Capítulo 3

-¡A tu salud, Arthur!

Era la tercera o cuarta vez que los caballeros sentados a la mesa brindaban a la salud del duque.

La cena había sido excelente. El cocinero se esmeró para impresionar a la numerosa familia del duque que había aceptado la invitación para hospedarse en el Parque Doncaster con el fin de asistir a su boda.

El duque se daba cuenta de que la mayoría no sólo demostraba cierto alivio ante el hecho de que se proponía cumplir con su deber familiar de procrear un heredero, sino también bastante curiosidad.

Nadie conocía a Antonia. No había prestado atención a las constantes sugerencias de que la llevara a las recepciones, cenas o bailes de Londres para presentarla a la familia.

«Ya tendrán bastante de qué hablar mañana», pensó.

Como la idea de casarse le resultaba cada vez más pesada, el duque se excusó ante el primo sentado junto a él y salió del comedor.

Atravesó el amplio vestíbulo de mármol decorado con esculturas clásicas colocadas en nichos y después de cruzar la puerta principal, bajó la escalinata.

Al salir de la casa no se dirigió al jardín sino a la caballeriza.

Era más tarde de lo que suponía. El sol ya se había ocultado y en la penumbra del anochecer la gran mansión semejaba el palacio de un cuento de hadas.

El duque se había propuesto llegar a su casa mucho más temprano. Incluso le había indicado al señor Graham que avisara a Ives que cabalgaría en la pista antes de la cena.

Estaba ansioso por hacerlo porque como la temporada de carreras ya casi llegaba a su fin, había decidido concentrarse en los saltos de obstáculos.

Por ello le había ordenado a Ives que colocara obstáculos como los que se saltaban en la Gran Nacional en su propia pista, y otros en la nueva propiedad que había recibido del Conde de Lemsford.

Era algo que había planeado durante años y aunque tenía un gran éxito en las carreras de velocidad, para él constituía un reto averiguar si podía entrenar caballos que también triunfaran en el salto.

El Gran Handicap Nacional de Salto de Obstáculos, que se corriera por primera vez en 1839, se llevaba a cabo durante la última semana de marzo.

La súbita importancia cobrada por la Gran Carrera de Obstáculos de Liverpool, como se le llamaba, se debía a que era la primera que ofrecía un premio realmente codiciado.

En 1839, la bolsa había sido de diez mil libras esterlinas.

Era un recorrido de seis kilómetros a campo traviesa, con veintinueve saltos en total, catorce en la primera vuelta y quince en la segunda.

Dos años antes, en 1868, un caballo llamado Laird ganó la carrera, repitiendo el triunfo el año siguiente, en medio de un entusiasmo delirante.

El duque estaba decidido a que en 1871 sus colores lograran la victoria.

Había comprado un caballo llamado Caballero Negro que le había parecido el que necesitaba. Aunque había oído hablar muy bien de él, deseaba comprobar su rendimiento por sí mismo.

Pero sus planes se habían alterado porque la marquesa había hecho hasta lo imposible para retenerlo a su lado.

Como todas las mujeres, después de convencerlo de que se casara, aun contra su propia voluntad, ahora lamentaba con amargura que al día siguiente perdiera su libertad.

—¿Cómo podré tolerar pensar en ti cuando estés de luna de miel, Arthur? ¿Y cómo soportarás tú estar alejado durante tres semanas o más de Inglaterra y de mí?

—Sabes que te echaré de menos, Clarice.

Prométeme que cuando estés en París pensarás en mí sin cesar.

Le rodeó el cuello con los brazos al agregar:

—No será de tu esposa de quien sienta celos, sino de las bellas mujeres con quienes pasaste tanto tiempo el año pasado.

Los labios de la marquesa, apasionados, fieros y exigentes, le impidieron contestar.

Más tarde, aunque con dificultad, el duque logró dejarla, ya se había retrasado tanto que la cena en Doncaster debió servirse una hora después de la señalada.

Sólo tuvo tiempo de bañarse, cambiarse y saludar a su numerosa familia antes de pasar a la mesa.

Los Casterton constituían una familia bien parecida, pensó el duque al verlos reunidos.

Tíos, primos y hasta su abuela, aunque anciana, eran aristocráticos y elegantes.

«La buena cuna se nota en la estructura ósea», pensó y se alegró de que, cuando menos, la mujer con la que debía casarse proviniera de una familia de abolengo similar al suyo.

