Ella sabía perfectamente lo que tenía que hacer pero se tomó un merecido tiempo de descanso. La incansable necesidad de su macho, después de tanto tiempo, y tal vez el embarazo (aunque eso no lo diría en voz alta) la había dejado exhausta. Pero era un licántropo y se recupera-ría pronto. Su marido le daba la oportunidad de tomar el control y eso no sucedía habitualmente en una noche como aquella. Y ella no iba a desperdiciarla. Eric siempre había sido así. Su naturaleza animal siempre le cedía un pequeño espacio a la sentimental. Lo amaba con locura por ese acto tan generoso.

 

―«¿Estás bien pequeña le habló mentalmente.

 

―«Sí»

 

Chloé levantó la mirada y observó que la transformación había retrocedido unos niveles. No le quedaba mucho tiempo para marcar a su macho hasta el tuétano pero ella sabía cómo llevarlo al máximo otra vez.

 

―«¿Te escondes lobito?»

 

Resbaló sobre su piel, asegurándose de que todos los poros absorbieran su esencia, hasta dejar la boca a la altura de su pubis. Apretó la base de su erección con una mano y con la otra acarició la húmeda y sedosa punta.

 

―Te quiero de vuelta. Ahora ―exigió antes de morder su miembro. No necesitó levantar la vista para comprobar que Eric había hecho lo que le pedía y como agradecimiento lamió y besó la zona del mordisco.

 

―«Vas a matarme pequeña…no sabes lo que me cuesta no castigarte ahora mismo»

 

Eric sonaba excitado no amenazador y Chloé ocultó una sonrisa apretando más los labios alrededor de su vara y succionando con vehemencia. Le recordaría ese tema más tarde. Por nada del mundo dejaría pasar un castigo. Por el momento debía concentrarse y hacer que ninguna hembra se acercarse a su hombre más de la cuenta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XVIII

 

 

 

 

 

 

 

Alix sujetó un pequeño inhibidor de frecuencia con un liguero y se colocó la falda de volantes roja apresuradamente. No tenía mucho tiempo. No había conseguido que Owen saliese de las instalaciones en ningún momento así que aprovecharía que estaba durmiendo para ir a ver a Yvan.

 

Le dolía profundamente verlo tan desprotegido y abatido pero no había encontrado otra forma de ayudarlo. Cuando Jon le contó a Salomé lo sucedido ella supo exactamente lo que tenía que hacer. En su reunión con Yago y Xavier los propósitos de Eternal Life habían quedado claros. Su primer objetivo eran los Forsekers, ¿Por qué? Porque eran carne de cañón apunto de volatilizarse a causa de la sed por lo que eran fáciles de reclutar. Y porque era la manera más fiable de estudiar los cambios que provocaba la sangre en los metabolismos de los vampiros. En definitiva, servían como soldados y como presos. Los candidatos perfectos.

 

En principio su participación no tenía nada que ver con aquel asunto. Le habían ofrecido formar parte de la organización alegando que necesitaban a todos los miembros de la Horda posibles. En especial a seres como ella: seres dominados por la sed y la crueldad pero con la suficiente sangre fría como para parar en el momento apropiado.

 

Que equivocados estaban. Ella era un ser pasional y salvaje. Una mujer llena de sueños y ardientes deseos. Un miembro de la Orden dispuesta a todo con tal de recuperar su vida. ¿Había estado pisando la delgada línea que marcaba la diferencia? Por supuesto que sí. Aunque jamás tuvo la sangre lo suficientemente fría como para eso no le afectara.

 

Ella no iba a aceptar la invitación pero prefirió dejar una puerta abierta por si necesitaba recopilar información para Jules. Quizá así la aceptaría de nuevo. Así que, alegando dudas, les indicó que necesitaba un poco de tiempo para pensar.

 

Tras sospechar que la desaparición de Yvan tenía que ver con Eternal Life no lo pensó ni un segundo. Bebió de todo aquel que encontró a su paso. Evitó matarlos pero no mostró compasión. Debía recuperar el color borgoña de sus ojos lo antes posible. Una vez conseguido se reunió con ellos en el “Park Güell” de Barcelona y, entre las columnas del pórtico de la lavandera, bajo la tétrica influencia de las sombras, aceptando sus condiciones. A cambio ella solo exigió una: Yvan. Ella se ocupaba de él pasase lo que pasase. Y debió sonar muy convincente y despechada porque entre risas le estrecharon la mano sin poner pegas.

 

Y ahí estaba, muerta de pena por no poder ayudarlo como ella quería y dejando que le hicieran daño. Aún peor. Haciéndoselo ella misma para que no sospecharan nada. A veces, cuando lo veía ahí solo, atado de pies y manos, y con el torso descubierto lleno de golpes y cicatrices, le daban ganas de correr y abrazarlo con todas sus fuerzas. En esas ocasiones dudaba de haber tomado la decisión correcta. ¿Pero qué otra cosa podía hacer? Ni Jules ni Jon la creerían. Es más, la culparían de todo lo ocurrido. Y no podía inmiscuir a su amiga, ella ya había tenido suficiente Eternal Life para el resto de su vida. No. Estaba sola y lo iba a hacer muy bien.

 

Para no poner en alerta a Owen de sus cambios de situación se tomó una de las pastillas inventadas por el enemigo que impedían que detectasen su olor y se proyectó frente a Yvan.

 

Lo examinó de arriba abajo sin ningún sentimiento en el rostro y con un gesto arisco le arrancó la tijera que ella misma había clavado en su duro y fuerte muslo. Con una parsimonia casi insultante se dirigió a la mesa de trabajo y revisó algunos documentos. Premeditadamente apretó el muslo contra el borde de la tabla para que el perturbador de frecuencias se pusiese en funcionamiento. En una abrir y cerrar de ojos se acercó a Yvan y sujetándolo por la barbilla cariñosamente hizo que la mirara.

 

―No tengo mucho tiempo ―susurró― ¿Sabes dónde guarda Owen la llave?

 

Esa era su máxima prioridad. Si encontraba la llave no tenían que seguir allí ni un minuto más. Se lo llevaría a un lugar seguro donde poder cuidarlo.

 

Al ver que él no tenía intención de hablarle. Se dirigió al armario y sacó una bolsa de sangre y una jeringuilla. Con un empujón a la puerta desactivó el dispositivo.

 

Dejó la jeringuilla en una bandeja y le ofreció la sangre a Yvan. Él prácticamente no reaccionó. Se preocupó. Le abrió los párpados y comprobó que Owen lo había vuelto a sedar.

 

«Maldición»

 

Tenía que actuar rápido. No podía abusar de aquel chisme o sospecharían. Pero no podía hablarle con naturalidad sabiendo que los observaban a través del circuito de cámaras. ¡No podía tocarle! Volvió a activar el dispositivo y se apresuró a sacarle sangre. Una para las muestras, dos más para ella.

 

―Yvan cariño, escúchame. No es lo que piensas. Voy a sacarte de aquí sea como sea. Sería estupendo hacerlo ahora. Necesito encontrar la llave.

 

Él la fulminó con aquellos ojos tan negros y profundos como el universo que tanto la aterrorizaban. Se le partió un poco más el alma. A pesar de todo debía seguir con el plan. Sacó un vial de sangre oculto en su canalillo y lo inyectó en la bolsa que pretendía que Yvan bebiese. Se la acercó a la boca. Yvan se sacudió.

 

―Estoy interfiriendo sus señales para poderme explicarte la situación. No sé si podré hacerlo de nuevo. Necesito que colabores y bebas. He añadido mi sangre, yo beberé de la tuya —le enseñó la jeringuilla con la sangre que le había extraído— Si conseguimos hacerlo unas cuantas veces creo poder comunicarme contigo mentalmente.

 

Alix hablaba tan rápido que no sabía si Yvan podría asimilar sus palabras. Estaba muy débil y mal herido. Se golpeó el muslo y toda la pose de su cuerpo cambió al instante.

 

―¡He dicho que bebas! ―lo cogió por las mejillas, Yvan se resintió. ¿De dónde sacaba la fuerza ese hombre?

 

Lo abofeteó y no pudo evitar cerrar los ojos al comprobar que debía haberse mordido porque un hilillo de sangre resbaló por su labio.

 

―¡Joder! Serás estúpido.

 

Se paseó por la sala con disimulo. Trasteó don indiferencia por varios cajones en busca de la llave. No dio con ella. En cuanto pudo volvió a activar el inhibidor y corrió hacia él. Le acarició suplicante la cara y le besó repetidamente la mandíbula.

 

―Perdóname… perdóname…Tengo que hacerlo amor. No puedo arriesgarme a que me alejen de ti. Se agachó para acariciar el muslo herido que no había parado de sangrar y, sin importarle lo más mínimo si se daban cuenta o no, le lamió la herida para ayudarlo a cicatrizar. La hemorragia cesó de inmediato. Más aliviada se levantó y comprobó que Yvan no la perdía de vista. ¿Por qué no le hablaba?  Se conformaría con que le gritara.

 

―Necesito que estés fuerte Yvan. Debes aguantar un poco más ―volvió a acercarle la sangre―. Es de animal. Me aseguraré de que sea así siempre.

 

Comprobó que a pesar de resistirse su organismo ya no podía más. Optó por tomar medidas drásticas. Rompió la bolsa y la derramó sobre su boca. El gutural gemido que emitió Yvan le hizo dar un paso atrás. Sin embargo, al ver como ingería el líquido con desesperación se sintió satisfecha.

 

―No olvides lo que te he dicho Yvan. Estoy aquí para ayudarte. No lo olvides por favor, pase lo que pase no lo olvides…

 

Dejó de hablar e hizo que los miembros ocultos de Eternal Life viesen aquella sobrecogedora imagen. Un vampiro moribundo atado al techo y al suelo saboreando los restos de la sangre que manchaban su boca y resbalaban por su maltrecho torso… Seguro que se sentían orgullosos de ella. Lo que no sabrían, al menos de momento, es que no había sido un acto atroz. No. Había sido un acto desesperado para que el amor de su vida tuviese la más mínima posibilidad de salir con vida de aquel infierno.

 

Tras lavar con fuerza toda su piel y aclararse repetidamente Alix consiguió sentirse lo suficientemente limpia como para seguir afrontando la situación. Odiaba tener que hacer aquello con Yvan pero por más vueltas que le diera a la cabeza no encontraba otra manera. Iban a experimentar con él, torturarlo hasta que su cuerpo aguantase, estuviese ella o no. Ni Owen era capaz de acatar la sencilla orden de no alterar los análisis inyectándole drogas. ¿Qué le haría un desconocido? Sí, estar allí con él era la mejor decisión que había tomado en su vida. Quién mejor que ella aunque se tratase de infringirle dolor. Nadie. Ella tenía el mando e iba a dejarle bien claro las cosas a Owen.

 

 

 

―¿Qué demonios no has entendido de la frase “nada de narcóticos”?

 

―No para de molestarme y forcejear. No me ha dejado otra opción.

 

―¿Y qué crees que te hará? ¿Atacarte? ―Alix puso los ojos en blanco y chasqueó la lengua― ¡Por todos los Dios Owen está sujeto por argollas y cadenas hechizadas, no se irá a ningún lado!

