CAPÍTULO PRIMERO

El edificio era una delirante pesadilla de alucinado. Sin la menor duda, habían conseguido con él dejar boquiabiertos a todos los transeúntes que tuvieran la desgracia de mirarlo, pero, al mismo tiempo, lograron con su erección que cualquiera fuera capaz de recordar dónde estaban ubicadas las oficinas de la World Film Corporation. Nadie podía olvidar semejante monstruosidad una vez vista.

Detuve mi convertible en un lugar asombrosamente libre, frente a la entrada. Unos discos indicadores advertían que el espació estaba reservado a los directivos de la compañía. Yo no era ningún directivo, pero me había llamado el máximo mandamás de Hollywood, así que no había necesidad de andarse por las ramas.

Caminé a través de la media milla de acera hasta la entrada monumental, la crucé, me detuve en el gigantesco vestíbulo de mármol negro y encendí un cigarrillo, mirando a mi alrededor con asombro.

Había un movimiento de todos los diablos allí dentro. Gente apresurada cruzándose en todas direcciones, hombres y mujeres con caras ansiosas precipitándose a través de rotuladas puertas, algunos con fajos de papeles en las manos, sin hablar, sin mirarse, todos empujados por una eficiente prisa semejante al movimiento de un nido de hormigas…

Y todos, sin excepción, con cierto aire de susto, como al hubiera algo en alguna parte que les infundiera un santo temor.

Me pregunté si ese alguien no sería Samuel Schrage, el máximo exponente de los triunfadores, el hombre casi mítico que ocupaba el trono de Hollywood, el magnate del cine y la televisión, cuyos millones eran tantos y tan bien distribuidos que le convertían en una potencia nacional capaz de hacer temblar al propio Gobierno, sí, por desgracia, se levantaba un día con dolor de estómago y soltaba unos bufidos de mal humor.

Después de una exploración del terreno, descubrí una puerta sobre la cual un letrero anunciaba a los extraños que aquello era la «Secretaría». A mí me habían indicado que debía presentarme, precisamente, en la secretaría para iniciar mi aproximación al trono del omnipotente mandamás, así que empujé la puerta y entré.

La morena que trabajaba detrás de la brillante mesa de recepción era lo que podía esperarse ver en aquella colmena monumental. Tenía curvas suficientes para llenar toda una película de sex-appeal, una mirada implacable y parecía tan humana como un trozo de granito.

Levantó la cabeza, me miró y a juzgar por la expresión de su cara yo podía haber sido el recogedor de basuras que se había equivocado de puerta.

—¿Sí? —Runruneó distraídamente.

—Soy Bart Mallion —le dije, amablemente.

—Eso no me dice nada.

—Míster Schrage me ha citado para las cuatro.

Por mi instante pareció asombrada. Murmuró:

—¿Y se llama usted Mallion?

—Bart Mallion.

—Es un nombre completamente desconocido…

—Eso se debe a que no frecuenta usted los círculos adecuados… ¿Va a anunciarme, preciosidad, o deberé pedir audiencia con una semana de antelación?

—Un momento…

Manipuló en un complicado intercomunicador y con voz neutra y monótona, dijo:

—¿Mavis? Tengo aquí a uno que dice estar citado con míster Schrage. Su nombre es Mallion. Te lo mando ahora.

—Hazlo subir —autorizó una voz metálica.

Desconectó el aparato, señaló una puerta y runruneó:

—Tome el ascensor. Estarán esperándole en el cuarto piso.

—¿Habrá allí un introductor de embajadores, monada?

Me enseñó los dientes en algo que no supe si era una sonrisa o una amenaza.

Había alguien aguardándome arriba. Alguien que superaba los encantos de la morena con generosidad. Si todas las empleadas eran como ellas, debía ser un tormento trabajar allí…

—¿Mallion? —inquirió la rubia.

—Así me llamo. ¿Qué nuevas ceremonias hay que hacer todavía?

Miss Showers le atenderá, arriba. Por esa escalera, míster Mallion.

