Capítulo 6

Cuando ya el conde se había ido, Thelma fue consciente de que la besó en los labios.

Permaneció contemplando las estrellas y pensando que era lo más maravilloso que le había sucedido.

Fue desde antes que comprendió cómo todo su cuerpo vibraba hacia él.

Cuando rezara por el conde en la capilla, su oración tuvo origen en lo más profundo de su corazón.

Sin embargo, de alguna manera, hasta ese momento no había pensado en él como un hombre que se sintiera atraído por ella y que pudiera amarla.

Comprendió así que su más ferviente anhelo era ser dueña del amor del conde.

¡Por supuesto, lo amaba!

¿Cómo podía no hacerlo cuando era tan diferente a cualquier otro hombre que hubiera conocido y tan apuesto que parecía un dios griego?

Aparte de eso, llevaba algo en su interior que respondía a todo lo que el conde decía, a cada movimiento que hacía y ahora, a sus labios.

—¡Lo… amo! —dijo a las estrellas y pensó con desaliento que él nunca la amaría.

La besó, pero lo hizo sólo con la ternura que se besa a un niño.

«Soy demasiado joven, demasiado inexperta para él», se dijo. «Además, no pensaría siquiera en enamorarse, considerando la difícil posición en que se encuentra en este momento».

De alguna manera, pensó, debería convencerlo de que le permitiera quedarse y ella podría, con ayuda de Watkins, encargarse de que eso no le costara a él nada.

Al menos los animales de su zoológico podrían salvarse; no obstante, sabía que el conde ambicionaba mucho más que eso.

Quería que su mansión volviera a ser tan magnífica como en los tiempos de su padre y su abuelo.

Ella tenía dinero, ¿pero cómo decirle al conde lo acaudalada que era?

Sabía que hacerlo significaba herir su orgullo y volverlo más agresivo aún debido a sus carencias.

Repasó en su mente el problema una y otra vez hasta que, sin proponérselo, se quedó dormida.

* * *

Thelma, al despertar descubrió que el conde estaba de pie junto a su cama.

Al mirarlo, él se sentó al borde, frente a ella.

No llevaba consigo una vela, porque estaba amaneciendo.

Su silueta se recortaba contra el dorado traslúcido del sol naciente.

La luz penetraba lentamente en la habitación y aun cuando para ella era todavía difícil verle con claridad el rostro, él sí podía ver el suyo.

—Está preciosa esta mañana —dijo con ternura.

Todo lo ocurrido volvió a la mente de Thelma.

—¿Qué… sucedió? —preguntó—. ¿Qué… hizo?

El conde enlazó su mano a la de ella.

—Watkins me ayudó a meter el cadáver de mi primo en la casa —contestó—, y ahora se fue a la aldea para recoger al doctor y averiguar si hay un féretro para poner el cuerpo de Cyril.

Su voz se hizo más profunda al agregar:

—Es un cuadro desagradable y cuanto menos gente lo vea, mejor.

Los dedos de Thelma apretaron los del conde.

—¡Ahora… está su señoría… a salvo!

—Así es y te lo debo a ti —la tuteó—. Si no hubieras evitado que abriera la puerta del frente, yo habría salido pensando que uno de mis tigres estaba herido.

—Fueron las gallinas de guinea las que me despertaron —murmuró Thelma.

—Creo que también fue una respuesta a tus oraciones —aseguró el conde de forma inesperada.

Él pudo ver en esos momentos los ojos de ella brillar bajo los primeros rayos del sol matutino.

—Lo que voy a hacer ahora —dijo—, es ir en Dragonfly, si me lo permites, a la casa del alguacil, que está a unos kilómetros de aquí.

—Por supuesto que puedes llevarte a Dragonfly —contestó Thelma—, pero ¿tardarás… mucho?

La ansiedad con que hizo la pregunta indicó al conde que deseaba estar con él.

—Me temo —respondió con suavidad—, que en cuanto estén aquí el doctor, el alguacil y varias otras personas con quienes también debo ponerme en contacto, tendrás que mantenerte oculta.

