10

Llegó la mañana del miércoles, el día en que Marión tenía cita para el médico. Agnes estaba al pie de la escalinata de la iglesia. Marión daba su acostumbrada salutación de madrugada, sólo que esta vez, cuando se apagaron los ecos de: "Buenos días, Dios, soy yo, Marión", añadió en voz baja: "No me abandones hoy en mi tribulación". Cuando volvió a bajar los escalones, Agnes le dijo sencillamente: "¿Bien?", a lo cual Marión respondió: "¡Bien!", y las dos se pusieron en marcha para poner a la venta su mercancía. Tuvieron una mañana atareada y el tiempo pasó volando. Cuando Marión quiso darse cuenta, ya estaba a su lado Agnes, esperando acompañarla a la clínica del doctor Clegg.

—¿Estás preparada? —le preguntó Agnes.

—Casi. Sólo he lavado la mitad de mis manzanas, tengo la cabeza en otra parte.

—Déjalas. Ya te las lavará Annie la Gorda. Vamos, son casi las once. Agarra el abrigo.

Marión así lo hizo y las mujeres emprendieron el paseo de un cuarto de hora hasta el consultorio del médico. Caminaron hasta el final de la calle Moore y doblaron a la derecha por la calle Parnell, hacia Summerhill, donde daba consulta el doctor Clegg todas las mañanas de once a una. Las dos mujeres no hablaron hasta que llegaron a la enorme construcción triangular que era el monumento a Parnell, en el extremo norte de la calle O'Connell. Cuando pasaban bajo la mano gigante extendida de Charles Stewart Parnell, Agnes dijo:

—¿Te había contado que a mi Mark le está saliendo el vello púbico?

—¿Dónde, en la pirinola?

—¡No, en la lengua! ¡Claro que en la pirinola! —¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo él. Estaba muy preocupado. Se creía que era anormal, reforme o algo así.

—Ay, bendito de Dios. ¿Te preguntó de dónde venían los niños?

—No, la verdad es que no.

—¿Qué quieres decir con que la verdad es que no?

—Bueno, me preguntó que por qué le salía pelo en la pirinola.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que era para que tuviera la pirinola caliente cuando fuera a nadar.

Las dos mujeres se rieron a carcajadas mientras cruzaban la calle Gardiner, y un coche se detuvo con chirrido de frenos haciendo sonar ruidosamente la bocina.

—Ay, guárdate el pito para quien te quiera —gritó Agnes.

El conductor la saludó con dos dedos y siguió adelante. Las dos mujeres le devolvieron el gesto.

—Condenados coches, se creen que son los dueños de la calle —dijo Marión en señal de apoyo a la salida de Agnes.

Subieron sólo ochenta metros más por Summerhill y llegaron ante la clínica del doctor Clegg.

—Jesús, Agnes, estoy aterrorizada.

—Ah, vas a estar muy bien. Anda, adentro: ¡ya verás!

Las dos mujeres se dieron un abrazo y entraron en la clínica.

Aquella tarde, a las seis, algunos de los hijos de la familia Browne estaban sentados y otros de pie por la cocina esperando su merienda. Charlaban entre ellos mientras Agnes se afanaba en el fogón. Estaba distraída y hacía las cosas con descuido. Vertió el agua hirviendo en la tetera pero se le olvidó echarle hojas de té; había puesto pan en la parrilla para tostarlo pero no había encendido la parrilla. No dejaba de recordar la expresión de terror puro que tenía Marión en el rostro cuando le había dicho: "Quiere que vaya a hacerme análisis en el hospital Richmond la semana que viene". Marión se había echado a llorar. No habían vuelto directamente a la calle Moore tal como habían prometido a Annie la Gorda; en vez de ello habían entrado en la taberna de la esquina y tomado una copa. El doctor Clegg había dicho a Marión que podía ser un tumor maligno, y que si lo era tendrían que quitarle un pecho. Marión estaba frenética.

—¡Eso es sólo el principio, Aggie! Primero un pecho, después una pierna, después otra pierna… Trozo a trozo… y después entierran los trozos que quedan.

Agnes le dio un bofetón en la cara y le habló con firmeza.

—Escucha, ¡te estás precipitando mucho! Puede que no sea nada. Y aunque te quiten un pecho, ¡fíjate en Mona Sweeney, la de la casa de empeños, sólo tiene un seno y está muy bien! Ahora domínate.

Habían terminado las bebidas en silencio y habían vuelto a sus puestos, donde las esperaba Annie la Gorda muy enojada.

La cháchara de los niños estaba alcanzando el nivel de un concurso de gritos.

—¡Cállense —gritó Agnes. ¡A callar todos! Esto no es el parque Phoenix. Si tienen que hablar, hablen bajo, me están sacando de quicio, carajo.

Todo quedó en silencio durante un momento, y después tomó la palabra Cathy.

—Es Dermo, Mami, está molestando a Marko.

—No soy yo, es él —dijo Dermot señalando a Mark.

—Cállense, he dicho. Y, Cathy, tus hermanos se llaman Dermot y Mark, guárdate esos apodos para la calle.

Agnes dejó en la mesa la tetera y un plato enorme de tostadas calientes con mantequilla. Se limpió las manos en el delantal y se lo quitó.

—Mark, sirve el té —ordenó—, y hay dos tostadas para cada uno. No quiero oír ninguna discusión.

Salió de la habitación, se metió en el baño y echó el cerrojo. Paz y tranquilidad. Mark sirvió el té y todos cayeron sobre las tostadas. Dermot empezó de nuevo, pero esta vez en voz más baja.

—Es una zorra —dijo con una sonrisa traviesa.

