Manresa, 1428

Según contaban los ancianos del lugar, aquel verano en la villa de Manresa era de los más calurosos de los últimos cincuenta años. Agnès iba todos los días del Hospital de Sant Andreu, situado extramuros, muy cerca del portal de Sobrerroca, a casa de Floreta Sanoga. Era testigo de cómo los escasos viandantes buscaban la sombra.

No obstante, había lugares, como la calle del Balç, donde mirar al cielo suponía encontrarse con un sinfín de balcones, saledizos, ropa tendida y arcadas. En ellos el calor parecía subsistir por acumulación y el aire era denso y pegajoso.

Margarida y Floreta habían insistido una y otra vez en que se quedara a vivir con ellas.

—Donde viven dos, también pueden vivir tres —repetía Margarida pese a saber que no tendría demasiado éxito.

La joven Girabent, de un tiempo a esta parte Clara Farrés, se disculpaba alegando que no quería abusar de su hospitalidad y que, por otra parte, en el hospital faltaban manos. Sin embargo, eso le permitía tener a Brigita muy cerca. Su tos, por la que Floreta se había mostrado muy preocupada, necesitaba descanso y la familia se había instalado allí temporalmente. Pere, su padre, hacía encargos para el gigante judío que guardaba la casa de la calle del Balç. Era como si de repente la vida hubiera decidido dejarlos respirar un poco. La verdad, no obstante, tenía muchas otras lecturas.

Agnès, acostumbrada durante los últimos tiempos a la vida tranquila de Camprodon o incluso al ritmo anterior del palacio de la Seu, donde, aparte de su padre, nadie respiraba sin su consentimiento, se aturdía ante aquella multitud de personas que convertían la casa de Floreta en un hormiguero. Necesitaba un espacio más anónimo, donde abandonarse a la melancolía y la añoranza sin sentirse observada, donde no tuviera que dar explicaciones ni resultar eficiente a todas horas.

El matrimonio que hacía de hospitalario en Sant Andreu le había permitido ocupar un colchón en el suelo, en un rincón debajo de la escalera. Ahora bien, a cambio debía ayudar en lo que fuera menester.

Por unos momentos le pareció que la historia se repetía, pero era tan solo una apariencia. Ella ya no era la misma mujer feliz que había convertido el convento de Sant Nicolau de Camprodon en su casa. En Manresa, Marc ya no estaría tan cerca. Entre tanto, recordaba las palabras que su abuela le decía cuando era pequeña. «Algunos quebraderos de cabeza no podrás ahorrártelos, pero intenta que el dolor sirva para algo, Agnès. Lo que no mata, te hace más fuerte». Por entonces no entendía el alcance de aquellas palabras. Tendrían que pasar muchos años para que adquiriesen toda su magnitud.

A menudo, mientras hacía las camas, que a veces compartían dos o tres enfermos al mismo tiempo, tenía muy presentes la alegría de sor Regina y la disponibilidad de Gaufred, y sentía que una pátina de añoranza le cubría la piel. Incluso la desventurada priora ocupaba parte de sus recuerdos.

Cuanto más pensaba en sor Hugueta, más extraña se le antojaba. Nadie debería morir de ese modo, y pese a todo, la expresión congelada en su rostro no sugería una tortura extrema, ni un dolor capaz de desencajar las facciones. Era más bien como si la muerte la hubiera sorprendido en una contemplación satisfactoria, casi mística. ¿Qué secretos debía de guardar?

Aquel martes de julio, Agnès se levantó muy temprano para terminar su trabajo lo antes posible y reunirse con Margarida Tornerons. Una de las tareas que le habían encomendado en el hospital era hacerse cargo de cuatro niños huérfanos y una niña abandonada. Dos de ellos tenían siete años, y los otros tres ya habían cumplido los ocho, edad suficiente para ponerse a trabajar.

El rey Juan I había ordenado que a los huérfanos se les enseñara un oficio útil para cuando fuesen mayores; naturalmente, debía hacerse bajo el magisterio de un amo. No obstante, el rey también disponía que, mientras se hallasen bajo la tutela de los amos y del hospital, los administradores cobrarían el importe del sueldo que los niños recibían por su trabajo. Había muchos gastos, y además de darles vestido y calzado, tenían que alimentarlos. Eran tantas las necesidades que con frecuencia no bastaban ni las donaciones ni las limosnas. También había que pensar en los más pequeños y pagar a las amas de cría que alimentaban a los recién nacidos abandonados a las puertas del hospital.

Agnès había preparado las papillas con harina de almorta; la de trigo y la de arroz hacía días que se había acabado. Desde la puerta los reñía para que no se entretuvieran más de la cuenta. Cada cual tenía una tarea asignada, como sacar agua del pozo, desplumar algún pollo o retirar los orines de los que no podían levantarse. El recorrido desde el taller del carpintero hasta llegar a las hiladoras era siempre un pozo de sorpresas y a menudo acababa en llantos fruto de alguna travesura. Aquel día no fue una excepción.

—¿Por qué tengo que ir a trabajar con los zapateros? Las pieles huelen muy mal y me dan ganas de vomitar —se quejaba Robert, el mayor de todos.

—Ya hemos hablado de eso muchas veces —respondió Agnès—. Después tendrás las botas más bonitas de la villa y…

—¡Yo no quiero ninguna bota! —siguió refunfuñando el niño, que caminaba con los brazos cruzados y expresión enfurruñada.

—¡No seas memo! ¿Acaso quieres ir a mendigar por las calles? —le preguntó Jaume, apenas unos meses menor que él pero que le sacaba un palmo.

—¡Un día me escaparé y no volveréis a verme! Y tú ya puedes cerrar esa boca torcida que tienes, si no quieres que…

—¿Si no quiero qué? —lo interrumpió el otro desafiante mientras estiraba el cuello todo lo posible.

—Dejad ya de dar la murga —intervino Agnès separando a los dos chiquillos antes de que se agarrasen del pelo.

Justo cuando apresuraban el paso y se había restablecido una fingida paz entre los dos gallos del gallinero, oyó que alguien gritaba su nombre entre resoplidos.

—¡Clara! ¡Me ha dicho Margarida que os espera en la iglesia de Sant Cristòfol!

—¿Cómo decís? —preguntó Agnès, todavía confusa cuando se dirigían a ella con ese nombre.

—Me ha dicho que fuera a buscaros. He ido al hospital pero ya os habíais ido.

—¿Por qué en la iglesia de Sant Cristòfol? Pensaba ir a casa de Floreta.

—No me ha dicho el motivo. ¡Pero de eso ya hace rato, eh!

—De acuerdo, de acuerdo. Ahora mismo voy. Es la que hay en el lado derecho del río Cardener, ¿no?

—¡La misma!

Pese a que los niños habrían podido seguir solos, Agnès quiso cumplir la misión que le habían encomendado. Al acabar, se dirigió al encuentro de la doctora. Cuando la tuvo delante, vio que sonreía.

—¿Ocurre algo? —preguntó Agnès.

—Ocurren muchas cosas todos los días, querida Clara —respondió, todavía con los ojos risueños—. Disculpa, pero ¡me recuerdas tanto a mí misma cuando era más joven! ¡Mucho más joven, de hecho!

No hacía mucho que se conocían, pero, aunque no se habían confiado ningún secreto, ni sabían demasiado de la vida de la otra más allá de algunos comentarios dispersos, la simpatía y la admiración eran mutuas.

—Estaría bien que me acompañaras a hacer este servicio. Se trata de una agresión que ha sufrido la priora de la comunidad, Anna d’Alçamora.

—¿Acaso ha habido una revuelta o algo semejante? —preguntó Agnès con aquella expresión de susto que le hacía abrir mucho los ojos.

—No, Clara, no. Nada de eso. No es la primera vez que sucede y, por desgracia, tampoco será la última. Las canonesas siempre han albergado a las «donadas», y ese hecho suele armar gran revuelo.

—Perdonad, pero no sé de qué me habláis…

—¿Nunca has oído hablar de las mujeres que se entregan a los conventos o los hospitales? En el Hospital de Santa Caterina, en Girona, hay un buen puñado.

—No lo entiendo. ¿Se entregan a quién? —inquirió Agnès frunciendo el ceño.

—Mira, Clara, hay veces en que una huida a tiempo evita males mayores, en especial si eres una mujer, tienes una dote y ves como tu esposo la dilapida sin escrúpulos mientras que a ti te hace pasarlas moradas.

—Pero si son mujeres casadas no pueden entrar como religiosas…

—Y no lo hacen. Se entregan a la comunidad, viven con las monjas, trabajan con ellas y, por supuesto, también donan el patrimonio de que disponen. Como podrás imaginar, más de un marido hace lo imposible por recuperarlas y…

—¿A ellas o sus dotes? —la interrumpió Agnès.

Por toda respuesta Margarida se encogió de hombros con cara de circunstancias.

—Me parece que ya me hago cargo.

