Capítulo 3
El príncipe siempre despertaba temprano y casi todos los días salía a montar alrededor de las seis. Esta mañana, sin embargo, al abrir los ojos y ver el sol que apenas comenzaba a entrar por su ventana, se dio cuenta de que había despertado una hora antes que de costumbre.
Se había ido a la cama con cierta preocupación en la mente, y esa preocupación persistía. Su instinto, que debido a su sangre húngara era extraordinariamente perceptivo, le había advertido que algo andaba mal.
No estaba seguro de lo que era, pero intuía que estaba relacionado con la marquesa y con Lady Esme.
Como ni bien despertaba necesitaba ponerse en actividad, se levantó, se vistió sin llamar a su valet, bajó por la escalera y se dirigió a las caballerizas.
Para entonces varias doncellas jóvenes, con sus cofias y sus vestidos de algodón a cuadros, comenzaban a abrir los cortinajes y a limpiar las rejillas de las chimeneas.
También observó que lacayos en mangas de camisa recogían los vasos y las copas abandonados en el salón y en la sala de juegos.
Más tarde, los sirvientes mayores inspeccionarían su trabajo y darían instrucciones que asegurarían que todo estuviera en perfecto orden cuando él o sus invitados reaparecieran.
El hecho de que se hubiera levantado tan temprano hizo que los sirvientes le dirigieran miradas interrogantes, como si percibieran que algo andaba mal.
Pero el príncipe continuó su camino hacia las caballerizas, sintiendo que lo que más deseaba en ese momento era montar en uno de sus más briosos caballos.
Entonces disfrutaría de una batalla por la supremacía, en la que de manera invariable él resultaría vencedor, pero con la satisfacción de saber que había luchado por ello.
De vez en cuando hacía traer de Hungría caballos que sólo estaban domados a medias y sabía que su experiencia con esos animales era muy admirada no sólo por sus amigos, sino también por la gente que trabajaba para él.
Llegó a las caballerizas que, desde que él comprara el castillo, habían sido reconstruidas en su totalidad.
Siempre se felicitaba no sólo por la habilidad del arquitecto que había diseñado el edificio de modo que armonizara con el resto de la arquitectura del castillo, sobre todo con la parte georgiana, sino también porque sus caballos poseían un albergue mucho más cómodo que el de cualquier otro dueño de cuadras en Inglaterra.
Como era tan temprano, sólo un mozo muy joven estaba de servicio. En cuanto lo vio acercarse corrió para avisarle al palafrenero en jefe.
El príncipe recorrió la larga hilera de casillas, preguntándose qué caballo montaría. Advirtió que uno que había llegado de Hungría apenas la semana anterior ya parecía haberse adaptado.
Cuando menos, ya no forcejeaba para obtener su libertad, ni trataba de echar abajo la casilla, como lo había hecho al principio.
El príncipe decidió que, debido a que sus propios sentimientos parecían un tanto inquietos esta mañana, lo mejor sería montar a Aspád, como se llamaba el nuevo caballo.
Estaba a punto de abrir la puerta de su casilla cuando, respirando jadeante a causa del esfuerzo de llegar corriendo, apareció el jefe de palafreneros.
—Buenos días, Alteza —dijo respetuosamente—. ¡No lo esperaba tan temprano!
—Lo sé, Barton —contestó el príncipe—, pero es una hermosa mañana y necesito hacer ejercicio.
Sabía, sin embargo, que todos sus sirvientes consideraban inconcebible que, sin importar cuán tarde se acostara por las noches, siempre se levantara temprano y se mostrara tan activo y lleno de energía como si hubiera dormido ocho horas.
El príncipe se había entrenado para mantener su cuerpo bajo un control tan estricto como el que ejercía sobre sus emociones.
Había descubierto que cuando así le convenía podía pasársela con tres horas de sueño, cuando otros hombres necesitaban el doble.
—Estaba pensando, Barton —dijo—, que esta mañana montaré a Aspád. Veo que ya está más tranquilo que cuando llegó.
—Así es, Alteza —respondió el palafrenero en jefe, con su fuerte acento rústico—, y nunca había visto un caballo más fino que éste. Una vez que Su Alteza lo haya domado, ¡será soberbio!
—Eso es lo que yo pensé —contestó el príncipe.
Retrocedió unos pasos para que Barton abriera la puerta de la casilla, pero para su sorpresa el palafrenero se detuvo.
El príncipe se dio cuenta de que tenía el ceño fruncido.
—¿Qué sucede? —preguntó.
—Acaban de decirme, Alteza —contestó Barton—, que una de las invitadas estuvo aquí esta mañana. Como solo Jeb estaba de servicio, y es un muchacho bastante tonto, ella insistió en montar a Gyorgy y él se lo permitió.
El príncipe lo miró con asombro.
—¡Gyorgy! —exclamó.
—Sí, Alteza. Desde luego, si me hubieran avisado yo no lo habría permitido. ¡Gyorgy es un buen caballo pero, como Su Alteza sabe, no es la montura adecuada para una dama!
El príncipe sabía muy bien que eso era verdad.
Gyorgy era el último caballo que él mismo había domado, pero aún era muy salvaje y en ocasiones casi incontrolable, por lo que comprendió que Barton tenía razón al decir que no era montura para una mujer, por experimentada que fuera.
