CAPÍTULO 1:

Londres, una noche de primavera de 1876.

 

Marcus Allan Kleint, sexto Marqués de Ashford tenía todo lo que necesitaba. Sus inversiones en la nueva zona industrial de Londres le habían ayudado a mantener las endeudadas y deterioradas propiedades, heredadas de su padre en ruinas, y a sus treinta años sabía cómo aumentar algo más su fortuna.

Su madre y sus dos hermanos pequeños estaban a salvo pues del declive que vivían las clases altas en los últimos tiempos, y además se habían adaptado con él a los cambios sociales que comenzaban a suceder.

Le gustaba el progreso. Sabía que formaba parte activa en los cambios, y después de unos años de trabajo continuo podía permitirse decidir dónde invertir algo más de sí mismo. Podía hacer lo que quisiera con su vida.

Pero esa noche estaba aburrido. Había quedado con sus amigos para una de sus noches de juerga desmesurada, pero uno de ellos había tenido que partir al campo, y el otro dependía de su carruaje.

Así que allí estaba él, a las doce de la noche de un jueves, cuando la vio. Una aparición en blanco y plata. Desde la ventana de la biblioteca la observó avanzar en línea recta hasta la casa. Y sonrió. Esa noche ya no se aburriría más.

Dallas avanzaba a grandes zancadas por el jardín que separaba Ashford Court de Bay Manor, maldiciendo a cada paso su vestido blanco de paseo, y de paso a su madre y su hermana mayor, porque insistían en que toda su ropa debía ser de ese color por su edad. Eran unas románticas. Y unas antiguas, de paso.

Esa noche se había propuesto visitar la casa de su vecino porque su tutor, el señor Hale, le había asegurado que tenía al lado una de las mejores construcciones de la ciudad.

Y ella sin saberlo…

Lo que había empezado como una afición se había convertido para ella en toda una pasión. La Arquitectura. Le emocionaba analizar cómo encajaban todos los detalles en una estructura, creando obras magníficas tan sólo con el poder de las matemáticas. Su padre siempre la alentaba en sus preguntas y sus estudios, e incluso le había prometido un viaje por Europa para ver monumentos históricos de diferentes países. Y le había enviado al Señor Hale.

Pero Dallas sabía que en ese momento estaría de parte de su madre…

-Dallas, no hemos sido ni tan siquiera presentados…

-¡Es su casa de soltero!

Georgiana, su hermana mayor estaba igual de escandalizada que su madre ante sus palabras sobre ir a ver la mansión de Ashford.

-Sólo quiero verla por fuera…

Dallas hasta había suplicado, pero ellas, que nunca habían comprendido su amor por unas piedras colocadas una encima de otra, y que además no se cansaban de repetirle que lo de la arquitectura era cosa de hombres, no se habían dejado convencer.

Como tampoco su padre.

Así que allí estaba ella, en mitad de la noche, vestida de blanco, agradeciendo que no hiciese frío, y decidida a no dejarse vencer. No suplicaría más.

Y entonces la vio.

Hale no se había equivocado, no le había mentido. Pese a ser una casa de lo más sencilla saltaba a la vista que las de toda la ciudad habían copiado a esta. Desde el lateral, donde se encontraba, se veían las amplias ventanas y la zona de entrada del servicio. La piedra con la que estaba construida tenía un cierto tono verdoso que a la luz de la luna creciente se veía gris, y los arcos de las puertas y las ventanas eran perfectos.

Dallas se disponía a sacar su libreta de dibujos cuando se dio cuenta que el silencio de la noche se había roto. Eran pasos. Que se dirigían hacia ella. Muerta de miedo sólo tuvo tiempo de esconderse bajo la puerta de servicio, que apenas la tapaba. Y con su vestido blanco… Bien, Georgiana al menos se arrepentiría de hacerla vestir así…

-Sal de tu escondite gatita, no te hagas la tímida…

Una voz ronca atravesó la noche y Dallas notó latir su corazón al máximo de velocidad. Se mordió la mano para no gritar y delatarse, aunque nadie la oiría…

-Vamos preciosa, no tengo ganas de jugar… Todavía…

Marcus sabía que muchas mujeres intentaban cazarlo, ya fuese para una noche o para toda la vida, pero aquella se había extralimitado, entrando en su jardín… Pensaba darle un buen susto, divertirse un poco y luego dejarla marchar impune.

Se acercó al lateral por el que había visto llegar a esa aparición de blanco.

-¿Dónde estás gatita blanca? -dijo, y oyó un gemido de… ¿Miedo?

Bien, él no era tan malo. Decidió acabar con aquello cuanto antes, y dejarlo en una anécdota que contar a sus amigos.

-Sal ahora, mujer. Soy el Marqués de Ashford y llamaré a Bond Street si no lo haces… -dijo cambiando su tono de voz por el que usaba con sus subalternos.

Y la mujer salió de su escondite, y era en verdad una gatita que le arañó el alma con tan sólo una mirada.

Dallas decidió salir y explicarle al Marqués la verdad. Al fin y al cabo los tiempos estaban cambiando, ¿no? Compuso su mejor gesto rebelde y dando un paso adelante, le miró.

Pero cuando los dos cruzaron sus miradas algo ocurrió. Fue como si las piezas encajasen de una forma perfecta, a nivel de plano, con medidas exactas.

