XI. EL ÁNIMO DE UN GUERRERO

LLEGUÉ a la casa de don Juan el jueves 31 de agosto de 1961 y él, sin darme siquiera tiempo de saludar, metió la cabeza por la ventanilla de mi coche, me son­rió y dijo:

Tienes que manejar un trecho muy largo, a un sitio de poder, y ya casi es mediodía.

Abrió la puerta del coche, se sentó junto a mí en el asiento delantero y me indicó marchar hacia el sur durante unos ciento veinte kilómetros; luego to­mamos hacia el este por un camino de tierra y lo seguimos hasta llegar a las faldas de las montañas. Estacioné el coche a un lado del camino, en una hon­donada que don Juan eligió porque era lo bastante profunda para ocultar el vehículo a la vista. Desde allí fuimos directamente a la cima de los cerros bajos, cruzando un llano vasto y desolado.

Cuando se hizo de noche, don Juan escogió un si­tio para dormir. Exigió silencio completo.

A la mañana siguiente comimos frugalmente y con­tinuamos nuestro viaje más o menos hacia el este. La vegetación ya no constaba de matorrales desérticos, sino de densos arbustos y árboles verdes, de montaña.

Al mediar la tarde trepamos a la cima de un gi­gantesco risco de roca conglomerada, como un muro. Don Juan tomó asiento y me hizo seña de imitarlo.

—Éste es un sitio de poder —dijo tras una pausa momentánea—. Éste es el sitio donde los guerreros se enterraban hace mucho tiempo.

En aquel instante un cuervo voló sobre nuestras cabezas, graznando. Don Juan siguió su vuelo con una mirada fija.

Examiné la roca, y me preguntaba cómo y dónde habrían enterrado a los guerreros cuando don Juan me tocó el hombro.

—Aquí no, idiota —dijo sonriendo—. Allá abajo.

Señaló el campo a nuestros pies, al fondo del risco, hacia el este; explicó que dicho campo estaba rodeado por un corral natural de peñascos. Desde donde me hallaba, vi un área que tendría como cien metros de diámetro y parecía un circulo perfecto. Arbustos es­pesos cubrían su superficie, camuflando los peñascos. Yo no habría notado su redondez perfecta si don Juan no me la hubiera señalado.

Dijo que había montones de sitios así esparcidos en el viejo mundo de los indios. No eran exactamente sitios de poder, como ciertos cerros o formaciones de tierra que eran morada de espíritus, sino más bien sitios de instrucción donde uno podía recibir leccio­nes, resolver dilemas.

Todo lo que tienes que hacer es venir aquí —di­jo—. O pasar la noche en esta roca para poner en orden tus sentimientos.

—¿Vamos a pasar la noche aquí?

—Eso pensaba yo, pero un cuervito acaba de decir­me que no lo hagamos.

Traté de averiguar más sobre el cuervo, pero él me silenció con un ademán impaciente.

—Mira ese círculo de peñascos —dijo—. Grábatelo en la memoria y luego, algún día, un cuervo te lle­vará a otro de estos sitios. Mientras más perfecta sea su redondez, mayor es su poder.

—¿Todavía están sepultados aquí los huesos de los guerreros?

Don Juan hizo un cómico gesto de desconcierto y luego sonrió ampliamente.

—Éste no es un cementerio —dijo—. Nadie está sepultado aquí. Dije que en otro tiempo los guerreros se enterraban aquí. Quise decir que venían a ente­rrarse una noche, o dos días, o el tiempo que nece­sitaran. No decía que aquí estuvieran enterrados hue­sos de muertos. No me interesan los cementerios. No hay poder en ellos. En los huesos de un guerrero sí hay poder, pero nunca están en cementerios. Y en los huesos de un hombre de conocimiento todavía hay más poder, pero sería prácticamente imposible en­contrarlos.

—¿Quién es un hombre de conocimiento, don Juan?

—Cualquier guerrero podría llegar a ser hombre de conocimiento. Como ya te dije, un guerrero es un cazador impecable que caza poder. Si logra cazar, puede ser un hombre de conocimiento.

—¿Qué es lo que usted…?

