Capítulo 7

El alba llegó con lentitud y el marqués pensó que el cielo era del mismo color que los cabellos de Agatha, que caían sobre sus hombros y contra su pecho.

Hacía mucho rato que ella no se movía, pero él tenía la sensación de que no se encontraba profundamente dormida y que estaba un poco tensa por el temor de que él la dejara.

Le pareció sentir que alguien se acercaba a la casita y, con cuidado, apartó su brazo del hombro de ella.

De inmediato, Agatha abrió los ojos.

—¿Qué ocurre? —preguntó—. ¿Qué está… sucediendo?

—Nada —respondió él—. Alguien se acerca y supongo que se trata de Havers.

Pero cuando se dirigió a su propia habitación y cerró la puerta tras sí, pensó que era un poco temprano para que Havers viniera a despertarlo.

Al abrir la puerta exterior vio que era el abate quien se acercaba.

—¡Reverendo Padre! —exclamó—. ¡Qué sorpresa!

—Deseo hablar con usted, hijo mío.

El abate entró en la habitación y, permaneciendo junto a la puerta, dijo:

—Los bandoleros se están retirando. La mayoría ya se ha marchado.

El marqués permaneció inmóvil y después preguntó:

—¿Por qué?

—Según parece su jefe ha desaparecido —respondió el abate.

Miró al marqués a los ojos y él pensó que el religioso sospechaba lo ocurrido. Pero se dijo que sería un error admitir la verdad, y el abate continuó diciendo:

—Se comportan como ovejas sin pastor, completamente desorientados, sin nadie que les dé órdenes. Además, me pareció escuchar que uno de los hombres comentaba que un batallón de soldados viene en camino, procedentes del castillo donde, sin duda, ustedes pasaron la noche.

El marqués había anticipado esto y preguntó:

—¿Eso quiere decir que mi esposa y yo estamos en libertad de marcharnos?

—Por lo que a mí respecta, pueden hacerlo cuando quieran.

—Creo que lo más inteligente sería regresar de inmediato a Drina, para ver si allí podemos conseguir un barco que nos lleve de inmediato a Italia —respondió el marqués.

Como si sintiera que debía explicarse, añadió:

—No deseo tener que explicarle a Su Alteza Real que su prometida ya no está disponible. Eso será un trabajo para los diplomáticos.

Los ojos del abate centellearon.

—Siempre he oído decir, milord, que un buen general sabe cuándo conviene retirarse.

El marqués rió.

—Eso es precisamente lo que vamos a hacer, Reverendo Padre, ¡y cuanto antes, mejor!

—Me despediré de ustedes cuando estén listos para partir —dijo el abate y salió de la cabaña.

El marqués abrió la puerta de la habitación de Agatha y ella preguntó:

—¿Qué está sucediendo? Escuché la voz del abate. ¿Qué dijo?

—¡Somos libres y nos vamos de inmediato! —respondió el marqués—. ¡Apresúrate, pues no tenemos tiempo que perder, a menos que desees explicar por qué no continuamos el viaje a Balutik!

Agatha dio un grito de horror y, antes de que el marqués cerrara la puerta, saltó de la cama.

Él terminó de vestirse unos minutos antes que ella, y apenas se había sentado a escribir frente a la mesa cuando Agatha entró.

Havers llegó también en ese momento.

—¡Tengo un carruaje listo para milord! —anunció el valet con emoción—, ¡y todos los baúles se encuentran dentro, con excepción de éste!

Levantó el pesado baúl y se apresuró a llevarlo al monasterio.

—¿Qué estás escribiendo? —preguntó Agatha con curiosidad.

—Es un donativo de agradecimiento para el abate, y pienso que le agradará —respondió el marqués—. Podrá cobrarlo en cualquier momento, pero en cambio yo tendré el pago en Atenas que nos fue sacado a la fuerza.

Guardó su pluma en el bolsillo y extendió la mano.

—Ven —dijo—. Una vez más, tus oraciones fueron escuchadas, pues estoy seguro de que esto es lo que tú deseabas que sucediera.

Sintió que los dedos de Agatha apretaban los suyos, como si temiera perderlo.

—¿No le… dijiste al abate lo que ocurrió… anoche? —preguntó ella en voz baja.

El marqués negó con la cabeza.

—Tengo la sensación de que él sospecha que yo tengo algo que ver con la desaparición del jefe de los bandoleros, pero no sería conveniente hablar al respecto.

—Por supuesto que no —convino Agatha.

