CAPÍTULO VIII

Estaba sentado en la silla y la cabeza me dolía de manera insoportable. El brillante cuchillo de luz producido por el foco penetraba incluso a través de mis párpados cerrados, lacerándome las pupilas y agudizando el dolor de cabeza.

—Eso no ha sido más que una advertencia, Mallion —dijo una voz—. Sólo tiene que responder dos preguntas, ¿me oye?

—Tiene los ojos cerrados. Se cree listo.

Me agarraron por los cabellos, obligándome a levantar la cabeza.

—¡Abre los ojos o te sacudo, hijo de perra!

Los abrí. La luz me cegó. Emití un gemido.

—Sólo dos preguntas, Mallion.

—¿Quién es su cliente?

—¿Qué trabajo le encargó?

—¿Qué quería arrancarle usted a Leila Greasley?

—¡Responda!

Callaron. Actué por reflejos y el golpe que presentí iban a descargarme se estrelló contra mi antebrazo levantado. Fue tan fuerte que temí hubiera astillado el hueso.

—¿Pero están locos o qué? —grité—. ¡No pueden hacer eso con nadie y menos conmigo…!

—Lo estamos haciendo, ¿no es cierto?

De nuevo, un puño repercutió en mi cabeza.

—Dos preguntas, Mallion…

—¿Quién te paga por perseguir a los Greasley?

—¿Le dijiste a tu cliente dónde vivía Leila Greasley?

—¡Responde, bastardo, sarnoso!

El terrible puño cayó sobre mi cabeza como un martillo. Salí lanzado de la silla y reboté brutalmente en el suelo.

Un zapato entró en contacto con mis costillas.

—¡Hijos de perra! —barboté—. Denme una oportunidad…

Se rieron. Volvieron a colocarme sobre la silla, pero cometieron el error de apartarse demasiado y conseguí ponerme de pie antes que pudieran evitarlo.

Entonces disparé la pierna derecha hacia arriba. De haber alcanzado un balón, lo hubiera reventado.

Sólo hice blanco más abajo de la barriga de Rawlins, su corpachón cayó de espaldas y el tipo aulló igual que una bestia salvaje.

—¡Te mataré! —bramó, entre gemidos.

Carr me cazó estando de pie todavía y salí dando tumbos hasta tropezar con una pared. Apagaron el foco y dejaron sólo la luz del techo.

No obstante, cuando pude parpadear me di cuenta que no estaba en la sórdida sala de tortura donde me habían machacado, sino en una habitación blanca y limpia. Alguien estaba inclinado sobre mí, al parecer arrancándome la carne a pedazos, a juzgar por los dolores que me producían sus manos.

—Atención, doctor, ya recobra el conocimiento —advirtió una voz que sonó en mis oídos como una música.

El hombre que estaba inclinado sobre mí se irguió. Su rostro se acercó al mío.

—¿Puede usted verme, Mallion?

—Creo que sí…

Iba vestido de blanco. Sobre su prominente nariz cabalgaban unas gafas con montura de oro.

—¿Distingue los colores?

—El blanco…, todo es blanco…

Un nuevo rostro entró dentro de mi campo visual. Era el de una muchacha joven, muy bonita, de cabellos del color del trigo maduro…

—¿De qué color son los cabellos de la enfermera, Mallion?

—¿Qué tontería… es esa…? Rubios… y tiene labios bonitos… y rojos…, ¿qué están haciéndome?

—Tranquilícese.

Cerré los ojos. Poco después, las manos dejaron de torturarme y de nuevo me hundí en un pesado sopor.

Cuando abrí los ojos ya no había niebla, pero todo seguía siendo blanco a mi alrededor. Estaba en una habitación pequeña de un hospital. Había una ventana protegida por una reja a través de la cual entraba la tímida luz del amanecer.

Estaba luchando con mi aturdido cerebro para recordar lo sucedido, cuando se abrió la puerta y entró la enfermera rubia de labios rojos y bonitos.

Cerró silenciosamente, se acercó y murmuró:

—¿Cómo se siente?

—No lo sé. Es como si no tuviera cuerpo. ¿Qué demonios me han hecho?

—Luchó usted con dos policías. Ahora mismo, hay un guardia ahí fuera, en el pasillo. Está usted detenido, ¿sabe?

—Comprendo. Ese par de bestias se pasaron de rosca. ¿Quién me sacó de sus garras?

—No lo sé, pero parece ser que armaron tanto ruido que alarmaron a todo el edificio.

—Eso debió de ser… Escúcheme, ¿puede hacer un par de llamadas telefónicas en mi nombre?

