Abrió los ojos al notar los rayos de sol sobre su piel. Fijó la vista un instante en el techo para ubicarse y confirmó que estaba en la suite de su hotel. Descansado e inusualmente tranquilo se incorporó y quedó sentado en el borde de la cama pues los pies permanecían apoyados en el suelo. Primero sonrió. Luego carcajeó al recordar la enigmática noche. Contento por haber salido aparentemente ileso de las manos de Eruannë se levantó dispuesto a darse una ducha. Fue entonces cuando percató que estaba completamente solo y que llevaba los pantalones puestos. Observó su reflejo en el espejo del baño intentando descifrar el misterio. Resultó imposible.
« ¿Quizá ha sido un sueño? No, imposible, Jon y Brian la vieron. ¿Cuándo he vuelto a ponerme la ropa? Aunque tampoco recuerdo que me la quitara…Tan solo recuerdo…»
Se pasó la mano por la cinturilla del pantalón y la separó un poco de la piel. Bajó la vista para asegurarse de que el reflejo de un pequeño tatuaje sobre el hueso de la cadera, justo en el punto donde empieza la ingle, era real. Alucinado desplazó un dedo sobre la línea en forma de semicírculo atravesada con otra en línea recta cuya punta estaba decolara con tres diminutos círculos plateados.
«Vaya esto sí que es una novedad»
Durante la ducha no dejó de darle vueltas al significado de aquella marca pero una vez se vistió con los vaqueros y la camisa gris del día anterior desechó la idea. Era absurdo preocuparse por algo que él desconocía, ya se informaría cuando regresase a París.
Jon lo vio atravesar la puerta de la terraza y le hizo señas para que se acercara a la mesa. Se sintió muy complacido al descubrir al Yvan de siempre. Se mostraba orgulloso y seguro de sí mismo. Sus andares volvían a ser elegantes y juveniles y llevaba el pelo algo húmedo y revuelto. Lo que encajaba a la perfección con su amplia y sexy sonrisa.
―Chicos ―saludó al sentarse de un modo despreocupado con la espalda apoyada en el respaldo.
―No es posible ―exclamó Jon.
―Me debes diez mil euros ―exigió Brian señalando a Jon con el dedo.
―Así que apostando a mi costa ―se incorporó y le quitó la taza de café a Jon―. Me alegra saber cuánto me apoyas.
―Tío, esa mujer no es una mujer normal ¡Es una ninfa! Como iba a imaginármelo.
Yvan se quitó las gafas de sol para mirarlo fijamente.
―Me hieres profundamente. Brian, ¿vas a comerte eso? ―señaló la mitad de un sándwich vegetal.
―¡Tío puedes comerte lo que quieras acabas de regalarme una pasta!
―En realidad no sé si llegué a tocarla.
―¡Ja! Lo sabía, demasiado rápido jovencito ―Jon le guiñó un ojo a Brian.
―Un momento, un momento. ¿Qué cojones significa eso?
―Sé que estuvimos juntos en la suite. Hablamos ―dio un mordisco al sándwich―. Nos besamos, nos tocamos… El resto está confuso. Me he levantado vestido, así que…
―Eso no significa nada, puedes haber olvidado esa parte.
―Chaval no insistas y extiende un cheque a mi nombre ―Jon puso la mano frente a Brian con la palma hacia arriba.
―¡Joder Yvan! ¿Me estás puteando o qué? Si no has follado que significa esa expresión en tu cara. Hasta se te ve más alto.
―Bueno…yo tengo ese recuerdo pero ella no estaba al despertar.
―Otra objeción sin importancia ―afirmó con seriedad mirando a Jon, se resistía a perder tanto dinero.
―Yvan hay mucho en juego ―sentenció Jon.
―De acuerdo. Jon paga a Brian yo tengo el recuerdo de un increíble orgasmo y creo que eso basta.
―Ni hablar, eso es un buen sueño.
Los tres siguieron durante un largo rato con la discusión mientras un camarero le servía un tardío desayuno a Yvan. Casi cerca de las tres del mediodía se levantaron dispuestos a emprender el regreso a casa.
―¿Quieres regresar conmigo en el coche? ―le preguntó a Jon mientras entraban al hotel.
