HACIA LA COMETA

Nuestro viaje esta a punto de terminar. Ahora, cuando cierres este libro y lo dejes en la estantería, tendrás la cabeza llena de propósitos, de cosas buenas por hacer. Han de ser como hemos dicho, cosas concretas, pequeñas. No pongas tus objetivos en letras heroicas. Pero no dejes de luchar.

En el barco, nosotros también estábamos terminando nuestro viaje. Oscar estaba acabando de amarrar el último cabo al noray del muelle de Puerto América, en Cádiz. El día había sido formidable e inolvidable. Nuestros cabellos y nuestras ropas llevaban todavía restos del salitre de un día en el mar. Nuestras caras también brillaban por culpa del poderoso sol que había castigado nuestra piel pero, sobre todo, los corazones de Rocío y de Marina habían empezado a cambiar.

Ambas sabían que al bajarse de aquel velero sus vidas, necesariamente iban a ser distintas. Muy distintas. Pensaban afrontar su existencia de una manera más positiva, más equilibrada. Querían salir del ataúd y empezar a volar como las cometas. Querían ser felices. Pero la primera en la frente. Mientras cargábamos el maletero de mi coche para volver hacia Sevilla, desde el otro lado del muelle oímos los gritos de dos hombres que discutían por un asunto de tráfico. «¿Cómo podemos ser felices si el mundo está así de loco?», dijo Marina.

Efectivamente hay gente que lucha para que no seamos felices. Podríamos pensar que seremos felices si nos dejan los demás. Pero eso no debe ser así. Seremos felices aún a costa de los que no quieren que lo seamos. Cuenta Stephen Covey que un acorazado asignado a la escuadra de entrenamiento de la Marina de Estados Unidos había estado de maniobras en el mar con tempestad durante varios días. La noche que emprendían el regreso a su base la niebla se hizo todavía más densa. Tanto, que el capitán del barco permaneció en el puente supervisando todas las operaciones.

El vigía que estaba en el extremo del puente informó: «¡Luz a estribor!». Y el capitán le preguntó: «¿Viene hacia nosotros o se desvía?», a lo que el vigía contestó: «Directo capitán. Vamos a chocar contra él si uno de los dos no se aparta». El capitán pidió al encargado de la radio que enviara este mensaje: «Estamos a punto de chocar. Aconsejamos cambiar veinte grados su rumbo». La luz extraña contestó: «Aconsejamos que sean ustedes los que cambien veinte grados su rumbo». El capitán enfadado gritó al de la radio: «Contéstele: Es una orden. ‘Cambie su rumbo veinte grados, que vamos a chocar’», a lo que la luz misteriosa contestó: «Yo no cambio, cámbielo usted». El capitán fuera de sí, bramó: «Dígale: ‘Soy el capitán de un acorazado de la armada de los Estados Unidos. Corrija su rumbo veinte grados, que vamos a chocar’». La linterna del interlocutor envió el siguiente mensaje: «Corrijan ustedes su rumbo. Yo soy un faro».

Hay que ser como los faros. Mantenerse firmes pese a las tempestades y a los temporales que nos azoten en el mar. Por muy fuertes y poderosos que sean los problemas y las embestidas de la vida, si nos mantenemos recios, aguantamos y perseveramos con la dureza del faro, con el foco limpio y claro, nadie podrá tumbarnos. Y así, dando luz por encima de todos y de todo, seremos punto de referencia para otras personas en su travesía hacia la felicidad.

Ya tienes claro cuál es tu misión y tu ruta, y si todavía no la has hecho tuya, no aplaces continuamente esta decisión. Eludirla, esperando que la misma vida te la plante delante, es una solemne tontería. Define y asume esa misión y ruta antes de cerrar el libro, porque si no, cuando lo hagas vendrá asociada a la impresión de haber vivido hasta entonces sin apenas sentido. Y cuanto más tarde sucede esto, más difícil resulta corregir el rumbo. Tanto, que entonces a muchos ese descubrimiento los llena de angustia y los sepulta bajo una adicción excesiva al trabajo, un narcisismo ególatra, un vacío existencial...