El abate los estaba esperando en el patio central, el cual se encontraba en absoluto desorden.

Al centro se encontraban los restos del buey que los bandoleros habían asado y las cenizas ardían aún.

Los jóvenes que habían estado encerrados en un rincón habían desaparecido, y más tarde el marqués y Agatha los observarían correr hacia la seguridad de sus hogares en Drina.

Por todas partes había andrajos, papeles, pedazos de madera, rifles y restos de uniformes.

A través de las puertas, Agatha pudo ver a los monjes, que atendían a los heridos acostados sobre colchones en el suelo.

Pero no había tiempo que perder. El marqués le entregó al abate su donativo y él al aceptarlo, le dio a su vez al marqués una bolsa.

—Dentro hay suficiente dinero, milord, para pagar sus pasajes hasta Italia —dijo—. Estoy seguro de que encontrarán algún barco que los lleve hasta allí, pero a menos que se trate de una nave inglesa, querrán que se les pague en efectivo.

—Le estamos profundamente agradecidos por su amabilidad y por su interés —respondió el marqués.

—Siempre los recordaré en mis oraciones —dijo el abate.

Los bendijo y, dándose cuenta de que el tiempo apremiaba, Agatha y el marqués corrieron asidos de la mano y sólo disminuyeron el paso al llegar al peligroso camino que bajaba hasta la carretera.

Havers los estaba esperando y el marqués vio que él había recapturado a dos de los caballos, y que había abierto el techo del carruaje para poder acomodar todo el equipaje.

Las tablas de los baúles estaban destrozadas y pedazos de ropa colgaban hacia afuera. Pero, al menos, tenían alguna ropa que ponerse, aunque Havers les informó de que muchas habían sido robadas por los bandoleros y por los jóvenes, quienes las tomaron al emprender la huida a casa.

Sin embargo, lo único que le preocupaba al marqués era salir de allí. Se subió al carruaje y sentó a Agatha junto a él.

Cuando Havers se sentó encima del equipaje, el carruaje se puso en marcha de inmediato.

El pésimo camino hacía imposible viajar todo lo rápido que hubieran querido; pero, por lo menos, se estaban moviendo con mayor velocidad que cuando habían llegado, ya que el sendero era ahora de bajada.

Los caballos también estaban impacientes por regresar a sus establos, pues era evidente que no les habían dado de comer.

A lo lejos se encontraba el mar, y detrás las tropas de Balutik; las cuales, sin duda, ya se habían puesto en camino para averiguar por qué no había llegado su distinguida huéspeda.

Como el marqués le había explicado al abate, él no tenía el menor deseo de explicar las circunstancias por la cuales Agatha ya no podía formar parte en aquel matrimonio real.

Y al llegar a Drina, vio con alivio que había en ese momento varios barcos en la bahía.

Dos de ellos eran simples barcos pesqueros, pero otro era un barco italiano de bastante buen tamaño que se disponía a zarpar a Génova.

El capitán era un amable italiano, quien ya se había enterado del problema que se suscitó con los bandoleros.

—¡Alguien debería darles una lección a esos malhechores! —exclamó, y el marqués sintió el deseo de decirle que eso era, precisamente, lo que él había hecho.

Como el marqués estaba en posibilidades de pagar, Agatha y él fueron dotados con los mejores camarotes a bordo y, aunque no eran muy lujosos, estaban limpios y proporcionaban intimidad.

Les sirvieron de comer y de beber y el barco se preparó a zarpar de inmediato.

El marqués pensó que era ya muy difícil que los detuvieran los soldados de Balutik, el Primer Ministro, el Secretario del Exterior o cualquier otra persona que sin duda los esperaban en el castillo.

Pero estaba decidido a no arriesgarse a que Agatha tuviera que someterse a otra situación que pudiera asustarla.

Cuando el barco se puso en camino, él dejó escapar un suspiro de alivio y le dijo a Agatha:

—Como pasaste una noche muy agitada, te sugiero que bajes, te metas en la cama y te duermas. Ya no hay nada que temer y sé que debes de estar muy cansada.

—Más tarde puedes hablarme de eso —respondió el marqués—. ¡Por el momento te he dado una orden y espero que me obedezcas!

Ella se rió y se alejó, y él envió a Havers a asegurarse de que ella tenía todo lo que necesitaba.

Luego subió a cubierta para ver cómo el barco salía hacia alta mar.

Al contemplar las montañas de Albania, pensó que jamás había tenido una experiencia más aterradora en toda su vida.

