El cuarteto de Barcelona

El cuarteto de Barcelona

—¡Me cago en Dios! La luz está cortada… ¡Tener que comerme este marrón justamente hoy!

El hombre cierra con rabia la puerta tras de sí y enciende una pequeña linterna de plástico naranja que llevaba, simplemente por precaución, en uno de los bolsillos exteriores de la chaqueta. El pequeño recibidor donde se encuentra tiene forma romboidal y sirve de acceso a dos habitaciones: una a la izquierda, con la puerta entrecerrada, y otra a la derecha, sin puertas: un cuarto amplio con estanterías rebosantes de libros y papeles, aparatos de música, discos y casetes, algunos objetos de vidrio y cerámica y varias fotografías de personajes famosos que el intruso desconoce. Son retratos clásicos de Jean Cocteau, Jessye Norman, Gary Cooper, Albert Camus, Tallulah Bankhead, Alfred Hitchcock, Jorge Luis Borges y uno de Pablo Picasso haciendo un paso de baile en su casa de Vallauris.

Una mesa compuesta por dos sencillos caballetes de metal y una tabla rectangular cubierta de formica negra, más una antigua butaca giratoria de oficina, forman, a juzgar por el pequeño ordenador personal, la resma de papel en uso y varios cacharros blancos con lápices y bolígrafos, el rincón habitual de trabajo de los habitantes de la casa. De pronto, el visitante se pregunta si está solo en el piso. Vuelve sobre sus pasos y empuja con la punta de un pie la puerta entreabierta del otro cuarto, enfocando la linterna hacia el interior. El haz de luz se detiene sobre un cuadro que representa a una pareja desnuda: es preciso, frío; desprende la misma ambigua y perversa sensualidad de toda la habitación, dominada por la gran cama de matrimonio deshecha a medias y con un edredón de algodón crudo que deja ver las sábanas, de color borravino tan espeso como la sangre coagulada. Hay media docena de cojines sobre el lecho y otros tantos dispersos por el suelo, todos de tamaño, color y textura diferentes. Una pequeña mesa de metal pintado en negro sostiene infinidad de objetos, desde un televisor Sony portátil hasta un falo rosado que parece tallado en jabón y del cual cuelga una tarjeta desmesurada con una leyenda manuscrita: «A Enrique Izabi, para que nunca se olvide de sus amigos», además de varios montones de libros que amenazan desbordarla por todos los lados. El hombre de la linterna se acerca y comienza a cogerlos uno a uno: Frida Kahlo, Antología Poética de Luis Cernuda, Pequeño Larousse Ilustrado, El cuerpo tiene sus razones, Two Serious Ladies, un lujoso y pesado libro con imágenes pornográficas orientales que separa del resto, poniéndolo sobre la cama, Le Cinéma selon Hitchcock, Guide to the Cats of the World, Obras Completas de Jorge Luis Borges, Music for Chameleons and Others Tales

Al manipular un pequeño tomo de poesía contemporánea inglesa editado por la Harvis Spencer Bros. Library, de Springfield, Illinois, varios billetes de mil pesetas caen al suelo. Sin detenerse a pensarlo, el hombre que sostiene la linterna, un corpulento cuarentón de manos cuadradas, los mete en un bolsillo interior de su chaqueta negra de algodón y poliéster. (Tejanos de color claro, muy ajustados sobre los muslos carnosos, una camisa estampada con motivos geométricos algo desvaídos y zapatillas de deporte impecablemente blancas y suficientemente usadas, completan, con la prenda depositaría del dinero, su nada particular atuendo). Siguiendo con la exhaustiva inspección literaria, y bajo unas historietas de Tintín y Astérix, el hombre de las zapatillas deportivas descubre varias revistas pornográficas de expresivos títulos: Los perversos amigos del delicado Andrés, Penetraciones reiteradas, La vía estrecha de Juanita Pendón, Al derecho y al revés, ¡qué guarros son estos tres! Todas son de ediciones Ánfora, Barcelona, y la última parece llamar especialmente su atención: en la tapa, una mulata de senos exagerados, apenas cubiertos por el sostén mínimo de encaje rojo, mantiene en la mano derecha, muy cerca de su boca sonriente con lengua asomada, un venoso miembro de glande excesivo, mientras con la mano izquierda se acerca a la oreja del mismo lado otro sexo que no tiene nada que envidiar al anterior, aunque su color, chocolate oscuro, es muy distinto al blanco sonrosado del primero. El título, recortado en gruesas letras amarillas sobre el fondo azul cobalto de la portada, ¡Hola! Aquí Enculadas S. A., produce un movimiento involuntario en la entrepierna del detective Bigati. Sentándose sobre la cama, comienza a hojearla. Una operación extremadamente difícil, teniendo en cuenta que la mano izquierda todavía sostiene la linterna. Acerca hacia sí la mesa rodante y coloca el cilindro de plástico naranja de forma que la luz se dirija a la revista que ha puesto a descansar sobre sus muslos.

En ese momento comienza a pensar que ha engordado bastante desde que abandonara su trabajo en el gimnasio; que los pantalones ceñidos hacen mejor figura, pero impiden ciertos movimientos; que la negra tiene un coño hambriento que se lo traga todo; que mejor desabrocharse el cinturón y descansar un rato; ¡que vaya trozos que tienen estos tíos!; que cómo alivia abrir un poco la cremallera; que el negro se la ha metido por el culo hasta los cojones y la tía se sonríe como si nada; que, mira por dónde, se le ha puesto tiesa a él también; que no tiene por qué sentir envidia por los tipejos de las fotos, porque lo que pueda faltarle de tamaño le sobra de habilidad; que ahora el otro se la está metiendo por delante, y ella, con dos rabos dentro, tan contenta; que vaya culo tiene el rubio, que ni un pelo, que parece un culito de niña; que mira ahora la mulata, cómo se ha sentado encima de las dos tan gruesas; que estos tíos se lo pasan bomba y encima se forran; que hay que ver la cantidad de leche que echa ese hijo de puta —negro cabrón, qué polla tiene, parece un boniato— y toda en la lengua de la negra que sigue sonriendo, que ya la haría gritar yo, metiéndole ésta, seguro que esos maricones no la folian bien, si no no se reiría tanto, le dejaría el culo como… ¡mierda!… menos mal que al menos estos pervertidos son previsores y siempre tienen pañuelos de papel al lado de la cama.

Al estirar el brazo hacia los Kleenex, su mano descubre un pequeño objeto frío: un reloj rectangular de pulsera, dorado y con la correa de cuero marrón. Lo acerca a la luz y puede leer sobre la esfera blanca la palabra Cartier. «No está mal», dice en voz alta y lo mete en el bolsillo de la chaqueta, haciendo compañía a las pesetas. Mientras se alegra de tener un buen regalo para llevarle a la patrona, el semen se ha licuado y comienza a deslizarse por el vientre amenazando al edredón. «¡Carajos!», y asustado de su propia voz, se dice en silencio que nada de esto sería necesario si su mujer no fuera tan esquiva a la hora de poner la carne al asador. Tan metido como está en sus pensamientos, tan ocupado en desprenderse del pañuelo que usara para limpiarse el pene tan pegajoso, apenas se sorprende al encontrar ese cuerpo tan inmóvil, ese cuerpo allí, tan quieto debajo de la cama, con los ojos tan abiertos, mirando fijamente los listones de madera, tan recomendables para el descanso corporal. Finalmente, un encargo tan sencillo hasta el momento, venía a complicarse, tan de pronto, con un hecho de sangre. Mira su reloj suizo tan de plástico para corroborar la hora. Las once ya. No… tan, dice la última campanada: son las doce.

—Las doce de la noche, y yo con un fiambre sin destino.

Después de comprobar que el cuerpo era cadáver, Bigati apaga la linterna: una forma sencilla de hacerlo desaparecer sin complicaciones. Si no hubiera sido porque su profesionalidad se lo impedía, hubiera permitido que el sueño lo venciera allí mismo, sobre esa cama especialmente mullida, en esa habitación cálidamente acogedora pese a la presencia cercana de la muerte.

De pronto, un fogonazo inesperado lo saca del adormecimiento. La luz ha vuelto; despejando incógnitas, dando una nueva dimensión a todo lo que lo rodea; mostrando que ni el cuarto es tan perverso ni la sensualidad es tanta, y que, al margen de cualquier tipo de consideración posterior, a la habitación le vendría bien una mano de pintura. O dos, sobre todo en las proximidades de la cama, donde parece que alguien se hubiera entretenido caminando por las paredes.

Vuelve a mirar su reloj, el modelo Far West de una conocida marca suiza. La manecilla más larga —un rifle de estilo Winchester— está apuntando el seis.

—¡Dios! Ya son las doce y media.

Y él sin probar bocado desde el mediodía.

La nevera está prácticamente vacía. Dos huevos —es absurdo ponerse a cocinar allí, cuando jamás, ni en la intimidad de su apartamento, se permite hacerlo— un poco de mantequilla, una lata de galletas, un trozo de queso roquefort, dos tomates pasados y una botella de agua mineral Evian. En el congelador se amontonan espinacas troceadas, croquetas de verdura, merluzas rebozadas y otro pan de mantequilla sin abrir. Finalmente, Bigati saca la lata de galletas danesas —¡extraño lugar la nevera para conservarlas!—, el queso y la botella, y se dirige al salón, dispuesto a acallar un poco al estómago. Despeja sin miramientos la mesa de trabajo y acerca una butaca. Una vez sentado, destapa la lata y se encuentra con una nueva sorpresa: las galletitas no existen. En su lugar hay cartas, notas y sobres, los últimos dirigidos siempre al señor Enrique Izabi. El hombre de las zapatillas gastadas se mete en la boca un trozo de roquefort, y mientras el amargo sabor picante le distrae el hambre, comienza a leer una carta escrita a mano sobre la hoja arrancada de un cuaderno espiral. La letra —clara, aunque pequeña y nerviosa— trata de conservar la horizontalidad pese a la inexistencia de renglones, pero el intenso rotulador rojo hace bailar las palabras sobre el amarillo vibrante del papel.

Barcelona, verano de 1991

Querido padre:

Anoche soñé con usted. Yo estaba como siempre, más nostálgico que nunca, y decidía darme un paseo por la casa paterna que, aunque muerta, se conservaba en pie, como los árboles de Casona. Todavía recuerdo aquella lacrimógena película de mi infancia en la que una actriz de la época, Amalia Sánchez Ariño, jugaba a ser en la ficción lo que casi probablemente fuera en la realidad: una anciana bondadosa, comprensiva, noble; tanto como sólo las abuelas extranjeras de clase alta podían serlo. Aunque estaba siempre al borde de la muerte y cercada por angustiosos problemas de todo tipo, conservaba en la voz ese tono gravemente melodioso, esa perfecta dicción que ya hubiera querido para sí la señora María Esther, mi inigualable profesora de Lengua Castellana, la que con absoluto descontrol me recomendó que leyera a Jean-Paul Sartre y a Camus a los trece años, cuando la literatura era para mí el Robinson Crusoe de Daniel Defoe, las educadas mujercitas de Louise May Alcott y algunos pocos cuentos de la Alhambra.

La casa de Rivadavia y Medrano —en realidad Salguero, pero Medrano era estación de metro, lo que la hacía más prestigiosa y conocida— tenía escaleras de mármol con pasamanos de madera y en el primer tramo entrando, entre la puerta de calle y la que en familia llamábamos cancel, mi primo y yo nos echábamos unos polvos de novela arriesgándonos a todo sin importamos nada. Solamente la inconsciencia y el calor del erotismo adolescente podían convertir aquellas puertas, con vidrios levemente velados por cortinas de voile, en murallas infranqueables para las miradas familiares.

Yo lo despreciaba y jamás permití que me besara en la boca. Extrañamente no despreciaba su semen, y solo saber que él estaba detrás de mí en la oscuridad de la sala, desabrochándose la bragueta, me ponía tan caliente que hasta en el recuerdo me arde todo el cuerpo. Quizá de allí venga mi adicción desenfrenada a la televisión: era otra excusa para encerramos y, nuevamente escudados por puertas acristaladas, entregamos a nuestra pasión perversamente incestuosa. Éramos primos carnales —nunca mejor dicho— y yo siempre supuse que como nuestras madres eran hermanas, casi de la misma edad y de un asombroso parecido, usted papá, y el marido de mi tía, se entendían con ambas sin distinguirlas.

Él, mi primo, me hizo conocer el sexo, eso que yo entreveía como algo extraño y necesario. Me educó a su manera y, con el paso de los años, fui comprendiendo cada vez más el significado profundo de su nombre: Ángel. En aquella época todos le decían Pelado, una manera atroz de recordar alguna historia de su infancia y, al mismo tiempo, de quitarle las plumas para no permitirle volar. Cuando se casó con una ingenua rubia de barrio, y poco después, transformado en un obeso alcohólico taciturno, me rondaba con sus deseos tan intactos como el primer día, todo el mundo ya había aprendido a llamarlo por su nombre. No había peligro de que se escapara. Fue entonces que aquella entrepierna prodigiosa perdió todo su hechizo, se disolvió entre la muchedumbre, obligándome a iniciar una búsqueda que se confundiría con la de mi propia identidad. Nunca, sin embargo, ni en mis relaciones más profundas y afortunadas, el sexo volvió a tener aquella desgarrada intensidad. Nunca más volví a ser tan violentado; jamás tampoco, tan salvajemente disciplinado. La única escapatoria frente a aquel atropello de placer que amenazaba con convertir a ese chico taciturno que yo era en una más de las sometidas mujeres que poblaban la casa, fue lo que los demás llamaron mi sensibilidad. Aquella mezcla atormentada de un mundo ajeno —palpable pero siempre lejano— donde todo era perfecto y la gente se quería con las manos entrelazadas y el cuerpo cubierto de ropa elegante entre suaves paisajes europeos, y el mío propio, real y caótico, donde las madres no hablaban en francés, no tocaban el piano y ni siquiera jugaban a la canasta. Eran inútiles los esfuerzos de mamá por ser perfecta en el cuidado de la casa; por mantener el orden de los cajones y la limpieza de las escaleras; por inventar con la única ayuda de sus libros de cocina manjares exquisitos con las sobras del mediodía. Todo se estrellaba contra un pensamiento omnipresente: no era una mujer elegante, y su ropa, su manera de hablar y su incultura, me lo demostraban a cada momento. Tampoco tenía amigas que la llamaran por teléfono para invitarla a salir y muchas veces confundía las palabras difíciles. Cuando crecí y supe leer, descubrí por sus cartas que era semianalfabeta, una vergüenza que arrastré como un pecado propio y que ocultó ante mí toda su ingenua ternura, la infantil fantasía que le hacía decir desde la distancia: «Me gustaría ser pajarito para volar junto a ti». No sé si alguna vez fue consciente de mi deseo de apartarme de ella, de mi necesidad de huir de esa cotidianidad asfixiante y barata, repleta de tías y primos impresentables, de conversaciones vulgares, de problemas humanos que sólo se presentaban a aquella clase de gente. Yo había heredado tu refinamiento, papá. Sabía valorar los muebles de la casa, la vajilla de la casa; todo aquello que te pertenecía, que pertenecía al mundo real: aquel que sin razón alguna habíamos perdido y estaba dispuesto a recuperar. Durante años odié tu casamiento como si mi existencia hubiera dependido solamente de ti, noble personaje etrusco a quien alguna desairada hada maligna había castigado con ese hechizo que yo estaba dispuesto a romper con mis encantos. Frente a tu distanciada grandeza y tus espaciadas visitas, mamá sólo era cariñosa, excesiva, imperfecta. También el primo Ángel era un hijo de esa parte de la vida. Mayor que yo, doblándome en edad, no tenía siquiera estudios primarios. El día que, orgulloso, me mostró una ilustración que había hecho en su cuaderno para conmemorar el primero de mayo, me reí de él. Un obrero vestido de fiesta empuñaba una pala sonriente que decía: «hoy no trabajo». Aquella ridícula pala habladora parecía una broma excesiva para los años sesenta y mucho más para mí, que, libre aún de la influencia pop, creía en los grandes valores del arte y la cultura universales. De cualquier manera, no sé cuánta perversión hubo en mi desprecio. Frente a la burla, su cara cambió inmediatamente de expresión: los ojos enormes humedecieron su oscuridad y en la boca de dibujo humorísticamente sensual, apareció un rictus amargo de resentimiento dolorido. Esa misma tarde se cobró mi infantil pecado de soberbia con todo el dolor que su miembro pudo producirme y yo pude corroborar una vez más que mi recién despierta sensualidad estaba inevitablemente unida a la vergüenza.

A usted, papá, posiblemente esta confesión le parezca innecesaria y de mal gusto. Yo debo hacerla. Hoy el calor es tan intenso como mi desesperanza, y la única manera de no pensar en la autodestrucción es escribirle esta carta. Hace años, usted me levantaba con un solo brazo hasta hacerme tocar el techo. Aquel acto tenía para mí la grandeza de una escena bíblica y la intensidad fragmentada de un sueño. Crecí, creyendo que algún día otro dios más privadamente mío, tan hermoso y joven como aquel que usted fue en mi infancia, me elevaría por los cielos, logrando que me entregara a él en cuerpo y alma, sin temor ni repugnancia. En mis sueños no había cabida para aquel primo de provincias: una persona media de estatura media, con gustos que yo suponía vulgares y una capacidad sexual que, al ser la primera que conocía, supuse normal. Su disposición constante a mi deseo, la inalterabilidad de sus erecciones, aquel olor acremente animal de su cuerpo en las siestas familiares, el cambio inmediato en la expresión de su cara frente al menor roce de su cuerpo con el mío, la bestialidad sonora de sus eyaculaciones, lo hacían demasiado cercano. Yo detestaba aquel placer animal que me recordaba a mi madre retorciéndose en la cama, debajo de un hombre en el que me negaba a reconocerte, papá; ese horror quirúrgico de sangre y sábanas humedecidas, de pliegues que escondían las máscaras cotidianas del pudor. Sin embargo, bastaba que Ángel desprendiera parsimoniosamente los botones de su bragueta y quebrando la pelvis hacia adelante extrajera su poderoso aparato, completo y en expansión, para que yo me arrodillara ante él devotamente, permitiendo que mi boca fuera el estrecho y poco profundo receptáculo de su miembro fragante; que mi lengua jugara con las diferentes calidades de su piel; que mi cabeza toda fuera un objeto sin resistencias entre sus manos hábiles, un objeto que él usaba para proporcionamos placer. En cada encuentro me enseñaba algo más sobre el amor, abriendo una nueva porción de mi cuerpo a sus necesidades, creando en mí dimensiones que quedaban deshabitadas y ansiosas cuando él las abandonaba. Latiendo, en carne viva, aquellos espacios vacíos esperarían inquietos la irrupción desmesurada de sus músculos. Todos los rincones de aquella casa tuya, papá, en la que tan poco tiempo estabas, eran preciosos para nosotros. Todos también de la misma peligrosa incomodidad, la que me obligó más de una vez a sonreír con la boca cerrada y llena de semen ante la aparición inesperada de parientes o vecinos. Otras, escondido en un armario o detrás de algún sofá imponente, retuve la respiración y el miedo hasta que mamá volvió a la cocina y nosotros pudimos terminar nuestra tarea. Hubo descansos: vacaciones maternas de las que pude evadirme con la excusa de mis estudios y que nos permitieron aprovechar aquella majestuosa cama alemana de color manteca con colchones dobles. Allí conocí toda la violencia de que era capaz el primo Ángel; cómo podía olvidarse del dolor ajeno para extraer su gozo. Introducía su sexo en mí desde todos los ángulos, siempre rígido, caliente, alerta a mis respuestas de placer para exigirme más. Yo quería tenerlo todo dentro, todo él: con piernas y brazos, con uñas y dientes, frotando todas las esquinas interiores de mi cuerpo, devastándome. Desde sus diecisiete años podía dominar toda la blandura de mis doce, educarme de la manera que le apeteciera. Yo me cobraba en sus orgasmos: reteniendo los míos podía contemplar la disolución de sus facciones, el desmoronamiento de su cuerpo, la lenta y caliente inundación que me llenaba, vaciándolo.

Han pasado demasiados años. Los míos eran tan escasos como para pensar que morirse a los treinta y tres era alcanzar el cielo a una edad madura y a la vez romántica: la edad de Cristo al ser crucificado. Desde su marco oscuro, Jesús fue siempre el espectador silencioso de lo que pasaba en la casa. Él todo lo comprendía con su mirada bondadosa; con su piel, sus ojos y sus largos cabellos claros, ambiguos y europeos; con su corazón sangrante y encendido. Yo trataba de contrarrestar toda la culpa que me producía aquella imagen dolorosa con otras imágenes más felices: las de esas películas musicales americanas donde las calles, las casas, las relaciones personales, las alegrías y las tristezas, tenían un acabado impecable. Allí no había pechos abiertos con corazones desangrándose ni primos que definían la palabra amor sin preocuparse del incesto. Se cantaba bajo la lluvia, siempre había un día feliz con siete novias para siete hermanos y Gene Kelly seducía a hombres y mujeres patinando por las calles, a cara descubierta, sin necesidad de apagar la luz ni esconderse detrás de los sillones.

Los furtivos encuentros sexuales no cubrían, además, mis necesidades afectivas e intelectuales. La soledad me acechaba constantemente sin que supiera explicarme el porqué. El primo Ángel sólo veía películas de cowboys o de guerra, alguna vez alguna de gánsteres: era imposible hablar con él de actrices o de libros. Menos aún de esa angustia empedernida que se aposentaba en mí cada mañana y no me abandonaba hasta que caía en la cama, con todo el cansancio producido por mis interminables paseos. Rumiaba mi desesperanza llena de ilusiones mientras devoraba kilómetros de calles ciudadanas con el pensamiento puesto en otro lado. Usted, papá, parecía no enterarse de nada, aunque lo hacía con una seriedad que desmentía cualquier posible afirmación. Su escaso conocimiento del castellano lo ponía al margen de discusiones trascendentes, salvaguardando el misterio de sus opiniones. Yo pensaba que tenía mucho que decir pero que desconocía las palabras y, cuando en mi afán por comprenderlo, trataba que me tradujera alguna frase a su idioma, usted siempre respondía con un «tu debe parlare el españolo». De esa manera cerraba para siempre con dos llaves diferentes la puerta de sus secretos, una puerta que sólo abriría muchos años después, cuando poco antes de morir me confesó que en su pueblo había una calle y un número que correspondían a su casa y que yo debía conocerla cuando pasara por allí. Me había regalado entre lágrimas, y sin que yo ni mi madre nos diéramos cuenta de ello, la punta de la madeja, el primer dato de una investigación que me haría conocerlo cuando ya no hubiera posibilidad de reprochar ni perdonarle nada. ¿Será por todo esto que nunca sueño con usted? A mamá, sin embargo, he tenido ocasiones de abofetearla gritándole mentirosa, aunque reconozco no saber de qué mentira la acusaba en aquella pesadilla.

