XV. NO-HACER

Miércoles, abril 11, 1962

AL volver a su casa, don Juan me recomendó traba­jar en mis notas como si nada me hubiera pasado, y no mencionar ninguno de los eventos que experimen­té, ni preocuparme por ellos.

Tras un día de descanso anunció que debíamos de­jar la región durante unos días, porque era aconse­jable poner tierra de por medio entre nosotros y aquellas «entidades». Dijo que me habían afectado profundamente, aunque todavía yo no notara su efecto porque mi cuerpo no era lo bastante sensible. Sin embargo, en muy poco tiempo me enfermaría de gravedad a menos que regresara al «sitio de mi pre­dilección» a limpiarme y a restaurarme.

Salimos antes del amanecer, rumbo al norte, y tras un agotador recorrido en coche y una rápida camina­ta, llegamos al atardecer a la cima del cerro.

Como ya lo había hecho antes, don Juan cubrió con ramas y hojas el sitio donde yo había una vez dormido. Luego me dio un puñado de hojas para que las pusiera contra la piel de mi abdomen y me dijo que me acostara a descansar. Dispuso otro sitio para sí mismo, ligeramente a mi derecha, como a me­tro y medio de mi cabeza, y se acostó también.

En cuestión de minutos empecé a sentir un calor exquisito y un supremo bienestar. Era una sensación de comodidad física, de hallarme suspendido en el aire. Estuve totalmente de acuerdo con la asevera­ción de don Juan de que la «cama de cuerdas» me tendría a flote. Comenté la increíble cualidad de mi experiencia sensorial. Don Juan dijo en tono obje­tivo que la «cama» estaba hecha para ese propósito.

—¡No puedo creer que esto sea posible! —exclamé.

Don Juan tomó literalmente mi frase y me regañó. Dijo estar cansado de que yo actuara como un ser de importancia suprema, a quien una y otra vez había que dar pruebas de que el mundo es desconocido y prodigioso.

Traté de explicar que una exclamación retórica no tenía ningún significado. Él repuso que, de ser así, yo podría haber escogido otra frase. Al parecer esta­ba seriamente molestó conmigo. Me senté a medias y empecé a disculparme, pero él río e, imitando mi manera de hablar, sugirió una serie de hilarantes ex­clamaciones retóricas que yo podría haber empleado. Terminé riendo del absurdo calculado de algunas de las alternativas propuestas.

Él soltó una risita y en tono suave me recordó que me abandonara a la sensación de flotar.

El confortante sentimiento de paz y plenitud que yo experimentaba en ese misterioso sitio despertó en mí emociones hondamente sepultadas. Me puse a hablar de mi vida. Confesé que nunca había tenido respetó ni simpatía por nadie, ni siquiera por mí mismo, y que siempre había sentido ser inherente­mente malo, de allí que mi actitud hacia los demás siempre se hallara velada por cierta bravata y au­dacia.

—Cierto —dijo don Juan—. No te quieres nadita. Con una risa cascada, me dijo que había estado «viendo» mientras yo hablaba. Su recomendación era que no tuviese yo remordimiento por nada de lo que había hecho, porque aislar los propios actos llamándolos mezquinos, feos o malos era darse una im­portancia injustificada.

Me moví con nerviosismo y el lecho de hojas pro­dujo un ruido crujiente. Don Juan dijo que, si de­seaba reposar, no debía agitar a mis hojas, y que debía imitarlo y quedarme tirado sin hacer un solo movimiento. Añadió que en su «ver» había tropeza­do con uno de mis estados de ánimo. Pugnó un mo­mento, al parecer por hallar una palabra adecuada, y dijo que el ánimo en cuestión era una actitud mental en la que yo caía continuamente. La describió como una especie de escotilla que en momentos inespera­dos se abría y me tragaba.

Le pedí ser más específico. Respondió que era im­posible ser específico con respecto al «ver».

Antes de que yo pudiera decir algo más, me indicó relajarme, pero sin dormir, y conservarme en estado de alerta el mayor tiempo que pudiera. Dijo que la «cama de cuerdas» se hacía exclusivamente para per­mitir que un guerrero llegase a cierto estado de paz y bienestar.

En tono dramático, don Juan aseveró que el bienes­tar era una condición que debía cultivarse, una con­dición con la que uno tenía que familiarizarse para buscarla.

—Tú no sabes lo que es el bienestar porque nunca lo has sentido —dijo.

Yo no estuve de acuerdo. Pero él siguió argumentando que el bienestar era un logro que debía bus­carse deliberadamente. Dijo que lo único que yo sabía buscar era un sentimiento de desorientación, malestar y confusión.

Rió con burla y me aseguró que, para lograr la hazaña de sentirme desdichado, yo debía trabajar en forma muy intensa, y que era absurdo el que nunca me hubiera dado cuenta de que lo mismo podía tra­bajar para sentirme completo y fuerte.

