LA VIDA COMO RECORRIDO
Una de las cosas que mas te va a ayudar en este viaje es conocer cuáles son las etapas por las que vamos a pasar. Saber dónde podemos encontrar mar gruesa o temporal, dónde hay un faro o un abrigo natural para fondear, es fundamental para los esforzados de la vela. Lo mismo ocurre con nuestra vida.
Si piensas en lo que te hace distinto de los demás, tienes que considerar que en un 99% todos somos iguales. Los últimos descubrimientos dicen incluso que nuestra diferencia genética con los monos es pequeña, pero también es pequeña nuestra diferencia con las vacas e incluso con las moscas. Vamos, que la diferencia entre tú y Richard Gere, o entre tú y Elsa Pataky, o entre Marina y yo es apenas del 1%. Y aunque a ese 1% le damos mucha importancia, la realidad es que somos clones. Absolutamente clones unos de otros.
Sin embargo, es justo ese 1% el que nos hace diferentes. El que nos permite ser felices o por el contrario, vivir como zombis. Como somos clones, si somos capaces de encontrar un modelo adecuado, un modelo positivo, un modelo de éxito, un modelo que seguir e imitar, tendremos las pautas necesarias para convertirnos en mejores personas. Es necesario tener ese modelo. Y es necesario tener el adecuado. Si no lo escogemos nosotros, nos lo impondrá la televisión o cualquier medio de comunicación. ¿Cuántos que rozan los cuarenta quisieron ser cierto banquero de éxito fulgurante? ¿Cuántos se arrepintieron de haber estudiado periodismo sólo por haberse sentido atraídos por las intrigas de una serie de televisión?
Ese modelo será nuestra imagen. Nuestra guía. Por eso debemos tener claro y elegir con cuidado a quién colocamos en ese lugar preeminente.
Todos hacemos el mismo camino: nacemos con cero años. Es más, incluso los meses que estamos en el seno materno para nosotros son ya fundamentales. Esos nueve meses en compañía de mamá van a dejar marcadas dentro de nosotros un montón de cosas. Por ejemplo, hay estudios que demuestran que las madres embarazadas que escuchan música clásica durante la gestación dan a luz a niños mucho más tranquilos. También se sabe que cualquier enfermedad mental que pueda afectar a una madre, como la depresión, puede tener consecuencias en el niño.
Es en el nacimiento cuando pasamos uno de los primeros momentos de estrés de nuestra vida. El momento del parto genera estrés tanto en la madre como en el niño, aunque la madre ya tiene unos cuantos ratos de estrés encima, claro.
En esta primera etapa de nuestra vida, hasta los cinco años, nuestra máxima preocupación es la supervivencia y la adaptación al medio. Comer y dormir es lo único que nos preocupa. Cubrir nuestras necesidades básicas, fundamentalmente las fisiológicas. Durante los dos primeros años apenas socializamos con los demás y la mayor parte del tiempo estamos en la cuna o delante de un biberón o de un plato. Empezamos a jugar, es cierto, pero no es lo primordial, pues asumimos el concepto jugar cuando tenemos casi cuatro años.
En estos primeros dos años viene nuestro segundo momento de estrés: quitarse el pañal. Este hecho supone un gran estrés para los pequeños. No hacerse caca ni pis encima es un hecho importante que genera angustia: no hay pañales de tu talla, se burlan de ti en el colegio...
Tus dioses en esta época son tus padres. Son tus salvadores, tus protectores, los que te dan de comer. Sientes la necesidad de estar con ellos, pues ahí encuentras la seguridad que empieza a forjar tu carácter.
A partir de los cinco años tu vida cambia. Ya eres capaz de relacionarte con los demás y hasta que llegue la adolescencia lo que más te importa es tener amigos con quienes jugar.
