Capítulo 3
El conde, que montaba uno de los pequeños caballos balineses, llegó al pueblo donde le habían dicho que vivía Roxana.
Profundas zanjas blanqueaban la calle y más allá de ellas se distinguía una línea ininterrumpida de altos muros de adobe, coronada con techos de palma y salpicada con altas puertas con tallas muy elaboradas.
Por doquier había niños que jugaban en la orilla de los caminos, tan desnudos como el día que nacieron, y numerosos perros flacos saltaban hacia él cuando cruzaba las puertas de la ciudad.
Los gallos de pelea, dentro de sus cestas adosadas a los muros, daban un toque de sonido y color a la escena. Había leído que los gallos de pelea no debían aburrirse nunca, así que sus dueños los ponían en la calle para que se divirtieran viendo pasar a la gente.
Por todas partes proliferaban hibiscos rojos y buganvillas color púrpura. Los capullos que había caído de los franchipanieros formaban una alfombra blanca sobre el camino por el que avanzaba su caballo.
En las afueras del pueblo, reconoció la casa de Roxana por la descripción que de ella le hizo el gobernador, de mala gana y en tono desagradable.
Fue su excelencia, de hecho, quien le había recordado durante el desayuno que iban a visitar a Roxana Barclay y a ver sus obras.
—Es una joven de talento —comentó el gobernador de buen humor—. Ésa es la razón por la que no la he obligado a salir del país, a pesar de las protestas de las damas maduras de la comunidad holandesa.
El conde era lo bastante astuto para darse cuenta de que había algo detrás de la aparente bondad del gobernador.
No le sorprendió el tipo de invitados que el gobernador reunió para la cena que la noche anterior se había ofrecido en su honor. La esposa del gobernador estaba en Holanda, visitando a sus padres, y la esposa del jefe de ministros ocupó su lugar.
Era una mujer alta, gorda y aburrida, muy parecida a muchas otras damas que el conde había conocido en los banquetes a los que tenía que asistir, por obligación, en Holanda.
Con la suave oscuridad que reinaba afuera, las brillantes estrellas y la fragancia de las flores que penetraba a través de las ventanas abiertas, le parecía absurdo tener que pasar el tiempo tratando de ser amable con los poco imaginativos burgueses de su país, que no hablaban nunca de otra cosa que no fueran sus pequeños problemas personales.
Era evidente que no tenían interés en el país que habitaban y que no prestaban la menor atención, siquiera, a los templos con tallados exquisitos, que los balineses habían heredado, como tantas de sus costumbres, de los hindúes que originariamente poblaron el país.
Era de esperarse, se dijo el conde, que estos exiliados de su tierra nativa hicieran poco esfuerzo por interesarse en la cualidad de ensueño que tenía el pueblo al que estaban gobernando.
Y entendía muy bien a las mujeres holandesas de la comunidad. Ellas resentían, no el que Roxana viviera sola, sin una dama de compañía adecuada, sino el que fuera tan bella.
La belleza, dondequiera que se encontrara, siempre incitaba los celos femeninos. Debido a que era un hombre muy receptivo, se dio cuenta de que, por lo que al gobernador se refería, despertaba algo muy diferente.
Había decidido durante la noche, que si iba a averiguar algo importante sobre los balineses, no podía esperar hacerlo en presencia del gobernador. Por lo tanto, esa mañana dijo con firmeza mientras se servía un pedazo de papaya, deliciosamente madura:
—Creo, su excelencia, que preferiría visitar sólo a la señorita Barclay, así como ver los pueblos y a quienes viven en ellos, sin que los habitantes se sientan abrumados por la augusta presencia de usted.
Vio brillar la furia en los ojos del gobernador, antes de que este dijera:
—Considero que es mi deber acompañarlo, para cuidar de su seguridad.
—No puedo imaginar que mi vida esté en peligro alguno —contestó el conde.
Sabía que los informes que habían sido enviados a Holanda enfatizaban que no había resistencia local en la parte de Bali ocupada por los holandeses.
«El pueblo» decía el comunicado, «vive tranquilo bajo el nuevo gobierno y no hay señales de rebelión».
—Me gustaría ir a caballo si fuera posible —dijo el conde—. Necesito hacer ejercicio y como hay pocos caminos, creo que de esa forma apreciaré mejor la campiña.
Se negó a ser escoltado por un palafrenero y cuando salió sólo de la casa del gobernador, dejaba tras él furia y resentimiento. Sin embargo, eso no lo perturbó. Estaba tan acostumbrado a salirse siempre con la suya, que los sentimientos de otras personas, si se oponían a los suyos, no le afectaban.
