Evocación de Feynman
En 1965, cuando compartió el premio Nobel con Julián Schwinger y Shinichiro Tomonaga por la invención de la electrodinámica cuántica, Richard Feynman era desconocido entre el público en general, pero entre los físicos ya era un héroe de dimensiones legendarias. En aquella época, quienes esto escriben preparaban el doctorado en la universidad de Washington en Seattle, un campus encantador que parecía muy alejado del centro del universo intelectual. Sin embargo, a principios de 1966, mientras yo (D.L.G.) me dedicaba a buscar mi primer empleo. Caltech tenía una plaza vacante en física experimental de bajas temperaturas, y fui invitado a impartir un seminario en Pasadena.
Era una época de entusiasmo para la física de bajas temperaturas. El estudio del comportamiento de la materia a temperaturas inmediatamente por encima del inalcanzable cero absoluto era una disciplina coherente y no una simple serie de técnicas, dado que se había articulado alrededor de dos problemas capitales ya clásicos: la superfluidez y la superconductividad. La superfluidez es la misteriosa capacidad que posee el helio líquido para fluir sin resistencia a temperaturas inferiores a dos grados por encima del cero absoluto. La superconductividad es la capacidad equivalente de muchos metales para conducir corriente eléctrica sin resistencia a temperaturas igual de bajas. Estos fenómenos seguían sin explicarse desde hacía décadas. En los años cincuenta, sin embargo, los dos problemas saltaron por los aires, gracias en buena medida al trabajo de Feynman. En ambos campos se entró en un periodo de intensa creatividad. Por ejemplo, los últimos conocimientos sobre la superconductividad permitieron imaginar circuitos eléctricos ordinarios para utilizar ingenios mecanocuánticos. El más prometedor se basaría en los experimentos de James Mercereau, un doctor de Caltech que había desarrollado el SQUID (siglas de Superconducting Quantum Interference Device, y que en inglés significa «calamar»).
Feynman siguió con avidez los experimentos de Mercereau y en aquella época era normal verlo en el laboratorio de física de bajas temperaturas del Caltech un poco porque le interesaban vivamente los experimentos que se hacían allí y otro poco porque en el grupo de bajas temperaturas había una secretaria muy atractiva (que luego se casaría con Mercereau).
Dadas las circunstancias, el que me invitaran a cambiar la llovizna de Seattle por el sol de Pasadena para impartir un seminario al grupo de física de bajas temperaturas fue una oferta que no pude resistir. Caltech guardaba más ases en la manga. Mercereau, que se había propuesto redoblar los trabajos de experimentación en física de bajas temperaturas, fue a recibirme al aeropuerto y me preguntó si tenía inconveniente en comer antes de presentarme en el instituto, añadiendo que había quedado con Dick Feynman para que se reuniera con nosotros. Comimos los tres en un restaurante topless de Pasadena que Feynman frecuentaba por entonces. Lo único que recuerdo de aquella hora de conmoción cultural es que no dejaba de repetirme: «Esto no se lo van a creer en Seattle». Me había recuperado ya cuando llegó el momento de dar el seminario y tal como fueron las cosas, al cabo de unos meses nos trasladamos a Caltech para quedamos.
Richard Feynman nació el 11 de mayo de 1918, hijo de Lucille y Melville Feynman. El fuerte acento callejero que conservó e incluso cultivó durante toda su vida hacía creer a casi todos sus oyentes que era oriundo de Brooklyn, pero la verdad es que nació y se educó en Far Rockaway, en el tranquilo barrio neoyorquino de Queens.
El padre de Feynman, al que éste veneraba en sus últimos años, no fue un hombre adinerado, pero el joven Richard adquirió pronto fama de prodigio y por eso se dispuso que fuera primero al MIT, donde se licenció en ciencias en 1939, y luego a Princeton para doctorarse. Su director de tesis fue John Archibald Wheeler, y en Princeton se dedicó a aplicar el principio de mínima acción a la mecánica cuántica. La tesis produjo el trabajo que sería la base de parte de sus más importantes logros posteriores.
Durante su época de doctorando tuvo su primer y único encuentro con Albert Einstein. Éste trabajaba en Princeton, en el Instituto de Estudios Avanzados, una institución totalmente separada de la universidad. Sin embargo, los miembros del instituto y los del departamento de física universitario solían asistir a los seminarios de los colegas.
