Capítulo 6

-¿Como te sientes? —Preguntó Antonia.

—Lo bastante bien como para regresar a casa —contestó el duque.

Sentado en un sillón junto a la ventana, Antonia advirtió que realmente parecía estar mucho mejor.

Pero tanto Tour como ella sabían que aún no se había recuperado del todo.

Gracias a la labor de un masajista chino que había conseguido Labby, no tenía el cuerpo débil como era de esperar después de pasar tanto tiempo en cama.

Sin embargo, no era conveniente que abusara de sus recién recobradas fuerzas.

Por eso no le había contado que la situación en París se ponía cada vez más difícil, ya que no deseaba preocuparlo.

Ni siquiera le había informado que los alemanes se acercaban cada día más.

—Somos ingleses —observó él—, así que no tenemos por qué pensar que no podemos irnos cuando queramos.

Antonia titubeó, pero sabía que debía responder.

—Nuestra nacionalidad no goza de popularidad.

—¿Por qué?

—Dice el señor Labouchere que la opinión francesa está escandalizada por la actitud poco amistosa de la prensa inglesa.

El duque lanzó una exclamación de disgusto y ella prosiguió:

—En cuanto París fue amenazada, se supuso que Inglaterra se mostraría ansiosa por rescatarla.

Hizo una pausa y después agregó un tanto nerviosa:

—Pero ahora el resentimiento contra nosotros es tan intenso que un periódico propuso que todos los ingleses que estuvieran en París fueran fusilados de inmediato.

—¡Santo cielo! —exclamó el duque.

—Cuando a la caída del Imperio se cambiaron los nombres de las calles de París, la prensa francesa exigió que se cambiara el de la calle Londres, afirmando que la palabra Londres era más detestable que la propia Berlín.

—Creo que no son más que exageraciones de la prensa. Mañana mismo iré a la Embajada Británica.

Antonia no contestó y para cambiar el tema, preguntó: Me parece que te duele la cabeza.

—¿Quieres que te dé masajes en la frente? Tal vez te calme un poco.

Esperaba no parecer demasiado ansiosa. Para ella tocarlo significaba tal deleite, que le resultaba difícil ocultar sus sentimientos para que él no adivinara su amor.

—Creo que me ayudará —asintió el duque un tanto reticente.

Se colocó junto a él y le acarició la frente, como lo había hecho cuando estaba muy enfermo.

—¿En dónde aprendiste?

—Ives descubrió que ayudaba a tus caballos cuando tenían algún músculo tirante.

El duque se rió.

—¡Debí suponer que tenía algo que ver con los caballos!

—Nunca me hubieran permitido practicarlo en un hombre —respondió Antonia con una sonrisa.

—Pues me alegro de ser el primero comentó el duque.

Ella se preguntó por qué el tono de su voz era cínico y burlón.

Últimamente sus atenciones casi parecían molestarlo.

No lo comprendía:

—Debemos irnos —dijo él de pronto—. Tenemos que volver a Inglaterra y a la vida normal. Con seguridad lo deseas tanto como yo.

Con dificultad, Antonia logró controlarse y no gritar que era lo que menos deseaba.

—O quizá —prosiguió él—, preferirías quedarte aquí y disfrutar de las atenciones de tu admirador.

—El señor Labouchere ha sido muy amable y cuando estés listo para partir estoy segura de que nos ayudará.

—No creo necesitar su ayuda. Mañana iré a la embajada para obtener de Lord Lyon, el embajador, un salvoconducto hasta El Havre, donde nos espera el yate.

—Debes ponerte más fuerte antes de intentar viajar —insistió ella.

—Esta tarde quiero caminar por el jardín y el masajista me ha asegurado que mis músculos están en buena forma. Sólo se trata de cuidar de que no vuelva a abrirse la herida del hombro.

Antonia advirtió que no mencionaba que aún se mareaba al levantarse.

Cualquier tipo de debilidad le molestaba y luchaba contra ella con una decisión qué constituía una de las razones de su pronta recuperación.

