Capítulo 1
1999
-¡MINA, tienes que ayudarme!
La puerta se abrió y una muchacha entró apresuradamente en el pequeño dormitorio. Estaba demasiado preocupada por lo que quería decir como para notar la conducta de la joven a la que se dirigía.
Cuando vio que ésta estaba llorando, dijo en tono consternado:
—¿Qué te sucede? ¿Qué pasa? ¡Nunca te había visto llorar!
Corrió a través de la habitación y rodeó con los brazos a su amiga, que se hallaba sentada en la cama, oculto el rostro entre las manos.
—Dime qué te pasa. Jamás te había visto de este modo.
La voz de Christine Lydford encerraba una nota de preocupación y sus ojos oscuros revelaban profunda compasión.
Christine no era hermosa, pero sí muy bonita, con el cabello oscuro y rizado y la piel muy blanca. Tenía una expresión traviesa, que, invariablemente, fascinaba a la mayoría de las personas que la conocían. También tenía un hoyuelo a cada lado de la boca, por lo que siempre parecía estar riendo. Sin duda alguna, era la muchacha más popular en el seminario para señoritas de la señora Fontwell.
Mina, hizo un esfuerzo por controlar las lágrimas. Entonces, retirando las manos de su rostro, dijo en tono trágico:
—¡Mi… padre ha… muerto!
—¡Oh, Mina, lo siento tanto! —exclamó Christine—. Pero ¿cómo murió, y dónde?
—Acabo de recibir una carta de mi tío Osbert —contestó Mina—, diciéndome que papá… contrajo una fiebre… y tuvo temperaturas muy altas; en la parte de Egipto donde él estaba… no había un médico y murió antes que mi tío llegara.
—Lo siento tanto…
Christine sabía el golpe tremendo que eso significaba para su amiga. La madre había muerto apenas un año antes.
Mina le había contado que su padre se sintió tan desventurado y tan perdido sin su esposa que se marchó al África a estudiar la vida de los animales salvajes y, sobre todo, de las aves, porque su gran afición era la ornitología.
Ella, por lo tanto, fue enviada a un internado.
Alguien le había dicho a Sir Ian Shaldon que la escuela de la señora Fontwell era la mejor y envió a su hija a Ascot, donde estaba situada, a esperar su retorno.
Al principio, Mina se sintió solitaria y temerosa de las otras muchachas.
Había llevado una existencia muy tranquila con sus padres, en las soledades de Lincolnshire, y nunca pasó mucho tiempo con compañeras de su edad.
Por lo tanto, se mostró muy agradecida cuando Christine Lydford fue bondadosa con ella. A partir de entonces se convirtieron en íntimas amigas.
Christine era casi un año más joven que Mina, pero nadie lo hubiera adivinado porque Mina parecía casi una niña.
Debido a que no sólo su padre, Lord Lydford, era muy rico, sino a que ella misma había heredado de su abuelita una considerable fortuna, Christine poseía una seguridad en sí misma que, por supuesto, le faltaba a Mina.
Al principio a las otras muchachas del colegio les había divertido lo que consideraban la protección de Christine sobre una nueva alumna; pero después se sorprendieron al darse cuenta de que se habían vuelto amigas inseparables.
Christine, por supuesto, llevaba la batuta y Mina la obedecía; por ello las apodaron «las inseparables». Y así gracias a su amistad con Christine, Mina fue protegida de las humillaciones y las burlas de las otras muchachas.
El seminario de la señora Fontwell era muy diferente de cualquier otra escuela.
En primer lugar, sólo aceptaba alumnas provenientes de la nobleza y, aunque sus colegiaturas eran exorbitantes, a cambio de ellas daba un ambiente de lujo, a falta de otra cosa.
Las alumnas que podían acceder a ese estatus tenían a sus doncellas particulares dentro del propio internado. También podían guardar sus caballos en las caballerizas del colegio y pagar por todas las clases extras que quisieran recibir, lo cual aumentaba las cuentas de cada mes, a cifras considerables.
Sin embargo, siempre había una lista de espera de muchachas que querían ingresar en el internado, y los métodos de educación de la señora Fontwell, muy poco comunes, la convertían en la envidia de otros colegios, porque le redituaban muy buenos dividendos. Mina, como Christine le decía algunas veces en tono de broma, había sido aceptada no tanto por un golpe de suerte, sino más bien por una distracción de la señora Fontwell. Su padre no era más que un baronet; su alcoba era la más pequeña de la escuela, por lo que, seguramente, la señora Fontwell recibía por ella la cantidad mínima permitida por la institución.
Christine, por su parte tenía, además de un dormitorio muy amplio, con dos ventanas que daban al jardín, una salita adjunta.
Su doncella la vestía y arreglaba con tanto cuidado que la mayor parte de los días parecía que iba a asistir a una fiesta en el Palacio de Buckingham, y no a sentarse en el salón de clases.
La señora Fontwell procuraba que hasta los salones fueran diferentes.
Algunos eran salas en las que las alumnas se sentaban en cómodos sillones mientras estudiaban poesía o literatura. No había ningún escritorio que diera al lugar el ambiente de escuela.
Una de las habitaciones más importantes era el salón de baile, donde dos veces a la semana, las muchachas recibían lecciones impartidas por maestros experimentados.
Desde luego, esto constituía un «extra», como también lo era estudiar esgrima, natación, badminton, música y arte.
