Capítulo 2

Al igual que todos los franceses, el conde se concentró en elegir la comida con sumo cuidado.

—Primero deberá usted probar nuestro matoutou de cangrejo.

—Me gusta el cangrejo —respondió ella.

—En la Martinica comemos cangrejos de tierra —explicó él—. Durante quince días se conservan en un barril donde se les alimenta con mangos, pimientos y maíz. Creo que los encontrará deliciosos.

Después pidió pollo con un coco servido con ratatouille creole que es una mezcla de verduras y hierbas fritas en aceite y ajo. Melita descubrió que los platillos eran tan deliciosos como los que había comido en Francia con sus padres.

—Ahora —dijo el conde—, debe comer plátanos.

—He comido plátanos con frecuencia —respondió Melita.

—¿De verdad? —preguntó él—. Aquí hay muchos tipos de bananos: verdes servidos con sal, pimienta y chutney; amarillos, muy maduros y flameados en vino y a los que después se les pone canela; también hay otros en forma de cuernos.

Melita rió.

—No diga más por favor… acepto que nunca he comido plátanos.

Bebieron vino con la comida pero primero el conde insistió en que Melita probara una bebida preparada con jugo de varias frutas y ron y que a ella le pareció deliciosa.

—El ron alegra a la gente —comentó el conde—, y por eso verá que los habitantes de la isla siempre están sonriendo.

—¿En realidad el ron alegra a la gente? —preguntó ella muy seria.

—El ron combinado con el sol y la paz en el hogar —respondió él.

Algo en la manera como él dijo las últimas palabras le hizo a Melita pensar que habían sido dichas con una doble intención y ella preguntó:

—¿No quiere hablarme acerca de su hija?

—Su nombre es Rose Marie. Tiene ocho años y me parece que es adorable y muy atractiva.

«Si se parece a su padre, de eso no cabe la menor duda», pensó Melita.

Jamás se imaginó comer con un hombre tan bien parecido y cuyos ojos parecían cambiar con cada cosa que decía.

Eran de color oscuro; sin embargo, cuando algo le agradaba, parecían brillar con luces que parecían venir del mismo sol.

—¿Rose Marie es hija única? —preguntó Melita.

—Desgraciadamente no tengo más hijos —respondió el conde—. Cuando conozca Vesonne-des-Arbres se percatará de que fue construida para una familia numerosa y yo la adoraba cuando era pequeño.

—¿Tuvo hermanos? —preguntó Melita.

—Mi hermano murió a los diecisiete años —respondió el conde—, pero tengo cuatro hermanas casadas que viven en Francia.

—Debe extrañarlas —comentó Melita con compasión.

—Así es.

Hubo silencio durante un momento, hasta que Melita lo rompió diciendo un poco nerviosa:

—¿Cree usted que su esposa, la condesa, me considerará demasiado joven para hacerme cargo de Rose Marie?

—Mi esposa murió hace tres años.

Melita permaneció inmóvil.

Aquello era algo que sin duda su madrastra sabía pero se lo había ocultado.

Debió verse preocupada pues el conde habló rápidamente.

—Su prima, Madame Boisset, quien es viuda, se encarga de mi casa… y de la finca.

Hizo una pausa antes de pronunciar las últimas cuatro palabras y una sombra apareció en sus ojos oscuros.

—Siento mucho lo de su esposa —dijo ella—. ¿Madame Boisset me indicará lo que debo enseñarle a Rose Marie?

—Yo lo haré —contestó el conde con decisión—. Tengo ideas muy definidas al respecto. ¡Deseo que Rose Marie sea educada como yo lo he planeado y no voy a tolerar interferencias de parte de nadie!

Habló con firmeza pero al ver la aprensión reflejada en los ojos de Melita, prosiguió con tono más suave:

—Lo siento. No es mi intención ponerla nerviosa, señorita. ¿Por qué no empezamos por el principio y me habla acerca de usted?

—En realidad hay muy poco qué contar —dijo ella—. Mi padre, como usted sabe, volvió a casarse y cuando murió el año pasado, ya se había gastado todo su dinero. No quedó nada para mí.

—Pero su madrastra es rica.

Melita miró al conde por un momento y luego apartó la vista.

—Ella es… joven… y no deseaba… cuidar a una hijastra.

—Eso lo puedo entender, ¿pero es realmente necesario que usted se gane la vida?

