Capítulo 9
TEDDI no recordaba haberse sentido jamás tan a gusto en Gray Stag. Jenna y la señora Devereaux la colmaban de atenciones y le hacían compañía en sus largas horas de reposo, mientras que la señora Peake, que ya se había reincorporado a las tareas de la casa, revoloteaba todo el día a su alrededor como una bondadosa hada madrina, intentando abrirle el apetito con nutritivas sopas y deliciosos postres.
—Pero si estoy mucho mejor… —protestó al cabo de dos días Teddi, que ansiaba poder levantarse y andar un poco.
Pero la señora Peake se negó en redondo.
—¿Después de haber sufrido una contusión y aún convaleciente? —le espetó, mirándola por encima de su nariz aguileña—. Ni hablar. Si se levanta de esa cama, señorita Teddi, ¡la traeré de vuelta yo misma!
Y ése había sido el punto final de la discusión, porque Teddi no dudaba que la señora Peake era muy capaz de cumplir su amenaza. Jenna y ella prorrumpieron en risitas cuando se hubo marchado a la cocina.
—¿A que no sabes que le ha dicho King a Blakely esta mañana? —inquirió Jenna mostrándose muy misteriosa.
Teddi meneó la cabeza.
— ¡Le ha dicho que cuenta con su aprobación para casarse conmigo! ¡Y hasta se ha ofrecido a darnos unas tierras en el valle!
—Es un detalle por su parte —le dijo Teddi con una sonrisa.
—¿Un detalle? —replicó Jenna—. ¡Es un verdadero milagro! Blakely no podía dar crédito a sus oídos, y yo todavía tengo la sensación de estar soñando.
—Me alegro por vosotros.
Jenna se levantó de la silla de mimbre junto a la cama en la que había estado sentada.
—Bueno, tengo que dejarte, porque le he prometido a mamá que la acompañaría a comprar unas cosas, pero estaremos de vuelta enseguida. Si necesitas algo, dale una voz a la señora Peake, ¿de acuerdo?
—De acuerdo -murmuró Teddi—. Jenna… — llamó a su amiga cuando se dirigía a la puerta. La otra joven se detuvo y se volvió a mirarla.—Gracias por todo lo que estáis haciendo por mí —balbució Teddi—. Sois tan amables que yo… — pero no pudo acabar la frase, porque se le hizo un nudo en la garganta de la emoción.
—Eres parte de la familia —le dijo Jenna con sencillez, y le sonrió—. Nos vemos luego.
En los días que Teddi pasó convaleciente en el rancho, King iba a la casa tan a menudo como se lo permitían sus tareas, y se mostró tan amable y afectuoso con ella, que la joven no podía dejar de preguntarse si lo habrían cambiado por otro. Parecía tan distinto… A pesar de su inicial recelo por cómo se había comportado con ella, poco a poco fue confiando de nuevo en él, y una relación completamente distinta empezó a forjarse entre ellos. Cuando se sentaba a hacerle compañía, King le contaba sus planes para Gray Stag, le relataba las pequeñas anécdotas del rancho con un sentido del humor que Teddi nunca hubiera imaginado… pero no la tocaba. Era como si quisiera ir construyendo una sólida amistad entre ellos antes de intentar ir más allá con ella.
La señora Devereaux, Jenna y él conseguían casi siempre hacerla sonreír y mantener sus pensamientos alejados del futuro, pero una tarde, King la pilló con una expresión claramente preocupada mientras miraba por la ventana.
—Primero ponte bien; luego tendrás tiempo de rumiar tus problemas todo lo que quieras —la reprendió dándole un pellizco en la punta de la nariz—. Por cierto, espero que tengas hambre. He traído unas fresas recién recolectadas de nuestro huerto, y le he pedido a la señora Peake que te prepare un buen tazón de ellas con nata.
—Hace una semana me habría negado a ese capricho —suspiró ella—, pero supongo que ahora ya no importa mucho que engorde un poco.
King se sentó a su lado y se inclinó para apartar un mechón de su rostro. Hacía dos días que Teddi ya no llevaba la gasa de la mejilla, y el propio King le cambiaba las vendas de la pierna y le aplicaba el antiséptico cada noche, sin confiarle la tarea a nadie más.
