II

 

 

 

 

 

 

 

Tras un largo y tormentoso día Yvan se dejó caer entre los mullidos cojines del gran sillón chill out de su terraza. Desde que Alix se había marchado prácticamente no dormía ―eso que antes ya lo hacía poco― y siempre estaba en tensión y a la defensiva. Como si algo fuese a suceder en cualquier momento. Sin embargo, a pesar de esos inconvenientes, había retomado su vida. Poco a poco fue aparentando normalidad, haciendo creer que había aceptado la realidad. Lo llevaba lo mejor que podía aunque en algunas ocasiones ―en días señalados, en lugares o circunstancias que le recordaban el pasado―… la poca estabilidad que tenía se esfumaba rápidamente dejándolo completamente agotado. No conseguía mantenerse distraído con nada. No tenía ganas de moverse. No salía ni hablaba con nadie. Solo quería estar aislado con sus recuerdos.

 

Ese día era una de esas ocasiones. El sol estaba a punto de ponerse y no tenía ganas de encontrarse con nadie ni de ir al Sang Chaud. Prácticamente no había comido ni bebido nada. Llevaba días sin descansar y tan solo quería cerrar los ojos y pensar en la maravillosa noche que pasó en Ibiza junto a Alix:

 

Hacía un año que lo había proyectado hasta allí. Justo después de los largos días de reposo tras el grave incidente con los licántropos y la dura recuperación de Salomé. Cenaron en un bonito restaurante con vistas al mar. Pasearon por la playa y se dieron un largo baño en el mar donde hicieron algo más que nadar. No obstante, lo que más recordaba de esa noche era la placentera sensación de poder cogerla de la mano, de poder abrazarla, de sentir su olor. Ese olor que ya había desaparecido de todos los lugares donde ella había estado.

 

Encendió el Ipod y cerró los ojos intentando encontrar algo de paz que lo dejase dormir un par de horas o por lo menos que le diera el ánimo necesario para salir a enfrentarse con la realidad. El sonido de “Lonely Night” de Scorpions a todo volumen invadió sus sentidos y se evadió de sus pensamientos.

 

Los auriculares desaparecieron de sus oídos llevándose con ellos la música. Sobresaltado abrió los ojos y se encontró a Salomé arrodillada a su lado.

 

―¿Ya estás escuchando esta mierda melancólica otra vez? ―preguntó Salomé mientras apagaba el reproductor.

 

―¡Dame eso! ―le intentó arrebatar el aparato de las manos.

 

―Ni hablar. No si escuchas estas cosas. Voy a tener que añadir algo más alegre…algo de los Black Eyed Peas o mejor aún, de Lady Gaga.

 

―Salomé por favor… no tengo ganas de jueguecitos ―alargó la mano para que se lo devolviese.

 

―Está bien, toma.

 

Salomé se tumbó a su lado y apoyó la cabeza en su pecho.

 

Además del factor de protector solar alto llevaba un pañuelo en la cabeza, guantes y gafas de sol para protegerse de la tenue luz del atardecer. No quería asumir ningún riesgo al respecto, no después de las abrasiones que sufrió por parte de la Mael y la panda de Eternal Life.

 

―¿Qué ocurre Yvan?

 

―No es un buen día, eso es todo.

 

―¿Es por Alix? ―Yvan cerró los ojos al escuchar su nombre. Pronunciado en voz alta era aún más doloroso―. Sí, siempre es por ella.

 

―Lo hago lo mejor que puedo.

 

―Va a hacer un año desde que se marchó, deberías plantearte la opción de que no regresará.

 

―Eso es lo que mejor llevo.

 

―Yvan porque te engañas a ti mismo. La has buscado en cada viaje que has hecho para Jules. La hemos rastreado por los lugares que sabemos que ella conoce.  Mantenemos dos viviendas a punto por si decide volver… No me digas que lo llevas bien. ¿Desde cuándo no duermes?