Ángel le temía a usted más que a su propio padre. Una tarde de verano en la que nos habíamos quedado solos en casa, yo decidí ducharme. Era sólo una acción eufémica de la cual ambos sabíamos extraer su real significado, repitiéndola como una ceremonia cada vez que teníamos oportunidad. Yo entraba al cuarto de baño y me metía bajo la lluvia. El primo me seguía poco después, se acercaba al mingitorio y, simulando que meaba, me mostraba sus atributos. Yo respondía con una mirada que supongo estaba cargada de deseo, logrando que él entrara en erección. Cuando se desabrochaba el cinturón y comenzaba a bajar sus pantalones, yo debía estar fuera de la bañera, agachado y secándome los pies, lo que dejaba mi boca a la altura de sus genitales. En aquel momento, él se acercaba balanceando su pene de izquierda a derecha hasta golpearme la cara. Casi siempre yo ofrecía una falsa resistencia que él debía forzar introduciendo su verga, palpitante como un pequeño ser vivo, en la boca que en realidad lo esperaba complacida. Un día, ya agotados los prolegómenos, Ángel estaba de rodillas teniéndome a mí de espaldas sobre el refrescante piso de baldosas venecianas. Con sus piernas a los costados de mi cabeza, trataba de llegar más allá de mi garganta para que ni uno solo de sus casi diecinueve centímetros quedara fuera del estuche, cuando alguien trató de abrir la puerta que afortunadamente acostumbrábamos cerrar con llave desde adentro. Era usted, papá, que comenzó inmediatamente a inquirir sobre el porqué de aquel cerrojo y la identidad del responsable. Ángel, lívido, dio un respingo que llevó su maravilla al límite de mis posibilidades, atragantándome. Logré sacarla, chorreando semen, entre sonoras náuseas que fueron la respuesta involuntaria a las demandas exteriores. Dije que no necesitaba ayuda, que el malestar se me pasaría apenas pudiera vomitar en paz. Ángel, de pie y recostado sobre la pared, parecía muerto, aunque la rigidez de su polla (¡extraño fenómeno!), que descargaba lentamente las últimas gotas del espeso líquido nacarino, ponían una nota de viva sensualidad a su imagen. Me olvidé del señor que ejercía el oficio de padre responsable desde el otro lado de la puerta, y sin prestar atención a las manos del primo que, empujándome hacia atrás, trataban de apartarme de la labor, me dediqué a una limpieza minuciosa de aquel glande perfecto, justa coronación de un tronco bien macizo. Cuando terminé, usted estaba harto de interesarse por mis vómitos y había decidido marcharse. Comencé a vestirme y reparé en mi ángel ahora temblequeante: seguía en el mismo lugar y con la misma lividez en la cara. Lo único que había variado era el tamaño y la calidad de su miembro, que avergonzado de los pecados cometidos había decidido esconder su gallardía. Hice que se vistiera y tuvieron que pasar muchos días para que olvidando aquella anécdota, y sobre todo mi actuación que le había parecido delirante, volviera a depositar entre mis labios aquel paquete de bienaventuranzas.

Tengo que dejarlo aquí. A tu hijo Enrique se le han terminado el papel y las ganas y acaba de pensar que esta carta no tiene destino, lo cual la convierte en un ejercicio inútil. El calor es más elevado por momentos y voy a salir a la calle. Quizás un ángel de piedad espera para borrarme este dolor del alma.

Bigati dobla nuevamente la hoja de cuaderno, y después de dudar un instante, decide ponerla en el lado derecho de la caja redonda de metal, como si en su cabeza hubiera un lugar previsto para cada cosa. Vuelve su atención a otra serie de notas escritas en papeles irregulares y letras diferentes: todas tienen en sus márgenes dibujos primarios, casi infantiles; signos y anotaciones realizados siempre con el mismo rotulador rojo y con la misma caligrafía. Una de estas notas, rodeada de signos de admiración, está fechada en febrero de 1991 y con un encabezamiento subrayado a manera de gran titular: Begin the beguine.

Barcelona, 14 de abril de 1991

Querido Enrique:

Hace tiempo que no te escribo, pero no tenía un ordenador cachondo para hacerlo y ya sabes cómo me deprime no ser moderno a tope. El pendón de mi vecina se compró uno con la pasta del despido. La echaron de la barra americana por chuparle el nabo a un cliente que no había pagado la consumición. La muy puta no pudo negarse porque parece que el tío tenía una polla del tamaño de una Barbie Superestar vestida de noche. Ahora que recibí la pasta que me correspondía por el asunto de La Chueco, pude lograr el sueño de mi vida. Todo sería perfecto si esta carta no te la escribiera desde la Modelo. Bueno, no se puede tener todo y tiempo no me falta, al menos hasta que mi compañerito de celda consigue anfetas y me obliga a estar el resto del día con el culo para arriba. De cualquier manera prometo volver a escribirte la semana que viene, aunque sea en los momentos libres entre polvo y polvo. Ya sé que escribir cartas no es lo tuyo, que ya bastantes letras ves en tu trabajo, pero al menos podrías mandarme algún casete para que no me olvide de tu voz. Si lo haces ponme el disco aquel de la Jurado que tanto nos gustaba a los dos: Como una ola o el Marinero de luces de la Pantoja o cualquiera de amor de Mecano. No sé si los tienes, pero la Colores seguro que sí. ¿Te ves con ellos? El compa de habitación no sabe nada de música y quiero enseñarle algunas cosas. Creo que empezar por los clásicos es lo mejor. Y no vayas a pensar que me estoy colando por él, sólo que los días son muy largos y yo siempre fui muy socialista y pienso que hay que ser solidario con los más desamparados. Tiene sólo veinticinco años y una cara del estilo del Harrison Ford, pero como más torturado. Es muy bestia, pero sólo porque nunca tuvo a nadie que lo quisiera de verdad, estoy seguro. Tiene una potencia sexual increíble y unos atributos que hubieran hecho la fortuna de cualquier productor de cine pomo. Lástima que por su extracción social nunca pudo acceder al mundo artístico. El otro día me dijo que de haberme conocido afuera seguro que su vida hubiera sido diferente. Me quedé pasmado porque habitualmente es de pocas palabras y, aunque en la cama es superapasionado, apenas se corre se tira boca arriba y no le sacas una palabra más hasta el otro polvo. Pensé que si me prestaras tu Polaroid unos días yo podría hacerle unas fotos y tú llevárselas al Paco del Ánfora para ver si él puede mover un poco el culo por el chico. Artísticamente hablando, por supuesto. Sé muy bien que estando en presidio cualquier carrera se hace un poco difícil, pero no le falta mucho para empezar a salir algún fin de semana. Contéstame todo lo que te digo, por favor: no seas payasa. Chau. Te quiero más que a mi vida.

Leandro

Leandro se había pasado meses con la misma escenografía, con los mismos sonidos. Rejas y candados, paredes de color indefinido y gritos a toda hora, sobresaltándolo; una puesta en escena mediocre para un argumento vulgar. A veces, sin embargo, una imagen, un nombre, un lugar preciso, se escapan imprevistamente del archivo sellado de su memoria para instalarse por delante de lo inmediato, cambiándole la intención, también el gesto. Calles del pasado, esquinas de la infancia, caras casi desvanecidas por la distancia o por la muerte, se iluminan de pronto, sin importarles si está solo o en compañía, viviendo una situación gozosa o híbrida, habitual o distinta. No aparecen jamás cuando lo ven desgraciado —como si no fuera su intención aumentar calvarios—, pero lo que podría ser una caricia tierna del recuerdo es siempre una artera, y certera, puñalada. Hace un momento, un desorientado aroma a pan tostado se hizo dueño de su celda, remitiéndolo a aquel bar de paredes oscuras y nombre aborigen, con mesas rebosantes de gente siempre inquieta, siempre joven, siempre acompañada. Aquel bar donde ocupaba una mesa de un solo servicio, con la soledad instalada enfrente, compartiendo su café con leche y las tostadas crujientes y aromáticas. Sus fantasías siempre estaban un poco más allá, junto a los otros, en las vidas que no podía vivir y, quizá por eso mismo, le parecían más interesantes y apetecibles que la suya.

En tu mezcla milagrosa

de sabihondos y suicidas,

yo aprendí filosofía…

No era éste su tango: nada aprendió allí. Tampoco era su lugar, solo un destino turístico donde recalaba cuando la vida se le aparecía mezquina y chata y el incansable vagabundeo en busca de algún partenaire sexual se volvía insostenible. Aquella mantequilla derretida sobre el pan caliente, y ese olor opaco, cálido, a desayuno familiar, servían muchas veces como paliativo de una nueva frustración. Era consciente de su irreparable pérdida de tiempo y acumulaba junto a esa culpa el amargo resentimiento por las humillaciones constantes. Si conseguía alguna presa para llevarse a la cama o tenía un encuentro fugaz en un lugar público, el miedo y la vergüenza no lo abandonaban ni un momento. A lo sumo hacían tumos intermitentes para no perderlo de vista.

En realidad no le importaba el resultado de esas búsquedas. Eran sus formas de aventura, sus safaris ocultos, sus deportes preferidos, los inocentes entretenimientos que llenaban sus momentos de ocio. La laboriosa y a la vez divertida persecución del instante único.

Mientras los demás crecían, se casaban, tenían hijos que a su vez seguían el mismo camino de sus padres y sólo la muerte trastocaba un poco el panorama cotidiano dinamitando tanto mecanismo recurrente, él caminaba durante horas por las mismas calles, las que supuestamente transitaban los demás buscadores. Sus ojos inquietos buceaban en la mirada de los otros, en los gestos de los otros. Una cabeza que se giraba, una mano que acariciaba algo dentro del bolsillo del pantalón, una detención inesperada frente a un escaparate carente de interés; a veces el movimiento de otra mano, esta vez tocando la bragueta, delimitando un bulto en la entrepierna. Cuando el encuentro se producía todo podía durar unos pocos minutos: los necesarios para una mínima introducción, el desarrollo del asunto propiamente dicho y el orgasmo final, que ya traía consigo la culpa y el cristiano arrepentimiento. Para no aburrirse, Leandro iba añadiendo variaciones cada vez más complicadas y peligrosas. Abandonaba los céntricos barrios habituales y se desplazaba al suburbio; se sumergía en los baños públicos de las estaciones de tren; consumía bebidas amargas en bares donde los hombres olían a trabajo duro y lo miraban como lo que era, un ser extraño, un maricón de ciudad bien trajeado, hijo de mamá y seguramente ocioso. Había suficientes razones para que en más de uno nacieran fuertes deseos de romperle el culo, y sin eufemismos, eso era lo que él esperaba que le hicieran. Nunca lo habían excitado las buenas maneras de esos afeminados con olor a perfume caro, previsoras toallitas de papel en los bolsillos y lubricaciones aromatizadas. A Leandro le gustaba ver cómo estos sórdidos machos se escupían la mano para luego ensalivarse el miembro e hincárselo por atrás; cómo sonreían con complicidad cuando después de una larga charla y varias cervezas lograba que dos o más de ellos lo acompañaran hasta algún baldío; cómo se desarmaban en el orgasmo diciéndole querido o guacho o hijo de puta, mientras le indicaban la forma exacta en que pretendían que se moviera o el ritmo de la succión y los lugares precisos por donde debía transitar su lengua. Todos eran iguales: les gustaba acabar en lo más profundo de la garganta y en medio de un corcoveo brutal que la mayoría de las veces le producía náuseas y, aunque Leandro trataba de evitarlo, le era difícil desprenderse de la presión de aquellas manos que aferraban su cabeza hasta lastimarle las orejas o lo tironeaban del pelo hasta lograr su cometido. Cuando en más de una ocasión «lo penetraban por todos lados», como él mismo decía con agridulce ironía, se entregaba a su suerte relajadamente, rogando que los embates varoniles no coincidieran en su ímpetu y los orgasmos llegaran con intermitencias, pudiendo de esa manera saborear el exceso sin hacer peligrar su integridad física.

Hubo un antes de esta celda. No demasiado tiempo atrás, aunque parezca una eternidad en su memoria. Un antes donde alguna vez —como la princesa rusa de aquella novelita de ásperas tapas de color rosado que había devorado en las siestas de la infancia y que por una precisa intuición su madre había descubierto y destruido— fue el centro de una rueda orgiástica y deseó, como la noble libertina, prender fuego a aquel abominable sucucho donde había logrado airear sus más sofocadas perversiones. Nueve hombres habían hecho de él un trozo de carne viscosamente húmedo. Escupido, horadado, oliendo a alcohol barato y semen, logró escapar envuelto en un mantel no mucho más limpio que su cuerpo cuando la violencia real, sin disfraces de sensualidad, había comenzado a surgir entre los sudorosos machos, igualados los tamaños de sus miembros en la flaccidez posterior a las descargas repetidas. Vacíos de deseos, tomaban cuenta de sus actitudes anteriores, descubriendo que el culpable de tanta depravación era ese sucio maricón degenerado que, provocándolos, los había conducido a la lascivia aprovechándose de su pasajero estado de embriaguez. El dueño del lugar, quizá más sobrio que sus parroquianos, decidió tomar la iniciativa, apareciendo con una porra de madera que parecía la duplicación exagerada de todas las de carne juntas. Mientras la asía con una mano, con la otra la engrasaba, usando un producto amarillento semejante a la margarina y preguntando en voz alta si alguien era capaz de tragarse todo aquello. Cuando desde el rincón donde se había retirado, Leandro comenzó a ver en los ojos enrojecidos de los otros hombres irónicas miradas que confluían hacia él, y las manos de algunos volvieron a blandir las vergas que segundos antes parecían haber muerto para siempre, comprendió que el final de aquella orgía podía, y debía, ser su sacrificio. No pensó en sus ropas ni en sus llaves, tampoco en el dinero mínimo que siempre llevaba en los bolsillos. Cuando oyó cerrarse tras de sí la puerta del bar La Melodía, se alejó corriendo sin pensar adonde, apenas cubierto por ese mantel que había logrado alcanzar al vuelo mientras se precipitaba hacia la salida, sorteando los cuerpos que antes lo habían hecho gritar, temblar, ahogarse, reír de placer, y que ahora, sin razones aparentes, lo amenazaban con la contundencia de una revancha. Siguió corriendo para alejarse del peligro. Pequeños objetos puntiagudos se clavaban en sus pies descalzos, recordándole que alguna tarde, siendo muy niño, también había huido del castigo caminando sobre vidrios rotos. Juró, como tantas otras veces, que aquella sería la última en la que pondría su vida en peligro. Sin embargo, una sutil erección entre las piernas contradecía sus pensamientos, recordándole cómo, sumergido entre aquellos cuerpos sudorosos que luchaban entre sí para poder gozarlo, había olvidado por un momento muy largo el paso del tiempo y la melancolía.

El taxista se sobresaltó ante aquella aparición inesperada: «¡Lo que faltaba! Toda la noche dando vueltas sin un puto cliente y justo ahora, que había decidido irme a casa, aparece este tío con disfraz de romano haciéndome señas para que me detenga. Igual es un loco peligroso que se ha escapado del manicomio… o un delincuente juvenil… o algún colgado en pleno mono… Aunque con esa cara de inocente, parece más la víctima de un atraco que un criminal agazapado. ¿Turista…? Por semejante lugar y a estas horas…».

Ante la duda, el taxista coge el revólver, no vaya a ser que ese espectro semidesnudo con cara de niño lleve una navaja escondida en cualquier lado. La curiosidad, y cierta inquietud naciente entre las piernas, lo hacen, no obstante, frenar el coche junto al hombre —menos joven de lo que le había parecido a la distancia— que, con precipitación entrecortada, trata de explicarle algo referente a un asalto.

—… Sí, sí, lo entiendo, pero yo no puedo hacer nada por usted. ¿Por qué no se acerca a una comisaría y hace la denuncia? Hay una a tres calles de aquí. Le queda de camino… Es que ya me iba para casa. La mujer me espera.

—¡Y la mía! Bonita manera de despertarla: con la policía avisándole que a su marido, aparte de asaltarlo, se lo han cepillado nueve tíos.

—¿Me está hablando en serio? Usted se está quedando conmigo…

—¿No creerá que vengo de una orgía? Tuve que salir corriendo… aprovechar que estaban distraídos. Se preparaban para una segunda ronda. Por favor, sáqueme de aquí. Le pagaré lo que me pida. Pueden aparecer en cualquier momento… Fue en una obra en construcción, aquí a la vuelta. No sé qué me vieron… les gusté, supongo… lo hicieron una y otra vez, por más que yo les pedía por favor que me dejaran.

—Esto me huele a cachondeo. Usted no será ése de la cámara sorpresa, ¿no?

—Le juro que la única verdad es la que le estoy contando. Por favor, ¿qué puedo hacer para que me crea? ¿Mostrarle el culo? Me lo han dejado… hecho papilla. No creo que pueda volver a sentarme por bastante tiempo.

—Está bien, suba… Lo veo muy acojonado. ¿Quiere un trago de coñac? Espere, estacionaré un momento allí, junto al parque. Me da no sé qué verte de esta manera… Perdona, puedo tutearte, ¿verdad? Gracias. Lo pongo aquí en la oscuridad porque el taxi no es mío. Yo sólo lo trabajo por las noches. Si alguien le va con el chivatazo al jefe me quedo sin curro. Bien, cuenta qué te ha pasado… ¡Ah!, mira, tómate un buen trago de esto, te hará entrar en calor… Desnudo y con los pies descalzos… Me decías que no te podrías sentar…

—Le decía que si quería mirar… para darse cuenta de que no le miento.

—Estás temblando, chaval. Mejor enciendo la calefacción, cerramos bien las ventanillas y yo me pongo cómodo… Al menos me saco esta puta camisa. Después de ocho horas aquí no aguantas ni la ropa.

—Tiene un revólver…

—Es sólo por prevención. Tú no sabes lo peligroso de este oficio… las cosas que pasan en un taxi. Si te tranquiliza lo guardamos aquí… así, ya está… No entiendo esta moda de los tejanos. Mi mujer me los compró porque aguantan lo que le echen, pero te aseguro que a veces te dejan los cojones hechos puré. Bueno, debo reconocer que luego ella se ocupa de ponerlos en su punto… Sabes, después del trabajo lo único que apetece es quitarse toda la ropa, darse una ducha y ver algún vídeo pomo, con una tía entre las piernas chupándote la polla… Cuando te vi estaba a punto de irme a casa. Desnudo en medio de la calle… y con ese trapo. Parecías un fantasma.

—Perdona, ¿me llevarás a casa luego?

—Sí, hombre, por supuesto. ¿Qué pasa, tienes prisa por deshacerte de mí? Creía que necesitabas un poco de calor humano…

—Siempre se agradece, aunque esta noche he tenido tanto de eso que ya no sé qué pensar.

—Te han dejado sin ganas de fiesta…

—Si hubiera visto lo que tenían entre las piernas, ¡menuda maquinaria pesada! Y yo allí, patas arriba, tragándomelo todo. No había forma de hacerlos parar… Cuando uno se corría ya había otro esperando con el trabuco en la mano.

—¿Y tú no gritaste… no tratabas de escapar?

—Al principio no pude, luego me daba lo mismo. Llega un momento en que tanto dolor te anestesia…

—¿Todos estaban allí, mirando? Digo, mientras uno lo hacía, ¿los demás qué?

—También me lo hicieron de a dos.

—¿Dos al mismo tiempo?

—Sí: uno por la boca y otro por el culo. Hasta intentaron meterme dos por el mismo agujero, pero por suerte no se pusieron de acuerdo.

—¡Vaya historia! Estoy a mil… Tendré que bajarme un poco los pantalones… para que no me reviente la polla, ¿sabes? Como la mía tampoco es lo que se dice pequeña…

—Ya se nota… Luces un buen paquete…

—¿Qué te parece? Algunas mujeres trabajaban para mí sólo por tener este animalito entre los labios.

—Hoy es la noche de las pollas gordas… Aparatos como ése me han dejado el trasero como lo tengo —mira, toca, me lo han dilatado de mala manera.

—Está tibio y palpita… Mmmmm, podría meterte todos los dedos de una mano…

—Es que no me han dejado con ganas de nada… Al menos nada que tenga que ver con el sexo.

—¡Hombre, no seas arisco! ¡Qué le hace una mancha más al tigre!

—Mejor lo dejamos para otro día…

—Al menos bájate… Ven, sé buenito… Fíjate cómo estoy…

—Es que me han dejado harto… Me han dado un atracón de sexo. Con todo lo que me he tragado esta noche tengo de sobra para una larga temporada.

—¿Vas a dejarme así? Donde comieron nueve bien puede comer un décimo…

—Quisiera aliviarte. Has sido muy amable conmigo.

—¿No te gusta lo que te ofrezco?

—El aspecto es excelente. Del gusto no puedo opinar: todavía no la he probado.

—Ven, cátala, ya verás qué dulce es. Ningún nene se ha quedado hambriento después de comerse esta golosina.

—Si prometes llevarme a mi casa…

—Prometido. Pero tendrás que dejarme contento. Al menos tanto como la patrona.

—Aquí no hay películas ni ducha, pero puedo hacértelo mejor que cualquier mujer. ¿Te gusta así? Mira cómo me llenas la boca.

—Mmmm… qué bueno… la estás poniendo furiosa… fíjate cómo crece… late, como si el corazón se me hubiera bajado a la polla.

—¡Papá, vaya glande! Creo que eres el número uno de la noche… me encanta comértela…

—Me matas… eres demasiado… límpiala con esmero… no quiero que dejes ningún lugar sin visitar… métetela toda adentro… un esfuerzo más, venga, así, así… ya está toda, ¿qué tal, eh?… Tan rápido no, me harás correr. Espera… Quiero hacerte el culito… Te haré pedirme más, verás… Lograré que te olvides de todos los anteriores.

—No creo que puedas: todavía tengo sus recuerdos dentro… No estamos muy cómodos, ¿quieres que me siente encima?

—Haz lo que quieras… Tienes a tu disposición veinte centímetros bien duros. Te haré subir al cielo, angelito.

Y Leandro, la cara apretada contra el cristal de una ventanilla, se dispone a olvidar las incomodidades inventándose una escena de alcoba donde los protagonistas, de piel tan blanca como sus pelucas empolvadas, se mueven entre cortinados suntuosos, amplias camas con dosel, sábanas de seda y zarzuelescos diálogos rimados que él, inocentemente, supone de teatro clásico.

—Mira pequeño angelito

lo que te vas a comer:

un delicioso bocado

que hará que calmes tu sed.