Los ojos de Teddi descendieron hasta los finos labios de King, y se quedó mirándolos con una intensidad de la que ni siquiera era consciente. Sencillamente no podía evitarlo. Hacía tanto tiempo desde la última vez que se habían besado, que la había estrechado entre sus brazos…
—¿Quieres que te bese? —le preguntó King en un tono quedo. Inclinó la cabeza hacia ella—. Vamos, dilo, no te contengas.
El labio inferior de Teddi tembló ligeramente, recordando aquel día de Semana Santa, en los establos, el modo diabólico en que la había tentado, humillándola, para luego apartarse.
—No pienso suplicar —le dijo.
En un primer momento, King frunció el entrecejo sin comprender, y luego esbozó una sonrisa.
—Manda el orgullo a paseo, Teddi —le susurró. Se inclinó un poco más y posó sus labios sobre los de ella, acariciándolos, separándolos con pericia.
—¿Qué importa quién empiece si los dos lo deseamos? —le dijo apartándose un instante mientras sus dedos se enredaban en el cabello de Teddi.
Él se colocó a horcajadas sobre ella y se inclinó de modo que Teddi pudiera sentir los fuertes latidos de su corazón contra su pecho.
—King… —gimió ella subiendo las manos y despeinándole el rubio cabello. Cerró los ojos y se arqueó, apretándose contra su cuerpo. Aquello era el paraíso… el paraíso…
King tomó sus manos y las colocó abiertas contra la pechera de su camisa de algodón.
— Acaríciame, Teddi —le susurró—, frota tus manos por mi pecho.
Ella pasó las palmas por la tela despacio mientras King la besaba, y pronto él empezó a excitarse.
—Teddi… —jadeó.
Se incorporó un poco, desabrochándose impaciente la camisa, y volvió a tomar las manos de ella, poniéndolas contra su tórax sudoroso y desnudo.
— Sigue, Teddi, sigue…
Ella se quedó mirándolo fascinada, sintiendo que el deseo se encendía dentro de ella, como una llama, y se deleitó con la sensación nueva para ella de enredar sus dedos en el abundante vello claro de su tórax. Tenía un aspecto tan masculino y sensual así, medio desnudo, con el cabello revuelto, los labios ligeramente hinchados, los ojos entornados con un ardor indisimulado en ellos…
Los labios de King volvieron a descender sobre los suyos, separándolos con una pasión casi salvaje mientras tomaba lo que necesitaba de ella. Teddi notó el contacto aterciopelado de su lengua explorando cada rincón del interior de su boca, invadiéndola, y le clavó las uñas en el pecho antes de rodearle el cuello con los brazos para aferrarse a él, y arqueándose de nuevo hacia sus cálidas manos, esas manos que sabían dónde y cómo tocarla para volverla loca. Un gemido ahogado escapó de entre sus labios, y King se apartó un poco, preocupado.
—¿Te estoy haciendo daño? —le dijo, tratando de ir más despacio.
—Oh, no… —le contestó ella, estremeciéndose de placer con sus expertas caricias.
Los pulgares de King trazaron círculos en torno a sus pezones, y ella contuvo el aliento extasiada.
—Ya no me tienes miedo, ¿verdad? —le preguntó él.
Teddi sacudió la cabeza lentamente, observándolo con el corazón en los ojos.
King la acarició con más sensualidad, y Teddi se arqueó hacia él como un gato mimoso. Sus labios atraparon otra vez los de ella, y le desabrochó el camisón hasta la cintura, devorando con sus manos cada centímetro de piel que quedaba al descubierto.
Después, se inclinó despacio, depositando su peso sobre ella, y Teddi pudo sentir cada línea de su masculino contorno. Parecía que su cuerpo se hubiera hecho uno con el de él, que estuvieran disolviéndose el uno en el otro, que las suaves curvas de ella encajaran perfectamente, como las piezas de un puzzle, con los duros ángulos de la anatomía de él. Se aferró a King sin temor alguno, deseándolo hasta tal extremo, que era una verdadera tortura estar tan cerca de él, y a la vez sentir que no era suficiente.
Temblorosa, apartó escasos milímetros sus labios de los de King, moviéndose sensualmente debajo de él, tratando de pegarse aún más a él, y éste jadeó.
—Por favor —le rogó desesperada, sin saber qué estaba pidiéndole—, por favor, King… necesito… te necesito…
Él tomó su rostro entre sus manos, que también temblaban, y con el rostro contraído y el cuerpo tenso como un arco tensado al límite, la miró atormentado.