 

―Es que tu amorcito no te ha contado de lo que es capaz de hacer.

 

Alix miró a Yvan nerviosa. Sí lo sabía y esperaba que no hiciese ninguna tontería. No había tenido tiempo de hablar de ese tema con él. Ojalá captase su mensaje entre líneas.

 

―Y que hará sin manos ni pies. ¿Rectar como las serpientes? No sabe proyectarse.

 

Owen la miró dolido. Él no había caído en ese dato. Si consiguiese amputarse todos los miembros antes de que alguien lo viese no podría ir a ningún lado. Por otro lado estaba el sistema de vigilancia…

 

―Me molestan sus ruidos ―declaró para no tener que asumir su error.

 

―Eres un desperdicio Forseker.

 

Antes de que Alix se dejase llevar por sus instintos defensivos Owen la empotró contra la pared y le colocó el antebrazo en el cuello. No iba a hacer nada al respecto. Lo dejaría creer que tenía el control.

 

―No vuelvas a menospreciarme guapita, solo tengo que hacer una llamada para que desaparezcas.

 

Alix lo miró fijamente y se pasó la lengua por los labios. Entrecerró los ojos de un modo muy sensual y se acercó sinuosamente a su oído. Estaba convencida de que el vampiro se había puesto duro de golpe.

 

―Hoy voy a consentir que me toques con tus sucias manos porque cuando yo decida poner las mías sobre ti no sobrevivirás para contarlo.

 

 

 

Yvan no daba crédito a lo que estaba pasando. El jaleo hizo que levantara la cabeza involuntariamente y se encontró con Alix y Owen discutiendo. De pronto Owen la tenía atrapada contra la pared e incomprensiblemente su cuerpo luchaba con fervor para desatarse e ir en su ayuda.

 

«¡Maldita sea! ¿Por qué?»

 

Aquella mujer le había destrozado el alma. Estaba completamente vacío. Más muerto que nunca. Lo había agredido, insultado, ultrajado y traicionado y aun así su cuerpo reaccionaba para protegerla. ¡No! Se negaba a mostrarle esas emociones. Debía controlarlo costase lo que costase. Mordió el interior de sus mejillas y apretó los puños hasta rasgarse la piel de las manos. El dolor. El dolor físico lo ayudaría.

 

―¿No me digas? ―Owen la soltó y siguió con su trabajo como si nada hubiese pasado.

 

―Nada de drogas Owen. Es una orden. No puedes alterar su sangre.

 

Sus miradas se cruzaron un instante y Yvan agachó la cabeza apresuradamente. No soportaba verla con aquellos ojos teñidos de sangre inocente. Sintió un leve roce en su cuello y abrió los ojos de golpe. La tenía justo delante y ni siquiera la olía. El vínculo debía estar desapareciendo. Sí eso era. Tu pareja no podía traicionarte y seguir enlazada emocionalmente a ti. Eso sería una monstruosidad.

 

―¿Por qué has anulado tu rastro? ―preguntó Owen como si le hubiese leído la mente.

 

―Es mi groom. Mi olor lo altera.

 

―Ese es el fin ¿No? Que beba de tu sangre.

 

―Ese es el final del proceso. Esta rechazando todo tipo de sangre no puedo darle un motivo más para hacerlo.

 

―Me pone nervioso no saber dónde estás.

 

―Te jodes.

 

Ambos se miraron desafiantes pero lo dejaron correr. No estaban allí para pelearse. Tenían trabajo que hacer.

 

Yvan no pudo evitar sentir curiosidad. ¿Alix evitaba que se volviese loco inhalando su aroma? La siguió por la habitación viendo como abría y cerraba cajones con disimulo. Se acercó al él con una bolsa de sangre bien fría y se la ofreció. Esperó paciente un tiempo demasiado largo para lo que debía ser lo correcto y finalmente agachó la cabeza decepcionada.

 

―Vamos vampiro, no puedes morirte de hambre ―su voz sonó dulce, maternal, incluso apenada.

 

Yvan la miró fijamente tras escucharla dirigirse a él de aquel modo. ¿Qué era ese cambio de actitud?

 

Dándose cuenta del error, nerviosa por lo que podría provocar un descuido de ese tipo, Alix se mordió el labio inferior. A Yvan le pareció lo más vulnerable y sexy que había visto en la vida.

 

―¿Qué cojones haces? ―habló Owen a su espalda.

 

―Apártate de mí.

 

―No me fio de ti Alix ―la apuntó con un dedo.

 

―¡Maldita sea! ―gritó enfurecida― ¡Estoy harta de ti! Ni sabes hacer tu puto trabajo ni dejas que yo haga el mío.

 

Algo voló hasta estamparse contra la pared. Acto seguido varios objetos punzantes suspendidos en el aire apuntaban al pequeño vampiro.

 

―¿Tienes algún problema con mi estrategia Owen? ¿Quieres que te lo explique todo delante de él y así estropees cada nuevo paso que dé?

 

Owen negó con un tímido gesto de cabeza y retrocedió sin decir nada.

 

Alix volvió a mirar a Yvan que la observaba completamente confuso. Debía tomar una rápida decisión.  Con todo el dolor de su corazón dirigió los objetos hacia él clavándolos en el otro muslo como si fuese una diana.

 

―¡No me mires! ―estampó su ración de sangre contra el suelo. Y el líquido se derramó bajo sus pies― Vas a tener que aprender a aceptarla cuando te la dé vampiro o de lo contrario te quedarás sin.

 

―Tío… esa era la última bolsa ―le dijo Owen de espaldas cuando se quedaron a solas― A no ser que quieras una de grupo cero negativo, creo que es de un tal Peter…

 

Carcajeó. Luego lo ignoró por el resto de la tarde. Hecho que a Yvan le vino estupendamente. Necesitaba meditar. Su mente volvía a estar clara y aunque la sangre que Alix le había obligado a tomar horas antes no era suficiente para recuperase sí le daba un respiro a su sistema linfático.

 

“No olvides lo que te he dicho Yvan. Estoy aquí para ayudarte. No lo olvides por favor, pase lo que pase no lo olvides”

 

Las últimas palabras de Alix resonaban en su cabeza una y otra vez.

 

¿Serían ciertas?

 

Había actuado de un modo extraño pero para nada había sido amenazante.

 

No.

 

Se estaba agarrando a un clavo ardiendo. Seguro que todo formaba parte de un plan para obligarlo a sucumbir.

 

“¿Sabes dónde guarda Owen la llave?”

 

La había buscado. Él lo había visto con sus propios ojos. Incluso con Owen en la sala horas más tarde la había estado buscando. ¡Oh Cielos! ¿Sería cierto?

 

¿Estaba Alix allí para ayudarlo?

 

¿Esa imprudente mujer sería capaz de torturarlo de aquel modo? ¿De hacerle saber que estaba poniéndose en peligro por él cuando él no podía ni mover una pestaña en su ayuda?

 

No la perdonaría jamás.

 

“Vamos vampiro, no puedes morirte de hambre”

 

Por supuesto que no. No moriría de hambre. Pero no para evitar la muerte sino para recuperar la fuerza necesaria para soltarse de esas malditas cadenas y arrancarle el corazón a Owen por tocarla. Luego…luego… Bueno, ya vería que hacía con ella luego.

 

―¿Dónde está Alix? ―consiguió preguntar―. Necesito beber.

 

―No, no, no. Graso error amigo ―Owen le puso un dedo sobre el pecho―. Ya sabes que ha pasado con tu venerado líquido animal. Tendrás que esperar a que anochezca de nuevo.

 

Se dio la vuelta para irse pero rectificó y volvió a mirarlo dedicándole un teatral silbido.

 

―A no ser que quieras compartir mi dieta…No entra en los planes pero seguro que me felicitan por el avance.

 

Yvan negó rotundamente y se resignó a esperar. Necesitaba verla y analizar sus gestos más detenidamente. Mirarle a la cara para descifrar su mirada. Y necesitaba hacerlo desesperadamente. Pero no la expondría más de lo que ya lo estaba. Esperaría a que apareciese espontáneamente.

 

Nervioso, simuló que dormía y pasó las largas y lentas horas de la noche meditando sobre su nueva teoría. Cuanto más lo pensaba, más dudas tenía. Se negaba a forjar falsas esperanzas. Alix lo había atacado sin piedad varias veces. No existía ni el más mínimo arrepentimiento en sus ojos. ¿Qué clase de ayuda era esa? Estaba tan confundido…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XIX

 

 

 

 

 

 

 

―Buenos días. Has madrugado mucho ¿no crees?

 

―Tengo que revisar el circuito de cámaras, por lo visto no reciben bien la señal.

 

―Pues adelante, ponte cómodo.

 

Yvan no podía creer la información que sus ojos le estaban ofreciendo. Tenía que ser un sueño. Owen traspasaba el umbral de la puerta trayendo tras él a Eric Durán. El licántropo llevaba el pelo recogido en una coleta baja y vestía con una camiseta blanca de tirantes anchos y un vaquero azul gastado y roto por las rodillas. Estaba claro que venía dispuesto a trabajar y el que llevase una caja de herramientas colgada al hombro lo confirmaba.

 

La bestia de dos metros de estatura no le dirigía ni una sola mirada. Era como si el vampiro no estuviese atado y malherido en la misma estancia que él. ¿No debería ayudarlo? ¿Acaso no era él el responsable de la liberación de su mujer?

 

Yvan recordó la cerveza que se tomaron juntos mientras le hablaba de sus temores y dudas tras el regreso de Chloé. Y una idea se iluminó en su mente.

 

―¡Hijo de perra! ―le gritó―. ¡Confié en ti cabrón! ¡Yo confié en ti!

 

―Cierra el pico ―lo amenazó Owen.

 

―¡Vas a morir! ―se retorció colérico―. ¡Tarde o temprano te mataré!

 

 

 

Eric lo ignoró e inició su tarea. No tenía nada personal en contra del vampiro. No quería mantener una pelea con él. Engañarlo, drogarlo y trasladarlo hasta allí había sido su primera orden y, aunque en un principio dudó bastante pues le debía mucho a aquel chupasangre, al final decidió aceptarla. El fin justifica los medios ¿no? Pues él tenía el fin de proteger a su familia costase lo que costase y la única manera era uniéndose a Eternal Life. Lo reconocía, era retorcido e incluso contradictorio pero esa organización era la única que podía garantizarle una vida llena de libertades a su futuro hijo. Por otro lado, si formaba parte del equipo no los atacarían… Si no puedes con tu enemigo únete a él, decían. Pues bien, él lo había hecho a pies juntillas.

 

No le gustaba ver a Yvan en aquellas condiciones pero no negaría que apuñalarlo por la espalda lo había aliviado. El Forseker no le caía bien y bastaba muy poco para hacerle perder los nervios. Y si seguía por aquel camino de amenazas y gritos el animal salvaje de su interior no podría ignorarlo por mucho tiempo.

 

―Owen, haz que se calle ―exigió.

 

―¡Maldito bastardo! ¡El único que tiene que cerrar la boca aquí eres tú! ―Yvan no soportaba no poder acercarse a él y arrancarle el corazón― ¡¿Lo sabe Chloé?!