Ahora vio un pequeño grupo de construcciones rodeado de un alto muro de adobe con palma por el lado de adentro y una alta entrada rematada por una cruz. Comprendió que había llegado a la casa de Roxana.
Al recordar la gracia y la belleza de la muchacha, sintió que un nuevo interés se despertaba en él. Por primera vez desde que dejó Holanda se sentía lleno de vida, de una forma que no podía explicarse; lo embargaba un sentimiento que casi siempre le inspiraban los tesoros con los que había embellecido su casa y, tal vez, si era sincero, el inicio de un nuevo idilio.
Desmontó y condujo su caballo a través de la puerta, hacia el patio central. Había altos cocoteros y una cantidad tal de hibiscos rojos y buganvillas púrpuras, que pensó que el lugar hacía un marco adecuado para la propia dueña de la casa.
Estaba pensando en ella cuando salió de uno de los edificios de techo de palma, seguida por un niño balinés, que corrió para hacerse cargo del caballo del conde.
Buenos días, señorita Barclay.
Ella le hizo una reverencia y luego preguntó en tono sorprendido:
—¿Vino usted solo?
—Sí, como puede usted ver —contestó el conde—, aunque su excelencia estaba muy ansioso por acompañarme.
Vio cómo el rubor subía por las mejillas de Roxana y él comprendió que había estado en lo cierto en lo que sospechó.
—¿Tiene la bondad de pasar a lo que llamo mi estudio? —preguntó Roxana apresuradamente, como si no tuviera deseos de hablar del gobernador con él.
—Por supuesto —contestó el conde.
Ella se dio la vuelta y caminó delante. Cuando él se fijó en la pequeñez de su cintura, por encima del elegante polisón de su vestido de algodón, pensó que estaba muy bien vestida para ser misionera.
Se preguntó cuánto habría pagado por un vestido así, pues su ojo experimentado le reveló que no era hecho en casa.
Lo que Roxana llamaba su estudio era un amplio balé, o sea una estructura ligera de bambú, con techo de palma, y piso de madera elevado a un metro del suelo. Tenía las acostumbradas cortinas de bambú que al bajarse se convertían en muros cerrados, por los cuatro lados.
En esos momentos sólo una había sido bajada, como protección contra el sol.
El conde se había imaginado que Roxana debía tallar las pequeñas figuras sobre las que había leído, las que casi siempre representaban animalitos o personajes mitológicos mitad dios, mitad hombre.
Cuando entró en la planta elevada pensó que tal vez Roxana no tenía nada que mostrarle porque sólo se veían bloques grandes de madera, demasiado pesados para que ella los hubiera traído sola.
Entonces observó que algunos de los trozos de madera habían sido ya tallados y representaban figuras de personas y animales que parecían haber surgido del bosque mismo.
Debido a que tenía muchos conocimientos de escultura y admiraba en especial la escultura griega, el conde comprendió casi instantáneamente, que lo que tenía ante sí era muy diferente de sus expectativas.
Por un momento guardó silencio y al fin preguntó:
—¿Estos trabajos son de usted o de su maestro?
—Son míos —contestó Roxana.
El conde se dirigió hacia donde un gran bloque de sawo representaba el torso de un hombre. No estaba terminado y, no obstante, los músculos de la espalda, el ángulo en que mantenía la cabeza, eran tan reales, tan brillantemente ejecutados, que transmitían energía, como si la figura estuviera viva, a punto de moverse.
El conde la contempló asombrado. Entonces vio junto a ella la figura de una mujer tallada en teka. De casi un metro de alto, la mujer estaba arrodillada en el suelo, desnuda hasta la cintura, con las manos elevadas en la actitud tradicional de la oración.
Pero en lugar de tener la cabeza inclinada y los ojos bajos, ella miraba hacia arriba, como si le hubiera llegado una repentina inspiración del cielo.
Sus amplios conocimientos de arte le permitieron reconocer que Roxana había usado las vetas naturales y el grano de la madera para describir la gracia del rostro de la muchacha. Traslucía asombro, admiración y un éxtasis que parecía proceder no sólo del cielo, sino también de lo que sentía en su interior.
El conde guardó silencio, asombrado, conmovido como nunca lo había estado, excepto con su estatua de Afrodita.
Una parte de su mente trató de criticar la obra; pero los dedos delgados, la línea del cuello, la curva de los senos eran todos perfectos, y sus ojos volvían siempre a la expresión en el rostro de la muchacha.
