Capítulo 3

El sol se filtraba por la ventana del salón de estudios cuando Melita le sirvió el desayuno a Rose Marie.

Sobre la mesa había una gran canasta llena de frutas exóticas que ella no había probado antes.

Al despertarse había descubierto con alegría que desde la ventana de su habitación se apreciaba el mismo paisaje impresionante que había visto desde el jardín la tarde anterior.

El mar y el cielo tenían un color azul intenso y el verde de la plantación era tan profundo que casi no podía creer que fuera real.

Cuando terminaron de desayunar, Rose Marie dijo aprensiva:

—Mi prima Josephine me dijo que esta mañana íbamos a estudiar lecciones muy serias. ¿Eso quiere decir que serán muy difíciles?

Melita tuvo la impresión de que Madame Boisset se había propuesto poner a la niña contra ella.

Como la idea de contratar a una institutriz inglesa había sido del conde, Madame había estado en desacuerdo desde el primer momento.

Y la situación no había mejorado cuando Melita llegó viéndose tan joven y atractiva en lugar de la vieja horrible con quien habían tratado de asustar a Rose Marie.

Ahora ella le sonrió a la niña y dijo.

—Tengo una idea. Como ésta es mi primera mañana aquí, tú me darás una clase.

—¿Cómo puedo yo hacer eso? —preguntó Rose Marie.

—Bueno, lo primero que puedes hacer es enseñarme Vesonne-des-Arbres y explicarme para qué son todos los edificios.

—Me gustaría hacerlo —dijo Rose Marie dando un brinquito de emoción— ¿pero será eso una clase de verdad?

—Creo que podemos convertirla en una —contestó Melita—, si a la vez yo te digo cómo se llaman algunas de las cosas en inglés y tú tratas de aprenderlo. Por ejemplo, ¿sabes lo que Vesonne-des-Arbres quiere decir en inglés?

—Eso sí lo sé —repuso Rose Marie—, papá me lo dijo. Quiere decir Vesonne de los árboles.

—¡Muy bien! —exclamó Melita—. Ahora trata de aprender algunas otras palabras en inglés para que se las puedas decir a papá cuando lo vuelvas a ver.

Rose Marie pareció fascinada con la idea y las dos salieron al sol, tomadas de la mano.

No habían visto a Madame Boisset aquella mañana, por lo cual Melita se alegró. Esperó que no las hubiera visto salir de la casa porque las enviaría de nuevo al salón de clases.

Rose Marie llevaba un sombrero de paja atado bajo la barbilla con cintas color de rosa, Melita, sin embargo, decidió llevar la cabeza descubierta ya que sus sombreros eran demasiado elegantes y por lo tanto llevó una sombrilla para protegerse del sol que era demasiado fuerte para su delicada piel.

Rose Marie la llevó primero a la capilla.

Ésta era de piedra gris y parecía muy austera desde el exterior, pero en su interior, un mural adornaba las paredes y el altar era de madera tallada.

Había velas encendidas frente a las imágenes y se percibía la dulce fragancia del incienso.

—¿Celebran misa todos los domingos? —preguntó ella.

—El sacerdote viene de Bosse Point todos los domingos a celebrar la misa. Mi prima Josephine hace que los esclavos recen con ella todas las tardes a las cinco.

—¿Todas las tardes? —preguntó Melita sorprendida.

Rose Marie asintió.

—Ella dice que como tienen el alma negra, necesitan rezar más que la otra gente.

Melita pensó que aquello era típico de alguien como Madame Boisset, pero no le dijo nada a Rose Marie y sólo comentó:

—Yo creo que a Dios no le importa el color de la gente. El nos ama a todos.

—El no siempre me ama a mí. No me ama cuando me porto mal.

—El sí te ama —insistió Melita—, sólo se siente un poco triste cuando no te portas tan bien como debías.

Rosa Marie puso su mano en la de Melita.

—¿Te digo un secreto? ¿No se lo dirás a la prima Josephine?

—No, claro que no —prometió Melita.

—Yo creo que Dios es muy severo. Siempre está mirando para ver lo que estamos haciendo para castigarnos.

—Eso no es cierto —dijo Melita—. Te voy a leer un libro que traje de Inglaterra y que dice lo mucho que Dios se preocupa por todos, hasta por los pajaritos. Si cometemos errores, El nos perdona y se olvida.

—¿Eso es verdad? —preguntó Rose Marie.

—Te prometo que es verdad —respondió Melita—, porque Dios es una persona bondadosa y comprensiva, dispuesta siempre a ayudarnos cuando lo necesitamos.

Le contó a Rose Marie cómo durante el viaje, había llegado una tormenta y todos habían rezado pues pensaban que el barco se hundiría. Pronto el mar se calmó.

—¿Y Dios hizo eso? —preguntó Rose Marie.

—Sí, lo hizo —afirmó Melita convencida.

Vio que aquello había despertado el interés en la niña pero no quiso proseguir con el tema y preguntó:

—¿Y qué me vas a enseñar ahora?