 

―Nunca he dormido muy bien, ya lo sabes.

 

―Yvan cariño, tienes que hacerte a la idea de que tal vez no regresa. Ni siquiera sabemos si sigue con vida.

 

―¡No digas eso en voz alta en mi presencia! ―Yvan se levantó y se aferró a la balaustrada. El tráfico era fluido y el ruido atenuaba el eco de la muerte. Era demasiado doloroso.

 

― A mí también me duele pero debemos intentar seguir con nuestras vidas.

 

―Lo intento. Créeme que lo intento. Pero hay días que resultan mucho más duros. Me siento tan solo cuando recuerdo los días…

 

―No estás solo Yvan ―le interrumpió―.Tienes a Jules, a Jon, a Eva, me tienes a mí… Vivimos en un bonito ático, la ciudad está tranquila…Ya sé que no es lo máximo a lo que podemos aspirar pero de momento es lo único que tenemos. Podríamos conformarnos e intentar llevar una feliz existencia.

 

―¿Cómo puedes decir eso de ella? Es tu amiga, lleváis juntas ocho siglos ¿Cómo puedes quedarte tan tranquila cuando dices ―susurró inmerso aún en las anteriores palabras de Salomé, él no podía ni imaginarlas…?

 

―¡Oye, escúchame bien! La mitad de mi alma desaparece cuando pienso en esa posibilidad.  Pero es la verdad. Podría estar muerta o quizá ha superado la conversión. O está en algún lío y decide regresar a casa. No lo sé. Por eso espero con ansia alguna noticia suya. Ella es mi hermana. Empezamos juntas en esta vida y sé que si me necesita acudirá a mí. Pero por ahora no lo hace. Ni siquiera me deja entrar en su mente. Respeto su decisión aunque no la comparta y sé que si me necesita volverá a pedirme ayuda porque no se ha ido huyendo de mí.

 

―Eso ya lo sé y me siento culpable todos los días.

 

―No me refiero a eso ―susurró con arrepentimiento―. Ella tomó una decisión en su propio beneficio. No era capaz de asumir la situación y decidió el camino fácil. Tiró la toalla. Podría haberse quedado e intentarlo. Yo lo hago. Estoy aquí todo el día y no he modificado mis hábitos de alimentación, ni tú los tuyos. Y no creo que la convivencia sea tortuosa para ninguno de los dos.

 

―Es diferente, tú no ansias con probar mi sangre cada vez que me ves.

 

―¿Por qué estás tan seguro? Eres guapísimo y sexy. Me caes bien y nuestros lazos sentimentales aumentan cada día. ¿Por qué no puedo imaginarme mordiendo tu firme cuello?

 

―No digas tonterías Salomé. No estamos destinados y sabes que no sería placentero. Eso hace mucho más fácil tu hipótesis.

 

―Que no resulte exquisita al gusto no implica que mi cuerpo no disfrute con ella ―sentenció.

 

―¡Basta, no quiero que sigas por ese camino!

 

―Solo digo que Alix se fue huyendo de la situación y no parece querer saber nada de nosotros. No le debes nada Yvan, no se lo merece.

 

―¡Cállate! ―Yvan asió la cara entre sus manos y apretó los ojos― ¿Por qué me haces esto precisamente hoy?

 

―Ya iba siendo hora ¿no crees? Tú nunca hablas del tema y tienes derecho a escucharlo ¡Te mereces seguir con tu vida de la mejor forma posible!

 

―No puedo ―masculló...

 

―Sí puedes cariño, tan solo tienes que dejar que te ayudemos y te lo pongamos más fácil.

 

―Lo intento… lo intento pero hay días…

 

―Cielo eso es lo que nos quieres hacer ver pero no lo haces desde el corazón. Es duro lo sé pero tienes que pasar página. Ella no quiere estar aquí, eso es lo primero que debes asumir.

 

―¿Y si le ha pasado algo?

