Capítulo tres
—Recuerda que solo hay que poner unas capas finas de parmesano, pero en el centro sí tienes que añadir bastante requesón. El sabor ligeramente fuerte del queso hace que el sabor del relleno de los canelones destaque. Ah, y ten cuidado de no echar mucho ajo. La gente a menudo comete ese fallo y el ajo provoca acidez de estómago y mal aliento. Y claro, a ninguno de los clientes de nuestro famoso bufé le haría mucha gracia —dijo Kelly a su nueva sous chef con una sonrisa. La otra mujer también era una cocinera experta, ya que había trabajado en el Bellagio antes de llegar a la famosa cocina del hotel casino Paradiso. Sin embargo, era importante que Kelly le diese algunos detalles de su forma de hacer las cosas.
Tina se retiró un mechón de pelo castaño de los ojos y le devolvió la sonrisa.
—Tiene toda la lógica del mundo. No creo que me cueste adaptarme.
—Claro que no. No tiene mucha complicación. Nos centramos en obtener sabores limpios. Los ingredientes son frescos y los productos son de la zona, así que hablan por sí mismos. No es necesario especiarlos mucho cuando contamos con los mejores tomates de Nevada, por ejemplo.
Tina esbozó una amplia sonrisa y asintió.
—¡No te imaginas lo emocionada que estoy de poder trabajar con la famosa Kelly Kentworth!
Kelly soltó una carcajada.
—El trabajo ya es tuyo. Monique ya ha firmado tu contrato y, a partir de ahí, yo lo único que puedo hacer es pararle los pies cada vez que aparezca con alguna idea nueva en la cabeza. —Kelly decidió no mencionar que la heredera solía presentarse una vez en semana con alguna idea sinsentido sobre cuál era la mejor forma de dirigir el casino. Aquello era algo con lo que los trabajadores más antiguos habían aprendido a lidiar. También era la razón por la que no era sorprendente que, después de cinco años en el Paradiso, a Kelly se la considerase la empleada más antigua de la empresa—. En fin, tú te encargas de los canelones y yo me pongo con los raviolis rellenos de bogavante. Créeme, si pones algo con bogavante en un bufé, se acaba en un abrir y cerrar de ojos.
—Me lo imagino —dijo Tina—. Pero no estaba haciéndote la pelota. He leído que el año pasado el Paradiso ganó varios premios en el Concurso Culinario de Las Vegas. A pesar de que el Paradiso es relativamente nuevo, le diste una buena paliza a los venecianos en el apartado de comida italiana. ¡Algo impensable!
—Gracias —le contestó Kelly guiñándole un ojo y poniéndose manos a la obra. Limpiar el bogavante conllevaba mucho trabajo y tardaba en hacerlo más de lo que le gustaría. Pero bueno, al fin y al cabo era uno de los platos más famosos del Paradiso. La gente entraba en el casino para probarlo y todo el que entraba se quedaba para jugar a las apuestas—. Eres muy amable.
Era de agradecer que te elogiasen por tu trabajo. Kelly sabía que era buena en su trabajo. Dirigía al personal de cocina con aplomo y, por qué no reconocerlo, a veces con mano de hierro. Aunque a veces acababa quemada. Se moría por llevar su propio negocio. En sus sueños volvía a Nueva York, donde había aprendido el oficio en la escuela de cocina. Sería un local pequeñito, porque el alquiler en Nueva York es carísimo, pero su nombre aparecería en el cartel de la entrada y ya no tendría que soportar los arrebatos insoportables de Monique Dawson. Por fin sentiría que había alcanzado su sueño. Cuando eres jefe de cocina acabas queriendo tener tu propio negocio con tu nombre impreso en todas partes. Tenía un puesto de trabajo importante y bien pagado en el Paradiso, pero no era con lo que siempre había soñado.
Además, estaba harta del incesante calor de Las Vegas, de los cactus y de aquel paisaje amarronado y desolado. Quería volver a vivir en un sitio con estaciones. Por raro que pareciese, echaba de menos la nieve (aunque en Nueva York había momentos que aquello parecía el Apocalipsis). También echaba de menos las luces y la decoración de la Quinta Avenida y del Central Park en Navidad. En Las Vegas intentaban replicarlo; pero, rodeado por el desierto, el paisaje resultaba de cartón piedra.
No siempre había sido así, pero ahora que Alana se había marchado a medio mundo de distancia y ya no tenía a su lado a su fiel amiga, cada vez deseaba con más ganas volver a casa. Desde luego que trabajar en un sitio como el Paradiso, aunque tuviera sus altibajos, era una oportunidad única en la vida. No había cumplido aún los veintiocho y tenía un trabajo por el que mataría cualquier cocinero. Aunque no fuese su propio restaurante, no podía dejarlo.