Esta etapa preadolescente incluye una de las fases más críticas de la vida: los siete años. Entre los siete y los nueve años se conforma definitivamente la personalidad del ser humano. A partir de esa edad, cambiar es complicado. Muy complicado. No te quiero dar falsas esperanzas. El que nace lechón, muere cochino. Hacer de un lechón una gacela es imposible. Lo único que podemos hacer es que en vez de morir «jamón país» mueras «pata negra» o «Jabugo», pero nunca morirás gacela. Sin embargo, tampoco te desaliento. Trabajar la voluntad es lo que marca la diferencia entre ser feliz o ser zombi. Déjame darte un ejemplo:
En la década de los sesenta el profesor Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, en California, encerró a noventa y dos niños de cuatro años en un aula. Trataba de hacer un experimento típico de psicología social. Les repartió una chocolatina a cada uno y les dijo: «Ahora voy a salir del aula. Cuando vuelva, el que se haya comido la chocolatina, se la habrá comido. Al que no se la haya comido, le daré otra de premio». El profesor salió y observó el comportamiento de los niños: hubo algunos que se abalanzaron sobre la chocolatina; otros se fueron a jugar a la pizarra para huir de la tentación; otros la escondieron para no verla; otros se comieron la suya y la del compañero... ¿Te lo puedes imaginar? ¡Todo lo que puede pasar con niños!
Pasó el tiempo y cuarenta años después, a finales de los años noventa, se volvió a observar a aquel colectivo. El 80% de los niños que no se habían comido la chocolatina ocupaban puestos de responsabilidad en sus empresas, frente al 10% de los que se la comieron. La tasa de divorcios era cuatro veces superior entre los que se la habían comido que entre los que no lo hicieron. Fíjate, por haberte comido o no una chocolatina, ¡te destrozaron la vida! Es importante que averigües qué pasó con tu chocolatina. Llama a casa y luego sigue leyendo. Esa chocolatina te cambió la vida.
Pero más allá de la broma, este experimento representa la lucha entre el deseo repentino y el autocontrol; entre el premio y su demora, que no renuncia. Tal vez no hay habilidad psicológica más decisiva en este mundo que la capacidad de resistir el impulso. Ser capaz de hacer esto incrementa nuestro autocontrol emocional, en un mundo en el que nos vemos avasallados por miles de estímulos que tratan de alterarnos continuamente. Toda emoción supone un deseo de actuar: comerse la chocolatina, gritar a tus subordinados, insultar al que se te cruza en la carretera..., y es evidente que no siempre ese deseo es oportuno.
Un niño de cuatro años ha recibido ya mucha educación y puede haber aprendido a ser obediente o desobediente, ordenado o desordenado... Pero más que tratar de encerrarnos sin salida en oscuros determinismos infantiles, lo que destaca la investigación es que las actitudes que desde edades más tempranas se inculcan en los niños, suelen florecer más adelante, en la adolescencia y en la vida adulta, dando lugar a un amplio abanico de capacidades emocionales.
Esa capacidad de resistir los impulsos, demorando o eludiendo una gratificación para alcanzar así otras metas —ya sea conseguir otra chocolatina, aprobar un examen, levantar una empresa o mantener unos principios éticos—, constituye una parte esencial del gobierno de uno mismo. Y todo lo que en cualquier tarea de educación pueda hacerse para estimular esa capacidad será siempre de una gran trascendencia.
Es por ello que esta etapa de los primeros años de la infancia, que quizá pudiéramos considerar algo banal en nuestra vida, es en realidad un momento fundamental para empezar a cimentar algunas de nuestras mejores capacidades.
Las niñas la abandonan en torno a los diez años y los niños lo retrasan hasta los doce aproximadamente. Recuerda que las niñas maduran un par de años antes que los niños, y eso se nota. Llegan a la edad del pavo unos años antes que ellos. Y si no lo crees, pregúntale a cualquier profesor de niños y niñas de esa edad. Es cuando aparece la primera distinción entre hombres y mujeres. Sin embargo, en esta etapa los padres siguen siendo tus dioses. Tratas de ser como ellos, de imitarlos en todo. ¡Hasta en lo que quieres ser de mayor! «Mi papá me lo arregla todo», «Mi papá es más fuerte que el tuyo», «Papá, ¿me llevarás al fútbol el sábado?» «Sí, hijo mío», «Papá, ¿vendrás a buscarme a la puerta del colegio?» «Sí, hijo mío, claro que iré».