—Quiero que vea a mi amigo —respondió la niña—. El es muy inteligente y me hace muñecas muy bonitas. Creo que debe tener ahora una para mí.

—Entonces vamos a verlo —sugirió Melita.

Le pareció que Rose Marie lanzó una mirada furtiva hacia atrás y pensó que quizá Madame Boisset no aprobaba ese amigo de Rose Marie.

No obstante, su principal objetivo era ganar la confianza de la niña y por lo tanto guardó silencio cuando ella la llevó hacia las viviendas de los esclavos.

Las cabañas de piedra habían sido construidas a ambos lados de un camino de hierba.

Sumaban catorce, todas iguales y tal como lo había notado a su llegada, había muchos niños jugando en el exterior.

Jugaban y reían, pero en el momento en que Melita apareció, se quedaron callados y quietos, mirándola asustados con sus grandes ojos negros.

Rose Marie indicó el camino hacia la tercera cabaña a la derecha. Afuera de ésta no había niños, la puerta estaba abierta y ella entró sin llamar.

Una anciana con la cara muy arrugada y ojos astutos y penetrantes se adelantó.

Rose Marie le dijo con tono autoritario:

—¡Quiero ver a Phillippe, Leonore!

—Está afuera, señorita Rose Marie, al otro lado de la cabaña. Le gusta estar tranquilo cuando trabaja.

—¿Me está haciendo una muñeca? —preguntó la niña ansiosa.

—Sí, señorita.

—Entonces iremos a buscarlo.

Dio media vuelta y se disponía a salir de la casa cuando Melita se Detuvo.

Estaba sorprendida ante lo escaso del mobiliario de la cabaña.

Había una serie de mantas de paja sobre el suelo, dos o tres sillas rotas, una mesa y una estufa muy primitiva con algunos implementos de cocina de hierro.

Todo estaba muy limpio, sin embargo, Melita pensó que jamás había imaginado que la gente pudiera vivir en tales condiciones.

—Buenos días —saludó a Leonore—. Yo soy mademoiselle Cranleigh, la nueva institutriz.

La anciana sonrió al escuchar el tono afable de su voz.

—Usted viene del otro lado del mar, mademoiselle.

Era una aseveración más que una pregunta.

—Sí, de Inglaterra —respondió Melita—, y encuentro que la Martinica es muy bella.

La mujer asintió.

—¡Es bueno que haya venido… muy bueno!

Melita no estaba segura de lo que quiso decir, pero había algo positivo en la voz de la mujer.

Cuando Melita iba a responder, Rose Marie la tiró de la mano.

—Venga mademoiselle, venga pronto —dijo—. Quiero ver a Phillippe.

Melita dejó que la condujera a la parte trasera de la cabaña donde encontraron a un niño.

Tenía unos dieciséis años, le faltaba una pierna y estaba sentado en el suelo con una muleta a un lado y un montón de hojas al frente.

—El es Phillippe —dijo Rose Marie.

El muchacho levantó la vista y sonrió.

—¿Tienes mi muñeca lista, Phillippe?

El asintió y tomando algo del suelo se lo mostró.

Melita vio que se trataba de una muñeca muy atractiva, de unos veinticinco centímetros de altura y vestida con un traje de colores exquisitos.

—Está muy bonita, Phillippe, muy bonita. Más bonita que la última que me hiciste. Me gusta mucho.

La tomó en sus manos y se la enseñó a Melita.

—Mira —dijo—, una muñeca nueva. ¿Cómo la llamaré?

Melita miró la muñeca y con sorpresa vio que el vestido y el adorno de la cabeza estaban hechos de hojas.

—¡Hojas! —exclamó—. ¡Qué idea tan maravillosa! ¿Cómo lo haces Phillippe?

Phillippe no respondió. Sólo sonrió y Rose Marie explicó:

—Phillippe es mudo, no puede hablar, pero entiende todo lo que le digan.

Por un momento Melita no supo qué decir.

Miró lo que Phillippe tenía en sus manos y notó que estaba haciendo otra muñeca.

—¿Me quieres enseñar cómo lo haces? —le preguntó.

—¡Es muy inteligente! —dijo Rose Marie con orgullo—. Mire mademoiselle, la cara es una hoja. Cuando hace una muñeca como yo, usa una hoja blanca y cuando es como él, busca una hoja color café.

«La muñeca es realmente única», pensó Melita.

Entonces Phillippe se dio cuenta de que ella estaba esperando ver cómo trabajaba y le mostró los pequeños cocos que utilizaba para tallar las cabezas, el busto y la parte inferior del cuerpo.

Las unía todas con un alambre largo que a Melita le pareció una aguja de tejer.

Luego, tomó algunas hojas que tenía a su lado y comenzó a alisarlas sobre el cuerpo de la muñeca, dando la vuelta alrededor del cuello y sujetándolas con pequeños alfileres.

—Yo le conseguí los alfileres a Phillippe —indicó Rose Marie satisfecha—. Se los pedí a papá y él los compró en St. Pierre.

A Melita le pareció fascinante la manera en que los hábiles dedos negros trabajaban para elaborar la muñeca.