Pero a la vez, sabía que cuando volvieran a Inglaterra lo perdería y deseaba permanecer con él en París un poco más.

El duque descansaba después del almuerzo, durante el cual había disfrutado de una buena comida, ignorante de lo difícil que había sido conseguirla, cuando les anunciaron que el señor Labouchere esperaba en el salón.

Antonia bajó para recibirlo y cuando él le besó la mano y la retuvo más de lo necesario, preguntó:

—Parece un poco cansada. ¿Aún cuida al enfermo por la noche?

—No, claro que no. Mi esposo tiene una campanilla junto a su cama para llamar si necesita algo. Pero hace varias noches que no me despierta.

—Sin embargo, su subconsciente permanece alerta.

Antonia sonrió.

—No se preocupe por mí. Mi esposo desea volver a casa.

—Eso me dijo ayer. No será fácil.

—Dice que mañana visitará al embajador.

—Imposible. Salió de la ciudad esta mañana, con el resto de la delegación de diplomáticos ingleses.

—¡No puedo creerlo!

—Me temo que es verdad. Me avisaron y para asegurarme, yo mismo pasé por la embajada antes de venir hacia acá. Sólo queda un portero que repite como loro: «No puedo dar ninguna información».

—¡Siempre pensé que el embajador permanecería en París mientras aún hubiera ingleses aquí! —exclamó Antonia.

—Aún permanecen en la ciudad alrededor de cuatro mil.

—Si el embajador partió, creo que nosotros también debemos irnos. ¿Hay trenes en servicio?

—Aunque los hubiera, no les recomendaría que los abordaran.—

—¿Por qué? Dígame la verdad.

—Acabo de enterarme de que un tren que partió de Gare du Nord el quince de septiembre, fue detenido por los prusianos en Senlis, que como sabe está solo a cincuenta kilómetros de París.

Antonia lanzó una exclamación ahogada y él continuó:

—Creo que eso fue lo que convenció a Lord Lyon de que debían irse.

—¿Por qué el gobierno francés no insistió en que todos los ingleses se fueran antes?

—Tanto el gobierno como el Consejo de Defensa Nacional opinan que si los extranjeros abandonan la ciudad, eso sería desmoralizador para el ejército y la población.

Y con acento vehemente, añadió:

—Pero yo los ayudaré a salir de algún modo, se lo prometo. A la vez, si obedeciera a mis deseos, la retendría aquí.

Antonia desvió la mirada.

—La amo, Antonia —afirmó él—. Ya se habrá dado cuenta.

—No debe… decir… esas… cosas.

—¿Qué daño puedo hacer? Sé lo que siente por mí.

Lanzó un profundo suspiro antes de añadir:

—Comprendo que soy un viejo para usted. De haber tenido diez años menos habría hecho todo lo posible por seducirla. Pero la dejaré como la conocí, perfecta y pura. Tal vez, en la larga lista de mis conquistas, sea la única mujer a quien he amado de verdad.

Algo en la voz de Labby hizo surgir en Antonia una sensación muy cercana a las lágrimas.

La perturbaba pensar que causaba sufrimiento a alguien que la había ayudado tanto.

—Tal vez algún día, cuando sea mayor —prosiguió Labby— comprenda lo difíciles que han sido estas últimas semanas. Al estar a solas con usted debí ejercer todo mi control.

—Su amistad… es muy valiosa… para mí.

—No es amistad, Antonia, es amor. Un amor tan diferente a cuanto había sentido que a veces me parece que es un sueño y que usted no existe más que en mi imaginación.

—No debería… hablarme así… lo sabe —señaló Antonia.

Pero se preguntó por qué le pedía que no lo hiciera.

Al duque no le importaría que otro hombre la cortejara. El estaba enamorado de la marquesa. Y cuando regresaran a Inglaterra, ella no tendría a nadie en su vida; ni al hombre que amaba, ni al que la amaba a ella.