—Esta mañana la priora ha recibido de lo lindo. Pese a que la ley está de su parte y tiene en su poder el contrato de deditio, por el que la mujer se queda a vivir y a trabajar en el hospital «todo el tiempo de su vida», el marido no atiende a razones. De nada ha servido que esté firmado ante notario. Pero más vale que no nos entretengamos más, el tiempo se hace muy largo cuando uno sufre.

Tal como Margarida sospechaba, la monja tenía un buen chichón en la cabeza, que se había hecho al perder el equilibrio y golpearse contra la pared; al parecer también tenía dos costillas hundidas, porque le costaba respirar y se quejaba.

—Si no llega a aparecer el campesino que nos ayuda a llevar el huerto, la habría matado a palazos, ¡pobre priora! —lloriqueó una monja vieja, arrugada como una pasa y con un solo diente, que al hablar le bailaba.

Margarida le tomó el pulso y le auscultó el pecho.

—No parece haber nada que unos cuantos días de reposo no puedan curar. Respira bien y eso es importante. De todos modos, examinad los orines y, si veis algo extraño, venid a buscarme lo antes posible. ¿De acuerdo? —preguntó Margarida a una de las religiosas más jóvenes y dispuestas—. Ah, otra cosa… No le comprimáis el cuerpo con ningún vendaje. Sé que muchos médicos os dirían lo contrario, pero debéis creerme, no es de ninguna ayuda en el caso de las costillas. ¿Tenéis aceite de hipérico? ¿O tintura de árnica?

—No sabría deciros… Se lo preguntaré a sor Manuela, ¡sabe un montón de plantas!

—Seguro que sí. Si no tuvierais tintura, poned a hervir el árnica con raíces y hojas y hacedle baños; le calmarán el dolor. La pobre está muy magullada. En cuanto a ella —dijo señalando a la monja vieja, que seguía nerviosa y asustada en un rincón—, una infusión de flor de azahar no le vendría nada mal.

El sol estaba en su punto más alto cuando las dos mujeres emprendieron el camino de vuelta en dirección a casa de Floreta.

—Mi abuela Francesca hacía tintura de árnica, recuerdo el olor. Cuando era pequeña me la ponía cada vez que aparecía llorando con un chichón. Más tarde, cuando envejeció, mi madre le daba masajes en la espalda con ella. Casi no recuerdo cómo la elaboraba, pero sí que dejaba las flores dentro de un frasco con alcohol. —Agnès hizo una pausa y añadió con voz melancólica—: Había que removerlo tres o cuatro veces al día… Y en ocasiones me dejaba hacerlo…

—La querías mucho, ¿verdad?

—Sí, mucho. Aún la quiero. Dicen que me parezco a ella. ¡Ya me gustaría, ya! Ella, al igual que vos, obtuvo el consentimiento real para curar —agregó orgullosa.

—Así pues, es de tu abuela de quien has heredado tu amor por la medicina.

—Sí, supongo que sí —dijo sin querer prolongar más la conversación, no fuese que la lágrima que le enturbiaba la vista se deslizara por su mejilla.

Cuando Agnès oyó de boca de Margarida que sería su asistente en un parto, gustosa habría brincado de alegría, pero se contuvo. Con todo, su expresión se tornó risueña y, nerviosa, se interesó por los detalles.

—¿Acaso la conozco? Sé que llevo poco tiempo en Manresa, pero a veces tengo la sensación de que conozco a todo el mundo. ¿No será Lluïsa, la mujer del panadero?

—No —respondió la doctora, divertida ante la curiosidad de la joven, mientras preparaba los instrumentos necesarios y los depositaba en un pequeño baúl—. ¡Nada de eso! Se trata de la mujer de un señor importante; según me han dicho no son de la villa, pero el marido viene a menudo por negocios.

—¿Hay algún peligro? Quiero decir, ¿sabéis si todo ha ido bien hasta ahora?

—Querida Clara, un parto siempre es peligroso, tanto para la madre como para el hijo. Y ya sabes lo que dicen las viejas, ¿no?

—No, me gustaría que me lo contarais… —respondió ella curiosa.

—Dicen que la puerta del infierno permanece abierta cuando una mujer se pone de parto.

Agnès no hizo ninguna observación y se quedó reflexionando sobre el significado de aquellas palabras. En ocasiones no entendía demasiado la manera de pensar de su maestra; pese a ello, algo en su interior le decía que, sin ningún género de dudas, Margarida Tornerons se habría entendido de maravilla con su abuela.

—Pues bien, nosotras hemos de procurar que el diablo se quede con un palmo de narices. Cuando la vida llega a establecer un pacto, aquí, en la tierra, las fuerzas oscuras tienen poco que hacer, ¿no te parece? —preguntó Margarida mientras le guiñaba el ojo y la animaba a seguirla.

El primer tramo del trayecto que debían recorrer hasta llegar al portal del Carme lo hicieron en silencio. Agnès notaba cómo el sudor le chorreaba cuello abajo, y también fue consciente de que la pierna lastimada en el asalto le fallaba más que de costumbre. Como se negaba a hablar de ello abiertamente para no reavivar un recuerdo doloroso, aminoró el paso. El bochorno se hacía sentir a la caída de la tarde.

—No te preocupes, he ayudado a muchas criaturas a venir al mundo. Así y todo, reconozco que la inquietud de la primera vez nunca se olvida. Quiero que estés tranquila, y si las cosas vienen mal dadas, piensa que no todo está en nuestras manos. La suerte, el azar, algunos dirían que Dios, también desempeñan su papel en esta partida. Por fortuna se trata de una mujer joven y fuerte, aunque, al ser su primer hijo, según cómo puede resultar complicado.

Por unos instantes, Agnès desvió sus pensamientos de la responsabilidad que le tocaba compartir con la doctora. Las palabras de Margarida la habían llevado muy lejos, al terreno de unas ideas que rehuía, pero que con frecuencia la asaltaban en los momentos más inesperados.

—¡Un hijo nuestro! ¡Mío y de Marc! Podríamos haberlo tenido… —susurró la joven dejando escapar un suspiro de deseo.

—¿Me decías algo? —preguntó Margarida.

—No, no es nada. ¡Vamos, pues!

La calle del Carme era una de las más comerciales y no resultaba difícil encontrar en ella todo tipo de artículos; a veces era imposible evitar reírse ante las estrategias que inventaban los tenderos. Uno de ellos había atado un burro a la puerta y cada vez que alguien con niños le compraba algo, recibía un trozo de fruta para darle al animal. En otro establecimiento era la compradora quien espantaba las moscas, numerosas y gordas, mientras el carnicero cortaba la pieza.

Sin embargo, Agnès no prestaba atención a lo que ocurría a su alrededor. La muchacha había renunciado al sueño que durante muchos meses la había mantenido fuera del mundo. Ahora sabía con certeza que Marc no estaba a su alcance, que solo había sido un espejismo de esos que mencionan las historias llegadas de Oriente. Pese a todo, había un problema para el que no tenía respuesta. ¿Cómo se las arreglaría para que su corazón escuchara y se adaptase a lo que la realidad había sentenciado de manera tan evidente?

La calle del Carme hacía una ligera subida y Agnès acarreaba desde casa de Floreta el pequeño baúl a hombros. Margarida le exigió que se lo diera, que ahora le tocaba a ella, y fue como si la joven se desprendiera del peso de los recuerdos. Entonces apretaron el paso con aire desenvuelto y, al llegar al pie de la escalera de la casa, dos mujeres salieron a recibirlas; parecían inquietas.

Tras informarlas del estado de su señora las condujeron hacia la estancia donde descansaba la parturienta. Agnès reparó en la gran cantidad de velas que había sobre las mesas y las estanterías. A continuación, llena de curiosidad, miró fijamente a la doctora.

—Son cirios benditos, y sirven de protección —le susurró sin detener sus pasos.

Un hombre de mediana edad y nariz aguileña las esperaba en una gran sala. Tampoco él parecía muy tranquilo. Al verlas se levantó de la silla acolchada de color granate y fue a su encuentro.

—¡Se trata de mi hijo! ¡Mi primer hijo! Pedid cuanto necesitéis y por el dinero no os preocupéis.

El hombre puso en las manos de Margarida una pesada bolsa de monedas y la miró a los ojos en actitud desafiante.

—Perdonad, pero ahora eso no corre prisa —respondió la doctora devolviendo la bolsa a su dueño.

Apenas un instante después, un chillido largamente sostenido que provenía de la puerta situada al final del pasillo interrumpió aquella conversación tan incómoda.

Sin pérdida de tiempo, Margarida y Agnès avanzaron hasta el lugar donde la mujer se revolcaba entre gemidos. El servicio había preparado agua caliente, sábanas limpias, vendajes, tijeras y un par de palanganas. La imagen de la Virgen María con el Niño, también entre un sinfín de velas encendidas, ocupaba un pequeño altar que presidía la habitación.

