Capítulo 6
Hubo un momento de tensión mientras el marqués meditaba en lo que el abate le acababa de decir y en aquel momento una mano fría y temblorosa tomó la suya.
El marqués se volvió y miró los ojos de Agatha, que lo observaban suplicantes.
Una leve sonrisa asomó al rostro del marqués al pensar en la forma como se estaban desarrollando las cosas.
—En ese caso debo pedirle, Reverendo Padre —contestó—, que me case con Lady Agatha de inmediato.
—Eso es lo que pensé que iba a responder —replicó el abate—, pero ese matrimonio no será completamente válido a menos que uno de ustedes haya sido bautizado como católico.
El marqués sintió que los dedos de Agatha temblaban de nuevo entre los suyos al decir:
—Al nacer fui bautizada como católica, pues nací antes de tiempo, cuando mi madre se encontraba visitando a mi abuela en Rumanía. Como pensaban que no viviría, mi abuela mandó llamar a un sacerdote.
Hizo una pausa, y al ver que los dos hombres la escuchaban con mucha atención, continuó:
—Más tarde, cuando regresamos a Inglaterra por insistencia de mi abuelo, el duque, fui bautizada de nuevo en la parroquia donde se encontraban enterrados todos mis antepasados.
—Entonces, por lo que a mí respecta, usted es católica —dijo el abate con voz suave—. Por lo tanto, hijos míos, no hay tiempo que perder. ¡Vengan conmigo!
Mientras hablaba se puso de pie, y abrió una puerta que comunicaba directamente con la capilla.
Ésta era pequeña, tranquila y poco iluminada, pero muy adecuada en su sencilla austeridad.
La lámpara del santuario parpadeaba frente al altar y el abate, después de hacer una genuflexión, hizo una señal a Agatha y al marqués para que se arrodillaran frente a él.
Fue una ceremonia breve, y cuando el marqués repitió las frases indicadas con voz firme y decidida, Agatha pensó que su voz sonaba débil y asustada.
Pero, a la vez, su corazón cantaba de una forma extraña, sintiendo que, mientras se mantuviera bajo la sombra protectora del marqués, estaría a salvo, no sólo de los bandoleros, sino de todo cuanto la había aterrado desde que salió de Inglaterra.
El marqués puso en el dedo de Agatha un anillo que por casualidad, no le habían quitado los bandoleros. El abate lo bendijo y se arrodilló un momento para rezar antes de conducirlos de nuevo a su despacho.
Cuando los tres se sentaron como lo habían hecho antes, el abate, como queriendo ir al grano, dijo con una voz muy diferente a la que había usado durante la ceremonia:
—Ahora, milord, ¿cuánto sugiere que yo ofrezca como rescate por usted y por su esposa?
—Lo dejo a su criterio, Reverendo Padre —respondió el marqués—, y supongo que ellos entenderán las dificultades que habrá para obtener el dinero en efectivo.
El abate asintió, como si él también hubiera pensado en eso y el marqués continuó:
—Puedo darles una orden de pago contra un banco en Atenas o en Nápoles, y supongo que nosotros tendremos que permanecer aquí, como sus prisioneros, hasta que alguien pueda regresar con el dinero.
—Eso será inevitable —aseguró el abate.
—Sugiero —continuó el marqués—, que les ofrezca cinco mil libras por mi esposa y por mí, aunque estoy dispuesto a ofrecer mucho más, y otras mil si permiten que mi valet nos atienda.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Espero que nos puedan alojar en algún lugar donde podamos tener un poco de intimidad, sin tener que compartirlo con otras personas.
—Ya había pensado en eso —dijo el abate—, y, si me esperan aquí, iré a hablar con ellos para ver si están de acuerdo.
Se levantó y salió de la habitación, dejando solos a Agatha y al marqués.
Hubo un momento de silencio antes de que el marqués dijera con calma:
—Estoy seguro de que, una vez que estemos en libertad, será posible anular el matrimonio, considerando las circunstancias en las que se llevó a cabo.
Agatha no respondió. Sólo volvió la cabeza, como si no deseara que el marqués la viera.
Como él no habló, ella dijo después de un momento:
—Lo… siento.
—No tiene por qué disculparse. Quien se ha comportado de una manera deshonrosa es el Príncipe Fredrick. Él debió haber enviado un número mucho mayor de soldados para protegerla, y haber vigilado todo el camino para evitar que los bandoleros nos sorprendieran de una manera tan inicua.