Mina, que podía pagar muy pocas de estas lecciones especiales, se preguntaba con frecuencia en qué consistía con exactitud la colegiatura básica.
Ahora, con una expresión preocupada en sus ojos azul oscuro y las pestañas húmedas por las lágrimas, le dijo a Christine:
—No es sólo el hecho de que papá haya muerto… lo que me hace sentir tan… desventurada… hay… algo más.
—¿Qué es? —preguntó Christine.
—Tengo una carta de mi tío, y la señora Fontwell recibió otra, diciendo que mi padre estaba… endeudado cuando… murió. Así que debo buscar algún… tipo de… empleo.
Christine la miró asombrada.
—¿Me quieres decir que vas a tener que trabajar?
Mina asintió con la cabeza. Las lágrimas volvieron a asomar en sus ojos mientras decía sollozando:
—La señora Fontwell ha… sugerido lo que debo hacer… pero no puedo soportarlo… y, sin embargo, supongo que tendré que… aceptar.
—¿Hacer qué? —preguntó Christine.
Casi no podía creer lo que había escuchado, porque era inconcebible que alguna de las muchachas de la escuela tuviera que trabajar para vivir o, al menos en el mundo en que Christine vivía, ser otra cosa que muy rica.
Como a Mina le resultaba imposible hablar, Christine la rodeó con los brazos y trató de consolarla:
—Estoy segura de que la situación no puede ser tan grave como dices. Cuéntame con exactitud lo que ha pasado.
Con gran esfuerzo, Mina se enjugó las lágrimas y después de un momento respondió:
—Mi tío Osbert, que es coronel de su regimiento, dice que ahora que papá ha… muerto, sin un… heredero varón, nuestra casa le pertenece a… él e intenta… cerrarla.
—¿Por qué va a hacer algo así? —preguntó Christine disgustada.
—El no se casó nunca. Siempre está con su regimiento y, desde luego, como dice en su carta, yo no podría vivir allí… sola.
—A mí me parece que actúa de una forma no sólo egoísta, sino también brutal —comentó Christine—. ¡Continúa!
—Dijo, también que saldaría las… deudas de papá, pero que todo lo que podía darme era una… pensión de cincuenta libras al año, hasta que… me casara. Entonces dejaría de recibir dicha cantidad.
Christine lanzó un sonido ronco pero no dijo nada, y Mina continuó con una vocecita infantil y asustada.
—Sugirió en su carta que debo encontrar… algún empleo… y en su carta a la señora Fontwell le dice que tal vez podría dar clases a… algunos niños.
—¿Y qué respondió «El Dragón» a eso? —preguntó Christine.
—Dijo que podía quedarme aquí y enseñar música y pintura a las niñas más pequeñas, y también cuidar de sus habitaciones.
—O sea… trabajar como su doncella, ¿no es cierto?
—Creo que ésa es su… intención —contestó Mina—, porque desde hace algún tiempo quiere despedir a la señorita Smith, y si yo me encargo de asear las habitaciones, eso ahorraría el… salario de una… doncella.
—¡Nunca había escuchado nada más vergonzoso! —exclamó Christine furiosa—. Tienes razón, Mina. No podrías soportarlo. Todas sabemos cómo trata a la señorita Smith.
Al decir aquello, las dos muchachas pensaron en la jovencita que siempre tenía problemas con la señora Fontwell y que temblaba frente a su ama como un conejillo asustado.
Todo lo que hacía estaba mal. La humillaban, la reprendían y le encontraban faltas hasta en el detalle más insignificante. Las alumnas de la escuela sentían por ella una gran compasión.
Al mismo tiempo, como todas le tenían miedo a la señora Fontwell, a la que llamaban «El Dragón», ninguna era lo bastante valiente como para defenderla.
Christine comprendía perfectamente que si Mina ocupaba el lugar de la señorita Smith, a ella también la reducirían a un tembloroso manojo de nervios.
—¡Desde luego, eso es algo que tú no puedes hacer! —declaró Christine con determinación—. Y tendrás que decírselo al Dragón, antes que despida a su doncella.
—Ésa es otra de las cosas que me… preocupan —murmuró Mina—. Hace un momento le pregunté a la señorita Smith por qué no se iba… y me contó que es huérfana y que no tiene… adónde ir. Está segura de que si trata de buscar otro puesto, la señora Fontwell no le daría… referencias.
—¡Esa mujer es una tirana! La pobre «Smithy» tiene que soportarla por necesidad, pero tú no vas a quedarte aquí en tales condiciones.
—¿Qué otra cosa… puedo… hacer?
—¡Vendrás conmigo!
Mina pareció desconcertada y Christine explicó.
—Eso es lo que venía a decirte. ¡Me marcho!
—¿Ahora? ¿Inmediatamente? Pero el curso apenas acaba de empezar…
—Sí, lo sé, pero si tú recibiste una carta inquietante, yo también recibí otra.
Mina lanzó un grito ahogado.
—¡Qué egoísta he sido al hablar sólo de mí misma! Ahora dime qué te ha sucedido a ti.
—No es muy alarmante que digamos —contestó Christine—, sin embargo, necesito de tu ayuda. Y aunque mi problema es un poco difícil, el tuyo es peor, e intento resolverlo.
Mina le dirigió una leve sonrisa.