Sabía que, por la clemencia de Dios, se habían salvado de horrores que no era posible imaginarse.

Él también estaba cansado y se sentó en una silla de cubierta y se quedó dormido.

* * *

A las diez de la mañana del siguiente día llegaron a Nápoles, y al marqués no le sorprendió que Agatha hubiera dormido durante veinticuatro horas.

—¿Debo despertar a milady? —había preguntado Havers la noche anterior a la hora de la cena.

—¡No! —había respondido el marqués—. Dejémosla que duerma lo más posible.

Sin embargo, él tomó la precaución de dejar abierta la puerta de los camarotes de ambos, en caso de que Agatha se despertara a medianoche y se sintiera asustada. Los camarotes estaban juntos y si ella gritaba él la escucharía.

Pero el único sonido que escuchó durante toda la noche fue el de las máquinas del barco y el marqués se levantó temprano, ansioso por poner en práctica el plan que había trazado durante esas horas.

Cuando Agatha, por fin, salió a buscarlo a cubierta, lo encontró muy satisfecho consigo mismo, y también muy elegante, sin una arruga en la ropa que había sido tan maltratada por los bandoleros.

—Debes perdonarme por haber dormido tanto tiempo —se disculpó Agatha—. Me avergüenzo de haber dormido tanto.

—No me sorprende, pues estabas completamente exhausta. Y ahora, si estás lista, podemos bajar a tierra.

—¿Adónde vamos?

—Es una sorpresa —respondió él—. Havers se adelantó para ver que todo esté listo cuando lleguemos.

Ella le sonrió.

—Me gustan las sorpresas agradables.

—Te aseguro que ésta será muy diferente de todas las que tuviste ayer.

—Eso… espero.

Él notó que, por primera vez, no había miedo en los ojos de ella, y la expresión de su cara era muy diferente de la que había tenido desde que salieron de Inglaterra.

Agatha subió a un carruaje descubierto tirado por dos caballos bien alimentados y el marqués se sentó junto a ella.

Se alejaron del muelle, pero en vez de tomar el camino que conducía al centro de la ciudad, avanzaron a lo largo de la costa.

Delante de ellos se veía el Vesubio y pronto el camino se tornó más bonito, por las flores de vivos colores que crecían a ambos lados.

Agatha puso su mano en la del marqués.

—Esto es muy emocionante —dijo—. Pero me pregunto si todos estarán muy… enojados con nosotros por lo que… ocurrió.

Él sabía que ella era demasiado tímida para decir «porque estamos casados» y simplemente respondió:

—Por supuesto que habrá que dar muchas explicaciones, pero ya le envié una nota al cónsul inglés de Nápoles, para que se ponga en contacto con nuestro Embajador en Roma.

Le pareció que Agatha se sorprendía y añadió:

—Su trabajo consiste en derramar aceite sobre las aguas agitadas, así que vamos a darles algo que hacer a ellos y no nos preocupemos nosotros.

Agatha no respondió y se dedicó a mirar alrededor, fascinada, hasta que los caballos entraron a través de unas verjas muy ornamentadas y se encontraron en un jardín lleno de flores, con una cantarina fuente frente a una hermosa villa blanca.

Ella miró al marqués y preguntó:

—¿Con quién nos vamos a hospedar?

—No nos hospedaremos con nadie —respondió el marqués—. Sucede que ésta es mi villa, donde mi madre pasó los últimos años de su vida.

Cuando el carruaje se detuvo él continuó:

—Hace varios años que no he estado aquí, pero me aseguran que se encuentra muy bien atendida, y estoy seguro de que estaremos cómodos.

Agatha no tuvo ninguna duda al respecto cuando vio a Havers, sonriente, parado junto a la puerta.

—Bienvenida, milady —dijo él—. Aquí tendrá mucho más espacio que el que tenía en aquella cabaña en el monasterio.

Agatha sonrió al escuchar lo que él decía, pero a la vez admiraba, sorprendida, la belleza del interior de la villa.

Podía ver estatuas y urnas, además de gran cantidad de otros objetos muy bellos.

Los salones eran blancos y frescos y se abrían al jardín y aunque el marqués no hubiera estado allí desde hacía bastante tiempo, todo estaba bien cuidado y en orden.

Más tarde, Agatha supo que éste se debía a una pareja de sirvientes, quienes habían atendido a la madre del marqués y cuidado de la casa después de que ella murió.