—No puedo —le susurró, apartándose de ella. Se tendió a su lado, y la atrajo hacia sí, abrazándola con ternura, acariciándole la espalda para calmarla, para acallar las voces del deseo en ella.
—King… —murmuró Teddi contra su garganta, empapada por el sudor—. King…
—La próxima vez… —le prometió él al oído— no me detendré. Llegaremos hasta el final.
—Pero, ¿por qué, King? —gimió ella confundida—. No quería que pararas.
Él se rió suavemente.
—Lo sé, pero no quiero ni pensar en qué diría la señora Peake si entrara y me encontrara aquí contigo, dando rienda suelta a mis instintos.
—¿La señora Peake? —repitió Teddi, que en ese momento se había olvidado del resto del mundo.
—Le he pedido que te suba unas fresas con nata, ¿recuerdas? —le dijo él incorporándose y abrochándose la camisa.
Teddi emitió un gemido ahogado.
— ¡Oh, lo olvidé! —murmuró incorporándose también en la cama, como un resorte.
Los ojos de King descendieron al pecho de la joven, y ella se sonrojó como una adolescente, apresurándose a taparse.
—No seas tímida conmigo, Teddi —la reprendió él suavemente—. Eres preciosa.
Ella sonrió como una boba y se sonrojó aún más.
—King… —le dijo al cabo de un rato, alzando la mirada hacia él—. ¿Por qué?
—¿Por qué, qué? —murmuró él.
—¿Por qué has hecho esto? —dijo ella—. ¿Qué quieres de mí?
—Todo —le respondió él quedamente.
Teddi escudriñó sus ojos grises confundida.
—¿Por cuánto tiempo?
King se encogió de hombros.
—¿Quién sabe?
—¿Y qué hay de lo que «yo» quiero?
No le estaba ofreciendo un compromiso; sólo estaba dándole a entender que quería algo físico con ella, quizá de unas cuantas noches, pero sin ningún tipo de ataduras.
—Sé lo que tú quieres —le dijo él con una sonrisa malévola—: me quieres a mí.
Teddi, sin embargo, siguió muy seria.
—¿Y a ti… te bastaría el deseo? —le preguntó desafiante.
King le dirigió una extraña mirada.
— Supongo que tendrá que bastarme —le respondió enigmático, pasándose una mano por el cabello.
En ese momento entró la señora Peake, con una bandeja cargada con té frío y el cuenco de fresas con nata que King le había prometido.
—Bueno, señora Peake, la dejo en sus manos — le dijo él a la mujer—. Asegúrese de que se lo come todo. Yo tengo asuntos que atender.
Teddi le sonrió cuando se paró en la puerta para despedirse con un gesto de la mano.
—Gracias por la terapia —le dijo con picardía.
Durantes los días siguientes, King volvió otra vez a su actitud amistosa, educada, y nada más. Parecía como si quisiera dejarle espacio para respirar, tiempo para considerar ese paso final, para decidir si podía conformarse con la única relación que estaba dispuesto a ofrecerle.
A Teddi la asaltaban las dudas. Aun amándolo como lo amaba, no estaba segura de poder conformarse con un romance. Si aceptaba, luego le costaría todavía más separarse de él cuando se cansara de ella.
Al responderle que tendría que bastarle con el deseo, prácticamente había admitido que eso era todo lo que sentía por ella. Pero, ¿y para ella?, ¿Le bastaría a ella con el deseo? ¿Podía tener éxito una relación basada sólo en el aspecto físico? Desde luego su vida sexual sería maravillosa, de eso no tenía duda, pero ella se sentía atraída por él también en un sentido que nada tenía que ver con lo físico. Le encantaba sentarse a ver la televisión con él, cabalgar a su lado, charlar… La novedad del deseo se agotaría pronto, y entonces, ¿qué les quedaría? Se sentiría como un zapato viejo arrojado a la basura, y no creía que pudiera soportarlo.
Aquella sería la decisión más difícil de su vida, pero no podía dejarse llevar por el corazón si no quería acabar sufriendo. Además, se sentía ya mucho mejor, y pronto sería capaz de volver a hacer su vida normal. El médico de cabecera de los Devereaux le había quitado los puntos de la pierna, y ya podía caminar bastante bien. La cicatriz de la mejilla podría disimularse con maquillaje si la llamaban de la agencia para algún trabajo… porque tenía que volver a trabajar para salir adelante. Y quizá, se dijo sin convicción, quizá el trabajo llenaría el vacío insoportable que quedaría en su vida cuando se alejara de King.