—Eres tan bondadosa. Yo… no puedo… abusar de esa bondad.
—Tú nunca haría tal cosa. Pero déjame decirte primero por qué me voy.
Mina volvió a limpiarse los ojos con el pañuelo. Entonces, como Christine retirara su brazo de ella, se volvió de lado, en la cama, de modo que las dos muchachas quedaron una frente a la otra.
Christine aspiró profundo, como si estuviera armándose de valor para decir lo que tenía que decir:
—Acabo de recibir una carta de mi madrastra diciendo que papá ha sido nombrado gobernador de Madrás, y que ella tiene que partir inmediatamente para reunirse con él en la India.
—Me alegro mucho por tu padre —comentó Mina—. Estoy segura de que es un puesto muy importante y tú debes sentirte orgullosa de él.
—Me sentiría más satisfecha si me hubiera llevado a la India con él, como se lo pedí hace un año —contestó Christine—. Pero ahora es demasiado tarde. Ya tengo mis propios planes.
Mina la miró desconcertada y su amiga se echó a reír.
—Estar en la India no hubiera sido tan divertido como parece. ¡Mi madrastra se habría encargado de ello!
Mina sabía cuánto odiaba Christine a su madrastra. Estaba convencida de que, desde que se había casado con Lord Lydford, había hecho todo lo posible para evitar que quisiera a su única hija como lo hubiera hecho en otras circunstancias.
—Como tú sabes —continuó Christine—, cuando papá fue a la India por primera vez, lo hizo recorriendo el país en una misión especial encomendada por el virrey, y pensó que, a causa del calor, un viaje así sería demasiado agotador para mi madrastra. Ahora ella va a disfrutar de la vida como esposa del gobernador, y te aseguro que soportará toda clase de incomodidades con tal de pavonearse como gobernadora.
Habló con rencor, y con una voz que a Mina no le agradaba. Instintivamente puso la mano en el brazo de Christine y le dijo:
—Sigue contándome qué… sucedió.
Christine sonrió.
—Ya sé que no te gusta que hable mal de mi madrastra, pero espera a que oigas toda la historia.
—Eso es lo que espero.
—Como mi madrastra se va a la India, ha hecho preparativos para que yo me vaya de aquí.
—¿Irte de aquí? —preguntó Mina desolada. Pensó que, después de haber perdido a su padre, si ahora perdía a su mejor amiga su vida futura no sólo sería solitaria, sino también vacía.
—Me informa —prosiguió Christine—, que debo ir a vivir, con la debida compañía de respeto, desde luego, con el Marqués de Ventnor.
—Pero ¿por qué? —preguntó Mina—. ¿Es pariente tuyo?
Christine lanzó una carcajada breve, llena de desprecio.
—No legalmente, por supuesto. ¡En realidad, es el más reciente enamorado de mi madrastra!
Por un instante Mina pensó que debía haber entendido mal. Luego murmuró:
—Yo… no… no entiendo.
—No me sorprende. Yo misma no lo comprendería si no me hubiera dado cuenta de lo que sucedía entre mi madrastra y el marqués, y si Hannah no hubiese averiguado cuáles eran las intenciones de ellos respecto a mí.
Hannah era la doncella de Christine.
Estaba con ella desde que era muy pequeña. Era aun más niñera que doncella, y adoraba a Christine, alrededor de quien giraba toda su vida.
—¿Y crees que el marqués va a querer que vivas con él? —preguntó Mina.
—La explicación de mi madrastra es que, puesto que ella estará muy lejos, sería difícil hacer arreglos para mis vacaciones, y desde luego, se sentirá más tranquila sabiendo que vivo con alguien a quien ella respeta y en quien confía.
La voz de Christine contenía una nota de sarcasmo al proseguir diciendo:
—Es un amigo que se encargará de que no conozca a personas indeseables, aunque al mismo tiempo me dará la oportunidad de divertirme, de la forma en que mi padre quiere que lo haga.
—Parece que tu madrastra está siendo muy considerada contigo —murmuró Mina.
—¿Considerada? —exclamó Christine—. ¡Eso parece si ves las cosas de manera superficial! Desde luego, todos pensarán que es un excelente arreglo, porque el marqués tiene varias atractivas residencias y, de acuerdo con mi madrastra, parientas ancianas que estarán encantadas de servirme de damas de compañía hasta que ella y papá regresen a Inglaterra.
—Tal vez te… divertirás.
—Ésa no es la verdadera razón de todo esto… de tanta consideración —exclamó Christine—. ¡Mi madrastra intenta casarme con el marqués!
—Pero… tú dijiste que él estaba… enamorado de tu madrastra.
—Lo está. Han vivido un apasionado idilio desde la Navidad.
—¡No puedo… creerlo! —exclamó Mina escandalizada.
Debido a que siempre vivió una existencia muy tranquila en el campo, con sus padres, no tenía idea de la conducta inmoral de muchos de los caballeros y damas que formaban parte de la alta sociedad, hasta que Christine le contó todo sobre ellos.
Al escucharla se sintió segura de que Christine estaba exagerando, como lo hacía con frecuencia.
¿Cómo era posible que las damas que se movían en los círculos de la corte pudieran ser infieles a sus esposos? ¿O que un caballero se mostrara dispuesto a enamorar a la esposa de un amigo? Cuando Christine le relató estas escandalosas historias, le parecieron tan increíbles y absurdas que pensó que eran simples creaciones de su fecunda imaginación.