—No sé si podré con esto,

¡la más gruesa de la noche!

Luego de gemas tan caras

ésta será un digno broche.

—De seguro que podrás.

Yo no la veo tan grande.

Como en las nueve anteriores,

haz de empezar por el glande.

—El glande ya está escondido.

Ahora viene todo el resto.

Si das un empujoncito

notarás cómo estoy presto.

—Pues toda te la has tragado

sin un suspiro siquiera.

Me moveré despacito,

¡que nada se quede afuera!

—Me gusta cómo la mueves:

hacia adentro y en redondo.

—Si te pones en cuclillas podré

llegar hasta el fondo.

Luego de una noche con tanto movimiento, Leandro, habitualmente precavido, cometió la tontería de relajarse y se sumergió en un sueño profundo, sin notar que el otro ponía el taxi nuevamente en marcha y lo depositaba, tan desnudo como lo había encontrado, frente a la puerta de una comisaría. Por extrañas razones que nunca terminó de entender, el fogoso taxista con pluriempleo en la policía se empeñó en hacerle pagar aquel encuentro erótico con unas inesperadas vacaciones entre rejas. Sus intentos de alegar inocencia fueron vanos. Algunas pequeñas raterías adolescentes, su larga situación de parado, una causa pendiente y los consejos especialmente estúpidos de un abogado mediocre recomendado por su familia, hicieron que fuera a parar a la Modelo. Allí tuvo tiempo para repasar no sólo su vida, sino también las libretas de direcciones y teléfonos que su hermano, como un favor hecho a regañadientes, le acercó a la cárcel. Entre polvos de una noche con «te llamaré otro día», conocidas ocasionales que se decían amigas y dos o tres relaciones de cierta importancia, el nombre de Enrique Izabi estaba subrayado con doble línea. En una época le había divertido destacar con colores diferentes las características particulares de sus conocidos, usando el color que más apreciaba —un rosa furioso— solamente para los amantes de máximo interés. Desde el primer día Enrique le había confesado que no gozaba acostándose con otros homosexuales y, a partir de allí, la aproximación erótica de aquel encuentro se había convertido en una amable relación de bares, fiestas de casal y algún esporádico té con pastas. De cualquier manera, a pesar del tiempo transcurrido y de ese primer desencuentro sexual, el nombre de Enrique seguía invariablemente subrayado en rosa, como el de alguien con quien Leandro hubiera deseado convivir aunque sólo fuera como amigos.

Bigati tiene las manos húmedas. Las pasa por las perneras del tejano y distraídamente extrae de la caja metálica una serie de recibos sujetos con una pinza de tender la ropa, de plástico verde. Extendidos a nombre de Enrique Izabi, la cantidad es siempre la misma: cinco mil pesetas y, también en todos, el membrete y la firma corresponden a la doctora Sara Arminda Lalangue, psicoanalista.

—En realidad no sé lo que me ha traído aquí. Para empezar; yo no puedo pagarme un tratamiento de estas características. Cada vez que pienso que con lo que me costará una sesión puedo hacer la compra del híper para una semana… Supongo que eso a usted no le importa, ni yo pretendo que le importe… por algo he decidido acudir a una profesional… Aunque ésta no sea la primera vez, para mí es la definitiva, porque en esta ocasión no hay presiones familiares. Mis padres han muerto, los dos… eran toda la familia que me interesaba, lo que a veces me frenaba en la aceptación de mis características particulares… Me parece que estoy dando rodeos para no decirle que soy homosexual y que hasta hoy sigo preguntándome si esto es un problema en sí mismo o solamente una manera de encarar el sexo. Hay momentos como éste, en que pienso que toda mi historia hubiera sido diferente si me hubiera casado con una chica de barrio, la que supongo me correspondía en este lamentable reparto, y me hubiera dedicado a llenarla de hijos… ¡Vaya horror!, con un trabajo miserable de traductor y mi neurosis galopante… Si hay días que hasta Pacheco… Pacheco es mi gato, y algunas veces hasta él me molesta… Recuerdo un cuento tonto que escribí hace unos años… por momentos me gusta escribir… poemas, cuentos, esas cosas… para mí y sin pretensiones, porque creo que la literatura es algo serio… se puede jugar con ella, sí, no estoy en desacuerdo con que otros lo hagan… pero Rulfo o Salinger, por ejemplo, jamás permitieron que…

—Hablaba de un cuento que escribió hace unos años…

—Sí, donde un ama de casa perfecta, con un marido perfecto e hijitos perfectos, se vuelve loca y mata al gato centrifugándolo en la lavadora y después rompe el televisor y la nevera y quema todo lo que hasta ese momento conformaba su mundo ideal, su hogar… Bueno, ésa es una fantasía que tengo a menudo, cuando las cosas dejan de producirme placer. No crea que es necesario que me vaya demasiado mal: sólo que el aburrimiento, el spleen como decían los románticos, haga su entrada en escena. Hace años, recién salido de la adolescencia, encontré en una fiesta a una maldita tiradora de cartas que me pronosticó una eterna insatisfacción… Lo de la eternidad es algo de mi coleto. Ella sólo dijo que yo nunca estaría satisfecho, que nada sería suficiente para mí. Que siempre me sentiría como un rey destronado, o como un príncipe de cuento, melancólico y decadente, que jamás logra encontrar a esa bellísima princesa que acabará con ese encantamiento que no le permite ser feliz… Ella, la quiromántica, no sabía que yo era homosexual. No hay cuentos de hadas con homosexuales. Imagínese: príncipes azules persiguiendo a príncipes rosados o algo así. Desde pequeño supe que eso era imposible, que el mundo real no era de esa manera, que ser diferente equivalía a ser monstruoso y tenía un precio muy alto… Y sí, en mi caso siempre lo tuvo. Aunque hay momentos en los que ese precio se paga como si fueran recibos de la luz: para que no nos molesten con cortes intempestivos o juicios complicados y podamos seguir mirando la televisión desde la cama. Hay otras épocas más duras, como ésta. Los días son larguísimos… Hay mucho tiempo para hacerse preguntas y las respuestas no aparecen ni en los diarios ni en la almohada. Para colmo los amigos se desvanecen de pronto, se mueren como ratas… Si hasta Greta Garbo, la divina, resultó ser mortal. No, no vaya a creer que estoy bromeando. Siempre supe que si bien la vida es triste, al menos se acaba: mi madre se encargó de enseñármelo. Sin embargo la mañana que vi en el diario el titular anunciando la muerte de la Garbo, tuve la comprobación de que no había dioses en la tierra; que un final idéntico nos acechaba a todos en alguna esquina imprevisible, en cualquier lugar de este planeta. No importa demasiado que ese lugar sea un trozo de asfalto en una carretera cualquiera o la cama y el colchón de cada día. La muerte aguarda entre los pliegues de una sábana, posiblemente la que más nos gusta, la que siempre arropó nuestros sueños más bonitos. Sin embargo, todavía puedo soportarlo, y aun cuando el dolor aprieta mucho y las ausencias se instalan como huéspedes silenciosos en cada rincón de mi casa, la vida tiene algo que me gusta, que me empuja cada mañana a levantarme y, después de mis absurdos ejercicios, un buen desayuno y una ducha, comience a plantearme el día que se presenta por delante con más o menos fantasía, con más o menos ilusión, pero siempre con la absoluta voluntad de vivirlo. Supongo que si no fuera así estaría hablando con un cura, ¿verdad, doctora?

—Con un cura… ¿Es usted creyente?

—No exactamente. Todos mis estudios los hice en colegios religiosos… Quizá por eso en mi adolescencia pretendí una vocación sacerdotal que se desvaneció poco después sin dejar demasiados rastros. Posiblemente me desilusionó el darme cuenta de que tendría que dejarlo todo: mis amigos, mi cuarto… todas las cosas que me gustaban, mis pequeños tesoros… No pude seguir. Trataba de escapar de la familia, pero lo que me pidieron a cambio me pareció excesivo, sin ninguna gratificación segura. Creo que en realidad me atraía lo más superficial: el boato, la representación teatral, el público… También ese mundo de hombres escondidos, misteriosos… Me imaginaba amores suaves y orgías calientes, ritos de iniciación que confundía con los satánicos y largas noches de profundas conversaciones sobre el sentido de la vida. Era muy inocente… Estaba solo, sintiéndome diferente del resto del mundo, y buscaba un sitio donde pudiera ser aceptado sin reservas. Cuando comuniqué mi deseo, se desencadenó sobre mí tal cantidad de preguntas, exámenes y entrevistas inquisitoriales, que preferí desistir, convenciéndome aún más de lo insuperable de mi soledad, esa soledad que seguramente era un castigo por tanto pensamiento impuro… Afortunadamente, apareció en mi vida un ángel, mi primo, haciéndome comprender que algunas de mis fantasías eran apetecibles y podían convertirse en realidad.

—¿Qué tipo de fantasías?

—Sexuales… homosexuales… aunque en aquel entonces yo no les ponía ese nombre. Sólo sabía que mi vecino me gustaba de una manera… amorosa. Muchas veces me imaginaba que él se acercaba a mí y me levantaba en brazos… Era alto, moreno, muy fuerte, un poco parecido a Elvis Presley. Aunque Presley no me gustaba y él si… Usaba pantalones tejanos y camisas abiertas. Y botas. Unas botas negras que hacían juego con los cinturones anchos de hebillas estrafalarias… Yo esperaba horas en el balcón de casa para verlo salir. Mataba el tiempo leyendo o imaginándome las escenas más inverosímiles, algunas con declaraciones de amor incluidas. También veía muchísima televisión, es verdad… pero sobre todo me recuerdo leyendo todo lo que caía en mis manos, hasta las revistas femeninas más estúpidas. También Corín Tellado y todo eso… Metía la cabeza en los libros tratando de aislarme de ese mundo que no me complacía. Estaba harto de oír hablar a mis tías de sus novios, bajando la voz y riéndose, cómplices de vaya a saber qué morbosos secretos que los niños no debíamos conocer. Ellas pasaban horas encerradas en el baño, y luego otras tantas planchándose la ropa o asegurando los botones de sus blusas nuevas… Siempre estrenaban blusas… Después las veías llegar de la calle descompuestas, con el peinado o el maquillaje fuera de lugar, la mirada baja y la palabra esquiva frente a las preguntas de mi madre. Es que ellas también usaban el zaguán para sus historietas amorosas. Yo lo sabía muy bien porque espiaba las largas despedidas. Cuando me encontraba con la imagen de esos dos cuerpos confundidos en la oscuridad, transformados en uno, no alcanzaba a comprender si mi excitación se debía al temor de que me descubrieran o al deseo de unirme a ellos, envuelto yo también en esa tenebrosa urdimbre de manoseos y quejidos. Nunca, sin embargo, salí de mi rincón. Nadie notó mi presencia… ni yo tuve valor para acercarme.

»Eso sí, había algo muy claro: siempre esos encuentros se producían entre hombres y mujeres. Era inútil aguzar el oído, estar todo el tiempo atento al menor comentario relacionado con el tema. Nadie quería a una persona de su mismo sexo. Hasta la llegada del primo provinciano, mi sentimiento más potente y verdadero, el más claro y contundente, parecía ser algo monstruoso, desconocido para el resto del mundo. Con la aparición de Ángel comencé a tener alguien que pensaba en mí. Las erecciones de mi primo eran conmigo, por mí. Al fin los monstruos nos habíamos multiplicado y éramos felices… encontrándonos con miedo y a escondidas, pero también con una intensidad insospechada, aparentemente más fuerte y verdadera que la del resto de la gente, que parecía llevar a cabo ceremonias aprendidas con desgana y en las que finalmente no creía…

—Misas, ceremonias, puestas en escena…

—Sí, la vida cotidiana siempre me ha resultado pobre, carente de grandeza, medida por patrones mezquinos. Nadie canta bajo la lluvia y a Scarlett O’Hara se la han llevado los vientos de la mediocridad… Esta frase ha sonado un poco rebuscada. Supongo que la habré leído en algún suplemento dominical. No era mi intención, pero ya le dije que devoro toneladas de literatura barata. Creo en ella… y también en el imperio de los sentimientos como oposición al de la razón burguesa, de compraventa. Hasta hace poco tiempo, en Occidente temíamos la masificación del comunismo: todos vestidos con la misma ropa de trabajo, viajando en las mismas bicicletas, votando por los mismos candidatos. Ahora, a cambio, nos han vendido formas de vida estúpidas, coches de duración limitada, ideas rápidas y convenientemente digeridas para ser colocadas en el espacio de la sensibilidad; ropa vulgar, adocenada, pero con la debida autentificación de firmas imaginarias; vacaciones para toda la vida en cementerios de lujo y una muerte aséptica en algún lugar de ensueño con una asegurada eternidad de campos paradisíacos… La socialización de la pavada. Aunque no; por su mirada me doy cuenta de que éste no es el tema… Hoy no es mi día… Quizá saber el precio de sus horas me ha descolocado, convirtiéndome en un inaguantable charlatán de feria. Tengo miedo a desperdiciar segundos…

—Enrique… la sesión ha terminado. Si le parece nos volveremos a ver el martes próximo.

Se fue de allí sintiéndose estúpido: había malgastado su dinero. Horas de trabajo sobre el maldito ordenador tiradas al cubo de la basura. «Nos volveremos a ver el martes próximo». No estaba seguro de volver a verla. Ella, tan tersa y suave, vestida sin estridencias que desentonaran con el entorno minuciosamente pensado, con el color pastoso de los kilims y las paredes recién pintadas: una camisa verde militar, de línea clásica, abotonada hasta el cuello, y una falda recta en un tono oscuro de beige; cinturón y zapatos en cuero natural. Moderna y clásica a la vez, con el cabello recogido en lo alto de la cabeza, a la manera de la Katherine Hepburn. En sus manos de uñas muy cortas, sin pintar, una total ausencia de alhajas. Tampoco llevaba pendientes; apenas un collar étnico mezclando piezas de ámbar con otras de coral, nácar y oro opaco y, en su muñeca derecha, un pequeño Rolex de acero.

No parecía abusar de las sonrisas, pero su cara mostraba una expresión amable y comprensiva. Era la imagen perfecta de la madre que Enrique había deseado de niño, sólo que a ésta tendría que pagarla a plazos.

Bigati lanza una carcajada y, feliz con su ocurrencia, la repite en voz alta.

—Los maricones no pagan putas ni esposa, pero acaban como todo el mundo: manteniendo mujeres.

Le parece estar viendo las caras de Pujadas y Castro, sus compañeros de oficina, cuando les transmita el hallazgo. Él nunca tuvo una gracia especial para los chistes, pero siempre fue —y en eso están todos de acuerdo— el más filosófico de los tres.

Se relaja, contento al considerarse el más dotado.

—Y no sólo intelectualmente —murmura, mientras se acomoda la entrepierna con la mano derecha y mete la izquierda en la lata de galletas; sin mirar, como jugando a sorprenderse con lo que esa particular caja de Pandora le depara.

Alguna vez, algún amigo me pregunta

el porqué de mi rincón tan lóbrego.

Yo no sé si no sé o contestar no puedo.

Sólo atino a decir que éste es el lugar elegido

para acunar mi melancolía;

la parcela callada,

el espacio perdido entre el hoy y el mañana,

la vuelta de la esquina.

No hay aquí preguntas que inquieten el futuro.

Tampoco verdaderas tristezas.

Ni premura.

Sólo el silencio contestando al silencio

y el sonido de unos pasos:

los míos.

Desentendiéndose del poema, escrito con una caligrafía minuciosa de trazos infantiles, Bigati acerca el papel a sus ojos tratando de descifrar la firma, casi ilegible por la cantidad de arabescos que la cruzan, cercan y subrayan.

—Mercedes… Mercedes Areque. ¿Quién coño será esta Mercedes Areque?

—¡Odio este despertador! Si no fuera porque cuesta dos mil pesetas lo tiraba a la calle y seguía durmiendo. Merche, Merche… todos los días dices lo mismo y al final te levantas… A esta ventana le falta una mano de pintura, está hecha un asco… llena de dedos… venga, metan ruido todo el tiempo, ¡cabrones de mierda! ¡Cuándo podré irme bien lejos de aquí…! Mira cómo están las paredes… y llamar a un pintor es imposible, bueno, quizá sacrificando la ropa de verano… ¡Estoy loca!, lo que tengo que hacer es largarme… por mí que se venga todo abajo. Odio esta casa y a todos sus vecinos de mierda… ¿qué puedo hacer con esta cabeza?, tengo el cabello hecho un asco y no tengo tiempo de ducharme. Con este clima asqueroso no dan ganas de nada. El verano es para los ricos, los de la publicidad, guapos en yate, con casas de película, junto al Mediterráneo o al Pacífico… tú no estás mal, pequeña… si te cuidaras más y dejaras de comer porquerías que te llenan el culo de granos… ¡y la cara! ¡Si hasta tengo granos en la cara! Es culpa del alcohol barato que dan en las discotecas, ¡vaya basura!, debería tomar solamente agua o zumos. Aunque sin colocarse un poco la vida es muy triste, un verdadero muermo… todo el día currando en la panadería, siendo simpática con esos borregos que no te dan ni la hora… ¡Dios mío!, ya son y media… me parece que este helecho no tiene cura… bueno, si no quiere vivir que reviente… pobre, cómo va a querer vivir aquí, dentro de este pozo… aunque en el libro decía que soportan la oscuridad… soportar, una palabra horrible… también que requieren mucha humedad, rociados constantes. Le puedo echar más agua… rociador no tengo… bueno, lo meto bajo la ducha… lo dejo ahí, que se duche por mí… ya que yo no lo hago… Merche, ¡tienes cada idea! «La más priti del mundo», como diría Patricia… quizá sea verdad que eres tan priti… algún día te descubren y te sacan de este estercolero… ¡qué pavada! Un amor, eso es lo que necesitas… con un tipo rico que te lleve a la República Dominicana en su yate… o si no a ese lugar de los deportes de invierno… aunque Marbella tampoco estaría mal. ¡Qué asqueroso me ha salido el café!, tendré que ponerle más azúcar y un chorro de leche. ¡Y encima las galletitas están húmedas! ¡Qué ganas de mandar todo a la mierda hoy mismo!… Mira la hora que es, parece mentira cómo pasa el tiempo… en cualquier momento te miras al espejo y te encuentras con tu pobre cuerpo totalmente envejecido… la artritis, la esclerosis… y el ataúd y al foso… como en el refrán: del vivo al hoyo, no, el muerto al hoyo y el vivo al bollo… bueno Merche, ¡basta ya de pensar pavadas! Mejor te recoges el cabello y te pones esos pendientes extremados que siempre llaman la atención de la clientela, hasta de esa tan hortera que siempre va cargada de oros… parece el escaparate de una joyería. ¡Merche!, se te hará tarde, termina de peinarte… creo que se debe haber comprado unos iguales, porque tanto preguntar y tanto elogiarlos… la gente es muy envidiosa… mejor, que se los compre… con la cara que tiene seguramente le van a quedar igual que a mí, ¡sí, bonita! Me encantaría encontrármela con los pendientes puestos… con ese culo enorme y ese cuello corti… ¡Huuuy qué hora!, acabo el café y salgo corriendo… nena, vas a tener que tomar un taxi de nuevo… después lo sisas de las ventas y ¡chau!, como dice Patricia… chau… suena bien… ¡Cómo es Patricia! Divertida… y no se calla ante nadie… la van a echar en cualquier momento, pero ella dice que le da igual, que no le importa, que se hace puta y gana más dinero en una noche que trabajando todo el mes en la panadería. ¿Ella, de puta?… Sin chulo quizá sí, porque no creo que ninguno le aguante el carácter que tiene… aunque como decía mi madre, ésas son las que triunfan, porque si no te haces valer tú, nadie lo hará, nena… Mamá siempre me decía nena… mamá querida, mira en lo que se ha convertido tu Mercedes, tu Merche, tu nena del alma.

—¡Sí, ya voy señora! Estoy fregando el piso… ¡Que estoy fregando el suelo!

»¿La oís?…, Patricia esto, Patricia lo otro, parece que fuera el único nombre que tiene en la boca. Si no me llama a cada rato no está contenta. ¿Vos pensás que me tiene manía? Pues yo sí. Bueno, antes que me vuelva a llamar te sigo contando lo de la Merche… Pobre Mercedes, ¡es más pava! No es mala piba, pero es muy pava. Todos le pasan por encima… Casi que podríamos llamarla la Diagonal… ¡es bárbaro! “La Diagonal”, porque todos la pasan por encima… ¡Qué maldad! A veces soy malísima… Ojo, es sólo un decir… digo estas tonterías para joder un rato, porque vos sabés muy bien que en las cosas importantes soy siempre la primera en dar una mano. Todos dicen que soy muy gaucha, bueno, bah, una tía de puta madre… yo me juego por cualquiera… hoy por mí y mañana por ti, que el otro día cuando entró el pringado ese, superpasado no sé de qué droga, si no doy la cara yo, a la Merche se la morfa… se la come, bah. Quiero decir que le saca hasta las bragas. Porque ella temblaba como una mosca, digo, como una… ¿hoja se dice?… Desde que estoy acá se me mezcla todo… Por tratar de hablar a la española, por hacerme entender… y al final me hago unos líos que ya no sé qué decir, ¿viste?… pero volviendo a la Merche: si sigue así se va a pasar toda la vida detrás de un mostrador vendiendo pan a los giles… y es una pendeja de puta madre, te lo digo yo que salgo mucho con ella… En las discotecas se pone en el lugar más oscuro para pasar desapercibida. No se come nunca un rosco, y fíjate que yo, que no soy nada del otro mundo y más vieja que ella, me tengo que sacar los tíos de encima todo el tiempo. Será porque les doy caña, y si hay que mover las tetas muevo las tetas, total, la mano encima me la pone solamente el que yo quiera… y por eso no voy a ser menos decente… Por cuatro días locos que vamos a vivir… Hay que tratar de pasárselo bien. Yo sola no quiero quedarme nunca más… Y si no salís de tu casa, y cuando salís te escondés en los rincones como una cucaracha… ¿me querés decir quién te va a encontrar? ¡El DDT te va a encontrar! Ella es una linda chica, cuando se arregla es linda y tiene lindas piernas… Aunque a veces es mejor no ser tan… bonita, y saber mostrar lo que tenés de una manera piola… saber mostrar la mercadería, digamos… como con el pan, que si lo ponés así no más, como sale del horno, no te lo compra nadie, pero si la panadería está bien iluminada y las estanterías ordenaditas y decorás todo con un poquito de flores secas y espigas y mucho rollo de cartelitos que digan que el pan es artesanal y el horno de leña… Ya ves lo que pasa en la nuestra: que no damos abasto con la clientela. Si hasta viene la de la otra esquina, como haciéndose la tonta y la muy amiga, cuando en realidad todos sabemos que está llena de bronca… mufada… embolada… cabrera… ¿cómo carajos se dice cuando estás con rabia por algo? Eso, rabiosa. Y después me entero por la Carmina… Sí, mujer, la de la peluquería de Enríe Granados, sí que la conoces… Bueno, no importa. La cuestión es que la Carmina me contó que esta otra, la de la esquina, anda diciendo que a nosotras se nos llena el chiringuito de gente porque atrás hay un salón de masajes y que todo es la tapadera de un negocio de prostitución… ¡La muy guarra! Es que a veces ni éxito podés tener… Por eso yo creo que la patrona tendría que estar bien contenta con nosotras… y cuidarnos, porque como le dije el otro día, no va a encontrar otro equipo tan compenetrado como el nuestro aunque lo busque con lupa abajo de la tierra… ¿no es verdad lo que te digo? No es que seamos nada del otro mundo, pero si nos comparás con las otras desgraciadas que se ven por ahí… ¡cada paquete que no sabe decir ni buenos días! Y yo creo que al cliente hay que atenderlo bien, con simpatía, porque si no se va a otro lado. ¿Vos te acordás de un chico muy agradable… un poco mariquita… bueno, gay… uno que de cara no se le nota nada, con buena facha y un lomo que no está nada mal? Sí, digo cachas, aunque no mucho… con el pelito un poco largo y siempre vestido de punta en blanco. Simpático, aunque con cara de angustiado cuando lo agarrás infraganti… Ése… una vez que no había mucha gente y nos enrollamos a hablar de cualquier cosa, me dijo que a él le gustaba nuestra panadería porque el trato con los clientes era especial y nosotras muy amables, y que había otra panadería más cerca de la casa, ¡imagínate cuál!, pero que él prefería caminar un poquito más y venirse hasta la nuestra… Se llama Enrique. Lo sé porque un día vino con otro, algún noviete supongo, y éste lo llamaba todo el tiempo Quique. Yo, de puro atrevida, le pregunté si ése era su nombre. Entonces me contestó que no, que Quique era un apodo, que él se llamaba Enrique. ¡Gracias por la aclaración! Debe haber pensado que soy medio tarada.

