo lo que te mereces, mon amie.
Sus hermosos ojos color esmeralda se iluminaron como el cartel luminoso de Las Vegas, y ella se levantó, caminando de manera provocativa y sensual hasta la cama. Asam se deleitó con la visión de su trasero coqueto que ella iba contoneando de camino a la cama.
—Necesito que te quites las braguitas, solo eso.
Kelly le devolvió una sonrisa coqueta. Le encantaba cuando hacía ese gesto que lo retaba a seguir adelante. A lo mejor esta noche no estaba lista para llegar hasta el final; pero, siendo justos, él tampoco. Sin embargo, ella tenía ganas de jugar y llevaban mucho tiempo esperando este momento. Si lo que Dharr decía era verdad, Kelly llevaba mucho tiempo sola y, sinceramente, Asam también. Había estado con otras mujeres, pero todas lo dejaban frío y con ganas de más. Esa pasión que ahora mismo le recorría el cuerpo, esa llamarada del deseo, no la había sentido arder con tanta fuerza desde la última vez que tuvo a la señorita Kentworth a su merced.
Kelly alzó las caderas y se quitó las braguitas, tirándolas al suelo. Él se pasó la lengua por los labios con anticipación cuando vio los suaves rizos en la cima de sus muslos. Eran tan claros como su cabello, y le excitó todavía más comprobar que era rubia natural. Siempre le habían gustado las mujeres occidentales, esa tez blanca como de muñeca de porcelana. No es que su fierecilla fuese frágil o tuviese aspecto de muñeca, pero le resultaba increíblemente sexy.
Inclinándose, inhaló su aroma agudo y seductor a canela mezclada con el olor de su propio cuerpo. Separó sus labios más sensibles con los dedos y pasó la lengua suave y lentamente por la pequeña protuberancia de placer, el puñado de nervios más delicado de su núcleo. Ella volvió a estremecerse y gritó su nombre y una blasfemia apenas inteligible. Aquello lo animó a continuar. Deslizando un dedo, lo introdujo dentro de ella y la acarició al tiempo que seguía dándole golpecitos rápidos con la lengua en el botón del éxtasis. Ella gritó y arqueó la espalda. Asam continuó; metía y sacaba el dedo cada vez con más rapidez y movía la lengua en círculos frenéticos. El dulce rocío escapó de su interior. Toda las señales que le enviaba le alentaban a seguir dándole placer: su cuerpo estremeciéndose, la humedad que brotaba de su carne y sus gritos desesperados. Todo eran signos del efecto que él tenía sobre ella, de los límites a los que podía llevarla.
En ese momento ella alcanzó el clímax con un grito y sacudió las caderas al tiempo que extendía las manos para enredar los dedos en su cabello rizado.
—¡Madre mía, Asam!
Él esbozó una amplia sonrisa al retirarse y se dirigió rápidamente al baño de la suite para limpiarse la boca y la barba. Al volver su sonrisa se hizo más amplia. Inclinado sobre el marco de la puerta, Asam contempló a su diosa, ensimismado por la forma en la que respiraba de manera entrecortada y sus pechos se movían de arriba abajo.
Kelly era lo que había deseado siempre. Lamentaba tanto haber desaparecido con la bailarina y que aquello los hubiera mantenido separados durante dos años. Lamentaba aún más que, cuando ya no pudiera echarle la culpa de todo al alcohol, ella volvería a salir corriendo. Aquello era lo último que quería. Joder, por eso había vuelto a Estados Unidos a pesar de los mandatos de su padre.
La necesitaba.
Y sería suya.
—¿Qué? —dijo ella cuando por fin fue capaz de formar un pensamiento coherente —. ¿Qué pasa?
—¿Por qué lo preguntas?
—Me da la impresión de que estás planeando algo.
A él se le escapó una risa y se metió en la cama con ella.
—Solo lo que pienso hacerte ahora.
***