Capítulo 7

-Gracias, Farrow. Veremos eso con mayor detenimiento —dijo el duque—. Espero estar mejor.

—También yo lo espero, señor —repuso Michael Farrow, reuniendo los papeles extendidos sobre la cama. Luego hizo una reverencia y chasqueó los dedos.

Al instante, algo pequeño y ágil saltó sobre la cama y se acostó junto a él, lamiéndose la mano y moviendo alegremente la cola.

El duque acarició las suaves orejas de su perrita spaniel.

—Supongo que sabes que podría castigarte por subirte sobre la colcha.

Su voz pareció excitar aún más al animal, que lamió la mano de su amor con fervor.

Era lo primero que Norvin había visto cuando volvió en sí después de tres días de inconsciencia y frecuentes delirios.

De pronto, se había preguntado quién estaba besando su mano y, al mirar, descubrió a la perrita spaniel, negra y blanca, que le observaba con sus ojos dulces.

—Se llama Juno —le dijo entonces alguien y Norvin vio que Pandora se ponía de pie junto a la ventana.

—¿Y quién ha dicho que yo quiera un perro? —preguntó Norvin, pero ya sabía la respuesta: aquel animal era un eslabón más de la cadena que lo ataba a Chart.

Pandora no respondió. Se quedó mirándolo y él pensó que tenía la misma expresión que Juno en los ojos.

La joven había ido a ver a todos los colonos de la finca hasta encontrar la mascota que creyó adecuada para el duque.

Y en cuanto entró en la habitación del enfermo con Juno en los brazos, supo que la elección había sido acertada.

La perra, al parecer, había comprendido exactamente lo que deseaban de ella y se echó junto a la cama como si supiese que debía aguardar a que su amo despertara.

Y ahora, aun a pesar de sí mismo, Norvin no podía resistir la tentación de dejarla subir a su cama. No obstante las amonestaciones de Pandora, Juno se acostaba a su lado apenas se quedaba solo.

Pero con su oído más agudo que el de un ser humano, la perrita se bajó y volvió al rincón donde estaba hacía un momento, antes de que la puerta se abriese.

Entró Pandora con un gran florero lleno de lilas.

—Estaba esperando que Michael Farrow se marchara para traértelas —dijo—. Son muy hermosas y huelen maravillosamente.

—Y por lo tanto, son inapropiadas para un pecador como yo —dijo Norvin con tono burlón—. Ponlas en tu habitación, Pandora. Siempre he creído que son el emblema de la santidad.

Desde que estaba repuesto, había comenzado a bromear con ella como solía hacerlo.

Mientras Pandora colocaba el jarrón sobre una cómoda, prosiguió:

—Farrow me ha dicho que has estado muy atareada desde que caí en cama.

Pandora se puso rígida.

Ella no le había dicho nada de lo que había hecho después del duelo, pensando que no convenía perturbarlo.

Pero si era sincera consigo misma, debía reconocer que era porque tenía miedo de que él pensara que estaba interfiriendo en sus asientos.

—Mandaste a Farrow que cerrara la casa de Londres —dijo Norvin, y ella creyó advertir en su tono un matiz de reproche.

—Como estamos fuera de temporada, se me ocurrió que no era necesario emplear a tantos servidores… mientras no pudieses ir —se excusó ella con voz débil.

—Los teatros aún están abiertos en Londres. —Norvin dijo estas palabras con intención maliciosa, observando el rostro de Pandora.

La muchacha se sonrojó, pero volvió la cara para que él no la viera y se dirigió a una ventana.

—No será difícil… volver a abrir la casa si lo deseas.

—Ordenaste que una persona llamada Winslow hiciera un inventario, según me ha explicado Michael Farrow. Ese Winslow ha relacionado las cosas que faltan. Supongo que te interesará ver la lista.

—No… no es cosa mía —murmuró Pandora.

—¿No? Creí que te interesaría.

