Capítulo 7
UN DESTELLO de furia cruzó por los ojos de King, pero nadie pareció advertirlo excepto Teddi, y cuando él se volvió hacia Billingsly ya no quedaba en ellos nada de ese sentimiento en su expresión, excepto un poso de burla.
—Te dije que teníamos un conocido común, ¿recuerdas? —le preguntó a Teddi.
—Exacto: yo —dijo Bruce con una sonrisa—. Y claro, cuando hace unos meses me enteré de que el señor Devereaux te conocía, estuvimos hablando mucho de ti. Me sorprendió ver que no sabía demasiado de tu carrera como modelo.
«Y apuesto a que tú te encargaste de informarlo, con Dios sabe qué sarta de mentiras», se dijo Teddi con disgusto. Era igual que todos los demás ligues de su tía: arrogante, vanidoso y, también como todos los demás, ávido de dinero.
Al no haber logrado mantener el interés de su tía por él, se había lanzado a por ella con una perseverancia agotadora, a pesar incluso de que ella lo rechazaba una vez tras otra. Incluso se había presentado en un par de ocasiones en el campus, y le había costado mucho quitárselo de encima.
Alzó la mirada, aprehensiva, hacia los ojos de King, y tal y como esperaba no encontró en ellos más que asco y desprecio. La llegada de Bruce había matado la confianza que estaba empezando a crecer entre ellos. Aquella hermosa mañana se convertiría tan sólo en un recuerdo. Jamás volvería a repetirse.
—¿No te alegras de verme, Teddi? —le dijo Bruce sonriendo y atrayéndola más hacia sí.
King hundió las manos en sus bolsillos.
—No me comentaste nada de vuestro floreciente romance —le dijo a Teddi en un tono venenoso—, pero ahora que Billingsly está aquí, tal vez tengáis ocasión de retomarlo… cuando haya terminado de revisar mis libros de cuentas —añadió con una sonrisa gélida en dirección a Bruce—. ¿Y qué momento mejor que éste para hacerlo? Sígame, iremos a mi estudio.
—Pero, King… si acaba de llegar —protestó su madre, para quien las buenas maneras eran algo de vital importancia.
—No ha venido de visita, madre —le recordó King abruptamente—. ¿Billingsly?
Aparentemente, Bruce sabía que no le convenía soliviantar al ranchero cuando había ese matiz áspero en su voz, porque le contestó al instante:
—Te veré después, cariño. Tenemos tantas cosas de qué hablar…
—Ya lo creo —masculló ella, dirigiéndole una sonrisa venenosa.
King ni siquiera se volvió a mirarla.
—¿De qué diablos va todo esto? —le preguntó Jenna cuando se hubieron marchado, y su madre y Blakely charlaban sentados sobre la marcha del rancho.
—Es ese tipo del que te hablé —gimió Teddi mirando por la ventana—, el que no hace más que perseguirme.
— ¡Cielos, ya recuerdo! —exclamó Jenna—, ¡es aquel que fue a la facultad a darte la lata! Pero, ¿cómo puede ser que conozca a mi hermano?
Teddi se encogió de hombros
—Una desgraciada coincidencia, supongo — farfulló—. Oh, Jenna, ¿qué voy a hacer? Ahora King creerá que hay algo entre nosotros, y sólo Dios sabe qué cosas horribles le habrá dicho de mí.
Jenna estaba empezando a unir piezas en su cabeza: el rubor de las mejillas de Teddi cuando había llegado de su paseo a caballo con su hermano, la expresión inusualmente tierna en los ojos de él, los labios algo hinchados de su amiga, las agujas de pino en su cabello…, de pronto todo encajaba.
— ¿Qué habéis estado haciendo en el bosque aparte de debatir acerca de la economía mundial? — le preguntó irónica.
Teddi se sonrojó profusamente, dando a su amiga la respuesta que quería.
—Ya entiendo —dijo Jenna riéndose—. Ahora comprendo por qué King ha estado tan insoportable últimamente —murmuró con aire pensativo—. Es más, mamá dice que lleva así desde Semana Santa. Entonces pasó algo entre vosotros, ¿no es verdad?, Después de que le tirarás ese cubo de pienso. Oh, Teddi… —le dijo emocionada con los ojos brillantes —, ¡si supieras cuántas veces he soñado con que pudiéramos ser cuñadas algún día…!
