Capítulo 3
Ángel había estado examinando con atención el rostro de Alex, en busca de huellas que demostraran el paso del tiempo. Y ahora estaba haciendo lo mismo con su hermano Gus.
—Ajá, tienes seis canas más —dijo con satisfacción.
Se preguntó por qué razón mejorarían los hombres con la edad, a diferencia de la mayor parte de las mujeres.
No podía decirse que su hermano fuera atractivo, desde un punto de vista clásico; de ojos azules y pelo negro, Gus parecía uno de esos héroes duros que aparecían en las cubiertas de las novelas que ella leía. Pero había envejecido muy bien. Al igual que Alex.
Al final tuvo que aceptar que había algo bueno en poseer una estructura física aristocrática; ella no tenía estructura física alguna, en su opinión.
—¿Qué ha pasado, te has dado un golpe en la cabeza? —preguntó ella, señalando una cicatriz que tenía en la frente.
—Algo parecido. Me di un golpe. ¿Qué es lo que sucede con la luz de la casa? ¿Se estropea a menudo?
—Una o dos veces por semana. ¿Quieres una magdalena para tomar con el café?
—Hmmm. Tendría que haber echado un vistazo a la instalación eléctrica la última vez que estuve aquí. Recuérdame que lo haga, ¿quieres? En cuanto a lo de las madalenas, no me importaría nada.
Angel sirvió el café y sacó un buen trozo de queso y varias magdalenas frescas.
Había estado trabajando duramente todo el día. Gus había aparecido poco antes de que anocheciera, con aspecto cansado, pero cuando le ofreció prepararle algo de cenar dijo que no tenía hambre.
El día que Gus Wydowski no tuviera hambre estaría muerto. Resultaba evidente que algo le sucedía, y teniendo en cuenta que era su único pariente vivo al este del Misisipi no tenía más remedio que averiguar lo que sucedía.
De modo que decidió intentarlo de forma indirecta. No se le daba muy bien aquel tipo de cosas, pero era la única forma de sacarle algo a su hermano.
—Adivina a quién vi la semana pasada —mencionó como de pasada mientras ponía un poco de queso en una magdalena, que le dio después— A Hightower. Y conocí también a su hija. Es rubia, de ojos grises, alta... se parece a Dina, pero es mucho más interesante, aunque sólo tenga catorce años.
Gus había estado enamorado de Dina. Nunca hablaban de ello, y Ángel suponía que Alex jamás lo había adivinado. Pero ella lo había sabido desde el principio. De no haber odiado a Dina por haberse casado con Alex, la habría odiado por lo que le había hecho a su hermano. Dina era una verdadera bruja, aunque fuera duquesa o condesa de un reino del que nadie había oído hablar.
El pobre Gus había asistido a la boda de Alex sin decir nada, y después abandonó la universidad cuando sólo le quedaban seis meses para terminar la carrera.
—¿Qué tal está Alex? —preguntó su hermano, sin esperar respuesta—. ¿Sabes una cosa? Tengo un trabajo que hacer en la playa, que probablemente me tendrá ocupado hasta noviembre. ¿Qué te parecería tomarte unas vacaciones y venir a pasar una semana conmigo?
—¿Ni siquiera sientes curiosidad?
Gus tomó otra magdalena, le puso queso y se levantó para acercarse al frigorífico y buscar algo comestible que pudiera añadir al dulce.
—¿Curiosidad?
—Me refiero a Alex. A lo que está haciendo y a todo eso. No os habéis visto en muchos años, y erais amigos del alma. Junto con Kurt, claro está.
—¿Y qué? He estado muy ocupado todo este tiempo. ¿No tienes mermelada?
Ángel sacó un tarro de mermelada de uno de los armarios, la abrió y se la dio.
—Se te van a caer los dientes si sigues comiendo tantas cosas dulces. En cuanto a Alex, si hubiera sido mi mejor amigo y no lo hubiera visto en tantos años...
—¡Muy bien, señorita! Olvídate ya de eso, ¿quieres?
—Dina ha pasado a la historia, Gus. Dudo que Sandy recuerde nada de ella. Sandy es su hija, ¿te lo había dicho? Tiene más o menos la edad que yo tenía cuando...
—Sí, lo sé. La edad que tenías cuando me avergonzaste ofreciéndote a Alex.
Angel dejó el cuchillo que tenía en las manos sobre la mesa, dando un fuerte golpe.