Adornó la cabeza de la muñeca con una hoja que semejaba uno de los brillantes pañuelos con los que las mujeres negras se cubrían la cabeza.

Cubrió los hombros con hojas verdes con puntos rojos y en la cintura colocó una banda que parecía de seda escarlata.

Los brazos también habían sido hechos con hojas y la falda larga estaba confeccionada con diversas capas de hojas.

Phillippe era tan hábil y tan rápido con sus manos que antes que pareciera posible, la muñeca estuvo terminada y Rose Marie lanzó un grito de satisfacción.

—¡Es bellísima, Phillippe!. ¿También es para mí?

Phillippe negó con la cabeza.

—¿No?

—Ya tienes una muñeca nueva —intervino Melita—. Creo que si Phillippe ya le prometió ésta a otra persona, sería demasiado esperar dos regalos en el mismo día.

—Sí, por supuesto —asintió Rose Marie—, y gracias Phillippe, voy a buscarle un nombre muy especial a mi muñeca. Me gustó muchísimo.

Miró a Melita:

—Quizá algún día Phillippe haga una muñeca que se parezca a usted. Entonces la llamaremos Melita. Ésta es negra, así que no puede ser usted.

—Me encantaría que Phillippe haga una muñeca como yo —respondió Melita.

Le sonrió al chico y con Rose Marie, llevando una nueva muñeca entre los brazos, ambas regresaron por donde habían venido.

—¿Cuánto tiempo duran las muñecas? —preguntó Melita—. Las hojas se marchitan.

—A veces dos semanas, a veces tres —respondió Rose Marie—. Cuando se seque, Phillippe me llevará otra.

—¿Le has dado alguna vez algún regalo a Phillippe? —preguntó Melita, recordando la pobreza de la cabaña del chico.

Rose Marie negó con la cabeza.

—Mi prima Josephine no me deja —respondió—. Yo quería darles a los niños de los esclavos algunos de los juguetes con los que ya no juego, pero ella me lo prohibió. Son esclavos y no debo echarlos a perder.

«Así es exactamente como ella pensaría», reflexionó Melita pero no lo dijo. Era demasiado pronto para contradecir a Madame Boisset o tratar de cambiar las órdenes que ella le había dado a Rose Marie.

Ahora entendía lo que el conde le había querido dar a entender diciendo que había muchas cosas que él había aceptado aunque sabía que estaban equivocadas.

«No va a ser fácil» se dijo en silencio.

De pronto, sintió temor de Madame Boisset con su voz agresiva y ojos suspicaces.

—Ahora te voy a enseñar el azúcar —le indicó Rose Marie. Caminaron hasta un edificio alto que estaba justo enfrente al molino de agua que molía la caña.

En el interior había mucha actividad y al entrar, Melita observó los grandes depósitos de cobre donde hervían el jugo de la caña.

Varios esclavos desnudos de la cintura para arriba, movían el contenido. Se sentía un fuerte olor a azúcar y el calor era insoportable.

De pronto una voz dijo a su lado.

—¿Le interesa ver todo el trabajo que hay que llevar a cabo para que un trozo de azúcar llegue a sus labios?

Era el conde quien le hablaba y Melita percibió un leve tono burlón en su voz, como si su sorpresa lo, hubiera divertido.

—Por favor, explíquemelo —rogó ella.

El esperó un momento y después agregó:

—El azúcar es la maldición que provocó la esclavitud en el Caribe. Supongo que sabrá que Cristóbal Colón trajo la caña de azúcar a Santo Domingo en la segunda visita que realizó en 1493.

—Sí, ya lo sabía —dijo Melita.

—El cultivo fue un éxito y se extendió a Cuba y a las demás islas. Pero fue a un sacerdote español a quien se le ocurrió la idea de comprar esclavos negros a los portugueses de África para suplir la falta de mano de obra local.

—¡Un sacerdote! —exclamó Melita y recordó los relatos de crueldad y tortura que había escuchado con relación a los esclavos.

Su padre le había contado lo mucho que habían sufrido a manos de los comerciantes que los habían traído desde sus países de origen:

—Fueron los holandeses —continuó diciendo el conde—, quienes enseñaron a los ingleses de Barbados a construir los grandes molinos para moler la caña y a cristalizar el jugo.

—¿Es muy difícil hacerlo? —preguntó Melita.

—No mucho —respondió el conde—, pero la caña debe de ser procesada al poco tiempo de ser cortada.

Melita observó durante un rato a los hombres que trabajaban.

—Tanto sufrimiento para crear algo para endulzar el té o para preparar mermelada.

—Es cierto —convino el conde con voz grave—, y es muy loable que el espíritu de esta gente, después de siglos de tanto penar, aún pueda reír, bailar y tener esperanzas.

—¿De libertad? —preguntó Melita—. La libertad no los regresará a su tierra natal.

—Es verdad —asintió el conde.

En aquel momento y como si quisieran apoyar sus palabras, los hombres que trabajaban comenzaron a cantar. Y la melodía que produjeron con sus graves voces fue exactamente lo que Melita imaginó que sería el canto de los negros.