Comprendió que se sentía desilusionada y añadió:

—Mi mayor deseo es quedarme aquí y decirte lo adorable que eres; sin embargo, hay mucho que atender antes que esté en libertad de poder hacerlo.

Ella lo miró con sorpresa y entonces él se inclinó, la rodeó con los brazos y la ciño con fuerza.

Sus labios se posaron en los de ella y la besó de manera muy diferente a como lo hiciera la noche anterior.

Ese beso intenso, exigente y posesivo, tomó a Thelma por sorpresa.

A la vez, ella sintió que algo maravilloso despertaba en su interior.

Era como si el espíritu de la vida se moviera a través de su cuerpo y vibrara desde sus labios para alcanzar los de él.

Mientras ella se rendía por completo a la maravilla de sus besos, él movió uno de sus brazos.

Thelma sintió su mano sobre su seno.

Como fue tan inesperado y podía sentir la fuerza de sus dedos a través de la delgada tela de su camisón, instintivamente levantó las manos para apartarse de él.

—¡No… por favor… no!

Estaba insegura de su protesta.

Sólo sabía que, de una forma que no comprendía, estaba asustada de los sentimientos de él y de los suyos propios.

El conde se puso rígido.

Entonces, poco a poco, separó sus labios de los de ella y levantó la cabeza para mirarla.

No habló y después de un momento, con voz muy débil Thelma expresó:

—Por favor… no debes… tocarme… así.

El conde apartó su otro brazo de ella y se incorporó.

Como pensó que lo perdía, Thelma extendió las manos para retenerlo.

—Te amo —dijo—, más no… debemos hacer… nada… incorrecto.

El conde continuaba en silencio y ella lo miró suplicante.

Él podía ver sus ojos con toda claridad a la pálida luz que ahora parecía llenar la habitación.

—Hablaremos de ello más tarde —dijo, con voz muy profunda—. Ahora debo ir en busca del alguacil y, mientras tanto, no permitas que nadie te vea.

Se levantó mientras hablaba y aun cuando las manos de Thelma quedaron extendidas, pareció no verlas.

—Cuídate —recomendó al llegar a la puerta; al instante salió sin volverse para mirarla.

Thelma lanzó una exclamación para detenerlo, pero era demasiado tarde.

Pudo escuchar sus pasos deslizantes por el corredor, rumbo a la escalera.

Entonces la sensación de éxtasis que le provocara, la invadió.

La había besado y hasta ese día ella jamás había experimentado lo maravilloso que podía ser un beso.

—¡Lo amo… lo amo! —repitió en voz alta y sintió como si la luz del sol la cegara.

* * *

Un poco más tarde, Thelma se levantó y procedió a vestirse.

Se estaba arreglando el cabello frente al espejo cuando llamaron a su puerta y Watkins entró llevando una bandeja.

—Pensé que ya estaría despierta, señorita Thelma.

Sostuvo la bandeja en una mano y con la otra cerró la puerta.

—Aquí está el desayuno —dijo mientras lo colocaba sobre una mesa—. Las órdenes de su señoría son que eche llave a su puerta y se mantenga sin ser vista.

—¿Ya regresó su señoría? —preguntó ansiosa Thelma.

—Aún no, pero hay mucha gente ya rondando por la casa y habrá mucha más antes que terminemos.

—¿Qué tipo de gente?

—Están el doctor y el carpintero de la aldea que consiguió un féretro a medio terminar y muchos otros entrometidos que se enteraron de que algo sucedía y quieren averiguar qué fue.

La forma de hablar de Watkins provocó en Thelma deseos de reír.

Pero a la vez sintió que lo sucedido era demasiado trágico para tomarlo a la ligera.

—Me contaron —continuó Watkins—, que el tigre que mataron era tan peligroso que nadie en el circo donde estaba se atrevía a acercársele.

Ella comprendió que por eso lo había adquirido Cyril Mere.

Como no estaba segura de qué habría comentado el conde a Watkins sobre lo sucedido, optó por no decir nada.