―No puedo. He quedado con Jules en un rato y debo prepararme para la cena de esta noche. Por cierto intenta no llegar tarde.
―Quedamos allí. Primero quiero pasar por casa a ver a Salomé, llevo un par de días sin saber nada de ella.
―Yo puedo comprobar que está bien, llegaré a casa en pocos minutos.
―Aun así, quiero verla ―Jon negó repetidamente con la cabeza.
―¿Qué? ―exclamó.
―Cuidado Yvan, esa preocupación no significa lo mismo para ti que para ella. Solo conseguiréis haceros daños y no quiero perderla como amiga.
―Que pesado eres tío.
Yvan entró en casa algo cansado después del pesado viaje. A diferencia del trayecto de ida el regreso había resultado ser largo y tedioso. Unas interminables horas en las que pensar en su estrambótica vida. Te-nía tantos frentes abiertos que en cualquier momento le sería imposible avanzar. Le golpearían en la cara sin previo aviso.
Por un lado, y como siempre, debía controlar la sed.
Por otro, por mucho que lo negase, estaba Alix. Bueno estaba el olor de Alix, las caricias de Alix, el sabor de la sangre de Alix, los preciosos ojos verdes de Alix, la sensual boca de Alix, el sexo con Alix…Demasiados caminos para un solo destino.
Tampoco podía olvidarse de Eva: la necesidad de vigilarla y protegerla del submundo aumentaba con la misma velocidad que ella ampliaba su poder. Cosa que cada vez ocurría con más frecuencia.
Luego estaba el trabajo.
Los amigos, sobre todo Jon. Le preocupaba bastante el empeño que tenía en consolidar una amistad con Chloé. ¿Desde cuándo los vampiros eran amigos de los licántropos? O peor ¿desde cuándo un vampiro era amigo de la licántropo emparejada de por vida con un licántropo con muy malas pulgas?
La ninfa y su nuevo tatuaje…
Y para colmo, si Jon tenía razón, Salomé. Sí Salomé, por la única que no se había molestado en mirar más allá. Con la única con la que no se preocupaba en fingir. Por la única que se dejaba llevar. Por la única que no había terminado perdiendo la cabeza completamente porque era la prueba de que todo había sido real. Por su amiga, por su gran amiga. ¿Por qué no podía bastar solo con eso?
Durante todo el camino de regreso a casa había pensado en la necesidad de poner las cosas en su sitio antes de que fuese demasiado tarde. ¿Pero cómo iba a hacerlo? No se sentía un ser muy sensato y racional en esos momentos y para ser sinceros tampoco se había dado cuenta de nada personalmente. Todo estaba basado en la teoría de Jon. ¿Y si se equivocaba? Aún le quedaba un poco de esperanza. Aunque por otra parte también existía otra opción. Podía intentarlo. Salomé era sexy y atractiva, divertida, cariñosa… ¡No! Imposible tan siquiera imaginarlo. No hallaba ese tipo de sentimientos por ella y no los forzaría. Y tampoco quería tratarla como a una chica a la que conoces por casualidad y mantienes algo esporádico. Divertido y lascivo sí, pero al fin y al cabo nada más que sexo. Eso no era lo que significaba Salomé para él.
Desde el momento en el que apoyó la cabeza en su hombro buscando consuelo tras pasar semanas de agonía y dolor infringidas por el despreciable ser que al parecer la quería y se durmió, sin importarle que fuera un desconocido y además miembro de una facción diferente. Desde ese momento, Salomé había pasado a formar parte de su corazón. Porque le causó ternura, porque pudo empatizar con su dolor y temor, porque vislumbró la magnífica mujer que era… pero sobre todo porque ella lo había aceptado sin conocerlo. Y a él le había calado en lo más hondo. No permitiría que nada lo estropease. Menos aún el sexo. Porque con ella solo podría haber sexo, y de eso eran conscientes los dos.