—Creo que debe haber algún error, Barton —replicó—. ¿Dijo Jeb quién era la dama que se llevó a Gyorgy?
—No le preguntó su nombre, Alteza, pero dijo que era muy bonita y mucho más joven que las invitadas que Su Alteza acostumbra tener.
—¡Que ensillen a Jóska en el acto, en tanto averiguo en qué dirección se fue la dama!
El príncipe se alejó y Barton corrió hacia la casilla de Jóska. Comprendió que el príncipe había decidido que no tenía tiempo de luchar con Aspad.
Jóska, que era uno de los caballos más veloces y grandes del príncipe, lo llevaría adonde quisiera ir con más rapidez que cualquiera de los otros.
El príncipe encontró a Jeb que traía un cubo de agua del patio.
Jeb miró a su amo con temor. Por lo que había dicho Barton cuando habló con él comprendió que había hecho algo malo.
—¿Tienes idea, Jeb —preguntó el príncipe con toda calma—, de la dirección en que se fue la señorita Claye una vez que montó a Gyorgy?
—Sí, Alteza.
Jeb bajó el cubo de agua y señaló hacia el extremo más lejano del parque.
—Yo la vi irse, Alteza —explicó—, y como Gyorgy estaba encabritado, pensé que iba a tirarla; pero ella lo montaba como si supiera lo que estaba haciendo.
—¡Eso espero! —dijo el príncipe entre dientes.
Se dio vuelta y vio que Barton conducía a Jóska desde la caballeriza hacia el patio.
Se apresuró a montar y como el enorme potro negro tiraba de las riendas, ansioso por correr, él las aflojó y partió al galope a través del parque, en la dirección que Jeb le había indicado.
Cuando cabalgaba pensaba que era extraordinario que una jovencita hubiera elegido a Gyorgy para montar, y que se considerara capaz de manejar un caballo que a él mismo le había causado grandes dificultades.
Gyorgy no sólo era difícil de controlar, sino que además era un animal nervioso, con tendencia a asustarse de cualquier cosa fuera de lo usual.
El príncipe estaba seguro de que encontraría a la señorita Claye, no pudo recordar su nombre, tendida en el suelo, inconsciente, y que una vez que la hubiera llevado a la casa, debería enviar a los palafreneros a buscar a Gyorgy.
Nunca se imaginó que alguien querría montar tan temprano que Barton no se hubiera levantado aún, pues en ese caso habría aconsejado a sus invitados y se hubiera asegurado de que no se llevaran algún caballo peligroso.
Comprendió que sólo porque Jeb era tan tonto no había despertado a Barton para pedirle consejo y, en cambio, había accedido a la petición de la muchacha, a la que sin duda le había gustado la apariencia del caballo.
Al pensar en ella trató de recordar su apariencia. Estaba seguro de que no le había parecido el tipo de muchacha acostumbrada a montar.
Sólo podía esperar que cuando Gyorgy la arrojara, como sin duda lo haría, ella cayera en terreno suave, de preferencia en las tierras de pastura, donde era posible que no se rompiera ningún hueso.
Sin embargo, eso causaría una verdadera conmoción y trastornaría por completo su reunión. Debería disculparse ante el marqués y explicarle que el hecho de que uno de sus caballos hubiera lastimado a su sobrina, no había sido culpa suya.
El príncipe llegó al final del parque, y de inmediato impulsó a Jóska a galopar a través de una parte plana de terreno, que el potro cruzó a una velocidad que no habría podido ser superada ni en una pista de carreras.
Se proponía llegar a una colina que había en la parte final de esa zona, ya que desde lo alto podría ver varios kilómetros adelante, hacia el valle cruzado por un pequeño río.
Obligó a Jóska a reducir la velocidad y lo hizo subir a la ladera un poco más despacio. Por fin, cuando llegó a la parte superior de la calina, lo detuvo.
Primero miró hacia la parte más cercana esperando ver un cuerpo inmóvil tendido en el suelo y, sin duda alguna, a Gyorgy correteando por los alrededores.
Pero no había señales de ninguno de los dos, por lo que miró a lo lejos, hacia el río, que estaba a unos tres kilómetros de distancia, y en ese momento los vio.
Para su sorpresa, la muchacha seguía montada y corría por la orilla, siguiendo el curso del río. Parecía como si buscara un lugar por dónde cruzarlo, aunque él no podía entender por qué trataba de hacerlo.
El mes anterior había llovido mucho y el río, que casi siempre era poco profundo, llevaba un caudal mucho mayor que el acostumbrado, casi del doble.
Ahora que la había visto, el príncipe no perdió el tiempo tratando de adivinar qué se proponía hacer. Comprendió que cuanto más pronto la alcanzara, sería mejor.
Descendió por el otro lado de la colina y una vez que llegó al valle hizo correr nuevamente a Jóska, a tal velocidad que en poco más de quince minutos ya estaban a poca distancia de Fiorella.
Ella continuaba avanzando por la orilla del río, tratando de encontrar un lugar adecuado para cruzarlo. Había pensado que como Londres se encontraba al norte, sería mejor que fuera hacia el sur.
Aunque no conocía la campiña inglesa, ni tenía idea de cuán extensa pudiera ser la propiedad del príncipe, le pareció que la tierra del otro lado del río era más agreste, menos cultivada.
La obsesionaba una sola idea, y era la de escapar. Sabía que había tenido mucha suerte al encontrar un caballo que, estaba segura, tendría la suficiente resistencia como para llevarla durante todo el día.