—Desayune antes que se enfríe —sugirió Watkins—, yo regresaré a contarle lo que sucede, para que no se sienta al margen de los acontecimientos.

Le hizo un guiño al hablar.

En cuanto salió, Thelma se sentó a disfrutar de los huevos y el tocino, así como el café que era excelente.

Estaba segura de que Watkins lo había comprado todo en la aldea con el dinero de ella.

No era probable que el conde pudiera comprar algo tan costoso.

Mientras comía, se preocupó de cómo poder ayudarlo sin herir su orgullo y sin siquiera despertar sus sospechas.

Como se sentía prisionera en su habitación, por bella que ésta fuera, pensó que lo mejor sería continuar limpiando los cuadros.

Tal vez, por un milagro, sus oraciones serían escuchadas y descubriría que eran tan valiosas como esperaba.

Había medio limpiado una el día anterior.

Ahora, al entrar en el boudoir, pudo ver lo que parecía la cabeza de un santo, ya que tenía una aureola alrededor.

Durante unos minutos mantuvo su esperanza.

Más conforme trabajaba tuvo que ser honesta consigo misma y admitir que la pintura no era de ningún pintor famoso.

De hecho, pensó, era una obra realizada por algún aficionado.

Con impaciencia, hizo el cuadro a un lado y tomó el otro.

Tenía la sensación de que ambos formaban una pareja.

Así que mientras empezaba a limpiar la gruesa capa de mugre que ennegrecía la tela, no estaba tan optimista como antes.

No fue una tarea fácil.

No obstante, sabía que sería un error apresurarse porque podría dañar lo que tal vez resultara ser una pintura valiosa.

Llamaron a la puerta y se levantó presurosa.

Hizo girar la llave y al abrir la puerta se sintió desilusionada al ver que quien llamaba era Watkins.

Entró en la habitación con aire de conspiración y no habló hasta que ella cerró la puerta.

—¿Qué sucede? ¿Ya regresó su señoría?

—Está abajo con el alguacil —respondió Watkins—. Me temo, señorita Thelma, que tendrá que almorzar aquí sola.

Ella suspiró y él continuó:

—El lugar parece una jaula de pericos, ¡todos intentan hablar al mismo tiempo!

El ánimo de Thelma decayó.

Durante el tiempo que había trabajado con las pinturas sentía su cuerpo tenso porque deseaba con desesperación ver al conde.

—¿Se quedará el alguacil a almorzar? —preguntó.

—Sí y dos o tres personas más, según creo —respondió Watkins—. ¡Lo bueno es que conseguí suficiente comida!

Thelma sonrió.

—Sabía que serías lo bastante listo como para pensar en ello.

—Envié a un muchacho a una granja y a otro a la aldea con toda la lista de víveres que necesitábamos —explicó Watkins.

—¿Tú lo pagaste? —preguntó con rapidez Thelma.

Watkins asintió.

—Déjelo de mi cuenta, señorita. Su señoría ya tiene bastante en que pensar para ocuparse de las cosas domésticas.

—¿No hubo problemas por la muerte del señor Mere? —preguntó Thelma un poco nerviosa.

—Su señoría les explicó que su primo deseaba traerle de regalo otro tigre más para su zoológico, pero que el animal logró escapar y lo atacó antes que pudiera evitarlo.

Thelma sonrió.

Ella misma había pensado que era sería la explicación que el conde diría.

—¿Los animales están bien?

—¡Se dieron un gran banquete de la res! ¡Y vinieron tantos visitantes a verlos que parece que fueran bailarinas del Covent Garden!

Thelma se rio y cuando él se fue, comprendió que Watkins había intentado animarla.

Más tarde le llevó el almuerzo, que aun cuando era muy sencillo estaba bien preparado.

Lo acompañaba una copa de vino de las botellas que le regalaron al conde el día anterior.

Una vez que terminó, regresó a trabajar en el cuadro.

Con sorpresa, encontró que no era la pintura de otro santo, como suponía, sino una oración en latín.

Thelma había aprendido latín en la escuela, reafirmándolo con la ayuda de su amiga católica que le hablara de San Judas.