Con un esfuerzo volvió la mirada hacia otro lado, para observar la figura de un joven ciervo que levantaba la cabeza para olfatear el peligro, con el cuerpo tenso y la mirada desconfiada.
—¿Cómo puede haber aprendido todo esto tan pronto? —preguntó.
—Estaba dentro de mí antes de venir a Bali —explicó Roxana—. Lo sentía en mi mente y en mis dedos; pero no tuve oportunidad de tallar hasta ahora, ni tenía un maestro que me enseñara.
—El que seleccionó usted deber ser un hombre excepcional.
—¡Lo es!
El conde se volvió a mirarla. Sus ojos la recorrieron de arriba a abajo, como si todavía dudara de que en realidad fuera ella la creadora.
¿Cómo era posible, se preguntó, que un ser tan delicado, tan frágil, pudiera esculpir como un hombre y tener una visión que él no hubiera esperado encontrar en un viejo y experimentado artesano, mucho menos en una mujer?
Como si comprendiera su asombro, Roxana sonrió y dijo:
—Tal vez le gustaría ver los pequeños regalos que hago para quienes son bondadosos conmigo.
Se dirigió, al decir eso, hacia una mesa y el conde vio que sí había las pequeñas tallas que él esperó ver de esas manos; pero aun así, eran diferentes a todo lo que había visto nunca.
Roxana levantó una para que él la viera.
Era la mano de una mujer balinesa, de tamaño casi natural, con los dedos curvados de forma ligera y delicada, muy bella en su simplicidad.
Había también la mano de un niño, regordeta, con hoyuelos, tallada en madera de sándalo.
—Me encanta trabajar con madera de sándalo —dijo Roxana al ver que el conde no hablaba—. Mis manos retienen su aroma durante horas enteras, y siento toda la magia del Oriente en su fragancia.
El conde dejó la mano y tomó la figura de una diosa. Alrededor de la base de la estatua, serpientes y monos se perseguían unos a otros en forma caprichosa.
La diosa misma le recordaba un poco a Roxana y de pronto, sin usar su acostumbrada suavidad diplomática, le preguntó:
—¿Puede venderme una pieza?
Roxana movió la cabeza de un lado a otro.
—Nada de aquí está a la venta.
—¿Por qué no?
—Porque todas las piezas son mías y no deseo desprenderme de ellas.
El conde pensó que él sentía igual respecto a sus propios tesoros; sin embargo, porque deseaba poseer la diosa preguntó:
—¿No es un poco egoísta?
Roxana sonrió.
—Mi tío era tan buen cristiano que estaba siempre dispuesto a quitarse la camisa para dársela a otro. Me volví egoísta por simple necesidad y ahora se ha convertido en un hábito.
—Aun así me gustaría comprar esta diosa.
—Entonces, permítame obsequiársela.
—Usted sabe que no puedo aceptar un regalo tan generoso.
—¿Por qué no? —preguntó ella—. ¿Teme usted ser acusado de cohecho y corrupción?
Esa idea no se le había ocurrido al conde, pero ahora dijo:
—Tal vez ésa es una buena idea. Si estoy en deuda con usted, no puedo ser tan poco galante y sugerir que se vaya de la isla.
Los ojos de él se encontraron con los de ella. Entonces Roxana dijo en tono diferente:
—Por favor… no me mande… lejos de aquí.
—No tengo poder para hacerlo —contestó el conde—. Sólo puedo aconsejar al gobernador.
—En ese caso, por favor, aconséjele que… me quede. —Roxana se detuvo antes de añadir—: hay tanto todavía que debo aprender.
—No puedo imaginarme qué pueda ser. Permítame decirle con toda sinceridad que me siento abrumado de admiración por su trabajo.
Ella lo miró como si quisiera comprobar que decía la verdad. Después de una pausa, dijo titubeante:
—¿Usted cree… que sea… realmente bueno?
—Es más que bueno. Usted es genial como escultora, señorita Barclay, y no lo digo a la ligera —sintió que no la había convencido y continuó diciendo—: soy dueño de muy buenas estatuas y no hablo, por lo tanto, por ignorancia. ¡Puedo asegurarle que su trabajo es notable!
Él vio la expresión de deleite en el rostro de Roxana y agregó:
—Cuando haya terminado más obras, me gustaría organizar una exhibición de sus trabajos en Amsterdam.
—Preferiría hacerla en Londres.
—De nuevo está mostrándose egoísta.
—La verdad, no tengo deseos de exhibir en ninguna parte. Yo trabajo para darme gusto a mí misma, pero siento una urgencia incontrolable de hacerlo.
