CAPÍTULO 6:

 

Su hermana parecía oír campanas de boda, su madre le decía casi cada día lo orgullosa que estaba de ella, e incluso su padre le hablaba del Marqués de Ashford y de su interés por hacer inversiones en Estados Unidos a través de sus empresas.

Durante el último mes le había visto al menos tres veces a la semana, en cenas, bailes o citas para ver lugares singulares de Londres, y su familia hasta les dejaba a solas en cada ocasión que se les presentaba.

Pero él no había vuelto a besarla, ni tan siquiera la tocaba. Y ella le odiaba mientras él permanecía sereno y controlaba su vida, porque ella le deseaba, pero no quería que tuviera poder sobre sus elecciones.

Así que en ese momento no pensaba con la cabeza, sino con la rabia que la invadía. Dallas no quería que Ashford, ni nadie, controlase su futuro, y aunque le encantaba pasar el tiempo con él, tenía miedo de que quisiera controlarla de alguna manera.

Sabía que él también la deseaba, pero no entendía su forma de proceder con ella.

Salió por la ventana con su vestido color tierra, que era lo más parecido a un tono oscuro que tenía. Esa noche no iba a cruzar el jardín, pensaba visitar el cementerio de Londres, una de las obras góticas mejor diseñada del mundo.

Dallas apartó el miedo a andar sola por la calle de su mente, centrándose en su objetivo. Desde luego, podía haber visitado el cementerio durante el día, pero eso habría supuesto ir acompañada y de un tiempo a esa parte añoraba un poco de soledad.

Aceleró el paso mientras avanzaba en la oscuridad, el cementerio quedaba a tan sólo veinte minutos andando de su casa, pero alguien podría entrar en su habitación y descubrir que se había ido, y entonces…

Volvió a cambiar la dirección de sus pensamientos. Se asombraba de no haber visitado antes el cementerio.

Cuando al fin alcanzó sus puertas ya había olvidado las altas horas, el frío y la oscuridad que la envolvía. Aquel era un lugar mágico.

Habría mucha gente que tendría miedo, o al menos respeto, por aquel lugar que parecía sacado de una novela de Mary Shelley o Stoker, pero ella veía belleza.

Rezó una oración por las almas de los fallecidos que descansaban allí, luego vagó un rato observando el lugar, y finalmente se acomodó en un asiento de piedra y comenzó a dibujar.

-Desde luego eres una ratita nocturna…

Dallas chilló y su libreta cayó al suelo ante aquella conocida voz. Le miró con gesto enfadado.

Él se acercó hasta ponerse muy cerca. Esa noche parecía un marqués sacado de cincuenta años atrás, con su traje oscuro y sus pasos felinos. Sus ojos la miraban con dureza.

-No voy a preguntarte lo obvio porque supongo que tú también querrás saber qué hago yo aquí.

-Me has seguido. -Dallas notó su voz grave y su tono acusatorio, y no habría podido evitarlo aunque lo quisiese.

-Y tú estás loca si piensas que no lo haría.

Por un momento Marcus estaba perdido. Cuando el lacayo al que había ordenado cuidar a Dallas le había despertado a altas horas de la noche casi se había sentido morir de miedo, y ella estaba allí, tan inocente como siempre. Deseaba sacudirla para hacerla entender, pero deseaba más estrecharla entre sus brazos y no soltarla jamás. Eso le hacía Dallas, aunque había intentado que no ocurriera.

Sin él querer, y estaba seguro que sin ninguna intención por parte de ella, Dallas se había metido en su vida, en su cabeza y su corazón, y Marcus se sentía demasiado confundido e indefenso.

Porque situaciones como esa noche le hacían darse cuenta de que ella no le quería en su vida. ¡Se había escapado! ¡De él!

-Sé cuidar de mí misma…

Ella era tan independiente.

Negó con la cabeza.

-No así Dallas. -señaló el lugar en el que estaban, y ella supo a qué se refería.

Irguió la espalda allí sentada en aquel frío banco.

-Yo elegiré cómo. -le respondió, y Marcus le habría aplaudido de no haberse sentido tan perdido.

¿Hablaba ella sobre lo que había entre ambos o sólo de arquitectura?