—No digas bobadas —protestó Teddi azorada—. Y no quiero que le digas nada de esto a nadie: prométemelo, Jenna.
Su amiga dejó escapar un largo suspiro.
—Está bien, está bien… —farfulló a regañadientes—: te lo prometo. Pero sí que sientes algo por él, ¿no es verdad?
Teddi bajó la vista.
—Sí —admitió en un murmullo apenas audible.
—¿Y mi hermano? —inquirió Jenna.
Teddi se encogió de hombros.
—¿Quién sabe lo que piensa o siente King? De todos modos ya no importa. Siempre ha pensado lo peor de mí, y las mentiras de Bruce no han hecho sino aumentar su mala opinión de mí.
—Pero, ¿por qué iba a creer esas mentiras viniendo de alguien como Bruce? —repuso Jenna frunciendo el ceño—. Yo creo que es lo bastante inteligente como para reconocer un caso de celos y orgullo herido cuando lo ve. Si lo que Bruce busca es vengarse de ti, King se dará cuenta.
—¿Eso crees? —contestó Teddi escéptica, meneando la cabeza.
—Pues claro, mujer. Anda, vamos a la cocina a hacer algo de comer —le dijo Jenna—. Um… mamá, vamos a preparar el almuerzo —le dijo a la señora Devereaux.—Lo sigo, señora Devereaux.
Soltó a Teddi, y le dijo antes de ir tras King por el pasillo:
—¿Necesitáis que os eche una mano? —se ofreció la mujer.
—Oh, no, no, no te preocupes. Sigue charlando con Blakely —le dijo su hija, lanzando una mirada significativa a su enamorado, que se sonrojó un poco—. No tardaremos nada.
—¿A qué venía esa mirada? —le preguntó Teddi en un susurro mientras se dirigían a la cocina. Jenna inspiró profundamente.
—Es que… Blakely va a pedirle consejo sobre cómo abordar a King. Quiere… quiere casarse conmigo —balbució—. ¡Oh, Teddi, quiere casarse conmigo! —repitió cerrando los ojos, como si hubiera recibido la mayor de las bendiciones.
—Si puedo ser de alguna ayuda no dudes en pedirme lo que quieras.
—Gracias —murmuró Jenna—. La verdad es que me hará falta toda la ayuda que pueda conseguir. Sé que King dirá que soy demasiado joven, que Blakely no podrá darme la clase de vida a la que estoy acostumbrada, que no me haré a tener menos comodidades… ¡Pero yo lo amo! —exclamó obstinadamente—, y haré lo que sea por pasar el resto de mi vida a su lado, aunque tenga que sacar agua de un pozo o confeccionarme mi propia ropa. Quiero envejecer junto a él, ¡y voy a luchar por ello, ya lo verás!
—Te creo —aseguró Teddi entre risas. Era muy parecida a King en ese sentido, y estaba segura de que si alguien podía hacerle frente, era ella.
King le dijo a Jenna que Billingsly y él estaban muy ocupados, y le pidió que les llevara simplemente unos sandwiches para almorzar, así que Teddi se vio ahorrada una más que segura confrontación, pero nada la salvó de la que tuvo lugar durante la cena.
Bruce estaba sentado frente a ella, y le sonreía como un sátiro, mientras King la miraba furibundo desde la cabecera de la mesa.
—Creía que estarías trabajando este verano, Teddi —murmuró Bruce rompiendo el tenso silencio—. De hecho por ese motivo pedí que me asignaran alguna auditoría en Nueva York.
Teddi lo miró con frialdad.
—¿No me digas? —masculló, detestándolo por lo que le había hecho a su ya de por sí frágil relación con King—. Pensé que te había dejado claro que cuando estoy trabajando no tengo tiempo para salidas nocturnas.
—Oh, vamos, nena, no me vengas con esas —se rió el muy canalla. Sus ojos adquirieron una expresión calculadora al notar que King estaba escuchándolos muy interesado—. ¡Si no hay un sólo club nocturno de la ciudad donde no te conozcan…!
Teddi frunció las cejas y apretó la mandíbula.
— ¡Eso no es cierto! —le gritó.