El marqués habló con enojo al pensar en las vidas que se habían perdido y en el caos que habían logrado crear los bandoleros.
Pero a la vez supo, sin que ella se lo dijera, que Agatha estaba inmensamente feliz de no tener que continuar hacia Balutik para casarse con el príncipe.
Ella se volvió hacia el marqués y preguntó:
—¿Estaré seguro el Reverendo Padre de lo que dijo? Ahora que estoy casada, ¿ya no me llevarán a Macedonia?
—Estoy seguro de que, como mi esposa, estará segura —afirmó el marqués para tranquilizarla.
El abate pareció tardar años en regresar, y cuando por fin lo hizo, el marqués supo, por la leve sonrisa que brillaba en su rostro, que los bandoleros habían accedido a su propuesta.
—Los bandoleros han aceptado —dijo el abate cuando llegó junto a ellos—, y enviarán de inmediato a dos hombres a Atenas con la orden de pago que usted expedirá. Cuando regresen con el dinero, los dejarán en libertad.
—¿Cree que cumplirán su palabra? —preguntó el marqués.
Miró con fijeza al abate, y ambos hombres supieron que estaban pensando en Agatha y no en la libertad que podía comprarse con dinero.
—Sé que tienen la intención de hacerlo —respondió el abate—, pero si ellos deciden avanzar hacia el sur para encontrarse con sus mensajeros, ustedes quizá tengan que ir con ellos.
El marqués frunció el ceño y el abate continuó diciendo:
—Mientras tanto, he hecho arreglos para que ustedes permanezcan bajo mi custodia, en un lugar donde a veces los demás monjes no encerramos para ayunar en soledad.
Agatha pareció sorprendida, y el marqués sintió cómo ponía su mano entre las de él cuando ambos siguieron al abate hacia el claustro.
A un lado del monasterio había una puerta y el marqués vio, afuera, una pequeña cabaña de piedra.
Cuando llegaron a la cabaña advirtieron que consistía en dos habitaciones, una de las cuales era un dormitorio y la otra contenía un reclinatorio situado frente a un gran crucifijo, una mesa y una silla.
—No es un lugar muy cómodo —dijo el abate—, pero, por lo menos, aquí estarán a solas.
—Eso es más importante que cualquier otra cosa —observó el marqués—, y le estamos profundamente agradecidos.
—Gracias, Reverendo Padre —dijo Agatha—. Pero estoy muy preocupada por Greta, mi doncella, quien cuidó de mí durante el viaje.
—Como ella es la más vieja de todas las mujeres, los bandoleros no tienen planes para ella, y se encuentra en estos momentos cuidando y atendiendo a los heridos. Hay un buen número de ellos y mis monjes son ancianos. Creo que sería mejor que no preguntara por ella, para que los malhechores no le concedan demasiada importancia.
—Sí, tiene razón —convino Agatha.
—También pedí —dijo el abate— que, como esta cabaña está bastante lejos para traerles alimentos, el valet del marqués se encargue de cuidar de ustedes, aunque exigen dos mil libras a cambio.
—Las pagaré con muchísimo gusto —aceptó el marqués.
Se sentó ante la mesa y, sacando algunos papeles de su chaqueta, redactó una orden de pago contra un banco de Atenas por la cantidad de siete mil libras.
Se dijo que estaría dispuesto a pagar muchísimo más con tal de librarse de unos hombres como aquéllos, quienes estarían dispuestos a cometer cualquier crimen por dinero.
—Hay una cosa más —dijo el abate—. Les he sugerido a los bandidos que ustedes no tratarán de escapar. En realidad, sería imposible hacerlo. Pero, a menos que deseen que los encadenen, espero poder confiar en que mantendrán su palabra.
—Puede estar seguro de eso, Reverendo Padre —le aseguró el marqués.
—Como le he dicho, tratar de escapar podría ser peligroso, y es del todo imposible. Permítanme enseñarles por qué.
El abate salió por la puerta por la que habían entrado y caminó un poco hacia el punto donde, a lo lejos, se podía ver el mar.
Se detuvo, y cuando Agatha y el marqués llegaron a su lado, señaló hacia abajo. Se encontraban parados al borde de un profundo precipicio.
A Agatha le pareció que la caída era de cientos de metros. Era inusitado que el mar llegara hasta aquel punto de la montaña.