En cuanto limpió la primera línea, descubrió que había varias más.

Al sentir curiosidad limpió todo el cuadro antes de intentar traducirlo.

La inscripción en latín se leía ahora con claridad:

GENIBUS NISI TE PRECAMUR

UT OMNIA QUAE AMEMUS TUTA SERVENTUR

NEVE OCULI IMPROBI UNQUAM VIDEANT

QUAE AD DEUM PERTINEAT

St. Jude, V. 1, 2

Entonces, aun cuando algunas de las palabras le resultaron difíciles, finalmente transcribió en una hoja de papel, lo que pensó que sería una correcta traducción de las palabras pintadas en el cuadro.

De rodillas te suplicamos,

Que esté protegido todo lo que amamos.

Y que ojos malvados nunca vean

Lo que es de Dios

San Judas, V. 1, 2

Leyó lo que escribiera, con orgullo, y al analizar las traducciones se sintió intriga.

Recordó haber dicho a su amiga católica:

—Háblame de San Judas. No creo que esté en nuestro libro de oraciones.

—Se conoce muy poco acerca de él —le había respondido aquélla—, excepto que, como te dije, en las causas desesperadas siempre ayudará a quienes le rezan.

—¡Debe haber algo más! —había insistido Thelma.

—Era amigo de Jesucristo, pero hasta donde sé —respondió su amiga—, parece que nada fue escrito por él.

—Parece que nada fue escrito por él —repitió ahora Thelma.

Podía escuchar a su amiga diciéndolo.

Y sin embargo ahí, al final de la oración, estaba escrito San Judas, V. 1, 2, como si significara el quinto capítulo de su Epístola o de algún libro escrito por él y versículos uno y dos.

Fue entonces que, con súbita emoción y urgencia, Thelma leyó de nuevo.

Que esté protegido todo lo que amamos

Y que ojos malvados nunca vean

Lo que es de Dios

Lanzó un grito de emoción:

Estaba totalmente segura de haber entendido lo que aparecía escrito y la razón por la que se había enmarcado la segunda de las pinturas.

El primer óleo que había limpiado era un retrato de San Judas que estuvo colgado en la capilla.

«Tengo razón, estoy segura de que tengo razón», se dijo, llena de júbilo.

Casi sin darse cuenta de lo que hacía, tomó el cuadro y lo llevó hacia la puerta.

Sólo al llegar a ella recordó que no podía acudir al conde como anhelaba hacerlo, sino que debía permanecer encerrada bajo llave hasta que él enviara en su busca.

Lentamente volvió a la mesa donde había estado trabajando y se dispuso a orar con fervor para no estar equivocada y que fuera exacta la inscripción.

Eran casi las tres de la tarde cuando llamaron a su puerta y al abrir vio a Watkins.

—Todo está despejado por el momento, señorita Thelma —anunció—. Puede usted salir. Su señoría la espera en la biblioteca.

Thelma lanzó una exclamación de regocijo.

Recogió las pinturas, y con ellas corrió escaleras abajo.

Todo estaba tranquilo, no había nadie en el vestíbulo.

Mientras miraban a través de la puerta principal, que estaba abierta, no había indicio del horrible drama que tuviera lugar la noche anterior.

Entonces, como nada era más importante que ver al conde, empezó a apresurarse por el pasaje hacia la biblioteca.

Abrió la puerta.

Como si la estuviera esperando, él se volvió de la ventana junto a la que estaba de pie.

Su silueta se recortaba contra la luz del sol y ella pensó que parecía Apolo con la luz de Grecia brillando detrás de él.

Deseó correr y arrojarse en sus brazos.

Pero como de pronto se sintió turbada, se detuvo junto a la puerta mirándolo.

Como él también sólo la miraba y no habló, preguntó con voz baja:

—¿Todo… está… bien?

—El alguacil aceptó mi explicación de lo ocurrido —respondió el conde—. No habrá investigación, ni escándalo. Mi primo Cyril será sepultado mañana en la cripta de la familia.