Ella nada dijo y, al cabo de un instante, Norvin añadió:

—Farrow me ha dicho también que fue difícil encontrar el dinero que pidió Kitty antes de marcharse. Incluso tuvo que pedir prestadas diez libras al vicario.

Norvin rió al agregar:

—Eso sí que es gracioso: ¡la iglesia ayudando a los pecadores!

Pandora se volvió.

—Por favor, no hables así —rogó—. Tal vez hice mal…; pero de otro modo se hubiese negado a marcharse… y era importante que tú estuvieras tranquilo, sin que nadie te molestara.

—Y, en tu opinión, Kitty era una mala influencia para mí.

Nuevamente, el duque se burlaba.

—Lo lamento si he hecho algo que no debía —murmuró Pandora—. Sabía que no debía interferir; pero, dada la situación, creí que era lo mejor.

—¿Desde tu punto de vista o desde el mío? —preguntó el duque.

—Desde el tuyo, por supuesto —repuso Pandora—. No tenía nada que ver conmigo.

—¿Chart no tiene nada que ver contigo? —preguntó el duque—. No, santa Pandora: lo que dices se parece peligrosamente a una mentira.

Ella juntó las manos y exclamó:

—Amo Chart, tú lo sabes…; ¡pero es tu casa, tu propiedad, tu reino!

Norvin sonrió.

—Me haces recordar los versos de Milton: «Soy aquel que buscaba un asno y encontró un reino».

—¿Lo has encontrado tú? —preguntó Pandora.

Hablaba con una ansiedad que la sorprendió. Comprendió que se trataba de una pregunta que desde hacía tiempo deseaba formular; desde que él se recuperó lo suficiente para volver a interesarse por lo que ocurría a su alrededor.

Norvin le tendió una mano.

—Ven, Pandora —dijo—. Quiero hablar contigo.

Nerviosa y un tanto reacia, ella avanzó unos pasos hacia él antes de decir:

—Si ya está bien…, yo también quisiera hablar contigo.

—Estoy perfectamente —aseveró Norvin—, así que ¿por qué no hablar ahora mismo? Y como ambos tenemos algo que decirnos, siendo yo un caballero, debo concederte el primer lugar.

Pandora ocupó la silla que había junto a la cama de Norvin; pero no lo miró a él, sino que clavó los ojos en sus propias manos como si no las hubiera visto nunca.

Por el contrario, Norvin la observaba a ella y, al cabo de unos segundos, la apremió.

—Estoy esperando. Como puedes suponer, tengo gran curiosidad por oír lo que tienes que decirme.

—Tal vez… te hayas preguntado —empezó Pandora con voz vacilante— por qué tío Augustus me permitió quedarme… cuando volvió de Londres.

—Pues sí… —reconoció Norvin—. Pero como me cuidas con tanta eficacia, he supuesto que, sabiéndome inconsciente, no me considera peligroso para una santa como tú, razón por la que ha decidido dejarte algún tiempo a mi cuidado.

—Tío Augustus no… no vino personalmente —declaró Pandora—. Me escribió una carta.

Norvin guardó silencio y, al cabo de una pausa, ella prosiguió:

—En ella decía que… había causado tan escándalo en Lindchester al venir aquí…, que ellos ya no podían ofrecerme su casa.

Norvin enarcó las cejas y comentó:

—Es algo que tú ya tenías previsto al venir aquí huyendo de tu capellán.

Sus labios esbozaron una débil sonrisa al agregar:

—¿Qué fue lo que me dijiste cuando me explicaste por qué constituía yo una solución a tus problemas? Algo así como que me paseaba en compañía de actrices y gentuza con la que ningún hombre decente se dejaría ver… Elegiste bajar a los infiernos, primita, así que no puedes culpar al obispo ahora.

—No, si no me quejo —replicó Pandora—. Pero tengo algunos planes para el futuro… y quería preguntarte algo al respecto.

—¿Qué es?