—Bueno, no te pongas así, no pensé que te molestara tanto que se supiera —contestó Bruce, fingiéndose aturdido—. Además, en el fondo ha sido mejor que no me mandaran a Nueva York como pedí —añadió en un tono desmoralizado—. La verdad es que no puedo competir con la clase de hombres con los que sales. Soy un simple currante, no un magnate.
Los dedos de Teddi estrujaron la servilleta sobre su regazo, y por un instante consideró el arrojarle su plato del postre a la cabeza. Podía leer la burla en sus ojos. Bruce sabía muy bien lo que estaba haciendo, y Teddi comprendió de inmediato que su primera impresión había sido correcta: quería crucificarla por haberlo herido en su orgullo al rechazarlo una y otra vez. Si no podía tenerla, se aseguraría que ningún otro la tuviera, y King menos que nadie.
—No necesito salir con hombres ricos —le espetó.
— Mira, Teddi, no estoy juzgándote —repuso Bruce—, es perfectamente comprensible. No tienes por qué fingir. Dilly no te da un centavo para tu educación, y tienes que sacar el dinero de algún sitio.
Estaba plantando las semillas de la discordia, y estaban cayendo en suelo fértil: la prejuiciosa percepción de King, ya distorsionada por sus mentiras.
—Con mis trabajos gano lo bastante como para mantenerme por mí misma —insistió Teddi.
—Bueno, eso desde luego debe ser cierto si estás tomándote libre todo el verano… —concedió Bruce— menos que hayas venido con intención de pescar un «pez» mayor… —insinuó, lanzando una mirada furtiva a King.
La expresión del ranchero era de pura furia.
Con un esfuerzo titánico, Teddi se llevó la taza de café a los labios, conteniendo a duras penas las lágrimas. Era como si Bruce le estuviera haciendo pequeños cortes con un cuchillo invisible, y nadie pudiera ver las heridas.
King se levantó, arrojando la servilleta arrugada sobre la mesa.
—Si ha terminado, Billingsly, deberíamos volver al trabajo —le dijo en un tono odiosamente despreocupado, como si no lo afectara nada lo que había oído.
Teddi lo observó salir del comedor seguido de Bruce, que se volvió justo antes de llegar a la puerta, con una sonrisa triunfal. La luz se extinguió de los ojos de la joven, y de su alma, porque supo en ese momento que King lo había creído. Había sido un error ocultarle que su tía no la ayudaba económicamente, porque ahora, al haberse enterado por Bruce, llegaría a la conclusión de que efectivamente necesitaba dinero, y de que había estaba intentando tenderle una trampa, sobre todo a la vista de su flirteo en Semana Santa. Y lo peor de todo era que no había nada que ella pudiera decir en su defensa, porque después de lo que acababa de oír, estaría convencido de que era una mentirosa. Probablemente incluso estaría empezando a pensar que su inocencia virginal era sólo fingida, y que lo que perseguía era arrastrarlo al altar. Las lágrimas se agolparon en sus ojos castaños, enturbiando su mirada, y tuvo que pestañear para contenerlas.
— ¡Qué… qué caliente está el café! —dijo riéndose, esperando poder ocultar con eso el motivo real de que le lloraran los ojos.
Pero a Jenna no podía engañarla.
—Propongo que entremos en el estudio y le echemos al señor Billmgsly el contenido de la cafetera por la cabeza —sugirió—. ¡Menuda sabandija! ¡Y el zopenco de mi hermano, ahí sentado, mirándote como si creyera todas esas patrañas!
—Apoyo la moción de ir a echarle el café encima —dijo su madre. Era la primera vez que Teddi la veía enfadada—. Y lo pondré en la habitación de invitados verde —añadió con una sonrisa maliciosa— el colchón de la cama está lleno de bultos.
—En ese caso iré a buscar unas cuantas piedras para ponerlas entre el somier y el colchón — dijo Teddi, esbozando una débil sonrisa—, para que esté más «cómodo». Hasta luego.
Salió alicaída del comedor, y los ojos de madre e hija la siguieron entristecidos y preocupados.
Teddi estaba esperando que King fuera a pedirle explicaciones antes o después, y, en efecto, media hora más tarde salía al porche, donde la encontró sentada a la pálida luz de la luna.
— Billingsly me había hablado de lo buenos «amigos» que sois —la atacó burlón, quedándose de pie frente a ella—, pero hasta hoy no había sabido si creerlo.
