Capítulo 4

Roxana estaba trabajando en el tallado del torso masculino cuando oyó el ruido de cascos de un caballo que entraba en el patio.

No volvió la cabeza porque estaba segura de quién era su visitante. Unos minutos más tarde el conde subió y se colocó de pie junto a ella.

Hacía mucho calor y ella tenía puesto el más delgado de sus vestidos. Su piel brillaba a través de la delgada tela y tenía el rostro encendido.

No levantó los ojos, pero después de un momento, como el conde no hablaba, ella rompió el silencio.

—Llega usted temprano esta mañana.

—Vine a pedirle ayuda.

—¿Ayuda… a mí?

Roxana se sintió tan sorprendida que dejó de trabajar para mirarlo. Llevaba puesta nada más que una camisa y sus pantalones de montar y se le ocurrió que su cuerpo se parecía mucho al que ella estaba tallando.

Debido a que le pareció muy íntimo compararlos, la invadió la timidez. Volvió un poco el rostro hacia otro lado para decir:

—Creo que no le escuché… bien. ¿Cómo podría… ayudarle?

El conde no contestó, pero a la vez le preguntó:

—¿Usó un modelo para esto?

Puso la mano en la cabeza de madera de la figura.

—No —contestó Roxana—. Apareció en mi mente tan pronto como me trajeron este pedazo de madera —sonrió antes de añadir—: Tengo algo que mostrarle.

Cruzó su estudio hacia otro extremo, donde el conde vio que habían sido colocadas varias grandes piezas de madera.

Una de ellas era alta y tenía una forma extraña. Las más superiores parecían haberse entrelazado por encima del tronco principal.

Sospechó que Roxana lo estaba poniendo a prueba, para ver si él imaginaba lo que mostraría la madera si su idea coincidía con la de ella.

Él se quedó mirando la pieza, obligándose a sí mismo a concentrarse y olvidar por el momento a Roxana, quien había parecido más bella que nunca cuando la vio trabajando.

Su cabello de tonalidades rojizas parecía brillar con una luz especial, que le fascinaba, y que era el reflejo de la que se colaba a través del techo de palma.

—¿Qué ve usted ahí? —preguntó Roxana, haciendo que volviera a prestar atención al trozo de madera que había delante de él.

Inesperadamente, él se echó a reír.

—Temo cometer un error y demostrar mi ignorancia.

—No quisiera que usted hiciera tal cosa.

—Entonces, ¿qué es lo que usted ve? —preguntó él.

—Para mí resulta evidente que hay dos personas abrazadas ahí, con las cabezas juntas. Tal vez se están besando, pero el beso, como usted sabe, no es costumbre balinesa.

Tan pronto como ella habló, comprendió que él estaba viendo, a través de los ojos de ella, lo que contenía la madera. Era muy claro: el hombre rodeaba con sus brazos a la mujer y la oprimía contra su pecho. Sus cuerpos se apretaban uno contra el otro. Hasta la curva de sus cabezas, una más alta que la otra, era ahora visible.

Él sintió que había algo de magia en la forma en que Roxana le estaba haciendo percibir lo que ella misma veía con los ojos del alma.

—Si estuviéramos en Holanda, yo diría que me estaba usted hipnotizando, pero aquí en Bali… —Se detuvo sin saber cómo continuar.

—Aquí está usted viendo con… su espíritu o su alma —concluyó ella.

—Usted me da miedo —protestó él—, y pese a ello, debo pedirle ayuda.

—¿En qué forma puedo hacerlo?

Él calló un momento y luego dijo:

—Vine a Bali contra mi voluntad y, si voy a ser sincero, muy escéptico respecto a lo que iba a encontrar aquí. No obstante, me prometí a mí mismo que trataría de entender a su pueblo y sus costumbres.

—Me parece muy bien que haya pensado así.

—Pero yo comprendo que viviendo en la casa del gobernador eso resulta muy difícil de hacer —continuó el conde—. De hecho, he escapado esta mañana por el simple método de salirme antes de que el gobernador bajara a desayunar.

—Él se enfadará mucho.

—Eso no me preocupa —replicó el conde con arrogancia—. Al mismo tiempo empiezo a comprender que si voy a pasarme el tiempo mirando edificios holandeses, conociendo gente holandesa y viendo planes para mejoras que dudo mucho que se lleven a cabo, podría muy bien haberme quedado en casa.