—Creo que eso es lo que sienten todos los artistas —comentó el conde con suavidad. Caminó hacia el torso del hombre, que era la primera obra que había visto—. ¿Qué la impulsó a hacer esto? —preguntó.
Roxana guardó silencio por un momento, como si estuviera debatiendo consigo misma sobre si debía contestar o no con la verdad.
—Cuando… veo un pedazo de madera —dijo por fin—… puedo sentir lo que… hay en él… lo que puede representar si se talla de forma adecuada… aun antes de… tocarlo.
El conde guardó silencio, porque él sabía que era eso lo que todos los escultores sentían.
Miguel Ángel, Canova, entre otros, habían dicho que el material con el que trabajaban les dictaba esencialmente no sólo la forma de la obra maestra ya terminada, sino la manera en que debía ser esculpida.
Miró de nuevo hacia la muchacha en oración y vio que parecía no haber sido tallada, sino surgida de la forma natural de la madera.
Extendió la mano para tocar la suave cabeza y el cuello extendido hacia atrás. Al hacerlo, sintió como si tocara a la propia Roxana y se preguntó si la suavidad de su piel temblaría bajo la sensualidad de sus dedos.
Ella se alejó de él para ir hacia un bloque de madera que todavía no había tocado. Era de teka y tenía la tersa belleza característica de la teka procedente de los bosques de Bali. Se quedó de pie, mirándola, y cuando el conde se acercó a ella le preguntó:
—¿Qué ve en esa madera?
—¿Qué significa para usted? —contestó Roxana.
—¡Las damas primero! —respondió el conde.
Ella le dirigió la rápida sonrisa de un niño a quien divierte un juego.
—No estoy muy segura, pero creo que en el interior de esa madera hay la figura de una bailarina lelong, ansiosa de ser liberada.
Tan pronto como ella terminó de hablar, el conde vio que eso era exactamente lo que la madera prometía: el cuerpo ágil, semidesnudo, el tocado preciosamente enjoyado y con destellos de sol, el movimiento de las manos delgadas, delicadas, siguiendo el ritual de esa danza que tenía siglos de antigüedad.
—Una cosa puedo prometerle —dijo él—. No se le permitirá salir de Bali hasta que esa obra esté terminada.
Oyó a Roxana lanzar un suspiro de alivio.
—Tal vez me convenga ser como la paciente Penélope —contestó ella en tono más ligero—, y deshacer por la noche lo que haga durante el día, para que mi trabajo no concluya nunca.
—Una tarea un poco difícil de realizar con la madera.
Ella sonrió de nuevo y él comprendió que la antipatía que había sentido hacia él a su llegada, se había esfumado.
Roxana miró a su alrededor y murmuró:
—Nunca lo hubiera esperado… pero creo que usted comprende por qué esto significa… tanto para mí.
—Lo entiendo —contestó el duque—, y tal vez algún día podré demostrarle por qué lo hago.
Las palabras subieron a sus labios sin que él pensara realmente que iba a decirlas.
Sin embargo, tuvo una imagen repentina de Roxana moviéndose entre sus tesoros favoritos, contemplando sus cuadros, tocando sus estatuas, comprendiendo, como pocas mujeres podían hacerlo, por qué deseaba poseerlas.
Tenía los ojos clavados en el rostro de ella y como si su expresión le produjera timidez, ella dijo a toda prisa:
—Le ruego que me disculpe. Es imperdonable que no le haya ofrecido algo de beber o comer. Los balineses se sentirían horrorizados por mis malos modales.
—Me gustaría, si no es molestia, algo fresco de beber —contestó el conde—. Me abruma el calor, pero supongo que pronto me acostumbraré al clima.
—¿Intenta quedarse mucho tiempo?
—Eso depende de muchas cosas —contestó él un tanto evasivo.
Roxana bajó del balé donde estaban sus estatuas, para conducirlo a otro.
De nuevo en el piso elevado del suelo y había cortinas de bambú en tres lados. En cuanto a estructura podía ser la habitación de cualquier aldeano. Pero, como concesión al Occidente, contenía varios sillones, una mesa y dos cofres tallados apoyados contra los muros de bambú.
Proliferaban los jarrones con flores, algo que nunca se habría visto en una casa balinesa, y un librero repleto de numerosos volúmenes, la mayor parte de los cuales habían formado parte del equipaje de Roxana, cuando ésta salió de Holanda.
El conde pensó, mientras se sentaban y una niñita era enviada a decir a Geertruida lo que necesitaban, que extrañamente, Roxana no parecía fuera de lugar allí.