—El chiste está en lo que uno recalca —dijo—. O nos hacemos infelices o nos hacemos fuertes. La can­tidad de trabajo es la misma.

Cerré los ojos y volví a relajarme y empecé a sen­tir que flotaba; durante un corto rato fue como si en verdad me moviera por el espacio, igual que una hoja. Aunque enteramente placentera, la sensación me recordó de algún modo veces en que me enfer­maba y me mareaba y sentía dar vueltas. Pensé que acaso había comido algo malo.

Oí a don Juan hablarme, pero no hice un verda­dero esfuerzo por escuchar. Trataba de llevar a cabo un inventario mental de todas las cosas que había comido ese día, pero no podía interesarme ni en eso. Nada parecía importar.

—Observa cómo cambia la luz del sol —dijo él.

Su voz era clara. Pensé que era como agua, fluida y tibia.

El cielo estaba totalmente despejado hacia el oeste y la luz del sol era espectacular. Acaso el hecho de que don Juan me llamaba la atención al respecto hacía verdaderamente espléndido el resplandor ama­rillento del sol vespertino.

—Deja que ese resplandor te encienda —dijo don Juan—. Antes de que el sol se oculte hoy, debes es­tar perfectamente tranquilo y recuperado, porque ma­ñana o pasado vas a aprender a no-hacer.

—¿A no hacer qué? —pregunté.

—No te apures ahora —dijo—. Espera a que este­mos en esas montañas de lava.

Señaló unos picos distantes hacia el norte, serra­dos, oscuros y de aspecto ominoso.

Jueves, abril 12, 1962

Al atardecer llegamos al desierto alto en torno a las montañas de lava. En la distancia, los montes café oscuro se veían casi siniestros. El sol estaba muy bajo en el horizonte y brillaba sobre la cara occi­dental de la lava solidificada, pintando en su pardez oscura un deslumbrante conjunto de reflejos ama­rillos.

Yo no podía apartar la vista. Aquellos picos eran en verdad hipnotizantes.

Al final del día, las cuestas inferiores de las mon­tañas estaban a la vista. Había muy poca vegeta­ción en el desierto alto; todo cuanto yo podía ver eran cactos y una especie de arbustos que crecían en mechones.

Don Juan se detuvo a descansar. Tomó asiento, apoyó cuidadosamente sus guajes de comida contra una roca, y dijo que íbamos a acampar en ese sitio durante la noche. Había elegido un lugar relativa­mente alto. Desde donde me encontraba podía ver a una buena distancia, en todo el derredor.

Era un día nublado y el crepúsculo envolvió rápi­damente el área. Me puse a observar la velocidad con que las nubes escarlata del oeste se desteñían adquiriendo un gris oscuro espeso y uniforme.

Don Juan se levantó para ir a los matorrales. Cuan­do volvió, la silueta de los montes de lava era ya una masa oscura. Se sentó junto a mí y llamó mi aten­ción hacia lo que parecía ser una formación natural en las montañas, hacia el noreste. Era un sitio que tenía un color mucho más claro que sus alrededores. Mientas toda la cordillera volcánica se veía de un café oscuro uniforme en el crepúsculo, el sitio que él señalaba era amarillento o beige oscuro. No pude imaginarme qué cosa sería. Lo miré con fijeza largo rato. Parecía moverse; creí que pulsaba. Cuando achi­caba mis ojos, ondeaba como si el viento lo agitase.

—¡Míralo fijamente! —me ordenó don Juan.

En cierto momento, tras un buen rato de obser­var, sentí que toda la cordillera se movía hacia mí. Dicha sensación fue acompañada por una agitación insólita en la boca del estómago. La incomodidad se hizo tan aguda que me puse en pie.

—¡Siéntate! —gritó don Juan, pero yo ya estaba levantado.

Desde mi nuevo punto de vista, la configuración amarillenta se hallaba más baja en la ladera de los montes. Volví a sentarme, sin apartar los ojos, y la configuración se trasladó a un sitio más alto. La contemplé un instante y de pronto organicé todo en la perspectiva correcta. Me di cuenta de que lo que había estado mirando no estaba en las montañas, sino era en realidad un trozo de tela verde amarillento colgado de un cacto alto frente a mí.

Reí fuerte y expliqué a don Juan que el crepúscu­lo había ayudado a crear una ilusión de óptica.

Él se levantó y fue al sitio donde se hallaba el trozo de tela, lo descolgó, lo dobló y lo puso en su morral.

—¿Para qué hace usted eso? —pregunté.

—Porque este trozo de tela tiene poder —dijo en tono casual—. Durante un momento ibas muy bien con él, y no hay manera de saber qué habría pasado si te hubieras quedado sentado.