—He pensado que… tal vez me permitirías quedarme… aquí.

Miró al duque un momento y continuó rápidamente:

—No en calidad de huésped o algo por el estilo. Ni siquiera tendrás que verme. Podría trabajar en la despensa o ayudar a la señora Meadowfield a remendar la ropa. Hay muchas cosas que puedo hacer… y tú ni siquiera te enterarías de que estoy aquí.

—¿Y crees que eso te haría feliz? —preguntó él, serio ahora.

—¡Vivir en Chart sería como estar en el cielo! —respondió Pandora casi con unción—. Te doy mi palabra de honor de que no haré nada que pueda ser irritante o molesto… Pero anhelo estar aquí y a veces podría ver…

Se detuvo repentinamente.

Se había dejado llevar por el entusiasmo, olvidando que el final de su frase podría ser revelador.

Sin embargo, adivinó que a su interlocutor no se le escapaba nada.

—Y a veces podría ver… ¿qué? —preguntó Norvin—. ¿Qué…?

Pandora vaciló.

—A la gente del pueblo… Hay gente entre ella personas que quiero mucho.

—Por supuesto —asintió Norvin—. ¿Y tú crees que no te sentirás inclinada a amonestarme cuando invite a mis amigos disolutos de Londres, que rompen, roban y disponen de cosas que tú consideras sagradas por haber pertenecido a la familia durante tantos años?

—Me sentiré incómoda, por supuesto —repuso Pandora con franqueza—. Pero tú no te darías cuenta de mis sentimientos.

—¿Porque tú no los expresarías? ¿Crees que no advertiría tu condena vibrando en todo el castillo como si fuese la voz de mi conciencia y persiguiéndome sin descanso?

—Yo te haría sentir así en absoluto, de verdad.

—¿Y si te digo que por más que intentaras ocultármelo, yo me daría cuenta de lo que pensaras y sintiese…, de tu infelicidad?

—Eso significa entonces que no me quieres aquí… —murmuró Pandora, desolada.

—No he dicho tal cosa.

—Pero es lo que quieres expresar… y yo lo comprendo.

Norvin advirtió que a la joven le temblaban las manos y en su voz había cierto matiz desafiante cuando dijo:

—El doctor Graham me ha dicho que tratará de encontrarme algún empleo…, pero tal vez sea mejor que me vaya inmediatamente de Chart.

—Eso sería muy egoísta.

—¿Egoísta?

—¿Quién me va a enseñar la historia de la familia si no estás tú aquí? ¿Quién se va a encargar de decirme cómo se comportaba el último duque y aun el anterior?

—No comprendo —murmuró Pandora—. Tú no me quieres aquí y dices sin embargo…

—No he dicho que no te quiero aquí —la interrumpió Norvin—. Sólo he dicho que, por más que quieras ocultarte, yo advertiría tu presencia en Chart Hall.

Pandora hizo un ademán incierto con las manos y en sus ojos había una expresión de desconcierto.

—Entonces, ¿qué debo hacer?

Los ojos de ambos se encontraron y a ninguno de los dos le fue posible apartar la mirada.

Después de una larga pausa, durante la cual se había sentido como si no hubiera nada en el mundo más que los ojos de él, Pandora suspiró:

—No… no comprendo.

Norvin le tendió una mano y ella, automáticamente, le entregó la suya.

Él la atrajo con firmeza hacia sí y de pronto, sin darse cuenta de cómo había sido, Pandora se encontró sentada en la cama, frente a Norvin, muy cerca de su rostro.

—Estoy tratando de decir, Pandora —dijo él con calma—, que si me quedo a vivir en Chart como tú quieres, debes permanecer aquí conmigo.

Viendo una súbita expresión de esperanza en los ojos de ella, Norvin prosiguió:

—No en la despensa, ni oculta en algún rincón oscuro de la casa, sino a mi lado.