Debió frenar un poco a Gyorgy, hasta detenerlo junto a una parte del río en que podía verse el fondo. Advirtió que en este punto no era muy profundo y un caballo podría vadearlo con facilidad.
Lo hizo girar hacia el agua y, al hacerlo, miró hacia atrás. Entonces se dio cuenta de que un hombre a caballo se acercaba.
De inmediato comprendió que estaba en peligro y, abandonando su propósito dé cruzar el río, hizo girar a Gyorgy para volver a cabalgar en la misma dirección por la que había llegado, imprimiéndole toda la velocidad posible.
Gyorgy se mostró encantado que se le permitiera correr a su gusto.
Sin embargo, para demostrar su independencia a quien lo montaba, se paró sobre las patas delanteras con la esperanza de derribar a su jinete. Como no logró hacerlo, pateó dos o tres veces el aire con las patas traseras, antes de someterse a la orden del jinete y enseguida se lanzó en un desesperado galope.
El príncipe había contenido el aliento al ver la forma en que el caballo pateaba el aire, esperando que en cualquier momento Fiorella cayera al suelo. Al ver que ella continuaba en la silla y que el caballo partía velozmente en un esfuerzo desesperado por evitarlo, pensó que aquello era un milagro.
Sin embargo, eso le planteaba un desafío a Jóska que el animal no podía pasar por alto. No hubo necesidad que el príncipe lo tocara ligeramente con su fuete o usara los estribos.
El potro se lanzó hacia adelante y sus herraduras sonaron como pequeños truenos contra el suelo. Tenía en tensión todos los nervios de su cuerpo, en un esfuerzo por demostrar su supremacía sobre el caballo que iba frente a él.
Al oír que el príncipe se acercaba, a Fiorella le pareció imposible que otro animal pudiera superar en velocidad al que ella montaba.
Pero, sin importar lo mucho que urgiera a Gyorgy, podía escuchar que el hombre que la seguía se acercaba más y más, hasta que por fin comprendió, desesperada, que no tenía escapatoria.
Sin embargo, continuó intentándolo, hasta que por fin el príncipe se colocó a su lado y ella pudo ver quién la había perseguido.
Resultó un alivio comprobar que se trataba del príncipe y no del marqués, como ella esperaba, pensando que su tía lo había enviado para que la llevara de regreso al castillo.
Como comprendió que no valía la pena continuar corriendo, gradualmente y, según notó el príncipe, sin mucha dificultad, hizo que su montura disminuyera la velocidad, hasta convertir su paso en un simple trote y después en una tranquila caminata. El príncipe hizo lo mismo con Jóska.
Después de la velocidad a la que habían cabalgado, aun él jadeaba un poco cuando hizo una pregunta muy diferente a las que se había propuesto hacer.
—¿En dónde, en nombre de Dios, aprendió usted a montar de ese modo?
Debido a que la pregunta era tan inesperada, Fiorella empezó a reír.
—¡Gyorgy es un caballo magnífico! Vi su nombre en la casilla, así que sé que proviene de Hungría.
—Por supuesto —contesto el príncipe—, pero me interesaría mucho, saber, señorita Claye, a dónde se propone ir con él.
Fiorella iba a responder que no iba a ningún lado en particular, cuando se dio cuenta de que el príncipe había visto el bulto de ropa que había atado a la parte posterior de la silla.
No era muy grande, pero ella había pensado que no podía huir sin llevarse nada para cambiarse. Por lo tanto, había hecho un bulto con lo indispensable.
Como Jeb no había entendido lo que deseaba, ella misma, con bastante dificultad porque Gyorgy estaba muy inquieto, lo había atado a la silla.
Era experta en ese tipo de cosas, porque con frecuencia se había visto obligada a acomodar cuanto poseía en un caballo, un camello o una mula, cuando viajaba con su padre.
Había puesto un cepillo para el cabello y un peine en una de las alforjas; un cepillo de dientes, una esponja y un jabón en la otra.
Sabía que de ese modo se evitaría comprar esos accesorios básicos con el poco dinero que llevaba.
Cuando se preguntaba frenética qué podría contestarle al príncipe, éste dijo con tranquilidad:
—Si se propone fugarse, como sospecho que lo está haciendo, creo que tengo derecho de preguntarle a dónde se lleva mi caballo.
Advirtió que el rubor invadía el rostro de ella antes que contestara con voz muy baja:
—Le ruego que me disculpe por… robarlo… pero le… juro que se lo habría… devuelto en cuanto me fuera… posible… hacerlo.
Por un momento el príncipe guardó silencio. Después dijo:
—Me gustaría que habláramos con calma sobre esto. A pesar de que no puedo obligarla a confiar en mí, quisiera pedirle que lo hiciera, aunque sólo fuera por Gyorgy.
Como no lo dijo de forma condenatoria, ni desagradable, sino bondadosa y comprensiva, Fiorella se apresuró a responder:
—Sería mucho más sencillo, Alteza, si usted… simulara, no haberme visto y me dejara… escapar.
—¿Se imagina qué gran frustración representaría para mí —preguntó el príncipe—, preguntarme después qué pudo haberles sucedido a usted y a Gyorgy, y no poder ayudarla si se encontrara en dificultades?
Los ojos de Fiorella se iluminaron.