—La hemos bañado con agua caliente y le hemos dado un caldo muy espeso, pero lo ha vomitado —se disculpó con cara de preocupación la sirvienta de más edad. Después añadió alguna palabra, que se mezcló con un nuevo alarido de la joven parturienta, la cual se retorcía de dolor.

La doctora y Agnès se lavaron cuidadosamente las manos con jabón y, una vez secas, Margarida se las untó con aceite de almendras a fin de ayudar al niño a venir al mundo. Luego ordenó que le sujetaran las piernas con objeto de ver si estaba lo bastante dilatada y, al constatar que la joven había perdido el control, pidió que la ayudasen a sentarla en la silla agujereada que ya habían preparado para ese menester.

—¡Cógela por debajo de las axilas, Clara! —exclamó Margarida al darse cuenta de que la joven aspirante retrocedía llevándose las manos a la cabeza.

Sin embargo, Agnès no parecía oírla. Dada su inmovilidad y la palidez de su piel, era como si de repente se hubiera quedado sin sangre en las venas. Su mirada, no obstante, se había clavado obsesivamente en el rostro de la joven, que gemía entre resoplidos.

—¡Clara! ¿Ocurre algo? ¿Es que no me oyes? —insistió Margarida.

Los labios de Agnès esbozaron un leve movimiento, pero no le salió la voz. Solo en el preciso instante en que su mirada se cruzó con la de la joven parturienta emitió una sola palabra, casi inaudible…

—¡Nialó!

Durante unos momentos se hizo el silencio. Después lo rasgó un sonoro gemido que puso a Agnès de nuevo en movimiento.

La joven parturienta, la señora Agnès de Alemany para todos los de aquella casa, hacía fuerza aferrándose a los brazos de la silla, y las venas de su rostro adquirían un relieve azulado debido al esfuerzo.

—¡Ya casi lo veo! —exclamó la doctora—. ¡Volved a empujar, por favor, coged aire y haced toda la fuerza que podáis!

Agnès le enjugó el sudor y vio como la palangana situada bajo el orificio de la silla se iba manchando de un líquido rojo. Miró a Margarida, pero la doctora no dijo nada.

—¡Tijeras! —exclamó poco después—. Dadle algo para morder, si no sale por sí mismo tendré que abrirle paso.

—¡Sacádmelo! ¡Por el amor de Dios, sacádmelo de una vez! —exigió la joven.

Las mujeres no paraban de traer agua al tiempo que desgranaban una plegaria; las manos de la doctora estaban cubiertas de sangre y se movían con agilidad. Agnès las miró y un recuerdo del pasado cobró vida. ¿Qué habría sido de Miquel Sebeya? Quería pensar que no había muerto, que aquel desafortunado día en Vic se había zanjado sin consecuencias trágicas. Sin embargo, a veces no podía eludir la idea de que había acabado con la vida del joven. Claro que había sido en defensa propia, pero a pesar de todo…

—Haced un último esfuerzo —imploró maquinalmente una de las sirvientas, devolviendo a Agnès a la realidad.

La doctora, arrodillada entre las piernas de la señora, respiró aliviada.

—¡Ya lo veo! ¡Ya está aquí! ¡Y viene de cabeza!

De hecho, la cabeza de la criatura estaba ya entre las manos de Margarida y, tras las dificultades iniciales, el diminuto cuerpo resbaló dócilmente. Por un momento, la expectación fue máxima.

—¡Es un niño! —dictaminó la doctora en cuanto tuvo la certeza; sabía que en caso contrario la decepción del señor de la casa habría sido muy grande.

La señora de Alemany empezó a llorar sin poder controlar el tembleque que se apoderaba de todo su cuerpo. Las sirvientas la cubrieron con una manta y la doctora se dispuso a cortar el cordón umbilical.

—Hazte cargo del recién nacido mientras yo la coso; ellas te ayudarán —dijo Margarida a Agnès, señalando a las sirvientas.

Poco a poco la sangre dejó de brotar y la joven señora, ya más tranquila, abandonó aquella butaca para tenderse en la cama.

El chiquitín lloraba mientras lo bañaban en agua tibia que contenía pétalos de rosa y miel. Sus ojos del color de la niebla y las mejillas sonrosadas parecían el anuncio de una buena salud.

Aprovechando que las sirvientas mojaban en aceite de oliva el lienzo de lino con el que después lo envolverían, Agnès le cogió la manita y le susurró una canción al oído. De nuevo la señora de Alemany la miró de hito en hito, esta vez con una muda súplica en los labios que solo ellas dos podían entender.

Agnès cuidó de la madre y del bebé durante las semanas que siguieron al parto de Nialó. Supervisada por Margarida Tornerons, la doctora que se había convertido en su maestra y, según creía, en su amiga, se hizo responsable de la recuperación de la parturienta. También veló por la salud del recién nacido, al que pusieron el nombre de Feliu.

Tal como le advirtió expresamente la joven señora de Alemany, Agnès no dijo ni una palabra a nadie de aquel encuentro que ninguna de las dos esperaba.

—¡Tienes que prometérmelo, es muy, muy importante! —repetía a menudo.

—No debes preocuparte, Nialó…

—¡Agnès! —la interrumpió la joven madre—. ¡Has de acostumbrarte a llamarme Agnès! ¿Cómo te lo tengo que decir? ¿A que yo te llamo Clara? ¡Tampoco es tan difícil!

—¡Si no nos oye nadie! ¿Quién quieres que se dé cuenta? Además, dudo que nadie preste atención a lo que hablamos tú y yo.

—¡Tanto da! No quiero correr ningún riesgo. ¿Queda claro? Tú y yo no nos habíamos visto antes, así que, sobre todo, ¡ten cuidado! Hazlo por todos los años que hemos compartido, por todas las veces que…

—Hablando de todo lo que hemos vivido juntas, hay algo que necesito saber. Lo necesito y ya he esperado demasiado tiempo —la atajó ahora Agnès.

Sus palabras se hallaban a medio camino entre la orden y la súplica. Nialó se puso a la defensiva, como un felino al acecho de un movimiento inesperado. Luego, como si quisiera restar importancia al asunto, hizo un movimiento con la cabeza con cierta condescendencia.

—De acuerdo, tú dirás…

—¿Qué pasó aquel día? Solo tú tienes la respuesta. Le he dado muchas vueltas y no lo entiendo.

—¿Cómo dices? —preguntó la señora de Alemany con gesto esquivo.

—No te acuso de nada. Dios sabe que no te hago responsable, pero necesito saber lo que pasó. ¿Dónde estabas? Me hicieron mucho daño, ¿sabes? Me forzaron y podría haber muerto… —Las palabras de Agnès salían a trompicones, aunque se esforzaba por no dejarse arrastrar por el dolor, la impotencia y la rabia que aquel recuerdo punzante despertaba en ella.

Nialó, en silencio, dejó de mirarla y se dedicó a retorcer con gesto nervioso una de las cintas que adornaban su vestido.

—Cuando volví al mundo —prosiguió Agnès enjugándose las saladas lágrimas que no recogía con los labios—, te creí muerta. Pero no encontraron tu cadáver en aquel claro. ¿Y si te hubieran capturado? Me preguntaba si estarías viviendo de modo permanente en medio de un horror insoportable. Fue mucho después cuando un pastor me habló de una mujer que corría… ¿Dónde estabas, Nialó?

—Ha pasado mucho tiempo desde entonces…

La joven asistente se levantó la falda y le enseñó las cicatrices de la pierna. Realmente daban horror, y en la cara interior de la rodilla se observaba un hueco en el que se podían introducir casi dos dedos.

—Yo lo recuerdo todos los días en silencio… —La voz de Agnès era ahora un susurro lastimero—. Y más allá de las heridas que tienes delante, tengo otras mucho más profundas, de las que no se ven, y créeme, son las más dolorosas.

—¡Yo no estaba cuando sucedió! —se disculpó Nialó—. Había ido al río a lavarme, ¿te acuerdas?

—¿Y luego? ¡Por fuerza debiste de oír los gritos! Mataron a los dos hombres que nos acompañaban y yo chillé al límite del dolor… —La voz de Agnès se quebró y un sollozo largamente contenido la condujo al llanto.

—¡No armes tanto escándalo o creerán que pasa algo! —exclamó Nialó mirando a diestro y siniestro para asegurarse de que Íncita no andaba cerca.

—¡Necesito saber lo que hiciste!

La pregunta fue pronunciada rotunda y claramente, en voz alta y talante altivo. Era la primera vez que Agnès adoptaba esa actitud. El silencio duró poco. La señora de Alemany respondió sin dar la oportunidad de prolongar la conversación.

—Hice lo que cualquiera habría hecho. ¿Qué querías que hiciera? ¡Eran muchos y dos hombres fuertes y jóvenes no pudieron detenerlos! Salvé la vida, pero me alegró saber que no te habían matado. Las dos tenemos lo que queríamos y eso es lo que cuenta. Y, ahora, por favor, ayúdame a echar a esa ama de cría. No me gusta verla a mi alrededor todo el día; huele mal y está demasiado delgada —dijo Nialó con gesto despectivo.