Y aunque habían tenido poco tiempo para prepararlo, tenían un ligero y delicioso almuerzo dispuesto en la terraza.

El marqués insistió en que Agatha bebiera un vaso de vino, dorado como el sol, para celebrar la fuga.

Ella lo miró y dijo:

—Jamás volveré a… desesperarme, ni a dudar de que… Dios me salvará en el último momento.

El marqués sonrió y ella añadió en voz baja:

—En realidad fuiste tú, pues si no hubieras matado al jefe de los bandoleros…

—No hables ni pienses en eso —la interrumpió el marqués—. Piensa tan sólo en que somos libres. Agatha, y eso es algo que debemos recordar en otros momentos.

—¿Otros momentos? —preguntó ella—. ¿No estarás sugiriendo… que…?

Como si no pudiera pronunciar las palabras que le vinieron a los labios se levantó de la mesa y bajó por la escalera de mármol hacia el jardín.

Allí permaneció mirando la fuente, y cuando el marqués llegó junto a ella él le dijo suavemente:

—No tienes por qué preocuparte.

—Pero sí… hay motivo para ello.

—Dímelo.

Ella bajó la voz antes de responder:

—Dijiste que… después de que estuviéramos… casados sería posible… anular el matrimonio, y tal vez el príncipe esté dispuesto a esperar a que… eso… suceda.

El marqués se le acercó más y tomó la mano de ella en la suya.

Ella, sorprendida, advirtió que él la conducía de regreso a la casa, abriendo la puerta de un salón que ella todavía no había visto.

Era muy bonito, y ella comprendió que se trababa de la sala de estar de la madre del marqués. Parecía reflejar el espíritu de una mujer que había amado a su hijo y a la belleza.

El marqués cerró la puerta.

Agatha permaneció junto a la ventana, mirando hacia el mar por encima del jardín de flores y él dijo:

—No quería hablar de esto tan pronto, pero como sé que te está preocupando, hagámoslo de una vez.

Agatha esperó a que él respondiera a su pregunta y él le dijo lentamente:

—Te dije que pensaba que nuestro matrimonio podría ser anulado, Agatha, y si eso es lo que tú deseas, podemos ir a Roma a ver al Papa y echar a andar la complicada maquinaria que requiere un asunto como éste.

—¿Crees que… lo tomarán en… consideración?

—Así lo creo, pero llevará bastante tiempo y mucho dinero, aunque eso no tiene importancia.

—¿Pero, a la larga, nuestro matrimonio podría ser anulado?

—Si eso es lo que tú quieres…

Agatha tenía la mirada fija en el mar, y como ella no respondió el marqués le preguntó en voz baja:

—¿Es eso lo que deseas, Agatha?

—Pensaba en ti… la baronesa dijo que tú habías jurado que jamás te casarías, y estoy segura de que no deseas una esposa que te fue impuesta de esta manera.

—Eso me corresponde a mí decidirlo —respondió el marqués—. Lo que quiero escuchar es lo que deseas tú.

Hubo un silencio y él supo que ella estaba tratando de decidir qué iba a responder.

También vio que se había puesto muy pálida y que se encontraba muy agitada.

Él se acercó un poco más.

—Nos casamos en circunstancias muy extrañas —dijo—, pero cuando nos arrodillamos en la capilla, frente al abate, a mí me pareció algo muy sagrado, que recordaré toda mi vida.

Agatha permaneció inmóvil, pero luego dijo con una vocecita que casi no podía escucharse:

—¿Qué estás tratando… de… decirme? No te entiendo.

—Estoy diciendo —respondió el marqués—, que cuando nos casamos pensé que aquél era el milagro por el que yo había rezado para que te salvaras, primero del príncipe y después de los bandoleros.

Ella lo miró sorprendida y entonces, como si algo despertara dentro de sí, sus manos se extendieron hacia él, sosteniéndolo por la solapa de su chaqueta.

—¡Déjame permanecer contigo! ¡Por favor! —suplicó—. Me siento segura solo cuando estoy a tu lado… y tengo mucho miedo de que el… príncipe vuelva a reclamarme; o, alguien como él.

El marqués la envolvió con lentitud en sus brazos, pero no la estrechó contra su cuerpo sino que la miró al decirle:

—Agatha, ¿qué significo yo para ti, además de ser tu protector contra las cosas que temes?

—¡Lo eres… todo! —respondió ella—. Llenas mi mundo, y sin ti ya no quisiera… vivir.