—Y supongo que su actuación de esta noche ha acabado por convencerte —farfulló Teddi.
—¿Cómo dices?
—Da igual, déjalo —murmuró ella, poniéndose de pie y dándole la espalda—. No es cierto que antes no lo creyeras, y sus palabras de esta noche sólo han reafirmado la «maravillosa» opinión que tenías de mí.
—¿No vas a decir nada en tu defensa? —la desafió King.
—No —respondió Teddi ásperamente—, no creo que supusiera ninguna diferencia.
King observó la rigidez de su espalda, y una sombra de duda cruzó por sus ojos, pero ella no pudo verla.
—Debes estarle muy agradecido a Bruce: te ha salvado de mí justo a tiempo —le dijo ella, mirándolo por encima del hombro y con los brazos cruzados—. El bueno de Bruce… es un verdadero caballero.
King se quedó callado un momento.
—Dime, ¿qué más cosas me has ocultado? ¿También era fingida tu supuesta inocencia? —le preguntó con frialdad.
Teddi había esperado aquella pregunta, y estaba preparada para responderla. Si lo que quería eran mentiras, las tendría.
—Sí, King, todo ha sido mentira, todo —masculló irritada, volviéndose hacia él con el corazón hecho añicos—. ¿No es eso lo que quieres creer? Al fin y al cabo tú nunca te equivocas, y menos con las mujeres —le recordó, usando sus propias palabras—. No quiero romper tus cuadriculados esquemas.
Y entró en la casa dejándolo allí plantado. ¿De qué le habría servido contradecir a Bruce? De nada, se respondió, tratando de consolarse.
Durante los días que siguieron, Bruce seguía cada uno de sus movimientos como un perro de presa, y lo único que la consolaba era que King lo estaba haciendo sudar tinta. Sin embargo, era inevitable que en algún momento tuviera que enfrentarse de nuevo a aquel canalla, y ocurrió de un modo inesperado, una mañana que Jenna y ella iban a ir a nadar. Había entrado en la casa para recoger las gafas de sol, que se había dejado en su dormitorio, y escuchó un largo silbido cuando bajaba las escaleras.
—Vaya, cada día estás más hermosa —le dijo Bruce, mirando de un modo lascivo el vestido amarillo claro que se había puesto, y debajo del cual sólo lleva un traje de baño de dos piezas. King debía haber salido un momento, porque estaba apoyado en el marco de la puerta entreabierta del estudio, y no estaba allí, a pesar de que la mesa estaba cubierta de papeles—. ¿Cuándo vas a dejar de evitarme?
—Nunca —le contestó ella abruptamente—. Me duele la boca de decirte que no quiero nada contigo. ¿Por qué no me dejas en paz de una vez?
—Porque de pequeño siempre me dijeron que podía conseguir todo lo que me propusiera si insistía lo bastante —le contestó con una sonrisa autosuficiente.
— No a las personas —replicó Teddi—, no se puede obligar a amar a las personas.
La sonrisa de Bruce se hizo más amplia.
—¿Quién ha hablado aquí de amor? —contestó, recorriendo su cuerpo con una mirada lasciva.
Teddi se puso rígida.
—Búscate a otra. Yo no estoy preparada para esa clase de relación.
—Eso dices —murmuró él—, pero yo sé que corren ríos de lava bajo esa apariencia de reina de las nieves. Pondría el cuello, y si te mostraras un poco más receptiva, hasta podría hacerte cambiar de opinión. No ha habido una sola mujer que se me haya resistido.
—Pues mira por dónde te has encontrado con la primera —resopló Teddi —. Entérate: no quiero nada contigo —le dijo recalcando cada palabra—. ¿Tanto te cuesta entenderlo?
—¿No será qué crees que puedes camelarte al magnate ranchero, verdad? —dijo él en un tono despectivo—. Lo siento, cariño, pero yo te vi primero, no voy a dejar que él se lleve el gato al agua sin siquiera habérselo trabajado.
—Vete al infierno.
—Puede que acabe allí, no te lo niego —le dijo Bruce divertido—, porque no soy un santo, pero te arrastraré a ti conmigo. Le he contado ciertos detalles al señor Devereaux, no muy halagadores me temo, de tu… estilo de vida. Tú verás lo que haces, pero si insistes en despreciarme, pienso seguir jugando sucio. Eres mía, y no voy a darme por vencido tan fácilmente.