Durante todo este primer ciclo de vida la familia representa el núcleo donde nos desarrollamos, donde empezamos a configurar nuestro carácter y aprendemos aquellos fundamentos que marcarán muchos de nuestros actos en un futuro. Por eso es tan importante que como padres seamos realmente partícipes de la educación de nuestros hijos.
Una de las mejores escuelas de educación para los niños es la mesa. Los momentos de la comida son estupendos para transmitir valores a nuestros hijos. Casi todos los que pasamos los treinta años comíamos con papá y mamá y en esas conversaciones aprendimos muchas de las cosas que hoy rigen nuestros comportamientos. Dice el refranero que «en la mesa y en el juego se conoce al caballero». Y así es.
La vida actual ha hecho que esos momentos de la mesa hayan prácticamente desaparecido: desayunamos fuera o a la carrera, nunca comemos en casa y la cena es un caos: cada uno cena cuando llega. Así que estamos perdiendo un momento importantísimo para transmitir valores a nuestros hijos. Y es necesario recuperarlo. No vale abdicar en favor del colegio la misión de educar a nuestros hijos. Es nuestra responsabilidad como padres y como ciudadanos. Y uso el verbo «abdicar» a propósito: los afluentes del río Tajo por la derecha son los mismos en todos los colegios, pero los valores que enseñan en los distintos colegios no son los mismos.
Muchos padres ceden la indelegable misión de educar a sus hijos a la escuela. Y eso no puede ser. Los colegios deberían ser escuelas para padres. Verdaderas academias en las que enseñaran a los padres a educar a sus hijos, y que lo que los niños vean en casa y en el aula sea coherente. ¡Cuántas familias viven esquizofrenias provocadas por presentar a sus hijos una doble vida: una de puertas de casa hacia adentro y otra de puertas del colegio hacia adentro!
Debemos asumir la educación de nuestros hijos como una de las funciones más importantes en esta vida. Sin delegarlo en nadie. Con el apoyo del colegio, sin duda, pero siendo nosotros, los padres, los únicos responsables.
Pero seguimos creciendo y si papá o mamá vienen a buscarnos a la puerta del colegio, nos quedamos a dormir dentro. Ya no queremos saber nada de ellos. De ser nuestros dioses pasan a convertirse en nuestros carceleros, en los que no nos dejan salir ni hacer lo que nos apetece. Incluso algunos chavales pasan a querer ser de mayores justo lo contrario de lo que son sus padres. Es el momento de la tormenta hormonal. La adolescencia, que llaman los sabios. El pavo subido, que llamamos la mayoría. Entre los doce y los veinticinco años.
En esta época no piensas en otra cosa que no sea pasarlo bien, salir, estar con tus amigos, con tus amigas, conseguir novio o novia, colgar tus últimas fotos en Tuenti o en Facebook... Habrás pasado por esto. Seguro. Como pasé yo y como está pasando Marina. Si por alguna extraña razón a los dieciocho años no te interesaban estas cosas es mejor que dejes el libro aquí y pidas hora en el médico, porque tienes un problema grave. Es la época de la efervescencia: cuando las niñas pasan a ser mujeres y los niños, hombres.
El papel de dioses que antes ocupaban tus padres ahora lo ocupan tus amigos. Especialmente el líder de la pandilla. El que más liga o la que más éxito tiene con los chicos, porque para eso tenemos las hormonas alteradas. Por eso es fundamental durante esta etapa de la adolescencia elegir bien a los amigos.
Dice un estudio de la Universidad de Harvard que un porcentaje importante del éxito de una persona en una carrera universitaria depende de sus amistades en esa época. Si tus hijos van con punkies acabarán siendo punkies; sin van con nazis acabarán siendo nazis y si van con pijos acabarán siendo pijos. Si van con gente que los anime a estudiar, que los empuje, que los entusiasme, en seis meses serán como ellos. Si van con gente a la que le gustan mucho los bares, en seis meses también serán como ellos, pero eso del bar, a la hora de estudiar una carrera, no creo que ayude mucho.