Viernes, abril 13, 1962

AL romper el alba nos encaminamos a las montañas. Estaban sorprendentemente lejos. Al mediodía nos adentramos en una de las cañadas. Había algo de agua en charcos de poca hondura. Nos sentamos a descansar en la sombra de un acantilado oblicuo.

Los montes eran aglutinaciones de un monumental fluir volcánico. La lava solidificada se había erosio­nado a lo largo de milenios, hasta ser piedra porosa, café oscuro. Sólo unas cuantas yerbas resistentes cre­cían entre las rocas y en las grietas.

Al alzar la vista a los muros casi perpendiculares de la cañada, experimenté una extraña sensación en la boca del estómago. Los farallones tenían cientos de metros de alto y me daban a sentir que se cerra­ban sobre mí. El sol estaba casi por encima de nues­tras cabezas, ligeramente hacia el suroeste.

—Párate aquí —dijo don Juan, y maniobró mi cuerpo hasta que me encontré mirando al sol.

Me dijo que fijara la vista en los farallones so­bre mí.

El espectáculo era estupendo. La colosal altura de las paredes de lava hacia tambalearse mi imaginación. Empecé a pensar qué erupción volcánica debía haber sido aquélla. Varias veces subí y bajé los ojos por los lados de la cañada. Me abstraje en la riqueza de colorido sobre el farallón. Había manchas de todos los matices concebibles. Había en cada roca trozos de musgo o liquen gris claro. Miré directamente hacia arriba y noté que la luz del sol producía reflejos exquisitos al tocar las manchas brillantes de la lava sólida.

Contemplé un área en las montañas donde se reflejaba la luz. Conforme el sol se movía, la intensidad disminuía; luego se apagó por entero.

Miré al otro lado de la cañada y vi otra área de las mismas exquisitas refracciones luminosas. Dije a don Juan lo que estaba ocurriendo, y entonces localicé otra zona de luz, y luego otra más en un sitio distinto, y otra, hasta que toda la cañada se hallaba cubierta de grandes manchas de luz.

Me sentía mareado; aun cuando cerraba los ojos seguía viendo las brillantes luces. Con la cabeza entre las manos, traté de meterme bajo el acantilado saliente, pero don Juan aferró mi brazo con firmeza e imperiosamente me indicó mirar los lados de las montañas y tratar de localizar manchas de oscuridad pesada enmedio de los campos de luz.

Yo no quería mirar, porque el resplandor molestaba mis ojos. Dije que me ocurría algo similar a cuan­do se miraba una calle soleada a través de una ven­tana y luego se veía el marco de la ventana como una silueta oscura en todas partes.

Don Juan meneó la cabeza de lado a lado y empezó a reír chasqueando la lengua. Me soltó el brazo y tomamos asiento nuevamente bajo el acantilado.

Yo estaba anotando mis impresiones del entorno cuando don Juan, tras largo silencio, habló súbita­mente en tono dramático.

—Te he traído aquí para enseñarte una cosa —dijo, e hizo una pausa—. Vas a aprender a no-hacer. Y tienes que hacerlo hablando de ello porque no hay otra forma de que sigas adelante. Pensé que a lo me­jor te salía el no-hacer sin que yo tuviera que decir nada. Me equivocaba.

—No sé de qué habla usted, don Juan.

—No importa —dijo—. Voy a hablarte de algo que es muy sencillo pero muy difícil de ejecutar; voy a hablarte de no-hacer, pese al hecho de que no hay manera de hablar de eso, porque el cuerpo es el que lo ejecuta.

Me miró en vistazos y luego dijo que yo debía pres­tar la máxima atención a lo que iba a decirme.

Cerré mi libreta pero, para mi asombro absoluto, él insistió en que siguiera escribiendo.

No-hacer es tan difícil y tan poderoso que no debes mencionarlo —prosiguió— hasta que hayas pa­rado el mundo; sólo entonces puedes hablar de ello libremente, si eso es lo que quieres hacer.

Don Juan miró en torno y luego señaló una roca grande.

—Esa roca que está allí es una roca a causa del hacer —dijo.

Nos miramos y él sonrió. Esperé una explicación, pero permaneció silencioso. Finalmente tuve que de­cir que no había comprendido sus palabras.

—¡Eso es hacer! —exclamó.

—¿Cómo dijo?

—Eso también es hacer.

—¿De qué habla usted, don Juan?

Hacer es lo que hace esa roca una roca y esa mata una mata. Hacer es lo que te hace ser tú y a mí ser yo.

Le dije que su explicación no explicaba nada. Rió y se rascó las sienes.

—Eso es lo malo de hablar —dijo—. Siempre lle­va a confundir las cosas. Si uno se pone a hablar de hacer, siempre termina hablando de algo más. Lo mejor es no decir nada y no más actuar.

—Ahí tienes esa roca, por ejemplo. Mirarla es ha­cer, pero verla es no-hacer.

Tuve que confesar que sus palabras no tenían sen­tido para mí.