»Ahora no te acordarás de él, pero estoy segura que estás cansada de atenderlo. A veces pienso que debo ser un poco degenerada: siempre me atraen los tipos gays… pero es que con ellos podés hablar tranquila, sin que intenten meterte todo el tiempo la mano en la concha. ¡Bueno, no me vas a decir que a esta altura no sabés lo que es la concha…!

»¡Sí, señora! ¡Ya voy, señora!

»Vos dirás lo que quieras, pero estoy convencida de que esta catalana me tiene manía.

Enrique está en su piso. Desganado, mustio, sólo la televisión le produce algún placer. No le gustan los fines de semana. Todo el mundo se ha ido a sus casas de las afueras, dejando la ciudad vacía y desangelada. Se siente pobre, inútil, abandonado. La experiencia psicoanalítica le está resultando decepcionante. Tal vez no haya dado con la persona adecuada, pero lo cierto es que se cansa de dialogar con el silencio, sobre todo teniendo que pagar tanto dinero para poder hacerlo. Si pudiera llamar a cualquier amigo por teléfono, o lanzarse a la calle dotado de aquella energía inagotable de años atrás, de esa antigua ilusión, ahora perdida, de conocer un hombre maravilloso con el que compartir sus días y sus noches… Ahora todo movimiento le parece inútil y los tangos de la infancia rondan su cabeza, atropellándose para hacerse oír: «Cuando se sequen las pilas de todos los timbres que vos apretás… que el mundo es y será una porquería ya lo sé… la vida es una herida absurda… qué ganas de llorar en esta tarde gris»; mezclándose con versos aprendidos en la infancia, como aquel de «flor que toco se deshoja, alguien va sembrando el mal para que yo lo recoja», o estrofas de otras canciones que él, en su tristeza, encuentra ilustrativas de su actual situación; como aquella, que repetía hasta el hartazgo que «para vivir como vivo, mejor no morir de viejo». Años atrás, en ocasiones parecidas a ésta, hubiera oído algún disco de moda a todo volumen, dejando que se repitiera hasta el hartazgo. Era una forma fácil de exorcizar los pensamientos negativos. Ahora trata, sin conseguirlo, de prestar atención a una vieja película que lo aburrió casi antes de empezar y a la que sin embargo se aferra por abulia. La casa, los objetos que lo rodean, también lo asfixian. Hubo un tiempo en que todo aquello significaba mucho para él. Eran sus señas de identidad, los recuerdos que había acumulado en sustitución de algunas personas y muchos momentos perdidos. Las plantas, por ejemplo, habían sido una constante compañía en su vida, los animales también: a unas y otros les entregó una parte importante de su tiempo. Ahora ya no le apetecía cuidar nada.

Cuando suena el teléfono, ni siquiera se interesa por atenderlo. Para eso tiene el aparatito conectado, anunciando que aquella es su casa, que él está ausente, que si quiere dejar algún mensaje puede hacerlo después de la señal. Gracias.

Sin embargo, tras el pitido —un sonido destemplado al que todo el mundo llama eufémicamente señal—, una voz masculina de tonos graves comienza a mascullar algo incomprensible que despierta su curiosidad. Corre hacia el teléfono, abandonando el sillón y la molicie. Es el compañero de celda de Leandro que dice disfrutar de un fin de semana en libertad y que llama de parte del amigo preso por algo referente a una cámara Polaroid y unas fotos artísticas. Enrique asegura recordar el asunto, aunque confesando que en esos momentos no lo tiene del todo claro. Sería mejor que se pasara ya mismo por el piso. Podrían tomar una copa y charlar un rato, siempre que él no tuviera nada mejor que hacer. Apenas cuelga recorre con una mirada todo lo que lo rodea y comienza un orden nada exhaustivo, guardando en un cajón unos cuantos billetes de mil pesetas que estaban sobre la mesa. Los acompaña con el reloj de oro que fuera de su padre y el anillo materno de casamiento, una herencia que lleva siempre en el dedo meñique de la mano izquierda. Sin perder tiempo en detalles, mete en el fregadero algunos platos con restos de comida —un pequeño trozo de pan integral, cáscaras de queso gruyere, huesos de aceitunas y de cerezas— y en un armario la camisa tejana y los calzoncillos que habían quedado abandonados en una silla la noche anterior. Abre las ventanas y apaga el televisor, colocando sobre éste de una manera bien visible dos vídeos pornográficos, Sola ante el peligro y Encuentros anales en la tercera fase. Elige como música de fondo a Nina Simone. Después de ducharse, duda entre unos pantalones tejanos de color crudo acompañados por una camiseta o la robe de seda color burdeos puesta sobre la piel. Opta por el primer conjunto, que encuentra más convencionalmente masculino, pero decide quedarse descalzo, arremangándose un poco las perneras para lograr un aspecto más desenfadado y juvenil. Su imagen en el espejo no le disgusta. Se ha peinado hacia atrás con el cabello mojado: una vez seco caerá hacia donde le plazca. Vuelve a dudar frente a los perfumes, mezclando finalmente la 4711 con toques de París en los lugares estratégicos. Mientras hace todo esto, varios pensamientos depresivos asoman su aguda nariz entre los objetos del cuarto de baño, instándolo al abandono inmediato de toda esa farsa peligrosa en la que se ha metido y que seguramente la doctora Lalangue no aprobaría. El timbre de la puerta lo saca de sus cavilaciones.

Cuando se encamina hacia ella, todavía desconoce que al girar el picaporte estará dando también un giro definitivo a su vida.

POEMA DE LA MUERTE ENMASCARADA

Saltó el tigre de fuego desde la ventana.

El dios manda que se acorten las distancias

y detiene al mensajero de los desesperados

que gritaba de horror por las terrazas.

En los jardines del continente blanco

ardió el rosal

y parieron tres crías los temores.

El homenaje estaba en su apogeo.

Vago hedor que asemeja algún perfume y es sin embargo

el portador de lo insondable.

Sabrás de mí en los próximos segundos

aunque cierres los ojos y te escapes.

—En esta casa todos son poetas. ¡Vaya panda de inútiles!

Bigati se sirve mecánicamente un poco de agua que no llega a tomar, entusiasmado por un repentino hallazgo. Detrás del poema, y escrito con el rotulador rojo de siempre, hay un nombre entre signos de admiración: Juan Antonio Campos. Conoce a ese tipo. Sacando de uno de los bolsillos internos de su cazadora la pequeña libreta abultada y deshecha que le sirve de agenda, busca meticulosamente dentro de ella hasta encontrar un ajado papel doblado en ocho.

Nombre: Juan Antonio CAMPOS.

Nacido en: Marín, PONTEVEDRA.

El día: 9 de septiembre de 1966.

Hijo de: Asunción CAMPOS PEDREL y padre desconocido.

Nacionalidad: española.

Estado civil: soltero.

Color de piel: blanca.

Ojos: grises.

Cabello: castaño claro.

Complexión: delgada y fuerte.

Estatura: 176 cm.

Señas particulares: un tatuaje representando un águila en el omóplato izquierdo y otro —la palabra love encerrada en un corazón con una flecha que lo cruza— en el antebrazo derecho.

Inclinaciones sexuales: ambiguas.

Estudios: primarios.

Trabajos desempeñados: camarero durante las temporadas de verano de 1979, 80, 83 y 84. Ayudante de carpintero en 1981. Peón de albañil en 1982 y parte de 1986. Profesor de gimnasia durante la primavera y el verano de 1987 en la ciudad de Ibiza. Por cortos períodos de tiempo trabaja como relaciones públicas de varias discotecas gay.

Antecedentes penales: robo reiterado y supuesta complicidad en asalto a mano armada. Cumple condena en la Cárcel Modelo de Barcelona. No se pudieron probar cargos por tenencia ilícita de drogas.

«¡Así que éste es el inagotable semental de Leandro!». Ahora que lo tiene enfrente, Enrique se pregunta cómo ese ser, aparentemente anodino y sin interés, se transforma por obra y gracia de unas pastillitas en un surtidor de semen sin descanso. O la ropa no era la adecuada y ocultaba hasta sus más inocentes atributos, o la cárcel había convertido a Leandro en una loca de la cabeza, delirante y mitómana. No es que el chulito le resultara desagradable, y, pensándolo bien, hasta se podía encontrar algún atractivo en esa cara de corte vulgar —quizá los ojos de color turbio que la dotaban de un toque perverso, extravagante, o la boca excesiva de labios carnosos que no casaba en absoluto con una piel tan blanca—, pero compararlo con Harrison Ford no tenía sentido. Se hacía evidente que Leandro era más experto en pollas que en actores. De cualquier manera, Enrique había imaginado que una cara de preso en vacaciones sería más jubilosa que aquella que tenía delante.

De pronto, la misma voz decididamente masculina que había logrado llamar su atención en el teléfono, pronuncia un «Juan Antonio» rápido, seguido de un «para servirle» que suena fuera de lugar y un «espero no molestarlo» que, finalmente, saca a Enrique de sus cavilaciones, haciéndole notar que aún no ha hecho pasar al presidiario. Éste, apenas cruzado el umbral, da muestras de una cortesía inesperada, elogiando con pocas y precisas palabras la calidez del piso y el acierto con que han sido pintadas las paredes. Por venir de una persona que solamente ha visto en los últimos tiempos muros grisáceos y barrotes de hierro presumiblemente negros, Enrique se pregunta si el elogio no merece ser tenido en cuenta o, por lo contrario, es doblemente valioso. Sin preocuparse por continuar con el tema, el recién llegado pide permiso y se sirve un abundante whisky del cual bebe la mitad de un trago, ofreciendo el resto a su anfitrión. Como éste no acepta, el llamado Juan Antonio dice que es una pena, que se perderá sus secretos, añadiendo una sonrisa que, quizá por ser la primera, a Enrique le resulta especialmente seductora. Definitivamente arrepentido de su negativa anterior, coge el vaso en un gesto que pretende ser espontáneo y toma de un sorbo los tres dedos de bebida que quedaban, una cantidad suficiente para producir una ligera embriaguez en cualquier abstemio habitual como él. El visitante se sirve más whisky, mientras pregunta si el dueño de casa tiene compromisos para las horas siguientes, respondiendo a la rápida negativa de éste con una nueva sonrisa, más deslumbrante que la anterior. Sin cambiar de expresión, aclara que él también está absolutamente desocupado, y añade, con una sombra agazapada en la voz, que no tiene nadie que lo espere.

Enrique Izabi comienza a dudar entre la entrega irracional a sus impulsos o la huida inmediata, consciente de que, ya sea por efectos del alcohol o de una necesidad desesperada, observa sin reparos al presidiario, encantado por el color indescifrable de sus ojos, pero aún más por esa especial manera de mirar las cosas con la cabeza un poco echada hacia atrás, como tasándolas.

Tal vez molesto por el silencio que se había creado, Juan Antonio pregunta por el carácter de las cintas que hay encima del televisor. Efectivamente, son películas pornográficas y puede mirar la que le plazca. Con una nueva sonrisa y un gracias que por la suavidad parece desprenderse de ésta, el invitado pone en funcionamiento el aparato de vídeo, anunciando que además le gustaría estar más cómodo. Al oír que por supuesto puede hacerlo, que está en su casa, se quita al instante zapatos, calcetines, tejanos y camisa, quedándose con unos calzoncillos de finas rayas blancas sobre fondo turquesa. Es delgado y fibroso, de espaldas anchas y piernas fuertes de campesino. Si los tatuajes estuvieran sobre una piel más bronceada serían sofisticados; así, delatan demasiado su origen carcelario. Para estar a tono con el visitante, Vanessa Lynch comienza a desnudarse desde la pantalla del televisor. Su papel es el de una pobre india lloriqueante y asustada a la que sus raptores, cowboys de inconfundible aspecto latino, apuntan con unos hermosos miembros en estado de erección.

—Te juro, Roberto, yo estaba alucinado. Cuando los vaqueros de la película comenzaron a desnudarse, el Juan Antonio este me pregunta si yo pensaba que él podría representar alguno de esos personajes, si me parecía que tenía el físico adecuado. Riendo, le digo que lo único importante para ese tipo de actuaciones es el tamaño y la dureza de la polla. Me contesta con una tranquila seguridad que por eso no hay problema. Se había sentado en el sillón con las piernas estiradas sobre la alfombra y los brazos laxos a los costados del cuerpo. Como no sabía qué hacer ni qué decir; decido que lo mejor es ponerme cómodo yo también. Volví del dormitorio con mi short de tejano viejo, algo que funciona siempre como una declaración de guerra, y al entrar en el salón casi me desmayo: él se había quitado los calzoncillos y jugaba desaprensivamente con su aparato. Sin exageraciones: era más de lo que cualquiera podía esperar de la vida. Como si la situación fuera absolutamente normal, me dice que ha estado pensando que en vez de llevarse la cámara, yo podría hacerle las fotos en un rincón cualquiera de la casa, que, obviamente, tiene más posibilidades estéticas que la celda. Aún impactado por ese espléndido desnudo que ha tomado posesión de mi casa, le digo que sí, que lo que él mande, y cojo la máquina dispuesto a cumplir con sus deseos al instante. ¿Qué máquina? La fotográfica, hombre. No te rías de mí, sabes que en el fondo soy muy tímido. Aprendí de mi santa madre que para coger algo que no nos pertenece debemos pedir antes permiso. Bueno, vuelvo al gran relato. ¿Por dónde iba? Ah, sí, que yo estaba enfocándolo con la cámara. La cuestión es que su miembro ha ido adquiriendo paulatinamente una pesadez distinta y él una dulzura agresiva que, lejos de intimidarme, me fascina. En la televisión, los vaqueros ya están desnudos, aunque todavía no se han quitado las botas y uno lleva su pañuelo al cuello. La Vanessa se ha olvidado de los llantos y está feliz: han escondido en su trasero una verga descomunal e intenta que otra la penetre por delante. Mientras, para no sentirse desocupada, distrae su boca con la del vaquero más joven que si bien tiene un tamaño considerable, se niega a endurecerse del todo. Juan Antonio asegura muy seriamente que eso no le pasaría nunca: tiene un control absoluto sobre sus erecciones. Sonrío con incredulidad y lo veo cambiar de expresión. Cogiéndome del brazo con fuerza pero sin violencia, me dice que él no miente, no a mí, y que puede demostrármelo. Se pone sobre un sofá con la piernas abiertas y las manos en la cintura. No sé qué pretende, pero sólo la pose me parece más que suficiente: tengo el corazón acelerado y bajo el short mi sexo comienza a manifestarse pidiendo libertad. Sin dejar de mirarme a la cara, el joven modelo ha comenzado a izar el increíble mástil hasta lograr que el glande quede a pocos milímetros de su vientre. No vayas a pensar que esto es todo: mientras hace unos aparatosos movimientos circulares con esa perfecta escultura de carne que lleva como polla, me dice algo así como que yo había dudado de su infalibilidad y que ahora su picha me llamaba para que hiciera todas las comprobaciones necesarias. Me olvido en un segundo de mi educación esmerada, de todos los consejos familiares y hasta de los años de rígida disciplina religiosa, y ansioso por dejar de lado mi recién adquirida profesión de fotógrafo en aras de vaya a saber qué extraña ocupación como inspector de órganos viriles, no espero a que me repitan la invitación. Avanzo, con todos mis poros abiertos, a recibir ese regalo impresionante que amenaza con dejarme recuerdos imborrables. Nadie va a creerme, lo sé, pero te juro que suponía el sabor que realmente tiene. Tampoco me fueron extraños sus olores, ni la manera precisa de conducirme, ni la textura de su piel. Me arrastraron nuevamente a las calles de la adolescencia, a los zaguanes eróticos, a los rincones sexuales, y sobre todo al recuerdo palpable de mi primo, aquel que extrajo de mi cuerpo los primeros acordes de la sensualidad. (Arrodillado allí\ en esa incomodidad que no lamento, con él delante moviéndose a un ritmo de una lentitud desesperante, me esfuerzo en trabajarlo con sabiduría para que no pueda desprenderse fácilmente de mi recuerdo cuando todo este sofoco haya pasado. Es imposible tenerla entera dentro de la boca. Trato de remediarlo comiéndomela a trozos, sin darme respiro, reconociendo con mi lengua cada fragmento de su verga: la suavidad del glande, la accidentada geografía de venas musculadas, la rugosa y peluda piel que cubre los testículos cuando juego con ellos dentro de mi boca. Pide que me detenga; dice que si sigo se correrá allí dentro, me ahogará con su semen. Yo sigo adelante como si no lo oyera. Quiero conocerlo todo. Comienza a descargar sobre mi lengua mientras me coge de los hombros, equivocándose al pensar que, finalmente arrepentido, deseo escapar de su regalo. Mi mano derecha abarca apenas una parte de la circunferencia de su miembro. Me masturbo torpemente con la izquierda, hasta que él la detiene diciéndome que espere. Se agacha a besarme, y su falo maravilloso, aún erecto, recorre descuidadamente mis costillas, bordea el ombligo, se aprieta contra mi vientre. Acabo eyaculando yo también, mientras su lengua busca la mía sin ascos ni vergüenzas). ¿Te parece arriesgado, verdad Roberto? A mí también, pero no pude evitarlo. Creo que, además, esto es sólo el principio.

El calor ha secado los aljibes

y se mueren de sed todos los pájaros.

Una canción sin música se escucha

por las habitaciones del pecado.

Las sábanas se secan en silencio

para no molestar a los amantes

y en los huecos oscuros de la alcoba

comienzan los gemidos su descanso.

Hay una mano laxa que acaricia

el cuerpo que el amor ha desvariado.

Apenas un momento antes,

los goces unían sus llamadas.

Ahora el silencio se volvió susurro

construyendo nidos de placer sobre la cama.

Deja que vuelva a penetrar tu cuerpo.

No es el arma de acero, ni la vaina.

Será una guerra justa, te lo juro.

Tú ya has ganado la anterior batalla.

—Poetas… ¡Maricones!

La voz de Bigati resuena en la habitación. Mira a su alrededor como buscando al que ha emitido el comentario, y al no encontrarlo mueve la cabeza lentamente hacia derecha e izquierda, mientras dice:

—Entre los versos y las pollas se les reblandece el cerebro. No es de extrañar que los enganchen las psicólogas.

—¿Sabe una cosa, doctora Lalangue? Cuando vine la primera vez, me pareció un desafío que usted fuera mujer. Me dije que era la mejor manera de aventar viejos fantasmas. Hoy ya no estoy tan seguro. Si pudiera contarle todo lo que me ocurre cada día, con lujo de detalles, seguramente usted pensaría que miento y que lo hago para agredirla con palabras gruesas, con situaciones fuera de su dominio… No creo que en la universidad les hablen de ciertas cosas del mundo gay… Cómo nos relacionamos, cómo hacemos el amor… ciertos detalles que cobran para nosotros una especial importancia. Imagino que usted es una mujer de clase acomodada. Que fue una niña burguesa con la vida absolutamente resuelta por sus padres. No creo que haya conocido nunca a nadie como yo, a nadie de mi mundo. No la veo en bares de décima categoría, alternando con gente marginal… rara… especial… no sé, como quiera llamarla: expresidiarios, travestís, chulos de baja estofa… De casa al liceo y del liceo a casa, así me la imagino a usted. Buenas ropas, buenas notas, buenas compañías. Una buena niña en suma, amante de la ley y el orden. Cuando le conté a mis amigos que pensaba psicoanalizarme, fantaseamos con la posibilidad de que en la primera entrevista, al confesar mi condición de homosexual, el analista diría que él no atendía degenerados y me echaría de la consulta, gritándome cosas como: ¡fuera de aquí, maricón!, o ¡qué se ha creído usted, asqueroso! Con ellos nos reímos mucho, pero ya veo que a usted no le hace ninguna gracia… Me estoy yendo por las ramas… Ni siquiera sé de qué estaba hablando.

—Me «confesaba» su condición de homosexual…

—Es verdad. Y después de eso llenaba el silencio de palabras para no saber qué piensa del asunto… No sé cómo contarle todo lo que le cuento a mis amigos sin problema, es más, pavoneándome y con cierto orgullo… Verá, el otro día, cuando ya estaba al borde del abismo, me hicieron el amor de una manera especial devolviéndome a la vida. Ahora mismo, al decirle esto, no sé si usted se ruboriza o qué… A veces me siento como si estuviera hablándole a la Esfinge… esa asedada mariposa con garras de metal que en cualquier momento puede salir de su mutismo para destrozarme el corazón con un zarpazo… Pero eso sí, con absoluta discreción. ¿Verdad?