 

Eric lo fulminó con la mirada.

 

―¡No, claro que no!

 

El primer golpe que le asestó Owen no lo vio venir. El segundo y el tercero tampoco le importaron lo más mínimo. Estaba tan rabioso que ni el dolor más absoluto podría hacerle callar.

 

―¡Ella también confía en ti desgraciado!

 

―Cierra la puta boca ―Owen le propinó otro puñetazo en el estómago que lo habría hecho doblarse por la mitad si las ataduras no se lo hubiesen impedido.

 

―¡Voy a matarte! ―tomó aire de nuevo― ¡Voy a arrancarte el corazón con mis propias manos y luego llamaré a Jon para decirle que ya se puede follar a tu mujer!

 

La furia lupina se desató y arrolló a Yvan por todos lados. Cada golpe era más duro y certero. En la cara, abdomen, riñones… no importaba dónde, los puños bestiales de Eric castigaban sin piedad su firme cuerpo. Aunque a Yvan no le importaba. Lo único que quería era matar al licántropo y, como en esos momentos dicha empresa era imposible, se conformaría con fastidiarlo. Y él sabía precisamente como hacerlo.

 

―Y luego lo hare yo.

 

Eric sacó su navaja y le hizo un corte vertical desde el inicio del esternón hasta el ombligo. El vampiro apretó los dientes reprimiendo un grito de dolor y clavó la vista en Owen. El cabrón contemplaba la escena con una sonrisa y no pensaba hacer nada al respecto.

 

―¿Qué demonios sucede? ―preguntó Alix desde la puerta.

 

Los dos inmortales se giraron para mirarla dejándole ver la escena con claridad. Alix retuvo aduras penas una arcada. No obstante, no pudo evitar cerrar los ojos y llevarse una mano al corazón.

 

―Fuera ―ordenó de repente.

 

―El muy gilipollas se lo ha buscado Alix ―explicó Owen con tranquilidad.

 

―He dicho f-u-e-r-a ―remarcó cada letra como si fueran tontos.

 

―Tu dijiste nada de drogas…eso lo hemos respetado.

 

Owen rio sin ganas y salió. Eric lo siguió con paso lento. No miró a Alix en ningún momento y tampoco admiró su obra. Se limitó a abandonar el lugar tal y como le habían indicado intentando controlar la transformación.

 

Con un rápido vistazo Alix observó dos cosas. La primera era que Owen había desactivado las cámaras de vigilancia y la segunda que Yvan necesitaba urgentemente ayuda.

 

Sacó la sangre animal que traía en una bolsa de deporte y se acercó a él.

 

―Vamos vampiro…hazlo por mí.

 

Yvan entreabrió los ojos y sin fuerzas asintió. Alix aliviada lo ayudó a alimentarse mientras le dirigía palabras de consuelo.

 

―Voy a sacarte de aquí ¿Entiendes? No sé cómo voy a hacerlo pero antes de que acabe el día te sacaré de aquí.

 

Yvan succionaba lentamente el líquido, pues le dolía horrores la mandíbula, mientras contemplaba intrigado las dulces caricias de Alix.

 

―¿Has visto la llave? Si supiese dónde está podría sacarte ahora mismo.

 

―Si de verdad quieres sacarme ya sabes lo que tienes que hacer ―masculló.

 

―¡Ah no! Eso ni hablar.

 

―Es el mejor momento para hacerlo. No tendremos otra oportunidad.

 

―No te haré eso. No sobrevivirás.

 

―Debemos intentarlo.

 

―Encontraré la manera ―le sujetó la cara entre las manos y a punto estuvo de darle un beso en los labios. Se conformó con dárselo en la frente. Le acercó otra bolsa a los labios y disfrutó viendo como la aceptaba―. Hoy mismo Yvan, te lo juro.

 

 

 

Alix se sujetaba con fuerza a la taza del inodoro ansiando reprimir el vómito. Ver a Yvan en tan malas condiciones le había afectado muchísimo. Ahora podía entender cómo se sintió él los días que estuvo inconsciente después de que un animal como Eric estuviese a punto de arrancarle el corazón.

 

La imagen de Yvan teñido de colores violetas y azules por los golpes y del rojo intenso de su propia sangre hizo que por enésima vez no pudiera retener los fluidos de su interior por lo que volvió a meter la cabeza en el retrete.

 

Con el estómago asentado y las ideas más claras decidió que era el momento de llevar a cabo la idea que se le había ocurrido mientras limpiaba la encarnada herida del torso de Yvan. El Forseker estaba muy débil y la sangre que había ingerido no era suficiente como para regenerar su cuerpo por completo. Algo que le había venido bien para ausentarse de nuevo con la excusa de ir a por más provisiones.

 

Evidentemente ese no era el verdadero motivo. Muy a su pesar lo había dejado allí solo con aquellos dos psicópatas para poder ultimar los detalles del plan. Aunque, a pesar de la urgencia, no había podido evitar derrumbarse unos minutos en la soledad de su cuarto de baño.

 

Se recompuso la ropa, se enjuagó la boca y se peinó con las manos la tensa coleta. Había llegado el momento. No había más tiempo que perder.

 

 

 

 

 

―¡Alix! ―gritó Eva retrocediendo hasta chocar contra la pared.

 

―Veo que me reconoces, así que debes ser Eva.

 

―¿Qué haces aquí?

 

―Vengo a pedirte ayuda.

 

Alix se sentó en el pequeño sofá blanco e intentó mostrar una actitud relajada. Tarea que le resultó muy difícil pues no podía dejar de preocuparse por Yvan.

 

Eva dio un par de pasos hacia delante intrigada. La actitud de la Nosferatus no parecía ser agresiva y había reconocido que necesitaba ayuda. Intrigada decidió indagar un poco.

 

―¿Cómo me has encontrado?

 

―Sabía que este era el edificio así que he buscado en los buzones. No hay muchas “Evas” en él ―Alix cogió una patata chip de un bol que había sobre la mesa de centro y se la llevó a la boca―. Eva tenemos prisa. Así que charlaremos en otro momento de acuerdo.

 

―¿Tenemos?

 

―¿Quieres ayudar a Yvan?

 

―¿Sabes dónde está? ―sin darse cuenta caminó hasta su lado. Jon le había informado de la situación y también le había dejado claro que aunque Yvan no estuviese su orden de clausura seguía vigente.

 

―Necesita tu ayuda. Lleva encerrado y atado cuatro días. He intentado hacerlo de otra manera pero no me ha quedado otra opción que recurrir a ti. Te necesito para que elimines el hechizo de sus cadenas.

 

Eva se sentó envuelta en su propio abrazo y dejó escapar el aire que retenía presa del miedo inicial.

 

―Tenemos que llamar a Jon.

 

―No. Él no confiará en mí. Y tampoco podría hacer nada para liberarlo. No sé dónde está la jodida llave.

 

―Irán con un equipo. Contarán con la ayuda de una bruja experta.

 

―Eva…no pueden saber que esta información proviene de mí. No se fiarán. Estoy con ellos ¿Comprendes lo que eso significará para el clan?

 

Eva abrió los ojos sorprendida pero Alix habló antes de que pudiese procesar la información.

 

―Tuve que infiltrarme para protegerlo.

 

―Les diremos eso.

 

―Mira mis ojos. ¿Crees que me creerán? Soy la zorra que destrozó a su compañero y amigo. No me escucharán.

 

―¿Qué tienes pensado?

 

―Pensaba ultimar el plan contigo. Necesito saber cuánto tiempo tardarías en anular el hechizo.

 

―Unos dos minutos…puede que un poco más.

 

―No tenemos tanto tiempo. Hay un sistema de vigilancia y Owen estará allí…y quizá Eric…

 

―¡Un momento! ¿Owen? ―Alix asintió― Madre mía…

 

―Sí.

 

―Pero tú podrías con Owen ¿no?

 

―Mandarían a alguien en cuanto me viesen aparecer contigo. No tendríamos más de veinte segundos quizá treinta.

 

―¿Y si desconectas las cámaras?

 

―Nos daría unos segundos más pero al final pasaría lo mismo. Siempre hay alguien vigilando los videos…

 

―¿Yvan sabe algo? Debe estar como loco si te ha visto.

 

―Se lo he explicado como he podido pero estoy segura de que no me cree.

 

Ambas se quedaron en silencio durante unos minutos intentado organizar las ideas. Al final Eva se animó y empezó a dar vueltas por el salón.

 

«Qué curioso» Pensó Alix viendo lo mucho que le recordaba ese gesto a Yvan. De hecho toda la humana le recordaba a él. Eva era más o menos igual de alta que ella, así que debía medir un metro setenta. Era delgada, de cintura estrecha y pechos pequeños. Llevaba el pelo corto. Más por detrás que por delante, donde el corte finalizaba con dos pronunciadas puntas, y era de un color negro muy oscuro. Sus grandes ojos, inquietantemente expresivos e intensos, eran del mismo tono. Y las manos…aquellas manos finas de largos dedos le recordaban tanto a Yvan…

 

―No puedo darme más prisa con lo de las cadenas pero sí puedo crear un escudo protector.

 

―¿Qué quieres decir?

 

―La misión es sacarle de allí ¿verdad? Pues qué nos importa si nos ven. Entramos, nos protegemos y salimos. Eso sí puedo hacerlo.

 

―¿Durante tanto tiempo?

 

―¿Tu puedes proyectarnos a los tres?

 

―Sí.

 

―Pues ningún problema si solo me centro en la burbuja y las cadenas.

 

―A ver, vamos paso a paso ―sonó animada. Por fin veía una luz al final del camino.

 

―Pero tendremos que avisar a Jon. Necesitamos que alguien luche por nosotras. ¡No te preocupes! ―la calmó―. Encontraremos el modo. Si se encuentran contigo allí ya no habrá marcha atrás. Lucharán de todos modos.

 

―No quiero que salga herida más gente ―escondió la cara entre las manos―. Ya me odiará cuando se entere que he recurrido a ti.

 

―Oh sí, no te quepa duda. Pero ¿nos importa? ―Alix negó―. Bien. Mira Alix ellos son un clan, se protegen unos a otros. No sufras por eso. Darían sus vidas si fuera necesario por salvar a uno de los suyos, al igual que Yvan lo haría por ellos.

 

 

 

Yvan levantó la vista al escuchar los tacones golpear el suelo.

 

Alix caminaba hacia él muy segura de sí misma. Se paró frente a él, lo miró y le ofreció una bonita sonrisa.

 

―Es la hora vampiro ―pudo leerle en los labios.

 

Ella dio un golpecito en su muslo y desapareció. Cuando volvió a verla tras unos segundos traía cogido de la mano a alguien completamente cubierto por una capa negra con capucha. Se acercaron a él y el ambiente se espesó a su alrededor.

 

―No tardarán mucho en llegar.

 

―Estoy en ello tranquila.

 

―¡Maldita sea! ¿Qué haces aquí? ―preguntó al reconocer la voz.

 

Eva se evadió de los evidentes daños que sufría su “tío- abuelo” y se concentró en el cántico que rompería las cadenas.

 

Yvan miró a Alix rojo de ira y apretó los puños. Ella lo ignoró bastante bien aunque una punzada de dolor le atravesó el pecho al ver lo mucho que se preocupaba por aquella chica.