La escalera se enroscaba hasta una altura de un par de pisos más, y allí moría, seguramente agotada por tanto retorcerse. El que la subía, corría el riesgo de morir por otras causas, especialmente cuando llegaba al último rellano y advertía que había un ascensor cuya puerta dorada era una sarcástica burla para el recién llegado.

Lo que no tenía nada de burlón era la dama que aguardaba, enmarcada en una puerta de sólido roble barnizado. Tendría unos treinta años, y ese tiempo se había distribuido con tal generosidad por su cuerpo que resultaba casi increíble que tanta perfección anatómica fuera cierta. Debía haber truco en alguna parte.

No obstante, cuando se movió dentro de su apretado vestido de severo corte, me convencí de que no había trampa alguna. Todo lo que lucía era suyo, sin la menor duda.

—Míster Schrage está esperándolo. Por aquí, tenga la bondad…

El corto trayecto fue un andar sobre nubes, en parte, por la gruesa alfombra en la que uno se hundía hasta los tobillos, y, en parte, por estar completamente subyugado contemplando el contoneo fascinador de la máxima secretaria del gran mandamás.

Abrió una puerta, la mantuvo sujeta mientras pasé y, luego, la cerró silenciosamente.

No era un despacho demasiado grande. Sólo cabrían en él un par de compañías de infantería con sus pertrechos. La tremenda mesa de caoba fina estaba situada en el extremo más alejado, de manera que le daba ocasión a su ocupante de estudiar al recién llegado durante el trayecto de la puerta hasta sus inmediaciones.

Casi quedé con la boca abierta al ver al hombrecillo. Uno podía imaginar que quien ostentaba tan gigantesco poder era un tipo recio y de aspecto agresivo, rotundo y con cara de ave de presa.

Bueno, Samuel Schrage no era nada de eso. Apenas si mediría más allá de uno sesenta, era delgado y frágil y había una mirada húmeda en sus ojos brillantes. Lucía una cabellera gris demasiado larga, pero que resultaba un marco indicado para su cara pálida y aristocrática.

—Siéntese, Mallion —dijo.

Al oírlo las cosas cambiaban. Era como escuchar las secas órdenes de un general en plena batalla.

Me dejé caer en una butaca. El siguió estudiándome durante unos segundos. Sacó un largo cigarrillo de fabricación especial, lo encendió, sin ofrecerme otro a mí, y al fin confesó:

—Tengo algunos problemas que me preocupan, Mallion.

—La gente que me llama siempre tiene problemas. Por eso me necesitan.

—Sí…

Esperé. Había oído hablar tanto de aquel hombre, había leído tanto sobre él que, al tenerlo delante se me antojaba una tomadura de pelo, porque no encajaba en absoluto con la idea que me había forjado de su apariencia.

—Me han informado que es usted el investigador más eficiente y discreto de todo Hollywood, Mallion —me espetó—, y también el más caro. Espero que sea, por lo menos, el más discreto.

—Puede ponerme a prueba.

—No es necesario. Será discreto en todo lo que a mí concierne o tendrá que emigrar.

—¿Tendré qué…?

—Le pondré en la lista negra de todos los estudios del país. No volverá a trabajar para nadie relacionado, de cerca o de lejos, con la industria del cine o la televisión. Puedo hacer que…

—Está cometiendo un error —le interrumpí con calma.

—¿Qué?

—Empezar un negocio amenazándome es un mal sistema. Creo que he perdido el tiempo al venir aquí.

Me levanté, giré sobre los talones y me encaminé a la puerta.

Detrás de mí escuché una especie de balido, una queja inarticulada. Cuando ya alcanzaba la salida, alguien rugió:

—¡Vuelva aquí!

Volví sobre mis pasos, obedientemente. Antes de sentarme de nuevo, advertí:

—Le escucharé, pero no emplee ese tono dictatorial conmigo o tendrá que buscarse otro detective. Para mí, usted es un cliente como otro cualquiera.

Enrojeció hasta la raíz de los cabellos. Después de dos intentos fallidos, gruñó:

—Siéntese, Mallion.

