La celda era pequeña. Aparte de la imagen del Cristo con el reclinatorio de madera situado delante, solo quedaba espacio para la cama minúscula encarada a una mirilla. Por ella entraban los ruidos del mundo, pero también el frío del invierno en el valle. ¡Cuántas veces había pensado en cubrirla con un trozo de alabastro hecho a medida, sin que nunca hubiera encontrado el momento!
Era tan reducida que, con los elementos mencionados, tan solo quedaba espacio para dar un par de pasos en dirección a la mirilla. La distancia entre el lado de la cama y la pared únicamente podía medirse con la puerta cerrada, aunque tampoco alcanzaba más de un paso y medio. En la cabecera había una cavidad cubierta por una cortina de sarga. Sor Hugueta guardaba allí algunas ropas, entre ellas, ignoraba por qué, el último vestido que había llevado antes de entrar en el convento de monjas agustinas. Hacía casi veinte años de eso…
Durante ese tiempo la religiosa se había preguntado si era por pura casualidad o por un capricho del destino por lo que se había encontrado de nuevo con Pere de Sadaval en el valle de Camprodon. Recordaba al abad como un chiquillo que jugaba en las calles de la Seu d’Urgell, y ella, todavía una niña, encerrada en la casa solariega, lo veía pasar con sus amigos mientras iban en busca de una nueva travesura.
Transcurrieron diez años entre esa primera imagen y el instante en que Hugueta, convertida en una joven un tanto rellenita pero mona, volvió a encontrarse con Pere de Sadaval. Recordaba que también era cerca del Adviento. La catedral de la Seu se hallaba a rebosar de feligreses y el futuro abad, por entonces ayudante del obispo en los oficios, se había pasado buena parte de la misa mirando sus generosas formas.
Después todo se precipitó. El primer contacto tuvo lugar en el mercado, y bastó una señal suya para que ella lo siguiera hasta la casa de uno de aquellos amigos de infancia. Ahora se estremecía al pensarlo. Meses de locura que habían conseguido marcar a sor Hugueta para siempre, rotos por el largo viaje de estudios de su amante.
Ahora bien, contrariamente a las promesas formuladas, el abad ya no había vuelto a la Seu d’Urgell. En la villa decían que había vivido en diversos monasterios sin encontrar su lugar, un monje errante que tal vez había conocido a otras mujeres o, quién sabe, igual se había quedado con el recuerdo de aquel amor pasajero.
Aunque le había costado digerir su partida, sor Hugueta no era monja propensa a las tristezas ni a los despechos, había elegido aquel camino mucho tiempo atrás a causa de una infancia recluida, marcada por la manera en que se vivía la fe en su casa, pendientes de las reglas cristianas incluso ante los asuntos más comunes del día a día.
Fue así como llegó a Camprodon; como, tras años de oscuridad y penitencia, ocupó el cargo de madre priora. No podía sospechar que su antiguo amante de juventud llegaría al monasterio de Sant Pere en calidad de abad. De hecho, de ser por él, jamás la habría reconocido. Quizá la coincidencia del nombre no había sido suficiente para recordar a aquella joven entrada en carnes que tanto le gustaba manosear; también podía ser que la hubiera borrado de su mente, saturada de otras imágenes, de otros recuerdos de sus años de estudio y ministerio.
Se lo había mencionado un día en que hablaban de las necesidades del hospital, pero él ni siquiera había querido abordar el tema. En tono muy serio, el abad Pere insistió en que, fuera cual fuese su relación en aquel pasado remoto, las circunstancias que los habían reunido en el valle eran muy diferentes y Dios ya se ocuparía de juzgar su comportamiento.
Sor Hugueta se había quedado muda ante la frialdad con que él había aludido a una época que la monja recordaba con una sonrisa en los labios. No esperaba que aquel amor volviera a resurgir, y mucho menos que lo hiciera en forma de un claro enfrentamiento entre el abad y la priora, un conflicto solo mitigado por los problemas de supervivencia que habrían de enfrentar a ambas comunidades religiosas.
De toda aquella historia, pero sobre todo de las consecuencias actuales, a sor Hugueta le había quedado una tristeza que siempre se manifestaba poco antes del Adviento. Se recluía en su celda y hacía penitencia por aquel pecado que tampoco deseaba olvidar. No obstante, ese año su recaída había sido más fuerte, conmocionada por el episodio de la joven sin nombre, por el recuerdo de la Seu, por la certeza de que aquella mujer debía de ser realmente la sobrina del abad.
La monja recordaba muy bien aquellos ojos en el cuñado de su amante, Berenguer de Girabent, cuya esposa, Guisla, poco tiempo atrás había dado a luz a una niña a la que pusieron el nombre de Agnès. Eran unos ojos de reproche, como si supiera todo lo que por entonces ocurría entre ellos, pese a que con el tiempo se había convencido de que se trataba de imaginaciones suyas.
En consecuencia, el Adviento la retrotraía a aquellos instantes de juventud, le hacía experimentar de nuevo las sensaciones que la habían convertido en una mujer o, tal vez eso se aproximaba más, que la habían llevado muy cerca de la locura. Para la monja, febril en el minúsculo lecho, era como un ritual; caminaba desasosegada por la guarida que le servía de celda, hasta que algo la situaba en su presente, el de priora del convento de Camprodon.
—Sor Hugueta, sor Hugueta…
—¿Qué pasa, sor Regina? Ya le dije al abad que me dispensara de los oficios, ¡no sé por qué tenéis que gritarme de esa manera!
Solo con oír los gritos de la monja, y pese a que se encontraba muy débil tras haberse pasado dos días enteros sin moverse de la celda, la madre priora sintió que empezaba a hervirle la sangre. Quizás había llegado el momento de proseguir con su vida y dejar de lado que cada día le entusiasmaba menos abrir los ojos de buena mañana.
—Se trata de la joven protegida del abad. ¡Hace ya tres días que no come casi nada! Debéis venir a verla. Yo la encuentro muy desmejorada.
—Esa mujer no es la protegida del abad, ni de lejos. Tenéis la virtud de dar siempre con la frase más inconveniente, y no creo que sea muy del agrado de Nuestro Señor que os mostréis tan atolondrada. ¡Haced el favor de tranquilizaros!
Sor Hugueta se quedó pensando que la recaída de la mujer coincidía con el tiempo que llevaba fuera de la celda. Por suerte, el abad había perdido todo interés, y no sería ella quien le diera motivos para recordárselo.
—Ya voy —dijo a regañadientes—. Preparadle una buena escudella, de esas que solo vos sabéis hacer.
—Ya he hecho el intento, por supuesto, pero se niega en redondo a ingerir nada sólido. ¡Diría que tiene ganas de abandonarnos, madre priora!
—¡No digáis tonterías! Yo misma se la daré.
Sor Hugueta sintió que se le hacía la boca agua al pensar en el plato de escudella que había cocinado la monja. Tal vez sí que era el día adecuado para salir de su embeleso; el premio de una buena comida, tras haber pasado tanto tiempo absorta en sus cavilaciones, era del todo merecido.
Sor Hugueta bajó a la sala de acogida de los enfermos, adonde habían trasladado a la desconocida tras echarla de la celda. La priora estaba contenta de haber recuperado la habitación que ella misma se había asignado. Sin embargo, aún le sorprendía la manera como había sucedido todo. El abad Pere había dado orden de que no se dispensara ya a la joven ningún trato especial, y la respuesta a la pregunta de la monja había sido muy clara.
—Lo que le ocurra a partir de ahora lo dejo en vuestras manos. ¿Acaso no sois la priora de este convento?