Detuvo mi pregunta con un ademán. Se puso en pie, me hizo seña de seguirlo y empezó a descender por la empinada ladera oriental del risco. Había una vereda definida en la superficie casi perpendicular, y llevaba al área redonda.

Descendimos lentamente por el peligroso sendero, y al llegar a tierra don Juan, sin detenerse para nada, me guió por el denso chaparral hasta el centro del círculo. Allí utilizó unas gruesas ramas secas para barrer un sitio donde sentarnos. El sitio era también perfectamente redondo.

—Tenía la intención de enterrarte aquí toda la noche —dijo—. Pero ahora sé que todavía no te da. No tienes poder. Nada más voy a enterrarte un ratito.

Me puse muy nervioso con la idea de verme sepul­tado y le pregunté cómo planeaba enterrarme. Rió como un niño travieso y empezó a juntar ramas secas. No me dejó ayudarlo; dijo que me sentara y aguar­dase.

Echó las ramas que juntaba dentro del círculo des­pejado. Luego me hizo acostarme con la cabeza hacia el este, puso mi saco bajo mi cabeza e hizo una jaula en torno a mi cuerpo. La construyó clavando en la tierra suave trozos de ramas, de unos 75 centí­metros de largo; las ramas, terminadas en horquetas, sirvieron de soportes para unos palos largos que die­ron a la jaula un marco y la apariencia de un ataúd abierto. Cerró esa especie de caja colocando ramas pequeñas y hojas sobre las varas largas, encajonán­dome de los hombros para abajo. Dejó mi cabeza fuera, con el saco como almohada.

Luego tomó un trozo grueso de madera seca y, usándolo como coa, aflojó la tierra en torno de mí y cubrió con ella la jaula.

El marco era tan sólido y las hojas estaban tan bien puestas que no entró tierra. Yo podía mover libremente las piernas y, de hecho, entrar y salir, des­lizándome.

Don Juan dijo que por lo común el guerrero cons­truía la jaula y luego se metía en ella y la sellaba desde adentro.

—¿Y los animales? —pregunté—. ¿Pueden rascar la tierra de encima y colarse en la jaula y hacer daño al hombre?

—No, ésa no es preocupación para un guerrero. Es preocupación para ti porque tú no tienes poder. Un guerrero, en cambio, está guiado por su empeño in­flexible y puede alejar cualquier cosa. Ninguna rata, ni serpiente, ni puma podría molestarlo.

—¿Para qué se entierran, don Juan?

—Para recibir instrucción y para ganar poder.

Experimenté un sentimiento extremadamente agra­dable de paz y satisfacción; el mundo en aquel mo­mento parecía en calma. La quietud era exquisita y al mismo tiempo enervante. No me hallaba acostum­brado a ese tipo de silencio. Traté de hablar, pero don Juan me calló. Tras un rato, la tranquilidad del sitio afectó mi estado de ánimo. Me puse a pensar en mi vida y en mi historia personal y experimenté una familiar sensación de tristeza y remordimiento. Dije a don Juan que yo no merecía estar allí, que su mun­do era fuerte y bello y yo era débil, y que mi espíritu había sido deformado por las circunstancias de mi vida.

Él rió y amenazó con cubrirme la cabeza con tierra si seguía hablando en esa vena. Dijo que yo era un hombre. Y como cualquier hombre, merecía todo lo que era la suerte de los hombres: alegría, dolor, tristeza y lucha, y la naturaleza de nuestros actos carecía de importancia siempre y cuando actuáramos como guerreros.

Bajando la voz casi hasta un susurro, dijo que, si en verdad sentía yo que mi espíritu estaba deformado, simplemente debía componerlo —purificarlo, hacer­lo perfecto— porque en toda nuestra vida no había otra tarea más digna de emprenderse. No arreglar el espíritu era buscar la muerte, y eso era igual que no buscar nada, pues la muerte nos iba a alcanzar de cualquier manera.

Hizo una larga pausa y luego dijo, con un tono de profunda convicción:

—Buscar la perfección del espíritu del guerrero es la única tarea digna de nuestra hombría.

Sus palabras actuaron como un catalizador. Sentí el peso de mis acciones pasadas como una carga inso­portable y estorbosa. Admití que no había esperanza para mí. Empecé a llorar, hablando de mi vida. Dije que llevaba tanto tiempo de andar errante que me había encallecido al dolor y a la tristeza, excepto en ciertas ocasiones en las que me daba cuenta de mi soledad y de mi impotencia.

