Capítulo 6
KING soltó a Teddi justo cuando la puerta se abrió y entró Jenna, que se quedó de piedra al ver allí a su hermano, con su habitual expresión hosca, y a su amiga, roja como una amapola.
—Dejadme adivinar: ¿serán veinte pasos antes de dispararos un huevo?, ¿O vais a batiros con tenedores? —les dijo con guasa, tratando de disipar la tensión que se mascaba en el ambiente.
King esbozó una leve sonrisa.
— No exactamente. Bueno, iré a despertar a mamá. Me muero de hambre —y salió de la cocina.
—¿Qué ha pasado? —inquirió Jenna en un susurro impaciente.
—Que me ha invitado a montar a caballo —respondió Teddi sacudiendo la cabeza—. No creo que llegue a entender nunca a tu hermano.
—Oh, yo creo que algún día sí lo entenderás —contestó Jenna con una sonrisa cómplice, mientras pasaban al comedor, donde ya estaban tomando asiento King y su madre.
Durante todo el desayuno, Teddi sintió la mirada masculina sobre ella. En un momento dado alzó la vista de su taza de café, y se miraron a los ojos largo rato, el aire entre ellos pareció cargarse de electricidad, y Teddi se encontró pensando en lo increíblemente atractivo que era, y deseando poder sentarse en su regazo, enredar los dedos en su rubio cabello, trazar sus finos labios, e imprimir besos por todo su rostro.
En ese instante leyó la misma ansia en los ojos de él, en esos ojos plateados que parecían poder ver dentro de ella.
—Teddi, estaba todo delicioso —le dijo la señora Devereaux con una sonrisa, devolviéndola a la realidad—. Hasta hoy no me había dado cuenta de cuánto echo de menos a la señora Peake. Gracias, querida.
—De nada —contestó Teddi, tratando de no dejar que se traslucieran en su voz las emociones que la agitaban en ese momento.
— Y estas galletas… —continuó alabándola la madre de Jenna—, yo diría que son incluso mejores que las de la señora Peake.
—Bueno, la verdad es que no es un mérito, sino que tengo mucha práctica haciéndolas —explicó Teddi modestamente—. Durante los meses que paso en la universidad, tengo un trabajo de media jornada en una cafetería.
—¿Y para qué diablos necesitas ese empleo? — exigió saber King—. Tu tía te mantiene y paga tus estudios, así que, ¿para qué te matas a trabajar?, ¿Sólo para tener más dinero que gastar?
—¿Qué dices? —intervino Jenna acaloradamente—. Su tía no…
Teddi le dio un pisotón por debajo de la mesa para que se callara, y su amiga tuvo que morderse la lengua para no quejarse de dolor.
—No te preocupes, Jenna —le dijo Teddi con firmeza.
Si King quería creer que sólo trabajaba para tener dinero que gastar en frivolidades, por ella perfecto. No le importaba lo más mínimo.
—Disculpad —murmuró.
Se levantó sin mirar al ranchero y salió del comedor, pero King le dio alcance antes de que hubiera subido tres peldaños de la escalera.
—Escucha, Teddi… lo que acabo de decir… no lo decía en el sentido por el que te lo has tomado —le dijo agarrándola suave pero firmemente por el brazo.
Teddi lo miró con aprehensión e incertidumbre.
—Para tu información —le dijo—, tengo que sacar dinero de algún sitio para comprarme la ropa que llevo a diario, y algunos trabajos de la agencia de modelos exigen que tenga mi propio vestuario.
King enarcó una ceja.
—¿Es que la generosidad de tu tía no da para tanto?
Se quedaría con dos palmos de narices si supiera para lo poco que daba la «generosidad» de su tía, se dijo Teddi amargamente. No sólo tenía que comprarse ella la ropa, sino también pagar sus estudios y el transporte. Con todos esos gastos apenas podía ahorrar nada, pero sabía que una buena preparación académica la ayudaría un día a independizarse, y ya sólo le faltaba un año más. Sólo un año más, y sería totalmente libre.
De pronto la mano en torno a su brazo la acarició suavemente, y Teddi alzó la mirada.