Muy al contrario de lo que habría hecho de haber sido otras las circunstancias, sor Hugueta dejó sin respuesta la pregunta. No cabía la menor duda, alguien había convencido al abad de que la desconocida no era su sobrina. Quizá también la priora tendría que revisar sus apreciaciones iniciales, pero aún seguía intrigándola el hecho de que nunca en su vida había visto unos ojos como aquellos; aparte, claro está, de los del cuñado de Pere de Sadaval.
De repente se dio cuenta de que la sala de los enfermos había cambiado mucho durante aquellos días. La luz era tenue y costaba acostumbrarse a ella. No obstante, quedaba lejos de la antigua penumbra. Por otra parte, parecía reinar cierto orden. Los jergones seguían agrupados en un rincón, lejos de las mirillas, pero se veían alineados. La ropa sucia y los bultos que los residentes reunían a su alrededor se hallaban arrimados a otra pared de la estancia, separados por unas maderas, como pequeñas celdas. Además, y eso sorprendió a sor Hugueta, olía bien, como si acabaran de fregar el suelo.
—¿Cuándo he dado yo permiso para ordenar esta sala? —preguntó maquinalmente; aparte de los que dormían en ella, nadie se dignaría responder.
Ahora bien, el ruido delator le llegó de la parte más oscura. Pese a que la ropa que vestía era del mismo color que las paredes, vio al fondo al pillastre de Gaufred, y si no se engañaba, lo que llevaba en las manos era un cubo y unos trapos. Se apresuró a dirigirse a él.
—¿Se puede saber qué haces? —La pregunta estaba cargada de reproches—. ¿Quién te ha dado permiso? ¿Cómo te atreves? ¿Es que te has vuelto loco?
Gaufred se asustó mucho con aquellas preguntas de la priora. Dejó caer el cubo de mala manera y buena parte del agua sucia que contenía se vertió en el suelo. Los ojos del chiquillo parecían pedir clemencia.
—¡Se te ha comido la lengua el gato, ya lo veo! Sin duda no necesitamos a un mudo en este convento.
—No… Yo… ¡Madre priora! Lo lamento mucho, pero me limito a obedecer las indicaciones de sor Regina.
—¿Y quién es ella para dar esa clase de órdenes? ¿Puede saberse con qué intención?
—No lo sé, pero sor Regina dijo que muchas enfermedades se generan a causa de la suciedad que se acumula en todos los rincones. Ella dice…
—Ella dice, ella dice… Que sea la última vez que se hace nada sin mi consentimiento, ¿está claro? De lo contrario, más vale que cojas la puerta y te largues.
—Pero ¿qué iba hacer yo con la puerta?
—¡Oh, no, además no entiendes lo que se te dice! ¡Lo que me faltaba! Da igual, ya hablaré yo con sor Regina. Ahora lo que quiero es ver a esa mujer enferma que se nos está eternizando en el convento. ¿Cuál es su cama? Venga, chico, no me hagas perder el tiempo.
—¡Pero si no está aquí! Sor Regina la instaló en el dormitorio de las monjas.
—¿Qué dices? ¿Con qué permiso?
—Es todo lo que sé —dijo Gaufred, abrumado por tanta solicitud de permisos—. Pero dijo que necesitaba tranquilidad. Y en esta sala quien no tose, vomita…
—Quiero que te quedes sentadito en tu jergón sin moverte, ¿me has entendido? Ya volveré más tarde para hablar contigo.
—Sí, madre priora.
Gaufred fue directamente al rincón donde alguien se quejaba emitiendo un leve aullido, como los lobos del bosque o, mejor dicho, como una lechuza que se obstina en saludar a la oscuridad. Sor Hugueta salió de allí muy molesta, aunque en el fondo no le extrañaba que intentasen sobrevivir en su ausencia. Haría lo que fuera para que en el convento de Sant Nicolau imperase de nuevo el orden natural, el que ella, siempre siguiendo las reglas agustinianas, imponía.
El dormitorio comunitario se hallaba vacío. Las hermanas debían de estar cada cual en sus quehaceres; de hecho, se dijo sor Hugueta, pobres de ellas si las hubiera encontrado ganduleando. Sin embargo, no tardó en distinguir una cama que sí permanecía ocupada; la cabeza de sor Regina sobresalía un poco por detrás, como si lo único que pudiera hacer en esta vida fuese acompañar a aquella joven en su aflicción.
La madre priora se acercó poco a poco, pero la monja no aguardó a que llegase. Se levantó y la cogió de la mano; pese a que se notaban las callosidades fruto del duro trabajo del convento, su tacto era suave. No lo habría confesado jamás, pero sor Hugueta envidió su juventud, justo antes de acercarse al lecho y ver que la muchacha dormía con cierta placidez. Sin duda sor Regina era una exagerada y merecía un castigo, pero algo le impedía aplicarlo allí mismo.
De repente, la desconocida abrió los ojos. No miraba nada, tan solo los mantenía abiertos de par en par cual si despertara de un sueño. La monja se puso de rodillas junto a la cama y empezó una oración.
—¡Creo que os estáis pasando de la raya, sor Regina! Esta mujer ya no necesita que le dediquéis tanto tiempo, y mucho menos que desobedezcáis mis órdenes. ¿Cómo es que la habéis trasladado aquí? Y, sobre todo, ¿por qué habéis organizado ese zafarrancho en la sala de los enfermos?
—No pretendía molestaros, madre priora. Cuando dejó de comer y cayó de nuevo en este estado de profunda tristeza, pensé que necesitaba mantenerse alejada del guirigay que siempre reina en la sala. Por lo que respecta a las tareas que he encomendado a Gaufred, me pareció que su ayuda sería importante para poner un poco de orden en la vida de los demás. Es muy joven, tiene energía y lo hace muy gustoso. ¡Le gusta ser útil!
Sor Hugueta escuchó aquellas palabras sin encontrar la manera de refutarlas. Paró mientes en que estaba más enfadada consigo misma que con la monja o con Gaufred. Le ocurría con frecuencia, ponía el grito en el cielo para sus adentros, pero después no era capaz de mostrar su enojo. La bilis se iba acumulando en su interior.
—¿Os encontráis mejor? ¡Tenéis que comer algo! —apremió sor Regina a la desconocida, que seguía mirando al techo—. ¡Tal vez deseéis atravesarlo y disfrutar del cielo abierto!
—¡No digáis bobadas, sor Regina! ¡Lo que esta mujer parece querer es oponerse al cielo, no disfrutar de él! Debería ser escuchada en confesión, solo así recuperaría la calma, si ello es posible.
—¿Y quién creéis que podría darme la absolución, madre priora?
Ninguna de las dos monjas esperaba que la muchacha se dirigiera a ellas; los corazones latían desbocados en aquella estancia.
—Estoy segura de que el padre abad lo haría con sumo gusto si se lo pidierais.
Sor Hugueta sabía que era una indiscreción, que Pere de Sadaval se enfadaría de lo lindo si llegaba a conocer el origen de aquella recomendación. Pero ya estaba dicho, y en el rostro de sor Regina, que no podía imaginar qué propósito animaba a su superiora, apareció una enorme sonrisa.
Entonces, la desconocida se levantó sin demasiada dificultad y, tras indicar con un gesto a sor Regina que no necesitaba compañía, se dispuso a encaminarse hacia el monasterio. En sus pensamientos bullía una mezcla de justicia y pasión muy difíciles de conjugar.