Un día se anunció que el doctorando Richard Feynman iba a dar un seminario por primera vez. No sólo iba a ser su primer seminario, sino que además iba a presentar y defender la sorprendente idea con la que él y Wheeler habían estado trabajando: que un electrón podía avanzar y retroceder en el tiempo. Corrió el rumor de que iban a asistir Einstein y otros físicos famosos que casualmente estaban por allí.
El joven Feynman, comprensiblemente nervioso, decidió saltarse el té y las pastas que normalmente precedían al seminario y preparar la charla en su lugar, y a este efecto fue al aula y se puso a llenar la pizarra de ecuaciones. Llevaba un rato escribiendo fórmulas cuando tuvo la sensación de que lo miraban. Al volverse vio a Albert Einstein en la puerta. Los dos grandes físicos se miraron y entonces se produjo el único diálogo privado que habría entre ellos en lo sucesivo: «Oiga, joven», le dijo Einstein, «¿dónde dan el té?» Feynman acabó por olvidar las palabras exactas con que le respondió.
Estando todavía en Princeton. Feynman se casó con la mujer de sus sueños. Arlene Greenbaum. Cuando se doctoró, en 1942, Estados Unidos estaba en guerra. La joven pareja se trasladó a Los Alamos, en Nuevo México, donde se estaba preparando un plan supersecreto para construir una bomba atómica. Feynman se integró en la División Teórica, a las órdenes de Hans Bethe el gran teórico que averiguó cómo queman su combustible nuclear el Sol y las estrellas. Arlene que se moría ya de tuberculosis, ingresó en el hospital de Albuquerque.
Durante la estancia de Feynman en Los Álamos se puso de manifiesto que podía competir en igualdad de condiciones con los gigantes intelectuales del momento, entre ellos Bethe, Enrico Fermi y John von Neumann. Al mismo tiempo afloraron algunos rasgos que al final formarían parte de su leyenda, por ejemplo su gusto por las travesuras, abrir cajas de seguridad con trucos sencillos para dejar dentro notas provocativas o intercambiar con su mujer cartas troceadas como un rompecabezas, para que los censores perdieran un tiempo precioso recomponiéndolas.
Cierto día de su último periodo en aquel trabajo. Feynman comió con el funcionario de patentes del proyecto Los Álamos. Aunque todos los aspectos del proyecto, incluyendo su misma existencia, eran altísimo secreto, el cometido de aquel funcionario era patentar todos los inventos que se hiciesen, seguramente para que sólo el gobierno pudiera utilizarlos. Sin embargo, ante la profunda consternación del funcionario, los científicos parecían invertir poco tiempo, y menos interés, en idear patentes. «Pero hombre», le dijo el funcionario a Feynman, «ustedes están creando un mundo totalmente nuevo. Seguro que con todo eso pueden hacerse cosas desconocidas hasta ahora.» Feynman meditó unos segundos y respondió que probablemente sí, que por ejemplo podía hacerse un submarino atómico, o un avión atómico.
Al día siguiente por la mañana Feynman encontró en su mesa, esperando su firma, unas solicitudes, ya debidamente rellenadas, para patentar el «submarino atómico» y el «avión atómico». Así vino Feynman a tener la patente del submarino nuclear, un aparato de valor militar considerable, pero de poca utilidad comercial. Se ha dicho que, años después, cuando las Industrias Aeronáuticas Hughes se plantearon la construcción de un avión nuclear, ofrecieron a Feynman un puesto de vicepresidente (que el físico rechazó sin tardanza) porque poseía la patente del invento. En cualquier caso, de acuerdo con el convenio de patentes que firmaron los empleados de Los Álamos. Feynman tenía derecho a un dólar por cada patente. Cuando reclamó sus dos dólares, resultó que no se había abierto ninguna cuenta destinada a este fin, y el funcionario de patentes no tuvo más remedio que poner el dinero de su propio bolsillo. Feynman gastó los dos dólares en la cantina, donde invitó a naranjadas y chocolatinas a todo el personal de la División Teórica.
En 1945 murió Arlene en el hospital de Albuquerque. Feynman relataría conmovedoramente este episodio muchos años después en ¿Qué te importa lo que piensen los demás? Había pedido el coche a su compañero de habitación para estar junto a ella y volvió a Los Álamos tan deprimido que no pudo afrontar la perspectiva de tener que hablar inmediatamente de la muerte de su mujer. Su compañero de habitación le organizó una tranquila velada con unos amigos que no sabían lo sucedido. Años después recordaría Feynman el asombro que sintió durante aquella velada ante el hecho de que nadie se diera cuenta del tremendo secreto que había en el interior de su cabeza. Su compañero de habitación era Klaus Fuchs, que también tenía secretos propios y sería luego condenado por hacer espionaje para la Unión Soviética.