—¿Qué la hace tan diferente a todas las demás mujeres? —preguntó Labby—. No tiene una belleza extraordinaria y, sin embargo, no he podido librarme de la fascinación de su rostro.

Ella notó el sufrimiento reflejado en sus ojos cuando añadía:

—Escucho su voz, el recuerdo de su figura me hace parecer insulsas a las demás mujeres y no puedo pensar en nada que no sea usted.

La voz profunda y apasionada hizo que Antonia se sintiera turbada y un poco temerosa. El se alejó de ella para dirigirse a la ventana.

—Cuando se vaya, sólo me quedarán mis sueños. Y tengo la desagradable sensación de que me perseguirán toda la vida.

—¿Qué puedo… decirle? —preguntó Antonia—. Sabe que no… deseo… lastimarlo.

—Es tonto decir: «es mejor haber amado y perdido que no haber amado nunca» —contestó Labby como si se burlara de sí mismo—. Pero en mi caso, es cierto. Ha hecho conmigo algo maravilloso, mi dulce duquesa.

—¿Qué?

—Restauró mi fe en las mujeres. Conozco su ambición, su hipocresía, su perfidia. Pero usted me ha demostrado que también pueden ser puras y fieles, sinceras e incorruptibles.

Con una sonrisa melancólica, añadió:

—Siempre pensé que cada mujer, que un hombre ama, deja una inscripción en su vida. En la mía quedará escrito: «Me dio fe».

—Gracias, Labby —dijo Antonia con voz muy suave. Y sin esperar más, salió del salón y lo dejó solo.

* * *

¡No le creo! —Exclamó el duque con indignación.

—Es verdad —afirmó Henry Labouchere. Ayer veintiuno de septiembre, los ulanos y dos tropas prusianas se reunieron cerca de Versalles, que se rindió sin que se disparara un tiro.

—Eso significa que París está aislado del resto de Francia. ¡Me resulta difícil creerlo!

—¿Y cuál es la reacción de la gente? Preguntó Antonia.

—Por el momento, gritan: «¡Que vengan, que truenen los cañones, ya es el momento!». Pero quienes sufren todas las represalias son los pobres y desgraciados desertores.

—¡Si desertaron, merecen todo lo que les suceda! —opinó el duque con voz dura.

—No puedo evitar compadecerlos. Según los informes, no sólo sus oficiales no supieron guiarlos, sino que además muchos de ellos carecían hasta de armas. Los, jóvenes zuavos fueron presa del pánico la primera vez que se enfrentaron a una bien armada y entrenada tropa prusiana.

—¿Y qué les hacen?

—Los reunieron en Montmartre, donde la multitud enfurecida los insulta y les escupe el rostro, al mismo tiempo que amenaza con lincharlos.

—¿Qué más sucede? —intervino el duque.

La mayor dificultad reside en enviar noticias, fuera de la ciudad. Una posible solución pueden ser los globos.

—¡Globos!

—Ya se consiguieron varios, aunque algunos están bastante maltratados. Pueden servir, aunque ninguno para llevar pasajeros.

—No pensaba salir por aire de París —comentó el duque cortante—. Lo que se me ocurrió fue solicitarle a los franceses que nos consigan un pase especial de los alemanes.

—Lo pensé. La duquesa ya me había solicitado que buscara alguna forma de que ustedes pudieran salir de aquí.

—¿Es posible? —preguntó el duque.

—Esta mañana encontré a cuatro ingleses, a quienes conozco, que intentaron salir en un carruaje repleto de provisiones y equipaje, en el que ondeaba la bandera inglesa.

—¿Y qué sucedió?

Sólo llegaron al puente de Neuilly, donde los prusianos los detuvieron y los obligaron a regresar. Juran que volverán a intentarlo, pero no creo que lo logren.

—¿Qué podemos hacer, entonces? —preguntó el duque.

—Déme un poco más de tiempo. Los prusianos aún no comenzarán a bombardear.

—¿Cree que nos bombardearán? —preguntó asustada Antonia.