Cortarse una mano le habría dolido menos, pero sabía que aquello era algo que no podía eludir.
Después del desayuno lo siguió fuera, dejando a Jenna y a su madre desayunando.
—¿Qué ocurre? —le preguntó King volviéndose, al ver que había salido detrás de él—. ¿Quieres algo, Teddi?
— Sí —musitó ella, pasándose la lengua por los secos labios—. Mañana vuelvo a Nueva York.
King se quedó mirándola aturdido, como si lo hubieran golpeado en la cabeza con una barra de metal.
—¿Qué?
—Que mañana me marcho —repitió ella—. Tengo que volver a trabajar, y por suerte mis cicatrices se están curando bastante rápido. Pueden disimularse con un poco de maquillaje y…
—¿Vas a dejarme? —explotó él—. ¿Así?
Teddi vaciló, sorprendida por su repentino arranque de ira.
—Yo… —comenzó.
—¿Qué? ¿Es ese maldito contable después de todo? —le gritó él—. ¿O sólo que eres incapaz de comprometerte?
— ¡Mira quién va a hablar de compromisos! —le espetó—. ¡El señor «libre-como-el-viento»!
— ¡Por amor de Dios! ¿Qué esperabas?, ¿un contrato de noventa y nueve años? —rugió.
— ¡No, gracias! —le contestó Teddi irritada—, ¡no creo que pudiera soportarte durante noventa y nueve años!
—¿Qué?, ¿Acaso me tienes miedo?
—No te tengo ningún miedo —replicó ella, poniéndose muy seria—. Es sólo que quiero más de lo que tú estás dispuesto a ofrecer, eso es todo.
—¿Cómo qué? —le espetó él con los ojos relampagueándole —, ¿portadas de revistas, pasarelas y hombres mirándote de manera lasciva mientras desfilas?
— ¡No te atrevas a meterte de nuevo con mi trabajo! ¡Es tan digno como cualquier otro! —le gritó Teddi.
Las facciones de King se endurecieron hasta tal punto que parecían roca esculpida.
— Sea entonces, vuelve a ese mundo de cámaras y lujo si es lo que quieres —le dijo él en un tono gélido—. De hecho, no tendrás que esperar a mañana. Esta misma tarde te llevaré al aeropuerto.
Teddi se quedó sin aliento.
— ¿Qué?
Había una verdadera tormenta en los ojos grises de King, y estaba lívido de rabia, aunque Teddi no alcanzaba a comprender por qué.
— Ya me has oído —masculló —. ¡Haz ahora mismo la maleta!
Se giró sobre los talones, bajó los escalones de la entrada y se alejó hacia los establos como un gigante furioso.
Las lágrimas rodaban por las mejillas de Teddi. ¡Estaba echándola! ¿Tanto la odiaba que no podía soportar su presencia ni un segundo más? ¿O era sólo una venganza por que había herido su ego masculino al negarse a ser su amante?
Subió las escaleras de la entrada temblorosa, y después fue al piso de arriba, a su dormitorio a hacer la maleta, preguntándose cómo iba a explicarles su partida a la señora Devereaux y a Jenna. Contrajo el rostro irritada. Debería ser King quien lo hiciese. ¡Bestia arrogante!
Sólo le llevó unos minutos guardar sus cosas en la maleta, y tras cerrarla, salió de la habitación y cerró despacio tras de sí. Tenía que procurar actuar como si no hubiera pasado nada, se dijo, no podía dejarle entrever lo destrozada que estaba.
Bajó las escaleras, y se encontró a King hablando con Jenna frente a la puerta de entrada. El ranchero alzó la vista hacia ella al verla aparecer, vestida con un traje pantalón de lino blanco y la camisola de tirantes que se había puesto el día que la llevara a Banff. Un destello extraño pasó por sus ojos grises, pero su rostro no dejó traslucir ningún sentimiento.
—Le estaba diciendo a Jenna lo de ese trabajo que te ha salido de repente —le dijo, mirándola fijamente, como desafiándola a negar su mentira.
Teddi se aclaró la garganta y decidió que lo mejor sería seguirle el juego.
—Oh, sí, estoy tan entusiasmada… —le dijo a su amiga, forzando una sonrisa radiante—. ¡Imagínate, dos anuncios para una firma de cosméticos…!