Aquello hacía que se sintiera aún más aprisionada. Últimamente su vida consistía en soledad, aislamiento y acariciar a su gato cascarrabias por las noches. Sin Alana nada era lo mismo, y aguantar a Monique estaba acabando con su paciencia.
A pesar de todo esbozó una sonrisa e hizo un gesto de aprobación con la cabeza a su nueva sous chef mientras se concentraba en su trabajo. Todavía le quedaban siete horas más. Sería mejor no enfadarse ahora. Era preferible dejarlo para cuando saliese del trabajo mientras se tomaba una tarrina de Ben & Jerry.
Estaban trabajando con un ritmo tranquilo y monótono, casi como zombis, cuando de repente escuchó que alguien tosió a sus espaldas. Al girarse, no le sorprendió ver a la espigada mujer de pelo oscuro erguida sobre ella. Monique Dawson era la heredera de una familia que se había dedicado toda la vida al negocio del acero y que, viendo venir el boom de la tecnología, invirtió grandes sumas de dinero en equipamiento médico durante la década de los sesenta. Su jefa tenía la nariz afilada y algo respingona, unos ojos marrones que lo escudriñaban todo con rapidez y el pelo de color castaño cortado a la altura de la barbilla. El noventa y nueve por ciento de las veces que Monique hablaba, lo hacía con desprecio.
Una carácter fuerte como el de Kelly no era precisamente de su agrado.
—¿Qué tal va todo, Kelly?
—Bien. Ya lo tenemos todo listo para el bufé del almuerzo y esto pensando en preparar pez espada para el menú a la carta de esta noche.
—Qué bien. Me alegro tanto de que seas una experta en la cocina —gorjeó Monique con tono zalamero. A Kelly no se le escapó la forma en que la otra mujer sacudió la cabeza mientras recorría con la mirada sus curvas y sus caderas. Se le daba bien cocinar porque estaba algo más rellenita que ella.
Bueno, para ser sinceros, alimentarse a base de caramelos Tic Tac y de agua no era una buena forma de aprender a cocinar. Con esa dieta tan básica, Kelly se imaginaba que Monique no era capaz de reconocer el sabor de ningún alimento y, mucho menos, de saber cómo cocinarlo al horno.
—Vivo por y para el Paradiso —añadió Kelly mirándola con el ceño fruncido—. Señorita Dawson, ¿necesita algo? Normalmente nunca se pasa por la cocina.
O mejor dicho, nunca se pasaba por la cocina. Claramente algo rondaba por esa cabeza llena de Pradas y Chaneles.
Monique le dedicó una sonrisa forzada. Kelly había visto tiburones con expresiones menos amenazantes.
—He decidido renovar el bufé. Me parece estupendo que te haya dado por la comida italiana, pero ¿tienes idea de la cantidad de hidratos de carbono y grasas saturadas que contiene?
Kelly frunció el ceño. Por supuesto que lo sabía. Si estaban tan buenos era por el sabor que les daban el queso y las salsas cremosas.
—Pero a la gente le gusta.
—Sí, pero quiero algo totalmente diferente. Esperaba que pudieras crear un menú de cocina fusión. Algo vegano.
Kelly tosió. Debía de haberla oído mal. Sabía preparar algunos platos de comida sana, pero no eran su especialidad. Ya había unas cuantas opciones bajas en carbohidratos en el menú del Paradiso. Sus ensaladas eran famosas, sobre todo la de pollo a la parrilla con wasabi. Sin embargo, pasar de hacer comida italiana a comida vegana suponía dar un giro de 180 grados. No podían ser más diferentes y distaban mucho de lo que sus fieles clientes y los turistas que conseguían atraer esperaban encontrar en el menú.
—Claro que puedo, pero ahora mismo estoy bastante desconcertada.
Monique volvió a lanzar una mirada de desprecio a sus generosas caderas. Kelly reprimió las ganas de gruñir. En serio, no todo el mundo podía pasarse tres horas en la cinta de correr para quemar todo lo que se habían metido por el cuerpo ni comer como lo hacía Monique.
—Ya me lo imagino. Verás, he decidido darle un enfoque más sano a nuestro menú. Y como sé que la reputación de nuestra cocina se debe en parte a ti…
Corrección. Kelly era la única responsable. Antes de que ella entrase a trabajar en el hotel, el Paradiso no estaba ni en el top veinte de los mejores hoteles de las Vegas. Ahora, gracias a su cocina, se encontraba permanentemente entre los diez primeros.
—Así es. Y me esfuerzo a diario por mantenerla.
—Exacto. Así que ponte manos a la obra y prepárame algún plato de cocina vegana de fusión. Tráeme el primer plato de muestra esta noche y ya veremos qué podemos hacer para darle un aire nuevo a este sitio.