El abate sonrió al ver su sorpresa y dijo:
—Esto es conocido como el «estero del diablo», y bastante gente ha perdido la vida tratando de escalarlo.
—Puedo prometerle con toda sinceridad que eso será algo que no intentaremos hacer —contestó el marqués.
Caminaron de nuevo hacia la casita y el abate los bendijo una vez más antes de regresar al monasterio.
El marqués vio dos paredes a ambos lados del monasterio que llegaban hasta el precipicio, y eso les impedía regresar por el camino por el cual habían llegado.
Comprendió que aquellos muros habían sido construidos para darles mayor seguridad a los monjes. Pero eso significaba que, aunque ellos no hubieran dado su palabra de honor, sería muy difícil escapar.
No le mencionó nada al respecto a Agatha, quien se encontraba mirando la pequeña cama con evidente expresión de horror.
Como adivinó lo que ella estaba pensando, él le dijo con voz casual:
—Si le preocupa que yo pase incomodidades para dormir, le aseguro que Havers, quien se enorgullece de poder lidiar con toda clase de problemas, me encontrará algo adecuado. Y no dudo de que el colchón de usted, aunque no esté lleno de clavos, de todas maneras le parecerá tan duro como si durmiera en el suelo.
Agatha rió al escucharlo.
—¿Cómo podíamos sospechar siquiera por un momento, que no iba a ocurrir esto? ¡Piense en todos esos… pobres… soldados que… murieron!
Había un leve estremecimiento en su voz y el marqués temía que ahora que el impacto había pasado, ella iba a reaccionar ante el horror que habían presenciado al bajarse del carruaje.
—Creo —dijo él—, que deberíamos dar gracias continuadas a Dios por nuestra buena suerte. Pero debemos pensar en nuevas ideas y nuevos temas con que ocupar nuestra mente.
—Eso es… exactamente el tipo de cosa que papá hubiera dicho —respondió Agatha—, y estoy segura de que tiene mucho sentido.
Tartamudeó un poco en la última palabra como si estuviera a punto de llorar.
Entonces, haciendo un gran esfuerzo por controlarse, Agatha se quitó el sombrero y la capa y los dejó sobre la cama.
El marqués, al observar su expresión, adivinó que estaba pensando en la baronesa y en las jovencitas que los bandoleros llevarían a Macedonia.
Como estaba preocupado por la reacción de ella, le dijo:
—Agatha, ahora voy a ver cómo se las arregla para convertir en un hogar un lugar tan pequeño como éste. Después de todo no le resultará tan difícil, teniendo en cuenta que ya ha tenido la experiencia de contar con sólo con una tienda de campaña y quizá, en otras ocasiones, únicamente con la sombra de un árbol.
—Tiene razón —respondió Agatha—. Estoy segura de que, si llueve, el techo que tenemos nos protegerá por el momento, y es más de lo que papá y yo tuvimos en no pocas ocasiones.
El marqués rió, consciente de que había aplacado sus emociones y se dijo que eso era algo que quizá tendría que hacer muchas veces más en el futuro.
Media hora más tarde apareció Havers cargando uno de los baúles de Agatha. Lo depositó en el suelo y ellos vieron que los bandoleros habían roto la cerradura y que Havers había guardado adentro alguna de la ropa que habían sacado los malhechores en busca de tesoros.
Los bonitos vestidos de Agatha y los elegantes trajes del marqués se encontraban todos revueltos.
Había zapatos y ropa de noche, medias y ropa interior, todo amontonado en un enorme bulto. Pero, al menos, se habían salvado de la destrucción.
—He aquí una buena revoltura de peces —observó Havers y como él solía decir esas cosas en circunstancias semejantes, el marqués rió.
—No cabe duda de que ha sido usted muy listo, Havers, al traernos, por lo menos, algo con qué vestirnos.
—Espero, milord, poderles conseguir algo de comer —respondió Haverse—. Los bandoleros están asando un buey en medio del patio, pero dudo que a milady le parezca apetitoso.
—Tendremos que conformarnos con cualquier cosa que usted pueda conseguirnos —respondió el marqués.
—Eso es cierto, milord, pero tendré que tener cuidado de no ofenderlos. Uno de los soldados discutió con uno de esos cerdos, que estuvo a punto de matarlo.