—¿Me ayudaría… usted si le contara lo que… sucede?
—Puedo prometerle que haré todo lo que esté a mi alcance para ayudarla en lo que necesite.
Sintió que Fiorella lanzaba un leve suspiro de alivio antes de decir:
—Temí que usted se… enfadaría mucho conmigo por llevarme a Gyorgy, pero pensé que ningún otro caballo sería… más veloz que él.
—¿Por eso lo eligió?
—¿Cómo hubiera podido resistir algo tan hermoso? Además, estaba segura de que nadie podría alcanzarme con otro caballo si decidían perseguirme.
—¿Cómo sabía usted que?… —comenzó a decir el príncipe, pero se detuvo—. Escuche, señorita Claye, usted y yo tenemos que hablar. ¿Acepta desayunar conmigo en una de mis granjas, que no está lejos de aquí?
Fiorella titubeó.
El comprendió que pensaba que tal vez él estaba buscando una oportunidad de quitarle el caballo para que no pudiera ir más lejos, u obligarla de alguna manera a volver al castillo.
—Hablo sin prejuicios —dijo él—, y como ya le he prometido que la ayudaré si me resulta posible, espero que confíe en mí.
Ella lo miró y, a él le pareció que sus ojos eran muy extraños. Había un toque de verde en ellos, aunque bien podría ser el reflejo de la hierba.
—Yo… confío en usted —repuso ella con voz baja, después de una pausa.
—Gracias —contestó el príncipe—. La granja está allá.
Señaló hacia un lugar, en la distancia, donde se veían algunas hacinas de heno y, más allá de ellas, el humo que surgía de una chimenea.
Tocó a Jóska con su fuete. El potro se lanzó hacia adelante y Gyorgy lo siguió.
Cuando se dirigían hacia la granja, el príncipe pensó que nunca había conocido a una mujer que pudiera cabalgar tan bien como ella, y que de alguna manera que él no hubiera podido explicar, era capaz de controlar un caballo tan indómito como Gyorgy sin esfuerzo aparente.
Cuando llegaron a la granja y se dirigieron hacia la caballeriza, guiados por el príncipe, Gyorgy protestó.
Por lo tanto, efectuó su acostumbrada rutina de pararse sobre las patas delanteras, lanzar coces y corcovear; pero el príncipe, que ya había desmontado, observó a Fiorella sin intervenir.
Ella no sólo permaneció en la silla, sino que además controló al caballo de una forma que él no hubiera podido superar. Lo hizo al mismo tiempo que le hablaba.
—Vamos, muchacho, si vas a descansar, tontuelo… —le decía—. No quiero que te canses con estos ejercicios… no debes agotarte, para poder llevarme a donde quiero ir.
Algo tranquilo, casi hipnótico, surgía de la voz de ella, pensó el príncipe. Gyorgy, al descubrir que no podía tirarla, se tornó dócil de pronto.
Hasta permitió que lo condujeran a la caballeriza, sin poner más objeciones, y la puerta de ésta se cerró. El príncipe, sin hacer ningún comentario, caminó hacia la puerta donde los esperaba una mujer de edad madura y mejillas encendidas, que le hizo una reverencia cuando llegó a su lado.
—Buenos días, Alteza. ¡Es un honor volver a verlo por aquí! Yo esperaba que no pasara mucho tiempo antes que viniera a vernos.
—Ahora ya estoy aquí, señora Hickson —contestó el príncipe—. Y he traído a desayunar conmigo a una jovencita que tiene tanta hambre como yo.
La señora Hickson hizo una reverencia y los condujo, sin dejar de hablar con la velocidad de una ametralladora, hacia una cómoda salita, con una mesa junto a la ventana, que se, apresuró a cubrir con un mantel blanco y limpio.
—Su Alteza llegó justo a tiempo —dijo—. Mi esposo mató un cerdo y yo cure un jamón la semana pasada. Sé que le gustará Alteza.
—Estoy seguro de que así será —convino el príncipe—. He dicho, señora Hickson, que no hay nadie en toda la finca que sepa curar un jamón mejor que usted.
Con una sonrisa de satisfacción, la señora Hickson salió corriendo de la salita y el príncipe advirtió que Fiorella se hallaba de pie, casi de puntillas, frente al espejo que había sobre la chimenea, quitándose el sombrero de montar.
Cuando ella se dio la vuelta el príncipe comprendió que la estaba mirando por primera vez. Se dio cuenta de lo atractiva que era. Sin embargo, su apariencia era muy poco común, diferente a cuanta mujer había conocido hasta entonces.
No era sólo por su cabello, con reflejos dorados, y los pequeños rizos que se, habían desprendido del moño por medio del cual había tratado de mantenerlos en su sitio, y que parecían tener vida propia.
También sus ojos, que eran muy grandes, tenían, como le había parecido antes en el campo, un toque de verde.
Sus pestañas eran muy largas y, aunque oscuras en las raíces, se rizaban hacia arriba y las puntas eran doradas.
Había algo extraño en ella que él no pudo definir.
Fiorella le dirigió una leve sonrisa; al sentarse a la mesa, dijo:
—Admito, ahora que pienso en ello, que tengo hambre.
El príncipe se sentó frente a ella.
—Tenemos mucho de qué hablar. Pero creo que todo resultaría más fácil si me dijera cómo se llama… cuál es su nombre de pila.
—Fiorella.
