Capítulo 2
Los invitados llegaron más tarde, mientras el duque y Kitty seguían bebiendo champán.
Había tres jóvenes aristócratas, todos con título, pero como en todo momento se les llamó por sus nombres de pila, Freddie, Clive y Richard, Pandora no supo cuáles eran.
Habían llegado de Londres en sus faetones, acompañados por tres mujeres tan atrayentes y encantadoras como Kitty.
Pandora no supo sus nombres porque sus acompañantes siempre se dirigían a ellas como «patito» o «pimpollo».
Los tres caballeros declararon que tenían la garganta seca por el polvo y que estaban extenuados del viaje.
Los lacayos llevaron más champán y se brindó por el duque y Kitty de forma que Pandora encontró embarazosa.
Pero eran tan alegres, y ella estaba tan encantada de estar en Chart Hall, que los encontró muy entretenidos y elegantes.
Luego se abrió la puerta y apareció otro caballero. A diferencia de los demás, fue anunciado por el mayordomo:
—Sir Gilbert Longridge, señoría.
Apuesto y más elegante aún que los otros, sir Gilbert era algo mayor que el resto.
Sin embargo, al observarle caminar en dirección al duque, Pandora pensó que había algo en él que no le gustaba.
No sabía cuál era el sentimiento que la embargaba, pero su padre siempre decía que ella era muy intuitiva con la gente y nunca se equivocaba.
—¿Solo, Gilbert? —preguntó Norvin sorprendido.
—Fanny se acabó —repuso Gilbert con tono desagradable—. Nunca más gastaré tiempo ni dinero en una mujer que no sabe mantener sus compromisos. El duque puede quedársela, ¡a mí no me importa!
—¡Oh!, estará encantado —intervino Eddie—. Aunque, personalmente, Gilbert, yo lo pensaría bien. Eres demasiado indulgente y valoras a las mujeres más de lo que debieras.
—¿Para qué sirve el dinero, querido muchacho, sino para gastarlo en divertirse? —replicó sir Gilbert, mirando en derredor hasta fijarse en Pandora. Por un momento la observó sin decir nada y luego comentó—: Advierto que no me faltará quien me haga compañía. ¿Cómo supiste, mi querido Norvin, que vendría solo?
—Es mi prima, Pandora Stratton —repuso el duque—. No la esperaba.
—¿Y qué hay más hermoso que lo inesperado? —preguntó sir Gilbert suavemente. Se acercó a Pandora y, tomándole la mano, añadió—: Evidentemente, el destino nos ha reunido aquí y no estoy dispuesto a rebelarme contra él.
Apenas la tocó, Pandora comprendió que aquel hombre le disgustaba profundamente y se preguntaba cómo retirar la mano cuando su primo dijo:
—No deseo apresuraros, pero la cena es a las siete y media y, como he traído a Alphonse, no quiero que se enfade si la comida se estropea. ¡Ya sabes lo temperamentales que son estos franceses!
—Me alegro de que Alphonse esté aquí —señaló Clive—. Es más esencial para mi comodidad que tú, pimpollo —dijo dándole un beso en la mejilla a la mujer que estaba junto a él, de oscuro pelo rizado y ojos brillantes. Era, pensó Pandora, la más impresionante de todas. Al mismo tiempo se daba cuenta de que sin los artificios que usaban las tres jóvenes, que por su conversación debían de ser actrices, podrían llegar a ser decepcionantes.
Después de observarlas un rato, pensó que sin duda necesitaban las luces del escenario para ocultar las líneas en torno a los ojos y su cutis marchito.
Pero con sus sombreros adornados con plumas, sus lujosas capas y sus vestidos cargados de lazos y cintas, resultaban tan atractivas y llenas de colorido como una colección de pájaros.
—Iremos a vestirnos —dijo una a quien habían llamado Hettie—. Hemos traído nuestras mejores galas para hacerle justicia a esta mansión ancestral —comentó burlona y el duque replicó:
—¡Sin duda vosotras contribuiréis a aliviar la austeridad de este mausoleo, que bien que lo necesita!
Pandora lo miró azorada.
Ella amaba aquella mansión, admirada sus nobles proporciones y los tesoros que contenía, y le parecía extraño que a alguien no le gustase.
El duque, como si adivinara sus pensamientos, la miró y dijo:
—Si estás comenzando a cambiar de parecer y deseas volver a casa de tus tíos, estás a tiempo. Aún no estás contaminada.
