CAPITULO XIII
—¿Adónde vas, Guy?
—Blawser —contestó Morris escuetamente.
Jane asintió calladamente.
—Ese hombre te apresó —continuó Morris—. Nos hizo salir de Five Oaks Valley más que aprisa. El o nosotros, tenlo en cuenta.
—Sí, Guy —contestó Jane, con voz extrañamente cansada.
Morris la besó en una mejilla. Recogió su sombrero y abrió la puerta de la cabaña.
Morris se volvió hacia Jane y sonrió.
—Los muchachos se divierte, ¿verdad?
Ella hizo un ligero gesto de asentimiento. Morris, añadió:
—No dirás que no te he complacido. Carol está aparte, como me pediste. ¿Te ha dicho algo?
—Ella no es como yo.
—Se ve a la legua.
Y salió.
Minutos más tarde, Jane oía el golpeteo de los cascos de un caballo que se alejaba a galope tendido. Entonces, saliendo de su inmovilidad, se puso en pie y abandonó la cabaña.
Había otra cercana, un tanto aislada de las restantes Jane abrió la puerta.
Carol estaba junto a una de las ventanas. La muchacha no se volvió siquiera al oír el ruido de la puerta al abrirse.
—Carol —llamó Jane.
—¿Qué quieres? —contestó la muchacha, sin abandonar su postura.
—Querría hablar contigo...
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar —dijo Carol fríamente—. Tuvimos los mismos padres, pero no representas ya nada para mí.
—Quiero que me escuches, Carol.
—No me queda otro remedio.
—Voy a proporcionarte los medios para escapar —declaró—. No quiero que sigas aquí ni un momento más de lo necesario.
—¿Tendré que mostrarme agradecida por tu gesto generoso?
—Eres mi hermana...
—¡No lo soy! Yo no puedo ser hermana de una asesina, de una mujer que no vacila en matar con tal de tener dinero, oro, joyas... Trece hombres murieron en Lennox Round. Otros han muerto después y otros murieron antes. Yo misma estuve a punto de morir a manos de ese hombre que es tu compañero de fechorías. No me iré y aquí estaré hasta que nos rescaten, para vergüenza tuya...
—Tú y yo nunca nos comprendimos —declaró Jane.
—Ni nos comprenderemos jamás. —Carol se volvió de repente hacia su hermana—. Dick Devon era un buen hombre y un excelente esposo para ti. Lo abandonaste par lanzarte a esa vida de crímenes, en unión del mayor asesino que se ha conocido jamás. ¿Sabes quién murió en Lennox Round? ¿Sabes a quién mató Morris?
—No... no entiendo.
—Los heridos fueron rematados en Lennox Round. Uno de esos heridos estaba cegado por una perdigonada disparada a los ojos. Pidió clemencia y le destrozaron la cabeza de un tiro. Era nuestro padre, Jane.
—¡No, no! —gritó la hermana mayor crispadamente.
—Lo creas o no, es la pura verdad —afirmó Carol—. El oro que conseguisteis en Lennok Round está manchado con la sangre de tu propio padre. Ahora, sal a divertirte en unión de esos forajidos. Es lo único que te falta ya.
Jane huyó, enloquecida por aquella inesperada revelación, sin contestar una sola palabra. La puerta de la cabaña quedó abierta.
Carol se puso rígida. Aquélla podía ser su ocasión propicia, pensó.
Se acercó al umbral. Un rifle terciado le cortó el paso.
—Atrás, muñeca —dijo el forajido que vigilaba la cabaña—. Sin permiso del jefe, no se sale de aquí.
Carol no se inmutó. De pronto, recordó algo olvidado momentáneamente.
—Era el jefe ese que salió hace un rato, ¿no?
—Así es —corroboró el bandido riendo—. Dijo que tenía que ajustar las cuentas a un tipo importuno. Y se las ajustará, porque cuando el jefe se propone algo, siempre lo consigue.
Carol se quedó helada de horror.
La respuesta del forajido era altamente significativa: Morris había ido en busca de Blawser para asesinarlo.
* * *
La comitiva se detuvo a unos quinientos metros de la entrada a Black Rocks Hole. Blawser se apeó de su montura para conferenciar con el teniente Robinson.
—Estamos a punto de alcanzar el objetivo —dijo—. Ya conoce... Ya conoce usted la topografía del terreno. Ahora sólo falta que se ejecute el plan en la forma acostumbrada.
—Puede estar tranquilo, señor Blawser —contestó el militar—. Actuaremos de acuerdo con lo convenido.
—Una cosa han de tener en cuenta usted y sus hombres. Los bandidos son terriblemente peligrosos. El uniforme no les intimidará en absoluto.
—Después de lo que he leído sobre ellos y lo que usted me ha relatado, me doy perfecta cuenta de la catadura de esa gente. Le admiro a usted, señor Blawser —sonrió Robinson—. Ha demostrado valor y tenacidad.