—Eres… ¡eres escoria! —masculló ella con los dientes y los puños apretados—. ¡Sal de mi vida!, ¡Déjame tranquila!
—Ojalá pudiera olvidarme de ti, lo digo en serio, pero no puedo hacerlo —murmuró Bruce—. Me tienes hechizado, Teddi, me vuelves loco —y antes de que ella pudiera reaccionar, la agarró por la cintura, atrayéndola hacia sí.
— ¡Suéltame, asquerosa sanguijuela! —le ordenó Teddi dándole puñetazos en el pecho e intentando zafarse sin conseguirlo.
—No, no lo haré —farfulló él—. Todos estos meses rechazándome… Has hecho trizas mi orgullo. Ni siquiera permitías que me acercase a ti, te negabas incluso a darme una oportunidad, a conocerme. Bien, pues creo que ha llegado el momento de que nos conozcamos, ahora que hemos coincidido, y que vamos a estar aquí unos días. Eres libre de no estar de acuerdo, pero si es así, me encargaré de hacer que tu rico anfitrión acabe despreciándote. No he hecho que mi empresa me mandara aquí para nada…
—¿Eso crees? —le espetó Teddi, dándole un pisotón y logrando zafarse al fin.
Bruce se quedó sin aliento, y con el rostro desencajado, y justo en ese momento apareció King, que, al ver la expresión dolorida en el rostro del contable, y el cabello revuelto de Teddi, sacó sus propias conclusiones.
—Billingsly, mientras esté trabajando para mí — le dijo con una ira apenas controlada—, le agradeceré que no se «distraiga» con nuestra invitada.
Bruce carraspeó.
— Discúlpeme, señor Devereaux, pero soy un hombre débil, y no he podido evitar dejarme tentar —añadió con aspecto avergonzado, entrando en el estudio.
— Y tú —masculló King mirando a Teddi con desprecio—, haz el favor de contenerte. Es bochornoso. Debería haberme mantenido firme cuando le dije a Jenna que no iba a dejar que vinieras aquí este verano. No sé a qué estaréis acostumbrados en la ciudad, pero esta es una comunidad pequeña con un sentido muy estricto de la moral, así que si vuelvo a pillarte en esta clase de comportamiento indecente con tu «amiguito» bajo mi techo, saldréis de aquí por piernas.
Y, antes de que Teddi pudiera responderle como se merecía, entró en el estudio y cerró de un portazo.
Minutos después, ella resoplaba furiosa, sentada con Jenna al borde de la piscina tras darse un chapuzón.
—¿Otra vez has tenido un encontronazo con mi hermano? —le preguntó su amiga.
—¿Cómo lo has adivinado? —contestó ella con un suspiro hastiado.
—Oye, Teddi —comenzó Jenna al cabo de un rato—, he estado pensando… ¿crees que King esté celoso? Desde que llegó ese tipo está mucho más irascible.
Teddi se puso roja como la grana.
—¿King?, ¿celos por mí? Imposible.
—¿Y si le dijeras la verdad? Esa mala experiencia que tuviste hace años, y cómo se comporta tu tía contigo, y qué clase de persona es en realidad ese Billingsly. ¿Qué podrías perder?
—Mi amor propio, mi dignidad, mi…
—Puedes vivir sin esas cosas —la interrumpió Jenna—, pero, ¿puedes vivir sin King?
Teddi bajó la vista.
—Ya me iré haciendo a la idea. Al fin y al cabo llevo años haciéndome a la idea de que nunca me verá como soy en realidad —farfulló.
—Pues yo estoy segura de que siente algo por ti —insistió Jenna—, y tú también lo piensas, estoy segura, pero te diré algo, a menos que le hagas ver la verdad, es muy probable que acabe cerrándote las puertas de su corazón para siempre.
Teddi suspiró. Quizá su amiga tuviera razón. «Nada gana quien nada arriesga», se recordó.
—Bueno, supongo que su opinión de mí ya no puede empeorar, ¿verdad? —le preguntó, poniéndose de pie.
Jenna sonrió.
—Creo que iba a echar un vistazo a las reses nuevas esta mañana, cuando acabara con Bruce —le dijo—. Búscalo en los establos.
—Vaya un sitio más romántico para arreglar una discusión —gruñó Teddi sarcástica.
