Capítulo 6
Cuando el conde cabalgaba a través del bosque, iba fuera de sí. Estaba tan iracundo, que todo su cuerpo temblaba a causa de la rabia que lo embargaba.
Él había creído en Roxana, en su perfección y en su pureza y había pasado despierto casi toda la noche pensando en ella.
Se había felicitado a sí mismo por encontrar a alguien tan especial, tan sensacional; era como un regalo de los dioses.
Cuando entró en el patio de la casa esa mañana y vio que algo estaba ocurriendo entre ella y el gobernador, su primer impulso fue decir a su excelencia lo que pensaba de él y darle un par de certeros golpes.
Sin embargo, sus años de experiencia diplomática, de practicar un autocontrol que era ya casi instintivo, le hicieron comprender que, si quería proteger a Roxana, no debería provocar una escena.
Debido a que estaban al fondo del estudio y él no podía ver con mucha claridad, no estaba totalmente seguro de lo que estaba sucediendo, ni de sí, como le pareció, el gobernador estaba tratando de besar a Roxana.
Manejó la situación con tanta diplomacia, que fue imposible que su excelencia se sintiera ofendido.
Notó que estaba molesto por la manera en que se dejó caer en su carruaje y porque durante cierto tiempo, mientras los caballos se alejaban del lugar, no intentó siquiera conversar.
Entonces, como si decidiera que debía procurar que la situación no se tornará, desfavorable para él, el gobernador dijo:
—Estoy seguro de que le interesará saber, señor conde, que ya he resuelto el problema de la señorita Barclay.
—¿De veras? ¿Qué logró usted hacer?
—La he convencido de dejar ese lugar horrible donde vive y cambiarse a una excelente casa que por fortuna ha quedado disponible.
—¿Y ella ha aceptado eso? —preguntó el conde.
—Está, por supuesto, encantada con la idea —contestó el gobernador—. Y como se localiza dentro de los terrenos de la Casa de Gobierno, eso pondrá fin a los muchos rumores desagradables que han estado circulando sobre ella.
El conde no contestó a esto y cuando el gobernador vio que no iba a comentar nada, continuó diciendo:
—Desde luego, usted y yo, como hombres de mundo, nos damos cuenta de que la belleza de la señorita Barclay hace que las otras mujeres comenten cosas desfavorables de ella —se echó a reír brevemente antes de añadir—: aunque, por desgracia, debo admitir que hay ciertas razones para su antagonismo.
—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó el conde, procurando que su voz sonara desinteresada e inexpresiva.
—Bueno, naturalmente hay rumores sobre numerosos amantes, por una parte —dijo el gobernador—, todos ellos, por supuesto, hombres indeseables. Y mi esposa me dijo, antes de irse de aquí, que hasta circulaba un rumor de que la señorita Barclay tenía un hijo.
El conde contuvo el impulso de darle una bofetada.
¿Cómo se atrevía alguien a decir tales cosas de Roxana?
Suponía él que debían ser simples celos y era lo bastante astuto para comprender que en una pequeña comunidad las envidias y los celos hacia una mujer hermosa podían mantenerse algún tiempo bajo la superficie y estallar de pronto en la maledicencia.
—Estoy seguro de que deben ser mentiras —comentó.
El gobernador se encogió de hombros.
—Uno nunca sabe con los ingleses —dijo—. Parecen ser fríos como témpanos de hielo y después con frecuencia, se lleva uno desagradables sorpresas. Aunque con las mujeres, las sorpresas suelen ser agradables.
Lo dijo en un tono de reminiscencia que hizo sentir al conde renovados deseos de golpearlo. Decidió que se pondría en contacto con Roxana, para decirle que tuviera mucho cuidado y para hacer, también, planes para el futuro.
El conde no había decidido, en realidad, si iba a pedir a Roxana que se casara con él.
Durante años había sido presionado por su familia para que se casara, pero él siempre había tenido buen cuidado de eludir tales presiones. Y no era sólo su madre quien la pedía con lágrimas en los ojos que sentara cabeza. La propia Reina Viuda le había dicho en varias ocasiones:
«Debes casarte, Viktor. Tú sabes tan bien como yo que eres una influencia inquietante en la corte. Eres demasiado apuesto y seductor. Lo que necesitas es una esposa».
—¿Y usted cree que ella me controlaría? —preguntó el conde con una sonrisa.
—Sería una mujer muy valerosa la que lo intentara —contestó la Reina Viuda—; pero cuando menos ofrecerías al mundo una fachada más respetable que la que ofreces ahora.
El conde se había reído; pero eso sólo fortaleció su decisión de no permitir que nadie lo forzara al matrimonio. No pediría a ninguna mujer que fuera su esposa, hasta no estar seguro de que ella era la persona ideal que él quería.