A través del vapor que emanaba de los grandes calderos, ella contempló sus blancos dientes que brillaban en la penumbra. El canto era contagioso y pronto todos cantaban.

De repente, como si alguien hubiera cerrado una puerta, el canto cesó.

Los capataces comenzaron a gritar órdenes y a hacer sonar sus látigos.

Melita, sorprendida, miró al conde en busca de una explicación y descubrió que en la puerta se encontraba parada Madame Boisset.

Llevaba puesto un vestido rojo y un sombrero de paja que cubría su cabeza.

—¿Apruebas que esta gente pierda el tiempo cantando cuando debería estar trabajando, Etienne? —preguntó ella con tono áspero.

—Por el contrario —replicó el conde con frialdad—. Siempre he creído que los hombres que son felices trabajan mejor y más rápido que aquellos que lo hacen tristes y en silencio.

—Es posible que ésa sea tu opinión, pero no es la mía —recalcó Madame Boisset.

Se acercó a uno de los capataces y Melita escuchó que le hablaba duramente.

El conde se dio vuelta y abandonó el edificio.

Cuando Rose Marie se dio cuenta de que se había marchado, corrió tras él seguida por Melita. Pero era demasiado tarde. Al salir del edificio vieron al conde montar un caballo.

—Papá, papá, espérame —gritó Rose Marie—. ¡Espérame!

Pero el conde ya se había alejado y era obvio que tenía prisa por irse de allí.

«¿Y quién podría culparlo?», se preguntó Melita.

Comprendía lo frustrado que debía sentirse de que la prima de su esposa dudara y criticara todo cuanto hacía.

¿Por qué lo permitía? El era el Conde de Vesonne, así que la plantación sin duda le pertenecía.

Se puso a meditar sobre el conde mientras Rose Marie la llevaba primero a conocer la gran rueda del molino de agua y luego las bodegas que había visto a su llegada.

Allí, el azúcar era empacada en barriles, para ser llevada a St. Pierre y de allí enviada a todo el mundo.

—¿A qué hora comienzan a trabajar los esclavos? —preguntó Melita a uno de los capataces.

—A las seis de la mañana, mademoiselle —respondió sin titubear.

—¿Y a qué hora descansan?

—A la puesta del sol.

—Es un día largo —señaló Melita.

Se preguntó cuántos se enfermarían por el exceso de trabajo, pero no se atrevió a expresar sus pensamientos en voz alta.

Recordó que su padre le había hablado del alto índice de mortalidad que había entre los esclavos que eran transportados desde África a las costas de América. Nadie sabría jamás cuántos murieron o se suicidaron durante esos viajes.

Había mucho más que ver, incluyendo a un mono enjaulado a quien Rose Marie alimentó, con plátanos y nueces; también había una jaula llena de cotorras que habían sido atrapadas en la selva. Sus vivos colores resultaban fascinantes.

Después de caminar un rato por el jardín, Melita se dio cuenta de que ya era la hora del almuerzo.

Ellas ya habían terminado con el primer plato cuando él entró. Se disculpó con Madame Boisset quien dijo:

—Espero, Etienne, que no hayas desperdiciado la mañana de la misma manera como lo ha hecho tu hija. Pensaría que después de lo costoso que ha sido traer a una institutriz inglesa hasta Vesonne, ésta se pondrá a trabajar de inmediato en la enseñanza de su alumna.

Melita decidió no responder, pero Rose Marie dijo:

—¡Esta mañana aprendí muchas palabras en inglés: azúcar… muñeca… cotorra!

—¡Muy bien! —exclamó el conde—. ¡Me parece excelente! ¿Crees que las recordarás mañana?

—Para entonces sabré muchas más —contestó Rose Marie.

Madame Boisset no hizo ningún comentario. Simplemente esbozó un gesto desagradable. Y como si estuviera dispuesta a provocar al conde le dijo:

—¿Puedo preguntar, si no es indiscreción, por cuánto tiempo piensas honrarnos con tu presencia? Como tu ama de llaves, tengo interés en conocer tus planes.

—Por el momento no tengo ninguno —respondió el conde—. He estado recorriendo la finca. ¿Te has dado cuenta de que varios de los techos de las cabañas de los esclavos se encuentran en malas condiciones? Es necesario repararlas de inmediato.

Madame Boisset sonrió con malicia.

—¿Has pensado cuánto costarán esas reparaciones y de dónde vendrá el dinero?

—Creo, aunque aún no he visto los libros, que las cosechas de este año fueron buenas.

—Pero tenernos muchas deudas que cubrir —respondió Madame Boisset—. ¿O se te olvidó tornar eso en cuenta?

—Me gustaría estudiar los libros.

Madame Boisset arqueó las cejas.

—¿Por qué ese interés repentino? De pronto tu actitud es muy diferente a la que fue durante el año pasado.

—Me doy cuenta de eso —respondió el conde—, y ahora quiero compensar mi falta de interés anterior.