—Su leche es buena. Además, Feliu se está recuperando y ya sabes que era algo muy complicado —respondió Agnès intentando recuperar la compostura, si bien la respuesta de Nialó se le había clavado muy hondo.

—Con el dinero que se le paga, seguro que puedes encontrarme a otra que huela mejor.

—Antes de darle el pecho la lavan de arriba abajo. Tiene un bebé de meses y necesita el trabajo. Deja que hable con ella.

—No hay nada que decir, quiero a otra en su lugar. ¿Por qué nadie me hace caso en esta casa?

—Me parece que tu marido no tiene demasiado tiempo para buscar amas de cría, con tantos negocios. Pero tampoco me extraña, es la segunda nodriza en poco más de tres semanas, y al niño no le conviene que le cambien tanto la leche. Esta es tal como tú la pediste: fea y callada.

No fue fácil convencer a Nialó, pero finalmente cedió a regañadientes. Pese a que no surgían complicaciones y su hijo era un niño sano, ella se mostraba desconfiada y le daban prontos que, según aseguraban todos, eran puros celos.

—¿Cuándo me darás algo para el escozor que tengo en las manos? ¡Y quiero que se me retire de una vez la leche de los pechos! ¡Me lo prometiste! —dijo la señora de Alemany mientras se cogía con ambas manos los senos, de mayor volumen de lo que estaba acostumbrada.

—Debes tener paciencia. Más vale no alterar el curso natural de las cosas, ¿no te parece? —añadió Agnès con un matiz de provocación en la voz.

No obstante, la pregunta lanzada al aire cayó en tierra yerma. Nialó intentaba salirse por la tangente y fingía no haber oído aquella respuesta impertinente.

—¿Qué sabrás tú de los hombres? Tal vez creas que el mío tendrá paciencia. ¡Mírame! Me doy asco a mí misma. Desde que ha nacido el niño ni me mira ni me toca. ¡He tragado mucha mierda para echarlo todo a rodar en cuatro días!

Negándose a escuchar los consejos que Agnès le daba, la señora de Alemany probaba todos los remedios que sus sirvientas le confiaban, incluso contrató los servicios de una curandera. A menudo se untaba los pechos con un ungüento elaborado con asperón, que mezclaban con agua de rosas después de triturarlo. Al despuntar el día hacía que cocieran romero y se lavaba la cara con su agua; estaba obsesionada con las manchas que le habían salido y casi no comía para perder peso, con el fin de volverse a embutir en los vestidos que llevaba antes de quedarse embarazada.

—¡Practícame una sangría! ¡Necesito tener la piel más blanca! —exigía torciendo el gesto ante el espejo.

Y Agnès debía hacer lo imposible por atajar sus despropósitos.

De hecho, la única que se esforzaba en cumplir sus caprichos era Íncita. La sirvienta exhibía en todo momento un semblante enfurruñado, como desganada, muy al contrario de como había sido al principio, solícita y dispuesta. Durante los meses siguientes a la desaparición de Miquel Sebeya, Nialó le había ido dando largas cuando le preguntaba qué había sido de su prometido.

—Confiaba en que te lo quitarías de la cabeza, ¡pero por lo que veo no hay manera! Olvídate de ese muchacho, es un sinvergüenza y un desagradecido.

—Pero, señora, me prometió que nos casaríamos. ¿Por qué tarda tanto en volver? ¡Necesito saber qué le ha pasado! —exigió la sirvienta soltando el corpiño de su señora y plantándose ante ella con las manos cruzadas sobre el pecho.

—¿Qué le ha pasado? ¿De verdad quieres saberlo? Pues, mira, le pasa que ha puesto pies en polvorosa con las monedas que le di para hacer un trabajo, ¡ya ves lo grande que era su amor por ti!

—Pero… ¡Eso no es posible! Vos me dijisteis…

—Yo te dije lo que necesitabas oír —la interrumpió Nialó, sin que nada en el tono de su voz denotase ni una pizca de compasión.

—Podría hacer que lo buscaran. ¿Cómo sabéis que no está enfermo? Decidme, ¿cómo lo sabéis? Tal vez no ha encontrado la manera de volver.

Nialó hizo una pausa muy breve y acto seguido sentenció:

—¡Agotado de fornicar con la hija de un zapatero rico, esa es la enfermedad de tu querido Miquel Sebeya! Cuanto antes te lo quites de la cabeza, mejor. Acaba de vestirme, por favor, que quiero salir. Y no toleraré que vuelvas a hablarme de ese perdonavidas. Tú tampoco eres insustituible y ya estoy hasta las narices de tantas monsergas.

Íncita ciñó la cintura de Nialó con rabia y se mordió los labios para tragarse la hiel que gustosa habría escupido. Una vez que la señora de Alemany hubo desaparecido por la puerta con aires de condesa, la sirvienta se echó a llorar desconsolada.

A partir de entonces, siguiendo las órdenes recibidas, no volvió a sacar el tema. De hecho, su paso ligero se hizo más solemne y se limitó a soltar las palabras con cuentagotas, solo cuando era necesario. Ahora bien, no se dio por vencida. Se esforzaba por prestar atención a cuanto pudiera ponerla de nuevo sobre la pista de su amado.

Poco a poco, el verano pintó de colores las calles de la ciudad. En los portales de muchas casas se veía a campesinos que en cestas de mimbre ofrecían frutas y verduras de los huertos cercanos. Otros, venidos de más lejos, acarreaban sus productos en carros tirados por mulas o en fardos que exponían en los puestos del mercado. Las cerezas, las ciruelas y los higos endulzaban la pesadez del aire; tal vez todo ello contribuía a que la sonrisa de Nialó no se mostrase tan esquiva.

Las conversaciones entre las dos mujeres fueron relajándose a medida que Nialó dejaba de ver a Agnès como una amenaza; pese a que el niño crecía sano y los servicios de la asistente ya no resultaban necesarios, las visitas no se interrumpieron. En ocasiones, incluso tenían la sensación de que aquel espacio había quedado fuera del tiempo y disfrutaban de lo lindo con ello.

Nialó le confesó lo difícil que era el trato con su cuñada, una mujer ambiciosa y posesiva que desde que había enviudado vivía en casa del matrimonio Alemany. Aquella mujerona estirada y mandona se había opuesto a la boda desde el primer momento alegando todo tipo de razones. Por su parte, Agnès, a cambio de la confianza depositada, también compartió con ella su amor frustrado, el dolor que arrastraba desde el mismo instante en que se despidió del religioso, así como el desencanto de saber que todo había sido una quimera. Eso sí, la quimera más hermosa que jamás habría podido imaginar.

—¡Qué espanto! No sé cómo pudiste soportar un terremoto de ese calibre sin volverte loca, ¡y mucho menos ver con tus propios ojos cómo Dios enviaba al ángel de la muerte para atajar tus pasos! —exclamó Nialó.

—Lo cierto es que no me parece justo.

—Pero, Clara…, ¡lo que dices es una blasfemia!

—¿De veras lo crees? Trescientos años atrás los sacerdotes aún podían casarse, tener una familia… ¿Qué ha cambiado? Se trata de una ley impuesta por los hombres. Ellos que hablan tanto del amor…

—¡Pero eso no tiene nada que ver! Los religiosos deben ocuparse…

—¡Sé muy bien de qué deben ocuparse! —la interrumpió Agnès, furiosa.

Pasados los primeros momentos de tensión, volvieron las confidencias, los detalles y las palabras que, tan pronto como se hacían presentes, se preñaban de dulzura.

—El tal Marc te ha hecho perder el juicio —sentenció Nialó.

—Siempre lo llevaré dentro de mí, nadie podrá ocupar el lugar que mi corazón le reserva.

—Tu corazón y todo lo demás, según parece —añadió la señora de Alemany con cierto aire picarón.

Y mientras el verano agonizaba entre días larguísimos, ambas sentían que el momento de una nueva separación se acercaba. Madre e hijo estaban preparados para volver a casa y los negocios del señor Alemany exigían su presencia en Vic.

—Os echaré mucho de menos a ti y al niño —dijo Agnès acariciando la delicada piel del bebé.

El chiquitín la miró con aquellos ojos grises que llamaban poderosamente la atención de todos. Ojos de niebla, había sentenciado Íncita una sola vez en presencia de las dos mujeres. La reacción de Nialó no se hizo esperar y el comentario le costó un par de azotes que la sirvienta recibió sin soltar un solo grito y con mirada desafiante.

Agnès vio desde la distancia cómo se alejaba el carruaje. La propia Nialó le había prohibido formar parte de la comitiva que los despedía, y tampoco la había invitado a visitarlos. De nuevo el vacío se le instaló en el estómago y el calor que tímidamente lo había habitado se evaporó de repente. El frío, otra vez el frío…

Primavera de 1431

Tan intensa había sido la época en que Agnès se había puesto en manos de Margarida Tornerons, primero como alumna y, muy poco después, como amiga, que la decisión de la doctora de abandonar la villa la había zarandeado de arriba abajo.