—Por supuesto, es la única manera de lograr una rápida rendición.

Esa noche, Antonia permaneció despierta temiendo escuchar el estallido de las bombas, pero todo permaneció tranquilo y pensó que tal vez Labby había exagerado. Pero sin duda el duque lo tomaba en serio, porque cada día se mostraba más inquieto.

Era difícil impedirle que saliera a ver por sí mismo lo que ocurría.

Fue Antonia quien logró convencerlo diciéndole que sentiría miedo de quedarse sola.

—No puedo permanecer aquí como animal enjaulado —replicó el duque con irritación.

—¿Y si te… matan… o arrestan? ¿Qué pasaría… conmigo?

Era un argumento irrefutable y el duque estaba de acuerdo con Labouchere en que si acudía a las autoridades francesas y revelaba quién era, sólo podían suceder dos cosas.

Podrían considerar que un duque inglés era demasiado importante para caer en manos de los prusianos, así que le impedirían salir.

O lo arrestarían con cualquier pretexto, con el fin de obligar a Inglaterra a prestar más atención al sitio de París.

Así que el duque decidió que debían salir de París sin que nadie supiera quiénes eran.

Sin embargo, después de una semana de inactividad, a medida que cada día recuperaba nuevas fuerzas, le dijo a Antonia:

—Sabes que no deseo ponerte en peligro, pero estoy convencido de que el sitio será cada vez peor si los franceses no se rinden.

—¿Crees que se rendirán? ¡Sin duda alguien vendrá en su ayuda!

—¿Quién va a hacerlo? —preguntó el duque y ella sabía que no había respuesta.

—Pero si París se sostiene sin ayuda exterior, el sitio puede prolongarse indefinidamente.

—Sólo durará en tanto haya comida suficiente —contestó el duque.

—Pero sin duda hay bastante —respondió Antonia pensando en todos los animales reunidos en el Bois.

—Tour me ha contado —comentó el duque—, que la gente habla de que si la situación se pone verdaderamente mal, sacrificarán incluso a los animales del zoológico. Y sin duda todos los perros y gatos perderán la vida si los precios de la carne suben hasta quedar fuera del alcance de las mayorías.

—No soporto ni siquiera pensarlo —exclamó Antonia.

—Ni yo, por ti. Como consecuencia, debo decidir entre arriesgarnos a ser capturados o fusilados por los prusianos fuera de París o quedarnos y morir de hambre, como sucederá con muchos parisinos.

Antonia no vaciló.

—Sé qué preferirás y estoy dispuesta a correr cualquier riesgo a tu lado.

—Gracias, Antonia. Sé que podía confiar en tu valor.

Le sonrió al añadir:

—Tal vez no sea más peligroso ni arriesgado que saltar los obstáculos de mi pista.

* * *

Los soldados que vigilaban la puerta de St. Cloud observaron una carreta de madera que se acercaba, tirada por una mula.

La conducía una mujer cubierta de chales, a pesar del calor, y con un sucio pañuelo de algodón atado al cuello.

Cuando la carreta se acercó a la puerta, la mujer comenzó a gritar a voz en cuello:

—¡Viruela! ¡Peligro! ¡Contagiosa!

El guardia levantó una mano y, con dificultad, ella detuvo a la mula.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Viruela —contestó y señaló con el dedo al hombre acostado en la paja de la carreta.

—¡Viruela!

El guardia dio mi paso atrás.

—Traigo aquí mis papeles, por si desea verlos —dijo la mujer con acento de barrio bajo—, pero tenga cuidado al tocarlos.

El soldado no hizo ningún intento de tomarlos.

—¿Adónde cree que va, mujer?

—Nos echaron. Esos cobardes de allá adentro no quieren tener un caso grave de viruela como el que padece este pobre hombre.

Sin acercarse, el guardia se estiró para ver al hombre acostado. Notó el rostro cubierto de manchas rojas y se estremeció.