—¡Maravilloso! —exclamó Madame Boisset con tono de burla—. Debemos estudiar las cuentas juntos, lado a lado, y por supuesto que voy a aceptar toda la ayuda y apoyo que tú me brindes.

Su voz no sólo era sarcástica sino llena de insinuaciones y Melita se percató de que la niña había dejado de comer y había palidecido.

Aquel duelo de palabras entre Madame y el conde la estaba afectando negativamente y no debía continuar. Decidió hablar con el conde al respecto.

Sin duda, él podría evitar que Madame fuera tan ruda con él… al menos delante de su hija.

—Como Rose Marie ya ha terminado, creo que debería ir a descansar a su habitación.

—Eso es la cosa más sensata que le he escuchado, Madame Cranleigh. Permítame señalarle que si Rose Marie hubiera estado en el salón de clases toda la mañana, no estaría tan cansada ahora.

Su voz se agudizó al continuar:

—Espero que después de la siesta le dé algunas lecciones convencionales. Tengo interés por escuchar lo que aprende.

Melita no respondió. Sólo hizo una leve reverencia y ayudó a Rose Marie a bajar de la silla.

La niña corrió hacia su padre y le puso los brazos alrededor del cuello.

—¡Te quiero, papá, te quiero mucho! Por favor, quédate con nosotros.

El conde besó a su hija pero no respondió a su petición. Cuando Melita y Rose Marie salieron de la habitación, la niña insistió:

—Yo quiero que papá se quede aquí. ¡La prima Josephine es quien lo aleja! Ella le grita y entonces papá se irrita y se va a St. Pierre. Yo siempre tengo miedo de que no regrese.

—El siempre regresará a ti —le aseguró Melita.

—Yo quiero que se quede conmigo —repitió Rose Marie.

—Creo que por ahora tiene intenciones de quedarse —dijo Melita—, así que no te preocupes. Trata de dormir.

Llevó a Rose Marie a su habitación que estaba junto a la suya.

Era un cuarto grande, bellamente amueblado y Melita vio que en la pared sobre la cama había una pintura al óleo de una joven parecida a Rose Marie.

—¿Es tu mamá? —preguntó.

Rose Marie asintió y dijo con insolencia.

—Dios se la llevó. ¡Odio a Dios! Fue muy cruel al llevarse a mamá cuando yo la necesitaba.

—Ya me lo contarás todo en otra ocasión —sugirió Melita—. Ahora estás cansada.

Eugenie entró y comenzó a desvestir a Rose Marie y Melita volvió a mirar el retrato.

No cabía duda de que la condesa tenía una cara muy dulce. La pintura debió haber sido hecha cuando era muy joven, pues apenas parecía mayor que Rose Marie.

Sus ojos eran grandes y confiados y aparecía con un vestido blanco que dejaba al descubierto sus hombros mientras que la falda nacía en una cintura diminuta.

Su cabello era color café oscuro, parecido al de su hija, y sus ojos del mismo color.

Melita apartó la vista del cuadro cuando escuchó que Rose Marie le decía:

—Estoy cansada, muy cansada.

—Duérmete, mi pequeña —dijo Eugenie—. Cuando despiertes, querrás jugar con tus juguetes.

—Quiero mi muñeca. La muñeca que me hizo Phillippe.

—Te la voy a traer —ofreció Melita.

Habían dejado la muñeca en el salón de clases y Melita recordaba exactamente dónde.

Sin embargo cuando llegó al salón, la muñeca no estaba allí.

La buscó, pero no la encontró. Cuando ya no tenía dónde buscar, regresó a la habitación de Rose Marie.

La niña dormía. Eugenie se llevó un dedo a los labios en señal de silencio y salió cerrando la puerta.

—No puedo encontrar la muñeca —explicó Melita.

Madame se la llevó —respondió Eugenie.

—¿Madame? Pero ¿por qué?

—A ella no le gusta que la señorita visite a Phillippe. Se lo hubiera advertido, pero no pensé que fueran allí. Se molestó mucho la última vez que él le hizo una muñeca.

Mientras hablaban, se dirigieron al salón de clases.

Al entrar, Melita preguntó:

—Pero ¿por qué? ¿Qué tiene de malo que ese pobre chico lisiado le haga esas preciosas muñecas a Rose Marie?

—¡Madame no permite que la niña hable con los esclavos! Dice que si Phillippe está lo suficientemente bien para hacer muñecas, entonces puede trabajar en el campo.

—¡Pero eso sería imposible! —exclamó Melita.

—El es una boca extra que alimentar, mademoiselle. Madame quiere sólo trabajadores.

—¿Y el conde?

Hubo una pausa y después Eugenie respondió:

—Cuando el conde se ocupa de nosotros, todo es diferente. Entonces todos estamos contentos.

No era necesario que dijera nada más.

De pronto Eugenie miró hacia atrás como si sospechara que alguien pudiera estarlas escuchando.

Mademoiselle debe tener cuidado… mucho cuidado —le advirtió—, si no quiere que la despidan.

Melita contuvo la respiración. Sabía que aquello era precisamente lo que Madame estaba planeando: enviarla de regreso a Inglaterra con algún pretexto.