Notó el temblor súbito de los dedos de Pandora, que ahora se aferraba con fuerza a su mano, como si temiera darse cuenta de que aquellas palabras no eran ciertas o había equivocado su sentido.

—Si vamos a vivir juntos —continuó él—, eso dará mucho que hablar en Lindchester, a menos que hagas un esfuerzo por dar un aire de respetabilidad a Chart.

Los ojos de Pandora estaban clavados en los del amado.

—¿Cómo podría hacerlo?

Sus palabras eran casi inaudibles, pero él las oyó.

—¿Tengo que explicártelo? ¡Ah, pero tienes razón…! Toda mujer tiene derecho a escuchar una propuesta de matrimonio.

Advirtió los ojos azorados de Pandora y añadió suavemente:

—¿Te quieres casar conmigo, preciosa mía? Será una unión extraña entre la santidad y el pecado, pero tal vez podamos encontrar un punto intermedio.

Parecía esforzarse en hablar, con cierta superficialidad, pero la expresión en sus ojos dejó atónita a Pandora.

—¿Lo… lo dices en serio? —preguntó con voz ahogada.

Entonces el duque la atrajo con fuerza hacia sí para abrazarla.

—Sí —repuso y sus labios se inclinaron sobre los de ella.

Por un momento, Pandora apenas pudo darse cuenta de lo que ocurría. Después comprendió que era precisamente lo que ella deseaba, por lo que había rezado tanto… para llegar a la conclusión de que era irrealizable.

Sus labios eran muy suaves, jóvenes e inocentes, y Norvin, instintivamente, controló sus deseos y la besó con ternura, hasta que sintió que el cuerpo de ella temblaba contra el suyo.

Para la joven, la sensación que le producían los labios de él era como la que había experimentado al poner la mano sobre su corazón, tras el duelo, para saber si palpitaba, sólo que ahora más vívida e intensa.

Comprendió que Norvin, con sus caricias, le otorgaba toda la belleza de Chart, todo el amor por aquella mansión y las cosas que reverenciaba.

Su cuerpo respondió al del hombre y de pronto se sintió absolutamente colmada por un sentimiento de perfección.

Por fin, cuando Norvin levantó la cabeza para mirarle la cara, a ella le pareció ver el cielo.

—¡Te amo! —murmuró. Eran las palabras que había pronunciado cientos de veces, pero creyendo que nunca podría decírselas a él.

—¿Qué me has hecho, mi amor? —preguntó él con voz profunda y ligeramente trémula—. Debí sospecharlo cuando llegaste aquella mañana con aspecto asustado y tan encantadora con tu sencillo vestido de muchachita puritana.

—¿De verdad me quieres? —preguntó Pandora.

—Traté de odiarte porque eres una Chart, uno de mis malditos parientes —repuso él—. Quería que te sintieras escarnecida por el mal comportamiento de mis amigos… En cambio, no he podido sino permanecer atento a tu rostro, a tus ojos, que me han cautivado y estoy convencido de que lo seguirán haciendo hasta el fin de mis días.

—No es cierto… no puede ser cierto que me quieras —murmuró Pandora y, profundamente conmovida, se echó a llorar.

Norvin besó sus mejillas húmedas y después volvió a besar sus labios, exigente y apasionado ahora.

—Te amo —afirmó al levantar la cabeza—. Te amo tanto que, como tú, no puedo creer que sea cierto. Pero supongo que, en tu opinión, esto es un milagro del castillo.

—Tal vez sea la mansión…, tal vez influencia de la gente que ha vivido en ella…, quizá nosotros mismos… —respondió Pandora—. Sin embargo, cuando me enamoré de ti, nunca pensé que tú me corresponderías.

—¿Y ahora estás convencida por fin?

Pandora ocultó el rostro contra el pecho de él porque no sabía qué responder. Le era imposible explicar todo lo que su corazón sentía.

Norvin besó su pelo.