Al terminar la guerra. Hans Bethe le ofreció un puesto en la Universidad de Cornell y allí se concentró Feynman en la descripción mecanocuántica de las interacciones entre la luz y la materia. Aunque Schwinger y Tomonaga, que desarrollaron por su cuenta soluciones equivalentes, compartieron el premio Nobel con él por aquel trabajo, el enfoque de Feynman fue con mucha diferencia el más original. Su método descartó el campo electromagnético de Maxwell y lo sustituyó enteramente por interacciones entre partículas, trazando todas las trayectorias posibles con probabilidades regidas por el principio de mínima acción, tal como había adelantado en su tesis doctoral. (En el capítulo 3 veremos un reflejo de este enfoque, cuando Feynman emplee una modalidad del principio de mínima acción en su demostración geométrica de la ley de las elipses.) Ideó además un método de representación gráfica para no perder de vista los complejos cálculos que requería su enfoque. Estas representaciones acabaron por conocerse en todo el mundo como diagramas de Feynman. El trabajo de Feynman llegó nada menos que a reformular la mismísima mecánica cuántica. Su método gráfico se utiliza ampliamente en muchas áreas de la física teórica.
Feynman dejó Cornell en 1950 y se incorporó al profesorado del Caltech (Instituto Tecnológico de California), donde, exceptuando un año que estuvo en Brasil (1951 1952), pasaría el resto de su vida profesional. En Caltech concentró su atención en el problema de la superfluidez del helio líquido. El teórico ruso Lev Landau había demostrado que la capacidad del helio para fluir sin resistencia se debía a que el líquido podía tomar energía de su entorno en ciertas condiciones muy restringidas. Feynman supo reconducir la observación de Landau hasta sus raíces mecanocuánticas. Los diagramas de Feynman serían después un importante instrumento de investigación en este campo, pero Feynman no los utilizó para resolver este problema. Por el contrario, dio la vuelta a la anticuada versión de la mecánica cuántica que había dado Schrodinger y con su notable intuición se dedicó a conjeturar la naturaleza de un gigantesco sistema cuántico.
Las notas privadas de Feynman revelan que durante este periodo se empeñó también en solucionar el problema de la superconductividad, que era hermano del otro. El problema parecía especialmente hecho para que Feynman pusiera a prueba sus facultades. Como en el caso de la superfluidez, la solución comportaba la existencia de un bache de energía que la corriente eléctrica suplía tomándola del entorno. Además, este bache se formaba a causa de las interacciones entre los electrones del metal y las ondas sonoras o fonones. Esta parte del problema es comparable a las interacciones entre electrones y ondas luminosas o fotones que habían estado en la base de su teoría de la electrodinámica cuántica. A diferencia de lo ocurrido con la superfluidez, las técnicas gráficas de Feynman, en las que él era evidentemente el maestro supremo, parecían más que aptas para aquella empresa. Sus principales competidores, John Bardeen, Leon Cooper y J. Robert Schrieffer, eran bien conscientes de ello. Al final, sin embargo, resultó que las potentes técnicas de Feynman condujeron inevitablemente a éste por una dirección distinta y fueron Bardeen, Cooper y Schrieffer quienes, a comienzos de 1957, dieron una solución espectacular al problema. Por este trabajo recibieron el premio Nobel, el segundo que obtenía Bardeen. (El primero lo había compartido en 1956 con William Schokley y Walter Brattain por el descubrimiento de los transistores.) La superconductividad no fue el único problema cuya solución se propondría Feynman en vano. Durante el resto de su vida hizo también incursiones en terrenos como la biología experimental, la mecánica estadística, los jeroglíficos mayas y la física de los ordenadores, con un grado de acierto variable. Era muy reacio a airear o publicar resultados en los que no tuviese absoluta confianza o que pudieran restar méritos a rivales con derecho a ellos; en consecuencia, sus publicaciones forman una lista breve y contienen pocos errores.
Poco después de Feynman llegó a Caltech Murray Gell Mann que obtendría su propio Nobel (1969) por su hallazgo de simetrías en las propiedades de las partículas elementales de la materia. Con Feynman y Gell-Mann allí, Caltech se convirtió en el centro del universo de la física teórica. En 1958 publicaron un artículo común titulado «Teoría de la interacción de Fermi», que explicaba lo que se ha dado en llamar interacción débil, una fuerza que rige la desintegración de ciertas partículas nucleares. Feynman y Gell-Mann sabían que los experimentos negaban la teoría, pero tuvieron suficiente confianza en sí mismos para publicarla de todos modos. Tiempo después se supo que los experimentos estaban equivocados: la teoría era acertada.
