Capítulo IX

 

 

La historia ha venido dando el nombre del denunciante como el de un tal Lorenzo Martín. En mi relato, cualquiera puede ser o pudo ser el traidor, pues lo raro es que entre tanto tejemaneje, idas y venidas, ocultaciones y falsificaciones, no fuera denunciado el falsario Juan de Flores mucho antes.

Es cosa cierta, que Granada, por ser ciudad de fácil acogida, fue hogar de muchos maleantes. Algunos, como este supuesto Lorenzo Martín o mi personaje inventado Manuel Herrera, se dedicaban a falsificar cualquier documento que solicitaran. Su prudencia no debió ser gran cosa para los personajes de esta estirpe, pues lo mismo falsificaban un título de médico que una partida de nacimiento sin ver en ello peligro alguno.

Juan de Flores y su séquito de falsarios, vivieron largamente sin ser puestos en entredicho más que por aquellos que, conocedores de la historia de Granada, se negaban a dar por ciertos los hallazgos. Y yo me planteo si en otra ciudad o en otro país, tanta mentira habría llegado tan lejos.

Con todo, a Juan de Flores lo delataron. A oídos del propio rey llegó la denuncia y, como esta era mantenida y presentada por hombres de gran peso social, la atendió.

Parece ser que Carlos III otorgó al presidente de la Real Chancillería de Granada poderes suficientes para que procediera judicialmente contra Juan de Flores y todos sus farsantes.

Así que una vez decretada la orden, los más cercanos a Flores fueron a avisarlo y a su casa acudió muy compungido el padre Diego.

—¡Que Dios nos proteja! Por la calle llegan ya los alguaciles. Debéis poneros a bien con Dios y a Él encomendaros.

—¡Quite allá, padre Diego! —dijo malhumorado su amigo—…Y ayúdeme a embalar entre estos fardos todo lo que en mi despacho tengo, que no quiero que tantos años de trabajo sean pasto de las llamas o, peor aún, objeto de subasta pública. Meteremos todo cuanto podamos en arcones y las llevaremos a un lugar seguro.

—¿A dónde? ¿Conocéis alguno?

—La Iglesia me protegerá. Lo llevaremos al convento donde está recluida mi sobrina, allí no habrá de entrar la guardia del rey.

Así se hizo. Hay quien atestigua que desalojaron su casa por las ventanas traseras; con poleas y cuerdas bajaban los bultos a riesgo de ser vistos, pero fiados de que, al menos, les diera tregua la buena suerte.

Diego y Juan de Flores, junto a su familia y algún interesado más encausado en el juicio, ayudaron a esconder dagas y copas, documentos varios, monedas, pequeños objetos, algunos verdaderos y otros falsificados, un revoltijo de tesoros, que, en definitiva, era la hacienda del falsificador.

—¡Ay, Diego!—se lamentaba Flores mientras sostenía las cuerdas de la polea—…¡Cómo es la gente de mala! ¿Qué daño he hecho yo? Se molestan porque he encumbrado a Granada a la altura de Herculano y he demostrado que mi familia es la más digna de cuantas viven aquí.

—Amigo mío …—contestaba Diego un poco receloso—…pero ¿no será cierto nada de lo que dicen, verdad? ¿Qué se hizo para sí documentos que no eran verdaderos y que falsificó otros para la causa del Voto de Santiago?

Flores desoía a su camarada y confidente.

—Lo que yo digo, Diego, que en España hay mucha envidia.

 

* * * *

 

En la calle paralela a la Carrera del Darro, que Ambrosio de Vico en su famoso plano de 1616 llamó de San Juan, se levantó, entre otros, el convento de Santa Inés, al que fueron a recibir la paz de espíritu tres de las sobrinas de Juan de Flores. El falsificador, viendo que muy pronto sería un proscrito en su propia ciudad, decidió llamar a las puertas del convento haciendo uso de su condición de religioso. Era muy posible que la abadesa no supiera de los últimos chismes sociales y por tanto le prestara ayuda sin temer por su prestigio. Flores se arriesgó y con toda la diplomacia de que era capaz convenció a la abadesa de que le guardara algunos arcones. No dudó la religiosa en prestarle ayuda, como tampoco dudó de lo que contenían las pesadas arcas. Se limitó a introducirlas en una de las celdas y allí quedaron olvidadas durante algún tiempo.

—De esta manera no podrán encontrar ningún detalle que me inculpe…—razonaba Flores—…Y aunque así fuera, solo Dios podría juzgarme y no los hombres que nada saben del valor de las piedras antiguas. Si no fuera por mí, Granada se habría olvidado y su pasado con ella. Pero no debo tener rencor de quien cree defender los intereses de esta ciudad a la que amo, tal vez sea mejor así, que con esto no habrá más que la notoriedad que se había olvidado con los descubrimientos de la alcazaba.

Razonando así o no, quién lo sabe, Flores soportó gallardamente la inspección de su casa por orden del rey. Algunas de sus muchas piezas de coleccionismo fueron requisadas y otras, las que más, ignoradas por la policía por entenderlas sin valor, lo que le benefició.