Pero entonces no estaba muy seguro de qué era lo que quería. En el mundo en el que él se movía el matrimonio era una cosa y el amor, otra.
Como la Condesa van Haan, su esposa ocuparía una posición envidiable y, como mujer, también estaría en una situación agradable. Desde luego, tendría algunos deberes reales, hereditarios, que cumplir. Pero todas las puertas de Holanda estarían abiertas para ella y, automáticamente, después de la propia Reina Guillermina y de la Reina Viuda, tendría el mejor lugar en el teatro, en la ópera, en las carreras y en cuanto del privilegio pudiera interesarle.
Gozaría también del privilegio, que el conde siempre consideraba muy agradable, de ofrecer su hospitalidad a cuanta persona distinguida visitara el país.
Y algo más; sería bien recibida en los círculos más exclusivos tanto en París como de Londres, y en todas las ciudades importantes de Europa que pudiera visitar.
Por otra parte, el conde no tenía intenciones de unirse a una mujer cuyas únicas cualidades fueran su fina educación y su habilidad como una buena anfitriona en público. Él quería a alguien que también fuera interesante y atractiva cuando estuvieran solos.
Se había confesado a sí mismo, la noche anterior, que estaba enamorado de una forma que lo desconcertaba. ¿Qué era lo que hacía a Roxana diferente de otras mujeres? Se preguntó, y comprendió que la respuesta era que despertaba en él emociones que no había conocido antes.
Por su experiencia, ya se había vuelto muy escéptico respecto a las mujeres; por eso se preguntó si la magia que había sentido cuando la besó bajo el franchipianero no se debería a las extrañas sensaciones que había percibido durante la realización del ketjak.
Pero entonces comprendió que éstas habían sido resultado de la presencia de Roxana. Se debían a que ambos estaban sintiendo y comprendiendo las mismas vivencias, y el solo contacto de su mano había sido más emocionante y más excitante que cualquier cosa que hubiera conocido antes.
«¡La amo!» admitió el conde.
Maldijo que el gobernador le hubiese preparado una serie de obligaciones y lo hubiese comprometido en un almuerzo que en otra ocasión habría encontrado interesante. Pero procuró hacer las cosas lo más rápido posible, para poder ver a Roxana a solas, antes de volver a la Casa del Gobierno.
Cuando vio el carruaje del gobernador frente a la puerta, lo molestó porque sospechó que la había ido a visitar a una hora en que los visitantes no eran esperados.
Pero ahora, mientras volvía a casa con el gobernador, el conde decidió que si su excelencia quería hacer trampas, él también podía hacerlas.
—Tengo muchos informes que escribir esta tarde, su excelencia —dijo—, así que le ruego me disculpe de que no vuelva a aparecer hasta las cinco de la tarde.
—Me parece muy bien —contestó el gobernador—. Más tarde habrá varias personas que vendrán a conocerlo.
Al decir eso entraron por las elaboradas rejas que conducían a los amplios terrenos de la Casa de Gobierno. Los terrenos estaban rodeados por la acostumbrada pared de adobe, y había varios centinelas en la puerta, que presentaron armas cuando ellos pasaron.
Se encontraron en un sendero muy bien cuidado, diferente a los otros caminos por los que habían viajado. La Casa de Gobierno aún aparecía a la vista cuando el gobernador señaló hacia la izquierda, donde había una pequeña casa rodeada de árboles.
—Ésa será la casa de la señorita Barclay —dijo.
Había una nota de satisfacción en su voz que disgustó profundamente al conde.
Éste advirtió que la edificación estaba situada de forma muy conveniente para el gobernador. Había un espeso follaje, formado por árboles y arbustos, que separaban las dos casas y que resultarían un conveniente disimulo.
Apretó los labios y se dijo que debía llevarse lejos a Roxana. Pero ¿adónde? Y, ¿estaría ella dispuesta a viajar con él, en caso de que fuera posible hacerlo?
«Tengo que pensar esto más detenidamente», se dijo.
Hubiera querido conocer a Roxana en Holanda o en Inglaterra. Quería verla en su propio ambiente y en el de ella misma, antes de tomar una decisión. Las casitas de techo de paja en que Roxana vivía ahora eran muy diferentes a las suntuosas posesiones de él. ¿Cómo podía saber la forma en que Roxana se desenvolvería en ellas?
¿Y cómo podía estar seguro de que lo que sentía por ella no era un simple enamoramiento, tan hermoso como una flor tropical, pero que, como ésta, no sobreviviría en un clima más frío y más austero?
Por lo tanto, decidió poner sus sentimientos a prueba, viéndola tan pronto como fuera posible.
Cuando dejó al gobernador y se dirigió a sus propias habitaciones, que estaban en otra parte de la casa, ordenó a un sirviente que le llevara un caballo ensillado a una puerta lateral.