Durante este mismo periodo, Feynman participó en los trabajos de Gell-Mann y George Zweig, otro profesor de física teórica del Caltech, que produjeron la teoría de los quarks, que es fundamental para la idea que tenemos actualmente de la naturaleza de la materia.
Feynman se casó en 1952 con Mary Louise Bell, una profesora universitaria de historia del arte ornamental. Se divorciaron en 1956. El científico se casó por tercera y última vez el 24 de septiembre de 1960, con Gweneth Howarth. En 1962 tuvieron un hijo, Carl, y en 1968 adoptaron una niña, Michelle. Feynman fomentó una imagen pública (muy conocida entre sus colegas) caracterizada por dibujar mujeres desnudas y por pasar el tiempo en bares topless, pero su vida privada era de lo más convencional y de clase media, y transcurría en una cómoda casa de Altadena, al pie de los Montes de San Gabriel, no lejos del campus de Caltech.
En 1961 emprendió una aventura que causaría un profundo impacto en toda la comunidad científica: dar el curso de dos años de introducción a la física que tenían que estudiar los alumnos de primer ciclo de Caltech. Sus clases se grabaron y transcribieron, y se fotografiaron todas las pizarras que llenaba de ecuaciones y dibujos. Con este material, sus colegas Robert Leighton y Matthew Sands, con ayuda de Rochus Vogt, Gerry Neugebauer y otros, publicaron una serie de volúmenes titulada The Feynman Lectures on Physics, que es hoy un auténtico y perdurable clásico de la literatura científica.
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Feynman y Gell-Mann, 1959.
Feynman fue un profesor realmente grande. Se enorgullecía de saber explicar a los principiantes incluso las ideas más profundas. En cierta ocasión le dije: «Dick, explícame por qué las partículas de espín 1/2 obedecen la estadística de Fermi-Dirac, para que yo me entere». Como conocía la valía de su audiencia, respondió: «Prepararé una clase de primero sobre el tema». Pero al cabo de unos días se me acercó y me dijo: «No puedo. No puedo reducirlo al nivel de los estudiantes de primero. Lo que significa que en realidad no lo entiendo».
Feynman impartió sus clases a los alumnos de primero de Caltech en el año académico 1961-1962, y a los mismos estudiantes, ya en segundo curso, en 1962-1963. Sus preferencias en cuestiones físicas eran totalmente eclécticas; dedicaba tanta energía creativa a describir el discurrir del agua como a comentar la curvatura espaciotemporal. Puede que, entre todos los temas que tocó en aquel curso introductorio, la hazaña más descollante fuera su presentación de la mecánica cuántica (en el volumen III de la serie); apenas disfrazado, se trataba del novedoso enfoque de la mecánica cuántica que había desarollado él mismo.
Aunque Feynman era un actor fascinante en el aula, nunca enseñó formalmente a los alumnos de primer ciclo, exceptuando el curso de 1961-1963. Durante toda su vida profesional, descontado aquel paréntesis, no dio más que cursos de doctorado. La conferencia que ha justificado el presente libro no formaba parte del curso original; fue más bien una charla de «profesor invitado» para los alumnos de primero, al final del trimestre invernal de 1964. Rochus Vogt era el nuevo profesor de introducción a la física e invitó a Feynman a dar la charla como un gesto generoso para los estudiantes. The Feynman Lectures no tuvieron porvenir como manuales de introducción, ni siquiera en Caltech, donde se gestaron. Pero se perpetuarían como fuente de perspicacia e inspiración para los científicos consumados que habían aprendido física por medios más convencionales.