Don Juan no dijo nada. Me tomó por los sobacos y me sacó a rastras de la jaula. Me senté al verme libre. Él también tomó asiento. Un silencio incómodo se ahondó entre nosotros. Pensé que me estaba dan­do tiempo de recobrar la compostura. Tomé mi cua­derno y, por nerviosismo, me puse a garabatear.

—Te sientes como una hoja a merced del viento, ¿no? —dijo al fin, mirándome.

Así me sentía exactamente. Don Juan parecía com­penetrado de mis sentimientos. Dijo que mi estado de ánimo le recordaba una canción y empezó a can­tarla en tono bajo; su voz cantante era muy agrada­ble y la letra me arrebató: «Qué lejos estoy del suelo donde he nacido. Inmensa nostalgia invade mi pensamiento. Al verme tan solo y triste cual hoja al viento, quisiera llorar, quisiera morir de sen­timiento».

Callamos largo rato. Finalmente, él rompió el si­lencio.

—Desde el día en que naciste, de una forma u otra, alguien te ha estado haciendo algo —dijo.

—Eso es correcto —dije.

—Y te han estado haciendo algo en contra de tu voluntad.

—Cierto.

—Y ahora estás desamparado, cual hoja al viento.

—Correcto. Así es.

Dije que las circunstancias de mi vida habían sido, a veces, devastadoras. Él escuchó con atención, pero no pude saber si sólo lo hacía por amabilidad, o si estaba genuinamente preocupado, hasta que lo sor­prendí tratando de esconder una sonrisa.

—Por mucho que te guste compadecerte a ti mis­mo, tienes que cambiar eso —dijo con voz suave—. No encaja con la vida de un guerrero.

Rió y cantó nuevamente la canción, pero contor­sionando la entonación de ciertas palabras; el resul­tado fue un lamento risible. Señaló que el motivo de que me gustara la canción era que en mi propia vida yo no había hecho sino lamentarme y hallar defectos en todo. No pude discutir con él. Estaba en lo cierto. Sin embargo, yo creía tener motivos suficientes para justificar mi sentimiento de ser como una hoja al viento.

—Lo más difícil en este mundo es adoptar el áni­mo de un guerrero —dijo él—. De nada sirve estar triste y quejarse y sentirse justificado de hacerlo, cre­yendo que alguien nos está siempre haciendo algo. Nadie le está haciendo nada a nadie, mucho menos a un guerrero.

—Tú estás aquí, conmigo, porque quieres estar aquí. Ya deberías haber asumido la responsabilidad com­pleta, y la idea de que estás a merced del viento de­bería ser inadmisible.

Se puso de pie y empezó a desarmar la jaula. Volvió a poner la tierra en donde la había tomado, y cui­dadosamente esparció las ramas en el chaparral. Luego cubrió con desechos el círculo limpio, dejando el área como si nada la hubiese tocado jamás.

Comenté su eficacia. Dijo que un buen cazador sa­bría que habíamos estado allí por más cuidado que él tuviese, porque las huellas de los hombres no pue­den borrarse por entero.

Tomó asiento con las piernas cruzadas y me indicó sentarme lo más cómodo posible, dando la cara al sitio donde me había enterrado, y quedarme quieto hasta que mi ánimo de tristeza se hubiera disipado.

—Un guerrero se entierra para hallar poder, no para llorar de pena —dijo.

Intenté explicar, pero él me detuvo con un mo­vimiento impaciente de cabeza. Dijo que había tenido que sacarme aprisa de la jaula porque mi ánimo era intolerable y él temió que el sitio resintiese mi debi­lidad y me hiciera daño.

La pena no encaja con el poder —dijo—. El áni­mo de un guerrero implica que el guerrero se con­trola y al mismo tiempo se abandona.

—¿Cómo puede ser? —pregunté—. ¿Cómo se pue­de dominar y abandonar al mismo tiempo?

—Es una técnica difícil —dijo.

Pareció cavilar si debería seguir hablando o no. Dos veces estuvo a punto de decir algo, pero se con­tuvo y sonrió.