Pero no te apures tampoco si estas reflexiones te han sonrojado, te han dolido, te han demostrado que vives en el ataúd. No te quedes con un sabor amargo. Para nada. No te lamentes por lo que pudo haber sido y ya no será. No te refugies en los puertos de los errores, los fracasos y las limitaciones. No. Estás a tiempo. Sigues vivo. Ese es el milagro y lo primero que tienes que agradecer. Jaspers decía: «Siempre vendrán tiempos mejores, pero este tiempo es el nuestro». Y así es. Es tu tiempo, tu momento. El hoy te está esperando para que por fin te decidas a ser feliz. Está en tus manos. Toma tu velero y zarpa. Como zarpé yo.

Mi hija Leyre, aquella que nació rodeada de malas noticias, tú, Rocío, Marina, tus amigos, todos queremos un mundo mejor, y eso debe empezar por cada uno de nosotros. Cuando hayamos cambiado cinco ya quedarán cinco menos por cambiar. Anímate. La travesía es tan dura como emocionante. Tan difícil como educativa. Tan arriesgada como inolvidable.

Estoy convencido, como te decía antes, que hay algo ahí arriba que va a ayudarte en tu cambio. Estoy convencido que ese complot universal va a actuar en ti, y vas a conseguir triunfar. Vas a conseguir ser feliz. Ya lo verás. Todos te lo vamos a agradecer. Súbete a este barco que te enseña el lado positivo de la vida, que te ayuda a disfrutar entregándote a los demás. Y no desistas. Por muy fuerte que sea el temporal y por mucha fuerza que tenga el levante, estoy convencido que saldrás adelante. Yo estaré aquí para lo que necesites. Pídeme ayuda. Pide ayuda a tus amigos, a tu gente. No estás solo. Somos muchos los que estamos subidos en este barco.

Pero atrévete. Sal a navegar. Toma conciencia de tus errores, de tus fallos, de tus faltas, de tu mediocridad, de tu empobrecimiento interior, de tu ensimismamiento, de tu pereza para cambiar.

Susanna Tamaro dice: «cada vez que, al crecer, tengas ganas de convertir las cosas equivocadas en cosas justas, recuerda que la primera revolución que hay que realizar es dentro de uno mismo, la primera y la más importante. Luchar por una idea sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas más peligrosas que se pueden hacer». Extiende tus velas y busca que el levante las hinche y te lleve lejos. Agárrate a la ilusión por cambiar, a la esperanza de cambio, a esas conquistas y aciertos pasados, a todos aquellos días en que navegar mereció la pena, y al hecho de que hoy sí que estás dispuesto a hacerte una persona feliz. Como dice el matemático Thomas Chalmers, «la dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar».

Cuando llegó el momento de la despedida y mientras nos montábamos en el coche, Rocío dijo: «Mil gracias. Mil gracias a los tres. Me ha encantado esta travesía. Ha comenzado mi tránsito. ¡Del ataúd a la cometa!». Ahora te toca a ti. Sonríe como Rocío, atrévete como Rocío. Todavía no es tarde para cambiar. Tarde sería si ya estuvieras muerto. Pero no es así. Hoy tienes una oportunidad más de modificar todo lo que no te gusta en tu vida. Hazlo poco a poco. No quieras ser otro para mañana. Trabaja en ello, ten paciencia contigo mismo. Merece la pena. Mereces la pena. Y agradece. Agradece que desde ya tu vida puede empezar a ser diferente porque está en tus manos.

Ahora eres el capitán del barco. Ahora decides tú los amarres, las rutas, los puertos. El mar está ahí afuera y te está esperando. Y lo único que espera de ti es que seas feliz.