Después de esto volvió la calma durante algunos días hasta que un suceso intranquilizó a Flores haciéndole creer que su credibilidad se cuestionaba.

 

* * * *

 

Era ya atardecido cuando Flores decidió salir de su casa en donde se había recluido por propia voluntad. No quería llamar la atención de los vecinos, que ya estaban sobre aviso al ver registrar la casa. Se quitó los hábitos y se vistió con las ropas de uno de sus criados, luego recogió algunas pertenencias con el propósito de dirigirse a casa del padre Diego, su único amigo.

Atravesaba Flores la amplia Plaza Nueva dejando a sus espaldas a un grupo de gitanos en plena zambra, cuando uno de ellos soltó asustado su vaso de nieve, refresco muy común en los días de incipiente verano y gritó:

—¡Por vida mía! ¡Fuego!

El jolgorio cesó y todos miraron hacia lo alto del Albaicín.

—¿No lo ven ustedes? ¡Fuego en aquellas torres!

—¡Pues vayamos a verlo!

Flores no dio crédito al incidente creyéndolo una broma e ignorando el movimiento ciudadano que ya empezaba a manifestarse al aviso de fuego. Abstraído en sus propios pensamientos continuó plaza abajo.

Al llegar a la esquina chocó con el padre Diego. ¡Qué contrariedad! ¿Qué haría con los documentos que pretendía dejar a buen recaudo en su casa?

—Padre Diego, ahora mismo iba a visitaros. Tengo que pediros…

—¿Habéis visto, señor Flores, que hay fuego en el Albaicín? —exclamó el fraile sin prestar interés a las palabras de Flores —¡Espero que no se extienda hasta la plaza!

—Buen Diego…—continuó Flores sin desviarse de su cometido—…Tengo aquí unos legajos que bien podríais guardarme, teniendo en cuenta que…

—Mirad, yo creo que el fuego viene del convento de Santa Inés ¿no tenéis ahí una sobrina?

Flores enmudeció y no por temer por la vida de su sobrina precisamente. Dándose la vuelta contempló a los nerviosos granadinos caminando en dirección al pastoso humo que se levantaba hacia el cielo como columna salomónica.

El padre Diego miró ciertamente preocupado a su amigo que daba muestras de locura y profundo cansancio.

—¡Señor Juan, debemos ir a ver dónde está el fuego! Pero más me inquieta veros así, sin hábito y aparentemente enfermo. ¿Cuánto hace que no probáis bocado?

—No es mi salud lo que me preocupa ahora, amigo mío, sino la salud de Granada. Os ruego que toméis esto que aquí llevo, que yo tengo que acudir al convento de Santa Inés y cerciorarme de que las llamas no han dañado mi tesoro.

—Bien sé que queréis a vuestra sobrina, estimado Juan. Y debe ser así para llamarla tesoro.

El falsario desapareció jadeante sin dar más explicaciones, que en ese momento ya no tendrían sentido.

 

* * * *

 

Muchas veces había subido la colina del Albaicín y otras tantas saltaba por la ventana trasera de su casa, si era menester. Sin embargo, sus piernas ya no eran tan portentosas y a duras penas consiguió atravesar los escasos metros que lo separaban de su destino.

Llegó a las mismas puertas del convento de Santa Inés faltándole el resuello, empujando a los curiosos que se habían agolpado en la estrecha calle. Golpeó la entrada con violencia y al poco, la hermana tornera abrió el pequeño ventanuco que les comunicaba con el exterior.

—Hermana, soy Juan de Flores ¿hay fuego en el convento?

—¿Juan de Flores? —preguntó extrañada la monja— ¿Así vestido?

—Mi sobrina se encuentra en una de las celdas. ¿Hay peligro?

—No, padre, no lo hay. Solo mucho humo que han provocado los libros que la abadesa quemó en el patio.

—¿Libros? ¿Ha quemado libros?

—No solo libros, también documentos y otras cosas escritas en papeles, todas de las arcas que guardábamos en una celda.

Flores creyó morir allí mismo. ¡Sus legajos! ¡Sus documentos! ¡Su colección de libros! ¡Su tesoro!

—¡Por Dios, hermana! Dejadme pasar que he de hablar con la superiora.

La monja vio en Flores tanta desesperación que se apiadó de él y lo dejó pasar con la decencia y cuidado que eran necesarios en su orden.

Las piernas de Flores temblaban al llegar frente a la abadesa.

—¡No queméis más, por Dios, os lo pido! Que no sabéis lo que estáis haciendo.

—Pues yo creo que sí y de no haber abierto esos arcones a buen seguro que estaría entre rejas o excomulgada, que es peor. Con que traéis a mi convento los papeles del Voto de Santiago y pretendéis que os aplauda. ¡Valiente loco! Fuera de estas paredes y llévese consigo sus mentiras.

Todavía tuvo Flores fortaleza suficiente para no desmayarse y dirigirse con dignidad hacia la celda donde se encontraban los arcones, abiertos y desordenados. Recogió lo que pudo y salió del convento camino de su casa.

La nube de humo empezaba a confundirse con el cielo gris del atardecer.