—En segundo lugar, me gustaría saber cómo es posible que pueda montar mejor que ninguna otra mujer que yo haya conocido… —Se detuvo antes de añadir—: vine a buscarla, esperando encontrar un cuerpo inconsciente, y a Gyorgy corriendo por allí. Habría tomado horas, tal vez días enteros, volver a someterlo.
—Monto desde muy niña —contestó Fiorella después de un momento—; pero a pesar de todos los caballos en los que he cabalgado, ¡jamás había encontrado uno tan magnífico como Gyorgy!
Se hizo el silencio. Entonces, en un impulso, añadió:
—Yo… se lo hubiera devuelto… a usted.
—Para comenzar, no entiendo por qué quería marcharse. ¿Soy tan mal anfitrión que decidió escapar del castillo cuando hacía tan poco tiempo que había llegado?
Habló en tono ligero; pero, para su sorpresa, Fiorella miró hacia la ventana y en su voz había una nota de desesperación cuando dijo:
—¡Yo… yo tengo que… irme!
—¿Por qué?
—Prefiero… no decírselo.
—Y yo prefiero oír de su boca lo que ha sucedido, y no saberlo por su tío, o por su tía, a mi regreso, como sucederá sin duda alguna.
—No creo que… ellos le digan… la verdad.
—Entonces, ¿me la dirá usted?
Se dio cuenta de que algo andaba muy mal. Se inclinó a través de la mesa para decir con una voz que todas las mujeres consideraban irresistible:
—Por favor, confíe en mí, Fiorella. Le juro que todo lo que me diga será considerado confidencial y no haré nada para lastimarla o hacer las cosas más difíciles para usted.
Con lentitud, le pareció, ella volvió la cabeza y levantó sus largas pestañas. El príncipe se dio cuenta de que lo miraba de manera penetrante, como si buscara, más allá de su aspecto superficial, cierta seguridad de que podía confiar en él.
Pensó que era la primera vez en su vida que una mujer lo miraba de ese modo. Intuía que ella estaba discutiendo consigo misma si él era tan digno de confianza como pretendía.
Entonces, con sus extraños ojos aún clavados en los grises de él, Fiorella pareció satisfecha con lo que veía porque dijo:
—No hay nada que pueda hacer… más que huir y… ocultarme.
—¿Huir de qué?
—De lo que sucedió… anoche.
—¿Puede decir qué sucedió?
Fiorella contuvo el aliento; pero, después dé un momento, dijo con una vocecita que él apenas si pudo oír:
—El… Conde de… Sherburn entró en mi… dormitorio por error… él pensaba que era… la habitación de Lady Esme.
El príncipe se puso tenso.
Le resultaba difícil creer que lo que estaba oyendo fuera verdad. Y, cuando Fiorella continuó su relato, comprendió.
—Yo… estaba dormida —dijo—, y cuando desperté me… asusté porque había un… hombre en mi habitación. Entonces, antes que pudiera decir nada… entró tía Kathie.
El príncipe no necesitó oír más.
Supo con exactitud lo que había sucedido y que aquélla había sido la venganza que Kathie Claydon estaba planeando cuando la viera en el salón, mirando a Esme Meldrum con los ojos llenos de odio.
Era una venganza que, instintivamente, él había tratado de evitar, halagándola y llevándola a ver el cuadro que había comprado.
Pero conforme Fiorella le relataba lo que había ocurrido, pudo adivinar la forma en que el conde había confundido su cuarto con el que ocupaba Esme, tal como Kathie lo había ideado.
Ella había estado acechando, como un gato junto al agujero de la cueva de un ratón, hasta que él cometiera el error.
—¿Có… cómo puedo… casar… casarme con un hombre con el que… nunca he… hablado siquiera? —Estaba preguntando Fiorella—. Por eso es… que me vi obligada a… huir.
—Entiendo muy bien sus sentimientos —dijo el príncipe con tranquilidad.
—¿De veras… comprende usted?
—¡Claro que sí! —contestó él—. Pero ¿adónde se dirigía?
Ella hizo un gesto impreciso que resultaba patético.
—Llevo sólo dos semanas en Inglaterra, pero pensé que podría encontrar algún lugar donde… ocultarme de tía Kathie hasta que… todo quedara en el olvido.
—¿Y trae dinero para hacerlo?
—Tengo… un poco.
—¿Cuánto?
El advirtió que titubeaba antes de decírselo, pero casi como si la obligara a hacerlo, respondió:
—Casi cinco libras.
—¿Y de veras cree que eso habría sido suficiente para impedirle morir de hambre?
—Podría… encontrar… algo qué hacer —contestó Fiorella a la defensiva.
—¿Qué sabe hacer?
—He estado pensado en eso —contestó—. Puedo cocinar, aunque tal vez nadie me contrataría sin referencias, y puedo hablar varios idiomas, incluyendo el árabe.
El príncipe la miró con asombro.
—¿Cómo es que conoce usted esos idiomas?
—He viajado por muchos países extraños con mi padre.
—Me temo que no sé nada acerca de usted —señaló el príncipe—. Por favor, cuéntemelo, porque tengo curiosidad por saber quiénes eran sus padres, que según tengo entendido ya han muerto.
—Mi padre murió de tifoidea en Nápoles, a fines de febrero.