El conde sabía muy bien que eso no había sido posible, puesto que había salido por órdenes de la Reina. También sabía que ahora se sentía intrigado por el país, por su gente y por Roxana. Así que no tenía intenciones de continuar frenado por el gobernador.

—¿Cómo puedo ayudarlo yo? —preguntó Roxana.

—Su excelencia quiere convencerme de que asista a una pelea de gallos, que es un deporte que no me interesa, que presencie una carrera de bueyes, que tengo entendido va a tener lugar este mes y también que vea a las… bailarinas. Ha ordenado a estas que vayan a bailar a su casa.

—Entonces no verá el baile real, que debe tener lugar en el ambiente adecuado.

—Eso es lo que supuse.

No dijo a Roxana que él sabía que el gobernador haría ir al tipo de muchacha que se plegaría a sus órdenes y estaría dispuesto a divertirse con ellas, cuando el baile terminara, de una forma muy diferente.

El conde era muy quisquilloso y él nunca había hecho el amor a una mujer, a menos que se sintiera realmente atraído por ella. Esto era algo que muy poca gente habría creído.

Aun en París, donde pasaba buena parte de su tiempo, jamás había frecuentado las «Casas de placer», como hacía la mayoría de sus contemporáneos.

No encontraba divertido ese tipo de cosas y las mujeres con las que hacía el amor eran mujeres de su propia clase, o estrellas de teatro o de ballet.

No deseaba criticar al gobernador por buscar diversiones, mientras su esposa estaba ausente, con las hermosas y graciosas mujeres balinesas, pero no era el tipo de entretenimiento que él encontraba agradable.

Además, estaba decidido a ver el baile genuino, y no un espectáculo de tipo comercial.

Él había leído que la danza lelong era expresión de la perfección del movimiento humano y la interpretaban sólo niñas que no llegaban todavía a la pubertad.

Esto, sabía muy bien, le daba una pureza abstracta que no podía encontrarse en ninguna otra parte del mundo.

El espectáculo topeng, de carácter histórico, era bailado por hombres mayores que, mediante el uso de máscaras, personificaban reyes valerosos, príncipes intrigantes, primeros ministros tontos y feroces guerreros.

Sabía, también, que se ejecutaban danzas en los templos, pero no consideraba probable que se permitiera a un forastero verlas.

Notó que Roxana estaba pensativa. De pronto unió las manos, como aplaudiendo, para llamar a alguien.

La niñita que el conde ya había visto antes llegó corriendo y Roxana le dijo algo en balinés. La niña asintió con la cabeza.

—Espero que tendremos la solución a su problema en unos minutos —dijo Roxana al conde—. Mientras tanto, voy a seguir trabajando.

—¿Por qué la prisa? —preguntó él.

Roxana pareció desconcertada un segundo. Pero enseguida contestó:

—Tengo una cierta sensación de urgencia, como si sintiera que si no trabajo ahora, no voy a terminar nunca. Es… algo que no puedo explicar, y sin embargo… lo siento.

—Creo que está usted mostrándose misteriosa para despertar mi curiosidad.

Él comprendió, aun mientras decía eso en broma, que tal idea jamás había cruzado por la cabeza de Roxana. Como si tal sugerencia fuera demasiado tonta para requerir respuestas, Roxana no respondió. Tomó su cincel y su martillo y volvió al trabajo que estaba haciendo cuando él llegó.

Él busco una silla de bejuco y se sentó a horcajadas en ella, como montando a caballo, con los brazos apoyados en el alto respaldo.

Se quedó observándola y se preguntó si alguna otra mujer, de cualquier nacionalidad, podía ser más graciosa y bella que Roxana.

Ahora estaba seguro de su parecido con la estatua de Afrodita que él compró después de que la escultura había pasado centenares de años en el fondo del mar. La acción del agua había dado al mármol una suavidad que imitaba la piel misma.

Pensó ahora que si la cabeza hubiera estado todavía en la estatua el rostro había sido el de Roxana.

Ésta se incorporó para mirarlo.

—Me está usted poniendo… nerviosa.

—¿Por qué?

—Porque siento que está… pensando en mí.

—¿Por qué iba a ponerla nerviosa eso?