»Silencio… Dígame: ¿Qué se puede hacer para que usted reaccione?

—…

—No hay manera. Ahora me castigará con su mutismo, y yo hablaré y hablaré hasta que llegue el momento de marcharse… Seguramente para cubrir mi culpa con palabras… ¿Quiere que le cuente algo divertido? Últimamente estoy actuando como una mala pécora… tratando de no sentirme culpable mientras una voz interior, ¿la suya quizá?, bueno, una voz interior desconocida me decía que lo que estaba haciendo era digno de un tipejo de la peor calaña… Usarle el novio a un amigo que para colmo de males está preso. Una jugada muy a lo Jean Genet, ¿verdad? Hay que revestirla de cultura para que no sea tan despreciable… Y luego, en realidad, me sentí fantásticamente bien. Un triunfador absoluto. Consiguiendo lo que deseaba sin planteos rebuscados, con sólo estirar la mano. Mi único castigo fue ganar el paraíso terrenal… Pero yo no soy Adán, ¿verdad?… Ni Eva…

»Muchas veces me encuentro viviendo en el infierno, un infierno que no merezco de ninguna manera. ¿Con qué maldita justificación pueden pretender que me consuma allí sin remedio? Finalmente, después de tanto tiempo encontrando mis labios secos e inútiles, alguien me ha besado en la boca con pasión, haciéndome conocer su deseo con claridad, sin remilgos. Desde mi infancia, cuando mi primo me poseía por los rincones de la casa paterna enseñándome el lado doloroso del amor, no había logrado un encuentro tan total, tan conmovedor. Tierno y brutalmente violento a la vez. ¿Le dice eso algo?

»No hemos dejado un solo centímetro de nuestro cuerpo sin recorrer… Parece un bolero, ¿verdad? Es una manera “delicada” de decir que nos hemos lamido enteros, que hemos investigado hasta el último pliegue de nuestra piel, hasta el más insospechado de nuestros orificios. Era como si tratáramos de escondernos el uno en el otro… Saboreando los néctares fragantes del placer. ¿Se da cuenta? Sigo sin poder hablar sencillamente, sin metáforas. Si me atreviera a usar con usted las palabras y los gestos que usamos entre los amigos cada vez que contamos nuestras experiencias sexuales… Seguramente le diría que la tiene así de grande… que cuando se corre es un río de semen en el cual quisiera sumergirme… No hay manera, frente a usted, doctora, me pongo irremediablemente cursi.

»Lo que tengo claro es que hoy andaba por la casa como la Campanilla de Peter Pan. Hasta el trabajo me parecía un don divino. Me levanté cantando aquel viejo bolero de Elvira Ríos… Se lo cantaría, pero canto fatal. No tengo oído para la música. Y no es falsa modestia: desde pequeño me hicieron enfrentarme a esa carencia echándome de los coros de la escuela porque, según todos, desafinaba. Fue allí, supongo, donde comencé a preferir la palabra escrita. Yo, que en realidad soñaba con un escenario inmenso a mi servicio y un montón de luces persiguiendo mi cuerpo por la pasarela, tuve que conformarme con la humilde introspección de la literatura. Como diría Borges: “Es de noche. No hay otros. Con el verso debo labrar mi insípido universo”. Un destino forjado con la ayuda incomparable del profesor Serrano, un defensor acérrimo de la música culta frente a las hordas desmelenadas del pop. Me parece verlo. Era un cuarentón atildado con cara de ave de corral y una rigidez tan exagerada en el cuello que casi no le permitía mover la cabeza para hablarnos cuando nos tenía a su lado. Confesaba avergonzarse frente a los vecinos porque estaba obligado por su trabajo como “educador” (son sus palabras) a escuchar folklore. Nuestro odio hacia él era tan grande como su desprecio hacia nosotros. Solamente por vengarnos, nos ensuciábamos las manos con tiza para luego palmearle amistosamente la espalda, dejando sus impecables chaquetas oscuras, antiguas pero esmeradamente cuidadas, con las fantasmales huellas de nuestros dedos. Un día Saucedo, el más arriesgado de todos, logró dejar impresas sus manos a la altura del culo, sin que aparentemente el agarrotado profesor de música se percatara del roce… No sé por qué le cuento todo esto. Por qué me acuerdo ahora de Lucho… Era un guerrillero de las aulas, un guerrillero histriónico que imitaba a King Kong saltando de pupitre en pupitre. Él me hizo conocer los poemas ambiguos de Withman. Era el Canto a Mí Mismo en una traducción de León Felipe. Me acuerdo del libro: uno de bolsillo, barato. Tenía una gran hoja verde dibujada en la cubierta. También me hablaba de Lorca, de cómo lo habían fusilado a causa de sus inclinaciones políticas y de su más que presumible homosexualidad. Yo, que estaba perdidamente enamorado de mi compañero de curso, no supe ver en esas preferencias literarias una confesión velada, la definición apenas encubierta de su propia sexualidad. Al correr de los años volví a encontrarlo. Seguíamos siendo los mismos, compartiendo de manera más cercana un mundo del cual no hablábamos, convencidos quizá de que si lo hacíamos, algo se quebraría para siempre. Él había convertido su manera de vivir en una forma de supervivencia. Era actor desde su expulsión del liceo que compartíamos y había recorrido el mundo con un espectáculo de mimo que representaba donde se lo permitieran: plazas, colegios, calles… hasta que actuando en el metro de París sufrió un accidente que desencajó algo en su espalda, forzándolo al paro. Cuando nos despedimos nos seguíamos viendo como aquello que habíamos sido mucho tiempo atrás: dos adolescentes ilusionados con la vida, seguros de que el destino no podía depararles nada malo. Nos separamos con cariño, pero sin pretender algo más que esa media hora fuera de tiempo. Le pregunté qué había en su futuro. Me miró con sus ojos vegetales, y sin ninguna piedad para consigo mismo me dijo que no sabía vivir sin el teatro, que si no arreglaban pronto su espalda seguramente acabaría matándose. Me quedé viendo cómo se alejaba, tratando por vanidad u orgullo de disimular su cojera. Ni siquiera pude llegar a comprender mis sentimientos. ¿Quería hacer algo por retenerlo o prefería verlo desaparecer como al pasado? A partir de ese día no supe más de él… Sin embargo, conservo esperanzas de un encuentro futuro, un encuentro donde finalmente no sea necesario despedirse…

»No esperaba llorar frente a usted… No crea que me importa…

»Después de tanto tiempo de aridez, de sequía… Es que hay tantas personas queridas, tantas personas cercanas que se han marchado de mi vida… ¿Me puede decir qué hago con todo este dolor?

—Creo que hace lo que puede: trata de comprender, llora, se prepara para seguir viviendo. Despide lo que se va para dejar espacio a lo que está llegando.

—Es que no quiero más despedidas… Hay una implícita en cada encuentro.

—Enrique, es la hora. Tendremos que dejarlo hasta la próxima sesión.

—¡Mierda!

Bigati levanta un poco el culo de su asiento, dejando espacio suficiente para que escape un sonoro pedo. Tras echar la culpa de sus gases al queso francés y maldecir a los gabachos, ruega que nunca le suceda algo similar delante de su mujer: ella es particularmente delicada y se lo hace pagar con abstinencias. Vuelve a mirar dentro de la caja de latón, reconociendo el membrete del papel donde su patrón, Francisco Ferrer, alias Paco, propietario de la discoteca Ánfora, ha escrito, de puño y letra, varios mensajes dirigidos al dueño de casa. De alguna manera ha comenzado a divertirse con la lectura de esta absurda historieta por entregas.

Chaval:

Recibí las fotos. Disculpa que no te hiciera pasar aquel día, pero estábamos haciendo la caja. Desgraciadamente las cosas no andan bien para nadie y menos para los que tenemos negocios que dependen del turismo y con cantidad de empleados. Aunque las fotos son muy oscuras el chico parece guapísimo. ¡Vaya pollón que tiene! Si no estuviera casado te aseguro que me lo pensaría. Esto es broma. Soy un tío al que le gusta ayudar a la gente y que tú me caes de puta madre. Pásate por el local alguna noche a la hora de cierre y charlaremos. Supongo que es tu amigo. Cuídalo mucho. La gente del ambiente es muy mala y por un chico así serían capaces de sacarte los ojos. Cualquier noche de éstas pasaros por aquí, os invito a una copa. Soy una persona muy ocupada y viajo mucho, así que mejor no dejes pasar el tiempo. Las fotos se las enseñé a mi amigo el director de cine y dijo que quizá le podría hacer unas pruebas, pero que prefería que yo lo viera antes en vivo y en directo para dar mi parecer. Sabrás que en estos momentos la competencia es muy grande. Hasta él llegan todos los días cantidad de guapos que quieren hacer carrera artística. No sé si sabes que el Imanol hizo sus pinitos con nosotros y mira dónde ha llegado ahora. Si tú no pudieras venir me lo mandas a él, que yo lo trataré muy bien, no te preocupes. Siendo un chaval derecho y trabajador siempre se puede conseguir algo, aunque sea fuera del cine. Grandes condiciones no le faltan. (Es broma, no te ofendas).

Paco

Enriquín:

Te mando esta nota por medio del barman, el Tony, para comentarte algo del Harrison. Quedamos que en adelante se llamaría así porque parece que su madre le puso ese apodo y además es un nombre que suena bien artísticamente. Le falta refinarse un poco, pero tiene interés en que yo le dé algunos consejos y lo guíe artísticamente. Cursos de teatro y esas cosas, ya sabes. Lástima que según parece no puede venir nada más que algún fin de semana que otro porque la familia es muy rígida y la novia muy celosa. Yo creo que si quiere hacer carrera tiene que ir pensando en soltar amarras. Deberías aconsejarlo tú también. Yo no puedo perder tiempo y dinero con una persona que no está segura de lo que quiere. Un abrazo cariñoso de tu siempre amigo:

Paco

—¡El Tony! Un soplapollas de mucho cuidado. Si usara la lengua sólo para dar gusto a los demás…

Bigati sabe lo que dice. Ha llegado a conocer especialmente bien, y en todos sus aspectos, el húmedo órgano del barman. Por eso le asombra que su jefe, Paco Ferrer, un tipo que había demostrado poseer inteligencia suficiente como para forrarse con un puticlub de mala muerte, hubiera confiado en semejante maricón para despachar sus asuntos privados.

—¡El Tony, justamente el Tony! ¡No se habrá dado panzada con el asunto, el muy putazo!

—¡Vaya chaval que se consiguió el viejo! ¡Está como una moto! Y tiene un pollón que no se puede creer. El otro día, limpiando el escritorio, encontré unas fotos donde está totalmente en pelotas y casi me caigo de culo. Se entiende que la Paco esté colada y el Pedrito histérico. Desde que el Harrison entró en escena, la Paco lo tiene dejado de lado. Él se había pensado que lo tenía cogido de las pelotas, pero yo, que conozco el material desde hace años, sé que el Paco pierde la cabeza por un buen pedazo. Se hacía el macho con el Pedro porque no tenía nada mejor y le quedaba cómodo. Si últimamente hasta lo había puesto de portero… Como al Pedro también le conviene porque sisa en las entradas… El viejo es un águila, y cuando apareció el chiquito este vio carne fresca al alcance de la mano, ¡ja!, y del culo. Mientras la Pedrito se queda en la puerta, controlada por el Bigati y sin poder moverse, él se encierra en el despacho con el chico y se montan la fiesta. Me gustaría saber cuánto le cuesta. El Paco se anuncia como su representante artístico, ¿pero desde cuándo esa hortera representa algo? Y dice que el Harrison tiene un gran futuro en el mundo del cine… Porno será, digo yo, porque del otro… Ya me dirán qué pito toca el viejo en el otro cine, si creo que la última película que vio fue La túnica sagrada. Por lo pronto el chulito va lleno de oros: una cadena que parece de perro y un reloj que debe costar una fortuna. Sinceramente, ya me gustaría a mí poder pagármelo. La Jesusa, el del guardarropas, anda contando a medio mundo que una noche se lo encontró meando y se puso al lado, para verle el pedazo. Dice que cuando el Harrison se dio cuenta empezó a meneársela, y separándose del mingitorio se la ofreció como en bandeja, mientras le decía: «Si te gusta mucho te la presto para que me la mames. En serio, total no se me va a gastar». Yo creo que son invenciones del Jesús, sobre todo porque jura que salió corriendo, y dice que a él no le gusta meterse en líos con los ligues del patrón y que con la crisis es más fácil encontrar pijos que trabajo. Puede ser, pero si me pasa a mí, como que me llamo Tony que engrosó las listas del desempleo.

—¡Se aclaró el misterio! Si es que a veces parezco bruja. Le había comentado hace unos días a la Trini que me extrañaba la desaparición de aquel chico tan simpático, gay, que venía todos los días a comprar pan integral y de golpe se esfumó como si se lo hubiera tragado la tierra. Yo temía que se hubiera muerto de sida, que es una idea horrible, pero en estos tiempos que corren bien verdadera, porque mirá el camarero del Cumbiamba Dos y Rock Hudson y tanta gente sana y simpática a los que de golpe, ¡zácate!, se los lleva la parca. También es verdad que las motos matan más que el cáncer, como dijo un ministro de Educación por la tele el otro día… Ya me perdí. Es que soy una típica Piscis, demasiado soñadora, y me voy enseguida por las nubes. ¡Ah, sí!, el chico este, el desaparecido… No murió. Está vivito y coleando. Lo que pasa es que vino a vivir con él un pariente de Galicia, un primo creo, que es actor de fotonovelas o algo así y que se encarga de comprar el pan cada día, porque parece que el otro está sobrecargado de trabajo, traduciendo un libro. Éste a mí no me gusta demasiado. No está mal, pero tiene unos ojos rarísimos, como de asesino de película. Y es demasiado calladito. No, tímido no, porque cuando mira, mira. Yo creo que la flechó a la Merche desde el primer día. Ella se hace la disimulada, pero se pinta mucho más, y ahora nunca se va de la panadería a la hora del desayuno, como antes, que había que ir a buscarla, y la muy cabrona dice que es porque quiere adelgazar. Además, cuando él entra se pone nerviosísima y cada dos por tres se le caen los panes de la mano, que te digo: si la ve la catalana la mata, y se apura para atenderlo ella aunque no sea su turno. Yo a veces, para reírme nada más, hago el ademán de «¿Qué desea?», y la Merche me mira con cara de «si lo despachás vos te mato» y allá va ella, llena de sonrisas como la yioconda. Siempre le pregunta lo mismo: «¿Qué te pongo?». Si el panadero fuera él, seguro que la Merche no contestaba «una barra integral y dos panecillos de viena».

Bigati echa un poco hacia atrás la silla, como para contemplar con distancia el efecto que hacen sus ordenadas pilas de papeles. Bastante aburrido del silencio, decide leer en voz alta la carta que tiene en la mano, haciéndolo con el tono nasal y afeminado que supone propio del autor.

Enrique:

No entiendo lo que pasa. Ni tú, ni el Harry os habéis vuelto a comunicar conmigo. Cuando a él le dieron la libertad yo le presté el poco dinero que tenía en el banco porque me dijo que necesitaba hacerse unas fotos para el book. Juró que se lo devolvería a mi madre. Ella tampoco ha sabido nada más de él. Como no tenemos idea de dónde está parando, trató de comunicarse contigo, pero nadie contesta el teléfono. Quizás el chaval haya tenido algún problema momentáneo que le impidió cumplir con su promesa. Yo paso del dinero, tú lo sabes, pero aquí dentro todo es muy duro y uno se come demasiado el coco. Hay mucho tiempo para pensar y como no estamos en la Costa Brava, tirados en la arena con un cubata en la mano, se te ocurren cosas muy negras. Por favor, me gustaría recibir aunque sea una esquela tuya. Es sólo para tranquilizarme. No creo que pueda pasarles nada grave justamente a dos de las tres únicas personas en las que confío plenamente. Si fuera así, casi no valdría la pena seguir viviendo. Tu amigo,

Leandro

—Tira más una polla que una yunta de bueyes…

Bigati deja la carta de Leandro sobre la mesa y decide desentumecer sus piernas caminando un poco por el piso. Tiene la inquietante sensación de no estar solo y se descubre pensando que tal vez, como el cadáver es reciente, el espíritu aún no se haya desprendido del todo.

—No tontees, cabrón. Los hombres somos como las vacas o los gorriones: lo único que desprendemos después de la muerte es mal olor.

Repentinamente abatido, Bigati se deja caer en un sillón, sintiendo que sus muslos han ido a descansar sobre un objeto plano y duro: una carpeta de tapas negras y brillantes con varios escritos de Enrique Izabi, archivados sin demasiado rigor.

—Sé que nadie pedirá la opinión de una mesa auxiliar… Hasta en los locales de decoración más refinados se me conoce como «mueble accesorio», nombre a todas luces despectivo y que me engloba, para colmo, con un conjunto de artefactos ridículos. Soy, sin embargo, de una utilidad absoluta, al menos en esta casa. En mí se depositan todas las cosas de uso frecuente. Por mí pasan desde entradas de cine ya usadas hasta llaveros o pañuelos llenos de mocos. Comen sobre mí, se sientan sobre mí y, sobre todo en los últimos tiempos, hacen el amor sobre mí, sin preocuparse demasiado por los chorreones pegajosos que debo soportar. Desde la tarde aquella en que ese apuesto joven de los tatuajes vino a visitar a Enrique, todo en esta casa ha cambiado. Ya no se hacen aquellas largas veladas de conversación entre humos malolientes e inclusive muchos de sus habituales asistentes dejaron de verse por aquí. Mi superficie, por tanto, ha dejado de sufrir las agresiones que le infligían. Aquellos aros vergonzosos y algunas de las odiosas quemaduras que me afeaban desaparecieron, gracias a los oficios del encantador joven de los ojos grises que ha tenido a bien pulirme con mucha delicadeza. Luego de esas sesiones de embellecimiento he aparecido sosteniéndolo en varias fotografías de tipo artístico. Debo reconocer que son un poco fuertes y yo sólo cumplo un papel secundario. Él siempre está desnudo, y como ha sido tan bien dotado por Dios en lo que a aparato reproductor se refiere, los ojos tienden a irse hacia ese lugar específico, quedando la perfecta armonía de mis líneas en segundo plano. Las sesiones han sido interminables. Nada más comenzar, tanto el exuberante modelo como su apasionado fotógrafo entraban en calor y la cámara quedaba como yo, olvidada por cualquier lado, mientras ellos montaban un sonoro espectáculo erótico por distintos rincones del apartamento. Una madrugada recibimos la llamada de un vecino preocupado por los quejidos que no cesaban. Según dijo, le habían hecho temer que algún sádico asesino estuviera estrangulando lentamente a alguien de la casa. Tuvieron que convencerlo de que era una trasnochada sesión de aerobic, sin música y a efectos de superar el insomnio.

»Yo, sin embargo, estoy más contenta. Ahora Enrique se queda más tiempo en casa e inclusive ha retomado nuevamente la costumbre de escribir. Muchas mañanas se levanta cantando, y, aunque lo hace fatal, es algo que no sé por qué me produce muchísima alegría.

Martes 18, 11 horas. (¿Será esto un diario?)

Ayer vino a verme Roberto. Había telefoneado por la mañana para anunciarme de una manera formal que quería conversar conmigo por la tarde. Es un tipo muy de salón, ritualista y amanerado, sin embargo había algo en su voz que me hizo pensar que esta vez su preocupación era real. Yo quería quedarme todo el día en casa para ver si terminaba de traducir ese maldito artículo sobre las micosis de una buena vez. Juan Antonio andaba en sus asuntos «artísticos», lo que me aseguraba al menos algunas horas de trabajo riguroso y sin distracciones. Siempre está dispuesto, y tenerlo cerca sin hacer numeritos es casi imposible. Además de su olor y su presencia, cualquier alusión suya a una cama anterior basta para ponerme a mil. Es un genio para traerlas a colación cuando ve que su encanto personal no vence mis resistencias. Si usara tanta imaginación y potencia en cualquier otra cosa, digamos productiva, sería imparable. Se lo repito constantemente para ver si así le entra en la cabeza, donde más de una vez he pensado que sólo tiene un letrero rojo de neón, de encendido intermitente y con la palabra sexo en letra cursiva.

Desde que salió de la cárcel vive prácticamente en casa, con intervalos que corresponden, supongo, a las calenturas que se coge por ahí, amén de sus asuntitos más o menos turbios. Me ha prometido no robar más, y aunque me cuesta un esfuerzo enorme no dejarme atrapar por ideas negrísimas, trato de creerle. Sobre todo porque la promesa fue hecha en medio de un orgasmo, la culminación gloriosa de la única ceremonia que respeta. Se define a sí mismo como «un pan inacabable que no puede negarse a los hambrientos», frase que causó entre mis amiguetes habituales el mismo efecto que las bombas de napalm entre las gacelas. Lo suyo ni siquiera es pedantería, sólo una especial forma de misticismo que empiezo a entender ahora, cuando ya llevamos conviviendo, y condurmiendo, más de un mes. Lo que al principio fue una historia sexual más, se ha ido convirtiendo en esta extraña relación que nos une, casi parental, y que parece tener sumamente preocupados a mis amigos habituales. Todos piensan como Roberto. Finalmente, ayer se descolgó con un especial sermón de las buenas intenciones donde se hacía portavoz de los que me querían y estaban sensiblemente preocupados por mí. Parece olvidarse de la época en que tuve una vulgar hepatitis y todos mis sensibles amigos desaparecieron, supongo que por temor a que fuera el primer aviso de «la innombrable», seudónimo con el que algunos de ellos se obstinan en apodar al sida. No pueden esperar ningún cambio en mi actitud con Juan Antonio. Me divierto con él de una manera diferente, sin necesidad de ser brillante, mordaz o profundo. Desconoce casi todo, pero su curiosidad es más vital que sus carencias y, para colmo, cuando me toca, no necesito nada más sobre la tierra. La entrevista fue corta. Roberto se despidió de mí como si fuera un médico frente a un paciente terminal por el que nada puede hacer, ni siquiera confesarle la gravedad de su mal. Cuando me quedé solo, una sentimiento extraño de abandono impedía que me concentrara en el trabajo. Rogué que Juan Antonio volviera de la calle con ganas de alborotar el gallinero.