Daba la impresión de mezclarse con el ambiente, casi como si fuera una de las piezas de madera que había en su estudio. Había algo en ella, pensó el conde, que hacía que encajara en dondequiera que estuviera, sin perder individualidad y sin mostrarse como algo extraordinario.
—Hábleme de usted —sugirió él.
—¿Me lo está pidiendo de forma oficial o extraoficial? —preguntó.
El conde se echó a reír.
—Le ruego que no desconfíe de mí. Ahora que he visto sus esculturas, debe saber que estoy dispuesto a insistir para que usted permanezca en Bali por el resto de su vida, si eso es lo que desea hacer.
—¿Lo dice en serio?
—Muy en serio. Hablo como un conocedor de la belleza lo hace con otro.
—¿Usted cree que eso soy yo?
—No lo creo, lo sé —contestó el conde—. La diferencia entre nosotros estriba en que mientras yo sólo puedo coleccionar… usted puede crear.
—Ése es el cumplido más grato que he recibido en mi vida.
—Tengo otros muchos cumplidos que me gustaría ofrecerle —contestó él.
Ella lo miró con expresión interrogante y él comprendió de pronto que temía que fuera a mostrarse tan difícil como estaba siendo el gobernador.
Antes de que pudiera decir algo, de que pudiera pensar en la forma de tranquilizarla, una mujer cruzó el patio y subió al piso donde ellos se encontraban sentados.
Era una mujer de edad madura, con el aire de responsabilidad y autoridad de una vieja sirvienta.
Llevaba el cabello gris cubierto por la cofia de tela blanca que usaban en Holanda las mujeres que servían al conde en sus casas, tal como lo habían hecho cuando eran servidoras de su padre y su madre.
Geertruida bajó la bandeja que llevaba en la mano y con una reverencia respetuosa dijo:
—Espero, Mijnheer, que el jugo de frutas sea de su gusto.
—Muchas gracias —contestó el conde—. He sabido por su joven ama hasta qué punto depende de usted para su cuidado y protección. Es una tarea que yo siento que usted está realizando en una forma admirable.
—Hago lo mejor posible, Mijnheer, pero no siempre es fácil en una tierra extraña.
—Comprendo las dificultades a las que se deben enfrentar, y espero poder hacer las cosas más fáciles para usted.
—Gracias, Mijnheer.
Geertruida hizo una nueva reverencia y se retiró. Cuando ya no podía escucharlos, Roxana dijo:
—Fue muy amable de su parte decir eso. Su excelencia es siempre muy grosero con Geertruida y ella lo resiente.
—¿Por qué es grosero con ella? —preguntó el conde.
De nuevo subió el rubor a las mejillas de Roxana y él comprendió que ella estaba deseando no haber dicho eso.
Después de un momento de silencio insistió:
—Le pregunté por qué es grosero.
—Yo le he… dicho que Geertruida es mi… dama de compañía y él… piensa que ella se queda… escuchando lo que él… me dice.
—¿Quiere usted que yo hable con él? —preguntó el conde después de un momento.
Roxana lanzó un leve grito.
—¡No… no… claro que no! Por favor… por favor, olvide lo que le dije… tonto e indiscreto de parte mía.
—¿Por qué le tiene tanto miedo?
—Él podría… mandarme lejos de aquí. Podría obligarme a salir de Bali.
—¿Usted cree realmente que haría eso?
—Podría hacerlo, si… —Ella se detuvo.
El conde se dio cuenta de que la otra parte de la oración era: «no hago lo que él dice».
Sintió un repentino acceso de furia. Era intolerable que el gobernador, un tipo soez y vulgar, persiguiera a una muchacha tan delicada y sensitiva.
Ella se había levantado para servir un vaso de jugo de frutas, que colocó delante de él.
El conde la miró y preguntó:
—¿Qué puedo hacer para ayudarla?
—Puede usted decir que considera importante que me quede aquí para que continúe aprendiendo a tallar madera.
—Haré eso, desde luego; pero ¿qué sucederá cuando yo me vaya?
Ella se encogió de hombros e hizo un breve gesto con la mano, que a él le pareció patético.
—Serán más fáciles las cosas —dijo ella con una voz que el conde apenas pudo escuchar—, cuando la señora van Kaerstock vuelva de Holanda.
El conde apretó los labios. Comprendía que no había mucho que él pudiera hacer. Defender abiertamente a esta muchacha inglesa podía hacer todavía más difíciles las cosas para ella, cuando él se marchara.