—Este mismo aroma de violetas emanaba de ti cuando te traje a caballo después de rescatarte de aquellos bribones —dijo—. En aquel momento comprendí que era la fragancia que deseaba respirar en mi casa porque ya estaba en mi corazón.

—¡Oh! ¡Norvin! —murmuró Pandora, pensando en las exóticas fragancias de Kitty y las otras actrices.

Él, como si adivinara su pensamiento, le dijo:

—Olvídalas. Ellas nos ayudaron a conocernos. El destino tiene designios misteriosos.

—Sí, es verdad —convino Pandora—. Pese a todo, les estaré agradecida, profundamente agradecida, porque te han acercado a mí. Pero escucha, Norvin…

—¿Qué? Dime.

—Ellas son muy guapas y muy divertidas… Yo, por el contrario, temo ser tan aburrida…

Él sonrió como si pensara en su pasado y comprendiera que se trataba de un capítulo cerrado.

—Desde luego, no posees la fascinación que otorgan las candilejas —repuso—. Tampoco usas pantalones ni bebes champán hasta el amanecer, pero tengo la sensación de que el drama y el romance de Chart son más entretenidos que cualquier obra de teatro. ¡Y te juro que no hay primera actriz más encantadora que tú!

Pandora le miró con una sonrisa radiante y él volvió a besarla. Lo hizo ahora con tal frenesí, que encendió una llama desconocida en ella y los latidos de su corazón parecían acompañar los del hombre amado.

Con un esfuerzo, Norvin se apartó y se levantó en la cama.

—Se supone que no puedes levantarte —dijo ella, inquieta y casi sin aliento—. Debes descansar y no excitarte.

—Es demasiado tarde —respondió él.

—¿Quieres decir que yo… te excito?

—Hasta el delirio. Quisiera tenerte en mi lecho y demostrarte cuánto te amo.

Al ver que ella se ruborizaba, rió suavemente.

—Querida, preciosa, mi santa inocente… No debo asustarte.

La hubiese tomado de nuevo en sus brazos, pero ella lo evitó y le miró con todo el amor que sentía reflejado en sus ojos.

Viendo sus mejillas sonrosadas, sus labios encendidos por los besos y sus cabellos en desorden, Norvin pensó que ninguna mujer podía ser más atrayente ni encantadora.

—¡Ven! ¡Te quiero! —exclamó, invitándola a refugiarse en sus brazos.

—Debes ser sensato… Has de cuidarte —le recordó Pandora.

Entonces, cuando él la atrajo hacia sí pese a su resistencia, no cayó en sus brazos, sino sobre sus rodillas.

—¿Es cierto realmente que me quieres por esposa? Es lo que he deseado, lo que mamá hubiese querido: ¡que estuviese en su casa! Todo es tan maravilloso que no puedo creerlo… Parece un sueño y temo despertar.

—Pues es completamente cierto, amor mío —afirmó Norvin—. Pero tendrás que ayudarme. Hasta la fecha no he hecho más que tonterías, lo sé, de manera que te necesito. ¡Dios sabe cuánto te necesito!

Pandora puso su mejilla contra la mano de él, que continuó diciendo:

—Supongo que son las mismas palabras que un hombre dice a una mujer cuando desea su cuerpo y su amor, pero yo quiero mucho más.

Pandora levantó la cara y se miró.

—He vivido odiando durante tanto tiempo, que el odio está arraigado profundamente en mí —confesó gravemente Norvin—. Ha marcado todo lo que he hecho, dicho y pensado… Cuando digo que soy un pecador no exagero, Pandora. He hecho cosas de las cuales me avergüenzo y espero que no las sepas nunca, pero ya no puedo volver atrás, ni borrar de mi conciencia todo lo que quisiera olvidar.

—Estás perdonado —murmuró Pandora.

—Dices eso pensando en la alegría del cielo ante el arrepentimiento de un pecado —observó él con una sonrisa—. Pero no me preocupa el cielo, Pandora. Me preocupas tú.