Dejó las llaves y la bolsa con la ropa comprada en Montecarlo sobre la mesa del recibidor y se apresuró a encender las luces. No le gustaba nada la oscuridad a pesar de poder ver a través de ella perfectamente. No le sorprendió que toda la casa permaneciera a oscuras pues era el único residente con ese problema. Jon no estaba en casa, seguro, pero le extrañaba no detectar a Salomé. Se fijó en que las tupidas cortinas azules del salón cubrían completamente el ventanal que daba a la terraza y frunció el ceño sorprendido. Tras un breve recorrido con la vista por la estancia y agudizar el oído las corrió de golpe dejando entrar la luz de la noche.
Y allí la tenía. Sentada en la gran mesa de madera de teca. Colocando cuidadosamente las flores de un ramo de lirios en uno de los jarrones. Ella misma los plantaba en un pequeño espacio que habían habilitado para que pudiera entretenerse con su gran afición: la jardinería. Y no se le daba nada mal. Rosas, tulipanes, orquídeas y lirios eran sus preferidos. Aunque a veces podían verse otras más exóticas que él, pensó afligido, no se había molestado en preguntar cómo se llamaban.
Deslizó la corredera de cristal y una oleada de brisa cítrica lo abofeteo. Apoyó la mano en el marco para tomarse unos segundos. Rogó por no caerse al suelo. Cerró los ojos y, temeroso, volvió a inhalar. Y ahí estaba de nuevo, le faltaba la fresa, pero sin duda era su aroma. Con valentía examinó la terraza y confirmó que allí tan solo estaban Salomé y él. Sin mover ni una pestaña para que su amiga no notase lo que estaba pasando fijó la vista en el horizonte en busca de la más minúscula señal de que Alix estaba allí. Como pensaba, no obtuvo ningún resultado. Definitivamente estaba peor de lo que creía. Por mucho que intentaba seguir adelante no podía dejarla marchar.
Se pasó las manos por la cara intentando recuperar la compostura. Posó el hombro sobre el marco y cruzó las piernas aparentando una actitud despreocupada y casual. No quería preocupar a Salomé. Sabía que ella había notado su presencia y sin embargo, se mantenía distraída en su empresa sin prestarle el más mínimo interés. ¿Estaba enfadada?
―Buenas noches guapa ―intentó sonar divertido.
―Hola ―contestó ella tajante.
―¿Qué haces aquí con las puertas cerradas?
―No necesito abrirlas ¿recuerdas?
―¿Me acompañas? Me gustaría enseñarte una cosa ―intentó relajar el ambiente cambiando de tema.
―Tengo planes para esta noche, quizá mañana.
―Puedo acompañarte en mi coche nuevo ―hizo que la frase sonara chulesca pero Salomé no parecía tener ganas de juegos.
―Tampoco necesito transportes alternativos.
―Salomé…siento no haberte llamado pero he estado algo ocupado ―caminó hacia ella con paso tranquilo.
―No importa, lo entiendo.
―Salomé…
Ella giró bruscamente la cabeza y lo miró fijamente mostrándole su enfado y dolor. Por primera vez Yvan se dio cuenta de lo hermosa que estaba esa noche. Múltiples y finísimas trenzas doradas se unían en un simple y espontaneo recogido que caía sobre su blanca, firme y completamente desnuda espalda. Sus ojos, enmarcados con kohl azul, brillaban como nunca antes los había visto. Y los labios, de un rojo intenso, se mostraban jugosos y deseables. Yvan bajó la mirada y se detuvo, más de la cuenta, en observar el espectacular vestido negro que llevaba puesto su amiga. El cuerpo estaba hecho de encaje y se podía apreciar perfectamente lo que había debajo. La delicada prenda cubría sus hombros con unas pequeñas mangas y la espalda quedaba completamente descubierta a excepción de un sensual lazo anudado a la altura de los omoplatos ―cualquier hombre normal desearía deshacerlo con su boca―. Sobre las caderas, nacían volantes de tul negro de diferentes tamaños que caían hacía abajo a modo de falda. Y todos, a pesar de estar sentada, parecían extremadamente cortos.
―Cielos Salomé ¿Adónde vas? ―ella frunció los labios, disgustada, y volvió a recolocar las flores una vez más― ¿Tan enfadada estás que no puedes ni mirarme?
―Déjalo Yvan. Jon te espera en casa de Chloé, no quiere que llegues tarde.