Como si adivinara sus pensamientos, Roxana dijo:
—Por favor, no se preocupe por mí. Todo lo que quiero es que… se olviden de mí… que no recuerden que existo.
—Creo que eso sería imposible, sin importar dónde pueda estar usted.
Él se dio cuenta de que a ella la avergonzaban sus cumplidos, así que se dedicó por unos momentos a saborear el delicioso jugo en el que reconoció varias frutas nativas.
Debido a que consideró conveniente cambiar de tema dijo:
—Me gustaría visitar a su maestro. ¿Cómo se llama?
Lo dijo en tono casual y no estaba preparado para la repentina mirada de temor que apareció en los ojos de Roxana.
—No es… fácil llegar allí —contestó—. Vive en la parte más alta del bosque. Es un… ascenso difícil… —Pareció darse cuenta de pronto de lo joven y atlético que era el conde y se apresuró a añadir—: además, a Ida Anak Temu no le gustan los visitantes, sobre todo si son… holandeses.
El conde anotó el nombre del maestro en alguna parte metódica de su cerebro. En voz alta repuso:
—El gobernador me asegura que no hay resentimiento ni rebeldía entre los balineses.
—No se atreverían a mostrarlo de forma abierta.
—Pero, lo hay, entonces.
—¡Por supuesto que lo hay!
—Usted lo dice como si pensara que deberíamos dejarlos tranquilos.
Se dio cuenta de que ella debatía consigo misma sobre si debía decir la verdad. Por fin indicó:
—Los balineses son un pueblo muy feliz y antes de que llegaran los holandeses, había alcanzado ya una notable civilización.
Ella miró al conde para ver si iba a contradecirla. Como no lo hizo continuó diciendo:
—Su religión lo une por medio de sus ideales y sus pensamientos armónicos. Están estrechamente unidos en la adoración de sus maravillosos dioses ancestrales.
—Es una declaración extraña, viniendo de los labios de una mujer cristiana, en la casa de un misionero —comentó el conde con sequedad.
—Yo no soy misionera —protestó Roxana—, y no me gusta lo que los holandeses están tratando de hacer a un pueblo que es noble y esencialmente bueno, si lo dejan en paz. Todo en la fe de los balineses va en contra de lo que es malo y cruel. ¿Puede el cristianismo enseñarles algo mejor que eso?
—Estoy de acuerdo con usted —dijo el conde—, pero me sigue sorprendiendo que hable usted como lo hace.
—Trato de guardar silencio, pero algunas veces la insufrible estupidez de los holandeses y su perspectiva limitada me enfurece.
El conde se echó a reír. Entonces dijo:
—Sólo puedo suplicarle que tenga cuidado con lo que dice frente al tipo de mis conciudadanos que conocí anoche. Están llenos de prejuicios y comprendo que la consideren a usted una fuerza incendiaria que podría perturbar su paz mental.
—Sólo quisiera poder hacerles comprender el daño que están haciendo a este sencillo pueblo —observó Roxana.
—¿Realiza usted esta cruzada sola? —preguntó él.
—Creo que tengo… fuerzas invisibles de mi parte —contestó ella.
—Estoy seguro de eso. Sin embargo, le ruego que tenga cuidado.
Roxana lanzó un breve suspiro.
—Trato de tenerlo. Geertruida me advierte todas las mañanas que controle mi lengua.
—Geertruida tiene razón —contestó el conde—. Y estoy seguro de que ella está pensando que ya es hora de que yo me vaya de aquí, si no quiero exponerla a que todo el pueblo empiece a chismorrear sobre usted.
—No es la gente del pueblo la que murmura. Sólo lo hacen los holandeses. Algunas veces detesto sus mentes desconfiadas, siempre llenas de sospechas.
De nuevo comprendió que había hablado más de la cuenta. Lo miró tratando de adivinar si se había enfadado.
—Voy a contestar a lo que está pensando —dijo él—, diciéndole que lo que usted y yo nos digamos en privado no será repetido nunca. No por mí, cuando menos.
—Gracias —contestó Roxana—. No quería se indiscreta, pero a veces me dejo llevar por mis sentimientos.
—En verdad de una forma encantadora.
—Tal vez lo hago porque no tengo a nadie con quien hablar —continuó ella, siguiendo el curso de sus propios pensamientos—. Sólo puedo hablar con Geertruida y ella, aunque la quiero muchísimo, tiene una perspectiva muy convencional.
—Con toda la razón del mundo —aprobó el conde—. Pero, en vista de que parece que satisfago una necesidad de su existencia, ¿puedo volver a verla otra vez?