Las bolsas que la joven tenía bajo los ojos delataban su cansancio. El sendero que conducía a la villa estaba salpicado de placas de hielo que el sol ya no fundiría hasta principios de la primavera. Más allá, rodeando el valle, se hallaban las montañas, blancas, inexpugnables. Aquellos gigantes la hacían sentir aún más pequeña. Todo era nieve y hielo, y en su interior, niebla y noche. Solo le quedaba la esperanza de que sor Hugueta tuviera razón. Quizá confesar sus pecados aliviaría el peso que no le permitía avanzar; por eso se había puesto en movimiento. Necesitaba hacer las paces con Dios, conseguir la serenidad de su espíritu. Lo necesitaba más que cualquier otra cosa en el mundo.
Gaufred, que pasaba frío fuera del convento por si volvía la priora, se ofreció a acompañarla. Insistió una y otra vez, mas ella no se lo permitió. De una cosa estaba segura: aquel camino debía recorrerlo sola.
Al llegar al pueblo los dientes le castañeteaban y las piernas le flaqueaban por el esfuerzo. Un grupo de cinco o seis chiquillos con bastones en las manos perseguían a un cerdo que tenía los días contados. Los habitantes de Camprodon lo habían alimentado a lo largo de todo un año y en breve llegaría el momento de sacrificarlo y servirlo en la mesa de Navidad.
El techo del monasterio de Sant Pere también estaba cubierto por un manto blanco, protector, y su torre dejaba ver carámbanos de hielo. Se fijó en que la nieve no mostraba ninguna huella y solo unas ramillas desnudas asomaban la nariz donde antes había matorrales y hojarasca.
La joven se dirigió a la puerta lateral del monasterio, donde la recibió el hermano hostelero, quien se mostró preocupado por su palidez. Quiso la providencia que Pere de Sadaval apareciera justo cuando ella daba sorbos a una escudilla de caldo caliente.
—¡Padre abad! Necesito hablar con vos —pidió la muchacha.
—Lo lamento, pero no podré complaceros, como veis estoy muy atareado —respondió al tiempo que le mostraba unos pergaminos enrollados que llevaba en las manos.
—Pero es que lo que tengo que deciros es muy importante —insistió ella.
—Hermano Antoni, ved qué se le ofrece a la joven, y después que vuelva al convento, que este no es su lugar —sentenció el abad dirigiéndose al monje, que había permanecido en silencio.
—¡Solo vos podéis ayudarme! He venido en busca de mi tío, no del hombre de Dios que dirige la comunidad.
El abad de Camprodon se volvió, visiblemente molesto y con semblante grave. Entonces pidió al monje que abandonase la estancia a fin de quedarse a solas con ella. Tras hacer una breve reverencia y franquear la puerta, el hermano hostelero desapareció sin abrir la boca.
La muchacha seguía con la barbilla levantada, en actitud solemne. No había sido su intención que las cosas sucediesen de aquel modo. Ni siquiera había concebido la idea de darse a conocer, pero se sentía ofendida por la indiferencia casi humillante con que su tío Pere la había mirado. Un profundo orgullo que creía olvidado le permitió no bajar la mirada cuando la rabia del religioso se manifestó.
—¡Quitaos de mi vista! No quiero volver a veros, ¿queda claro? No sé de dónde habéis sacado eso ni qué os proponéis, pero sea lo que sea, no os saldréis con la vuestra.
—No quiero nada…
—Pues volved al lugar de donde venís y no os atreváis a molestarme más —la interrumpió el abad—. Me confundí y vos habéis venido a aprovecharos de ello.
—Puedo demostrarlo. Puedo demostrar que soy Agnès, la hija de Guisla, vuestra querida hermana.
—Pese a todo os creía un alma noble, pero veo que me equivocaba. ¿Cómo tenéis la osadía de venir aquí y blasfemar de esta manera tan ignominiosa? ¿Quién os ha dado noticias de mi familia y con qué intención?
—¡Dejad que os lo explique! —suplicó la joven al tiempo que sentía cómo le fallaban las fuerzas ante la frialdad con que aquel hombre de Dios la trataba.
—¡No hay nada que explicar! He hecho mis indagaciones y mi sobrina está casada, y bien casada, en Vic. ¿Qué tenéis que decir a eso? No os lo esperabais, ¿verdad?
Al oír aquellas palabras, toda la seguridad que había acompañado a la muchacha hasta entonces desapareció. ¿Cómo era posible semejante cosa? ¿Tal vez Nialó había seguido con el plan trazado?
—¡De acuerdo! ¡Escuchadme, pues, en confesión! —exigió ella en un intento desesperado de contarle cómo había sucedido todo, de dar coherencia a una historia que justo había conseguido recordar unos días atrás.
—El sacramento del perdón no puedo negároslo, pero no seré yo quien os lo administre.
Esas fueron las últimas palabras que el abad le dirigió antes de volverle la espalda y desaparecer de su vista. En el breve espacio en que la puerta volvía a abrirse, la joven intentó con todas sus fuerzas pensar con claridad. Tenía la certeza de ser capaz de convencer al abad de la sinceridad de sus palabras, solo era cuestión de tiempo. Podía contarle cosas que únicamente ella conocía, detalles a los que ninguna otra persona habría podido acceder; también podía hablarle de la carta que le había hecho llegar, se la sabía de memoria. Ahora bien…, ¿con qué fin?
Su destino debía de estar escrito en alguna parte y, pese a que nada había salido como esperaba, el resultado se aproximaba mucho al deseado. Solo le dolía que, si no se daba a conocer, tampoco podía contar con la ayuda de su tío. Él no estaría a su lado para ofrecerle los contactos que le allanarían el camino. No obstante, y en ese punto sonrió como no lo había hecho desde hacía mucho tiempo, finalmente era libre, nadie la esperaba en ninguna parte. Eso era exactamente lo que perseguía cuando se puso en camino desde la Seu.
—Hermana en Cristo, si sois tan amable de acompañarme a la iglesia… El padre abad me ha pedido que os administre el santo sacramento de la confesión.
Todos los pensamientos que habían ocupado la mente de la joven en tan breve espacio de tiempo se hicieron añicos al oír aquella voz inesperada. Tras exhalar un suspiro casi inaudible, se volvió, conmocionada por una única certeza, el sabor de los labios que habían pronunciado aquellas palabras.
Él, Marc Roselló, sacerdote adscrito a la diócesis de Vic, dio un paso atrás al descubrir quién era la persona a la que debía confesar. No fue capaz de responder a la sonrisa que la muchacha le ofrecía, ni siquiera contestó a las palabras que el rugido de su corazón en las sienes le impidió oír. Con la boca abierta, presa del pánico que le provocaba la situación, Marc seguía sin decir nada, sin moverse, incapaz de utilizar ninguno de sus músculos ni en una dirección ni en otra.
El repicar de las campanas en la vecina iglesia de Santa Maria llamando a los fieles a misa fue recibido como un regalo por el religioso. Cuando acabó el tintineo, dijo muy poco a poco:
—No puede ser.
—¿Qué es lo que no puede ser, padre Marc? Estoy en pecado mortal y quiero confesarme. El abad del monasterio os envía y vos le debéis obediencia. No podéis negaros.
En las palabras de Agnès cabía adivinar una consciente provocación. Sus ojos buscaban los del religioso sin el menor pudor. Cuanto más temblaba él, más fuerte se hacía ella.
—Debería ir en busca de fray Joan, el predicador, él…, él tal vez esté libre de pecado.
—¡No! No deberíais hacerlo. He venido en busca del perdón de Dios y Él os ha puesto en mi camino.
Sorprendido por la determinación de la mujer, el sacerdote se dejó conducir al interior de la iglesia.