―Salomé, por favor… no quería preocuparte ―la sujetó por los hombros y le dio un beso en la cabeza―, no volveré a romper mi promesa. Aunque lamento informarte de que tú también la has roto. El trato era mantenernos informados de día y de noche, ambos. Así que vas a tener que perdonarme de inmediato.
―No tiene importancia. A pasado el tiempo, yo estoy bien, no parece haber peligro…era una tontería infantil. Ya no tiene sentido. Yvan no te preocupes.
―Pues no parece eso ―él sabía desde el principio que no tenía nada que ver con la promesa incumplida de llamarse siempre que estuviesen separados antes y después de dormir. La actitud de Salomé lo indicaba claramente pero no sabía de qué otra manera romper el hielo.
Salomé dejó caer suavemente las manos sobre la mesa y los nudillos se le pusieron blancos de la presión que ejercía sobre ella. Estaba tensa y nerviosa y Yvan no quería verla así durante más tiempo. Era su niña alegre y risueña. Si ella le fallaba en eso…
―Tal vez me he dado cuenta un poco tarde. Necesito hacerme a la idea eso es todo.
―¿Me prometes que cuando regrese me sonreirás y me darás un abrazo?
―No estaré. He quedado, ya te lo he dicho.
―Estás preciosa. Me encantaría ir contigo ―Yvan se arrepintió nada más escuchó las palabras salir de su boca. No quería que sonara como había sonado.
―Has quedado. Y no creo que la fiesta sea de tu gusto.
―Me bastaría con pasar un rato contigo y hacerte sonreír.
« ¿Pero qué me pasa?» Pensó, dándose cuenta de que no podía evitar parecer que estaba coqueteando con ella.
―Olvidas con frecuencia que pertenecemos a mundos diferentes. No creo que te guste ver cómo me alimento.
La frase le dolió como pocas cosas le habían dolido en la vida. Era cierto, a menudo olvidaba la condición de Salomé pero… ¿desde cuándo importaba? Ese tema no era un problema entre ellos. Jamás lo había sido.
―Te sorprendería saber de lo que soy capaz de hacer por ti ―escupió ofendido sin preocuparse por dar a entender lo que no era. Le dio un casto beso en la mejilla y se giró decidido a marcharse―. Hasta mañana.
Salomé apareció frente a él y le dio un fuerte abrazo antes de que pudiese entrar en casa.
―Por si acaso ―le dijo mostrándole un amplia pero forzada sonrisa.
―Así no vale ―le pellizcó suavemente las mejillas―. Llámame cuando llegues, yo sigo necesitando saber que estás a salvo.
―Yvan…
―Chist…no importa. Tómate el tiempo que necesites pero no cargues sobre mí una culpa que compartimos.
―No es eso Yvan ―lo sujetó con más fuerza y hundió la cara en su pecho―. Estaba un poco preocupada pero sabía que necesitabas un tiempo con los chicos y que era normal que te olvidases de lo cotidiano. Jon ha estado hablando conmigo y me ha contado tu cambio de actitud después de la pelea con Brian…no sé… no es propio de ti. Luego me ha hablado del Ferrari y las compras…
Yvan entrecerró los ojos y tomó aire profundamente. Veía claramente hacía donde se dirigía esa conversación. ¡Puto Jon! En esos momentos lo odiaba. Por tener razón y por tener la lengua muy larga.
―Y al final, y después de muchas preguntas, me ha contado que conociste a una Ninfa…
―Salomé, yo quería hablar contigo…
―¿Por qué ya no me llamas Sa?
―¿Qué? ―la pregunta lo pilló desprevenido y la apartó para poder verle la cara.
―Antes me llamabas Sa, todos lo hacíais. ¿Por qué tú has dejado de hacerlo?
―Pensaba que no te gustaba.
―Y yo que eso no importaba.
Le sujetó cariñosamente ambos lados de la cara y la miró fijamente.
―Lo siento. Siento mucho haberte hecho creer algo que no era y que ahora sufras por ello. Te juro que no me daba cuenta de que estaba entrando en este juego tan peligroso.
―¡No! ¿Qué haces? ―le acarició el antebrazo con dulzura―. No tienes que disculparte por nada.