—Me encantaría que lo hiciera. Y, por favor, acepte como regalo la diosa que le gustó. Me gustaría pensar que ella lo cuidará y lo protegerá —vio la expresión en el rostro del conde y añadió—: ella tiene una magia muy especial y muy poderosa, se lo aseguro.
El conde levantó las manos.
—¡En este país estoy dispuesto a creer en cualquier cosa, hasta en la magia!
—Si usted vive aquí el tiempo suficiente —contestó Roxana—, no sólo creerá, sino que la verá… actuar.
Había una nota en la voz de ella que reveló algo que había sospechado.
—¿Usted cree que fue la magia la que mató a su tío?
Roxana asintió con la cabeza.
—Los pedanda habían dicho a la gente, según descubrí, que mi tío era un leyak. Después de eso, no había posibilidad alguna de salvarlo.
El conde pensó que una semana antes se habría reído de una declaración así. Ahora ya no estaba muy seguro de qué pensar.
Había algo en el aire mismo de Bali que insinuaba misterios; algo en los templos que él había visto en su camino mientras cabalgaba hacia el pueblo, que despertaba sentimientos que no acababa de comprender.
Sentía como si Roxana no fuera humana.
¿Cómo podía serlo, cuando era capaz de ver una forma en un bloque de madera y de tallar una expresión de éxtasis que él sólo había admirado en los cuadros pintados por los grandes maestros italianos?
Extendió la mano y tomó la de ella.
—He llegado a Bali a averiguar cosas sobre su pueblo —dijo—. Si le prometo no hacer nada que lo perjudique y esforzarme por mejorar las cosas para él, ¿confiará usted en mí?
Sintió cómo los dedos de ella temblaban en los suyos. Entonces, cuando él la miró a los ojos, los dos se quedaron inmóviles.
—No… esperaba yo… hacerlo —contestó Roxana en voz baja—, pero… confío en usted.
Mientras cabalgaba de regreso a casa, el conde decidió que Roxana le había dado mucho en qué pensar.
Al mismo tiempo, no podía menos que apreciar que la vida que la muchacha llevaba, sin más compañía que la de la vieja sirvienta, la hacía muy vulnerable.
Parecía absurdo porque tenía muy poco de conocerla, pero al conde le preocupaba la actitud del gobernador hacia ella y la de las mujeres holandesas que la hostigaban.
Debido a que era, hasta donde él sabía, la única persona de nacionalidad inglesa que vivía en la isla, no había nadie a quien ella pudiera recurrir en caso de problemas.
Era ridículo pensar, siquiera por un momento, que se podía cuidar ella sola. Ninguna mujer tan hermosa podía evitar la persecución de cuanto hombre la viera.
Él no tenía más que evocar la gruesa figura y el rostro enrojecido del gobernador, para darse cuenta de que el hombre no escatimaría esfuerzo alguno para lograr que Roxana se sometiera a su voluntad.
Ella ya le tenía miedo y sólo necesitaba recordar la furia que el gobernador había mostrado cuando él decidió visitar a Roxana, para convencerse de lo que su excelencia deseaba.
El conde no estaba acostumbrado a que lo perturbaran los sentimientos de otras personas.
Había, desde luego, innumerables problemas en su vida, pero la mayoría de ellos eran asuntos de estado, protocolo y amor.
No recordaba cuándo antes había sentido deseos de proteger y ayudar a una mujer con la que no estaba involucrado.
Por supuesto, se dijo, tampoco recordaba haber conocido a nadie como Roxana. Admitió que lo atraía, pero se dio cuenta de que era una atracción, diferente a la que sintió por otras mujeres.
No quería coquetear con ella; ni siquiera, al menos en esos momentos, la deseaba en el sentido común de la palabra.
En cambio, quería comprenderla, saber más de lo que ella pensaba y sentía.
Ansiaba, por sobre todas las cosas, comprender cómo podía tallar en la forma que lo hacía y tener la inspiración que jamás creyó encontrar en alguien de su sexo.
Por lo tanto, cuando llegó a la casa del gobernador, el conde casi ponía en tela de duda que los trabajos de Roxana fueran realmente tan brillantes como le parecieron.
Era como si su mente se negara a aceptar que tal talento fuera posible; mientras que algo más profundo, un instinto incomprensible, insistía en que ella poseía un genio que él debía reconocer.
Era casi la hora del almuerzo cuando llegó a la casa. Una vez que se lavó y se cambió, entró en el salón de recepciones, en el cual encontró al gobernador que lo esperaba ya, con un vaso en la mano.