En esta tercera etapa, el centro son los amigos. Ellos son los que ahora afectan y modifican ciertas actuaciones y pensamientos que nos forjan como personas, que nos hacen ver el mundo de una determinada manera.
Pasa la edad del pavo y nos adentramos en el mundo de los adultos. Iniciamos una etapa que nos llevará de los veinticinco a los cuarenta. Para las mujeres, alrededor de los treinta y ocho años. Gomo decíamos, las mujeres maduran antes y todo les ocurre antes. La edad de los cuarenta en los hombres y de treinta y ocho en las mujeres es importantísima. Ahora lo veremos.
¿Qué nos importa en esta época? El trabajo, el dinero, el poder. Es cuando nos fichan las empresas; es cuando somos capaces de trabajar veintidós horas diarias. Cuando nos sentimos importantes por estar en el Puente Aéreo o en el AVE de las 6.30 de la mañana. Te has tenido que levantar a las 4.45, pero te sientes especial por estar allí. Te sientes importante. Y en el fondo no eres más que un pringado. Yo también. José Manuel Lara, el fundador del grupo Planeta, decía: «Un negocio que no te permita levantarte a las once de la mañana, no es un buen negocio».
Es la época de luchar, de correr, de competir por todo: hasta para pasar por el peaje. Son los días de competir contra todos los coches que van contigo en la autopista. Es cuando «me gusta conducir con un mono apuntándome con una ballesta». Coche rojo o negro. Potente. Con muchas válvulas. Sueñas con un Golf, con un BMW 320... Es la época de los retos: ¡Necesitamos a alguien para abrir una delegación en Colombia! ¡Yo voy! Y te vas a Colombia. Estás dispuesto a darlo todo por el trabajo. A dejarte la piel en ello.
Este ciclo de vida está representado por el trabajo. Es el motor principal que hace mover los hilos de tu vida diaria.
Pero llegan los treinta y ocho, los cuarenta. Es la gran crisis. La segunda que atraviesa el ser humano (la anterior fue «el pavo»). Esta famosa crisis de los cuarenta es la causa de infelicidad número uno en nuestro país y en casi todo el mundo civilizado. Mis amigos psiquiatras de Madrid, Barcelona, Pamplona, Granada... me lo confirman. Tienen la consulta llena de gente así, que ronda esa edad. Ellos lo llaman la crisis de la edad adulta. Te levantas un día por la mañana y dices: «¡Caray! ¿Qué he hecho con mi vida? Igual lo importante no es seguir teniendo la cuota de mercado de automatismos hidráulicos para el sector de la automoción. Igual hay cosas más importantes que esto». Y empiezas a preocuparte por otras cosas.
Sin embargo, esta crisis tiene un reflejo brutal en la sociedad. Al principio afectaba fundamentalmente a los hombres, debido a que hasta hace unas cuantas décadas eran sobre todo ellos quienes trabajaban, pero el mundo laboral ha cambiado lo suficiente como para que empiece a alcanzar también a las mujeres. Por ejemplo, te vas a una feria a Londres con un compañero de la empresa que tiene cuarenta años. Termina la feria a media tarde y volvéis al hotel. Decidís quedar a las 21.00 de la noche en el vestíbulo del hotel para ir a cenar. Hasta entonces tú subes a tu habitación, te duchas, te cambias de ropa, llamas a casa, contestas el correo, ves las noticias y un poco antes de la hora bajas a recepción. Te encuentras a tu colega de cuarenta años con una camisa casual style de Polo Ralph Lauren, pantalones Dockers, zapatos náuticos, pulseritas ibicencas de esas de cuero y colmillo... y después de cenar se va a tomar gintonics con chicas de veintiséis. Es aquel que se siente todavía joven y además tiene que demostrarlo.