—¡Yo no hice tal cosa! Nunca me he ofrecido a ningún hombre. ¡Al menos, no a Alex!
Gus sonrió, y su hermana tuvo que admitir que los años transcurridos no habían disminuido en nada su antiguo carisma. Alex y él eran tan diferentes como el día y la noche, pero tenían en común que ambos podían volver loca a cualquier mujer.
Gus se puso un poco de mermelada en la magdalena, con absoluta precisión.
—De modo que sigues sintiendo algo por el viejo Lex, ¿verdad?
—Claro. Siento lo mismo por él que lo que siento por las ortigas.
—¿Y por qué no lo intentas?
—¿Con las ortigas?
—No, pequeña bruja. Con Alex. Él está libre y tú estás libre. ¿Por qué no lo intentas?
Lo peor que puede pasar es que te rechace y lo borres definitivamente de tu lista de deseos.
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—Querrás decir lo mejor que podría pasar. Lo peor que podría pasar sería que empezara a reírse como una hiena —dijo, levantándose de la mesa y caminando hacia la pila en el preciso momento en que vacilaban de nuevo las luces de la casa—.
Vaya hermano que eres. Para tu información, Alex está saliendo con una individua llamada Carol. Probablemente la conoces, porque pertenece al club de campo, faltaría más. En cualquier caso, la pobre Sandy está aterrorizada ante la posibilidad de que se case con ella. Dice que Carol no deja de hablarle sobre los internados, sobre lo bien que se está en ellos y sobre lo divertido que es vivir con chicas de la misma edad y citarse con chicos de buenos colegios privados.
—Para ser alguien a quien acabas de conocer, pareces llevarte muy bien con ella.
Ángel se encogió de hombros.
—Supongo que se debe a que Sandy sabe que no constituyo una amenaza para ella.
Dice que el día que Alex se case con Carol se marchará de casa —explicó, empezando la limpiar los cacharros que se habían acumulado en dos días—. Y tampoco creo que tenga intención alguna de irse a vivir a un palacio con Dina. Está enamorada de un chico que conduce un deportivo. Un chaval que encaja en tu club de señoritos.
Gus sonrió y sus dientes brillaron con fuerza bajo su barba negra.
—Vaya vaya. Creo que debería llamar a Alex para ofrecerle apoyo moral.
—Deberías hacerlo. Gus... ¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó al fin.
Su hermano la miró con inseguridad.
—No me preocupa nada, niña. Tengo bastantes problemas, pero puedo resolverlos.
Ángel sabía que su hermano era tan duro como una piedra. Nunca contaba gran cosa sobre él. Era muy reservado.
—No me engañas, Gus. Tienes esa expresión que siempre se te ponía cuando estabas muy preocupado por un examen o por un juego, o cuando papá descubría que habías estado bebiendo.
Sus ojos resplandecieron. Eran del mismo color que los de Ángel, pero bastante más oscuros.
—Recuerda al menos que siempre estaré aquí, por si quieres hablar —continuó.
Gus la tomó entre sus brazos y la levantó del suelo.
—¿Sabes una cosa, brujita? Has salido bastante bien para haber sido una niña que siempre se metía en problemas.
Alex acababa de poner al día a su hija acerca de Gus Wydowski cuando sonó el timbre de la puerta. Uno de sus socios, que tenía dos hijos en la universidad y otro en el instituto, le había sugerido que intentara tratarla como si fuera una persona adulta.
Decía que los resultados siempre eran sorprendentes, así que pensó que merecía la pena intentarlo. Esperaba que fuera Gus, de modo que se dirigió a la puerta. Pero quien estaba allí no era otra que Carol. Llevaba un ramo de rosas y una botella de su vino favorito.
—Sorpresa —dijo, antes de besarlo en la mejilla—. Bueno, ¿no vas a invitarme a entrar, querido?
—Claro, entra. ¿Me he olvidado de algo? —preguntó con curiosidad.
Alex cerró la puerta delantera, intentando pensar en el día que era. Era día ocho y creía recordar que no se habían citado para aquella noche, pero había estado tan ocupado que tal vez lo hubiera olvidado.
—He estado en Raleigh todo el día. ¿Te había dicho que me están haciendo un retrato? De ahí lo de las rosas. Las llevo mientras poso, con un vestido de seda de encaje y la capa de mi madre sobre un hombro. De todas formas, pensé que como pasaba tan cerca de tu casa podía detenerme y ver si querías que fuéramos al club el próximo fin de semana. Ah, hola, Sandy. ¿Has terminado ya con tus deberes? —Yo ya he terminado con los míos, pero según veo tú aún sigues con los tuyos —espetó la joven, con fingida inocencia.