Ahora dijo con voz firme:
—Estoy segura, queridita, de que debes estar equivocada. Si el marqués quiere casarse contigo, no es posible que esté… enamorado de tu madrastra. De cualquier modo, eres demasiado joven para casarte.
—Cumpliré diecisiete años dentro de dos meses —repuso Christine—. ¡Y es entonces cuando intentaré casarme!
—¿Con el… marqués?
—No. ¡Con alguien muy diferente! Todavía no he hablado de él…
Los ojos de Mina se abrieron tan grandes que parecieron llenar todo su rostro.
—¡Christine! ¿Hablas en serio?
—Pensaba contártelo todo, pero Harry insistió en que fuera nuestro secreto, y de nadie más. Le juré que no le diría una sola palabra a nadie.
—Entonces tal vez no debieras decírmelo ahora.
—Tengo que hacerlo. Harry comprenderá; pero primero déjame terminar de explicarte lo del marqués.
Observó que Mina la escuchaba con atención, y continuó:
—El marqués tiene fama de ser el más atrevido y calavera de todos los nobles del Londres actual. Ha tenido idilios con decenas de mujeres hermosas. Desde hace años he oído a la gente intercambiando chismes sobre él.
—¿De veras… dicen cosas… así… frente a ti?
Christine sonrió.
—No, por supuesto que no. Me tratan como a una niña.
—Entonces, ¿cómo lo sabes?
—Porque, mi querida Mina, los sirvientes chismorrean siempre entre ellos como si los niños fueran sordos. ¡Y los sirvientes lo saben todo!
Al darse cuenta de que su amiga estaba escandalizada continuó a toda prisa:
—Lo que es más, cuando estoy en casa tengo mis propios medios para averiguar lo que está pasando.
Sonrió antes de añadir:
—Sé muy bien que tú no lo aprobarás y por eso no te lo dije antes; pero en mi casa, que es muy antigua, hay muchos lugares donde uno puede escuchar lo que está sucediendo en la habitación contigua.
—¿Quieres decir que… has escuchado sin que te vieran? —preguntó Mina.
—Es lo que han hecho generaciones enteras de Lydford antes que yo —respondió Christine a la defensiva—. Nunca lo hubiese hecho si mamá viviera; en cuanto a lo que se refiere a mi madrastra, es muy diferente.
Al hablar de su madrastra su voz se agudizó de nuevo. Mina lanzó un leve suspiro y dijo:
—Continúa con tu historia.
—Mi madrastra ha estado enamorada del marqués desde que papá partió hacia la India. Casi siempre se ha visto con él, en las casas de amigos mutuos, o cuando la invitaba con grupos de amigos a Vent Royal, que es su Casa en Hertfordshire. Pero cuando se hospedó con nosotros, no hubo duda alguna de que estaban enamorados.
Christine guardó silencio unos minutos; luego dijo con voz apasionada:
—Me enfermaba oírlos besándose en las habitaciones que habían pertenecido a mi madre, y cuando papá estaba ausente, en la India.
Era evidente que los recuerdos habían alterado a Christine. Mina deslizó su mano en la de ella para decir:
—Siento mucho… que eso te haya… afectado tanto, querida.
—No entendí algunas cosas que se decían —continuó Christine—. Una o dos veces oí mencionar mi nombre, pero de una forma casual, y no pensé que eso fuera particularmente significativo.
—Y, sin embargo, ahora dices que… te vas a… casar con él.
—Hannah me contó en su carta lo que mi madrastra había planeado. Tú sabes que no tengo secretos para ella.
Mina asintió con la cabeza.
—Le dije que mi madrastra había hecho arreglos para que fuera a quedarme con el marqués —continuó Christine—. Y Hannah exclamó: «¡Entonces es cierto lo que me dijo la señorita Parsons! Yo pensé que lo había inventado ella, sólo para molestarme».
—¿Qué estaba planeando?
—Que si tenía que irse a la India me enviaría a vivir con el marqués y, cuando fuera un poco mayor, me casaría con él.
—Pero ¿por qué querría hacer una cosa así?
—¡Te explicaré cómo lo ha planeado ella! —contestó Christine—. Si él quiere una esposa joven, complaciente, inocentona, ¿qué mejor que una chica de dieciséis años, que según él supone, no sabe nada sobre el mundo?
Christine contuvo la respiración y continuó diciendo:
—Hannah me asegura que la señorita Parsons, que es la doncella personal de mi madrastra, le comentó que el marqués siempre ha dicho a sus amigos más íntimos que jamás se casaría con una mujer que le fuera infiel, como lo eran sus amigas con sus respectivos maridos.
—¿Quieres decir que él considera eso muy malo? —preguntó Mina.
—Sólo en lo que a su esposa se refiere —contestó Christine con desprecio—. Pero lo ve muy bien si se trata de las esposas de otros hombres interesadas en él.
Mina no sonrió. Parecía muy preocupada.
—Todavía no puedo… comprender por qué el marqués te eligió a ti.
—El no me eligió. ¡Fue mi madrastra quien lo hizo! ¿No te das cuenta de cómo piensa ella? Si el marqués se casa conmigo, podrá ir a verlo cuantas veces quiera y tendrán la posibilidad de continuar con su idilio en cuanto ella vuelva de la India. Te aseguro que no tiene ningún deseo de perder al marqués.