Cathy intervino a continuación.

—No lo es. Maggie O'Brien es muy agradable, y si Mark la quiere, es asunto suyo.

—¡Cállate, tú no sabes nada, eres una niña! —dijo Dermot con cierto aire de autoridad. Cualquiera te dirá que Maggie O'Brien te enseña el culo por un penique de caramelos.

Dermot entendía de esas cosas.

Mark terminó de servir el té y dijo a Dermot con una sonrisa:

—Bueno, pues quedé de verme con ella detrás del Foley… y a mí no me hará falta ningún caramelo.

—¡Buuuuu! —dijeron todos los demás.

Dermot no estaba convencido.

—¿Por qué no?

—Porque yo tengo una cosa que no tienen los demás tipos.

Dermot se lo pensó un momento.

—¿Lo dices porque tienes pelos en la pirinola?

Se rio, y también se rio toda la banda menos Mark.

—No, ¡encanto! —exclamó Mark en son de desafío.

Agnes regresó y reinó el silencio. Se sirvió una taza de té, le puso azúcar y leche y se recostó contra la alacena.

—Está bien, ustedes, termínense esa merienda y pónganse las pijamas.

—Yo tengo que salir —dijo Mark.

—¿Dónde? —le preguntó Agnes, interrogándolo como un policía.

—Al… club de boxeo.

—¿Un miércoles por la noche? ¿Por qué, qué hay?

—Este… viene un hombre a hablarnos de… una cosa.

—Ah, bueno, pero regresa a las nueve, ¿me oíste?

—¡Sí! ¡A las nueve! —respondió Mark, aliviado porque podía tener lugar su cita con Maggie O'Brien, su cita con el destino. Los otros niños no levantaron la vista. Los Browne no son delatores.

Mark estaba a punto de reventar de emoción mientras bajaba corriendo hacia el Foley. "Así que esto es el amor", pensaba. Había ensayado algunas frases románticas que había oído en las sesiones de tarde del cine, y estaba dispuesto a abordar la seria cuestión de cortejar a su dama. Cuando dobló la esquina del callejón James Larkin y la calle James Larkin la vio allí ante la taberna de Foley. El corazón le dio un brinco. Nunca había sentido aquello por nadie ni por nada. Redujo el paso para intentar parecer "relajado". Era imposible. "Relajado, y nada", pensó, y echó a correr. Cuando llegó junto a ella, ella se puso muy coqueta.

—¿Cómo estás? —le dijo.

—¿Cómo estás? —respondió ella sin mirarlo.

Hubo un silencio incómodo. Ella estaba recostada con la espalda apoyada en la farola, y por algún motivo no dejaba de sacar y meter el talón de los zapatos negros que llevaba. "Es preciosa —pensó él. Bueno, es verdad que tiene un diente salido, el que está al lado del amarillo, pero era bonito en cierto modo." Había llegado el momento de que dijera una de sus frases románticas.

Se aclaró la voz.

—Tu pelo reluce a la luz de la luna.

—¡No jodas! ¡El tuyo ni siquiera está peinado!

La réplica lo tomó desprevenido. Debo de haberlo dicho mal, pensó. Prueba con otra, le gritaba el cerebro, prueba con otra.

—Tus vetas de agua son como grandes ojos —dijo torpemente.

—¿Qué tetas? Todavía no tengo, y si las tuviera tú les estarías poniendo encima las malditas manos.

Aquello no iba en absoluto según lo planeado. No digas nada.

—¿Quieres un beso o qué? —le preguntó ella.

—Sí —respondió él sin titubear.

—Bueno, aquí no; ve por la parte trasera —dijo ella, encogiéndose de hombros.

—Bueno.

Mark ya estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que le dijeran. Se metió por la parte trasera de la taberna de Foley. Al pasar bajo la ventana del baño oyó una tos, y después un pedo, y una colilla de cigarrillo que salió volando por la ventana estuvo a punto de darle. Pasó sobre unas cajas de cerveza con todo el silencio que pudo y se detuvo, mirando a izquierda y derecha. No había estado nunca por allí.

—Ve a la derecha —le ordenó ella. Ella sí que había estado allí antes. Él siguió por la derecha hasta que llegó a un rincón. Había humedad, y salía de la taberna la luz suficiente para que él se diera cuenta de que estaba ante una especie de puerta trasera. Se detuvo y se volvió. Ella llegó a su lado y se quedó de pie junto a él con los ojos cerrados. Él la miró con extrañeza.

Ella abrió los ojos.

—¿Estás bien de la cabeza? ¡Bésame! —dijo, y volvió a cerrarlos.

Mark Brown iba a dar su primer beso. Se acercó a ella hasta que sus narices se tocaron, y apretó la cara con fuerza contra la de ella. Sus labios se unieron, sus narices se aplastaron, y aquello duró tres segundos enteros. Cuando se retiró, Mark vio estrellas ante sus ojos.

"Esto es estupendo", pensó. Después pensó: "Tengo que verle el culo a esta muchacha".

—Espera aquí —le dijo ella.

—¿Por qué? ¿Dónde vas?

—¡Tengo que hacer pipí, espera aquí!

Desapareció tras la esquina del edificio. Mark pensaba para sus adentros "no se lo voy a ver", cuando la puerta junto a la que estaba empezó a abrirse despacio y en silencio. Se quedó inmóvil, aterrorizado. Era Dermot.

—¿Qué diablos…? —exclamó, enojado.

—Toma —dijo Dermot, y desapareció. Le había dado una barrita de caramelo. Mark sonrió, y susurró a la puerta, ya cerrada.

—Gracias, Dermo.