Capítulo 7
Por un momento reinó un expectante silencio.
Entonces, mientras Lady Fernhurst empezaba a protestar, diciendo:
—¡Es ilegal!
Sir Richard se puso de pie de un salto.
—¡No es usted sino un vulgar cazafortunas! —gritó—. ¿Cómo se atreve a aprovecharse de una jovencita que viajaba sola sin nadie para protegerla? ¡Deberían fusilarlo!
Parecía escupir las palabras al conde, quien sólo lo miró al parecer inmutable ante su violencia.
—¿Cazador de fortunas? ¿De qué fortuna? —preguntó.
Sir Richard recordó demasiado tarde que se suponía que Thelma ignoraba el contenido del testamento de su tía abuela. Miró inquieto a Lady Fernhurst.
Para encubrir su error, la mujer repitió casi histérica:
—¡Es ilegal! ¡Por supuesto que es ilegal! ¡Lo acusaré ante las autoridades por abusar de una menor y casarse con ella sin el consentimiento de su padre!
El conde sonrió sarcástico y respondió con tranquilidad:
—Creo que le resultará difícil probarlo, Lady Fernhurst, y la mayoría de la gente considera que mi título, que se remonta al Siglo XV, es más importante que el de Sir Richard, por atractivo que milady lo considere a él.
Enfatizó la palabra milady, lo que indicó con toda claridad a la madrastra de Thelma que el conde estaba al tanto de sus relaciones con Sir Richard.
Durante un momento se sintió demasiado desconcertada para poder responder y el conde continuó con el mismo tono de voz:
—Por supuesto, con toda confianza me defendería de cualquier demanda que se entablara en mi contra o en la de mi esposa, ante la Cámara de los Lores.
Fue entonces que Lady Fernhurst comprendió que estaba derrotada.
Entre exclamaciones enfurecidas se dirigió hacia la puerta.
Cuando casi llegaba a ella, Sir Richard espetó al conde:
—Me gustaría retarlo por esto, Merstone, pero me atrevo a decir, al ver cómo vive, que no ha de tener ni para comprar balas.
—¡Si no sale de mi casa enseguida, lo haré echar! —amenazó el conde.
El tono en que lo dijo, sin necesidad de levantar la voz, fue suficiente para que Sir Richard retrocediera un paso.
En seguida, lanzando maldiciones entre dientes, siguió a Lady Fernhurst y al salir cerró de un portazo.
El conde se limitó a mirar hacia el pasillo alto; no obstante durante unos momentos, Thelma no se movió.
Y, mientras se incorporaba, lo vio mirar hacia ella, con una sonrisa en los labios.
Ella lanzó una exclamación de profunda felicidad y bajó apresuradamente la escalera, del último escalón brincó a los brazos del conde.
Este la abrazó con fuerza, mientras ella repetía incoherente:
—¡Me… salvaste! ¡Me… salvaste…! ¿Cómo pudiste… ser tan… hábil? ¿Cómo… pudiste… comprender?
Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero sus ojos brillaban.
El conde la besó apasionado, fiero, exigente, como si temiera perderla.
La besó hasta que Thelma sintió que la elevaba hasta las estrellas y nada más importó porque estaban juntos.
—Te… amo —murmuró ella—, te… amo.
—Y yo a ti, mi amor, mi preciosa, pero Dios sabe…
No pudo terminar porque lo interrumpió Watkins al entrar.
—Ya se fueron, señorita Thelma —dijo con satisfacción—, pero descubrí lo que se proponían. ¡Vaya par de pillos!
Apartándose de los brazos del conde, Thelma se limpió las lágrimas con el dorso de su mano.
—¿De veras… se… fueron? —preguntó.
—¡Salieron enfurecidos como el infierno! —Comentó divertido Watkins—. Cuando Dobson me contó lo que se proponían, le logré quitar esto para que no hubiera más problemas.
Mostró una hoja de papel y el conde vio que era una Licencia Especial de matrimonio, firmada por el Arzobispo de Canterbury.