―Sí. Sí tengo que hacerlo. Hace un momento seguía actuando del mismo modo a pesar de tener que estar haciendo todo lo contrario. Pero no es mi intención. No quiero jugar contigo, mucho menos hacerte sufrir. Supongo que lo provoca la confianza. Una forma de hablar entre amigos, camarería, no sé… pero no significa lo mismo cuando el otro…
―Yo no estoy enfadada contigo por eso cariño ―acarició su barbilla con el pulgar―. No podría estarlo. Siempre has dejado las cosas claras. Yo sé que esas palabras no pretendían insinuar nada.
―¿Qué ocurre entonces?
―Estoy triste ―bajó la mirada―. Saber que has dado ese paso después de meses de sufrimiento y que lo has dado con… bueno con alguien diferente a mí, me ha dolido un poco. Pero tú no tienes nada que ver. Simplemente es que he puesto los pies en la tierra.
―Tenía que hacer algo con mi vida. Llevo meses petrificado, tú lo sabes ―Salomé le tapó la boca con la mano cariñosamente.
―No tienes que darme explicaciones.
Yvan se agachó un poco, no mucho pues no era mucho más alto que ella, y escondió la cara en su cuello terriblemente cansado.
―Sabes que es imposible ―le susurró―. Yo jamás podría darte lo que te mereces. Alix se ha ido pero estoy atado a ella para siempre. No puedo fingir que no la he encontrado. Ha revuelto todo mi interior y no ha quedado nada que compartir. Tú conoces el sistema. Me ha destrozado la vida. Y no quiero que tú tengas esas migajas.
―Lo qué me entristece de verdad es que ni siquiera te lo plantees. Que no barajes la posibilidad de que a mí no me importa, que me basta. Yo creo que podríamos ser felices. Tú y yo nos entendemos bien, nos complementamos, porque no rematarlo con sexo. Puedo soportarlo, siempre ha sido así. O es que se te olvida que yo todavía no encontrado a quien amar de verdad.
Yvan la cogió por las manos y la llevó hasta el sofá del salón. Se sentaron y él mantuvo las manos entrelazas. No podía soltarla. Quería mostrarle que a pesar de todo la necesitaba y la quería. No podía perderla. Ella debía entender la situación.
―Eres mi mejor amiga. Te quiero. Inexplicablemente te quiero desde la primera vez que te vi en mi salón. Estabas herida y asustada después de que alguien a quien querías te traicionara y a pesar de eso tú te acercaste a mí sin cuestionarte quien era o como vivía. Me conoces, creo que mejor que nadie y deberías saber sin necesidad de que yo te lo explique que yo jamás podría tratarte como si fuese un lio insignificante. ¡Si me exaspera ver como lo hacen otros! ¿Cómo podría hacértelo yo? Necesitas encontrar a tu Novio, eso sería lo mejor para ti.
―Ni que fuese tan sencillo ―un mohín de disgusto se dibujó en su boca―. Me gusta sentirme atractiva y disfrutar de mi sexualidad. Nunca he sido muy puritana. No me quedaré casta para toda la eternidad. Me gusta el sexo y no sé si algún día encontraré a ese ser misterioso. Mientras tanto porque no ser feliz y disfrutar. Sinceramente, no se me ocurre nadie mejor que tú. Yo no te estoy pidiendo más de lo que yo te puedo dar. Tan solo me gusta estar contigo…
―Pero tú no me pides solo eso Salomé ―la interrumpió―. Sería algo más. Nuestra conexión es mayor. Vivimos juntos… estaríamos fingiendo algo que no tenemos en realidad.
―Puedo mudarme.
Yvan no pudo evitar reírse a carcajadas. Los pucheros de sus labios podían con él. Parecía una niña mal criada. La cogió y la sentó en su regazo dejándose caer hacia tras con ella apoyada en el pecho. Agarró una de las trenzas y la miró entretenido.
―No puedo arriesgarme a perder tu amistad por un capricho. No estás pensando con claridad.
―¿Porque tendrías que perderla? Yo no lo permitiría.
Yvan miró con sus profundos ojos negros hacía el exterior y pensó en Alix.
¿Qué pensaría ella de la situación? ¿Qué pasaría si regresase?
En lugar de profundizar en esos pensamientos y permitir que regresase el dolor proyectó sus propios miedos en su amiga.