Oprimiendo con ternura los dedos de ella, agregó:

—Eres tan perfecta, tan buena y tan pura que tengo miedo.

—¿De qué?

—De que tarde o temprano te alejes disgustada de mí; de que me dejes por más que intente retenerte junto a mí. «Largo y duro es el camino que conduce al cielo».

Su voz flaqueó al citar estas palabras y ella sospechó que esperaba una respuesta suya, cual si fuese la persona indicada para emitir un juicio inapelable.

Pandora se puso en pie y se sentó en el borde de la cama. Después se inclinó hacia él para abrazarlo.

—Te has olvidado de algo —murmuró.

—¿De qué?

—De que tienes lo único que importa, la única cosa que puede borrar la oscuridad, la maldad y hasta el pecado.

Él la atrajo hacia sí.

—¿Nuestro amor puede hacer todo eso?

—¿Lo dudas? —preguntó Pandora—. El verdadero amor ha iluminado y santificado a todos aquellos que lo han descubierto desde el principio de los tiempos.

—¿Y es así el amor que nosotros sentimos por el otro? —preguntó Norvin.

—Así te amo yo —respondió Pandora—. Para mí has sido bueno y generoso. Lo que ocurrió antes de conocernos no me concierne. Sólo pienso en que podremos estar juntos en el futuro.

Norvin la abrazaba tan estrechamente, que ella apenas podía respirar.

—Estaremos juntos —afirmó—, y sé que tu amor me dará, no lo que me merezco, sino lo que ansío.

—¿Y será suficiente?

—¿Acaso podría desear algo que no fueras tú y, desde luego, un futuro duque de Chart? —repuso él.

Esto era lo que ella deseaba escuchar. Emocionada, tomó la iniciativa y le besó ligeramente, pero Norvin se apoderó de sus labios, besándola con tal pasión, que la estancia comenzó a girar alrededor de Pandora. Era como estar en la gloria.

—Te amo, Norvin… ¡Oh, cómo te amo! —murmuró casi jadeante—. Pero debes… descansar…

Con un esfuerzo sobrehumano, se apartó de la seguridad y el calor de los brazos para reprocharle:

—¡Mira a Juno! Ya le he dicho muchas veces que no se suba a la cama, pero seguro que tú se lo consientes. ¡La señora Meadowfield se pondrá furiosa!

Norvin rió y miró a la perrita que, celosa de no recibir las caricias de su amo, se apretaba contra él.

—En realidad, lo que te preocupa —dijo con cariñosa burla— es que Juno está estropeando la colcha bordada en el año «X» por algún miembro de la familia Chart que no tenía nada mejor que hacer.

—En 1706 para ser exactos —repuso Pandora—. Esta colcha fue bordada por la esposa del segundo duque cuando él peleaba contra Malborough.

Pandora había hablado automáticamente y de pronto ambos se echaron a reír.

—Advierto que, hasta cuando nos besamos —dijo él—, tú sigues estando a mitad de camino entre la historia y un libro-guía.

Pandora lo miró perpleja, como si no estuviera segura de si él bromeaba o se había enfadado. De pronto, Norvin le cogió una mano y se la besó.

—Soy un alumno voluntarioso, amor mío —sonrió—, siempre y cuando tú me permitas enseñarte a mi vez algo más importante que la historia de todos los virtuosos y respetables Chart.

—¿Qué es? —preguntó Pandora.

—Te enseñaré a amarme —contestó Norvin—. Es eso, mi adorada santa, creo que yo seré el maestro y tú la alumna.

—Una alumna también voluntariosa y muy humilde —murmuró Pandora y no pudo evitar arrojarse a los brazos de él, que la besó con ardor.

Afuera, el sol transformaba el lago en un espejo de oro y arrancaba destellos de las ventanas de la mansión que, durante varios siglos, había protegido e inspirado a los que la habitaron.

FIN