Jueves por la tarde

Pacheco se ha vuelto a mear sobre la cama. En el último tiempo se ha neurotizado. Es evidente que no soporta vivir en un piso, sin sus cabras y los matorrales donde correr a revolcarse. Creo que la presencia de Juan Antonio ha terminado de desequilibrarlo. Como a mí, que he comenzado a escribir nuevamente, quizá para escapar a la tentación de coger el teléfono o salir a la calle para contarle al primero que encuentre las cosas que me ocurren. Paso, como siempre, del ensimismamiento a la verborragia, y después de la visita de Roberto haciéndose portavoz de mis supuestos amigos, he decidido hacer una cura de silencio. Las opiniones ajenas sólo me producen más confusión, y no puedo dejar de ver en ellas la envidia, los celos o la pacata ramplonería de los que me sermonean. Hace unas semanas que tengo mi vida bajo la lupa, cuestionándolo todo y a todos. Si soy inexorable conmigo mismo, ¿cómo no serlo con los demás, habitualmente tan poco piadosos con el género humano? Volviendo a Pacheco, no sé qué haré con él. Lo quiero muchísimo y creo que es de una inteligencia superior, quizás el más astuto de los gatos que he tenido, pero últimamente agrega sus particulares angustias a mi desorden general. Se pasea por la casa aullando, no le apetece comer ninguna de las cosas que le compramos, deja sus laguitos de orina por todos los rincones y, lo que es mucho peor, también sobre las mesas y las camas. Juan Antonio repite que Pacheco controla y se las sabe todas, sin aclarar demasiado el significado de esas afirmaciones tan rotundas. Cuando digo que quiero tirarlo por la ventana, o que tengo planes concretos para dejarlo abandonado en el jardín del Mosén Verdaguer, mi expresidiario me mira con cara de víctima y pregunta si hablo de él o del gato. Por supuesto que cinco minutos más tarde estamos en la cama haciendo tonterías y Pacheco respira tranquilo, libre de amenazas.

Juan Antonio ha comenzado a interesarse por mis cosas. Me preguntó si podía recomendarle algún libro divertido y le di a elegir entre los pocos que tengo en castellano. Optó por uno de cuentos fantásticos: Remedio para melancólicos, quizá convencido de que se trataba de un libro de medicina alternativa. Veremos qué opina mi erotizada Elisa Doolittle del señor Ray Bradbury.

Miércoles 27 (?)

Tendré que ir a Madrid por unos días, lo que aumenta mi estado de inquietud. A ello atribuyo sueños tan raros como el de anoche, que supongo hará las delicias de la señora Lalangue. Me preocupa (sí, es mejor que lo reconozca) dejar a Juan Antonio solo en casa. También siento que es una necesaria prueba de confianza hacia él. Una confianza que en realidad no tengo, aunque por conseguirla luche cada día contra todas esas voces interiores que se empeñan en decirme que, más que la felicidad, estoy buscando mi ruina.

(A todo esto: ¿de quién o quiénes serán las voces que me hablan? A veces, hasta me parece reconocer alguna de ellas. También es posible que existan solamente en mi imaginación, que en definitiva, y como diría la Colores, yo haya caído en las afiladas garras de «Lalo Cura»).

Un sueño

Hay un tren en medio de la calle y la calle es la de mi casa paterna, la primera en que viví. Yo subo al tren que espera, consciente de que no tengo billete. Tampoco tengo zapatos y esto no me parece natural, me produce una gran inquietud, me hace sentir extraño, diferente a los demás. Todos los asientos están ocupados por gente que me mira fijamente, como si estuviera estudiándome. Trato de bajar, pero las puertas se han cerrado y el tren marcha a una velocidad extraordinaria. En algún momento debo de haber perdido el resto de la ropa porque de pronto me doy cuenta de que estoy totalmente desnudo. Trato de hacerme invisible: en este país no se puede andar así por la calle. Al menos nadie lo hace, y menos aún en un tren lleno de gente, sin billete y con un destino desconocido. Por suerte descubro en uno de los asientos a aquella mujer coja y extremadamente fea, que, por alguna razón que no recuerdo, era bastante amiga de mi madre. Se trataba de un espíritu sensible, con mucha habilidad para las manualidades aprendidas de las monjas en su infancia. La cuestión es que ahora estaba allí, llevando en su regazo un enorme plato decorado con flores de miga de pan coloreada. Me lo estaba ofreciendo con una sonrisa. Yo lo cogía sin dudar, usándolo para tapar pudorosamente mis genitales. En ese mismo instante su figura se desvanecía y nunca más volvía a verla. Algo similar a lo que había pasado en la vida real. Creo que el hermano de mi madre, único varón entre ocho mujeres, la había enamorado y estuvieron a punto de casarse. Él era un solterón de cuarenta años sin oficio conocido, burlón y violento, que buscaba una mujer que lo cuidara y, en lo posible, que también lo mantuviera. Mi madre, que quería quitárselo de encima, hizo lo imposible para que la unión se efectuara pero la coja no tenía ni un pelo de tonta y, luego de llenamos la casa de centros de mesa con rosas de pan, costureros de caracolas y paisajes pirograbados con casitas alpinas, acabó haciendo un delicado mutis. Pero ésa es otra historia y mejor vuelvo al sueño. La cuestión es que el plato también desaparece, pero al menos he logrado sentarme y cruzando las piernas puedo tapar mis vergüenzas. El finado Daniel, que está a mi lado, comienza a hablarme de una antigua película de Bergman, mientras yo no dejo de pensar que cuando suba el revisor y me vea desnudo y sin billete, seguramente llamará a la policía. Como si mis angustias no fueran suficientes, Daniel se ha vuelto transexual y está pintándose los labios con un rojo violentísimo que se llama «Sangre de Pirata», de Rygreen. Me impresiona ver que no sólo le han crecido las tetas sino también los tacones de los zapatos y para distraerme un poco comienzo a leer en voz alta un poema que escribí hace tiempo y que habla del amor comparándolo con un partido de tenis. La señora canosa suelta el caniche que llevaba en brazos y comienza a eructar con estrépito. El perrito se acerca y me doy cuenta que es la hijita de Brigitte Bardot que musita algo en francés. Me agacho para oírla mejor. Con una pronunciación impecable me dice: «Je suis la maîtresse de Madame La Marquise», y luego agrega, en un castellano también inobjetable: «Si quieres culearme tendrás que matarme». Frente a semejante provocación, mi entrepierna comienza a despertar y el aparato que crece es tan descomunal que golpea al ocupante del asiento delantero, un señor apuesto de mediana edad con gafas de montura dorada (¿William Hurt?), que gira la cabeza para besar el glande (que no ha dejado de desarrollarse y ahora tiene el tamaño de un casco de motorista) mientras susurra: «la locura es la madre de todos los vicios y sólo la virtud puede aplacarla». Todo el tren está pendiente del fenómeno que crece entre mis piernas. El señor de las gafas doradas invita a varias personas que nos rodean a lamerme la punta del pene. Todas aceptan complacidas. Daniel deja sus quehaceres anteriores y reprocha mi actitud. Tiene un bigote oscuro y espeso que no me permite saber si sus labios siguen pintados y, bajo los pantalones azules de su uniforme policial, algo se mueve. Monsieur Herrou —mi joven profesor de la Alianza Francesa— comienza a despojarse de todos los instrumentos de alpinista que cargaba sobre sus espaldas. Con una autoridad que nunca tuvo en clase, dirige el enculamiento de una pequeña mujer pálida con sombrero y guantes de ante marrón. No hay enanos de ningún tipo. Yo dejo que los demás se ocupen de mi descomunal aparato, abandonándolo sobre el asiento. Estoy muy interesado en los tres camareros clónicos que se han desnudado de cintura para abajo y bailan un pas de trois cogidos del brazo. Tienen puestas chaquetillas de color morado con bordados en oro y unos zapatos negros con hebillas también doradas, calzados sobre las medias de torero que cubren solamente sus pantorrillas, tan fuertes y cobrizas como los muslos. Sus vergas podrían sostener las velas más poderosas en los mares más huracanados y son inagotables surtidores del dulce esperma que golpea mi cara, el mismo que ha convertido el suelo en una pringosa pista de patinaje. Un espejo devuelve mi imagen: soy una maravillosa criatura de dieciséis años, de labios regordetes y cuerpo ambiguo, y una larga cola de fornidos señores cuarentones con bigote, aguarda para introducir sus miembros en el ojete de mi terso trasero. Muy sensatamente, el deportivo profesor de francés ha preferido dedicarse en exclusivo a la limpieza de los sonrosados labios de mi vulva, con su saliva y con su lengua. Ésta, no contenta con los juegos superficiales, insiste en conocer el interior de mi vagina, produciéndome un cosquilleo que me hace recular, movimiento que aprovechan los dotados señores de la fila de atrás para introducirla a seco, sin lubricante alguno. El tren se ha detenido en una estación moderna que recuerda el aeropuerto barcelonés de Bofill. Mientras Jorge y Daniel (supongo que son ellos aunque no pueda asegurarlo) discuten sobre la validez de sus pasaportes, la pequeña hija de Brigitte Bardot se ha convertido en un perro pastor alemán de gran tamaño y ladra histéricamente al revisor que agujerea mis billetes. Ahora visto un elegante temo de franela gris, pero he vuelto a perder mis zapatos, por lo que decido no tomar el avión que me aguardaba. Una monja vasca ha abierto una canasta de mimbre y me ofrece un gran trozo de tortilla de judías tiernas. Me excuso diciéndole que no soy antisemita y ella me deja ver su pelvis: un monte de espesuras capilares color azabache donde el brillo del sudor parece iluminar el camino de la dicha. Me zambullo de cabeza en aquel desconocido paisaje mientras un órgano celestial desgrana aburridas fugas de Bach. Entre estertores de placer, devoro los aguacates que me ofrece uno de los camareros clónicos. Los ha deshuesado él mismo, cubriéndolos con esperma y gambas. Súbitamente, un grito de horror ahoga todos los otros sonidos del vagón: hemos pasado sobre las piernas de una mujer muy suave que ahora yace al lado de las vías. Dos vacías, desinfladas y sanguinolentas medias de látex, ocupan el lugar de sus extremidades inferiores. En medio del campo, de un suave amarillo luminoso que contrasta con el cielo gris, acerado y opaco, un bronceado Felipe me saluda con el torso al aire y la misma sonrisa que tenía bajo las buganvillas.

—¿Sabe una cosa, doctora? La semana anterior, al salir de aquí, anoté todo lo que me había quedado sin decir… Aquí está. Sí, toda la historia con Juan Antonio, el compañero de celda de Leandro. ¿Se acuerda? Le conté que había venido a mi casa el amante de un amigo y yo me había acostado con él y que después me sentía culpable porque había actuado como… como un desesperado. Como si este… como si Juan Antonio fuera indispensable para mí y yo no pudiera prescindir de él… Que cuando podía echarme un polvo con un tío… yo que voy de legal por la vida, y que, bueno, que suelo ser muy crítico con ciertas actitudes de los demás, finalmente acabo siendo igual que ellos: no tengo escrúpulos cuando me caliento con alguien. ¡Esto es una mierda! He vuelto al confesonario, ¿verdad?: «Por favor; señor cura, perdóneme porque he pecado tocándome donde no debía, teniendo pensamientos sucios durante la misa y haciendo juegos de manos con mis compañeros en el recreo». ¡La redención de los pecados! ¡Vaya mierda! Y luego, de acuerdo a la información que tú le dabas, te invitaban a la cabina de proyecciones para sobarte el culo o las pelotas… Distraídamente, por supuesto; como quien no quiere la cosa. Debo reconocer que algunos no estaban del todo mal, aunque siempre olían a cirio, a incienso, a objetos de sacristía… como húmedos, como mohosos, no sé si me explico bien. Para mí los olores tienen una importancia fundamental en el sexo. Más de una vez he llegado hasta la cama con alguien y finalmente no ha pasado nada. Por un olor, o por un perfume que no me gustaban. Con Juan Antonio, por ejemplo…

—El compañero de su amigo preso…

—Sí, él. También estaba preso, en régimen abierto o algo así. No vaya a creer que es un asesino… Usted pensará que yo me junto únicamente con delincuentes. Sólo fueron robos menores y mucha mala suerte… Mucha mala leche además. Como él va de libre por la vida, demasiada gente queda resentida, herida. Y él no es un santo, además. Siempre se lleva recuerdos caros de sus amantes ricos. No sé por dónde iba… Sabe, he descubierto que las anotaciones son muy útiles para el psicoanálisis. Aunque quizás el método no sea muy ortodoxo, ¿verdad?

»Dígame, ¿por qué se niega a dialogar conmigo? Todo sería más fácil si usted cada tanto me dijera algo… cualquier cosa, aunque sea un comentario sobre el tiempo… No una frase escueta dicha al pasar, sino algo que permita un diálogo. No, ya sé que no dirá nada porque el encuadre no se lo permite… Creo que no aguanto esta terapia tan unipersonal… ¡y tan cara! Me he vuelto a perder… ¡Ah, sí! Hablábamos de los otros ladrones: de Juan Antonio, de Leandro. Delincuentes en el amplio sentido de la palabra, porque también infringen leyes morales. Encerrando juntos a personajes como ellos “la buena gente” mata dos pájaros de un tiro. Con suerte y una pequeña ayuda del sida, pueden encubrir la pena de muerte, limpiar el mundo de pervertidos, dar un paso más hacia un mundo aséptico, desértico; un mundo de gente productiva donde no haya lugar para nada salvaje, ni siquiera árboles o ardillas. Pena de muerte para las diferencias. No me diga que de no ser real, no es al menos una paranoia coherente. Hablando de paranoias: no sé si Juan Antonio es seropositivo. Yo no lo soy… bueno, al menos no lo era. Muchas veces pienso que es un auténtico milagro, que soy un tipo con suerte, aunque, posiblemente, también me hayan salvado los prejuicios… Soy un maricón de esos a los que podría tildarse de machista… Nunca me acuesto con gente de ambiente, con gays definidos, de esos de barra de bar o discoteca. En un momento se dijo que eran los más “peligrosos”. Un grupo de riesgo dentro de otro grupo de riesgo. Y eran los auténticos “gays”, los más alegres, los divertidos, los que sacaron la homosexualidad a la calle. ¡Qué putada, verdad! Como si no fuera posible ser maricón sin encubrimientos ni tristeza.

—Si usted no se acuesta con gays, ¿con quién se acuesta?

—Pretendo acostarme con otros hombres… Quizá con hombres tristes, hombres que todavía no saben lo que son. A veces, cuando la cosa se ponía demasiado dura, iba a los parques… Esa alusión a la dureza: parece que estuviera hablando de mi sexo… Sí, ya sé que no es gracioso, sólo que cuando se habla de la muerte necesito escaparme, bromear un poco.

—Ahora ya no hablaba de la muerte, hablaba de su sexo…

—Sí, es verdad, supongo que debo haberme equivocado. Como le decía: siempre que iba a los parques fantaseaba con encontrar algún desprevenido, un chico paseando al perro, un turista despistado… pero generalmente me topaba con algún amiguete y terminábamos cotilleando, riéndonos de los demás, de las situaciones que se daban. ¿Sabía que los homosexuales usamos los parques para ligar? Es la llamada de la selva… Perdón, hoy no paro de decir bobadas… Volviendo al asunto de los ligues. No sólo lo hacemos en los parques: también en los aseos públicos. Una manera muy práctica de ir derecho al grano. Se muestra lo que uno tiene, y si al otro le interesa la mercadería, se cierra el trato al instante. Con Juan Antonio en casa, hasta el cuarto de baño se ha convertido en un lugar pecaminoso. Hacer el amor con el sonido de la ducha lo pone a mil… dice que le recuerda a su pueblo natal, en Galicia. Quiere que vayamos juntos, presentarme a su abuela. Pobrecito, no tiene otra familia… Aunque es más de lo que tengo yo, que no tengo a nadie. Bueno, tengo un gato… y ahora también a Juan Antonio. Una especie de hijo incestuoso… Baila desnudo el Bolero de Ravel, pero solamente cuando estoy triste, para hacerme reír. No es malo divertirse un poco. Digo, de una manera vulgar… Supongo que usted se divertirá con todas las tonterías que decimos los pacientes.

—Hablaba de un hijo incestuoso.

—¿Un hijo incestuoso? Ah, sí, tonterías que inventamos a veces… juegos… Juan Antonio detesta que yo haga hincapié en la diferencia de edades. Como él es mucho más joven, alguna vez le dije que me respetara, que podía ser su padre… una ridiculez de un momento. No lo olvidó, nunca olvida nada, y un buen día, en medio de una cama, en un momento digamos… culminante, me lanzó lo del incesto… Para provocarme. En realidad la palabra incesto la pongo yo. No creo que Juan Antonio la conozca siquiera. Es hijo de madre soltera, bastante pobre… No tiene ninguna cultura, casi no ha ido a la escuela. Sin embargo, tiene un nivel de inteligencia alto, una sensibilidad, una captación de las cosas… Usted va a pensar que estoy enamorándome de él y no es así. Hago un análisis objetivo basándome en lo que dice, en los progresos diarios, en su acumulación constante de información de todo tipo… Es increíble cómo asimila todo. En poco tiempo se aprendió casi de memoria los títulos de mi discoteca. Ahora está haciendo un nuevo orden basado en sus preferencias. Tiene a la Callas y a Regine Crespin junto a Miles Davis, Sade, The Cure… apartado «momentos especiales». En «mañaneros» ha puesto algunas sonatas de Chopin, la Sinéad O’Connor, la Fitzgerald cantando Cole Porter, toda la música New Age, las bandas sonoras de algunas películas… Usa Carmina Burana para hacer gimnasia y a Willy Deville, los Talking Heads o Ray Orbison cuando se está duchando para salir. Nunca escucha música popular española porque le trae recuerdos de la cárcel… También me hace el amor al ritmo de unos tambores africanos… un disco de música guineana que compré en París hace mil años…

—Enrique, por hoy hemos agotado nuestro tiempo.

—Desgraciadamente, mi dinero también se está agotando… ¿Puedo darle un talón?

—Preferiría que me pague en metal…

—¿En metal? Querrá decir en «vil metal», ¿verdad?

Sábado por la mañana

Todo en él es excesivo: tras haber convertido el libro de Bradbury en una prolongación de sus manos y andar por la casa sin despegar los ojos de sus páginas durante dos días, volvió a dejarlo en un estante sin decir palabra. Cuando le pregunté qué le había parecido me contestó con un lacónico «de puta madre» y se tiró sobre el sofá boca arriba, con cara de presidiario.

«¿Te vas hoy?». De pronto, y como quien no quiere la cosa, comenzó a interrogarme sobre el viaje a Madrid. Había algo en el tono de su voz que me intranquilizaba lo suficiente como para que, en otro momento y con menos prisas, le hubiera prestado más atención. Insistió: «No entiendo qué necesidad tienes de hacer este viaje». «Una necesidad económica», dije, y seguí con mi traducción, suponiendo que la cosa no quedaría allí. Poco después, corroborando mis temores, me convertía en involuntario espectador de un espectáculo exhibicionista que pretendía sacarme de mi trabajo. «Se puede saber qué haces», le pregunté. «Meneármela», me contestó sin inmutarse.

—¿No podrías hacerlo en otro lado?

—Me gusta hacerlo aquí.

—Por favor, Juan Antonio, me distraes.

—Por favor, Enrique, házmela tú. Mira cómo la tengo…

—Siempre la tienes igual.

—Ven, sé buenito. Tengo que enseñarte algunas cosas…

—Te pido por favor que me dejes trabajar. Tendría que haber entregado esta traducción hace dos días. Si pierdo el trabajo nos moriremos de hambre.

—¡Venga ya!… Comienzan los reproches.

—No fue un reproche, yo…

Su jugada era evidente. No podía soportar que por primera vez yo me negara a secundarlo en sus jueguecitos. Para seguir con los estrenos, tuvimos nuestra primera discusión, especialmente dura y desagradable.

Y allí se fue, miembro en mano, a masturbarse en el cuarto, frente al espejo y con la luz encendida, de forma que Enrique no pudiera perderse el espectáculo. Éste, decidido a no dejarse llevar por los caprichos del otro y menos aún por su propia calentura, se levantó para cerrar la puerta. Juan Antonio malentendió el movimiento: al ver que se acercaba, le sonrió por el espejo y, distraído, comenzó a bajarse los tejanos, dejando al descubierto sus firmes y contraídos muslos. Cuando al volverse, ya despojado de los pantalones, comprendió que estaba solo en la habitación cerrada, se dejó caer sobre la cama y volvió a rodear su rígido pene con la mano derecha, mientras la izquierda buscaba la bolsa de sus huevos y los acariciaba con tierna dedicación. El antebrazo vigoroso del tatuaje inglés subía y bajaba sin descanso en un ritmo agitado, logrando que el cuerpo desnudo se retorciera sobre la cama con la cara contraída por el dolor más que por el placer. Un momento después el glande había adquirido un morado color frutal que Juan Antonio parecía querer diluir a salivazos. Arqueándose, escupía sobre el pene enrojecido, y era tal el tamaño del miembro que casi rozaba sus labios. La mano, que antes se había entretenido con los magníficos cojones, trepaba ahora hasta su pecho y le acariciaba las tetillas, pareciendo poner en funcionamiento un oculto mecanismo de sonidos opacos, exclamaciones y jadeos. Toda la habitación se había impregnado de un olor entre animal y vegetal, absolutamente indescifrable, sensualmente provocador. Hubo un instante de quietud donde el silencio retomó de pronto, sorprendiendo al muchacho que, con las piernas abiertas y estiradas, cogía con ambas manos la verga en su apogeo, como queriendo tocar el techo con el glande que comenzaba en ese instante a descargar su jugo. Era espeso y blanquecino, y su cantidad tan importante, que amenazaba con inundar el cuarto. Terminada su ceremonia particular, el oficiante cogió la camisa que había dejado caer sobre la alfombra y se limpió con ella. Tenía los ojos lacrimosos y enrojecidos. Se pasó las manos por la cabeza alisándose el cabello y buscó en un cajón algo que ponerse, optando por una camiseta negra de amplitud exagerada. Volvió a mirarse al espejo, se calzó apresuradamente los pantalones y los zapatos y, sin detenerse demasiado en el arreglo, salió del cuarto cerrando la puerta con un golpe seco. Segundos después otro sonido similar, casi un eco del anterior, anunció su abandono de la casa.

Lamento que esto haya sucedido justamente hoy. Dentro de unas horas vendrá a buscarme Roberto. Se ha ofrecido para llevarme al Prat, con una gentileza que, sospecho, pretende borrar de mi memoria su paternalista actuación del otro día.