—¡Pero eso es… pecaminoso y… horrible! —exclamó Mina.
—¡Claro que lo es! —reconoció Christine—. Y por eso voy a casarme con Harry. El me ama de veras, y me ha amado desde hace tres años.
—¿Casarte con… Harry? —exclamó Mina—. Pero ¿quién es él?
—Es el segundo hijo del conde de Hawkstone. Me ha dicho que se enamoró de mí desde el momento en que me vio; en ese entonces yo tenía trece años. Comprendió que era demasiado joven y tuvo que esperar a que fuera mayor.
—¿Te dijo que te amaba? —preguntó Mina.
Los ojos de Christine brillaban con intensidad.
—No me lo dijo entonces, pero me di cuenta de que me consideraba atractiva. Y cuando volvimos a encontrarnos, un día en que yo había salido a cabalgar, me enamoré de él.
—Pero eras muy joven.
Christine sonrió.
—Algunas veces creo que nunca he sido joven, en el sentido en que tú lo eres. Y, desde luego, nunca he sido tan inocente como tú, Mina.
—A mí siempre me has parecido muy sofisticada y madura —reconoció Mina—, aunque pensé que ello se debía a que he conocido a pocas personas y soy muy inexperta.
—Cuando me enamoré de Harry, crecí de la noche a la mañana —declaró Christine con sencillez—. Por supuesto, al principio tuvimos que guardarlo en secreto, porque mamá no hubiera aceptado una relación formal. Paro iba con frecuencia a casa y nos veíamos.
Sonrió con ternura y continuó:
—Aunque hablaba muy poco, yo sabía que él me importaba de una forma que no puedo explicar, pero que lo hacía diferente de todos los demás hombres.
Mina sabía que desde que Christine cumplió doce años hubo hombres que la consideraron atractiva y trataron de besarla.
Le habían escrito cartas de amor; pero las que había guardado las rompió por consejo de Mina, que temía que la señora Fontwell pudiera descubrirlas.
Nunca la había oído hablar con tanta seriedad y le dijo en un tono casi de reproche:
—Jamás me habías contado nada de eso.
—Al principio temí que pudiera darme mala suerte —contestó Christine—. Entonces, después de que mamá murió, cuando Harry vino a visitarme, mi madrastra no me permitió volver a verlo. Así que nos encontrábamos en el bosque y un día me dijo que deseaba casarse conmigo.
Había una nota de intenso placer en la voz de Christine cuando continuó diciendo:
—Entonces comprendí que lo amaba y que jamás volvería a amar a nadie de la misma forma.
—¡Pero eres tan joven! —protestó Mina.
—Muchas muchachas se han casado a los diecisiete. Harry dijo que debíamos esperar hasta mi cumpleaños, y que entonces pediría mi mano a papá.
—¿Tú crees que tu padre aceptará?
Hubo una pequeña pausa antes que Christine respondiera:
—El padre de Harry puede ser un conde; pero como él es sólo su segundo hijo, me temo que debido a que soy tan rica, papá, y por supuesto mi madrastra, van a decidir que puedo tener mejores partidos.
Su voz estaba llena de rebeldía al decir:
—Por eso es que voy a fugarme.
Mina lanzó un grito de espanto:
—¿Qué dices?
—Harry y yo nos vamos a Roma, donde vive el hermano más joven de papá —explicó Christine—. El se casó con una muchacha italiana que la familia no aprueba. Por eso estoy segura de que, en ausencia de mi padre, él se convertirá en mi tutor y dará autorización para que Harry y yo nos casemos. Lo hará, en parte, para molestar a la familia, y en parte porque es un romántico empedernido.
—Parece muy muy novelesco… pero ¿estás segura de que estás haciendo lo correcto?
—Estoy completamente segura. Amo a Harry y él a mí. Estamos dispuestos a esperar hasta que yo cumpla diecisiete años. Pero sé que si el marqués me propone matrimonio, como intenta hacerlo, papá y su esposa me obligarán a casarme con él.
—¿Estás segura de que él quiere casarse contigo?
—¡Absolutamente segura! —afirmó Christine—. De acuerdo con Hannah, él siempre ha deseado encontrar una esposa joven, inocente y virginal, que no interfiera con su inmoral persecución de otras mujeres. ¡Y ahora mi madrastra me ofrece a él, como si yo fuera el conejo que saca un mago de su sombrero!
Pareció un poco asustada al añadir:
—Una vez que llegue a Vent Royal estaré atrapada. Por eso esta mañana, a primera hora, envié un telegrama a Harry y se encontró conmigo en el jardín.
—¿Cómo pudo hacer eso?
—Muy fácilmente. Es algo que hemos hecho antes. Como bien sabes, el Dragón descansa a las dos en punto y se supone que todas debemos hacer lo mismo. Yo salí por la puerta lateral y manteniéndome siempre cerca de los árboles, llegué hasta la puerta, donde estaba esperándome Harry.
Su rostro se cubrió de un brillo radiante al decir:
—¡Me ama! ¡Oh, me ama tanto! Estuvo de acuerdo conmigo en que no podíamos correr el riesgo de que nos separaran. Y partiremos hacia Roma en cuanto yo llegue a Londres.
—¿Y cuándo será eso?
—¡Nos vamos mañana!