—Todavía no te sobrepones a tu tristeza —dijo—. Todavía te sientes débil y no tiene caso hablar ahora del ánimo de un guerrero.

Casi una hora transcurrió en completo silencio. Luego, don Juan me preguntó de buenas a primeras si había yo logrado aprender las técnicas de «soñar» que él me enseñó. Yo había practicado asiduamente y, tras un esfuerzo monumental, pude obtener cierto grado de control sobre mis sueños. Don Juan tenía mucha razón al decir que los ejercicios podían tomar­se como diversión. Por primera vez en mi vida, espe­raba yo con ansia la hora de dormir.

Le di un detallado reporte de mi progreso.

Aprender a sostener la imagen de mis manos había sido relativamente fácil una vez que aprendía darme la orden de mirarlas. Mis visiones, aunque no siem­pre eran de mis propias manos, duraban un tiempo aparentemente largo, hasta que terminaba por perder el control y sumergirme en sueños comunes, imprevi­sibles. Yo carecía de toda volición con respecto al momento en que me daba la orden de mirar mis manos, o de mirar otros elementos del sueño. Sim­plemente sucedía. En determinado instante recorda­ba que debía mirarme las manos y después ver el entorno. Sin embargo, había noches en las que no tenía memoria de haberlo hecho.

Don Juan pareció satisfecho y quiso saber cuáles eran los elementos habituales que yo había estado hallando en mis visiones. No se me ocurrió alguno en particular, y empecé a elaborar sobre un sueño pesadillesco que había tenido la noche anterior.

—Uy, ya te estás haciendo el loco —dijo con se­quedad.

Le dije que estaba anotando todos los detalles de mis sueños. Desde que había empezado la práctica de mirarme las manos, mis sueños habían adquirido mucha intensidad y mi capacidad de evocarlos había aumentado hasta el punto de que me era posible recordar detalles minúsculos. Él dijo que fijarse en eso era una pérdida de tiempo, porque los detalles y la vividez no tenían ninguna importancia.

—Los sueños comunes se vuelven muy vívidos ape­nas empiezas a arreglar los sueños —dijo—. Esa vivi­dez y claridad es una barrera formidable, y tú estás peor que cualquiera que yo haya conocido en mi vida. Tienes la peor manía. Escribes todo lo que puedes.

Con toda justeza, yo creía estar haciendo lo ade­cuado. Llevar un recuento meticuloso de mis sueños me daba cierto grado de claridad con respecto a la naturaleza de las visiones que tenía estando dormido.

—¡Déjalo! —dijo él, imperioso—. No sirve de nada. Lo único que estás haciendo es distraerte del propó­sito del soñar, que es el control y el poder.

Se acostó y se cubrió los ojos con el sombrero y habló sin mirarme.

—Voy a recordarte todas las técnicas que debes practicar —dijo—. Primero enfocas la mirada en tus manos, como punto de partida. Luego pasas la mirada a otras cosas y les echas vistazos cortos. Enfoca la mi­rada en tantas cosas como puedas. Recuerda que si sólo miras un momento las imágenes no cambian. Luego regresa a tus manos.

—Cada vez que te miras las manos renuevas el po­der necesario para soñar, conque al principio no mi­res demasiadas cosas. Cuatro cada vez serán suficien­tes. Más adelante, podrás irlas aumentando hasta que cubras todas las que quieras, pero apenas las imáge­nes empiecen a cambiar y sientas que estás perdiendo el dominio, regresa a tus manos.

—Cuando te sientas capaz de mirar las cosas inde­finidamente, estarás listo para una nueva técnica. Te la voy a enseñar ahora, pero no espero que la utilices sino hasta que estés listo.

Estuvo callado unos quince minutos. Por fin se sentó y me miró.

—El siguiente paso para arreglar los sueños es aprender a viajar —dijo—. De la misma forma en que has aprendido a mirarte las manos, puedes mo­verte con la voluntad, ir a cualquier sitio. Primero tienes que determinar a dónde quieres ir. Escoge un lugar bien conocido —puede ser tu escuela, o un par­que, o la casa de un amigo— y luego pon tu voluntad en ir allí.