Alex la miró con dureza, pero antes de que pudiera decir nada el timbre de la puerta sonó de nuevo.
Esta vez fue Sandy la que abrió.
—Ah, hola, tú debes ser Gus. Papá dijo que ibas a venir. Ángel, ¿estás segura de que es tu hermano? No es parecéis nada. En fin, entrad. Os estábamos esperando.
Alex sólo esperaba que apareciera Gus. Y haciendo gala de su nueva actitud como padre, había propuesto a Sandy que se quedara con los invitados durante un rato antes de subir a su habitación para ver la televisión y después acostarse.
Gus no había dicho nada de que pensara llevar consigo a su hermana. Obviamente no le importaba en absoluto, pero en cuanto la vio se excitó de nuevo, tal y como le había ocurrido cuando se encontró con ella en la calle, saliendo de detrás de un magnolio. Y hasta entonces nunca había reaccionado así ante mujer alguna, al menos en los últimos veinte años.
—Gus, Ángel... —murmuró, intentando no mirar a Ángel.
Llevaba un jersey y unos pantalones morados ajustados. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no admirar su figura.
Carol, vestida con diversos tonos de beige, arqueó una ceja.
—¿Son amigos tuyos? —preguntó.
—En efecto. Te presento a Ángel y a Gus Wydowski. Bueno, Angel Perkins en la actualidad.
Carol sonrió y dijo:
—Ah, claro. Qué encantador. Había olvidado que habías estado estudiando en un colegio público durante varios años —espetó, haciendo caso omiso de Ángel y dirigiéndose a Gus—. Yo soy Carol, por supuesto. Carol English. Estoy segura de que Alex te habrá hablado de mí.
Alex prefirió no darse cuenta de que Sandy y Ángel se habían marchado hacia el estudio, tomadas del brazo. En lugar de eso, se concentró en la reacción que había tenido Gus al ver a Carol, y viceversa. Gus no había perdido su atractivo. Llevaba unos pantalones caqui y una camisa que no servían para disimular su cuerpo musculoso. Las chicas siempre se enamoraban de él. Cuando no se enamoraban de Kurt. O de él mismo.
Se suponía que Alex no sabía nada sobre lo que Gus había sentido en el pasado por Dina. Pero lo sabía. Y pensó que en tal caso haría bien intentándolo con Carol. Tenían el mismo pelo rubio y el mismo estilo impecable vistiendo.
De repente se imaginó a Carol vestida con un mono como el que a menudo llevaba Ángel, con el nombre de su empresa en la espalda. En aquellas circunstancias la hermana de Gus la habría eclipsado totalmente.
Sonrió y los llevó hacia el estudio.
Al principio la conversación derivó hacia temas generales, hasta que Carol la llevó hacia un interrogatorio que recayó sobre Gus, mirando de vez en cuando a Alex por obligación.
Alex sabía cuál era el papel que debía interpretar. Lo había hecho muchas veces con Dina durante su breve matrimonio, pero aquella noche estaba demasiado cansado como para hacer de marido celoso.
De modo que se recostó en su sillón. Uno de los dos sillones de cuero que habían fabricado especialmente para los Hightower. Sin embargo, Ángel se había sentado en el que solía ocupar de pequeña. Se había quitado los zapatos y había puesto los pies arriba.
Llevaba calcetines de lana de color rosa. Y por alguna razón, aquello le encantó.
La conversación continuó animada mientras Sandy apoyaba un pie sobre el sillón de Ángel y Carol se mantenía erguida como una reina en otro de los sillones.
Sintiéndose extrañamente inquieto, Alex se levantó.
—¿Qué quieres tomar, Gus? ¿El mismo whisky de siempre?
—No, gracias. Tengo que conducir. No quiero darle a la brujita una excusa para llevar mi nuevo coche —dijo, sonriendo—. ¿Te conté lo que pasó cuando estuvo a punto de destrozar mi anterior coche?
—No le hagas caso, Sandy —espetó Ángel—. El acelerador se atascó y me salté unos cuantos semáforos antes de conseguir desatascarlo.
Alex sonrió, encantado con Ángel, y sirvió vino a las damas y un refresco a Sandy.