—Muy necesario —respondió Melita.

—Me parece extraño que habiendo sido su padre tan importante en los medios diplomáticos tenga usted que buscar trabajo como institutriz.

—No se me ocurrió… otra cosa que pudiera… hacer —respondió Melita con franqueza.

—¿No pensó en casarse? —inquirió el conde.

Hubo una pequeña pausa antes que Melita respondiera:

—Todo el año pasado estuve de luto y no he ido a ninguna parte, así que no he conocido a ningún caballero que pudiera… interesarse en mí.

El silencio los envolvió. Entonces el conde, como si no supiera qué decir, indicó al camarero que les llenara las copas de vino.

—No más, gracias —dijo Melita levantando la mano.

—¿Está segura?

—Ni siquiera estoy segura si es correcto que una institutriz beba.

—Está usted en territorio francés —respondió el conde—, y como ya sabe, en Francia desde el más rico hasta el más pobre bebe su botella de vino cada día.

—Eso fue lo que me dijo papá —contestó Melita—, pero es difícil pensar que la Martinica conserve costumbres francesas estando tan lejos de Francia.

—Sólo si se mide en kilómetros —respondió el conde—. Nuestros corazones pertenecen a nuestro país.

Melita sonrió.

—Quizá son los exiliados quienes más aman a su país —añadió él—, y por eso debemos hacer todo cuanto esté en nuestras manos para evitar que usted sienta nostalgia.

—Trataré de no sentirla —respondió Melita con determinación.

Pero a la vez es un poco atemorizante el no saber qué hacer… o cómo comportarse.

—Creo que ya comprenderá que lo que tiene que hacer es ser usted misma —respondió el conde y de la manera como lo dijo resultó un cumplido.

Melita pensó que debía cambiar el tema de la conversación.

—¿Qué cultivan en su finca, monsieur? En el barco, los oficiales me dijeron que los principales cultivos de la isla son azúcar, plátano, café y especias.

—Estaban en lo cierto —aprobó el conde—. En mi finca cultivamos caña de azúcar, plátanos y un poco de café.

—Debe ser muy interesante —observó Melita—. ¿No le cuesta trabajo encontrar trabajadores? Tengo entendido que la Martinica tiene una población bastante reducida.

—En Vesonne-des-Arbres hay muchos esclavos.

—¡Esclavos! —exclamó Melita—, yo creía que…

Se detuvo.

—¿Qué es lo que creía?

—Creía que todos los esclavos de estas islas habían sido liberados.

—Lo fueron en Antigua y algunas otras islas —respondió el conde—, pero aún no en la Martinica.

—Sin duda… —comenzó a decir Melita, pero guardó silencio, pues comprendió que sería descortés discutir sobre la esclavitud con un dueño de esclavos.

Su padre había tenido una opinión muy definida al respecto y pensaba que en todo el mundo se había abolido la esclavitud por ser una ofensa contra la dignidad humana.

Como si de nuevo supiera lo que ella estaba pensando, el conde dijo:

—La esclavitud será abolida en la Martinica como lo ha sido en otras partes, mas por el momento el asunto es tema de acalorados debates en el gobierno y hasta que tomen una decisión, los propietarios no pueden hacer nada al respecto.

—Entiendo —repuso Melita con voz baja.

—Espero que así sea —respondió él—, y cuando conozca a los esclavos en Vesonne se dará cuenta de que, en general, son una comunidad feliz… al menos eso pienso yo.

Hablaba como si él no estuviera directamente relacionado con ellos y Melita se sintió desconcertada. Pensó que quizá había algún misterio respecto a Vesonne, pero enseguida se dijo que todo estaba en su imaginación.

Terminaron de comer y Melita dijo:

—Gracias por una de las comidas más deliciosas que he comido; todo resultó muy emocionante, pues para mí fue completamente nuevo.

—Hay muchas cosas nuevas que me gustaría mostrarle… —comenzó a decir el conde.

Entonces se detuvo y Melita pensó que quizá él había comprendido al fin que no era correcto que intimara tanto con la institutriz de su hija.

«No debo olvidar que no soy más que una sirvienta de categoría», pensó ella y trató de recordar la manera como se comportaba su propia institutriz.

En general, le parecían mujeres aburridas y poco emprendedoras, quienes a menudo se daban cuenta de que sabían menos sobre algunos temas que sus propios alumnos.