Me senté.

—Necesitaba eso —siguió—. No recuerdo que jamás nadie me haya hablado así en toda mi vida… O es usted un estúpido o es, precisamente, el hombre que necesito.

—No soy ningún estúpido. Debería saberlo, si ha pedido informes míos.

—Veremos. ¿Cuánto le cobró a Markevich, de la Universal?

—¿Se lo ha preguntado a él primero?

—Se lo pregunto a usted.

Okey, ocho mil dólares. Pero mantuve a la Universal fuera del escándalo. Ni un solo periódico relacionó el asunto Markevich con el intento de chantaje y todo lo demás que usted sabe.

—Le pagaré el doble si consigue solucionar mis problemas con la misma discreción.

—¿Dieciséis mil?

—Ni un centavo menos.

—Trato hecho —dije con entusiasmo.

Se recostó en su sillón y apuró el cigarrillo. Luego lo aplastó y habló con voz contenida.

—Imagino que, en su tiempo, oyó usted hablar de mi separación…

—Lo leí. Creo que lo hubiese leído incluso sin querer. Se emplearon toneladas de tinta para describir sus dificultades domésticas.

—Hace tres años que sucedió eso… Leila no volvió a pisar un estudio… jamás.

—Leila Sheridan —comenté—. Recuerdo perfectamente cómo entusiasmaban a la juventud sus películas…

—¿También a usted?

—Entonces yo era joven…, con diez años menos todavía soñaba con mujeres angelicales y todo eso. Apenas, si tenía veinte. Pero éste no es su problema. Siga, por favor.

—Bien, nadie habló entonces de los motivos reales de nuestra separación. Incluso Leila pareció aceptar las cosas con relativa comprensión, se fue a Reno y tramitó allí el divorcio. En un principio, creyó que podría sacarme una cifra astronómica en concepto de alimentos y demás. Pronto se desengañó. No he tolerado nunca que traten de estafarme, y si me separé de ella tuve poderosas razones, motivos suficientes para haber arrastrado su nombre por el fango. No lo hice. Con eso debió darse por muy bien pagada.

—¿Y bien?

—A su debido tiempo, recibí los documentos acreditativos de la separación. Estábamos divorciados. Ella trató entonces de volver a trabajar en el cine. Se encontró con todas las puertas cerradas.

—Ya veo.

—Le aseguro que desplegué todo mi poder y toda mi influencia para castigarla… En fin, desapareció y nadie volvió a saber una palabra de ella. El público la olvidó tan completamente como si jamás hubiera existido. Actualmente, nadie se acuerda ya de Leila Sheridan…

—¿Dónde está el problema, míster Schrage?

Aspiró hondo y sus ojillos relucieron con un súbito ataque de furia. A través del terrible brillo y del cambio en su expresión vislumbré al hombre que realmente era, duro como el diamante, despiadado y poderoso.

—Leila no se divorció de mí —masculló.

Tardé unos segundos en comprender todo el alcance de aquella afirmación.

—Pero usted dice que recibió unos documentos…

—Seguro. Falsificados. Legalmente, ella ha seguido estando casada conmigo durante tres años. Y, lo que es todavía peor, sigue estándolo ahora.

—Y usted volvió a casarse hace un año, ¿no es cierto?

—En efecto. Y soy enteramente feliz en mi matrimonio. No estoy dispuesto a poner en peligro esa felicidad ni la paz de mi hogar por culpa de una…

Calló. Yo dije:

—Creo entender que se trata de un chantaje. ¿Es eso lo que le preocupa?

—No lo han intentado abiertamente todavía. Solamente me llamó un hombre hace dos días. Me dijo que estaba casado con Leila… y que sería muy interesante para mí hacer algunas averiguaciones respecto al divorcio. Me aconsejó que inquiriera de Reno cómo estaba el asunto. Recalcó que él no deseaba escándalo, si podía evitarlo, pero añadió que yo había hecho sufrir tanto a Leila que era forzoso que pagase una compensación adecuada a esos sufrimientos. Después se echó a reír y colgó.