El conde habló con voz clara, aunque fría y determinante, haciéndolo aparecer de algún modo lejano, inaccesible.

Con lentitud, Thelma caminó hacia él con la mirada fija en el rostro del conde.

—Comprenderás —dijo él—, que en las actuales circunstancias, lo más conveniente para ti sería que te alejaras lo más posible.

—¿Alejarme?

Era algo que Thelma jamás imaginó que pudiera escuchar.

No sólo por la dureza que percibió en sus palabras, sino también por lo que expresaban, fueron un cruel impacto para ella y sólo extendió la mano para apoyarse en el escritorio.

Entonces, sin pensar realmente lo que hacía, puso encima del mueble las pinturas.

—Te dirigías a algún sitio cuando te invité a pasar aquí la noche —dijo el conde—, sería lo mejor, Thelma, que continuaras tu camino y olvidaras que nos conocimos.

—¿Cómo… puedes… hablar… así? —preguntó ella—. ¿Qué… ha sucedido? ¿Qué… hice? ¿Por qué… esa actitud?

El conde se separó de la ventana y caminó hasta quedar de espaldas a la chimenea.

—Hago lo que considero mejor para ti —respondió después de lo que pareció un largo silencio.

—¿Cómo… sabes… que eso es lo mejor? —Preguntó Thelma—. ¿Cómo puedes pedirme que… me vaya… después de todo lo que… ha sucedido?

Su voz se quebró un poco al pronunciar la última palabra y el conde agregó:

—Te estoy agradecido, más agradecido de lo que podré expresar nunca, por salvarme la vida. Sin embargo, como bien sabes, no es pertinente que continúes hospedada aquí sin dama de compañía.

—¿Sin dama de compañía? —Murmuró Thelma—. ¿Por qué… lo piensas… ahora? ¿Quién… ha estado hablando… contigo? ¿Quién la ha dicho… que debo… tenerla?

Los labios del conde dibujaron una irónica sonrisa.

—Nadie lo ha dicho. Sólo cometí un error por el que sólo puedo manifestar mi más profundo arrepentimiento.

—¿Qué… error? ¿De qué… hablas?

Ella se acercó a él y lo miró, con expresión suplicante en su rostro.

—¿Qué… hice… mal?

—Nada… —respondió el conde—. ¡Por Dios, mi amor, no hagas esta escena más difícil de lo que ya es!

—No… comprendo —susurró Thelma.

La había llamado «mi amor» y ella le extendió los brazos. Más con toda deliberación, él se alejó de ella.

—Ven a sentarte y trataré de explicarte mejor.

Con la sensación de que en forma súbita el mundo se volvió de cabeza y que cuando menos lo esperaba el techo había caído sobre ella, Thelma se sentó en el sofá.

El conde hizo lo mismo, pero no cerca de ella.

Ella sintió que, de hecho, estaba a un abismo de distancia y sus palabras parecían llegar hasta ella a través de una espesa niebla.

Se hizo el silencio hasta que él empezó a hablar:

—Cuando llegaste aquí me dijiste primero que era una mujer casada que iba a reunirse con su marido. Comprendí que no era verdad. Entonces confesaste que estabas huyendo…

—¡Exactamente! —afirmó con rapidez Thelma.

El conde desvió la mirada.

—Pensé entonces, ya que sólo te acompañaba un sirviente, estabas muy bien vestida y cabalgabas en un caballo estupendo, que habías huido de tu amante.

—¿Mi… mi amante? —Exclamó Thelma—. ¿Cómo pudiste… pensar… o imaginar tal cosa?

—Admito que fue un enorme absurdo de mi parte, más como eres tan adorable y tan profundamente atractiva, supuse que tal vez podrías permanecer conmigo, que podríamos estar juntos.

Su voz profunda hizo que el corazón de Thelma latiera frenético.

—Es lo… que yo… deseo —susurró.

El conde negó con la cabeza.

De pronto, inesperadamente y con diferente tono de voz preguntó:

—Dime la verdad, ¿te ha poseído algún hombre?