¡Oh sí, por supuesto que tienen sentido! —excla­mó—. Pero tú estás convencido de que no lo tienen porque ése es tu hacer, esa es la forma en que actúas conmigo y con el mundo.

Volvió a señalar la roca.

—Esa roca es una roca por todas las cosas que tú sabes hacerle —dijo—. Yo llamo a eso hacer. Un hombre de conocimiento sabe, por ejemplo, que la roca sólo es un roca a causa de hacer, y si no quiere que la roca, sea una roca lo único, que tiene que ha­cer es no-hacer. ¿Ves a qué me refiero?

Yo no le entendía en lo absoluto. Riendo, hizo otro intento de explicar.

—El mundo es el mundo porque tú conoces el ha­cer implicado en hacerlo así —dijo—. Si no conocie­ras su hacer, el mundo sería distinto.

Me examinó con curiosidad. Dejé de escribir. No quería sino escucharlo. Siguió explicando que sin ese cierto «hacer» no habría nada familiar en el ámbito.

Se agachó a recoger una piedrecilla y la sostuvo ante mis ojos entre el pulgar y el índice de la mano izquierda.

—Ésta es una piedra porque tú conoces el hacer que la hace piedra —dijo.

—¿Qué dice usted? —pregunté con un sentimiento de genuina confusión.

Don Juan sonrió. Parecía estar tratando de ocultar un deleite malicioso.

—No sé por qué te confundes tanto —dijo—. Las palabras son tu predilección. Deberías estar en el cielo.

Me lanzó una mirada misteriosa y alzó las cejas dos o tres veces. Luego volvió a señalar la piedra que sostenía frente a mis ojos.

—Digo que tú haces de esto una piedra porque co­noces el hacer necesario para eso —dijo—. Ahora, si quieres parar el mundo, debes parar de hacer.

Pareció darse cuenta de que yo seguía sin enten­der, y sonrió meneando la cabeza. Luego tomó una rama y señaló el borde desigual de la piedra.

—En el caso de esta piedrita —prosiguió—, lo pri­mero que hace el hacer es encogerla y dejarla de este tamaño. Por eso lo que debe hacerse, lo que hace un guerrero cuando quiere parar el mundo, es agrandar una piedrita, o cualquier otra cosa, por medio del no-hacer.

Se puso de pie y colocó el guijarro en un peñasco y luego me pidió acercarme a examinarlo. Me dijo que mirara los hoyos y las concavidades del guijarro y tratase de percibir sus minucias. Si lograba captar el detalle, dijo, los hoyos y concavidades desaparece­rían y yo entendería el significado de «no-hacer».

—Esta pinche piedra te va a volver loco hoy —dijo. Mi rostro debe de haber reflejado desconcierto. Don Juan me miró y soltó la carcajada. Luego fingió enojarse con la piedra y la golpeó dos o tres veces con su sombrero.

Lo insté a clarificar su propósito. Argumenté que, haciendo un esfuerzo, le sería posible explicar cual­quier cosa que quisiera.

Me miró con aire ladino y meneó la cabeza como si la situación fuera desesperada.

—Claro que puedo explicar cualquier cosa —dijo, riendo—. ¿Pero podrás tú entenderla?

Su insinuación me sobresaltó.

Hacer te obliga a separar la piedrita de la pie­dra grande —continuó—. Si quieres aprender a no-hacer, digamos que debes juntarlas.

Señaló la pequeña sombra que el guijarro arroja­ba sobre el peñasco y dijo que no era una sombra sino una goma que adhería a ambos. Luego dio la media vuelta y se alejó, diciendo que más tarde vol­vería a echarme un vistazo.

Durante largo rato me quedé mirando la piedreci­lla. No me era posible enfocar la atención en los di­minutos detalles de los agujeros y las concavidades, pero la pequeñísima sombra proyectada sobre el peñasco adquirió un enorme interés. Don Juan te­nía razón; era como un pegamento. Se movía y fluía. Tuve la impresión de que algo la exprimía desde el pie del guijarro.

Al volver don Juan, le dije lo que había observado en relación con la sombra.

—Ése es un buen comienzo —repuso—. Un guerrero se entera de muchas cosas fijándose en las sombras.

Luego sugirió que tomase yo el guijarro y lo enterrara en algún sitio.

—¿Por qué? —pregunté.

—Lo has estado observando mucho rato —dijo—. Ya tiene algo de ti. Un guerrero trata siempre de afectar la fuerza de hacer cambiándola en no-hacer. Hacer sería dejar la piedra por ahí porque no es más que una piedrita. No-hacer sería tratarla como si fue­ra mucho más que una simple piedra. En este caso, la piedrita se ha empapado de ti durante largo rato y ahora es tú, y por eso no puedes dejarla ahí nada más, sino debes enterrarla. Pero si tuvieras poder personal, no-hacer sería convertir esa piedra en un objeto de poder.