Tal como establecía la Regla, el espacio donde debía llevarse a cabo la confesión tenía que estar situado lo más lejos posible de la oscuridad. El sacerdote encaminó sus pasos hacia el altar, seguido muy de cerca por Agnès, pero renunció de inmediato al ver que los fieles ya se reunían en el interior del templo para oír la santa misa. Desorientado, como si se dispusiera a administrar aquel sacramento por primera vez y desconociese un espacio que había visitado a menudo en los últimos meses, miró a su alrededor.
Ella permanecía en silencio. Tal vez fingía indiferencia, como si fuera por completo ajena a la incomodidad que su amante arrastraba a cada paso y cada gesto.
A fin de ponerse a cubierto de cualquier mirada, que Marc habría interpretado como acusadora, ambas figuras se dirigieron a uno de los pequeños pasillos laterales que llevaban hasta los brazos del crucero. Incorporados al mismo muro, siempre le habían resultado extraños, pero facilitaban el recogimiento, incluso le habían servido para escuchar aquella conversación entre el abad y Bremund cuando este volvió de la Seu d’Urgell.
El monje que Pere de Sadaval había convertido en su enviado lo había expresado con suma claridad. Aquella no era Agnès de Girabent. Ahora bien, si nadie erraba en su juicio, la pregunta se volvía más inquietante. ¿Quién era entonces la desconocida? ¿De verdad no recordaba nada? En ocasiones dudaba, pero en el fondo sabía que la necesidad de saberlo todo sobre la mujer a la que amaba había pasado a ser prioritaria para él.
Fue una anciana piadosa, viuda desde hacía muchos años del herrero del pueblo y asidua de la iglesia, la elegida por el sacerdote para hacer de testigo. No debía oír los pecados, pero era indispensable que, situada a una distancia prudencial, formase parte de la liturgia.
El sacerdote se sentó en una silla de anea a la entrada del pasillo y se puso la casulla. La joven, con la cabeza y el cuello cubiertos, se arrodilló ante él. Marc no podía establecer contacto visual, así lo habían dispuesto los sabios de la Iglesia reunidos en el Concilio de Nimes. Por lo tanto, necesitaba un lugar donde fijar la vista, un espacio seguro que le brindase la fortaleza exigida por el sacramento. Una tenue mancha de luz, que se reflejaba en las piedras del interior del pasillo, fue el anclaje escogido.
—Padre, he pecado ante Dios y ante los hombres. He quebrantado casi todos los mandamientos de su ley —empezó la mujer con voz serena. Luego se hizo un silencio.
El sacerdote, al ver que la joven no mencionaba de entrada los pecados cometidos, se sintió aliviado, pero después un gran peso se le instaló en la boca del estómago. Escuchar lo que sin duda se disponía a decirle le provocaba una desazón creciente, pero no hacerlo significaba traicionar de manera deliberada el cumplimiento de su deber.
En el seminario no le habían dicho otra cosa: ayuda a los fieles a expresar la totalidad de sus pecados, facilita que la vergüenza no devenga un muro insalvable, hazlo con caridad, con amor y respeto. No olvides nunca que el pastor no solo utiliza su bastón para conducir al ganado, también lo hace con el cuerno y con palabras dulces.
Pero él… ¡Él no se veía con ánimos! En aquel instante de confusión pensó en una cita de los Evangelios. Las palabras del apóstol Lucas tal vez podrían servir.
—Toda vida humana es como una peregrinación a la casa del Padre. Él nos descubre día tras día el amor incondicional por cada una de sus criaturas… Especialmente por el hijo perdido… —añadió, completando el versículo.
—¿Por el hijo perdido, decís? ¡Yo era quien estaba perdida! Perdida en el pozo más profundo, en la oscuridad más impenetrable. El amor me ha llevado hacia la luz. ¡Dios me ha mostrado cómo amar con todo mi cuerpo, con toda mi alma! ¿Es eso pecado, padre?
La joven buscó el rostro del sacerdote, pero él no movió ni un músculo para que pudiera clavar en los suyos sus ojos de bruma.
—Dios puede ver en el fondo de nuestros corazones…
—¿Y vos? ¿Podéis ver en él?
—Yo soy el instrumento.
—He pecado de lujuria, padre —lo interrumpió ella—. Me he entregado a un hombre que no era mi esposo. He recorrido su piel con la lengua y he gozado sintiéndolo dentro de mí. He dejado que me acariciase los pechos, que me pellizcara los pezones…
—¡Por favor! —exclamó él profiriendo un suspiro largamente contenido.
La anciana dejó de pasar las cuentas del rosario y los miró con curiosidad.
—He venido a confesarme y a buscar el perdón.
—¿Estáis verdaderamente arrepentida? —preguntó el sacerdote, pero su voz sonaba insegura, casi temblorosa.
—¿Y vos? ¿Os arrepentís vos? —La primera pregunta la formuló como una insinuación; en la segunda residía la desesperanza.
—Solo si sentís dolor por los pecados cometidos puedo administraros la absolución. Si no es así, rezaré para que el Señor os ilumine —dijo, confiando en que aquel aprieto pasara lo antes posible.
—No hay penitencia, por dura que sea, que se me antoje más cruel que renunciar a vos, padre Marc. No me duele lo que hice y, si Dios es amor, tendrá compasión de mí. La compasión que vos me negáis.
—Hija…
—Me llamo Agnès, Agnès de Girabent. Nací en la Seu d’Urgell en el año 1408. Pero mi vida, la de verdad, empezó hace justo un par de meses, cuando alguien me rescató de las tinieblas y me dio a beber el elixir del amor. Abrid los ojos vos también, Marc. Escuchad lo que grita vuestro corazón. Yo… Yo os estaré esperando.
Las últimas palabras las pronunció a muy poca distancia del rostro del sacerdote. Acto seguido se levantó y, sin esperar a que le impusiera las manos, desapareció por el pasillo. Marc Roselló se quedó desconcertado. La mujer insistía en afirmar su identidad, pero no era eso lo que había oído que Bremund decía al abad. No se le ocurría motivo alguno para dudar de las palabras del monje. ¿Tal vez la desconocida se había trastornado a raíz de lo sucedido? No resultaba fácil volver de la muerte.
Mientras los fieles congregados para la santa misa se diseminaban por la iglesia, la anciana se hizo la señal de la cruz sobre el pecho.
Dromàs cruzó la plaza donde horas antes se hallaban instalados los puestos del mercado. A solo tres días de Navidad, tanto los campesinos de las montañas como algunos comerciantes de Olot se habían dado cita allí, pero la mayoría de los negocios llevados a cabo consistían en trueques de productos y unas cuantas cajas de fruta y de quesos que se habían vendido a los más acaudalados de la villa. El resto se conformarían con lo que tenían en casa, si es que tenían algo.
El perro que había encontrado a la desconocida en el camino de Llanars se acercó a una mujer vestida con harapos. Recogía ramillas de muérdago entre los desperdicios que los comerciantes habían abandonado. Sin duda se convertirían en el único indicio navideño en el rincón que la acogía en alguna de las casas más pobres que daban al río. Según decían los viejos del lugar, una poción preparada con dicha planta era buena para la fertilidad del ganado, hacía que a las vacas les bajara la leche y proporcionaba fortaleza a los dientes de los niños.
La mujer agitaba las ramillas con los brazos en alto. Al mismo tiempo, le decía a un niño que la miraba boquiabierto que el muérdago también era capaz de barrer los rayos. No obstante, todo indicaba que la ya próxima Nochebuena el cielo aparecería sereno.
Poco después el perro se detuvo ante la casa del alcalde, atraído por el olor a capón asado que se percibía desde la calle. ¡No, no se engañaba! Aquella delicia desprendía un aroma evidente que se escurría por debajo de la puerta, un lugar accesible para su olfato hambriento. Lo que no sabía Dromàs era que en la mesa también se servirían barquillos e hipocrás. La criada lo había preparado todo con gran esmero, según una antigua receta que pasaba de madres a hijas.