Y aunque el conde tratara de defenderla, ella tenía la impresión de que le sería imposible.

Para no demostrar su ansiedad, se dirigió a su propia habitación.

Comprendió que aquélla era la hora del día cuando podía estar a solas y pensó que lo que debía hacer era recostarse y leer uno de los libros que había traído.

Desafortunadamente, los nervios no la dejaban descansar.

Se paseó dentro de la pequeña habitación y luego decidió salir al jardín.

Pensó que Madame y el conde estarían descansando, así que nadie la vería si bajaba por la escalera con sigilo y salía al jardín.

Hacía mucho calor y el sol era tan fuerte que parecía atravesar la seda de su parasol.

Se apresuró a buscar la sombra de los árboles bajo los cuales Rose Marie había encontrado una rana.

El día anterior Melita había estado demasiado entretenida con el conde para mirar lo que la rodeaba, mas ahora descubrió a su alrededor un mundo pleno de colores. Había árboles frutales por doquier y comprendió por qué el lugar se llamaba Vesonne-des-Arbres.

Reconoció las flores del aguacate, los cerezos y las guayabas y había otros árboles que no conocía y uno en particular que era más bello que cualquier otro árbol que ella jamás hubiera visto.

Era tan raro y tan bello que Melita permaneció debajo de uno, como hipnotizada, con la cabeza hacia atrás para poder verlo mejor. Se veía tan bella y tan etérea que el hombre que la estaba mirando permaneció inmóvil un momento antes de atreverse a acercarse. Ella, más que verlo, lo sintió venir y no se movió.

Permaneció allí, con la cabeza erguida mientras que el sol dibujaba figuras en su vestido y resplandecía como el oro en su cabello.

—Jamás he visto un árbol como éste —dijo ella al fin.

—¿Sabe cómo se llama? —preguntó el conde.

Melita negó con la cabeza.

El tomó varias flores del árbol y se las ofreció.

—Se llama pomme d amour.

—Manzana del amor —tradujo Melita con voz muy baja.

Entonces los ojos de ella se encontraron con los de él y no fue necesario adivinar la intención de la voz del conde cuando pronunció el nombre del árbol.

Después de un momento él preguntó:

—¿Por qué está aquí cuando debería estar descansando?

Melita respondió con la verdad.

—Quería pensar, pero me resultó imposible hacerlo en la casa.

—Eso mismo sentí yo —señaló él—, y aunque no la vi salir, mi instinto debió indicarme que la encontraría aquí.

De nuevo sus miradas se encontraron y él añadió:

—Siento que le debo algunas explicaciones. Vamos a la sombra bajo los árboles para que nadie nos vea.

No era necesario mencionar a quiénes temía y Melita se apartó del pomme d amour sintiendo que su belleza ya se había convertido en parte de ella y del hombre que caminaba a su lado.

El conde no habló hasta que la vegetación se volvió más espesa y los rayos del sol casi no podían filtrarse entre sus ramas.

Entonces le indicó un montículo cubierto de musgo. Melita se sentó y él lo hizo junto a ella.

No tenía necesidad del parasol, así que lo colocó sobre el pasto junto a ella y poniendo las flores sobre su falda, comenzó a acariciarlas con la punta de los dedos.

—Las flores de este árbol, que son las más bellas de la isla, son como usted —dijo el conde después de un momento.

Ella sintió un leve estremecimiento ante el tono de su voz. El, haciendo un esfuerzo, miró hacia otro lado y prosiguió diciendo:

—No puedo permitir que usted siga sin saber lo que está ocurriendo en Vesonne.

—Es tan bello —comentó Melita—, el lugar más hermoso que he visto. No me gusta pensar que la gente no sea… feliz. Y como usted sabe, eso no es bueno para Rose Marie.

Hizo una pausa y luego continuó diciendo:

—Esta mañana tomé la decisión de hablar con usted al respecto. Rose Marie es una niña muy sensible y cada vez que ocurre algo desagradable, se pone a temblar y deja de comer.

—¿Cree que no me doy cuenta de eso? —inquirió el conde con amargura.

Melita lo miró y se percató de lo atractivo que era.

No llevaba sombrero y su cabello oscuro, espeso, brillante y ligeramente ondulado, brotaba de una frente cuadrada.

Por un momento ella se preguntó qué se sentiría tocarlo, y de inmediato se ruborizó ante sus pensamientos.

—Cuando acepté la propuesta de su madrastra de enviarme una institutriz inglesa, pensé sólo en el beneficio de mi hija. Se volvió para mirar a Melita y continuó.

—No pensé en mí hasta que la vi parada sobre la cubierta del barco.

Melita bajó los ojos al ver la expresión de los de él y jugó con las flores que tenía sobre la falda.

—La razón por la cual me encontraba en St. Pierre no era sólo para recibirla, sino porque había dejado la plantación y jurado que jamás regresaría.

—¿Cómo puede hacer eso? —preguntó ella.

—Ya no podía soportarlo más —respondió él—. Aun con el poco tiempo que lleva aquí, habrá notado que mi situación es intolerable.