Lo primero en lo que Dallas pensó fue que no le recordaba tan guapo. En ese instante llevaba tan sólo un abrigo sobre la camisa sin chaleco, y esta se veía con la abertura del abrigo. Sus pantalones eran los de un traje con el que tal vez él había salido esa noche. El Marqués de Ashford. Su vecino. Y como dándose cuenta de ese hecho, le miró a los ojos. Su cara era una obra de arte, su pelo rubio sobre sus ojos, una barba de un día sobre su gesto serio. Parecía desconcertado.

-¿Qué hacéis aquí?

Marcus se felicitó a sí mismo por haber sido capaz de hablar. Aquella mujer era una ninfa de los bosques y, a la vez, una gatita escalfada. Tenía el pelo, largo, negro y tremendamente rizado, apenas recogido con dos horquillas en la frente, y su cuerpo… Volvió a mirarla a los ojos, de un color indefinido debido a la oscuridad. Unos ojos de gata asustada y a punto de atacar. Respiró hondo para recuperar la compostura, que había perdido de forma inaudita.

-¿Quién sois?

La vio retroceder y avanzó como si ella fuese un imán, su imán. Qué cosa tan estúpida…

-Yo… -la voz ronca de ella le llegó derecha a la ingle.

-Ni se os ocurra dar un paso más. -dio la orden en tono militar, estaba enfadado con esa joven por hacerle sentir… Bueno, sólo sentir.

Dallas le miraba con cautela. Había decidido que el Marqués no le haría daño. Tan sólo debía salir de allí sin que él supiese quién era ella…

-Debo marcharme, señor…

-Ashford, mi nombre es Ashford.

Ella hizo una perfecta reverencia. Así que era una jovencita de sociedad. Muy arriesgado, el papel de seductora le quedaba grande… A menos que no hubiese ido a seducirle, ¿Tal vez una apuesta tonta con sus amigas?

-Dígame la verdad y la dejaré marchar.

Marcus vio la duda y la determinación en los ojos de ella. Luego le contestó con una pregunta.

-¿Lo promete? -chica lista, pensó Marcus, y arriesgada. Nadie se había enfrentado a él así nunca. Tenía que reconocerle que le mantenía intrigado.

Asintió con la cabeza.

Ella le escrutó el rostro con intensidad y pareció sacar un veredicto positivo.

-He venido a ver su fachada. -dijo al fin.

Y a él le dio un ataque de risa.

Dallas valoró si escapar en ese momento sería oportuno. Ashford parecía muy divertido riéndose a su costa, y le había confirmado algo que por otra parte ya se imaginaba. Era un tonto de remate. Demasiada fachada…

Dio un paso leve hacia su casa, y entonces él se le echó encima.

En un segundo estaban sobre la hierba fresca, Dallas apoyada sobre un brazo como si se hubiese caído, porque así era, él la había tirado, y la tenía atrapada bajo su cuerpo.

-No tan rápido gatita… Así que… La fachada, ¿no?

Dallas se negó a hablar. Él no la creería pese a su promesa.

Entonces él le apartó un mechón de pelo y, para su sorpresa, lo olió acercándoselo a la nariz.

-No te enfades… Humm -dijo. -Te dejaré marchar ahora.

Marcus sabía que ya se había divertido lo suficiente con aquella chica que había intentado burlarse de él, pero era tan seductora…

-Aunque tendrás que darme algo a cambio.

La miró a los ojos para verla arder de rabia y determinación.

-Ni lo sueñe…

Sí, ella era como un sueño, pensó Marcus, y la besó.

Dallas nunca había imaginado cómo sería el beso de un hombre. Simplemente no entraba en sus planes besar a uno. Y allí estaba en ese momento. Y decidió aprender.

Marcus supo que ella era inexperta nada más posar sus labios sobre los de la chica, pero no lo pudo evitar, cuando ella reaccionó, el imán que les atraía aumentó su poder.

Dallas se dejó envolver por el sabor, el olor y el peso de Ashford, sintió el tacto de sus manos sobre su cara, sobre su pelo, y saboreó su lengua con la suya. Luego él se apartó despacio y ambos se miraron jadeantes.

-¿Quién eres? -volvió a preguntar el Marqués.

Y Dallas supo que el sueño se había acabado. Cuando hizo ademán de apartarse, Ashford se separó de ella y la ayudó a levantarse. La miraba serio, formal, como si nada hubiese ocurrido. Y tal vez era así. Para él su beso no sería nada, pero para ella…

-Debo marcharme. -dijo Dallas, sorprendida de su voz, algo más ronca de lo normal.

Y para su sorpresa le vio asentir con la cabeza. Luego él le colocó una de las horquillas y ella se giró y echó a correr sin mirar atrás.

Mientras corría aliviada por que él la hubiese dejado ir, le maldijo por no haber podido ver la fachada delantera, aunque suponía que el beso bien había merecido el pago.

El Marqués de Ashford por su parte se daba cuenta, mientras el brillo blanco de su vestido se perdía entre las sombras del jardín, de que no le bastaba con un beso. Y esperó allí de pie, hasta que su pelo larguísimo se difuminó en la oscuridad.

Descubriría quién era. Su gatita.