La cantidad de familias felices, estupendas, magníficas que se rompen en España cada año porque el hombre a los cuarenta todavía tiene que demostrar «que puede» es absolutamente dramática. ¡Cuántos matrimonios de esa edad rotos porque él encontró una chica joven a través de Internet! Según la estadística, cada cinco minutos en España se rompe un matrimonio. La edad media de los contrayentes varones que se separan es de cuarenta años.
Me preguntas: «Carlos, ¿me pasará?» A ver. Que con cuarenta años tendrás ganas de irte con la de veintiséis, es casi seguro. ¿Te irás con ella? Depende. Si de pequeñito te comiste la chocolatina, no tienes escapatoria...
Ahora en serio. Como ya hemos dicho antes, la chocolatina no determina un patrón. Irte con la de veintiséis dependerá de tu voluntad. Y si eres capaz de dominarla seguirás siendo fiel. Si no eres capaz, no culpes a la chocolatina.
La siguiente etapa va de los cuarenta a los cincuenta y cinco. ¿Qué es lo que te importa? Marina me dice: «Carlos, en esta época lo que importa debe ser ‘prepararse para la jubilación’, ¿no?». Y me resulta chocante escuchar a la gente más joven que asiste a mis cursos decir que lo que les importa o importará en esa época es esto. No puede ser. Todavía nos queda muchísimo por vivir. Muchísimo. Es otra vez creer que lo importante es la meta y no el viaje. Vivimos en un mundo en que no nos dejan ser felices porque siempre nos falta algo. Vivimos en el país del «cuando». Serás feliz cuando acabes la escuela; luego cuando entres en la universidad; luego cuando acabes la universidad; luego cuando tengas trabajo; luego cuando tengas un contrato fijo, porque ya sabes que lo importante en el trabajo no es tenerlo, sino mantenerlo; luego cuando te cases o cuando tengas hijos... y luego cuando te jubiles. No. Porque entonces tal y como están las cosas no sabes qué pensión te quedará.
La felicidad nunca está en el cuando, está siempre en el mientras. La felicidad no está en llegar a Santiago de Compostela después de 800 kilómetros a pie desde Roncesvalles. La felicidad está en el camino. En disfrutar de cada etapa, de cada atardecer mientras caminas, porque cuando llegas a la meta te das cuenta que todo ha terminado. Después de veinticinco días andando, 800 kilómetros recorridos a pie, agotado, llegas a Santiago, ¿y ya está? ¿Veinticinco días andado para eso, que además ya conocías? Y sin embargo lo entiendes. Comprendes que justamente el trayecto era lo importante, así que al año siguiente repites, y claro, haces una fiesta en cada etapa. Los otros peregrinos te miran extrañados: ¿A éste qué le pasa?... Pero cuando lleguen a Santiago, lo entenderán. Al año siguiente repetirán y también verán el camino de distinta manera. Ya lo decía el poeta: «Vamos tras algo divino / sin saber dónde se esconde / mas qué importa saber dónde / si hay flores en el camino».
Sin embargo, hay gente zombi que no soporta que otros lo pasen bien. No lo aguantan. Es superior a sus fuerzas, y por eso le dan la vuelta a casi todo lo que les puedes contar para descubrir un fallo. Consideran que la felicidad no existe y además trabajan, en vano, para intentar demostrártelo. Por un lado, no comprenden que en el andar se construye la vida, se descubre la felicidad y, que por otro, cuando por fin llegas exhausto a la meta, te dirán que algo te faltó, que tu experiencia no fue completa, que podía haber sido mejor, que algo te perdiste. Déjame darte otro ejemplo:
Has previsto con tiempo el próximo puente y has organizado un viaje con unos amigos a Roma. Para que no os costara mucho reservasteis un vuelo low cost de esos que salen a las 6.25 AM, por lo que te has tenido que levantar a las 4.30. Llegas a Roma y en el mismo aeropuerto te recogen para hacer el Tour de la Roma paleocristiana y te pasas quince horas de sol a sol viendo catacumbas por toda Roma. Llegas destrozado al hotel casi a la media noche.