Después se volvió otra vez hacia Gus.
—¿Por qué no te alojas aquí ahora que estás en la ciudad? Así podríamos charlar.
Tenemos un montón de habitaciones libres en la casa, ¿verdad, Sandy?
Sandy lo miró de tal forma que pensó que por una vez había hecho algo correcto en relación a su hija.
—Gracias, pero voy a quedarme en casa de Ángel. El tejado tiene goteras, y por si fuera poco se le han metido unas cuantas ardillas en el ático —explicó entre risas, mientras su hermana le lanzaba un cojín—. Nobleza obliga, al estilo Wydowski. Yo le repararé la casa y ella me alimentará con pizzas polacas. Carol se miró las uñas y Sandy se preguntó en qué consistirían las pizzas polacas, mientras los hombres empezaban a charlar acerca de construcción y mobiliario. La conversación fue derivando hacia el último tema, puesto que Alex era directivo de la empresa de textiles y muebles Hightower Fine Furniture. Gradualmente las mujeres fueron quedando en silencio mientras los hombres discutían acerca del GATT, de la NAFTA, y del mercado internacional, uno de cuyos centros más importantes se encontraba allí mismo, en High Point.
Carol se sintió fuera de lugar y empezó a dar golpecitos con los dedos sobre el brazo de su sillón.
Sandy no dejaba de mirar con admiración al amigo de su padre. En cuando a Ángel, se quedó dormida. Se había levantado a las cinco de la madrugada y había trabajado doce horas antes de que Gus apareciera.
La hija de Alex se levantó y se marchó en silencio, para aparecer veinte minutos después con una bandeja.
—Café —dijo con suavidad, sonriendo a Ángel, que seguía dormida.
Gus se apresuró a ayudarla. Tomó la bandeja justo en el momento en que parecía que iba a caer se.
—¿Te ha dicho alguien alguna vez que eres incluso más bella que tu madre?
—No, pero si quieres decírmelo eres libre para hacerlo —sonrió la joven.
—Lex, esta hija tuya debe ser una fuente inagotable de problemas —bromeó Gus—.
Por si no lo sabías.
—¿De dónde crees que vienen todas las canas que tengo? Gracias, princesa. Y ahora,
¿no crees que deberías...?
Estuvo a punto de insinuar que debía marcharse a la cama, pero una simple mirada a Angel, que se había despertado al oler el café, le bastó para cambiar de opinión. De modo que corrigió.
—¿No crees que deberías sentarte?
Gus y Ángel se marcharon pasada la medianoche. Para entonces Sandy tenía un nuevo héroe y Alex un nuevo dolor de cabeza. En lugar de preocuparse por el chico del deportivo ahora tendría que preocuparse por su amigo, un hombre de mediana edad con una camioneta.
Pero por otra parte, esta vez Sandy no se había marchado a su habitación dando un portazo. Las cosas estaban mejorando poco a poco.
Medio dormida en la cómoda camioneta de Gus, Ángel pensaba en la rubia que estaba con Alex. Sonrió. No fue una sonrisa precisamente encantadora. Cuando por fin terminó la reunión, la señorita English estaba a punto de sufrir un ataque de nervios. —¿Te ha gustado? —preguntó a su hermano. En el equipo de música sonaba un tema romántico.
—¿Quién? —No importa.
Ángel se preguntó si a Alex aún le gustarían los guisos caseros para cenar.
Gus arrancó en el semáforo en el preciso momento en que un segundo camión de bomberos pasaba a su lado. Ángel tuvo un presentimiento fatal. Se quitó el cinturón de seguridad y se inclinó hacia delante, rogando para que los bomberos no se dirigieran hacia su calle.
Gus tomó la calle que llevaba a su casa y aparcó a la derecha. En cuanto lo hizo, Ángel salió disparada del vehículo.
En seguida pudo ver el humo y las llamas saliendo de su casa. El precioso aparcamiento de la zona verde estaba lleno de coches de bomberos.
Uno de los hombres que se encontraban allí le informó de lo sucedido.
—Me temo que va a necesitar un nuevo tejado, aunque la cosa podría haber sido peor. Un chico que pasaba por la calle vio que había fuego en la parte superior de su casa y nos llamó.
Distraída, Ángel le dio las gracias por haber llega do tan deprisa. Después corrió hacia la entrada de su casa, repitiendo de manera inconsciente:
—Oh, no, no, no.
—Señorita, no creo que sea buena idea que entre.
