Capítulo 5
Alguien… un hombre… gritaba… hacía ruido…
El duque se preguntó por qué lo molestaban cuando se sentía tan enfermo. Ya antes había escuchado a ese hombre y no soportaba la conmoción que provocaba.
La voz pareció alejarse… y se esfumó en la distancia… hasta que sólo quedó el silencio…
Sintió un alivio. Entonces otra voz suave, que también le parecía haber escuchado muchas veces, dijo:
—Duerme. Estás a salvo. Nadie te lastimará.
Quiso afirmar que no sentía miedo, pero hablar o intentar abrir los ojos significaba demasiado esfuerzo.
—Duérmete, mi amor. Tal vez tengas sed.
Un brazo le levantó la cabeza con todo cuidado y le dieron de beber un líquido fresco y dulce.
El abrazo era reconfortante y su mejilla se apoyaba sobre algo muy suave.
Una mano fresca acariciaba su frente y se adormeció, hasta que volvió a sumirse en la inconsciencia.
Al recobrar el conocimiento el duque escuchó dos voces.
—¿Cómo está, Tour?
Trató de recordar quién era la mujer dueña de esa voz que le parecía recordar vagamente. Sabía que Tour era su ayuda de cámara.
—Más tranquilo. Lo lavé y afeité y casi no se movió.
—¿Vino el médico cuando yo dormía?
—Así es, señora, y se mostró muy complacido. Dice que su señoría debió tener una magnífica condición física para recuperarse con tanta rapidez.
—Debió despertarme, Tour. Me hubiera gustado hablar con él.
—Necesita dormir, señora. No puede permanecer despierta día y noche.
—Me siento bien. Hay cosas más importantes que cuidar que mi salud.
—Debe ocuparse de ella, señora. Recuerde que no puedo prescindir de su ayuda, en especial cuando su señoría se pone inquieto.
—Es verdad. ¿Puede atenderlo un poco más, Tour? Espero al señor Labouchere.
—Por supuesto, señora. Y después debe salir a tomar un poco de aire fresco.
—Saldré al jardín. Llámeme si su señoría despierta o se muestra inquieto.
El duque se preguntó qué sucedería, pero estaba tan agotado que volvió a dormirse.
* * *
Antonia esperó a Henry Labouchere en el salón.
Estaba segura de que cuando el duque recobrará el conocimiento se sorprendería al saber que el único amigo que ella tenía en París era un periodista.
Henry Labouchere, que era dueño de la cuarta parte de un diario inglés, se había asignado a sí mismo a la sucursal que su periódico tenía en París.
Inglés de ascendencia hugonote, «Labby», como lo llamaban sus amigos, era todo un personaje.
Sagaz, cínico y diplomático, en 1865 había sido elegido miembro del Parlamento como radical y republicano.
Sin embargo, había perdido el escaño al mismo tiempo que heredaba veinticinco mil libras esterlinas y ahora se dedicaba a incrementar la circulación de su periódico.
Había ido a entrevistar al duque al enterarse del duelo.
Pero en cambio encontró a una pálida y asustada duquesa que le confesó con toda sinceridad que la vida del duque peligraba y le suplicó que no lo mencionara en su periódico.
Henry Labouchere, que había tenido muchas amantes hermosas, no pudo resistir la mirada atemorizada y suplicante de Antonia.
No sólo le prometió guardar secreto sobre el duelo, sino que a través de los días se convirtió en su amigo, confidente y consejero, ya que ella no tenía a quién recurrir.
Y era él quien la mantenía al tanto de los sorprendentes sucesos que tenían lugar en París.
Al principio, cuando todos suponían que la guerra terminaría en seguida, los franceses se dedicaron a divertirse, sin pensar que nada pudiera perturbar su placer, excepto el celebrar las victorias.
El veintiocho de julio el Emperador tomó el mando de su ejército y en sus oídos se repetían las palabras de la Emperatriz: «Luis, cumple con tu deber».