—Esta técnica es muy difícil. Debes realizar dos ta­reas: debes trasladarte con la voluntad al sitio espe­cífico, y luego, cuando hayas dominado esa técnica, tienes que aprender a controlar el tiempo exacto de tu viaje.

Mientras anotaba sus palabras, sentía hallarme real­mente chiflado. Estaba de hecho anotando aberracio­nes sin sentido, esforzándome al máximo por seguir­las. Experimenté una oleada de remordimiento y ver­güenza.

—¿Qué me está usted haciendo, don Juan? —pre­gunté, sin querer decirlo realmente.

Pareció sorprendido. Me miró un instante y luego sonrió.

—Ya me has preguntado mil veces lo mismo. Yo no te estoy haciendo nada. Tú te estás poniendo al alcance del poder; lo estás cazando y yo nada más te guío.

Inclinó la cabeza hacia un lado y me examinó. Me tomó por la barbilla con una mano y por la nuca con la otra y luego movió mi cabeza hacia adelante y ha­cia atrás. Los músculos de mi cuello estaban muy tensos, y el movimiento redujo la tensión.

Don Juan alzó los ojos al cielo por un momento y pareció observar algo.

—Es hora de irse —dijo secamente y se puso en pie.

Caminamos más o menos hacia el oriente hasta llegar a un bosquecillo de árboles pequeños, en un valle entre dos enormes colinas. Eran casi las cinco de la tarde. Don Juan dijo, en tono casual, que tal vez tuviéramos que pasar la noche en ese lugar. Se­ñaló los árboles y dijo que por ahí había agua.

Tensó el cuerpo y empezó a olfatear el aire como un animal. Pude ver los músculos de su estómago contraerse en espasmos cortos, muy rápidos, mientras él exhalaba e inhalaba por la nariz en veloz sucesión. Me instó a imitarlo y a descubrir por mí mismo dón­de estaba el agua. Hice la prueba, con renuencia. Tras cinco o seis minutos de respirar aprisa me hallaba mareado, pero mi nariz se había despejado en forma extraordinaria y me era posible detectar el olor de sauces de río. Sin embargo, no podía decir dónde estaban.

Don Juan me indicó descansar unos minutos y lue­go me puso a olfatear de nuevo. La segunda ronda fue más intensa. Pude distinguir una bocanada de olor a sauce que llegaba de mi derecha. Nos encami­namos en esa dirección y hallamos, a cosa de medio kilómetro, un sitio pantanoso con agua estancada.

Rodeándolo, subimos a una meseta plana ligeramente más alta. Encima y en torno de la meseta el chaparral era muy denso.

—Este lugar está lleno de pumas y otros gatos de monte más chicos —dijo don Juan como si tal cosa.

Corrí a su lado y él soltó la risa.

—De plano, yo no vendría por aquí para nada —dijo—. Pero el cuervo señaló en esta dirección. Debe haber algo especial en este sitio.

—¿Tenemos realmente que estar aquí, don Juan?

—Sí. De lo contrario, evitaría yo este sitio.

Yo me había puesto extremadamente nervioso. Don Juan me dijo que escuchara sus palabras con toda atención.

—Lo único que puede hacerse en este sitio es cazar pumas —prosiguió—. Así que voy a enseñarte eso.

—Hay un modo especial de construir una trampa para las ratas de agua que viven cerca de los ojos de agua. Sirven de cebo. Los lados de la jaula están hechos de modo que se caen, y al caer dejan al des­cubierto púas muy filosas. Las púas no se ven cuando la trampa está puesta, y no afectan nada a menos que algo caiga sobre la jaula; en ese caso los lados se caen y las púas atraviesan lo que haya pegado en la trampa.

Yo no entendía, pero él trazó un diagrama en el suelo y me mostró que, si los soportes verticales de la jaula se colocaban en hoyos cóncavos hechos en el marco a guisa de pivotes, la jaula se desplomaría para un lado o el otro cuando algo empujara su parte superior.

Las púas eran aguzadas astillas puntiagudas de madera dura, que se colocaban en todo el contorno del marco y se aseguraban a él.

Don Juan dijo que, por lo común, se ponía una pesada carga de piedras sobre una red de varas conec­tada a la jaula y colgada encima de ella, a buena altura. Cuando el gato montés llegaba a la trampa cebada con las ratas de agua, generalmente intentaba romperla de un fuerte zarpazo; entonces las púas le atravesaban las patas y el animal, frenético, daba el salto, echándose encima una avalancha de piedras.