Hasta entonces podría haberse dicho que tenía una vida plácida, si la enfermedad y la muerte no hubieran formado parte de su día a día, pero también era cierto que a lo largo de aquellos años Agnès había tenido motivos para sentir que todo ello valía la pena.

Brigita y su familia se habían instalado en un pueblecito a los pies de la montaña de Montserrat. La niña se había recuperado bien de sus afecciones, gracias sobre todo a la sabiduría de Floreta Sanoga, quien, pese a ver cercana su muerte, seguía ejerciendo y aún atendía a los pacientes que presentaban síntomas difíciles de interpretar, incluso para una doctora experimentada como Margarida.

Mientras Agnès se hacía cargo del hospital, y prácticamente del matrimonio de ancianos que lo llevaba, tenía siempre muy presente el pacto con Nialó y las gratas consecuencias de su impostura. A lo largo de aquellos meses en su compañía habían recuperado recuerdos de cuando eran pequeñas y, mirándose a los ojos, se habían prometido que guardarían el secreto durante toda su vida.

Si bien era cierto que Agnès había visto en varias ocasiones cómo se ensombrecía la mirada de Nialó, se quedaba tranquila al atribuirlo a algún problema personal, tal vez por la relación de vasallaje que le imponía su marido, aquel hombre de la familia de los Alemany que le estaba destinado y que ella había cedido a su compañera de infancia, gracias a una decisión que solo cabía calificar de acertada.

Que Margarida Tornerons quisiera irse podía interpretarse como razonable. La doctora llevaba años alejada de Vic, donde vivía su familia, y siempre había dicho que aspiraba a poner toda la sabiduría adquirida al alcance de los que le eran más allegados. Nunca se cansaba de decir que echaba de menos la niebla y que no entendía el carácter de los manresanos. No obstante, Agnès partía de otra manera de ver el mundo, no miraba tanto los lugares donde pasaba su tiempo como a la gente que la rodeaba.

«¿De dónde eres en realidad? —le había preguntado Margarida—. Siempre te has negado a decirlo y eso demuestra que tus raíces no te interesan demasiado. No es mi caso. Yo amo la villa donde nací, quiero conseguir que los vigitanos vivan mejor, sin todas las enfermedades que convierten su paso por este mundo en un calvario».

Agnès no podía hablar de su vida anterior, y menos ahora, después de saber que su padre había muerto asesinado. Tal vez alguien establecería una relación con su ausencia, con el modo en que se había ocultado de todo y de todos, y llegaría a una conclusión equivocada. Habría sido más fácil si se hubiera inventado un lugar de nacimiento, una vida verosímil, pero la mayor parte del tiempo estaba demasiado ocupada en el hospital o intentando asimilar las valiosas enseñanzas de Floreta o Margarida.

«No tiene la menor importancia de dónde soy, ni la vida que he llevado hasta ahora —respondía Agnès siempre que le hacían esa pregunta—. ¡Quiero ser útil a la gente!».

En ese sentido debía reconocer que, si bien eso era cierto, al mismo tiempo quería ser otra. Dentro de la piel de Clara Farrés, dándolo todo por los demás, pretendía olvidar que alguna vez, en un instante que ahora ya se le antojaba lejano y brevísimo, como si el tiempo lo hubiera ido reduciendo, había sido Agnès de Girabent, y que Marc Roselló la había tenido en sus brazos, que le había escrito poemas. ¡Sí, poemas! Por mucho que quisiera disfrazarlos con imágenes evangélicas.

Estaba dispuesta a disculpar a Margarida de todas las maneras posibles, pero lo cierto era que la partida de la mujer la obligaba a multiplicar sus esfuerzos. De repente se sentía responsable de Floreta Sanoga, que ya no se levantaba nunca de la cama y cada día perdía un poco más de aquel brillo en los ojos que le era característico. Agnès pensaba que quizás era a causa de la sabiduría que transmitía, y se veía con la responsabilidad de absorber su legado. Ahora bien, sabía con certeza que la luz en la mirada era intransferible, que jamás le sería dada desde fuera, y desde que Marc había aceptado un futuro en el que ella no tenía cabida, una pátina de hielo se le había adherido al alma.

«Tal vez Margarida se ha marchado teniendo muy presentes cuáles serían las consecuencias…», se decía Agnès mientras escuchaba maravillada a su nueva maestra, que hasta entonces le había parecido una mujer distante y con síntomas irreversibles de estar cada día un poco más fuera del mundo.

Así pues, no tardó en dejar el hospital en manos de los padres de Brigita. Habían vuelto decepcionados por las dificultades que implicaba vivir en el campo si no comulgabas con el señor del lugar, y la niña, aunque se la veía muy recuperada, era débil y un tanto esmirriada. Pere, su padre, no tuvo ninguna duda cuando un mensajero le llevó la propuesta de la mujer a la que él conocía como Clara Farrés.

«… y aunque escaso, el dinero va llegando al antiguo hospital… —le decía en la carta—. Tal vez no sea el mejor lugar del mundo, pero yo estaré muy cerca y podré hacerme cargo de la salud de vuestra hija. Entre todos nos ayudaremos…».

La gran sorpresa de ese período fue que un día, al dejar vagar la mirada, hecho nada habitual en ella, casi siempre concentrada en lo inmediato y cercano, descubrió que la pequeña había hecho amistad con uno de los chiquillos que rondaban el hospital. Se trataba de Robert, el que se pasaba el día quejándose de su suerte, ya fuera buena o mala. Agnès se dijo que quizá sería bueno para los dos. Tal vez Dios se complacía de vez en cuando en ese tipo de actos. Reunir a las personas que más se necesitaban y darles una nueva oportunidad para que viesen el mundo de manera diferente. La compañía de Robert permitió que Brigita abandonase su talante melancólico. Eran dos críos que apenas empezaban a vivir y ya podían decir lo que suponía tener esa sensación. El hecho de que su relación le recordase tanto a la suya con Marc constituyó su secreto.

Con todo, las cuitas entre los dos chiquillos no tardaron en pasar a un segundo plano en sus prioridades. Cuando entendió que estaban en buenas manos, se concentró en atender a Floreta, en escuchar todas aquellas historias que hablaban de un pueblo sin tabúes a la hora de enfrentarse a las enfermedades, que por lo demás causaban estragos entre los cristianos.

Margarida Tornerons no se había mostrado demasiado curiosa en relación con los enfermos que acudían a solicitar que Floreta Sanoga los visitara. Para inmensa satisfacción de los vecinos, la gente ya no acampaba cerca de aquella casa de la calle del Balç, y Agnès pudo concentrarse en la salud de la anciana doctora.

Mientras se esforzaba por aprender todo lo posible del oficio que había elegido, recordaba el tiempo pasado con Nialó cual si se tratase de una bendición. Con ella aún había sido Agnès de Girabent, aún había sido aquella mujer amada por Marc Roselló, y todo indicaba que no podría volver a serlo nunca más.

Poco podía imaginar por entonces cómo la pondría a prueba la vida.

Durante mucho tiempo Agnès se dijo que era cosa del destino, pero íntimamente se sabía responsable por el modo como había nacido su amistad con los padres de Marc Roselló.

La cosa empezó un día en que todo parecía conjurarse para liberarla de las obligaciones que se había ido imponiendo. Pere se revelaba como una persona muy capaz de llevar adelante las tareas cotidianas del hospital, siempre ayudado por su mujer, callada y trabajadora; mucho más dócil, eso sí, de lo que a Agnès le habría gustado.

En casa de Floreta Sanoga se vivía con pesadumbre la mala salud de la doctora, mas lo cierto es que a veces revivía y hacía todo lo posible por echar a su voluntariosa enfermera.

—No creas que no aprecio en todo su valor cuanto haces por mí, pero, la verdad, de vez en cuando también me gusta estar sola y pensar en mis cosas. Tú no tienes ni un momento de descanso y te vendría bien encontrar a un hombre…

—¡Ay, Floreta! ¡Qué cosas se os ocurren! ¿Dónde creéis que puedo ir a buscar a un hombre que entienda lo que hago?

—Pero no eres ninguna monja, muchacha, y sin duda tienes tus necesidades. Ayudar a la gente no es lo único que debe hacer una doctora. También ha de saber cosas sobre la vida, sobre sus alegrías y tristezas. ¡A veces las enfermedades provienen en mayor medida del espíritu que del cuerpo!

Ya habían discutido mucho ese aspecto de la medicina, y Agnès, cada vez con mayor intensidad, sentía el impulso de contarle su historia con el sacerdote. No obstante, hasta el momento había evitado sincerarse, convencida al mismo tiempo de que las escasas fuerzas de la doctora requerían sumo cuidado por su parte, y no le parecía conveniente darle nuevos motivos de preocupación.