—Siento haberte molestado, Teddi, de verdad — le dijo—. Además, acabábamos de declarar una tregua, ¿recuerdas? Es sólo que me sorprendió pensar en ti haciendo algo menos glamuroso que pasar modelitos. En fin, ¿qué quieres que te diga?, No puedo imaginarte de cocinera.
—Pues el desayuno que acabo de preparar, y la cena que hice el otro día, demuestran que sé cocinar— le recordó ella.
—Es verdad —asintió él—, y me descubro ante ti —añadió, haciendo el gesto de quitarse un sombrero imaginario—. Anda, vamos, no te enfades conmigo. Happy ya tendrá ensillados los caballos, y voy a llevarte hasta la propiedad de los Johnson.
—¿Dónde hay todas esas piceas azules? —inquirió ella con los ojos brillantes.
—Te encantan los árboles y las flores, ¿eh? —le dijo él, riendo ante su entusiasmo.
Teddi asintió con la cabeza.
—Casi pareces una chica de campo —comentó King—. Dime, ¿no echas de menos la ciudad?
Ella lo miró a los ojos muy seria.
— No —le respondió con sinceridad—, no la echo de menos en absoluto.
Montar a caballo era uno de los pasatiempos preferidos de Teddi, pero cabalgar junto a King era aún mejor. Tenía un aspecto realmente magnífico sobre su cabalgadura, se dijo soñadora: alto, ancho de espaldas, bien erguido…
King giró la cabeza en eso momento y la pilló mirándolo. Una de las comisuras de sus labios se arqueó hacia arriba y se rió entre dientes al ver que ella se sonrojaba.
—El… um.. el paisaje es verdaderamente precioso, ¿verdad? —balbució Teddi, aclarándose la garganta.
—No tanto como tú —murmuró él con una mirada apreciativa—. No me importa que me mires, Teddi, ni tienes por qué avergonzarte de hacerlo.
— ¡Qué bien me conoces! —exclamó ella, echándose a reír.
Esa risa clara y argentina pareció iluminarla, y King se quedó mirándola fascinado. Con el sol arrancando reflejos rojizos de su cabello castaño oscuro, y los ojos brillantes, estaba tan hermosa que habría detenido el tráfico en una concurrida avenida.
—Haces que me sienta como una colegiala —lo acusó Teddi—, vergonzosa y tímida. Te encanta ponerme en evidencia.
—No es eso —repuso él, sonriendo—, lo que me encanta es hacerte sonrojar.
—Eres malo —farfulló ella haciendo pucheros.
King se rió suavemente.
—¿Has visto ya nuestros nuevos caballos árabes?—le preguntó.
—No, Blakely iba a enseñárnoslos a Jenna y a mí el otro día, pero se debió… «distraer», y se le olvidó —le dijo Teddi con una sonrisilla elocuente.
— Se distrajo… —repitió King—. Últimamente eso le ocurre con demasiada frecuencia. Jenna está haciendo que descuide su trabajo.
—Oh, vamos, King, no seas tan duro —comenzó ella vacilante, sabiendo que defender a los enamorados podía hacer que se rompiera su tregua—. Y, si es por Jenna, no veo motivos para que te opongas a su relación. Blakely es un buen hombre.
Tal y como había esperado, él le lanzó una mirada cortante.
—La cuestión no es si Blakely es un buen hombre o no —replicó—. Sabes muy bien lo gastosa que es Jenna. ¿Crees que ese chico podría mantenerlos a los dos con su salario, con los gustos tan caros que tiene mi hermana? Aunque le diera una parcela en el valle y lo ayudara, le costaría un trabajo enorme lograr establecerse. ¿Tú ves a mi hermana arrimando el hombro, o siquiera manchándose las manos?
—Creo que minusvaloras a Jenna —le dijo Teddi, escogiendo sus palabras con cuidado—. Cuando algo le importa, lucha por ello, y estoy segura de que Blakely no tendría que hacerlo todo solo, porque Jenna lo ama, y estaría al pie del cañón con él en todo momento.
—Jenna no está enamorada de él: está encaprichada con él —la corrigió King—. A vuestra edad no se sabe lo que es el amor.
Teddi apartó la vista.
—¿Eso piensas? —le espetó con cierta amargura, recordando las noches en vela que había pasado por el hombre sin corazón que cabalgaba a su lado.