Aunque aquéllas le habían enseñado lo mejor posible, Melita aprendió de su padre todo lo referente a la literatura, los clásicos y en especial a la poesía y la mitología.

Los idiomas los había aprendido automáticamente en los países donde habían vivido. En cuanto al francés, su padre le había escogido maestros en Londres y en Viena y lo dominaba a la perfección.

El conde la estaba mirando y pareció como si le leyera los pensamientos, pues le dijo:

—Permítame felicitarla por su acento francés que es completamente parisino. En realidad no podía esperar otra cosa de la hija de su padre.

—Gracias —respondió Melita—, aunque jamás podré igualar a mi padre, pues él hablaba siete idiomas de manera impecable y conocía muchos de los dialectos del sur de Europa.

—Debe comenzar por enseñarle inglés a Rose Marie —dijo el conde—, y me temo que no es muy hábil con las demás materias esenciales, tales como la aritmética, la geografía y la música.

—¿Considera la música como una materia esencial? —preguntó Melita.

—Para una mujer, sí.

—¿Por qué más que para un hombre?

Habló como lo hubiera hecho con su padre, de manera intensa y provocativa, pues a los dos les había encantado discutir.

—Creo que la música es una parte de la composición total de una mujer —observó el conde—. Ella puede dar armonía no sólo a su cuerpo sino también a su mente y a su carácter.

—Me parece que tiene razón, aunque jamás lo había considerado desde ese punto de vista —comentó Melita, pensativa.

—Y sin embargo, usted se mueve como si lo hiciera guiada por una melodía que canta en su corazón.

Hablaba con voz grave y profunda.

Melita lo miró, sus ojos se abrieron y de alguna manera le resultó difícil apartar la mirada.

Jamás había imaginado que los ojos de un hombre pudieran ser tan oscuros y a la vez tan expresivos e imponentes.

Poco a poco, el color apareció en sus mejillas. En ese instante se escuchó el sonido de una risa que provenía de una mesa cercana y el hechizo se rompió.

—Quizá debemos irnos —sugirió el conde—. Hay veinticuatro kilómetros de aquí a Vesonne-des-Arbres y a pesar de que mis caballos son rápidos, nos tomará más de dos horas.

Salieron del restaurante y una vez que comenzaron a avanzar a lo largo de la costa, Melita sintió que hacía mucho calor.

Las olas se rompían sobre la playa y Melita encontró algo majestuoso en aquel espectáculo.

Se encaminaron tierra adentro y pronto se vio protegida del sol por los árboles que crecían a ambos lados del camino. Éste comenzó a subir y atravesó por entre la vegetación exótica.

Por fin, Melita pudo ver lo que había estado esperando: mangos, guayabas y el árbol del pan, así como aguacates. Después vino lo que a ella le pareció que era selva.

Ahora veía bambú, jacarandas, palmas reales y tamarindos. Enormes helechos colgaban de los árboles formando casi un túnel sobre sus cabezas.

Y en lo profundo de los barrancos se divisaban arroyuelos de plata que saltaban sobre las rocas.

Melita jamás había imaginado que la vegetación pudiera ser tan extraordinaria ni tan profusa.

El conde le señaló las plantas parásitas que se enredan alrededor de otras plantas hasta que las estrangulan.

—La ley de la selva —declaró el conde—, las plantas, como los hombres, viven unos de otros y sólo los más fuertes sobreviven. Habló casi con dureza y Melita dijo con voz baja:

—Todo es tan bello que no puedo aceptar que donde hay tanta belleza también exista la crueldad.

—La naturaleza es cruel, los seres humanos son crueles —respondió el conde—. Ellos sufren y hacen sufrir.

En su voz había un inconfundible tono de dolor y Melita lo miró de reojo.

Al principio, él le había parecido un hombre alegre y despreocupado, mas ahora no estaba tan segura.

Había algo que la había convencido, sin saber por qué, de que él sufría. Pero ¿por qué?

«Quizá nunca lo sepa», dijo a sí misma con un suspiro. «Después de todo, no le corresponde a una institutriz el sentir curiosidad acerca de las emociones y sentimientos de su amo».

—Está usted muy callada —observó el conde después de un rato—. ¿En qué está pensando?

—Pensaba en lo extraño que es todo esto —respondió Melita—. Y a la vez, me siento un poco… nerviosa respecto al futuro.