—¡Sigan, fuera de aquí! —ordenó—. ¡Y cuanto más rápido se alejen mejor!

La mujer azuzó a la mula, la puerta se abrió y continuaron su camino hasta el puesto de la guardia prusiana colocado en las afueras de la población de St. Cloud.

Allí dio las mismas explicaciones, pero esta vez se revisaron los papeles firmados por un médico y se produjo una espera hasta que se presentó un joven oficial.

—El hombre que lleva, señora —dijo en francés gutural pero, inteligible—, puede tener viruela, pero ésa no es una razón para que usted también salga de la ciudad.

Ella no contestó. Se limitó a arremangarse la blusa que le cubría las muñecas. En su piel, el oficial vio dos manchas rojas. Se apresuró a devolverle los papeles y ordenó apresurado:

Aléjense lo más que puedan de París.

—Vamos a Nantes, señor, si es que podemos llegar antes de morir.

El oficial ya no la escuchaba. Había corrido a lavarse las manos. El resto de los soldados vieron alejarse la carreta con una expresión de alivio en sus rostros.

Antonia, que permanecía muy erguida cuando se alejaban, debió hacer un gran esfuerzo para no ceder al deseo de volverse para mirar atrás.

Restalló su látigo junto a la mula para que apresurara el paso. Cuando el puesto de guardia prusiano ya estaba fuera de su vista, el duque se sentó y exclamó:

—¡Me siento como molido a palos!

—Puedes pasarte adelante y conducir —le dijo Antonia.

—Es lo que preferiría.

Antonia aminoró el paso de la mula, pero no la detuvo.

El duque saltó al frente de la carreta y tomó las riendas.

—¿Ya podré quitarme esta horrible pintura del rostro? —preguntó.

—Yo me la dejaría. Puede haber alemanes por aquí y debemos impedir que nos capturen.

—Lo sé, pero según los informes aún no han llegado hasta Amiens.

—No hay que confiar en los informes.

—Tour logrará llegar a El Havre a salvo —dijo el duque.

Su ayuda de cámara había partido dos días antes en compañía de unos americanos que habían conseguido salvoconductos franceses y alemanes.

Pero aunque hubieran querido no podían llevar a nadie consigo, ya que eran sólo para ellos mismos y su servidumbre.

Sólo mediante el soborno de una cantidad que a Antonia le pareció astronómica, se logró convencer a su sirviente francés de que le cediera su lugar a Tour.

En cuanto Henry Labouchere y el duque terminaron su plan, le dieron instrucciones detalladas a Tour acerca de lo que debía hacer.

Debía procurarse caballos para Antonia y el duque en una aldea que Labby estaba seguro de que aún no se encontraría ocupada por los prusianos.

—Compra los mejores que encuentres —le dijo el duque—, y después alquila el vehículo más rápido que consigas y dirígete hacia El Havre, donde espera el yate.

—Los prusianos no tocarán una nave inglesa —afirmó Labby.

—No, pero pueden impedirnos abordarla —contestó el duque—. Así que si El Havre se encuentra bajo la ocupación prusiana, Tour deberá lograr ponerse en contacto con el capitán y decirle que lleve el yate a Cherburgo.

—Es mucho más lejos —observó Antonia, que estaba muy nerviosa.

—Lo sé, pero no deseo correr riesgos. De alguna manera lograremos cruzar el país y llegar allá.

—Los informes, aunque no son confiables, aseguran que hasta ahora los prusianos no han avanzado más allá de St. Quentin.

—De cualquier manera —respondió el duque—, no pienso pasar por ninguna población grande. Nos mantendremos en el campo y tal vez logremos conseguir algo de comida en las aldeas pequeñas.

—Yo no me confiaría, señor. Por temor a pasar hambre, dudo de que accedan a venderle nada a los viajeros —apuntó Tour.

—Me temo que tiene razón —confirmó Labby.

—Nos llevaremos cuanto podamos —dijo Antonia con calma—. De lo contrario, sufriríamos hambre los dos días que nos tomará llegar al yate.