—El asunto es —concluyó King, zanjando la discusión—, que Jenna es mi hermana, y que se trata de un problema que sólo nos atañe a mi madre, a ella y a mí.
Aquellas palabras fueron como una puñalada para Teddi. ¿Era ése su destino, ser siempre una extraña para él?
—Gracias por recordarme que no tengo voz ni voto en vuestros asuntos de familia —le dijo dolida, sin dignarse a mirarlo—. Ahora, si no te importa, regresaré sola. No me siento cómoda en tu compañía.
Hizo que el caballo diera media vuelta y comenzó a descender la senda bajo los enormes pinos que discurría junto a la orilla del río.
King fue tras ella, agarró las riendas de su caballo e hizo que se detuviera.
—Desmonta —le dijo.
Teddi no se movió, pero él se bajó de su montura y la tomó por la cintura, obligándola a bajar también.
—Déjame marchar —farfulló ella, reprimiendo a duras penas las ganas de llorar—. No debería haberme quedado, debería haberme ido esta mañana. Puede que el apartamento de Nueva York no sea un hogar, pero allí al menos no me siento como una intrusa.
—Tu hogar está donde esté yo, Teddi —murmuró él—. ¿O es que aún no te has dado cuenta?
Y antes de que pudiera contestar, King había agachado la cabeza y tomado sus labios. Teddi cerró los ojos, sintiendo que la alzaba en volandas y caminaba con ella en sus brazos sin dejar de besarla.
De pronto notó que se detenía y la tumbaba en el suelo, pero siguió sin abrir los ojos. Estaba demasiado absorta en el sensual y tierno ardor de la boca de King como para atender a nada más. Sentía agujas de pino secas bajo su espalda, y escuchaba el suave ruido del viento y del agua corriendo, pero tenía la impresión de estar dentro de un sueño.
Sólo cuando los dedos de él rozaron sus senos, abrió los ojos y se removió inquieta.
—No tienes nada que temer —le aseguró King.
Mirándola a los ojos, mientras sus manos tomaban posesiones de aquellas suaves cumbres, como si tuvieran todo el derecho a hacerlo.
—No, por favor… —le rogó ella en un susurro ahogado.
El silencio del campo pareció magnificar el ligero roce de los dedos de King al acariciarla a través de la camisa de algodón.
—¿Por qué no?
—Porque es algo tan… íntimo —consiguió articular Teddi con dificultad, detestando las reacciones de su cuerpo, que le decían a las claras cuánto le gustaba lo que estaba haciéndole.
King inclinó la cabeza y le besó los párpados, haciendo que cerrara los ojos.
—No me mires de esa manera acusadora —le susurró—. No voy a hacerte daño. Sólo quiero sentirte, tocarte… experimentar la suavidad de tu piel bajo mis manos. Quiero enseñarte todo el placer que pueden darse un hombre y una mujer.
—No… lo que quieres es volver a humillarme — musitó Teddi angustiada—. Igual que aquel día, en Semana Santa, en el establo…
Teddi notó cómo él se tensaba un instante, antes de besarla en la mejilla, y luego en el cuello, justo bajo la oreja.
—Ésa no es la razón por la que estoy haciendo esto —le susurró King con voz ronca—. Si quieres una, es que me estoy consumiendo de deseo por ti.
Él levantó la cabeza, y Teddi abrió los ojos, observando cómo los labios del ranchero se colocaban a unos centímetros de los suyos, y cómo la tensión se acumulaba en su cuerpo.
—No… no me fuerces —le rogó aprehensiva—. No seas rudo conmigo…
—Te trataré como a una figura de porcelana si confías en mí y me dejas hacer —susurró King contra su boca—. Y si en algún momento quieres que pare, no tienes más que decírmelo.
Le rodeó las mejillas con las manos, y sus labios descendieron sobre los de ella, besándolos con dulzura, pero también como si jamás fuese a saciarse de ellos, y pronto Teddi se fue relajando ante esa pasión contenida.
—¿Lo ves? —le dijo King, levantando la cabeza un instante, e imprimiendo pequeños besos por toda su cara—, no tenía intención de saltar sobre ti como un perro de presa.