Esa tarde Floreta consiguió que la dejara sola, y de golpe y porrazo Agnès entendió la necesidad que tenía de ocupar todas las horas del día, de trabajar hasta el agotamiento. Era la única manera que conocía de cerrar el paso a la añoranza, y fue por la rendija que Floreta había abierto por donde esa sensación se le metió dentro hasta ahogarla.

Necesitaba caminar, cansar el cuerpo, sentir que avanzaba. Al principio lo hizo sin rumbo fijo, pero su amado seguía doblegando su voluntad. Finalmente renunció a oponer resistencia y encaminó sus pasos hacia Sant Fruitós de Bages. Era una pequeña villa que quedaba muy cerca de Manresa, y era asimismo el pueblo donde Marc había nacido y crecido, el lugar donde aún vivía su familia.

Sant Fruitós consistía en poco más que una iglesia y su dextro. Un lugar marcado por la casa del señor y por unas murallas de escasa altura más propias de un cuento que de una edificación pensada para protegerse. Marc le había hablado muchas veces del pueblo y, sobre todo, del monasterio situado en sus proximidades, Sant Benet, donde descansaban los restos mortales de san Valentín, a quien el sacerdote había tomado como referencia en numerosos actos de su vida.

Agnès caminó por las callejuelas bajo la atenta mirada de algunos lugareños, sorprendidos ante la presencia de aquella mujer sola y desconocida. No la animaba ningún propósito, tan solo pisar las calles donde Marc había jugado de pequeño, tal vez beber de la misma fuente en la que él había saciado su sed.

Y casualmente esa fuente se hallaba muy cerca de la casa de los Roselló. No se habría enterado porque su intención no era hacer preguntas, ni proceder a averiguaciones más allá de la mera observación. Fue aquella joven de talante amistoso quien de repente liberó todo el deseo que Agnès había retenido en su interior a lo largo de los últimos años. Era más joven que Marc, con sus mismos ojos y una nariz levemente aguileña, sin que dicha circunstancia afectara a su belleza. Agnès se le plantó delante y la contempló con la boca abierta.

—¿Os habéis perdido? —dijo la muchacha en un intento de romper el hechizo que parecía dominar a la desconocida—. Quizás estéis buscando a alguien, si habéis ido a parar a una villa tan pequeña como esta.

La primera reacción de Agnès fue salir corriendo, huir de un conocimiento que solo podía servir para que su imaginación volviera a soñar con encuentros imposibles. Sin embargo, no pasó de ser un vano intento y se disculpó como pudo.

—Perdonad, os había confundido. Trabajo en el hospital, ¿sabéis? No, claro, cómo ibais a saberlo. Lo siento, os parecéis mucho a una muchacha a la que curé y…

—¡No hay nada que perdonar! Conocer a una mujer que tiene conocimientos de medicina nunca está de más. Mi madre también sabe mucho de plantas y ungüentos —replicó la joven con voz alegre.

—Estoy segura, pero, si me lo permitís, debo irme.

—No me hagáis ese feo, mi madre me reñirá cuando se lo cuente. Vivimos aquí mismo, no os llevará mucho tiempo —dijo con voz zalamera mientras le tiraba de la manga.

La casa de los señores Roselló era más grande que las demás viviendas del pueblo, si bien más modesta que la que ella había construido en sus pensamientos. Los padres la recibieron con cierta frialdad, sin duda debían de hacerse cruces del comportamiento de su hija, que invitaba a su casa a la primera mujer sola que llegaba a la villa. No obstante, en ese preciso momento empezó un camino tortuoso para Agnès. Apenas saber que era discípula de Floreta Sanoga, la actitud de la madre de Marc cambió. Nunca había visto a la doctora judía, pero le habían llegado noticias, y todas ellas eran de las que suscitaban admiración.

—Me han dicho que cuida de muchos enfermos y que, si bien no es capaz de sanarlos a todos, también es una gran conversadora y conoce las palabras necesarias para procurar consuelo a los que más sufren.

Agnès habría podido responder que esa descripción se ajustaba perfectamente a su maestra, pero, plantada en el centro del patio de la casa, guardaba silencio. Se preguntaba cuántas veces habría subido Marc aquella escalera que conducía al piso superior, cuál de los caballos que albergaba la cuadra del fondo recordaría aún las palabras de su amado, al oído, como hay que hablar a los animales que te ayudan a vivir.

Y fue entonces cuando Marta de Roselló empezó a contarle que tenían otro hijo, un hombre santo que recorría el mundo para aprender la mejor manera de servir a Dios.

Ya no pudo aguantar más. Su corazón galopaba al ritmo del mejor de los animales de aquella cuadra y pidió permiso para sentarse en los peldaños de la escalera.

—¿No os encontráis bien? ¡Quizá deberías ofrecer un vaso de agua a tu invitada, Beatriu!

—Claro que sí, madre. ¿Verdad que podemos quedarnos charlando un ratito mientras acaban de preparar la cena en las cocinas?

¡La cena! Agnès fue consciente de que se había metido en un buen lío, que no tenía sentido hacer amistad con la hermana de Marc, y mucho menos con sus padres. Antes de que se dieran cuenta de sus intenciones ya estaba en la puerta y balbuceaba una excusa.

—Prometí a mi maestra que volvería pronto. Lo lamento. Tal vez en otra ocasión…

—Pero no podéis iros ahora, acabáis de llegar y parecéis cansada.

Agnès se dijo que su rostro debía de reflejar todos los miedos que la habían asaltado de repente. Le pasó por la cabeza quedarse y dejar en manos de Dios las consecuencias de su imprudencia, pero aquel día se mostró más fuerte de lo que se creía capaz.

Aquella primera huida no impidió que días más tarde Agnès se presentara de nuevo en casa de los Roselló. Pese a darse cuenta de que no las necesitaba, se inventó excusas para visitarlos periódicamente. La más importante fue la compra de provisiones para el hospital, sobre todo fruta y verdura, además de queso y leche. Pere se acercaba todas las semanas a Sant Fruitós y recogía todo lo que la joven había encargado previamente. Pese a que casi siempre era lo mismo, en función de los cultivos de temporada, a nadie sorprendió que hubiera que decidir cada vez el alcance del pedido.

Así pues, durante unos meses Agnès se convirtió en una presencia habitual en la casa, y los padres de Marc, que veían en la joven una buena compañía para Beatriu, lo celebraban ofreciéndole lo mejor de la cosecha a precios muy ventajosos. Estaba convencida de que no hacía daño a nadie, e incluso se alegraba de poder dirigir los pasos de la muchacha hacia la medicina. Algunos días la había llevado a casa de Floreta, que disfrutaba de su talante juvenil.

Fue al observar las risas de la joven por el motivo más baladí cuando Agnès tomó conciencia de cómo ella había pasado a ser otra, a alcanzar ese estadio intermedio en el que ya no cabía convocar la esperanza de la juventud, ni tampoco la despreocupación de quien ya ve concluido su ciclo. Se había hecho mayor, y pese a la felicidad que le procuraba sentirse cerca de los que llevaban la misma sangre que Marc, sus visitas se fueron espaciando.

Un día, con un montón de trabajo acumulado en el hospital, y con Floreta cada vez más delicada, un sirviente de los Roselló fue a buscarla con las mejores mulas de la casa. Agnès, sorprendida, dudó mucho sobre lo que debía hacer, pero tras atender un parto y dejar en manos de Pere a una niña con el rostro lleno de pústulas, lo acompañó hasta Sant Fruitós.

Por la manera en que Beatriu salió corriendo a recibirla, se dio cuenta de que la cosa debía de ser grave o, al menos, importante.

—¡No! ¡No puedo deciros nada! He prometido a mi madre que dejaría que fuese ella quien os comunicara las buenas noticias —decía la muchacha mientras casi bailaba de alegría a su alrededor.

—Por lo que veo se trata de algo bueno. Me habéis tenido preocupada con tantas prisas.

—Y nosotros nos preocupamos por vos. Ya no venís a vernos como antes. Entiendo a mi madre cuando nos dice que tenéis mucho trabajo, con el hospital y cuidando a esa señora tan principal, pero os echamos de menos. —Antes de que Agnès tuviera tiempo de disculparse otra vez, la chiquilla exclamó—: ¡Mirad, ya viene mi madre! Le hará feliz que nos acompañéis en un momento tan especial.

Agnès se quedó observando cómo la señora Roselló bajaba la escalera con una gran sonrisa en el rostro. Beatriu le cogió las manos, como si también ella pudiera verse afectada por unos hechos que ya conocía.

—¡Querida Clara! ¡Me alegra que hayáis venido! ¡Y mucho! Yo no estoy preocupada como mi esposo por los negocios que mantiene con vos, pero diría que lleváis camino de olvidar que en esta casa siempre seréis muy bienvenida.