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«No las quiero abrir enseguida y pierdo el tiempo durante un rato.» Feynman contando a los estudiantes de Caltech cómo forzaba cajas de seguridad en Los Álamos, 1964
A raíz de la obtención del Nobel en 1965, Feynman pasó por un breve periodo de depresión durante el que dudó de su capacidad para seguir prestando servicios útiles y originales a la física teórica. Por aquella época me integré en el claustro de profesores de Caltech. El curso de Feynman sobre física lo daba a la sazón Gerry Neugebauer. Mientras el titular había sido Feynman, Gerry, que hacía de profesor ayudante, había cargado con la difícil misión de preparar deberes para los alumnos (en números redondos, unos doscientos), y era difícil en buena medida porque nadie, quizá ni siquiera el mismo Feynman, sabía por adelantado qué se iba a decir en clase. Tal como ocurrió en el caso de la conferencia perdida que se reproduce en el capítulo 4 de este libro, Feynman llegaba al aula sin más preparación que un par de páginas de apuntes. Neugebauer para facilitar su propio trabajo, comía con Feynman, Leighton y Sand después de las clases en la cafetería de Caltech conocida por generaciones de estudiantes como «la Grasa»; el elegante club de profesores, el Ateneo no casaba con el estilo de Feynman. Durante la comida se comentaba la clase, y mientras Leighton y Sands competían para ganar puntos ante Feynman. Neugebauer se esforzaba por extraer la esencia de lo que se había dicho en el aula.
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Feynman y Leighton. 1962.
En 1966, pues, era Neugebaur quien daba las clases; yo entré como ayudante y me encargaron una de las pequeñas secciones de repaso oral que complementaban las clases principales del curso. Las ya tradicionales comidas en «la Grasa» continuaban, con Feynman de comensal. Fue allí donde lo conocí realmente, sobre todo intercambiando ideas con él sobre la forma de enseñar física. Aquel otoño le invitaron a dar una conferencia pública en la Universidad de Chicago en febrero del año siguiente. Al principio quiso negarse (casi todos los días recibía invitaciones de ese estilo), pero al final decidió aceptar y dar una charla sobre nuestras ideas docentes, si yo accedía a ir con él. Añadió que me abonaría los gastos del viaje con los honorarios absurdamente elevados (mil dólares) que le ofrecían. Medité escrupulosamente la cuestión durante un microsegundo y le dije que sí. Cuando comunicó a la Universidad de Chicago que iría con él, los de Chicago se preguntaron sin duda quién era yo y qué pintaba allí, pero me invitaron de buena gana y además me pagaron el viaje.
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Feynman ante la pizarra, 1961.
Compartimos un juego de habitaciones en el Club Quadrangle, el club de profesores de la Universidad de Chicago. La noche posterior a su conferencia fuimos a cenar a casa de unos amigos, Val y Lia Telegdi. Al día siguiente por la mañana llegué un poco tarde al comedor del club para tomar el desayuno. Feynman ya estaba allí, comiendo con una persona a quien yo no conocía. Me senté con ellos, se murmuraron presentaciones que no oyó nadie y me tomé el primer café del día, aún cayéndome de sueño. Como escuchaba lo que decían, acabé dándome cuenta de que el desconocido era James Watson, el descubridor, junto con James Crick, de la estructura bihelicoidal del ADN. Tenía en las manos un manuscrito titulado El buen Jim (el editor lo cambió luego por La doble hélice) y quería que Feynman lo leyese, con la esperanza de que hiciera alguna aportación a las frases de elogio de la sobrecubierta. Feynman aceptó echar un vistazo al manuscrito.
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Feynman y el movimiento de las ondas. 1962
Aquella noche hubo fiesta y cena en honor de Feynman en el Club Quadrangle. Durante la fiesta, el preocupado anfitrión me preguntó por qué Feynman no estaba presente. Subí a nuestras habitaciones y me lo encontré enfrascado en la lectura del manuscrito de Watson. Le dije varias veces que tenía que bajar, ya que era el homenajeado. Lo hizo a regañadientes, pero huyó de la cena a la hora más temprana que le permitió la educación. Cuando se despidió todo el mundo, subí a nuestras habitaciones. Feynman me esperaba en la salita. «Tienes que leerlo», me dijo. «Desde luego», contesté. «Ardo en deseos de que se publique.» «No», replicó, «quiero decir ahora mismo.» Así sentado en la salita de nuestra suite, entre la una y las cinco de la madrugada, con Feynman esperando impacientemente a que terminara, leí el manuscrito que al final sería La doble hélice. En cierto momento alcé la vista y dije: «Oye, Dick, este tío o es muy listo o tiene mucha suerte. No deja de decir que sabía menos que nadie de lo que estaba pasando y sin embargo es el que se lleva el gato al agua». Feynman casi cruzó volando la sala para enseñarme el cuaderno en el que había estado garabateando mientras yo leía. No había escrito más que una breve frase y la había ilustrado con dibujos, como si se tratara de un vistoso códice medieval. La frase era: «¡No hacer caso!».