Watkins se la entregó mientras decía:
—El cochero me dijo, milord, que era su intención de detenerse en la primera iglesia que encontraran para casar a la señorita Thelma con Sir Richard.
—Fue muy hábil de tu parte quitarles esto, Watkins —observó el conde.
Miró el papel y en sus ojos apareció un brillo especial.
—Tengo entendido —dijo con lentitud— que la señorita Thelma es muy hábil en el dibujo así que no le será muy difícil cambiar el nombre del novio.
Thelma lanzó una pequeña exclamación.
—Quieres… decir… oh… dime lo que… estás… pensando.
—Estoy pensando —respondió el conde—, que Watkins deberá ir a la aldea para avisar al vicario que lo necesito esta tarde, como a las siete.
Thelma lo miró y su rostro se puso radiante.
—Será una boda muy sencilla, mi amor, en mi propia capilla —continuó el conde—, pero cuanto más pronto te conviertas en mi esposa, será mejor. Además, me desagrada mentir.
Thelma contuvo el aliento.
—¿Será posible?
—Es importante que nos casemos antes de que tu madrastra y ese asqueroso amigo suyo piensen en otra forma de separarnos.
Thelma se estremeció y el conde añadió de inmediato:
—Una vez que seas realmente mi esposa, te juro que nada podrán hacer.
Con gesto protector abrazó de nuevo a Thelma y Watkins, sonriente, se dirigió hacia la puerta.
Estaba a punto de llegar a ella, Thelma gritó, como si de pronto hubiera pensado en ello:
—¡Espera, espera, Watkins! ¡Deseo que ayudes a su señoría!
Watkins se dio vuelta y el conde se mostró sorprendido.
Thelma se dirigió al escritorio y tomó las pinturas.
Con ellas estaba la hoja de papel donde escribiera la traducción del versículo en latín.
—Tengo algo que mostrarte en la capilla —dijo al conde—, y por favor… que Watkins venga también.
—Por supuesto, si es lo que deseas —respondió él.
Llevando las pinturas, Thelma los condujo hacia la escalera que conectaba el edificio principal con el ala oeste.
Cuando llegaron a la capilla que ella descubriera el día anterior, el sol entraba por las manchadas ventanas.
La capilla estaba bañada por la luz dorada del sol y ella no notó el polvo ni el deterioro general.
Cruzó el pequeño pasillo y se detuvo frente a los escalones del altar.
Entonces entregó su traducción al conde.
—Por favor, lee en voz alta las líneas.
—Haré todo lo que me pidas —respondió el conde.
Su forma de hablar y el amor en su mirada provocaron que el corazón de Thelma saltara emocionado en su pecho.
Con el deseo de complacerla, él leyó con voz profunda:
De rodillas te suplicamos
Thelma levantó su mano para indicarle que se detuviera y dijo:
—Si nos arrodillamos frente a los escalones miraríamos el Sacramento que debería estar en el altar.
El conde y Watkins la escuchaban con atención.
Entonces, como si adivinara su deseo, el conde leyó la siguiente línea:
Que esté protegido todo lo que amamos
Y que ojos malvados nunca vean
Lo que es de Dios.
Él se detuvo al terminar y la miró, como esperando una explicación.
—Lee lo que sigue —dijo ella.
—San Judas. V. 1, 2 —dijo el conde.
—Como vez, hay cinco escalones —señaló Thelma.
El conde miró hacia abajo y asintió con la cabeza.
—El uno indica la primera lápida que está justamente debajo de los escalones.
La indicó mientras hablaba.
Ambos hombres miraron la piedra que estaba colocada al centro, frente al altar.
Era la tumba de alguien que había muerto en 1661.
Se hizo el silencio. Entonces el conde dijo:
—No comprendo.
—Estoy segura —dijo Thelma—, que bajo esa lápida encontraremos lo que los sacerdotes que oficiaban en esta capilla intentaron evitar que cayera en manos de sus perseguidores.
El conde la miró y dijo:
—La capilla, junto con la casa que se erigió aquí, fue construida durante el reinado de María Tudor.