 

―Owen no tardará en aparecer ―declaró―. Lo habrán llamado para que compruebe el lugar.

 

Tal como lo dijo apareció por la puerta. Llevaba la ropa arrugada y el pelo revuelto como el de alguien que se acaba de levantar. En cuanto procesó la escena corrió hacia ellos como un loco. Una pared invisible lo detuvo. Confundido intentó traspasarla varias veces pero viendo que era inútil empezó a gritar a la vez que buscaba su teléfono móvil.

 

―¡Puta voy a matarte! ―gritaba una y otra vez.

 

―Alix es la hora ―le señaló Eva.

 

Con los ojos puestos en el miserable vampiro preparada para atacar, pues no sabía hasta qué punto resistiría el muro de Eva, sacó el móvil de la joven y le mandó un mensaje a Jon que esperaba obediente junto al resto del clan en el exterior. No sabía cómo Eva había logrado convencerlo, no parecían mantener una relación muy cordial, pero lo había logrado y Alix se sentía muy orgullosa de aquella vulnerable criatura.

 

―Vamos preciosa lo estás haciendo muy bien ―la alentó.

 

Eva asintió orgullosa. Notaba que las cadenas empezaban a ceder y aunque los golpes del vampiro contra la burbuja la habían desestabilizado unos instantes pudo recuperarse a tiempo. Lo iban a conseguir.

 

 

 

El infierno se desató ante sus ojos. Seis vampiros sanguinarios y despiadados más el traidor de Owen, contra su clan y las dos mujeres que más querían en el mundo.

 

¿Por qué estaban allí?

 

Prefería morir a verlos allí sin poder hacer nada para ayudarlos.

 

Eva susurraba palabras que él no entendía. Alix mantenía una postura defensiva sin quitarle el ojo a la pelea que tenía lugar a su alrededor. Jules aparecía y desaparecía una y otra vez evitando ataques mortales. Brian hacía lo mismo aunque, desgraciadamente, su falta de experiencia y velocidad le hacían cometer más de un error. Jon se elevaba para luego caer sobre su enemigo, aunque eso no había evitado que luciese más de un moratón en la cara y un grave desgarrón en la espalda. Y los demás, hacían lo que podían. Y no lo hacían nada mal. Pero él estaba acostumbrado a estar en la batalla y le costaba un infierno asumir el rol de víctima.

 

―¿Estás segura de que no puedo ayudarles?

 

―Ni entra ni sale nada ―contestó Eva a una frustrada Alix.

 

―Pero yo puedo ser de mucha ayuda.

 

―Alix no me arriesgaré a crear una brecha en la barrera. Tú estás aquí para sacarlo. Ya falta poco.

 

Alix asintió resignada. Agarró la muñeca de Eva con una mano y con el otro brazo rodeó la cintura de Yvan.

 

―A tu orden.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XX

 

 

 

 

 

 

 

Yvan supo que estaba tumbado sobre la cama en cuanto visualizó el techo de su habitación. Intentó incorporarse varias veces pero las fuertes manos de Alix se lo impidieron sin grandes esfuerzos. Él estaba muy débil y ella siempre había sido más poderosa, así que, agotado, se conformó.

 

―Eva ―habló Alix. Al instante Eva se arrodilló a su lado para examinarle el pecho.

 

―¿Vas a portarte bien? ―le preguntó a Yvan―. Voy a quitarte las argollas.

 

Esperó a que él asintiera y con un simple movimiento le arrancó los perversos metales de las muñecas y luego los de los tobillos.

 

―Voy a por agua ―comunicó Eva.

 

―No ―las miró inexpresivo―. Puedo ducharme.

 

―Yvan estás débil y herido deja que te cuidemos. Lavaré la herida y luego aplicaré un ungüento. En unas horas podrás moverte.

 

―He dicho que voy a darme una ducha luego haces lo que quieras.

 

Yvan se sentó y todos sus músculos se quejaron. Llevaba tanto tiempo en la misma posición que le costaba mucho esfuerzo moverlos. No obstante, necesitaba con urgencia una ducha y quería demostrar que podía valerse por sí mismo.

 

―Alix por favor ayúdame, tiene que descansar.

 

Alix observó su maltratado cuerpo, sus mugrientos y rotos pantalones y su pálido y sucio rostro y decidió que una ducha no le iría nada mal a su maltrecho orgullo. 

 

―Déjalo Eva, le sentará bien.

 

Se levantó y le tendió la mano para ayudarlo. Yvan la miró fijamente y tras dudar decidió aceptarla. Él era un hombre fuerte y duro como la roca pero ¡por todos los cielos! esa mano le venía más que bien.

 

Al ver lo mucho que le costaba moverse Alix pensó que quizá le sería útil que ella lo proyectase hasta allí. Si se lo preguntaba se pondría hecho un energúmeno (el ego de aquel hombre era inmensurable). Así que sin pensárselo dos veces actuó. Los gritos llegaron hasta el dormitorio y Eva no pudo evitar reír. A pesar de todo, los dos hacían muy buena pareja y la joven tomó una firme decisión: iba a ayudarlos a limar asperezas.

 

―El agua caliente le ayudará ―le dijo Alix sonriente desde el umbral de la puerta.

 

 

 

Yvan llegó al borde de la cama cojeando y se sentó con mucho cuidado. Tenía el cuerpo atrofiado y su masa muscular había disminuido considerablemente por culpa de la inmovilidad y la falta de proteínas. Definitivamente no estaba para tonterías. Pero tras una reparadora ducha su autoestima había crecido un poco y se veía más capaz de ser un buen convaleciente.

 

―¿Dónde está Alix?

 

―Preparándote algo de comer.

 

―¿Te ha hecho daño?

 

―No ―puso los ojos en blanco. Yvan sabía que ella podía escuchar la conversación y aun así parecía no importarle herir sus sentimientos―. Te ha sacado de allí.

 

―¿Te ha amenazado?

 

―Solo dices tonterías. ¡Túmbate!

 

―¿Desde cuándo te molesta? ―añadió mientras se tumbaba.

 

―Hoy al medio día. Y no me molesta.

 

―¿Cómo te ha encontrado?

 

Yvan arrugó la frente al notar el frío ungüento que Eva aplicaba en su torso pero los efectos calmantes casi instantáneos lograron que se relajase.

 

―No lo sé y tampoco me importa. Ha hecho lo que debía hacer.

 

―Te ha puesto en peligro.

 

―No. Ha recurrido a la única persona que sabía que podía ayudarte.

 

―¿Qué sabe de ti?

 

―¿Qué le has contado?

 

―Nada.

 

Eva dio por contestada la pregunta pues ella no le había contado nada de su relación con Yvan. Tampoco Alix había mostrado el más mínimo interés.

 

Cogió un nuevo bol de la mesita y aplicó un nuevo bálsamo por los golpes de la cara.

 

―Ella te ayudaría mucho mejor que yo ―sentenció.

 

―¿Ah, sí? ¿Y por qué debería aceptar una ayuda que no me ha ofrecido?

 

―Eres un necio.

 

Yvan cerró los ojos aliviado por los productos que le aplicaba e intentó dormir.  De pronto la seca y fría voz de Eva lo sacó del paraíso.

 

―Es tú pareja. ¡Por dios! Deberías dejar de negar la evidencia.

 

―Fue ella la primera que me negó.

 

―Me parece mentira que tengas más de doscientos años ―se dirigió al lavabo y abrió el grifo para lavar los utensilios―. ¡Te comportas como un niño!

 

 

 

La puerta se abrió para dar paso a Alix. Yvan la miró de arriba abajo y tragó saliva. El corsé lila de talle apretado y escote palabra de honor junto al short de seda negro no le harían ningún bien a su escaso atuendo compuesto por una toalla blanca atada en la cintura. Aquella improvisada prenda no le ayudaría a esconder los sentimientos por ella. Azorado, intentó sujetar el borde de la sábana para echársela por encima. Presa del pánico al observar que no lo conseguía miró hacia el baño con la esperanza de ver a Eva. Incómodo por la situación decidió taparse la cara con el brazo y asumir la evidencia. De repente, como por arte de magia, la sabana cayó suavemente sobre su cintura. Escuchó los tacones de Alix acercarse y se descubrió para poder verla mejor. Ella dejó la bandeja en la mesita de noche y le pasó los dedos por su húmedo pelo.

 

―Jon no tardará en aparecer. Creo que no te conviene un enfrentamiento en estos momentos. Así que me iré ―Yvan asintió conforme―. Estaré en tu casa, si no te importa, quiere contarle lo ocurrido a Salomé.

 

―De acuerdo.

 

―Si necesitas cualquier cosa llámame.

 

Esperó unos eternos segundos con la esperanza de que Yvan añadiese algo y al ver que no lo hacía desapareció.

 

―Eres un idiota ―le dijo Eva con la cabecilla asomada por la puerta del baño—, ahora era el momento de pedirle lo que necesitas.

 

 

 

La pelea entre Eva y Jon estaba siendo todo un espectáculo. Algo digno de ver. Ninguno de los dos se ponía de acuerdo sobre Alix y por supuesto ninguno de los dos pretendía ceder y aceptar que a ninguno de los dos le incumbía el asunto.

 

Si decidía creerla haría lo imposible para que Jules y el resto de clanes la dejase volver a la ciudad sin ninguna consecuencia por sus actos. Si no, se encargaría él mismo de su futuro. Desde luego todavía no estaba recuperado como para decidir pero llegado el momento usaría los argumentos expuestos en aquella bronca.

 

Sin embargo, cuando el tema empezó a desviarse hacia su relación intervino. No iba a permitir que opinasen sobre el tema delante de él. No les incumbía lo más mínimo y además él no quería pensar en eso. Primero tenía que zanjar el tema anterior. No podía preocuparse por sus sentimientos conociendo la posibilidad de traición de la mujer que amaba. No era sano para su estabilidad mental. Iría paso a paso.

 

―Necesito que llenéis mi copa ―sentenció y ambos lo miraron de golpe.

 

―Claro ―se apresuró Eva―. ¿Quieres algo más de comer?

 

―No.

 

―Alix ha debido hacer un buen trabajo. Olía de maravilla y veo que te lo has acabado todo.

 

―Eva ―negó con la cabeza mientras la chica le cogía la bandeja del regazo―… No me ayudas con esa actitud.

 

―Pche ―chasqueó la lengua―. No pretendo ayudarte a ti.

 

Una vez se hubo ido Jon acercó el sillón a la cama y se sentó con los codos apoyados en las rodillas. Sus heridas habían sanado y como prueba de su participación en la pelea solo le quedaba una larga y fina cicatriz en el brazo izquierdo y la ropa desgarrada y manchada de sangre. Era obvio que el vampiro no pasaba por su mejor momento. Parecía llevar días sin dormir y sus manos temblaban involuntariamente.

 

―No sabía que estaba allí. Eva me ha engañado. Cuando Jules la ha visto junto a ti con un desconocido encapuchado a su lado casi pierde la cabeza. Me ha costado un mundo razonar con él para que me dejase venir solo. Casi he tenido que contarle lo de Eva. Vas a tener que hablar con él seriamente ―lo apuntó con un dedo acosador― y vas a tener que hacer algo con Alix de inmediato o lo hará él.