—¿No se siente como un aventurero que explora un territorio nuevo y se emociona ante la idea de ver cosas que nunca ha visto antes?

—Trato de sentirme así —contestó Melita con franqueza—. Sin embargo, tengo mucho miedo de fallar… de cometer errores.

—Yo la ayudaré a no cometerlos —le prometió el conde y luego añadió—: si es que me encuentro allí.

—¿Quiere decir que no vive en su plantación? ¿Es ése el nombre adecuado? —preguntó Melita.

—Sí, es el nombre adecuado y yo estoy allí solo parte del tiempo.

—Pero con seguridad hay muchas cosas que usted debe supervisar.

En el barco había escuchado historias acerca del trabajo tan pesado que realizaban los cultivadores y lo difícil que era transportar sus productos al mercado en el momento propicio.

—Creí que ya le había dicho que la prima de mi esposa se encarga de la plantación —señaló el conde.

—¡Una mujer! —exclamó Melita sorprendida.

—¡Sí, una mujer! Ella está a cargo.

Ahora no cabía duda de que el conde no estaba de acuerdo con esa situación.

«Aquí hay algo raro», pensó Melita, pero no se atrevió a preguntar más.

Un momento después, él le señaló una flor; era como un lirio, pero de color rojo vivo con un estambre blanco.

Continuaron su camino tierra adentro y entonces, por primera vez, Melita vio cultivos. Enormes racimos de plátanos colgaban de los árboles y la caña de azúcar se movía con el viento.

Por todas partes se veían buganvillas que trepaban por las paredes y el tronco de los árboles.

Para entretenerla, el conde le narró algunas historias interesantes sobre la vida de los criollos y cómo Luis XVI le había otorgado a la Martinica el derecho a establecer una Asamblea Colonial.

—Nos sentimos muy orgullosos de nuestra isla —afirmó el conde—, y si se está contento en uno mismo, creo que puede ser un paraíso para los hombres y las mujeres.

Antes que pudiera evitarlo, Melita preguntó:

—¿Y usted no es feliz?

El movió la cabeza para mirarla como preguntándose por qué le había hecho aquella pregunta y ella se dio cuenta, con alivio, de que a él no le había parecido una impertinencia.

—No, no soy feliz —respondió él—, y sin duda comprenderá por qué cuando haya pasado algún tiempo en Vesonne.

Ella lo miró preocupada y él agregó con delicadeza:

—¿Me promete una cosa?

—Sí, por supuesto —respondió Melita.

—Sería prudente preguntarme qué es lo que deseo que me prometa antes de aceptar.

—Entonces digamos que lo prometo… si me es posible… hacerlo.

—Eso está mejor.

—¿Qué es lo que desea que le prometa?

—Que no se asustará ni se dejará impresionar por lo que encuentre en Vesonne. Deseo que se quede. Quiero que entienda que aunque las cosas pueden resultar difíciles, yo siempre la ayudaré cuando pueda hacerlo.

Habló con seriedad y después de un momento Melita preguntó:

—¿Por qué habría de ser… difícil?

—Ya lo averiguará cuando llegue —respondió él— pero deseo que no se vaya aunque sienta el impulso de hacerlo.

—Quiero quedarme —declaró Melita—. No tengo ninguna otra parte adónde ir.

Sintió que aquello no tranquilizaba mucho al conde, que condujo durante varios minutos con la mirada fija en los caballos. De pronto dijo:

—Quizá le parezca extraño que yo le diga esto, pero sé que vivir aquí puede ser muy importante para usted y quizá lo sea para mí también.

—Yo no… entiendo —confesó ella.

—Tengo la sensación —prosiguió el conde lentamente—, de que usted me hará luchar por lo que yo sé es lo correcto, en lugar de aceptar lo contrario sólo porque es más fácil hacerlo.

Melita deseó preguntarle qué era lo correcto y qué era lo incorrecto. Sin embargo, como era muy sensible a los sentimientos de las demás personas, se dio cuenta de que él no deseaba responder a aquellas preguntas en ese momento.

De alguna manera, él parecía estar preparándola para lo que venía, quería darle fuerzas para que se enfrentara a las dificultades, cualesquiera que éstas fueran.

Salieron del bosque y avanzaron por terrenos cultivados.

Habían viajado durante dos horas y media cuando dejaron a un lado el camino y continuaron por una vereda arenosa.