Nadie oyó lo que decía a Pandora, mirándolo, se preguntó si él se daba cuenta de su sorpresa.
Rápidamente, contestó:
—¡No, por supuesto que no! Quedándose aquí, sé que provocaré el efecto deseado sobre el señor Witheridge.
—Está bien. Como quieras, si eso es lo único que importa —contestó Norvin.
Pandora corrió detrás de las otras mujeres, que abandonaban la habitación.
Cuando las alcanzó miró hacia atrás y advirtió que el duque se había vuelto a conversar con uno de sus amigos, mientras que sir Gilbert la observaba.
En tanto subían por la gran escalinata, que había sido utilizada por tantos antepasados de la prominente familia Chart, Pandora comprendió, por la conversación de las invitadas, que sólo Kitty conocía la casa.
—¡Dios mío, es tan grande que puede albergar a un ejército entero! —exclamó una de ellas.
—¿Por qué no invitaste a todo el elenco, Kitty? —preguntó otra, reafirmando a Pandora en su idea de que eran también actrices.
—Sir Edward Trentham tiene una casa no muy lejos de aquí —respondió Kitty—. Gabrielle y los demás se alojan allí y vendrán después de cenar.
Las otras se mostraron encantadas y Pandora comprendió que sir Edward era su favorito.
—¿Sabes lo que le regaló a Gabrielle la semana pasada? —preguntó una de ellas cuando llegaron al final de la escalera.
—¿No será otro collar de diamantes? —replicó otra.
—No, una casa en Chelsea… ¡y la puso a su nombre!
—¡Dios santo, qué suerte tiene! —exclamó la llamada Hettie—. Yo no lograría nada parecido de Richard.
—Deberías evitar que siga jugando —le aconsejó Kitty—. Le gustan demasiado los naipes. Siempre me enfurece ver que los hombres pierdan en la mesa de juego lo que podrían gastar en mí.
—Estoy de acuerdo contigo —declaró Hettie, la cual tenía el pelo casi blanco de tan rubio y se había puesto mucho maquillaje en las pestañas, por lo que sus ojos azules parecían resplandecer.
Pandora vio que, en lo alto de la escalera, las esperaba un ama de llaves que no conocía.
Se sorprendió de no ver a la querida y anciana señora Meadowfield, que llevaba tantos años en Chart Hall.
La nueva ama de llaves era más joven y tenía la misma mirada insolente que Pandora advirtió en el mayordomo.
—Buenas noches, «señoras» —saludó, enfatizando la última palabra—. Permítanme que las lleve a sus habitaciones.
Kitty se dirigió a sus amigas:
—La señora Jenkins os atenderá. ¡Y no os demoréis! ¡A su señoría no le gusta comer el soufflé desinflado!
Se volvió y siguió por el pasillo hasta la habitación que se hallaba junto a la que ocupaba en vida el abuelo de Pandora.
La señora Jenkins acompañó a las otras damas a sus aposentos y la joven notó que cada una estaba separada de la otra por una habitación vacía.
Esta disposición le resultó curiosa, pues recordó que, cuando su madre recibía a los invitados en Chart Hall tras la muerte del cuarto duque, siempre acomodaba a los hombres y a las mujeres en alas separadas.
Ella fue la última en recibir la atención del ama de llaves.
—Ahora usted, señorita Stratton —dijo la sirvienta en tono familiar—. La alojaré en la habitación rosa.
—¡Oh, cuánto me alegra! —exclamó Pandora—. Siempre ha sido una de mis habitaciones favoritas. ¡Me encanta la ventana que da sobre el jardín!
La señora Jenkins la miró sorprendida y preguntó:
—¿Es usted realmente prima de su señoría?
—¡Oh, sí! —repuso Pandora—. Mi madre era lady Eveline Chart antes de casarse, y el anterior duque era mi abuelo.
—Ahora las cosas le parecerán diferentes —observó la señora Jenkins. Pandora no supo qué responder. En cambio, se dirigió ansiosamente a su habitación. Había allí, abriendo su baúl, una doncella que reconoció.
—¡Buenas noches, Mary! —La saludó—. ¡Qué alegría encontrarte aquí! No sabía que trabajabas en el castillo.
—Es nueva —explicó la señora Jenkins antes que Mary pudiese responder—. Espero que si no cumple como corresponde, me lo diga usted, señorita. En ese caso buscaré otra.