 

―La tengo localizada, está con Salomé en mi casa de Le Mans. Todo se arreglará no te preocupes ―Jon levantó las cejas y miró hacia la puerta al escuchar los pasos de Eva.

 

―Odio a esa chica y odio estar obligado a ocuparme de ella cuando tú no estás. No tiene ningún sentido de la responsabilidad…

 

―No finjas ―lo interrumpió―, te ocupas porque quieres.

 

Yvan se sentó en el borde de la cama y estudió las heridas de sus muslos. Estaban cerradas y no le dolían así que podría caminar sin dificultad. Pasó dos dedos por encima de la primera e hizo una mueca al recordar quien se la había hecho. Aunque lo que más le molestaba era que después de intentar sanar su despropósito había vuelto a apuñalarlo en la otra pierna. Arrugó la frente. Le costaba admitir lo evidente. Él entendía las estrategias, sabía lo necesario que era seguir el plan escrupulosamente pero lo que no entendía era qué hacía Alix allí.

 

―¿Estás bien? ―le preguntó Jon preocupado.

 

―Sí, estaba pensando.

 

Eva entró en la habitación con un vaso de tubo lleno de sangre y se lo ofreció a Yvan. Miró de reojo a Jon y cuando estuvo segura de que le devolvía la mirada le sacó la lengua de un modo infantil.

 

―¡Lo ves, disfruta molestándome!

 

Se dejó caer en el respaldo y cruzó los brazos bajo el pecho. Yvan no pudo hacer otra cosa que echarse a reír y Eva contenta de verlo de nuevo en casa lo imitó. Al final los tres explotaron en un incesante que les sirvió para eliminar la tensión acumulada durante esos días.

 

Una hora más tarde Yvan había comido y bebido lo suficiente como para recuperarse al cien por cien. Había recibido dos llamadas de Salomé para asegurarse de que estaba bien. Se había vestido, peinado y perfumado. Y se había trasladado al salón donde caminaba de un lado a otro para recuperar movilidad mientras escuchaba la narración de Jon, y alguna interrupción de Eva, sobre lo que había ocurrido durante esos días.

 

―Siento lo de Owen pero cuando lo he visto allí no he podido evitar arrancarle el corazón.

 

―A quien quiero es a Eric Durán.

 

―Jules ya está con ese tema. No te preocupes no harán nada sin ti ―se miró las puntas de los dedos que no dejaban de temblar y se las apretó con fuerza―. Pobre Chloé, tengo que llamarla…

 

―Quiero que tú y ella me acompañéis a verlo.

 

―¿Qué?

 

―Voy a torturarlo y luego… me lo cargo.

 

―No dejaré que le hagas eso a Chloé.

 

―No lo haré delante de ella, no soy un salvaje. Pero quiero que ella sepa de su propia boca lo que ha hecho conmigo. Ni te imaginas la cara que pondrá al vernos llegar…

 

―Me gustaría verlo ―soltó de repente Eva y ambos la miraron intrigados―. Nunca he visto un licántropo, sería estupendo verlo furioso y en plena transformación.

 

―Pues tendrá que ser en otra ocasión ―Yvan miró el reloj― Deberías volver a casa, Jules estará a punto de llegar.

 

Eva se levantó decidida. En otro momento se hubiese quejado hasta la saciedad pero ahora tenía cosas importantes que hacer y le venía muy bien poder marcharse sin levantar sospechas. Tras un pequeño titubeo dio dos besos a Jon a modo de despedida y un fuerte y largo abrazo a su queridísimo antepasado.

 

―Muy bien, hora de hablar en serio ―Yvan se sentó cerca de su amigo y apoyó el codo en el respaldo del sofá― ¿Qué te pasa?

 

―¿A mí? ―suspiró― Increíble. ¿Has estado a un paso de la muerte y me pasa algo a mí?

 

―¿Por qué te tiemblan las manos? Y no me digas que es por los nervios porque no cuela.

 

―Estás loco ―se levantó y ocultó las manos en los bolsillos del pantalón.

 

―Es posible. Pero tú eres incapaz de controlar el pulso. Es un tic muy débil, casi inapreciable…

 

―Se me pasará. Debe ser sed.

 

―¿Es una mala racha?

 

―No exactamente.

 

―¿Necesitas ayuda?

 

―¡No! ―se apoyó en la barra de la cocina dándole la espalda a su amigo― ¡Joder, deja de desviar la atención! Hoy el protagonista eres tú.

 

―Jon, solo digo que si estás pasando por una mala época puedes contar conmigo.

 

―Está controlado.

 

―Estupendo.

 

Yvan levantó los brazos en señal de derrota y se dejó caer de espaldas sobre el sofá. Tenía toda su vida patas arriba y no le apetecía iniciar otra batalla. Por supuesto no le quitaría ojo al pelirrojo. Sin duda algo le pasaba pero si él se negaba a hablar del tema…

 

―¡Júrame que no estabas al tanto de la situación!

 

Jules apareció hecho una furia. Con la ropa manchada y el pelo revuelto. Tal eran las ganas de ver a Yvan que ni se había molestado en acicalarse un poco. En cuanto se encargó de los cuerpos de los vampiros y de limpiar la zona. Se puso en contacto con Colin para que buscara a Eric y lo encerraran. Odiaba no haberlo encontrado en la nave donde retenían a Yvan, si hubiese estado allí no tendría que estar dando explicaciones. Lo habrían matado y todo el maldito asunto estaría finiquitado.

 

―¿Qué dices? ―exclamó Yvan incrédulo. Se levantó para que su Leader viese que se encontraba en perfecto estado.

 

―Júrame que todo esto no ha tenido nada qué ver con sacar a esa… mujerzuela de la organización.

 

―No tenía ni idea Jules. Eric me invitó a unas cervezas y de repente desperté con Owen a mi lado diciéndome cosas inconcebibles para mí…

 

―¿Y qué hacía ella allí?

 

―Salvarme ―Yvan contestó sin pensar y le entró una tremenda necesidad de ir a hablar con ella―. Tengo que irme.

 

―Tú te quedas. Y tú ―señaló a Jon― ¿Cómo sabías dónde encontrarlo? ―volvió a apuntar a Yvan con el índice― ¿Quién estaba con ella? Ya podéis ir desembuchando ¡No me gustan los misterios y al parecer vosotros dos tenéis muchos secretos!

 

Los dos íntimos amigos se miraron con complicidad dándole la razón a su jefe y se echaron a reír. Era gracioso ver cómo a pesar de lo enfadado que estaba su líder no conseguía infundir miedo. Su ropa, su cuerpo, incluso su gesto transmitía tanta paz y fraternidad que daban ganas de abrazarlo. Aun así no serían tan osados como para no respetarlo, sabían de lo que eran capaces aquellas manos, y menos aún de no sacarle de aquella incertidumbre. Le debían mucho a aquel hombre. Jules era como un padre para Yvan y no les gustaba causarle ningún trastorno así que se acercó a él, que había tomado asiento en el elegante sofá azul, y le dio una palmaditas en el hombro por detrás.

 

―Jon te lo contará todo.

 

―¡Yvan! ―protestó Jon.

 

―Tranquilo, tienes mi autorización para contárselo todo.

 

―Ni se te ocurra hacerme esto…

 

―Tú conoces la historia y yo tengo que ir a…

 

Brian apareció de pronto en el salón y puso cara de sorpresa al ver allí a su Leader.

 

―Lo siento, no quería interrumpir. Ya me marcho.

 

―Un momento Brian ―lo sujetó por la muñeca― ¿Conoces Le Mans?

 

―No.

 

―¡Yvan ni se te ocurra! ―exigió Jon.

 

―Conozco el zoo de La Flèche.

 

―Me vale ―le urgió Yvan levantando las cejas.

 

―¡Yvan! ―Jon, desesperado, miró a su Leader― ¡Jules! ¿No piensas impedírselo?

 

Jules se levantó y se dirigió al mueble bar para servirse un trago ignorando por completo la escena que ocurría a su alrededor. Le parecía increíble la urgencia de Yvan por irse pero no negaría que lo comprendía. Suspiró al beberse el whisky de un trago y, tras servirle una a Jon, rellenó nuevamente su vaso.

 

―Cuanto antes acabe con esto, antes podremos recuperar nuestras vidas ―dijo interrumpiendo el repentino silencio que había dejado la marcha de sus dos discípulos.

 

Jon se acercó a él muy despacio y aceptó el vaso de licor. Sabía lo que sucedería ahora. Tendría que contarle uno a uno los detalles de la vida de Yvan y sortear cada uno de los procesos por los que pasase su jefe. Y, sinceramente, no le apetecía nada. Prefería… prefería… ¿Por qué le venía la imagen de Frédéric a la cabeza?

 

―¿Jon? Estoy esperando.

 

―Maldita sea Jules, no es mi historia.

 

―Cierto, no lo es. Pero estoy seguro que tú has estado enredado en ella en más de un momento. Y tienes la autorización de Yvan, así que empieza a desembuchar.

 

―Deberíamos ir en su busca. No me fio de esa mujer.

 

―Confía en él.

 

Ambos tomaron asiento e iniciaron una charla larga y tendida sobre cómo se había enterado de la localización de Yvan, quien era Eva, que hacía allí con Alix y sobre todo lo que Jules le preguntó y él supo responder. Que por supuesto fue la gran mayoría pues él y Yvan no se guardaban secretos.

 

«Al menos hasta hoy» pensó.             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXI

 

 

 

 

 

 

 

Colin pisaba firme sobre el crepitante terreno que separaba su casa de la de Eric. A cada zancada un incómodo sudor catalizaba la ira acumulaba en puños y rostro tensando los músculos y preparándolos para la lucha.

 

El entrometido Forseker Jules Leblanc le había llamado minutos atrás para informarle de la supuesta colaboración de su ex camarada y amigo en el secuestro de Yvan Taret. Al parecer Eric se había unido a la organización Eternal Life. La misma organización que había retenido y torturado a su mujer. La misma que había martirizado, experimentado y matado a seres de toda índole en numerosas ciudades del planeta.

 

Su primera reacción, evidentemente, fue negarlo. Pero cuantos más datos le ofrecía el vampiro más seguro de sí mismo parecía. Y estaba claro que Jules no se atrevería a acusar a un miembro de otro clan sin pruebas. De hecho, si analizaba el insólito comportamiento de Eric en el último año, la escena que había presenciado en su casa hacía un par de horas y todo lo que les había contado Chloé hecha un mar de lágrimas, las palabras de Jules no le sonaban tan ridículas.