Agatha lanzó un grito de horror y Havers dijo:
—No se preocupe, milady. Me acerqué a ellos y hay uno que habla francés y me he entendido muy bien con él. Me ayudó a guardar la ropa y guardó muchas otras cosas en una celda del monasterio.
Miró alrededor de la casita y dijo:
—Aquí no hay mucho espacio para guardar la ropa.
La manera como lo dijo hizo reír a Agatha.
La cena fue la misma que la de los monjes y consistió en algo de sopa, unas rebanadas de pan negro y un poco de queso de cabra.
Tanto el marqués como Agatha tenían mucha hambre y se comieron todo cuanto Havers les trajo.
Cuando terminaron de cenar, lo cual no les tomó mucho tiempo, Agatha dijo:
—Debemos imaginarnos que estamos disfrutando de algo delicioso que su chef de Londres le ha preparado en la casa de campo, y que está bebiendo el mejor clarete, o champaña.
—¡Dudo que la imaginación pueda llegar tan lejos! —exclamó el marqués.
—Pues tendrá que intentarlo —replicó ella con firmeza—; porque, de lo contrario, después de unos días se pondrá usted de tan mal humor que yo le volveré a tener miedo, como se lo tuve cuando subió al barco en Tilbury.
—Ya le he pedido disculpas por eso.
—Sí, ya lo sé y, gracias a Dios, cada momento que paso a su lado me hace sentir que no estoy sola.
Agatha unió sus manos y continuó diciendo:
—¿Se imagina como hubiera resultado todo esto si no lo hubieran enviado a usted a representar a la Reina y al Príncipe Consorte?
La expresión de sus ojos era muy elocuente y el marqués respondió:
—Estoy seguro de que podemos atribuirlo todo al destino, o quizá a sus oraciones, que fueron respondidas de un modo muy extraño.
Él recordó que había pedido que ocurriera un milagro que evitara que Agatha tuviera que ir a Balutik, pero si aquélla era la respuesta, era, por cierto, una que él no había esperado.
Aunque no lo dijo, no pudo evitar pensar que, cuando el príncipe se enterara de lo que había ocurrido con su prometida, cosa que sin duda ocurriría al día siguiente, enviaría un gran contingente militar para rescatar a su novia.
Si esto ocurría, los bandoleros seguramente se alejarían, llevándose consigo a los prisioneros. Aquello era algo que le preocupaba mucho, pero no intentaba mencionárselo a Agatha.
Así que trató de alentar las fantasías de ella acerca de la comida y, un poco más tarde, habló acerca de cómo planeaban dormir esa noche.
—Supongo que lo mejor que podemos hacer es dormir por turnos en la cama y mantener «guardias», como lo hacen a bordo de los barcos —sugirió Agatha.
El marqués sonrió.
—Pienso que debería actuar como un caballero, y decir que no me molesta dormir en el suelo.
Comprendió que a Agatha no se le había ocurrido pensar que, como ahora estaban casados, podían compartir la pequeña cama.
Supuso que ella recordaría que él le había dicho que sería posible anular el matrimonio y que, por lo tanto, deberían seguirse comportando de una manera tan impersonal como lo habían hecho durante el viaje.
Sin embargo, él no había tomado en cuenta el ingenio de Havers.
Después de que hubieron terminado su frugal cena, el valet llegó cargando un colchón sobre sus espaldas y una frazada y almohadas.
Puso el colchón sobre el piso, haciendo a un lado el reclinatorio, y dijo:
—Ahí tiene esto, milord, No está hecho de pluma de ganso, pero es mejor que nada.
—Sin duda lo es —exclamó el marqués—, y me parece muy hábil de su parte el haber podido conseguirlo.
—Lo obtuve de uno de los monjes —explicó Havers—. Un buen tipo que piensa que la falta de comodidades es beneficiosa para su alma.
—¿Quiere decir que éste es su colchón? —preguntó el marqués.
—Lo convencí de que usted lo necesitaba más que él, milord.
Después de darle las buenas noches a Havers, el marqués le dijo a Agatha:
—No hay nadie como Havers para un momento de apuro. Siempre está sonriendo y nada parece desanimarlo nunca.
—¡Ya me he dado cuenta de eso, y me parece que es maravilloso!
Agatha miró uno de los preciosos camisones de dormir adornado con encajes, que estaba listo sobre la cama.
También la camisa de noche del marqués estaba colocada sobre el colchón, tal como si estuviera en Londres.