—Estoy segura de que Mary me atenderá perfectamente —repuso Pandora.
—Estas muchachas campesinas me parecen ignorantes —contestó la señora Jenkins.
Mary no dijo nada hasta que el ama de llaves abandonó la habitación. Luego, dirigiéndose a Pandora, exclamó:
—¡Me alegra mucho verla, señorita! Las cosas han cambiado mucho desde que está el nuevo duque. Nada es lo mismo que cuando vivía el anciano señor.
—¿Has sido empleada de forma permanente? —preguntó Pandora.
—Espero que sí, señorita —repuso Mary—. Pero quedan muy pocos del antiguo personal. Han traído gente nueva, y los del pueblo nos sentimos muy extraños ahora.
—¿Qué hace tu madre?
—Ayuda en la cocina, señorita. Dice que el chef tiene tan mal genio que a veces se siente aterrorizada.
Pandora sonrió al añadir:
—Espero que estéis contentas con la paga por lo menos.
—Lo estamos, señorita.
Pandora pensó que Mary tendría problemas si se quedaba mucho tiempo hablando con ella mientras las otras invitadas esperaban.
—Vuelve más tarde. De momento yo me las arreglaré sola —dijo.
—Al verla entrar me he quedado atónita, señorita —comentó Mary—. Nunca creí que la encontraría en Chart Hall, sobre todo después de todo lo que se dice.
Pandora pensó que sería desleal por su parte alentar los rumores contra su primo, mas comprendió que la muchacha le decía aquello sólo para desahogarse.
—Déjame ahora, Mary, y vuelve dentro de media hora.
—Muy bien, señorita.
Mary arrimó el baúl a la pared.
—Terminaré de sacar más tarde, cuando haya bajado a cenar, señorita —dijo y, al llegar a la puerta, agregó—: Estoy muy contenta de verla aquí, señorita.
Luego se marchó y Pandora frunció el ceño mientras comenzaba a desnudarse. Había una nota de temor en la voz de Mary que no le gustaba. Le hizo sentirse preocupada y temerosa de lo que ocurría en Chart Hall.
No le agradaba el nuevo personal y no sólo por prejuicios, pues aquello significaba que los fieles sirvientes anteriores habían sido despedidos.
Se preguntó qué hubiesen pensado sus padres del duque.
Sin duda era muy extraño —tal vez excéntrico fuese la palabra adecuada—. Sin embargo, a ella le había sido simpático. Todo lo contrario que sir Gilbert Longridge.
«No vale la pena hacer juicios sobre esta gente», pensó. «He venido porque estaba desesperada y debo ser cortés con ellos, sean como sean».
Pero no podía evitar sentirse extrañada, aunque de una cosa estaba segura, y esto era lo importante: Prosper Witheridge no aprobaría a Kitty, Hettie, Lottie y Caro, que así se llamaba la cuarta actriz.
Con frecuencia había oído decir al honorable Prosper que los teatros eran el lugar de reunión de los pecadores.
«Estoy segura de que después de esto no querrá casarse conmigo», se dijo.
Después se preguntó qué dirían sus tíos cuando supiesen dónde había estado.
«Si Norvin me lo permite, me quedaré hasta el viernes por la mañana; porque si vuelvo antes, Prosper estará esperándome», pensó.
En aquel momento volvió Mary para anunciarle:
—Señorita, un caballero la espera.
—¿Un caballero? —Se sorprendió Pandora.
—El lacayo dice que es un clérigo, señorita.
El corazón de Pandora dio un vuelco. Era indudable que los hechos se precipitaban.
La joven se dio cuenta de que eran ya las siete y, si el capellán había vuelto a Lindchester antes de lo que ella suponía, había tenido tiempo de leer la carta que le enviara.
«Debía haberla despachado mañana», se dijo, pero era ya demasiado tarde.
Mary le abrochó el vestido. Era uno de su madre que ella había modificado y le había parecido adecuado para su estancia en Chart Hall.
Ahora, sin embargo, sospechaba que era demasiado sencillo y tal vez anticuado en comparación con la ropa esplendorosa de las actrices. Pero el aspecto de ellas, aunque atractivo, era vulgar. Pandora sabía que ni padre ni su madre lo hubiesen aprobado.