—Lo lamento, pero los enfermos…

—¡Trabajáis demasiado! —la interrumpió la mujer—. ¡Pero no os he hecho venir para sermonearos! Hoy es fiesta grande, ¡y vos, nuestro ángel de la guarda, no podíais faltar! ¡Se trata de mi hijo, Marc! ¡El hermano de Beatriu!

Agnès se quedó de piedra al pie de la escalera. Miraba cómo se movían los labios de aquella mujer feliz, cómo gesticulaba y le brillaban los ojos, pero el corazón le latía con tal fuerza que apenas podía entender lo que decía.

—Ha acabado sus estudios, un largo periplo entre París y Roma, como os he contado tantas veces. Ahora debe presentarse en Vic ante su mentor, el obispo. Pronto, muy pronto, él mismo será obispo. Tal vez incluso llegue a la cumbre de la Iglesia.

Agnès sabía que no era tan fácil ocupar tales cargos, que gente muy valiosa había quedado arrinconada como abad de un monasterio perdido en la montaña. Así de torcidos podían ser los designios del Señor. Aunque también era cierto que Marc contaba con el favor del obispo de Vic. Pero ¿dónde estaba? ¿Por qué la hacían venir de Manresa para presentárselo y ahora la torturaban con tanta cháchara?

—¡Antes de incorporarse a su nuevo destino ha decidido venir a vernos! —exclamó Beatriu.

La señora de Roselló reía mientras abrazaba a su hija. Por suerte su dicha les impedía fijarse en el rostro de quien se hacía llamar Clara Farrés. Estaba segura de que en aquel momento parecía una máscara, como si alguien le hubiera aplicado un paño blanco que se le hubiera adherido a la piel, adonde la sangre era incapaz de llegar. Se había quedado congelada justo en mitad de un latido de su corazón.

No sería el último sobresalto. Agnès oyó pasos en el piso superior y ya no le cupo ninguna duda. ¡Pertenecían a Marc! ¿Cómo era posible? Ni de lejos había imaginado que las cosas sucederían de aquel modo. Beatriu, incapaz de contenerse, gritó desde el pie de la escalera y los pasos se hicieron más próximos. Agnès no se atrevía a mirar y trataba de ocultarse detrás de la muchacha, pero esta deseaba todo lo contrario, gustosa se habría vuelto transparente si era necesario para permitir que su hermano viera a la nueva amiga de la familia tan pronto como llegase a la escalera.

Y así sucedió. Marc Roselló se enfrentó a los primeros peldaños con decisión y una gran sonrisa en el rostro, pero se paró en seco mucho antes de pisar el suelo del patio. Agnès era incapaz de mirar otra cosa que no fuesen las sandalias que le había regalado Kosza, el judío al servicio de Floreta Sanoga. Entre tanto, los latidos de su corazón le martilleaban las sienes y pensaba que podría morir, de locura y de dolor y de gozo, en aquel preciso instante.

La señora de Roselló no entendió por qué su hijo se quedaba parado en la escalera con la boca abierta. Siempre había confiado en que la Iglesia puliría sus modales. Una vez más fue Beatriu la única capaz de romper el hechizo. Subió los peldaños que la separaban de su hermano y le dio la mano para conducirlo hasta delante mismo de Agnès, que aún miraba al suelo conteniendo la respiración, con los labios más finos que había mostrado jamás, tragándose el grito de alegría que pugnaba por salir de su boca.

Como si todo el mundo se hubiera quedado sin palabras, tampoco la proximidad ayudó a que el trance resultara más fácil. Agnès hizo media reverencia a fin de seguir ocultándose, pero Marc le tendió la mano y consiguió que se levantase. La señora de Roselló ya había renunciado a entender a aquellos dos jóvenes y caminaba decidida hacia las cocinas para encargar un refrigerio adecuado a la ocasión.

Solo quedó en el patio Beatriu, preguntándose cómo era que su hermano temblaba de arriba abajo. Creía que los sacerdotes renunciaban a aquellas emociones mundanas, pero solo podía sacar la conclusión de que el tembleque se debía al efecto que le había producido la belleza de su amiga.

—Ya te hemos dicho esta mañana que te presentaríamos a Clara Farrés —le espetó la muchacha, cansada de lo que empezaba a parecerle una comedia muy aburrida—. Tal vez podrías decir algo. ¡Saludarla, al menos!

—¡Claro que sí! ¡Es solo que no esperaba conocerla tan pronto!

—¿Y eso qué tiene que ver? —respondió Beatriu, rozando la indignación.

—Debéis dejar que vuestro hermano se acostumbre a la vida en familia. Sin duda ha pasado muchos días de estudio y soledad. No es fácil volver al mundo después…

La joven no hizo el menor caso de las palabras de Agnès. Dijo que ayudaría a traer el refrigerio y se metió en casa. No fue sino entonces cuando Marc pudo ver de nuevo los ojos de bruma de la mujer a la que tanto había amado. Sin embargo, ese no era el motivo principal de su turbación.

—¿Cómo es posible que aún te quiera tanto?

La pregunta colmó el espacio que los separaba y Agnès sonrió por primera vez desde que había llegado a la casa. Ya no temía enfrentarse a él, ni que la mano de Marc retuviera la suya como si tuviera la seguridad de que podría huir en cualquier momento.

—Es mejor que me vaya —dijo Agnès, pero en seguida se dio cuenta de que no sería capaz.

—No, por favor. Mi madre pensaría que te he echado. Se la veía tan ilusionada cuando me ha contado todo lo que has hecho por Beatriu y cómo le has hecho compañía en los últimos meses…

—Pero, Marc, no sé si puedo…

—Podremos. Debemos hacerlo. Tú eres una amiga de mi familia y yo soy un hombre de Iglesia, definitivamente.

—No podré soportar tenerte tan cerca…

—Yo te daré fuerzas —dijo Marc sin soltarle la mano.

—Sin duda —admitió la joven mientras bajaba la vista hasta aquel contacto que la hacía estremecer.

Entonces oyeron pasos y las voces de madre e hija que se aproximaban. Detrás iba una de las sirvientas, con una bandeja que contenía queso y pan tierno. Marc la soltó, pero antes de alejarse se acercó a su oído.

—Quedemos más tarde, en el camino de Sant Benet. Cuando oscurezca…

Agnès no tuvo tiempo de decirle que aceptaba. Improvisó una cara alegre ante las viandas y muy poco después todos comían mientras la señora de Roselló hablaba de las cosechas y de la suerte que habían tenido al conocer a Clara Farrés, la mujer que llevaba el hospital de Manresa y que ayudaba a Beatriu en una edad tan difícil.

Sin embargo, Clara solo pensaba en que ella era Agnès de Girabent y que le resultaba insoportable fingir ante el único hombre que no solo conocía su cuerpo sino también sus anhelos.

A Agnès de Girabent jamás se le había antojado tan lenta la caída del sol. Mientras tragaba con dificultad el pollo asado que había cocinado la madre de Marc, miraba de reojo por la ventana. En una de esas ocasiones, casi sin darse cuenta, exhaló un suspiro.

—¿Seguro que os encontráis bien, Clara? —preguntó la señora de Roselló, volviéndose hacia su invitada.

—¡Oh, ya lo creo! —exclamó Agnès, sin saber qué más añadir.

—Casi no habéis probado la comida…

—¡Es excelente, creedme! Pero me ha pillado por sorpresa. Mi abuela siempre me decía que era una persona débil en lo tocante a las emociones.

El padre Marc, que la miraba tratando de ocultar sus propios temores, sonrió y quiso desviar la atención hablando de la convocatoria de las Cortes Catalanas por parte del rey Alfonso, y, como nadie intervino en la conversación, refirió la fascinación que sentía por los códices de un sabio mallorquín llamado Ramon Llull. No obstante, su familia estaba más interesada en las ciudades que había visitado y continuamente le pedían que les diera detalles. Beatriu estaba excitada; se la veía orgullosa, exultante.

—¿Y cómo visten las mujeres en París?

—¡Beatriu, por el amor de Dios, tu hermano es un siervo de la Iglesia!

—Pero bien que debe de haberlas visto, ¿no? —insistió la chiquilla.

—A veces llevan una cola muy larga —respondió Marc en voz baja.

—¿Una cola, como la de los perros?

Marc prorrumpió en unas carcajadas contagiosas que arrastraron a todos los comensales. Después les contó la polémica entre esa moda, que se había impuesto entre las mujeres más elegantes y ricas, y la Iglesia, que se oponía a ella con uñas y dientes. La señora de Roselló se hizo la señal de la cruz sobre el pecho al oír que comparaban dicho apéndice de tela con la escoba de una bruja y lo llamaban incensario infernal. Mas eso no le impidió seguir escuchando boquiabierta cómo se desplazaban en vistosos carruajes, ni tampoco la descripción de los palacios a los que su hijo había asistido en calidad de invitado.

—¿Y es verdad que llevan telas de seda y tafetán o terciopelo? Di, ¿has visto a alguna con vestidos bordados con hilo de oro? —seguía preguntando Beatriu con ojos como platos.