Sin embargo, no lo animaba mucho pensar en Antonia como persona, dejando al margen su árbol genealógico.

De hecho, casi no había vuelto a verla desde que se anunciara el compromiso.

Como le pareció imposible tolerar la interminable sucesión de recepciones, reuniones y visitas mutuas entre las familias, había insistido en que la boda se realizara lo más rápido posible, a pesar de la oposición de su futura suegra.

Sin embargo, contaba con el pretexto de que en julio todos abandonarían Londres.

Aunque por razones económicas el conde había decidido que la boda se llevara acabo en el campo, en la capilla local, a la mayoría de los invitados le resultaría más cómodo asistir desde Londres.

—¡Es una prisa poco decente! —había exclamado disgustada la condesa. Pero al menos me proporciona un pretexto para comprarte un ajuar pequeño. Tu futuro esposo es rico y más adelante podrá comprarte cuanto necesites. Así utilizaremos nuestro dinero en Felicity.

La condesa se mostraba desagradable porque no aceptaba la idea de que el duque la hubiera elegido a ella y no a Felicity.

Y no se había molestado en ocultarlo en las semanas previas a la boda.

Nunca había disimulado que Felicity era su hija predilecta. Pero ahora, lo que antes era sólo indiferencia se convirtió en algo más intenso y que lastimaba a Antonia.

Sin embargo, no podía hacer nada para evitarlo. Felicity, en cambio, le repetía una y otra vez lo agradecida que estaba y que Harry y ella la bendecirían por el resto de sus vidas.

—Harry decidió que hablará con papá en cuanto te cases.

—Será mejor que espere a que regresemos del viaje de bodas. Trataré de convencer al duque de que hable bien de Harry con papá.

—¿Crees que aceptará? Estoy segura de que si lo hace papá lo considerará un buen esposo para mí.

—Al menos puedo intentarlo.

Pero se preguntaba si sería fácil convencer al duque de que volviera a ayudarla para el bien de Felicity.

Y como casi no lo veía, no pudo hablar con él de eso ni de ninguna otra cosa.

El duque destinaba la mayor parte de su tiempo a la marquesa.

Ya la habían nombrado dama de compañía de la reina y le demostraba su agradecimiento con una intensa pasión.

—En ocasiones, se preguntaba cómo era posible que una mujer de aspecto angelical se convirtiera en una tigresa en el amor.

Y pensaba en ella cuando se dirigía a la caballeriza. La encontró en silencio y supuso que los palafreneros se habían retirado a dormir.

Comprendió que debió haber llamado a Ives al llegar y explicarle que cambiaría sus planes.

«Ya es muy tarde —pensó—; debe haberse ido a la cama».

Se preguntaba si al menos podría ver a Caballero Negro, cuando escuchó ruido de cascos al fondo de la construcción.

La caballeriza era tan grande que en la penumbra no podía distinguir con claridad lo que sucedía, así que escuchó, más que vio, que dos caballos entraban en el patio que se encontraba al fondo.

Al acercarse escuchó la voz de Ives y otra que reconoció como la de Antonia.

—¡Lo logré, lo logré, Ives! ¡Es lo más emocionante que he hecho en mi vida!

—Cabalgó de forma magnífica, señorita. Pero no tenía derecho de hacer saltar al caballo sin entrenamiento y lo sabe bien.

—¡Pero saltó como un pájaro! —insistió Antonia—. Titubeó un segundo en el obstáculo del agua, pero entonces se estiró y te juro que ni una gota mojó sus cascos.

—Estoy seguro, señorita, pero ese salto es muy alto para una mujer.

—No para mí —afirmó orgullosa.

—No sé qué diría su señoría.

El duque observó que Ives y Antonia desensillaban los caballos.

Ives acariciaba su montura.

—¡Estoy segura de que Caballero Negro puede ganar la Gran Nacional! —decía Antonia—. Debe decírselo al duque.

—¿Y cómo le explico que salta tan bien?

—Debió venir y verlo por sí mismo. Lo esperamos hasta que anocheció.

—Es verdad, señorita.

Antonia suspiró.

—Oh, Ives, no quisiera salir de viaje mañana. Me gustaría efectuar ese salto no una, sino diez veces más.

—Se divertirá en el extranjero, señorita. Supe que van a Francia, y los franceses tienen buenos caballos.