La última palabra casi no se escuchó, como si temiera que él se molestara. Pero como si no pudiera evitarlo, murmuró:

—¡Te amo! ¡Por favor… ámame tú un… poquito!

Los labios del marqués se posaron sobre los de ella y, abrazándola con tanta fuerza que casi no la dejaba respirar, la besó en la boca.

Agatha se sintió como si el cielo se abriera para ella y como si la luz del sol lo inundara todo a su alrededor.

Aquello era tan bello, tan perfecto, y a la vez tan emocionante, que ella comprendió que así era el amor, como siempre lo soñó.

Era el amor que ella había deseado, el amor que se profesaron sus padres y aquél por el que había rezado para que un día también fuera suyo.

Ahora, ya lo tenía.

El marqués la besaba una y otra vez, y ella pensó que había llegado al cielo y que no podía existir una felicidad mayor de la que sentía en aquel momento.

El marqués levantó la cara y dijo con voz insegura:

—¿De veras me amas, Agatha? Dímelo, porque quiero estar seguro.

—¡Te amo, te amo! —exclamó Agatha—. Ésa fue la razón por la cual compré el veneno cuando nos detuvimos en Nápoles… porque sabía que sin ti… querría… morir.

Como si sintiera que debía ser completamente sincera, continuó:

—Pero no me di cuenta de que aquello era el amor hasta que estuvimos en aquel horrible camino, y yo sentí que me apartaban del cielo, que eras tú, para enviarme a un infierno indescriptible.

El marqués posó sus labios sobre la mejilla de ella.

—Yo supe lo que sentía por ti, mi preciosa niña, cuando te tuve entre mis brazos a la luz de la luna y sentí el desesperado deseo de besarte. ¡Me fue muy difícil no hacerlo!

—¡Bésame ahora! ¡Por favor, bésame! —suplicó Agatha—. Tengo mucho miedo de despertarme y descubrir que todo ha sido un sueño.

El marqués la besó de nuevo; hasta que, una vez más, se sintieron envueltos en una luz que parecía cegarlos.

Entonces él dijo con delicadeza:

—Ésta es la hora del día en que los italianos toman su siesta, mi preciosa, y yo creo que deberíamos hacer lo mismo… ¡juntos!

Por un momento, Agatha lo miró con fijeza y, como comprendiera, se ruborizó y se cubrió la cara con las manos.

Juntos subieron al piso superior, a una habitación que había sido de la madre de él.

Era blanca, plateada y muy fresca, pues las persianas estaban cerradas sobre las ventanas.

Se percibía el leve perfume de las flores y una ligera brisa soplaba desde el mar.

Cuando el marqués la envolvió entre sus brazos, Agatha no pudo pensar en otra cosa que no fuera él.

Ella sintió una excitación que crecía dentro de su pecho y supo que él la sentía también, aunque sus manos actuaron con suma delicadeza mientras la desvestía.

Él la llevó en brazos a la cama. La depositó sobre las frescas almohadas y preguntó:

—¿Estás completamente segura, mi pequeña preciosa, de que me amas? Pienso que he esperado toda una eternidad por ti. Pero no tengo ningún deseo de asustarte, como te han asustado antes.

Agatha lanzó un pequeño grito de placer y puso sus brazos alrededor del cuello de él.

—Nada que tú hagas puede… asustarme —dijo— y, cuando me tocas, siento que pequeños estremecimientos recorren mi cuerpo, lo cual es algo que jamás había sentido antes. Es como tus besos, sólo que… diferente.

El marqués contuvo la respiración. Comenzó a besarla, hasta que el fuego que ardía en él encendió una pequeña llama dentro de ella.

Entonces supo que la pasión que los unía, los llevaría al cielo, donde no había nada que temer y sólo existían la gloria y la belleza del amor.

—¿Te das cuenta de que hemos estado casados durante tres días completos? —preguntó Agatha mientras tomaban el desayuno en la terraza.

—¡Tres días perfectos, mi amor! —afirmó el marqués.

Ella extendió su mano y él se la llevó a los labios.

—Se me olvidó decirte que esta mañana estás más bonita que ayer —comentó el marqués.

—¿Lo dices de veras? Siempre tengo miedo de que un día te despiertes y te des cuenta de que estás aburrido de mí… como te has aburrido de todas las demás… damas, que has conocido en el pasado.

—¿Con quién has estado hablando?

—¡Con Havers, por supuesto! —rió Agatha—. Él me dijo que jamás había visto a milord tan joven, y que también había perdido esa mirada de aburrimiento que siempre tenía antes.

