EPÍLOGO:

Nueva York, 1880.

 

Era otro mundo. Uno amplio y nuevo. Y necesitado de edificios. De miles de ellos.

Dallas observaba la disposición de las ventanas del segundo que habían construido según sus diseños, mientras su mente ya desarrollaba las ideas para su nuevo proyecto. ¡Un puente sobre el río Hudson!

Desde luego debería tener al menos cuatro arcos, y dependiendo de la longitud deberían drenar una dársena cercana mientras se colocaban los pilares…

A veces echaba de menos Londres, y a su familia, pero en esos momentos estaba muy orgullosa de construir América, de dejar su huella en el mundo.

-Debí imaginar que acabarías colocando los balcones en el último piso… -dijo una voz ronca criticando su última creación.

Marcus la abrazó por detrás. En los cuatro años transcurridos desde aquella mañana en la catedral, nunca la había hecho elegir entre él o la arquitectura, y Dallas había estado en lo cierto al darse cuenta de que ambas cosas no tenían por qué ser excluyentes. Incluso con su pequeña Dakota ocupando todo su tiempo, aún había margen para ella misma.

Se dejó mecer en los brazos de su marido mientras la tarde caía sobre Nueva York, mostrando la belleza de un mundo en construcción.

Luego Marcus la apretó un poco más contra sí, haciéndola sentir junto a su cadera el grado de su deseo, y le mordisqueó el lóbulo de la oreja.

-Quiero estar dentro de ti… -le murmuró haciéndola estremecer con su tono de voz y el calor de su aliento.

Y era cierto. Marcus no podría haber imaginado hasta cuánto la deseaba, o cómo la necesitaba en su vida. Si antes había admirado su forma de ser, ahora sabía que nunca cesaba en sus objetivos, y amaba tanto su personalidad como deseaba su cuerpo.

Dallas hizo un movimiento suave con la cadera que les hizo gemir a las dos.

Creo que tengo un momento antes de que vuelvan los obreros… -dijo, y le miró a los ojos con claro deseo, volviéndose entre sus brazos.

Marcus rió.

-Me temo gatita que hoy ya no volverás.

Y se la llevó de allí para amarla, de la mejor forma que sabía.

Hay muchas cosas que sé sobre mi vecino el Marqués.

Sé que su belleza interior es todavía más grande que la de su fachada, sé que no le importan las clases sociales, y de hecho lucha para que estas desaparezcan. Sé que cuando me hace el amor le gusta que le llame por su nombre, y no Ashford, aunque él siempre es Ashford para mí…

Pero sobre todo sé que me ama por quien soy, con todos mis defectos y virtudes, y que yo le amo a él.

A mi vecino, el Marqués.

 

 

FIN.