Esbozó una sonrisa y, apoyando el peso de su cuerpo en un codo, escudriñó el rostro arrebolado de la joven, y su mirada descendió hasta el cuello de la camisa. Desabrochó un par de botones, e introdujo la mano en el estrecho espacio entre sus senos, observando la reacción de placer en los ojos de Teddi cuando tocó su piel desnuda, y sus dedos se aventuraron bajo el encaje del sostén.
—Eres tan exquisitamente suave… —murmuró mientras la exploraba, y se acercaba al erecto pezón.
Teddi le clavó las uñas en los brazos, y contuvo el aliento. Nunca había experimentado una sensación igual; ningún hombre la había tocado de aquella manera. Era tan distinto de aquella pesadilla, de aquel infierno por el que había pasado a los catorce años…
La creciente excitación hizo que su cuerpo se tensara, como la cuerda de un arco.
—Tranquila —le susurró King, rozando sus labios con los de ella mientras la acariciaba más sensualmente—, no voy a hacerte daño. Simplemente relájate y deja que suceda.
—Es que… es… mi primera vez…
Él volvió a tomar sus labios, aumentando ligeramente la presión, y de pronto sus dedos se cerraron entorno a la cálida circunferencia, engulléndola, y un gemido involuntario salió de la garganta de Teddi.
El propio King se había quedado sin aliento ante aquel sonido.
—Magia —murmuró, mirándola a los ojos—. Lo que nos sucede cuando estamos juntos es magia, como las flores que se abren con el calor del sol…
Se inclinó para besarla una vez más, y Teddi notó los salvajes latidos de su corazón y escuchó su respiración jadeante, mientras a ella la invadían una miríada de nuevas sensaciones. Tal y como él había dicho, parecía magia. Le rodeó el cuello con los brazos y enredó los dedos en su cabello rubio.
Sin que Teddi supiera cómo había ocurrido ni en qué momento, la otra mano de King estaba también bajo su camisa, masajeando y acariciándole el otro seno.
Él interrumpió el beso para buscar sus ojos, pero no dejó de tocarla.
—Parece que tus senos estuvieran hechos para encajar en las palmas de mis manos —murmuró en una voz irreconocible por el deseo—. Quiero mirarte, Teddi. Esto no es suficiente…
La idea de sus ojos grises recorriendo la desnudez de su cuerpo hizo que el corazón se le subiera a la garganta a la joven. Ella también lo quería, pero…
—¿No tendrás miedo? —la picó King con dulzura—. Sabes que sería incapaz de hacerte daño, ¿no es verdad?
—Lo sé —respondió ella.
Le acarició el atractivo rostro hipnotizada, trazando el contorno de sus labios, la recta y arrogante nariz, apartó un mechón de cabello de su frente…
—Yo también lo quiero —le confesó—, pero si no te digo ahora que no, seré incapaz de hacerlo. Siento como si estuviera ardiendo por dentro.
—Yo siento lo mismo —le dijo él, aceptando su decisión a regañadientes, y sacando las manos de su camisa con un pesado suspiro. Se apoyó sobre ambos codos, y la miró a los ojos — Ésta también es la primera vez para mí, ¿sabes?
Teddi esbozó una sonrisa burlona.
—Oh, por supuesto.
King se rió, peinando el corto cabello de Teddi con los dedos.
—No, lo digo en serio: no he besado ni acariciado a una chica virgen desde que tenía dieciséis años. Y también ha sido la primera vez que he tenido que parar —añadió malicioso.
Teddi suspiró para sus adentros, lamentándose de que sólo sintiera atracción física por ella.
—Lo siento —murmuró—. No estoy preparada.
—No tienes que disculparte —le dijo él, trazando una de sus perfectas cejas con el índice — Dime, Teddi, ¿has deseado a un hombre alguna vez?
Ella tragó saliva. Por un instante estuvo tentada contarle lo que le había sucedido a los catorce años, pero aquel era un momento tan perfecto, que no quería estropearlo con amargos recuerdos.
—No —le dijo al cabo de un rato—. Al menos no antes de conocerte a ti.
King apoyó su frente en la de ella.
—No es muy sabio confesarle algo así a un hombre en estas circunstancias —farfulló divertido—. Dime, ¿puedes sentir hasta que punto te deseo?
