Harry:

Este dibujo lo hice pensando en ti. Tuve un sueño muy raro donde estábamos juntos en casa de mis padres. Ellos se habían ido a vivir a otro país y desde allí me escribían cartas larguísimas en un idioma que yo no entendía pero que era muy bonito de ver. Usaban papeles de colores muy vivos como el amarillo, el azul cobalto, el bermellón y el turquesa, y yo los colgaba por toda la casa como adorno e inclusive comenzaba a fabricar una manta con ellos. Tú estabas desnudo y el tatuaje de la espalda, el águila aquella, movía las alas como si fuera a echarse a volar. Yo me había dejado el pelo muy largo, hasta la cintura, y llevaba flores en el cuello y los tobillos y cocinaba comida exótica mientras tú plantabas jazmines y limoneros en el jardín. En la casa de mis padres no hay jardín, pero ya se sabe que los sueños, sueños son, y eso no quita que algún día puedan hacerse realidad. ¿Verdad que apenas llegues te comunicarás conmigo? El sueño era mucho más largo, pero lo que sigue no lo puedo contar por carta, aunque te lo imaginarás. Quería decirte que tu primo es muy simpático y agradable y no se molesta porque siempre estoy preguntándole por ti. Inclusive un día me invitó con un café y charlamos de arte y de otras cosas. Él también te quiere mucho. ¿Recuerdas que me prometiste una foto? Enrique me la dio, haciéndome jurar que si te enfadabas se la devolvería lo antes posible. No es tan audaz como las que me mostraste en tu casa, pero lo prefiero, porque ésta podré enseñársela a mis amigas. Si no fuera por esa mesita tan moderna, podría ser la estampa de un dios griego. A veces quisiera que nadie más que yo pudiera verte así. Te espero.

Mercedes

Bigati se queda largo rato mirando con expresión de entendido el retrato que ha encontrado entre los papeles de Enrique. Acerca y aleja el dibujo, mientras se mece distraídamente en la butaca de resorte que, con cada uno de sus movimientos, produce un sonido similar al seco chasquido de un látigo.

—No está mal, si dejamos de lado que el parecido es inexistente, las piernas le han salido cortas y el loro bien podría ser una gallina. ¡Joder! El arte me produce hambre. Mejor vuelvo a la lectura.

Después de hacer a un lado el dibujo, molesto porque no encaja en ninguno de los apartados anteriores, Bigati echa una rápida ojeada a su alrededor y otra a la caja de galletas, hasta que al fin decide devolver a su antiguo sitio el sobre ahora vacío y leer la siguiente nota del archivador. Comienza en voz alta, como si de esa manera alejara de sí las ideas extrañas, pero su voz le suena a eco en el silencio del apartamento ajeno.

Encuentro sobre mi mesa el argumento de la primera película de Juan Antonio. ¿Qué puedo decir? ¿Qué puedo decirle? Se supone que somos amigos. Cumplo con la obligación de preguntarle si está seguro de lo que va a hacer y recomendar cuidados muy precisos, sobre todo sanitarios. Todo esto me hace sentir por momentos como «la madre de la artista». Los ¡¡ensayos!!, empezarán esta semana. Como no puedo ofrecer nada mejor, preparo una mayonesa, un poco de arroz, abro una lata de atún y me quedo sentado junto a él, mirándolo comer. Tengo una desagradable sensación en el estómago, la misma que sentí cuando me avisaron que Massimo, Daniel, Mario, habían muerto.