Salió por ésta y tomó un camino diferente al usado por el gobernador al llegar, para evitar que se dieran cuenta de su partida.
Llegó a casa de Roxana y una sola mirada al estudio le reveló que ella no estaba trabajando.
Entonces, en el momento en que él empezaba a desmontar, el chico que le había cuidado el caballo en otras ocasiones salió de un balé diferente, diciendo:
—Señorita no estar.
Lo dijo en holandés y el conde le preguntó:
—¿Adónde fue?
Por un momento el chico pareció desconcertado. Entonces, con una sonrisa porque había entendido, señaló con el dedo hacia el oriente.
El conde sabía que ésa era la dirección del bosque y supuso que Roxana habría ido a visitar a su maestro.
Sin perder tiempo, volvió a montar y cabalgó a través del bosque, pensando que sería interesante conocer a Ida Anak Temu, cuyo nombre recordó, y averiguar cómo comparaba su propio trabajo con el de su alumna.
No le fue difícil encontrar gente que le indicara dónde estaba la casa de Ida Anak Temu; pero descubrió que era imposible llegar a ella a caballo.
Por fortuna encontró un muchacho a quien pudo encargar que cuidara del animal y continuó a pie el ascenso por el sendero pedregoso que Roxana había recorrido con tanta frecuencia.
Estaba ya cerca del balé de Ida Anak Temu, cuando oyó voces de niños y siguió por una desviación equivocada del camino. Para llevar al lugar donde trabajaba el maestro tallador debió seguir derecho; en cambio, él dio la vuelta hacia donde escuchaba las voces de los niños y los encontró jugando en un patio sombreado por los árboles.
Reían felices y su desnudez lo hizo pensar, como a Roxana, en pequeños cupidos. Había algunos niños mayores, cubiertos por sarongs, pero no le prestaron atención y él siguió caminando, creyendo que iba a encontrar a Ida Anak Temu.
Entonces vio a Roxana dormida bajo un árbol. Tenía un bebé en brazos, de piel blanca y cabellos rubios.
Todo lo que el gobernador había dicho volvió a su memoria con una violencia que lo sacudió de pies a cabeza.
¡Así que era verdad! ¡Roxana tenía un hijo!
No era pura e inocente como él había pensado, cuando la tomó en sus brazos. Hubiera jurado entonces, y ahora le parecía increíble, que él era el primer hombre que la besaba.
Por el gesto tan inexperto, y al mismo tiempo tan maravilloso, en la entrega de sus labios, nunca se le ocurrió que podía haber existido otro hombre en su vida.
Y, sin embargo, ahora sostenía al niño dormido como una madre sostiene a su hijo pequeño. Se le quedó mirando con fijeza.
Ella abrió los ojos, como si la mirada de él la llamara.
Mientras cabalgaba de regreso, el conde se maldijo repetidas veces por haber sido un tonto… por haber permitido que lo engañaran, se dijo, como nunca lo habían hecho.
Lo más humillante de todo era que Roxana había confesado que no sabía quién era el padre del niño.
El gobernador había mencionado a varios amantes. Uno de ellos debió haber sido rubio y con toda probabilidad holandés.
El conde se dijo que la odiaba. Con su perfidia había destruido algo dentro de él, algo tan bello y tan glorioso, que no podía creer que lo había perdido y no lo volviera a encontrar nunca.
«¡La odio!» trató de convencerse a sí mismo, una y otra vez, pero sólo tenía que pensar en la expresión espiritual de su rostro, en las cosas que habían discutido juntos, en el fuego que ardía en ambos cuando le tocaba la mano, para saber que no era odio lo que sentía por ella, sino algo muy diferente.
Ya en la Casa de Gobierno, envió a su ayuda de cámara por brandy, y bebió con tal avidez, que el hombre lo miró con sorpresa. Su amo era un hombre casi abstemio, y jamás bebía tan temprano.
El conde nunca pudo recordar lo que pasó después. De algún modo logró hablar con la gente que había sido invitada para conocerlo. Soportó otra larga cena y logró no sólo pretender que se estaba divirtiendo, sino hasta reír de los chistes del gobernador.
Cuando por fin volvió a su habitación y se quedó solo, resistió el impulso de ir cabalgando en la oscuridad hasta la casa de Roxana, para comprobar que no se había equivocado.
Entonces se dijo con violencia que no volvería a engañarlo y que por lo que a él se refería, había terminado cuanto existía entre los dos.
Durmió poco y mal. Por la mañana, debido a eso y a la cantidad de brandy que bebió el día anterior, se sentía indispuesto y malhumorado.
—Puedes empezar a empacar —dijo a su ayudante de cámara en cuanto terminó de vestirse—. ¡Cuánto más pronto nos vayamos de aquí, mejor!