El edificio de la calle Madrazo, donde vive Roberto, es una sólida y armoniosa construcción de principios de siglo. Suelos de madera en todas las habitaciones y techos altos, para que los caireles de las barrocas lámparas de cristal no rocen siquiera las majestuosas cabezas de los moradores de la casa, ni, por supuesto, las no menos imponentes de sus invitados. Todo hace pensar que los cocktails, los saraos y los ágapes se suceden sin descanso y que son muchas las noches de fiesta que han visto estos muros de suaves colores pastel. Sin embargo, Juan Antonio será recibido privadamente, en una pequeña salita alfombrada y de paredes oscuras, tres de ellas con estanterías abarrotadas de objetos y libros. La cuarta, prácticamente cubierta de grabados antiguos representando pájaros y flores de color intenso y dibujo preciosista, permite sin embargo que se apoye en ella un suntuoso sofá de tres cuerpos, tapizado en ante negro. A su lado, la mesa Messidor sostiene una lámpara halógena de aluminio, una considerable cantidad de lujosos libros de arte y varios objetos de cristal opaco que cumplen funciones de cenicero. Sobre el conciso escritorio metálico, reciente premio de diseño industrial, se acumulan también libros y papeles, más otra cantidad notable de recipientes de cristal opaco que cumplen también funciones de cenicero. Dos pequeñas butacas signée Stark de un indescifrable color que podría ubicarse sin problema dentro de la gama de los grises pero también en la de los marrones, completan el mobiliario de la pequeña biblioteca personal del arquitecto y diseñador Roberto F. A. Z., inundada por una suave melodía de Fauré que parece brotar de las paredes. Roberto, vestido por Toni Miró, luce pantalón pinzado de lana fría en color azul medido, camisa de seda salvaje al tono y un foulard de Hermès (obsequio de los promotores de su última conferencia en la ciudad luz) puesto al descuido, pero perfectamente conjuntado con las prendas del diseñador catalán. Calza zapatos hechos a medida por un artesano de Amsterdam, su ciudad predilecta, mientras, de pie en medio de la habitación, esconde entre sus manos un vaso de whisky, el más caro del mercado. Al entrar Juan Antonio, pulsa un timbre que hay junto a la puerta y, aun antes de saludarlo, le pregunta qué quiere beber. El joven decide imitar al dueño de casa, sin saber exactamente qué encontrará en su copa. Frente a la amable aunque distante invitación para tomar asiento, Juan Antonio se dispone a hacerlo en una de las butacas, pero Roberto insiste en que estará mejor y más relajado en el sofá. En el mismo instante entra una sirvienta casi octogenaria, arrastrando una mesa rodante cargada de botellas, vasos y cubos de hielo. Mientras el anfitrión sirve la copa ofrecida, pregunta a qué se debe la sorpresiva, aunque anunciada, presencia del visitante, a lo que éste responde que a nada en particular, salvo a la imperiosa necesidad de estar acompañado, ya que tuvo una discusión muy desagradable con Enrique y se siente deprimido. «El whisky te animará», dice el dueño de casa volviendo a llenar los vasos que ambos, distraídamente, han vaciado, mientras su mirada recorre el cuerpo del visitante, que se ha girado para observar con más comodidad los grabados que cuelgan de la pared y aparentemente no se entera de la inspección a la que, a su vez, está siendo sometido. Después de haber decidido que un tucán —sin duda alguna la más impactante de todas las láminas inglesas enmarcadas— sea el pájaro que lo acompañe en su soñado retiro junto al mar, Juan Antonio obedece la sugerencia de relajarse, ocupando para ello dos terceras partes del sofá. Al sentarse Roberto a su lado, sus piernas se tocan, sin que aparentemente ninguno de los dos se muestre molesto.

—Art erotique japonais.

El joven gallego lee, con perfecta pronunciación española, los caracteres negros de un grueso tomo encuadernado en rojo que corona la montaña de libros a su derecha, sobre la pequeña mesa de estilo francés. Atento a sus movimientos, el anfitrión lo invita a hojearlo, aclarando que no hay nada que pueda superar la delicada sensualidad de aquellas estampas orientales. A medida que pasa las páginas, el interés del muchacho va en aumento. Vuelve atrás, se detiene en los detalles, hace girar el libro en sus manos; todo con una absoluta y respetuosa seriedad. El prestigioso arquitecto que lo ha recibido en su casa, instándolo a beber, a relajarse y finalmente a hojear el grueso volumen, se interesa también por las imágenes y, terminado el whisky, decide dejar el vaso sobre la mesa, para lo cual pasa el brazo por detrás del atento mirón y, ya puestos, lo deja descansar sobre sus hombros. El visitante, inmerso en las detalladas posturas japonesas, en los ricos kimonos recamados, en los abultados labios que reciben descansadamente las gordas y cabezonas vergas, se muestra indiferente a la mano creadora del arquitecto que comienza a recorrer suavemente su espalda. La otra mano, que sin protagonismo alguno descansaba laxamente a un costado de su conocido dueño, comienza a despertar, seguramente conmovida por la actividad de la gemela simétrica, dirigiéndose resueltamente a la bragueta del visitante, que no ha mostrado signos notables de evolución hasta el momento. Bajar la cremallera y desprender el botón superior de un tejano son tareas que requieren extremada prudencia y fino tacto, dos rasgos distintivos de Roberto F. A. Z., diseñador de reconocido prestigio y sabias manos, quien, cambiando el sofá por la moqueta y el culo por las rodillas, se instala entre las piernas de la entretenida visita sin soltar en ningún momento el pequeño tirador que pende del cierre metálico de la bragueta. Como todo trabajo bien hecho tiene su justa recompensa: ¡aquí está el pajarito!, muerto pero evidente, mostrando un tamaño que anticipa los futuros hartazgos y colma la boca de Roberto, que, aún sin parecer hambriento, lo deglute. Sin prestar atención a aquello que pasa entre sus piernas, Juan Antonio sigue enfrascado en el estudio minucioso de las escenas orientales. Una mujer de sonrisa enigmática, puesta en cuclillas, es atravesada desde abajo por un miembro del tamaño de un brazo, mientras un segundo japonés tan bien armado como el anterior, enfila hacia el agujero del culo, dispuesto a no dejar afuera ni un milímetro de su contundente aparato. Mientras tanto, otro miembro, similar en proporciones al de la imagen, pero de carne y músculo, ha llegado, no sin esfuerzo, hasta lo más profundo de la garganta del arquitecto, quien, con los pendejos del invitado cosquilleándole la nariz, intenta saborear todo el conjunto, introduciendo en la boca ya colmada los dos huevos con su estuche. Absorto en la contemplación del trío de rasgados ojos y más que perversas costumbres, el expresidiario, tan sensible siempre a los placeres de la carne, parece no darse cuenta de su orgasmo, que ha hecho corcovear a Roberto, atragantándolo. Como si nada hubiera pasado, Roberto Ferrán Aguirre Zapiola descarga el contenido de su boca en el pañuelo de cuello, usando una de las puntas para limpiarse los labios. Tras esto, y con un gesto de descuidada elegancia, pone el pañuelo francés convertido en costosa servilleta en un cajón del escritorio premiado. En ese momento y de espaldas al visitante, le pregunta a éste si ha pensado seriamente en la conveniencia de no seguir viviendo con Enrique, persona de humor demasiado variable y carácter extremadamente difícil. Por toda respuesta, Juan Antonio Campos le dice: «Jamás viviré contigo», luego de lo cual abandona la habitación con el grueso tomo de arte erótico japonés bajo el brazo.

Sábado, 22 h

Ha regresado antes de lo previsto. Inmerso en mi trabajo, no lo supe hasta que un grueso mamotreto de tapas rojas cubrió el original de la traducción que estaba sobre mi mesa. Bastante emocionado por lo que supuse era una manera encantadora de pedir disculpas, pero temiendo a la vez quedar como un tonto, le pregunté qué significaba aquello. Su respuesta no fue muy simpática. Desde el cuarto de baño donde se había encerrado y con una voz áspera de tono poco amistoso, me contestó que lo observara detenidamente, imagen por imagen, quizás así aprendería algo sobre sexo. Frente a un berrinche tan infantil sólo podía quedarme callado y hacer lo que mi curiosidad y él me pedían. Art erotique japonais. Un leit motiv de Roberto, un clásico que acostumbraba sacar a relucir cada vez que la sexualidad se convertía en tema de conversación y decidía eludir las anécdotas personales. Pasados unos minutos en los que el único sonido fue el de la ducha, un chistido hizo que me girara. Juan Antonio había preparado una aparición espectacular: recién bañado, con el cabello húmedo peinado hacia atrás, absolutamente desnudo, las piernas abiertas, los brazos cruzados sobre el pecho, la polla erguida y ¡los ojos pintados!, imitando sin demasiada habilidad los rasgados párpados de los orientales. Tendría que haberme reído. Ahora me arrepiento de mi dureza, de haber optado por una discutible responsabilidad frente a la diversión que él me ofrecía. Repetí que mi único deseo era trabajar en paz y que ya estaba bien de payasadas. Frases hechas, sin ningún sentido. Usaba desgraciados tópicos familiares para no dejarme llevar por las emociones que su imagen me había producido. Volvió a encerrarse, esta vez en el dormitorio. Minutos después y por segunda vez en el mismo día, salió de la casa sin despedirse. Muchas veces me pregunto si no sería preferible que desapareciera para siempre. Siempre me responde una angustiante y dolorosa sensación de ahogo.

Bigati se despereza. De buenas ganas se daría una ducha, pero lo asaltan las imágenes de un tipo delgado vestido de mujer con un cuchillo ensangrentado en la mano, de un cuerpo caído con los ojos fijos en la muerte, de un estrecho cuarto de baño con brillante alicatado blanco.

—¡Vaya estupidez! Ésas son cosas de película…

Pero, pese a su exclamación tranquilizadora, decide olvidarse del baño y seguir leyendo las notas íntimas del archivador de Enrique Izabi, por lo menos hasta que se le ocurra qué hacer con el cadáver desvelado que espera bajo la cama.

¡Otra sorpresa! Acaba de telefonear Roberto: algo que comió le ha sentado fatal y no podrá llevarme al aeropuerto. Esperaba que volviera Juan Antonio para despedirme, pero ahora, si no salgo corriendo, perderé el avión. Creo que nada en el mundo me haría más feliz.

Acaba de llamar una tal Mercedes Arenque (?) preguntando por Juan Antonio. No quiero imaginarme el mal olor que tendrá la pobrecita con semejante apellido.

—Patricia, tengo que contarte algo sobre lo que me gustaría mucho que me aconsejaras. Es que estoy muy confusa, y cuando trato de aclararme me confundo todavía más. Siempre he creído que se puede pensar con dos órganos bien distintos: la cabeza o el corazón. En este caso no sé cuál me conviene usar, aunque a veces, te juro, parece que mis pensamientos surgieran de un tercero que tenía dormido. Ayer salí con Juan Antonio. Me había invitado el día anterior, cuando vino a por el pan. ¿Recuerdas que te dije que salía a comprar unos Tampax? No era verdad. Había quedado en encontrarlo en el barecito del chaflán para tomar un café, porque él quería decirme algo importante y en la panadería no podía. Fui temblando. Un poco porque no me gusta andar con mentiras, y menos contigo, que eres mi única amiga, pero también porque él me intimida… No sé si ésa es la palabra… Cuando lo vi la primera vez supe inmediatamente que me gustaba, y ahora cuando me habla y lo miro, no sé, me siento insegura, fea… sin saber qué decir o diciendo tonterías. ¡Si hasta se me caen los panes de la mano! Creo que es el hombre de mi vida… No te rías, podrá parecer idiota, pero es así. ¿Qué me dijo en el bar? En realidad poca cosa: que yo le interesaba, que él no era como su primo, una persona culta y de muchas palabras, que más que nada a él le interesaba la acción y que por lo tanto quería llevarme al cine esa noche. Yo podía elegir la película, aunque él prefería que fuera una de Harrison Ford que daban en el Coliseo. Quedamos a las nueve en el bar del Vip’s. Te prometo que estuve a punto de no ir, de tan nerviosa como estaba. Todo el día pensando que era una broma. Que llegaría allí y no estaría, o estaría con amigos y se burlarían de mí Nunca me había pasado antes. No es que tenga mucha experiencia, pero alguna sí que tengo. Tampoco me considero un monstruo, más bien una chica normalilla con momentos resultones… Tú ya me conoces y sabes lo que pienso de mí, te lo he dicho más de una vez. En síntesis, que llegué diez minutos más tarde, de puro nerviosa, y allí estaba él en una mesa, recibiéndome con una gran sonrisa. Ni siquiera me preguntó por qué me había retrasado. Yo igual le pedí disculpas y le dije que había tenido un problema con el ascensor. Segunda mentira. Ahora me doy cuenta: me estoy convirtiendo en una mentirosa. Nunca más me creerás nada de lo que te cuente, pero te juro que todo esto es la más absoluta verdad. Sí, no te pongas nerviosa, ya sigo. Allí mismo, en medio de la gente, empezó a apretarme una pierna entre las suyas. Al principio creí que había sido involuntario y corrí mi silla hacia atrás, entonces me cogió las manos por encima de la mesa y mirándome fijamente con esos ojos tan bonitos que tiene, me preguntó si me daba asco que él me tocara. El corazón se me salía del pecho, pero preferí contestarle usando la cabeza. Le dije que no, que en absoluto, que seguramente había sido sólo un acto reflejo. Me pareció una contestación elegante. Creo que a él también, porque se quedó un rato callado, observándome. De pronto miró el reloj de oro que llevaba en la muñeca y dijo que si no nos dábamos prisa veríamos la película empezada, lo que sería una pena, porque se trataba de un filme de suspense, en el cual, con toda seguridad, los primeros minutos eran fundamentales. Fue un alivio porque yo estaba a punto de desmayarme. Me llevó de la mano hasta el cine, prácticamente corriendo. Apenas nos sentamos empezó la película. Él pasó un brazo por detrás de mi asiento y, acercándose, me dijo al oído que me tranquilizara. ¡Te imaginarás lo nerviosa que me puse! La cosa quedó igual hasta la escena de amor, que es bastante fuerte. Hasta ese momento los dos estábamos como al principio: él con su brazo rozando mis hombros, yo tensa y con las dos mónitas recatadamente puestas sobre la falda. De pronto, y sin mediar palabra, me coge la mano más cercana a él, la izquierda, y la lleva hacia su entrepierna… Mira, Patricia, si prefieres que no siga me lo dices… No, de verdad, que lo que viene es muy fuerte, y yo, si te lo cuento, sólo te lo puedo contar de una manera: a lo bestia… Júrame que si te molesta me lo dirás… Es que tengo miedo de que pienses que soy una guarro… nunca antes hablé contigo de estas cosas y… ¡Bueno, mujer, no me grites, que más histérica estoy yo! Ya ni sé por dónde iba… Ah sí, que me llevó la mano a su entrepierna. Bueno, mientras lo hacía, me susurró al oído: «mira, yo también tengo actos reflejos». No podrás creerlo: lo que tenía era todo el paquete afuera, y allí, en medio de la sala. Saqué la mano, impresionada como si me hubiera encontrado con algún bicho raro, mientras le preguntaba con un hilo de voz apenas audible si estaba loco. Me contestó que sí, que estaba loco por mí. Toda esta historia no me parece normal, pero yo soy tan anticuada que igual lo que se lleva ahora es esto. Estuvimos en absoluto silencio y sin movemos hasta que terminó la película, que por supuesto ni siquiera sé de qué va. Cuando salimos me miró a la cara y me preguntó si yo también pensaba que él se parecía a Harrison Ford, como una amiga suya del pueblo, que hasta lo llamaba así en la intimidad. Como que a él todo lo que había sucedido en el cine le parecía de lo más natural… Paró un taxi sin preguntarme nada y yo pensé que sería para llevarme hasta casa, pero a cambio de eso y sin dirigirme una mirada, dio una dirección que yo desconocía. «Mi primo no está», dijo como toda explicación, y añadió: «Pienso que es más agradable ir a casa que apiñamos en un bar con toda la gente del sábado». Cuando íbamos en el taxi pasamos frente a la panadería y yo pensé en ti. Si hubieras estado cerca para darme algún consejo que me aclarara las ideas… A partir de allí me sumergí en un torbellino que me arrastró a… bueno, creo que a lo peor… Y es que no sé qué consecuencias puede tener todo esto para mí en el futuro.

»Patricia: tienes que prometerme que lo que te cuento quedará entre nosotras… Tampoco te pases. Ya es la segunda vez que me gritas. Es que te pones como una furia y yo nunca te había visto así… Sííííí, ya continúo.

»Lo cierto es que subí a su casa. Tomamos whisky en cantidad mientras él me contaba algunas cosas de su vida y de su trabajo como modelo. Como yo demostré interés por saber qué tipo de publicidad hacía, me preguntó si me gustaría ver sus fotos y, sin darme tiempo a contestarle, sacó una carpeta bastante gruesa donde estaba escrito el nombre de Harry. Eran todos desnudos de Juan Antonio; algunos de perfil, con esa cosa adelante, enorme y dura. Yo no sabía qué cara poner mientras giraba las hojas, y de pronto me dice, así, fríamente: “ves, nena, todo eso puede ser tuyo esta misma noche”. Pensé que estaba borracha o que tenía alucinaciones; que lo mejor era ir al cuarto de baño y mojarme un poco la cara con agua fría, a ver si se me pasaba. Pedí permiso para hacerlo y… ¿Que doy demasiados rodeos? Ya me gustaría verte a ti en mi situación. Bueno, está bien, ya sigo.

»Estaba inclinada sobre el lavabo, con los ojos cerrados y usando las dos manos para refrescarme con el agua del grifo. Trataba de no pensar en nada, cuando de pronto siento que algo me roza el trasero. Supuse, no sé cómo, que se trataba del gato que había visto por la casa. No le di importancia y seguí con mi tarea, hasta que empecé a notar que me levantaban la falda y un elemento extraño empezaba a abrirse camino entre mis muslos. Giré la cabeza y abrí los ojos, intentando, medio cegada por el agua, ver qué estaba pasando a mis espaldas. Detrás de mí y cubierto solamente con una bata toda abierta por delante, estaba Juan Antonio, de lo más contento y murmurando cosas por lo bajo. Algunas no se las entendí y otras eran del estilo de “Nenita, mira lo que te vas a comer” o “¿Crees que podrás con todo esto de una vez?”. Yo estaba suficientemente mareada como para no poder responderle y él, muy despabilado, se aprovechó de mi parálisis para bajarme las bragas. Solo alcancé a decirle que me daba miedo, y entonces él contestó que no me preocupara y cogió del botiquín un frasco de Nivea, untándose con ambas manos aquel descomunal instrumento. Yo seguía allí, de cara al espejo y cogiéndome al lavabo, como si éste fuera el salvavidas que pudiera rescatarme del naufragio moral. De pronto desapareció detrás de mí y empecé a sentir que su lengua jugaba con… toda mi parte trasera… y luego se metía entre los muslos buscando el coño, que yo tenía tan apretado como si me fuera a mear. Aun sin haber tenido muchas experiencias anteriores para comparar, te diría que es un maestro para hacerlo: yo perdí todas mis estrecheces y, cuando quise darme cuenta, tenía aquel pedazo de carne escondido en la cuevita y al Juan Antonio mordiéndome la espalda hasta hacerme gritar. No sé cómo lograba que aquel aparato tan grande y tan duro entrara y saliera de mi cosita sin romperla y dándome placer al mismo tiempo. En un momento se dio cuenta que yo había perdido por el camino hasta mi nombre y empezó a hacer variaciones que jamás pude imaginar. Quiso que me la metiera en la boca y me obligó a mirar la escena por el espejo, mientras me repetía que yo era la más perra que se había follado; luego me llevó al salón, y tirándome sobre una mesa camilla, trató de metérmela por atrás. Estuvimos forcejeando un buen rato. Cuando tuvo toda la cabeza adentro y yo chillaba como un puerco degollado, se corrió, llenándome el trasero con su semen abundante y espeso.

»Pensé que eso sería el final, que podría irme rápidamente a casa, pero me di cuenta de inmediato de que aquel potro desenfrenado tenía más potencia acumulada: su instrumento no se había bajado ni un milímetro. Al contrario, parecía más duro que antes, y el subido enrojecimiento que mostraba, resaltando sobre la piel blanca de su dueño, lo hacía parecer más grande todavía. Se subió sobre la mesita y, con los brazos en jarras, me pidió que se la limpiara con la lengua. Me sentía humillada. Era evidente que había decidido olvidarse de que estaba con una mujer decente para poder tratarme sin delicadezas, como a una puta de las Ramblas. Pero yo quería llegar hasta el final de aquel calvario, conocer hasta el límite su depravación y mi resistencia. Me acerqué a él y comencé a cumplir su pedido. Lo que había imaginado un asqueroso brebaje era en realidad un jarabe bastante apetecible, y, apretando los labios sobre esa fruta tan sabrosa, extraje hasta la última gota, lamentándome en secreto haber perdido el grueso entre mis nalgas. Él, mientras tanto, me tenía cogida por las tetas y empujaba hacia adelante, tratando de metérmela hasta la garganta. Finalmente, supongo que consciente de mis limitaciones, bajó de la mesa y me tiró sobre la moqueta, abriéndome las piernas como si fuera a desmembrarme. Yo lo miraba hacer y, ¡te juro Patricia!, no podía creer que aquello me estuviera pasando a mí, de habitual tan tranquila y hogareña. La Mercedes Areque, yo misma, convertida en un objeto erótico y comiéndose ese bollito tan apetecible. Me tuvo un buen rato así, esperando, mientras parecía calcular dónde iba a asestar el golpe de gracia. Como un dentista, que espera que la anestesia haga efecto antes de empezar a escarbarte con el torno. Y ahora no te asustes porque viene lo más insólito: aunque no puedas creerlo, mi ansiedad se había desbocado de tal manera que fui yo quien se lo pidió a viva voz. Sí, me puse a gritar que la quería adentro, que por favor no se hiciera rogar más… ¿Te lo imaginas? Seguro que no, porque ni yo misma lo hubiera sospechado antes de encontrarme allí. No hizo oídos sordos a mis súplicas: sonrió como sólo él puede hacerlo y, sin mirar siquiera el objetivo del brutal ataque, volvió a clavar su arpón hasta lo más profundo.

Yo casi ni gritar podía

en medio de todo ese brutal delirio

y atravesada por tan grueso cirio

tuve el primer orgasmo de mi vida.

»Mucho más pendiente de mis deseos que yo misma, extrajo su verga, nuevamente a punto de descargar, haciéndolo en mi boca. Había descubierto que yo era una glotona sin remedio y que aquel néctar ambarino me parecía la más refinada de las golosinas.

»Y ahora yo te pregunto, Patricia, ¿todo esto me habrá cambiado para siempre? Darme cuenta de lo mucho que me gustó acostarme con él, ¿me convertirá en una puta?… ¡Eh, Patricia! ¿Te has quedado muda? ¿Qué te pasa?

Bigati cuelga el teléfono. De pronto, uniéndose al desagrado que le produce no encontrar a su amigo, vuelve a tener la incómoda sensación de no estar solo.