Le pareció percibir una expresión de sorpresa en el rostro del príncipe, como si él considerara inconcebible que ella no estuviera de luto, por lo que se apresuró a explicar:
—Papá pidió que nadie llevara luto por él, porque no… creía en la muerte… —Se detuvo antes de añadir—: en el Oriente, donde vivimos mucho tiempo, todos creen en la reencarnación. Papá pensaba que como él y mamá se amaban tanto, volverían a encontrarse en otra vida… decía que el amor es indestructible y no puede… morir.
—Así que cuando su padre murió, ¿usted volvió a Inglaterra?
—Yo no le habría escrito al tío George —respondió Fiorella—, pero nuestro sirviente lo hizo. Había estado con nosotros desde que yo era niña, y pensó que era lo correcto.
—¡Claro que lo era! —aprobó el, príncipe.
—Pero yo no tengo deseos de vivir el tipo de vida del que mi padre siempre se reía. Decía que la alta sociedad consistía en gente tonta que competía por obtener títulos más importantes y mejores, y que desperdiciaba su tiempo y su energía jugando, gruñendo y chismorreando.
La forma en que lo dijo fue tan graciosa, que el príncipe no pudo evitar echarse a reír.
—Creo que su padre tenía razón. Al mismo tiempo, dudo de que haya alternativa Para una dama joven como usted.
—No deseo ser una «dama joven» —declaró Fiorella casi enfadada—. Quiero seguir haciendo las, cosas que hacía con mi padre, pero no sé cómo puedo hacerlas… sola.
—¿Qué clase de cosas hacía con su padre?
Ella le dirigió una sonrisa traviesa.
—Yo nací en la tienda de un beduino —contestó—. He tratado de encontrar el nacimiento del Ganges y escalé las laderas más bajas de los Himalaya. He estado con los cazadores de cabezas en Sarawak y he cenado con una tribu en África cuyo platillo favorito era «cristiano asado».
El príncipe la miró con incredulidad y ella empezó a reír.
Era un sonido muy natural, pensó él… la risa espontánea y feliz de una niña.
—Usted me lo preguntó —comentó antes que él pudiera hablar—, pero no necesita creerme.
—Creo que me daría cuenta si usted mintiera —contestó el príncipe.
—¿Por qué lo dice?
—Tengo un gran instinto para esas cosas y aunque parezca increíble, sé que me está diciendo la verdad.
—Entonces, si me cree, debe comprender que no tenga deseos de pasarme la vida con gente que sólo se, preocupa por ver cuán mal puede hablar de sus amigos, cuando ellos no están presentes.
El príncipe torció los labios en una sonrisa, y observó:
—Creo que esa es una acusación un poco cruel.
—Además de lo cual —continuó Fiorella en tono diferente—, no me gusta la idea de pasarme todo el día sentada en habitaciones calientes y, cerradas, probándome ropa y comiendo a intervalos regulares.
Se detuvo antes de preguntar:
—¿Tiene usted alguna idea acerca de lo mucho que la gente como tío George y tía Kathie come todos los días? Si pusiera todo eso en una cubeta alimentaría a centenares de niños hambrientos de la India.
Habló casi con pasión y el príncipe dijo:
—Comprendo que todo le parezca un tanto desconcertante. Pero al mismo tiempo, no todos en el beau monde son tan malos como usted los hace aparecer.
Fiorella encogió los hombros antes de decir:
—¡He querido escapar desde que llegué a vivir a Inglaterra, y ahora tengo que irme! Usted debe comprender eso.
—¿No cree que casarse con el Conde de Sherburn le brindaría una posición social que la mayor parte de las jóvenes damas considerarían envidiable? —preguntó el príncipe.
—Eso es lo que me dijo tío George, y la respuesta es: ¡No! ¿Cómo podría casarme con un hombre al que no amo? ¡Y, de cualquier modo, el conde ama a otra mujer!
El príncipe no trató de discutir ese punto.
—La sola idea de casarme porque tía Kathie quiere deshacerse de mí es degradante y asquerosa —continuó Fiorella—. En cualquier caso, no me interesa una posición en sociedad… ni ser una marioneta a la que le tiran de los hilos para que diga lo que es correcto, haga lo que es correcto y piense lo que le ordenan. ¡Quiero ser feliz… quiero ser yo misma!
—¿Y está segura de que eso es imposible en el ambiente en que viven sus tíos?
El príncipe hizo la pregunta con toda seriedad y para su sorpresa, en lugar de volverse agresiva contra él, Fiorella permaneció pensativa un momento antes de contestar:
—Ése es el tipo de cuestión que papá y yo solíamos discutir. Creo que se puede ser uno mismo en cualquier parte del mundo, en tanto no se esté obligado a hacer cosas que uno sabe que están mal.
Hubo un momento de silencio antes que ella continuara:
—Papá decía que la vida es una búsqueda del desarrollo de uno mismo, y como él y mi madre eran tan felices juntos, no les importaron las incomodidades que sufrían. Podían reírse de ellas y todos los días descubrían algo nuevo.
—¿Qué esperaban encontrar al final? —preguntó el príncipe.
—Supongo que la respuesta real a eso es sus almas —contestó Fiorella.
Lo dijo con sencillez y el príncipe pensó que era extraño que una muchacha tan joven pudiera hablar de esa forma y decir esas cosas sin sentirse turbada.
Entonces, antes que él pudiera contestar, se abrió la puerta y la señora Hickson entró en la habitación llevando una bandeja cargada de comida.