Era bastante difícil no notarlo, pegados como estaban el uno al otro, y Teddi se sonrojó profusamente.
—Yo… imagino que muy pocas mujeres te habrán dicho que no —murmuró.
King levantó la cabeza para mirarla y enarcó una ceja.
—No soy un play boy, si es lo que estás insinuando.
Teddi se rió.
—Tampoco creo que tengas tiempo para serlo — replicó—, con todo lo que trabajas.
King jugueteó con un mechón de su oscuro cabello.
—No tengo más remedio. De otro modo habríamos perdido todo cuando mi padre murió. Y tengo que pensar en mi madre, y en Jenna —le dijo—. Pero tú tampoco has tenido una vida muy fácil.
—Lo pasé muy mal cuando fallecieron mis padres en el accidente —asintió Teddi—, pero tampoco puedo quejarme de cómo me ha ido, y las cosas mejoraron cuando mi tía me mandó al internado y conocí a Jenna.
—Excepto por las veces que has venido al rancho y yo me he portado como un bruto contigo — murmuró King avergonzado—. Vaya —dijo mirando su reloj y dejando escapar un suspiro—, odio tener que decir esto, pero por desgracia tenemos que volver ya, se está haciendo tarde. Además, esta tarde llega ese dichoso contable de la auditoría —masculló apartándose de ella y sentándose a su lado. De pronto se había quedado mirándola muy serio—. Por cierto, que hay algo que deberías saber de él antes de que llegue.
—¿El qué? —inquirió Teddi sonriente mientras se abrochaba la camisa.
Su deslumbrante sonrisa hizo que King se sintiera incapaz de decirle lo que le tenía que decir.
—No, déjalo, ya habrá tiempo luego. Vamos — murmuró, se puso de pie y le tendió la mano para ayudarla a levantarse—, volvamos a casa.
Hicieron el camino de regreso en un agradable silencio, y Teddi no pudo dejar de albergar la esperanza de que, al llegar al establo, cuando la ayudase a desmontar, la besase una vez más.
Sin embargo, cuando llegaron allí, se encontraron con Blakely y Jenna, que venían de la casa.
—Ah, al fin aparecéis —dijo Jenna, colgándose del brazo de Blakely y riéndose como si llevara el sol dentro de ella—. King, ha venido un hombre a verte. Llamó desde Calgary para decir que ya estaba en el aeropuerto, y mamá fue a recogerlo.
King asintió con la cabeza.
—El contable —murmuró, dirigiendo una mirada extraña a Teddi—. Bueno, entremos entonces. Será mejor que os lo presente. Al fin y al cabo va a estar aquí unos días.
Dejaron a los caballos a cargo de Happy y fueron hacia la casa.
—Ah, aquí está mi hijo —dijo la señora Devereaux cuando entraron en el salón.
El visitante se puso de pie. El hombre, alto, aunque no tanto como King, delgado y de pelo castaño, esbozó una sonrisa torcida al ver a Teddi, y a la joven, que lo reconoció al instante, se le cayó el alma a los pies. Era Bruce Billingsly, aquel tipo amigo de su tía que estaba obsesionado con ella. El motivo por el que finalmente había aceptado la invitación de Jenna en Semana Santa, era que prefería el malhumor de King al acoso constante e inexorable de aquella sanguijuela, porque Bruce Billingsly no aceptaba un no por respuesta.
Ahora ya sabía quién era el informador secreto de King, el que le había estado contando mentiras acerca de su vida y su trabajo… Ahora ya sabía quién lo había envenenado contra ella. Allí estaba el culpable en persona, y con un brillo en los ojos que le decía que su retorcida mente tenía reservadas otras viles artimañas. ¿Y King? King estaba observando receloso el intercambio de miradas entre ambos.
—¿Cómo le va, señor Devereaux? —saludó Bruce a King. Y luego, volviéndose a ella, le dijo riéndose— El mundo es un pañuelo, ¿eh, Teddi? —y, para indignación de ella, tuvo la desfachatez de acercarse y besarla en la mejilla—. ¿Qué está haciendo aquí mi chica? — inquirió, pasándole con frescura un brazo por los hombros y atrayéndola hacia sí.