—No se preocupaba por sí misma, sino por el duque.

Aunque estaba mucho mejor, el viaje significaría un enorme esfuerzo y se preguntaba qué podría hacer si sufría un colapso en alguna apartada aldea donde sería muy difícil encontrar un médico.

Pero cuando partieron, el duque estaba de buen humor porque al fin entraba en actividad.

Se rió de los disfraces que le proporcionó Labby y al ver la carreta y la mula, le dijo a Antonia:

—Estoy seguro, señora duquesa, de que le parecerá un vehículo impresionante, aunque no tan veloz como el faetón en que iniciamos nuestra luna de miel.

—Sólo desearía que Rufus tirara de él.

—Yo también.

Ella sintió una gran calidez en su interior porque compartían su amor por los caballos.

Pero cuando se alejaron, dejando atrás a Labby que los observaba con una triste mirada, Antonia sintió miedo.

Se estremeció al pensar en la posibilidad de que fueran descubiertos. Pero entonces se dijo que, pasara lo que pasara, estaba junto al duque.

Su secreta isla quedaba atrás. Ahora debían cruzar el mar hostil que siempre presintió que los esperaba afuera.

Y, con tristeza, pensó que en tanto el duque viajaba hacia la seguridad de Inglaterra, ella regresaba a la soledad y a la amargura de no ser deseada, como le había sucedido durante toda su vida.

En cuanto él reiniciara sus relaciones con la marquesa, no habría, nadie que la cuidara, nadie que la reconfortara ni la apoyara.

Quizá, algunas veces, le pediría que le diera masajes en la frente.

O tal vez, como habían compartido tantas cosas juntos, entre ellos habría temas de charla que él no tendría con otras mujeres.

Pero al pensar en la belleza de la marquesa, comprendió que ni la ropa de Worth la ayudaría a competir con ella.

«No hay esperanza», se dijo.

Pero al menos quedaban dos, o quizá tres días, para estar a solas con él.

Incluso el ir a su lado en la carreta, los dos cubiertos por el grotesco disfraz, y el duque con el rostro pintado de manchas de viruela, constituía un deleite indescriptible.

La aldea donde Tour les dejaría los caballos se encontraba como a quince kilómetros de París y fuera de los caminos principales.

Con alivio, Antonia observó que viajaban por una parte casi deshabitada del país, cubierta de espesos bosques y ocasionales y apartados villorrios.

Labby había sugerido esa ruta porque en ella había menos prusianos.

—Cuanto más pronto se alejen de la ciudad y los puestos de guardia, mejor. Y siempre manténganse rumbo al norte. De lo contrario pueden llegar a algún lugar ocupado por los ulanos.

—¿Crees que vamos en la dirección correcta? —preguntó Antonia.

—Tengo muy buen sentido de orientación y estudié el mapa con mucho cuidado. En cuanto consigamos los caballos, viajaremos sin interrupciones por el campo.

Entonces preguntó:

—¿Tienes miedo, Antonia?

—No… no…, porque estoy… contigo.

El la observó, cubierta con los viejos chales, y comentó divertido:

—Sin duda, es una luna de miel increíble.

—Será algo para contarle a nuestros nietos —contestó Antonia.

De inmediato se dio cuenta de que había dado por sentado que los tendrían, pero eso implicaba tener primero hijos.

El duque, sin responder, se concentró en guiar a su mula a buen paso.

Al salir de una curva se encontraron en una aldea y el duque detuvo la carreta.

—¿Será… segura? —preguntó Antonia.

—Trataré de asegurarme de que todo está tranquilo y de que no hay señales de los prusianos. Si veo algo sospechoso me acostaré en la parte posterior de la carreta. Es mejor estar preparados y no correr riesgos, Antonia.

—Sí, claro. Veo que piensas en todo.

—Pienso en ti.

Pero ella se pregunto si no le disgustaría verse obligado a cuidar a una mujer en lugar de viajar solo y llegar más rápido a Inglaterra.