—Eso pensé —comentó Thelma—. La reina María, quien era católica, persiguió a los protestantes. Entonces, cuando su hermana Isabel subió al trono, como era protestante, persiguió, también, a los católicos.
Vio surgir en los ojos del conde una expresión de esperanza y emoción.
Él se volvió para hablar a Watkins, pero éste ya se dirigía a la salida de la capilla.
—¡Ya sé lo que desea su señoría, y voy a traerlo! —exclamó Watkins.
El conde se volvió hacia Thelma.
—¿Será posible que tengas razón?
Al decirlo pensó que el sol cayendo sobre su cabello rubio formaba un halo dorado que la hacía parecer muy hermosa y espiritual.
«Es un ángel», pensó.
Había llegado a él cuando se encontraba sumido en la desdicha y le había dado esperanza y fe en el futuro.
Existiendo o no el tesoro que Thelma estaba segura de encontrar en la capilla, comprendió que era parte de él y que no podría vivir sin ella.
«Sin importar lo que tenga que hacer, por duro o degradante que pueda ser», dijo a sí mismo, «la conservaré conmigo y nunca la perderé».
Como si comprendiera lo que estaba pensando, Thelma estiró la mano y la deslizó en la de él.
—Estoy rezándole —dijo con suavidad—, a San Judas, que es el Santo Patrón de las Causas Desesperadas. No puedo creer que nos falle ahora.
El conde levantó la mano de su prometida y la besó con ternura.
Así permanecieron bajo la luz del sol, con las manos enlazadas y ambos decidieron una plegaria en silencio.
Unos minutos después escucharon que Watkins regresaba a toda prisa.
Entró en la capilla con herramienta para levantar la pesada losa y una pala.
Sin hablar, entregó al conde una barra de hierro con una punta y juntos levantaron la losa de la lápida, que formaba parte del piso.
Ambos tuvieron que usar de toda su fuerza para mover esa piedra que había permanecido allí más de dos y medio siglos.
Cuando al fin lograron hacerla a un lado, Thelma entregó al conde la pala y éste empezó a cavar.
—Dos metros —susurró Thelma, casi entre dientes.
La tierra negra caía sobre el piso conforme él cavaba más hondo, hasta que sintió que la pala tocaba contra algo duro.
La dejó a un lado, se puso de rodillas y removió la tierra con las manos hasta poder asir lo que estaba enterrado.
Le pareció a Thelma una eternidad el tiempo que tardó en sacar lo que parecía estar ahí enterrado.
Primero cayó la tierra que lo cubría y después restos de la tela en la que ella supuso había estado envuelto.
El conde le sacudió el polvo y lo sostuvo en alto.
A la luz de los rayos del sol que se filtraban por la ventana, pudieron ver que se trataba de un cáliz.
Era de un bellísimo diseño que Thelma estaba segura era de oro, recubierto de piedras preciosas.
Había enormes rubíes, esmeraldas, diamantes y perlas que habían perdido su brillo.
Entonces se percató de que el conde lo miraba como no dando crédito a lo que veía.
Con suavidad, él le entregó al cáliz y volvió a inclinarse hacia el fondo del agujero.
Entonces Watkins terció:
—Me pondré en camino a la vicaría, milord. Cuando regrese, traeré a Walter y a Bill para que me ayuden a limpiar un poco este lugar.
No esperó la respuesta y se fue, entonces el conde se incorporó, tenía en las manos un pedestal para el cáliz también de oro y adornado con joyas.
—Tenías razón, mi amor —dijo a Thelma—. Todas las riquezas que la capilla poseía, estoy seguro, están ocultas aquí, ¡sólo tú pudiste tener la inteligencia y claridad para encontrarlas!
—Te estuvieron esperando a ti durante estos años —dijo Thelma—, para que pudieras utilizarlas en el momento más necesario y serían… no sólo para ti, sino para… las generaciones… que vendrán… después de ti.
El conde salió del agujero y la abrazó.
—Nuestros hijos y nietos verán la casa como debe ser —dijo con suavidad.
Dejó escapar un profundo suspiro, como si de sus hombros se hubiera deslizado un tremendo peso.