Christine unió las manos en un gesto de placer.
—Harry es tan listo. Se dio cuenta en el acto de que si el carruaje de papá llegaba el jueves, como mi madrastra decía en la carta, me sería difícil escapar, una vez que llegara a Londres, donde el vehículo del marqués me estará esperando.
—Entonces, ¿qué han planeado? —preguntó Mina.
—Ha enviado un telegrama a la escuela, firmado con el nombre del secretario que papá tiene en Londres, diciendo que se han cambiado los planes y que el carruaje vendrá por mí mañana.
Como si comprendiera que Mina no se daba cuenta de lo que eso significaba, le explicó:
—Por supuesto, el carruaje que llegue aquí no será de papá, sino uno alquilado por Harry. Después iremos, no a nuestra casa en la Plaza Grosvenor, sino a la Casa Hawkston. El padre de Harry no está en Londres. De allí partiremos hacia Roma a primera hora de la mañana.
—A mí me parece muy complicado —comentó Mina—. ¿Estás segura de que no los sorprenderán?
—Si eso sucede, tanto yo como Harry nos encontraremos en un gran lío. Y como la señora Fontwell insistirá en que no puedo ir sola a Londres, venía a pedirte que me acompañaras.
—Por supuesto. Haré cualquier cosa para que… —empezó Milla.
Se interrumpió porque de repente Christine lanzó una exclamación que era casi un grito:
—¡Mina! ¡Tengo una idea! ¡Una brillante idea! —dijo—. Pero espera un momento… déjame pensar en ella.
Se llevó los dedos a las sienes, como si estuviera esforzándose por concentrarse. Entonces dijo con lentitud:
—Vendrás conmigo a Londres, pero le diremos al Dragón que lo haces porque yo te he contratado como mi dama de compañía.
Los ojos de Mina se agrandaron, pero no dijo nada y Christine continuó:
—Es algo que estoy más que dispuesta a hacer, queridita, y te prometo que, sin importar lo que pase, nunca te quedarás aquí a trabajar en esa posición degradante. Ahora, déjame continuar…
Cerró los ojos para pensar con mayor claridad.
—En lugar de volver a la escuela —dijo Christine—, una vez que me vaya con Harry, te irás a Vent Royal y permanecerás con el marqués hasta que yo me case.
—¿Qué estás… diciendo? ¿Qué… quieres… decir?
—Es una solución ideal. Hace las cosas más seguras para mí y te proporciona un lugar para vivir hasta que yo pueda enviar por ti.
—¿Estás diciendo… que debo… pretender que… soy tú?
—Es muy fácil —observó Christine—. ¡El marqués nunca me ha visto!
—¿Nunca… te ha… visto?
—No. ¡Mi madrastra tuvo buen cuidado de ello! Jamás permitió que otra mujer se acercara al marqués, si ella podía evitarlo. Cuando él iba a cenar a casa, estando todavía papá, todas las invitadas eran viejas o feas.
Había una expresión de desprecio en el rostro de Christine al decir:
—La única razón por la que me permite ahora acercarme a él es porque soy el menor de dos posibles males: buscará a alguien que ocupe el lugar de ella en su ausencia, alguna mujer hermosa, atractiva y fascinante, como dicen que son todas sus conquistas, o bien se buscará una esposa inocente y tonta, sobre la cual mi madrastra no tendrá ningún control.
—Comprendo lo que estás… diciendo —señaló Mina—, pero con toda sinceridad… yo no… podría tomar tu… lugar. En primer lugar… él sabría en el acto que yo no soy tú…
—¿Por qué iba a saberlo? —insistió Christine—. Te digo que nunca me ha visto. Siempre me ordenaban quedarme en el salón de clases cuando él iba; pero yo lo observaba a través de las muchas mirillas que hay en la casa y me disgustaba en extremo su escandalosa conducta.
Su voz contenía furia al agregar:
—Como ya te he dicho, para asegurarse de que nunca interfiriera en sus arreglos, durante las vacaciones mi madrastra me proporcionaba una «carcelera», en la persona de una antigua institutriz retirada, inofensiva, y también muy aburrida.
Christine suspiró.
—Si algunas veces no me hubiera quedado con mis primas en Devonshire, o me hubiese ido con los parientes de mamá a Edimburgo, creo que me hubiera vuelto loca.
—¿Y te divertías con ellos?
—Muchísimo, por fortuna. Mi madrastra nunca se enteró de lo bien que la pasaba, pues en ese caso hubiera impedido de algún modo que fuera. Me detesta tanto como yo a ella y siempre le ha disgustado que papá me quiera tanto.
Mina no hizo comentario alguno.
Una vez más pensó que Christine estaba exagerando los sentimientos de su madrastra hacia ella. Al mismo tiempo, se sentía escandalizada por lo que le había dicho.
¿Cómo podía una mujer de la importancia de Lady Lydford comportarse de esa manera? Y, desde luego, el marqués le parecía un hombre del todo indeseable, con quien no tenía deseo alguno de relacionarse.
Advirtiendo su vacilación, Christine observó:
—Mi querida, queridísima Mina, por favor, ayúdame. Si no lo haces, es muy probable que me impidan casarme con Harry, pues tú sabes tan bien como yo cuántas cosas podrían salir mal en el largo viaje hasta Roma.
—¿Cómo puedes viajar sola con él? —preguntó Mina.