King pareció incomodarse, y Jenna entornó los ojos suspicaz.
—Pensé que era un desfile en Miami —le dijo, lanzando una mirada a su hermano con el ceño fruncido.
Teddi se pasó la maleta de una mano a otra.
—Um, sí, bueno, es un desfile y dos anuncios en Miami —murmuró.
— ¿Qué… está pasando aquí? —inquirió Jenna, mirando a uno y a otro.
King agarró a Teddi del brazo.
— Será mejor que nos vayamos o perderás el avión —gruñó arrastrándola fuera—. Jenna, volveré dentro de un par de horas —le dijo a su hermana, cerrando la puerta tras ellos antes de que pudiera hacerle más preguntas.
—Podrías haber dejado al menos que me despidiera de ella y de tu madre —protestó Teddi enfadada, mientras la hacía entrar en el coche.
—Diles adiós con la mano —masculló él.
Se sentó al volante, puso en marcha el motor, y a Teddi apenas le dio tiempo a agitar la mano a las dos mujeres, que habían salido al porche y se habían quedado allí de pie, aturdidas, viendo cómo el Ferrari se alejaba hacia Calgary.
Teddi observó el serio perfil de King. De pronto estaba dándose cuenta de las implicaciones que tendría el haberlo rechazado: no volvería a verlo… jamás. Las lágrimas empezaron a agolparse en sus grandes ojos castaños, y tuvo que girar el rostro hacia la ventanilla para que él no lo advirtiera. Tenía que ser fuerte. Había sobrevivido sola en el mundo mucho tiempo, y no tendría más remedio que volver a hacerlo. Sin embargo, ¡qué duro resultaba tras haber rozado el cielo con las puntas de los dedos, tras haber probado sus caricias y sus besos…! El pensamiento de los solitarios años que la esperaban hizo que sintiera una fuerte punzada en el pecho que la dejó por un instante casi sin respiración.
King puso la radio, y un murmullo de música y noticias invadieron el espacio cerrado mientras el Ferrari devoraba los kilómetros. Teddi observó que iba incluso a más velocidad de lo habitual, como si estuviera ansioso por librarse de ella.
Unos minutos más tarde llegaban al aeropuerto. King estacionó el vehículo en el aparcamiento y apagó el motor, y con él se calló la radio, dejando un silencio tenso entre ellos. Durante unos segundos se quedó con las manos asiendo con fuerza el volante, para luego soltarlo y recostarse en el asiento mientras encendía un cigarrillo.
—¿Tenías que ponerte precisamente esa camisa de tirantes? —le preguntó en un tono frío.
Teddi evitó su penetrante mirada.
—Era la única limpia que me quedaba —respondió quedamente—. Las otras pensaba lavarlas esta tarde.
—¿Te llega para el billete?
Teddi tragó saliva.
— Por supuesto que me llega —mintió.
Había pensado pedírselo prestado a Jenna, pero él ni siquiera la había dejado despedirse.
King dio una calada al cigarrillo, mirándola con los ojos entornados.
—Por supuesto… —la remedó, riéndose entre dientes. Siempre era capaz de leer en ella, como en un libro abierto. Sacó unos cuantos billetes grandes de su cartera y se los tendió—. Ya me lo devolverás cuando empieces a trabajar de nuevo.
Teddi no pudo rechazarlos. Lo único que tenía en el bolso eran ochenta dólares. El resto lo había gastado en la factura del hospital y comida. Sin embargo, suponía un golpe durísimo para su orgullo tener que aceptar caridad de él, y una lágrima de rabia e impotencia se deslizó por su mejilla. Volvió otra vez el rostro hacia la ventanilla para que no la viera.
—Gracias —murmuró, recobrando la compostura.
King dio otra calada al cigarrillo.
—¿Te sientes en condiciones para volver a trabajar? —le preguntó.
—Creo que sí —contestó ella—, y de todos modos no tengo más remedio que hacerlo si quiero volver a la universidad el próximo semestre. Al menos podré hacer algún trabajo. De lejos y con maquillaje la cicatriz de la mejilla no se verá.
King resopló y giró el rostro también hacia su ventanilla. El sombrero parecía molestarlo, porque se lo quitó con muy mal genio y lo arrojó al asiento trasero, pasándose una mano por el cabello.
—Esto ha sido idea tuya, no mía —le espetó acusador, mirándola con sus fieros ojos grises.