De momento estaba demasiado agitada pensando que Prosper Wittheridge le esperaba como para mirarse al espejo.
Se puso en el cuello la pequeña cinta de terciopelo color turquesa que hacía juego con las de su vestido y le dijo a Mary:
—Tengo que bajar. ¿Hay alguien más en la planta baja?
—No lo creo, señorita. Las doncellas dicen que las damas no estarán listas hasta el último momento porque les lleva horas maquillarse.
Pandora se quedó pensando unos instantes y luego preguntó:
—¿Crees, Mary, que podrías decirle a alguno de los lacayos que avise a su señoría quién ha venido?
—Por supuesto, señorita —respondió la doncella.
Pandora vaciló.
No quería ir hasta ver si el duque decidía acompañarla.
Mas se dijo que no debía acobardarse y también que no podía esperar que un hombre recién conocido, aunque fuese su primo, quisiera verse comprometido en sus asuntos personales.
Sintiendo que el corazón le latía desacompasadamente, se dirigió lentamente a la gran escalinata.
Sin saber por qué, los retratos de sus antepasados que colgaban de las paredes le dieron valor:
«¡Ayudadme! —les pidió en silencio—. ¿Por qué he de temer a Prosper Witheridge?».
No obstante, tenía miedo y notaba las manos frías cuando llegó al vestíbulo. El mayordomo, que aguardaba allí, la informó:
—He pasado al caballero al saloncito, señorita.
Hablaba como dando a entender que disfrutaba de lo que le parecía un verdadero drama, así que ella replicó con dignidad:
—Gracias. Supongo que nos reuniremos en el salón plateado antes de la cena, ¿verdad?
—Así es, señorita —repuso el mayordomo, y pensó que ahora la miraba con más respeto, al darse cuenta de que conocía las costumbres de la casa.
El mayordomo abrió la puerta del saloncito donde la madre de la joven solía recibir a los visitantes cuando ya su abuelo estaba muy enfermo.
Prosper Witheridge se hallaba de pie, contemplando la chimenea de mármol. Su enfado era evidente. Con las cejas fruncidas y los labios apretados, tenía un aspecto agresivo.
Pandora oyó que la puerta se cerraba a sus espaldas y avanzó lenta y dignamente hacia el visitante.
Éste aguardó a que ella llegara. Entonces, con voz vibrante de ira, preguntó:
—¿Se ha vuelto loca? ¿Qué hace aquí?
—Ya se lo decía en mi carta. Voy a pasar unos días con mi primo.
—Recoja sus cosas inmediatamente. La llevaré a su casa —dijo con autoridad Prosper Witheridge.
—Mi primo me ha invitado a quedarme aquí y mi intención es aceptar.
—¡Supongo que estará usted fuera de sí! —replicó él—. Sabe muy bien que sus tíos nunca lo aprobarían y que éste no es sitio adecuado para usted.
—Es la casa de mi abuelo.
—Pero su lugar está ocupado por un disoluto y no permitiré que permanezca aquí un segundo más.
—Usted no puede evitarlo.
—Como futuro esposo… —comenzó a decir Prosper Witheridge.
—¡No me casaré con usted! ¡Que quede claro aquí y ahora! —lo interrumpió Pandora—. No me casaría con usted aunque fuese el último hombre en el mundo.
Por un momento, el honorable Prosper Witheridge se quedó en absoluto silencio.
Era un hombre prendado de sí mismo y muchas mujeres hubiesen caído en sus brazos ante una sola palabra suya, por lo que ni por un momento se le había ocurrido pensar que Pandora lo rechazaría.
—¿Sabe lo que dice? —preguntó. Su tono de sorpresa divirtió a Pandora.
—No me casaré con usted —repitió decidida.
—Después de su presencia en esta casa, dudo que nadie quiera hacerla su esposa.
—Lo suponía cuando vine aquí.
—Es usted demasiado joven e inocente para saber lo que está haciendo —observó Witheridge como si quisiese convencerse a sí mismo.
—Lo sé y he venido aquí deliberadamente, porque lo deseaba y porque mis tíos deben saber que no me casaré con usted.
—Está diciendo tonterías —le espetó Prosper Witheridge, que comenzaba a perder la calma—. Vendrá usted conmigo ahora mismo, la llevaré al palacio y la encerraré en su habitación. Allí se quedará hasta que vuelvan sus tíos.
—¡No le permitiré que haga eso! —le respondió desafiante Pandora.