―¿Y si lo encuentras? A tú groom quiero decir. ¿Qué pasará conmigo, me quedaré solo otra vez?
Salomé lo miró confundida. Sus ojos se abrieron como platos y se volvieron de un azul marino intenso.
―Yvan…cariño ―se arrodilló a su lado y le pasó las manos por el pelo― ¿Es eso?
―No. Es todo Salomé. No puedo hacerlo. No encuentro nada en mi interior que despierte ese tipo de sentimientos. Pero… y si lo intentase y dentro de unos días o unos meses, o peor, de unos años lo encuentras, ¿Cómo crees que me sentiría yo?
Salomé apoyó la mejilla en su hombro y cerró los ojos. Permanecieron en silencio unos minutos. Aunque no era un silencio incómodo. Más bien todo lo contrario.
―Tienes razón ―le besó sonoramente la mejilla―. Me he comportado como una imbécil egoísta. Me he encaprichado y no estoy acostumbrada a las negativas, no he sabido encajarlo. Perdóname.
Se levantó grácilmente y se colocó la falda del vestido. Yvan la miró divertido. Era la persona más cariñosa, divertida, infantil y volátil que había conocido nunca. Y sin embargo, la mezcla era perfecta. Resultaba casi imposible no sentirse atraído por su increíble aura.
―¿Debo dar parte a Jules sobre esa bacanal a la que tienes pensado asistir?
―¿Qué? ―exclamó asustada― ¡No!
―¿Segura?
―¿Estás de broma verdad?
―Según tú misma me has dicho no puedo ir contigo…
―Has quedado con Jon. Por cierto estará muy enfadado contigo, vas a llegar tarde.
―¿Salomé?
―¡No! Es una fiesta de amigos, nada más. Bueno... habrá algún humano pero nada que deba preocuparte, todos vienen voluntariamente.
―Inconscientes… No saben dónde se meten ―masculló un poco enfadado.
Evidentemente ningún humano podía conocer de su existencia y acudían a ese tipo de fiestas atraídos por el glamour y la lujuria sin saber que serían el plato fuerte de la cena. Ninguno sufriría sino todo lo contrario, pero tampoco recordaría para lo que habían servido. Era una práctica común. La ley no lo impedía porque no se forzaba a nadie. “Tan solo se les sometía para olvidar”. A muchos de los vampiros más antiguos les desagradaba tener que ir por las calles en busca de presas y con este tipo de actos se garantizaban alimento fresco de vez en cuando. Cuando no era en casa de uno era en la de otro… un círculo vicioso y seguro.
Salomé le puso los ojos en blanco y desapareció durante unos segundos regresando con unas sandalias negras de tacón. Se sentó a su lado en el sofá y metió un pie en una de ellas. Yvan no pudo evitar sentir una oleada de tristeza por su amiga. Hacía tiempo que no acudía a ese tipo de fiestas. De hecho, hacía tiempo que no la veía tan arreglada. Echó la vista atrás y recordó el día en el que apareció en el aeropuerto esperando encontrar a su amiga allí y evitar que se marchara. Automáticamente se sintió muy culpable. Él no era el causante de que hubiese cambiado sus hábitos alimenticios, eso lo sabía, pero sí era culpable de no estar dónde debía estar: ayudándola a superar la pérdida. Ella también había perdido a la persona más importante en su vida y él no la había ayudado como debía. Seguro que habían sido unos meses insoportables también para ella y sin embargo nunca la había visto decaer. Ni tan siquiera los primeros meses, cuando llegaba de los viajes de “trabajo” y le comunicaba que no había ni rastro de Alix. Él necesitaba días para recuperarse pero Salomé no mostraba ni el más mínimo cambio de expresión. Siempre sonriéndole.
La cogió por sorpresa de la cintura y la atrajo hacia él. Colocó su dorada cabeza sobre su regazo y la acarició cariñosamente. Ella lo miró amorosamente y una pequeña sonrisa se dibujó en su boca. Sin darse cuenta una rosada lágrima cruzó su mejilla. Nunca lloraba en público. Jamás. Llevaba casi un año entero intentado esconder su terrible dolor y de repente, sin previo aviso, la desbordaba. Seguramente era culpa del cúmulo de emociones que había sentido esa noche.