Antes de que ella pudiera contestar, la niña apareció en el patio acompañada por un hombre de edad madura que llevaba sólo un sarong alrededor de las caderas.

Roxana bajó y habló con él durante algunos minutos. Cuando volvió al lado del conde, iba sonriendo.

—¡Traigo buenas noticias!

El conde se puso de pie y los dos volvieron al lado del hombre.

—Él es Ponok —explicó ella—, y aunque no será fácil, ha prometido llevarnos esta noche a ver el ketjak.

—¿Es una danza? —preguntó el conde.

—Es la más intensa y más dramática de todas las danzas balinesas —explicó Roxana—, pero se realiza sólo de noche y tendremos que recorrer una buena distancia a través del bosque —miró con inquietud al conde antes de añadir—: me temo que no hay modo de llegar allí más que caminando.

—¿Está usted sugiriendo que es demasiado agotador para mí? —preguntó él en tono burlón.

—No es eso —contestó Roxana—, pero usted es… demasiado importante.

Él se echó a reír.

—Le aseguro que no soy más que un humilde peregrino, en busca del conocimiento, donde pueda encontrarlo.

—Entonces, ¿podrá estar aquí poco después del las cuatro y media?

El conde no se sorprendió de que lo hubiera citado a hora tan temprana. Como Bali no estaba muy lejos del Ecuador, el crepúsculo era poco después de las cinco de la tarde. Las sombras se alargaban y a las cinco y media, hasta que las flores de brillantes colores y las piedras doradas de los templos adquirían un nebuloso tono gris.

—¡Estaré aquí! —dijo con firmeza—. Y me siento muy agradecido. ¿Quiere decir, por favor a este hombre, lo agradecido que le estoy?

Roxana tradujo sus deseos en balinés y Ponok hizo una inclinación de cabeza con la dignidad característica de su raza.

—¿Debo darle dinero? —preguntó el conde a Roxana en voz baja.

Roxana negó con la cabeza con determinación.

—¡Claro que no! —exclamó—. Él no llevará como una deferencia hacia mí. Sería imposible comprar sus servicios. Yo corresponderé a su amistad mañana o pasado regalándole una de mis figuritas.

—Eso es más valioso que cualquier cosa que yo pudiera darle —observó el conde.

Hizo un gesto hacia el chiquillo que estaba sosteniendo su caballo, diciendo a Roxana:

—Me voy, contra toda mi voluntad; pero tengo que participar en el aburrido programa de actividades que el gobernador ha preparado para mí; aunque le aseguro que nada me impedirá que esté aquí a las cuatro y media.

—Tendré listo un refrigerio para usted antes de que nos vayamos —prometió Roxana.

—Parece que tuviera usted miedo de que me vaya a desmayar por el camino.

—Asistir a un ketjak es bastante cansado. Muy diferente de asistir a la ópera o ir a ver una función de «Las Sílfides».

Mientras el conde cabalgaba de regreso pensó con cierta irritación que Roxana parecía considerarlo el tipo de hombre que esperaba siempre el mejor palco, con los asientos más cómodos disponibles, en cualquier espectáculo.

Y él, en esos momentos, esperaba la llegada de la noche con la misma ansiedad del niño que va a ir a su primera función de teatro.

* * *

Oscureció mucho antes de que Roxana y el conde llegaran a lo que a él le pareció era el centro mismo del bosque.

Bajo el mágico crepúsculo habían pasado por numerosas pequeñas aldeas donde el humo de las hogueras para cocinar se veía azuloso contra la sombra de los árboles y los muros de color anaranjado oscuro.

El aire se llenaba a ratos con el vuelo de millares de libélulas; por fin, después de una larga caminata, llegaron al claro donde numerosos aldeanos estaban sentados en círculo, alrededor de una hoguera.

Mientras seguían a Ponok, que caminaba delante de ellos con una pequeña linterna de vela que no encendió hasta que realmente cayó la oscuridad, Roxana, en voz baja y suave, explicó al conde lo que era el ketjak.

—Es la llamada «La Danza del Mono» —explicó—, porque Garuda, el ave simbólica de Vishna, es ayudado por Hanuman y su ejército de monos a liberar al Príncipe Rama y a la Princesa Sita, que ha sido raptada por el Rey de los Demonios.