 

―Eso no podemos saberlo, pero te juro por la Orden que si necesita ayuda yo se la daré, es mi obligación no la tuya. Deshazte de esa carga porque ella no quiere que la lleves.

 

Yvan se giró para mirarla. Salomé tenía razón pero era muy duro asumirlo. Era su Novia y no sabía dónde estaba o cómo se encontraba y era una terrible tortura. Sin embargo, lo peor era no poder tenerla a su lado. No habían completado el Vínculo y eso debía facilitarle las cosas pero no era así. No anhelaba su sangre, ni conocía sus recuerdos ni emociones, ni conectaba con su estado de ánimo pero ansiaba con besarla, con olerla, con verla. Sí, se conformaría con verla simplemente una vez más. Pero no era posible y debía aceptarlo. Ella no quería estar a su lado, ni siquiera les había llamado o escrito. Debía escuchar a Salomé y seguir su consejo. Estaba cansado de fingir que se encontraba bien. Necesitaba dar un paso al frente y asumir que la había perdido y así poder disfrutar de su vida. Se sentó en el suelo y escondió la cara entre sus piernas. Después de meses fingiendo transformó toda la pena y frustración en discretas lágrimas.

 

―Yvan perdóname… yo no quería verte así pero necesitaba intentarlo, necesitaba que reaccionaras ―Salomé lloraba desconsolada―. No quería hacerte daño.

 

―Ven aquí.

 

La miró con los ojos humedecidos y abrió sus brazos para recibirla en un abrazo. La sujetó fuertemente y le acarició la cabeza con ternura.

 

―No me gusta que nos peleemos ―le susurró.

 

―No pretendía herirte.

 

―Lo sé. Pero yo no puedo hacer lo que me pides con facilidad.

 

―También lo sé. Solo quiero ver que lo intentas. Ya he perdido a mi amiga no hagas que te pierda a ti por intentar ir tras ella.

 

―Lo conseguiré. Solo necesito encontrar la manera…

 

―Necesitas descansar. Vete a la cama e intenta dormir un poco. Llamaré a Jules y le diré que hoy no puedes ir. La cosa está muy tranquila no pasará nada porque faltes un día.

 

―No puedo meterme en esa cama.

 

―No tiene que ser en la tuya ―se proyectó con él hasta la habitación en la que se había instalado y lo recostó sobre las sábanas― duerme cielo, te irá bien.

 

 

 

Salomé se aseguró de que Yvan dormía profundamente y se proyectó a la planta baja de Passy. Revisó el armario de Alix. Como siempre, no notó ningún cambio. Se bebió una de las bolsas de sangre que guardaba en el frigorífico y sustituyó las otras dos por unas nuevas. Decepcionada una vez más se sentó en el sofá y observó la estancia.

 

Se había deshecho del antiguo mobiliario. Solo conservaba el gran sofá marrón y una pequeña mesa de centro. El resto del salón estaba decorado por infinidad de cajas sin abrir que periódicamente habían llegado desde Viena.

 

Le invadió la nostalgia.

 

El día que Alix se marchó permaneció junto Yvan en el aeropuerto durante horas. Él no decía nada. Completamente estático, sentado en una silla, tan solo meditaba. Ella se limitó a mirarlo y a esperar a que tomara alguna decisión. No le gustó la solución que adoptó Alix a los problemas, ni tampoco la forma en la que la ejecutó pero no iba hacer nada al respecto. Confiaba en que tarde o temprano se pondría en contacto con ella para explicarle mejor la situación y dónde podía localizarla. Jamás le enseñó su nota a Yvan, la destruyó en cuanto tuvo la ocasión, pero en su mente conservaba las escasas palabras que su amiga le había obsequiado como despedida:

 

Mi primer destino será Nueva York pero no me quedaré allí. No te preocupes por mí. Debo tomar decisiones y para ello tengo que ponerme a prueba. Necesito dar este paso yo sola. Haga lo que haga y pase lo que pase recuerda que siempre te llevaré en mi corazón.