Entonces, cuando Thelma levantó los ojos hacia él, comprendió lo que ella deseaba y ambos se arrodillaron juntos frente al altar.
* * *
Tres horas más tarde, Thelma bajó de su dormitorio hacia el vestíbulo, donde sabía que el conde la esperaba.
Pensó, mientras lo hacía, que nadie habrá podido tener una boda más extraña y maravillosa ya que Dios los había bendecido más allá de sus más ambiciosos sueños.
Estuvo muy ocupada desde que salieron de la capilla.
El conde había dicho:
—Dejaremos el tesoro donde está hasta mañana. Lo más importante de todo es que te conviertas en mi esposa.
Condujo a Thelma a su habitación y le entregó la Licencia Especial para que la enmendara.
Después la besó hasta que ambos quedaron sin aliento.
Media hora más tarde, ella empezó a pensar en su atuendo de novia.
Al principio anheló tener algo más hermoso que lucir como traje de novia que el bonito pero sencillo vestido de gasa que llevara consigo.
Pero el conde le entregó un velo de encaje, diciéndole que había sido usado por las novias Merstone durante varias generaciones.
También, en un estuche de piel, le entregó una tiara de diamantes que se guardaba en la caja fuerte.
Por supuesto, había sido cuidadosamente incluida en el inventario, porque pertenecía al título, y como todas las demás joyas estaba reservada para los futuros Condes de Merstone.
El conde le colocó en el dedo un anillo de compromiso que databa de reinado de Carlos II y colgó en su cuello una gargantilla doble de diamantes.
Thelma ya la había visto en el retrato de una de las condesas, que fue una de las mujeres más bellas de su tiempo.
Cuando ya estaba vestida, apenas podría creer que no estaba soñando.
Sabía que el conde era el héroe de sus sueños y más maravilloso aún de lo que imaginara que podía ser un hombre.
«Lo amo», se dijo y se apresuró porque deseaba asegurarse de que todo era realidad.
Mientras descendía por la escalera de hermoso barandal tallado, con su gastada alfombra que ella sabía pronto sería reemplazada por otra nueva, pensó que ningún hombre podría ser más apuesto.
El conde la aguardaba vestido de etiqueta, la chaqueta cubierta con condecoraciones y el lazo rojo de una Orden colgando de su cuello.
No habló, sólo la miró con tal expresión de amor en sus ojos, que ella comprendió que nada importaba mientras pudieran estar juntos.
Ahora él la tomó de la mano.
Caminaron con tranquilidad hacia el corredor que unía al edificio principal con el ala oeste.
El vicario de la parroquia, quien tradicionalmente era también el capellán privado del conde, los esperaba.
Cuando entraron en la capilla, Thelma supo que sólo Watkins habría podido transformarla con tal rapidez.
El altar estaba bañado por la luz de muchas velas, cuya brillantez ocultaba los desperfectos ocasionados por el descuido y el polvo en la capilla.
En algún lugar, Watkins había encontrado una carpeta blanca bordada con hilos para cubrir el altar.
Walter y Bill debieron haber cortado cuanta flor encontraron en el jardín.
La lápida había sido vuelta a colocar en su sitio y una alfombra roja la cubría.
Al arrodillarse la pareja ante el altar, Thelma pensó en que abajo de ellos había suficientes riquezas como para que él sintiera que estaba en igualdad de circunstancias.
Ya no importa que ella poseyera una fortuna propia, pues él también la tenía.
A la vez, ahora podrían mejorar la casa en todos los sentidos, así como los asilos, las casas de los pensionados y las escuelas en la propiedad del conde, que serían un ejemplo para todo el país.
Él le puso en el dedo el anillo de bodas que perteneciera a su madre y se arrodillaron para recibir la bendición nupcial.
Thelma consagraría su vida entera a su esposo e hijos y rezó porque ellos también la amaran.
También se sentiría eternamente agradecida de que San Judas la hubiera salvado de casarse con un hombre al cual repudiaba.
«Gracias, gracias», musitó en silencio.