Teddi parpadeó.
—¿El qué?
—Volverte a Nueva York —gruñó él—, a tu maravillosa carrera de modelo —añadió sarcástico—. Es lo único que te importa, ¿no es así?
Ella se mordió el labio inferior. Todavía estaba a tiempo de cambiar de opinión, de aceptar lo que le proponía aunque no fuese lo que ella quería, pero no podía, no podía sacrificar su orgullo, su amor propio… por unas cuantas noches con él.
Miró por la ventanilla, observando con odio los aviones que despegaban. Uno de esos aviones la alejaría de él para siempre. De pronto notó que los dedos de King acariciaban su cabello, y se volvió, mirándolo a los ojos desesperada. El instante durante el que permanecieron así, mirándose el uno al otro pareció eterno.
—Ven aquí y bésame —le dijo King con voz ronca, atrayéndola hacia sí.
Dejando escapar un sollozo, Teddi dejó que la abrazara, y King apagó el cigarrillo antes de inclinar la cabeza y posar sus labios sobre los de ella.
Al cabo de unos segundos, la respiración de Teddi se tornó entrecortada, y le devolvió el beso con ternura, mientras trazaba con dedos temblorosos las duras facciones masculinas.
—Bésame de verdad, Teddi —le susurró King.
—No puedo —gimió ella, ocultando el rostro en el hueco de su cuello—. Oh, King, ¡no puedo!
Había angustia en su voz, y los brazos del ranchero la atrajeron más hacia sí, apretándola contra su cuerpo.
—Teddi, ¿quieres marcharte? —le preguntó muy serio.
—Tengo que hacerlo —respondió ella con voz ahogada, contra el cuello de su camisa.
—¿Por qué?
—Tú sabes por qué —le dijo Teddi, cerrando los ojos.
Era maravilloso estar así, entre sus brazos, tan cerca de él, sintiendo su aliento, los latidos de su corazón…
—Creía saberlo —asintió él—, pero me parece que tú tienes tan pocos deseos de salir del coche como yo de que te vayas. No es por ese condenado contable, nunca ha sido por él, ni por tu trabajo como modelo, ¿verdad? —le dijo, haciéndola que levantase el rostro para mirarla a los ojos—. Creo que deberías decirme la verdad… antes de que nos destroces la vida a los dos.
El corazón le dio un vuelco a Teddi.
—¿A los dos? —repitió en un hilo de voz incrédula, y al mismo tiempo advirtiendo una nota nueva en la voz de King, como sí…
Él la besó de nuevo, desesperadamente, y Teddi cerró los ojos, dejando escapar un suave gemido. Acabaría cediendo, a pesar de todo, y él acabaría odiándola algún día por haberlo hecho. Las lágrimas se agolparon en sus ojos.
—Tengo que irme —murmuró.
—No puedes irte, tu hogar está donde yo esté, ¿es que no te das cuenta, Teddi? —le dijo King—. Cuando nos conocimos tú tenías sólo quince años, y me sentí tan atraído por ti… Pero también me sentí ruin por desearte, y desgraciado porque eras demasiado joven para la clase de relación que yo necesitaba. Luego, para cuando cumpliste los diecisiete, y yo te veía cada día más hermosa, mi vida se convirtió en un auténtico tormento. Aquella noche, durante la tormenta, cuando te vi allí tendida, con ese camisón semitransparente… Dios, te deseaba como un muchacho, pero tuve que obligarme a salir de la habitación, porque eras demasiado joven, e inocente, y tenía miedo de dejarme llevar. Te deseaba tanto que creía que iba a volverme loco. Por eso tenía que hacerte creer que te odiaba, porque era el único modo de protegerte de mí. Si te hubiera besado aquella noche, no sé lo que habría podido pasar —le confesó. Teddi lo miraba asombrada, sin poder dar crédito a lo que estaba escuchando—. Después, en la Semana Santa de este año, cuando empezaste a flirtear conmigo, a insinuarte… sólo me faltó abandonar el país. Lo que hice aquel día en el establo… tenía que hacerlo, ¿lo comprendes? Tenía que lograr que me detestaras, porque si no habría perdido la cabeza por completo. Y luego Billingsly… llenándome la cabeza de mentiras… tenía tantos celos de él, que lo habría matado.
Teddi sintió que el corazón iba a estallarle de dicha, pero no se atrevía aún a creer…
—King, tú… ¿sientes algo por mí? —le preguntó tímidamente.