Los ojos de Thelma se abrieron hasta que parecía cubrir todo su rostro.

—¿Quieres… decir? ¡No… no, por supuesto que no! ¿Cómo pudiste… imaginarlo siquiera?

—¿Algún hombre te ha besado?

Ella se sintió turbada y el color tiñó sus mejillas.

—Sólo… tú —susurró.

El conde se puso de pie.

—Es lo que comprendí cuando te besé —dijo—, y por eso debes dejarme.

—Pero ¿por qué? —preguntó Thelma.

—Yo no tengo nada que ofrecerle y, como te has dado cuenta, no puedo mantenerme a mí mismo, ¡menos aún podré mantener una esposa!

Thelma ahogó una exclamación.

Súbitamente, la habitación se llenó de luz y sintió que los ángeles estaban cantando.

—Sin embargo, ¿me… amas? —preguntó con voz que él apenas alcanzó a escuchar.

—¡Por supuesto que te amo! —Aceptó el conde con rudeza—. Te amo y te deseo, pero como también te respeto y eres pura e inocente, debo alejarte de mí.

Thelma sintió como si de pronto la hubieran conducido desde las profundidades de la oscuridad y la desdicha hasta el reino del sol.

—Te… amo —dijo—, y si te casas conmigo… te cuidaré y te ayudaré y todo… saldrá bien.

El conde soltó una risa llena de amarga ironía.

—¿Bien? —repitió—. ¿En una casa próxima a derrumbarse? ¿En una casa en la que no podemos pagar servidumbre, ni siquiera la comida que necesitamos para sobrevivir?

Caminó de nuevo hacia la ventana.

—¡Vete! —Espetó con brusquedad—. ¡Déjame solo con mi miseria! ¿No puedo soportar la tortura de pensar en lo feliz que hubiera podido ser!

—Pero… escucha! —Le pidió Thelma ahora—, tengo algo… que decirte… algo muy… importante.

Se levantó para dirigirse hacia las pinturas que estaban sobre la mesa.

En ese momento se abrió la puerta de la biblioteca y Watkins entró apresurado.

—¡Señorita Thelma! —Gritó—. ¡La señora viene por la vereda!

Thelma quedó paralizada donde estaba.

—Dobson conduce y Jef está junto a él. Cerré la puerta del frente con el fin de darle tiempo para esconderse.

Watkins desapareció y Thelma, con un grito de horros, corrió hacia el conde.

—¡Sálvame… escóndeme! —imploró—. Si mi madrastra… me encuentra… estoy perdida.

Se aferró a las solapas de su chaqueta y mientras él la miraba asombrado, las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

—Si me encuentra… aquí —continuó Thelma—, me obligará a casarme con… su amante… porque desean… mi dinero. ¡Oh, sálvame… por favor… sálvame! ¡Prefiero… morirme… antes que… casarme con ese hombre!

El conde puso sus manos sobre las de ella.

—¿Eso es verdad? —preguntó.

—Te lo juro… por Dios… que lo es… y ella viene… para llevarme a fin de que… el hombre con quien… engaña a mi padre… pueda… apoderarse… de mi fortuna.

—¿Y tu padre ha dado su consentimiento?

—Papá… hará cualquier… cosa que ella… quiera… una vez que… haya… bebido más de la cuenta —tartamudeó Thelma.

—¿Cuál es su nombre?

—Fernhurst… Lord Fernhurst… ¡Oh, por favor… estarán aquí… en cualquier momento… necesito… esconderme!

Thelma zafó sus manos de las de él y miró a su alrededor, aterrada.

—Sube al pasillo de los estantes y tiéndete sobre él —indicó con rapidez el conde—. No hagas ruido y deja el asunto en mis manos.

Sin contestar, Thelma corrió hasta la escalera en espiral y subió hacia el pasillo.

Al llegar a él se dio cuenta de que el piso era de metal con diseño de flores y aves que por falta de pulimiento estaba casi negro.

La ocultaba por completo de quienes estuvieran abajo.