—A lo mejor algún día necesitas atrapar un gato montés —dijo don Juan—. Tienen poderes especiales. Son tremendos y muy listos, y la única manera de atraparlos es engañándolos con el dolor y con el aro­ma de los sauces de río.

Con rapidez asombrosa armó una trampa, y tras larga espera capturó tres roedores rechonchos, con aspecto de ardillas.

Me indicó cortar un puñado de mimbres de la orilla del pantano y frotar con ellos mi ropa. Él hizo lo mismo. Luego, con rapidez y habilidad, tejió con juncos dos sencillas redes portadoras, recogió del pan­tano un gran montón de lodo y plantas verdes, y lo llevó a la meseta, donde se ocultó.

Mientras tanto, los roedores habían empezado a chillar a todo volumen.

Don Juan habló desde su escondite para indicarme que usara la otra red, juntara una buena cantidad de plantas y lodo, y trepase a las ramas bajas de un árbol cercano a la jaula donde estaban los roedores.

Don Juan dijo que no quería hacer ningún daño al puma ni a las ratas de agua, de modo que iba a arrojarle lodo al león si éste se acercaba a la trampa.

Me dijo que estuviese alerta y golpeara al puma con mi bulto de lodo después de que él lo hubiera hecho, para asustarlo. Me recomendó mucho cuidado para no caer del árbol. Sus instrucciones finales fueron permanecer tan quieto que me confundiera con las ramas.

Yo no podía ver dónde estaba don Juan. El chillar de los roedores se hizo extremadamente fuerte. Llegó a estar tan oscuro que apenas me era posible distin­guir la configuración general del terreno. Percibí el súbito sonido cercano de pasos suaves y una exhala­ción felina amortiguada, luego un gruñido muy suave y las ratas de agua cesaron de chillar. En ese mismo instante vi la masa oscura de un animal justamente debajo del árbol donde me encontraba. Incluso antes de que yo pudiera estar seguro de que era un puma, se lanzó contra la trampa, pero no llegó a alcanzarla porque algo lo golpeó y lo hizo recular. Arrojé mi bulto, como don Juan me había dicho. No dio en el blanco, pero hizo mucho ruido. En ese instante don Juan soltó una serie de gritos penetrantes que me produjeron escalofríos, y el puma, con extraordinaria agilidad, saltó a la meseta y desapareció.

Don Juan siguió haciendo un rato los ruidos pe­netrantes y luego me dijo que bajara del árbol, reco­giera la jaula con las ratas de agua, corriera a la meseta y llegara lo más rápido posible a donde él se hallaba.

En un tiempo increíblemente corto me encontré parado junto a don Juan. Me dijo que imitara sus gritos lo mejor posible para tener al gato a distancia mientras él desarmaba la jaula y liberaba a los roe­dores.

Empecé a gritar, pero no podía producir el mismo efecto. Mi voz estaba ronca a causa de la excitación.

Él dijo que me dejara ir y gritara con verdadero sentimiento, porque el león todavía andaba por ahí. De pronto cobré plena conciencia de la situación. El león era real. Prorrumpí en una magnifica serie de gritos penetrantes.

Don Juan rió a carcajadas.

Me dejó gritar un momento y luego dijo que de­bíamos dejar ese sitio lo antes posible, pues, el puma no era ningún tonto y probablemente estaba en ese momento desandando sus pasos dirigiéndose a donde nos hallábamos.

—De seguro nos va a seguir —dijo—. Por mucho cuidado que tengamos, dejaremos un rastro del ancho de la carretera panamericana.

Caminé muy cerca de don Juan. De vez en cuando él se detenía un instante a escuchar. En determinado momento echó a correr en la oscuridad, y yo lo seguí con las manos extendidas frente a los ojos para pro­tegerme de las ramas.

Por fin llegamos al pie del risco donde estuvimos antes. Don Juan dijo que si lográbamos trepar a la cima sin que el león nos atacara, estaríamos a salvo. Tomó la delantera para mostrarme el camino. Empe­zamos a trepar en la oscuridad. No supe cómo, pero lo seguí con paso firme y certero. Cuando estábamos cerca de la cima oí un peculiar clamor animal. Era casi como el mugido de una vaca, pero un poco más largo y más áspero.