—Es cierto. Podré verlos si su señoría me lleva a las carreras.

Volvió a suspirar.

—Pero contaré los días hasta que pueda volver y montar de nuevo a Caballero Negro.

—Sólo espero, señorita, que su señoría no considere ese caballo demasiado fuerte para usted.

—Sabes que no lo es. No creo que exista un caballo que yo no pueda manejar.

—Es verdad, señorita. Tiene mano para los animales, como se lo he dicho. Y con eso se nace. Se tiene o no se tiene.

El duque vio que Antonia también acariciaba al animal.

—¿Cómo monta la Marquesa de Northaw? —preguntó con voz baja.

—Es jinete de parque —respondió Ives en tono de desprecio—. Pero es dura con los caballos.

—¿De qué forma?

—Un palafrenero de Northaw vino a preguntarme qué ungüento utilizo para curar las heridas de los caballos.

—¿Es decir que los lastima con espuelas?

—Eso me temo, señorita, y bastante, por lo que dijo el hombre.

—¿Cómo es posible que esas mujeres sean tan crueles e insensibles? —preguntó Antonia enfurecida—. Sólo trotan por el parque, así que no veo razón para que usen espuelas, a menos que lo hagan por placer.

Después agregó, con disgusto:

—¿Recuerdas lo que les hizo Lady Rosalind Lynke a los caballos cuando se hospedó aquí hace dos años?

—Por supuesto, señorita. ¡Qué trabajo nos costó atender a los que dañó! ¡Y cuánto me ayudó usted! Estaban tan nerviosos e inquietos por el maltrato recibido que sólo usted pudo calmarlos para que yo pudiera aplicarles el ungüento.

—Me pregunté entonces, como lo hago ahora, qué convierte a esas mujeres, en apariencia tan femeninas, en seres crueles con un caballo.

—Tal vez la sensación de poder, señorita. Algunas no soportan la superioridad masculina, así que se desquitan con una pobre bestia que no puede defenderse.

—Seguramente tienes razón, Ives, y las desprecio por su crueldad. Te juro que jamás usaré una espuela, aunque estén de moda o me digan que son esenciales para entrenar un caballo.

Hablaba con pasión. El duque se volvió y dirigió sus pasos hacia la casa.

Ya no pensaba en la marquesa, sino en Antonia.

* * *

El carruaje, decorado en la parte posterior con un par de herraduras, otro de viejas botas y el techo cubierto de arroz, se alejó por el camino.

El duque se reclinó en el asiento y con una profunda sensación de alivio pensó, que todo había terminado.

Debido a la gran cantidad de invitados, después de la ceremonia religiosa sólo se había ofrecido una pequeña recepción, de la cual él y su esposa pudieron retirarse en menos de una hora.

Se había despertado deprimido y ni siquiera el hecho de romper su regla de no beber alcohol le había servido de nada. El brandy no eliminó el malestar que le producía hacer algo que no deseaba y a lo que lo habían presionado, así como tampoco su temor al futuro.

Cuando entró en la atestada y calurosa iglesia, sintió el impulso casi irresistible de huir para evitar ese matrimonio del que se decía que era sólo una farsa.

Clarice había sido la causante de todo y cuando le sonrió desde la cuarta fila, en tanto que él caminaba por el pasillo junto con su padrino, sintió deseos de estrangularla.

Estaba preciosa y pensó que era una insensible al presentarse en su boda.

Como era vecina, si hubiera rechazado la invitación habría provocado muchos rumores.

Pero lo hacía sentir incómodo y resentido.

—Ya llegó la novia —le susurró su padrino al oído—. Al menos no se hizo esperar.

La razón de su puntualidad, pensó el duque con cinismo, era que no deseaba hacer esperar bajo el sol a los caballos que los conducirían de regreso a la casa.

Al ver a Felicity no pudo evitar preguntarse si no habría sido mejor casarse con ella.

Con su vestido de dama de honor de la novia, azul como sus ojos, y con un ramo de botones de rosa iguales a la diadema que lucía en la cabeza, estaba muy linda.

Le había hecho una reverencia y al incorporarse le dijo con voz tan baja que sólo él pudo escuchar:

—¡Gracias, no sabe lo agradecida que le estoy, su señoría!

¿Qué otro hombre, de su posición y reputación; se preguntó el duque disgustado, recibiría el agradecimiento de una joven bonita por no haberle pedido que se casara con él?