Si el paseo de Dromàs hubiera tenido lugar el día anterior, tal vez se habría enterado de que el vino que rebosaba del pimentero de barro barnizado llevaba pimienta y jengibre, canela y clavo. Él solo tenía la certeza de que en aquella casa vivía alguien importante. No obstante, el animal no lo conocía; aquella gente nunca le daba de comer.
Más allá, en la casa de labor que hacía esquina con la calle Major, se captaba el olor de la pepitoria y las butifarras frescas. Era una fragancia que se repetía en muchos portales. Los habitantes de Camprodon hacían lo imposible para que así fuera, aunque tuvieran que obtenerlo cantando por las calles o empeñando algo. Sin embargo, no todos lo habían conseguido aquella Navidad.
Siguiendo su recorrido sin demasiados hallazgos, Dromàs pasó de largo por delante de la cabaña donde el pastor residía gran parte del invierno. Lo hizo con todos los sentidos alerta. El perro pastor que lo acompañaba siempre le enseñaba los dientes marcando territorio. Era grande, con manchas negras que le recorrían el lomo, y su amo le había hecho un collar de hierro con ganchos puntiagudos para que tuviera alguna oportunidad de sobrevivir si lo atacaba un lobo.
Ahora bien, el pastor era un pedazo de pan, y sabía muchas cosas que nadie conocía. Dromàs lo había visto en numerosas ocasiones curar golpes y torceduras de tobillo y de muñeca. Él decía que lo había aprendido cuidando de sus ovejas, pero en el monasterio sospechaban de aquellas prácticas. La suerte que tenía era que en el valle no había nadie más dispuesto a seguir a las cabras por las estrechas sendas de las montañas.
Dromàs observó de lejos las enormes tijeras para esquilar al ganado. Siempre lo hacía correr mientras gritaba que le cortaría el pelo para que no albergase tantas pulgas, pero el perro se había acostumbrado y era capaz de huir hasta perderse en el bosque antes que permitirlo. De soslayo y a contraluz, colgada del bastón, adivinó la silueta de la calabaza donde llevaba el agua fresca. Llegó a la conclusión de que aquel a quien todos tildaban de loco debía de ser un hombre bueno. Se dijo que tal vez conseguiría algo si se atrevía a acercarse, pero tenía la certeza de que el perro de manchas negras no se lo permitiría.
Lo habían echado del monasterio tras declararlo responsable de la plaga de pulgas que se había extendido por doquier. Como la luz en el valle se desvanecía temprano y no disponía de un lugar fijo para pasar la noche, Dromàs siguió avanzando río arriba.
Ante él, uno al lado del otro, había cuatro establos rebosantes de aperos de labranza y un par de carros que olfateó con detenimiento. Eran más viejos que el propio Dromàs y habían conocido más de un amo; tan pronto se utilizaban a pleno sol, en época de cosecha, para llevar los haces de trigo, como, durante la vendimia, para cargar las aportaderas. Los hombres siempre encontraban algunas sobras para darle que él encontraba suculentas. ¡Aquello sí que era una fiesta!
El ruido de la mula ramoneando el suelo lo puso al acecho y respondió con un breve ladrido. Aquella bestia de orejas enhiestas y expresión amable siguió comiendo indiferente a su presencia. La última vez que habían coincidido había sido en el bosque. Él perseguía a un conejo y ella arrastraba unos troncos de pino para hacer leña. La que ahora, protegida bajo una manta, se había convertido en alimento para las chimeneas. Los serruchos, el hacha y las azadas, los capazos y paneras, bien alineados, formaban parte de aquel belén cotidiano.
El morral y el horcajo descansaban sobre el banco de madera, ya en desuso. En un rincón, largo tiempo olvidadas, yacían dos colmenas. Una de cañizo y la otra hecha con un sencillo tronco vaciado por dentro; del barro que las cubría solo quedaba el recuerdo.
De pronto vio que dos lucecitas de un verde incandescente brillaban en la azotea de la casa de delante, la de Joan Oms. Dromàs se quedó mirando aquel caserón que llevaba años deshabitado; el heredero se había marchado a Lleida para aprender un oficio, decía que quería ser curtidor, pero jamás volvió al valle. El perro conocía bien las chiribitas nocturnas de los ojos de su gato; tozudo, seguía subiéndose al tejado todas las noches esperando el regreso de su amo.
Tal como había hecho otras veces, se entregó al juego. Perseguirlo constituía una apuesta que siempre acababa en derrota, pese a que era un gato viejo o quizá por eso mismo. Pero le gustaba aquel primer momento, ver cómo el animal, color ala de cuervo, arqueaba el cuerpo; cómo su pelo brillante se erizaba. Dromàs esperaba con deleite el instante preciso en que uno de los dos tomaba la decisión de lanzarse a la carrera.
Cuando quiso darse cuenta se encontraba de nuevo en el puente, el que implicaba el pago de un portazgo insoslayable para todos los que querían entrar en Camprodon. El gato se había subido a un roble y ya se sentía bastante seguro. Dromàs aprovechó para fijarse en el agua del río, que bajaba bravía, resbalaba entre el hielo y las piedras que había dejado la última tormenta y acarreaba asimismo ramas menudas, poniendo música a la noche. Bajo el arco de piedra, el Ter. En sus riberas las mujeres hacían la colada antes de que se helara del todo, y los chiquillos ponían a navegar barcos construidos con madera y trapos o, si la superficie helada no lo permitía, se dedicaban a arrojarse trozos de hielo de orilla a orilla.
El perro se dejó caer sobre la tierra acumulada en la margen opuesta, lejos del alcance de posibles pedradas. La carrera con el gato de Joan Oms lo había dejado agotado y se dijo que más valía tomarse un respiro antes de buscar refugio para la noche. Su estómago, reducido por la falta de uso, casi no tenía fuerzas para quejarse.
El sacerdote miraba al abad con satisfacción creciente. Ambos ocupaban sitios de privilegio en la iglesia del monasterio de Sant Pere, deseando que los maitines del día de Navidad fueran recordados durante muchos años. La gente del pueblo llenaba la nave y el crucero, lo que ponía de manifiesto que los recientes conflictos a causa del desafortunado papel del predicador dominico constituían un episodio superado que no influía en la pasión suscitada por la celebración.
También estaban las monjas agustinas del convento y los enfermos que podían desplazarse por sí mismos; incluso Dromàs se había dejado caer por allí. No conseguiría nada comestible en aquel lugar, pero se le solía ver en misa. Pese a que la gente procuraba dejarlo solo en un rincón por temor a sus pulgas, que empezaban a ser legendarias.
No obstante, si uno se fijaba con mayor detenimiento, no resultaba difícil descubrir que había dos ausencias significativas, y por motivos muy diferentes. Fray Joan se preparaba para el viaje de regreso. Por mucho que lo había intentado a su manera, en la villa sus métodos no acababan de tener éxito. El abad Pere le había rogado que no estuviera presente el día de Navidad, consciente de que más bien se trataba de un favor mutuo. El dominico había captado las insinuaciones sin alterarse y, eso sí, le había pedido la absolución.
La otra ausencia notable era la de Agnès. Esta quizá solo la percibieron algunos de los allí reunidos. De cara a los monjes, la excusa era que le dolía mucho la pierna, y al fin y al cabo la noticia había supuesto un alivio. El abad Pere montaba en cólera cuando la tenía cerca y solo deseaba que prosiguiera su camino, tal como había manifestado en diversas ocasiones a sor Hugueta.