—¿Puedo hacer eso ahora?

—Tu vida no es lo bastante compacta. Si vieras, sabrías que el peso de tu preocupación ha convertido esa piedra en algo sin ningún chiste, por eso lo me­jor es cavar un agujero y enterrarla y dejar que la tierra absorba la pesadez.

—¿Es verdad todo esto, don Juan?

—Responder sí o no a tu pregunta es hacer. Pero como estás aprendiendo a no-hacer, debo decirte que en realidad no importa que todo esto sea verdad o no. Aquí es donde el guerrero tiene un punto de ventaja sobre el hombre común. Al hombre común le importa que las cosas sean verdad o mentira; al guerrero no. El hombre común procede de un modo es­pecifico con las cosas que sabe ciertas, y de modo distinto con las cosas que sabe no son ciertas. Si se dice que las cosas son ciertas, él actúa y cree en lo que hace. Pero si se dice que las cosas no son cier­tas, no le importa actuar o no cree en lo que hace. En cambio, un guerrero actúa en ambos casos. Si le dicen que las cosas son ciertas, actúa por hacer. Si le di­cen que no son ciertas, actúa de todos modos, por no-­hacer. ¿Ves lo que quiero decir?

—No, no veo para nada a qué se refiere usted —dije.

Las aseveraciones de don Juan despertaban mi áni­mo belicoso. Yo no podía hallar sentido a lo que me decía. Dije que eran incoherencias, y él se burló de mí y repuso que yo ni siquiera tenía un espíritu impecable en lo que más me gustaba hacer: hablar. Llegó a burlarse de mi dominio verbal y a tacharlo de defectuoso e impropio.

—Si vas a ser pura boca, sé un guerrero bocón —dijo y rió a carcajadas.

Me sentí abatido. Los oídos me zumbaban. Expe­rimenté un calor incómodo en la cabeza. De hecho, me hallaba apenado, y probablemente ruboroso.

Me puse de pie y fui al chaparral y sepulté la pie­drecilla.

—Te estaba fregando un poco —dijo don Juan cuando regresé y volví a sentarme—. Y sin embargo sé que si no hablas no entiendes. Hablar es hacer para ti, pero hablar no viene al caso y, si quieres saber a qué me refiero con lo de no-hacer, debes ha­cer un ejercicio sencillo. Como nos ocupa el no-hacer, no importa si haces el ejercicio ahora o dentro de diez años.

Me hizo acostarme y, tomando mi brazo derecho, lo dobló por el codo. Luego dio vuelta a mi mano hasta que la palma miraba al frente; curvó los dedos como si asieran una perilla de puerta, y empezó a mover mi brazo hacia adelante y hacia atrás en una trayectoria circular; la acción semejaba la de empu­jar y jalar una palanca unida a una rueda.

Don Juan dijo que un guerrero ejecutaba ese mo­vimiento cada vez que deseaba sacar algo de su cuer­po: por ejemplo, una enfermedad o un sentimiento indeseable. La idea era empujar y jalar una imagi­naria fuerza oponente hasta sentir que un objeto pe­sado, un cuerpo sólido, frenaba el libre movimiento de la mano. En el caso del ejercicio, el «no-hacer» consistía en repetirlo hasta sentir con la mano el cuer­po pesado, aunque de hecho uno jamás pudiera creer que fuese posible sentirlo.

Empecé a mover el brazo y tras corto rato mi mano se puso fría como el hielo. Yo había empezado a sentir, en torno de ella, una especie de materia pul­posa. Era como si me hallara agitando un liquido de viscosidad pesada.

Don Juan hizo un movimiento súbito y asió mi brazo para detener el movimiento. Todo mi cuerpo se estremeció, como agitado por alguna fuerza invisi­ble. Él me escudriñó mientras yo tomaba asiento; lue­go caminó en torno mío antes de volver a sentarse en el sitio donde había estado.

—Ya hiciste bastante —dijo—. Puedes hacer este ejercicio en otra ocasión, cuando tengas más poder personal.

—¿Hice algo mal?

—No. No-hacer es sólo para guerreros muy fuertes y tú no tienes aún el poder para agarrarte con eso. Ahora nada más atraparías cosas horrendas con la mano. Conque hazlo poquito a poco, hasta que ya no se te enfríe la mano. Cuando conserva su calor, puedes sentir con ella las líneas del mundo.

Hizo una pausa como para darme tiempo de pre­guntar con respecto a las líneas. Pero antes de que yo tuviera oportunidad de hacerlo, empezó a expli­carme que había números infinitos de líneas que nos juntaban a las cosas. Dijo que el ejercicio de «no­-hacer» que acababa de describir, ayudaría a cualquiera a sentir una línea brotada de la mano en movimien­to, una línea que uno podía colocar o arrojar donde quisiera. Don Juan dijo que éste era sólo un ejerci­cio, porque las líneas formadas por la mano no eran lo bastante duraderas para tener valor real en una situación práctica.