Lanzó una rápida mirada en dirección de Antonia, que avanzaba por el pasillo del brazo de su padre, y volvió a decirse que había cometido un error.

Resultaba difícil distinguir su rostro, cubierto por un velo de encaje de Bruselas.

El obispo de St. Albans y el vicario local oficiaron la ceremonia y además de unirlos en matrimonio, el primero les dedicó un largo y aburrido sermón que el duque no escuchó.

Después se dirigieron hacia Las Torres bajo arcos triunfales construidos en la aldea y al llegar había tanta gente que sintió más calor y opresión que en la iglesia.

Cuando Antonia bajó, después de cambiarse de ropa, el duque sentía que si lo hacía esperar un minuto más se iría solo.

Por fortuna, y el duque volvió a pensar que sólo era por consideración a los caballos que esperaban, Antonia había necesitado menos tiempo que cualquier otra mujer en idénticas circunstancias.

Pero ya habían escapado, pensó con satisfacción cuando sacudía el arroz de su chaqueta.

—¿Crees que debemos detenernos y decirle al cochero que quite las herraduras y botas que escucho sonar atrás? —preguntó Antonia, que ya convertida en su esposa, lo tuteaba.

—Tuve una idea mejor. En cuanto salgamos de la aldea y poco antes del cruce de caminos, ordené que nos esperara mi faetón. Puede que no sea muy convencional, pero me parece un medio más rápido para llegar a Londres.

—Y mucho más placentero que permanecer encerrados aquí durante horas —exclamó Antonia—. Fue una brillante idea.

La admiración que reflejaba su voz calmó un poco la irritación que el duque había sentido durante toda la mañana.

Continuaron el trayecto en silencio y cuando el carruaje se detuvo, Antonia saltó y se dirigió a toda prisa hacia el faetón.

El duque advirtió que saludaba a los palafreneros por su nombre. Después acarició el tiro de cuatro excelentes castaños.

Les habló, en tanto que los animales intentaban frotar sus narices contra ella, y el duque observó que su rostro mostraba una expresión que no le conocía.

—Me alegro de que Rufus sea uno de los caballos que nos conducirán a Londres —le dijo a Ives—. Siempre ha sido mi favorito.

—Sí, señorita —respondió Ives un tanto reticente.

Le turbaba la familiaridad que demostraba Antonia y sentía que le resultaría difícil explicar por qué sabía tanto acerca de los caballos.

—Creo que debemos ponernos en marcha indicó el duque con severidad. —Pronto saldrán los invitados de la casa de tu padre y harán muchos comentarios si nos descubren cambiando de vehículo.

—Sí, por supuesto —respondió Antonia.

Subieron, y el duque puso los caballos en movimiento.

—¡Qué emocionante! —exclamó Antonia—. Me preguntaba cuándo sería posible que me llevaras de paseo en tu faetón. Temía verme obligada a esperar hasta que regresáramos del viaje de bodas.

El duque la miró y advirtió que la chaqueta corta de satén que lucía sobre su vestido la favorecía más que cualquier otra prenda con que la hubiera visto antes.

También su sombrero, adornado con plumas de avestruz, era a la moda y aunque no podía compararse ventajosamente con su hermana mayor, tal vez tuviera atractivos propios, aunque aún no podía descubrirlos.

Fue un alivio que no insistiera en charlar.

Parecía concentrada en los caballos y el aire fresco calmó gran parte de la irritación y opresión que sentía el duque.

Después de cenar en la Casa Doncaster, donde pasarían su noche de bodas, el duque se sentía tranquilo y casi en paz con el mundo.

Descubrió que había disfrutado al explicarle a Antonia, durante la cena, los planes que había hecho para las carreras de Goodwood, que se realizarían durante su ausencia.

También le sorprendieron los conocimientos de ella, no sólo acerca de sus propios caballos, sino también sobre otras cuadras contra las que competía en los hipódromos.

—¿En dónde aprendiste tanto? —le preguntó en cierto momento.

—Leía los periódicos de equitación —contestó ella con una sonrisa—. Papá se habría horrorizado de saber que lo hacía, ya que también publican todo tipo de sucesos policíacos, escándalos y rumores maliciosos acerca de las personalidades sociales y políticas.

El duque conocía esos periódicos y sabía que no eran adecuados para jovencitas.