El conde escuchaba sólo con una parte de su mente aquella historia, porque se sentía muy conmovido por la voz de Roxana. Tenía una cualidad musical, que resultaba particularmente suave y mágica a la sombra de los grandes árboles y con la fragancia del bosque que los rodeaba.

—Originalmente el ketjak era interpretado por los aldeanos —continuó ella—, cuando una epidemia asoló sus pueblos. Se suponía que ahuyentaba a los malos espíritus.

—¿Y en la actualidad? —preguntó el conde.

—Casi siempre hay una razón específica para que el ketjak tenga lugar. Tal vez alguien piensa que está siendo perseguido por un leyak o que una bruja, llamada Rangda, lo ha hechizado.

—¿Y usted cree que el ketjak será efectivo en tales casos? —preguntó el conde.

—Creo que la fe… donde quiera que uno la encuentre… puede realizar… milagros.

Era una respuesta perfecta, pensó el conde, pero ¿cuántas mujeres por él conocidas se la habrían dado?

Ponok los llevó a la parte exterior del círculo de aldeanos. El conde notó un espacio vacío en el centro, donde supuso que aparecerían los personajes del drama.

Mientras esperaban trató de ver lo que sucedía a su alrededor. Aparecieron más y más hombres y con ellos llegaron más luces que le permitieron ver todo con más claridad. Eran sólo pequeñas antorchas mojadas en aceite de coco y unas cuantas linternas. Las llamas se elevaron en el aire y se hizo un silencio absoluto, como si todos contuvieran la respiración. El conde sintió que la espera era tan tensa que casi resultaba insoportable.

Se escuchó un aplauso repentino, tan inesperado que lo hizo saltar. Entonces, del exterior del círculo de antorchas temblorosas y del grupo compacto de hombres semidesnudos surgió la voz de un cantante, una especie de llamado hueco y prolongado, parecido a la oración que se desprende de un «minarete».

Continuó un siseo masivo, como el vapor que escapa de una tetera, que aumentó en volumen hasta que se convirtió en un desafío rugiente y luego en un lento canto.

El coro estalló entonces, para participar en el ketjak con un parloteo agudo, chillante, impresionante.

Los hombres se inclinaron hacia adelante y estiraron lo brazos. Sus voces parecieron convertirse en una combinación de chillidos, gritos, gemidos y siseos, que terminaron en un «jiiii», que parecía darle a uno en pleno estómago.

A partir de ese momento el conde sintió como si se hubiera vuelto parte del drama mismo.

Era el Príncipe Rama, en un resplandeciente traje, loco de desesperación, buscando a su esposa perdida.

Sintió que él mismo tomaba parte en la lucha en la cual un demonio lanzaba una flecha que se convertía en una serpiente y rodeaba al príncipe.

Pero los dioses acudieron en su ayuda. Hanuman y sus monos lograron liberar al príncipe y devolverle a su consorte, la Princesa Sita.

Pero era el coro de voces masculinas que, sin ningún instrumento musical para acompañarlo, alcanzaba cimas espeluznantes y hacía que el conde sintiera que la piel se le erizaba.

Después descendieron a profundidades todavía más impresionantes, mientras el rumor y el chasquido de dedos hacía la tensión casi intolerable.

Sintió que era hipnotizado por los movimientos de pesadilla de los cuerpos, por sus brazos que producían sobras temblorosas y mágicas, mientras todo el tiempo ciento cincuenta voces parecían rasgar la oscuridad de la noche e introducirse en el corazón mismo de los presentes.

Cuando por fin concluyó, los hombres se dejaron caer hacia adelante en un estado de agotamiento similar, pensó el conde, al que sienten los remeros después de una larga y pesada carrera.

Comprendió que él mismo estaba también físicamente exhausto. Aunque, en realidad, estaba mentalmente emocionado como no lo había estado nunca en su vida. Se había elevado hasta salir de sí mismo y al volver a la tierra, se encontró con Roxana que sentía lo mismo.

Durante algunos minutos les fue imposible moverse. Se limitaron a quedarse sentados, respirando profundamente, como si hubieran nadado contra un mar embravecido y hubieran sobrevivido a duras penas.

De pronto Ponok se puso de pie y el conde extendió la mano para ayudar a Roxana a levantarse.

Al tocarla, sintió como si una chispa de la hoguera hubiera recorrido su cuerpo uniéndolo con la llama que ardía en el de ella.