—Un hombre de conocimiento usa otras partes de su cuerpo para producir líneas duraderas —dijo.

—¿Qué partes del cuerpo, don Juan?

—Las líneas más duraderas que un hombre de co­nocimiento produce, vienen de la parte media del cuerpo —dijo—. Pero también puede hacerlas con los ojos.

—¿Son líneas reales?

—Seguro.

—¿Pueden verse y tocarse?

—Digamos que pueden sentirse. La parte más di­fícil del camino del guerrero es darse cuenta de que el mundo es un sentir. Cuando uno no-hace, está sin­tiendo el mundo, y se siente a través de sus líneas.

Calló y me examinó con curiosidad. Alzó las cejas y abrió los ojos y luego parpadeó. El efecto fue como si un pájaro parpadease. Casi de inmediato experi­menté una sensación de incomodidad y náusea. Era, de hecho, como si algo presionara mi estómago.

—¿Ves lo que quiero decir? —preguntó don Juan, y apartó los ojos.

Mencioné que sentía náuseas y él repuso, como si tal cosa, que ya lo sabía, y que estaba tratando de hacerme sentir las líneas del mundo, con sus ojos. Yo no podía aceptar la afirmación de que él mismo me estaba haciendo sentirme así. Di voz a mis du­das. Apenas podía concebir la idea de que él estu­viese causando mi náusea, pues no había tenido el menor contacto físico conmigo.

No-hacer es muy sencillo pero muy difícil —dijo—. No es cosa de entenderlo, sino de dominar­lo. Ver, por supuesto, es la hazaña final de un hom­bre de conocimiento, y sólo se logra ver cuando uno ha parado el mundo a través de la técnica de no-­hacer.

Sonreí involuntariamente. No había comprendido sus palabras.

—Guando uno hace algo con la gente —dijo—, sólo debía preocuparse por presentar el caso a sus cuerpos. Eso es lo que he estado haciendo contigo hasta aho­ra: hacerle saber a tu cuerpo. ¿A quién le importa que tú entiendas o no?

—Pero, eso no es justo, don Juan. Yo quiero en­tenderlo todo; de otra forma, el venir aquí sería per­der mi tiempo.

—¡Perder tu tiempo! —exclamó, parodiando mi tono—. De veras eres presumido.

Se levantó y me dijo que íbamos a trepar a la cima del pico de lava a nuestra derecha.

El ascenso a la cima fue penosísimo. Era alpinismo en forma, sólo que no había cuerdas que nos ayu­daran y protegieran. Repetidas veces, don Juan me indicó no mirar hacia abajo, y en un par de ocasio­nes tuvo que alzarme en vilo, pues empecé a resbalar por la roca. Me apenaba terriblemente el que don Juan, a sus años, tuviera que auxiliarme. Le dije que me hallaba en pésimas condiciones físicas porque era demasiado perezoso para hacer cualquier ejercicio. Repuso que, una vez alcanzado cierto nivel de poder personal, se hacía innecesario el ejercicio o cualquier entrenamiento de ese tipo, ya que, para hallarse en forma impecable, la única práctica necesaria era la de «no-hacer».

Cuando llegamos a la cima, me tiré al suelo. Esta­ba a punto de vomitar. Don Juan me hizo rodar de un lado a otro, con el pie, como había hecho una vez anterior. Poco a poco el movimiento restauró mi equilibrio. Pero me sentía nervioso. Era como si de algún modo aguardase la súbita aparición de algo. Involuntariamente, miré dos o tres veces a cada lado. Don Juan no dijo palabra, pero también miró en la dirección que yo observaba.

—Las sombras son asuntos peculiares —dijo de re­pente—. Has de haber notado que una nos viene siguiendo.

—No he notado nada semejante —protesté en voz alta.

Don Juan dijo que mi cuerpo había notado la per­secución, pese a mi oposición obstinada, y me aseguró en tono confidencial que no había nada fuera de lo común en ser seguido por una sombra.

—No es más que un poder —dijo—. Estas monta­ñas están llenas de eso. Es igual que una de esas en­tidades que te asustaron la otra noche.

Quise saber si me sería posible percibirla personalmente. Afirmó que durante el día sólo podría sentir su presencia.

Quise que me explicara por qué la llamaba sombra, cuando obviamente no era como la sombra de un peñasco. Replicó que ambas tenían las mismas líneas, por lo tanto ambas eran sombras.

Señaló un peñasco alargado que se hallaba direc­tamente frente a nosotros.

—Mira la sombra de esa peña —dijo—. La som­bra es la peña, y sin embargo no lo es. Observar la peña para saber lo que es la peña, es hacer, pero observar su sombra es no-hacer.