Sin embargo, estaba tan interesado en la charla que ello no le importó.

Del comedor pasaron a la biblioteca, a pesar de que el duque sugirió que fueran al salón de arriba.

—Me enteré de que es tu habitación predilecta —comentó Antonia—, así que vayamos a ella.

—Creo que la razón de que la prefieras es que deseas ver mis libros.

—En cuanto tengas tiempo, deseo que me muestres todos los tesoros que tienes aquí. Me han dicho que son tan valiosos como los del Parque Doncaster.

—Tengo la desagradable sensación de que sabes más de ellos que yo mismo.

Antonia no respondió.

El la observó mirar a su alrededor en la biblioteca. Con una sonrisa algo divertida, se daba cuenta de que estaba más interesada en lo que los rodeaba que en él mismo.

Como si adivinara lo que pensaba, Antonia se volvió hacia él y lo miró con sus grandes ojos. Al duque le pareció que tenía algo muy importante que decirle.

—Deseo… pedirte algo —empezó a decir con voz muy diferente. El tono de alegría que había usado durante toda la velada parecía haberse esfumado.

—¿Qué?

Vio que titubeaba, como si buscara las palabras adecuadas, pero en ese momento se abrió la puerta y el mayor domo anunció:

—La Marquesa de Northaw, su señoría.

Después de un ligero sobresalto, el duque se puso de pie.

Antonia también lo hizo, y la marquesa, bella y deslumbrante de joyas, llegó hasta ellos.

—Iba camino a una recepción en la Casa Marlborough —explicó—, pero decidí pasar un segundo para expresarles mis mejores deseos.

Su frase incluía a Antonia, pero su mirada era para el duque, con un mensaje que sólo él podía entender. Extendió la mano y él se la llevó a los labios.

—Es un gesto muy amable de su parte y mi esposa y yo lo apreciamos, a pesar de lo avanzado de la hora.

La marquesa no pareció perturbada por el mordaz comentario.

—Perdone que la moleste, Antonia, pero olvidé mi pañuelo. ¿Podría prestarme uno suyo?

—Sí, por supuesto.

Antonia comprendió que era un pretexto para deshacerse de ella, así que no salió al vestíbulo. Se dirigió a la habitación contigua y cerró la puerta.

Era un salón muy agradable con vista al jardín y pensó que tal vez se lo asignarían, ya que la biblioteca era el refugio del duque.

Pensó que la marquesa debía sentirse muy segura del afecto del duque como para haberse atrevido a presentarse en su noche de bodas.

Aunque sabía poco sobre esas cuestiones, Antonia estaba segura de que en cualquier caso sería embarazoso para un hombre que su primera velada a solas con su esposa fuera interrumpida por una mujer que había sido su amante.

Entonces se preguntó por qué usaba el verbo en tiempo pasado.

A juzgar por lo que veía, la marquesa continuaría su romance con el duque en cuanto regresaran de la luna de miel.

Recorrió el salón admirando las tabaqueras de oro colocadas sobre una mesa y la porcelana de Sévres que adornaba otra.

Pensó que la porcelana era como la marquesa y, con un suspiro, que ningún tipo de porcelana se parecía a ella misma.

Observaba las finas figuras de bronce de la repisa de la chimenea cuando se abrió la puerta y el duque entró en la habitación.

—Debo disculparme, Antonia. Nuestra inesperada visitante no tenía derecho de hacerte salir de esa manera tan arbitraria.

—Me di cuenta de que deseaba verte… a solas. Es muy… hermosa… comprendo lo que… sientes por ella.

El duque se puso tenso.

—¿Qué te han dicho, y quién?

Antonia lo miró, sorprendida.

—¿Creías… que no sabía… que la marquesa… y tú… están enamorados? ¡Si todo el mundo lo sabe!

—¿Todos? —preguntó el duque con incredulidad.

—Por supuesto. Y la mayoría, creo… saben que te casaste… porque la reina… más o menos… te ordenó que lo hicieras.

El duque estaba atónito.

—¿Cómo pudo saberse?

—Bueno, el Coronel Beddington se lo dijo a papá… pero yo ya lo sabía… por otra… fuente.

—¿Quién te lo, contó?

—Preferiría… no decirlo.

—Insisto en que me lo digas.

Antonia titubeó un momento antes de decir:

—La doncella… de la marquesa es hermana de la nuera de la señora Mellish… y de uno… de tus… lacayos.