Kelly tragó saliva con dificultad. Aunque lo había oído alto y claro, se aguantó las ganas de decirle que repitiese lo que acababa de decir. ¿Darle un aire nuevo? Y una mierda. Con mucho esfuerzo había conseguido poner al hotel en el mapa y ahora Monique quería cambiarlo todo porque la comida sana estaba de moda. ¿Hablaba en serio?
Sin embargo, dado que necesitaba conservar su puesto de trabajo para no tener que irse a vivir debajo de un puente, continuó con una sonrisa forzada plantada en la cara. Ya se desahogaría gritando contra una almohada o algo parecido cuando volviese esta noche a su apartamento.
—-Creo que puedo hacer algo. Voy… voy a coger los ingredientes.
***
Cuando parecía que el día no podía ir a peor, al atravesar la laberínticas salas del casino y pasar por delante del bar se topó con algo que la dejó absolutamente boquiabierta. Eran solo las once; pero, por razones obvias, la sala siempre estaba abierta. Un casino que cerraba sus puertas durante unas horas era un casino que no maximizaba sus ganancias. Además, allí no entraba la luz natural. No había ventanas en la zona de las tragaperras y de las máquinas de juegos. Era un viejo truco para que la gente jugase sin parar, lo cual contribuía a que el alcohol fluyera libremente a todas horas. Después de todo, lo único mejor (y más propenso a cometer fallos) que un jugador, era un jugador exhausto y borracho.
Al parecer, Asam Hassem —a quien se alegraba de no haber visto desde que había ido de visita al palacio durante el Ramadán, casi nueve meses antes—, era uno de ellos.
Kelly había albergado la esperanza de no volver a encontrarse con él en unos cuantos meses más o incluso en décadas. En décadas habría estado bien.
—¿Estás de coña?
Asam le guiñó un ojo y Kelly hizo como si no fuese con ella. Mierda, ¿por qué era tan guapo? El jeque medía más de un metro ochenta, tenía la piel bronceada y unos ojos color avellana salpicados de motas doradas. Llevaba la barba un poco más larga de lo que a ella le gustaría, pero recordaba que cuando se enrollaron en la despedida de soltero de Dharr su tacto le resultó increíblemente sexy. Tenía la constitución delgada y fibrosa de un corredor y una suave mata de pelo negro rizado. Gracias a la despedida también sabía lo divertido que resultaba pasar los dedos por sus rizos.
Cosa que ni muerta se le ocurriría decirle.
Asam también era una rata despreciable que la había dejado tirada por la primera chica mona que había visto. Alguien que había pasado de ser tan, ejem, atento y simpático con ella, que parecía que realmente estaba disfrutando de su compañía y de la conversación, a desaparecer con una stripper en cuanto ella fue en busca de una copa. Llevaba intentado disculparse con ella desde entonces, y Kelly no entendía por qué no desistía de una vez. Solo porque su mejor amiga y su hermano estaban casados… O, joder, porque los dos eran los padrinos de Gabriel, no tenían por qué ser pareja. Ni siquiera tenían por qué ser amigos. Lo único que tenían que hacer era evitar discutir las pocas veces que estaban juntos delante de Gabriel. Como eso sucedía muy de vez en cuando, no tenía por qué ser demasiado difícil.
Excepto cuando Asam, con esa actitud sexy y relajada tan suya, estaba sentado enfrente de ella con un vaso de whisky en la mano.
Madre mía, las horas que eran y ya apestaba a alcohol. Seguro que había tenido una noche larga y, por extensión, una mañana aún más larga.
—En serio, ¿qué narices estás haciendo aquí?
—¿No puedo tomarme una copa?
—No puedes acosarme.
—No te acoso. Eso supondría un esfuerzo y no tengo fama precisamente de eso —dijo él.
—Hay cientos de bares de copas en Las Vegas; no tienes por qué aparecer en mi territorio —dijo ella cruzándose de brazos. No es que fuese a intimidarle con su poco más de metro sesenta de altura, pero soñar es gratis. No eran ni las doce del mediodía y estaba teniendo uno día de mierda monumental.
—Solo pasaba por aquí, mon amie —dijo él.
—Creía que estabas en Al-Marasae organizando el proyecto del hotel con centro comercial.
Él sonrió.
—Así que en el fondo te preocupas por mí… Seguro que le has preguntado a Alana por mí.
—Pues no. Son cosas que surgen en mitad de una conversación. También sé que la mujer de Faaid está esperando su tercer hijo y que en breve van a operar a tu madre de un pie. No te lo creas tanto.
Asam se puso de pie. Le sacaba fácilmente más de veinte centímetros. Su sonrisa se hizo más amplia cuando se acercó para retirarle un mechón de pelo de la cara.
