CAPÍTULO 3:
Kayleigh decidió levantarse rápida de la cama y entrar en su vestidor. Al menos vestida tendría ventaja, aunque no mucha si Emily, su criada, la encontraba a solas con Erik.
Él tenía que irse.
Como no podía ponerse ningún vestido sin la ayuda de alguien, y no pensaba pedírselo a él, se colocó la bata de seda blanca que no cubría demasiado. Cuando salió del vestidor, no supo si había acertado o no con esa prenda, porque Erik la miró recorriéndola de arriba abajo con un gesto demasiado intenso.
-Eres hermosa Leigh, tenía que habértelo dicho antes… -dijo entonces, haciéndole sentir una mezcla de emociones desde la tristeza hasta la esperanza, incluso el deseo, que no podía entender ni manejar
Erik estaba allí de pie, tan alto, vestido con la ropa que debía haber llevado toda la noche. ¿No había dormido? Le decía que era hermosa. Y ella terminó de despertarse.
-Erik tienes que irte…
-No A Ghrá, no me voy si vas a casarte con él.
Ahora se estaba enfadando. Había demasiado dolor allí. Un dolor que tal vez ninguno podría esperar. Y todo por Raymond.
Ni siquiera había pensado en él, aunque le habían nombrado en varias ocasiones. ¿Qué quería decir eso?
Y lo que era más importante, ¿qué habría ocurrido si Raymond no hubiese solicitado hablar con ella?
-¿Por qué ahora Erik? ¿Por qué has esperado a que él me pidiera matrimonio para hablar?
Erik se mantuvo un momento en silencio.
Lo había tenido muy claro desde el principio, aunque había querido darle tiempo a ella, y a sí mismo. Pero el tiempo se había acabado y no sabía cómo explicárselo a Kayleigh sin que ella creyese que era un cobarde. Al final decidió decirle de nuevo la verdad. Ya le había dicho que la amaba, y tal vez la había perdido para siempre, así que ahora debía continuar.
-Entre nosotros no hay tiempo Kayleigh, ¿no lo entiendes? -giró la cabeza, frustrado, para luego alzarla de nuevo. Ella le miraba, muy seria. -No hay tiempo. Tu y yo somos infinitos. Antes es ahora, y el después será siempre…
Kayleigh se puso a llorar.
-No llores Kayla, cariño…
Al instante la cogió en sus brazos, y ella se sintió segura con su calor, con su cuerpo conocido que tantas veces la había consolado. ¿Qué iba a ocurrir ahora? ¿Qué esperaba de ella? No quería perderle.
-Estaré aquí, como siempre. -le dijo él una vez más, leyéndole el pensamiento.
Sí, el había estado allí…
Unos meses antes…
De nuevo en uno de aquellos bailes de la temporada, Kayleigh esperaba en la recepción de la casa a la que habían sido invitados, acompañada de su hermana y su cuñado, y de los Allerdale, y casi a punto de llorar.
No era que nada la hubiese inducido a ese estado, pero como le había ocurrido con respecto a los besos, de repente se sentía demasiado aprisionada por todo. Su hermana había vuelto a insistir en que quería verla feliz, pero en lo que ella consideraba felicidad. Y Kayleigh sólo quería diseñar. Pero su hermana insistía en que aspirase a algo más. ¿A qué se refería? ¿Por qué querría evitar que trabajase cuando ella misma lo hacía? Sabía que lo decía porque la quería, y por eso tenía aquel horrible dolor de cabeza.
Decidió pensar en los dibujos que haría sobre un vestido que había visto a una mujer casada. ¿Por qué las mujeres casadas podían vestir tan espléndidas mientras las jóvenes debían ir tan insulsas?
-Kayleigh, pareces acalorada, ¿quieres salir? Con su permiso, Lord Ayr…
Erik había llegado a su lado y preguntado todo aquello en un segundo. Para salvarla de nuevo.
Su abuelo, el actual Duque de Skye, de quien heredaría el título, la saludó con una sonrisa, y salieron con el beneplácito de los presentes. Al fin y al cabo el carruaje todavía tardaría al menos media hora, eso en el mejor de los casos, y en la calle había muchas carabinas en el caso de que alguien quisiera ser mal pensado.
Caminaron un poco antes de que él hablase.
-¿Acaso necesitas que vuelva a besarte?
Kayleigh se sobresaltó. ¿No pensaría besarla allí? Y se dio cuenta de que lo deseaba. Y también de que estaba bromeando.
Y así, por arte de magia, cambió su humor. Como siempre que él aparecía. Decidió seguir con el tono jocoso.
-¿Me hará eso más feliz?
Él le sonrió, lo que hizo que un ramalazo de algo que no supo identificar la recorriera entera.
-Seguro que a mí sí…
-Tonto…
Kayleigh le golpeó el brazo, y él aprovechó para cogerle la mano y colocarla bajo su brazo como todo un caballero.
-¿Qué ha pasado A Ghrá?
-Nada. Todo. -se encogió de hombros. -La libertad.
Él le sonrió.
-¿En general o sólo la tuya?
-¿Se puede tener alguna siendo mujer?
-Ahora te estás poniendo cínica. -la reprendió él.
Y ella se encogió de hombros.
-Ya sé que no es justo. Hay muchas mujeres con menos libertad que yo…
-Y algunos hombres. -añadió él, enigmático.
Ella se lo quedó mirando un instante.
-¿Me lo contarás algún día?
Erik giró su cabeza, inclinándola para hacer que sus miradas se cruzasen. Podría haber respondido que no sabía a qué se refería, pero no a ella.
A Kayleigh nunca le escondería nada. Y no quería pararse a pensar el por qué.
-Si Leigh, te lo contaré, algún día…
Ella asintió con la cabeza.
-Entonces dime, ¿qué te pasaba ahí?
-Yo sólo quiero diseñar.
-¿Y qué te lo impide?
-El futuro…
-Sólo si tú quieres….
De nuevo en el presente…
Erik la apartó de nuevo cogiéndola de los brazos para poder mirarla directamente a los ojos.
-¿Te dejará él diseñar?