—No tiene alternativa —insistió Prosper Witheridge con una nota de amargura en la voz que a ella no le pasó inadvertida.
Mientras hablaba, la tomó del brazo. Esto la sorprendió. Nunca había imaginado que Witheridge se atrevería a tocarla. Trató de desasirse, pero los dedos de él se hundieron en su piel.
—¿Cómo se atreve a tocarme? —exclamó—. ¡Suélteme!
—¡Vendrá conmigo! —gritó Witheridge—. Y espero que cuando vuelva su tío, la castigue como se merece por su vergonzoso comportamiento.
Diciendo esto, la arrastraba a través del salón. Ella era muy menuda y él muy fuerte. Con desesperación, Pandora comprendió que perdería la batalla.
—¡Suélteme! —gritó una vez más cuando llegaban a la puerta.
De pronto, ésta se abrió y apareció el duque, vestido impecablemente de etiqueta.
Prosper Witheridge, que arrastraba a Pandora del brazo, se vio obligado a detenerse.
—¿Puedo preguntar qué ocurre? —preguntó Norvin con voz fría.
—¿Es usted el duque de Chartwood? —preguntó a su vez Prosper Witheridge sin soltar a la joven.
—Soy yo quien debe preguntar —replicó el duque—, puesto que usted no ha sido invitado.
—He venido a buscar a una joven que no tiene por qué estar en casa de su señoría y hacerla regresar a su hogar —replicó Witheridge.
—¿Y con qué autoridad?
—¡Con la mía! Soy el capellán privado del reverendo obispo de Lindchester.
—¡Muy bonito! —exclamó Norvin—. ¿Y esa posición le da derecho a secuestrar a las jóvenes de casa de sus parientes?
—No pretendo secuestrar a la señorita Stratton —se defendió Prosper Witheridge—. Su tío el obispo la dejó a mi cargo, y al volver a Lindchester he sabido que se había embarcado en esta lamentable aventura, que apenará profundamente a quienes le ofrecieron su hogar.
—¿Insinúa usted que mi casa no es decente? —preguntó el duque.
Había una nota dura en su voz, pero Pandora comprendió, al mirarle a los ojos, que estaba divirtiéndose.
Prosper Witheridge se hallaba demasiado enfadado como para ser cauteloso.
—Su señoría sabe muy bien —replicó— que Chart Hall no es el lugar más adecuado para una joven inocente.
—¿Es ésa su opinión personal? —preguntó Norvin—. Porque si es así, me gustaría conocer los fundamentos de dicha afirmación.
Witheridge parecía inquieto.
—No creo que sea el momento de discutir eso, señoría —respondió—. Con su permiso, llevaré a la señorita Stratton a su casa. Haré que su equipaje sea recogido por la mañana.
—¡No doy mi permiso! —replicó el duque—. La señorita es mi invitada y puede quedarse todo el tiempo que desee.
—¡No es posible! —afirmó Prosper Witheridge.
—Creía que, siendo un hombre instruido como seguramente es, entendería claramente el inglés —dijo el duque.
Por primera vez desde que habían comenzado a hablar, Prosper Witheridge soltó el brazo de Pandora.
—Esta conversación es absurda —replicó bruscamente—. Milord puede hacer con su vida privada lo que quiera, pero la señorita Stratton es demasiado joven e inocente para comprender…
—¿Para comprender qué? —le interrumpió el duque.
—El estilo de vida de milord y sus amigos es muy distinto a todo lo que ella conoce o imagina.
—¿Qué sabe usted del estilo de vida que llevamos yo y mis amigos? —preguntó Norvin. Su vos era suave, casi agradable.
—¡Sé que huele mal! —repuso Prosper Witheridge elevando la voz—. ¡Sé que ofende a los que aman a Dios! ¡Lo que ocurre en esta casa está inspirado por el mismísimo Satán!
Cuando el capellán terminó estas palabras en una especie de rugido, el duque se echó a reír.
—¡Muy convincente! —exclamó—. Sin duda las solteronas de Lindchester se regocijarán pensando en el fuego del infierno que usted destina a los pecadores como yo. Pues bien, señor, quede esto claro: no me interesan sus sermones y como ahora deseo llevar a mi prima al comedor, le sugiero que vuelva con aquellos que estiman su elocuencia.