Se tendió sobre él como el conde le sugiriera y atisbando a través del dibujo podía ver con claridad lo que sucedía abajo.

Lentamente, el conde se dirigió al escritorio.

Hizo a un lado las pinturas que Thelma dejara ahí, tomó una hoja de papel y después una pluma.

Cuando mojaba la pluma en tinta, se abrió la puerta y Lady Fernhurst, seguida de Sir Richard Leith, irrumpió en la habitación.

El conde los miró con bien simulada sorpresa.

—Debe disculparnos por la intromisión —dijo Denise Fernhurst con su voz más dulce y seductora—, pero antes llamamos a la puerta y como nadie respondió, entramos en la casa.

Lentamente, como si de pronto recordara sus buenos modales, el conde se puso de pie.

—¿Es usted el conde Merstone? —preguntó Denise.

—Lo soy —respondió él—, y quisiera que me dijera quiénes son ustedes y por qué están aquí.

Con el mismo tono dulzón que usara antes, Lady Fernhurst explicó, mientras le mostraba un periódico que Thelma sabía era de la localidad:

—Leí esto esta mañana, milord, y con seguridad podrá decirme dónde puedo encontrar a mi hijastra.

Thelma contuvo el aliento.

Podía ver con claridad a su madrastra y observó que estaba muy elegante.

Pensó, aterroriza, que el conde podría considerar que era su deber entregarla a ellos.

Miró hacia Sir Richard y le pareció más odioso que nunca.

El gesto en sus labios y su mirada le indicaron con claridad lo ansioso que estaba por apoderarse de su fortuna.

El conde, con deliberado interés leía el párrafo que Lady Fernhurst le indicara.

Pensó que era algo que debía haber esperado.

El encabezamiento decía:

EXTRAÑO REGRESO A LA CASA DE MERSTONE

El conde de Merstone, al regresar del Ejército de Ocupación en Francia, donde fue condecorado con la Medalla al Mérito, encontró su magnífica mansión devastada por el descuido de quienes la tuvieron a su cargo durante la guerra.

Su famoso zoológico, compuesto de leones, tigres, sí como changos y una jirafa, sólo pudo sobrevivir a la devastación que resintió toda la propiedad al ser alimentados por dos fieles sirvientes que cazaron a los ciervos que eran unas figuras familiares en el bosque.

Para salvar ahora de la destrucción a su zoológico, el Conde de Merstone llevó a cabo la presentación de un circo al que sus amistades fueron invitadas a cambio de pagar la sorprendente suma de una guinea por entrada.

El propio conde fingió como Maestro de ceremonias y fue el primero en aparecer en el ruedo bajo un nutrido aplauso montado en un notable semental negro llamado Dragonfly.

Iba acompañado de una rubia enmascarada jovencita que montaba otro finísimo ejemplar que realizó el truco de hacer una reverencia ante el público asistente.

Payasos y acróbatas, así como animales, divirtieron a todos durante dos horas, transcurridas las cuales se hizo una colecta que el conde aseguró a sus amigos se utilizaría exclusivamente para el bienestar de los animales.

El artículo continuaba con una descripción de la casa, de las muchas generaciones de condes que habían vivido allí desde que el título fuera creado en la batalla de Agincourt en el siglo XV.

Lord Merstone levantó la cabeza y miró a Lady Fernhurst.

—Mi hijastra huyó de la casa en un semental negro llamado Dragonfly —dijo ella—. La acompañaba un sirviente que montaba a otro de los caballos de mi esposo, que responde al nombre de Juno.

Su voz se hizo más aguda al continuar:

—Le agradecería mucho, milord, si enviara por mi hijastra, quien, sin lugar a dudas, está en algún lugar de esta casa.

—Me interesa saber, Lady Fernhurst —preguntó el conde con actitud alterna—, por qué huyó su hijastra.

La mujer titubeó un momento.

En seguida respondió con un elocuente gesto de su enguantada mano:

—Thelma está comprometida para casarse con Sir Richard Leith, quien está aquí conmigo. Al principio se mostró feliz ante la idea; sin embargo, y como sucede con frecuencia tratándose de jovencitas, súbitamente se sintió asustada ante el matrimonio. Estoy segura de que es algo de lo que pronto se recuperará cuando la lleve a casa.