El sábado te despiertan a las 7.00 AM, porque a las 8.00 AM te recogen para el Tour de la Roma renacentista y te pasas todo el día viendo las joyas del renacimiento romano, para llegar de nuevo al hotel cerca de la media noche absolutamente saturado de retablos, cúpulas, pórticos y tumbas; pero no hay tregua y el domingo a primera hora estás disfrutando de la Roma barroca y los Museos Vaticanos.
Por la noche duermes cerca del aeropuerto para volar el mismo lunes a las 6.30 AM hacia casa y poder estar a las 9.00 en la oficina. Llegas al trabajo y recibes los saludos de tus compañeros:
—¡Hombre, el romano!, ¿qué tal por Roma?
—Bien, bien. Muy bien. Hombre, cansado. Porque lo hemos visto todo, claro.
—¿Todo? ¿seguro que lo has visto todo?
—Sí, sí, todo, todo.
—¿Todo, todo, todo?
—Que sí, todo.
—Entonces te habrán enseñado la Iglesia de San Vicente del Pino Torcido, ¿no?
—¡Eh! ¿Del Pino Torcido?... Esa no.
—Pues te has perdido lo mejor de Roma.
Has estado tres días de cráneo por Roma, y por no haber visto el Pino Torcido te has perdido lo mejor de la ciudad.
Y ahí están otra vez. No soportan que lo pases bien. No lo aguantan. Otra vez no llegaste a la «meta». Otra vez tuviste que pensar «cuando vuelva a Roma...». Pero la vida no es así. La vida se construye durante ese camino a Santiago, no en Santiago.
Durante esta etapa te sigue importando el dinero y el trabajo pero no por lo que tiene que ver con el poder o con el reto profesional sino por lo que tiene de seguridad, garantía y estabilidad económica. Ya no corres. Te tomas la vida con otra filosofía. Te importa más atender a la familia: pagar sus estudios, casarlos, acabar de pagar la hipoteca... Empiezas a perder a tus seres queridos: los padres, los tíos... y sientes en carne propia que hay cosas más importantes que la cuenta de resultados, la cuota de mercado o abrir una franquicia en un nuevo país..., Empiezas a valorar aquellas cosas que durante un tiempo habías olvidado por dejarte la piel en tu desarrollo profesional.
Sigue pasando el tiempo. De los cincuenta y cinco a los setenta, ¿qué es lo que te importa? Básicamente la salud. Empiezan los primeros achaques y comienzas a cuidarte en serio. Quizá ya es algo tarde y el cuerpo cada vez nota más los excesos antes cometidos. Se inicia el gran declive y cada vez te sientes más torpe y cansado. Ya no puedes conducir como antes ni moverte por la ciudad con el vigor ni la energía de años atrás. Te das cuenta que envejecer es malo, pero la alternativa es peor. Es la etapa de la jubilación. Mis padres, por ejemplo, tienen sesenta y tantos años. Eran maestros y ya están jubilados. Gente seria. Vienen a vernos a casa el fin de semana y me los encuentro por el pasillo haciendo el jabalí con los nietos detrás. Claro, porque ahora al estar jubilados tienen tiempo.
Pero no. Con sesenta y tantos años te queda menos tiempo que nunca. Tienes tiempo a los 18, a los 23, a los 46, a los 50... pero a los sesenta y tantos te quedan cuatro telediarios y no van a ser los más excitantes de tu vida, así que... más te vale que empieces a disfrutar de cada día como si fuera el último, que no sabes cuándo se te acaba el bonobús. Piensas que tendrás tiempo entonces y aplazas esos juegos hasta ese momento, y entonces te das cuenta que no es así. Empieza a disfrutar desde ya. Planea hacer ya todas las cosas que tienes pendientes, porque si no, quizá cuando quieras hacerlas sea demasiado tarde. Debes aprender a disfrutar desde ya de este camino. Si esperas a... quizá no llegues.