—¡Buen Dios! ¿Quieres decir que todos los sirvientes del parque lo saben?

—No todos. Pero siempre se enteran… de todo lo que haces… y hablan… como las amigas de mamá… mas no de forma tan venenosa.

El duque la miró, intrigado, y ella explicó:

—Tus sirvientes están orgullosos de ti. Te consideran como una especie de Don Juan, Sir Lancelot y Casanova, reunidos en una sola persona. Alardean de tus… romances, como lo hacen de tus triunfos ecuestres.

Hizo una pausa, pero como él permaneciera en silencio, continuó:

—Es diferente con… las amigas de mamá. Te critican… como a todos los demás. Pero como eres tan… importante… siempre hablan… de ti.

—¡No sabes cómo me asombras! —exclamó el duque.

—Creo que como eres tan… atractivo… y tan importante… debes esperar… que la gente se interese en ti y creo que… también comprendo… tus… numerosos romances.

—¿Qué es lo que comprendes?

Antonia no advirtió el tono irritado de su voz, absorta en seguir el hilo de sus propios pensamientos.

—No podía explicarme… al principio… por qué había tantas mujeres en tu vida. Entonces pensé que quizá era como tener… una cuadra. Uno no se conformaría con un caballo, por bueno y magnífico que fuera. Querría tener muchos. Quizá es un tipo de carrera en la cual todas desean llegar a la meta… y el premio es tu corazón.

—¡Jamás pensé que una mujer bien nacida pudiera decir algo tan vulgar y ofensivo! —Su voz sonó como un latigazo.

Antonia lo miró, Su rostro se tiñó de rubor.

La vio temblar, darse vuelta e inclinar la cabeza. Algo en su esbelta figura le hizo recordar que era muy joven y vulnerable. Sintió como si hubiera lastimado a una criatura pequeña.

—Lo siento, Antonia, no debí hablarte de ese modo. Antonia no respondió y él tuvo la impresión de que luchaba por contener las lágrimas.

—Lo que me dijiste me sorprendió tanto que hablé con una brusquedad innecesaria. Te ruego que me disculpes.

—Lo… lo… siento —susurró Antonia.

—Por favor, vuélvete —pidió el duque. Me resulta difícil disculparme con tu espalda.

Por un momento pensó que se rehusaría. Entonces se volvió hacia él y la turbación que vio en sus ojos lo hizo sentirse avergonzado.

—Ven, sentémonos, Antonia. Deseo hablar contigo.

Cuando la conducía hacia el sofá, pensaba que era como un potro joven, un tanto inseguro de sí mismo, pero dispuesto a confiar en todos, hasta que aprendiera por el camino duro que no todos eran dignos de confianza.

Antonia se sentó y el duque notó que sus ojos eran los más expresivos que había visto en una mujer.

Antes que él hablara, ella tartamudeó:

—Como nunca… había estado a solas… con alguien como… tú, dije… lo que… se me vino a la cabeza… sin pensar. Fue una… tontería de mi parte… trataré… de no volver… a hacerlo.

—Soy yo quien debe disculparse, Antonia —insistió el duque—. Deseo que siempre digas Io que se te ocurra. Que seas sincera conmigo. Si queremos que nuestro matrimonio funcione, me parece esencial que no haya mentiras entre nosotros. ¿Estás de acuerdo?

Antonia levantó la vista. Su mirada continuaba ensombrecida.

—Puedo… decir cosas… que no desees… escuchar.

—Deseo escuchar todo lo que te interese. También deseo que siempre me digas la verdad. Cometí un error hace un momento al reñirte por haberlo hecho. Mi única excusa es que, como tú, es la primera vez que me caso.

Sonreía de una forma que aun mujeres con mucho más experiencia que Antonia consideraban irresistible.

—¿Está mal… que yo… hable… de las damas… a las que… amaste?

—No está mal, aunque quizá es poco usual. Pero prefiero que hables de ellas a que te guardes lo que piensas.

Lo miró y nuevamente le hizo pensar en un potro que después de que se le ha golpeado, teme acercarse, aunque desea hacerlo. Cuando vio que sonreía, agregó:

—Creo que antes que nos interrumpieran ibas a decirme algo. Hazlo ahora.

Vio que el color volvía a teñir el rostro de Antonia.

—Creo… que tal vez… te disguste.