—Bueno, no sé si debo…, usted está detenido…

—Eso ya lo ha dicho antes. No le pido nada ilegal. Una de las llamadas es para un teniente de policía de la ciudad… Y ahora que se me ocurre, ¿qué hospital es éste?

—El de Pasadena.

—Está bien, telefonee al teniente Maracot, de la Brigada de Homicidios de Los Ángeles…, encontrará el número en una libretita que hay en mi bolsillo…, hay también su número privado por si no lo encuentra de servicio…

—Sus ropas están en el depósito del hospital, pero creo que podré arreglarlo. ¿A quién desea que llame además de ese teniente?

—Busque en la guía de Los Ángeles el teléfono de alguien llamado Showers… es una mujer. No sé nada más de ella excepto que trabaja para la World Film Corporation. Trate de localizarla. Dígale que estoy aquí, detenido y herido. Que es muy importante que venga a verme. ¿Cree que podrá hacerlo?

—Lo intentaré…

—No debe saberlo la policía…, o se lo impedirán. ¿Cómo se llama?

—Silvie.

—Gracias…

—Trate de dormir o tendré que inyectarle un calmante. ¿Por qué le detuvieron?

—Soy detective privado…, querían obligarme a…

Una vez más, aquella especie de sopor me venció, pero incluso semiinconsciente rogué para que la hermosa enfermera pudiera cursar las llamadas cuanto antes.

Debió portarse maravillosamente bien, porque tan pronto abrí los ojos me encontré mirando la ruda cara del teniente Maracot. Había una expresión en ella que presagiaba tormenta, pero se me antojó la cosa más agradable que hubiera visto en todos los días de mi vida.

—Esta vez te has pasado de rosca, Bart —fue todo lo que se le ocurrió como saludo.

—¿Te han contado lo sucedido?

—Con todo detalle.

—¿Y dices que me he pasado de rosca?

—Podría decirlo de manera más rotunda pero no creo que valga la pena.

—Te han tomado el pelo.

—No es la primera vez que dices eso —rezongó.

—Las otras ocasiones fueron una simple broma comparado con esto. ¿Puedes escucharme cinco minutos sin interrumpirme?

—Seguro. ¿Para qué crees que estoy aquí?

Le conté la verdad desnuda de lo que había pasado, callándome el nombre de mi cliente y la naturaleza de mi trabajo. Cumplió su palabra y no interrumpió ni una sola vez.

Cuando habló lo hizo con los dientes apretados.

—¿Quieres hacerme creer que unos policías han hecho eso sin ninguna provocación por tu parte?

—Puedes llamar provocación a negarme a revelar el nombre de mi cliente.

—Ellos han afirmado que tú les agrediste cuando te interrogaban.

—Pamplinas. ¿Puedes creer que sea tan imbécil?

Lo pensó un buen rato. Luego gruñó:

—Veré qué puedo hacer… y hablaré otra vez con el agente Carr. El otro, Rawlins creo que se llama, está más o menos como tú. Tiene dos costillas rotas…

—Le he arrojado una mesa.

—Ya veo.

Sonrió por primera vez.

—¿Te divierte el asunto tal vez? —rezongué.

—No te diré tanto; pero ha habido veces que yo también he deseado sacudirte duro… Bueno, quizá no tan duro como lo han hecho ese par de salvajes. Creo que habrá que hacer algo con ellos.

—Eso lo haré yo cuando salga de aquí.

Me dejó solo. Un minuto después entró la enfermera y tras cerrar cuidadosamente la puerta se acercó al lecho y murmuró:

—Ella está abajo.

—Es usted mi ángel particular, Silvie. ¿Cree que podrá conseguir que la dejen visitarme?

—Hablaré con el teniente Maracot. El podrá arreglarlo. Usted está incomunicado por el momento.

Se fue. Pasó un tiempo que se me antojó interminable, pero al fin la espectacular secretaria del viejo Schrage entró y Maracot cerró la puerta desde el exterior.

—Acaban de contarme lo sucedido, míster Mallion —murmuró, sentándose en la silla que había al lado de la cabecera—. Debe haber sido terrible para usted…

—Ahora me siento mejor con sólo verla. ¿Quiere decirme su nombre antes de pedirle nada más?

—Lisa.

—Bueno, Lisa. Yo había planeado que nuestro primer encuentro fuera en muy distintas circunstancias…

Me miró con el asombro reflejado en su rostro seductor.

—¿Me ha hecho venir aquí en horas de oficina para decirme eso?

—¿No sería una razón suficiente?

Sonrió.

—Creo que está usted loco.

—En estos momentos no me costaría nada creerlo yo también. ¿Ha dicho al viejo buitre que yo la había llamado urgentemente desde el hospital?