―Gracias ―le dijo Yvan con un hilillo de voz mientras limpiaba con su pulgar el incipiente surco de lágrimas―. A partir de hoy puedes contar conmigo al cien por cien. He tardado un poco pero ya estoy de vuelta. ¿Ok?
―Eso no será posible hasta que ella no lo haga también.
Dardo directo al corazón. Dolía pero no por eso dejaba de ser cierto. Así era su amiga. Directa al grano. Sin fingir, sin mentir. Pasase lo que pasase. Luego se ocupaba de arreglar la herida. Y así era como le gustaba a él. Dura y cariñosa por igual. Las heridas siempre sanaban mejor si estaban limpias.
―Pero tranquilo, no eres el único.
―Tendremos que aprender a soportarlo juntos ―echó un vistazo al Rolex de su muñeca. Las diez. Tarde. La levantó y la sentó cuidadosamente de nuevo en el sofá despidiéndose con un beso en la frente.
―Jon me matará. Y aún tengo que cambiarme, no creo que le guste que vaya con la ropa arrugada de tres días ―dijo mientras se dirigía a su habitación.
―¡Yvan! ―se levantó de un salto y esperó a que él la mirase por encima del hombro para continuar hablando―. Volverá, estoy segura.
Vio la cara de incredulidad de Yvan y se apresuró a exponerle su teoría. Nunca antes se lo había comentado. No quería ofrecerle falsas esperanzas pero estaba más segura que nunca y él merecía saberlo.
―Desde que hablé con ella mentalmente existe un canal de comunicación abierto entre nosotras. No lo usaba porque nunca me ha gustado entrometerme en los pensamientos de los demás…
―Salomé. Al grano ―se dirigió al mueble bar y se sirvió un whisky demasiado consternado como para ofrecerle una copa a ella.
―Bien… desde que se marchó lo he intentado todos los días. En las últimas semanas incluso durante horas y ella me lo impide cada vez con mayor fuerza.
―Entonces como puedes garantizar su regreso. ¿Lo has conseguido? ¿Te ha llamado? ¿La has visto? ―recordó el aroma a cítricos en la terraza cuando llegó. Quizá no estaba tan loco y no lo había imaginado sino que en realidad había estado allí.
―No. Me bloquea continuamente, no hay ni una pequeña brecha en sus barreras. ¿Lo entiendes?
―No quiere hablar contigo, eso es todo.
―¡No! Bueno sí. Pero eso significa que no ha cruzado la línea. Está más fuerte que nunca y si hubiese finalizado la conversión no sería capaz de mantenerse firme. La habría barrido sin problemas. Ningún Nosferatus es capaz de ese poder mental.
―Eso tan solo significa que está en pleno proceso. La sangre humana le da ese poder, es cuestión de tiempo.
―No es cierto. No puede serlo. Ha pasado casi un año, si lleva bebiendo y matando tanto tiempo la conversión debería haberse producido ya. Algo la retiene. No bebe lo suficiente como para completarla ―dijo casi en un susurro―. Y ese algo eres tú. Estoy segura.
―¡No! ―se pasó las manos por el pelo nervioso― ¡No! Eso solo demuestra que está matando, lo demás… no tiene sentido.
―Yvan la conozco, hemos pasado por esto antes. Nunca de este modo. Nunca se había alejado y nunca había durado tanto tiempo… pero la conozco. Ella no quiere esa vida. No puede quererla después de conocerte. ¡Eres su groom! Recuerda que se formó con ese tipo de vida y eso complica las cosas. Regresará. Estoy segura. Regresará y lo hará por ti.
Yvan no había dejado de caminar sin rumbo por el salón y tenía el pelo revuelto de tanto pasarse los dedos entre sus largos mechones negros. La miró profundamente e inspiró para recuperar la compostura.
―Tengo que cambiarme, Jon me espera.
―Yvan…
―Entiendo que necesites algo de esperanza. No te preocupes puedo soportarlo, pero no estoy de acuerdo contigo así que preferiría no volver a tener esta conversación.
Besó de nuevo su frente y desapareció apresuradamente.