La calesa se balanceó precariamente cuando pasaron sobre un puente y enseguida entraron en una plantación de plátanos a un lado del camino y de café al otro.

Melita miró al conde y éste exclamó:

—Ya está usted en los terrenos de ¡Vesonne-des-Arbres! Avanzaron otro medio kilómetro hasta que de pronto Melita vio frente a ella una serie de edificios.

El primero era largo, con techo bajo y hecho de piedra gris y Melita pensó que era una especie de bodega.

Junto a éste había una gran rueda de un molino de agua que giraba despacio con el paso del agua plateada.

Había otra serie de construcciones grandes y a la izquierda, otras más pequeñas con techos de madera. Ella se las quedó mirando con interés y el conde explicó:

—Son las viviendas de los esclavos.

Ahora Melita pudo ver a varios niños negros que jugaban en la hierba. Entonces, sobre una pequeña colina rodeada de árboles, descubrió lo que supuso era la casa principal.

Era un edificio de dos plantas, construido con ladrillo rojo, con el techo de tejas, un portal y lo rodeaba un jardín que era en sí una fiesta de colores.

Pasaron bajo un arco y el conde detuvo los caballos junto al portal.

—¡Bienvenida a Vesonne-des-Arbres! —dijo él.

Melita quiso decirle lo atractivo que le parecía todo, pero antes que pudiera hacerlo se escuchó un grito y una mujer salió corriendo por el portal.

—¡Etienne! —exclamó ésta—. ¡No te esperaba!

Melita calculó que aquella mujer tendría treinta y siete o treinta y ocho años de edad y aunque se movía con rapidez, era robusta y su cara no era muy atractiva.

Sus ojos eran oscuros y de mirada astuta y su cabello, aunque peinado a la última moda, parecía sin vida.

El conde le entregó las riendas a un palafrenero antes de responder:

—He traído a mademoiselle Cranleigh conmigo.

—Supuse que eso era lo que ibas a hacer cuando vi que el carruaje llegó sin ella.

Melita comprendió que debería haber regresado en el carruaje y que el conde en realidad no había tenido la intención de traerla en calesa.

Ahora Madame Boisset miró a Melita por primera vez y cuando ésta se bajó de la calesa hizo una reverencia.

—¿Usted es la señorita Cranleigh? —preguntó Madame Boisset con un tono de duda en su voz.

—Sí, Madame.

—¡Eso es imposible! ¡Usted es demasiado joven para ser una institutriz! ¡Esto es ridículo!

La expresión de su rostro le recordó a Melita la manera como la solía mirar su madrastra. No estaba segura qué decir acerca de su edad y quizá sobre su apariencia.

—Pensé que habías mencionado que lady Cranleigh estaba enviando a una mujer de edad adecuada —dijo Madame Boisset al conde.

—Creo, querida, que será mejor que discutamos esto dentro de la casa, si es que necesita discutirse.

—¡Claro que necesita discutirse! —exclamó Madame Boisset con firmeza.

La siguieron al interior del edificio y Melita miró sorprendida en torno suyo.

La habitación a la que habían entrado era grande y obviamente un salón, pues había varios sofás tapizados de damasco, sillas, y una serie de cuadros en las paredes.

Las ventanas no tenían cristales y se cerraban por medio de postigos de madera que Melita dedujo sólo serían necesarios en caso de una tormenta.

Las paredes estaban cubiertas con papel tapiz y había muchos adornos atractivos y porcelanas colocadas sobre mesas estilo Luis XIV. La habitación era muy atractiva y Melita deseaba poder examinarla con calma, mas no era posible ignorar la ira de Madame Boisset.

—Esto es completamente absurdo, Etienne —le estaba diciendo al conde con voz chillona—. ¿Cómo es posible que esta niña sea una institutriz experimentada como la que esperábamos?

—Ya he hablado con mademoiselle Cranleigh —respondió el conde con frialdad—, y la encuentro muy inteligente. Creo que sería una excelente maestra, aun para una niña mucho mayor que Rose Marie.

Madame Boisset dejó escapar una exclamación y observó con dureza:

—No entiendo por qué Lady Cranleigh nos envió a alguien tan joven. ¡Debe estar loca!

Lady Cranleigh es la madrastra de la señorita —explicó el conde antes que Melita pudiera hablar—, y como es la hija de Sir Edward Cranleigh, estoy seguro de que la edad no tiene nada que ver con sus habilidades.