—No debes escuchar a Havers cuando hable semejantes tonterías —exclamó el marqués.

—Estoy segura de que dijo la verdad. Pero, por favor, mi amor, no te aburras de mí.

—Tengo la sensación de que todo acerca de ti es tan nuevo y tan excitante, que no tendré tiempo en esta vida para conocerte por completo.

—Eso es lo que quiero que digas, pero me pregunto a cada momento cómo puede existir alguien tan maravilloso como tú.

—Eso es exactamente lo que quiero que tú pienses —dijo el marqués mientras se servía otra taza de café.

—Ahora te estás burlando —respondió Agatha—, pero debes enseñarme qué debo hacer para no aburrirte jamás.

El marqués la miró desde el otro lado de la mesa y pensó que ninguna otra mujer podía ser tan bella, y tan pura.

Agatha había despertado en él emociones y sensaciones que jamás había conocido.

Nunca había sentido por una mujer lo que ahora sentía por ella.

En parte se debía a que ella era completamente suya, un parte de sí mismo que jamás se resignaría a perder.

Él había sido muy cuidadoso cuando le hizo el amor, porque ella era del todo inocente.

Pero como, para Agatha, aquél había constituido un acto casi sagrado, había logrado despertar en él un éxtasis espiritual, muy diferente al goce de los sentidos que había conocido en el pasado.

A cada momento que pasaban juntos sentía que la amaba más.

Como si leyera sus pensamientos, Agatha le dijo:

—Cada vez que me besas pienso que es imposible quererte más. Anoche nuestro amor fue tan maravilloso, que me parecía que ya no era un ser humano, sino un… ángel.

—Yo me aseguraré de que seas humana —dijo el marqués, y el fuego de la pasión asomaba a sus ojos.

—Será mejor que primero tomes el desayuno —rió Agatha.

Como si no pudiera evitarlo, ella extendió su mano hacia él y en aquel momento apareció Havers junto al ventanal.

—¿Qué deseas? —preguntó el marqués.

—Es muy temprano para visitas, milord —dijo Havers—, pero sus Excelencias, el Embajador Inglés y el Embajador de Balutik, acaban de llegar.

Hubo un leve silencio antes de que el marqués contestara:

—Informe a sus Excelencias que bajaré tan pronto como me sea posible.

—Muy bien, milord.

Havers se retiró y el marqués notó que el rostro de Agatha se ensombrecía de preocupación.

—¿Les dirás que estamos… casados y que no hay ninguna posibilidad de que yo sea la… esposa del príncipe?

—¡Por supuesto que se lo diré!

—Hazlos entender que no había otra manera de salvarme y pídeles que se lo expliquen a la Reina.

—Déjalo de mi cuenta.

Él, levantándose puso las manos alrededor de ella. La atrajo hacia sí y observó que Agatha estaba temblando.

—No hay nada que temer —dijo el marqués con voz calmada—. ¡Eres mía en cuerpo y alma, y no habrá ningún poder sobre la tierra que pueda separarte de mí!

La besó y los labios de ella se aferraron a los suyos.

El marqués comprendió que preferiría enfrentarse al mundo entero antes que perderla y que ya no le importaba que llegaran a exiliarlos a ambos por lo que habían hecho.

—¡Te amo! —exclamó él con voz suave.

Entonces se alejó para dirigirse a su vestidor.

* * *

Diez minutos más tarde, y aparentando completa calma, el marqués bajó sin prisa por la escalera.

Sólo alguien que le conociera mucho y por supuesto, Agatha, hubieran adivinado la tempestad que llevaba en el alma por la forma agresiva como levantaba la cabeza.

Havers había conducido a los dos caballeros al salón, y les había ofrecido a cada uno una copa del mejor vino del marqués.

Ellos se pusieron de pie cuando lo vieron entrar y el embajador inglés le extendió la mano, diciendo:

—Recibí su mensaje, milord, y vine tan pronto como me fue posible. También he traído conmigo al Embajador de Balutik, el Barón Von Wildenstein.

El marqués estrechó la mano del barón, quien dijo en inglés:

—Milord, tengo noticias muy tristes para Lady Agatha; quien según tengo entendido, se encuentra aquí descansando del infortunado encuentro que tuvieron ustedes con los bandoleros de Albania.

—Sí, Lady Agatha se encuentra aquí —admitió el marqués.

Su excelencia parecía no encontrar las palabras adecuadas para continuar.