—Las sombras son como puertas, las puertas de no-hacer. Un hombre de conocimiento, por ejemplo, puede penetrar los sentimientos íntimos de la gente mirando sus sombras.

—¿Hay movimiento en ellas? —pregunté.

—Puedes decir que hay movimiento en ellas, o puedes decir que en ellas se muestran las líneas del mundo, o puedes decir que los sentimientos vienen de ellas.

—¿Pero cómo pueden los sentimientos salir de las sombras, don Juan?

—Creer que las sombras son sólo sombras es hacer —explicó—. Esa creencia no deja de ser estúpida. Piénsalo en esta forma: habiendo tanto más detrás de todas las cosas del mundo, sin duda debe haber algo más detrás de las sombras. Después de todo, lo que las hace sombras es sólo nuestro hacer.

Hubo un largo silencio. Yo no sabía qué agregar.

—Se acerca el final del día —dijo don Juan, mi­rando el cielo—. Tienes que usar este sol brillante para ejecutar un último ejercicio.

Me llevó a un sitio donde dos picos del tamaño de un hombre se erguían paralelos entre sí, a cosa de metro y medio de distancia. Don Juan se detuvo a diez metros de ellos, mirando al oeste. Marcó un lu­gar para que yo lo ocupara y me indicó mirar las sombras de los picos. Me dijo que las observara bizqueando como suelo hacer al escudriñar el terreno en busca de un lugar de descanso. Clarificó sus instrucciones diciendo que, al buscar un sitio de reposo, había que mirar sin enfocar, pero al observar sombra: había que bizquear y, al mismo tiempo, conservar enfocada una imagen clara. La idea era cruzar los ojos para que una sombra se sobrelapase a la otra. Explicó que por medio de ese proceso era posible corroborar un cierto sentimiento emanado de la, sombras. Comenté la vaguedad de sus palabras, pero él afirmó que de hecho no había forma de describir aquello a lo cual se refería.

Mi intento de ejecutar el ejercicio fue fútil. Pugné hasta que me dolió la cabeza. Don Juan no se pre­ocupó en absoluto por mi fracaso. Trepó a un pico en forma de cúpula y me gritó desde arriba, indicándo­me buscar dos trozos de roca pequeños, largos y es­trechos. Mostró con las manos el tamaño que quería.

Hallé dos trozos y se los entregué. Don Juan puso cada piedra en una grieta, más o menos a treinta centímetros de distancia, me hizo acercarme a mirar­las desde arriba, con el rostro hacia el poniente, y me indicó repetir con sus sombras el mismo ejer­cicio.

Esta vez el asunto fue muy distinto. Casi de in­mediato fui capaz de cruzar los ojos y de percibir las sombras individuales como si se hubieran fundido en una sola. Advertí que el acto de mirar sin con­verger las imágenes, daba a la sombra única formada por mí, una profundidad increíble y una especie de transparencia. La observé, desconcertado. Cada hoyo de la roca, en el área donde mis ojos se enfocaban, era nítidamente discernible, y la sombra compuesta, sobrelapada a ellos, era como un velo de indescrip­tible transparencia.

No quería yo parpadear, por miedo a perder la imagen que tan precariamente retenía. Finalmente el escozor en mis ojos forzó el parpadeo, pero no perdí en absoluto la visión de los detalles. De hecho, al rehumedecerse mi córnea la imagen se hizo aun más clara. Advertí en ese punto que parecía hallarme mirando, desde una altura inconmensurable, un mun­do nunca antes visto. También noté que podía escu­driñar el entorno de la sombra sin perder el foco de mi percepción visual. Luego, por un instante, perdí la noción de estar mirando una roca. Sentí que ate­rrizaba en un mundo cuya vastedad superaba cual­quier cosa que hubiese yo concebido. Esta extraor­dinaria percepción duró un segundo y después todo se apagó. Alcé automáticamente la mirada y vi a don Juan parado directamente por encima de las rocas, enfrentándome. Su cuerpo tapaba el sol.

Describí la insólita sensación que había tenido, y él explicó que se vio forzado a interrumpirla porque me «vio» a punto de extraviarme en ella. Añadió que para todos nosotros era natural la tendencia de entregarnos cuando ocurrían sentimientos de tal ín­dole, y que al entregarme yo casi había convertido el «no-hacer» en mi viejo «hacer» cotidiano. Lo que yo debería haber hecho, dijo, era retener la visión sin sucumbir a ella, porque en cierto sentido «hacer» era un modo de sucumbir.

Me quejé del hecho que podría haberme dicho de antemano qué podía esperar y hacer, pero él señaló que no tenía modo de saber si yo lograría o no fundir las sombras.

Hube de confesar que «no-hacer» me desconcertaba más que nunca. Los comentarios de don Juan fueron que yo debía contentarme con lo que había hecho porque por una vez había procedido en forma correcta; que al reducir el mundo lo había agrandado, que, aunque estuve lejos de sentir las líneas del mundo, usé adecuadamente la sombra de las rocas como una puerta a «no-hacer».