—Eran cualidades necesarias —admitió el joven llanamente—. No se olvide de una cosa muy importante; la primera pieza ha de ser remolcada a brazo, así como las municiones.
—El sargento Timmins se encargará de ello, señor Blawser.
—Y no se olviden tampoco de forrar las llantas de las ruedas. El menor ruido podría alertar a los bandidos.
—Lo tendré en cuenta —prometió el oficial.
—Dispararán el primer cañonazo apenas oigan la explosión de una de mis bombas de mano. Para entonces, Timmins y sus hombres estarán ya en la embocadura del desfiladero.
—¿A qué hora cree usted que podremos iniciar el ataque?
—Yo diría que a las seis y media de la mañana —respondió Blawser—. A esa hora empieza a amanecer y ya hay luz suficiente para observar el efecto de los disparos.
—Muy bien, a las seis y media en punto. Hay un centinela en la entrada del paso, ¿verdad?
Blawser sonrió.
—Yo me encargaré de él, pero no haré nada hasta media hora antes de iniciarse el ataque, a fin de que el relevo no tenga tiempo de observar ninguna anormalidad.
—Entendido.
Durante el camino, Blawser había explicado su plan al oficial que mandaba la media batería cedida por Fort Huachuca. El teniente Robinson había mostrado conformidad desde un principio, aunque introduciendo algunas mejoras en el plan, de acuerdo con sus conocimientos y experiencias.
Blawser descansó un par de horas en el campamento establecido en el mayor de los silencios. A las cuatro y media de la madrugada ya estaba en pie.
Entre su equipo figuraba una bolsa de lona, en la cual llevaba las seis granadas de mano.
Desechó el rifle, quedándose únicamente con los revólveres y, además, se colgó del cuello un rollo de cuerda, que estimó podría resultarle de utilidad.
Una vez equipado y tras despedirse de Robinson, se alejó en dirección al desfiladero.
La Luna estaba todavía muy alta. Blawser se felicitó a la precaución de haber explorado previamente el lugar. Ahora se movía sobre seguro, sin un solo fallo.
Lenta, y cautelosamente, avanzó por la ladera de la montaña, siguiendo tortuosos vericuetos y buscando en todo momento las zonas más oscuras. Alrededor de las cinco, alcanzó las proximidades del centinela.
Se tendió en el suelo y esperó. Desde su observatorio, presenció el relevo minutos más tarde.
Los dos bandidos comentaron algo acerca de las diversiones de que ahora disponía en el refugio. Uno de ellos dijo:
—El jefe estará contento. Si se cansa de una de las hermanas, le queda la otra, ¿verdad?
Sonó una ruidosa carcajada.
—Me parece que la más joven es una gatita muy arisca. Enseña las uñas con mucha facilidad —contestó el bandido recién llegado—. Además, el jefe se marchó al atardecer.
—¿Adónde diablos se ha ido? ¿Acaso quiere que lo pesquen?
—Al contrario; es él quien va de pesca. Creo que hay un tipo que le molesta y quiere suprimirlo.
—Lo conseguirá —dijo el relevado—. Bueno, diviértete.
—Ya lo he hecho antes —rió el otro bandido.
Blawser escuchó en silencio la conversación, cuyo significado no se le escapó en absoluto. Una cosa le contrariaba: Morris había escapado.
Terció el gesto. Ya no podía reformar su plan. Era preciso seguir adelante hasta el fin.
En cuanto a Morris... bien, tarde o temprano acabarían por encontrarse.
A las seis en punto de la mañana un cuchillo voló disparado por los aires.
El centinela exhaló un débil quejido, se encogió sobre sí mismo y, de sentado que estaba, se venció hacia adelante.
Blawser saltó hacia el bandido y le puso una mano en la nuca. Los movimientos del forajido cesaron a los pocos momentos.
Entonces, el joven silbó tenuemente. Sabía que unos oídos atentos captarían su señal.
Minutos más tarde, tendido de bruces en el borde del desfiladero, vio avanzar unas formas humanas que empujaban algo que se movía en silencio, sobre unas ruedas bien engrasadas y cubiertas las llantas con gruesos vendajes hechos con mantas. El cañón quedó emplazado poco antes de las seis y media en la boca del desfiladero que daba acceso al hoyo.
Una vez estuvo seguro Blawser de que todo estaba en orden, abandonó su puesto y corrió cautelosamente a pocos metros del borde del hoyo. Cincuenta pasos más adelante se detuvo y miró hacia abajo.
Las cabañas estaban a cuarenta metros por debajo de él. Tranquilamente, se quitó el rollo de cuerdas, ató uno de los extremos a un saliente rocoso y lo dejó preparado para lanzarlo hacia el fondo.
Luego sacó una de las pelotas de hierro. Encendió un cigarro parsimoniosamente y cuando vio que la brasa alcanzaba medio centímetro, la aplicó al extremo de la mecha.