De pronto, ella rió.
—¿De qué se ríe? —preguntó el marqués.
—Pensaba que, si Havers es fantástico, también lo es usted —respondió—, por tener un valet tan diligente. Cuando mamá ya no estuvo con nosotros yo cuidaba de papá, pero nunca fui ni la mitad de hábil.
—Soy lo bastante hábil como para darme cuenta de que está muy cansada, Agatha. Mañana buscaremos la manera de entretenernos para que, como usted dice, yo no me vuelva desagradable.
Él se estaba burlando, pero la expresión de Agatha se tornó muy seria cuando dijo:
—Quiero darle las gracias por ser tan bondadoso y por cuidar de… mí. Si usted no… estuviera aquí… creo que… ¡me lanzaría a la Barranca del Diablo!
—No debería decir esas cosas —objetó el marqués—, pues tengo que felicitarla por ser la mujer más valiente que jamás he conocido.
—¿Valiente? —exclamó Agatha sorprendida.
El marqués estaba pensando que cualquiera de las mujeres que conocía habría empezado a gritar durante el tiroteo y lo hubiera seguido haciendo después, al ver a todos los muertos a su alrededor.
¿Y qué decir del momento cuando ellos fueron hechos prisioneros por los bandoleros?
La mayoría de las jovencitas que conocía se hubieran puesto histéricas ante la idea de que las vendieran a algún turco en Macedonia.
Pero el comportamiento de Agatha había sido ejemplar y él había comprendido que ella era una persona fuera de lo común, además de ser muy bonita.
Mientras la miraba, se dijo que parecía emanar de ella una luz, y casi comenzó a pensar que se trataba de un ser cercano a la santidad.
Pero entonces, cuando la miró directamente a los ojos y percibió la suave curva de sus senos debajo de su vestido de moda, se percató de que también era muy mujer.
Se apartó de Agatha de una forma abrupta y le ordenó:
—¡Acuéstese, Agatha! Si me necesita sólo tiene que llamarme y la escucharé. Yo también estoy cansado.
—Buenas noches, milord y… gracias… una vez más.
Agatha entró en el pequeño dormitorio y, cerrando la puerta, comenzó a desvestirse.
Para entonces el sol se había puesto entre resplandores de oro y las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo.
Las ventanas no tenían cortinas, así que Agatha no encendió la vela que estaba sobre un banco junto a la cama.
Una vez que se hubo desvestido, colocó su ropa sobre la silla que Havers había traído de la habitación contigua.
El dormitorio estaba muy desarreglado con la ropa amontonada, y Agatha decidió que, al día siguiente, trataría de hacer que todo se viera mejor.
«Estoy segura de que el marqués es muy exigente», se dijo.
Pero le costaba trabajo decidir qué iba a hacer con la ropa que aún se encontraba dentro de baúl.
Se puso el camisón de dormir y se metió en la cama y, aunque hacía calor estuvo segura de que más tarde soplaría un viento fresco proveniente de las montañas o del mar. Por lo tanto, se cubrió primero con la sábana de crudo algodón y después con una manta.
Pensó que probablemente, los monjes no tendrían nada más caliente con qué cubrirse durante el invierno, y que quizá aquélla era otra forma de hacer penitencia.
«Son unos hombres muy buenos», pensó Agatha a punto de dormirse, «pero me alegro de no ser una monja».
A pesar de haber tenido tanto miedo por lo que la esperaba en Balutik, jamás se le ocurrió la posibilidad de entrar en un convento.
Quería permanecer en el mundo, conocer gente, hablar con todos y vivir su vida a plenitud.
Estaba segura de que así había vivido el marqués y ahora, al pensar en él, recordó lo amable que había sido con ella y se acordó también de que, por el momento, se encontraba casada con él.
«Tal como él le dijo, cuando estemos libres podremos obtener la anulación del matrimonio, pero por el momento los bandoleros no me tocarán».
Cerró los ojos y dijo sus oraciones, tratando de no pensar en los bandoleros ni en los soldados que habían quedado atrás, heridos o muertos.
Estaba empezando a quedarse dormida cuando de pronto se despertó con la sensación de que algo se había movido, pero al abrir los ojos le pareció que la habitación estaba muy oscura, pues no veía la luz de la luna que iluminaba el dormitorio cuando ella se metió en la cama.
Algo se había movido en la oscuridad y, asombrada, se dio cuenta de que alguien estaba bloqueando la ventana.