«¡Eso es lo que yo había olvidado!», gritó (a las tantas de la madrugada). «Hay que preocuparse por el propio trabajo y no hacer caso de lo que estén haciendo los demás.» En cuanto se hizo de día llamó a su mujer. Gweneth y le dijo: «Creo que ya lo tengo. Ahora podré trabajar otra vez».
A finales de los sesenta volvió a la acción, absorto en el problema que le ocuparía durante una década o más. Las colisiones a altísimas energías de partículas pesadas como los neutrones y protones podían describirse por entero en el lenguaje de las interacciones de sus partes internas. Era la teoría del «partón», donde las partes internas eran los quarks que sus colegas Murray Gell-Mann y George Zweig ya habían ideado y a los que se añadieron unas partículas que recibieron el nombre «gluones» porque su papel era aglutinar los quarks. Este modelo ha tenido unos aciertos tan impresionantes a la hora de predecir los resultados de los experimentos con aceleradores de partículas de alta energía que la teoría del quark ha acabado siendo universalmente adoptada entre los físicos, aunque hasta la fecha ha sido imposible sacar un solo quark de un protón o de un neutrón para analizarlo individualmente.
El sentido del humor de Feynman era tan especial como todo lo que le rodeaba. En 1974 el mundo de la física se conmocionó a causa del descubrimiento casi simultáneo (en el Acelerador Lineal de Stanford y el Laboratorio Nacional de Brookhaven, en Long Island) de una partícula nueva. Llamada partícula J por el grupo de Brookhaven y partícula (psi) por el grupo de Stanford no tardó en conocerse como partícula J/psi. El descubrimiento tenía la forma de dos picos muy estrechos, denominados «resonancias», en una gráfica de la señal detectada en función de la energía de colisión. A otras energías los detectores registraban sólo un insignificante ruido de fondo de bajo nivel. Por entonces yo era presidente del comité de coloquios del departamento de física de Caltech. Puesto que se sabía de mi amistad con Feynman, el comité me encargó por mayoría que pidiera a Dick que diese una charla para explicar el significado de aquellos asombrosos descubrimientos. Dick aceptó inmediatamente y me esbozó la conferencia que pensaba dar. Acordamos la fecha más próxima disponible (el 16 de enero de 1975) y lo dejamos así. Tras anotar la fecha en cuestión en mi calendario de coloquios, me olvidé del asunto, dándolo por hecho.
Tres semanas antes de la fecha, durante las vacaciones navideñas, vino a verme el director del semanario Caltech Calendar. El órgano informativo tenía que publicar ya el título de la conferencia del doctor Feynman. Feynman estaba en la Baja California, en un refugio familiar que no tenía teléfono, y yo tenía un gran problema.
Inventé un título para la charla de Feynman: «El amplio trasfondo teórico de dos estrechas resonancias». Para un físico era un juego de palabras endeble; para el resto era incomprensible. Pero describía muy bien la charla que pensaba dar Feynman. Llamé a un amigo común. Jon Matthews, y le pedí consejo. Se echó a reír cuando oyó mi título, pero se calmó al instante y dijo: «No lo pongas. Dick tiene un fabuloso sentido del humor para todo, menos para la física, para el que no tiene ninguno».
Pero a mí me gustaba el título y, además, había hecho reír a Jon. Se lo pasé al director del semanario y me olvidé del tema.
La charla de Feynman iba a ser la segunda de aquel año. El día de la primera (el jueves 9 de enero), cuando nos reunimos para tomar el té a las cinco menos cuarto, vi a Feynman por primera vez desde las Navidades y de repente lo recordé todo. Me di cuenta además de que el calendario de actos de la semana siguiente se había publicado aquel mismo día y él tenía que haber visto mi título. Temí lo peor, pero resolví atacar el problema de frente. «Oye, Dick, lo siento», balbuceé. «Me pidieron un título y tú no estabas, lo hice con la mejor intención.»
Bajó la nariz hasta apuntarme con ella, de un modo que sólo él sabía hacer. «Está bien», dijo con un tono que me dio a entender que la cosa distaba mucho de estar bien. «Está bien», repitió con una voz cargada de presagios.