Sus ojos se encontraron y después de un segundo ella dijo con labios que se movían con dificultad:

—¿Entendió… usted?

Él asintió con la cabeza.

Por el momento parecía haber perdido la capacidad el habla. Todavía tomados de la mano siguieron la linterna de Ponok a través de las silenciosas multitudes que se dispersaban en las sombras.

Todos parecían no tener más sustancia ni humanidad que la parte más densa del bosque mismo.

Caminaron cierta distancia antes de que el conde pudiese decir:

—Si no lo hubiera visto con mis propios ojos, ni lo hubiera oído con mis propios oídos, jamás habría pensado que tal cosa era posible.

—Esperaba que dijera eso —contestó Roxana.

Sus dedos apretaron con fuerza los de ella mientras preguntaba:

—¿Me habría usted traído si hubiera sabido que no me iba a sentir de este modo?

—¡No!

—¿Cómo supo que iba a causar este efecto en mí?

—Lo sabía —repuso ella con sencillez.

—Nunca me había sucedido antes nada semejante —declaró el conde—. Ahora usted ha abierto una puerta, Roxana, que creo que va a ser muy difícil cerrar.

—¿Quiere usted cerrarla?

—¡No! Al mismo tiempo significará un ajuste mental.

—Creo que la palabra sería… desarrollo —aclaró ella.

—Sí, desde luego —reconoció el conde.

Caminaron en silencio. Sin embargo, el conde pensaba, mientras avanzaban, que iban dialogando sin palabras, diciéndose cosas que él nunca había expresado, ni siquiera a sí mismo, y mucho menos a otra persona.

Cuando surgieron del bosque, las estrellas y la luna iluminaron los campos arroceros que se extendían entre ellos y el pueblo donde Roxana vivía.

Misteriosamente azul, lleno de vibraciones casi tangibles, el conde pensó que había entrado en un mundo encantado, de belleza tal, que las palabras resultaban inadecuadas para describirlo.

Mientras seguían caminando él notó más allá de los campos luces que parecían más brillantes y más profundas de las que producen las lámparas de aceite encendidas en unas cuantas casas.

—¿Qué está sucediendo ahí? —preguntó.

—Debe ser alguna fiesta —contestó Roxana—. Todos los pueblos tienen motivos especiales que celebrar. La gente baila y hace ofrendas a los dioses, sobre todo si ha tenido lugar un matrimonio.

El conde se detuvo.

—¿No podemos ir a ver? —preguntó.

No sólo deseaba ver lo que estaba pasando, sino también experimentaba un deseo intenso de que la noche no terminara nunca; no quería llegar demasiado pronto a la casa de Roxana donde tendría que dejarla.

Ella habló con Ponok y el hombre pareció meditar en si serían o no bien recibidos en el pequeño caserío.

Les llevó poco tiempo cruzar un campo para llegar al pueblo.

La entrada a éste había sido decorada con tiras de papel y flores. Cuando estuvieron allí vieron que el santuario principal estaba cubierto con las ofrendas que habían sido llevadas durante el día, e imaginaron a las mujeres que llegaron con ellas sobre las cabezas.

Todo tenía los brillantes colores de las piezas talladas en madera, pero en esta ocasión los tonos rosa, azul, verde y amarillo eran proporcionados por los comestibles y la fruta.

El estilo era muy sencillo y muy bello. Los habitantes de la aldea estaban sentados en un círculo presenciando el baile de una niña de doce o trece años, vestida en brocado hasta los pies, con una tiara de flores en la cabeza.

Los músicos tocaban para ella y la niña se movía hacia atrás y hacia adelante, en la extraña danza que es realizada con un rostro completamente inexpresivo.

Balanceaba la barbilla de derecha a izquierda, con los ojos hacia un lado y otro en un movimiento de extraordinaria rapidez.

De pie, al fondo de la escena, el conde y Roxana observaron un rato el espectáculo. Luego, sin decir nada para no molestar a los espectadores, Roxana tiró de la mano del conde, para llevarlo a través de la puerta hacia la quietud de la noche.

—Me hubiera gustado quedarme hasta el final —dijo él con leve resentimiento.

—Es una danza lelong —contestó Roxana—, y es posible que se prolongue hasta cinco horas.

—¡Cinco horas! —exclamó él.