—Pero ¿por qué? ¿Si la plantación lleva su… nombre… por qué no es… suya?

El conde dejó escapar un profundo suspiro.

—De eso quería hablarle.

De repente se dejó caer hacia atrás sobre el pasto y juntando las manos detrás de la cabeza dijo con los ojos cerrados:

—Aquí fui criado. Amo a Vesonne. Es parte de mi sangre y los recuerdos de mi niñez y la felicidad que mis padres nos dieron a todos son inolvidables.

Melita pensó que él debió haber sido un niño muy atractivo y pensó en lo orgulloso que sus padres debieron sentirse de él.

—Mi padre era un mal administrador —continuó—. Nunca hubo mucho dinero, y aunque éramos felices, a menudo teníamos que prescindir de cosas que la demás gente considera esenciales. Cuando cumplí los veintiún años, hubo una crisis financiera.

Una expresión de dolor apareció en su rostro y luego agregó:

—Mi padre decidió que la única manera de conservar la plantación era que yo me casara con una chica con dinero.

Pronunció la última palabra con fuerza y Melita lo miró pero no dijo nada.

—Mi padre y monsieur Calviare, mi futuro suegro, hicieron todos los arreglos. No consultaron mi opinión y conocí a la que sería mi esposa cuando ya todo estaba listo para la boda.

Melita sabía que en Francia casi todos los matrimonios eran arreglados por las familias, no obstante, no pudo evitar pensar que aquello era algo terrible. La voz del conde puso de manifiesto sus sufrimientos.

—Yo acepté la situación —continuó él—, pues aunque no veía mi matrimonio con entusiasmo, comprendí que era algo inevitable. Contuvo la respiración.

—Yo quería divertirme. Había probado las delicias de París y había gozado mucho de St. Pierre. No tenía deseos de formar un hogar.

—Usted era muy… joven —murmuró Melita.

—Y aunque no lo crea, muy idealista —respondió el conde.

El la contempló, estaba un poco rígida, con la espalda muy recta y la cabeza inclinada sobre las flores que tenía sobre la falda.

—Siempre había imaginado que algún día me iba a enamorar, que algún día encontraría a una mujer que reuniera todos los atributos que yo anhelaba en secreto dentro de mi corazón. Entonces le pediría que fuera mi esposa.

—Yo puedo… entender… eso.

—Pero naturalmente —prosiguió con voz muy diferente—, tenía que hacer lo que mi padre me pedía. Y Cecile era muy dulce y muy bonita.

Hizo una pausa antes de reanudar su relato:

—Hubo dos cosas de las que no me di cuenta hasta que estuve casado. Lo primero fue que Cecile jamás había madurado. Era una niña. Una niña deliciosa y muy atractiva, pero no era una mujer. Y segunda, que la influencia más fuerte en su vida era su prima Josephine.

Al oír el nombre de Madame Boisset, Melita sintió como si una sombra hubiera tapado el sol.

—Josephine no estaba en casa cuando me casé. Ella ya era la esposa del señor Boisset y vivían cerca de Fort de France. Sin embargo, la familia hablaba de ella constantemente y después me enteré de que era huérfana y que la habían criado Madame y monsieur Calviare como si fuera su hija.

Se movió inquieto.

—Ella era doce años mayor que su prima y era lógico que Cecile admirara a la chica mayor y que tratara de imitarla en todo. Apretó los labios y continuó diciendo.

—Eso no me preocupaba, ya que Josephine tenía su propia casa y Cecile y yo vivíamos en Vesonne.

Melita hizo un ligero movimiento. No sabía por qué, pero le dolía pensar en él, trayendo a su esposa a su hogar.

—Poco después de nuestro matrimonio, mis padres se retiraron a St. Pierre. El trabajo de la plantación siempre había sido demasiado para papá y se alegró de que yo me hiciera cargo y tratara de llevar la finca a su antigua prosperidad.

—¿Usted podía… costear eso? —preguntó Melita.

—Cecile era una rica heredera —respondió el conde—, y monsieur Calviare, como todo hombre de negocios, impuso una condición. Nos dio una importante cantidad de dinero para echar a andar la plantación, decorar la casa y arreglar mil cosas que lo necesitaban, sin embargo, insistió en que el dinero de Cecile fuera siempre de ella.

Melita miró al conde. Comenzaba a entender lo que él le estaba diciendo.

—Claro que según las leyes de Francia, la fortuna de una mujer pasa a ser de su marido con el matrimonio —explicó el conde—, y aunque yo tenía el control de los ingresos de Cecile, había una condición.

—¿Y esa… cuál era?

—El capital era suyo y permaneció a su nombre, monsieur Calviare también se aseguró de que a su muerte, el dinero que dejaba, fuera de ella.

Melita esperó la conclusión inevitable.

—Cuando murió, le dejó a Cecile una enorme fortuna que nosotros gastamos alegremente. Ella en ningún momento durante nuestra vida de casados me hizo sentir que el dinero no era mío.

El conde volvió a suspirar.