—¿Adónde vamos, Mijnheer? —preguntó el hombre.
—A Singapur… a la India… ¿qué importa? —preguntó el conde irritado—. ¡Haz lo que te digo… empaca mis cosas!
Salió de la habitación y el ayuda de cámara movió de un lado a otro la cabeza.
Su amo nunca se había comportado de ese modo y eso indicaba que algo andaba muy mal.
El conde caminó hacia la terraza donde desayunaba el gobernador. Deseaba informarle que se marchaba.
Cuando el conde se acercó a la puerta de la amplia terraza vio que el gobernador estaba sentado de espaldas a él y a su lado, uniformado y en posición de atención, estaba el oficial a cargo de los centinelas.
—Lleve el carruaje… no, dos carruajes. En uno debe traer el equipaje y a la doncella de la señorita Barclay —estaba diciendo el gobernador. El conde se quedó inmóvil, casi instintivamente. El otro continuó diciendo—: no acepte tonterías, ni oposición alguna. Si ella no quiere venir por su propia voluntad, use la fuerza. En forma discreta, desde luego, pero no haga caso de las posibles protestas de ella. ¿Entendido?
—Sí, su excelencia, comprendo —dijo el oficial. Lo hizo un tanto dudoso, como si encontrara desagradable la misión.
—Después, tal vez esta tarde —continuó el gobernador—, puede volver por el resto de sus pertenencias; sus esculturas de madera, por ejemplo, y los muebles que ella quiera traerse a la casa.
El conde no se quedó a oír más. Se dio la vuelta y se alejó por donde había llegado. Las órdenes del gobernador de usar la fuerza le habían revelado lo que el hombre se proponía. Comprendió que, sin importar lo que él sintiera, ni la forma en que lo había engañado, no podía permitir que algo así sucediera a Roxana.
Volvió a su habitación y encontró a su ayuda de cámara empacando.
—¡Ordena mi caballo ahora mismo! —ordenó el conde.
El hombre se apresuró a obedecer.
El conde esperaba impaciente en la puerta lateral, cuando llegó un palafrenero de la caballeriza, conduciendo el caballo que había montado el día anterior.
Mientras el conde cabalgaba tomando la misma ruta de la tarde anterior, se dijo que debía darse prisa. No había formado todavía ningún plan preciso, sobre qué haría o cómo podría ayudar a Roxana.
Lo asqueaba el pensar en la forma en que el gobernador estaba usando su poder para imponerse a la muchacha. Sin importar lo que hubiera sido con otros hombres, el conde se daba cuenta, y lo entendía muy bien, que a ella el gobernador le resultaba repugnante.
Cabalgó a toda velocidad hacia el pequeño pueblo y lo cruzó en dirección a la casa. Hacía calor y su caballo iba sudando cuando por fin llegaron.
Entró en el patio y entonces vio asombrado, junto al estudio de Roxana, una carreta tirada por dos bueyes. Dos hombres estaban trasladando las esculturas a la carreta.
Desmontó y se dirigió hacia ellos.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó con voz aguda.
Colocaron el torso del hombre en la carreta, con todo cuidado, antes de levantar la mirada respetuosa hacia él, sin que su expresión revelara que le habían comprendido.
—¿En dónde está la señorita Barclay? —preguntó entonces.
El más grande de los dos hombres sonrió.
—Señorita Barclay… fue —dijo.
—¿Adónde se fue?
El hombre movió de un lado a otro la cabeza. Y después de meditar unos segundos, como si buscara en su mente la palabra en holandés que necesitaba, dijo por fin:
—¡Lejos… fue lejos!
El conde lo miró por un momento. Enseguida, dejando su caballo sin atención alguna, se dedicó a recorrer los diferentes balés que formaban el conjunto. No encontró a nadie y al ver que no había ropa alguna en el que había sido el dormitorio de Roxana, ni en el que debió haber sido de Geertruida, se convenció de que realmente se habían marchado.
Por último, el conde entró en el estudio de Roxana. Para entonces, la carreta estaba ya casi llena de las esculturas grandes. Él se dirigió hacia la mesa donde ella colocaba las pequeñas que le había dicho que usaba como regalos.
Pensó en la diosa de madera de sándalo que le había regalado, indicándole que lo protegería. Bajó la mirada hacia la delicada mano que ella había tallado con los dedos curvos.
La levantó y decidió quedarse con ella. Pensó con repentino pánico que tal vez las dos pequeñas esculturas fueran lo único que le quedara de Roxana.
Bajó al patio y tomó la brida de su caballo. Sabía que era inútil hablar con los hombres de la carreta, porque jamás le entenderían.
Salió por la puerta caminando. De pronto, con un vuelco del corazón, vio a Ponok que venía desde el pueblecito en dirección a él.