—¡Arriba! ¡Arriba! gritó don Juan.

Trepé velozmente en la oscuridad total, adelantándome a don Juan. Cuando él llegó al remate plano del risco yo ya estaba sentado recuperando el aliento.

Rodó por el suelo. Por un segundo pensé que el esfuerzo había sido demasiado para él, pero en rea­lidad estaba riendo de mi raudo ascenso.

Estuvimos sentados un par de horas en completo silencio y luego emprendimos la marcha hacia el coche.

Domingo, septiembre 3, 1961

Don Juan no estaba en la casa cuando desperté. Tra­bajé en mis notas y tuve tiempo de juntar leña en el chaparral circundante antes de que él regresara. Me hallaba comiendo cuando entró en la casa. Em­pezó a reír de lo que llamaba mi rutina de comer al mediodía, pero tomó de mis emparedados.

Le dije que lo ocurrido con el puma era desconcer­tante para mí. En retrospectiva, parecía enteramente irreal. Era como si todo se hubiera escenificado para mi beneficio. La sucesión de eventos fue tan rápida que no tuve en realidad tiempo de asustarme. Tuve tiempo para actuar, pero no para deliberar sobre mis circunstancias. Al escribir mis notas se planteó la interrogante de si había visto realmente al puma. La alucinación de la rama seca estaba todavía fresca en mi memoria.

—Era un puma —dijo don Juan en tono imperioso.

—¿Era un verdadero animal de carne y hueso?

—Seguro.

Le dije que mis sospechas habían despertado a cau­sa del fácil desarrollo de todo el evento. Era como si el gato hubiera estado allí aguardando y hubiera sido entrenado para hacer exactamente lo que don Juan planeara.

Mi alud de observaciones escépticas no le hizo la menor mella. Se rió de mí.

—Eres un tipo chistoso —dijo—. Tú viste y oíste al gato. Estaba abajito del árbol donde tú estabas. Si no te olfateó y te saltó fue por los mimbres. Matan cualquier otro olor, hasta para los gatos. Tú tenías en los brazos una carga de lodo.

Dije que no era que dudara de él, sino que todo lo ocurrido aquella noche era extremadamente ajeno a los sucesos de mi vida cotidiana. Durante un rato, al escribir mis notas, tuve incluso el sentimiento de que don Juan podía haber hecho el papel de león. Sin embargo, hube de descartar la idea porque yo había visto realmente la silueta oscura de un animal de cuatro patas lanzándose hacia la jaula y luego sal­tando a la meseta.

—¿Por qué te haces tanto lío? —dijo él—. No era más que un gato grande. Ha de haber miles de gatos en esos montes. Gran cosa. Como de costumbre, diri­ges la atención a donde no debes. No importa para nada que fuera un puma o mis calzones. Lo que sen­tías en ese instante era lo que contaba.

En toda mi vida, yo nunca había visto ni oído la ronda de un gran felino salvaje. Al pensar en ello, no podía reponerme del hecho de haber estado a tan poca distancia de uno.

Don Juan escuchó pacientemente mientras yo re­pasaba toda la experiencia.

—¿Por qué tanta reverencia con el gatote? —pre­guntó con expresión inquisitiva—. Has estado cerca de casi todos los animales que viven por aquí y jamás te han impresionado tanto. ¿Te gustan los gatos?

—No.

—Bueno, entonces olvídalo. De cualquier modo, la lección no tenía nada que ver con cazar leones.

—¿Y con qué tenía que ver?

—El cuervito me señaló ese sitio específico, y en ese sitio vi la oportunidad de hacerte entender cómo actúa uno cuando tiene ánimo de guerrero.