—¿Y usted ha hecho averiguaciones en Reno?

—Muy discretamente, pero las he hecho. Jamás se ha tramitado allí un divorcio de nadie llamado Samuel y Leila Schrage.

—Pero eso indicaría que ella ya planeó el chantaje hace tres años. ¿Por qué no lo ha puesto en práctica hasta ahora?

—No lo sé. Usted deberá descubrirlo, entre otras cosas.

—Ya veo. ¿No le dijo ese amable comunicante cuándo le volvería a llamar?

—No.

—¿Ni le dijo nada más concreto que lo que acaba de contarme?

—Sólo una ligera referencia a Maggy…

—¿Quién es Maggy?

—Mi hija…, bueno, la hija de Leila. Cuando se casó conmigo la chiquilla tenía apenas diez años… Era fruto del primer matrimonio de su madre. Es una muchacha adorable que ahora cuenta con dieciocho años…

—Siga.

—Cuando nos separamos, Maggy tenía quince años y estaba interna en el mejor colegio del país. Hice todos los arreglos legales para quedarme con la chiquilla. No quería que siguiera la vida de depravación que yo había descubierto que le gustaba a su madre…

—¿Cómo lo tomó Leila?

—Primero, se puso como una fiera. Luego, accedió a mis pretensiones mediante un único pago de cuarenta mil dólares. Y sé que la chiquilla es feliz conmigo. Incluso he tenido la suerte de que entre ella y mi esposa se haya establecido una cariño casi tan fuerte como si, realmente, fuera mi hija y la de Rose…, mi mujer.

—¿En qué consistió la referencia a la muchacha?

—El hombre me dijo que estaban dispuestos a arrebatármela…

—¿Tiene usted algún documento firmado por la madre, en el que ésta renuncie a su hija?

—Naturalmente, y en el que se especifica que cobró esa suma en compensación…, pero sé que ese papel solo puede provocar un escándalo en caso de tenerlo que exhibir en un tribunal. Y, con el escándalo, sería Maggy quien más sufriría. Públicamente, constaría que había sido vendida por su propia madre. Usted puede imaginar todo eso con detalle, Mallion.

—Seguro. ¿Qué es exactamente lo que desea que ye haga?

—Encuentre a Leila y su actual marido. Convénzales de que es peligroso tratar de chantajearme…, y no me importa el medio de que se valga para conseguirlo.

—Comprendo… ¿Puede contarme también la razón de su divorcio, míster Schrage?

—Eso no le importa a usted en absoluto —masculló, furioso.

Okey. Haré lo que pueda. ¿Conoce el lugar donde vivió Leila después del divorcio?

—Le regalé una pequeña residencia en Pasadena. Esa casa y los cuarenta mil dólares fue todo lo que pude sacarme, en lugar del millón con que me amenazó.

—Deme las —señas de la casa de Pasadena.

Las anotó en un papel y me lo entregó. Luego, gruñó:

—No quiero que acepte usted ningún trabajo hasta que haya terminado con este asunto. Debe dedicarle todo su tiempo. ¿Está claro, Mallion?

—Seguro. ¿Cómo y cuándo desea usted que le informe?

—No quiero volver a saber nada de usted hasta que haya solucionado el problema. Hasta entonces…

Abrió un cajón del escritorio, sacó un cheque ya extendido y me lo entregó a través de la mesa. Pensé que se trataba de un anticipo, pero al examinarlo vi que era por valor de dieciséis mil dólares.

—Así que ya sabía usted cuánto me había pagado Markevich —comenté.

—Hay pocas cosas que yo no sepa. Buenas tardes, Mallion. Mi secretaria le acompañará.

—Conozco el camino.

Salí. La despampanante secretaria me llevó hasta la escalera, dejó que la examinara durante unos segundos y luego volvió atrás y la perdí de vista.

Recorrí el camino de salida con la cabeza dándome vueltas, y no por efecto de la retorcida escalera.