El conde había notado, cuando los llevó a ver el ketjak, que era un hombre inteligente y pensó que tal vez lograría hacerle comprender lo que quería salvar.
—¿En dónde está la señorita Barclay, Ponok? —le preguntó con brusquedad.
El hombre lo saludó con una respetuosa inclinación de cabeza.
—¡Fue! —dijo, como el hombre de la carreta de bueyes.
—¿Adónde? ¿Por qué de forma tan repentina?
Se dio cuenta de que Ponok no comprendía; no obstante el hombre pareció entender su desesperación.
—¡Espera aquí! —dijo en balinés, pero el gesto de su mano hizo al conde comprender lo que estaba diciendo.
El conde asintió con la cabeza y Ponok desapareció, para volver algunos minutos más tarde con un hombre de edad, que tenía una pierna paralizada y no podía caminar aprisa.
—Buenos días, su señoría —dijo el hombre en holandés—. Soy Kantor, el superintendente del pueblo.
El conde lanzó un suspiro de alivio.
Él sabía que los holandeses habían nombrado superintendentes en los pueblos, a quienes el gobierno pagaba y que, naturalmente, hablaban los dos idiomas.
—Soy el Conde van Haan —dijo—. Soy huésped de su excelencia, el gobernador. Había hecho arreglos para ver a la señorita Roxana Barclay esta mañana, pero tengo entendido que se ha marchado.
El superintendente tuvo una larga conversación con Ponok, hasta que por fin el hombre dijo:
—Ponok me dice, su señoría, que él no desea causar problemas a la señorita Barclay, pero que ella le dijo que usted era su amigo, así que sentimos que podemos confiar en usted.
—Le juro —dijo el conde con gran solemnidad—, que jamás haría yo nada para perjudicar o lastimar a la señorita Barclay de alguna forma.
El superintendente tradujo esto a Ponok, quien se lanzó en una larga perorata, durante la cual el superintendente se limitó a mover de arriba abajo la cabeza, indicando que comprendía.
Cuando por fin terminó de hablar Ponok, el superintendente comunicó:
—Ponok dice que la señorita Barclay y la mujer mayor que vive con ella se marcharon al despuntar el día, en una carreta. Él las vio partir, pero le pareció que ellas no querían despedirse de nadie.
—¿Adónde se fueron? —preguntó el conde.
El superintendente miró a Ponok y al conde le pareció notar un movimiento de negativa, casi imperceptible.
—Escuche —dijo en tono insistente—, tengo que saber qué ha sucedido a la señorita Barclay, porque tengo algo muy importante que comunicarle.
El superintendente tradujo esto, pero el conde, que miraba con fijeza a Ponok, se dio cuenta de que las palabras no parecían haber impresionado al hombre.
—Suplíquele que me lo diga —dijo al superintendente—. Hágale comprender que le pagaría cualquier cosa que me pidiera. Es por el propio bien de la señorita Barclay.
De nuevo superintendente tradujo y una vez más el conde pensó con desesperación que no habría respuesta de Ponok.
Entonces agregó:
—El gobernador está enviando soldados. Van a llegar en cualquier momento para llevar a la señorita Barclay por la fuerza a la Casa de Gobierno.
Él notó la expresión asombrada en el rostro del superintendente. Luego, en un tono de voz diferente, más urgente, explicó a Ponok la situación. Los dos balineses empezaron a hablar con gran rapidez. Después, el superintendente dijo:
—Ponok piensa que usted es buen amigo de la señorita Barclay. Dice que no se preocupe por ella, que está a salvo. Él dice también que la señorita Barclay llevó mucha ropa.
—¿Qué quiere decir eso? —preguntó el conde.
—Que va a ir muy lejos —contestó el superintendente.
—Pero ¿adónde? ¿Adónde puede haber ido?
—Ponok no está seguro, pero él piensa que la señorita Barclay se fue por un camino secreto que conduce a las montañas.
—¿A las montañas? —repitió el conde asombrado—. Pero ¿a qué parte de las montañas?
El superintendente dio un paso para acercarse más al conde y entonces, con voz muy baja que apenas pudo oír, confió:
—¡Al sur, donde no hay holandeses!
La ruta por la que iban avanzando era muy hermosa y en cualquiera otra ocasión, Roxana se habría mostrado emocionada y dispuesta a seguir más y más alto, por el pedregoso camino serpenteante, que ascendía desde los campos de arroz, hacia las cimas de las montañas.
Al comienzo del viaje pasaron junto a un grupo de mujeres que caminaban en fila india, balanceando orgullosas las pesadas cestas sobre la cabeza.