Tomamos té y al cabo de unos minutos subimos todos al sacrosanto salón donde venían celebrándose los coloquios de física de Caltech desde tiempos inmemoriales (desde 1921). Como solía hacer, Feynman se sentó junto a mí en la primera fila, que estaba informal pero estrictamente reservada para los profesores de física. La conferencia fue teórica, técnica y difícil: «Procesos de equilibrio en los núcleos», por Steven Koonin, a la sazón doctorando del MIT (en la actualidad es rector de Caltech). Feynman no hizo más que murmurarme comentarios y cuchufletas al oído, y al final de la charla yo ya había perdido por completo el hilo de la argumentación de Koonin.
Cuando el orador dejó de hablar, otro personaje con derecho a butaca de primera fila, el físico nuclear Willy Fowler, hizo una pregunta. (Willy se llevaría el premio Nobel en 1983 por sus trabajos sobre la producción de elementos en las estrellas.) Aunque yo no había entendido gran cosa de la ponencia, me pareció que comprendía la pregunta de Willy y creí saber la respuesta. Para devolverle el favor a Feynman le murmuré la respuesta al oído y Feynman levantó la mano como una flecha.
Para los ponentes de los coloquios de física de Caltech de aquella época, el público consistía en Richard Feynman y una masa de caras inidentificables. Cuando Feynman levantó la mano, el joven Koonin que se había esforzado por articular una respuesta a la pregunta de Willy, se puso en sus manos con alivio manifiesto. Feynman se puso en pie con solemnidad (cosa que nunca hacía durante el debate que seguía a las ponencias). «Gudshtain dice…», comenzó, vociferando mi apellido y pronunciándolo mal adrede, para que pareciese alemán, «Gudshtain dice…» y a continuación reprodujo mi respuesta, pero no como yo se la había murmurado, sino con elegancia, bien expresada, como yo no habría podido hacer nunca.
«¡Eso es!», exclamó Koonin. «Eso es precisamente lo que yo quería decir.»
«Bueno», dijo Feynman, mientras yo me metía debajo del asiento, «a mí que me registren. Yo no lo entiendo. Es lo que Gudshtain dice.» Por fin se había vengado. El asunto no volvió a mencionarse.
Un viernes de comienzos de junio de 1979, la fiel secretaria de Feynman. Helen Tuck, pasó a verme discretamente para decirme que se había enterado de que a Feynman le habían diagnosticado cáncer de estómago. Iban a ingresarlo en el hospital para operarlo a finales de la semana siguiente. No se tenía la total certeza de que volviera a salir. Yo no debía decirle a Feynman que lo sabía.
Aquel viernes era día de entrega de títulos en Caltech. Feynman no dejó de asistir, togado hasta los pies para desfilar en el cortejo académico. Le dije que habían encontrado un error en un trabajo que habíamos hecho juntos y que me sentía incapaz de localizar el origen del mismo. ¿Le gustaría que habláramos al respecto? Quedamos en vernos en mi despacho el lunes por la mañana.
El lunes por la mañana nos pusimos a trabajar. Mejor dicho, se puso él. Yo miraba por encima de su hombro, hacía comentarios y sugerencias, pero sobre todo me maravillaba de que aquel hombre que afrontaba en secreto una operación posiblemente mortal estuviera revisando con inagotable energía un problema sin importancia de teoría elástica bidimensional. La solución del problema podía encontrarse en manuales corrientes, pero no era ésta la cuestión. Al hacer el trabajo juntos en su momento, Feynman había querido desarrollar él solo aquel resultado menor, en una servilleta de un bar topless, y habíamos cometido la imprudencia de publicar el resultado (una pequeña parte de una teoría mucho mayor) sin cotejarlo con la fórmula vigente. Por aquella época, y a pesar del tiempo que pasaba en los bares topless. Feynman no probaba ni gota de alcohol, por temor a que éste redujera su capacidad intelectual. No se le habría podido acusar de deducir «en estado de embriaguez». A pesar de todo, algo había fallado. La pregunta era: ¿qué sutil error había cometido para dar con una solución ligeramente equivocada?
El problema resultó inabordable. A las seis de la tarde nos dimos por vencidos y cada cual se fue a lo suyo. Dos horas después me llamó a casa. ¡Había encontrado la solución! Según me contó, no había podido dejar de darle vueltas y al final lo había encontrado. Me dictó la solución. Cuatro días antes de ingresar en el hospital para someterse a la primera intervención quirúrgica, Feynman estaba radiante de alegría.
El tumor que se le extrajo aquel fin de semana era grande, pero a los médicos les pareció muy localizado y se emitió un pronóstico esperanzador. Feynman sin embargo, moriría finalmente de aquello.