El duque estaba a punto de responder, pero en aquel momento se oyó ruido de pasos y se abrió la puerta, dando paso a Kitty y Caro.
—Creí que teníamos que encontrarnos en… —comenzó a decir Kitty, pero al ver a Prosper Witheridge preguntó—: ¿Y éste quién es?
—Este caballero es un mensajero del Altísimo y ha venido a decirnos que arderemos en las llamas del infierno y no nos dará ni una gota de agua fría —repuso Norvin.
—¿Agua fría? —rió Caro—. ¿Y quién la quiere? Me estoy muriendo por una copa de champán.
Se cogió del brazo de Norvin como si su intención fuese llevárselo consigo.
Pandora miró a Prosper Witheridge y estuvo a punto de lanzar una carcajada. Sin duda, el capellán estaba impresionado por la aparición de Kitty y Caro… y en realidad no era para menos.
Pandora nunca había visto mujeres con vestidos tan reveladores. Parecía una exhibición de carne femenina adornada con alhajas resplandecientes.
Sus caras estaban pintadas de tal forma que semejaban máscaras. Era como si se hubiesen maquillado para el escenario.
Pandora pensó que incluso a su padre le hubiesen parecido escandalosas, mas para Prosper Witheridge representaban todo lo que él solía condenar exaltadamente cuando hablaba del teatro y de las tentaciones que acechaban a quien lo frecuentaba.
—Nuestros invitados vendrán en cualquier momento —dijo Kitty—. ¿Pedirás a este caballero que se quede a cenar? Nos hará reír por lo menos —agregó señalando a Prosper Witheridge.
—¡Buena idea! —exclamó Norvin—. Quédese a cenar, Witheridge, y enséñenos todo lo que sepa sobre los malos oficios de Satán. Estoy seguro de que hasta nosotros, tan ardientes seguidores del demonio, aprenderemos algo nuevo.
Prosper Witheridge estaba pálido cuando comprendió que cualquier respuesta sería motivo de risa.
—No tengo nada más que decir, señoría —contestó con voz tensa—. Saldré ahora mismo de aquí, y esta desgraciada muchacha sabrá muy pronto dónde ha caído.
Dio un paso hacia delante mientras hablaba y el duque se hizo a un lado para dejarlo pasar.
—No lo retendremos, señor Witheridge —dijo.
El capellán se volvió a Pandora.
—Lo lamentará. Recordará usted el resto de sus días esta elección: ¡Ha preferido al demonio en lugar de elevarse hacia el Señor!
Su voz pareció vibrar en el saloncito y después, como si se sintiera un cruzado derrotado por las hordas infernales, salió, atravesó el vestíbulo, se puso el sombrero negro que le entregó un lacayo y cruzó la puerta principal para dirigirse al carruaje que lo esperaba.
—¡Cielos! —exclamó Kitty—. ¡Después de esto necesito un trago!
—Es un hombre siniestro —tembló Caro—. Tengo la sensación de que nos ha maldecido.
—Así es —replicó el duque—, en especial a Pandora.
Miró curioso a la joven mientras hablaba y advirtió que ésta suspiraba aliviada.
—Ya no querrá casarse contigo.
—Es probable que te arrastre por las calles de Lindchester azotándote —comentó Norvin.
—¿Hacían cosas así en otros tiempos? —preguntó Kitty.
—Aún hoy las hacen —repuso el duque—. ¡Así que cuidado!
—¡Bah! Sólo tratas de asustarme —protestó Kitty—. Además, si no fuese por mis pantalones de escena y por ti, casi sería respetable.
—Eso es: «casi» —observó el duque—. Pero tienes razón: necesitamos un trago. Estos dramas antes de comer son sumamente molestos.
Mientras se dirigían al salón plateado, Pandora iba impresionada todavía por lo ocurrido. La furia y el odio de Prosper Witheridge la habían afectado, aunque se repetía una y otra vez que lo único que importaba era haberse librado de él.
Ahora quedaba la preocupación por lo que dirían sus tíos, dado que Prosper no la perdonaría.
Era sumamente ambicioso y algún día sería obispo, pero no si tenía una esposa que se comportara de forma escandalosa ante los ojos de los que vivían en Lindchester.
En el salón plateado aguardaba sir Edward Trentham. Pandora sabía que éste había comprado una propiedad en el condado poco antes que ella abandonara Chart.