Pero cuando se dirigía hacia Metz sufría de constantes dolores a causa de la piedra en el riñón y parecía un hombre acabado.
Los alemanes contaban con un ejército bien entrenado de cuatrocientos mil hombres y mil cuatrocientos cuarenta rifles, concentrados en el extremo más alejado del Rin, en tanto que Luis Napoleón sólo había logrado reunir doscientos cincuenta mil soldados.
Su estrategia consistía en avanzar con rapidez hacia Alemania, con la esperanza de anexarse los estados alemanes del Sur y con el tiempo a los renuentes austriacos, para que se le unieran en su lucha contra Prusia.
El dos de agosto, cuando los franceses arrebataron Saarbrüchen a una débil tropa alemana de avanzada, todo París estalló de alegría.
Se leyó en público un telegrama que anunciaba la captura del príncipe heredero de Prusia. Eso provocó que un famoso tenor cantara «La Marsellesa» subido en un carruaje.
Henry Labouchere se lo relató a Antonia, así como otras salvajes escenas que se desarrollaban en las calles. Ella no había visto ni escuchado nada, absorta en su tarea de atender al duque, delirante a causa de la alta fiebre que lo atacara después de que le extirparan la bala.
Al principio las noticias no le interesaron, pero conforme avanzó la semana y el duque, a pesar de que su herida mejoraba, no recobraba el conocimiento, Antonia comprendió que no podía mantenerse al margen de lo que sucedía en el exterior de la casa.
Así que esperaba con ansiedad las visitas del señor Labouchere, aunque casi siempre le llevaba malas noticias.
El ejército francés demostraba una gran ineficiencia.
Después de dos derrotas, en Spicheren y Woerth, comenzó una retirada larga y penosa. Ordenes y contraórdenes partían desde un París presa del pánico.
El dieciocho de agosto, un ataque alemán causó veinte mil bajas entre los franceses en St. Privat y, durante la noche, el ejército, en absoluto desorden, retrocedió hasta Metz, lugar donde habían comenzado.
Según el señor Labouchere las noticias tenían a París, «al borde de la locura».
—Acabo de ver que en la calle golpeaban a tres o cuatro alemanes casi hasta matarlos —le contó a Antonia—. Y algunos importantes cafés se han visto obligados a cerrar. Multitudes enardecidas los asaltan porque se supone que sus propietarios simpatizan con los alemanes.
—¿Salen todos de París? —preguntó Antonia días más tarde.
Al contrario. Las autoridades francesas insisten en que París es el lugar más seguro, así que la gente se refugia en la ciudad, proveniente del resto del país. Quisiera que usted y su esposo volvieran a casa lo antes posible.
—Por el momento no puede ser. Además, como ingleses, estaremos a salvo.
—Así lo espero. Pero le aconsejo que no salga de la casa, excepto para ir a su propio jardín. Se arresta a la gente por el menor motivo y en las calles hay constantes disturbios.
—¿Por qué?
—Cuando llegan noticias y no son favorables, la multitud comienza a gritar: «Abajo el Emperador» y «Abdicación».
—¿Es posible? —preguntó Antonia con asombro. Los franceses son muy intolerantes con el fracaso.
Como temía que tuvieran que permanecer mucho tiempo en París y debía cuidar el dinero, Antonia, después de consultar con Tour, despidió a la mayor parte de la servidumbre.
Descubrió que Tour era una torre de fortaleza. No sólo hablaba a la perfección el francés, sino, que además sabía atender muy bien al duque, casi con mayor habilidad que la más capacitada enfermera.
Fue él quien le informó acerca de la gran concentración de animales que se llevaba a cabo en el bosque y, por primera vez, Antonia pensó en la posibilidad de que los alemanes llegaran a París.
—No creo que se necesite tanta comida —comentó con asombro.
—Nunca puede saberse, señora. Pero dicen que es imposible que nadie capture París, puesto que está rodeada de poderosas fortificaciones.