—Con mucha pena debo decirle —dijo por fin— que informe a Lady Agatha que su prometido, el Príncipe Fredrick, ha sido asesinado. Un anarquista le dio muerte cuando se dirigía hacia el monasterio donde los bandoleros los tomaron prisioneros y masacraron a sus soldados.

—¿El príncipe está muerto?

—Lanzaron una bomba sobre el carruaje de Su Majestad cuando él se aproximaba al monasterio.

Por un momento el marqués permaneció en silencio y luego el embajador inglés le dijo:

—Ya le he enviado un mensaje a la Reina con noticias acerca de la tragedia. Sé que Su Majestad lo sentirá mucho y, por supuesto, milord, usted hizo lo correcto al sacar a Lady Agatha del monasterio. Me causa una gran admiración la forma como lograron ustedes escapar.

El marqués pensó que no tenía objeto dar explicaciones y se limitó a bajar la cabeza.

—Supongo que milady se encuentra lo bastante bien como para que yo pueda verla y expresarle mis condolencias por lo sucedido —dijo el barón.

—Me temo que no —repuso el marqués con firmeza—. Como comprenderá, Lady Agatha está muy afectada por lo ocurrido, y estimo que s mejor que se le deje lo más tranquila posible, para que trate de olvidar lo que para ambos fue una experiencia muy desagradable.

—Sin duda lo fue —convino el embajador—, aunque nosotros todavía no tenemos información detallada acerca de lo que sucedió.

—Hay muy poco que contar —observó el marqués tratando de restarle interés al asunto—. Los bandoleros eran muchos, y se habían apoderado del monasterio antes de que nosotros, que viajábamos con una escolta inadecuada, llegáramos a un punto del camino que resultaba ideal para una emboscada.

Miró directamente al embajador de Balutik, pues sabía que él se iba a sentir incómodo ante sus palabras.

—Según tengo entendido —continuó el marqués—, en el castillo donde debíamos pasar la noche nos estaban esperando más tropas, pero no dieron señales de vida y yo logré escapar con Lady Agatha a la mañana siguiente.

Se volvió hacia el embajador inglés y le dijo:

—Estoy seguro, Excelencia, de que usted espera, como yo, que Su Majestad la Reina comprenda que nada puede hacerse acerca de Lady Agatha hasta que yo pueda escoltarla de regreso a Inglaterra. Sin embargo, pienso que pasará un poco de tiempo antes de que ella pueda hacer el viaje.

—¡Desde luego! —convino el embajador—. Comprendemos, y estoy seguro de que, en esta maravillosa villa, Lady Agatha pronto recobrará la salud y las energías.

—Permítame darle las gracias a Su excelencia por facilitar las cosas para ella.

—De inmediato enviaré un informe a Su Majestad acerca de lo que ha ocurrido —dijo el embajador.

—Gracias —respondió el marqués.

Se preguntó qué pensaría Su Majestad cuando se enterara de que su castigo había cambiado la vida de él y le había proporcionado una felicidad que jamás esperó encontrar.

El Embajador de Balutik terminó de beber su copa de vino, como si no pudiera desperdiciar algo tan bueno, y el marqués le preguntó:

—¿Tiene usted alguna idea de quién será el próximo gobernante de Balutik?

—Supongo que, como el príncipe no tuvo hijos, su hermano menor heredará el poder. Es un joven agradable y de carácter sencillo a quien, siento decirlo, le agradan más las costumbres francesas que las de su propio país.

El embajador de todos modos, no pareció darle importancia al asunto y después añadió:

—El futuro monarca está casado y su esposa lleva en las venas sangre francesa. Sólo espero que él se esfuerce por adoptar las costumbres disciplinadas de su hermano.

El marqués pensó que al país le agradaría lo contrario; pero por cortesía, no expresó su opinión.

Dio las gracias a ambos embajadores por haber ido a verlo y prometió darle la noticia a Lady Agatha tan pronto como ella se encontrara en condiciones de recibirla.

Mientras los veía alejarse por el camino, pensó que nada podía ser más afortunado. Una vez más había ocurrido un milagro cuando menos lo esperaba.

Esto significaba que, cuando él anunciara su matrimonio con Agatha, cosa que podía esperar dos o tres meses, el compromiso parecería haberse producido de una manera natural.

No había necesidad de explicar que el abate los había casado para defenderla de los bandoleros y que, por lo tanto, a ella le hubiera resultado imposible, desde aquel instante, casarse con el príncipe.