—Es muy correcto si Hannah va conmigo —explicó Christine—. Si hay alguien que personifique la corrección y la moralidad, es Hannah, como bien lo sabes.
Mina se echó a reír de buena gana. Era cierto, Christine decía la verdad.
Hannah, que era una presbiteriana muy estricta, vigilaba a Christine con ojos agudos como los de un halcón. Nada que fuera mínimamente reprensible podría ocurrir en tanto Hannah estuviera cargo de la situación.
—Reconozco que Hannah será una acompañante muy eficiente —comentó Mina al fin.
—Demasiado eficiente, si me lo preguntas. Pero Harry le simpatiza mucho y eso, debe admitirlo, es un punto a favor de él.
—¿Qué edad tiene Harry?
—Acaba de cumplir veintisiete años. Es diez años mayor que yo y, por lo tanto, muy capaz de cuidar de mí una vez que nos casemos.
Christine suspiró de felicidad.
—¡Oh, Mina, lo quiero tanto, tanto, y soy tan tan feliz! Pensé que este año no iba a pasar nunca, porque lo único que deseaba era estar con él. Pero ahora, si mi tío está de acuerdo, nos casaremos en el acto, o continuaremos escondidos donde nadie pueda encontrarnos hasta que yo cumpla los diecisiete años.
Al decir aquello, Christine extendió las manos para tomar las de Mina.
—Ahí es donde está el peligro. ¿Te das cuenta? Así que, por favor, por favor, Mina, dime que me ayudarás. No puedo perderlo, y la felicidad de toda mi vida depende de él.
—Yo… tengo miedo de… fallarte.
—No harás eso. Por el contrario, tú desempeñarás el papel mucho mejor de lo que yo lo hubiera hecho.
—¿El papel?
—De una muchacha joven, inocente, que aún no cumplió diecisiete años.
—Pero yo soy un año mayor que tú.
—Bueno, ciertamente no lo pareces.
Christine se echó a reír antes de añadir:
—De una cosa estoy segura: nadie te emplearía como maestra, excepto el Dragón. Y sólo porque podría pagarte un sueldo ínfimo.
Mina suspiró.
—Eso es algo que yo también pensé.
—En realidad, si me lo preguntas —dijo Christine—, representas unos catorce años. Y eso, estoy segura, complacerá al perverso marqués.
—Y yo estoy segura de que él no creerá que soy tú. Tal vez ha visto una fotografía tuya, o una pintura.
Christine volvió a reír.
—Las únicas fotografías que me han tomado han sido caseras, en las que me veo como si estuviera en medio de la neblina. No me enfocaron bien, o como se diga. Y nunca me han pintado.
—Pero mi ropa no es tan elegante como la tuya —protestó Mina débilmente.
—En eso creo que tienes razón. Tu ropa es muy bonita, pero alguien tan experimentado en moda femenina, como debe ser el marqués, se dará cuenta de que no es ropa cara.
Se detuvo antes de exclamar:
—¡Ya lo tengo! ¿Recuerdas esa ropa que ya me quedaba muy ceñida y que pensé que era demasiado juvenil para mí?
—Creo que… me parece… recordarla.
—Bueno, el año pasado, tanto en las vacaciones del verano como en Navidad, me compré un guardarropa completo. Hannah dobló y guardó toda mi ropa anterior en un baúl. Debimos llevarlo a casa en la Pascua pasada, pero no había espacio en el carruaje, así que lo dejé aquí. Si bien recuerdo, aún debe estar en el desván.
Hubo un leve brillo de interés en los ojos de Mina, porque Christine, debido a que era tan rica, tenía siempre la ropa más exquisita y cara del colegio, lo que provocaba la envidia de todas las demás muchachas.
Cuando su madre vivía la llevaba a las mejores tiendas de la calle Bond, y aunque su madrastra se quejaba de que era un despilfarro innecesario, continuó ordenando su ropa en los mismos lugares.
No todas las muchachas de la escuela de la señora Fontwell provenían de familias ricas; pero había una gran competencia entre ellas, y muchas de las jóvenes mayores trataban de rivalizar con Christine en cuanto a la apariencia.
Sin embargo, ella tenía una figura exquisita y un gusto impecable, de modo que siempre resultaba la ganadora indiscutible del concurso y continuaba siendo, con sus vestidos de la calle Bond, la reina de la elegancia en el colegio.
Christine se levantó de la cama.
—Voy a decirle a Hannah que ordene que los sirvientes bajen ese baúl —dijo—. Si no fuera tan egoísta, se me hubiera ocurrido dártelos antes.
—Me he sentido muy satisfecha con mis propios vestidos —contestó Mina—. Y tal vez los tuyos no me queden bien.
—Te quedarán, estoy segura de ello —afirmó Christine—. He crecido mucho últimamente, en cambio tú, pareces haberte quedado del mismo tamaño.
De pronto rodeó a Mina con los brazos.
—Tú necesitas alguien que cuide de ti, Mina —dijo—, alguien como Harry. Te prometo que cuando te reúnas con nosotros, después de que nos hayamos casado, te buscaré un marido encantador.
—Todo lo que importa es que tú seas feliz. Y a decir verdad, Christine, yo no quiero casarme. Creo que me daría mucho miedo, a menos que estuviera muy enamorada.