Madame Boisset recorrió a Melita con la mirada sin ocultar su hostilidad.

—Ahora entiendo, Etienne, por qué nos vemos honrados con tu presencia de manera tan inesperada —comentó ella en tono desagradable.

El conde la ignoró y dirigiéndose a Melita, dijo:

—Me gustaría que subiera para que conozca a mi hija.

Melita le lanzó una mirada nerviosa a Madame Boisset y lo siguió al vestíbulo donde había una escalera tallada que conducía al segundo piso.

La escalera no estaba alfombrada y a Melita le pareció que sus pisadas resonaron con demasiada intensidad mientras subían seguidos por la mirada de Madame Boisset.

Cuando llegaron al piso superior, Melita dijo:

—Fue un error de mi madrastra no decir quién era yo y cuál era mi edad. Así usted hubiera tenido la oportunidad de rechazarme.

—¿Me permite decir que estoy encantado de que haya venido? —preguntó el conde—. Yo estoy seguro de que Rose Marie lo estará también.

Caminaron por el pasillo y al llegar al final, él abrió una puerta.

Entraron en una habitación grande donde Melita descubrió infinidad de juguetes caros de todos tipos y tamaños.

Había muñecas y ositos, pelotas, cubos de madera y una casa de muñecas muy elaborada, así cómo también un caballito sobre balancines.

Sentada ante una mesa y comiendo en compañía de una mujer negra, se encontraba una niña, quien al descubrir a Etienne parado en la puerta, lanzó un grito de alegría.

—¡Papá, papá!

Saltó de la silla y corrió hacia él con los brazos extendidos.

El se inclinó y la tomó en sus brazos mientras ella lo besaba con desesperación, como si hubiera temido no volverlo a ver.

—¡Regresaste, papá! —exclamó entre besos—. ¡Regresaste!

—Sí, regresé —respondió el conde— y he traído a alguien especialmente para ti, alguien que estoy seguro te gustará mucho.

Rose Marie miró a Melita sin apartar los brazos del cuello de su padre. Era una niña bonita con cabellos y ojos color café oscuro.

—¿Quién es? —preguntó después de un momento.

—Es mademoiselle Cranleigh y te va a dar algunas clases, Rose Marie, y a enseñarte muchas cosas que necesitas saber.

—¿Es la institutriz de la que me habló mi prima Josephine?

—Sí —asintió el conde.

—Pero mi prima me dijo que sería vieja y muy estricta y que me obligaría a hacer todas las cosas que yo no quiero hacer.

—Creo que vas a descubrir que mademoiselle te enseñará a hacer muchas cosas nuevas e interesantes —le aseguró el conde. Melita sonrió a Rose Marie quien la miró fijamente.

El conde dirigió la mirada hacia la mujer negra con quien la niña había estado tomando el té y que se había puesto de pie.

—¿Cómo estás, Eugenie? —le preguntó.

—Bien, amo. Gracias.

—Me da gusto —dijo el conde—. Deseo que ayudes a mademoiselle Cranleigh y le muestres en dónde se encuentra todo.

—Yo ayudaré a la señorita —asintió Eugenie mirando a Melita.

—Muchas gracias —dijo Melita—. Es muy amable de su parte.

Ella extendió su mano mientras hablaba y tras un momento de sorpresa, Eugenie la tomó e hizo una reverencia a la vez.

—¡Qué precioso salón de estudios! —exclamó Melita—. Nunca había visto tantos juguetes juntos.

—¿Me trajiste un regalo, papá? —preguntó Rose Marie.

—No, hoy no… o sí, su nombre es mademoiselle Cranleigh.

Rose Marie rió.

—Es un regalo muy diferente —comentó—, y muy grande.

—Encontrarás que tu nuevo regalo hace muchas cosas —dijo el conde—. Mademoiselle sabe tocar el piano y estoy seguro de que también sabe bailar.

—Me gusta bailar —declaró Rose Marie—. Pero no me gusta practicar las escalas. ¡Son muy aburridas!

Melita vio que al otro lado del salón había un piano y se acercó a éste.

—Yo también odiaba las escalas cuando tenía tu edad —explicó ella—, pero quizá te las pueda enseñar de otra manera.

Rose Marie se bajó de los brazos de su padre.

—¿Qué quiere decir? —preguntó.

—Con una canción.

—¡Enséñeme, enséñeme! —suplicó Rose Marie.