—Todo lo que hiciste anoche lo hiciste con un ánimo correcto. Tenías control y a la vez estabas abandonado cuando saltaste del árbol para recoger la jaula y llevármela corriendo. No te paralizó el miedo. Y luego, casi en lo alto del risco, cuando el león soltó un grito, te moviste muy bien. Estoy seguro de que no creerías lo que hiciste si vieras el risco de día. Tenías cierto grado de abandono, y al mismo tiempo cierto grado de control sobre ti mismo. No te soltaste al gra­do de orinarte en los calzones, pero te soltaste y trepaste ese muro en completa oscuridad. Podrías haber dado un paso en falso y matarte. Trepar ese muro en la oscuridad requería que te contuvieras y te soltaras al mismo tiempo. Eso es lo que yo llamo el ánimo de un guerrero.

Dije que cuanto hubiese hecho aquella noche fue el producto de mi miedo, y no el resultado de ningún estado de dominio y abandono.

—Lo sé —dijo, sonriendo—. Y quise enseñarte que te puedes espolear más allá de tus límites si estás en el ánimo correcto. Un guerrero crea su propio ánimo. Tú no lo sabías. El miedo te metió en el ánimo de un guerrero, pero ahora que lo conoces, cualquier cosa puede servir para que te metas en él.

Quise discutir, pero mis razones no eran claras. Ex­perimentaba una molestia inexplicable.

—Es conveniente actuar siempre con ese ánimo —prosiguió—. Acaba con la idiotez y lo deja a uno purificado. Te sentiste muy bien cuando llegaste a la cima del risco. ¿O no?

Le dije que comprendía lo que me estaba diciendo, pero sentía que sería idiota tratar de aplicar sus ense­ñanzas a mi vicia cotidiana.

—Uno necesita el ánimo de un guerrero para cada uno de sus actos —dijo—. De otro modo uno se en­chueca y se afea. No hay poder en una vida que ca­rece de este ánimo. Mírate tú mismo. Todo te ofende y te inquieta. Chillas y te quejas y sientes que todo el mundo te hace bailar a su son. Eres una hoja a merced del viento. No hay poder en tu vida. ¡Qué feo debe de sentirse eso!

—Un guerrero, en cambio, es un cazador. Todo lo calcula. Eso es control. Pero una vez terminados sus cálculos, actúa. Se deja ir. Eso es abandono. Un gue­rrero no es una hoja a merced del viento. Nadie lo empuja; nadie lo obliga a hacer cosas en contra de sí mismo o de lo que juzga correcto. Un guerrero está entonado para sobrevivir, y sobrevive del mejor modo posible.

Me gustó su posición, aunque la consideré falta de realismo. Parecía demasiado simplista para el com­plejo mundo donde yo vivía.

Río de mis argumentos y yo insistí en que el ánimo de un guerrero no podía en modo alguno ayudarme a superar el sentimiento de ofensa, o el daño concreto, nacidos de las acciones de mis semejantes, como en el caso hipotético de ser vejado físicamente por una persona cruel y maliciosa colocada en una posición de autoridad.

Se carcajeó y admitió que el ejemplo venía al caso.

—Un guerrero podría sufrir daño, pero no ofensa —dijo—. Para un guerrero no hay nada ofensivo en los actos de sus semejantes mientras él mismo esté actuando dentro del ánimo correcto.

—La otra noche, no te ofendiste con el gato. El hecho de que nos persiguió no te hizo enojar. No te oí maldecirlo, ni te oí decir que no tuviera derecho a seguirnos. Fácilmente podría haber sido un gato cruel y malicioso. Pero eso no te preocupaba mien­tras tratabas de huirle. Lo único que venía al caso era sobrevivir. Y eso lo hiciste muy bien.

—Si hubieras estado solo y el puma te hubiera al­canzado y hecho garras, jamás habrías pensado siquie­ra en quejarte o en sentirte ofendido por sus actos.

—El, ánimo de un guerrero no es tan descabellado para tu mundo ni para el de nadie. Lo necesitas para salirte de todas las idioteces.

Expliqué mi forma de razonar. El puma y mis se­mejantes no estaban en el mismo nivel, porque yo conocía los recovecos humanos pero no sabía nada del puma. Lo que me ofendía de mis semejantes era que actuaban con malicia y a sabiendas.

—Ya sé, ya sé —dijo don Juan con paciencia—. Lograr el ánimo de un guerrero no es cosa sencilla. Es una revolución. Considerar iguales al puma y a las ratas de agua y a nuestros semejantes es un acto mag­nífico del espíritu del guerrero. Se necesita poder para llevarlo a cabo.