Ella se echó a reír al ver su sorpresa.

—Nunca hay prisa en Bali.

—Pero usted me está apresurando para que vuelva a casa.

—Pienso en Ponok —contestó ella—. Los balineses detestan la oscuridad. Si él anduviera solo y no con nosotros, vendría cantando y gritando a pleno pulmón.

El conde sonrió.

—¡Ya sé… para alejar a los malos espíritus!

—Veo que empieza a aprender —comentó Roxana—. La oscuridad está llena de lo desconocido y por eso aman la luz y el sol. Quieren evitar el encuentro con un leyak, que sólo aparece de noche.

Continuaron caminando, todavía tomados de la mano, y después de lo que al conde le pareció un tiempo lamentablemente corto, llegaron al pueblo.

Había dejado su caballo a cargo del chiquillo de costumbre, en el patio y aunque los muros eran altos, se distinguía una tenue luz por encima de ellos y el conde intuyó que Geertruida debía estar esperando su regreso.

Ya fuera de la puerta, Ponok se detuvo. Cuando Roxana le dio las gracias, él inclinó la cabeza y se alejó hacia su propia casa que estaba dentro del pueblo mismo.

Roxana se dispuso a franquear la entrada, pero el conde la llevó hacia un lado, bajo las ramas de un franchipianero, cuya fragancia impregnaba el aire con su aroma.

Una vez que las pisadas de Ponok se perdieron en la distancia, se hizo un profundo silencio. Las estrellas y la luna que brillaban en lo alto del cielo iluminaron con su luz el rostro que Roxana levantó hacia el conde, con expresión interrogante.

—¿Qué sucede? —preguntó ella, como si pensara que le pasaba algo.

—Tengo que darle las gracias por una noche encantadora —contestó él—. Aunque ese adjetivo no la describe adecuadamente. No hay nada en mi vocabulario que pueda expresar lo que usted me ha dado esta noche.

—Me alegro de que haya quedado… complacido.

El conde no había soltado su mano y ahora Roxana sintió que estaba esperando algo, como había esperado el ketjak, con una sensación que aumentaba en intensidad.

—No puedo darle las gracias con palabras —dijo el conde—, así que tendré que hacerlo de otro modo.

La rodeó con sus brazos, al decir eso, y la atrajo hacia sí.

Ella no se resistió. Entonces la boca de él descendió sobre la de ella y la retuvo cautiva.

Por un momento su beso fue muy gentil, casi como si estuviera todavía bajo el influjo del ketjak y la mágica belleza de los campos de arroz.

Luego, la suavidad de los labios de ella y un sentimiento de intensidad espiritual que nunca había conocido antes, hizo que su boca se volviera más insistente, más apasionada.

No era sólo una pasión física lo que estaba surgiendo en él. Era algo más profundo, más fundamental.

Era parte de la emoción que había sido convocada por los danzantes y parte, también, de una fuerza sagrada que había dentro de él mismo y que nunca había sido despertada antes.

Deseaba a Roxana, la quería de la forma en que un hombre anhela lo divino, y sabe, al mismo tiempo, que está dentro de él mismo.

Todo su ser se tendió hacia ella y comprendió, mientras la tenía en sus brazos, que era parte de él y se habían convertido en un solo ser indivisible.

Para Roxana, de manera similar, el conde se volvió la luz de la luna y las estrellas, la tierra que amaba y el pueblo que se había metido en su corazón.

Sintió que podía ver a través del cuerpo de él, como veía a través de un trozo de madera lo que había en su interior. Y lo que vio no fue solo a él mismo, sino también a ella y todo aquello en lo que había creído y tratado de alcanzar.

Era como si hubiera vuelto a casa y se hubiese encontrado que el pasado y el futuro eran uno solo y se habían convertido en un presente tan vital, tan vibrante, que la sensación y la emoción del amor no necesitaban explicación alguna.

Cuando el conde la besó, ella comprendió que todo lo mágico que impregnaba Bali estaba encerrado en ese beso y que los misterios que contemplaron juntos los habían unido a tal punto, que no necesitaban ya pretender nada, puesto que podían reconocerse mutuamente a través del tiempo.

Cuando por fin el conde levantó la cabeza para mirarla, ella creyó que estaba envuelto en la misma luz que la guiaba cuando tallaba, la luz que estaba en sus pensamientos y en sus sueños.