Melita dirigió una rápida mirada de disculpa al conde y se sentó en la banca.

Se había quitado los guantes y ahora recorrió el teclado con sus dedos recordando la pequeña canción que había aprendido hacía muchos años y que incluía las escalas.

Tocó la melodía pero recitó las palabras, pues por timidez no se atrevía a cantarlas. Sin embargo logró captar la imaginación de la niña, quien exclamó:

—¡Me gusta! ¡Me gusta mucho!

—Entonces, te la enseñaré para que la próxima vez se la puedas tocar y cantar a tu papá.

—¡Eso es muy muy divertido! ¡Tóquela de nuevo, mademoiselle, por favor!

Melita estaba a punto de complacerla cuando la puerta del salón de estudios se abrió y Madame Boisset entró.

—No me puedo imaginar qué es lo que está sucediendo —dijo—. Hay demasiado ruido y es hora de que Rose Marie se vaya a la cama.

Habló con voz alta y luego dijo dirigiéndose a Melita.

—Espero, mademoiselle, que no pretenda cambiar las buenas costumbres que le he inculcado a Rose Marie. La salud es lo más importante en lo que a una niña se refiere.

Melita se había levantado y permaneció de pie sintiéndose un poco incómoda ante lo que sabía era un ataque personal hacia ella.

—Lo siento, Madame —se disculpó—. Me temo que no tenía idea de la hora que es.

Quiso decirle que era demasiado temprano para que una niña de ocho años se fuera a la cama, pero sería una provocación inútil. Madame Boisset clavó la vista en la mesa y dijo:

—Termina de cenar, Rose Marie. Supongo, mademoiselle, que usted deseará retirarse a su habitación para desempacar. Cuando haya terminado, si no es muy tarde, le daré instrucciones respecto a Rose Marie. De otra manera, esperaremos hasta mañana por la mañana.

—De eso me encargaré yo —intervino el conde con voz pausada.

—¿Tú? —exclamó Madame Boisset—. ¿Por qué? ¿Por qué quieres intervenir?

—Porque da la casualidad de que Rose Marie es mi hija —replicó el conde—, y sabes que yo tengo ideas muy definidas en lo que respecta a la educación de la niña.

—Pero si soy yo quien va a criarla…

—Lo has estado haciendo mientras no hubo nadie más —interrumpió el conde—. Pero ahora he contratado a mademoiselle Cranleigh y tengo la intención de discutir la educación futura de Rose Marie con ella.

—¿Tú contrataste a mademoiselle? —inquirió Madame Boisset.

—Sabes bien que fui yo quien respondió la carta de lady Cranleigh y fue mi idea tener una institutriz inglesa.

—¡Y supongo que pensarás pagarle su sueldo!

—Sí, yo le pagaré personalmente —afirmó el conde. Madame Boisset rió produciendo un sonido irritante.

—Supongo que con las ganancias del juego —observó ella burlándose—. ¿Y qué sucederá cuando pierdas?

Había algo tan desagradable en aquella escena que Melita no se sorprendió al ver que Rose Marie empezó a temblar.

«Esto debe haber ocurrido antes con frecuencia», pensó ella e inclinándose hacia la niña le susurró al oído:

—Tengo algunas cosas en mi equipaje que sé que te gustará ver.

Los ojos de Rose Marie brillaron.

—¿Cosas del otro lado del mar? —preguntó.

Melita asintió.

—¿De París?

—No. Adivina de nuevo.

—Ya sé… Londres.

—Correcto —sonrió Melita.

Trató de concentrarse en Rose Marie, aunque no pudo evitar escuchar a Madame Boisset diciéndole al conde:

—Pensé que nos habías abandonado. Cuando te despediste nos diste a entender que ya no ibas a regresar.

—He cambiado de idea —contestó el conde—, éste es mi hogar y aquí es donde debo estar.

Hubo un momento de silencio y entonces Madame Boisset habló con un tono de voz muy diferente.

—Eso es lo que te dije antes, pero tú no me hiciste caso.

A Melita le pareció como si el conde hubiera apartado la vista a propósito para no ver la expresión en los ojos de Madame. Enseguida le dijo a Rose Marie:

—Ven, voy a llevarte a dar un paseo por el jardín. Quiero que me muestres las flores que están junto a la fuente. Hace tres días eran sólo botones pero ya deben haber florecido.