—Es verdad. Leía el otro día que la rodea un antiguo y elevado muro dividido en noventa y tres bastiones. Además, hay un foso y una cadena de poderosos fuertes.
Volvieron a pensar en los animales y añadió:
—Claro que, por supuesto, serán necesarios todos los trenes para llevar alimentos a las tropas que combaten y comprendo que por eso la ciudad debe ser autosuficiente.
Pero sus ojos se abrieron a causa de la sorpresa cuando leyó el artículo que Henry Labouchere había escrito para el periódico inglés:
Hasta donde alcanza la vista, a lo largo de la amplia avenida hasta Longchamps, no hay más que ovejas, ovejas, ovejas. Tan sólo en el Bois debe haber como 250 mil además de 40 mil bueyes.
* * *
-¿Es verdad? —Le preguntó al periodista.
—Nos prepararemos —le respondió él en tono de broma—, así que no debe preocuparse pensando que cuando el duque esté mejor puede carecer de suficiente carne para reponer sus fuerzas.
Pero Tour no se conformó con depender del Bois. Compró bastante comida, de la que no se echaba a perder y le comentó a Antonia que cada día estaba más cara.
El duque se desperezó y al instante Antonia se levantó de su silla y se acercó al lecho.
Se arrodilló a su lado y le dijo, con esa suave voz a la que él se había acostumbrado en las últimas semanas.
—¿Tienes calor? ¿Deseas beber algo, querido?
El pensó que hablaba como una mujer al dirigirse a su hijo.
Recordó que cuando deliraba había pensado que su madre lo estrechaba entre sus brazos y le decía que fuera bueno y se durmiera.
Se sentía muy débil y por primera vez su mente parecía despejada. Recordó quién era y que se encontraba en París.
Pero cuando intentó moverse, lo asaltó un agudo dolor en el pecho. Recordó el duelo y comprendió que había sido la causa de su larga enfermedad.
Antonia, levantó su cabeza con gran cuidado y después lo alimentó con una sopa que le supo a carne de res. Se la daba con lentitud, a cucharadas.
Sintió el aroma de flores que emanaba de ella y después de una considerable ración de sopa, lo mantuvo estrechado contra su pecho durante un momento.
El descubrió que la suavidad que había sentido antes en su mejilla era la del pecho de Antonia.
—Estás mejor —le dijo con entusiasmo—. El médico se sentirá muy complacido contigo mañana y ahora, querido mío, debes volver a dormirte.
Sintió su mano fresca en la frente.
—No tienes fiebre —parecía hablar consigo misma—. Qué maravilloso será cuando te recuperes del todo.
Lo reclinó sobre la almohada, y momentos después él abrió los ojos.
No se había dado cuenta de que era de noche. Una vela ardía junto a su lecho y las cortinas estaban descorridas, así como las ventanas. Le pareció ver el cielo y las estrellas.
Trató de enfocar su mirada y, como si por instinto adivinara que estaba despierto, Antonia volvió a acercarse a la cama.
Lo miró y dijo apenas en un susurro:
—¿Puedes oírme, Arthur?
No logró hablar, pero volvió la mirada hacia ella. Antonia lanzó una exclamación de alegría.
—¡Estás despierto! Y creo que me entiendes:
Se arrodilló a su lado, tomó una de sus manos y le dijo con suavidad:
Todo está bien. Te recuperarás. No hay nada que temer.
* * *
Henry Labouchere, muy elegante, llegó a visitarla a las cuatro de la tarde.
—Parece muy feliz —le dijo al saludarla y besar su mano.
—Lo estoy. Por primera vez, mi enfermo comió bien hoy. Ya se sienta en la cama y se muestra muy irritable, lo que Tour asegura que es muy buena señal.
Labby se rió.
—Bueno, eso es un gran alivio. Tal vez ahora pueda prestarme más atención a mí.