Un poco más tarde Fiorella comentó:
—Mi padre solía decirme lo deliciosos que eran los huevos con tocino en el clásico desayuno inglés. Ésta es la primera vez que los pruebo realmente frescos y comprendo lo que quería decir.
Después tomó otro pedazo de pan recién horneado y lo cubrió con la dorada mantequilla que el príncipe sabía que era fabricada con la leche de las vacas Jersey que los Hickson tenían en la granja.
Se sirvió otra taza de té y dijo:
—Creo, Fiorella, que debemos volver a la importante pregunta sobre qué va usted a hacer.
—Usted está de acuerdo con que debo irme —se apresuró a replicar ella.
—Dije que comprendo que desee hacerlo.
—Pero ¿me impedirá que lo haga?
—Supongo que eso es lo que debería hacer.
Ella dejó de comer y dijo en tono diferente:
—¡Después de traerme aquí, no puede traicionarme, cuando confié en usted!
—Lo cual espero que continúe haciendo —repuso el príncipe—. Al mismo tiempo, debe comprender que lo que se propone hacer es imposible.
—Yo lo haré posible, y usted no, tiene derecho de interferir.
—No deseo hacerlo, pero puedo apreciar mejor que usted las dificultades que le esperan.
—He vencido dificultades antes.
—¡No sola!
Era cierto y Fiorella permaneció callada mientras él continuó diciendo:
—Existen tantos peligros que acechan a una mujer sola, queme sería imposible enumerarlos. Sin duda alguna, alguien le robaría a Gyorgy y a usted le sería muy difícil, sin dinero y viajando sola, conseguir algún tipo de alojamiento.
—¿Cómo supone que pueda creer tal cosa? —preguntó Fiorella con voz hostil.
—Porque es verdad en Inglaterra —contestó el príncipe.
—Entonces, cuanto más pronto salga de este país, mejor —replicó Fiorella—. Tal vez lo más conveniente para mí sería vivir en el extranjero.
—Lo que voy a sugerirle es más fácil que eso —señaló el príncipe—. Comprendo que no puede recurrir a los familiares de su padre en busca de ayuda, pero sin duda su madre debe tenerlos también en alguna parte del país.
Después de un breve silencio, Fiorella dijo con brusquedad:
—¡Mi madre no era inglesa!
Para su sorpresa, el príncipe exclamó:
—¡Estaba en lo cierto! Yo sentía que había algo diferente en usted. Ahora sé de qué se trata y, a menos que esté muy equivocado… ¡su madre era húngara!
—¿Por qué lo dice?
—Porque nadie podría montar tan bien como usted si no tuviera sangre húngara en las venas, y hay algo en su rostro que me desconcertaba, aunque ahora ya sé qué es.
—Sí, mi madre era húngara —admitió Fiorella—, pero tía Kathie me advirtió que no debía decirle a nadie que era extranjera, porque eso significaba una gran desventaja y podía provocar que los hombres no quisieran casarse conmigo.
El príncipe echó la cabeza hacia atrás y se rió.
—¡Nunca he oído nada tan absurdo! Supongo que usted sabe que soy húngaro, ¿no?
—Sí, desde luego.
—Entonces, ¿por qué no me había dicho nada sobre su madre?
—No creí que le interesara.
—¡Por supuesto que me interesa! ¿Cuál era su apellido de soltera?
—Rákózi, pero no creo que usted haya oído hablar de ellos. Su familia era de la parte oriental de Hungría.
—Por supuesto que he oído hablar de ellos —contestó el príncipe—. Son una familia muy famosa en Hungría. De hecho, sus tierras colindan con las mías.
—Mamá huyó con papá, así que si está pensando en que me vaya con ellos, debo decirle que, los Rákózi no me recibirían bien.
—Dudo de que así sea. De cualquier modo, llevaría tanto tiempo averiguar sus sentimientos al respecto, que se me ocurre una sugerencia muy diferente.
—¿Cuál es? —preguntó Fiorella.
Habló con lentitud y con cierta expresión de desconfianza en los ojos que le reveló al príncipe su temor ante la posibilidad de que él se mostrara difícil y de algún modo le impidiera escapar, como era su intención.
Por alguna extraña razón, él, parecía ser capaz de leer sus pensamientos. Comprendió que Fiorella estaba pensando que si podía escapar cuando él no se diera cuenta, podría sacar a Gyorgy de la caballeriza y huir sin que lo advirtiera.
Casi podía ver, en la claridad de sus ojos, los pensamientos que atravesaban su mente. Entonces dijo con voz baja:
—Los dos tenemos sangre húngara en las venas, Fiorella, y aunque ya antes estaba dispuesto a ayudarla, ahora siento que es una obligación de honor como compatriota suyo.
—¿Usted… va a ayudarme?
No parecía muy convencida, pero él creyó ver que una leve luz de esperanza se encendía en sus ojos.
—Me doy cuenta —le respondió con lentitud—, de que sería imposible para usted, sintiéndose como se siente, casarse con el Conde de Sherburn, aunque desde el punto de vista social sería un matrimonio ventajoso, a pesar de lo inesperado.
—Pero… él está enamorado de Lady Esme —observó Fiorella.
El príncipe pensó que había una palabra más apropiada para describir el sentimiento que existía entre el conde y Esme Meldrum, pero Fiorella, aunque había recorrido el mundo, era demasiado inocente para comprenderlo.
