CAPÍTULO IX

—No recibí ninguna llamada indicándome dónde debía depositar los cien mil dólares de la primera entrega —repitió míster Schrage con voz iracunda—. Y ya han pasado dos días del plazo que me dieron para ese pago.

—Han sucedido demasiadas cosas para que el chantajista se sienta tranquilo —opiné—. Eso no quiere decir que haya desistido de sus pretensiones.

—A juzgar por las señales que quedan en su rostro, Mallion, esos matarifes de Pasadena le pegaron duro —refunfuñó.

—No tanto como deseaban. ¿Ha podido hacer algo al respecto? Quiero decir, de lo que le pedí en mi nota.

—Me limité a hacerle llegar una indignada protesta al D. A.

—No era eso lo que yo deseaba…

—Esos dos matones serán expulsados del Cuerpo.

—Siempre es un consuelo. No obstante, se me ocurrió pensar que debían tener un buen motivo para tratarme de manera tan salvaje. Ellos sabían el riesgo que corrían haciéndome una cosa así.

—Esos tipos no piensan, no tienen sesos… He leído los periódicos con detalle, Mallion. ¿Todo sucedió como cuentan en la muerte de Leila?

—Con pequeñas variantes, sí.

—¿Quién supone usted que pudo matarla?

—No tengo la menor idea. Desconozco en qué círculo se movía, qué amistades tenía y la clase de vida que llevaba. Sin embargo, el marido es un sospechoso ideal.

—¿Lo cree así la policía?

—No lo sé. Calculo que los policías no pueden razonar como nosotros desde el momento que desconocen lo referente al chantaje. Tal vez Leila se asustó a raíz de mi visita y quiso volverse atrás… O, lo que es más razonable, quizá ella desconocía las intenciones de Greasley. Al comprenderlo, después de su conversación conmigo, tal vez lo llamó, echándole en cara su proceder y amenazándolo, él perdió la serenidad y la mató. Cualquiera sabe cómo sucedieron las cosas. Personalmente, me inclino a creer que Leila no sabía una palabra del chantaje. Su espanto, el estupor que la invadió cuando le hablé con toda claridad, pudieron ser reales.

—Sea como sea, podemos considerar extinguida la amenaza…

—Por el momento, sí. Pero si el chantajista no es tonto, volverá a la carga cuando las cosas se calmen un poco.

—¿Qué le pareció ese Greasley?

—Un tipo débil, sin voluntad. Pero Leila se sentía feliz y segura a su lado por lo que pude colegir…

—¿Le cree capaz de tramar ese golpe de quinientos mil dólares?

—Sí. Es un hombre que no se atrevería a realizar un delito en el que se viera precisado a dar la cara, a actuar directamente. Pero utilizaría el chantaje si encontrara suficientes seguridades en su anonimato.

—Entonces no cabe duda que quien llamó por teléfono las dos veces es él…

—Eso parece. ¿Quiere que siga adelante a pesar de todo?

—Sólo con que le haga comprender a ese granuja lo que le espera si persiste en sus planes será suficiente. Ahora ya no existe Leila… soy viudo, ¿comprende? La amenaza ya no es tan grave, a pesar de que sigo decidido a evitar cualquier escándalo.

—Está bien; veré a Greasley, hoy. ¿Tiene algo más que comunicarme?

—Nada, excepto que estoy satisfecho con su comportamiento.

—Gracias.

Salí del despacho. Lisa se levantó de su puesto de trabajo y vino hacia mí, con los tentadores labios entreabiertos en una leve sonrisa.

—¡Bart! —exclamó—. ¿Cómo te ha tratado?

—Muy bien. El día menos pensado va a nombrarme consejero de la Compañía.

La besé, aunque ella se apartó con presteza por temor a que cualquier empleado pudiera sorprendernos.

Desde mi oficina hice otra llamada a larga distancia.

No pude encontrar a Staton en su despacho, pero indiqué a quien me atendió lo que deseaba que hicieran con la máxima rapidez y colgué.

Tras esto, telefoneé a Claudette. Yo sabía que no le gustaba que la sacasen de la cama a semejantes horas de la mañana, que ella destinaba a dormir para recuperar el sueño desperdiciado durante la noche anterior, pasada casi en blanco en su recorrido por todos los lugares de diversión frecuentados por la gente del cine.

De manera que no me asustaron sus gruñidos y denuestos cuando escuchó mi voz. Luego recapacitó y puso en marcha su cerebro profesional.

—¿Qué sabes del asesinato de Leila, Bart? Resulta chocante que precisamente cuando tú te interesas por ella, alguien le retuerza el cuello…

—Eso fue una coincidencia, querida. Su relación con mi investigación era puramente marginal, ¿comprendes?

—¿Por quién me has tomado, muchacho? No puedes engañar a tu abuelita ni viviendo mil años. Bueno, ¿qué nueva idea se te ha ocurrido ahora?

—Necesito la dirección particular de Mort Ballinger. No consta en la guía de teléfonos y quiero hablar con él a solas.

—Continúas empeñado en buscarte líos. Espera un segundo.