—¿Que si siento algo por ti? —él cerró los ojos y volvió a abrirlos. Tomó el rostro de la joven entre sus manos y lo acarició—. Te amo, Teddi, te amo tanto que siento que si no te tengo a mi lado me moriré. No quiero que te alejes de mí, quiero compartir mi vida contigo, pasar contigo los buenos momentos y los malos… tú lo eres todo para mí, Teddi, ¿no lo sabías?
Las lágrimas manaban ya libremente de los ojos de Teddi, y no podía detenerlas. Con dedos temblorosos acarició el rostro de King, mirándolo con adoración.
King contuvo el aliento ante las emociones que podía leer en las facciones de ella, y cerró los ojos un instante.
—Dios, he estado ciego todo este tiempo, ¿no es verdad? —le preguntó con voz ronca—. Estás enamorada de mí…
Ella asintió con la cabeza y sonrió entre las incesantes lágrimas.
—No puedo recordar un solo momento desde que te conozco en el que haya dejado de amarte —le dijo con voz entrecortada—, pero yo creía que tú sólo querías tener un romance conmigo.
—Y lo quiero —la picó él, burlón, devorándola con los ojos—, un romance de sesenta años, con hijos e hijas, y tú cada noche en mi cama, incluso en las noches en que estemos demasiado cansados para hacer el amor.
Teddi dejó escapar un suspiro de felicidad, y lo besó, hundiendo a continuación de nuevo el rostro en su garganta.
—Yo también te amo, King, y te deseo, pero no quiero que nuestros hijos sean ilegítimos…
King se rió suavemente.
—Entonces deberíamos casarnos antes de discutir cuántos tendremos.
— ¿Has dicho casarnos? —le preguntó Teddi, echándose hacia atrás, con los ojos muy abiertos. King asintió con la cabeza, y ella esbozó una sonrisa picara—. ¿El señor «libre-como-el-viento»?, ¿Dispuesto a contraer matrimonio?
—¿Y qué me dices de ti? —bromeó él a su vez—. Creo recordar no sé qué que me dijiste sobre que no podrías pasar noventa y nueve años conmigo.
—¿Eso fue… antes o después de que me echarás de Gray Stag?
—Creía que te importaba menos que tu carrera de modelo, y que no querías un futuro a mi lado —le confesó él—. Estaba destrozado.
—Tú eres lo único que quiero —le dijo ella con voz queda—, tú y los hijos que Dios quiera darnos.
El corazón de King se saltó un latido.
—¿Y qué me dices de tus clases? ¿No pensarás dejarlas? No quiero que las dejes por mí.
—Bueno, hay una universidad en Calgary —repuso ella con una sonrisa.
—En ese caso será mejor que vayas a matricularte antes de que nos casemos.
—¿Tan pronto quieres casarte? —inquirió ella, mirándolo a los ojos.
—Lo antes posible —le dijo besándola.
Teddi respondió con auténtica pasión, y pronto estuvieron perdidos el uno en el otro. De hecho, pasaron varios minutos antes de que King despegara sus labios de los de ella, y observó sus mejillas sonrosadas y sus ojos brillantes mientras trataba de recobrar el aliento.
— Será mejor que volvamos al rancho antes de que nos arresten —le dijo—. Me haces perder la cabeza.
Teddi acarició amorosamente los finos labios masculinos con sus dedos.
—A mí me pasa lo mismo.
King besó la mano de la joven, y dejó que volviera a su asiento, introduciendo después la llave en el contacto.
—Me parece que vamos a tener que dar muchas explicaciones cuando lleguemos —le dijo.
Teddi se rió.
—Jenna no se lo va a creer. Después de habernos pasado todos estos-años como el perro y el gato…
—Podríamos casarnos el mismo día que Jenna y Blakely y celebrar así una boda doble —propuso King.
Los ojos de Teddi se iluminaron.
—Oh, King, ¿podríamos?
King volvió a tomar su mano y la besó.
— Bueno, primero habrá que consultarlo con ellos —le dijo—. Vamos a casa.
Abandonaron el aeropuerto, y cuando hubieron salido a la carretera, Teddi observó con cariño las Montañas Rocosas a lo lejos. Miró a King y se sonrieron. Tenía razón, su hogar estaba donde él estuviera. Apoyó la cabeza en su hombro con un suspiro dichoso y cerró los ojos.