—¡Yo te las enseñaré, yo te las enseñaré! —gritó Rose Marie emocionada.

Lo tomó de la mano y lo llevó hacia la puerta.

—Es hora de que Rose Marie se vaya a la cama —observó Madame Boisset, con un tono de voz mucho más suave de lo que había sido antes.

—No nos tardaremos mucho, Josephine —contestó el conde con frialdad.

Padre e hija salieron de la habitación y Melita escuchó a Rose Marie hablando alegremente con su padre.

—Lo que esa niña necesita es mucha disciplina —señaló Madame Boisset con firmeza—, y supongo, Eugenie, que tú la has estado mimando como de costumbre.

Miró a la mesa y continuó:

—Le he dicho al chef que le mande una cena ligera. Esto es demasiado pesado para una niña de su edad.

—La señorita no come lo que no le gusta, Madame.

—Entonces hay que obligarla —replicó Madame Boisset con firmeza—, y espero, mademoiselle, que usted se encargue de hacerlo.

Observó a Melita con expresión de duda y salió de la habitación. Melita miró a la sirvienta negra y vio que se reía.

—Venga conmigo mademoiselle, le mostraré su habitación. Yo la ayudaré a desempacar, aunque supongo que Jeanne ya habrá comenzado a hacerlo. Los baúles llegaron hace más de una hora.

Eugenie tenía razón.

Cuando le mostró la habitación contigua, estaba llena de baúles y dos doncellas se encontraban atareadas sacando sus vestidos y demás efectos personales.

—Trajo muchas cosas —señaló Eugenie.

—Vengo de muy lejos —respondió Melita—, y no podía dejar mis tesoros atrás.

—Nosotros la cuidaremos, mademoiselle y haremos todo lo posible porque sea feliz en la Martinica —dijo Eugenie.

Había algo sincero en aquella frase y Melita sonrió.

—Espero que me ayude, Eugenie. Voy a disfrutar mucho cuidando a Rose Marie, pero necesitaré de su cooperación. Debe decirme a qué hora se levanta y cuándo toma sus alimentos. Yo tengo mis propias ideas, si bien no deseo molestar a Madame más de lo necesario.

—¡Madame!

Eugenie hizo un gesto que indicó con claridad que era imposible complacer a Madame.

«¿Por qué sería tan desagradable?», se preguntó Melita, ¿y por qué ella y el conde discutían de una manera tan poco digna, delante de la servidumbre?

Sabía que su madre no hubiera aprobado aquella conducta y ya se había dado cuenta de que era perjudicial para Rose Marie.

Comprendía que su trabajo no iba a ser fácil y deseó no sentirse tan inexperta.

No obstante, era un alivio saber que el conde la apoyaba y él había dicho que lo haría.

Se quitó el sombrero y la capa y se alegró al ver que el bonito vestido de espumilla que ella misma había confeccionado, no se había arrugado a pesar del largo viaje.

Después de arreglarse el cabello le preguntó a Eugenie:

—¿Qué piensa que deba hacer ahora?

—Creo, mademoiselle, que debe ir a reunirse con el señor conde y la niña en el jardín. Cuando él se canse de jugar con ella, querrá entregársela a usted. Entonces, entre las dos la meteremos en la cama.

—Gracias, Eugenie —respondió Melita.

Bajó por la escalera y encontró una puerta que daba al jardín. Mucho antes de verlos, escuchó la risa de Rose Marie y la profunda voz del conde.

Entonces descubrió que al final del jardín y medio escondida por los arbustos había una vista impresionante.

Miró por encima de la plantación hacia donde el mar relucía despidiendo reflejos de un azul muy intenso.

Se detuvo un instante para grabar aquello en su mente.

De pronto, Rose Marie apareció por detrás de un arbusto y la descubrió.

Mademoiselle —gritó—. Venga a ver lo que papá y yo hemos encontrado.

Tomó a Melita de la mano y la llevó adonde se encontraba una rama verde muy grande.

El conde levantó la vista cuando llegó y fijó la mirada en la cabeza descubierta de ella. Melita se alegró de haberse arreglado el cabello que ahora caía a ambos lados de su rostro en pequeños bucles.

El resto lo tenía recogido detrás de la cabeza en un pequeño moño.

Aquel peinado, de alguna manera hacía que su cuello se viera más largo y le daba una gracia y una elegancia que no eran tan aparentes cuando llevaba puesto el sombrero.