 

Aún no podía creerse lo que sus propios ojos habían presenciado. Su mujer y él estaban tomando un café después de una excelente y distraída comida junto a la grata compañía de Chloé cuando un encolerizado Eric había entrado en el salón exigiéndole a su mujer que lo acompañara de inmediato a casa. Ella se había negado alegando que no era ni educado ni correcto irrumpir en una casa ajena de aquel modo y que no les haría ese feo a sus amigos. En repetidas ocasiones Chloé le había suplicado que se disculpase y se relajase. Quería que tomara asiento y participara de la charla. Parecía empeñada en hacerle entender que necesitaban ese tipo de normalidad en sus vidas. En repetidas ocasiones Eric había respondido con gritos y empujones. En principio ni Colin ni Leonor consideraron oportuno entrometerse. Ambos eran licántropos fuertes y no creyeron que la cosa pasase a mayores. Pero cuando la mano de Eric agarró el fino brazo de Chloé y la arrastró hasta la escalinata exterior Colin se abalanzó contra él. Las mujeres eran sagradas. En su clan y en cualquier lugar donde él estuviese presente. Y ni el mal carácter, ni la furia lobuna propia de su raza, justificaban una agresión de aquel tipo. Sin embargo, la fuerza de Eric era arrolladora. Los fuertes brazos de Colin y los gritos de Leonor llamando a la calma no fueron suficientes para evitar la bofetada que tiró a Chloé al suelo. Leonor se transformó cubriendo con su cuerpo a la pequeñísima embarazada y Colin encontró el modo de apresarlo y alejarlo de allí. O quizá, Eric se lo permitió. Porque su cara desfigurada por el dolor mostraba con claridad lo arrepentido que estaba. Pero era tarde para arrepentimientos. No volvería a tocarla. Él había renegado del clan pero Chloé no. Y mientras fuese así ella estaba bajo su protección.

 

Cuando Colin llegó al límite del bosque que daba inicio a la propiedad de los Durán miró a los dos licántropos que lo acompañaban para la desagradable misión. La incertidumbre y la incomodidad también eran evidentes en ellos. Cada uno a un lado lo franqueaban furiosos a la vez que sorprendidos pues ninguno de los dos lograba entender como la mano derecha del Alfa, el amigo del respetado jefe, había traicionado sus creencias de aquel modo.

 

―¿Listos? ―preguntó Colin.

 

―A su orden jefe.

 

Colin asintió y los tres hombres se transformaron y retomaron la marcha a gran velocidad. Entraron en la bonita casa blanca con persianas azules y fresias y geranios decorando los alféizares de las ventanas. Tal como sospechaba, su amigo estaba en su interior. El rubio de rostro marcado no hizo ademán de huir. Permaneció sentado en la silla de la cocina con el gesto puesto en unas temblorosas manos.

 

―No iré a ningún lado Colin, podéis relajaros.

 

―¿Qué has hecho Eric? ¿Cómo has podido hacer algo así?

 

―Por ellos.

 

Eric no dijo ni una sola palabra más. Dejó que sus ex compañeros lo llevasen hasta los subterráneos de la casa de Colin sujeto por los brazos. Agradeció que se preocupasen de que Chloé no lo viese. Al igual que agradeció que, a pesar de todo, lo tratasen con respeto. No le importaba lo que pensasen de él. Reconocía que posiblemente su elección no había sido la más acertada pero la había tomado para proteger el futuro de su familia. No pediría perdón. Sin embargo, sí debía pedir perdón por haberse convertido en la principal amenaza que tenían. No sabía cómo había llegado a convertirse en quien era en aquel momento y, a pesar de arrepentirse en lo más profundo de su ser, sabía que ya no había nada que hacer. La única opción viable era mantenerse alejado de Chloé y como por él mismo no lo lograría agradecía que hubiesen descubierto lo de la organización. Cuanto antes lo mataran mejor.

 

 

 

La proyección de Brian hasta el zoo de La Flèche le había ahorrado la mitad del trayecto. En un principio pensó en preguntarle porqué conocía tan pintoresco lugar pero cuando sobrevoló la zona lo entendió perfectamente. Estaba ubicado en medio de un extenso bosque muy propicio para la caza. El propio recinto en sí era un bufet libre de especies por lo que no le extrañaba lo más mínimo que el joven conociese el terreno. Seguramente fue una de sus paradas cuando regresó al país en busca de una nueva vida.

 

Yvan entró en la casa y Salomé se abalanzó en sus brazos cubriéndolo a besos.

 

―Estaba muy preocupada. Siempre me mantenéis al margen… estoy tan enfadada… cuando Alix me ha contado…

 

―¿Dónde está? ―apremiado la interrumpió besándole la frente en compensación.

 

―En el baño ―le sonrió con complicidad―. Ha llorado mucho.

 

Yvan la miró y le colocó un mechón rubio tras la oreja a modo de caricia agradecido por la información. Salomé le había dado el dato que confirmaba lo que él ya sabía y más contento de lo que pretendía le besó la mejilla.

 

―Lo sé.

 

Se sentó en la cama y disfrutó del aroma que llegaba desde el cuarto de baño. Cerró los ojos aliviado y dispuesto a esperar lo necesario.

 

―¿Yvan?

 

La dulce voz de Alix interrumpió sus pensamientos y se dio cuenta de que por primera vez le ofrecía su aroma espontáneamente. El agua de la ducha cesó y al instante Alix estaba frente a él. Sus ojos mostraban el brillo de las lágrimas derramadas. Su pelo caía húmedo sobre los hombros. La toalla cubría su cuerpo a duras penas y Yvan se deleitó observando sus firmes muslos.

 

―Aquí estoy ―se obligó a decir.

 

―Dame un segundo.

 

Alix se puso una estrecha camiseta negra y un short vaquero y rápidamente regresó a su lado.

 

―Supongo que vienes en busca de respuestas.

 

―No exactamente. Vengo a disculparme.

 

Alix se llevó una mano a la boca sorprendida y se sentó a su lado. Las rodillas le temblaban y la respiración se volvió más agitada al reprimir el llanto.

 

―¿Qué dices? ― con mano temblorosa le acarició la mejilla sin ser consciente de lo que hacía― Tú no tienes que…

 

―Alix ―asió su muñeca y le apartó la mano cuidadosamente. Pero no por lo que Alix pensaba. Le ardía la piel con el tacto de su mano. El deseo era insoportable―, lo único que me alentaba a huir de allí era pedirte perdón. No puedo soportar la idea de que me pase algo y que tú no sepas la verdad.

 

―¿Sobre qué?―escondió las manos bajo sus muslos herida por el rechazo.

 

―Siento todo lo que te dije la otra noche en la torre. No era cierto. Se perfectamente lo que siento por ti. Nunca he tenido dudas al respecto.

 

―Pero tú dijiste que no…

 

―Olvida lo que dije. Necesitaba saber hasta qué punto eras sincera y te puse a prueba. Pero supongo que no tiene sentido. No importa lo que tú hagas o digas…

 

―¿Qué? ―lo animó.

 

―Te amo. Supongo que eso no cambiará nunca y te mereces saberlo pase lo que pase.

 

Yvan se levantó para tomar distancia y se apoyó en la cómoda. Podía observar la cara de incertidumbre de Alix a través del espejo y distinguió perfectamente como reprimía las ganas de incorporarse y seguirlo.

 

Alix sentía todo su cuerpo hecho gelatina. ¿Yvan le estaba diciendo que la amaba después de todo lo ocurrido? Lo miró confusa. ¿Qué esperaba que hiciese? Tal vez quería que corriese a su lado y lo abrazase. No. Yvan no era nada impulsivo cuando no tenía controlada la situación. Si él se había alejado era porque necesitaba espacio.

 

―¿Qué hacías allí Alix? ―le exigió girándose. Mirándola directamente.

 

―Hace unas semanas descubrí que alguien me seguía. Decidí enfrentarme a la situación pues no me atacaban y no sabía si sería alguien enviado por ti o por Salomé. Resultaron ser dos miembros de Eternal Life de Barcelona. Me ofrecieron formar parte de la organización y me hablaron de sus planes respecto a los Forsekers. No rechacé la invitación al instante pues ya tenía planes de regresar y pensé que a Jules le vendría bien la posibilidad de un infiltrado…así quizá tenía otra oportunidad…

 

―¿Por qué tus ojos vuelven a ser rojos?

 

―Ya sabes la respuesta a esa pregunta. Pero si tu verdadera pregunta es si he vuelto a matar a alguien, la respuesta es no. Tuve que alimentarme mucho y sin discriminación para conseguir que adquirieran un rojo más uniforme, no podía arriesgarme a que sospechasen nada.

 

―¿Sigues manteniendo todo lo que me dijiste?

 

―Sí.

 

Yvan se pasó la mano por el pelo y se mordió el labio inferior. No sabía cómo continuar con aquella conversación. Ya tenía lo que quería y toda la urgencia que había sentido por encontrarse con ella se había transformado en una necesidad imperiosa de huir.

 

―¿Qué más quieres saber?

 

―Tan solo necesitaba una historia que contarle a Jules.

 

―¡Te ataque! ―exclamó confundida.

 

―Lo entiendo.

 

―¿Lo entiendes? ―se acercó a él gritando― ¡Deberías detenerme!

 

―Tenías que hacerlo.

 

―¿Cómo puedes decir eso? ―Alix había perdido toda la compostura y estaba al borde de un ataque de nervios―. ¡Te torturamos, drogamos, golpeamos…!

 

―Tu no.

 

Alix se derrumbó y clavó las rodillas en el suelo. Su cuerpo convulsionó a casusa del vómito provocado por el recuerdo de Yvan atado y con el torso abierto en canal. Antes de caer por completo los fuertes brazos del vampiro la rodearon y la levantaron acercándola a su pecho.

 

―Tú no nena ―le susurraba―, tú no.

 

Se tumbó con ella en la cama y la abrazó con fuerza hasta que notó que el cuerpo de Alix dejaba de temblar. Le acarició la cabeza con suavidad y le ofreció cálidos besos en cada parte expuesta de su cara.

 

―Tú no nena ―le repetía― Estoy aquí gracias a ti.

 

Alix volvió a sentirse a salvo entre los fuertes brazos de su groom. Era lo que más ansiaba en el mundo. Más que la sed. Más que matar. Quería quedarse allí para siempre, que no la dejase marchar. Porque a pesar de su firme objetivo de no presionarlo lo necesitaba más que nunca.

 

―¿Qué esperas de mí Yvan? ―atinó a decir entre lágrimas.

 

―Que no te rindas.

 

Automáticamente se durmió. Cayó en el abismo de la inconsciencia y las horas pasaron sin que nada interrumpiese su descanso. Una vez Yvan le preguntó cómo era posible que durmiese tan profundamente. Los depredadores como ellos tenían los sentidos muy desarrollados y eso les mantenía en alerta constante. Un simple ruido o un cambio de aroma o temperatura en el ambiente los despertaba al instante. Sin embargo, ella dormía profundamente cuando Yvan estaba a su lado. Desde el primer día se relajó en su presencia y le confió su seguridad. Y eso fue lo que le contestó. Que era gracias a él. Yvan muerto de risa por un chiste privado que ella aun no entendía la sentó en su regazo y la abrazó con fuerza.

 

«Rezo porque a mí no me pase lo mismo o estaremos muertos los dos» Le dijo al oído a modo de secreto. Y a Alix el chiste le hizo aún menos gracia, pues su principal misión en la vida era que Yvan consiguiese dormir tranquilo.