La afirmación de que yo había agrandado el mundo al reducirlo, me intrigó sobremanera. El detalle de la roca porosa, en la pequeña área donde mis ojos se enfocaban, fue tan vívido y tan exactamente definido que la cima del pico redondo se convirtió para mí en un vasto mundo; y sin embargo se trataba en realidad de una visión reducida de la roca. Cuando don Juan bloqueó la luz y me encontré mirando como normalmente lo hago, el detalle preciso se opacó, los, hoyos diminutos en la roca porosa se hicieron más grandes, el color pardo de la lava seca se nubló, y todo perdió la transparencia reluciente que hacía de la roca un mundo real.

Don Juan tomó entonces las dos rocas, las colocó gentilmente en una grieta profunda, y se sentó con las piernas cruzadas, de cara al oeste, en el sitio don de las rocas habían estado. Palmeó un lugar junto a él, a su izquierda, y me indicó ocuparlo.

Pasamos largo rato sin hablar. Luego comimos, también en silencio. Sólo cuando el sol hubo descen­dido, don Juan se volvió súbitamente y me preguntó por mi progreso en «soñar».

Le dije que al principio había sido fácil, pero que por el momento ya había cesado por entero de hallar mis manos en los sueños.

—Cuando empezaste a soñar estabas usando mi poder personal, por eso era más fácil —dijo él—. Ahora estás vacío. Pero debes seguir tratando hasta que tengas bastante poder propio. Verás: soñar es el no-hacer de los sueños, y conforme progreses en tu no-hacer progresarás también en el soñar. El chiste es no dejar de buscarte las manos, aunque no creas que lo que haces tenga algún sentido. De hecho, como ya te he dicho, un guerrero no necesita creer, porque mientras continúe actuando sin creer está no-haciendo.

Nos miramos un momento.

—No hay nada más que pueda yo decirte acerca de soñar —prosiguió—. Todo lo que pudiera decirte sería sólo no-hacer. Pero si te lanzas directamente al no-hacer, tú mismo sabrás qué hacer al soñar. Hallar­te las manos es sin embargo esencial en este mo­mento, y estoy seguro de que lo harás.

—No sé, don Juan. No me tengo confianza.

—No se trata de tenerle confianza a nadie. Se trata de una lucha de guerrero, y tú seguirás luchando, si no bajo tu propio poder, entonces quizá bajo el im­pacto de un digno adversario, o con la ayuda de al­gunos aliados, como el que ya te anda siguiendo.

Hice un movimiento brusco e involuntario con el brazo derecho. Don Juan dijo que mi cuerpo sabía mucho más de lo que yo sospechaba, porque la fuerza que nos había estado persiguiendo se hallaba a m derecha. Me confió, en voz baja, que dos veces ese día, el aliado se había acercado tanto a mí que tuvo que intervenir y detenerlo.

—Durante el día, las sombras son las puertas del no-hacer —dijo—. Pero de noche, como en lo oscuro hay muy poco hacer, todo es sombra, incluyendo a lo aliados. Ya te hablé de esto cuando te enseñé la marcha de poder.

Reí en voz alta y mi propia risa me asustó.

—Todo cuanto te he enseñado hasta ahora ha sido un aspecto de no-hacer —prosiguió don Juan—. Un guerrero aplica el no-hacer a todo en el mundo, y sin embargo no puedo decirte más al respecto de lo que te he dicho hoy. Debes dejar que tu propio cuerpo descubra el poder y el sentir de no-hacer.

Tuve otro ataque de risa cascada, nerviosa.

—Es una estupidez que desdeñes los misterios del mundo nada más porque conoces el hacer del desdén —me dijo con rostro serio.

Le aseguré que yo no desdeñaba nada ni a nadie, pero que era más nervioso e incompetente de lo que él creía.

—Siempre he sido así —dije—. Y quiero cambiar, pero no sé cómo. No estoy a la altura.

—Ya sé que te crees podrido —dijo—. Ése es tu hacer. Ahora, con el fin de afectar ese hacer, voy a recomendarte que aprendas otro. De ahora en ade­lante, y durante un lapso de ocho días, quiero que te digas mentiras. En vez de decirte la verdad, que eres feo y estás podrido y no tienes remedio, te dirás exac­tamente lo contrario, sabiendo que mientes y que no hay esperanza para ti.

—¿Pero cuál sería el objeto de mentir así, don Juan?

—A lo mejor te engancha a otro hacer, y a lo mejor entonces te das cuenta de que ambos haceres son mentira, son irreales, que prenderte en cualquiera es una pérdida de tiempo, porque lo único real es el ser que hay en ti y que va a morir. Llegar a ese ser, al ser que va a morir es el no-hacer de la persona.