—¡Es mi casa, maldita sea! Tengo que entrar.
—Lo siento, pero no puedo permitir que lo haga. El humo la asfixiaría. Además, puede que el edificio haya sufrido daños estructurales. Un par de nuestros hombres se quedarán para asegurarse de que el incendio no se reaviva. ¿Tiene algún lugar donde pueda dormir esta noche?
—No tengo intención alguna de dormir en otra parte. Todo lo que tengo está en esa casa. ¡Gus! ¡Dile que me deje entrar!
—Iré a echar un vistazo en el interior mientras tú miras fuera.
—¡Oh, Dios mío, mi invernadero!
Ángel intentó comprobar el estado en que había quedado, pero la intensa luz de las llamas se lo impedía. Todo aquello parecía un mal sueño.
—Respira profundamente —informó Gus con tranquilidad—. El invernadero está bien. Y las furgonetas también. Voy a llamar a Alex para aceptar su invitación, y para pedirle que la haga extensiva. Ahora vuelvo.
Afortunadamente Ángel había aparcado su furgoneta al otro lado de la casa, lejos. La luz de la luna se reflejó en el tejado del invernadero.
—Mis plantas —susurró ella.
Sin embargo, no parecía que les hubiera ocurrido nada.
A pesar de ello Ángel se dirigió hacia el invernadero para comprobar su estado personalmente. Cuando llegó y vio que estaba bien, al igual que los vehículos, se sintió mucho mejor.
—No pasa nada, cariño —dijo Gus, abrazándola—.
No se trata de nada que no podamos arreglar. Llamaré a mis chicos por la mañana y te arreglaremos la casa en una semana. Te lo prometo.
—Bueno, pero diles a esos bomberos que tengo que entrar en la casa. ¡Tengo que hacerlo! Todo lo que tengo está ahí. ¡Todas las fotografías!
Ángel había sentido una profunda devoción por la fotografía en su juventud. Tenía Álbumes sobre su familia, sobre sus amigos, y uno secreto sobre Alex Hightower. Si alguien lo encontraba se moriría de vergüenza.
—Tranquilízate, brujita. Podría haber sido peor. Ángel se soltó de su abrazo, y sus grandes ojos azules brillaron.
—Lo sé, lo sé. Estoy comportándome como una tonta. Menos mal que estás conmigo.
Mira, podemos ir dentro a tomar unas mantas y unas almohadas para dormir en el invernadero. Hay un cuarto de baño en el despacho, y...
—Ya lo he arreglado todo, querida. Me quedaré aquí hasta mañana por la mañana.
Hasta entonces no podremos hacer mucho al respecto. Después llamaré a dos de mis chicos y veré qué es lo que hace falta. A eso del mediodía ya sabré más o menos lo que necesitamos y podrás volver a casa.
—¿Volver a casa? Si crees que pienso pasar la noche en un motel, estás loco. ¡Pienso dormir en el invernadero!
—Sí, claro que sí. Junto con el ratón que se come el grano y con las serpientes que se comen los ratones, y con...
—¡Basta! Dormiré en la furgoneta.
—¿Pretendes que yo duerma con los ratones y con las serpientes? De todas formas, Alex ya ha llegado.
Sandy te dirá dónde puedes dormir. En cuanto a tu cepillo de dientes, me sorprendería que no tuvieran uno —dijo, dándole un golpecito para animarla tal y como hacía cuando eran pequeños—. No va a pasar nada. Confía en mí. ¿Para qué están los hermanos mayores?
Ángel se apartó unos pasos de él.
—¡Alex no es mi hermano mayor, maldita sea! Tú eres mi hermano mayor.
—Lo sé —dijo Gus, dirigiéndose a Alex, que ya había llegado junto a ellos—. Gracias, Lex, te debo una.
—Dios mío —susurró Alex, mirando las llamas que salían de la casa.
—¡Y yo también te debo una, Augustus Timothy Wydowski! —exclamó Angel—.
¡No creas que pienso olvidarlo!
Entonces miró a Alex, que iba impecable, con pantalones grises de vestir y un jersey.
—Quiero que quede constancia de que iré a dormir a tu casa sólo porque no me han dejado otra opción —protestó.
Alex sonrió, pero su sonrisa desapareció casi de inmediato. La tomó del brazo y se alejaron de la casa, desapareciendo entre los camiones de los bomberos.
—Muy bien, señorita. Queda constancia.