Pero poco después no encontraron ya a nadie. No había más que la salvaje belleza de las montañas que se erguían por encima de ellos. Njoman pensaba que estaban pobladas por dioses, espíritus extraños y demonios vengativos que podían atacarlos en cualquier momento.
Cada pueblo por el que pasaban parecían una fortaleza en miniatura, rodeado por un muro de casi dos metros de altura, coronado con hojas de palmas. Eran erigidos como protección contra los malos espíritus que, según la creencia solían arrastrarse por el suelo.
La primera noche la pasaron en un pueblo con un pariente de Ida Anak Temu que los recibió con entusiasmo, pero con innegable curiosidad, como si hubieran bajado de las montañas.
Habían avanzado mucho el primer día, para alejarse lo más posible de los lugares frecuentados por holandeses. No querían encontrarse con ningún holandés que pudiera preguntarles adónde iban y los obligara a volver.
Roxana se daba cuenta de que Njoman estaba nervioso y continuamente azuzaba a su caballo, que era más pequeño que los caballos de otras partes del mundo.
Geertruida había resuelto inmediatamente el problema de qué debían llevar con ellas. Sin hacer uso de los numerosos baúles de cuero en los que Roxana guardaba siempre su ropa, desde que salió de Inglaterra, había envuelto los vestidos en sábanas limpias. Aun así, se había casi llenado la parte posterior de la carreta con los bultos y Roxana se avergonzaba de que impusieran tan pesada carga a un animal tan pequeño.
El caballo era ciertamente más fuerte de lo que parecía y con increíble rapidez habían subido de la planicie que se extendía al pie de las montañas, hacia la ladera de una de ellas. Y pasaron de un clima cálido y húmedo a una temperatura que al principio les resultó muy agradable por lo fría.
Pero esa noche se envolvieron con toda la ropa abrigada que poseían y Roxana y Geertruida habían dormido una al lado de la otra en un colchón de paja, con Karel acurrucado entre ellas.
Al otro día, después de dar las gracias a sus anfitriones y dejarles una suma de dinero que los dejó boquiabiertos de admiración, partieron de nuevo al amanecer.
Por fortuna Roxana tenía una fuerte cantidad de dinero.
Cuando llegaron a Bali, su tío había decidido poner en lugar seguro todo su dinero en efectivo, pues temió que si lo entregaba a las autoridades holandesas, éstas podrían restringir sus gastos o ponerle otro tipo de dificultades.
No tardó en descubrir que los balineses guardaban su dinero en la paja de sus techos o bien hacían un hoyo en el suelo y lo enterraban.
Prácticamente no había ladrones en el país y Roxana supo posteriormente que el crimen y todo tipo de transgresión eran prácticamente desconocidos en esta isla paradisíaca, hasta la llegada de los holandeses.
Roxana, por lo tanto, había escavado bajo el piso de uno de los balés, para enterrar el dinero que su tío trajo con él.
Ella misma tenía una considerable suma oculta entre las palmas del techo de su dormitorio. El resto lo guardaba en un cajón, donde nadie lo había tocado.
—Tenemos suficiente dinero para muchos meses, hasta varios años si es necesario —dijo a Geertruida.
—De cualquier modo, no hay necesidad de ser despilfarradoras, señorita Roxana —contestó Geertruida.
Para Roxana, sin embargo, era dinero bien gastado el que daban a quienes no sólo les brindaban hospitalidad, sino que también las estaban protegiendo.
Al segundo día, Roxana vio por primera vez, en la distancia, el impresionante contorno del volcán Batur que, según le dijeron, tenía tres mil metros de altura.
Se preguntó si alguna vez tendría la oportunidad de visitar el famoso templo que se acurrucaba a sus pies.
Por el momento, su mayor preocupación era seguir adelante y llegar a la seguridad que significaba Badung.
La isla medía sólo ochenta kilómetros de la costa norte a la costa sur, pero no podían recorrer mucho terreno durante el día, ya que parte de la ruta era tan escabrosa que el caballo avanzaba sólo al paso de un hombre.
Era evidente, también, para el tercer día, que si ellos estaban cansados de viajar, el caballo también lo estaba.
Por fortuna, siempre encontraban un pueblo en el que era conocido el nombre de Ida Anak Temu. Algunas veces se hospedaban con familiares, otras con simples admiradores del artista, que se sentían honrados de que una alumna suya aceptara su hospitalidad.
A excepción hecha de la forma en que los habitantes mascaban betel y lo escupían, todo estaba siempre inmaculadamente limpio.
Aun así, Geertruida insistía en extender una de sus propias sábanas en la cama nativa que ella y Roxana tenían que compartir casi siempre.
Pero estaban tan cansadas, que Roxana pensaba con frecuencia que si hubieran tenido que acostarse en el suelo desnudo, ella habría dormido con la misma profundidad con que lo hacía en una cama.