—Era una niña. Una niña que sonreía si le sonreían y que lloraba con la misma facilidad con que cae la lluvia en primavera. Jamás cuestionó ninguna acción que yo tomara u orden que diera y puedo decir con absoluta seguridad que la hice feliz.

—Estoy segura de que así fue —comentó Melita sintiendo la necesidad de apoyarlo.

También pensó que lo que había omitido mencionar era obvio. El era un hombre inteligente que se había casado con una niña inmadura que podía darle risas, pero nada más.

—Entonces Josephine enviudó. Le dejaron muy poco dinero. Su esposo tenía muchos parientes pobres, así que ella vino a vivir con nosotros en Vesonne:

Ahora su rostro había adquirido una expresión sombría y el tono de su voz era áspero.

—Al principio yo le di la bienvenida —dijo—. Era una buena compañera para Cecile y se hizo cargo del manejo de la casa. Pero poco a poco me fui dando cuenta de que estaban ocurriendo dos cosas:

Hubo un silencio hasta que Melita se atrevió a preguntar:

—¿Y esas… qué eran?

—Primero, que Josephine tenía un control total sobre mi esposa, y segundo, que ella estaba enamorada de mí.

Melita ya lo había anticipado y sin embargo, escucharlo en, labios de él fue un golpe para ella.

—¿Qué hizo… usted?

—Aquella situación me hacía sentir muy incómodo —respondió—. Le sugerí a Cecile que la alejara, pero ella rompió a llorar ante la idea y se aferró a Josephine como debió haberlo hecho cuando era una niña.

—¿Qué… ocurrió?

—Yo estaba tan ocupado que dejé el problema para que se resolviera por si solo —respondió el conde—. Trabajaba a todas horas en la plantación ocupándome de todos los aspectos de su manejo.

Por un momento su voz proyectó un tono de júbilo, como si el trabajo le hubiera gustado.

Enseguida, dijo sin entusiasmo:

—De repente y sin ninguna explicación, Cecile murió.

—¿Pero, cómo? —preguntó Melita.

El conde se enderezó, puso los brazos alrededor de sus rodillas y miró al frente.

—Aún ahora casi no puedo creer que haya sucedido —dijo—. Yo fui a St. Pierre para embarcar un pedido especial de azúcar con destino a Holanda. Estuve ausente diez días y cuando regresé me encontré con que Cecile había muerto. El doctor no pudo encontrar una explicación a su muerte tan repentina.

—Tiene que haber… una —insistió Melita.

—Si la hubo, no me la dijeron —respondió el conde—. Josephine dijo que Cecile se había estado quejando de dolores de cabeza y estomacales. Pero ella había pensado que era una fiebre pasajera o una indigestión y no llamó al médico hasta que fue demasiado tarde.

—¡Qué horrible! —exclamó Melita.

—Como podrá suponer, yo me quedé perplejo, pero después del funeral, Josephine sacó el testamento de Cecile.

Melita esperó.

—Cuando nos casamos ambos habíamos hecho testamento en favor del otro. Yo le había dejado todas mis propiedades a Cecile y a los hijos que pudiéramos tener y ella me dejaba todo su dinero a mí, de manera incondicional.

—¿Y eso, lo cambiaron? —preguntó Melita conociendo de antemano la respuesta.

—Cecile había hecho otro testamento del cual yo no tenía conocimiento, en el que le cedía toda su fortuna a Josephine de por vida. La única forma de cambiar aquello era que yo me casara con Josephine, pues entonces el dinero pasaría a ser mío.

Melita se mordió el labio inferior para evitar hacer cualquier exclamación.

Después de un momento logró decir:

—¿Ese testamento… era… legal?

—Completamente. Había sido atestiguado por el sacerdote que viene a la finca a decir misa y por otro francés de cierta posición que viajaba por el mundo.

Madame Boisset debió… idearlo.

—Por supuesto que así fue —afirmó el conde—. Ya le expliqué que ella dominaba a Cecile en cuerpo y alma. Durante mi ausencia debió obligar a Cecile a firmar ese horrible documento redactado con frases que Cecile jamás hubiera utilizado.

—Pero sin duda usted podría probar eso.

—¿Cómo? —preguntó el conde—. ¿Cree que no he buscado asesoría legal sobre el asunto? ¡Claro que lo he hecho! Consulté al mejor abogado de St. Pierre, ¿y sabe qué me dijo?

—¿Qué?

—Es un francés y me dijo: «Mi querido joven, usted debe casarse con la prima de su esposa. ¿Por qué no? ¡Todas las mujeres son iguales en la oscuridad!».

Melita permaneció inmóvil, luego dijo:

—Lo siento… lo siento más de lo que puedo expresarlo.

—No hay razón por la cual yo deba preocuparla más con mis problemas —dijo el conde casi con brusquedad.

Entonces, volvió la cabeza para mirarla y añadió:

—¡Eso no es cierto! Sí hay muchas razones. Usted debe saber por qué quise decirle esto. ¡Por qué tenía que decírselo! Pero sólo Dios sabe qué es lo que pueda hacer al respecto.