Comprendió que San Judas sería un santo especial no sólo para ella y el conde, sino también para sus hijos.
Mientras se incorporaba, el conde levantó una mano y se la besó.
—¡Mi esposa! —dijo con voz muy suave.
De la capilla se dirigieron al salón, donde el vicario bebió una copa de vino a su salud antes de regresar a la aldea.
En cuanto quedaron solos, el conde insinuó:
—¡Tenemos ya mucho tiempo de casados, mi preciosa y todavía no te he besado!
Thelma le ofreció sus labios.
—Bésame por favor… bésame —rogó—. No supe sino hasta anoche… que un beso podía ser tan… maravilloso.
La besó y ella sintió como si todo su cuerpo se fundiera en el de él y que sería imposible poder apartarse.
Cuando se separaron, entró Watkins a avisar:
—La cena está servida, para sus señorías.
Se dirigieron al comedor tomados de la mano y descubrieron que una vez más, Watkins había estado muy ocupado.
La mesa está decorada con flores blancas y la cena que les preparara era sencilla, pero deliciosa.
—Mañana —sugirió el conde—, podremos empezar a planear con exactitud cuánta gente necesitaremos en la casa para atendernos.
Thelma se rió.
—Creo que lo mejor será dejar eso en manos de Watkins. Disfrutará de hacerse cargo de la organización de la casa, mientras nosotros planeamos cómo redecorarla.
El conde extendió la mano y ella puso la suya encima.
—En este momento —expresó él—, no puedo pensar en otra cosa más que en cuánto te amo.
—Es lo que deseaba escucharte —respondió ella—. Al mismo tiempo, hay tantas cosas emocionantes que podemos hacer y sé que también desearás enriquecer tu zoológico.
—¡Es una idea que cruzó por mi mente! —admitió el conde.
—¡Lo convertiremos en el mejor zoológico privado del país! —prometió Thelma.
Hizo una pausa y entonces, mientras miraba a su marido un tanto turbada, exclamó:
—Desearía que… tal vez… pudiéramos encontrar… a algunos de los animales… nosotros mismos.
—Lo que quiere decir —respondió el conde—, ¡es que deseas viajar al extranjero!
—Sería maravilloso poder hacerlo contigo.
—Entonces eso haremos —dijo él—. Sin embargo, primero debemos convertir esto en un hogar digno al cual volver y asegurarnos de que la gente que vive aquí ya no sufra tanto como sufrió desde que la dejé a cargo de Cyril.
Thelma lanzó una exclamación.
—¡Ya no pienses en él! ¡No debemos mencionarlo!
El conde sonrió antes de agregar con suavidad:
—Tal vez de alguna forma extraña y llena de vericuetos, ya que fue el responsable de que pensara en montar un circo, hizo que llegaras a mi vida.
—Es verdad —asintió Thelma—, porque si no hubiera yo visto la gran tienda de lona y el tigre que conducían a su jaula, sólo habría visto la casa y seguido adelante.
—Fue el destino —respondió el conde—. Cuando entraste en la tienda pensé que no sólo eras la persona más bella que había visto en mi vida, sino también sentí dentro de mí que significabas algo especial.
—Yo sentí lo mismo —dijo Thelma—, más no podía ponerlo en palabras. Sólo comprendía que no deseaba… alejarme de ti.
Los dedos de él apretaron los de Thelma.
—Es algo que nunca harás.
Sus miradas se encontraron y después de un momento, él agregó:
—Vamos, mi amor. Deseo estar más cerca de ti de lo que podemos estar aquí y no hay nadie que pueda sorprenderse de que nos retiremos tan temprano.
Thelma sonrió con timidez.
Subieron por la escalera abrazados.
Al ver su dormitorio a oscuras, ella comprendió dónde dormiría esa noche.
Tal vez necesitaba pintura, nuevas cortinas y otra alfombra; sin embargo, a la luz de las velas el dormitorio del conde le pareció muy impresionante con su enorme cama de postes, sus cortinajes de terciopelo carmesí y los adornos tallados y dorados.
Había servido a generación tras generación de sus antepasados.