Debido a sus sentimientos de desdicha respecto al conde, ella esperaba pasar las noches en vela pensando en él, deseándolo y sintiendo una desolación desesperada por haberlo perdido.
Sin embargo, parecía que la fatiga del viaje, las largas horas en que tenía que distraer a Karel y la tensión emocional de la fuga, hubieran adormecido por el momento sus emociones.
Algunas veces, cuando pensaba en el conde, sentía por un segundo como si una daga le estuviera hurgando en el corazón, con un dolor tan profundo que le daban deseos de gritar.
Entonces Karel requería su atención, o Geertruida hablaba con su habitual sensatez y Roxana descubría que las cosas ordinarias y cotidianas aliviaban a su mente de la agonía que estaba sufriendo su alma.
Al tercer día dejaron el frío atrás y empezaron a descender hacia una atmósfera húmeda y tibia, bajo un sol brillante.
Aparecieron campos de arroz, plantas y arbustos cubiertos de flores.
Los campesinos con lo que se encontraron parecían moverse con más lentitud, con una graciosa languidez que proclamaba que cualquier esfuerzo era fatigoso.
Pasaron la noche en un pueblo bastante grande. Y luego, a la distancia, apareció el azul del mar y el caballo apresuró el paso porque su destino estaba ya a la vista.
Roxana se había enterado, por Njoman, que se dirigían hacia una población grande a orillas del mar. Ahí vivía el alumno más brillante de Ida Anak Temu. Era un hombre que ya había adquirido mucha fama como tallador de madera.
Cuando encontraron por fin a Gueda Tano, éste se mostró evidentemente excitado por conocer a Roxana y volver a ver a Njoman. Desde el momento mismo en que entraron en su casa, insistió en que Roxana viera sus trabajos de escultura en madera.
El lugar donde vivía constaba de una docena de balés y más altares a los dioses de los que Roxana había visto en cualquier hogar de Bali.
Parecía un hombre muy próspero y Njoman le dijo que esperaba, cuando Ida Anak Temu muriera, que lo reconocieran como el tallador más famoso de todo Bali.
Roxana se sintió muy impresionada por su trabajo, aunque pensó, tal vez con irremediable prejuicio, que no era tan bueno como el de su maestro. En cambio, reconoció que algunas de sus obras eran magníficas y sintió un repentino anhelo de que el conde estuviera con ella, para oír su opinión.
Una vez que concluyeron todas las cortesías, y Gueda Tano ordenó que les sirvieran bocadillos y bebidas, Roxana le preguntó si sabía de alguna casa que se pudiera comprar o rentar.
Él sonrió feliz y le contestó que tal solicitud era fácil de satisfacer. Si ella podía pagar una buena vivienda había muchos balés que eran demasiado caros para la gente del pueblo.
Ella le aseguró que estaba dispuesta a pagar un precio razonable. Entonces Gueda Tano le habló de un buen conjunto de balés, que formaban una cómoda casa, exactamente a un lado de la suya. Lo había ocupado su hijo mayor, pero él y su familia se habían ido a Singapur. Explicó que su hijo era un buen pintor y que esperaba prosperar vendiendo sus cuadros a los ingleses en Singapur.
Trajo un cuadro para mostrarlo a Roxana como ejemplo del trabajo que hacía su hijo y ella apreció que no sólo era un bello cuadro, sino de un estilo muy particular. Con seguridad el muchacho tendría éxito en Singapur.
Fue un alivio saber que no tendrían ya que ir más lejos.
La casa les pareció muy adecuada a sus necesidades y Gueda Tano les prometió prestarles cualquier cosa que necesitaran, en tanto ellas tomaran su tiempo para adquirir sus propios objetos.
—Lo que deseo —dijo Geertruida cuando su parlanchín anfitrión no pudo ya escucharla—, es una cocina donde pueda cocinar una comida decente.
No parecía haberla dejado satisfecha la comida, a base de arroz, tortuga y leche de coco, que sus diferentes anfitriones les habían servido.
Karel durmió muy bien durante el viaje. El movimiento de la carreta parecía arrullarlo y mientras vivió con Ida Anak Temu se acostumbró a la leche de coco. Ésta era fácil de adquirir en todas partes y estaba siempre fresca.
Aunque Geertruida se quejaba de que no era suficiente alimento para un niño en crecimiento, era evidente que no había nada malo en un bebé que sonreía, dormía y despertaba para volver a sonreír.
Sólo cuando se instalaron en la casa contigua a la de Gueda Tano, y Njoman partió de regreso hacia el norte con un regalo que lo dejó boquiabierto de sorpresa, y cuando Geertruida tuvo suficientes utensilios de cocina, encontró Roxana tiempo para pensar en sí misma.