 

Perdóname

 

 

 

Salomé sabía con certeza a qué se refería Alix. Iba a dejar rienda suelta a sus necesidades y por eso se alejaba, no quería dañarlos. Aunque no se lo confirmaría jamás a Yvan. Él podía sospecharlo pero siempre se aferraba a otras posibilidades y así era como debía seguir siendo. Así que atada de pies y manos sin poder demostrar sus verdaderos sentimientos de rabia y preocupación, esperó a que Yvan regresase a la realidad.

 

―¿Qué hacemos? ―Le preguntó él con un hilo de voz ya pasado el mediodía.

 

Ella le cogió las manos y se lo llevó a casa. Y allí se quedó. Ni siquiera hablaron de ello. Uno a uno fueron pasando los días y Yvan fue acomodando la casa a sus necesidades. Compró unas cortinas gruesas de color azul cielo para el salón. Llenó la nevera de sangre. Empezó a comprar su vino preferido y los cereales de chocolate que comía compulsivamente desde hacía años. Hasta vació el gimnasio para convertirlo en su dormitorio. Y ella se limitó a regresar cada noche durante unos minutos a su casa para comprobar si Alix había regresado y para asegurarse de que tuviese lo necesario si decidía hacerlo.

 

Le gustaba vivir con Jon y con Yvan. Se sentía cómoda y protegida y no entraba en sus planes regresar a su hogar. Allí echaría mucho de menos a su amiga… echaría mucho de menos a Yvan.

 

Cerró los ojos e intentó conectar su mente a la de Alix. Lo había conseguido una vez y debería resultarle algo más fácil hacerlo ahora que las dos eran receptivas. Aunque sabía con seguridad que ella no se lo permitía. Notaba como la bloqueaba. Debía estar al máximo de sus capacidades. Si estaba en pleno proceso de conversión todavía podía disfrutar de un poder extraordinario. La ingesta indiscriminada de sangre humana le proporcionaría vitalidad y energía extra hasta que perdiera por completo el control. Luego perdería progresivamente algunas de sus facultades psíquicas y se haría más vulnerable al sol.

 

Abrió los ojos y se alegró de que así fuera. Al menos podía saber que aún no la había perdido para siempre. Aún podía arrepentirse y retroceder. Volver a casa.             

 

Regresó al ático y comprobó que Yvan seguía dormido. Se acercó a él con la intención de darle un beso. Se arrepintió de inmediato. Despertaría al notarla tan cerca.

 

Tocó a la puerta de Jon. No obtuvo respuesta. Sacó el móvil y lo llamó.

 

―Hola preciosa.

 

―¿Dónde estás? ―exclamó.

 

―¿Desde cuándo eres mi madre?

 

―Perdona, Yvan no ha estado muy bien y sigo algo tensa.

 

―No lo he visto en todo el día, no he dormido en casa. ¿Por qué no me has llamado antes?

 

―Ha sido todo muy precipitado. He despertado y lo he visto ahí sentado… totalmente apático…

 

―¿Qué hace ahora?

 

―Duerme.

 

―¿Duerme? ¡No es cierto! ―esperó a que Salomé dijese algo pero se mantuvo callada― Has debido macharlo a base de bien, ese hombre no duerme ni aunque lo aten.

 

―Al menos he conseguido algo. Seguro que mañana ya ni se acuerda de lo que hemos hablado. ¿Podrías organizar algo para mantenerlo distraído?

 

―Veré que puedo hacer… yo me encargo no te preocupes.

 

―¿Puedes avisar a Jules?

 

―Tranquila, se pondrá feliz al saber que está durmiendo.

 

Colgó algo más serena y se sentó frente al televisor con un bol lleno de leche con cereales y una caja de bombones, intentando una y otra vez traspasar las barreras mentales de Alix.