La única que sabía las verdaderas razones de la ausencia de Agnès era sor Regina. Con el paso de los días se había convertido en su confidente, y gracias a las dos, con la ayuda de los conocimientos que ambas habían recibido por tradición familiar, algunos de los enfermos habían mejorado bastante.
Hacía dos días que Marc Roselló no hablaba con la joven. Dos días durante los cuales no había podido quitarse de la cabeza sus palabras en confesión, el modo en que había sentido la influencia de aquellos ojos, extraños y fascinantes al mismo tiempo, que lo interrogaban. No podía dejar de pensar en la seguridad con que le declaraba su amor, ni tampoco su nombre, Agnès, que al presente lo perseguía. El sacerdote tenía el convencimiento de que ella se sentía profundamente decepcionada. Tampoco había recibido ninguna noticia directa sobre las razones que la habían excluido de los maitines, si era decisión suya o bien una imposición.
Por un momento dejó de lado sus cavilaciones y proyectó la mirada hacia la nave llena de fieles. Los habitantes de la villa, una Navidad más, habían decidido luchar contra el sueño para asistir a misa y escuchar el Canto de la Sibila. Sant Pere siempre superaba en asistencia a Santa Maria, con la que existía marcada rivalidad. Marc sabía que permanecer de pie en la iglesia todas aquellas horas no podía ser muy agradable. Hacía frío, pese al tenue calor que transmitían las antorchas y los cirios, concentrados sobre todo en la parte del altar. El abad, que nunca dejaba escapar la oportunidad de reflejar la grandeza de Dios, había dado la orden. Las zonas de la nave dedicadas a los feligreses se veían muy oscuras y, hacia el fondo, la gente solo podía distinguir el contorno de los rostros que tenía más cerca.
En el altar, en cambio, se imponía una luz de incendio con tonalidades anaranjadas, una luz que convertía el ábside de la iglesia en un estallido de luminosidad velado por la humareda que lo iba invadiendo. El sacerdote observó la marca negra en las paredes que quedaban detrás de las antorchas, le pareció que eran una pequeña muestra de que la luz del Señor también presentaba claroscuros, al igual que él y su trayectoria, con pecados que solo Dios conocía lo bastante para juzgarlos.
Que el abad le hubiera reservado el papel de mero espectador demostraba su inteligencia, pero no había conseguido mitigar el desasosiego del sacerdote. Su encargo, que sin duda solo Marc habría podido llevar a cabo, había sido una bendición del cielo. No tanto por el reto que le suponía la traducción como porque le brindaba la ocasión de zambullirse en un espacio donde el dolor no era tan desgarrador. Y que además, estaba seguro de ello, ayudaría a restablecer la confianza entre ambos.
Mientras los feligreses esperaban con expectación el Canto de la Sibila, el sacerdote rememoraba aquel momento del todo inesperado…
—Lo que ahora os pediré puede ayudarnos a conseguir que los habitantes de la villa recuperen la fe perdida a causa de las desgracias que han asolado el valle —aventuró el abad con voz esperanzada—. Sé que apartaros de vuestras obligaciones con el predicador no fue justo, que fray Joan no necesita ayuda alguna para provocar un efecto de rechazo. Tal vez en las ciudades, donde la gente no tiene una vivencia tan directa de las viejas costumbres, donde no resulta tan fácil sentirse impregnado por el esplendor de bosques y montañas, ese tipo de sermones resulten efectivos, pero él mismo ha comprendido que su ministerio no hacía ningún bien al valle. Como podéis ver, se trata de un hombre inteligente.
—No tenía la menor duda al respecto, padre abad. Pero aún no me habéis dicho cuál es la propuesta.
—En efecto, así es. ¡Qué impaciente sois! No os lo reprocharé. Yo también tuve vuestra edad y en el fondo me reconozco en vos. —El abad guardó silencio unos instantes, como si buscase las palabras adecuadas o deseara demostrar a Marc que debía tener paciencia; a continuación le explicó su idea—. Según tengo entendido os interesan las letras; tal vez más de lo conveniente teniendo en cuenta el camino que os han trazado, pero eso es otra cuestión que algún día habrá que abordar con calma. Ahora querría que el monasterio pudiera servirse de vuestros conocimientos.
—Todo lo que esté en mis manos será puesto a disposición de este monasterio —dijo Marc, sin acabar de entender cuál era la intención del abad.
—Es muy sencillo. Sé que sois un buen traductor. El obispo me informó cumplidamente de vuestras virtudes, así como de algún defecto… El caso es que en Nochebuena se interpreta en la iglesia el Canto de la Sibila, y la gente viene a escucharlo con devoción. A mi modo de ver, muy pocos entienden su verdadero significado, por mucho que nos esforcemos por desvelar el contenido durante la misa.
—El pueblo no sabe latín, padre abad…
—¡He ahí nuestro papel! Todos lo escuchan embelesados… «Ludici signum: tellus sudore madescet…». Quizá si estuviera en su lengua, en la que utilizan a diario en los actos más cotidianos, su fe se vería recompensada. ¿Qué opináis?
—¿Me estáis pidiendo que haga una versión en lengua vernácula del canto, padre abad? ¡Pero si ya existen esas versiones! ¿O acaso lo que queréis es ajustar el texto a fin de que llegue con mayor facilidad?
—¿Lo veis? Vos también sois inteligente y efectivo, ¡cuando utilizáis vuestra capacidad para ayudar a la Iglesia, desde luego!
—Es una idea interesante, pero solo faltan dos días para la celebración y no sé si podré llevar a cabo lo que me pedís.
—Nadie dice que los deseos del Señor sean de fácil cumplimiento. Y vos sois más que capaz de hacerlo, si os concentráis en la tarea. ¿No es cierto?
—Con toda humildad debo deciros que estáis exagerando mis posibilidades.
—¡Y yo que estoy muy seguro de ellas! De todos modos, solo os pido que lo intentéis. Haced una versión que se pueda entender, tampoco quiero una obra de arte, una interpretación de belleza sublime. Tan solo debéis tener en cuenta que se trata de un escrito glorioso que, y somos muy afortunados por ello, ¡se ha utilizado desde los comienzos de la Iglesia!
Marc permaneció pensativo. El abad Pere tenía razón en sus apreciaciones. Según recordaba de sus estudios en Vic, el Canto de la Sibila había sido adaptado de las costumbres paganas en el siglo III, cuando los Padres de la Iglesia llegaron a la conclusión de que podría ser útil conjugar algunas tradiciones. Más tarde, san Agustín lo había hecho muy conocido al incluirlo en su De civitate Dei.
—Queda claro que hablamos del Canto de la Sibila de Eritrea, el que conforma aquel acróstico… IH SOYS XREISTOS XEOY YIOS SOTHR… O en nuestra lengua: Jesucristo, hijo de Dios Salvador.
—Veo que lo conocéis bien, padre Marc. Y no me extraña. Me han llegado sobrados ejemplos de la capacidad del obispo para formar a sus alumnos.
—Permitidme, no obstante, que os haga una pregunta.
—Sin duda. Podéis hablar.
—¿No os asusta el mensaje que transmite el Canto de la Sibila? Al fin y al cabo es un texto sobre el fin del mundo y la gente del valle se ha visto muy castigada últimamente.
—¡Ay, Marc! Me permitiréis que os llame así. Yo no tengo la aspiración de dar lecciones, ni de ser un hombre que cree doctrina, pero estoy convencido de que el mensaje del texto ayudará a ver lo que tenemos como un bien de Dios, y también a suscitar el temor a quedarse fuera de la compasión divina si se adoptan según qué actitudes.