La agonía que llenaba su pecho dejó de estar adormecida. Echaba de menos al conde con una intensidad que la hacía vivir en una oscuridad impenetrable, más sola de lo que nunca en su vida se había sentido.
«¡Lo amo! ¡Lo amo!» se dijo mil veces al día en silencio, preguntándose por qué el amor de él no había sido lo bastante grande para perdonar o comprender siquiera.
Geertruida tenía razón. Ella habría tenido que asegurarse de que era digno de confianza, antes de revelar el secreto de Karel.
Por fortuna para la seguridad del niño, no le había dicho la verdad.
Ahora estaba convencida de que el conde habría denunciado lo que sucedía a las autoridades holandesas y Karel les habría sido arrebatado.
Sin duda, lo habrían enviado a un orfanato en Java, del cual habría sido imposible rescatarlo.
Trató de decirse que el hecho de que Karel estuviera ahora a salvo debía ser una gran satisfacción y que no debería pedir más a los dioses.
Pero eso no aliviaba el dolor que había en su interior. No llenaba el vacío de su cuerpo, ni calmaba las lágrimas que derramaba cuando estaba sola, hasta quedar exhausta.
¿Cómo era posible encontrar el paraíso durante un momento de éxtasis bajo el franchipianero, para perderlo al día siguiente en el bosque?
Se dijo que lo único que importaba ahora era el futuro, y no el pasado.
De algún modo tenía que salir de Bali y llevarse a Karel a Inglaterra. Eso no resultaba ya tan difícil como le pareció cuando estaban en el norte de la isla. Sin embargo, supo el primer día que estuvieron en Badung que los barcos que llegaban a puerto eran holandeses en su mayoría.
De vez en cuando atracaban barcos ingleses, aunque casi siempre eran de carga, no de pasajeros.
Ella tendría que esperar a que llegara un barco inglés de carga. Y entonces trataría de convencer al capitán de que los llevara a Singapur. Y si no era un barco inglés, lo haría con cualquier otro barco de alguna otra nacionalidad que no fuera la holandesa.
Sus perspectivas no pintaban muy prometedoras y Roxana se dijo que debía resignarse a permanecer donde estaba, en tanto la buena fortuna volviera a sonreírles.
Como era imposible sentarse todo el tiempo sin hacer nada, ya que Geertruida disponía de tiempo suficiente para cuidar a Karel, Roxana compró madera a los mismos proveedores que surtían a Gueda Tano, y se puso a trabajar.
Observó los diferentes trozos de madera que le habían traído y descubrió que su alma veía una sola cosa dentro de ellos: el rostro del conde.
Se dijo que eso era ridículo. Intentó luego con piezas de madera más pequeñas, y entonces vio su mano.
Por fin capituló y empezó a tallarlo. En una mezcla de placer y dolor intensos iba tallando sus facciones: su frente noble, la curva balanceada de su cabeza.
—¿No se te ocurre otra cosa que hacer? —le preguntó Geertruida con voz aguda.
Roxana no contestó y ella continuó diciendo:
—Tal vez se siente desventurada ahora, pero un día comprenderá que escapó usted de una suerte por demás lamentable.
—¿Qué tienes en contra del conde? —preguntó Roxana.
Se dio cuenta de que aunque Geertruida lo condenaba, era un alivio hablar de él, puesto que no había nada en su corazón, ni en su mente que no fuera él.
—¡Ha tenido demasiadas mujeres enamoradas de él! —dijo Geertruida con brusquedad—. ¡Usted habría sido una más del montón!
—¿Tú crees que un hombre siento lo mismo respecto a todas… las mujeres que… ama? —preguntó Roxana.
—Eso no me sorprendería nada —replicó Geertruida.
Pero Roxana comprendió que había hecho una pregunta para la que no había respuesta… al menos, una respuesta que ella conociera.
Geertruida se marchó y Roxana descubrió de pronto que aunque estaba mirando la talla, no podía verla a causa de las lágrimas.
¿Podría ese beso haber significado realmente tan poco para él?
Para ella había sido un momento de luz divina, un éxtasis que había elevado su alma al cielo. En ese momento ella le entregó el alma y no podría recobrarla jamás.
No podía tallar con las lágrimas rodándole por las mejillas. Bajó el cincel y sabiendo que nadie podía verla, rodeó con los brazos la escultura todavía no terminada y apoyó su mejilla contra la del conde, que ya había suavizado y se sentía casi como si fuera de piel humana.
—¡Te… amo! —exclamó en voz baja—. ¡Te amo y si tengo que seguir… sufriendo como estoy… sufriendo ahora… creo que… moriré!
Las lágrimas siguieron corriendo por su rostro y humedecieron la madera.
De pronto tuvo la convicción de que ya no estaba sola y levantó la mirada… ¡para encontrar que el conde la estaba mirando!