—¡Te… amo!

El conde había escuchado estas dos palabras en muchas ocasiones y, sin embargo, le pareció como si las hubiera oído por vez primera.

—¿Cómo pude encontrarte justamente aquí? —preguntó él.

—Te he estado… esperando —murmuró—. No importa… dónde te hubiera encontrado… pero aquí es más perfecto que en cualquier otra parte.

—Por supuesto —contestó él—… «La Isla del Paraíso»… «La Isla de los Dioses».

—Ellos nos han beneficiado —murmuró Roxana—, y esta noche, quiero creer que el ketjak ha alejado de nosotros el mal.

—Yo te protegeré de todo —contestó él. No estaba pensando en los demonios ni en los leyak, sino en el gobernador.

Él la besó de nuevo y el tiempo se detuvo.

Pudo haber sido una hora o un siglo lo que transcurrió antes que el ladrido de un perro en el pueblo los hiciera volver con brusquedad a la realidad.

—¡Debo… irme!

Las palabras salieron con esfuerzo de los labios de Roxana.

—¡Mi amor, mi cielo! ¿Cómo hubiera podido adivinar que había alguien como tú en el mundo?

Los dedos del conde tocaron la mejilla de ella al decir eso, y después se deslizaron por la suavidad de su cuello, como había hecho al tocar la escultura de la muchacha en oración.

Él sabía que su piel iba a ser tan suave como lo pétalos de una flor; pero intuía una gran fuerza en su cuerpo y en su espíritu.

Le retiró el cabello de la frente y mirándola a los ojos, dijo:

—Vete ahora, preciosa mía. Vendré a verte mañana, aunque no sé a qué hora será.

—Tú sabes que… te estaré esperando —contestó Roxana.

Salió de los brazos de él y cruzó corriendo la puerta, para entrar en uno de los pequeños edificios del fondo.

El conde se quedó esperando unos minutos, antes de ir a buscar su caballo. Se percataba de que el corazón le latía de forma extraña y que se estaba sintiendo muy diferente a las anteriores ocasiones en las que se enamoró de una mujer.

Éste era un tipo de amor, se dijo, en el que él nunca había soñado; no sabía siquiera que existiera. Era un amor que no podía compararse ni por un momento con el deseo o el enamoramiento superficial que había experimentado por tantas mujeres y que de manera inevitablemente siempre terminaba en el aburrimiento y la indiferencia.

Volvió la mirada hacia el pasado y lamentó haber perdido tanto el tiempo y haber lastimado a tantas mujeres en su infructuosa búsqueda de una perfección que no había encontrado antes.

Pensó en Luise van Heydberg y se sintió avergonzado. ¿Cómo pudo ser tan tonto para involucrarse con una mujer así?

Por un momento, debido a lo que sentía por Roxana, tuvo miedo. Miedo de ser castigado por los pecados que había cometido en el pasado. Miedo de perder a Roxana, lo cual sería un castigo bien merecido.

Entonces se reprochó a sí mismo ser tan absurdo.

La lucha entre el bien y el mal que había visto en el ketjak seguía viva en su memoria.

A grandes zancadas se dirigió hacia donde estaba el chiquillo que cuidaba su caballo. Dio al muchacho una moneda que lo dejó asombrado, y sin decir nada, el conde subió a su montura y se alejó del lugar a toda prisa.

El recuerdo de Roxana hizo latir de alegría su corazón, mientras cruzaba el pueblo dormido, hacia la casa del gobernador.

Roxana despertó con una sensación de felicidad que la hizo pensar que el sol que entraba en su pequeña habitación era más brillante que nunca.

¿Cómo era posible, se preguntó, que se hubiera enamorado tan rápidamente y de forma tan absoluta? El mundo estaba lleno de amor y su cuerpo vibraba con la música de los ángeles.

Ella siempre había confiado en que un día encontraría un hombre a quien amar, que la amara a ella y con quien sería muy feliz por el resto de su vida, como en los cuentos de hadas.

Pero ¿pudo haber imaginado que lo encontraría en Bali y que sería un holandés?

Ella había detestado a los holandeses por la forma injusta en que habían tratado y menospreciado a su tío, tanto en la propia Holanda, como en Bali.

