5

El sol de mayo cortaba como la hoja de un cuchillo la calle Moore de Dublín; las pescaderas maldecían los enjambres de moscas, y Agnes Browne estaba sentada junto a su puesto y reflexionaba sobre los tres meses que habían pasado desde la muerte de Redser. Ya había pasado su primera semana santa de viuda. Ahora recogía su pensión semanal junto con su vale de combustible para conseguir dos costales gratuitos de carbón. Los niños se habían calmado un poco, aunque Mark parecía intranquilo, inquieto, como si tuviera azogue, tal como habría dicho la madre de ella, puede que fuera la…

—Un penique si me dices lo que piensas —dijo una voz que cortó sus reflexiones. Era Marión, que llevaba dos tazones de caldo hecho con Bovril.

—¿Qué?

—Lo que piensas, que te doy un penique si me lo cuentas… estabas en las nubes.

—Sí… ¡en Mark!

—¿Qué le pasa?

—Está raro.

—¿Está malo? ¿Tiene fiebre?

—Ah, no, está sano como un cachorrillo. No, es otra cosa.

—¿Qué?

—Te estoy diciendo que no lo sé. Si lo supiera, no estaría preocupada, ¿no? ¡Mira, allí hay una dienta, está mirando tus plátanos!

—¡Toma, sujétame el tazón!

Marión se acercó apresuradamente a su puesto, donde una "señora" estaba examinando, en efecto, la mercancía de Marión.

—¿Deseas algo, cielo?

—Sólo estoy mirando, gracias.

—Ah, eso les encanta, vaya que sí.

La mujer miró a Marión, a la que apenas se veía al otro lado del puesto.

—¿Cómo dice? —preguntó.

—A los plátanos: les encanta que los miren.

La mujer siguió mirándola, sin saber cómo responder a la afirmación de Marión. Parpadeó y volvió a los plátanos. Eligió un manojo de seis, los volteó para aquí y para allá y los dejó en su sitio de nuevo.

—Parecen un poco pálidos.

—Sí —respondió Marión. Seguro que están mareados, la travesía desde Jamaica ha sido agitada.

La mujer volvió a mirar a Marión y después se marchó, incómoda. Marión corrió de nuevo junto a Agnes y cogió de nuevo su Bovril.

—¡La verdad es que las espantas! —dijo Agnes.

—Ah, ¡para nada! O quiere plátanos o no quiere plátanos. ¡Yo no estoy dispuesta a jugar a las adivinanzas! Los estaba hurgando y apretando… ¡Son plátanos, no pitos, y no se ponen mejores si los aprietas!

Las dos mujeres estallaron en carcajadas.

—¡Ay, Marión, le subes a una la moral!

Las dos siguieron tomándose su Bovril y observando a los compradores que pasaban. Marión se volvió hacia Agnes y estuvo a punto de hablar, pero se detuvo, como si estuviera buscando las palabras adecuadas. Agnes esperó.

—¿De qué se trata? —dijo al final.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Marión con aire de inocencia.

—¿Qué ibas a decir?

—Nada.

—Ibas a decir algo, Marión: ¿qué era?

Marión se dispuso a hablar y Agnes esperó.

—¿Lo extrañas? —preguntó Marión por fin.

—¿El qué? ¿Que si extraño el qué?

—Ah, ya sabes… ¡"eso"!

—¿El hacer cositas?

—¡Sí, el hacer cositas!

Agnes se lo pensó un momento y tomó un trago de Bovril.

—Qué va.

—¿Lo dices en serio? ¿Ni siquiera un poquito?

—No, ni siquiera un poquitín… ¿Qué diantres hay que extrañar? Que te echen en todo el cuerpo el aliento con olor a patatas fritas y a cerveza guinness… su barbilla como un condenado papel de lija, que te raspa el hombro y el cuello… y, después, la espera y la preocupación… ¿me habré quedado otra vez?

—Pero ¿haces el amor, Aggie?

—El amor, ¡y nada! Hacer niños, hacer más problemas, hacer pañales cagados… ¡hacerlo feliz a él!

—Y a ti, hacerte feliz a ti también. ¿Eres capaz de decir que no disfrutaste nunca?

—¡Marión, a ver si te aclaras! ¿Disfrutar de qué?