—Sois el abad y me complacerá responder a vuestros deseos.
—Así pues, ¿lo haréis? ¿Tendremos esa traducción para Nochebuena?
—¡Me pondré a ello con todas mis fuerzas!
—Y recibiréis mi agradecimiento —dijo el abad; se le veía satisfecho y una sonrisa le pasó como una sombra por los ojos.
Marc se arrodilló a sus pies para que santificase la tarea que estaba a punto de emprender y, sin más dilación, se dispuso a dirigirse a la celda. Sin embargo, el abad tenía un último mensaje que transmitirle.
—Por cierto, padre Marc… No os preocupéis demasiado de sus implicaciones. Haced un buen trabajo, que la gente pueda escuchar y entender la palabra de Dios. Si algún pasaje os suscita dudas, pensad que esas predicciones también figuran en los libros sagrados, como en Mateo, 24, 4-42.
—Lo recordaré. Y no es el único lugar donde cabe seguir esa huella. Pensad en Marcos, 13, 5-32, o en Lucas, 17, 20-37, y 21, 8-33.
El abad Pere se quedó allí plantado unos instantes. Miraba cómo desaparecía el sacerdote en el interior de su celda, al tiempo que consideraba la posibilidad de advertir al obispo de la gran pérdida que supondría para la Iglesia la renuncia de Marc Roselló, circunstancia que podía hacerse realidad si la impostora seguía creciendo en su corazón.
Mientras Marc pensaba en aquel episodio, los maitines de Navidad habían ido avanzando. El Canto de la Sibila ya estaba próximo y el sacerdote sabía que el encargado de poner voz a la versión que había escrito sería el hermano Bremund; su voz era de las mejor moduladas del monasterio y una de las más bonitas que había oído jamás, con una capacidad para los sonidos más graves que impresionaba a los oyentes.
Estaba satisfecho del resultado. Había descubierto que la versión habitual partía de una traducción del occitano, no del original latino incluido por san Agustín en su obra capital. Cierto es que se había permitido algunas licencias, convencido de que lo verdaderamente importante era transmitir con claridad el mensaje. En opinión de Marc, para conseguirlo la mejor estrategia consistía en mezclar la palabra poética con el ars oratoria que se había cultivado a partir de autores como Cicerón, a quien tenía la suerte de haber leído gracias a su mentor, el obispo de Vic.
Debía reconocer asimismo que el abad Pere le había hecho algunas recomendaciones sobre la parte final, la más tenebrosa del texto. Por su parte, finalmente, optó por dulcificar el mensaje. Justo era reconocer que a instancias suyas, si bien manteniendo la forma original.
Tales pensamientos habían servido a Marc para no prestar tanta atención a la ausencia de Agnès. Pese a ello, el deseo de tenerla cerca, de contemplar sus ojos brumosos y cambiantes, con los matices que les confería la luz de los diversos momentos del día, iba adquiriendo fuerza.
El hermano Bremund estaba a punto de interpretar su versión, pero en el interior de la iglesia del monasterio de Sant Pere solo se hallaba el cuerpo mortal de Marc. Su alma hacía tiempo que lo había abandonado para vagar por el sendero que conducía al hospital de las madres agustinas.
—Sé que vuestra versión complacerá a Dios, hermano Marc —dijo de pronto el abad; había vuelto a su lado para ceder el protagonismo a Bremund—. No hay nada en el mundo tan satisfactorio como velar por que la Santa Palabra llegue a sus siervos.
El sacerdote se sobresaltó por el atrevimiento del abad. No era conforme a la Regla hablar durante los oficios, pero cada vez entendía más a aquel hombre. Su lucha interna entre la norma y la pasión que ponía en las empresas a su cargo se manifestaba en pocas ocasiones, pero cuando lo hacía, le costaba sobremanera controlarse.
Debido a esa circunstancia, Marc no prestó atención al Canto de la Sibila hasta que ya iba por la segunda estrofa.
Entonces veremos al Altísimo con los santos.
En los últimos tiempos, reunidos el incrédulo y el fiel.
Las almas presentes para ser juzgadas
y el mundo yacente, sin cultivar, entre extensos zarzales.
Mientras el hermano Bremund interpretaba aquella nueva versión, nada ni nadie se movía en la iglesia. La voz parecía elevarse, angelical, por los muros de la imponente construcción, hasta alcanzar la bóveda de la nave, donde la luz de antorchas y velas dibujaba formas extrañas. Desde allí adquiría una resonancia inesperada que repercutía en Marc.
y el mundo yacente, sin cultivar, entre extensos zarzales.
Habrá también el instante de descubrimiento.
Lo secreto y lo oculto verán la luz,
el confeso puede abrir a Dios lo más profundo.
Solo el sacerdote percibió el roce procedente del fondo de la nave. Mientras todos seguían el canto con expectación creciente, él observó cómo Dromàs se levantaba de su rincón y, tras mirar hacia el altar, introducía su cuerpo escuálido por la rendija que dejaba la puerta.
y el mundo yacente, sin cultivar, entre extensos zarzales.
Son las bóvedas del cielo
que hieren
la claridad de la luna.
Por la mente del sacerdote pasaron numerosas preguntas. ¿Eran los animales más libres que el ser humano? ¿Tal vez el suyo no era un impulso que viniera de Dios? ¿No marcaba Él nuestros actos? ¿Y si Agnès aprovechaba la ocasión para marcharse, si lo abandonaba y nunca más era capaz de encontrarla?
y el mundo yacente, sin cultivar, entre extensos zarzales.
Y mientras se nivelan los campos y las montañas,
los mares se agotan y muere la tierra en el destrozo.
Arden también las fuentes y el fuego atraviesa los ríos.
El sacerdote se removió en el reducido espacio que la proximidad de sus hermanos en Cristo le permitía. El abad había entornado los ojos y escuchaba satisfecho la bellísima interpretación que hacía el monje. De pronto, Marc, perdiendo de vista por un momento todos los inconvenientes que podían derivarse de su acto, abandonó la hilera que los monjes formaban detrás del altar y se escabulló por el lado de la iglesia, tal vez con el deseo imposible de que el pequeño pasillo de piedra, el que había servido para confesar a Agnès, ocultase su deserción.
El hermano Bremund atacó las últimas estrofas del Canto de la Sibila, que Marc había pretendido dulcificar sin excesivo éxito. Pero el sacerdote ya había franqueado la puerta de la iglesia y salía al exterior, cual si fuera en persecución de Dromàs para reprender su acto de dar la espalda a Dios durante el glorioso momento de los maitines.
Ni siquiera oyó el rumor creciente que subía entre los feligreses al oír la predicción final de la Sibila, la que hablaba de caos, apocalipsis y muerte.
y el mundo yacente, sin cultivar, entre extensos zarzales.
Descenderá del cielo un río de fuego y azufre.
Marc Roselló había hecho una traducción excelsa, el abad se sentía muy orgulloso de él, y el pueblo vibró ante aquel mensaje apocalíptico mientras tomaba conciencia de que la voluntad de Dios se hallaba presente y era asimismo muy firme. En aquella noche santa se celebraba un nacimiento, pero también se anunciaba un castigo para las almas impías.
El mensaje había arraigado con fuerza entre el pueblo, mucho más que las desafortunadas palabras del predicador Joan de Lleida, el enviado del obispo. Pese a todo, el sacerdote artífice de aquella victoria no fue capaz de disfrutar del resultado. Esa madrugada de Navidad, la añoranza de la luz que había encontrado abandonada en el bosque lo llevó al mismo corazón de las tinieblas. Le daba igual la reacción de la gente. Cuanta más bulla se armase en torno a su versión del Canto de la Sibila, más solo se sentiría. Por eso se había marchado, el vacío le resultaba insoportable, la ausencia de Agnès lo abrumaba.