 

Entre este y otros recuerdos, o sueños, la tarde se convirtió en noche. Alix se despertó colmada de paz y tranquilidad deseando encontrarse con los intensos ojos negros de su vampiro. No obstante, la realidad tomó vida al comprobar que él ya no se encontraba en la casa y el sentimiento de soledad la hizo sentir frío por primera vez después de muchos siglos. Buscó a Salomé y tras una breve charla se despidió de ella. Había quedado con Eva minutos antes de que Yvan llegase y ya se estaba retrasando. Después visitaría a Jules para contarle su versión de los hechos. Esperaba poder llegar a un acuerdo con él porque no dejaría la ciudad voluntariamente. Y menos después de las revelaciones de Yvan.

 

A las doce y media de la madrugada Alix se presentó sin previo aviso en el ático de Yvan. Lo encontró reclinado en el gran sofá de ratán de la terraza y lo saludó con un sutil movimiento de mano. Su estado de ánimo había mejorado considerablemente en las últimas horas. Su reunión con Jules había resultado más fructífera de lo que creía y junto al líder de la Orden Frédéric Neveu habían llegado a un consenso. Por otro lado, Eva le había ofrecido su amistad y ayuda para reconquistar a Yvan y contar con una aliada como ella renovaba sus esperanzas.

 

―Buenas noches. ¿Te encuentras mejor? ―preguntó Yvan.

 

―Sí. Deberías haberme despertado, me hubiese gustado despedirme de ti.

 

―No me gusta despertarte.

 

―Vengo de hablar con Jules. Quería contarte las novedades.

 

―He hecho todo lo posible para tranquilizarlo, espero que se haya comportado de un modo comprensivo.

 

―Han sido más transigentes de lo que esperaba ―se sentó a su lado dejando en el suelo una bolsa de papel―. Al principio he pensado que era una encerrona, estaban todos allí. Pero debo reconocer que la presencia de Frédéric me ha ayudado bastante.

 

―Ese tipo es muy extraño. Lleva persiguiéndome semanas para hablarme de mi pasado.

 

―¿Tienes idea de qué puede ser?

 

―Algo sobre mi transformación.

 

―Eso es estupendo ―dobló las rodillas y se acercó más a él― ¿Por qué no hablas con él?

 

―¿La verdad?  No me atrevo ―le apartó el flequillo de los ojos y mantuvo la mano durante unos instantes sobre la mejilla―. Pero dejemos de hablar de mí y cuéntame cómo ha quedado el asunto.

 

―Todo se resume a vigilancia. Estaré bajo la supervisión personal de Frédéric. Tengo que trasladarme a su mansión una temporada ―hizo un mohín de disgusto a la vez que levantaba los hombros de un modo conformista―. Él y Jon me acompañaran siempre que salga a beber…

 

―¿Jon…que tiene que ver Jon en todo esto?

 

―Jules exigía conocer mi evolución directamente y al parecer Jon es el Forseker que más me odia en estos momentos. Además a Frédéric no ha parecido importarle en exceso que le pongan una carabina.

 

―¡Buah! ―dio un manotazo al aire quitándole importancia a la actitud de su amigo―Se le pasará.

 

―Me lo merezco.

 

Yvan se puso muy serio y la estudió detenidamente. Sus ojos se volvían cada vez más oscuros y de vez en cuando se humedecía los labios de un modo inconsciente. El silencio y el escrutinio al que estaba siendo sometida la incomodaron, así que se removió en su sitio y bajó la vista. Un pequeño cambio en el aire anunció la proximidad de Yvan. Enseguida notó su dedo levantándole la barbilla. Cuando se encontró nuevamente con su mirada soltó el aire que retenía y sintió como su cuerpo se deshacía.

 

―Ni te imaginas las ganas que tengo de besarte ―le pasó el pulgar por el labio inferior.

 

―Muéstramelo ―Alix tragó saliva.

 

Yvan consiguió recuperar el control y se apartó. Estaba ansioso por poseerla y decirle todo lo que sentía pero consideraba que no era el momento. Después de todo lo que habían pasado, después del infierno en el que había vivido los últimos meses no podía hacer las cosas a la ligera. No podría soportar nuevamente la pérdida y quería estar seguro de que hacían las cosas bien. Y para eso necesitaba saber en qué punto se encontraba. Quizá Alix tenía claro el futuro. Quizá había logrado controlar los impulsos depredadores. Tal vez él no lo tenía tan claro. Y no tanto por Alix sino más bien por sí mismo. No empezaría una relación amorosa tan complicada sin saber cómo quería llevarla. Quería tener todo de Alix. Quería darle todo a Alix. Sin embargo, no lograba descifrar que significaba “todo” en su vida.

 

¿Podría conformarse con lo ordinario?

 

¿Podría refrenar la necesidad de beber su sangre?

 

O tal vez debía mandarlo todo a la mierda y dejarse llevar.

 

¿Tendría razón Henry Parker al decirle que disfrutar de aquello que amaba no perjudicaría a su ideología?

 

¿Beber de la sangre de Alix o dejarla beber de él lo destruiría?

 

¿Y no hacerlo?

 

Desgraciadamente, las circunstancias de los últimos días no le habían permitido pensar en las respuestas para ninguna de aquellas preguntas y por mucho que le costase no daría ni un paso más sin tenerlas. No cometería los mismos errores del pasado.

 

Al percatar que las inseguridades seguían torturando a su groom Alix decidió que era el momento de sacar su última y definitiva arma. No estaba muy segura de que usar el libro que le había entregado Eva fuese lo más apropiado para ese fin pero no le quedaba más remedio, estaba desesperada. Y de todas formas Yvan debían tenerlo en su poder, al fin y al cabo le pertenecía. Si no servía para despojarlo de sus miedos y prejuicios al menos serviría para regalarle una parte del pasado que le pertenecía.

 

Cogió la bolsa de papel por una de las asas y la subió a su regazo. De su interior sacó un pesado tomo de piel marrón que le ofreció con una pequeña sonrisa en sus labios.

 

―Creo que esto te pertenece.

 

Yvan frunció el cejo e intrigado lo cogió.

 

―¿Qué es?

 

―Eva lo encontró entre las cosas de su bisabuela. Ha creído conveniente que te lo entregase yo.

 

Yvan apoyó el pesado libro en sus rodillas y pasó un dedo por las sinuosas arrugas del desgastado cuero. Sin duda el ejemplar era antiguo aunque parecía estar muy bien conservado. Intrigado lo giró para poder leer la portada.

 

«DIARIO DE SOPHIE»

 

 

 

―¿Qué sabes de Eva? ―atinó a decir con los ojos a punto de salirse de las cuencas.

 

―Que te adora y que es una joven increíble.

 

―¿No te ha contado nada?

 

―Cree que es importante que seamos amigas. Tiene un plan interesarte para ayudarme a reconquistarte.

 

―Ya veo ―acarició las imprecisas letras de la portada inconscientemente.

 

―¿Te molesta?

 

―Me parece que no ―admitió confuso.

 

―¿Lo reconoces? ―preguntó Alix al ver que él no se atrevía a sacar el tema.

 

Yvan volvió a mirar el tomo y negó con la cabeza. Era la primera vez que veía aquel diario y le parecía increíble que se hubiese conservado durante tanto tiempo en la familia. Con miedo a abrirlo se limitó a acariciar el rugoso cuero. De pronto, en la esquina superior derecha apareció un destello plateado.

 

―¿Qué es esto? ―preguntó Alix tocando el extraño brillo― ¡Ay! ―se llevó el dedo a la boca al notar un fuerte calor en la piel.

 

―¿Estás bien?

 

Sin darse cuenta Yvan tiró el libro a un lado y se arrodilló para poder examinar mejor su dedo. La piel se había enrojecido pero empezaba a sanar sin dificultad. Metió la yema en su boca dándole alivio inmediato con su saliva. Ambos se perdieron en sus miradas hasta que el resplandor del libro se hizo más intenso volviendo a captar su atención.

 

El destello se había convertido en un pequeño gravado. Una línea en forma de semicírculo atravesada con otra en línea recta cuya punta estaba decolara con tres diminutos círculos plateados todavía incandescentes había aparecido por arte de magia en el diario de Sophie.

 

―¿Reconoces esto?

 

―Sí ―Alix arrugó la boca al recordar el mismo símbolo tatuado en su piel.

 

―¿Entiendes algo?

 

―Por lo que sé creo que podría tratarse de un vínculo establecido por la ninfa. Tal vez quiere decirte algo con él. O tal vez tan solo cierra un ciclo… No sé Yvan tú fuiste quien estuvo con ella. Tú sabrás que acordasteis.

 

―Nada. Ella intentó que intercambiásemos sangre…

 

La cara de Alix se desdibujó por el dolor y a Yvan se le partió el corazón.

 

―Ey… no pasó nada ―le susurró al oído―. Jamás lo habría permitido. Mi sangre solo te pertenece a ti nena. O tú o nadie.

 

Yvan la besó inesperadamente. No fue un beso apasionado. Fue un beso desesperado lleno de angustia y dolor pero a Alix le bastó para volverse a sentir amada. Le colocó el pelo tras la oreja y como si nada hubiese pasado abrió el libro.

 

 

      París, 22 septiembre 1810

 

<Hoy cumplo siete años. Este es el regalo de mama. Te echo de menos papa >

 

 

        París, 23 septiembre, 1810

 

<Mama cree que escribo muy bien y que el diario me servira para patricar. Me gusta el regalo. Te quiero papi>

 

 

―¿Lo has leído? —preguntó Yvan de pronto.

 

―Solo las primeras páginas. Eva y yo queríamos comprobar que de verdad era Sophie.

 

Yvan pasó varias páginas de golpe y clavó la vista en la amarillenta hoja.

 

 

 

París, 10 noviembre, 1810

 

<Hola papa, he mejorado mucho. Ya no me canso tanto cuando escribo. Quero que hablemos. Que me cuentes cosas. Voy a dejar el diario en la ventana. Escribe lo que queras. Te quiero mucho papi>

 

 

Al ver el rumbo que tomaba el asunto Alix se sintió incómoda. Ella no formaba parte de aquello. Yvan no le había dado permiso para invadir su espacio de aquel modo. Le había besado sí ¿pero qué significaba un beso? Ella los daba a montones para poder beber. Se levantó y colocándose el vestido contempló a Yvan. Parecía no haberse dado cuenta de su cambio de posición.

 

―Es hora de irme.

 

―No me molestas.

 

― Debes estar a solas. No sabemos qué encontrarás ahí dentro y tienes derecho a decidir con quién compartirlo.

 

Yvan volvió a centrarse en el libro y Alix dio por hecho que estaba de acuerdo con ella. Sin embargo, a él su presencia no le molestaba en absoluto. Al contrario, le infundía coraje. Pero aquellos inseguros trazos lo tenían absorto así que sin darse cuenta dejó que se marchara.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXII

 

 

 

 

 

 

 

París, 15 de mayo de 1815.

 

 

 

Hola papá, por fin he decidido recuperar mi diario. Siempre he sabido dónde lo guardaba mamá pero no me atrevía a desobedecerla. Ella cree que me perjudica, que no me deja avanzar. Se equivoca. En realidad me lo prohíbe porque le da envidia. No lo hace queriendo pero le duele pensar que yo pueda tener algún tipo de comunicación contigo y ella no. “¡Estás loca!” Me ha llegado a decir. ¿Sabes? La perdono, porque ella te echa tanto de menos como yo.