Tenía tan pocos deseos de tratarlos, que nunca había revelado su posición social, porque no quería que la acogieran entre ellos por ser quien era. Como había dicho al conde, lo único que deseaba de los holandeses era que la dejaran en paz y no recordaran siquiera que existía.

Pero ahora, asombrosa, increíblemente, estaba enamorada de un holandés y con la con la convicción de que su diferencia de nacionalidades no tenía la menor importancia.

—¡Lo amo! —dijo al sol del nuevo día—. Lo amo tanto que él llena mi mente, mi corazón y mi cuerpo, y no existe nada más que él.

Con impaciencia, ansiaba que las horas volaran para volver a verlo. Aunque era todavía muy temprano, se levantó, sintiendo que estaría más cerca de él, si trabajaba en su estudio.

Él entendía lo que ella estaba tratando de transmitir en sus esculturas de madera. Él comprendía la magia de Bali y lo que significaba para ella. ¿Qué más podía importar?

De pronto, recordó a Karel. Por un momento sintió como si un viento helado hubiera entrado en su habitación.

¿Entendería el conde eso?, se preguntó. ¿Estaría dispuesto, por ella, a pasar por alto lo que imponía la ley holandesa sobre los huérfanos, y la ayudaría a sacar a Karel del país?

No sería fácil, pensó, pero tampoco debía de ser imposible.

Se dijo que en cuanto el conde llegara, le diría toda la verdad, segura de que él comprendería.

Había terminado de vestirse y se disponía a salir de la habitación, cuando Geertruida entró, con el vaso de jugo de fruta que le llevaba todas las mañanas.

—¿Ya se ha levantado? —preguntó innecesariamente—. ¿Por qué tanta prisa?

—Estaba ya despierta —contestó Roxana. Con una luz en los ojos que parecía tan brillante como la del sol, dijo—: ¡Oh, Geertruida, pasé una noche maravillosa!

La doncella la miró con fijeza y preguntó en tono agudo:

—¿Qué sucedió?

—¡Estoy enamorada! ¡Y el amor es más perfecto, maravilloso, completa y absolutamente divino, de lo que imaginé nunca!

Geertruida apretó los labios. Luego preguntó con lentitud, con una voz que sonaba casi amenazadora:

—¿Le pidió que se casara con él?

—No hubo tiempo de hablar —contestó Roxana con voz baja—. Él viene ahora. Después, todo será muy sencillo. Le diré lo de Karel y él no llevará de regreso a Holanda… o a Inglaterra… no importa a dónde, mientras estemos juntos.

—¿Cómo puede estar tan segura de que eso será lo que él haga? —preguntó Geertruida.

—Sé todo sobre él —respondió Roxana con voz soñadora—. Sentimos lo mismo… pensamos lo mismo… somos uno solo.

Geertruida puso el jugo de fruta en una mesa. Una expresión sombría cubría su rostro, aunque no dijo nada. Se limitó a levantar del suelo el camisón de Roxana y empezó a tender la cama.

—¡Soy tan feliz, Geertruida! Me siento como un pájaro revoloteando entre los árboles o una mariposa que vuela entre las flores. ¡Soy feliz, como nunca en mi vida lo había sido!

—¡Usted debe estar segura!

—¿Segura de qué?

—De que el conde comprenderá, cuando le diga lo de Karel.

—¿Y si no lo hace? ¿Si insiste en mandarlo a un orfanato?

—¿Cómo puedes pensar que sería capaz de hacer eso? ¿Cómo puedes pensar que sería capaz de traicionar nuestro amor?

—No estoy diciendo que vaya a hacerlo. Sólo le estoy diciendo que se asegure. —Geertruida hizo una pausa antes de añadir—: usted tiene ya edad suficiente para saber lo que quiere hacer una vida. Pero Karel está indefenso. No hay nadie que se preocupe por él, más que usted y yo, señorita Roxana.

—Yo me aseguraré de todo antes de decir al conde dónde está Karel —dijo Roxana—. Él me pidió que confiara en él y yo confío. Esta mañana, cuando venga, confiaré en él por completo, como pienso hacerlo el resto de mi vida.

Salió de su dormitorio, en dirección de su estudio.

Ya a solas, Geertruida unió las manos en actitud de oración.

—¡Oh, Dios mío! —dijo en voz baja, en tono angustiado—. ¿Por qué tuvo que ser el Conde van Haan?