El dueño anterior era amigo de su padre y la joven recordaba haber oído decir que había perdido todo su dinero en el juego.
Ahora supuso que sir Edward habría sido el ganador.
Era fácil adivinar, por la efusión con que lo saludaron las actrices, que se trataba de un hombre rico y generoso. Todas lo besaron rodeándole el cuello con los brazos.
Era un caballero de unos cuarenta años, vestido con extravagancia, como si deseara parecer más joven.
—Encantado de verte en esta casa, Norvin —le dijo al duque—. Nunca había estado aquí. Es impresionante. ¿Qué harás con ella?
—Acostumbrarme, supongo —contestó el duque.
—No te será muy difícil —opinó sir Edward—. No me importaría ganártela en alguna apuesta.
—Lamento decirte que está asegurada para los herederos; pero te aseguro que mi sucesor sólo obtendrá las paredes desnudas.
Pandora creyó no haber oído bien. ¿Qué quería decir su primo? ¿Por qué hablaba así de aquella casa maravillosa, que era como una página de la historia?
Hubiese querido pedir una explicación, pero en aquel momento se le acercó sir Gilbert.
—Tengo intención de cuidarla esta noche, pequeña Pandora —dijo—, y no sabe cuánto me alegra poder hacerlo.
Le tomó una mano y se la llevó a los labios. Pandora sintió un escalofrío cuando la boca masculina rozó su mano.
Sentía por aquel hombre lo mismo que hacia Prosper Witheridge, y se preguntó por qué tendría la desgracia de gustar a caballeros tan desagradables.
—Yo suponía que esta noche la pasaría solo y triste —prosiguió él—. En cambio, ahora sé que estaré encantado. Tanto, que el mero hecho de pensarlo me inquieta.
Su cara estaba muy cerca de la de Pandora, que retrocedió. Esperaba que no se sentara junto a ella en la mesa, pero se equivocó, porque lo colocaron a su izquierda. Se sintió aliviada cuando vio que Norvin estaba a su derecha.
Kitty se encontraba al otro lado del anfitrión y lo monopolizaba haciéndole reír y diciéndole cosas al oído, algo que nunca hubiese ocurrido en una cena dada por su madre, pensó Pandora.
Ella estaba obligada por la cortesía a hablar con sir Gilbert y hizo lo que pudo en ese sentido.
—Es usted encantadora —comentó él—. Sus ojos contrastan a la perfección son sus cabellos y brillan maravillosamente a la luz de las velas.
Hizo una pausa y después dijo en voz más baja:
—¿Tal vez podría hacerlos arder con el fuego del deseo?
—Eso parece el párrafo de alguna novela que, seguramente, no podrá encontrar en la biblioteca de esta casa —replicó fríamente Pandora.
—¿Es usted provocadora o simplemente arisca? —preguntó sir Gilbert.
—Sencillamente, estas situaciones hacen que me sienta incómoda —respondió ella.
En realidad no sentía miedo de aquel hombre, sino que le encontraba aburrido. Prefería pensar en lo emocionante que era estar nuevamente en el comedor donde sus abuelos la recibían cuando era pequeña.
No había habido muchas fiestas en Chart Hall desde que el tío George murió en Waterloo.
Después del fallecimiento de su abuela, el abuelo se sentaba sólo en la cabecera de la larga mesa —el lugar que ahora ocupaba el duque—, mientras los ancianos Burrows servían la mesa de manera tan rutinaria como exacta.
—¿Cuántos hombres le han hecho el amor? —murmuró sir Gilbert al oído de Pandora, interrumpiendo sus pensamientos.
—Nadie me ha hecho el amor —replicó ella con firmeza—. Y preferiría hablar de caballos. ¿Tiene muchos caballos, Gilbert?
Él rió como si le divirtiera su intención de evadirse.
—En este momento sólo me interesa una pequeña yegua… que todavía no está domada —respondió—. ¿Puedo decir que me encantaría hacerlo?
—No comprendo de lo que habla —dijo Pandora fríamente y sintió alivio cuando la conversación de sir Gilbert fue interrumpida por los lacayos que traían los platos. Advirtió que no sólo eran deliciosos, sino diferentes a todo lo que había hasta entonces.
Su madre le había enseñado a cocinar y ahora la joven trató de adivinar los ingredientes que componían las salsas de la carne.
Se preguntó si sería posible ver al chef antes de abandonar Chart Hall para pedirle algunas recetas.