Hay una historia que habla de un hombre de unos cuarenta años que un día abrió el cajón de la mesita de noche de su mujer y sacó un paquetito envuelto en un papel blanco... Girándose hacia un amigo que estaba a su lado, le dijo: «No es un simple paquete, es ropa interior». Lo abrió y observó la preciosa seda del conjunto. «Lo compró la primera vez que fuimos a Nueva York, hace cinco o seis años... Nunca lo usó. Lo guardaba para una ocasión especial. Bien. Creo que esta es la ocasión adecuada...». Se acercó a la cama y colocó el conjunto al lado de la ropa que llevaría a la funeraria: su mujer acababa de morir... De nuevo, miró a su amigo y le dijo: «Nunca guardes nada para una ocasión especial, cada día que vives es una ocasión especial».
En los últimos días de nuestra existencia la vida comienza a repetirse. De los setenta a los ochenta años vuelven a importarnos los amigos con los que jugar. La partida de cartas con los amigos, el paseo por el parque, la clase de punto de cruz o el campeonato de dominó. Miras la orla de la carrera y sólo queda uno. ¿Quién es el próximo? Pues tú, ¿quién va a ser? De los que hicieron la mili contigo ya no queda nadie vivo. Poco a poco empiezas a prescindir del dominó por necesidad y a aficionarte al solitario... Lees las esquelas del periódico local y conoces a casi todos. Se va estrechando el cerco... Piensas, como pensaba un amigo mío de la Ribera Navarra, que su entierro iba a ser muy aburrido, porque ninguno de sus amigos iba a poder asistir.
¿Y de los ochenta hasta que te mueras? Lo mismo que al principio de tu vida: te preocupa no hacerte caca ni pis encima. No quieres ser una molestia para tus hijos, no quieres que te lleven a una residencia, que se preocupen por ti, que te pongan una enfermera...
Somos clones. Sí, en nuestro ciclo de vida somos 100% clones. La diferencia entre Richard Gere y tú o yo, o entre Elsa Pataky y mi mujer o la tuya es de un 1%. Entonces si somos clones, te va a pasar todo esto que te digo. Seguro, porque así estamos hechos, pero es tu responsabilidad que no caigas en las fallas del camino, que seas capaz de romper tu ciclo biológico para decidir tu propia ruta y tus propios pensamientos.
Un peregrino medieval hizo noche, en su camino hacia Compostela, junto a la catedral de Jaca, que todavía estaba en obras. A la mañana siguiente cuando iba a continuar la ruta, se encontró a mucha gente trabajando con afán e interés en aquella construcción. Había un grupo de picapedreros que en la fría mañana aragonesa tallaban las rocas que serían parte de los muros catedralicios.
El peregrino se acercó a uno de los trabajadores para preguntarle por su faena, y este le contestó:
—Yo vivo como un perro. Expuesto a la lluvia, al viento, al granizo, al sol. Hago un trabajo penoso y por muy poco dinero. Mi vida es nula. No merece siquiera recibir el nombre de vida.
Preguntó nuestro peregrino a otro afanado trabajador que le respondió con una actitud totalmente distinta.
—Es un trabajo duro, es cierto, pero al menos es un trabajo. Me permite alimentar a mi mujer y a mis hijos. Además, trabajo al aire libre, veo pasar el mundo. No me quejo. Hay quienes viven peores situaciones que la mía.
Finalmente, un poco más lejos, se encuentra con un tercer picapedrero que le dice, mirándolo a los ojos:
—Estoy construyendo la catedral de Jaca.
¿Y tú? ¿Con cuál de los tres hombres de identificas? ¿Cuál es tu forma de ver la vida? En esta respuesta es en la que dejamos de ser clones. Justamente aquí. Es ese 1%. Tan pequeño pero tan grande a la vez. Tan insignificante pero tan diferenciador.
Así que ahora que ya sabes por dónde va a discurrir tu travesía. Te invito a que pienses como el tercer picapedrero, a lo grande, y me acompañes al siguiente capítulo para que hablemos de la misión de tu vida. De esa misión que te ayudará a volar como una cometa.