Aguardé apurando un cigarrillo. Cuando volvió a hablar, me dio unas señas: West Hollywood. Corté su nueva sarta de preguntas por el expeditivo sistema de colgar el teléfono, y hecho eso saqué el revólver del cajón donde lo guardaba.

Era un «38» de cañón corto, un «Colt Cobra» que ya me había sacado de más de un apuro. Comprobé la carga y lo guardé en el bolsillo, decidido a no correr más riesgos con Baker y sus muchachos.

La dirección del mequetrefe propiedad de la Baker Record correspondía a un edificio de apartamentos.

—Eso es algo que tendrá que pagar también —farfulló—. Vamos, diga lo que quiera y déjeme en paz.

—No es difícil de explicar. ¿Has leído que Leila Sheridan fue asesinada?

—¿Y qué? Para mí, ella pasó a la historia hace tres años.

—Eso dices tú. Lo que yo diga a los reporteros es algo muy distinto… Te vi deambular por las inmediaciones de la casa donde vivía Leila, aproximadamente media hora antes de cometer el crimen… Diré que en mi conversación con ella, durante la tarde, me había confesado que habías vuelto a importunarla…

Se echó a reír, seguro de sí mismo.

—¿A quién intenta asustar, fisgón?

—No he terminado todavía… Debes saber que Leila se casó con Greasley hace poco más de un año, quizá quince meses. He descubierto que le conoció en Méjico, al final de sus actuaciones en aquel país. Bueno, Leila tenía un hijo de tres años.

Eso le dio trabajo a su herrumbroso cerebro.

—¿Y qué? —masculló al cabo de unos segundos.

—Todas las cotorras de Hollywood recibirán la primicia de esta información, saco de músculos. El niño es hijo tuyo. El hijo que no habrás querido reconocer a pesar de ser el muchacho típico americano, el ejemplo de nuestra sana juventud… esa publicidad te hará polvo, a ti y a Baker. Dos pájaros de un tiro.

Perdió el color y creí que iba a echarse a llorar.

Cuando recobró la voz tartamudeó:

—¡Pero usted sabe que eso es falso…!

—Naturalmente que lo sé. Pero eso no impedirá que todo el mundo crea que es cierto. Vas a quedar malparado, compadre.

—¡Baker le matará si lo intenta siquiera!

—Baker va a tener otras preocupaciones cuando yo termine con él. Tú dijiste que mis métodos eran hundir a quienquiera que fuese, con tal de salvar los intereses de quien me pagaba. No sabes cuán cierto es eso…

—Pero… pero ¿por qué infiernos la ha tomado conmigo? Nunca nos habíamos visto antes… no puede tener nada contra mí…

—No me eres simpático, Mort; además, te niegas a colaborar en algo tan sencillo como responder a unas preguntas sin importancia.

—Está bien, responderé a sus malditas preguntas a cambio de que me deje en paz… definitivamente.

—Ésa es la clase de música que me gusta escuchar. ¿No tienes algo bueno para beber? Necesito algo para entonarme. Soy casi un inválido estos días.

—Sírvase si quiere. Ahí están los licores… y termine pronto.

Mientras escanciaba una buena dosis de un whisky excelente, dije:

—Cuando Leila se separó de Schrage tú seguiste con ella una temporada, mientras esperabas que el viejo soltara el millón que ella pensaba reclamar en concepto de compensación y alimentos. ¿No es cierto?

—Seguro.

—¿Pensabas embolsarte tú toda esa pasta?

—¿Y qué si fue así?

—Parece que había cambiado mucho en esos tres últimos años —comenté, abstraído. Luego apuré un largo sorbo de licor y añadí—: Bien, volvamos a lo que importa. ¿La acompañaste a Reno también?

Tras una ligera vacilación gruñó:

—Sí.

—¿Te alojaste en su mismo hotel?

—¿Cree que soy idiota? Naturalmente que no. Hubiera podido estropearlo todo si los abogados de Schrage hubiesen descubierto que estábamos juntos antes de fallarse el divorcio.

—Pero tengo entendido que no acudieron los abogados del viejo. Éste dio el asunto por hecho cuando ella se sometió a sus exigencias… ¿No es cierto?

—Bueno, sí… pero entonces no lo sabíamos. Durante las primeras dos semanas aún pensábamos sacarle un buen fajo de billetes…

—¿La ayudaste a tramitar el divorcio?

Me miró, vacilante, y acabó rehuyendo mi escrutinio.

—Ella me lo pidió. No entendía nada de esta clase de trámites.

—De manera que fuiste tú quien lo hizo todo, ¿eh?

—Prácticamente, sí.

—Alguien debió ayudarte, digo yo. No se pueden falsificar unos documentos semejantes sin la colaboración de un experto…

Pegó un salto. Pensé que iba a desmayarse, tan impresionado quedó después de escucharme.

—¡Lo sabe…! —tartamudeó, aterrado.

—Claro que lo sé, pedazo de cretino. Y casi puedo adivinar los motivos que te impulsaron a tramar esa patraña a espaldas de Leila.