Se le erizó la piel y su mente no podía comprender lo que estaba ocurriendo.
La luz de las estrellas brilló detrás de algo enorme y desprovisto de forma.
La cosa se movió en silencio hacia ella y Agatha, preguntándose qué podía ser, se sorprendió cuando, de súbito, una mano le cubrió la boca y un gran peso cayó sobre su pecho, dejándola sin respiración.
Trató de gritar, pero no pudo moverse ni emitir ningún sonido.
El terror se apoderó de ella al comprender que se trataba del jefe de los bandoleros, quien le arrancaba el camisón de los hombros y comenzaba a tirar de la manta con la cual se envolvía ella ahora.
Su terror era tan intenso que Agatha sólo pudo pensar que la iban a matar.
* * *
Cuando Agatha se retiró a su cuarto, el marqués se había dado cuenta de que él también se encontraba cansado.
Tenía calor y se le ocurrió salir a tomar el fresco de la noche. No sólo lo inquietaba el calor, sino la perplejidad de comprender todo lo que habían pasado y lo que aún tendrían que soportar.
Aún temía por Agatha, no en el sentido de que la enviaran a Macedonia, sino que los bandidos buscaran una forma de deshacerse de él para tenerla a su disposición.
No se le había olvidado la manera como el jefe la había mirado en el patio.
Sabía que, si salía de la cabaña, uno de los guardias podría matarlo, alegando que trataba de escapar.
Por lo tanto abrió la ventana y, quitándose la chaqueta y la camisa, los tiro al suelo. Vestido solo con sus pantalones, se quedó mirando las estrellas. Después de un rato una leve brisa comenzó a soplar desde el mar.
Él permaneció pensando en un plan que le permitiera cuidar de Agatha y, si fuera posible, permanecer donde estaban, en el probable caso de que los bandoleros decidieran seguir adelante hasta que les fuera entregado el rescate.
Estaba casi seguro de que eso sería imposible, pero sabía que era la única manera de asegurar la seguridad de Agatha.
«Las mujeres bonitas son siempre un problema en situaciones como ésta», se dijo.
Nunca en su vida se había encontrado en una situación tan desagradable y menos con alguien tan joven, desamparada y bella como Agatha.
«En el peor de los casos, supongo que podría matarla a ella y después matarme yo», se dijo.
Pero no podía pensar en algo más atroz y, además, no tenía ningún arma, ni la posibilidad de obtener una.
Una vez más se repitió la pregunta que se había hecho desde que saliera de Inglaterra.
—¿Qué puedo hacer acerca de Agatha?
Siguió pensando en ella hasta que comenzó a cabecear y pensó que sería mejor recostarse en el colchón y dormir.
Entonces sintió un ligero ruido en la habitación contigua.
Fue solo un crujido, que pudo producirse cuando ella se movió en la cama y sin embargo, aunque pareciera irrazonable, él no pudo menos que ponerse de pie.
Se quitó las botas que había llevado puestas todo el día y, al caminar descalzo hacia la puerta cerrada, estuvo seguro de que no la despertaría.
Con mucha cautela dio la vuelta al picaporte y abrió la puerta.
La luz de la luna le permitió recorrer con la vista la habitación y entonces pensó que sus ojos lo engañaban; pues, sobre la cama vio una forma oscura y siniestra.
Un hombre estaba tirando de la manta y las sábanas que cubrían el cuerpo de Agatha.
El marqués, que había aprendido a actuar con rapidez en una emergencia, no dudó un instante.
No tenía arma, pero había aprendido el arte de la defensa personal durante sus viajes.
De un solo paso llegó junto a la cama y con la base de la mano golpeó con fuerza el cuello del bandido.
Asestó el golpe con toda su fuerza, que era considerable.
El bandolero cayó hacia adelante, como si estuviera muerto y él, tomándolo del cuello de la camisa, lo sacó de la cama.
Cuando la mano del hombre se retiró de su boca, Agatha dejó escapar un leve quejido, como el de un animal herido.
Quería gritar con todas sus fuerzas, pero no salía un solo sonido de su garganta y sólo pudo observar, aterrada, mientras el marqués levantaba al jefe del suelo.
Poniéndose al bandolero sobre el hombro, se dirigió a la otra habitación y de ahí al exterior.
La puerta no había sido cerrada, porque él había dado su palabra de que no tratarían de escapar.