—¡Cuando te enamores te darás cuenta de que el amor no es algo para asustarse, sino un sentimiento maravilloso! —exclamó Christine.
Fue hacia la puerta diciendo:
—Recoge tus cosas, yo iré a decirle al Dragón que te llevo conmigo. Puedes estar segura de que eso la hará desistir de su proyecto de despedir a la desventurada «Smithy». Necesita tener alguien a quien atormentar.
Cuando Christine pronunció la última palabra, la puerta se cerró detrás de ella y Mina se estremeció.
Se daba perfecta cuenta de que si estuviera en el papel de la señorita Smith, se sentiría atormentada, y sería una humillación saber que las demás muchachas la compadecían porque había dejado de ser alumna para convertirse en una simple empleada, a quien la señora Fontwell daría órdenes e insultaría cuantas veces quisiera.
«Cualquier cosa sería mejor que eso» pensó.
Luego sintió miedo.
¿Cómo podría pretender ser Christine? ¿Cómo podría ir a hospedarse con el Marqués de Ventnor y no ser desenmascarada en cuanto llegara?
Y si eso sucediera, sería una situación muy desagradable para ella.
¿Era posible que existiera un hombre tan frío y calculador como para seleccionar una esposa sólo porque era demasiado joven y tonta para darse cuenta de su conducta con otras mujeres?
¿Podía Lady Lydford ser tan incorrecta e intrigante como Christine pretendía?
Mina sabía que Christine exageraba con frecuencia tanto lo que amaba como lo que detestaba.
Al mismo tiempo, nunca había sido mentirosa con ella y ésta no podía imaginar por qué iba a inventar una historia así.
A Mina también la horrorizaba la idea de que Christine se fugara para casarse sin la autorización de su padre; pero, por supuesto, Lord Lydford era muy diferente de como había sido el padre de ella.
Al pensar que nunca más volvería a verlo, otra vez sus ojos se llenaron de lágrimas.
Aunque quería mucho a su madre y siempre había estado muy unida a ella, su padre era su ídolo. Lo había amado cuando era niña y, de jovencita, lo admiró con todo el entusiasmo con que una mujer idolatra al primer hombre importante que hay en su vida.
De algún modo, de una forma extraña que no hubiera podido explicarse ni siquiera a sí misma, cuando su padre se marchó al extranjero, Mina sintió que lo había perdido para siempre.
Fue durante esa época cuando se durmió llorando noche tras noche, porque tenía el presentimiento de que él no volvería nunca. «¡Papá! ¡Papá!», sollozaba. «No me dejes. ¡Por favor, por favor, vuelve ya!».
Como sabía que él no podía escucharla, oraba con fervor todas las noches, para que no le sucediera nada y para que nada impidiera su feliz retorno a casa.
Pero sus oraciones no habían sido escuchadas y ahora su padre estaba muerto, como su madre.
El único miembro cercano de su familia era el tío Osbert, al que no veía desde hacía años y quien siempre había menospreciado a su padre porque no era soldado.
Pero su padre jamás habría podido matar a nadie, y ella sabía que su gentileza era la que le daba el extraño poder que había ejercido siempre sobre los animales.
Perros y caballos lo seguían adonde él quería. En una ocasión había domesticado una nutria salvaje, hasta lograr que el animal confiara en él y acudiera cuando lo llamaba.
Sin embargo, la especialidad de su padre eran las aves. Le había enseñado a Mina sus hábitos y ella se deleitaba escuchando sus relatos sobre especies ya casi extintas y que podían encontrarse solo en los lugares más remotos de la tierra.
Ahora deseaba, como lo había hecho miles de veces antes, haber ido con él. Tal vez, si hubiera estado a su lado cuando contrajo la extraña fiebre, ella hubiera podido salvarlo.
Las lágrimas corrieron por sus mejillas al imaginarlo sufriendo, mientras sus sirvientes nativos no sabían cómo atenderlo.
«¡Papá! ¡Papá!» pensó Mina llorando. «¡Si sólo pudiera acudir a ti para pedirte consejo!».
Trató de pensar en lo que él le hubiera aconsejado sobre el plan de Christine.
Entonces se sintió segura de una cosa: él hubiera detestado verla en el lugar de la señorita Smith.
La señora Fontwell era muy cruel con la joven institutriz, y su padre odiaba la crueldad.
Lo que era más: había dicho con frecuencia que humillar a un ser humano de palabra era tan perverso como lastimarlo físicamente.
—Nuestras mentes son muy sensitivas, Mina —le había dicho una vez— y son la expresión de nuestra alma y de nuestro corazón. Recuerda siempre que lo que pensamos hoy será lo que nos volvamos mañana.
Ella era muy joven en aquel entonces y no lo había comprendido muy bien. Sin embargo, al crecer se había percatado de que los pensamientos de un hombre, o de una mujer, influyen en sus acciones, y que las acciones, buenas o malas, comienzan en la mente.
Mientras enjugaba sus lágrimas, Mina pensó que de estar con ella, su padre le hubiera aconsejado que debía resolver sola el problema, usando no sus emociones, sino su cerebro.
Se quedó pensativa un momento y le pareció que casi podía ver a su padre vagando por la costa de África, curioso y emocionado, considerando todo como una aventura.
«Eso es lo que significa el plan que Christine ha formulado para mí», decidió. «Una aventura que yo… no debo… rechazar».