No replicó. Le había golpeado en el lugar que más podía dolerle y todavía no se había recobrado, de manera que añadí:

—Cuando fe diste cuenta que ni ella ni tú podríais sacarle un centavo al viejo, pensaste que ya era hora de levantar el vuelo… y se te ocurrió la idea del falso divorcio con el exclusivo propósito de que, si Leila volvía a casarse con alguien que valiera la pena podrías sacarle los cuartos con la amenaza de revelar que su matrimonio no era válido. Podías acusarla de bigamia incluso…

—Expuesto así suena muy sucio… —se lamentó.

—Tan sucio como has sido siempre, zorrino. ¿O quizá pensaste apretarle las clavijas al viejo? Él tiene dinero en grande para sacárselo…

—¿A Schrage? —exclamó, con un respingo—. ¿Cree que estoy loco? Ese maldito cuervo podría aplastarme con sólo silbar desde su oficina. Nunca se me hubiese ocurrido intentarlo siquiera…

—¿Ni estando sin un centavo?

—Tengo dinero de sobra, Mallion. Más del que puedo gastar…

—A otro perro con ese hueso, idiota. Es Baker quien se embolsa el ochenta por ciento de tus ganancias en la venta de discos, aparte de que también mete su zarpa en tus otros ingresos. Y con el tren de vida que llevas, poco dinero debe quedarte… ¿Cuándo se te ocurrió recurrir al chantaje, muchacho?

—¡Pero si se lo he dicho! Cuando la dejé plantada en Reno…

—No me refiero a tres años atrás, sino a hace apenas unos días.

—¿Días? Bueno, ¿trata de asustarme otra vez? Nunca lo he intentado, ni cuando supe que Leila se había casado otra vez. ¿Para qué iba a correr un riesgo tan grande si tengo una buena posición? Aunque Baker se quede con la parte del león de mis ingresos, me queda lo suficiente para vivir estupendamente. Mientras haya gente estúpida que tire su dinero comprando mis discos todo irá bien.

—Voy a regarte el beneficio de la duda, compadre. Dime algo más antes de marcharme… ¿Quién te sustituyó en el afecto de Leila, después que te separaste de ella?

Se encogió de hombros, despectivo.

—Nadie. Supe que había estado intentando trabajar en un espectáculo para ganar lo suficiente para vivir, pero lo abandonó a las pocas semanas de empezar. Fue entonces cuando se marchó a Méjico.

—¿Dónde estuvo actuando en ese espectáculo?

—En Las Vegas. En el Clarion.

Okey. Ahora corre y sóplale los oídos a Baker antes que se moleste contigo… ¿Sabe él lo referente al falso divorcio?

—¿Baker? No. ¿Cómo podría saberlo?

—¿Conservas copia de los documentos falsificados?

—Bueno…

—¿Sí o no?

—¡Sí, maldita sea su estampa!

—Ajá. Quiero esos papeles. Serán el precio que habrás pagado por tu tranquilidad, porque de ahora en adelante te dejaré en paz.

—Para lo que me sirven…

Se dirigió a un mueble rinconera, en cuyos estantes algunos libros lloraban su abandono. El apolíneo cantante comenzó a revolver los cajones uno tras otro, sacando y metiendo papeles, mascullando de impaciencia… hasta que se volvió de cara a mí, desconcertado.

—¡No están aquí! —exclamó.

—¿Y estás seguro que es ahí donde los guardabas?

—Sin la menor duda… Los puse aquí cuando me trasladé a este apartamiento… Desde entonces no había vuelto a acordarme de ellos.

—¿Recuerdas cuándo los viste por última vez?

—No… Bueno, cuando los puse aquí, claro.

—¿Quién más sabía la existencia de esos documentos?

—Nadie. Era algo que me reservaba para… Bueno, algo de lo que no deseaba hablar.

—¿Había algo en ellos que permitiera presumir que habían sido falsificados?

—En los originales que remitimos a Schrage, no. Pero en las copias, si uno se fijaba mucho, podía advertir que los sellos de caucho habían sido alterados. No correspondían al negociado de registros, sino a otra dependencia de los juzgados de Reno.

—Ya veo…

—Mire, no me importa quién tenga esas copias. No quiero oír hablar más de este asunto… nunca. ¿Va a dejarme en paz ahora?

—Seguro…

Le dejé solo, sumido en una suerte de asombro que me hizo llegar al coche sin haber reaccionado todavía.

De manera, me dije, que no hubo sustituto de Ballinger cuando éste dejó a Leila. Y ésta trató de encontrar trabajo por su cuenta, cuando se le cerraron las puertas de Hollywood. No obstante, unas semanas después, abandonó el empleo y marchó a Méjico sola y sin buscar la ayuda de nadie. ¿Por qué?

—Jimmy.

Me sorprendió darme cuenta de que había pronunciado el nombre en voz alta. No obstante, eso debía de ser; huyó para dar a luz donde nadie pudiera conocerla y nació el chiquillo… un niño que en la actualidad tenía tres años…

Pegué un brinco en el asiento, estupefacto. Golpeé el volante con la rodilla, gruñí de dolor, pero ni presté atención a eso.

Entonces lancé el auto como una bala rumbo a Pasadena. Ya sabía el camino de memoria…