Mientras caminaba con el bandolero sobre sus hombros, el marqués pensó que, si era visto, ahora se encontraba bien protegido.
Como el jefe era un hombre muy voluminoso, tuvo que caminar lentamente hacia el borde del precipicio. Entonces, con un solo movimiento, lanzó el cuerpo del hombre hacia el vacío, sin importarle si estaba muerto o no, y lo vio caer hasta llegar al mar.
Luego, sabiendo que sería un error permanecer allí, el marqués regresó con rapidez hacia la cabaña.
Agatha se encontraba sentada en la cama, con las manos sobre el destrozado camisón.
Tenía los ojos dilatados por las lágrimas y, como se encontraba atolondrada por lo que acababa de pasar, no parecía darse cuenta de la presencia de él.
El marqués cerró la puerta y se sentó en la cama junto a ella.
—Tranquilízate —le dijo con ternura—. Ya no volverá a molestarte.
Ella no respondió y él añadió con suavidad:
—¿Quieres algo de beber? Creo que hay agua en la otra habitación.
El marqués intentó moverse, pero las manos de ella lo detuvieron y comprendió que tenía miedo de quedarse sola.
Él la envolvió en sus brazos y, sosteniéndola contra su cuerpo, le dijo:
—Fue algo terrible para ti, pero ahora él está muerto. ¿Me entiendes, Agatha? ¡Está muerto! Lo tiré al barranco.
Fue entonces cuando ella se estremeció y, poniendo su cara contra el hombro de él, comenzó a llorar.
El marqués trató de sostenerla aún más cerca de sí, pues sabía que eso era lo que ella deseaba.
Luego, como resultaba más fácil y más cómodo, se recostó en la cama junto a ella y cuando la acercó a su cuerpo las lágrimas de Agatha brotaron como un manantial, y lloró como un niño que no puede controlar su pena.
Ella no cesaba de llorar y el marqués pensó que aquellas lágrimas estaban lavando un poco el horror que ella había acumulado dentro de sí desde el instante en que le dijeron que tenía que casarse con el Príncipe Fredrick.
Por el momento, él no podía hacer otra cosa que seguir sosteniéndola. Después, comenzó a acariciarle suavemente los cabellos que le caían sobre los hombros.
Cuando, por fin, el llanto comenzó a ceder, él se dio cuenta de que su hombro desnudo estaba empapado con las lágrimas de ella.
El cuerpo de Agatha, que en el primer momento había estado insensible y frío, ahora estaba caliente y él podía sentir, latiendo junto al suyo, el corazón de ella.
No dijo una palabra. No parecía haber necesidad de ello, pero sabía que lo único que ella deseaba era el consuelo de sus brazos, el hecho de saber que él estaba allí y que aquel horror había desaparecido.
Sólo cuando las lágrimas de ella cesaron, el marqués le dijo en voz muy baja:
—Ya todo está bien, Agatha.
—¡Pero puede… venir otro… hombre! —exclamó ella casi sin aliento.
—No lo creo posible —dijo el marqués—; pero, si lo deseas, me quedaré aquí contigo.
—¡No me… dejes, por favor… no me dejes!
Una vez más ella tembló de miedo y él contestó:
—Me quedaré aquí toda la noche, así que duérmete, Agatha. Estás muy cansada.
—¿No me dejarás… sola?
—Te prometo que no lo haré.
Él la estrechó un poco más contra sí, como para conformarla, y al hacerlo sintió que los dedos de Agatha se abrían sobre su pecho descubierto, tratando de asegurarse de que él no se movería sin que ella lo advirtiera.
Él se dio cuenta de que los ojos de ella se habían cerrado y de que, rendida por el cansancio, se había quedado dormida.
El marqués sonrió.
No pudo evitar pensar qué dirían sus amigos si lo vieran allí, acostado con una bellísima mujer, llevando ambos el mínimo de ropa posible.
Sabía que ellos darían a la situación una interpretación muy diferente a la realidad.
Él cerró los ojos. Pensó que lo que sentía por Agatha era muy distinto a lo que había sentido por cualquiera de las otras mujeres que conoció durante su vida.
Era una emoción tan diferente, que le resultaba casi imposible describirla con palabras.
Y, sin embargo, sabía que, si era lo suficientemente honesto consigo mismo, todo podía resumirse a una palabra de cuatro letras: amor.