—Espero, señor conde, que se haya usted divertido.
El tono en su voz era inconfundiblemente hostil y el conde contestó en voz tranquila:
—Encontré que el trabajo de la señorita Barclay es muy interesante, aunque confieso que no tengo mucha experiencia en lo que a tallas de madera se refiere.
—Usted encontraré en Bali una gran producción de ellas.
—Eso he oído.
Un sirviente le ofreció una bebida al conde. Éste la aceptó y se sentó, fijando la vista en los jardines, llenos de colorido. El gobernador preguntó, como si ya no pudiera controlarse:
—¿Qué le dijo la muchacha?
—¿Sobre qué?
—Sobre su vida aquí, la gente, la forma en que es tratada.
—Hablamos sobre todo de sus trabajos en madera. Creo, definitivamente, que se le debería permitir que continúe con sus lecciones.
—¿Así que lo convenció de hablar a favor de que se quede aquí, eh?
—Desde luego, pienso que no se debe despreciar su talento. Pero supongo que hay otros lugares donde podría encontrar un maestro, si usted considera que no es práctico que se quede aquí.
El conde habló con indiferencia y advirtió que su actitud había tenido el efecto deseado en el gobernador.
—Trato de ser clemente —dijo—, pero le aseguro que en este lugar es difícil dejar complacidos a todos.
—Me lo imagino —contestó el conde—, y la justicia, según me han dicho, siempre tiene dos caras.
—Tiene usted razón. ¡Por supuesto que tiene razón! —exclamó el gobernador con visible entusiasmo.
Se dejó caer en un sillón junto al conde y estiró las piernas.
—El problema con este maldito lugar —dijo—, es que no hay nada en qué divertirse, a menos, desde luego, que a uno le gusten las balinesas.
Tan pronto como el conde se perdió de vista, Roxana corrió hacia la cocina donde Geertruida estaba preparando la comida.
—¡Todo salió bien! ¡Todo salió muy bien! —exclamó llena de excitación—. El conde me va a ayudar y no hay necesidad de que temamos que nos obliguen a abandonar la isla —le pareció que Geertruida la miraba con incredulidad y ella continuó diciendo—: ¡Él comprendió! De veras comprendió, Geertruida, lo que estoy tratando de hacer. Es indudable que sabe mucho de escultura.
—Yo oí hablar de él cuando vivíamos en Holanda —dijo Geertruida—. Es un hombre muy muy rico, familiar de la Reina Viuda, y tiene más amoríos en un mes de los que puedo contar con los dedos de la mano.
La forma en que habló hizo que Roxana guardara silencia. Miró a Geertruida con perplejidad.
—¿No te simpatiza… el conde, Geertruida?
—Es demasiado amable y demasiado apuesto.
Roxana se echó a reír.
—¿Qué culpa tiene él de ser apuesto?
—¡Dicen que obtiene cuanto desea! —replicó Geertruida.
—Y si él quiere ayudarnos, no podemos quejarnos de eso. Me ha prometido que tratará de convencer al gobernador de que nos quedemos aquí. Eso es todo lo que importa.
—¿Va a volver a venir? —preguntó Geertruida con desconfianza.
—Yo… estoy segura de que debe tener… muchas otras cosas que hacer… y largas listas de gente a la que ver —contestó Roxana, evasiva.
—Escúchame bien, señorita Roxana. Bastantes problemas tenemos ya con que el gobernador venga a husmear aquí a todas horas del día, sin que ahora tengamos también al conde tras usted. ¡No se fié de él!
—¿Por qué dices eso?
—Porque si descubre la existencia de Karel, lo enviará a un orfanato, porque es holandés, y nada que pueda usted decir hará la menor diferencia —como viera que Roxana iba a protestar, continuó diciendo con firmeza—: usted es inglesa, señorita, no lo olvide. Los holandeses no escuchan a nadie, más que a sí mismos. Obedecen sus propias leyes y el conde no es diferente de los demás. Recuérdalo bien.
Geertruida terminó su perorata colocando con fuerza en la mesa lo que llevaba en las manos.
Entonces se dio cuenta de que estaba hablando sola, porque Roxana se había ido.
Geertruida pudo ver su vestido blanco entre las sombras de su estudio, protegido por el techo de palma.
Estaba acariciando la cabeza de la muchacha arrodillada, en el lugar exacto donde el conde la había tocado. Casi irresistiblemente, sus dedos descendieron por el cuello, moviéndose con lentitud y gentileza sobre la suavidad de la madera.