Antonia lo, miró sorprendida al oír que agregaba:
—Creo que jamás le había dedicado tanto tiempo a una mujer que parece no enterarse siquiera de que existo.
Antonia se rió y después contestó con seriedad:
—Sabe lo agradecida que le estoy. No sabría nada de lo que sucede y habría sentido mucho más miedo a no ser por lo buen amigo que ha sido conmigo.
—¡Amigo! ¡No es eso lo que deseo ser y usted lo sabe! Esta amistad, como usted la llama, arruinará mi reputación de conquistador.
—Es… una amistad… que valoro… mucho.
Ya estaba acostumbrada a las palabras de amor de Labby, aunque él, más que ella, se daba cuenta de que no tenía ninguna esperanza.
Jamás había conocido a una mujer tan concentrada en un hombre que no podía verla ni escucharla y, por lo que él sabía, ni siquiera se interesaba en ella.
Labby estaba enterado de la relación existente entre el duque y la marquesa y no necesitó que Antonia le dijera, lo que de cualquier manera no hubiera hecho, por qué se había casado el duque.
Primero lo conmovieron su juventud e inexperiencia.
Pero después, al verla todos los días, descubrió que se había enamorado.
Casi no podía creer que, a sus treinta y nueve arios, se sintiera invadido por un amor idealista, como un jovencito.
Sin embargo, algo en Antonia le indicaba que era diferente de todas las mujeres que había cortejado con pasión.
La Reina Victoria, que cierta vez lo había acusado de ser una víbora, se habría sorprendido de lo gentil y considerado que se mostraba con ella.
No sólo la tenía al tanto de las noticias, sino que también la hacía reír, cosa que había olvidado a causa de su angustia por el duque.
Como los ojos del mundo estaban clavados en Francia, curiosos ingleses y americanos acudían a Paris. Labby le contó que circulaban anuncios que ofrecían cómodos apartamentos y hasta refugios en sótanos para quienes desearan asistir al «Sitio de París».
—¡El Sitio de París! —repitió Antonia con temor. ¿Es posible que se llegue tan lejos?
—No, por supuesto que no. Los alemanes serán rechazados mucho antes que lleguen a París. Pero el ejército está bastante desorganizado y se ha retirado a la ciudadela de Sedan.
Después de una pausa, añadió:
—La situación no puede ser tan mala. Supe que anoche la caballería ofreció un baile en Douzy. Asistieron todas las damas de Sedan que mañana presenciarán la victoria.
¡Pero no hubo tal victoria! Dos días después, Labby se vio obligado a informarle a Antonia que el ejército estaba atrapado entre dos poderosos ejércitos prusianos en avanzada.
Y en Sedan sólo quedaban alimentos para unos pocos días.
Lo que no le dijo, aunque lo sabía, era que Sedan se había convertido en un caos. Los proyectiles de cuatrocientas armas prusianas destrozaban tanto cañones como vagones de refugiados.
Entonces, el primero de septiembre, estalló la bomba.
Después de recorrer sus tropas dispersas fuera de los muros de Sedan, con el rostro maquillado para ocultar lo enfermo que estaba. Luis Napoleón debió ordenar que se izara la bandera blanca.
Dos días más tarde llegaron numerosos y contradictorios rumores a París.
Labby le contó a Antonia que la Emperatriz había sufrido un ataque de furia y después se había retirado a su habitación para llorar.
En las calles resonaban los gritos enardecidos de la multitud:
«¡Abdicación! ¡Abdicación! ¡Abdicación!».
* * *
-¿Qué noticias hay hoy? —Preguntó Antonia nerviosa el cuatro de septiembre.
Estaba tan contenta por la mejoría del duque que le resultaba difícil preocuparse por los problemas que tenían lugar en la ciudad.
A veces sentía como si estuvieran solos en una isla, rodeados de un mar hostil, pero protegidos por él.
París se ha enterado de que el Emperador entrego su espada y la Emperatriz, por fin, accedió a marcharse.