Algo se revolvió en el estómago de Agnès, o quizá solo fue el nudo que se iba apretando mientras imaginaba a Marc rodeado de aquellas mujeres hermosas y peligrosamente atractivas.

—Tendréis que disculparme. Me parece que ya he abusado bastante de vuestra hospitalidad. Debo volver a Manresa y una hora de camino no me la quita nadie. No querría que se me hiciera de noche.

—Quedaos un rato más, luego os acompañará el mismo sirviente que ha ido a buscaros…

—Lo haré yo —interrumpió Marc, sin dejar que su madre acabara la frase.

—¡Hijo, pero si acabas de llegar! —refunfuñó la mujer sin obtener el menor resultado.

—Estoy bien, madre. Ah, y no os preocupéis si llego tarde, aprovecharé para visitar a un sacerdote al que hace mucho que no veo —añadió mientras se levantaba de la mesa.

Agnès imitó el gesto de Marc y, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron. Solo la polvareda que dejaron atrás los dos caballos permanecía sobre la calle que rodeaba el templo cuando Beatriu volvió a entrar en casa de los Roselló, muy cerca del dextro de Sant Fruitós de Bages.

Minutos después de su partida, la pareja se detuvo en una curva al amparo de unas encinas. Se estudiaron desde la corta distancia que imponían sus cabalgaduras y esta vez ninguno apartó la vista. Él tenía un aire más firme y las facciones más cuadradas; ella, por el contrario, estaba algo más delgada, su figura era más definida y la mirada más líquida.

—Quiero llevarte a un sitio muy especial para mí —dijo Marc rompiendo el silencio.

Agnès asintió con la cabeza. No hizo ninguna pregunta, de hecho, la traía sin cuidado el destino que le tuviera reservado, lo habría seguido hasta el mismo infierno si se lo hubiera pedido. La silueta del monasterio de Sant Benet se recortó ante ellos; los últimos rayos de sol embellecían la torre cuadrada. Al llegar a la puerta, Marc le pidió que lo esperase y poco después salió de nuevo y entraron juntos en la iglesia. El ruido de sus pasos sobre las losas quebraba el silencio de aquel espacio sagrado. Atravesaron la nave en forma de cruz como dos criaturas en busca del calor de su madre; al llegar a los pies del altar, descendieron por la escalera que conducía a la cripta. Solo un par de lámparas de aceite iluminaban la estancia.

Marc la cogió de las manos y ella sintió su ternura. Tras explicarle los motivos por los que san Valentín podría ser el patrono de los enamorados, se arrodilló ante las reliquias de su protector. Agnès tenía la garganta seca y le sudaban las palmas de las manos, donde su piel tomaba contacto con la de Marc después de tanto tiempo. Le pareció que él rezaba una plegaria en voz muy baja, pero, atenta al leve movimiento de los labios del hombre al que amaba, perdió la capacidad de escuchar las palabras. Solo el gesto del sacerdote dirigiendo la mirada hacia la puerta hizo saber a Agnès que no se hallaban solos en la cripta.

Un monje joven permanecía plantado en los primeros peldaños con una llave en la mano. Marc fue a su encuentro, cogió la llave y le dio las gracias afectuosamente, mientras ella se decía que aquel religioso tenía un rostro amable, nada parecía denotar que desaprobase lo que ocurría ante sus ojos. Hablaron unos instantes y finalmente se despidieron con un fuerte apretón de manos, algo extraño entre dos monjes.

Poco después los dos amantes abandonaban el monasterio. El canto de los grillos acompañó su trayecto por un camino estrecho y sinuoso que parecía acabar en la cima de una pequeña colina. Tampoco entonces hizo Agnès pregunta alguna. El cielo empezaba a perder el azul que había lucido todo el día y las primeras estrellas titilaban cual si quisieran darles la bienvenida a la pequeña ermita. Ya desde lejos había advertido que a aquella iglesuela con espadaña no se le daba un uso frecuente; las malas hierbas crecían a la puerta y en los alrededores había restos de hogueras recientes, como también una estructura hecha con piedras que podía servir de mesa. Marc metió la llave en la cerradura y la puerta cedió sin oponer resistencia. A la luz que se colaba por la saetera vieron una pared parcialmente ennegrecida por los cirios que, en otro tiempo, debieron de arder allí recogiendo plegarias que el paso de los años había silenciado.

El sacerdote retiró el pañuelo que cubría el cabello de la joven y olfateó su aroma con los ojos cerrados. El aliento de los dos amantes ardía, tal como había ocurrido años atrás en los bosques de Camprodon. Ella le mostró el cuello y los besos del sacerdote humedecieron su blanca piel. Sin embargo, no les bastaba con eso. El paso del tiempo había convertido la llama del deseo en una antorcha que acababa de encenderse. Se desprendieron de sus ropas, las extendieron en el suelo y se tendieron encima. La penumbra solo les permitía ver sus siluetas, pero no dudaban de que se grabarían en su memoria.

—¡Agnès! —pronunció Marc al sentir su piel desnuda, pero ella selló los labios de su amante con un beso prolongado, que habría querido eterno.

Agnès arqueó el cuerpo al sentirlo dentro y su mirada recorrió en progresión la pequeña bóveda de la iglesia, mas el alejamiento tan solo podía durar un breve instante. Prefería la piel cálida del hombre antes que la humedad de la piedra, la alegría que latía en su pecho, donde la propia oscuridad servía de refugio a la incertidumbre, antes que la melancolía que hasta entonces la asaltaba en compañía de los recuerdos. Por eso se aferraba a aquel cuello con toda la energía de que era capaz y sus piernas formaban una tenaza que ninguna fuerza de este mundo habría podido deshacer. Ambos se entregaron el uno al otro sin reservas hasta que los suspiros ocuparon el lugar de las acometidas. Entonces los embargó la sensación de que vivían dentro de una campana y que esta jamás recurriría a su badajo para expulsarlos.

Empapados en sudor, aún disfrutaron largamente de su encaje perfecto. Eran conscientes de que la noche anhelaba un abrazo perdurable y se abandonaron durante largo rato, hasta que Marc le susurró al oído:

—Si lo deseas tanto como yo, este será nuestro mundo fuera del mundo.

Las piernas de Agnès aún rodeaban el cuerpo de su amante, del mismo modo que la hiedra utiliza el tronco del árbol para elevarse hacia el cielo. No respondió, pero esperaba ansiosa la propuesta.

—Todos los años, a principios de la primavera, cuando los días se hacen más largos y las flores más aromáticas se abren a la luz, intentaremos encontrarnos en esta ermita.

—¿Y si eso no es posible? ¿Y si alguno de los dos…?

—Mira, he traído una prenda —la interrumpió Marc, mientras le ponía el índice sobre los labios y sacaba del interior de una bolsa una flor incluida en un bloque de resina; sabía que debía ser rápido, antes de que ella fuera presa de la decepción—. ¿La recuerdas?

—¡Por supuesto! La tiré al fondo del recipiente para que supieras que había estado allí.

—Y yo la recogí. La he llevado conmigo todos estos años, pero el miedo me ha tenido prisionero. El miedo y un destino que elegí hace mucho tiempo. La única certeza que tengo es que no puedo desposarte. ¡No puedo! Y confío en que lo entiendas. Eso no quita que te quiera como jamás he querido ni querré. —Marc hizo una pausa, lo justo para coger aire y acompasar sus palabras al tono que deseaba imponerles—. En ocasiones también pensaba en este lugar, en la protección que podía ofrecernos. Propongo que dejemos una flor cada vez; las paredes están llenas de agujeros donde meterlas. O te escribiré un poema y podrás leer lo que quiero decirte aunque yo no esté. Si las circunstancias no nos permiten acudir al encuentro del otro, dejaremos una huella que alimente la llama. Podemos confiar en el monje al que has visto antes, me debe mucho y cree en el amor tanto como nosotros.

—De tus palabras se desprende que tienes buenas razones para afirmarlo.

—Sí, porque él perdió a quien más amaba. Fue en París, cuando estudiábamos juntos. La que había elegido por esposa murió en una revuelta. Desde entonces se refugia en este monasterio y sigue creyendo que no puede haber nada de malo en los sentimientos que nacen de la pureza de espíritu. Incluso sostiene que solo pueden ser obra del Creador.

—¿Y tú? ¿Por qué tú no…?

—¡No me lo preguntes, por favor! Ahora mismo no conozco la respuesta.

Marc Roselló depositó en sus manos un puñado de flores incrustadas en resina, como aquel primer capullo de Camprodon, la primera vez que había sentido los labios del sacerdote en contacto con los suyos. Agnès sabía la importancia que tenían para su amante, pero, pese a todo, deseaba que el tiempo se detuviese, que la muerte pusiera un punto final en aquel mismo instante, antes de tener que enfrentarse a la inevitable tristeza de los días futuros.