 

En fin, después de un año sin decirte nada esta noche volveré a dejarte el libro en el alféizar de mi ventana. Espero que no tengas miedo y te acerques lo suficiente como para verlo y escribirme algunas líneas.

 

Te quiere Sophie.

 

 

 

Yvan volvió a leer las increíbles palabras de su hija y se secó una rosada lágrima de la mejilla. Había leído el diario media docena de veces y sin embargo todavía se emocionaba con el incondicional amor de su Sophie.

 

Cuando leyó las primeras páginas, las que correspondían a la infancia de Sophie, creyó que su hija le escribía porque le resultaba difícil superar su muerte. Los cortos párrafos, las faltas de ortografía y la forzada caligrafía lo habían hecho sentirse muy orgulloso al comprobar lo mucho que se esforzaba su pequeña en explicarle sus fascinantes días de colegio y juegos. Pero a medida que los años avanzaban y la seguridad y perfeccionismo de Sophie crecía sus palabras cobraban otro sentido. Siempre parecía querer darle a entender algo más. Como si de verdad creyese que él podía leer el diario. De hecho, si recordaba aquellos días podía ver a su hija colocando el grueso libro ente los postigos y la ventana de su habitación. Luego se tumbaba en la cama mirando hacia el exterior hasta que conseguía quedarse dormida. Sin embargo, hasta leer ese preciso día, el quince de mayo de mil ochocientos quince, Yvan no se había dado cuenta de que su hija le hablaba en serio. De que sabía que él la observaba. Después de un año la chiquilla había desafiado a su madre para intentar lograr que su padre le escribiese algunas líneas. Y eso lo llenaba de dolor. Pues él había estado allí casi cada noche. Había velado su sueño. Incluso la había visto escribir. Y jamás se le ocurrió leerlo.

 

Aunque por desgracia su tortura no acababa allí. Sophie fue creciendo y como buena adolescente y, más tarde mujer, sus palabras cada vez eran más duras y directas. Unas veces estaba feliz. Otras decepcionada. Muchas enfadada y frustrada por no conseguir respuestas. Pero casi siempre se mostraba dulce y cariñosa, ofreciéndole palabras de alivio y consuelo. Como si percibiese el miedo de su padre a ser temido por los seres que más amaba.

 

 

 

París, 10 noviembre, 1816

 

 

 

Buenas noches papá. Hoy necesito unas palabras tuyas más que nunca. He vuelto a discutir con mamá. La pelea ha sido espantosa. Las dos hemos dicho cosas horribles y lo peor de todo es que ahora, en la soledad de mi cuarto, no sé si tiene razón. No entiende porqué escribo este diario. Dice que lo va a destruir, que estoy obsesionada y que ya no soy una niña para este tipo de juegos. Que si sigo aferrándome a un fantasma no podré ser feliz nunca. Le he contestado que en eso se equivoca pues yo soy más feliz que ella que vive con el dolor de la pérdida mientras que yo simplemente me esfuerzo por entender una ausencia. Pero lo que no logra comprender mamá es que tú no eres un fantasma. No eres un producto de mi imaginación. ¿No?

 

Yo sé que estás ahí fuera. Te he visto en más de una ocasión. Cada vez menos, es cierto, cuanto mayor me hago menos sensible soy a ti. Pero sé que eres real. No eres el mismo hombre que recuerdo. Tu cuerpo ha cambiado. Pareces más fuerte y grande. Y tu mirada da un poco de miedo. Pero eres tú, estoy segura. No podría explicarle a mamá en qué te has convertido ni por qué no estás a nuestro lado pero sé que lo haces por nuestro bien.

 

O tal vez me he vuelto loca. Tal vez me aferro a ti porque me resulta imposible crecer sin un padre a mi lado. Tal vez necesito pensar que me proteges y me cuidas como cuando era una niña. Como cuando cogías mi mano con fuerza al notar que algo me asustaba.

 

Tú no me asustas, así que ven a hablar conmigo. Necesito saber que eres real.

 

Siempre te esperaré. Te quiere y te extraña tu hija.

 

P.D: necesito que cojas mi mano una vez más. Jamás podré asustarme de ti, no tengas miedo.

 

 

 

Después de ese día en el que su hija de dieciséis años le daba una lección de tolerancia y amor las entradas en el diario eran cada vez más escasas. Parecía que poco a poco perdía la ilusión, y a excepción de las felicitaciones de navidad y cumpleaños y otras fechas señaladas, o algún dato significativo como su graduación (con excelente nota) o la primera cita oficial, no escribía nada más. A Yvan se le partía el corazón por no haber respondido a su llamada. Era consciente de que por culpa de sus temores se había perdido una hija maravillosa. Si él hubiese sabido lo que ella pensaba…

 

Años perdidos por culpa de sus prejuicios. Vivencias adulteradas y amores limitados por no saber diferenciar entre lo que era bueno o malo. Entre lo correcto y lo incorrecto. Si hubiese sabido entender que él no era un monstruo a pesar de todo. Sí, era un vampiro, pero no era “el cruel vampiro”. Seguía siendo Yvan.

 

Sin embargo, ya no servía de nada lamentarse. No podía cambiar aquellos años y se sentía tranquilo pues, aun en las sombras, había hecho lo posible por cuidar de su familia. Eran nuevos tiempos con nuevas expectativas y no dejaría que el miedo a perderse le hiciera desperdiciar la felicidad. Era el momento de saltar las barrares que el mismo había levantado y romper los lazos que lo separaban de lo que más amaba.

 

Tocó cariñosamente las últimas letras de aquel viejo libro y se dio el lujo de volver a leerlas antes de empezar una nueva vida.                                                                                    

 

 

 

París, 22 de enero, 1839

 

 

 

Queridísimo padre. Después de muchos años de silencio me animo a escribirte unas líneas. Desgraciadamente no son felices pues mamá ha fallecido. Has estado en el entierro así que sé que no te cuento nada que no sepas. Durante todos estos años he creído conveniente cumplir su deseo y abandonar este hábito. Y sinceramente, llegué a darle la razón, pues cuanto menos te escribía menos te veía. No sabría decirte con exactitud el tiempo que hace que no te distingo oculto entre las sombras pero no exagero si digo que casi tantos como no te escribo. He llegado a pensar que había perdido la razón, que soñaba con tu rostro observándome tras la ventana u oculto entre las ramas de los árboles del camino. Pero a pesar de todo, a pesar de no verte durante tanto tiempo, en lo más profundo de mi alma sabía que estabas ahí. Y cuando te he visto encaramado en el campanario de la iglesia he comprendido la verdad.

 

Ya no soy una niña. Tengo treinta y nueve años (pero eso tú ya lo sabes). Estoy felizmente casada y disfruto de dos maravillosos hijos. El mayor, Gerard, se parece mucho a ti ¿a qué sí? Les he hablado de ti y les he contado las historias que inventabas para mí. Te adoran. Pero a partir de ahora lo harán aún más. Voy a encargarme de que sepan la verdad. Investigaré hasta el último de mis días para saber qué pasó porque necesito saber que extraños motivos te impulsaron a alejarte de nosotras.

 

No volveré a escribir. Aceptaré tu decisión, pues si la has tomado debe ser la correcta. Así que dejaré que te mantengas distante. Pero por si casualidad leyeses estos párrafos te diré que nunca dudes de mí. Sé que no eres un hombre corriente, te mantienes joven y consigues moverte con un sigilo y agilidad pasmosa pero para mí siempre serás mi padre y siempre aceptaré tu abrazo. Hagas lo que hagas.

 

                                             Sé feliz.

 

Tu hija que te adora más que nunca pues por fin comprendo tu dolor.

 

Mama me pide que te escriba sus últimas líneas:

 

             «Sé que estás ahí y me basta. Gracias papá.»

 

                                                         Gerard Roux, París 1869

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

XXIII

 

 

 

 

 

 

 

Alix abrió el armario de su habitación y se dispuso a preparar una bolsa de viaje con algunas prendas. Tenía que trasladarse cuanto antes a la mansión de Frédéric, tal y como habían acordado, y por lo visto estaba tardando más de lo que creía pues el enigmático líder no dejaba de llamarla. Metió con desgana una camiseta sin preocuparse de doblarla y dejó caer la bolsa al suelo. Con un inmenso suspiro se dirigió al baño para enjuagarse las manos y la cara. Desde que había dejado a Yvan en su ático inmerso en la lectura del diario de su hija no podía evitar pensar en él. Ni siquiera la corta visita a Eva y la emotiva charla con Salomé la habían hecho desconectar. Entendía que era un hombre reservado y receloso de su intimidad y que debía darle privacidad en aquel momento tan delicado pero le costaba un mundo no poder darle un abrazo para consolarlo en esos duros momentos. Sabía que aquella herida seguía abierta a pesar de los años transcurridos y no sería nada fácil para él revivir aquella época.

 

Se echó agua fría en el rostro y, estirándose los párpados inferiores, contempló su reflejo en el espejo. Sus ojos aún eran de un rojo intenso pero su aspecto era magnífico. La sangre consumida en exceso para poder infiltrarse en la organización sin levantar sospechas todavía mantenía sus efectos. Sin embargo, su sed no estaba saciada, en absoluto, estaba haciendo un gran esfuerzo por no lanzarse a la yugular del primer transeúnte.

 

«Cuanto más tienes más quieres»

 

Sabía que no era real. Sus instintos la empujaban a alimentarse para poder disfrutar de una buena caza. Aunque ella no se dejaría vencer. Ya no. Había aprendido la lección y había pagado un alto precio. En pocos días, seguramente semanas, su cuerpo se estabilizaría y todo volvería a la normalidad. Sabía a qué se enfrentaba y lo tenía perfectamente controlado.

 

Volvió a su dormitorio y reanudó la tarea que tanto le disgustaba. Realmente las condiciones le parecían razonables. No sabía si ella hubiese sido tan permisiva estando en el otro bando. Pero tener que estar bajo la mirada atenta de Frédéric le ponía los pelos de punta.

 

Cuando terminó de cerrar la cremallera de la bolsa un pequeño ruido la alertó. Afinó el oído en busca de alguna otra pista pero el lugar estaba en completo silencio. Seguramente habría sido el motor del frigorífico o algún ruido del exterior…

 

Otro chasquido, esta vez más largo y elevado, resonó en el salón. Parecía como si se hubiese puesto en marcha algún mecanismo. Paso a paso se dirigió hasta allí olvidándose por completo de que podía proyectarse en décimas de segundo. No tenía miedo pero sí le preocupaba que fuese algún miembro de Eternal Life. Ellos podían hacerle daño a los seres que amaba… Si habían logrado reorganizarse tan pronto significaba que la cosa pintaba mucho peor de lo que creían.

 

Cautelosamente asomó la cabeza por el umbral de la puerta del salón. Todo parecía estar en orden. Completamente a oscuras. Completamente vacío.

 

Unos acordes musicales empezaron a sonar desde un pequeño reproductor que desprendía una luz tenue y azulada sobre la caja en la que estaba posado. Alix se desplazó a gran velocidad hasta él y lo miró intrigada.

 

¿Qué hacía aquel objeto allí?