El conde miró a Sir Richard, como si advirtiera su presencia por primera vez.

Al observarlo, Thelma pensó que no podría dejar de soslayar cuán despreciable y repugnante era en todos los sentidos.

Más no estaba segura y empezó a rezar porque no se dejara engañar por su madrastra.

—Puedo asegurarle, milord —intervino Sir Richard—, que haré muy feliz a la pequeña y querida Thelma y esta tontería infantil será olvidada.

Aún con el periódico en la mano, el conde salió de detrás de su escritorio y caminó hacia la chimenea.

—Tal vez sea mejor que se siente, Lady Fernhurst —la invitó, indicando el sofá—, porque considero que debemos discutir este asunto un poco más a fondo y decidir si, realmente, Thelma está tan ansiosa por casarse como milady afirma.

—¡Por supuesto que desea casarse! —Aseguró Lady Fernhurst—. Es una joven muy afortunada de que alguien tan encantador como Sir Richard le ofreciera matrimonio durante la primera temporada social de ella. Mi marido, quien desafortunadamente no se sintió bien y no pudo venir con nosotros, ya dio su consentimiento para que la boda se lleve a cabo lo más rápido posible.

—¿Hay alguna razón para tal prisa? —preguntó el conde, arrastrando las palabras.

Observándolos, Thelma está segura de que el mal genio de su madrastra, que siempre estaba latente en la superficie, empezaba a surgir ante los comentarios de él.

—Creo, milord —espetó ella con tono áspero—, que está su señoría actuando como defensor de una causa que no vale la pena. Thelma es una joven molesta y muy tonta y cuando más rápido se case y se vuelva más responsable, será mejor.

—Tal vez tenga razón —dijo el conde con tono dubitativo.

—Realmente milord —intervino Sir Richard- no creo que tenga ningún objeto seguir hablando de esto. Lady Fernhurst está aquí en nombre de su esposo. Si su señoría es tan amable de entregarnos a la joven, no es necesario que lo molestemos más.

—Le aseguro, Sir Richard —respondió el conde—, que no me molestan y que estoy tan interesado como ustedes en la felicidad de Thelma.

—¡Lo cual no es asunto que le competa! —Terció altanera Lady Fernhurst, poniéndose de pie—. ¿Será tan amable de enviar por Thelma? Si se rehúsa a hacerlo, me veré obligada, contra mi voluntad, a dar órdenes mis sirvientes para que la busquen, y llevármela a la fuerza.

Lady Fernhurst habló en tono agresivo y su voz resonó en la amplia biblioteca.

Fue con gran dificultad que Thelma se contuvo de gritar que no iría.

Se cubrió la boca con la mano para evitar, ya que estaba tan asustada, hacer algún ruido que les indicara dónde se escondía.

Entonces escuchó al conde hablar con voz grave y tranquila:

—Me han hecho ver, Lady Fernhurst y Sir Richard, que Thelma sería muy infeliz bajo sus custodia. Por lo tanto, tengo la intención de conservarla conmigo.

Por un momento, estupefacta, Lady Fernhurst guardo silencio.

De inmediato perdió el control.

—¿Cómo se atreve a decir tal cosa? —gritó—. ¿Cómo se atreve a intervenir en lo que es solamente asunto de la familia y que nada tiene que ver con su señoría? ¡Me llevaré a Thelma enseguida y si no lo permite, recurriré a las autoridades!

Hizo una pausa para tomar aliento antes de continuar:

—Como su señoría debe saber, un padre o tutor tiene el control absoluto sobre su hija y ella se casará con quien a él le plazca.

—Lamento decir —señaló el conde con lentitud—, que, en este caso, ya es demasiado tarde.

—¿Qué quiere decir con que es… demasiado tarde? —le espetó Denise.

—Tal vez le resulte una sorpresa, pero la verdad es que Thelma ya está casada, ¡conmigo!