—Tú si deberías creértelo. Te confieso que he venido solo para verte. Te he echado de menos, Kelly.
—¿Cuándo? ¿Antes de salir con la actriz de Los Vengadores o después de pasar las vacaciones con tu legión de modelos que hacen que Giselle parezca una vaca a su lado?
—Ninguna me gusta tanto como tú, mon amie.
—En fin, por encantador que seas incluso con ese aliento a alcohol y esas ojeras, tengo que marcharme a organizar un menú nuevo para mi querida jefa. Además, que yo recuerde no me han practicado ninguna lobotomía frontal últimamente, así que mejor nos vemos en otro momento. De hecho, ahora que lo pienso, mejor lo dejamos para el siglo que viene.
Asam la sorprendió besándola. No se lo pidió, lo hizo sin más. La lengua de Asam se entrelazó con la suya y sintió una excitación cálida que atravesó todo su cuerpo. Cuando él se apartó, tenía una expresión satisfecha y llena de orgullo.
—Me parece que te intereso más de lo que aparentas.
—Ya que estamos, a lo mejor también aprendes a respirar debajo de agua o inventas la fusión nuclear. Hay las mismas probabilidades.
Un ligero destello de rabia atravesó los ojos de Asam.
—No me retes, Kelly.
—Ohhhh —dijo alegremente dirigiéndose a la salida. No era fácil encontrarla en mitad de ese laberinto, pero por suerte llevaba tiempo trabajando allí—. Y yo que pensaba que era lo que más te gustaba de mí.
—Sabes que me quieres, deja de fingir.
—Quiero muchas cosas, y tú no estás ni si quiera en lo más alto de la lista, Asam —dijo ella antes de perderse entre la gente.
***
—He intentado darle más sabor al cuscús acompañándolo con un revuelto de berenjenas y espárragos. Añadiéndole unas hebras de azafrán y una pizca de pimentón evitamos que quede soso. Tengo una concepto parecido para un plato de tofu, así también incluimos unas proteínas extra en el menú —dijo mientras le presentaba el plato a Monique e intentando sonar lo más optimista y honesta posible.
Su jefa tomó un par de bocados y los masticó pensativa, lo cual debía de suponer un récord para la señorita Dawson. Kelly sospechó que hoy pasaría una hora más en la cinta de correr para compensar. Pobrecita.
—Sigue estando seco.
—Puedo asar el revuelto en lugar de hacerlo a la plancha.
—O a lo mejor no eres capaz de hacer otra cosa que no sean platos con toneladas de nata y mantequilla —dijo su jefa con énfasis —. Mira, entiendo que alguien que parece la doble de Melissa McCarthy sea incapaz de comprender la necesidad de llevar un estilo de vida saludable…
Kelly respiró hondo y se recordó por enésima vez en el día que necesitaba ese puesto de trabajo y que, aunque su jefa fuese una maleducada de mierda, no podía dejar que eso le afectase. Además, tenía una talla cuarenta. Vale que no tuviese una figura menuda, pero Miss Anorexia 2015 tampoco tenía por qué hacerle esos comentarios tan desagradables.
Bueno, vale, después de su último viaje a Al-Marasae y todas las exquisiteces del palacio, a lo mejor había subido una talla; pero, aún así, no tenía derecho a hablarle de esa manera.
En fin. De todas formas, dudaba que esa estirada notase la diferencia.
—Puedo intentar hacer algo diferente. Me cuesta un poco más cocinar comida vegana, pero sé soy capaz de hacerlo. Tengo algunos compañeros en Nueva York a los que había pensado visitar para que me diesen algunas ideas. Si tuviese una o dos semanas en lugar de seis horas, podría ofrecerte el menú de comida fusión que buscas.
—Te doy dos semanas. Espero que me traigas doce plantos y tres postres que podamos usar para el menú del nuevo Paradiso. Me tienen que encantar. Si no lo consigues, me buscaré un jefe de cocina de verdad. Uno que no utilice queso como ingrediente base de todos sus platos.
Kelly apretó los dientes mientras asentía enérgicamente. Parecía uno de esos muñecos cabezones con la cabeza móvil. Era en lo único en lo que podía pensar para contenerse y no acabar cogiendo a su jefa por el cuello. Volvió a regañarse mentalmente. Por mucho que Monique se lo mereciese, no podía permitirse quedarse sin trabajo y, encima, ir a la cárcel.
—Veré lo que puedo hacer —le contestó.
Le faltó tiempo para decirle a Tina y a Elan que hoy mismo se marchaba a Nueva York durante dos semanas. Cualquier cosa con tal de evitar humillarse más.
Si tenía las mejillas humedecidas al salir de la cocina, no era porque hubiese llorado. Era bastante mayorcita para eso, ¿no?
***