—Debe de ser ese maldito enano que tengo en el estómago…

Estaba claro que para sentirse mejor hubiera necesitado zamparse unas buenas lonchas de jamón serrano acompañadas por una cerveza irlandesa bien helada y también, por qué no, por unas suculentas rebanadas de pan tostado, con tomate y aceite de oliva, y unas aceitunas rellenas de anchoas, y un trozo calentito de tortilla de patatas, y…

—… y mejor seguir leyendo, Bigati, por lo menos hasta que Zascarreta sea localizable y pueda aconsejarte qué hacer con todo esto.

Vuelvo de Madrid bastante cansado y con el humor bajo de tono, pero al menos con un nuevo trabajo en carpeta. La casa está limpia, llena de flores, de música y hasta con la mesa puesta. Pacheco, para no ser menos, luce un collar nuevo de color blanco que le sienta muy bien. ¿Será un sueño? Juan Antonio, impecablemente vestido, sirve una comida que ha preparado con la receta de un suplemento dominical. Hay dos postres de sabores muy distintos. El primero lo comemos en silencio, sobre el mantel de los días de fiesta; el segundo me espera en la cama, sobre las sábanas algo descoloridas por el abuso de lejía. Una vez he acabado con la nata azucarada que mi sorprendente cocinero ha esparcido por los rincones más interesantes de su cuerpo, debo escuchar la confesión detallada de su encuentro sexual con la pequeña panadera de los ojos tristes. Me pregunta mi opinión al respecto. Afirmo, no sin cierta amargura, que aquella historia no me incumbe, que lo único que me interesa es sentir una polla en el culo. Me satisface durante varios interminables minutos frente al espejo del armario. No acabo de comprender la elasticidad de nuestras relaciones: puede metérmela mientras me la chupa e inclusive corremos en esa posición.

He llamado a Roberto para interesarme por su salud. Dice encontrarse perfectamente bien, aunque un tanto preocupado: desde una visita de Juan Antonio de la que yo no tenía ni la más mínima información, ha desaparecido de su casa un libro que él «valora sobremanera». No hacía falta mucho más para saber de qué me estaba hablando, pero fingí una absoluta ignorancia, prometiendo ocuparme personalmente del asunto. Cuando lo hago, el más que presunto ladrón me mira a los ojos muy serio, diciendo algo equivalente a «él no preguntó si podía mamarme la polla; yo tampoco le pregunté si podía llevarme el libro. De cualquier manera los dos lo hicimos por la cara». Estoy absolutamente confundido. Según parece, lo que no es sano para mí es perfectamente potable para mis amigos. Roberto, te detesto.

No debo perdonarlo. Pertenece al mundo que quiero abandonar, y necesito la fuerza suficiente para poder llevar adelante un propósito que corresponde a mi más postergado deseo. Sólo del desprecio y el desamor puedo obtener esa fuerza. Cualquier idea piadosa me enterrará para siempre en esta situación agónica.

Roberto:

El poder de la forma es tan envilecedor que estuve a punto de poner en el encabezamiento un «querido». Nada hubiera estado tan alejado de mis verdaderos sentimientos, aunque también es verdad que en el absurdo mundo en el que tú y yo nos movemos la gente dice querer las cosas más desagradables, las que más daño les producen. Quieren a esos padres que los han educado sin valentía, con la secreta esperanza de que nunca puedan superarlos; quieren a las costumbres que los narcotizan y al sedentarismo que los atrofia; quieren sus casas, esas herméticas cajas de seguridad que les permiten encerrarse en una mediocridad gozosa, rodeados de objetos que no los contradicen. También algunos, como tú, Roberto, dicen querer a las personas que los rodean: espectadores complacidos de sus posibles fracasos, detractores constantes de sus pequeños logros. Es casi imposible no amar lo que se nos parece, aunque por lo mismo, el sentimiento de horror sea más profundo.

Casi me parece verte mientras lees esta carta. Sentado en uno de tus medidos engendros —cierto indefinible mal gusto ha sido siempre el particular condimento de los auténticos creadores— y rodeado de un sinfín de utensilios que tienen la única utilidad de acreditarte como profesional de lo que eres. Vestido con un conjunto monocromo, exactamente idéntico a las docenas de conjuntos que pueblan tus armarios, y llevando en privado las gafas que todavía no te atreves a usar en público.

No espero que esta carta haga mella alguna en ti. Sería hacerte un regalo que no te mereces, una demostración de esperanzado cariño. Lo único que pretendo es sacarme de encima toda la basura que tú y los de tu raza han depositado sobre mí en estos años; devolverte las toneladas de falsos sentimientos, de vacuidad e hipocresía; tanto miserable pensamiento, rumiado a la sombra de esta supuesta amistad que sólo servía como aparcamiento momentáneo de tu eterno aburrimiento. Roberto: no creo que seas el peor, pero sí que eres emblemático.

Te he dedicado estos últimos minutos. Son demasiados. Ya que es imposible mandarte al lugar de donde provienes, hazme un favor: quédate en la mierda.

Sé que no vale la pena enviar esta carta, pero escribirla me ha servido de desahogo. Sin embargo, sigo sintiendo unas ganas casi incontrolables de matar.

He pedido a la doctora Lalangue una sesión suplementaria. Es algo más para sumar a la cuenta de Juan Antonio. Quizá deba comenzar a cobrarle los polvos que se echa conmigo.

—Se acuesta con todo el mundo. ¡El muy hijo de puta! Y luego viene a contármelo con la excusa de que soy su único amigo. ¡No soy su amigo! ¡No quiero serlo! ¡Estoy harto de situaciones de mierda! Dice que estoy demasiado metido en mi trabajo, en mi mundo. Que no me interesa salir con él, que me avergüenzo… Idioteces. Él siempre tiene dinero… hace el puto, supongo. Aparece con relojes caros, con cadenas de oro… Pero a mí nadie me regala nada, nunca tuve esa suerte… Jamás fui tan sexy, ni tan audaz, ni tan amoral. ¡Es un hijo de puta! ¡Un psicópata! No entiendo qué logra haciéndome la vida imposible… Un sádico. He metido un sádico en mi casa… Un delincuente. Mis amigos me lo advirtieron. Todo el mundo se dio cuenta, menos yo… ¡Mis amigos! Los muy cabrones: esperando que me distrajera un momento para poder tirárselo. ¡Por una polla! He perdido a todos mis amigos por culpa de una polla. Y se los ha tirado a todos, estoy seguro, a todos. De alguno ya me he enterado… ¡el muy asqueroso! Tan refinado, tan medido… ¡un vulgar chupapollas!, ¡una loca barata! Y luego viene a casa haciéndose el santo… A decirme que está muy preocupado por lo que pueda pasarme, que todos ellos, «mis amigos», lo están. Al menos ahora me los he sacado de encima… Siempre llenándome la casa de humo, comiéndose todo lo que encontraban en la nevera… Vaciando todas las botellas, hasta las de detergente. Por momentos les deseo lo peor… No, por favor, ¿qué estoy diciendo? No me reconozco. Es que estoy furioso, amargado. Me estoy desmoronando, quedándome sin defensas. No sé siquiera dónde estoy parado… No son celos, lo sé, nunca he sido una persona posesiva… Pero no puedo soportar el engaño, la deslealtad… Si no puedo confiar ni en los amigos… es casi como si no hubiera podido confiar en mis padres. Por otra parte, tengo una necesidad de él que no puedo entender, que supera lo sexual… No, eso no es verdad, no puedo imaginármelo sin sexo. Tal vez lo mío sea sólo calentura… La primavera romana de la señorita Stone. Me he convertido en un patético personaje de Tennessee Williams… ¿Sabe, doctora? Nunca se lo he dicho, pero a veces me droga… Me droga para follarme. Por momentos tengo miedos terribles, persecutorios… Se me da por pensar que podría ser de alguna secta extraña… Algo así como Los Adoradores de Lucifer… Pérfidos Maníacos Asociados… Hijos de la Luna Nueva… Y si no ¿cómo se entiende que yo, que soy habitualmente tan precavido, haya dejado entrar en mi casa a un tipo así?… Bueno, más que eso, ¿cómo tengo viviendo en casa a un delincuente, a una persona desconocida? Le aseguro que sólo un profesional puede follar como él. No soy un bebé. Estoy harto de acostarme con gente de todas las edades, de todos los colores. Jóvenes y viejos, extranjeros, de todo… Él ha sido el único que ha logrado que pierda la cabeza… Sí, lo sé, suena ridículo. A tardío y patético romance de solterona… Quizá yo sea sólo eso: una solterona con envoltura masculina que, tardíamente, ha elegido convertirse en maricón. El otro día logró que me desmayara… Aunque a las cinco de la mañana, sin comer, y con cuatro porros encima, yo, que ni tabaco fumaba… Ya me dirá quién aguanta. Se asustó mucho, sí, pero eso no le impidió correrse, mientras gritaba como un endemoniado. Después de aquello me juró que no volvería a traer más droga a casa. Posiblemente esté loco. Un día vendrán con una orden de detención y yo ya estaré muerto… Me habrá matado en medio de una ceremonia esotérica, clavándome la polla en el corazón…

»Es que si estas cosas no se las digo a usted, ¿me quiere decir para qué vengo?

—…

—¿Se ha quedado dormida? No, ya veo que no. Ésa es otra de mis fantasías: ser un paciente tan aburrido como para provocar profundos sopores en mi querida terapeuta. Luego, para mantenerla despierta, necesitaría inventarme traumas complicadísimos, personajes rebuscados, complejos increíbles, situaciones extrañas. Trataría de cambiar de personalidad en cada sesión… mintiéndole, disfrazándome. Finalmente, y pese a todos mis esfuerzos, usted me abandonaría a mi suerte, harta de babearse sobre el sillón. ¿Ya está mirando el reloj? Ahora me dirá: «Enrique, la sesión ha terminado», y yo, como un alumno disciplinado, me levantaré de este encantador diván, para irme arrastrando los pies, con la sensación de que todo lo que he dicho ha sido inútil, estúpido… una auténtica e irreparable pérdida de tiempo. Estoy invirtiendo en un negocio que no tiene futuro.

—¿Una inversión sin futuro? ¿Otra más, quizá? Parece vivir en un mundo donde lo que prima es la inversión… Un mundo de inversiones desafortunadas.

—Ya nos hemos ido del tema… Ni siquiera he podido contarle que ayer, por primera vez, me pagué un tío. Uno de esos que aparecen en La Vanguardia… un taxi boy… un puto, como Juan Antonio… Aunque quizás éste sea más profesional. Saca un anuncio sencillo pero vendedor: Sergio, dos puntos, musculoso, veintidós años, veintitrés centímetros. Me costó un poco más que dos sesiones con usted, y debo reconocer que tampoco él habló demasiado…

Lo tiene enfrente, sentado en una silla y con las piernas exageradamente abiertas. La posición se ve forzada, antinatural, como si subrayara la nula importancia del reposo, recalcando enfáticamente la prioritaria exhibición del pubis con toda su mercancía.

Hacia allí va, sin timidez ni tapujos, la mirada de Enrique. Suponía que los prolegómenos iban a ser más extendidos, pero pese a ello no deja de encontrar excitante la generosa naturaleza muerta presente ante sus ojos. El escroto —bolsa formada por la piel que cubre los huevos de los mamíferos— deja traslucir un par de testículos —gónadas masculinas productoras de espermatozoide y testosterona—, que son, en este caso, de gran tamaño y descansan sobre el asiento —tapizado en un plástico gris que imita la piel de víbora— de la silla metálica. Fuera de ésta pende el pene en estado de total lasitud, con una largura y un grosor que incentivan la curiosidad del cliente, íntimamente dispuesto a conocer aquella máquina a pleno rendimiento, con todo su poderío y a la mayor brevedad posible. Aún antes de acercarse, Enrique puede sentir la suavidad rugosa de la piel y el olor dulzón que se desprende del glande desnudo casi en su totalidad, como si faltara cáscara para cubrir ese fruto de tallo tan espléndido. Acostumbrado a hablar frente al silencio, comienza a describir con lujo de detalle y entre signos de admiración exagerada, primero las características evidentes del producto, y luego todo lo que sería capaz de hacer con esa verga adormecida; a saber: pasear su lengua sobre ella, despaciosamente, con la misma pulcra precisión con que un ama de casa pasa la bayeta húmeda por los artefactos de la cocina; cómo investigará tiernamente el pequeño orificio que corona el glande, y, sin prisa alguna, se deslizará por los costados reconociendo venas y latidos hasta llegar a los huevos magníficos, y, casi tomándose un respiro, jugar con ellos uno a uno, envolviéndolos con su saliva; finalmente, permitirle que penetre poco a poco, aseada y todavía laxa, en su boca, que, hecha agua frente a un manjar tan delicioso, la recibirá feliz, sintiendo cómo crece dentro y gana suavemente terreno hacia la garganta; cómo al instante, en un juego inocente, la arrojará otra vez fuera, para que el miembro enardecido trate de meterse, luchando por llegar en un solo movimiento a lo más profundo.

Al ver que su discurso no logra el efecto perseguido y la verga, sorda a sus palabras, sigue aletargada, Enrique se tira al suelo y pasa sus piernas desnudas por entre las frías patas de la silla, cogiendo con fuerza los muslos tensos del macho que hasta ese momento lo miraba con una sonrisa socarrona, incrédula, y, llenándose la boca de forma y de sustancia al mismo tiempo, comienza a llevar a cabo lo prometido, comprobando cuánto le gusta hacerlo y también de qué manera: prenderse a ese trozo cálido de carne con desesperada concentración, como si estuviera al borde de un abismo y de la fuerza de sus labios dependiera el resto de su vida; lamerlo, chuparlo, succionarlo, gastarlo con la lengua, la boca, la garganta; hundir la nariz entre los crispados pelos de la entrepierna, gustando esos olores desconocidos que, sin embargo, reviven siempre el recuerdo de sus primeros encuentros sexuales. Está convencido de que más tarde o más temprano el otro querrá darle la vuelta, hincarle el terrible miembro entre las nalgas, metérselo en el culo. Por eso tal vez lo humedece con dulzura, preparándose para el brutal impacto. Como si fuera el sacerdote de un culto primitivo, un antiguo orante frente a la presa en sacrificio, la cubre casi totalmente con sus manos dejando asomar solamente la cabeza perfecta, deteniéndose apenas un instante en la contemplación extasiada de aquella valiosa pieza. Luego, pasa sobre el glande suave como la piel de una ciruela, sus labios humedecidos, en un roce prácticamente imperceptible que provoca al animal cautivo, logrando que se erice, respingue, amenace con arrojar su contenido. Enrique detiene allí su acción y se separa, mirando con morboso detenimiento al hombre que tiene enfrente: desnudo, la cabeza caída hacia atrás, oculta ante sus ojos la cara que él intuye desarbolada de placer, los brazos pendiendo del respaldo de la silla como una chaqueta abandonada. Solamente los pies y el miembro encabritado se perciben vivos en ese cuerpo, tan blanco como el despojo de un naufragio…

El cliente primerizo se pone de rodillas, tira el torso hacia adelante y, apoyándose en las palmas de las manos, acerca la cabeza a unos escasos milímetros del miembro erguido. Exhalando aliento, como si su intención fuera la de calentar a un cachorro abandonado, va con la boca abierta desde el glande hasta el escroto, manipulando el deseo casi incontenible de comérselo todo de un mordisco, gozando con la represión momentánea que se inflige. El cuerpo abandonado comienza a reaccionar: alguna contracción prácticamente imperceptible, un ligero movimiento de las manos, la respiración más agitada. De pronto, repentinamente repuesto del ahogo, el pálido náufrago despierta, poniéndose de pie; imponente frente al cliente que permanece arrodillado con la testuz a la altura de los erguidos muslos, los cabellos rozando el pene que podría imaginarse dolorido por su misma rigidez. Cogiendo con las manos la cabeza obediente, el hombre de pie esconde entre la espesa cabellera los diecinueve centímetros de miembro sonrojado —tal vez por la mentira ahora evidente: el anuncio prometía una mayor medida— y hundiendo la nariz del otro entre sus huevos, le restriega, con contenida violencia, el ruboroso aparato por el cuello, las mejillas y las cercanías de la boca, que, ansiosa, trata de apresarlo sin éxito. Enrique, sumiso practicante, se queja, ruge, vuelve a declamar obscenidades, pide piedad, ruega que le concedan el permiso necesario para devorar aquel banquete esquivo que tanto le apetece. El señor de pie, absolutamente convencido de su situación privilegiada, se monta a la espalda del devoto para, siguiendo con el refinado suplicio del roce, comenzar un recorrido exhaustivo y lento por la columna vertebral hasta llegar al ano, que, decidido también a jugar el juego de ofrecer y no dar, se abre y se cierra caprichoso ante la carne intrusa. Ésta, sin embargo, tiene muy claro el destino final de su paseo y, hábilmente lubricada con saliva, no cejará en su empeño de encontrar cobijo, aunque para ello deba vencer resistencias aparentes y hacer oídos sordos a los chillidos y súplicas del indeciso cliente, que ahora teme lo que hasta hace unos segundos más deseaba.

Poco después, el hombre pálido se separa y salta de la cama, mientras Enrique baja las piernas lentamente.

—¿Qué pasa? No te has corrido…

—No entra en la tarifa que pagaste. Si quieres ducharte, el cuarto de baño está allí, a la izquierda.

Manuel Bigati se queda un largo rato con el sobre cerca de la nariz. Estaba en el archivador, mezclado con las notas de Enrique Izabi, y hasta que no dio con él, había estado preguntándose de dónde se desprendía aquel olor tan penetrante.

—Bonita fragancia. Algún perfume de mujer, seguramente. Aunque en esta casa todo es tan anormal que ese tipo de seguridades brillan por su ausencia.

Mientras trata de reconocer el sexo de la empalagosa mixtura, Bigati imagina a su mujer esperándolo en la casa, de pie junto a la cama y sólo cubierta por ese perfume que supone muy caro. Imprevistamente, un molesto cosquilleo en las fosas nasales lo obliga a estornudar, doblándolo en dos sobre la silla.

—¡Me cachis! A ver si encima soy alérgico…

De pronto, lo que antes le pareciera un inocente sobre perfumado, se transforma en una trampa letal, hábilmente enmascarada. Vuelve a observar la carta, esta vez con mayor atención, y, alejándola aprensivamente de su cara, lee en voz alta:

—«Para Juan Antonio».

Al abrirlo se encuentra con varias notas manuscritas por Mercedes Areque, todas ellas impregnadas por la fragancia que, a partir de los estornudos, el curioso y voluble señor Bigati supone emponzoñada.

Juan Antonio:

Perdona el atrevimiento que me tomo. He dudado mucho antes de dar este paso. Tal vez sea una provinciana tonta, pero tampoco tú eres un chico de ciudad y sabrás comprenderme, así lo espero. He intentado varias veces comunicarme contigo. Siempre atiende el teléfono tu primo. Como pasaba por aquí me pareció que era mejor dejarte estas líneas por si acaso se olvidaban de darte los mensajes. ¿Podrás llamarme lo antes posible? Tengo algunas cosas que contarte. Merche.

—La Merche me tiene preocupada. Ella dirá que está bien, pero yo le veo una cara de infeliz… Apenas tiene un momento libre se pone a escribir cositas en un cuaderno y cuando le pregunto qué hace me dice: «poemas», sin darme más explicaciones. Yo casi la doblo en edad y a mí no me engaña. Está triste. La otra noche hubo una fiesta del merengue en el Cumbiamba II y no quiso venir. Yo pensé que iba a salir con el muchacho ese que la tiene loca, pero cuando se lo pregunté me contestó que no, que no habían quedado en nada, pero que igual él llamaba por teléfono y ella quería que la encontrara en casa. Ahí me calenté. Es una buena piba y creo que el pendejo ese se la está jugando. Me dirás que soy una metida, pero yo la agarré a la salida y le dije que no la veía nada bien, y que la catalana la estaba criticando delante de la clientela y hasta había amenazado con echarla, y que a mí me tenía que dar bola porque casi podía ser su madre… Bueno, por la edad no, pero igual hay mujeres que tienen hijos antes de dejar las muñecas, ¿viste? A todo esto, ¿qué creés que me contestó la Merche? Me salió con un viernes siete… ¿domingo? Bué, da lo mismo. ¿En dónde estaba? Ah, sí, que yo le había dicho que podía ser su madre… Mirándome muy seria, me dijo: «pero no lo eres» y se dio media vuelta, muy oronda, y se fue. ¿A vos te parece que yo merezco que me haga esto? Ese tipo le va a cagar la vida, acordate lo que te digo. Y es una pena, porque la Merche es una mina de puta madre, una artista, ¿vos viste cómo dibuja? Una vez, así por joder, me hizo un retrato en una servilleta… lo tengo enmarcado y todo. Yo creo que ese tipo es un aprovechado… un gigoló de décima… un macarra. ¡Qué querés que te diga! A mí los que llevan tatuajes no me gustan. Parecen presidiarios.

Harry/Juan Antonio:

Me hubiera gustado ponerte querido, pero como no sé si estas notas las lee otra persona no me he atrevido a hacerlo. Espero que al menos las recibas. También espero que cuando ésta llegue a tus manos estés tan bien de salud como cuando te vi por última vez en el hotel de la calle Mallorca. Nunca me sentí tan feliz como aquella tarde contigo, en esa habitación anónima, igual a tantas quizá, pero única para mí, porque en ese anónimo cuarto de hotel tú me enseñaste a ser mujer con todo lo maravilloso que encierra esa palabra. No fue la primera vez (tú bien lo sabes) aunque sí la que me permitió vencer estúpidos prejuicios sociales y absurdos temores atávicos, confundiéndome contigo en un abrazo que echó abajo las murallas de incomprensión que nos separaban. Desde ese día pienso en ti a cada momento; tanto, que a veces pierdo la cabeza y temo que cuando vuelvas a la panadería ya no me encuentres trabajando en ella. Tu primo me ha dicho que tuviste que marcharte precipitadamente por asuntos familiares y no habías podido despedirte de mí. No quiero que te inquietes por un olvido comprensible, uniendo a tus muchas preocupaciones habituales la sombra de una culpa. Yo estoy muy bien y puedo aguardar tu regreso. Tengo tantas cosas para hacer por mi futuro que no creo que me sobre el tiempo para pensar en tonterías. Leí el libro de Bradbury que me prestaste y especialmente ese cuento bellísimo que tanto te gustó. Es muy profundo, y me parece que tenías razón con lo de mi constante e incomprensible tristeza. Como el personaje femenino de la narración, yo necesitaba urgente remedio para mi melancolía, pero creo que tú la has curado para siempre. Adjunto mi dirección para que vengas a verme apenas regreses.

Mi estimado Doctor, un beso muy grande de una paciente agradecida

Merche