—He tenido que decírselo para poder abandonar mi puesto.

—Bien, imagino que debe estar más inquieto que una bailarina de abanicos en su primera actuación. Necesito que le comunique un par de cosas sumamente confidenciales… ¿Está usted enterada del trabajo que me encargó?

—Todo lo que sé es que le dio un cheque por dieciséis mil dólares.

—No es suficiente… podríamos echarlo todo a perder. Será mejor que le escriba el mensaje y usted me dará su palabra de honor de no leerlo. ¿De acuerdo?

—Hace mucho tiempo que trabajo para míster Schrage. Sé la importancia de la discreción.

—Eso me tranquiliza. ¿Tiene papel y lápiz en el bolso?

—Un pequeño cuaderno de taquigrafía y un bolígrafo…

Lo sacó todo. Traté de incorporarme en la cama, pero fracasé. Fue ella quien me ayudó a erguirme lo suficiente para quedar apoyado en la cabecera de la cama.

El contacto de sus manos fue dulce y turbador. A pesar de mi lamentable estado pude apreciar toda la suavidad de su piel, el cálido aroma que se desprendía de su cuerpo de sugestivas líneas… y la brillantez de sus inmensos ojos, relucientes como estrellas.

No demostró mucha prisa por apartarse, de manera que me dio ocasión de escrutar su rostro con detalle y desde muy cerca.

—Cuando cerró usted la puerta del ascensor —dije—, estaba tratando de decidirme a pedirle el número de su teléfono privado…, usted no me dio ocasión.

—Está en la guía —rió bajito, sin apartarse—. Esa linda enfermera ha sabido encontrarlo, pero su llamada me ha llegado justo a la hora que debía correr a la oficina. Eso ha demorado mi llegada.

—Está bien, cuando salga de este potro de tortura maldito sí necesitaré su teléfono para llevarla a cenar una noche. O quizá convenza al viejo buitre que le de vacaciones. Necesito alguien que me ayude a emplear provechosamente esos dieciséis mil dólares.

—Empiezo a sospechar que sólo me ha hecho venir guiado por impulsos egoístas y particulares.

—Deme ese cuaderno.

Escribí rápidamente un escueto informe de cómo había sido asesinada Leila Greasley. Después de eso, detallé concisamente mis vicisitudes con los dos bestiales polizontes y rogué al viejo Schrage que pusiera en movimiento sus influencias para investigar todo el historial de los dos, su vida privada y sus ingresos. Eso debía serle fácil con su poder. Acabé diciendo que tenía vagas sospechas de que la actitud de los dos matones tenía estrecha relación con el caso que estaba investigando, seguro que eso le haría moverse endiabladamente rápido.

Doblé la página del cuaderno, sin arrancarla, y se lo devolví a Lisa.

—¿Eso es todo? —susurró.

—Quisiera decirle que no, para que siguiera a mi lado…

—No va terminarse el mundo esta mañana, míster Mallion.

—Empiece por llamarme Bart. Me sentiré mucho mejor oyendo mi nombre en sus labios.

—Ésa debe ser una medicina de bajo costo, Bart —rió, levantándose. Pero de repente su risa se esfumó y se inclinó sobre la cama con expresión seria—. ¿Necesita algo más antes que me vaya?

—Seguro, pero no puedo decírselo sin que me sacuda un tortazo. Y, por el momento, no estoy en condiciones de encajar más.

Volvió a sonreír con dulzura. Tal vez estuviera comportándose así por tratarse de un herido al que debía animar, pero en todo caso no me importó cuando sus labios bajaron al encuentro de los míos, semejantes a una fruta madura desprendida del árbol del amor.

Un beso largo, dulce y que creció como un incendio fue aquél. Un delirio que me arrebató a la realidad durante el tiempo que duró.

—¿Era eso lo que necesitaba, Bart? —susurró, irguiéndose.

—Sí, pero más largo…, más tiempo.

Incluso después que hubo salido, la atmósfera siguió impregnada de su aroma. Y en mis labios continuó el sabor de lo suyos con tanta intensidad que no pude pensar en nada más que en ella durante el resto de la mañana.

Poco después del mediodía, Maracot reapareció con expresión rabiosa en su rostro.

—Tienes razón, Bart —reconoció—. Esos dos gorilas merecían que los azotaran en una plaza pública… He conseguido que retiren sus cargos contra ti. Podrás salir de aquí cuando lo autorice el médico.

—Ya sé cómo son estas cosas. Saldré mucho antes…

Tardé dos días en librarme del hospital. No obstante, me sentí tan débil como un recién nacido, así que me encerré en mi apartamiento y dormí doce horas seguidas.

Después de eso experimenté de nuevo ansias de vivir.