Mientras subía por las escaleras apenas podía creer que todo se hubiera resuelto tan favorablemente para ellos.

El marqués sabía que ahora su luna de miel sería todavía más perfecta y más libre de cuidados que hasta ese momento.

Como hacía calor, se quitó su bien cortada chaqueta y se aflojó la corbata mientras se acercaba a la habitación donde había dejado a Agatha.

Abrió la puerta y Agatha, que estaba parada junto a la ventana mirando al mar, corrió hacia él.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó—. ¿Está todo bien?

—¡Todo está perfecto! —respondió el marqués.

Tiró su chaqueta y la corbata al suelo y estrechó a Agatha en sus brazos.

Él sabía que ella debía estar muy preocupada temiendo que algo saliera mal, o de que a él lo castigaran por casarse con ella, pues era difícil que nadie en Inglaterra comprendiera cómo se habían desarrollado las cosas.

Cuando el marqués se disponía a besarla, ella le puso un dedo sobre los labios y le pidió:

—Primero dime qué pasó. ¡He estado muy preocupada por ti!

—No tienes por qué estarlo —dijo él—. El embajador de Balutik vino a informarme que el Príncipe Fredrick está muerto.

—¿Muerto? —exclamó Agatha—. ¡No puedo creerlo!

—Pero es cierto —respondió el marqués—, y ahora tenemos que agradecérselo a los anarquistas.

—¿Qué… ocurrió? No entiendo.

—Recordarás que el abate dijo que entre los bandoleros había uno o dos anarquistas.

—¿Fueron ellos quienes mataron al príncipe?

—Según parece, cuando en el castillo se enteraron de lo que había sucedido, el príncipe se puso en camino hacia el monasterio y al atravesar el valle alguien lanzó una bomba dentro de su carruaje.

Agatha suspiró y apoyó la cabeza sobre el hombro del marqués.

—¿Crees que yo debería sentir pena por él?

—¡Simplemente olvídalo! Opino que obtuvo su merecido. ¡Lo único que debe importarnos es el Dios a quien tú le rezaste, el Dios que nos casó y quien ha cuidado de nosotros de un modo tan admirable que casi no puedo creer que esto no sea un sueño!

Él se acercó un poco más a Agatha para decirle:

—Nadie, excepto el abate, sabe que estamos casados y vamos a tener una luna de miel muy larga. Sólo cuando todos se hayan olvidado del Príncipe Frederick de Balutik, regresaremos a Inglaterra, y anunciaremos que yo ya no soy un soltero disponible.

Agatha rió.

—¡Oh, querido, qué maravilloso! Y ahora ya no existe la posibilidad de tener que anular nuestro matrimonio.

El marqués rió.

—Eso es algo que yo jamás tuve la intención de hacer. Y ahora que ya eres realmente mi esposa, ten la seguridad de que el Vaticano ni siquiera aceptaría la solicitud.

Ella volvió el rostro hacia él y el marqués la miró antes de decir:

—¿De veras crees que podría perderte?

—¡Soy tuya… completa y absolutamente… tuya! —exclamó Agatha—. ¡Oh, querido! Vamos a enviar otro donativo de agradecimiento al abate.

—En estos momentos siento deseos de darle todo cuanto poseo. Todo, excepto a ti.

Su voz reflejaba una pasión que no había expresado antes y, como si pensara que estaban perdiendo el tiempo parados allí, tomó a Agatha en sus brazos y la llevó a la cama.

La luz del sol iluminaba la habitación y él se acostó junto a ella.

Sus labios buscaron los de Agatha, sus manos acariciaron su cuerpo, y ella pudo sentir cómo el corazón de él latía con inusitada fuerza contra el suyo.

Se amaron con serena calma, pues tenían la vida por delante y el temor de que el destino pudiera separarlos había desaparecido.

Él besó el cuello y los senos de Agatha, hasta que ella se estremeció, inquieta, y él supo que las llamas del amor ardían con fuerza dentro de su cuerpo.

—Te amo —murmuró ella, y su voz fue más apasionada que nunca.

—Dime cómo te sientes —exigió el marqués.

—Salvaje y… muy… excitada.

Las palabras surgieron entrecortadas de sus labios y, con un grito que resonó por toda la habitación, suplicó:

—¡Ámame, mi adorado, mi maravilloso esposo, ámame!

Una vez más, el marqués la transportó hasta el paraíso privado de los dos, que les pertenecería por toda la eternidad.

FIN