Abandonar el templo no había sido una decisión meditada. Él, que sopesaba cualquier determinación antes de tomarla, se había dejado llevar por la pulsión que conectaba con otra parte de su interior. Una a la que desde mucho tiempo atrás se negaba a escuchar.
Fuera aún hacía más frío. La noche era muy oscura y llovía, ni siquiera se percibía claridad alguna en el interior de las casas, indicio de alguna vela encendida, de un rastro de vida por el lado de las sombras. Sediento, atravesó la villa hasta el pie de la colina donde se encontraba el hospital de las agustinas.
Se dijo que era como un ladrón que se había apoderado de la magnificencia de la noche, una noche marcada por la fina lluvia que caía sesgada y le nublaba la vista. Apenas conseguía ver mientras subía por el camino sinuoso del hospital. Y entonces la distinguió. Creyó en ello antes de que surgiera la duda, antes de saber con certeza que la figura en el umbral de la puerta era ella. Agnès percibió la silueta del hombre que un relámpago había dibujado en la oscuridad y corrió hacia él. Ninguno de los dos oyó el trueno.
Tras el reencuentro, transcurrió mucho rato antes de que, empapados de pies a cabeza, se pusieran a cubierto. La joven lo condujo a un pequeño cobertizo donde guardaban los trastos. Mucho tiempo atrás había servido asimismo para aislar a los enfermos de peste. El olor a humedad era muy intenso. El agua se filtraba por una grieta del techo y, al chocar contra las palanganas y los fardos, entonaba una melodía rítmica, capaz de penetrar el alma más dispersa.
—Sé a lo que me arriesgo. Lo sé, y pese a todo, no he podido…
—¡Calla! —pidió ella con voz suave, mientras le acariciaba el cabello y mezclaba las lágrimas saladas con el agua de lluvia que le bañaba el rostro—. No pienses ahora en ello. No pienses en nada aparte de nosotros.
—Debes contármelo todo, Agnès. ¿Cómo ha sido? ¿Qué te ha hecho recuperar la memoria? ¿Quién eres en realidad? ¿Por qué no te cree el abad? No lo entiendo…
—Ya te lo dije una vez, solo seré quien quieras que sea, Marc.
—Pero las cosas no son tan fáciles.
—¡Vayámonos! ¡Partamos hoy mismo, esta noche! ¡Vamos donde quieras!
—Pero nunca podremos vivir como marido y mujer, ¡jamás! A ti te tratarán como a una concubina, te señalarán por la calle. Se olvidarán para siempre de tu nombre y no serás más que la concubina del sacerdote. Y a mí… ¿Sabes lo que les hacen a los religiosos que, olvidando sus votos, llevan una vida de pecado?
—Te lo ruego… —suplicó ella, poniéndole el dedo índice sobre los labios.
—¡Los excomulgan! —Pronunció la palabra con voz atemorizada, como si al hacerlo convocase al demonio. Luego buscó los ojos de Agnès, tan solo una débil lucecita en la oscuridad.
—Podemos volver a empezar.
—¿Sabes lo que eso significa? ¿Sabes lo que implica?
Agnès no respondió. Temblaba de frío y solo deseaba que él la estrechara con fuerza contra su pecho, que el miedo desapareciese, que la memoria recién recuperada se hiciera trizas contra la noche inclemente. La muchacha no sabía qué hacían con los sacerdotes que traicionaban las normas, pero, fuera lo que fuese, ningún dolor sería comparable al de renunciar al hombre al que amaba.
—Es el propio obispo, ¿me oyes? —siguió explicando Marc, incapaz de ahuyentar aquella imagen—. El obispo en persona se rodea de los otros clérigos y preside la ceremonia. Las campanas no dejan de repicar hasta que todo el pueblo se reúne para presenciar la ejecución de la sentencia. Mis padres… ¡Mis padres se morirían de vergüenza! ¡Eso los mataría! Lo sé. Se lo prometí a mi madre, le prometí…
—Marc… —imploró la joven, pero él no podía salir de aquella especie de visión que lo atormentaba.
—Lo presencié una vez. Me obligaron a ello. Nos dijeron que tratásemos de no olvidarlo, que verlo nos ayudaría en momentos de duda, que Satanás siempre está al acecho para tentarnos. Llevaban un cirio en la mano…
—¿Quién llevaba los cirios? No te entiendo.
—Ellos, los clérigos, los que rodean al obispo. Siempre es igual. Y entonces proclamaron su maldición. Maldijeron la ciudad y los campos, las cosechas y a los hijos que pudiera tener aquel desdichado. Después… apagaron los cirios y prosiguieron con la ceremonia. Lo estaban condenando a la oscuridad más absoluta, a menos que se arrepintiera.
—¿Cómo? ¿Cómo podían condenarlo a la oscuridad? —quiso saber Agnès, estremecida.
—Prohibiéndole los sacramentos, pidiendo a los cristianos que no tuvieran ningún contacto con él. Si era necesario se castigaba al pueblo entero, se ordenaba suspender todas las ceremonias del culto, ¡se cerraban las iglesias!
—¿Entonces? Si solo pensar en ello te horroriza, ¿qué haces aquí?
La pregunta de Agnès quedó sin respuesta durante un mes entero. Podía verse al sacerdote arrodillado en la iglesia del monasterio, como si el ser humano pudiera vivir solo de plegarias. Pedía a san Valentín que lo iluminase en sus dudas, que le propusiera un camino imposible con el fin de conjugar sus anhelos.
—Vos, que desafiasteis al emperador Claudio, haced que vea la luz. De sobra sabíais que, en la Roma de vuestra época, celebrar matrimonios en secreto entre jóvenes enamorados ponía en peligro vuestra vida. El miedo a las consecuencias no os arredró, como tampoco consiguió vuestra sumisión a aquel decreto injusto, el que exigía mantener en el celibato a los soldados. Sin familia, sin ataduras, se entregaban mejor a la lucha.
»¿Por qué no puedo yo servir a Dios y amar a Agnès? ¿Por qué abrirle mi corazón me convierte en un proscrito? ¿No es cierto que los apóstoles vivieron con el apoyo de una familia, que dormían con sus esposas y cuidaban de sus hijos? ¿Por qué a mí se me prohíbe la vida que el Maestro no negó a aquellos hombres, los primeros que ejercieron el sacerdocio?
»Cuando era niño siempre iba a rezar ante vuestras santas reliquias y hallaba el consuelo que ahora os pido. He visto cómo hombres y mujeres, postrados ante vuestros restos, os confiaban su vida, cómo los jóvenes os hacían confidente de su amor. Ahora soy yo quien os implora, y si, al igual que vos, he de sufrir el menosprecio de propios y extraños, concededme la fuerza necesaria para no bajar la vista. Interceded por mí ante el Altísimo y que se haga su santa voluntad.
Marc Roselló detuvo bruscamente aquel ruego con el fin de recordar completos unos versos del Canto de la Sibila que hacía rato que lo acechaban…
Será entonces.
Si cada cual confiesa sus secretos,
lo oculto será presencia en Él.
Dios encenderá la luz de nuestro interior.
Y al hacer memoria del fragmento del poema que había versionado, el sacerdote se dijo que los aspectos más crueles del Evangelio no estaban exentos de belleza, solo se requería pulsar con calma las cuerdas adecuadas del laúd.
Permanecer en el seno de la Iglesia podría haber sido su tarea, pero nada indicaba que fuera esa la decisión de Dios.