—¿Me lo dirás si te prometo que no sólo no me disgustaré sino que además reflexionaré con cuidado sobre ello?

Antonia volvió la cabeza para mirar hacia la chimenea.

Por primera vez, el duque notó que tenía una nariz recta y pequeña, barbilla firme y labios de delicados contornos.

Fue una impresión fugaz, porque Antonia volvió la mirada hacia él.

—Iba a pedirte… un favor —dijo con voz muy baja y el duque se dio cuenta de que había decidido ser sincera.

—Sé que pensarás que soy… muy ignorante —prosiguió—, pero no sé cómo… una pareja… cuando se casa… tiene un hijo. Creo que tal vez… es porque… duermen juntos.

Le dirigió una mirada nerviosa y después volvió a desviar los ojos.

—Pienso —continuó—, que como estás… enamorado de otra… y no nos conocemos… bien el uno al otro… lo correcto sería que esperemos un poco… antes de tener… un hijo.

Al terminar de hablar, Antonia contuvo el aliento.

El duque se puso de pie y se apoyó en la repisa de la chimenea.

—Me alegro de que hayas tenido el valor de decirme lo que pensabas, Antonia.

—¿No estás… disgustado?

—No, por supuesto que, no. Creo que has sido muy sensata al compartir conmigo lo que te preocupaba. Hizo una pausa y agregó con lentitud.

—Debes creerme si te digo que no tenía idea de que mi relación con la marquesa fuera del conocimiento público ni que hubiera llegado a tus oídos.

—Tal vez… no debí… decírtelo.

—Me alegra que lo hicieras y también, Antonia, que podamos iniciar nuestra vida juntos sobre bases sólidas. ¿Me prometerás algo?

—¿Qué?

—Que no tendrás secretos para mí. Y menos sobre cosas importantes. Por difícil que parezca, creo que juntos podríamos resolverlo todo y encontrar la solución hasta para lo más complicado.

Volvió a sonreírle y observó que algo de su nerviosismo desaparecía de su mirada.

—Creo que tu sugerencia es muy acertada —continuó—, y estoy de acuerdo con que debernos conocernos mejor antes de hacer algo tan fundamental e importante como iniciar una familia.

Vio una expresión de intriga en el rostro de Antonia y le preguntó:

—¿Qué te preocupa?

Lo miró como si se preguntara si debía confesarlo.

—Te dije… que soy muy ignorante… pero lo que no comprendo… es por qué… cuando duermas conmigo… tendremos un hijo… en tanto que cuando… duermes con otras… damas, como la marquesa… ellas no lo tienen.

El duque no pudo evitar pensar que era la charla más extraña que había sostenido en su vida. Pero respondió con todo cuidado.

—Me gustaría contestar a esa pregunta cuando nos conozcamos mejor. Por favor, confía en que en el futuro te explicaré lo que esta noche no puedo.

—Sí… por supuesto. Y gracias por ser… tan bondadoso…, y no disgustarte conmigo.

—Intentaré no volver a disgustarme contigo. Pero, al igual que tú, tengo tendencia a hablar sin pensar.

—Es mucho… más… sencillo. Y creo que si todos pensaran antes de hablar, se producirían muchos silencios incómodos.

—Es verdad sonrió el duque. —Y ahora, Antonia, como, salimos para París mañana temprano, sugiero que vayas a acostarte. Debes estar cansada después de todo lo que ha sucedido hoy, así como también por los saltos de anoche.

Antonia se puso tensa. Con voz atemorizada preguntó:

—¿Lo sabías?

—Sí, lo sabía. Escuché lo que hiciste y casi no podía creerlo. Esos saltos, si Ives siguió mis instrucciones, tienen la misma altura de los de la pista de la Gran Nacional.

—Fue tu nuevo caballo… fui una atrevida al… montarlo… pero te esperamos hasta el anochecer… y no llegaste.

—Me lo perdí. ¿Olvidas que ahora mis caballos son tuyos también? Recuerdo que durante la ceremonia nupcial juré compartir contigo todos mis bienes materiales.

Los ojos de Antonia resplandecieron.

—Me sentiría… muy agradecida… y honrada… de poder… compartirlos… contigo —dijo después de un momento.

—Entonces los compartiremos. Al igual que nuestros pensamientos y, tal vez, cuando nos conozcamos mejor, nuestros sentimientos.