—Ya sabes… ¡del organismo!

Hubo un momento de silencio en señal de respeto a aquella palabra mágica y del mundo moderno. Agnes tomó un trago de su Bovril, y Marión miró tímidamente a un lado y a otro como si acabara de develar un secreto nacional.

—Nunca lo he tenido —dijo Agnes con tono de desafío—. Creo que no existen.

—Existen, Aggie, te lo juro. ¡Yo he tenido dos!

—¿Qué? ¿Cuándo?

—Uno, dos semanas después del entierro de tu Redser, un viernes…, ¡y otro, en agosto pasado!

—¿Estás segura de que eran organismos?

—¡Segurísima!

Aggie volvió a tomar un trago de su Bovril, mientras Marión se quedaba sentada, radiante con el recuerdo de lo que acababa de afirmar.

—¿Cómo fueron?

—¡Enormes, geniales!

—Ay, sé más concreta, descríbelos.

Marión acercó más a Agnes la caja que le servía de asiento. Agnes metió la mano en el bolsillo de su delantal y sacó una cajetilla de Players Navy Cut, y las dos encendieron sendos cigárrillos. Marión dio una calada, escupió para quitarse de la lengua un fragmento de tabaco y exhaló despacio. Agnes esperaba con expectación.

—Bueno, ¡al principio yo no sabía qué estaba pasando! Él estaba borracho perdido, así que estaba tardando más de lo habitual. Él daba botes, arriba y abajo, arriba y abajo…

—Esa parte ya me la sé, ve al grano —la interrumpió Agnes con impaciencia.

—¡Está bien! Bueno, yo estaba pensando para mis adentros, "como este tipo no evacúe pronto, ¡se va a quedar dormido!" Entonces tuve una sensación… me inundó una oleada… ¡como cuando tachas diez números en seguida en el bingo y sabes que se avecina algo bueno! Un escalofrío me recorrió el cuerpo, mis caderas empezaron a agitarse por su cuenta. Cerré los ojos, y fue como una explosión. Vi colores que me estallaban en la mente… ¡como si alguien hubiera encendido unos fuegos artificiales! Mi boca soltó un quejido sin que yo se lo dijera. Él se detuvo y dijo: "Perdona, no quería hacerte daño". Yo casi no podía hablar. "Sigue", le dije como en un susurro, pero él no hizo más que apartarse y dijo: "Ah, tienes razón, tampoco estaba de humor, en todo caso". Se quedó dormido en pocos minutos. Yo me quedé allí acostada, y no sé por qué, pero al cabo de un rato me eché a llorar… no es que estuviera triste ni nada, lloré sin más… qué raro, ¿verdad? ¡Y ya está! ¿Qué te parece?

Agnes estaba boquiabierta. Marión dio otra calada y volvió a mirar a su alrededor para asegurarse de que no había nadie que pudiera oirías. Agnes estaba sumida profundamente en sus pensamientos.

—¿Fue aquel el primero o el segundo? —preguntó por fin.

—Los dos… ¡Fueron casi iguales, sólo que en el segundo no lloré!

—¿Se lo contaste a él?

—De ninguna manera, ¿estás de broma? Me habría dicho que tenía lombrices o algo así. En todo caso, si se lo hubiera dicho, ¡se habrían enterado en todos los muelles en menos de nada!

—Sí, tienes razón. ¿Cuánto duraron?

—Sólo un par de segundos… ¡se acabaron en un abrir y cerrar de ojos!

—Jesús, Marión, a lo mejor tuve uno y no me di cuenta, si es verdad que son tan rápidos.

—No, Aggie, créeme: si hubieras tenido uno te habrías dado cuenta, ¡seguro! ¡Bueno, me voy!

Marión agarró los dos tazones y regresó a su puesto. Al cabo de unos segundos se oía por toda la calle Moore su grito familiar: "Tomates macizos, a diez peniques la libra". Agnes se sentó y reflexionó sobre lo que le había contado Marión y el entusiasmo con que se lo había contado. Antes de ponerse de pie para sumar su grito de vendedora a la melodía de la calle Moore, Agnes pensaba: "Bueno, qué jodido, Redser Browne, me has dejado con siete huérfanos sin darme un solo organismo a cambio".