—Ciertamente, para usted sería una forma muy desventurada de casarse —le dijo—. Y son sus sentimientos lo que interesa. Por lo tanto, Fiorella, voy a sugerirle una solución alternativa a la de lanzarse sola a través de un país desconocido, y tener que enfrentarse a muchos peligros y privaciones, incluso a la probabilidad de morir de hambre, con sólo cinco libras en el bolsillo.
—¡Si está pensando en hablar con tía Kathie, puedo asegurarle desde ahora que ella no le escuchará! —se apresuró a replicar Fiorella—. Quiere casarme tanto para librarse de mí como para castigar conde, obligándolo también a casarse. Es posible que me equivoque, pero ésa es mi impresión.
—¿Se le ocurrió a usted? ¿O alguien le dijo que eso era lo que había detrás del propósito de su tía?
—Lo he deducido por la forma en que me miró anoche y por la nota que percibí en su voz —contestó Fiorella—. No sé por qué, pero estoy segura de que estaba enfadada con él no sólo porque estaba en mi dormitorio, sino también por alguna otra razón.
Como el príncipe ya sabía que era húngara, supuso que su instinto era tan fuerte como el suyo.
Pero no valía la pena mencionarlo, así que se limitó a explicar:
—Lo que voy a sugerirle, y sé que le resultará mucho menos peligroso y más cómodo que lo que se proponía a hacer, es que se oculte en una casa de mi propiedad, que está a unos ocho kilómetros de aquí.
—¿Una casa? —preguntó Fiorella.
—Una parienta mía vive en ella —contestó el príncipe—. Como está semi inválida, lleva una vida tranquila y solitaria en una casa en la que la instalé hace cinco años, cuando llegó a Inglaterra procedente de Hungría.
—¿Ella es húngara?
—Como ya le he dicho, es parienta mía.
—¿Y… podría quedarme con ella?
—Creo que ella se sentirá encantada de tenerla allí. Sólo habla un poco de inglés. De hecho, no sabe nada acerca de la vida social de este país, que usted considera tan aburrida. Sin embargo, es una persona culta y en extremo inteligente, y creo que las dos van a llevarse muy bien.
Fiorella lo escudriñó un instante y enseguida preguntó:
—¿Realmente está ofreciéndome un refugio en su casa y no les dirá a mis tíos dónde estoy escondida?
—Le doy mi palabra de honor de que no le diré a nadie dónde está usted o que nos hemos visto esta mañana. Cuando en el castillo se enteren de su desaparición, simulare que es una gran sorpresa para mí.
—¿Y qué me dice del mozo de la caballeriza? Él les dirá que me llevé a Gyorgy.
—Deje eso por mi cuenta. Yo pensaré en alguna explicación… diré que encontraron a Gyorgy vagando por el campo y que lo he dejado a cargo de unos amigos… —sonrió antes de añadir—: supongo que le gustará montarlo cuando esté en la Casa Ledbury.
—¿Así llama usted a la casa a la que voy a ir?
El príncipe asintió con la cabeza.
Fiorella unió las manos.
—¿Cómo es posible que sea usted tan… bondadoso… tan comprensivo? —le preguntó—. No sé ni cómo comenzar a darle las gracias.
—Como ya le he dicho —contestó el príncipe—, un húngaro no puede negar su ayuda cuando otro húngaro se la pide.
—¡Gracias… muchas gracias!
El príncipe sacó el reloj del bolsillo de su chaleco.
—Como nos tomará un poco de tiempo llegar a la Casa Ledbury —señaló—, será mejor que partamos ahora mismo. Debo volver al castillo a la hora en que desayunan los demás y a enfrentarme al escándalo cuando se descubra su desaparición.
Había una insinuación de risa maliciosa en los ojos de Fiorella cuando dijo:
—¡Desde luego, una persona se sentirá feliz por mi desaparición y esperará que haya muerto… me refiero al Conde de Sherburn!
El príncipe lanzó una carcajada y comentó:
—No voy a negarlo. Osmond Sherburn lleva años diciendo que no tiene intenciones de casarse.
—¡Él se pondrá muy contento y tía Kathie muy enfadada!
—Mi prima cuidará de usted —prometió el príncipe—. Por cierto, su nombre es: Princesa María Dabas.
—Parece cosa del destino, ¿verdad? —dijo Fiorella con una sonrisa encantadora—. Mamá dejó su casa y todo lo que era húngaro para estar con mi padre. Y. ahora yo seré salvada de un infierno seguro… por un húngaro.
—Como usted dice —contestó el príncipe—, creo, Fiorella, que el destino está jugando un papel decisivo en su vida.
—Por supuesto… y yo debo creer en mi Karma, en lugar de sentirme tan asustada. Ahora me siento avergonzada de mí misma.
—Sólo puedo decir que eso es muy comprensible —contestó el príncipe—. Y ahora, vamos, enséñeme una vez más cuán bien maneja usted a Gyorgy.
Sin darse cuenta, al levantarse de la mesa extendió la mano hacia ella, como si fuera una niña. Y cuando Fiorella deslizó su mano en la suya, el príncipe decidió que desde el punto de vista social estaba comportándose de una forma muy reprensible.
Pero su instinto y su percepción húngaros le dijeron que no sólo era lo correcto, sino que tampoco existía alternativa.