Se había dado cuenta de que si no hubiera sido por ella, habría salido antes de París.

El hecho de que hubiera escuchado los sensatos consejos de Labby y las súplicas de ella, no se debía a que no confiara en sus fuerzas, sino a que comprendía que llevar a Antonia era una responsabilidad mayor.

La aldea parecía tranquila y segura bajo el sol de la mañana.

El duque se acercó a una pequeña posada. Detuvo la mula junto al patio y le entregó las riendas a Antonia.

Saltó de la carreta, se dirigió a la bomba de agua que había en el centro del patio y se lavó el rostro.

«Tal vez corramos un riesgo», pensó Antonia, «pero no sería conveniente alarmar a los franceses que deben entregarnos los caballos».

En cuanto el duque entró en la posada, ella bajó de la carreta, acarició a la mula y le habló con esa voz que los animales de todas las nacionalidades parecían entender.

El duque regresó con el dueño de la posada. Antonia advirtió que se había quitado la ropa vieja, debajo de la cual llevaba su traje de montar. Sólo conservaba los viejos y rotos zapatos.

Antonia buscó entre la paja de la carreta y sacó las botas.

Cuando los dos hombres se dirigían hacia la caballeriza, se quitó los chales y la amplia falda harapienta que ocultaba su propio traje de montar.

Era muy elegante, ya que lo había adquirido en París porque el que usaba en Londres era demasiado grueso para el calor que hacía en Francia.

Era del piqué delgado que la Emperatriz había puesto de moda y con el cual Worth vestía a todas las cortesanas y damas de sociedad.

Lo único que no se había atrevido a llevar era el sombrero, pero tenía una pañoleta del mismo color del traje, con la que se cubriría la cabeza.

Sin embargo, sabía que su cabellera debía tener un estado lamentable, sin el elegante peinado que tanto hiciera para cambiar su apariencia de una insulsa inglesa a la de una elegante mujer, de la que Labby se había enamorado.

Dejó a la mula mordisqueando la hierba y entró en la posada.

Una mujer, que supuso sería la esposa del propietario, se mostró muy gentil y la condujo hacia una sencilla habitación, donde pudo lavarse y arreglarse el cabello.

Se apresuró lo más que pudo, pues sabía que el duque desearía iniciar la marcha cuanto antes. En unos cuantos minutos estuvo más o menos presentable, con la pañoleta de gasa sobre su cabello, y en seguida bajó.

Como suponía, el duque la esperaba impaciente. Los caballos ya estaban ensillados y Antonia observó que Tour había logrado conseguir una silla de mujer para ella.

No eran caballos muy finos, pero sí fuertes, por lo que comprendió que resistirían mejor el largo viaje.

El duque sostenía un vaso de vino en la mano y el posadero le entregó otro a Antonia.

Iba a rechazarlo, pero entonces pensó que si el duque lo había ordenado para ella, debía aceptarlo. Además, no sabía hasta cuándo podría tener algo que beber.

—Coloqué la comida que ordenaron en una bolsa atada a la silla de su caballo, señor, y dos botellas de vino en la de la señora.

—Gracias, otra vez. Le estoy muy agradecido.

El duque le entregó, una generosa propina y ayudó a Antonia a subir a su caballo.

En el momento en que la tocó, ella sintió que la atravesaba una ráfaga encendida.

Entonces el duque montó a su vez y sin hablar iniciaron la marcha, a través de la aldea y hacia campo abierto.

—Cuanto más lejos, mejor, Antonia —comentó el duque con tono de satisfacción cuando ya habían recorrido un buen trecho.

—Es evidente que Tour lo logró.

—También nosotros —sonrió el duque—, y como dijiste antes, Antonia, Será un relato que fascinará a nuestros nietos.

Aunque habló sin mirarla, Antonia se ruborizó.

«Por favor, Dios mío, que me dé… un hijo», rezó con fervor. «¡Lo amo… lo amo con desesperación!».