De nuevo, Watkins había colocado flores que perfumaba la habitación.
Thelma se dirigió a la ventana y descorrió las cortinas.
Las estrellas eran como diamantes en el cielo y más tarde, la luz de la luna llenó la habitación de su luz plateada.
* * *
Thelma se acercó un poco más al conde y presionó sus labios contra el hombro de él.
—¡Te amo! —susurró.
—¿Estás segura de ello? —preguntó él—. ¿No te asusté, mi amor?
—¡Siento como si me hubieras conducido a través de las Puertas del Paraíso! ¡No tenía idea de que pudiera sentirse tal éxtasis y continuar con vida!
El conde retuvo el aliento.
—¡Te adoro! —exclamó—. ¿Cómo es posible que haya yo sido tan afortunado como para encontrarte en el momento en que más te necesitaba? ¡Estaba desesperado, casi deseaba que una bala francesa me hubiera matado!
Thelma lanzó un pequeño grito.
—¿Cómo puedes decir algo tan cruel?
—Tú lo cambiaste todo —aseguró el conde—, y como dices, sólo en un sueño o en un cuento de hadas podríamos habernos conocido gracias a un circo.
—¡Un circo del amor! —Suspiró Thelma—. Tú lo organizaste por amor a tus animales. Entonces, cuando fuiste tan bondadoso como para invitarme a pasar aquí la noche, creo, aun cuando todavía no nos habíamos dado cuenta de ello, que fue por amor.
El conde apretó su brazo pero no la interrumpió y Thelma continuó:
—Yo deseaba ayudarte. Me sentí segura de que debía haber algo en la casa que no estuviera en poder del título y que permitiría vivir como tenías derecho a hacerlo. Fue el amor que me hizo rezarle a San Judas.
Los labios del conde se posaron en su frente, acariciando tiernamente la suavidad de su piel.
—Fue el amor el que trajo el tesoro que está en la capilla —aseguró—, y fue también quien trajo un tesoro todavía mayor, que será mío por toda la eternidad, que nunca perderé y que nadie me arrebatará.
La acercó más a él y añadió:
—¡Eres mía, mi preciosa, mía de forma completa y absoluta! ¡Juro que mataría a quien intentara separarte de mí!
—Soy tuya —dijo Thelma—, y ya no tengo miedo de que pudieran obligarme a casar con alguien como Sir Richard.
—¡Olvídalo! También, de una manera inexplicable, fue el responsable de que huyeras y eso te trajo a mí.
Thelma se rió.
—¡Es que la vida realmente es un circo y, en cierta manera muy emocionante!
—¡Me excitas hasta la locura! —Dijo con ternura el conde—. Y, a la vez, te venero, mi preciosa. Eres todo lo que deseaba encontrar en mi esposa y lo que pensé que jamás podría encontrar.
Thelma ocultó el rostro en el hombro de su esposo.
Y con voz tan suave que él apenas pudo escucharla, expresó:
—Ignoraba… que el amor… fuera tan… maravilloso. ¿Crees… que me habrás… dado un… hijo?
El conde sonrió.
—Tal vez —dijo—, pero, por supuesto, podemos intentarlo de nuevo para estar seguros.
La besó.
Al sentir una salvaje excitación surgir en su interior y comprender que también excitaba al conde, Thelma lo hizo bajar la cabeza hacia de la de ella.
Sintió como si el fuego en los labios de su esposo encontrara respuesta en el fuego que había en los suyos.
«Te amo… te amo», deseaba decir, pero el conde la transportaba en un rayo de luna hacia el cielo.
Las estrellas los rodeaban y cuando el éxtasis la embargó, estaban dentro de su mente, su pecho y su corazón.
Ella y el conde habían atravesado por el peligro, el desastre y el temor para encontrarse, pero ahora estaba a salvo, en los brazos del hombre que amaba.
—Te deseo —dijo el conde con voz enronquecida—, por favor… ámame.
Y, mientras la elevaba al paraíso, ella comprendió que su amor provenía de lo alto, era parte de Dios y de ellos para toda la eternidad.
FIN