Antonia se sobresaltó. Siempre había pensado que en tanto estuviera en París la situación no podía estar tan mal.
Permaneció en las Tullerías hasta que la servidumbre comenzó a abandonarla. Casi fue demasiado tarde. La multitud se acumulaba afuera y debió escuchar sus gritos y el golpe de los mosquetes contra la reja.
—¿Cómo pudo salir? Preguntó Antonia.
—Por la puerta lateral, acompañada de su dama de honor. Se cubrieron con gruesos velos y supe que primero fueron a la casa del canciller, pero él ya se había ido. Después de que ocurrió lo mismo con su chambelán, la emperatriz se refugió en la casa de su dentista americano, el doctor Evans.
—¡Qué extraordinario! —exclamó Antonia.
—Sensato, aunque poco convencional.
Al día siguiente, Labby, conducido por Antonia, entró en la alcoba del duque. Ella ya le había hablado de lo bondadoso que había sido el periodista durante las largas y atemorizantes semanas de que había durado su inconsciencia.
Le pareció que el duque se mostraba algo escéptico ¿o sería suspicaz?, ante la cordialidad con que le describió a Henry Labouchere.
Pero lo recibió complacido y al extender su mano le dijo:
—He sabido, Labouchere, que debo estarle muy agradecido.
—No hay razón para que lo esté, su señoría. Fue un gran placer servir a la duquesa.
Le sonrió a Antonia y la expresión de su rostro provocó una dura mirada del duque, que confirmó sus sospechas durante la charla que sostuvieron.
Aun un hombre con menos experiencia que él habría notado la gentileza de la voz de Labouchere cuando se dirigía a Antonia y lo difícil que le resultaba apartar la vista de ella.
—Debemos salir de París en cuanto esté en condiciones de viajar —dijo el duque de pronto.
—Me temo qué eso tomará tiempo —contestó Labby—. Como debe saber, estuvo muy delicado.
Volvió a sonreírle a Antonia y agregó:
—No revelo ningún secreto al decirle, ahora que ya pasó el peligro, que su médico me dijo que había un noventa por ciento de probabilidades de que muriera.
—No… sabía… que… era… tan grave —tartamudeó Antonia.
—Lo salvaron dos cosas, —señaló Labby dirigiéndose al duque—. La primera, que la bala no tocó su corazón y casi por milagro no astilló ni rompió ningún hueso. Y la segunda, que tenía una extraordinaria condición física.
—Me alegra saberlo hasta ahora —comentó. Antonia.
—¿Cree que la hubiera perturbado más de lo que estaba?
El duque los escuchó y miró a uno y después al otro.
—Le agradeceré, Labouchere, que me diga con exactitud cuál es la situación en este momento.
La duquesa ya le habrá contado que hay nuevo gobierno. El segundo imperio terminó de forma ignominiosa y Francia ha sido humillada. El Rey Guillermo se encuentra en Reims.
—¡Apenas puedo creerlo! Exclamó el duque.
—Pero Francia aún cuenta con ejércitos, que el General Trochu, el nuevo líder, está concentrando en. París.
—¿Será una medida acertada?
—Tiene pocas opciones.
—A mí me parece que las fortificaciones convierten a París en una plaza inexpugnable.
—La moda ahora, para los franceses, es visitarlas los domingos, en viajes de recreo.
—¡Buen Dios! ¿Es qué jamás tomarán nada en serio?
—Lo que me parece aún más sorprendente es el hecho de que no hagan ningún esfuerzo por sacar de la ciudad bocas inútiles. La duquesa ya le habrá hablado acerca de la concentración de animales en el Bois. Pero para, mí habría sido más sensato alejar a la gente, en lugar de atraerla.
—Para mí también, pero supongo que nadie escucharía a un inglés.
—Es verdad. Y es esencial que la duquesa no salga a la calle. La manía de perseguir espías ha adquirido proporciones alarmantes.