No había esperanzas de mejorar las comidas aburridas que su tía mandaba servir en el palacio, pero tal vez algún día pudiera cocinar para alguien que supiese disfrutar de la buena comida y la considerase, como su padre, un arte delicado.
Saliendo de su abstracción, Pandora se dio cuenta de que sir Gilbert le estaba hablando:
—Repito cuánto me gustaría besarte y enseñarte cómo es el amor, pequeña salvaje.
Realmente aquel hombre era odioso, pensó Pandora, y además había bebido demasiado.
En realidad, cuando terminaron de comer, todos los caballeros tenían el rostro enrojecido y los ojos sanguinolentos, lo cual le recordaba la manera de mirarla que tenía Prosper Witheridge.
Algunos de ellos se habían desanudado la corbata y desabrochado el chaleco. Por su parte, las mujeres se mostraban más ruidosas y sus voces eran cada vez más agudas.
Y cuando sirvieron los postres, jugosos melocotones y grandes racimos de uvas moscatel que le hicieron a Pandora recordar su infancia, los escotes de las actrices al inclinarse sobre la mesa, parecían aún más atrevidos que cuando impresionaron a Prosper Witheridge.
Pandora se ruborizaba al ver todo lo que mostraban y sentíase agradecida de que su vestido fuese mucho más recatado. Pero al mismo tiempo se dijo que su aspecto debía resultar mucho menos atractivo.
«Un gorrión entre exóticas aves del paraíso», pensó sonriendo y Norvin, dirigiéndose a ella por primera vez, le preguntó:
—¿Qué te hace gracia?
—¡Oh, nada! —contestó Pandora—. Pensaba que estoy un poco fuera de lugar entre damas tan vistosas.
—Tú elegiste quedarte —le recordó él bruscamente.
—No creas que me quejo —replicó enseguida Pandora—. Has sido muy generoso conmigo y te estoy muy agradecida. Lo que sucede es que esto es muy diferente de las comidas del palacio.
—¡Espero que así sea!
—Cuando estábamos en la vicaría, celebrábamos fiestas muy bonitas aunque sencillas. Papá sabía hacer reír a la gente, y a mamá le gustaba recibir invitados siempre que podíamos permitírnoslo.
—¿Erais muy pobres? —preguntó Novin.
—Teníamos que ahorrar para poder tener caballos aceptables por lo menos —respondió Pandora, y de pronto se entristeció al recordar que eran aquellos mismos caballos los que habían matado a sus padres. Advirtió que Norvin la observaba.
—¿Tengo más parientes que tú? —preguntó él.
—La mayoría es gente vieja y aburrida —reconoció Pandora—, y no he vuelto a ver a los más interesantes desde que el abuelo enfermó.
—¿Cuándo fue eso?
—Después de Waterloo, cuando mataron a tío George.
—Muy lamentable.
—No puedo imaginar nada más afortunado que heredar esta casa y ser jefe de una familia tan antigua —comentó Pandora con serenidad.
—Y por supuesto, tú esperas que yo haga honor al glorioso apellido familiar —observó Norvin con evidente sorna.
—¿Y por qué no? —preguntó Pandora—. Especialmente cuando has tenido esa suerte.
Él la miró, sorprendido al parecer, pero no llegó a decir nada porque en aquel momento se oyó un grito de Hettie que estaba en el otro extremo de la mesa.
El caballero sentado a su izquierda, sin darse cuenta o bien porque estaba ebrio, había derramado una copa de vino sobre su falda.
—¡Qué estúpido bastardo! —exclamó ella furiosa y, cogiendo un plato de porcelana que tenía delante, se lo rompió en la cabeza.
Hubo hilaridad general y gritos como: «¡Se lo tenía merecido!» y «¡Enséñale a comportarse mejor, Hettie!».
Pandora contuvo el aliento y después murmuró como para sí:
—Ese plato era de Sèvres… Mamá siempre advertía a los sirvientes para que tuvieran mucho cuidado con ellos.
Lo dijo en voz baja, pero Norvin la oyó y se inclinó hacia ella.
—Vete a la cama, Pandora —le indicó—. No te entretengas saludando. Vete sin decir nada.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos, dispuesta a protestar, pero en él había un aire autoritario que la desanimó.
—¡Buenas noches, primo Norvin! —se limitó a decir suavemente—. Y gracias por tu ayuda.