Los dos se miraron un instante.

-Hazme el amor. -dijo entonces Dallas, así sin más, y Marcus casi saltó ante sus palabras.

-¿Qué? -alcanzó a preguntar.

Ella miró al suelo, tímida, como si no hubiese pronunciado esas palabras .

El aire parecía crepitar entre ellos, y Marcus logró llegar a su lado sin saber cómo sus piernas le habían respondido. Aunque sí comprendía la respuesta de otra parte de su cuerpo…

-Dallas. -logró pronunciar el nombre de ella algo irritado al notar el anhelo de su propia voz. Esperó hasta que los ojos oscuros de ella, enmarcados por su pelo negro se fijaron en él.

-¿Sabes lo que significa?

Ella negó con la cabeza sin apartar su mirada de la de él.

-Es un compromiso, mío, tuyo… -intentó explicarle él.

-¿No me deseas? -preguntó ella.

-Como no he deseado a nadie, pero no se trata de eso…

Dallas negó de nuevo.

-No tiene por qué ser así, podemos hacer que sea de otra manera… No tiene por qué ser un compromiso…

Y esta vez ella le besó a él.

Dallas no sabía qué le ocurría, pero de repente quería demostrar que podía decidir por sí misma, que podía elegir, y que podía equivocarse. Sólo quería saber que estaba viva y que la vida era algo más.

Antes de que se diese cuenta, Marcus la tenía sobre su regazo, y ella se rozaba, gimiendo, sobre la protuberancia de su pantalón. Entonces él le bajó el vestido por el hombro y dejó uno de sus pechos expuesto al frío de la noche.

Ella le oyó hablar a través de la neblina de deseo que la recorría.

-Quiero que aprendas cómo será, mi gatita. - Tras toquetearlo con sus manos grandes, su boca caliente atrapó uno de sus pezones y Dallas se arqueó, dándole un mayor acceso.

-Quiero que sepas cuánto te deseo. -continuó él, que poco a poco había ido calmándola con sus palabras y sus caricias, bajando el ritmo veloz que habían tomado.

Su mano izquierda accedió lentamente bajo su vestido, hasta el punto de unión entres us piernas.

-Quiero que elijas que sea yo… -le dijo en un murmullo rozando apenas su oreja con su aliento.

Dallas gimió de nuevo mientras sus dedos la penetraban con suma delicadeza, y Marcus le recorría con la lengua la mandíbula, el pecho desnudo, la boca o el lóbulo de la oreja. Él tenía acceso a toda su piel, y la sensación era abrumadora.

-Pero sobre todo aprenderás que esto es cosa de dos.

Dallas sintió una especie de tirón que comenzaba a recorrerla desde la punta de los pies a la garganta.

-Dallas, mírame.

Ella abrió los ojos, que no recordaba haber cerrado, y le miró. A Ashford, a Marcus, a su vecino el Marqués. Antes un completo desconocido, ahora alguien que ya formaba parte de su ser.

-Cuando te haga el amor, Dallas, -dijo deteniéndose expresamente al pronunciar su nombre. -no será sólo porque tú quieras, o porque necesites demostrarme tu independencia… -Seguía moviendo sus dedos dentro de ella, y Dallas se sentía a punto de estallar.

-Será porque me desees a mí. A quien yo soy, a todo lo que soy. ¿Lo entiendes?

Dallas apenas le entendía a medias. Las sensaciones la envolvían, Marcus estaba en todas partes. Él se movió bajo ella, rozándola con aquel magnífico bulto de sus pantalones.

-Dí que lo entiendes Dallas.

Finalmente ella contestó.

-Sí, lo entiendo.

Él la estaba poniendo en su sitio, de manera física desde luego, pero también en cuanto a lo que sería su relación.

Luego Marcus volvió a colocar su boca sobre su pezón y la mordisqueó. Y Dallas llegó al cielo entre sus brazos, comprendiendo al fin todas las palabras de él.

Cuando abrió los ojos, Marcus todavía mantenía sus dedos en su interior. Y supo que él, de una forma evidente, había ganado aquel asalto. Pero la guerra sólo acababa de comenzar.