—Ya previne a Tour —intervino Antonia— y me aseguró que ahora, cuando sale, usa su ropa más vieja y parece más francés que los mismos franceses.
—No tienes por qué preocuparte por él, Antonia —contestó el duque—. Pero tú debes permanecer aquí conmigo.
A Antonia no le pasó inadvertido el énfasis que puso en la última palabra.
Cuando regresó a la alcoba del duque después de despedir a Henry Labouchere, él la miró y dijo:
—Veo que tienes un nuevo admirador.
—Digamos… que es mi único… admirador.
Se ruborizó ante el escrutinio de los ojos del duque. El se dio cuenta de que había perdido peso, pero eso no alteraba la perfección de su silueta.
Cuando miraba la exquisita línea de sus senos, y su fina cintura, se preguntó qué otra joven habría tolerado vivir encerrada y atendiendo a un hombre inconsciente sin sentirse esclavizada ni aburrida. Levantó la vista hacia el rostro de ella y advirtió que lo observaba con ojos asustados.
Parecían muy verdes porque su vestido era de color dela enredadera que trepaba por el balcón de la habitación. Sólo Worth, pensó el duque, pudo comprender de inmediato que sólo los tonos vivos, oscuros o muy claros, podían hacer resaltar la blancura de la piel de Antonia.
También provocaban, tanto en sus ojos como en su cabello, extraños reflejos que tenían una fascinación muy especial.
Sabía que había despedido a su doncella, pero observó que su cabello estaba tan bien peinado como cuando no la reconociera en el restaurante.
Es una luna de miel muy aburrida para ti, Antonia. —Le dijo con voz profunda.
Como si hubiera estado temiendo que dijera otra cosa, el rostro de ella se iluminó con una expresión de alegría.
—Al menos… es diferente y si… quedamos sitiados… en París… deberemos permanecer aquí… mucho tiempo.
—Debemos evitar que eso suceda.
—¿Cómo?
—Abandonando la ciudad tan pronto como nos sea posible.
—¡No debes moverte de aquí durante varias semanas más! El médico ha insistido mucho en que debes permanecer en reposo hasta recobrar totalmente tus fuerzas.
—No permitiré que corras peligro —replicó el duque con obstinación.
—¿Qué peligro puede haber si somos ingleses? Ya te conté que tanto ingleses como americanos llegan a la ciudad para ser testigos de lo que sucede.
—Pero —son hombres, no mujeres.
—No corro ningún peligro. Además, ya sabes que no soy una mujer muy femenina.
—Pues ahora lo pareces. Antonia —miró su exquisito vestido.
—Si vamos a permanecer aquí mucho tiempo, lamentaré haberle pedido al señor Worth que enviara a Inglaterra todo lo que le ordené.
—Creo que fue lo mejor. Por lo pronto, no asistiremos a fiestas ni reuniones sociales.
—Pero deseo estar bien para ti.
—¿Para mí o para tu admirador? Preguntó el duque con voz cortante.
Antonia se ruborizó.
—Para… ti.
Durante los días siguientes tuvo la sensación de que el duque la observaba.
No comprendía por qué, en ocasiones, cuando pensaba que dormía, descubría que estaba despierto, con los ojos fijos en ella.
Solía permanecer sentada junto a la ventana de la alcoba de él o afuera, en el balcón, por si la necesitaba.
Por fortuna había libros en la casa y Labby le proporcionó algunos más. Leyó a Gustavo Flaubert, Víctor Hugo, George Sands, Dumas y otros autores franceses que nunca había podido leer en Inglaterra.
Pero a veces, la sensación de ser observada interrumpía sus lecturas y era entonces cuando encontraba los ojos del duque clavados en ella.
Se preguntaba si la miraba con aprobación o con indiferencia.
Anhelaba preguntarle si extrañaba a la marquesa, pero la sinceridad con que charlaban al principio de su matrimonio parecía haberse esfumado durante su larga enfermedad.