—Al menos tendréis privacidad —le respondió Jenna riéndose—. Yo lo descubrí hace poco con Blakely —añadió prorrumpiendo en nuevas risitas —. ¡Y ahora ve allí y pelea!
El camino hasta el establo le pareció a Teddi más largo que nunca. A cada paso que daba se preguntaba si no debería girar sobre los talones y regresar a la casa. ¿Y si no la creía? ¿Y si le decía lo mucho que lo amaba y se reía de ella? ¿Y si le echaba los brazos al cuello y la apartaba?
Cuando entró en la penumbra del establo tuvo que parpadear varias veces para ajustar su visión, y de pronto vio una silueta que salía de uno de los pesebres. Era King, que nada más verla se acercó, con una mirada tan hostil que empezó a pensar otra vez que aquello era una locura.
—¿Buscando a tu amante? —le dijo en un tono burlón.
—Estaba buscándote a ti —respondió ella antes de que el coraje la abandonara.
King levantó la barbilla en un gesto orgulloso, y la miró con los labios fruncidos, estudiando su esbelta figura envuelta en aquel vestido amarillo de guingán. Se sujetaba por una banda fruncida de elástico sobre el pecho, y otra en la cintura, y apenas le llegaba a las rodillas, dejando al descubierto sus largas piernas.
Un destello de pasión apareció en los ojos de King, y aquella pequeña grieta en su armadura le dio a ella el valor suficiente para acercarse a él. Al menos no le era indiferente, se dijo. Luego, cuando puso sus manos sobre el tórax masculino, esa impresión se reforzó. Podía sentir su corazón latiendo con una fuerza inusitada, y su pecho subía y bajaba demasiado rápido para un hombre que quería dar una imagen fría.
—¿Me escucharás ahora? —le dijo, mirándolo a los ojos—. Bruce sólo pretende desquitarse conmigo. Lleva meses queriendo que salga con él, y yo lo he rechazado todas y cada una de las veces que me lo ha pedido. Está herido en su orgullo, y por eso quiere vengarse. Es a ti a quien amo, King, no a él…—murmuró. Se puso de puntillas, imprimiendo suaves besos en su garganta, su barbilla, la comisura de sus labios… Armada con el recién adquirido arrojo de haberse atrevido a decirle lo que sentía por él, le rodeó el cuello con los brazos, enredó los dedos en su cabello, y posó sus labios sobre los de él en un beso apasionado, pero él no respondió.
—Oh, bésame, King, bésame, por favor… —le rogó, apretándose contra su cuerpo—. ¡Bésame!
Unos dedos de hierro la agarraron por los brazos y la apartaron cruelmente de él, con tanta fuerza que Teddi se tambaleó ligeramente. Retrocediendo hasta una viga de madera, ella se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos y expresión aprehensiva.
— ¡No te atrevas a volver a intentar eso conmigo! —le advirtió King en un tono cortante como la hoja de una cuchilla—. ¡Dios!, Todo lo que Billingsly dijo de ti era verdad, ¿no es cierto?—masculló mirándola de arriba abajo con ojos acusadores—. Ésta eres tú sin máscara, ¿no es así? Libertina, lasciva, proas… y yo, como un imbécil, tratándote como si fueras de porcelana por miedo a asustarte… ¡asustarte! ¿Cuánto cobras por noche, Teddi? —le preguntó con una media sonrisa que hizo que a ella le entraran náuseas—. Tal vez podamos llegar a un acuerdo.
Destrozada, Teddi rodeó su cuerpo tembloroso con sus brazos y se dio la vuelta para marcharse.
—¿No vas a decir nada? —se mofó él—. ¿Qué pasa?, ¿Esperabas que cayera rendido a tus pies y te pidiera que te casaras conmigo? Pues lo siento por ti, pero tendrás que ir a emplear tus artimañas con otro ranchero rico.
Teddi se detuvo antes de llegar a la puerta y se giró hacia él.
—Te equivocas conmigo —le espetó—, y creerías cualquier cosa que te dijeran de mí siempre que fuera algo malo. No soy una ramera, igual que tú no eres un hombre justo, y quizá algún día te des cuenta. Claro que tampoco supondrá ninguna diferencia. Rico o no, no quiero nada de alguien cegado por los prejuicios.
Y, con esas palabras, volvió a darle la espalda y se marchó.