Durante los años ochenta, la última década de su vida. Feynman se convirtió en una auténtica figura pública, quizá en el científico más conocido desde Albert Einstein. Al principio de su trayectoria profesional, incluso mientras cultivaba su especialísima imagen entre los científicos, había huido de la atención pública. Había pensado incluso en rechazar el premio Nobel, hasta que comprendió que un gesto así le daría más notoriedad que el premio mismo. Sin embargo, al final de su vida hubo una serie de hechos que se confabularon para lanzarlo a la fama.
En 1985, ¿Está usted de broma, señor Feynman? se convirtió en un meteórico bestseller sorpresa. Ralph Leighton amigo de Feynman y amante del bongo, había recogido las anécdotas personales que Feynman venía contando desde hacía años, y Edward Hutchings, veterano profesor de periodismo en Caltech, las había puesto en orden. Subtitulado «Aventuras de un curioso personaje» (el doble sentido era intencionado), el libro contaba las aventuras extracientífícas de Feynman, desde sus actitudes antimilitaristas en Los Alamos hasta sus bailes en el carnaval de Río. Esta imagen anticonvencional del gran científico en acción fascinó a un público que no sabía por qué era famoso Feynman. Tres años después apareció otro volumen, ¿Qué te importa lo que piensen los demás?, con el subtítulo de «Nuevas aventuras de un curioso personaje», también «tal como le fueron referidas a Ralph Leighton».
En el ínterin, sin embargo, un acontecimiento catastrófico había concentrado la atención estadounidense. El 28 de enero de 1986, la lanzadera espacial Challenger había estallado momentos después del despegue. Vista en directo por millones de personas y repetida hasta la saciedad por televisión la conflagración de la escena prendió en la conciencia nacional. Días más tarde, el director en funciones de la NASA. William Graham que había estudiado en Caltech y asistido a las conferencias que Feynman daba habitualmente en Industrias Aeronáuticas Hughes, llamó a Feynman y lo invitó a formar parte de una comisión presidencial para investigar el accidente.
La comisión estuvo presidida por el antiguo secretario de Estado William F. Rogers, que tuvo muchas dificultades para contener al efervescente científico. Feynman no dejó que su avanzada enfermedad obstaculizara su voluntario papel de investigador implacable. El momento culminante de su fama pública llegó cuando, en el curso de una audiencia de la comisión televisada a todo el país, estrujó con unas tenazas un trozo de material impermeabilizante de uno de los cohetes propulsores de combustible sólido de la lanzadera, y dejó caer la muestra en un vaso de agua muy fría, para demostrar que el material impermeable perdía su elasticidad a bajas temperaturas. (A pesar de la electrizante impresión que produjo en su momento, la demostración se había ensayado previamente con mucho cuidado.) Este defecto demostró cuál había sido la causa principal de la tragedia del Challenger.
La conferencia perdida de Feynman sobre el movimiento planetario no fue en modo alguno la única que dio como profesor invitado a los estudiantes de primer ciclo de Caltech. Con el paso de los años se le pidió a menudo que hiciera esta clase de apariciones y casi siempre aceptó. La última de estas conferencias la pronunció la mañana del viernes 13 de marzo de 1987. Yo daba por entonces el curso de introducción a la física a los estudiantes de primer ciclo, se lo pedí y aceptó dar la última charla del trimestre invernal.
El tema de la charla fue en esta ocasión la curvatura espaciotemporal (la teoría einsteiniana de la relatividad general). Antes de comenzar quiso decir unas palabras sobre un particular que le había emocionado mucho. Hacía tres semanas había aparecido una supernova en el borde de nuestra galaxia. «Tycho Brahe tuvo su supernova», dijo Feynman a los alumnos, «y Kepler la suya. No hubo más supernovas durante cuatrocientos años. ¡Yo tengo ya la mía!»
Este comentario fue acogido por el estupefacto silencio de los estudiantes, que tenían razones de sobra para dejarse apabullar por Feynman incluso antes de que abriera la boca. Dick sonrió con placer innegable al ver el efecto que había producido y quiso disolverlo inmediatamente. «Ya sabéis», murmuró, «que en una galaxia hay unos cien mil millones de estrellas, diez elevado a la undécima potencia. Esta cantidad pasaba antes por ser muy elevada. Decíamos que las cifras así eran “astronómicas”. Hoy están por debajo de la deuda nacional y deberíamos llamarlas “cifras económicas”.» La clase estalló en carcajadas y Feynman comenzó su conferencia.
Murió once meses después, el 15 de febrero de 1988.