Ella conocía la razón y rezaba porque él jamás la adivinara.
Cuando lo había visto desplomarse y al pensar que estaba muerto, había comprendido que lo amaba.
Más tarde se dio cuenta de que se había enamorado desde la primera vez, cuando le pidió que se casara con ella en lugar de con Felicity.
Ahora entendía por qué todas las mujeres lo consideraban irresistible.
Con razón, teniendo todo un mundo de bellas mujeres a su disposición, no deseaba atarse a una sencilla y nada atractiva jovencita, cuyos únicos conocimientos se relacionaban con los caballos.
—¡Te amo, te amo! —le susurraba en las largas noches durante las cuales lo había cuidado.
El solía delirar y murmuraba palabras que, no entendía, pero en ocasiones hablaba de cosas que habían sucedido en su vida.
Por una charla con Tour, Antonia supo lo que le sucedía.
De pequeño se había caído de un árbol y se había dislocado el cuello.
Había permanecido inconsciente durante mucho tiempo, y se vio obligado a permanecer acostado hasta sanar por completo.
En su delirio, repetía esa experiencia y como Antonia lo abrazaba, sentía que volvía a ser un niño y ella era su madre.
—Estás bien, querido —le murmuraba—. A salvo. No volverás a caerte. Mira, te tengo en mis brazos y no puedes caerte.
Sentía que, poco a poco, su voz llegaba a él y la entendía.
Entonces volvía la cabeza hacia su pecho, como si buscara el consuelo que sólo ella podía brindarle. En esos momentos se daba cuenta de que lo amaba como nunca había pensado amar a nadie.
Otra noche, el duque pensó que sufría una caída durante una cacería. Al interrogar a Tour, Antonia se enteró de que en una ocasión se había roto la clavícula y le había dolido mucho durante un largo tiempo.
Entonces llamaba a alguien, pero Antonia sospechaba que no era a su madre, sino a alguna mujer que lo había reconfortado.
«Aunque no es posible que yo esté en sus pensamientos», se dijo, «tengo la suerte de que me necesite, como nadie antes me necesitó».
Conforme su amor crecía comprendió que era lo que siempre había deseado, alguien a quien amar, alguien para quien ser importante; no sólo una molestia y una fuente de irritación.
Alguien a quien pudiera cuidar, no sólo físicamente, sino con todo su corazón.
«Aunque no me ame», pensó Antonia, «yo puedo amarlo. Pero nunca debe saberlo».
Ahora que ya había recobrado el conocimiento, cuando estaba dormido a veces se acercaba a la cama para mirarlo. Y en esas ocasiones sentía que le dolía el pecho porque ya no podía tenerlo en sus brazos y que no se acercaría más a ella como un niño desdichado en busca de consuelo.
Decidió que cuando estuviera mejor, le pediría que le diera un hijo.
Pensó que había sido una tonta al no permitir que la hiciera su esposa la primera noche de bodas.
No comprendía por qué había pensado que era importante que se conocieran mejor. Lo que en realidad importaba era que ella le daría el heredero que él deseaba y así tendría un hijo de el a quien amar.
«Cuando volvamos a Inglaterra», se dijo, «regresará con la marquesa, pero nada ni nadie podrá quitarme estos días a su lado: Ahora es mío… sólo mío, sin que ninguna otra mujer lo distraiga».
Se estremeció, embelesada cuando murmuraba:
—Lo tuve en mis brazos y… lo besé en la mejilla, en la frente y en el… cabello.
Se obligó a mostrarse muy circunspecta durante el día, para que el duque no sospechara ni por un momento cómo se emocionaba cuando le pedía que le arreglara las almohadas.
Hasta comenzó a sentir celos de Tour, porque el duque acudía más a él que a ella para solicitar ayuda. Deseaba servirlo, serle útil.
Pero cuando se recuperara, recordó, amaría a la marquesa.
Ese pensamiento le causó el mismo dolor que una puñalada en el corazón.